Oneshot- Terapia de Shock

ExtensiónOneshot
Extension larga
FranquiciaAnipoke
GéneroTerror
Resumen

Solo son insectos, no debes de tenerles miedo. Deja que el Doctor te ayude con tus problemas...

AdvertenciaViolenciaMutilacionesTrastornos mentales
#1

Terapia de Shock

 
 Ya no era una niña de diez años, sino una líder respetable en Ciudad Celeste; había crecido, había madurado y se había vuelto fuerte. Sin embargo, por alguna razón, su miedo hacia los bichos no hacía más que crecer.

Era irónico, como había podido superar hace muchos años su miedo hacia los Gyarados, pero algo mucho más inofensivo, como eran muchos Pokémon bicho, la aterraban hasta las huesos.

Al principio, cuando sólo era una niña, sólo le desagradaban; evitaba estar en el mismo cuarto que ellos y siempre que Ash le acercaba la pokéball de Caterpie, se alejaba. Cuando el pequeño insecto trataba de darle cariño, trataba de no maltratarlo, pero a veces era inevitable. Odiaba como sus patitas pegajosas se trataban de pegar en sus piernas, odiaba como su hocico baboso se restregaba contra ella.

Cuando Caterpie evolucionó a Butterfree dejó de odiarlo y verlo con asco, por primera vez sentía que podía superar su miedo y ver con otros ojos a los insectos que tanto repudiaba.

Pero luego Ash liberó a Butterfree y aunque entendía sus razones, al parecer su mente en entonces tomó dicha oportunidad para volver a negarse a creer en la belleza oculta de los bichos.

Y entonces tomó el liderazgo de su gimnasio, y los retadores no se pararían a pensar en su fobia. Porque ella no iba a exteriorizar el absoluto miedo y pavor que le provocaba ver a uno de esos insectos en su tarima, el asco que sentía cada vez que uno de sus retadores usaba algún Spinarak, Ariados, Seweddle o incluso, más tarde, un Scyther.

Al principio pensó que con el tiempo y después de varias batallas podría superar su fobia, pero no era así. Cada batalla contra uno de esos insectos era un martirio, y sentía después que debía desinfectarse ella y a su gimnasio para borrar todo rastro de esos rastreras criaturas tan desagradables.

En varias ocasiones evitó a Tracey sólo porque sabía que traía a Scyther consigo y prefería evitarse tener que abrazarlo para recibirlo. Incluso dirigirle una mínima palabra le provocaba asco y náuseas.

Y no entendía por qué.

Su fobia hacia los Gyarados empezó cuando era una bebé y se metió accidentalmente en la boca de uno, pero no podía recordar para nada el hecho de cuándo empezó su miedo hacia los insectos. ¿Alguna broma de sus hermanas? ¿Un recuerdo de su niñez que no podía terminar de evocar? Sabía que si seguía así llegaría a tal punto que se obligaría a rechazar batallas si veía otro bicho en su vida. Peor aún, podría empezar a adoptar la práctica de sus hermanas de regalar medallas.

Ya casi hasta podía imaginarlo.

«¡Vengan! ¡Vengan todos! ¡Se regalan medallas del Gimnasio Celeste a todos los retadores que tengan un Pokémon bicho en su equipo!»

Llegó a tal punto que cuando un niño la retó y él sacó a un Weedle, tuvo que tomar toda su fuerza de voluntad y evitar gritarle; nunca había terminado una batalla tan rápido como esa. Ella ganó, pero más por el deseo irremediable de salir de ahí que otra cosa.

Después de la batalla, se encerró en su habitación y sollozó por días.

—Fea, feita, ¿qué te pasa? Hay varios retadores desde hace días, si te sientes tan mal ¿puedo darles la medalla?— Preguntó Daisy en el quinto día de su encierro. La voz de su hermana era de preocupación, pero había cierto atisbo de fastidio también en su tono, era normal, pues el gimnasio estaba rodeado por una multitud ansiosa por pelear con la líder.

— N-no...— Alcanzó a susurrar. Aún no quería rendirse, aún no quería volver a una práctica tan despreciable como regalar medallas.

Sus hermanas no la entendían. Y quizás nunca lo harían. Podían admirarla y respetarla, quererla muy en el fondo, pero consideraban su fobia como algo pasajero, poco trascendental. Su máximo temor era no salir maquilladas a la calle, o quizás algún admirador demasiado intenso; ¿pero bichos? Ni soñarlo, podrían parecerles Pokémon desagradables, pero nada más allá de eso.

Se sentía sola, aislada, con un peso con el cual no sabía lidiar ni tenía a quién decirlo; Daisy, Violet y Lily nunca se dieron el tiempo para sentarse con ella, charlar, entenderla, siempre estaban demasiado ocupadas con sus viajes, sus nuevos shows y más parafernalia farandulera. Ellas se encargaban del glamour y Misty se ensuciaba las manos para tener dinero para el gimnasio.

— Feita, ¿esto es por el tipo bicho de hace unos días?—Se atrevió a preguntar la mayor, y como esperaba no recibió respuesta.— Aish, pensé que eso ya lo habías superado hace años.

Claro, siempre tan comprensiva. Pero ella sí debía estar atenta, servicial y siempre apoyar a sus hermanas cuando se iban de viaje y la dejaban sola por semanas, a veces meses. Una vez incluso se fueron por dos años.

— E-estaré bien, D-daisy.— Trató de sonar lo más segura posible, pero la voz se le quebró a medio camino.

— ¿Sabes qué? Un doctor muy rarito hace semanas me dio su tarjeta, pensando que así saldría con él. Creo que era un psiquiatra ¿o un psicólogo? Whatever, te voy a pasar su número para lo veas a ver si se te quita tu tontería. Me dijo que era el mejor en su campo, pero seguro sólo fue para tratar de impresionarme.—Comentó Daisy con cierta burla y se alejó de su habitación sin decir nada más.

Escuchó como Daisy parecía comentarlo con el resto de sus hermanas.

— ¿La feita se puso mal por un Pokémon bicho? Creo que esto ya cruzó la barrera de ser simplemente un miedo infantil, ¿no creen?.— Oyó decir a Violet.

— Por su culpa Tracey ha dejado de visitarnos. ¡Se supone que viajaron juntos y conoce a su Scyther! No sé que se le metió para que volviera a ser una niña asustadiza, como años atrás.— Siguió Lily con cierto desprecio.

— Tranquilas, tranquilas. Llamaré a este rarito y seguro la podrá ayudar. Debemos recuperar a nuestra feita.—Alegó Daisy con tono conciliador.

Misty se hizo ovillo cerca de la puerta, deseando terriblemente que la tierra se la tragara. Había trabajado tanto para llegar a la cima, y su estúpida fobia no hacía más que traer problemas; la paralizaba, le nublaba el juicio. Aunque no lo dijera en voz alta, confiaba en que Daisy podría repararla.

Su hermana mayor no se tardó en actuar, pues según le comentó, su cita sería dentro de dos días y duraría tres horas.

Ella aún no se sentía bien el día siguiente ni el siguiente a ese, por lo que sus hermanas tuvieron que cerrar temporalmente el gimnasio bajo la excusa de que se encontraba gravemente enferma. Cuando llegó el día de su citación, la sacaron a escondidas de la instalación y la dejaron en la puerta de un pequeño consultorio escondido entre las calles de la ciudad.

Si era honesta, nunca había visto aquella clínica y eso que conocía la ciudad como la palma de su mano. Sin embargo, se dijo, seguro sería un establecimiento nuevo que se puso hace poco, dado que hace algunos meses no había salido de su gimnasio por su apretada agenda. Entró sin mucha dilación y se encontró con una estancia vacía, pero muy pulcra.

No había nadie más aparte de ella, y se preguntó si aquello era una broma de mal gusto. Seguro sus hermanas ahora se estarían riendo de lo lindo y entregando sus medallas como si fueran algún dulce de Halloween. Se dio media vuelta, mas cuando tocó el pomo de la cerradura sintió una fría mano sobre su hombro.

Como mero reflejo natural, saltó y le dio un puñetazo a quién hubiera hecho eso.

— ¡¿Qué diablos te pasa?!— Rugió el que parecía ser el médico del lugar, un hombre joven de aproximadamente unos treinta años, con el cabello castaño desalineado y con una tez muy pálida.

— Ah… ¡Lo siento!— Se disculpó Misty con rapidez.— Creí que había sido una broma de mis hermanas cuando encontré el lugar vacío, no me dan buena espina los lugares así.

— Con que tú eres Misty.—El médico sonrió.— Una disculpa, me encontraba atendiendo otro caso, por eso no me viste.

Ella enarcó la ceja, cuando entró no había escuchado nada y estaba segura que no vio a nadie salir, pero lo dejó pasar. Seguro el doctor estaría jugando un poco con ella para tantearla, pensó.

— ¿Por qué no vamos a mi oficina? Así comenzaremos la terapia.

Ella asintió y lo siguió hacia uno de los cuartos que adornaban la estancia, era pequeño pero daba cierta sensación de vacío; en él sólo había un sillón alargado, una silla y un escritorio, sus paredes eran tan blancas como las de su estancia y a Misty le extrañó; nunca había conocido a muchos psicólogos, pero según su experiencia en películas y series, todos al menos siempre procuraban adornar su oficina con alguna pintura o un retrato, algunos más modestos simplemente se conformaban en colgar sus diplomas.

Pero lo dejó pasar, pues seguro sólo eran divagaciones suyas.

— Supongo que mis hermanas le habrán hablado de mi...— Empezó ella, pero le daba tanta vergüenza decirlo en voz alta porque se sentía estúpida de siquiera mencionarlo.—, problema…

— Sí, claro que sí. No tienes que mencionarlo, ni sentirte avergonzada, es un problema más común de lo que crees.— Sonrió él, pero había algo en ese gesto que la hizo sentir un poco incómoda, no supo descifrar el porqué.

— ¿Comenzamos?— Alentó ella. La verdad, entre más tiempo pasaba examinando las paredes blancas y la sonrisa tan extraña de aquel hombre, más renuencia e incomodidad sentía.

Él se limitó a asentir.

La acostó en el sillón alargado y sacó de uno de los bolsillos de su bata un reloj sujeto con una correa. Misty casi se quiso reír; ¿hipnosis? No creía en tal cosa. Para ese momento, su mente unió todos los puntos y se dio cuenta que aquel hombre no era más que un charlatán, que había estafado a sus hermanas y ellas habían caído redonditas. Sin embargo, ella quería ver hasta que punto el hombre seguiría con la farsa; jugaría un rato con él, se despejaría un poco olvidándose de su problema e iría de nuevo a casa pare reclamarle a sus familiares.

Estaba segura que eso no la ayudaría con su fobia, pero al menos su mente y su cuerpo siempre tensos y alertas tendrían un pequeño descanso si se quedaba a ver los diversos trucos del supuesto médico.

— ¿Recuerdas acaso como empezó todo?—Inquirió él en tono enigmático.

— Si lo recordara, no estaría aquí ¿no? Tener recuerdos de eso me lo haría más sencillo y podría superarlo por mi cuenta como lo hice con Gyarados.

—¿Le tenías fobia a los Gyarados?

—Sí. Cuando era bebé me metí a la boca de uno, y con tal de no tragarme me escupió muy lejos de él.

Él médico no dijo nada, pero se le hacía interesante el hecho de que desde muy chica pudiera almacenar un recuerdo como aquel, pero no recordar para nada cuándo comenzó la mayor de sus fobias.

—Relájese señorita, todo terminará muy pronto.—Aseguró. Encendió un pequeño estéreo con música relajante para ayudar a la inmersión de la hipnosis.

Misty se encogió los hombros y posó su vista sobre el objeto móvil. Derecha, izquierda, derecha, el movimiento era lento, pausado, pero ella no sentía nada cambiar en su ser, sus ojos seguían religiosamente el movimiento del reloj, mas lo único que veía a través del vaivén eran las paredes blancas, inmaculadas, y la correa metálica que lo sostenía. Se llegó a sentir estúpida por un momento, pues le desesperaba tener que estar sin hacer nada, esperando por un milagro que nunca iba a ocurrir.

Quiso levantarse y terminar con esa estúpida sesión, pero recordó que entre más tiempo pasara con aquel farsante más fácil sería atraparlo y hacerle ver a sus hermanas que perdieron dinero para nada. Pensó que después de algunos minutos el supuesto psiquiatra se cansaría al ver que la hipnosis no estaba surtiendo efecto alguno en ella, se asustaría y trataría de usar otro método para evitar pasar vergüenza.

Pero no sucedió.

Trató de alzar la mano para quitarle el objeto, pero se vio incapacitada para hacerlo. Lo vio sonreír de nueva cuenta.

— Está muy tensa, señorita.— Le dijo en cierto tono burlón.— La terapia no puede funcionar así, relájese.

Trató de hablar, pero su voz no salía de su garganta. Como si estuviera paralizada.

Los ojos del médico parecieron tornarse rojos y su sonrisa creció.

— A dormir.

Se vio sumida en tinieblas, como si su cuerpo descendiera y chocara contra un mar oscuro. Trató de nadar hacia la superficie, su cuerpo imploraba por aire, por un descanso, pero cuando trató de impulsarse para comenzar su ascenso, vio como varias manos se aferraban a sus pies y a sus brazos como si ella fuera su presa.

Resistirse era inútil, pero aun así trató de pelear; el aire poco a poco abandonaba sus pulmones. Más brazos salieron de entre la penumbra, arrastrándola hacia el abismo; una mano abrió su boca y dejó pasar al espeso líquido negro que la rodeaba. Trató de evitarlo, pero por alguna razón su cuerpo se encontraba demasiado débil como para responderle.

Misty sintió que engullía veneno, y como poco a poco el agua negra se abría paso por su garganta, asfixiandola, ahogándola. Sus pulmones ardían y su corazón latía desbocado, sentía que en cualquier momento se desmayaría por el falta de aire, por el dolor o por la desesperación.

Quería llorar, quería gritar, pero su garganta estaba siendo desagarrada lentamente por el paso de esa agua corrosiva, contaminando su sistema. Cuando las manos arrastraron su cuerpo inmóvil hacia el fondo del abismo, Misty apenas pudo sentir el crujir de sus tímpanos al romperse.

Cuando volvió a abrir los ojos se encontró con un cuarto oscuro y varias puertas coloridas. Le llamó la atención una de color rosa, y al acercarse escuchó varias risas joviales dentro; cuando la empujó un poco para poder examinar mejor su interior, se encontró con la escena de su cumpleaños numero cinco gestándose.

Sus hermanas no la veían como una molestia, sino con amor sincero, bailaban a su alrededor con sus respectivos regalos mientras abrazaban su pequeña versión de tres años con total adoración. Sus padres se encontraban aun ahí, sonriendo y cantando la típica canción de felicitación. Misty trató de decir algo, pero su voz seguía quebrada y ausente, por lo que se limitó a observar.

— ¡Has crecido mucho, Misty!— Dijo entonces su madre, levantando la entre sus brazos para felicitarla.— ¡Nuestra pequeña florecita es toda una adulta!

— Sí, lo es.— Concedió su padre con tranquilidad, sonriendo dulcemente.— ¿No es así, niñas? Su pequeña hermanita ya es toda una mujer y es tan bella como sus hermanas.

— Sí, ¡es muy bonita!— Aseveró la pequeña Daisy.— ¡Quiero darle mi regalo primero!

— ¡No Daisy! Siempre le das tú los regalos primero, ahora me toca a mí.— Rebatió Violet con disgusto.— ¡O dejáselo a Lily!

— ¡Sí, yo quiero ser la primera en algo!

Misty cerró la puerta tras de sí, incapaz de seguir lidiando con aquello. ¿Quién diría que un año después sus padres las abandonarían para siempre? Eran recuerdos lindos, pero muy dolorosos. No valía la pena volver a pasar por ahí.

Por mera curiosidad siguió avanzando, atraída por alguna especie de magnetismo. Varios de sus recuerdos eran agradables, como cuando conoció a Ash e inició su viaje con él, cuando volvió a Ciudad Celeste y le mostró a sus hermanas que podía ser una buena líder a pesar de todo; sus primeros años como líder oficial.

El resto eran memorias amargas de su infancia; sus hermanas haciéndola a un lado de más joven, evitándole jugar con muñecas diciéndole que era demasiado fea como para tocarlas. Su intentos infructíferos para salir adelante por su cuenta, aprendiendo a cocinar, tejer y planchar para cumplir con las demandas de sus hermanas mayores, aquellas que debían haber cuidado de ella y no al revés.

Pasó por cada una de las puertas, cerrándolas en cuanto sentía que no había nada más que ver. Una sensación de vacío crecía en su estómago y no sabía porqué, así como la creciente ansiedad que la estaba tomando control de su cuerpo. Quería escapar, pero no veía ningún peligro cercano; las puertas coloridas desaparecieron y dieron paso a la penumbra absoluta, junto a un frío desgarrador.
Por mera inercia e instinto de supervivencia siguió caminando, saboreando el regusto metálico de su boca y garganta, aparentemente destrozadas por el encuentro anterior.

El suelo bajo sus pies se sintió pesado, y con cada paso se hundía más y más en la tierra negra. Una brisa gélida acarició sus cabellos de forma salvaje y cruel, entumiendo de paso sus pómulos. El vaho helado salió de sus labios en cuanto empezó a jadear, presa de un cansancio extraño.

Un bosque oscuro se alzó bajo ella, como si estuviera siendo la protagonista de un cuento macabro. Los árboles parecían de papel, sus ramas torcidas y puntiagudas, sus troncos descuidados y llenos de marcas, la aparente oscuridad sin luz de luna o alguna fuente de luz que la pudiera guiar de forma adecuada en esa aparente pesadilla.

No había sonidos, ni siquiera sus pisadas evocaban ruido alguno y no sabía porqué. Se sentía pequeña, y sentía que volvía a ser esa pequeña niña frágil que solía huir de casa para llorar en los bosques cercanos la ciudad, lejos de sus hermanas y del cruel mundo que la rodeaba.

Siguió caminando por el sendero desconocido, y pareció tener pequeños atisbos de algunos recuerdos lejanos, enterrados. El viento se hizo más frío y sus piernas comenzaron a entumirse, su nariz a ponerse rosada; sus ojos se cristalizaron, pero no tenía fuerza alguna para llorar lágrimas inexistentes.

Escuchó unos ruidos lejanos, unas voces apenas entendibles, pero por se escuchaban frenéticas y molestas. Se hizo un ovillo para tratar de ocultarse, y cuando las voces cesaron, Misty notó que se había encogido y su vestimenta había cambiado.

Ya no era la poderosa líder de Gimnasio de Ciudad Celeste; ahora simplemente era una niña asustada de siete años tratando de encontrar su regreso a casa.

Seguía sin poder gritar, sin poder hablar. Estaba sola, vulnerable y no sabía cuando todo terminaría.
Se levantó con dificultad, sus piernas apenas podían mantener un balance. Como era de esperar, cayó hacia el suelo blando, y tuvo que arrastrarse para poder seguir avanzando.

La sensación se le hacía tan familiar.

La tierra era húmeda y fría, se dio cuenta tarde que era nieve; tenía las manos desnudas y sus dedos se estaban congelando por el tacto tan prologando con el frío.

«Tus hermanas pronto vendrán por ti» Pensó de forma inocente, casi involuntaria. Pero pronto se dio cuenta que aquello era una mentira, una mentira piadosa.

Se quedó ahí por quién sabe cuanto tiempo, y no había voces desesperadas clamando su nombre, no había linternas, no había señales de que vinieran por ella. Estaba sola, siendo engullida poco a poco por la oscuridad y el invierno.

La soledad era cruel, era asfixiante y ahora que se encontraba desprotegida, se tornaba hostil, letal. Se arrastró un poco más hacia el centro del bosque, esperando encontrar alguna calidez, alguna señal, algo que pudiera guiarla y darle fuerzas para sobrevivir. Pero los minutos pasaban, la distancia se sentía eterna y todo lo que podía ver era un gran túnel negro sin fin que se alzaba de forma amenazante frente a ella.

Sin querer llegó a un lugar donde la nieve estaba más húmeda, irregular. Pero no le dio importancia, porque lo único que quería era salir de ahí, volver a su hogar.

Un hogar roto, un hogar donde sus hermanas parecían no quererla y tratarla mas como una peste que como un ser humano.

Nunca vendrían por ella, estaba segura.

Dejó caerse entre la nieve, respirando de forma agitada. Cerró los ojos esperando no abrirlos más.

La tibia sensación que emergió de su brazo la despertó de forma abrupta. Se encontró cara a cara con un Ariados, el cual tenía la boca roja pero con algunos cristales, y sus patas se encontraban entumidas en su mayoría.

Por mera inercia vio su brazo.

Sangre.

Su sangre.

Y le faltaba un pedazo de piel y carne.

Volteó a ver a su alrededor, y se encontró con miles de bichos comiendo carne. La tierra estaba echa a un lado, y podía partes de un cuerpo humano; un asesinato reciente. Los bichos se estaban comiendo la carne de un muerto reciente.

Se alejó de un salto y se cubrió la herida pero Ariados se acercó más a ella, a pesar de perder parte de sus patas con esa acción. Misty no pensaba en cómo habían llegado esos insectos ahí si era pleno invierno (o al menos lo parecía). No se paró a pensar que quizás los asesinos los habían dejado, para que consumieran lentamente la prueba de sus crímenes y matar a sus únicos testigos (los Pokémon) en el proceso.

No pensó nada de eso, porque lo único que pensaba era en como alejarse de esa monstruosa criatura, con sus pequeños dientes asomándose de sus fauces con carne pegada y sangre escurriendo por su boca.

La adrenalina, el terror, el dolor. Gritó, desgarró aún más su garganta y dejó que su voz quebrada inundara el ambiente. Un eco roto, una petición desesperada.

Que quedó hundida en el silencio, en la desesperación.

Misty se despertó, su cuerpo le dolía y sudaba a mares. Vio a su alrededor y notó que ya no se encontraba en el consultorio pulcro, sino en un área gris, tenuemente iluminada por el foco que se encontraba sobre su cabeza. Sus pies y manos se encontraban atados a la silla de madera donde ahora yacía sentada. Detrás, escuchó la voz de su supuesto terapeuta hablarle con dulzura.

—Te tardaste en despertar.—Su tono era dulcemente tenebroso, Misty no lo pudo enfocar bien porque aun se encontraba mareada por la experiencia.—No te preocupes, ya casi terminamos.

Se entonces un tenue “click” en la estancia, y varios pares de ojos se acercaron hacia ella. El sonido inconfundible de sus sus ocho patas contra el asalto.

La luz los iluminó, ocho Spinarak, dos Ariados, el enjambre no tardó en rodearla.

—No… por favor… no...—Suplicó entre sollozos patéticos.—No….

—Pero Misty, si no lo hacemos, entonces la terapia de shock no habrá servido para nada.—Dijo el médico como si nada, con una sonrisa deforme que hacía ver su cara más grotesca.

Un Ariados se acercó a ella y mordió su pierna como si se tratara de una golosina. Ella chilló, y se estremeció, tratando de patear a la araña lejos de ella, pero solo se dañaba sus extremidades por el esfuerzo tan desgarrador.

—Puse algo de miel de bayas en tu cuerpo. Así les gustarás más y podrás interactuar con ellas.—Rió el psiquiatra.—Deja de moverte o las asustarás.

—No… no...—Siguió pidiendo en voz baja, asustada. Temblaba, y había dejado de llorar, sus ojos ahora eran casi unas cuencas vacías que se limitaban a ver como las arañas trepaban por su ser y la llenaban de mordidas.

En menos de cinco minutos había dejado de luchar, de gritar, de pedir clemencia. Su cuerpo se mantuvo rígido, sus labios entreabiertos y sus ojos perdidos. Varios Spinarak no dudaron en frotar su diminuto y espinoso cuerpo contra su cara, mientras los Ariados pasaban sus finos colmillos por los pequeños trozos de carne desgarrada que iban comiendo.

La risa del médico al ver su estado se tornó más seca, mas escabrosa y antinatural. Su cuerpo parecía deforme y su cara rota por la amplitud de su sonrisa; sus ojos rojos observaban toda la escena con hermoso deleite.

Gengar entonces dejó de lado su disfrazo humano y se acercó a la entrenadora de tipo agua para tomar de sus labios ese pequeño fragmento blanquecino que salía de entre sus labios. Con una de su garras tomó el alma de la mujer y la sacó de su cuerpo, engullendola casi de forma inmediata. El cuerpo de Misty entonces calló y se convirtió en un suculento cascarón vacío para sus acompañantes.

La había observado desde que llegó a la Ciudad, cuando su hambre se había vuelto insaciable, y esperó, esperó. Esperó que sus visiones de Tinieblas hicieran mella en ella, que ya no fuera capaz de distinguir la realidad de la ficción. Esperó a que su psique estuviera a un paso de romperse. Y el resultado había sido exquisito.

El terror de la primera sesión había sido un exquisito, pero el plato fuerte había sido maravilloso.

El sonido de sus entrañas lo alertó. Su cuerpo no había quedado saciado. Era una lástima, puesto que esa había sido la mejor comida que había tenido en días.

Vio el pellejo humano tirado en el piso, y la sonrisa de Gengar se ensanchó todavía más; había cruzado la línea de no retorno.

Pero, ¿qué podía hacer? Los humanos eran tan deliciosos. Un manjar prohibido.

Un manjar que ahora tenía la dicha de gozar.

Ahora que lo pensaba, las hermanas de la chica muerta en cuestión se veían deliciosas.

Sumamente deliciosas.
[Imagen: iSs3j2Q.jpg] 
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#2
No... puedo decir que este fanfic me haya gustado. No me gusta Misty (pero tampoco la detesto como para verla sufrir), no me gusta la temática, ni el tono, ni cómo se aborda a los otros personajes, y, ciertamente, no me gustó el final ni las implicaciones del mismo.

Aún así, es probablemente el fanfic mejor logrado que he leído de los tuyos. Es mejor que Descenso, es más consistente que After y tiene mucho más pawa que Oro, por hablar de unos cuantos. Está bien llevado, bien narrado y es desagradable de principio a fin. Y creo que en un relato como este ése es un gran logro: ser desagradable, pero no repulsivo, grotesco ni vulgar. Algo que causa rechazo no por la brutalidad física, sino por el dolor psicológico por el que pasa Misty, y el hecho de que el final sea así de amargo termina de cimentar esta idea. No me gusta porque no debería gustarme, yet again, no puedo decir otra cosa sobre él que es realmente bueno.

Sigue así, Doradito... o no.
[Imagen: JCEDJoJ.png]
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#3
Gold... necesitas ir al psicólogo xD o mejor dicho ir a escribir libros, estudiar letras o lo que sea. Eres muy bueno generando suspenso terror un este caso como dijo kiwi, ser desagradable con los escritos y aquí es donde se refleja.

Esto no es nada a algo que cercano a Pokemon, bueno excepto por el final, lo demás puede existir sin problemas en la vida real, algún loco que torture a una persona inocente, Misty no se merece ese sufrimiento pero le tocó. Gracias a sus hermanas ciegas o al destino su quería llevársela.

No lo se pero son cosas que uno como lector se da cuenta que es con intención y con ganas de hacer algo de tal calibre, te lo digo en serio, prueba más esto de irte por el terror. Esto es fluido y en todo momento hay slgo interesante que leer, no aburre como quien dice.

Siento lástima por Misty, por un momento creí que el doctor estaba haciendo un buen trabajo pero oh sorpresa, esto es un corto de terror en explícito D:

Te quedo bien, a pesar de no ser taaaan fan del terror (pero si lo soy :P) esto me pareció una creación especial, no por lo chido que está, sino porque tal vez este sea el inicio de un futuro escritor de terror o algo así jaja.

Salu2!!!
Entrenador Pokemon en busca de la Perfección y diversión.
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#4
Cuando leí el título, no pude evitar pensar en terapias de electroshocks. Al parecer, mi suposición no fue tan errónea.

La idea de deconstruir el temor de Misty hacia los insectos me gusta, con esta forma en que la fobia va evolucionando de un gag a ser a un trauma que la lleva al encierro.

Y ese final... ¡wow! Twists sorprendentes. Pobres flores de agua y el destino que seguramente les depara.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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#5
Increíble el final, no lo esperaba, incluso leyendo primero los comentarios. Pobre Misty... y qué manera tan espectacular de describir la naturaleza despiadada de bueno... el gran ser de la gran sonrisa.
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#6
... seguro que pokémon es algo para niños que no da para cosas creepys? porque leyendo esto es como YOU KNOW, FOR KIDS!!

Ok al principio pensé que sólo iba a ser una sesión psicologica que sale terriblemente mal, pero es que el final me dejó con... ugh esa sensación de que alguien te está mirando aunque estas solo en la pieza y detras de ti sólo hay una pared :3

LettalKWA  creo que debería leer más cosas de terror de poké, soy masoquista, lo sé.
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