Oneshot- Refugio Efímero

ExtensiónOneshot
Extension larga
FranquiciaOriginal
GéneroSuspensoTerror
Resumen

Ten cuidado con quien vas por el bosque. Tal vez acabes en algún sitio insospechado...

AdvertenciaViolenciaMutilaciones
#1
HAPPY HALLOWEEN TO YA. Ah, un momento, ¿cómo que hace un mes y unos días que se ha acabado?

Hoy traigo un one-shot que escribí hace unos... ¿dos años? ¿Puede ser? No es que esté orgullosa de él, pero... tengo mis razones para ponerlo. Para una actividad en la cual participé hace tiempo.
Gotta say, I suck at terror. Pero bueno, aún sigo intentando mejorar eso. Y más ahora que mi proyecto requiere un poco de... mano con este género.
En fin. Disfrútenlo. O no, me da igual AHAHAHAH.

Cheerio~!
 

 
Refugio efímero


Pasó por un día de octubre en un bosque umbrío un viajero intrépido e incauto, que con mucho entusiasmo emprendió su propio camino hacia la gloria. Muchas eran las proezas que el joven había conseguido. Había forjado un grupo de amigos de armas tomar; derrotó a todos los grandes líderes de gimnasio, y sobre todo estaba a punto para enfrentarse al mayor desafío que su tierra ofrecía; la Élite Cuatro y el campeón de toda esa liga.

Sin embargo, había un enemigo que no podía derrotar ni usando a su estimado Aggron. Ese era, sin duda, su pésima orientación. Podría decirse que el tiempo también estaba en su contra; era una noche sin estrellar y el compás no se movía; aunque poco le hubiera ayudado desde que no sabía si tenía que ir a norte o sur. Por no decir que el muy necio se le olvidó cambiar las pilas a su disfuncional linterna. Y para más colmo, empezaba a llover. Y fuerte. Era como metralla de perdigones por su espalda, y no tenía nada con qué cubrirse.

Lo peor de todo es que la sed le estaba matando... por suerte era ingenuo, no estúpido. Beber del cielo era la forma más fácil de que una ameba le comiera el cerebro.

Si al menos hubiera un Centro Pokémon en la cercanía... un albergue... una casa abandonada, ¡algo!

Mientras intentaba refugiarse del agua entre la pobre cobertura de las ramas, había una cálida luz que iba regulando su propia intensidad. No tenía ni idea de qué era. Podía ser un fuego que podría ahogarle con el humo; cocinarlo hasta dejarle mucho más que tostado…

O bien podría ser un Litwick “shiny”. Lo cual en parte era peor, porque podría devorar su alma más que su cuerpo. Aunque podría capturarlo y usarlo para intercambiar. Pero no, los fantasmas le daban harto pavor. No se atrevería a hacer contacto con uno, ni de coña.

¡Pero qué diablos! Una oportunidad así no se veía todos los días. Así que dijo Carpe Diem y se lanzó hacia la luz de lo que podría ser el otro barrio.

No había flama ninguna. Solo había una gran zona iluminada por esa luz, una esfera y una cola rayada que llevaba consigo la bombilla que la generaba. Cuerpo amarillo de gran cuello, cornudo con un vientre blanco y dos esferas rojas…

Un Ampharos. Un Ampharos le había timado haciéndole pensar que era un Litwick naranja. Se fue a buscar oro y encontró cobre con forma de oveja con complejo de jirafa. Menudo timo. Tenía el disgusto pesándole por su pecho. Casi iba a aplastarlo con sus propios monstruos. Mas aunque el enfado en este viajero de a pie era notorio, aquel rumiante parecía que se alegrara de su llegada. Cosa extraña, desde que no lo reconocía para nada.

Aún con la luz encendida, el antropomorfo de patas cortas hizo gesto de que le siguiera y se encaminó hacia lo más hondo del bosque. En el fondo, ese viajero estaba deseándole lo peor. “Sí, eso es, puta, vete a otra parte”, estaba pensando. Pero este paró su paso nada más ver que no le seguía.

—Venga, vamos, vete, shoo, shoo.—le dijo con todo el desprecio. Pero el Ampharos solo ladeó la cabeza, inconsciente. Aquel amargado no tuvo otra que seguir a sus espaldas. Total, poca cosa tenía que hacer.

Al final del camino, y después de muchos ruegos, el Pokémon eléctrico se paró frente la puerta maciza de una apacible y pequeña cabaña de madera. Una cerrada al cal y canto, con algún que otro liquen trepando por los tablones. Si no fuera por la lluvia parecería hasta adorable.

Al menos tendría refugio… si es que se podía abrir. Y claro que se podía; Ampharos solo tuvo que levantar una piedra del suelo y sacar la llave para poder entrar.

Lo primero que hizo fue irse hacia el sofá y tirarse ahí empapando todos los cojines. Estaba agotado de dar tumbos sin rumbo por ahí. En parte, era un alivio estar en esa cabaña. Mejor aún, el frío se disipó pronto. Nada más entrar, aquella oveja puso leña a la estufa y la encendió con sus propias chispas. Se sentía muy a gusto; pero no sin remordimientos después del desprecio que le dio al pobre animal. ¿Pero qué importaba? Estaba a salvo del diluvio ahora.

Pero el olor a viejo era muy evidente. Era más, se olía un poco más rancio que una casa de ancianos. ¿Cómo lo describiría? Era como una combinación de moho y carne de cerdo dejada en la intemperie por dos meses… ¿acaso no limpiaba nunca esa oveja?

Ah, pero sí cocinar. Estaba cortando unas verduras, al parecer. ¿De quién demonios sería este Ampharos? Porque salvaje no podía ser si sabía manejar un cuchillo. Y no tardó en camuflar esa peste con el aroma del sofrito. Tal como se veía, parece que iría a cenar bien esta noche.

Aunque, de aquí a que se haga, habría un buen tiempo.

Intentó ver si había alguna pertenencia que se pudiera llevar y vender. Pero lo único que vio eran solo fotografías de una pareja anciana, contentos y felices… y el actual dueño de la casa, cómo no. Desde que era un pequeño Mareep hasta que se le fue cayendo la lana. Pudo intuir entonces lo solo que podría estar ese rumiante.

Más culpa todavía.

Descargó la mochila al lado del sofá y fue a mirar el resto de sitios. Para ser una humilde cabaña estaba equipada con lo básico. Dos habitaciones, un baño… y el resto ya estaba en la sala que había abandonado. Eso sí, el olor se estaba acentuando por momentos. Sobre todo en la habitación de matrimonio. “Típico de una casa de ancianos”, pensaba él. No había nada que le fuera a servir para localizarse. Ni tan siquiera cobertura.

“Por lo menos había agua corriente”, volvía a pensar. De hecho, si bien esos ancianos estaban muertos, era posible que el Ampharos hubiera guardado sus anillos de compromiso como recuerdo. Podía ser, ¿verdad?

Iba a abrir el cajón; pero entonces el Ampharos llamó al entrenador con su voz. La mesa estaba servida. Era una cena pequeña, pero saciante. El mejor pisto que había probado en su vida. Quizá no expresara gozo en su rostro, pero con decir que estaba bueno le bastó al Pokémon para que saltara de alegría y le diera un abrazo. No le sobraba entusiasmo, no. Por lo menos no daba chispas del gozo que tenía.

Después de ese arrebato, Ampharos lo soltó con brusquedad y fue corriendo hacia la habitación individual tarareando. No tardó en volver con una Pokéball entre brazos.

Oh, no… ooooh no, ¿por eso le había traído a esta casa? ¿Para pedirle que se lo llevara de ahí? No es que fuera mala persona; de hecho, si se había planteado robar cosas era porque no le bastaban con los cien mil pokéyenes que tenía en el bolsillo.

Bueno, quizá solo quería enseñarle su Pokéball. Pero se la estaba empalmando en contra de sus narices para que la coja.

—Espera, ¿quieres que te lleve en mi equipo?

El Ampharos asintió con energía ante la pregunta.

Tal y como temía. Le sabía muy mal tener que rechazar la oferta, pero simplemente no había espacio para él.

—Lo siento. No puedo llevarte.

Pero este insistía con una persistencia que empezaba a sacarle de quicio.

—Que no puedo, que muchas gracias por la comida y la casa, ¡pero no puedo llevarte, a ver si me entiendes!

Este se negaba a aceptar que dijera semejante cosa. El Ampharos entonces lo tumbó e intentó llorarle sobre su hombro, solo para darle pena. Le había tomado por la cintura, el muy…

Estaba hasta las narices de tener lástima por un Pokémon solitario. Aquel hombre cesó sus llantos empujándole hacia atrás, gritándole que se apartara.

—¡QUE NO TE QUIERO EN EL EQUIPO! Mira… te quedó muy buena cena y todo eso, pero por favor, entiende que no puedo llevarte conmigo porque ya tengo el equipo formado, ¿vale? Estorbarías en mi camino.

Lo consiguió. Quizá hubiera destrozado sus ilusiones; de hecho lo podía ver a través de sus vidriosos ojos y esos sollozos que emitía. Podía pensar en lo cruel de sus palabras…

Pero poco le podía importar ahora. Ahora el ingrato joven podía ir a ver esos cajones y largarse de una vez a ver si pillaba algo antes de irse. Un paraguas de señora, aunque sea. No, eso era estúpido; ¿por qué no buscaba mejor en un paragüero?

Iba a volver a la puerta, pero encontró ese mueble para los paraguas. Parecía que había uno. Lo agarró sin pensárselo dos veces. Se notaba polvoriento y ligero; como si las termitas hubieran hecho sus galerías en el objeto. En cuanto vio lo que estaba agarrando, lo dejó caer con un grito y un respingo.

Un hueso. Un frágil y viejo hueso que se fragmentó nada más impactar con el suelo. Y más habían en ese cubo de hojalata.

Se quedó pasmado un momento. ¿Por qué habían huesos ahí? ¿Serían los restos de los ancianos que vivían ahí? No, imposible. No habrá sido capaz de no enterrar a sus dueños, ¿verdad?
Y por si no fuera suficiente su morbo, se atrevió a fisgar los cajones de las mesas de noche. Primero, sus fosas nasales fueron acosadas por un nauseabundo pero leve olor a carne putrefacta. Y luego…

Carne. Manos y pies grises y arrugadas; huesos y más huesos con algún que otro resquicio de carne por encima; hasta había alguna que otra calavera, con o sin mandíbula inferior. Presa del pánico, aquel ladrón retrocedió hasta chocar con la pared y preguntarse por qué aún seguía ahí.

Pero sus piernas no reaccionaban. Por mucho que se gritara que huyera, no tenía ninguna respuesta de su cuerpo. Menos si paralelamente, y sin ser consciente, estaba preguntándose cómo es que podía ver con tanta nitidez en la oscuridad.

Cuando quiso tener la puerta abierta, el Ampharos la estaba bloqueando con su propia figura. Clavado su semblante lleno de ira en él, solo lo miraba con desprecio. Ahí fue donde por fin el joven tuvo una mínima idea de qué hacer. Intentó defenderse sacando a esplendor la fuerza bruta de su Aggron; mas su mano no llegaba a alcanzar su propia Pokéball. Ni la de su Samurott, ni la de su Noivern…tocaba frenéticamente toda su cintura, pero no encontraba a nadie ni nada que le pudiera salvar.

Estaba atónito. Tratando de negar su destino, intentó dirigir sus brazos hacia la ventana; mas no pudo huir. Sin entender cómo, sus piernas dejaron de sustentarle después de una repentina sacudida. Sentía dolorosas punzadas en todo su cuerpo, como si le hubieran clavado agujas en sus músculos.

Peor aún; aunque todavía podía controlar su cuerpo, costaba horrores moverse. Cada vez que intentaba apoyarse en sus brazos para volver a erguirse, otro espasmo le mandaba de vuelta al polvo.

No había ninguna duda de que le había dado un Onda Trueno sobre él sin que se percatara. El chisporroteo fue tan leve y estaba tan centrado en salir que no se percató de su lanzamiento. Relacionando los huesos con esa solitaria jirafa podía hacerse una idea de qué pretendía. ¿Pero no hubiera sido mucho más fácil chamuscar su carne con sus propios rayos que no paralizarlo?

Dejando que su larga cola se balanceara con sus propios pasos, se acercaba al impotente entrenador todo juguetón, escondiendo algo tras su espalda. Sin poder hacer nada contra él, solo levantó un poco la cabeza para mirarle frente a sus ojos llenos de miedo, implorando que no hiciera nada. Prometió incluso que lo llevaría consigo, solo para que le dejara vivir.

El Ampharos se agachó a su altura, intentando fingir compasión secando una de sus lágrimas con su mano, para luego acariciándole la cabeza. ¿Acaso solo le molestó que descubriera todos esos huesos? ¿Eso era todo? ¿Qué pretendía?

—P-por favor, déjame ir…—volvió a pedir, temiendo que iría a mancillar alguna parte de su cuerpo. Lo único que hizo fue seguir secando sus lágrimas… con el cuchillo.

Empezó a llorar sangre por sus propios ojos. Pasó la cuchilla por las venas de sus brazos; sus piernas; su espalda; su pecho. Dejó que la sangre empapara el suelo mientras este le abría el torso para ir quitando toda víscera que tuviera dentro. Empezó por arrancarle las cuerdas vocales, para luego ir quitándole el estómago, el hígado y todo el aparato digestivo. Dejó que sintiera cada cuchillada dentro de su abierto cuerpo hasta que su corazón no pudo bombear más sangre. Feliz por tener algo de comer, el Ampharos agarró el vacío cuerpo del entrenador y lo subió en la encimera para desmenuzarlo.

Le daba pena tener que hacer este juego cruel para poder comer. ¿Pero qué podía hacer, si nadie accedía a sacarle de ese lugar tan solitario?
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#2
Bastante interesante, debo decir que disfruté leerlo. Me agrado mucho Ampharos como objeto de terror, es tierno imaginarlo cocinando para después amedrentar contra el entrenador, que define bien la naturaleza allanadora de los jugadores. Otro detalle que me gusto es el como pese a que en algunas partes se puede predecir lo que sucederá, dichos eventos no ocurren tal cual, dando una sensación de asombro de buena manera.
Algo que debo destacar, es que la historia me produce más suspenso que terror, aunque eso ya es algo completamente subjetivo. Sin embargo, los elementos de terror están definidos en la historia.
                                         [Imagen: u5rXkYn.jpg]
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#3
Bueno, ¿qué aprendió el entrenador de esto? "No rechaces cuando un pokémon te pide caridad, quizás quiera matarte luego por no devolverle la hospitalidad." Okay no. Pero vaya que lograste darle un giro enorme a Ampharos de criatura adorable a monstruo. Para ser bastante lento fue muy rápido preparando su asesinato sorpresa, ¿o quién sabe? Tal vez ni siquiera quería ser parte del equipo, tal vez simplemente hizo eso para hacer el asesinato mucho más crudo para el pobre entrenador.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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