Las Corrientes de la Vida
Enviado por: FRLG56 - 25 Sep 2020
08:45 AM - Foro: Explícitos terminados - Respuestas (2)

Eran las cuatro de la tarde cuando el S. S. Marea finalmente arribó al puerto de Ciudad Portual, trayendo consigo pasajeros y turistas procedentes de la región de Sinnoh. El que alguna vez había sido un ferry que daba vueltas por todo el archipiélago de Hoenn ahora se había vuelto un crucero de lujo de aproximadamente trescientos veinticuatro metros de longitud, reconocido internacionalmente por su excelente servicio a bordo y por tocar puerto en Ciudad Portual una semana cada cuatro años, en parte gracias a las generosas mejoras y contribuciones por parte de los astilleros de Ciudad Calagua. El barco era, sin lugar a dudas, una proeza de la ingeniería naval.
Mientras observaba cómo varios pasajeros, algunos acompañados de sus pokémon, desembarcaban para reunirse con sus familiares y conocidos, Brendan aguardaba tanto ansioso como preocupado sentado en una banca cercana, sosteniendo su viejo poké-multinavegador en su mano derecha. A su izquierda, su Swampert bostezaba exponiendo sus fauces, lengua y úvula, presa del cansancio y del aburrimiento.
“Llevas como más de ocho horas allí sentado y aún así sigues con energía” rió Norman a través de la pantalla del poké-multinavegador. El ya cuarentón líder de gimnasio de Ciudad Petalia estaba tanto asombrado como orgulloso de ver que aquel activo joven de dieciséis años fuese su hijo “No te había visto tan feliz desde la noche en que volviste a casa en bicicleta por haber conseguido el título de campeón. Se siente como si hubiese sido ayer.”
“No la he visto en cuatro años, papá” contestó Brendan sin despegar los ojos de la rampa de embarque y de la gente y los pokémon que continuaban bajando de ella “La señal de los poké-multinavegadores es demasiado débil en Sinnoh, por lo que nunca hemos podido iniciar una vídeo-llamada y nos hemos tenido que conformar escribiéndonos por correo. ¡Y ahora finalmente volveremos a vernos cara a cara! Solo desearía que el profesor Birch, mamá y tú hubiesen podido estar aquí para acompañarme a recibirla.”
“Yo también hubiese deseado que así fuera” afirmó Norman apenado para luego esbozar una sonrisa pícara “Pero mira el lado positivo: ¡Ustedes tortolitos pasarán toda una semana juntos y sin nadie que los moleste!”
“¡¿Q-qué?!” exclamó el muchacho avergonzado, finalmente mirando a su padre a los ojos, con el pulso de su mano temblando notablemente “¡Papá, ya te he dicho que no somos...!”
“Relájate, campeón” se apresuró a responder Norman, volviendo a reír “Solo era una broma. No necesitas explicarme nada. En fin, debo irme. Tu madre y el profesor han avistado un cardumen de Mantine y quieren que vaya a verlo. ¡Asegúrate de mandarle saludos a May de parte nuestra!”
“Lo haré” prometió Brendan “¡Diviértanse mucho!”
Apenas había acabado de colgar y de atar el poké-multinavegador a la correa de su mochila cuando una dulce voz que no había oído en mucho tiempo le pilló desprevenido. Swampert se espabiló y se levantó del suelo casi de inmediato.
“¡Brendan!” gritó con alegría la voz mientras él se daba la vuelta.
Y allí estaba ella, corriendo a abrazarle con una sonrisa cálida y contagiosa en el rostro, como si de un sueño perfecto se tratase. Detrás de ella venía a la misma velocidad su Sceptile. El pokémon reptil bípedo de escamas verdes, ojos amarillos y cola con forma de pino fue directamente a pararse justo enfrente de Swampert, quien le devolvió la mirada con una cara de pocos amigos debido a la larga rivalidad que siempre había habido entre ellos desde el día en que combatieron por primera vez en la ruta 103, cuando aún eran un Treecko y un Mudkip con pocos años de vida.
“¡May!” alcanzó a decir él mientras se levantaba del banco, justo antes de que ella obstruyese su campo de visión por completo y le abrazase con todas sus fuerzas. Sin resistirse, devolvió el abrazo con la misma potencia que ella. Estaba muy feliz de verle. Pero había algo más que sentía más allá de simple felicidad. Algo que no estaba seguro de lo que podría ser. Pero no importaba realmente. Podía esperar.
“¡Creí que jamás llegaríamos!” exclamó May, apartándose después de unos segundos para dejarle respirar y con júbilo “¡Estaba tan ansiosa de volver a verte!”
“¿En serio? ¡Igual yo!” rió Brendan nervioso, para luego dirigirse a Sceptile, quien miró para otro lado, bufando “También me alegra verte de nuevo, Sceptile.”
“¡Hola, Swampert!” dijo ella con cariño, agachándose para hacer cosquillas con el dedo índice de su mano derecha en señal de afecto sobre el mentón blancuzco de Swampert. El pokémon pez de fango recibió el gesto cerrando los ojos y emitiendo un adorable gruñido de alborozo. Sceptile, con su orgullo herido, continuó desviando la mirada para evitar que su entrenadora notase el enrojecimiento de su cara, producto de la furia y los celos “¿Cómo te has portado?”
Brendan quedó perplejo. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que él y May se habían visto en persona que había olvidado lo mucho que esta amaba a los pokémon, sin importar de qué especie se tratase. Incluso conocía los diferentes puntos de relajación en el cuerpo de Swampert, fruto de las investigaciones y del trabajo de campo que su padre había realizado junto a ella cuando era muy pequeña.
“¿Y cómo has estado?” preguntó rompiendo el hielo “En la última carta que recibí de parte tuya me habías dicho que la presentación en el Súper Concurso de Carisma de Ciudad Corazón fue todo un éxito.”
“¡Oh, ya lo creo que sí!” contestó ella mientras se levantaba del suelo para poder verle a los ojos “Debiste haber estado allí para ver las caras de los jueces. ¡Swellow y yo les dejamos boquiabiertos! ¡Lisia estaba tan orgullosa de nuestro desempeño que me dijo que lo único de lo que se arrepentía era no haber podido inscribirse para competir con nosotras! ¿Y tú qué me cuentas? ¿Aún sigues asistiendo a los concursos de Calagua?”
“Sí, aunque no con tanta regularidad como antes” admitió él, quitándose por un instante su gran gorro blanco y procediendo a rascar su nuca con su mano derecha, revelando su recién cortado cabello castaño “Actualmente estoy más enfocado entrenando con Swampert y los demás para participar en el Frente Batalla.”
“¿El Frente Batalla ya se ha inaugurado?” preguntó May desconcertada “Creí que jamás estaría abierto al público. Escuché que los ases son más rudos y experimentados que todos los miembros del Alto Mando y Steven juntos. En especial Brandon. ¡Luce muy apuesto en las fotos que vi de él!”
“Temibles es la palabra que usaría para describirles” rió Brendan, observando la Super Ball en el bolsillo izquierdo de su pantalón que albergaba a su Hariyama “Brandon es un hueso duro de roer. Su Regice nos dio muchos problemas, y de no ser porque usé a Hariyama en el primer turno probablemente hubiese barrido con todos mis pokémon de un solo golpe.”
“¡Rayos, tenemos tanto de qué hablar!” rezongó ella frustrada, mientras observaba cómo Swampert y Sceptile se miraban fijamente el uno al otro, dispuestos a ver quién de los dos parpadeaba y desviaba la mirada primero “Tal vez deberíamos ir a algún lugar más callado para seguir conversando. Toda esta gente juntándose alrededor comienza a hacerme sentir incómoda.”
“¿Qué te parece si vamos hasta Ciudad Malvalona por unos porcehelados?” propuso él “Se me antoja comer algo frío.”
“Excelente idea” dijo ella mientras le seguía de cerca “A mí también.”
Durante las dos horas que siguieron, los jóvenes se limitaron a circular por los alrededores de Ciudad Malvalona, degustando los porcehelados que habían comprado a un precio de doscientos poké-dólares cada uno y observando las diferentes colonias de Beautifly, Dustox y Masquerain que revoloteaban en las rutas más cercanas. Al cabo de un rato terminaron sentados en la orilla de la ruta 118, contemplando los bancos de Magikarp y Carvanha que asomaban la cabeza de vez en cuando. Swampert y Sceptile, por otra parte, permanecían cerca de allí, acostados sobre la arena e ignorándose mutuamente.
“Es una pena que nuestros padres se encuentren ahora mismo en ese viaje por Unova” dijo May con melancolía “Cuando hice las maletas para venir hasta aquí tenía la ilusión de mostrarle a papá y a mamá todos los listones que mis pokémon y yo habíamos ganado.”
“No tienes de qué preocuparte” dijo Brendan “Podrás mostrárselos en otra ocasión.”
“Brendan, sabes muy bien que eso no es lo que me preocupa” aclaró ella con un dejo de enfado ante la ingenuidad del muchacho “Solo me quedaré una semana aquí, y el sábado tendré que regresar para presentarme nuevamente en Ciudad Corazón si quiero firmar ese contrato para poder hacer giras con Sceptile y los demás alrededor del mundo. Lisia ya ha invertido un montón de dinero como mi manager para que pueda cumplir mi sueño de convertirme en una coordinadora pokémon profesional. Perderá la cabeza si no regreso a tiempo.”
“Lo sé, y sé que no volverás hasta dentro de otros cuatro años” contestó él apenado “Lo que digo es que todos estamos orgullosos de ti. Yo estoy orgulloso de ti. No tienes porqué sentirte sola. Tendrás nuestro apoyo, aún si llegue a tomar tiempo para que volvamos a estar todos reunidos.”
“Desearía que pudieses venir conmigo” dijo ella, inconscientemente apoyando su mano derecha sobre su mano izquierda. Él se sonrojó involuntariamente, inseguro de a qué podría deberse “Sabes, cuando estábamos en el escenario, imaginaba que estabas en las gradas, ovacionándome. Pero cuando los aplausos comenzaban y miraba hacia donde se encontraba al público, recordaba que tú te encontrabas aquí. Sé que estás muy ocupado ayudando a Steven con sus excavaciones y entrenando para conseguir todos los símbolos del Frente Batalla, pero me sentiría más cómoda si contase con tu compañía en el próximo concurso.”
“Aunque quisiera, y sé que quiero, no podría, y lo sabes” suspiró Brendan, observando las formas extrañas y en ocasiones graciosas que las nubes adoptaban en aquella hermosa tarde “Desde que aquel muchacho Ethan venció a todos mis pokémon con solo su Heracross los chicos y yo hemos duplicado los esfuerzos y las horas de entrenamiento. Mi título como el entrenador más fuerte de Hoenn ha sido puesto en duda desde el día en que Steven le cedió a Wallace el puesto de campeón de la Liga, y es por eso que debo conquistar el Frente Batalla. No puedo quedarme dormido en los laureles.”
Los dos permanecieron en silencio unos largos y agonizantes segundos, sin saber qué decir. Apenas habían vuelto a encontrarse después de tantos años y la tristeza que habían sentido estando lejos el uno del otro ya les había invadido nuevamente.
“Oye” dijo él de pronto, buscando desesperadamente cambiar de tema “¿Quieres ir por más porcehelados?”
“No, gracias” contestó ella alicaída, para luego verle a los ojos con una sonrisa débil “Aunque reconozco que estaban deliciosos.”
“¡Lo sé! ¿No es genial?” dijo Brendan, intentando animarla “Aún me cuesta creer que hayan abierto una heladería para venderlos en Malvalona. Y pensar que todo comenzó con la hija de un señor procedente de Unova que había traído unos cuantos porcehelados con ella para convencer a su padre de que tendrían éxito aquí en Hoenn. No es por alardear, pero yo fui su primer cliente.”
“Tienes razón” dijo May dejando escapar una risita “Hoenn ha cambiado mucho desde el día en que me fui. Aunque supongo que nosotros seguimos siendo los mismos.”
“Sé que tú no has cambiado en nada” afirmó él “Eres igual a como te recordaba.”
“Eso me recuerda a algo que he querido preguntarte” dijo ella mientras se ponía de pie para posar como si estuviese en un concurso, colocando su mano izquierda sobre su nuca y la derecha sobre su cadera, presumiendo tanto de su figura como de su camiseta naranja, sus shorts negros y sus zapatillas blancas y naranjas “He estado pensando que con la dieta que llevo últimamente podría participar este mes en uno de los concursos de traje de baño veraniegos que se dan allá en Ciudad Marina. ¿No crees que luciría bonita en bikini?”
Brendan volvió a sonrojarse y miró por un instante para otro lado, tratando de disipar la pervertida imagen que había venido a su mente. Una vez se cercioró de haberse deshecho de aquel pensamiento impuro, respondió a la pregunta de May.
“Desde luego que sí” dijo con tranquilidad “Aunque debo admitir que siempre creí que no te gustaban esa clase de competiciones.”
“¡Por favor!” exclamó May con una actitud que denotaba indiferencia “No hay nada de malo en vestir bikini en época de verano. Y si algún malpensado intenta ponerme las manos encima, siempre contaré con Sceptile para protegerme. ¿No es verdad, Sceptile?”
Los jóvenes miraron hacia atrás y Sceptile, quien se hallaba recostado boca arriba sobre la arena caliente para disfrutar de los últimos rayos del sol del día, asintió con la cabeza. Swampert, por el contrario, estaba desplomado boca abajo y evidentemente apesadumbrado, como si estuviese afligido por algo.
“Parece que Swampert no se está divirtiendo mucho” observó May, repentinamente preocupada.
“Ha estado así toda la semana” aseguró Brendan, mirando la Poké Ball de sus otros pokémon en su bolsillo “Desde que se enteró de que ella y Gardevoir no pueden tener hijos lo único que hace es seguirme de aquí para allá con poco interés, comer y dormir.”
“Nunca me dijiste que tu Swampert y tu Gardevoir se habían vuelto una pareja” dijo ella extrañada.
“Se aman desde que él era un Mudkip y ella un Ralts” afirmó él mientras su mente rememoraba aquella lejana tarde de otoño en la que había hallado a la entonces pequeña Ralts mientras buscaba pokémon fuertes en la hierba alta de Ciudad Petalia “Swampert solía recibir los ataques y golpes por ella cada vez que entablaba un combate doble con otros entrenadores. La semana pasada finalmente aceptaron que estaban enamorados, y desde entonces siempre pasan tiempo juntos, ya sea cuando entrenamos o cuando los saco de sus Poké Balls para que tomen aire fresco.”
La mención de Gardevoir hizo que Sceptile bufara indignado. Después de tantos años aún tenía sentimientos hacia la pokémon psíquica bailarina, y el hecho de que Swampert se hubiese ganado el corazón de ella le fastidiaba de sobremanera.
“Quizás debería capturar otro Ralts” pensó Brendan en voz alta “Una cría les haría muy felices a ambos. Aunque considerando que los avistamientos de Ralts salvajes han ido disminuyendo desde el año pasado, dudo mucho que llegue a encontrar uno.”
“Tal vez no sea necesario” dijo May “Verás, hace unos días conseguí capturar un Ditto en el Jardín Trofeo del viejo señor Backlot. Tal vez, y solo si tu Gardevoir está de acuerdo, podríamos dejarlos a ambos en la Guardería para obtener un huevo con un Ralts que ella y Swampert podrían criar juntos una vez eclosione.”
“Podría funcionar” pensó él, viendo cómo el sol comenzaba a descender lentamente. Acto seguido, para sorpresa de May, se puso de pie y, tras sacudirse la arena de su chaqueta y sus pantalones, regresó a Swampert a su Poké Ball “Se está haciendo muy tarde. Sígueme.”
“¿Seguirte?” preguntó la chica arqueando una ceja “¿A dónde?”
“Hay algo que quiero enseñarte antes de que anochezca” le respondió el muchacho mientras guardaba la Poké Ball de Swampert en su bolsillo y lanzaba al aire su Lujo Ball, de la que salió gruñendo un imponente Salamence “Ven, sube.”
“¡¿Desde cuándo tienes un Salamence?!” exclamó May asustada, retrocediendo. Sceptile se levantó del suelo rápidamente, preparándose para luchar en caso de que tuviese que defender a su entrenadora.
“Me lo obsequiaron Zinnia y los miembros del Clan Meteoro el año pasado” explicó Brendan mientras le extendía a May su mano derecha para invitarla a subir “En aquel entonces era solo un pequeño Bagon. Tranquilízate, no te hará daño. Es manso.”
May inhaló y exhaló profundamente para reponerse del susto. Finalmente, y con una mirada firme y decidida, metió a Sceptile en su Poké Ball y le dio a Brendan su mano izquierda. Este la tomó con fuerza y le ayudó a subir para que se ubicase detrás de él, justo delante de las alas de Salamence. Fue entonces cuando vio que Brendan estaba susurrándole algo al Salamence en el oído. El pokémon dragón pareció asentir y, un segundo después, abandonó el suelo, levantando una pequeña nube de arena.
“¡Sujétate!” dijo Brendan mientras sentía como May se aferraba a su cintura, gritando aterrada por la velocidad que Salamence había alcanzado.
Desde que era pequeña, May siempre había odiado volar. Su miedo a las alturas le hacía preferir viajar en barco o en tren, a pesar de que el viajar en un pokémon volador siempre resultaba más rápido y eficaz. Y ahora que se hallaba montada con su mejor amigo sobre uno de los pokémon dragón más veloces y temerarios, sentía que moriría en cualquier momento. Con su corazón latiendo con fuerza, cerró los ojos y esperó el inminente final.
“May” oyó decir a Brendan “Abre los ojos.”
Y así lo hizo. Lo que vio la dejó sin palabras: estaban volando a la misma altura que las nubes más elevadas, y a juzgar por cómo el conjunto de islas que formaban la región de Hoenn parecía una serie de puntos color verde claro y marrón oscuro desde allí arriba supuso que debían de encontrarse a unos veinte kilómetros de altitud. Todavía temerosa, se atrevió a extender su brazo derecho hacia una de las nubes, y su mano la traspasó por completo, recolectando un pequeño montículo de aire cálido y húmedo de cumulonimbos que se dispersó rápidamente. Aquella suave sensación en la palma de su mano hizo que el miedo se le fuera y una sonrisa se dibujase en su rostro. De pronto volar ya no parecía ser tan malo.
“¿A dónde vamos?” preguntó alegre, volviendo a colocar su mano sobre la cintura de Brendan con tal de no perder el equilibrio.
“Es una sorpresa” contestó él riendo “Ya lo verás. Por ahora disfruta del viaje.”
En ese preciso instante, Salamence soltó un gruñido peculiar, como si se sintiese una presencia desconocida. Brendan y May intercambiaron una mirada repleta de incertidumbre, y la respuesta a su comportamiento llegó a los pocos segundos, cuando una figura de piel verdosa y de titánicas proporciones asomó su cabeza, abriéndose paso a través de las nubes que se encontraban a la izquierda: se trataba de Rayquaza, el pokémon dragón legendario, protector de la región de Hoenn y de la capa de ozono. Se decía que pasaba gran parte del tiempo surcando los cielos de la región y oculto entre las nubes, alimentándose del agua y de las partículas que hallaba en la atmósfera, por lo que solo se le llegaba a avistar cada cierto millón de años, o cuando la región y el mundo entero se hallaban en riesgo.
Brendan recordaba a Rayquaza de aquella vez en la que había tenido que montar a su lomo para detener a tiempo el inminente meteorito que estaba a punto de estrellarse contra la región y aniquilarla por completo en el impacto, despertando el poder de su mega-evolución y cumpliendo con la profecía escrita por el Clan Meteoro de Hoenn un milenio atrás. Tras haber detenido la catástrofe, le liberó para que fuese libre de ir a donde quisiese, más jamás hubiese imaginado que tendría la oportunidad de volver a verle en persona aquel día. Feliz de estar ante su humilde presencia, le saludó con su mano izquierda para llamar su atención. La imponente serpiente alada se volteó a verle con las penetrantes pupilas amarillas de sus negros ojos y, al reconocerle, hizo una mueca que evocaba una sonrisa, exhibiendo sus enormes mandíbulas. Acto seguido lanzó un potente rugido y siguió volando en línea recta y a la velocidad de un meteoro, dejando tras de sí rastros de un aura verde esmeralda.
May, por su parte, había quedado estupefacta. Si bien había oído sobre cómo Brendan había salvado Hoenn del meteorito estando montado en Rayquaza, esta era la primera vez en su vida que veía a la deidad protectora de su región en persona, y ni los dibujos ni las leyendas que había escuchado sobre esta desde que era niña le hacían justicia. El hecho de que Brendan fuese amigo de la deidad salvadora de su región siendo originario de Johto y que ella jamás hubiese podido conocerla hasta entonces le despertaba celos del tamaño de un Wailord. Pero también era cierto que le agradaba tener como mejor amigo a un joven tan heroico e intrépido. Después de todo, si su amistad había durado tantos años mediante tan solo unas míseras cartas y correos electrónicos ocasionales, entonces no era de extrañar que fuesen tan unidos.
“¡Gracias, Brendan! ¡Realmente eres un campeón! He conocido a tanta gente...Y me he encontrado con tantos pokémon...Ha sido...cómo te diría yo...¡Muy, muy divertido!”
La memoria de aquella bella noche en la que ella y Brendan habían tenido una revancha tras que el segundo hubiese ganado la Liga Pokémon años atrás era sin duda uno de sus recuerdos más preciados. Los pokémon de ambos habían estado tan igualados en poder que por un breve instante sintió que ambos eran un solo entrenador desafiándose a sí mismo. Pero, ¿Acaso era eso lo máximo a lo que podía llegar su relación? ¿Mejores amigos? ¿O tal vez había una chance de que pudiesen llegar a ser...?
“¡Mira!” dijo Brendan, sacándola de su tren de pensamiento y señalando con el dedo índice de su mano izquierda hacia adelante “¡Ya hemos llegado!”
Las nubes que estaban en frente se disiparon, revelando al gigantesco y majestuoso Pilar Celeste. La antigua y sagrada torre llenaba de confianza y de esperanza a todo aquel que posase su mirada en ella.
“¿El Pilar Celeste?” preguntó May perpleja, aunque sin dejar de maravillarse al ver la torre tan cerca por primera vez “No lo entiendo. ¿Por qué aquí de todos los lugares?”
“Lo verás en cuanto estemos en la azotea” aseguró Brendan con una cálida sonrisa “¡Salamence, llévanos más alto, por favor!”
Salamence obedeció y comenzó a volar en sentido ascendente, mientras los jóvenes sentían el viento en sus caras más fuerte que antes. Minutos más tarde alcanzaron la azotea. Y allí, observándoles como si hubiese estado esperándoles, estaba Rayquaza.
“Bien, ya estamos aquí” dijo May, mientras bajaba lentamente del lomo de Salamence, feliz de que sus pies volviesen a estar en tierra firme “Entonces, ¿Qué era lo que querías mostrarme?”
“Mira hacia arriba y observa” dijo Brendan bajando de su pokémon y poniéndose a su lado, mientras revisaba su “Debería de ocurrir en tres, dos, uno...”
El sol había terminado de ocultarse en el horizonte, haciendo visible el precioso firmamento de la región de Hoenn, repleto de bellas y lejanas estrellas. De pronto, y sin previo aviso, un cometa resplandeciente iluminó por un instante el cielo con una luz blanca que solo podía ser descrito como celestial. May apenas pudo parpadear del asombro antes de que la estrella se perdiese en el interminable e hipnótico cielo azul marino.
“La noche en que partiste con Lisia hacia Sinnoh vine hasta aquí para pensar qué haría a continuación” dijo Brendan “Fue entonces cuando vi ese cometa pasar por aquí. Por alguna razón sigue la misma trayectoria todas las noches a esta misma hora, y hasta el día de hoy sigo sin saber por qué. Pero cada vez que lo veo pienso en ti, y me motiva a seguir persiguiendo mis metas.”
“Escuché hablar sobre ese cometa cuando tenía cuatro años” aseguró May volviendo en sí, sin despegar la vista del firmamento “Mi madre solía decirme que la gente de Hoenn cree que está relacionado con el pokémon singular Jirachi, quien de acuerdo con la leyenda saldrá de ese cometa y se hará presente por una semana cada mil años si se le despierta con un canto puro. Entonces te cumplirá el deseo que escribas en una de las notas que hay en su cabeza.”
“¿En serio?” rió Brendan, tanto sorprendido como entusiasmado “Quién lo diría.”
“Brendan” dijo ella, dándosela la vuelta para abrazarle con lágrimas en los ojos “Es lo más bello que he visto en toda mi vida. Gracias por compartirlo conmigo.”
“No fue nada” dijo él, aceptando el abrazo y devolviéndoselo mientras cerraba los ojos. Al volver a abrirlos, notó que su Salamence contemplaba las estrellas con una sonrisa. Rayquaza, por otro lado, se encontraba con su cuello y la mitad de su torso alzados, observando una estrella en particular que por momentos parecía brillar más fuerte que las demás con una expresión seria. El resto del cuerpo del pokémon legendario, cola incluida, estaba recostado y enrollado, adoptando la forma de un gran óvalo “Sabía que te gustaría.”
Continuaron abrazados unos cuantos minutos más, deseando que aquel momento durase para siempre. Fue entonces cuando May escuchó cómo tanto su corazón como el de Ethan latían al mismo ritmo. El sentimiento de sincronización que sintió con él aquella noche tantos años atrás había vuelto a hacerse presente. Sus mejillas se enrojecieron. Ya no tenía dudas: estaba enamorada de su mejor amigo.
“T-tal vez deberíamos regresar” dijo de pronto, para sorpresa de Brendan.
“¿Regresar?” preguntó él, saliendo del trance y preocupado por las palabras de su amiga “P-pero acabamos de llegar.”
“Lo sé, p-pero...” contestó ella, deteniéndose por un segundo, insegura con respecto a lo que quería decir. Luego prosiguió “...E-es que estoy muy cansada. El viaje en barco fue muy agotador. E-en serio lo lamento. No es que no disfrute estar aquí arriba contigo, pero...”
“Lo entiendo” rió Brendan nervioso, finalmente apartándose para darle a su amiga un poco de espacio “Y sé exactamente a dónde podemos ir.”
En menos de un minuto ambos se encontraron montados nuevamente sobre el Salamence de Brendan y dejando detrás el Pilar Celeste en completo silencio, no sin antes despedirse de Rayquaza, quien subió y bajó la cabeza levemente, como si estuviese deseándoles un buen viaje. May se quedó observando al dragón legendario unos cuantos segundos mientras se alejaban de allí a gran velocidad, hipnotizada por la figura del mismo, y por un segundo sintió que este estaba devolviéndole la mirada. Una mirada de comprensión, de aprobación. ¿Acaso Rayquaza podía sentir el conflicto que había en ella? ¿Estaba dándole su bendición? Varias preguntas y dudas asaltaron su mente de sopetón. Más algo era seguro: esa noche había algo que debía hacer.
Su reflexión se vio interrumpida cuando vio que se aproximaban hacia la vieja y nostálgica ruta 113, que aún seguía tan nublada y cubierta por la ceniza volcánica proveniente del Monte Cenizo, igual a aquella vez en la que Sceptile y ella habían tenido que abrirse paso a través de ella, combatiendo con varios entrenadores que estaban deseosos de enfrentarse a ella y a sus pokémon. La recordaba tan bien que prácticamente podría haberla recorrido de cabo a rabo teniendo los ojos vendados.
“Descansaremos aquí” dijo Brendan una vez descendieron y metió a Salamence en su Lujo Ball, internándose en el gran boquete que había en una ladera cercana.
“¿En una cueva?” preguntó May genuinamente perdida.
“No es una cueva ordinaria” rió él mientras la tomaba de la mano y le invitaba a entrar “Créeme, esto te encantará.”
El interior de la cueva era sorprendentemente más que espacioso, con su suelo y paredes repletos de estantes con numerosos muñecos de distintas especies de pokémon y grandes afiches, además de una pequeña lámpara de queroseno que iluminaba totalmente la guarida, asegurando que cualquiera que entrase en ella pudiese hacerlo sin tener que caminar a oscuras. En el centro de la sala había una mesa redonda con el dibujo de una Poké Ball y dos sillas también redondas a sus costados, y en un rincón apartado se alzaba una enorme y bonita tienda de color azul, evidentemente diseñada con el fin de dormir dentro de ella.
“Hace dos años me uní al gremio de bases secretas de Ciudad Arborada” comentó Brendan a la vez que se quitaba su mochila de la espalda “Un sujeto originario de Unova, un tal Aarune, me explicó las bases de cómo diseñar una super base en donde quisiera, ya fuese dentro de una ladera, de un árbol o de un arbusto. En mi tiempo libre me la pasé decorando mi base con todos los objetos que pudiese conseguir en el centro comercial de Ciudad Calagua, esperando el día en que pudiese mostrártela. Ponte cómoda y siéntete como en tu casa.”
“¡Vaya!” exclamó May mientras dejaba su riñonera sobre una de las sillas y exploraba con sus ojos la base, hasta que una de las estanterías llamó su atención “¿Tienes un muñeco de Jigglypuff?”
“Ah, sí” dijo Brendan tras voltearse a ver el muñeco que ella le indicaba, recordando el día lluvioso en que lo había conseguido “Fue el primero con el que me hice. Sabía lo mucho que te gustaban los Jigglypuff, así que decidí comprarte uno para dártelo el día en el que volvieses. ¡Es todo tuyo!”
La joven coordinadora se sonrojó y abrazó el muñeco con algo de vergüenza. Se sentía como una niña.
“Lo recordaste después de tanto tiempo” dijo ella en un susurro apenas perceptible, pero audible.
“Pues...” comenzó él rascando su hombro derecho con su mano izquierda, siendo incapaz de esconder el rubor en sus mejillas “¿Qué clase de amigo sería si no recordase lo que te gusta? En fin, como te decía, aquí dentro tenemos de todo. Si ya tienes sueño puedes usar la tienda azul de por ahí. Que las cortinas no te engañen, es mucho más grande por dentro que lo que aparenta por fuera. Además...”
“Brendan” dijo May de pronto, deteniéndole.
“¿S-sí, May?” preguntó Brendan tartamudeando. Ya había escuchado ese tono de voz suyo en más de una ocasión, y por lo general solía usarlo o cuando hablaba en serio o cuando había dicho o hecho algo que la había molestado enormemente.
Asustado, se dio la vuelta. Ella estaba parada justo frente a él, a escasos centímetros de su cara.
“¿Q-qué s-sucede?” alcanzó a decir, al mismo tiempo que empezaba a sudar. Y fue entonces cuando lo que menos se esperaba sucedió: ella le besó.
Era una hermosa sensación, como si un dulce tarro de miel pura hubiese mojado sus labios. La imagen de un campo de amapolas repleto de Volbeat e Illumise en plena tarde primaveral vino a su mente inmediatamente, y se fue tan pronto como vino, pues ella se apartó a los pocos segundos para recobrar el aliento.
“¿Y e-eso p-por qué f-fue?” consiguió preguntar finalmente, con la lengua enredándosele y aun encontrándose en pleno estado de shock.
“Porque...” empezó May, para luego detenerse en plena oración. Su rostro se puso rojo como un tomate y sus ojos miraron para otro lado. Finalmente reunió el valor suficiente para completarla “...creo que estoy enamorada de ti.”
Brendan abrió la boca para hablar, pero descubrió que no había palabra alguna que se le ocurriese. Cualquier cosa que dijese determinaría lo que ocurriría con y entre ellos a continuación, por lo que decidió escoger sus palabras sabiamente.
“¿E-en serio?” preguntó tímidamente “¿D-desde c-cuándo?”
“N-no sabría decirlo” admitió ella con ojos llorosos “Pero he venido sintiéndome así desde hace un tiempo. Es solo que...Has sido mi único vecino y amigo desde el día en que tú y tu familia se mudaron al lado de nuestra casa en Villa Raíz. Fuiste quien me inspiró a salir de mi pueblo natal para conocer el resto de mi región y conocer a tantas personas, a tantas especies de pokémon, quien me empujó a fortalecer y a estrechar mis vínculos con mis propios pokémon, a experimentar el fenómeno de la mega evolución con Sceptile. Me alentaste a descubrir mi pasión por los concursos, por la mera idea de convertirme en coordinadora. Salvaste a toda Hoenn en dos ocasiones, siempre fuiste considerado conmigo y siempre buscas animarme cuando me deprimo. Y te he extrañado cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día de cada año desde que me fui. Santo cielo, aún no puedo comprenderlo, solo sé que te amo.”
Un silencio abrumador se apoderó del interior de la base. Ninguno de los dos podía mirar al otro a la cara.
“May...” consiguió decir Brendan finalmente.
“¡Lo sé, lo sé, debí habértelo di...!” comenzó a gritar May entre lágrimas, pero su llanto fue interrumpido cuando sintió cómo los labios de Brendan volvían a entrar en contacto con los de ella. Su dolor y abatimiento fueron reemplazados por sorpresa y gozo. Segundos después volvieron a separarse para poder respirar.
“Llámame loco” le dijo él, acercándose y susurrándole al oído derecho “Pero creo que también estoy enamorado de ti.”
May quedó estupefacta por un instante, con su mente indecisa con respecto a cómo debía de reaccionar ante lo que sus oídos acababan de escuchar. Finalmente rompió en llanto, liberando lágrimas repletas de amor puro y verdadero. Sin pensárselo dos veces brincó sobre Brendan y, rodeando su cuello con ambas manos, le besó apasionadamente. Aquel tercer beso hizo que ambos sintiesen cómo el mundo que les rodeaba, aquella acogedora cueva en la que se encontraban, comenzase a desvanecerse, como si se tratase de una mera ilusión, un largo y amargo sueño del cual estaban a punto de despertar juntos.
Permanecieron así unos segundos más, hasta que tuvieron que separarse nuevamente para inhalar y exhalar. La temperatura en sus cuerpos se había elevado drásticamente, y como consecuencia habían comenzado a sudar. Cuando sintieron que estaban listos para el siguiente asalto, conectaron labios por cuarta vez. Inconscientemente, ella le quitó su gran gorra blanca, acariciando su cabello, mientras él rodeaba su delgada y delicada cintura con ambas manos. Los latidos de sus corazones volvían a estar en la misma sintonía.
“Brendan” alcanzó a susurrar ella embelesada mientras comenzaba a aplicarle pequeños besos en el cuello y a sacarle la camiseta, dominada por su propia pasión “Hay algo que quiero pedirte.”
“Dime” dijo él, hipnotizado por aquel precioso pañuelo verde que ella portaba en la cabeza.
“Quiero...” contestó vacilante. Él alcanzó a percibir por un breve instante el temor en el tono de su voz “...que seas mi primera vez.”
Brendan se sonrojó aterrorizado. Hacía años que se había venido preguntando qué haría el día que llegase a conseguir una novia y esta le saliese con semejante solicitud. Y ahora que estaba frente a aquel escenario, con la chica a la que tanto amaba, no sabía qué contestar. No obstante otra parte de sí mismo le gritaba que dijese que sí. No tenía ningún tipo de experiencia previa en el amor. Y sin embargo sentía que estaba listo.
“Sé mi amigo...te amo, Brendan” suplicó May mientras comenzaba a deshacerse tanto de sus guantes blancos como de los mitones naranjas que él llevaba puestos.
“Y yo a ti” pudo decir Brendan, mientras la parte racional de su mente terminaba de dormirse por completo. La última imagen que pudo procesar fue la de sus manos haciendo que el pañuelo y la camiseta de May desapareciesen en un parpadeo, dejando al descubierto su brasier.
La lámpara de queroseno fue apagada, sumiendo a la cueva en completa oscuridad y dándole privacidad a los dos jóvenes amantes.  
                                                           * * *
Martes, miércoles, jueves, viernes. Los cuatro días restantes de la semana pasaron volando más rápido que un Swellow dibujando arcos en el cielo. Y con ellos también volaron las desilusiones, las discusiones y los gritos.
“Te fuiste por tanto tiempo dejándome vacío, ¡¿Y ahora esperas que abandone mi meta de convertirme en el mejor entrenador solo porque quieres que vaya contigo a apoyarte en tus concursos?!”
Con jaqueca y melancolía, Brendan rememoraba sentado frente a la larga y rectangular mesa del living de su casa en Villa Raíz todos los desagradables eventos que habían tomado lugar los últimos cuatro días, sin saber qué haría a continuación. Esa mañana de sábado debía tomar la que probablemente sería la decisión más importante de toda su vida, y se sentía más impotente que un Magikarp salpicando y retorciéndose sobre un pequeño charco, incapaz de moverse sin ayuda de alguien más.
“¡No te pido que abandones tu meta! ¡Te pido que no me abandones a mí!”
La quebrada y a la vez furibunda voz de May continuaba abrumándole, alimentando y volviendo más pensado el sentimiento de culpa.
“¡Este no es un país de los sueños, May! ¡Vuelve a la realidad! ¡Tú vas a ser una coordinadora y yo soy un entrenador!”
“¡¿Sabes qué?! ¡Olvídalo! ¡Por mí está bien! No quiero volver a verte. De hecho, ¡Ni siquiera te molestes en venir a despedirme este sábado!”
Sobre la mesa se hallaban tres objetos a los que se había pasado observando más de una hora: las llaves que sus padres le habían dado para que cuidase de la casa en su ausencia, un boleto para el S. S. Marea con destino a Ciudad Canal y una carta que había escrito unas horas antes con pluma y papel. La carta en cuestión decía lo siguiente:
Queridos Mamá y Papá:
He resuelto irme a vivir con May a Sinnoh. Me he dado cuenta de que ya no queda nada para mí aquí, y que si quiero volverme un mejor entrenador debo salir a explorar el mundo con ella y con mis pokémon. La amo, y no quiero que se vaya de nuevo sin mí. Díganle al profesor que cuidaré de ella, y que nunca dejaré que algo malo le pase. Prometo escribirles todos los días, y sepan disculparme por no haber podido esperarles para despedirme en persona.
Con amor,
                                                                                                                    Brendan
El reloj que su madre había instalado dos meses atrás en la pared marcó las diez. Todavía tenía tiempo de echarse atrás. Podía convertir la hoja en un bollo de papel, tirarla a la basura junto con el boleto y quedarse allí sentado, sin hacer nada. Pero sabía que no podía hacerlo. Su conciencia seguía insistiendo en que debía reunir valor y seguir adelante.
“Viajar por todo el mundo para entrenar te fortalecerá a ti y a tus pokémon. Sabes que yo lo hice mucho tiempo atrás, y si me sirvió a mí, también te servirá a ti.”
La conversación que había tenido con Steven Stone el día anterior en la ciudad de Arrecípolis llegó a su mente. Y no fue la única voz que invadió su memoria.
“Debes ir con ella, Brendan. Si no lo haces, te arrepentirás por el resto de tus días” oyó decir a Wally, visualizándole acompañado de su confiable Gallade en su cabeza.
“Si hay por lo menos un consejo que puedo darte en lo que respecta al amor es que siempre duele, pero eso no significa que no valga la pena pelear por él. Lo que trato de decirte es simple: no la dejes ir”, le había dicho Lanette el jueves, mientras monitoreaba el sistema de almacenamiento de pokémon en todos los PC de Hoenn, asegurándose de que no hubiesen fallas en el mismo.
El reloj ahora marcaba las diez y veinte. Si iba a tomar una decisión debía tomarla ahora, más no sabía si sería la correcta o si estaba cometiendo un terrible error. Fue entonces cuando, sin previo aviso, todos sus pokémon salieron de las Poké Balls en su mochila, rodeando la mesa y a él en el proceso.
“¿Chicos?” preguntó desconcertado “¿Qué hacen? Regresen a sus Poké Balls. Mamá me matará si alguno de ustedes camina por la casa y destroza algún mueble como pasó la última vez. Conocen las reglas.”
Hariyama no dijo nada y, en vez de hacer lo que se le había dicho, se limitó a colocar su manota izquierda sobre la mano derecha de su entrenador, dedicándole una mirada seria y asintiendo con la cabeza. Absol, por otra parte, se acercó para frotar su cabeza contra su pecho en señal de afecto, mientras que Manectric procedió a lamer los dedos de su mano izquierda, evidentemente intentando animarlo. Salamence le sonrió e inclinó el cuello y la cabeza, como si estuviese invitándole a levantarse. Swampert y Gardevoir hicieron lo mismo que Hariyama y colocaron su mano derecha, mirando a Brendan consternados.
“Chicos, agradezco lo que tratan de hacer” suspiró él, mientras aplicaba suaves caricias sobre el suave y fino pelaje blanco plateado de Absol con ambas manos “Pero deben entender que no es tan fácil como parece. Sí, he comprado el boleto y pienso disculparme, ¿Pero qué haré si se niega a escucharme? Me porté como un tonto con ella, y no podría culparla si prefiere ignorarme.”
Los seis pokémon soltaron un gruñido de decepción y bajaron la cabeza, abatidos. Gardevoir recostó cariñosamente su cabeza contra el torso de Swampert, quien la rodeó con su pata delantera izquierda para acercarla más hacia él, sonrojado. De pronto, como si una gran revelación hubiese caído desde los cielos sobre él, Manectric se alejó corriendo a gran velocidad y regresó al poco tiempo con un objeto compuesto por madera y vidrio en su boca, espabilando a su dueño con sus ladridos.
“¡Manectric!” protestó Brendan, indignado ante el comportamiento del pokémon eléctrico mientras le quitaba lo que tenía entre los caninos “¿Cuántas veces debo decírtelo? ¡Los cuadros de la familia no son para masti...!”
Pero el enojo abandonó su sistema cuando observó el cuadro que Manectric había tomado: era una vieja foto que él y May se habían sacado juntos y acompañados de sus familias y sus pokémon justo enfrente de su casa, pocos días antes de que ella se fuese. Se les veía felices, con sonrisas la mar de contagiosas.
Los rayos de sol, que hasta aquel punto habían sido tapados por las nubes de un día nublado, comenzaron a filtrarse a través de las ventanas de la casa, iluminando la pequeña sala de estar. Y fue gracias a aquellos rayos que una sonrisa finalmente se dibujó en el rostro de Brendan, a la vez que el color regresaba a sus mejillas.
“Muchas gracias, Manectric” rió el joven entrenador, acariciando con su mano izquierda la cabeza de su compañero pokémon, quien le contestó lamiendo su palma animosamente. Acto seguido se volteó para ver al resto de sus amigos “A todos, en verdad. Tienen razón. No puedo creer que todavía esté aquí sentado como un idiota. Tengo que ir a buscarla, antes de que sea demasiado tarde.”
La involuntaria mención de la palabra “tarde” hizo que la atención del muchacho se dirigiese hacia el reloj, el cual, para su horror, marcaba nada más ni nada menos que las diez y cuarenta y cinco.
“¡Oh, no!” exclamó mientras se levantaba de la silla de un salto “¡Son casi las once! ¡El S. S. Marea ya debe de haber zarpado! ¡Debo apresurarme! ¡Rápido muchachos, regresen!”
Con la velocidad de un relámpago, Brendan tomó sus Poké Ball y comenzó a meter de nuevo en ellas a todos sus pokémon uno por uno, a excepción de Swampert. El pokémon pez de fango adoptó una expresión repleta de confusión y extrañeza al ver que su entrenador aún no le había devuelto a su cápsula contenedora.
“Swampert” dijo Brendan “Necesitaré tu ayuda si quiero alcanzar ese barco. Pero para ello habrá que tomar medidas extremas. No te va a gustar.”
                      * * *
La sirena del S. S. Marea anunció con fuerza su retiro de Ciudad Portual, con sus pasajeros despidiéndose alegremente de sus seres queridos y conocidos, acompañados del hermoso y radiante sol que acababa de emerger del cielo, iluminando y augurando el feliz viaje que todos ellos y sus pokémon disfrutarían. El Capitán Stern, orgulloso de lo mucho que había evolucionado el ferry los últimos cinco años, contemplaba maravillado y satisfecho cómo el imponente crucero zarpaba hacia la región de Sinnoh sin el más mínimo problema.
La felicidad era general y todos parecían estar festejando. Eso a menos que uno de ellos llevase de nombre May. La joven aspirante a coordinadora miraba con murria cómo dejaban atrás el bello y preciado archipiélago que era su hogar, apartada del resto de la tripulación y con sus brazos apoyados sobre la parte del barandal cercana a la aleta de estribor. Fue entonces cuando una grande y familiar bola de pelo anaranjado toqueteó su pierna derecha para llamar su atención, soltando chillidos de preocupación.
“Estoy bien, Raichu” dijo ella, con su mirada clavada en el cautivante mar azul “Solo estoy un poco cansada. No tienes porqué afligirte.”
Su pierna izquierda se vio invadida por una suave sensación de calor. Al darse la vuelta se dio cuenta de que se trataba de su Magcargo. El pokémon caracol de fuego también parecía estar preocupado por su entrenadora. Posado sobre su caparazón de roca, Swellow trisó con desasosiego.
“¿Por qué me miran así?” preguntó May desconcertada, a la vez que fingía entusiasmo para tranquilizar a sus pokémon “¿Acaso no están felices? ¡Volveremos a casa!”
Sceptile gruñó detrás de ella y cruzó los brazos. Wailord, estando dentro de su Poké Ball, comenzó un canto que evocaba nostalgia.
“¡Vamos, anímense!” dijo ella apenada, con una sonrisa débil “¡En cuanto lleguemos les prepararé unos cuantos pokochos!”
Magcargo y Raichu le devolvieron la sonrisa, pero cabizbajos. Sceptile ignoró sus palabras y miró para otro lado, frustrado. Swellow, por otra parte, se limitó a alzar la vista para contemplar el horizonte, y fue entonces cuando chirrió con todas sus fuerzas, abriendo sus alas de par en par y atrayendo a gran parte de los pasajeros, que comenzaron a juntarse alrededor.
“Eh...¿Swellow?” preguntó May avergonzada al ver que todo el mundo se juntaba alrededor para observar el mar desde el barandal. Fue entonces cuando la voz de una niña con un Slakoth que se encontraba cerca de ella gritando “¡Papi, papi, mira!” hizo que decidiese voltearse para ver porqué todo el mundo estaba tan inquieto.
Allí a lo lejos, en el ancho mar, dos figuras, una grande y musculosa y la otra delgada y humana, se acercaban hacia el barco nadando a la velocidad de una lancha. May entrecerró los ojos para poder ver con mayor claridad qué clase de pokémon podía ser y se quedó sin aliento: era Brendan, quien venía montado en su Swampert y con su mega-aro en su muñeca izquierda emitiendo un brillo rosado intenso. Swampert, mega-evolucionado, nadaba incansablemente, recorriendo grandes distancias con sus enormes aletas, sus fortachonas patas delanteras y sus rechonchos dedos.                    
“¡MAY!” gritó Brendan desaforado, mientras su pokémon le acercaba a estribor lo mejor que podía.
“¡¿Brendan?!” exclamó May impresionada, a la vez que los demás pasajeros se volteaban a verla confundidos “¿Qué estás haciendo aquí? ¡Estoy yéndome!”
“¡LO SÉ!” contestó él, volviendo a gritar. Swampert, por su parte, nadó con mayor rapidez, finalmente igualando la velocidad del crucero “¡Y YO VOY CONTIGO!”
“¡¿Q-qué?!” preguntó ella completamente perdida “¡¿P-pero por qué?!”
“¡Ya te dejé ir una vez!” exclamó Brendan “¡No pienso volver a cometer el mismo error!”
“Oigan, ¿No es ese el muchacho que venció la Liga Pokémon de Hoenn hace unos años?” preguntó una señora de cabello rubio que vestía un vestido y zapatos rojos.
“¡Swellow!” dijo May, dirigiéndose a su pokémon, quien aún se hallaba posado sobre el caparazón de Magcargo “¡Ayuda a Brendan a subir hasta aquí, por favor!”
El pokémon pájaro trisó y emprendió el vuelo, obedeciendo. En cuestión de segundos estuvo volando justo encima de Brendan, quien se aferró a sus patas, regresando a Swampert a su Poké Ball apenas abandonó su lomo.
El peso del muchacho hizo que Swellow chillase e intentase desesperadamente incrementar la velocidad del ritmo de su aleteo, comenzando a sudar. Fue entonces que Brendan, aterrado, pudo detectar un banco de Sharpedo que empezó a rodearlos, evidentemente no con buenas intenciones.
“¡Tú puedes hacerlo, Swellow!” gritó May, alentando a su pokémon para que aletease con más fuerza.
Un atronador rugido y una fuerte luz esmeralda sacudieron el cielo. De pronto, y para asombro de todos los presentes, un gigantesco pokémon serpentiforme de escamas verdes con líneas amarillas que adornaban su largo cuerpo, descendió de las alturas y tomó a Brendan con sus garras, arrebatándole de Swellow. Los Sharpedo, decepcionados al ver que la presa se les había escapado, desviaron su curso, alejándose del crucero.
“¡Por todos los cielos!” alcanzó a gritar entre la multitud un señor obeso con camiseta amarilla y pantalones azules que sostenía una pequeña caja repleta de papas fritas en su mano izquierda mientras todos veían cómo el impresionante pokémon dejaba al muchacho sobre el barco, justo enfrente de la chica “¡Es Rayquaza!”
“¡Muchas gracias, Rayquaza!” dijeron Brendan y May al unísono. El dragón legendario lanzó otro potente rugido y, dedicándole a ambos una mueca similar a la que había hecho el lunes, desapareció entre las nubes, perdiéndose de vista y dejando muchas bocas abiertas en el proceso.
“D-disculpe, jovencito” consiguió decir el agente de servicio al pasajero, reponiéndose del shock que le había causado la repentina aparición de Rayquaza “Pero me temo que no puedo dejarle abordar este barco sin su...”
“Sírvase” contestó Brendan, entregándole en la mano su boleto y sin despegar sus ojos de May, quien estaba roja como un tomate, muerta de la vergüenza por el show que el joven había montado. Los demás pasajeros empezaron a hablar entre ellos, preguntándose qué sucedería a continuación.
“Sabes que pudiste haber venido volando sobre tu Salamence, ¿Verdad?” preguntó May arqueando una ceja mientras Swellow regresaba a su lado, con su orgullo herido. El resto de sus pokémon se pararon junto a ella.
“Sí, bueno” comenzó Brendan encogiéndose de hombros, mientras sus pokémon volvían a salir de sus Poké Balls y la muchedumbre continuaba murmurando “El viento era demasiado fuerte como para volar. Además, sabía que Swampert sería lo suficientemente rápido como para navegar contra la corriente en su estado de Mega-Swampert.”                 
“Entonces” dijo ella finalmente con timidez “Todo eso que dijiste allí abajo...¿Es cierto?”
“Así es” respondió él sin un solo temblor en el timbre de su voz “Cada palabra. Me comporté como un imbécil contigo, y no quise escucharte. Pero ahora me doy cuenta de que el volverme un mejor entrenador no sirve de nada si tú no estás a mi lado. Sé que el vivir juntos en ese departamento tuyo en Ciudad Corazón con todos nuestros pokémon será difícil y que habrá riesgos y obstáculos cuando hagas giras por el resto del mundo, pero quiero afrontarlos contigo.”
“¿P-pero qué hay de tu entrenamiento?” preguntó preocupada la joven “¿Y qué hay de los signos del Frente Batalla?”
“Son solo un montón de medallas vacías” rió el muchacho “Además ya tengo suficientes de esas en mi estuche. De todas formas siempre puedo conseguir más allí afuera. Y las cambiaría todas por pasar un día más contigo si tuviese que hacerlo.”
La joven de cabello castaño, coletas largas y flequillo corto no supo qué decir. Un silencio sepulcral se apoderó de la cubierta del barco. La gente y los pokémon de ambos jóvenes se miraron los unos a los otros. De pronto, Brendan rompió el silencio sacando de su mochila un objeto esférico y rosado: era el muñeco de Jigglypuff que le había regalado a May, quien se llevó las manos a la boca, conmovida.
“Por cierto” dijo avergonzado, sosteniendo el peluche con ambas manos “Dejaste esto en mi base secreta. Aquí lo tienes, si aún lo aceptas.”
“¡Oh, ven aquí!” exclamó May llorando y corriendo a abrazarle, acompañada de los aplausos de los pasajeros. Acto seguido se besaron apasionadamente, mientras sus pokémon lanzaban gruñidos de aprobación y de regocijo. Brendan dejó caer el muñeco al suelo y volvió a tomarla de la cintura para acercarla más hacia él, lo que hizo que ella levantase inconscientemente su pierna derecha, sintiéndose en las nubes.
“Ah, el amor joven” suspiró el señor Briney, acompañado de Peeko, su Wingull. El viejo capitán honorífico del S. S. Marea estaba orgulloso de ver a Brendan habiendo hallado a su media naranja “Es algo que jamás se olvida, ¿No lo crees, Peeko?”
Peeko graznó lleno de alegría, sonriendo y abriendo sus alas para expresar su estado de ánimo.
Y así, con un gran futuro por delante, novio y novia dejaron atrás el océano de Hoenn, dispuestos a enfrentar juntos lo que fuera que las corrientes de la vida que les esperaba tuviesen reservado para ellos.


  La Soledad de un Campeón
Enviado por: FRLG56 - 25 Sep 2020
08:31 AM - Foro: Pokéfics Terminados - Respuestas (3)

“Pueblo Primavera, el pueblo donde soplan vientos de un nuevo amanecer”. Así eran las palabras escritas en el cartel que señalaba la entrada a nuestro pueblo para todo aquel turista o visitante. Habían sido así desde que tenía memoria. ¡Y vaya que soplaban con fuerza aquellos vientos del oeste! No importaba la estación del año o la hora del día en la que uno se encontrase, nunca dejaban de soplar. Mucho menos en primavera, trayendo consigo una cálida y tierna brisa que anunciaba la próxima e inevitable llegada del verano.
Aquella primavera se cumplían siete años desde el día en que había salido de la casa de mi madre con mi por aquel entonces nuevo Pokégear. Siete años desde la hermosa mañana en la que, a pedido del profesor Elm, salí por primera vez de mi pueblo natal con rumbo a la ruta 30 de la región para retirar el huevo de un Togekiss que había obtenido el auto-proclamado Señor Pokémon, acompañado de mi primer pokémon, un pequeño y simpático Cyndaquil. Siete años desde el día en el que comencé un viaje que cambiaría por completo mi vida, un viaje en el que hice amigos y enemigos por igual, derroté a todos los líderes de gimnasio regionales, desmantelé definitivamente a la organización criminal conocida como el Equipo Rocket, me convertí en el campeón de la Liga Pokémon, obtuve experiencia combatiendo a los líderes de gimnasio de Kanto y escalé hasta la cima del indomable y mortal Monte Plateado. Me había vuelto el entrenador pokémon más fuerte del mundo.
Y ahora me encontraba allí, tirado boca arriba sobre el verde y recién cortado pasto de mi pueblo natal, observando el avance de las nubes y el sincronizado aleteo de las bandadas de Pidgey y Spearow a través del hermoso cielo azul, sintiéndome más vacío que nunca, con tan solo dieciocho años de edad. ¿Qué podía hacer ahora con mi vida? Había conquistado prácticamente todo lo que mi región y Kanto tenían para ofrecerme, y nadie podía hacerme frente ni a mí ni a mi equipo. A dondequiera que fuera todos los entrenadores de la región me aclamaban y se arrodillaban ante mí, siendo su pokémon más fuerte un Metapod cuyo mejor movimiento era el de Fortaleza. Ya ni siquiera los dragones de Lance y de Clair o el Feraligatr de Silver podían resistir el Colmillo Hielo de mi Gyarados rojo, al que había capturado en el Lago de la Furia para aplacar su ira cuando el Equipo Rocket forzó su evolución mediante las ondas sonoras de alta frecuencia que emitían desde el almacén que usaban como base secreta en Pueblo Caoba. En ocasiones llegaban a mi casa campeones de regiones como Hoenn, Sinnoh y Unova con la intención de desafiarme, utilizando pokémon muy peculiares y poderosos que nunca antes había visto antes, pero aún con todo esto hasta el Swampert de Brendan, muchacho originario de Ciudad Olivo que ahora era campeón de Hoenn y con quien terminaría entablando una gran amistad, no fue rival para mi Heracross.
“Ethan” susurró una voz familiar al lado mío “¿Te encuentras bien?”
Me di la vuelta sorprendido, intentando no hacer movimientos bruscos. Lyra, la chica que había sido mi vecina desde que tenía memoria y ahora mi novia, se encontraba acostada a mi izquierda, observándome con evidente preocupación en su rostro. Ya eran tres años desde que habíamos comenzado a salir, y durante aquel lapso había llegado a considerarla el amor de mi vida. Sus bellos ojos color miel denotaban tristeza. Odiaba verla así, pero en el fondo sabía que tenía más de una razón válida para hallarse en ese estado de ánimo.
“S-sí” contesté con temblor, tardando demasiado en abandonar mi tren de pensamiento “¿Por qué lo preguntas?”
“Joey me ha dicho que has estado muy distraído durante las sesiones de entrenamiento que le das a su Rattata” respondió ella, acurrucándose sobre mi pecho y rodeándome lentamente con su brazo derecho para proceder a abrazarme “Incluso tu madre me ha comentado que rara vez cenas, y que te vas muy temprano a acostarte. ¿Acaso pasa algo malo?”
“No, Lyra” respondí, liberando un fuerte suspiro cargado de frustración “No pasa nada malo. Es solo que...siento que ya he alcanzado mi máximo potencial.”
“¿Máximo potencial?” preguntó ella extrañada, arqueando su ceja derecha con incredulidad “¿A qué te refieres con eso?”
“Piénsalo” dije cubriendo lo que quedaba al descubierto de mi frente con mi vieja gorra gris y amarilla “Apenas siendo un niño me volví más poderoso que cualquier entrenador en este mundo, incluso más que los miembros del Clan de los Dragones y que los del Alto Mando. Estoy cansado de sentirme siempre intocable. Quiero vivir nuevos retos para fortalecer a mis pokémon, enfrentar a un oponente que sea digno de mí. Alguien que me haga sentir lo que sentí el día que derroté a Lance y conseguí el título de campeón.”
“¿De eso era lo que se trataba todo?” me respondió Lyra aliviada. Pude deducir por la expresión que su cara había adoptado que ella había temido algo mucho peor, que estaba tomándose lo que decía a la ligera “No seas ridículo. Hay otras cosas que se pueden hacer junto a los pokémon que solo entablar combates. Tú más que nadie debería saberlo, especialmente teniendo en cuenta el fuerte vínculo que tienes con ellos.”
“No lo comprendes” le contesté con un dejo de irritación en el tono de mi voz “Tú solo ayudas al profesor Elm con sus investigaciones sobre la crianza pokémon, y no sabes nada sobre combates. Solía amar combatir en todas partes con mis pokémon. Adoraba la adrenalina, el sentir cómo me conectaba con ellos cada vez que algo nos golpeaba, que resistíamos el golpe y que contraatacábamos, sabiendo que con cada batalla nos fortaleceríamos y creceríamos juntos. ¡Ahora siempre que entablo un combate lo único que puedo hacer es mirar a mi rival con condescendencia, sabiendo que con tal solo decir unas palabras ya habré vencido! ¡Estoy harto de salir invicto!”
“Tal vez no pueda comprenderlo” contestó ella enojada “Pero debes recordar que los pokémon no son solo herramientas. También son nuestros amigos, y nos acompañan tanto en las buenas como en las malas. Los combates no lo son todo. Podrías asistir a los concursos de belleza y carisma que suelen darse en Hoenn y Sinnoh y así probar nuevas experiencias, o a los concursos de captura de bichos que se dan los martes, jueves y sábados en el Parque Nacional que está al norte de Ciudad Trigal. ¡Hasta podrías completar esa Pokédex que te dio el profesor Oak o ayudarme con el estudio de las Ruinas Alfa, como prometiste que me ayudarías a hacerlo!”
“¡No es lo mismo!” repliqué molesto “¡Los concursos son solo de exhibición! Cualquiera podría hacer eso. Además, ¡¿De qué sirve ser siquiera entrenador si no tengo a nadie a quien superar?! ¡Ni siquiera soy un adulto y ya he logrado mis sueños y ambiciones! Me hace sentirme impotente. O lo que es peor: solo.”
 “Ethan, no digas eso” pidió ella “Sabes muy bien que no estás solo. Tu madre, el profesor Elm, Lance, Joey, Silver y tus pokémon te apoyan. También me tienes a mí. Además, siempre habrá alguien más fuerte a quien superar. ¿Nunca has pensado que tal vez haya alguien a quien conozcas que podría sentir exactamente lo mismo que tú?”
Las palabras de Lyra produjeron en mi mente una epifanía que me sacudió más fuerte que cualquiera de los pulsos umbríos del Gengar de Silver. Iluminado, me levanté del suelo a una velocidad que incluso el pokémon legendario del rayo Raikou envidiaría, sin previo aviso. En efecto conocía a alguien que podría sentir exactamente lo mismo. La solución era más que clara.
“¡Por todos los cielos!” grité en voz alta “¡Ya sé lo que debo hacer! ¡Lyra, eres brillante!”
“¡Au!” protestó Lyra mientras se incorporaba adolorida. Había perdido el equilibrio, golpeándose fuertemente contra el suelo cuando me levanté “¿Lo soy?”
“¡Por supuesto que lo eres!” afirmé para luego tomarle rápidamente de la cintura y besarle para sorpresa de ella. Sus labios eran más exquisitos que la más dulce de las avellanas. Ella no se resistió y cerró los ojos a la vez que rodeaba mi nuca con sus manos. Cuando finalmente me aparté para dejarle respirar me observó embelesada y con una sonrisa dulce, como si acabase de despertar del más idílico de los sueños “¡Ya sé exactamente lo que debo hacer, y todo es gracias a ti!”
Volví a sentarme sobre el pasto y saqué de mi mochila mi vieja Ultra Ball para desconcierto de Lyra, que me observaba perpleja. Acto seguido me levanté por segunda vez y me preparé para lanzarla al aire, apuntando en dirección hacia la salida al mar que conectaba tanto a mi pueblo como al resto de la región con el este de Kanto.
“¡Adelante, Lugia!” grité sin ocultar mi entusiasmo, lanzando la ball lo más alto que podía.
La Ultra Ball se abrió en pleno vuelo, liberando un rayo de luz blanca y radiante para luego caer nuevamente en mi poder. De ese gran rayo emergió Lugia, aquel gigantesco y solitario pokémon al que había probado mi valía y la pureza de mi alma tantas primaveras atrás. La magnífica y majestuosa ave legendaria de plumas plateadas y estómago azul claro emitió un reverberante canto que sonaba como la melodía más bella jamás compuesta, dio una gran vuelta en el aire y se volteó hacia nosotros, agitando las hojas de los árboles cercanos y produciendo ondas en la orilla del mar con el solo batir de sus titánicas alas. Parecía muy feliz de verme.
“¡Lugia!” volví a gritar con una gran sonrisa y cerrando mi puño derecho con determinación “¡Necesito tu ayuda! ¡Necesito que me lleves hasta el Monte Plateado!”
Lugia asintió levemente con la cabeza, demostrando que comprendía mis palabras. El guardián de las Islas Remolino descendió levemente sobre el pasto a pocos centímetros de mí hasta que sus patas hicieron contacto con el suelo. Acto seguido plegó sus alas y cerró las diez placas de color azul oscuro que se hallaban a ambos costados de su espalda, lo que le permitió agacharse y mirarme a los ojos, invitándome a que subiese a su lomo. Estaba a punto de prepararme para saltar sobre él y ubicarme cerca de su cuello cuando vi que Lyra venía corriendo hacia mí a toda velocidad.
“¡Espera!” alcanzó a decir “¡¿El Monte Plateado?! ¡¿Por qué piensas ir allí?!”
“Hay algo que debo descubrir en la cima de ese monte” le dije con firmeza “Volveré antes de que el sol se haya puesto.”
“¡¿Estás loco?!” gritó Lyra aterrada “¡No sobrevivirás a tan bajas temperaturas dos veces! La última vez que lo escalaste regresaste completamente entumecido y tiritando de frío. ¡Los médicos estaban tan sorprendidos con tu estado que juraron que deberías haber muerto con lo pálido y helado que estaba tu cuerpo!”
“¡No trates de detenerme, Lyra!” sentencié con firmeza “¡Debo ir! Además estaré bien siempre y cuando mis pokémon estén a mi lado. Desde la última vez que subí ese monte estudié y memoricé cada entrada y cada sótano en su interior para protegerme del frío. Lo conozco como la palma de mi mano, y es ese conocimiento lo que me mantendrá con vida allá arriba.”
“¡Si no puedo detenerte entonces iré contigo!” gritó ella, poniéndose justo en frente de Lugia para impedir que este emprendiese vuelo “¡Aún poseo el Celebi que me diste el año pasado por mi cumpleaños, cuando viajamos en el tiempo y derrotamos al líder del Equipo Rocket! ¡Con sus habilidades curativas evitará que tus pokémon se congelen o mueran!”
“¡En ese caso sube ya mismo!” grité ansioso por partir “¡Cuanto más rápido nos vayamos más pronto regresaremos!”
Lyra asintió con la cabeza y me dedicó otra sonrisa de afecto. A pesar de haber pasado siete años aún seguía siendo la misma chica dulce y aventurera de la que me había enamorado cuando ambos teníamos once años. Todavía vestía aquella camiseta roja y aquel peto azul que llevaba puestos el día en que recibí a mi Cyndaquil, y sorprendentemente aún no le quedaban chicos. ¿Acaso el tiempo se había congelado para siempre alrededor de ella y por ello lucía igual que cuando descubrí lo que sentía por ella? De una u otra forma me sentía el joven más afortunado al tener como novia a una chica tan permisiva y protectora como ella.
“¡Marill!” gritó dándose la vuelta para llamar a su pokémon mientras se subía sus medias blancas, levantaba del suelo su bolso de mano amarillo y se ajustaba su gorro blanco de lazo rojo. El pequeño pokémon ratón de piel azul y barriga blanca dejó de corretear alegremente en círculos y subió a su espalda “¡Ven, precioso! ¡Nos vamos!”
Una vez Lyra se ubicó detrás mío y me aseguré de que estuviese sujetándose fuertemente de mí observé a Lugia para indicarle que ya podíamos irnos. El pájaro legendario no necesitó que dijera palabra alguna y, batiendo nuevamente sus alas, abandonó el suelo, emprendiendo el vuelo para llevarnos hacia nuestro destino.
En menos de unos diez minutos estuvimos cerca del Monte Plateado, el cual como siempre se encontraba rodeado de una niebla densa y espesa que no permitía ver nada, desafiando las leyes de la física y la meteorología. Volar hasta la cima a ciegas y tratando de abrirse paso a través de la caída de la nieve era suicidio, por lo que le pedí a Lugia que nos dejara justo en frente de la entrada a la Cueva Plateada para luego regresarlo a mi Ultra Ball, donde estaría cómodo y a salvo.
En cuanto ingresamos sentí un familiar viento gélido recorriéndome la espina. La cueva se encontraba en completo silencio sin contar los insistentes murmullos del viento al hacer contacto con el monte y los pasos de Lyra, que me seguía de cerca. Su Marill tiritaba, manteniéndose aferrado y frotando su cuerpo contra la espalda de su dueña para mantener el calor corporal.
Nuestras pisadas eran rápidas y secas, siendo acallados por la tierra blanda y helada. No había pokémon salvajes a la vista con excepción de una pareja de Donphan que pasó rodando acompañada de su cría, un Phanpy recién nacido, sin detenerse. En el camino llegamos a avistar a Moltres, el ave legendaria del fuego. El impresionante pájaro dormitaba dentro de la misma cueva en la que lo había hallado años atrás, con las llamas en su cabeza, sus alas y su cola ardiendo al rojo vivo, iluminando el recinto y emitiendo una fuerte onda de calor más poderosa que cualquier estufa en existencia. Resolví que lo mejor era no molestarle, pues aún recordaba el encarnizado combate que mi equipo y yo habíamos entablado con él, por lo que convencí a Lyra de seguir adelante.
Al cabo de un rato llegamos a un callejón sin salida en la forma de un gran muro rocoso que, por lo que recordaba, era escalable. Saqué de mi mochila mi Safari Ball e invoqué a mi Tyranitar para ordenarle que usase Treparrocas, a la vez que ambos nos colgábamos a las púas situadas detrás de su espalda. Antes de que pudiésemos pestañar ya habíamos subido el muro por completo. Regresé a Tyranitar a su ball y salimos juntos a la luz que provenía del exterior.
Finalmente habíamos alcanzado la cima. La nieve volvió a caer sobre nuestras cabezas con fuerza, bloqueando completamente nuestro campo de visión y el sendero. Un paso en falso y caeríamos al vacío, donde nadie oiría nuestros gritos y nuestros cuerpos jamás serían encontrados. No se podía ver absolutamente nada salvo las llamas en los hombros de mi Cyndaquil, ya evolucionado en un gran y fiero Typhlosion, a quien había sacado de su Poké Ball para iluminar y guiar el camino. El calor que su cuerpo irradiaba desentumeció nuestros músculos, dándonos las fuerzas suficientes para continuar.
Avanzamos unos cuantos pasos, hasta que la punta de mi pie derecho chocó con lo que evidentemente era una serie de escalones ascendentes, los seis que había estado buscando. El momento había llegado.
“Lyra” musité volteándome a verla, liberando un pequeño halo de vaho de mi boca. Con ayuda de la débil luz que proporcionaban las llamas de Typhlosion descubrí con alivio que ella y su Marill se hallaban a escasos centímetros de mí “Quédate aquí. A partir de este punto debo ir solo.”
“¿Qué?” preguntó ella asustada, acercando sus manos al cuerpo de Typhlosion para calentarlas y recuperar el color de su rostro, pues estaba más pálida que un fantasma. Pude sentir cómo el horror comenzaba a dominarla por la forma en la que me hablaba “¡¿Pero por qué?!”
“Hay algo que debo hacer allí arriba” dije mientras subía el primer escalón y hacía señas a Typhlosion para que me siguiera “No tardaré mucho. Quédate dentro de la cueva, y si surgen problemas usa a Marill y a Celebi. Ellos te protegerán de cualquier pokémon salvaje que intente atacarte.”
Noté como Lyra retrocedía temerosa, mirándome como si no me conociera. Debía de pensar que me había vuelto irremediablemente loco. Finalmente me contestó asintiendo decidida con la cabeza y regresó junto con su Marill por donde habíamos venido, hasta que ambos fueron envueltos por la nieve, perdiéndose de vista. Ajusté mi gorra y estaba a punto de poner mi pie izquierdo sobre el segundo escalón cuando me di cuenta de que no podía moverme. El frío de la montaña era tal que mi pie había quedado completamente congelado, pegado al primer escalón como si fuese parte de él. Intenté forcejear, pero me di cuenta de que era inútil. Para evitar lo que hubiese sido la amputación más dolorosa de la historia le pedí a mi Typhlosion que usase Lanzallamas. Mi pokémon, dubitativo y probablemente con temor a quemarme, escupió una pequeña y leve llama que derritió por completo la capa de hielo, liberando mi pie en el proceso. Acaricié su cabeza como gesto de agradecimiento y él lo aceptó con gusto, rozando cariñosamente mi mano izquierda con su hocico en respuesta.
Subimos los cinco escalones restantes cubiertos de escarcha y caminamos juntos un buen trecho, recorriendo lo que quedaba del escarpado pico, hasta que llegamos al borde del precipicio. Allí arriba no había nadie, solo nosotros dos y la nieve, que cada vez se tornaba más y más espesa. Typhlosion olisqueó el aire y gruñó con desconfianza. No le gustaba estar allí, y a mí tampoco.
“Sé que estás aquí” dije en voz alta, casi gritando “No me dejes aquí esperando. ¡Muéstrate!”
La nieve tapó por completo el risco y un ventarrón huracanado de lo más siniestro se desató, rugiendo con la ira de los vientos del sur. No obtuve respuesta. Y cuando estaba a punto de darme la vuelta para emprender el viaje de regreso, sintiéndome derrotado, él apareció.
Él estaba parado frente a mí, mirándome fijamente. Aquel misterioso y legendario entrenador que había emprendido y completado el mismo viaje tres años antes que yo siquiera hubiese considerado iniciarlo, solo para terminar perdiéndose en aquel helado monte al cual solo los más valientes y experimentados entrenadores podían acceder, convirtiéndose en una leyenda urbana. ¿Por qué había subido hasta allí? ¿Realmente era él o solo se trataba de un fantasma que se presentaba cada muerte de obispo para desafiar a aquellos que consiguiesen llegar hasta la cima sin morir en el intento? Nadie lo sabía a ciencia cierta, ni yo estaba del todo seguro. Su cabello castaño oscuro, su chaqueta de color rojo y sus largos pantalones celestes se agitaban ante la fiereza del clima y sus zapatillas de rayas negras y rojas producían un ruido seco cada vez que daba un paso, pero su piel presentaba una blancura casi espectral y su cuerpo no proyectaba sombra alguna. Sus ojos, profundos y siempre apuntando al frente, en ocasiones parecían adquirir una tonalidad rojo sangre, para luego regresar a un castaño similar al de su cabello. Pero lo que jamás cambiaba era aquel rostro serio, casi inexpresivo, indiferente ante la baja temperatura, ante el suelo cubierto de escarcha. Indiferente ante la caída de la nieve.
“Q-quiero volver a luchar contra ti” conseguí decir finalmente, tartamudeando. El frío finalmente estaba acabando conmigo “Hay a-algo que d-debo averiguar.”
Él no me contestó. Mantuvo sus ojos clavados en mí unos segundos más, ignorando a Typhlosion, quien comenzaba a impacientarse. Luego bajó su gorra con su mano izquierda mientras sacaba con la derecha de un bolsillo de su pantalón una Poké ball para dejarla caer al suelo. De ella salió su Pikachu, quien al vernos se puso en cuatro patas y se agazapó con el pelaje erizado, adoptando una posición de ataque. De sus pequeñas mejillas rojas brotaban ocasionalmente fuertes chispazos amarillos de energía eléctrica en forma de advertencia, más veloces que cualquier impulso eléctrico en la mente humana.
Instintivamente saqué de mi mochila la Safari Ball que contenía a mi Tyranitar, quien emergió de ella haciendo temblar el suelo con sus patas y lanzando un rugido de guerra. Al ser un pokémon de tipo roca con una gruesa coraza protectora, el hielo y la nieve no le afectaban en lo más mínimo. El Pikachu ni se inmutó ante semejante demostración. Se abalanzó sobre Tyranitar usando el movimiento Cola Férrea, dando así inicio a la batalla.
Era un combate como ningún otro que hubiese librado antes, incluso mayor al primero que había tenido contra él. Nuestros pokémon estaban tan igualados en poder que sus ataques penetraban en la neblina asesina que rodeaba el monte, hiriéndola de gravedad: Tyranitar consiguió acabar con su Pikachu usando Roca Afilada, pero no fue rival para su Blastoise, quien le tumbó inmediatamente con su poderoso Hidrocañón, seguido de una devastadora Onda Certera. Sin perder ni un segundo regresé a Tyranitar a su ball y mandé en su lugar a mi Ampharos, quien en un santiamén acabó con Blastoise haciendo uso de sus ataques eléctricos, posteriormente cayendo rendido ante el potente movimiento Ventisca de su Lapras. Con Tyranitar y Ampharos derrotados, envié inmediatamente a mi Heracross, quien se aprovechó del daño que Lapras había recibido por parte del movimiento Trueno de Ampharos para explotar sus puntos débiles y rematarle con un poderoso Karatazo.
Él no mostró ni el más mínimo dejo de desesperación. Tranquilamente regresó a Lapras a su Poké ball para luego sacar a su Snorlax, quien pese a tener desventaja de tipo y a su baja velocidad supo resistir y devolver casi todos los ataques de Heracross gracias a su grasa corporal, respondiendo con un Giga Impacto, al mismo tiempo que mi Heracross contraatacaba con Megacuerno, su movimiento más poderoso. El choque entre ambos produjo una explosión que levantó una gran polvareda. Cuando el humo se disipó, ambos contendientes cayeron debilitados, resultando en un empate. La nieve volvió a caer con la misma fuerza que antes, esta vez acompañada de granizo.
Al fin volvía a sentir aquella sensación que tanto anhelaba. Mi corazón latía a una gran velocidad y el sudor empapaba todo mi cuerpo. Ya no tenía frío, y la adrenalina me dominaba por completo. Él me mantuvo la mirada y se quedó allí parado sin moverse, evidentemente esperando a que sacase a mi siguiente pokémon.
Regresé a Heracross a su Super ball y lancé mi Peso Ball, de la que mi Gyarados salió serpenteando, hasta erguirse y emitir un rugido igual de ensordecedor que el de Tyranitar. Él mantuvo la compostura y lanzó su quinta Poké ball, revelando a su Venusaur. Le ordené a Gyarados que usase Colmillo Hielo, pero su Venusaur fue más veloz y usó Somnífero, poniendo a Gyarados a dormir de inmediato. Después de eso, procedió a usar Gigadrenado y a rematar con Planta Feroz. ¡Gyarados había caído antes de siquiera haber podido moverse!
Con el corazón prácticamente en la boca a causa de la emoción, regresé a Gyarados y lancé mi Ultra Ball, haciendo que Lugia se preparase para batallar. Pese a empezar utilizando el movimiento psíquico Paranormal y tener ventaja de tipo, la gran ave legendaria se encontró a merced de Venusaur, quien comenzó envenenándole con Bomba Lodo y continuó robándole energía mediante Gigadrenado. Reconociendo que no triunfaría y que tanto el veneno como el granizo que caía sobre sus alas terminarían de debilitarle por completo, Lugia decidió reunir toda la energía que le quedaba para utilizar su ataque característico, Aerochorro, con el cual finalizó el duelo, llevándose a su rival consigo antes de caer desmayado.
Una vez más habíamos empatado, y a ambos solo nos quedaba un pokémon. Él aún tenía a su Charizard, mientras que yo solo podía contar con Typhlosion, quien hasta aquel entonces había permanecido a mi derecha, observando la batalla con sumo interés y estando erguido sobre sus patas traseras. Si quería vencer, literalmente tendría que combatir fuego con fuego. Typhlosion me sonrió asintiendo la cabeza con completa confianza y corrió en sus cuatro patas a ponerse en posición, mientras yo regresaba a Lugia a su Ultra Ball. Él por su parte se limitó a retirar a Venusaur del campo de batalla y a lanzar su última Poké ball. Su Charizard entró en escena golpeando fuertemente la tierra con sus patas y desplegando sus magníficas alas, rugiendo un desafío y con la llama en la punta de su cola ardiendo con vigor. Typhlosion lanzó un rugido igual de potente que produjo que la tierra debajo de nosotros comenzara a resquebrajarse, aceptando el reto.
“Pokémon fuertes. Pokémon débiles. Esa es la visión egoísta que tiene todo el mundo. Si un entrenador es bueno, debería ser capaz de ganar con sus favoritos.”
Las sabias palabras de Karen, miembro del Alto Mando especializada en pokémon de tipo siniestro, sonaron después de tantos años en mi cabeza. Mis pokémon y yo realmente habíamos llegado muy lejos, y nada ni nadie había podido detenernos gracias a nuestros esfuerzos combinados y el vínculo que nos unía. Desde el día en que salí de aventuras con Cyndaquil nunca había pensado demasiado en cosas como averiguar qué especies eran más fuertes que otras como Silver y muchos otros entrenadores de mi edad hacían, sino en saber progresar con los compañeros de viaje que ya había hecho. Y ahora, teniendo dieciocho años, era considerado el entrenador más poderoso. Y el único que se encontraba a mi nivel estaba parado frente a mí.
El frío me hizo sacudir la cabeza y volver a la realidad, para descubrir que Typhlosion aguardaba mis instrucciones con una mezcla de entusiasmo y temor. Él y su Charizard, por otra parte, permanecían inmóviles, sin quitarnos los ojos de encima, como si estuviesen esperando a que hiciésemos el primer movimiento. ¿Acaso era por cordialidad o solo para estudiarnos y así descubrir alguna debilidad de la que no fuésemos conscientes? De todas formas ya nada de eso importaba. Este round sería el decisivo, y debíamos dar todo o nada.
Comencé por ordenarle a Typhlosion que comenzase usando Lanzallamas, y este lo hizo antes de que siquiera terminase la oración liberando una enorme llamarada, como si me hubiese leído el pensamiento. El Charizard enemigo esquivó fácilmente el ataque, remontando vuelo a una velocidad impresionante y contestando con Tajo Aéreo, liberando dos potentes ondas eólicas de sus alas. Typhlosion logró esquivar la primera, pero recibió de lleno la segunda, lanzando un fuerte alarido y arrodillándose presa del dolor. Charizard aprovechó para acercarse volando a toda velocidad y usando Envite Ígneo, pero Typhlosion esquivó el ataque y, aprovechando que su oponente había bajado la guardia, tomó rápidamente al Charizard de la cola, deteniéndole en pleno vuelo y practicándole una llave, logrando que su cuerpo colisionase fuertemente contra el suelo y haciendo que el risco se estremeciese.
El Charizard se incorporó lo más rápido posible y atacó lanzando de su boca un poderoso Pulso Dragón, a lo que Typhlosion contestó de inmediato a mi señal con un fuerte Puño Trueno, produciendo una explosión que hizo que ambos contendientes retrocediesen varios metros, habiendo recibido la misma cantidad de daño. Sabiendo que el final se acercaba le ordené a Typhlosion dar lo mejor de sí finalizando con Estallido. Typhlosion obedeció ipso facto y lanzó un rugido como ningún otro que hubiese lanzado antes, liberando de los orificios en su espalda una gigantesca llamarada que recordaba a un volcán en plena erupción, generando una lluvia de meteoros que impactaría contra el suelo en un instante. Instante que el Charizard utilizó para usar su movimiento más poderoso, Anillo Ígneo, mediante el cual golpeó fuertemente el suelo con sus garras para generar múltiples explosiones en dirección a Typhlosion, quien ya no tenía tiempo para huir. El campo fue rodeado de una luz cegadora y ceniza volcánica, y el suelo rugió como el más bravo de los dragones.
Cuando finalmente pude abrir los ojos sin temor a perder mi vista, lo que presencié me dejó sin palabras: ambos contrincantes se encontraban parados uno frente al otro y repletos de moretones y magulladuras, como si estuviesen examinándose. El silencio reinó por unos cuantos agonizantes segundos, sin que ninguno de los dos hiciese movimiento o sonido alguno. Abrí la boca para hablar, pero para mi sorpresa no se me ocurría nada que decir. Él tampoco dijo nada y, al igual que yo, observaba a ambos pokémon con la misma expresión de siempre. El suelo debajo de nosotros parecía un cráter del tamaño de la luna. El cómo el risco no había cedido después de tantas explosiones y temblores escapaba a mi comprensión. La nieve continuaba cayendo, más el viento había amainado, produciendo un silencio que parecía de ultratumba.
De pronto, y sin previo aviso, el Charizard soltó un gruñido débil similar a un quejido y cayó al suelo, desmayándose. Typhlosion lanzó un gruñido de triunfo, se dio la vuelta, caminó dos pasos en mi dirección y cayó rendido. Alarmado, pensé rápido y corrí para recibirle en mis brazos. Mientras le rodeaba con mi brazo derecho y le ayudaba a colocar su pata derecha delantera sobre mi hombro, noté que las llamas que expulsaba por sus agujeros se habían extinguido por completo, signo de su cansancio y fatiga.
Una sonrisa débil pero llena de alegría se dibujó en mi rostro. Habíamos probado una vez más que nuestro equipo era invencible. Pero, ¿Y ahora qué haríamos?
Alcé mi vista para notar que él había retornado a su Charizard a su Poké ball para guardarla en su bolsillo y dirigirse en dirección opuesta a la nuestra, hacia la punta del precipicio. ¿Pensaba suicidarse o en verdad solo era un fantasma tratando de jugarme una broma de muy mal gusto para helarme la sangre? Fuera lo que fuere que pasase por su mente debía detenerle antes de que saltase al vacío o que desapareciese, siendo esto último lo que había hecho la primera vez que le derroté. El momento de hablar era ahora.
“¡Espera!” le dije, intentando sincerarme lo mejor posible “Sé que eres de pocas palabras, pero necesito hablar contigo. Existe otra razón por la cual subí hasta aquí para tener la revancha, y es porque ya no sé cómo continuar. He vencido a todo aquel al que me he encontrado, y ya nadie puede hacerme frente. ¡Ni siquiera tú!”
Él se detuvo por un instante. Giró su cuello hacia atrás para encararme con aquellos ojos penetrantes, con su gorra blanca y roja bailándole en la cabeza y su cabello agitándose salvajemente a causa del viento del sur, que había recobrado sus fuerzas. Y entonces sucedió lo impensable: habló.
“Me pasa exactamente lo mismo” me dijo sonriendo. Su voz sonaba muy similar a la mía, aunque con un tono apagado y neutro, casi melancólico “Logré todo lo que me propuse en mi vida, y cuando no hallé a nadie más a quien vencer, perdí mi razón de ser. Por eso subí hasta la cima de este monte, esperando que los nuevos campeones que hayan oído de mis proezas vengan hasta aquí a desafiarme. El ganar o perder no significa nada para mí. Ya no más.”
“¿Pero cómo es que puedes soportar tanta soledad?” pregunté tanto asombrado como angustiado “¡Todos los que te conocían piensan que estás muerto, y te extrañan!”
“Nunca estoy solo aquí” me contestó, mientras terminaba de voltear todo su cuerpo hacia mí “Mis pokémon me hacen compañía y cuidan de mí, así como yo cuido de ellos, e imagino que tu relación con los tuyos debe de ser igual. Además el silencio que este monte provee me ayuda a meditar y a relajar tanto el cuerpo como la mente. Hace más fácil soportar mi carga.”
“¿Carga?” pregunté totalmente perdido “¿Cuál carga?”
“La carga que es no poder detenerse” respondió con un dejo de tristeza en su voz “Desde el día en que me convertí en entrenador mi vida no ha sido más que batallar. No importaba a qué ciudad fuera o quién me retara, solo quería entablar un combate con alguien y sentirme vivo.  Y cuando obtuve el título de campeón y terminé de explorar Johto todo empeoró. Las medallas, los trofeos, los aplausos, los halagos, las palabras de apoyo y de admiración por parte de todos mis amigos y conocidos ya no me satisfacían. Físicamente me encontraba bien, pero mi alma tenía un vacío que no podía ser llenado. Incluso el explorar cuevas y combatir a los pokémon más poderosos y elusivos para capturarles y completar la Pokédex había perdido sentido para mí. Ahora batallaba tanto como respiraba pero, ¿Con qué fin? ¿Probar que aún seguía siendo el mejor? ¿Entrenar? ¿O tal vez porque era incapaz de parar y no sabía qué más hacer?”
Hizo una breve pausa para dar la vuelta y dirigir su atención hacia abajo, probablemente observando la gran altura a la que nos encontrábamos. Quizás hasta la idea de perder el equilibrio y caer hacia una muerte segura le parecía relativa y poco interesante.
“Mi obsesión fue creciendo conforme avanzaban los días, las semanas y los meses” prosiguió “Pasaba noches enteras sin dormir, y la comida en mi boca me sabía a arena. La voz en mi cabeza gritaba que saliese a combatir, y el impulso cada vez era más difícil de contener. Temí que pudiese llegar a lastimar a mi madre o a cualquiera de mis amigos, por lo que una noche resolví huir de mi casa y jamás volver. Vagué por varios días sin rumbo fijo, sobrevolando la región en el lomo de mi Charizard, hasta que finalmente me establecí aquí. Los primeros días fueron horrendos y una auténtica pesadilla, pues el frío aquí era mucho peor que el que había padecido cuando visité las Islas Espuma. Pero pronto aprendí a mantener el calor corporal y a sobrevivir alimentándome de las bayas que algunos pokémon salvajes me compartían amistosamente. En esta cima conseguí acallar la voz en mi cabeza y dejar ir todos mis sentimientos y emociones. Ahora lo único que me queda, lo único que me mantiene cuerdo...es batallar.”
“¡Pero no puedes quedarte aquí para siempre!” le grité horrorizado tras procesar lo que había escuchado “¡Tu madre, el profesor Oak y todos en Kanto te extrañan! ¡Debes regresar con ellos!”
“¿Qué sentido tendría?” me preguntó “Aún si volviese todo seguiría igual o peor que antes. Les rompería el corazón verme así. Ya no soy aquel niño de once años optimista y feliz que ellos conocieron. Ahora no soy más que un saco de carne con ojos, esperando a que la muerte pase a recogerme.”
“¿Y crees que no les rompes el corazón de esta forma?” pregunté siendo casi incapaz de seguir hablando. La temperatura había bajado aún más, y las resurgentes llamas en la espalda de Typhlosion eran lo único que impedía que terminase congelado “No puedes huir por siempre de tu problema.”
“Hablas como si no hubieses subido hasta aquí solo para huir de todo y luchar contra alguien tan fuerte como tú” me contestó sin presentar signos de enojo o de furia “Igual que yo lo hice en su momento. Si en verdad buscas consejo de mi parte, solo hay uno que puedo darte: quédate aquí conmigo y no te resistas. Tu familia, tus amigos, aquella chica con la que has venido acompañado...ellos jamás podrán comprenderte. Si no terminas aquí lo harás en cualquier otra parte, lejos de ellos. No combatir ese impulso que domina cada fibra y migaja de tu ser, aquello que te hace sentir que valida tu existencia, y aprender a vivir con él es lo único que puede ayudarte.”
“Sí, es cierto” admití abiertamente, bajando la vista para observar un pequeño brote verde que de alguna manera se las había apañado para resistir la nieve y la escarcha que le rodeaban “Subí hasta aquí para retarte a una batalla. Pero también sé que huir de todo no resolverá nada. Si lo hago ese vacío...No. Ese dolor que siento dentro de mí crecerá y crecerá, hasta que un día me despierte y ya no me reconozca. Puede que no me creas, pero nos parecemos en más que solo el vacío que nos aflige. Sé lo que es estar asustado, sentir que vives en un mundo en el que no encajas y creer que no hay remedio alguno, pero todo lo que me has contado me ha abierto los ojos. No es demasiado tarde, ¡Para ninguno de los dos! Podemos vivir una vida aburrida, sin batallas constantes. ¡Pero eso no tiene por qué ser algo malo! También se puede hallar la felicidad en las pequeñas cosas. ¿Y quién sabe? ¡Tal vez terminemos hallando algo más en lo que seamos buenos que no sea las batallas! Lo único que verdaderamente importa son las personas que queremos y que se preocupan por nosotros, al igual que nuestros pokémon, que nos acompañan todos los días de nuestras vidas, enseñándonos su amistad y su cariño. Anda, dame la mano. Bajemos de este monte y regresemos juntos a nuestros hogares. Después de todo, ¿Acaso no es afrontar nuestros problemas y convivir con nuestros seres queridos la batalla más emocionante de todas?”
Él permaneció en silencio por unos instantes, sin siquiera voltearse a verme. Imaginé que probablemente estaría reflexionando acerca de lo que acababa de decir, más en vista y considerando que daba la impresión de que en cualquier momento se tiraría no podía estar seguro. De pronto dio dos pasos más hacia adelante, ubicándose justo sobre la punta del precipicio. El corazón me dio un vuelco. ¿Pensaba hacer lo que creía que iba a hacer?
“Gracias” me dijo dándose la vuelta y sonriéndome por segunda vez “Fue un buen combate.”
Antes de que pudiese decir algo un potente vendaval nos empujó a Typhlosion y a mí hacia atrás y la nieve cayó con aún más fuerza que antes, cubriendo completamente el risco y envolviéndolo en una blancura casi sobrenatural. Asustado, cerré los ojos y me sujeté lo mejor que pude de Typhlosion, a quien pude sentir rodeándome con ambas patas delanteras, protegiéndome del frío. En cuanto percibí que el viento ya no nos azotaba, me atreví a abrir los ojos: la nieve que caía era mucho más delgada, casi acuosa. Y él había desaparecido. No había nadie más allí arriba aparte de Typhlosion, yo y el silencio del monte. Mareado y exhausto, caí al suelo nevado y resquebrajado. Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue el rostro preocupado de Typhlosion y dos figuras, una grande y otra pequeña, corriendo hacia mí.
Desperté para mi sorpresa en el interior del monte, acostado sobre una larga manta color verde agua y alumbrado por la luz de una lámpara de queroseno que se encontraba ubicada a mi izquierda. El primer rostro que vi fue el de Lyra quien, apenas notó que estaba moviéndome, gritó presa de la alegría y me abrazó fuertemente con los ojos llorosos, asfixiándome. Su Marill, que también se hallaba allí con ella, se le unió brincando de felicidad.
“¡Estaba tan preocupada!” decía sollozando cerca de mi oído izquierdo “Eres un tonto, ¿Lo sabías?”
“Oh, mi cabeza” dije mientras le devolvía el abrazo “¿Qué fue lo que pasó?”
“Tardabas mucho en volver, así que salí de la cueva para buscarte” me contestó Lyra, soltándome para darme espacio. Marill también hizo lo mismo “Te hallé inconsciente en la nieve. No fue nada sencillo, pero Typhlosion me ayudó a cargarte para traerte hasta aquí.”
“¿Typhlosion?” pregunté confundido y adolorido, llevándome  la mano derecha a la cabeza. La jaqueca que tenía era fatal “¿Dónde está?”
Typhlosion llegó corriendo en cuanto me escuchó preguntando por él con una sonrisa en el rostro, feliz de verme despierto. Mi viejo compañero de aventuras frotó su hocico y el resto de su cabeza contra mi pecho en señal de amistad.
“Eres un héroe, amigo” le dije mientras acariciaba su lomo con mi mano izquierda, aprovechando que los orificios en este no estaban liberando llamas “Me salvaste la vida.”
“Y no fue el único” añadió Lyra “También debes darle las gracias a Celebi. De no ser por sus poderes de sanación habrías muerto de hipotermia.”
Decidí incorporarme, aún con mi mano derecha sobre mi frente. Vi cómo, no muy lejos de allí, mis demás pokémon se hallaban fuera de sus Poké ball, siendo sanados por el Celebi de Lyra. El pequeño pokémon singular se hallaba realizando una danza en el aire alrededor de ellos mientras emitía pequeños chillidos de júbilo, como si estuviese contento por el mero hecho de existir. Todavía recordaba aquella noche de primavera en la que Lyra y yo le habíamos encontrado en el Encinar al oeste de Pueblo Azalea, donde nos seguía interesado revoloteando sobre nuestras cabezas, hasta que, tras una loca aventura en el tiempo, me convenció de llevarle conmigo metiéndose en mi GS Ball. Horas más tarde decidí regalárselo a Lyra con motivo de que ese día era su cumpleaños, confiando en que cuidaría de él mejor que yo. Ver a todo mi equipo en buen estado de nuevo me convenció de que había tomado una muy sabia decisión.
“Ethan” dijo Lyra de pronto, poniendo su mano derecha sobre la mía. La piel en sus dedos era igual de suave que la seda “Prométeme que nunca más volveremos a este monte. Casi mueres por segunda vez viniendo aquí, y no sé qué haría si te pasara algo.”
“No te preocupes” le contesté sonriéndole, a la vez que apoyaba mi mano izquierda sobre su mano derecha, lo que produjo que ella se sonrojase. Aproveché que mi jaqueca había comenzado a desvanecerse para darle un pequeño beso en los labios “Ya he hecho lo que tenía que hacer aquí. Y ahora mi destino está más que claro.”
Ella me miró a los ojos desconcertada, como una niña inocente a la que acababan de robarle su bicicleta. Adoraba cuando adoptaba aquella mirada tan tierna.
“Lyra, he tenido una gran revelación” le dije “Allí afuera pensé en lo que me dijiste, y me he dado cuenta de que tenías razón. Debo intentar alejarme un poco de las batallas pokémon por un tiempo, y tener nuevas experiencias. Lamento haberte preocupado tanto a ti y a mi madre. Te prometo que en cuanto hayamos bajado este monte te ayudaré a investigar las Ruinas Alfa y a completar juntos la Pokédex. Quizás un poco de trabajo de campo contigo y con el profesor Elm me vendrá de maravilla.”
“Me alegra mucho que recapacitaras” dijo ella con su tan característica y dulce sonrisa. Acto seguido frunció el ceño con un dejo de inquietud “Aunque hay algo que quisiera preguntarte: cuando salí con Marill a buscarte alcancé a escuchar tu voz en medio de la tormenta, y sonabas como si estuvieses conversando con alguien. ¿Con quién hablabas?”
“Es una larga historia” le contesté con una risa nerviosa. ¿Cómo podría explicarle todo lo que había acontecido sobre la cima sin hacerle pensar que estaba delirando? “Si te la contase no me creerías.”
“Bueno” rió ella mientras los murmullos del viento volvían a impactar contra el monte, como si suplicase que le dejasen entrar “Supongo que solo hay una forma de saberlo. Adelante, comienza desde el principio. Soy toda oídos.”
                           * * *
“Ya han pasado diez años” dijo Oak con gran pesar. El anciano profesor pokémon llevó su mano derecha a su nuca, involuntariamente bajando la mirada y observando la vieja mesa de madera del living “Sé que es difícil, pero debes aceptar que existe la posibilidad de que haya muerto.”
“Sigo sin entenderlo, Samuel” gemía la mujer de cabello marrón castaño entre sollozos, desconsolada y con su rostro apoyado sobre la mesa “¿Por qué se fue sin avisarme? ¡Él nunca fue así conmigo! ¿Acaso fue algo que le dije?”
“Probablemente jamás lo sabremos” contestó Oak, apoyando su mano derecha sobre su espalda para tratar de consolarla “Blue y yo le buscamos en su momento por todas partes, y creo que es evidente que, dondequiera que esté, y si es que está vivo, no piensa volver.” 
“No fue su culpa, señora” dijo la joven de cabello y ojos marrón oscuro, camisa celeste y minifalda roja, intentando reconfortarla con genuina consternación “Red era un buen muchacho, y estoy segura de que la quería mucho. Dudo que se haya ido con intención de lastimarla.”
“Eres una muy buena niña, Green” dijo la mujer, finalmente alzando lentamente la cabeza y depositando su mano derecha sobre el brazo izquierdo de la muchacha, con su rostro empapado de lágrimas “Cuando veo la relación que tienes con tu Ivysaur me recuerdas a cuando Red volvió aquel día del laboratorio con su Charmander. Lo daría todo con tal de que regresara a casa. A veces sueño que un día subiré a su cuarto y le veré allí parado, diciéndome que lamenta el haberse ido tan abruptamente, que todo fue una equivocación por parte suya y que solo tardó tanto porque se había metido en problemas.”
“Prepararé algo de té” propuso Oak, dando pequeñas palmadas sobre la espalda de la mujer “Creo que nos servirá de mucho a todos.”
“No se preocupe, profesor” dijo Green mientras se preparaba para levantarse de su silla “Yo lo haré con gusto.”
El silencio que reinaba en la modesta casa de Pueblo Paleta fue roto por un suceso insólito. El Ivysaur de Green, quien hasta aquel entonces había estado dormitando sobre el regazo de su entrenadora, saltó alterado y corrió hasta la puerta de entrada para sorpresa de todos, gruñendo como un perro que ha detectado un intruso.
“¿Qué sucede, Ivysaur?” preguntó Green preocupada, finalmente abandonando la silla y caminando en dirección hacia su pokémon.
Antes de que Ivysaur pudiese emitir algún otro gruñido, un gran rugido resonó detrás de la puerta, seguido del sonido de una Poké ball retirando a un pokémon para almacenarlo dentro de ella. Oak se levantó, notablemente curioso.
“¡Reconocería ese sonido en cualquier parte!” exclamó el científico “¡Es el rugido de un Charizard!”
El silencio regresó por unos segundos, con Green e Ivysaur estando listos para cualquier cosa y Oak poniendo a la señora detrás de él, listo para sacar del bolsillo en su gris y gastada bata de laboratorio la Poké ball en la que se encontraba su Tauros. De pronto, alguien tocó el timbre.
Green abrió la puerta lentamente, con su Ivysaur preparándose para usar Látigo Cepa. Al ver quién se hallaba afuera, los tres quedaron paralizados, y comenzaron a llorar. Pero ya no eran lágrimas de tristeza, sino de una repentina y demoledora felicidad. El dolor había llegado a su fin.
“Hola a todos” dijo Red, sonriendo “Tiempo sin verlos.”            


  Ironblood
Enviado por: Velvet - 23 Sep 2020
11:57 PM - Foro: Pokéfics en Progreso - Respuestas (14)

Pokémon Mystery Dungeon:
IronBlood
("No me miren a mí, yo no elegí el nombre")
 
 
Índice:

      Capítulo I - El Risco Sharpedo
      Capítulo II - La Playa de Krabby
      Capítulo III - La Cueva de la Marea Baja


  El corazón del Mar
Enviado por: Allister - 21 Sep 2020
08:47 PM - Foro: Pokéfics Terminados - Respuestas (3)

El corazón del Mar
 
El barco del capitán Royce surcó el mar desde ciudad Sootopolis hasta pueblo Dewford; el viaje había sido una cruenta batalla contra el hambre, el sueño y el cansancio. Y la locura meteorológica que asolaba Hoenn no hacía fácil la travesía del navío. En algunas zonas de la región el sol golpeaba con intensidad, secando las plantas y los manantiales, debilitando y matando a humanos y a Pokémon por igual.
 
En Altamar las cosas no eran mejores; el nivel del océano había aumentado de manera alarmante en apenas un par de días, haciendo que las ciudades más cercanas a las costas desaparecieran.
 
Royce manejaba con firmeza el timón de la Viento Afín, y aunque los brazos le dolían horrores, pues no había parado de navegar desde hacía tres días y tres noches, su convicción de cazar a aquel maldito monstruo era inquebrantable.
 
El capitán se mantenía de pie en la proa, tan inamovible como una montaña, apartando de su mente el terrible hecho de que toda su tripulación había muerto, y que, tras él, la cubierta era un cementerio flotante. Hombres valientes y mujeres aguerridas habían dado su vida en aquella cruzada suicida. Algunos murieron de inanición, pues las provisiones en el barco se habían agotado hacía semanas. Otros, con peor suerte, tuvieron la desgracia de enfrentarse cara a cara con el titán de los mares: Kyogre.
 
Al capitán ya no le quedaba nada que perder. Una locura febril se había apoderado de él, y pese a que la Viento Afín estaba en un estado crítico, seguía siendo un navío competente con el cual pudo seguirle la pista al legendario. La venganza era la única idea que fluía en su cerebro, y ya no le importaba si moría o tenía éxito; cualquiera de las dos cosas sería ganancia para él.
 
De pronto, la tranquilidad del mar lo sobresaltó; un silencio abrumador llenó el ambiente tensándole los nervios. Barrió con la vista la zona, pero todo estaba en una quietud extraña y sospechosa, no había nada, todo era inmensidad azul y escombros de las casas y comercios que alguna vez formaron parte de pueblo Dewford.
 
«Una ciudad más que desaparece del mapa», pensó Royce con amargura.
 
De pronto, el mar tranquilo comenzó agitarse; primero se levantaron olas leves e inofensivas, luego, un violento viento del sur comenzaría a levantar olas cada vez más grandes.
 
Mientras la Viento Afín soportaba los empellones y azotes del océano, Royce sonreía como un desquiciado, gritando a viva voz: — ¡Vamos, ven por mí! ¿Qué esperas maldita alimaña? — y entre más gritaba, el mar parecía enfurecerse más y más.
 
El cielo se llenó de pronto con nubes negras y los truenos retumbaron como tambores gigantes. Del mar bravío se levantaron tifones amenazantes, y una luz amarilla y poderosa emergió desde el fondo.
 
— ¡Eso es, alimaña! — Bramó Royce, con algarabía — ¡Ven aquí y te daré tu puto merecido!
Y como si de una plegaria escuchada se tratase, el gran Kyogre emergió desde su tumba acuática, flotando sobre las aguas con terrorífica gloria.
 
Aquel ser era inmenso y estaba furioso. Los canales de su cuerpo, otrora rojos, ahora en su estado primigenio brillaban con un amenazante y refulgente color dorado. Sus ojos parecían oro fundido, y su rugido trajo consigo una tempestad; el cielo liberó su lluvia y los rayos se estrellaban sobre la superficie del mar, restallando como explosiones de guerra.
 
Royce se llevó la mano al cinto y cogió dos pokebolas.
 
— ¡Swampert! ¡Luxray! Yo los elijo.
 
El tipo agua se zambulló con presteza en el mar turbio, mientras que Luxray se quedó en la proa, junto a su entrenador; la última batalla estaba por comenzar.
 
Kyogre rugió, y de sus fauces emergió un rayo gélido que partió las olas y las transformó en punzantes estalactitas de hielo.
 
El rayo de hielo iba directo al navío, pero Royce ni se inmutó. Sacó de su bolsillo la piedra llave de su Swampertita y la hizo brillar. El influjo metamórfico de la megaevolución se fundió con el mar turbulento.
 
— ¡Usa puño hielo, Mega Swampert! — Royce dio la orden sin apartar la vista de Luxray.
 
Del agua emergió un fornido Pokémon de brazos fuertes y monstruosos, dispuesto a recibir de frente el impacto del rayo de hielo del legendario.
 
Swampert hendió el aire con un violento revés. Chocó el hielo contra el hielo, y de pronto el cielo se vio cubierto por una delicada nube de diamantina.
 
Royce se cruzó de brazos frente al timón y sonrió con malicia.
 
— Ahora, ¡Golpea con Voltiocambio!
 
Luxray cruzó las aguas apenas rozando la superficie, dejando tras de sí un rastro de electricidad; El felino tomó tal impulso que sorprendió al legendario. Este solo sintió el impacto de una enorme bola luminosa justo entre los ojos. La enorme masa primigenia retrocedió, mientras que Luxray fue despedido de regreso a la cubierta de la Viento Afín.
 
Kyogre respondió con un terrible Surf que levantó una devastadora hola de veinte metros.
La Viento Afín se sacudió como una hoja, sin embargo, Royce miraba sin miedo aquella enorme hecatombe acuática que se cernía sobre él y su barco.
 
— ¡Defiende con Cascada!
 
Mega Swampert salió disparado desde el fondo del mar, golpeó la ola y la partió en dos haciendo que él barco se mantuviera a salvo.
 
— ¡Luxray, golpea con trueno!
 
El pelaje del tipo eléctrico se erizó, produciendo energía y enviándola al fondo de las nubes oscuras. El trueno bajó con precisión, golpeando de lleno a Kyogre. El legendario cayó abatido sobre el mar, sus ojos se habían cerrado, y el brillo dorado de los canales que bordeaban su cuerpo se fue apagando paulatinamente.
 
El capitán Royce sonrió satisfecho al ver el cadáver de su némesis, «Todo ha terminado», pensó, al tiempo que alzaba la vista esperando ver como el cielo se despejaba.
 
Un frío de terror le recorrió la espalda; el cielo seguía nublado y la lluvia torrencial no paraba de caer.
 
— ¡Mierda! ¡Rápido Luxray, usa Trueno de nuevo!
 
El rugido horrendo de la bestia resonó en medio de la tempestad. Kyogre estaba despierto y más furioso que nunca. Su cuerpo enorme comenzó a brillar, suspendió sus aletas y volvió a flotar sobre el agua, enturbiando nuevamente el mar.
 
Royce no pudo hacer nada, el legendario atacó con todo.
 
 Kyogre uso Pulso primigenio, y un millón de saetas azules fueron disparadas en todas direcciones. Una de ellas dio de lleno en el mástil de la Viento Afín, obligando al capitán a precipitarse al mar.
 
A Luxray una de aquellas mortíferas saetas le golpeó directamente, matándolo al instante. Su cuerpo se hundió en el mar, ante la vista impotente de Royce, a quien Swampert había rescatado.
 
— No hay nada que hacer, amigo. Nuestra misión ha fracasado.
 
Swampert asintió con tristeza.
 
Ambos vieron con horror como el titán de los mares se alzaba sobre ellos con furia inmisericorde, y lo ultimó que oyeron fue el rugido de la bestia. Luego, todo fue oscuridad, y sus corazones se fundieron con el corazón del mar.


  Tales Of The Gallant Fujoshi
Enviado por: AJ Slifer - 09 Sep 2020
07:11 PM - Foro: Pokéfics Terminados - Respuestas (2)

- ¡Te has pasado lagartija!
- ¿A quién llamas lagartija? ¡Lagartija!

Tanto el Charmeleon como el Grovyle rodaron por la colina, afortunadamente la vegetación haría la caída y rodadura menos dolorosa, cosa de agradecer, bastante debían de tener con los puñetazos que se lanzaban el uno al otro. En cuanto ambos llegaron al final se separaron, encendiendo Firo sus puños en una suerte de guantes ígneos comenzando a propinar explosivos puñetazos contra el gecko verde que haciendo gala de su agilidad natural los esquivaba, aunque no sin dificultad.

- ¿Por qué has tenido que arruinarlo todo? -gritaba el reptil de piel roja- ¡Cuchillada: Flamberge!

El reptil llameante extendió sus garras de un brillante color blanco que acto seguido fueron inundadas de un intenso fuego para rápidamente cargar contra su inesperado oponente.

- ¡Te recuerdo que también he recibido el mismo entrenamiento! -gritó Leif-Y lo seguiré diciendo para que taladré esa dura cabeza tuya ¡Hoja Aguda: Kusanagi!-anunció.

Por su parte el gecko de abdomen rosado extendió las hojas de su antebrazo formando una agudo y único filo mientras que este era rodeado de un viento cortante y lacerante. Ambas “espadas” colisionaron entre sí, quemando como si del mismo infierno hubiera salido una, la otra cortando infligiendo cortes profundos como si de una espada huracanada se tratara, hasta el punto de que ambos tuvieron que frenar el ataque para dar un paso atrás.

-¡Venga, dilo!-gritó el Charmleon-¡TE RETO A DECIRLO OTRA VEZ, LAGARTIJA!
-Muy bien-dijo el Grovyle-Firo, Firo Volcano Thundara te quiero-dijo el reptil entrecerrando los ojos no sin cierto tono de vergüenza-¡Aaag!-añadió haciendo restallar la lengua-No sé por qué estoy tan nervioso, es lo más sensato que he dicho mucho tiempo. Volveré a decirlo¡Te quie…!
-¡BASTA!-Clamó el pre-dragón poniendo sus garras en los hombros del Groyvle-¿Quién te ha metido estas ideas en la cabeza?-añadió casi con tono de romper a llorar-¿Ziel?¿Nari?¿Lyd?¿La maravillosa y genial Cinna señora de todo lo que es bueno y puro?¡Ya está!¡ Seguro que ha sido esa Salazzle dominatrix de Ayrinne!
-No Firo-respondió Leif mientras retiraba con dulzura las garras de sus hombros-Mi querido y ardiente Firo…
- ¡NO ME LLAMES ASÍ!
-Te llamaré así Firo y ahora que yo te he abierto mis sentimientos es hora de que tú me des tu enorme, jugoso…
- ¡NO SIGAS!¡PUÑO TRU…!
-Y venoso, corazón de princesa adolescente que se  que atesoras en el fondo de tu gentil y cálido pecho. Te amo
 
La pequeña Mawile levantó la cabeza del papel para revisar lo que había escrito, no podía evitar esbozar una pequeña sonrisa.

-Jejeje-río en voz baja-Cinna vas a ser la mejora escritora de toda Nova- ¡Y Vydra y Taika han sido muy amables diciéndome palabras complicadas para poder usarlas!

El hada metalizada estaba visiblemente feliz, sin embargo, no pudo evitar torcer el gesto y romper a sudar frío cuando, gracias a la vela con la que se alumbraba, pudo ver una sombra a sus espaldas. Preocupada, giró la cabeza...

-Uff-suspiró aliviada, no hay nadie-añadió para luego volver a sus escritos-¡AAAAH LEI…!
-No chilles-susurró el gecko-poniéndole la mano la boca-¿Tienes idea de la hora que es? Por cierto ¿Qué tenemos aquí? -dijo para comenzar a leer.
- ¡No!¡Es mío!

La pequeña hada trató de alcanzar para quitárselo, pero con sus pequeños brazos no llegaba a suficiente altura para arrebatar la lectura del geckonido que, para colmo, tenía uno de sus brazos apoyado en su cabeza, impidendolé acercarse.

-Vaya, Vaya-decía mientras sus pupilas se movían al son del escrito-No está mal.
- ¿En serio te ha gustado? -preguntó la Mawile algo incrédula
- ¿Quieres un pequeño “consejo”? -dijo el arborícola –Borra el nombre de Leif y pon otro
-Entiendo-dijo con dulzura la benjamina del equipo- Y-agregó para transformar tanto su tono como su cara a una mucho más perversa- ¿Se te ocurre alguno?
- ¿Qué te parece…? -dijo el reptil con casi igual tono y cara que Cinna-Kaeru

Ambos compartieron una pequeña risa en la oscuridad para luego despedirse el geckonido

-Recuerda, borra Leif y pon Kaeru.

La pequeña Cinna volvió a coger la pluma de Adler para sumergirla en la tinta que resplandecía bajo la luz de la vela

-Oh mi querido y amado Firo, Preferiría ser borrado de la existencia antes que ver como ese Kaeru te aleja de mi lado, te quiero, te quiero, te quiero


  Más pokedescripciones
Enviado por: Topacio - 09 Sep 2020
01:10 PM - Foro: Gruta Pokéfics - Sin respuestas

Gracias por la ayuda con fibra, pero necesito más ayuda.


¿Como describirían represalia?

¿Como describirían infortunio?

Gracias de antemano.


  Practica en escritorio
Enviado por: Deskore - 07 Sep 2020
11:00 AM - Foro: Edición y Dibujo - Respuestas (2)

Image
Mini-práctica 001

Que acaban de ver?  Una pequeña práctica si se puede decir.

Aquí seguiré posteando las pequeñas practicas o dibujos "terminados" que vaya haciendo.


  POKEMON CONQUEST La leyenda de Ranse-chihō Final Mix
Enviado por: Thiashi - 21 Aug 2020
01:44 PM - Foro: Pokéfics en Progreso - Respuestas (2)

Aclaraciones y presentación de los Personajes
La Región de Ranse-chihō, es una región que se encuentra dividida por 17 reinos o naciones que a la vez son controlados por un Busho o Warlord, sus habitantes transmiten de generación en generación la leyenda de la creación de su región, la leyenda dice que la región fue creada por el dios Pokemon Arceus y que, si en algún momento los 17 reinos son conquistados por un único Busho, el Pokemon legendario regresara para que nuevamente, reine la paz. Muchos lo han intentado, pero nadie lo ha logrado unificar la región.
La región se encuentra en constante caos por las rutinarias batallas que tienen los diferentes guerreros junto a sus Pokemon causando la muerte de muchos de estos, los guerreros son personas que han podido transmitir sus emociones a los Pokemon cada guerrero se especializa en un tipo de Pokemon especifico.
 
Mapa de la Región de Ranse-chihō

[Imagen: Uo726bB.jpg]

Perfil de los personajes Principales.

[Imagen: 4F2uQZi.jpg]
[Imagen: nfn3gBz.jpg]
[Imagen: 0VgI32l.jpg]
[Imagen: 0hLhQbE.jpg]


Capítulos


  Se presenta un fanfiquero
Enviado por: Topacio - 20 Aug 2020
10:14 AM - Foro: Cueva Unión - Respuestas (3)

Hola, me llaman Topacio y soy creador de muchos fics entre los que destacan las aventuras de Drex Ketchum.

Encantado de conoceros a todos.


  Orgullo y Arrogancia.
Enviado por: Gold - 19 Aug 2020
06:40 PM - Foro: Explícitos terminados - Respuestas (3)

Mostrar Notas
Ahhh... ha pasado un buen tiempo desde que publiqué, así que les traigo un OS que desde hacía tiempo estaba preparando. Not gonna lie, no he escrito en un buen rato, así que probablemente esto sea malo o no tan pulido como me hubiera gustado.  Also, iba a hacerlo mas largo, introduciendo un personaje al final, pero creo que eso le hubiera quitado el impacto, además que ya había pasado las 9000 palabras y la verdad si se alargaba más no vería por donde cortarlo.

No lo voy a negar... esta madre es densa. Pero espero puedan disfrutar la lectura aunque sea un poco.

Esto salió de escuchar esta canción:

de ahí de hecho el nombre.
Pero luego me puse a escuchar en loop estas dos canciones que también le quedan como anillo al dedo (?).



So... here goes nothing.


 
 Orgullo y Arrogancia

 
Alejada del mundo que la vio crecer, rechazando todo lo que se le había inculcado, siendo dueña de su destino y sus decisiones, finalmente había logrado forjarse un camino lejos de la sombra de sus padres, de su tierra, de la realeza. Sin embargo, ¿por qué no se sentía feliz? ¿Por qué cada vez que cerraba sus ojos lo primero que recordaba y con lo único que soñaba era esa mirada melancólica que la vio partir?
Esos iris de color rojo, casi rosa, que antes parecían observarla con un odio y fiereza sin igual, poco a poco se transformaban en algo que nunca supo ver, algo menos desdeñoso y más suave.
 
Maya le había entregado todo lo que en ese entonces poseía, su reino, su status, su apellido. Había hecho de Claudine una reina, le había dado a Orre el cambio que necesitaba para que dejara de ser una región olvidada por el resto; ¿pero entonces porque no se sentía como una victoria? ¿Por qué, de algún modo egoísta, pensaba que debía, que podía ser parte de ello? Había roto los barrotes de su jaula de oro, extendido sus alas y volado hacia lo desconocido.
 
Los había abandonado.
 
La había abandonado.
 
 
 
Eso era lo que había querido toda su vida, ¿verdad? Ser normal, ser simplemente un entrenador más que se perdía entre la multitud de otros como ella, compartiendo la misma profesión. Pero de una u otra forma, sabía realmente que no podía borrar quién era ella en realidad; mientras ella siguiera respirando, mientras ella siguiera viviendo, el peso de la corona seguiría sobre sus hombros.
 
Y aquello solo se acrecentaba gracias a la culpa que se sentía; de saber que había abandonado su patria cobardemente para alcanzar un sueño infantil que había probado ser poco menos que un dulce que cada día se volvía más amargo.
 
¿Por qué entonces se sentía con el derecho de participar en un período de paz y celebración que no le correspondía?
 
En un principio trató de tapar sus impulsos egoístas, disfrazándolos como viajes políticos. Y en un principio fue así; reunirse con los campeones de otras regiones, llegar a acuerdos que sabía que en algún punto se romperían si no tenía el suficiente cuidado, charlas hipócritas bajo sonrisas falsas y despedidas poco amistosas.
 
Después se volvió descuidada, errática, sedienta de más, curiosa por saber que secretos las regiones esconderían bajo sus tierras, lejos de los campeones y líderes que hacían de las ciudades principales un martirio. Los viajes se propagaban más y más, sin embargo las reuniones con los campeones eran cada vez menos.
 
Y la gente comenzó a preocuparse, Claudine comenzó a preocuparse y tuvo que parar sus excursiones por un tiempo.
 
No estaba orgullosa de lo que había hecho después, cambiando lugares con aquella que juró seguirla hasta el fin del mundo, dejándola atrapada en la jaula que una vez le perteneció, dejando que toda la carga recayera en su espalda, para después desaparecer sin despedida alguna.
 
¿Cuántos años habían pasado? No se atrevía a contarlos, a sabiendas que el tiempo no estaba de su lado. Cuando el hechizo mermó sobre ella, ya era demasiado tarde; no podía simplemente volver, hacer que todo había sido un malentendido. No podía simplemente fingir que nada había pasado en su ausencia.
 
Había visto las noticias, el trono no la recibiría con los brazos abiertos; Claudine había hecho de su carga impuesta la suya propia y se había manejado con una voluntad forjada bajo fuego, aceptando su pasado y labrando cada día su presente como nueva gobernante.
 
Por más culpa que sintiera, por más deseos de volver a pisar y reclamar lo que le pertenecía por derecho de nacimiento, debía aceptar las consecuencias de sus decisiones; debía aprender a vivir en su auto-exilio, pues sus acciones la habían llevado por ese sendero y aunque aún podía arrepentirse, las puertas hacia lo que debió ser su destino hacía mucho se habían cerrado.
 
Nunca volver atrás, eso le habían inculcado. Y era curioso como ahora más que nunca decidía seguir aquel principio, cuando antes lo único que quería era dejar atrás las largas sombras familiares que se cernían sobre ella como Honchkrow hambrientos e inalcanzables. Aun ahora, a pesar de que ya era lo suficientemente mayor para haber hecho las paces con su pasado, eso no evitaba que los desagradables recuerdos no siguieran atormentándola en forma de pesadillas y noches de insomnio.
 
De niña había justificado acciones horribles y seguido mandatos ridículos, sedienta por tener el reconocimiento de sus padres y de su abuelo, haciendo cualquier cosa para ser digna heredera al trono, para evitar caer en el olvido o ser considerada una ilegítima, temerosa de que su padre la abandonara a ella y a su madre para buscar en alguna otra concubina el tan ansiado bebé varón que se encargaría de gobernar.
 
Tenía miedo. Siempre le habían dicho que era la viva imagen de sus padres, físicamente y en personalidad; por más que juraba que en todos estos años había cambiado, ¿realmente…?
 
De pronto Feraligatr se movió de forma brusca, lo que la sacó de sus divagaciones y la hizo volver a la realidad.
 
Se encontraba en medio en uno de los tantos lagos que abundaban dentro del Monte Corona, rodeada de una espesa niebla. La caña de pescar que usualmente ataba a su cintura para más comodidad se encontraba intacta y el lago sin perturbación alguna. Supuso que entonces su Pokémon simplemente estaba cansado, pues se encontraban pescando como única actividad desde que Maya se había levantado.
 
Era difícil saber la diferencia entre el día y la noche en un espacio tan cerrado y con tan poca luz. El paisaje siempre era el mismo y gracias a ello parecía como si el tiempo se hubiera congelado permanentemente. Era… desalentador, y una tortura. Estaba muy segura de que su reloj interno se encontraba estropeado gracias a ello, era lo más lógico y natural.
 
Sin embargo, no es como si se pudiera dar el lujo de salir y dejarse ver con facilidad. Su rostro era conocido, más de lo que le gustaría admitir. No solo por su legado como realeza, sino también por su estatus de persona supuestamente desaparecida; cuando huyó, si bien pasaron dos meses antes de que se diera a conocer su desaparición, una vez que se hizo pública los noticieros no tardaron en llenarse de anuncios y las recompensas por alguna pista de su paradero no se hicieron esperar.
 
Sus habilidades como luchadora y coordinadora eran sus signos mas distintivos. Cuando antes había ocupado la corona, los duelos de exhibición nunca habían faltado, por lo que su equipo era bastante reconocible; y, cuando escapó, sus habilidades como coordinadora no tardaron en resaltar, levantando sospechas.
 
Así que tuvo que alejarse de las grandes luchas y los espectáculos fabulosos, subsistiendo a base de peleas clandestinas que encontraba en los pueblos más olvidados de la región, aquellos lugares que los campeones usualmente pasaban por alto y no figuraban en los mapas oficiales, pues no tenían suficiente importancia o no aportaban tanto a la economía de la región como las ciudades turísticas más conocidas.
 
Feraligatr entonces la sacudió levemente, indicándole que habían llegando a la orilla. Maya volvió a salir de sus pensamientos, saltando del lomo de su inicial para tocar tierra firme; el entumecimiento en sus piernas y el frío del ambiente casi provocaban una acción en cadena desafortunada, más logró recomponerse a último minuto, como siempre le habían enseñado sus mentores desde su más tierna infancia.
 
Se acomodó su chaqueta roída y su gorra desgastada, y sospesó sus opciones. Rebuscó entre la mochila llena de tierra que usaba como almohada algo que pudiera servir como comida, encontrando solo una pequeño envase de sopa enlatada, algunas bayas selladas y unos pocos cerillos para encender una fogata.
 
 
Antes de levantarse para preparar su cena, vio por el rabillo del ojo como su Pokémon se perdía entre las profundidades del lago, probablemente buscando por su cuenta la comida que ella no le proveyó horas antes. Frunció el ceño cuando escuchó el lave chapoteó que generó la cola de Feraligatr al romper la superficie del agua en un último impulso, sintiéndose impotente; las provisiones ya eran escasas, lo que quería decir que debía salir al exterior a más tardar mañana para conseguir más, arriesgándose a ser vista y muy probablemente a enfrentarse a lo que sea que aguardara allá fuera.
 
Sus pokémon no eran débiles ni mucho menos, pero se mentiría así misma si decía que estaban en las mejores condiciones para pelear. El aislamiento, las raciones a cuenta gotas y el poco entrenamiento físico obviamente habían pasado factura después de un exilio prolongado. Seguían siendo fuertes, poderosos, pero se cansaban rápido y las batallas últimamente se prolongaban más y más con cada excursión que tenían que hacer.
 
Sin mencionar que pronto tendrían que cambiar de escondite; no podía quedarse en un lugar demasiado tiempo para evitar que la pudieran rastrear, además de que quizás la temporada de inicio de liga estaría próxima a comenzar -quizás no, pero no quería confiarse y arriesgar todo su trabajo duro solo por quedarse más tiempo del necesario-.
 
Aquello no era vida, no para sus pokémon. Ella podía lidiar con el exilio, pero sus compañeros se merecían un trato mejor del que podía darles actualmente; apenas y podía alimentarlos, temerosa de que sí conseguía las raciones necesarias se viera sospechosa y en necesidad de tener que exponerse más para conseguir el dinero extra para pagar los suplementos.
 
Años antes había tratado de liberarlos, esperando que un mejor entrenador pudiera darles la vida que merecían; sin embargo, ellos se habían rehusado a abandonarla, quedándose con ella hasta el final.
 
¿Y así recompensaba su lealtad? ¿Con sobras y en el olvido?
 
Sus Pokémon se merecían más que eso, y ella debía dejar de ser una cobarde.
 
Comenzó a andar por la cueva, recolectando las pequeñas ramas secas que se vieran en óptimas condiciones para encender una fogata, viendo cada tanto la sombra difuminada de su pokémon que se proyectaba en el lago, nadando gustosamente en busca de una presa.
 
Encendió el fuego, recolectó algo más de agua y se puso a cocinar lo poco que tenía, pensando en futuros inciertos y en presentes poco amables.
 
Pero ella era una Tendou, la última de su legado y la primera en desertar, y si algo le habían enseñado sus antepasados era a siempre mantenerse firme con sus decisiones, a pesar del dolor y del remordimiento que estas conllevaran a corto o largo plazo.
 
Su mente jamás estaría en paz, sabiendo como sus pokémon eran tratados y se marchitaban delante de sus ojos, pero se prometió resistir. No podía volver con la cabeza baja, pidiendo perdón y de rodillas. El mundo la había olvidado hacía tiempo como gobernante, las búsquedas habían sido canceladas, pero su cabeza seguía siendo valiosa para los enemigos de su región; retractarse no estaba en su vocabulario, y ¿cómo podría? Ella los había abandonado.
 
¿Cómo podría siquiera pedirle perdón a la región que había traicionado? Carecía de ese derecho.
 
Aunque le doliera, sus pokémon serían lo único que quedaría de ella, de ese pasado horrible, de ese legado manchado de sangre que con el tiempo se chapeó de oro.
 
Ellos eran su último bastión, mas no su esperanza, y se prometió que de ahora en adelante buscaría maneras de recompensar su lealtad. Era lo mínimo que se merecían después de negarse a abandonarla en ese infierno de sueños rotos.
 
Sus ojos magenta se clavaron en la pequeña llama que a cada minuto parecía aminorarse, encogiéndose hasta ser solo una pequeña chispa de fuego, divagando en lo que pudo ser y jamás sería.
 
¿Porque un sueño infantil tenía que ser tan egoísta?
 


 
La Academia hacía tiempo que había dictaminado el toque de queda; la situación cerca del Monte Corona había alcanzado niveles preocupantes en muy poco tiempo y a todos los cadetes se les prohibió estar cerca de la zona, por lo que sus áreas de entrenamiento habían cambiado drásticamente; eso, sumando con la escasez de mentores, contribuían a que los directivos prefirieran suspender los entrenamientos y las clases a partir de una hora determinada.
 
Los temblores sin razón habían comenzado a agravarse, lo que causaba que las formaciones rocosas dentro y fuera de la montaña se desprendieran, convirtiendo la zona en una amenaza para todos los entrenadores. Sin embargo, esto se estaba extendiendo poco a poco a las zonas aledañas.
 
No tenía todos los detalles, pero según había escuchado entre rumores de la boca de sus compañeros y algunas veces de sus mismos instructores, la situación se estaba complicando cada día más, por lo que los Ranger tenían que enviar a sus mejores unidades para tratar de contener lo que fuera que estuviera pasando; varios habían muerto en acción, y siguiendo el hilo de esa maraña de noticias sin confirmar, si en una semana no había reportes de avances, la mismísima campeona tendría que hacerse cargo de la situación.
 
Por eso tenía que actuar rápido.
 
La seguridad iba en aumento, el toque de queda cada día se volvía más estricto y la situación empeoraba; sin embargo, también era su última oportunidad de verla.
 
Porque estaba cerca, después de todos esos años.
 
La misión que hacía unos meses le habían dado por fin estaba a punto de ser completada y, si lo hacía bien, pronto podría dejar su fachada de Ranger en entrenamiento para unirse de tiempo completo a las filas de miles y miles de otros que como ella trataban de cambiar el mundo.
 
O al menos, a estas alturas, eso quería seguir creyendo.
 
Era la cadete más joven y también la más pronta a graduarse. Había entrado en la recién inaugurada Academia de Rangers cuando solo era una niña de diez años en busca de su propia aventura, lejos de las ataduras de sus padres y del legado familiar, pensando ingenuamente que así podría cumplir sus ideales.
 
Desde que había salido de casa, siendo apenas una niña de ocho años, sabía que no quería una vida siendo entrenadora y también desde entonces, supo que no sería una digna sucesora como líder de gimnasio para ninguno de sus padres. El camino se le había designado al nacer, pero aquel sueño no era el propio, sino más bien uno impuesto por las expectativas que generaba su linaje.
 
Sin embargo, si era sincera consigo misma, su sueño actual no era más que una maraña deforme que apenas y tenía coherencia. Quería ayudar a la gente, ser una luz entre la oscuridad que le tocó presenciar en su corto viaje por el mundo, y la única manera en la que aquello podía ser posible era convirtiéndose en un guardián que velaba por la seguridad de todos.
 
 
Era un sueño infantil, pero era algo que había decidido por si misma, por lo que no dudó en abandonar su pasado y su apellido en cuanto tuvo la oportunidad, sintiendo finalmente como un peso era levantado de sus hombros inmaduros e inexpertos cuando dejó de tener asociación sanguínea con uno de los líderes de Sinnoh. Y aunque en un principio fue difícil el aislamiento, pues ahora sus padres ya no eran más que desconocidos; y a donde lo único a lo que podía aferrarse era aquel medallón chapado en oro de aquellos lejanos encuentros aislados, se quiso aferrar a ese ideal, a aquella idea que años atrás en su mente había resonado con tanta fuerza.
 
¿Y a estas alturas que importaba si era un autoengaño? Si sólo lo hacía por el reprimido deseo egoísta de volverla a ver.
 
Aquella que, como ella, llevaba el peso de su familia sobre sus hombros; aquella que le dio el valor suficiente de cortar todo lazo, aquella que le dio la fortaleza para pararse por si misma cuando no era más que una niña inocente que no sabía nada del mundo real que la rodeaba. Es por eso que su misión tenía tanta importancia, es por eso que aunque sabía que quizás su vida fuera truncada en el proceso, su corazón no sentía el miedo a la muerte, sino que latía con más fuerza al verse a pocos pasos de su destino.
 
Por eso no le importó arriesgarse con su apuesta; quizás ser Ranger como había planeado en un inicio ya no era el lo que la llenaba y había recurrido a otras alternativas más insidiosas, pero todo, juraba, era por un bien mayor, algo que le permitiría ser más grande que los organismos que toda su vida había conocido; ¿acaso no fue aquella mujer la que le dijo que no todo era como sus ojos lo pintaban?
 
El camino había sido duro, el entrenamiento quizás demasiado extenuante para cualquier otro que hubiera seguido sus mismos pasos en la misma latencia. Fue aceptada contra todo pronóstico, pues la edad reglamentaria para poder unirse a las filas de los Ranger era de mínimo catorce años, cuando los chicos ya han completado al menos un viaje Pokémon y tienen la madurez necesaria para elegir oficios más especializados, pero sus exámenes físicos habían sido sobresalientes y los psicométricos la mostraban más que calificada, por lo que no tuvieron más opción que hacer una excepción, mas eso no quería decir que serían blandos con su entrenamiento.
 
A los Ranger se les prohibía tener más de un Pokémon propio al mismo tiempo, pues dada su labor como protectores de la zona, tenían que estar preparados para lo imprevisto y adaptarse a todo tipo de situaciones. Un equipo Pokémon no podía contar con tanta versatilidad, por eso se había creado el capturador, para crear lazos temporales que les ayudara a los Ranger a sortear las diversas situaciones que se pudieran encontrar.
 
Por ello tuvo que liberar a la gran mayoría de sus compañeros, a excepción de su inicial, y capturar nuevos Pokémon estaba fuera de cuestionamiento; creían firmemente en que la naturaleza debía seguir su curso y que la intervención humana alteraba los procesos naturales, de ahí que hubiera tanto caos en el mundo; los lazos de humano-pokémon solo eran dañinos, procesos que alteraban el fino balance establecido, por eso solo tenían un compañero fijo, pues era quién según su filosofía era el Pokémon que los había elegido para ayudarlos en su carrera por el resto de sus vidas.
 
Escondió a su inicial perfectamente entre la fauna local y convenció a todos de que lo había liberado, cuando en realidad había guardado celosamente su pokebola en un lugar cercano. Pasó un año y medio hasta que su compañero le fue asignado después de tener el promedio más alto en uno de los simulacros; un Tyroge que murió poco menos de un año después, producto de una malformación del corazón.
 
Su segundo compañero fue un Riolu que le fue otorgado a mitad de su tercer año de Academia, pues aunque durante ese período había decidido unirse a otra causa, en el exterior se seguía manteniendo como recluta para crear una fachada, por lo que su capacidad para conectarse con Pokémon había decrecido enormemente al desligarse del la forma de vida que sus instructores tanto pregonaban y defendían.
 
Su entrenamiento empezó a rendir frutos en cuanto su nueva organización le asignó un asistente a larga distancia que hackeó su capturador y le dio instrucciones específicas para rastrear a los Pokémon que previamente había capturado de forma temporal para usarlos a conveniencia las veces que quisiera sin tener que esperar el respectivo cooldown de un día que eran obligados a atenerse. Debía usarlo con discreción, para evitar levantar sospechas de su mejorado rendimiento, pues iba a ser una herramienta necesaria si quería completar la misión que se le había asignado.
 
Los detalles al principio no habían sido más que meros pedazos vagos de información; en un inicio, creyó que no iba a ser tan difícil encontrar a una persona cuya cabeza tenía un precio alto, pero sin un nombre, sin características físicas y sin ubicaciones recientes, solo provista con un pedazo de tela roída, la misión se volvió un callejón sin salida.
 
En esos meses estuvo considerando todas las variantes posibles, preparándose con antelación para lo que consideraba el escenario más realista a pesar de que sus esperanzas la siguieran empujando a un escenario que consideraba poco probable. Aún así no dejó de entrenar y de planear.
 
No fue hace sino unas pocas semanas, cuando Riolu desbloqueó su capacidad para rastrear el aura residual de los objetos, cuando todo cobró sentido y unió los puntos en su cabeza cuando notó, con ayuda del Pokémon, como la tela y su medallón poseían la misma energía desperdigada.
 
 
Y aquí se encontraba ahora, usando a un Gastly que había acondicionado en esas semanas para fortalecer su hipnosis y capacidad de ilusión para distraer a todos aquellos que fueran un obstáculo en su camino. Porque sabía que aún no tenía el poder para enfrentarlos y lo único que podía hacer era evadirlos y distraerlos hasta que lograra su objetivo.
 
Cuando entró al Monte Corona, después de horas corriendo bajo la luna, sorteando guardias y cambiando constantemente de ruta para evitar las fisuras que crecían con cada nueva sacudida de la tierra y las avalanchas de rocas, sintió su corazón detenerse por primera vez.
 


No había podido dormir, su mente se negaba dejar de atormentarla, recordandole cada acción que había hecho antes de llegar a su actualidad. Cada decisión tomada, cada camino errado; sin embargo, uno de esos caminos la llevó a evocar un recuerdo perdido, algo en lo que no pensaba desde hacía mucho tiempo.
 
Aquel primer encuentro con alguien que marcaría una pequeña diferencia en su vida; había sido en un pequeño pueblo de Hoenn, donde había parado para descansar antes de seguir por si viaje. La efusividad de ese momento había sido inconmensurable, cuando se creía libre y sin consecuencias; en ese entonces, antes de irse a dormir, había decidido bajar para un pequeño entrenamiento nocturno. La lluvia había comenzado a caer y cuando se disponía a abrir la puerta, la luz de la luna le señaló un pequeño cuerpo; una niña, la cual parecía asustada y enojada, abrazaba fuertemente a un Croagunk como si su vida dependiera de ello; tenía un largo cabello rubio y ojos verdes, además de dos medallas prendadas una de las mangas largas de su camisa roja.
 
Por un momento, no pudo evitar compararse. Y por ese leve instante, no pudo evitar sentir envidia.
 
Envidia al ver como alguien que ni siquiera tenía la edad reglamentaria podía ser libre por el mundo, sin más ataduras que las propias. Una niña siendo una niña, supuso en aquel entonces, disfrutando de lo que a ella le habían arrebatado por nacer con las investiduras reales.
 
No supo cuanto tiempo la estuvo observando, pero cuando decidió prestar más atención, notó como sus ojos carecían del brillo que deberían tener; parecía ausente, como si estuviera tratando de concentrarse en cualquier otra cosa que no fuera su presente y ahí, la envidia dio paso a la tristeza y al reproche. Porque reconocía esa mirada, la había visto en el espejo miles de veces reflejada en su rostro.
 
¿Cómo podía sentir envidia de alguien que, como ella, aparentemente no había elegido su camino? Había sido rápida para juzgar, a pesar de que alguien mucho más joven pudiera estar sufriendo una carga similar a la suya. Fue la primera vez que se dio cuenta que quizás su sueño infantil no reflejaba el ideal de libertad que tanto había buscado.
 
Pero en ese entonces, ilusamente, había desechado ese último pensamiento, aferrándose a que su decisión había sido la correcta. Era joven, inexperta y sus acciones parecían no tener peso alguno, su juicio nublado por la aventura. Siempre le habían dicho que sus decisiones estaban guiadas por algún poder divino y en aquel momento, solo por un leve desliz, no iba empezar a cuestionarse esas ideas con las que fue educada.
 
En ese momento no supo ni cómo ni por que, pero cuando se dio cuenta se encontraba sentada a un lado de la entrenadora, quién a pesar de haber notado su presencia, no pareció rehuirle. Habían pasado tres meses de la desaparición de Maya y todavía faltarían otros dos hasta que se hiciera pública su desaparición, por lo que no temía de mostrarse de forma tan pública como lo haría en los años venideros.
 
Y Maya comenzó a hablar, de todo y de nada, sin esperar que la niña le respondiera o le dirigiera la palabra. En ese primer encuentro nunca mencionó su infelicidad, ni la carga que se encontraba en sus hombros, por que lo único que quería, era que aquella pequeña no sintiera la misma soledad que ella.
 
Un pequeño gesto de amabilidad. O quizás un gesto de hipocresía; porque aunque se veía reflejada en ella, realmente no lograba concebir la idea de que un sueño tan desenfadado podría traer infelicidad.
 
En algún punto la niña entrenadora se rió de sus ocurrencias y Maya se dio por satisfecha. Ese mismo día, ambas partieron hacia sus destinos sin siquiera haber intercambiado sus nombres.
 
Poco sabía Tendou que se terminaría cruzado más veces con ella y trató ese primer encuentro como una casualidad; no obstante, la segunda vez que se vieron, hubo más que un intercambio unilateral de palabras; la niña se llamaba Alexis y para ese entonces, ya había conquistado seis gimnasios. La conversación aquella vez se había alargado, pero cada vez que parecía tocar puntos demasiado personales, Alexis desviaba el tema y Maya no hacía intento alguno por volver a encausarlo.
 
En la tercera ocasión que se encontraron, después de casi un año y medio, el revuelo por la desaparición de Maya Tendou apenas y comenzaba a extinguirse. Por ello, cuando se encontró con Alexis a las afueras de un pueblo olvidado en Unova, supo que ya no era casualidad; la chica se había hecho fuerte, había madurado y había conquistando hasta el momento la mayoría de los gimnasios de la región sin mucho esfuerzo, evidenciado por las medallas que colgaban de su chaqueta como si fueran condecoraciones militares.
 
Alexis había crecido, mientras Maya parecía seguir en la misma posición desde hace tiempo, siempre evitando las consecuencias que la seguían, rehuyendo del fracaso y la desgracia que cargaba a sus espaldas. Moviéndose, pero sin avanzar.
 
Siempre le habían dicho que era perfecta y ella en consecuencia había actuado en base a esa perfección autoimpuesta. Ella no podía tener fallos, ella no podía ser cuestionada, ¿pero entonces por qué una niña parecía estar varios pasos adelante que un miembro de la realeza?
 
Fue entonces que se dio cuenta de su propia debilidad, de sus defectos, rasgos que hasta el momento había decidido ignorar por su propia arrogancia; Alexis ya no era una niña asustada y enojada con su destino, mientras ella era una gobernante incapaz de aceptar sus errores, desmoronándose lentamente bajo el peso de su propia culpa.
 
Alexis era más digna de su apellido que ella misma, Alexis representaba todo lo que un Tendou debía ser, pues había tomando las riendas de su propio destino para moldearlo bajo sus manos.
 
O al menos, eso siempre le había parecido.
 
¿Cómo iba a saber en ese entonces que la niña atormentada seguía ahí? Bajo una capa de confianza para tratar de amoldarse a un mundo que no parecía aceptarla.
 
Aquella había sido su última interacción, aunque fue la más duradera. Maya le enseñó unos pocos trucos de combate y le regaló el medallón que por siglos había sido símbolo de reyes y reinas de su región natal. A ojos de cualquiera era la entrega de una simple baratija, mas para Maya, aquel gesto significó renunciar a sus aspiraciones de volver a su reino, significó entregar sus esperanzas a alguien que había reconocido mejor que ella.
 
Su mente divagó entonces un rato más en las posibilidades, desde aquel último encuentro habían pasado casi tres años y de Alexis no había vuelto a saber nada. Quizás era mejor así; no sabía que percepción tenía la otra chica de ella, pero cualquiera que fuese, no quería arruinarla. No quería que viera su estado actual, perdida y sin rumbo.
 
Porque Maya aún era lo suficientemente egoísta para preferir conservar esa imagen, cualquiera que fuera, antes de mostrarse como era actualmente; alguien patética y ahogada en el fracaso. ¿Qué dirían entonces de ella? El mundo ya la había olvidado, pero se había ido bajo sus propios términos, cubierta en gloria al ser convertida en una mártir por los medios. Aquellas resoluciones eran mucho mejores que la realidad actual, donde solo quedaba una sombra de todo lo que había sido y una cicatriz de lo que pudo ser.
 
Quería creer que el tiempo había borrado la mayoría de sus heridas, y si era sincera consigo misma, algunas de ellas ya habían cerrado­. Pero era orgullosa y aceptar algunos de esos errores no había resultado tan fácil después de todos esos años; sin embargo, sabía que inevitablemente tendría que sanar, que tendría que aceptar su destino, que las magulladuras dejarían de estar infectadas y purulentas. Y cuando eso pasara, daría el siguiente y último paso; que dejaría de ver el pasado con anhelo, el presente con apatía y el futuro con repudio.
 
Suspiró y decidió que lo mejor era levantarse; no iba a poder conciliar el sueño de todos modos y tal vez era mejor de esa manera. El Monte Corona había estado vacío esos últimos meses, pero no podía confiarse, en cualquier momento daría otra vez inicio el recorrido por las medallas y no podía darse el lujo de ser descubierta.
 
Un temblor la hizo trastabillar levemente, lo que activó sus niveles de alarma de forma considerable. Se encontraba en una de las partes más recónditas de la montaña, por lo que aquello quería decir que la fuente provenía desde la cima.
 
«Peligro»
 
—Debemos salir de aquí.
 
Y Feraligatr no dudó ni un segundo.
  

«Una promesa.»
 
Se había aferrado a una promesa tácita todos esos años. Esos encuentros no habían sido casualidad, al menos, los últimos dos no lo fueron; para ella no lo fueron.
 
En ese entonces era una niña asustada, sin idea de lo que quería realmente hacer el mundo, solo siguiendo férreamente el camino que desde el momento de su nacimiento se había trazado para ella. Recolectar las medallas, ganar la liga, seguir entrenando y que sus padres se pusieran de acuerdo para decidir a quién de ellos terminaría por relevar como líder por medio de un examen que presentaría teniendo como jueces de su desempeño a la máxima autoridad de la región, Sinnoh o Johto, cualquiera que fuera.
 
Su padre la había entrenado desde que tuvo edad suficiente para caminar, pero siempre desde la óptica de nunca forzar sus capacidades más allá de lo que fuera humanamente posible. Su madre, por el contrario, tiró esa filosofía a la basura; porque ella estaba deseosa de que su hija fuera su sucesora, mientras que su padre deseaba que fuera lo suficientemente fuerte para cuidarse por sí misma cuando el momento llegara.
 
Su madre quería que se probara lo más pronto posible, pues había hecho arreglos para que presentara la prueba de líder de gimnasio cuando cumpliera los quince años. Quería apresurar su infancia, pues una vez que se hubiera decretado a que región prestaría sus servicios dejaría de poder distraerse en nimiedades típicas de adolescente. Por eso la mandaron antes de que estuviera lista, quitándole dos años de su vida para lanzarla hacia un mundo desconocido.
 
Le quitaron la posibilidad de elección, pues para apelar a la neutralidad no podría recorrer en su camino por las medallas ninguna de las regiones natales de sus padres, así que la mandaron a Hoenn para se viera de forma más imparcial los frutos de su entrenamiento.
 
Porque allí los líderes no la conocían ni conocían su legado; mas tenían ordenes estrictas de que no la trataran como cualquier otro retador, que lucharan con ella con toda la fuerza que les podía proveer su equipo oficial.
 
Conseguir las dos primeras medallas había sido un infierno, pero pudo alzarse con la victoria después de varias estrategias improvisadas y de moralidad cuestionable, aunque quizás se estaba dando demasiado crédito, y la única razón por la que pudo vencerlos es porque se compadecieron de ella al final. Ella, que no era más que una niña inexperta sufriendo las consecuencias de algo que no sabía si era lo quería, mientras ellos eran adultos con una larga trayectoria forjada a base de batallas y otros tantos obstáculos para lograr su puesto.
 
La diferencia de poder era abismal; las derrotas eran amargas y desmoralizantes, mas se negaba a ceder. En parte porque no sabía que otras opciones tenía, en parte porque cada vez que hablaba con sus padres una pequeña parte de ella se alegraba al verlos sonreír o cuando la felicitaban por sus progresos. Esos pequeños momentos ínfimos que la hacían olvidar que estaba sola en esa región, y que no tenía otros amigos para ponerse en contacto.
 
Se había vuelto muy buena escuchando, ya fuera pláticas ajenas, los anuncios o el mero sonido de la naturaleza. Escuchar cualquier otra cosa era mejor que ahogarse en sus propios pensamientos con esa irritante voz dentro su cabeza que no hacía nada más que recordarle lo que debía de hacer, cómo debía de hacerlo y todo lo que le faltaba por recorrer. Aquel constante reproche, que no la dejaba saborear sus logros ni expresar sus emociones como una niña normal al considerarlos perdida de tiempo.
 
Se sentía atrapada y enojada con ella misma, con el mundo. De no haber tenido ese primer encuentro, quizás ahora estaría en los últimos preparativos para alcanzar su supuesto destino.
 
Por que ahí se había dado cuenta de que quizás había posibilidades para ella, de que no todo estaba perdido ni predeterminado. Porque en esa primera plática, aunque impersonal y aparentemente trivial, había notado ciertos detalles que le daban esperanza; esa chica, como ella, también había sufrido. Tenía cadenas y las había roto.
 
Por primera vez, después de muchos meses en esa región fría y extraña, podía ver una pequeña luz al final; todo ya no era gris y sombrío, como lo había visto hasta ahora.
 
En aquella mujer vio fortaleza y quiso imitarla, por lo que decidió que no podía simplemente ir contra los designios de sus padres. Le tomó tiempo y empezó a construir una farsa para no ser cuestionada.
 
Con cada encuentro, su presencia la llenaba de determinación y fuerza mientras seguía luchando por unas insignias que ya ni siquiera consideraba importantes. Seguía siendo una niña, se había hecho ilusiones y soñaba con algún día ser lo suficientemente fuerte para ella pudiera voltearla a ver como algo más que una simple conocida que tenía el gusto de toparse de forma fortuita cada cierto tiempo.
 
Por eso, cuando aceptó a entrenarla por algunas semanas y después se despidió de ella al darle una de sus posesiones más preciadas, Alexis lo tomó como una señal del destino. Ya no podía vivir bajo esa farsa; sus padres pronto comenzarían a hacer preguntas sobre su lento progreso y el tiempo se le estaba agotando.
 
Quizás ese fue el segundo momento en el que sintió incertidumbre, pues las palabras no se traducían a acciones. Su plan era arriesgado, romper los barrotes de oro en los que estaba atrapada era sinónimo de una vida llena de soledad, sin posibilidad de retornar con sus padres, desechando un prometedor futuro por una apuesta incierta.
 
Pero había entrado a ese juego en contra de su libertad, había aceptado cada una de sus reglas sin cuestionarlas y sin que ellos pidieran su opinión al respecto. ¿No valía la pena arriesgarse por una vez en su vida? Si bien no era una decisión ligera, no quería vivir infeliz y amargada el resto de sus días; la habían obligado a madurar antes de tiempo y su infancia nunca podría volver a recuperarse. Tenía mucho que perder, pero, quizás, si jugaba bien sus cartas, mucho que ganar.
 
Así que hizo su salto de fe.
 
 
Sin embargo, ahora otros pensamientos estaban invadiendo su mente, cuestionamientos sobre si lo que estaba haciendo al final era lo correcto, los cuales prontamente se terminaban derivando a los parámetros de su misión; la falta de información que tenía y el hecho de que no sabía que esperar en la resolución. Era demasiado tarde para voltear atrás y arrepentirse, tampoco es como si quisiera abandonarlo todo. Todo lo que sus padres le enseñaron de moralidad había desaparecido por un instante, por que si ahora se ponía a remembrar las enseñanzas de su niñez, ya no podría ignorar el malestar que le provocaban ciertas ambigüedades.
 
Le habían dicho que su misión de ingreso era una simple búsqueda. Pero ahora sabía a quién pertenecía esa prenda y a quién estaba tratando de encontrar.
 
«El medallón era la llave, un pequeño recuerdo momentáneo antes de que se volvieran a encontrar.»
 
Había decidido que quizás verla por última vez aclararía sus pensamientos. Maya había sido su bastión de luz en el pasado, aquella que le había dado otro propósito a seguir sin que lo supiera; quizás ahora también pudiera calmar la tormenta de su mente y obtener las respuestas que tanto necesitaba.
 
Poco a poco comenzaba a madurar, dejando de ser un niña, pero muy dentro de sí quería que alguien la guiara por última vez antes de sellar su destino con un último clavo.
 
Y con cada roca que su Riolu destruía, con cada sacudida de la montaña, siguió avanzando, iluminada apenas muy tenuemente por la linterna que llevaba prendada de la chamarra de su uniforme. Gastly la seguía muy de cerca mientras que su inicial yacía oculto entre las sombras de la caverna, escalando por las paredes de roca para evitar ser visto cerca de su ama cuando el fortuito encuentro se diera.
 
«Después de todo, si se lo había dado, es que el último duelo estaba por desatarse. Y entonces, ya no dudaría.»
 


 
 
Se sentía atrapada en un laberinto.
 
Los terremotos no cedían, pero la fuerza variaba. Ahora quizás se encontraba en un lugar completamente diferente, pues los temblores habían disminuido en fuerza y apenas se sentían como una leve sacudida. Sin embargo, era difícil saber donde se encontraba con la oscuridad rodeándole. Su Pokémon, no obstante, parecía ver mucho mejor en la penumbra que ella, por lo que no le quedaba más que confiar en Feraligatr para salir de aquel sitio.
 
Su Pokémon no había dejado de moverse desde que salieron de aquel pasadizo, pero hasta el momento solo se habían topado con caminos cerrados o intrincados túneles cuyo destino era muy similar al anterior. Si no encontraba una salida en los próximos minutos, tendría que cavar la suya propia; mas considerando el hecho de que aquella opción era arriesgada por si sola, ya que podría chocar contra un lago subterráneo o provocar un derrumbe, necesitaba eco localizar las partes más vulnerables y cuyo rebote de sonido fuera mínimo para crear una salida segura.
 
No le gustaba usar más Pokémon de los necesarios y en la mayoría de las ocasiones, su Feraligatr había sido más que suficiente para sortear casi cualquier obstáculo, pero aquella no era una situación de poder, sino de estrategia. No podía arriesgarse más de lo necesario ni tampoco era momento para dejar que su ego nublara su juicio.
 
Liberó a su Noivern y le dio las instrucciones exactas para que pudiera llevar a cabo su trabajo. El murciélago desapareció en una nube de tierra y polvo segundos después; se encontraba dividida, pues esperar a su pokémon era la opción más prudente, pero su paranoia le gritaba que debía seguir moviéndose para evitar cualquier encuentro fortuito.
 
Entonces, por primera vez en su vida, decidió dejar de escuchar a esa voz que siempre la había empujado a huir en pos de su supervivencia. Esperar a su Noivern era lo mejor, pues poner más distancia entre ellos solo conllevaría a hacerle la tarea más difícil a su pokémon al tener que buscarla después entre los pasadizos de la montaña.
 
Cuánto se arrepentiría de no haberla escuchado.
 
La tierra se partió bajo sus pies y una esfera de energía salió de forma imprevista de aquel cráter. No sabía si el proyectil iba dirigido hacia su dirección, pero no iba a arriesgarse a descubrirlo, sin embargo era demasiado tarde para tratar de esquivarlo y cerró los ojos esperando la mejor de las posibilidades; no obstante, Feraligatr actuó en consecuencia y alargó una de sus garras para golpear el esférico y mandarlo hacia una de las esquinas.
 
En esos breves segundos de distracción, dos pequeñas bombas no tardaron en detonar en el aire, haciendo un estruendo apenas audible mientras cubrían de humo toda el área circundante. Maya apenas escuchó como algo o alguien parecía caer del otro lado de la explosión, pero el humo hacía imposible distinguir la silueta de su atacante.
 
Otra esfera aural salió disparada hacia su dirección, pero Feraligatr esta vez reaccionó ante la amenaza. El enorme lagarto de agua en vez de mandar el proyectil hacia otra de las paredes de la cueva, tomó con sus garras la bola de energía y la disipó a base de pura fuerza bruta, pues de volver a desviarlo corrían el riesgo de causar un derrumbe; Maya entonces vio como su pokémon tomaba una postura cuadrupedal y se lanzaba hacia el epicentro del humo, importándole poco ver su visibilidad disminuida por aquella distracción.
 
El humo pronto se vio despejado gracias a una poderosa hidrobomba, y segundos después, el cuerpo de un Riolu se estrelló contra el suelo. Y ahí, en el centro, luchando con un Toxicroak con sus pinchos cargados de veneno, se encontraba Feraligatr con la quijada sangrando, con su cuerpo lleno de moretones y apenas resistiendo lo suficiente para no sucumbir ante su oponente.
 
No debía engañarse, aquello que veía era su culpa completamente; su pokémon estaba desnutrido, carente de sueño y con varios músculos atrofiados por la falta de un combate adecuado. Antes podía vanagloriarse de la fuerza de su criatura, mas ahora solo podía ver la sombra de lo que alguna vez había sido; antes el combate hubiera terminado en un santiamén, mas ahora dudaba que Feraligatr pudiera despacharlo en algunos minutos. Toxicroak se veía fuerte, sano y bien entrenado… y demasiado familiar.
 
Se tensó en cuanto notó como Toxicroak no parecía seguir las ordenes de ningún entrenador y, ahora que lo notaba, no parecía haber nadie a la vista. Por instinto se llevó la mano de nuevo a su cinturón y alzó la vista; un segundo después ella liberó a su siguiente pokémon al conjunto de que una pequeña bomba lúmica estalló de una mano escondida detrás de una capa de tinieblas.
 
El destello apenas duro unos milisegundos, una cuerda se enredó en su mano derecha y pie izquierdo, un tirón la hizo morder el suelo. La intención de aquella amenaza era clara; capturarla. No era tonta, sabía que a pesar de que ya no fuera una figura relevante, su cabeza seguía teniendo valor; sin embargo, no sabía si aquella persona la querría viva o muerta. Y tampoco quería saberlo.
 
Una duda surcó su mente; había sido cuidadosa, había cuidado su imagen, entonces ¿cómo es que la habían encontrado? Su temor siempre había sido que la atraparan, por lo que aseguró de ser sumamente cuidadosa y no alargar su estancia mas de lo necesario. Nunca usaba a sus Pokémon más distintivos si tenía que luchar, sino que prefería arreglárselas con capturas temporales o usar a los menos conocidos de su equipo para escapar si el encuentro se alargaba demasiado.
 
Tenía demasiadas preguntas y su cabeza estaba maquinando posibles escenarios donde quizás haya incurrido en algún error o indiscreción. Mas el tiempo para pensar en todo aquello se esfumó en cuanto sintió como el amarre en sus extremidades fue cortado y vio muy apenas por el rabillo del ojo como otra esfera aural se dirigía de nuevo hacia su dirección. Una nube de polvo se levantó, el impactó nunca llegó y su Swanna despejó aquellos escombros con un poderoso vendaval que le dio una visión mejor del panorama.
 
Riolu se encontraba de pie, malherido, con un medallón de oro colgado en su pecho y sus patas emanando un brillo azul bastante tenue, preparando otro ataque.
 
Sus ojos violetas se quedaron fijos en ese medallón.
 
El cuál brillaba con una extraña aura morada, muy parecida al tono de sus propios ojos.
 
Y entonces, las piezas encajaron en su lugar.
 
−Alexis…
 


Se había puesto unos googles especiales para ver a través de los destellos de sus propias bombas, se había puesto una máscara de gas para evitar morir asfixiada por los gases que rodeaban a Gastly cuando lo usaba para ocultarse entre las sombras y volverse invisible a ojos humanos. Creía haber estado lo suficientemente preparada, creía que llegado el momento podría enfrentarse a sus demonios y salir victoriosa; pero las manos le temblaban, el corazón le latía con fuerza y el tiempo se agotaba. La situación se había salido de control y tratando de apaciguar el acelerado ritmo de su corazón, respiró profundo y tomó una pequeña bomba explosiva para tratar de crear una distracción de escape; pero cuando las cuerdas con las que sostenía a Maya fueron cortadas y la oportuna de distracción de su Riolu fue deshecha, se dio cuenta que sus opciones se iban acabando.
 
Toxicroak no aguantaría mucho más, Riolu tampoco y ahora con Swanna en el campo de batalla, era ahora o nunca. Salió entre las sombras, dispuesta a usar la Hipnosis de Gastly como un último recurso esperando que funcionase; tenía que crear una distracción lo suficientemente duradera para que el fantasma no fallara en su encomienda. Por lo que, sin pensarlo, tiró el explosivo directamente hacia su Riolu para que el cachorro amplificara la explosión con su aura.
 
Una sacudida violenta, una distorsión.
 
La bomba nunca llegó y su cuerpo comenzó a caer hacía el vacío mientras veía como varias estacas de piedra parecían formarse de la nada. Ni un sonido salió de sus labios y parecía que el mundo había dejado de girar en ese entonces.
 
«¿Qué haz hecho?»
 
Una mano la sujetó de la manga de su chaleco, por un instante la respiración volvió, y alzó sus ojos, aunque pronto se arrepintió de esa decisión.
 
Eran demasiados sentimientos arremolinados en una sola mirada como para poder describirlos todos a la vez; pero notó el dolor, la decepción, la tristeza.
 
«¿Por qué me has salvado?»
 
La culpa la golpeó como un electroshock, y entonces, su sueño se desquebrajó ante sus ojos; y una verdad que no quería aceptar se desveló ante ella.
 
Era una niña, una niña perdida, mal guiada. Una niña que había creído ser lo suficientemente madura para tomar el destino entre sus manos. Una niña con un ideal de cristal, persiguiendo cuentos de hadas inexistentes.
 
Eso era lo que había querido ¿no? Verla una última vez para asegurarse que su camino no había sido el equivocado. Desligarse de su último lazo emocional para probarse a si misma que estaba lista para entrar a un mundo desconocido, volver a tener esa reafirmación como cuando era más joven, sentir que por fin tenía un lugar en el mundo.
 
Pero no era más que una cobarde. Había evitado hacer contacto visual durante todo el encuentro porque sabía las consecuencias de ello; sabía que no vería aceptación, sabía que quizás al final solo se estaba autoengañando, pero quería aferrarse a lo poco que había decidió por si misma, como si fuera un mantra que la protegería de la realidad que la envolvía.
 
−Lo siento...−Musitó con la voz rota, antes que su cuerpo dejara de responder.
 
—¡Alexis!—Un grito ahogado, casi una súplica.
 
Se sentía responsable. Se sentía culpable. ¿Por qué los dioses parecían tener un retorcido sentido del humor? ¿Por qué no podían de dejar de tirarle sus errores y fracasos a la cara?
 
«¿Por qué justamente ella?»
 
El destino las había unido, el destino había sido caprichoso. Todo que siempre había querido había sido ayudar; ayudar a su región, ayudar a una niña a ser libre. La primera lo había hecho con motivos egoístas, y lo lamentaba hasta lo más hondo de su ser; lo segundo lo había hecho de buena fe, esperando aligerar la carga de una niña atrapada bajo barrotes de oro.
 
Sólo quería ayudar, sólo quería que fuera feliz, como ella no lo había sido. Entonces…
 
Entonces…
 
«Destruyes todo lo que tocas.»
 
Algo había pasado, algo tenía que haber pasado para que Alexis se hubiera visto forzada a darle caza. Alguien se debía haber enterado de su relación y usarlo para manipularla. Alguien…
 
«Tu la empujaste a esto.»
Quizás la única culpable siempre había sido ella, después de todo.
 
Y llegar a esa realización fue tan doloroso como la punzada de un Ariados.
 
Era demasiado.
 
A partir de entonces, no supo cuando sacó el cuerpo inconsciente de Alexis de aquel hoyo, ni tampoco cuando su Noivern había regresado, o cuando había montando el lomo de su Swanna mientras Feraligatr lleva a cuestas a la chica y a sus pokémon. Se movía en piloto automático y lo único que era capaz de sentir en esos momentos era el gran rush de adrenalina que recorría sus venas ante el peligro.
 
La cueva se desmoronaba frente a sus ojos, estacas salían de la nada misma y el suelo parecía volverse cada vez más fino, como si fuera una hoja de papel mojada; mas se veía incapaz de procesar todo lo que estaba sucediendo. Era demasiada información emocional, era demasiada información física. Sensaciones y sentimientos que chocaban entre sí; había quedado paralizada, escuchando solamente las risas crueles de los dioses retumbando en sus oídos.
 
«Es tu culpa.»
«¡Es tu culpa!»
 
 
Por primera vez en muchos años, no reprimió las lágrimas que amenazaban con salir. Había lastimado a tantas personas, había lastimado a sus pokémon y ahora, cuando justamente pensaba que había hecho una buena acción en su vida después de tanto dolor, después de tantos ardid, terminó desmoronarse frente a ella como si fuera un castillo de cristal.
 
Nada de lo que hiciera había importado. Nada era suficiente.
 
Y estaba cansada.
 
Swanna entonces extendió sus alas y bajó un poco en picada para atrapar el cuerpo inconsciente de Toxicroak y Riolu, mientras Feraligatr daba un salto para evitar otro de los vórtices negros que aparecían con más frecuencia. Por mero reflejo, Maya tironeó un poco el plumaje de su montura para maniobrara hacia la izquierda y evitar una estaca de piedra que se estaba formando.
 
Feraligatr dio otro salto, Swanna cubrió sus alas de acero antes de impactarse contra una pared de roca que había salido de la nada y Noivern empezó a cargar en sus fauces energía, preparándose para crear la tan necesitada salida.
 
Cuando el hiperrayo salió de la boca del dragón, dos estacas salieron por debajo de las patas de Feraligatr, empalando sus garras y haciéndolo trastabillar, casi tirando a Alexis en el proceso hacia otro vórtice mucho más grande.
 
Hasta entonces fue que reaccionó, regresando al lagarto a su pokébola de un rápido movimiento mientras apresuraba a Swanna, sin importarle si los escombros de tierra la salpicaban. Vio a su Noivern salir, pero cuando cruzó el umbral que recién había creado, la masa parecía volver a recomponerse, como si estuviera mutando al reformarse. Swanna se dio cuenta, y usó una hidrobomba para tratar de mantenerla abierta por unos cuantos segundos más. Columnas de hierro entonces salieron de entre las paredes, y Swanna aventó a su entrenadora junto por los aires junto a Toxicroak y Riolu, dándoles un último empuje con un poderoso vendaval antes de que el hierro se cerrara sobre su cuerpo.
 
La salida seguía cerrándose, no había rastros de Noivern cerca.
 
Maya atrapó en el aire a Alexis y simplemente cerró los ojos cuando dio un giro un involuntario en el aire gracias a las estalagmitas de diamante que aparecieron en el último segundo.
 
La noche estaba dando paso a la mañana, la luna iba descendiendo lentamente para cederle su lugar al sol.
 
La cabeza le daba vueltas y apenas podía ver nítidamente. Había sangre escurriendo por su frente, había sangre saliendo de uno de sus ojos. Se llevó una de sus manos a su costado, tratando en vano de parar la hemorragia que sabía que tenía; no lo iba a lograr.
 
Así que solamente trató de inhalar el aire puro de la montaña, sintiendo como sus huesos se comprimían y crujían ante la acción.
 
La vio por última vez, a salvo, intacta, con sus pokémon a inconscientes a varios metros de ella, heridos, pero también vivos.
 
Antes hubiera luchado más, antes hubiera tratado de vivir más. Antes…
 
Antes…
 
Estaba cansada.

 
Despertó al sentir el roce del pasto contra su piel; le costó levantarse, pues sus manos y pies estaban entumecidos, la cabeza le daba vueltas y su mente parecía haber borrado los últimos minutos de su existencia antes de haberse desmayado. Lo último que recordaba era haber peleado, salido de su escondite y preparándose para hacer un todo o nada. ¿Por que se encontraba a fuera, entonces? ¿Su misión había fallado?
 
Su mirada apenas y podía ubicar un punto fijo, pues todo lo veía doble, por lo que apenas distinguió a Gastly aparecer frente a ella. Por lo mismo, no opuso resistencia cuando el fantasma parecía empujarla hacia una dirección en especifico. No luchó contra eso, demasiado desubicada como para entender que trataba de hacer.
 
Volvió totalmente a sus sentidos cuando escuchó un sonido bajo, como un chillido de dolor. Abrió los ojos desmesuradamente cuando se dio cuenta la escena que tenía bajos sus pies; Maya estaba respirando agitadamente en un charco de su propia sangre, el Noivern a su lado traía las alas perforadas y en su lomo cargaba una masa emplumada blanca sanguinolenta que no alcanzó a distinguir.
 
Noivern parecía estar sufriendo, pero se negaba a apartarse del cuerpo agonizante de su entrenadora, quién apenas parecía fluctuar entre la consciencia e inconsciencia a un ritmo alarmante. Posó sus manos en la herida, y trató de hacer presión para detener la sangre que no paraba de salir, pero sólo logró arrancarle un quejido a la mujer. El dragón entonces le tiró una mordida, tratando de que se alejara de su entrenadora, pero no alcanzó a cerrar sus fauces sobre las manos de la Ranger cuando un susurro captó la atención de ambos.
—No… no tiene caso.—Tosió poco después, apretando los labios en una mueca de dolor. Apenas y logró hacer un ademán para indicarle a Noivern que se alejara y a Alexis que se acercara.
 
No rechistó, pero lo último que se esperaba fue sentir la mano de Maya acariciando su cabeza, en su rostro una media sonrisa torcida.
 
—Lo siento… lo siento mucho.
 
Alexis se aferró a una de sus manos, tratando de comprender a lo que se refería. ¿Por qué se estaba disculpando? ¿Porque la miraba con arrepentimiento? ¿Porque Maya creía que todo eso era su culpa?
 
Ahogó los sollozos en su garganta, porque no se sentía con el derecho a llorar. Si no hubiera sido una estúpida y ciega egoísta, si no hubiera creído que su moral e ideales estaban por encima de todo lo preestablecido. Si no hubiera…
 
Si simplemente hubiera guardado sus fantasías en lo más profundo de su corazón, nada de esto estaría pasando.
 
Quería decirle tantas cosas, pero no tendría caso. Las palabras murieron junto con su voz, y sólo pudo observar como lentamente la vida parecía desvanecerse de esos ojos violeta.
 
El agarre en su mano se hizo más debil, las caricias en su cabello pararon. Pronto, la respiración comenzó a menguar mientras la noche daba paso a los primeros rayos del sol de la mañana.
 
Y cuando el cielo cambió de azul a un brillante tono anaranjado, Maya dio su último aliento.
 
—Por favor… por favor despierta.—Le rogó a nadie en particular, sabiendo que su plegaria no sería escuchada y que su petición inconcebible.
 
Se había quedado sola en el mundo.
 
Y cuando escuchó los aplausos sordos detrás de ella, junto con unos aplausos pausados y unas palabras secas de felicitación, supo que ya no había vuelta atrás.
 



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[Imagen: 8rkiUAG.jpg]Creo recordar que mencioné que el Fera de Maya era una especie regional, como no me dio tiempo para describirlo dejo una imagen ilustrativa (?).
Also Esto empezó como un Pokémon AU de Shojo Kageki Revue Starlight, luego vi que tenía potencial y salió esto. Maya, de hecho, pertenece a esa serie, pero mientras iba escribiendo me di cuenta que encajaba perfectamente para lo que quería contar, así que al final quedó así.


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