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Resumen

Yow

#1
PRESENTE

~Antes de comenzar~
Primero que nada debería decir que esta historia debió estar lista hace más de un mes. Poco importan las razones por las que no la subí a tiempo o por las que no la subí después. Si consideras que no merece tu tiempo, estaré completamente de acuerdo. 
Sin embargo, si decides quedarte a leerla, he de hacerte un par de advertencias: la primera es que esta es una historia experimental del tipo que no he hecho antes. Tienes que tomar decisiones, y dependiendo de ellas deberás avanzar entre capítulos. Hay varios finales, pero para entender por completo las razones por las que los personajes actúan como actúan y por qué los eventos suceden en un orden y no otro, es necesario leerlos todos. Por eso te pido que, si el primer final al que llegas no te parece satisfactorio, pruebes con otro, y otro, y otro. Por eso mismo los capítulos son tan cortos. La segunda advertencia es que tanto los versos como las canciones a las que llevan pueden o no tener un significado. 
Muchas gracias por llegar hasta este punto. Espero que te guste.
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#2
(1)

 
Lo primero que ves es esa bolsa. Una mochila roja de cuero sintético, con una sola asa cruzada de color negro a la que han añadido cuentas de colores. De tamaño mediano, lo bastante grande para llevar algunas balls, pociones y poco más. Una bolsa adecuada para una entrenadora. 

Entonces miras a tu alrededor, a la sala de paredes blancas en la que te encuentras. Hay diagramas de evolución, tipos y crianza en las paredes. Hay un escritorio con una silla a cada lado y un ordenador de última generación; así como una fotografía que muestra a una pareja (una mujer de cabello negro y un hombre de rizos castaños). Hay estanterías con libros, estanterías con frascos y estanterías con pokéballs. Hay una máquina incubadora, un pc de transporte y una máquina de curación junto a la ventana de cortinas azules. La mochila roja descansa sobre una mesa metálica. Hay un lavabo y una mesa con instrumental. Un laboratorio pokémon, ni más ni menos. Y como no basta para satisfacer tu curiosidad, abres la bolsa y empiezas a hurgar en ella. Guarda en su interior dos máquinas técnicas, cinco pokéball ordinarias, una pokédex, una llamasfera, un estuche para medallas (cuentas cuatro) y una cartera en la que encuentras una tarjeta de entrenador. La chica de la fotografía sonríe con incomodidad, y tras una revisión tanto a ella como a tu reflejo en el metal, decides que se parecen bastante. Lo suficiente incluso para pasar la una por la otra. Su nombre: Beryl. 

Aun con la bolsa en tus manos escuchas dos voces en el pasillo. Reconoces la primera como la voz de la profesora pokémon, que se despide de alguien más y se aproxima a la puerta. Estás atrapada, husmeando en su laboratorio sin permiso, pero tu mente reacciona con rapidez y te ofrece tres alternativas. La primera de ellas es saltar por la ventana abierta; tienes la condición física y los reflejos para hacerlo. La segunda es dejar la bolsa en la mesa y esperar a que ella entre, presentarte con normalidad y ofrecer una disculpa confiando en que no pasará nada. La tercera, sin embargo, aparece de improvisto: ¿qué tal si, en lugar de soltar la bolsa, te presentas como Beryl, la chica de la foto? Es una apuesta arriesgada, pero algo en ella te invita a probar.

Escuchas el picaporte girar. Tu tiempo se acaba.




Si decides suplantar a la dueña de la bolsa: pasa al capítulo 2.
Si decides quedarte y pedir disculpas: pasa al capítulo 3.
Si decides huir por la ventana: pasa al capítulo 4.
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#3
(2)

 
La profesora es una mujer. Apenas un poco más alta que tú, de cabello negro con algunas hebras grises, afables ojos ambarinos y las manos en los bolsillos de su bata. Tuerce la boca cuando te ve, tratando de entender qué haces en su laboratorio.

—¿Quién eres? —pregunta lacónica.

—Beryl.

—Oh, claro. Perdona, perdona, no te esperaba hasta mañana. Veamos…

Camina hacia la máquina de curación y toma una de las dos pokéball. Sobre la mesa se posa elegante un espeon de pelaje rosado y grandes ojos malva, que se frota cariñosamente contra tu brazo.

—Ya está completamente recuperado. Los de esta especie enferman con facilidad, me temo, pero hiciste bien al traerlo conmigo.

—Gracias profesora.

—Supongo que no vas a quedarte mucho tiempo, ¿cierto? ¿Vas a dejar la ciudad por el puerto, o por la ruta terrestre?

Una chispa de resentimiento se agita en tu pecho, pero no la expresas. Tampoco te sorprendía.

—Por puerto. Queda camino a mi casa.

La profesora sonríe con complicidad.

—En ese caso, ¿puedo pedirte un favor? —Abre la gaveta de su escritorio y extrae un abultado sobre de papel que pone en tus manos.

—Dale esto a mi amigo el capitán de la Destellar, de parte de la profesora Hazel. —Guarda las manos en los bolsillos, claramente nerviosa.

—Es imprescindible que se la des. Un favor muy, muy importante, y dile que lo abra cuanto antes. ¿Puedes hacerme ese favor?

No sabes lo que Beryl haría en su situación, así que asientes con docilidad y Hazel, aliviada, te deja marchar con una palmada en la espalda. Un minuto después has salido del laboratorio; Espeon camina a tu lado y la mochila roja con el sobre en su interior cuelga de tu hombro. Tras caminar un rato, alguien te cierra el paso. Se trata de un chico mayor que tú. Viste pantalones blancos, zapatos negros y una camisa azul ligeramente desabotonada. Su cabello es el mismo tono de azul, un poco crecido y erizado hacia atrás. Sus ojos, rojos y expresivos. Transmiten alivio al verte, pero también cierta ansiedad. Sus facciones son suaves y sus labios de sonrisa fácil.

—Beryl, ¿cómo te fue?

—Oh, bueno. No tan mal… —respondes sin pensar. Tendrás que mantener la fachada un poco más.

El chico frunce el entrecejo, poco satisfecho con tu respuesta. Espeon, en el suelo, le gruñe, y él le devuelve una mirada de animosidad. A pesar de no ser entrenadora, sabes que los pokémon de tipo psíquico como Espeon pueden sentir la hostilidad de otros hacia sus entrenadores, y eso significa que él es peligroso.

—Bueno, no importa. ¿Tenía el paquete esa farsante?

—Sí, lo tenía.

—Bueno —suspira, sin bajar su alerta—. Dámelo.

Estira su mano hacia ti, demandante. Te queda claro que es un criminal y que Beryl debe ser su cómplice, pero antes de indignarte por ello necesitas saber qué hacer. Es peligroso, eso puedes verlo, y no hay nadie alrededor de ustedes a quién pedir auxilio. La opción más simple es entregarle el sobre y alejarte en cuanto se presente la oportunidad, pero la profesora Hazel te lo confió, y parecía ser una cuestión de vida o muerte para ella. Este chico no hará nada bueno con él. Pero entonces, piensas en otra posibilidad. Solo dijiste que "lo tenía", no que "te lo había entregado". Estás a tiempo de inventar una excusa para volver y advertirla, o hacer cualquier otra cosa, aunque no es seguro que te crea.
 


Si decides entregar el sobre: ve al capítulo 5.
Si decides ocultar el sobre: ve al capítulo 6.
[Imagen: EdovJGiXkAYqwp4.jpg]
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#4
(3)

 
La profesora es una mujer . Apenas un poco más alta que tú, de cabello negro con algunas hebras grises, afables ojos ambarinos y las manos en los bolsillos de su bata. Tuerce la boca cuando te ve, tratando de entender qué haces en su laboratorio.

—¿Quién eres? —pregunta lacónica, y al escuchar tu nombre, su expresión se serena—. Ah, por supuesto. La nueva entrenadora.

Camina hacia la máquina de curación y toma una de las dos esferas ahí ubicadas.

—Siento las molestias, pero estamos escasos de pokémon y el único en condiciones de ser entregado como inicial es este muchacho. —Abre la pokéball y de ella se materializa un pequeño duendecillo de piel púrpura. Su cabeza es casi tan grande como su cuerpo y sus orejas son puntiagudas. Boca amplia de muchos dientes afilados, dos ojos grandes con forma de diamantes y tres pequeñas gemas multicolores en la espalda.

—Es un pokémon raro —prosigue—, pero este está muy bien criado. Será dócil y confiable en batalla, y los tipo siniestro son buenos desenmascarando el peligro. ¿Qué me dices?

Extiendes tu mano al pokémon y este sube por tu brazo hasta tu cabeza. Antes de que se pose sobre tus hombros ya decidiste que te quedas con él.

—¿Y esa bolsa? —preguntas señalando hacia la mesa.

—Me la envió su dueña. Vendrá a recogerla mañana. ¿Traes tu tarjeta de entrenador?

Se la entregas, la introduce en un lector conectado a su ordenador para finalizar el registro y cuando te la devuelve, te hace entrega de otras cinco pokéball y una pokédex que guardas en tu propia bolsa. Te da las indicaciones pertinentes para la hierba alta, te explica el funcionamiento de la pokédex y te despide con una palmada en la espalda. Todo transcurre tan rápido que en menos de diez minutos eres oficialmente una nueva entrenadora.

Una vez afuera, te preguntas si deberías volver a casa o dar primero una vuelta por la ciudad, pero apenas te alejas del laboratorio, alguien te cierra el paso. Se trata de un chico mayor que tú. Viste pantalones blancos, zapatos negros y una camisa azul ligeramente desabotonada. Su cabello es el mismo tono de azul, un poco crecido y erizado hacia atrás. Sus ojos, rojos y expresivos. Transmiten alivio al verte, pero también cierta ansiedad. Sus facciones son suaves y sus labios de sonrisa fácil.

—Beryl, ¿cómo te fue?

—Bien, bien —respondes sin pensar. Te ha confundido con alguien más, con la chica de la foto. Debía estar esperando por ella a la salida del laboratorio.

—¿Quién es este chico? —pregunta mirando a Sableye, y el pequeño salta de tu cabeza a la suya. Lo sujeta entre sus brazos y empieza a jugar con él, como si se conocieran de toda la vida. Esa simple acción empieza a relajarte. Si lo que dijo la profesora es cierto, el joven no tiene intenciones malignas.

—¿Lo conseguiste? —pregunta casual.

—¿Conseguir qué?

—El paquete. ¿Te dio el paquete? —repite, pero notas una nota de nerviosismo en su voz.

—¿El paquete?

Sus ojos ya no parecen amables. Ahora expresan alerta y desconfianza. Te rodea entre sus brazos y la pared mientras te mira fijamente. Un vistazo a tu alrededor te indica que no hay nadie más cerca de ustedes.

—El paquete que iba a darte la profesora. La razón por la que vinimos aquí. ¿Tienes el paquete?

Evidentemente, no puedes darle lo que no tienes, pero te has metido sin saberlo en una situación muy peligrosa. Tu primer instinto es dejar la farsa y confesar que se equivocó de persona, pero no estás segura de cómo vaya a responder. Parece estar involucrado en alguna situación criminal y ahora que sabes su secreto, eres potencialmente peligrosa. La segunda opción es seguir con la farsa y decirle que aún no estaba listo, y que vas a volver al laboratorio. Eso al menos podría darte unos minutos para tomar otro curso de acción.




Si decides confesar la verdad: ve al capítulo 7.
Si decides seguir con la farsa: ve al capítulo 9.
[Imagen: EdovJGiXkAYqwp4.jpg]
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#5
(4)

 
Una piedra pequeña oculta entre la suave hierba se clava en tu rodilla cuando caes al otro lado de la ventana, y apenas logras contener una exclamación. Permaneces en silencio por espacio de un minuto, esperando una oportunidad de irte sigilosamente, cuando notas que los arbustos del jardín empiezan a sacudirse y, al mirar entre ellos, descubres que dos grandes ojos brillantes te devuelven la mirada. ¿Un pokémon? ¿Uno que la profesora utiliza como medida contra los intrusos? Si ese es el caso, es el momento ideal para rendirte y revelar tu ubicación en voz alta.

—Déjame entrar.

Una voz diferente te llega del otro lado. Una voz áspera y dominante. Escuchas cómo se abre la puerta y los pasos de una segunda persona.

—Te dejé en claro que no vinieras aquí —reclama la voz de una mujer.

—Y yo te dejé en claro lo que pasaría si me traicionabas.

Inconscientemente pegas tu cuerpo a la pared, intentando escuchar lo más claramente posible. ¿De qué están hablando? ¿Con quién está hablando?

—No sé de qué estás hablando —espeta la mujer, pero a pesar de la distancia percibes una nota de miedo en su voz.

—¿A quién crees que tratas de engañar?

—Solo vete de una vez. Déjame hacer mi trabajo.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es ese trabajo, Hazel?

Reconoces ese nombre; se trata de la científica a cargo del laboratorio. ¿Es acaso una discusión de pareja? Los arbustos se sacuden de nuevo, reclamando tu atención.

—Sabes que tengo amigos en la ciudad. En la comisaría. En el puerto.

Escuchas un golpe, el grito de una mujer y el sonido de algo rompiéndose contra el suelo. Tu primer instinto es de entrar y socorrer a la profesora, pero en ese instante el pokémon oculto se revela. Es un insecto de brillo esmeralda que vuela agitando sus dos pares de alas, y a cada movimiento suyo libera suaves destellos azules. Sus verdaderos ojos son pequeños y negros, y los que viste a través del arbusto son en realidad dos grandes astas en su cabeza que parecen drenar tu voluntad de moverte.

—¿¡Creiste que podías dejarme atrás!? —Un golpe más. Alguien ha caído al suelo—. ¿¡Creiste que no iba a darme cuenta!?

Golpes más apagados seguidos de exclamaciones de dolor.

—Estábamos juntos en esto, Hazel. Esto es tu culpa, no mía. Si las cosas han salido así es porque tú lo has querido.

Una detonación. Es la primera vez que escuchas un disparo, y el sonido taladra tus oídos. Todo espíritu de lucha te abandona, y sólo puedes deslizarte hacia el suelo cuando escuchas un suave siseo.

La pared se calienta. Un segundo después el humo empieza a salir de la ventana. Vuelves a escuchar la puerta, el enemigo se ha marchado, pero, ¿qué deberías hacer tú?

El pokémon bicho vuela sobre tu cabeza. Quieres huir. Quieres volver a casa y olvidarte de todo, pero temes que la profesora siga con vida y la dejes sola.

Una llamarada escapa de la ventana. Entrar es demasiado peligroso y, aún así, dudas.




Si decides huir: ve al capítulo 10.
Si decides volver al laboratorio: ve al capítulo 11.
[Imagen: EdovJGiXkAYqwp4.jpg]
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#6
(5)

 
Sin más demora, pones el sobre en sus manos. Entonces, para tu sorpresa, su gesto cambia a una sonrisa de alivio y te envuelve entre sus brazos. 

—Gracias. Sabes cuánto te debemos.

Abre el sobre ahí mismo y extrae una carta doblada en tres. La lee a conciencia y su expresión se vuelve firme. Queda algo en el sobre que abulta su interior.

—Como pensábamos, no se puede confiar en esta mujer —vuelve a mirarte—. Ve a tu casa, saluda a tu familia y prepara todo para la noche. Nos vemos donde acordamos. 

Vuelve a sacudir la cabeza de Espeon, que se aparta con fastidio y tras musitar otro "gracias" echa a correr en la dirección por la que vienes. Tú sigues en sentido opuesto, hacia tu casa. Espeon te sigue con pasos tranquilos. Parece ser que el peligro ya ha pasado. 

Divisas un barco de casco rojo que tiene escrito Destellar con grandes letras doradas en su flanco. Te encoges de hombros, consciente de que ya no puedes entregar el sobre aun si quisieras, y sigues camino a tu casa. La puerta se abre antes de que puedas buscar tu llave y Amber te recibe con una sonrisa.

—Volviste temprano.

Nació dos años antes que tú, pero es apenas un poco más alto. Por tono de piel, color de ojos y cabello parece casi una copia del sexo opuesto de sus hermanas, aunque su semblante es más sereno que el tuyo, y también habla mucho más que tú.

—La profesora estaba ocupada.

—Ya veo… ¿este amigo es Espeon? —levanta al felino con ambas manos y éste parece complacido—. Muy bonito. ¿Tienes hambre? 

—Sí, un poco…

—Le preguntaba a él, pero dame tiempo a preparar algo.

—Muy gracioso.

Te sientas a la mesa en la cocina mientras viene de un lado a otro con el cuchillo, la tabla, algo de fruta y la miel. En los días malos, cuando te preguntas de dónde viene su amabilidad, a veces piensas que se trata de la culpa por lo que pasó hace un año, pero te niegas a creer que se trate solo de eso. Es parte de su naturaleza después de todo. Lo que hacen los hermanos unos por otros. 

Unos minutos después regresa con dos platos y se sienta frente a ti. 

—Entonces… ¿mañana? 

—Sí, eso parece...

—Bien, más tarde limpiaré su habitación. La verdad es que… no tenía esperanzas.

—Yo tampoco lo creía —respondes, y tus labios se tuercen en una mueca contra tu voluntad. Él te mira por un segundo, pero rápidamente tomas un trozo de manzana y apartas la vista.

—Bueno, será un día ocupado. Tenemos que ponernos al corriente con muchas cosas, pero bueno. Vamos a celebrar. 

Se levanta y camina hacia el librero de la sala. Toma un viejo libro de filosofía (que lleva en ese librero más tiempo que ustedes en el mundo) y tras abrirlo, saca dos boletos de entre sus hojas.

—Ya sabes, realmente no tenía esperanzas de que viniera pero quería hacer algo especial por tu cumpleaños, así que compré estos dos. ¿Recuerdas el acuario que abrieron hace poco en la ciudad? El otro día me dijiste que querías ir. Podemos ir hoy y, mañana… ya veremos. 

Es cierto, hace tiempo que querías ir, y en cualquier otro momento, estarías gritando de emoción por la sorpresa, pero ahora tu cabeza está llena de tantas cosas. La profesora, el sujeto de azul, ese sobre y el Destellar, y ella. Sobre todo ella. Tratas de fingir una sonrisa, pero él ve fácilmente a través de ti.

—¿Pasa algo malo? 

¿Deberías decirle? Lo entendería, sin duda, y seguramente sepa qué hacer, pero ¿deberías decirle? ¿Hay algo que puedan hacer, para empezar? El sobre ha cambiado de manos ya, y saber la verdad podría lastimarlo más. 




Si decides ir al acuario con Amber: ve al capítulo 12.
Si decides contarle todo: ve al capítulo 13.
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#7
(6)


 
—Lo tenía —suspiras, logrando transmitir la justa medida de frustración en tu voz—, pero no me lo dio. Creo que sospechaba algo.

Lo miras directamente, haciendo tu mejor esfuerzo por ocultar el miedo. Si estás en lo correcto, va a asustarse si se cree descubierto, y es justo lo que hace. Empieza a caminar de un lado a otro con una mano en la barbilla y el entrecejo fruncido. Espeon aún lo mira fijamente, pero ahora está sentado en el suelo. Al menos ya no lo considera una amenaza.

—¡Esa maldita mujer! —masculla—. ¡Ese par de desgraciados!

Notas, sin embargo, que hay algo auténtico en su angustia. La forma en que tiembla su voz no es la de un simple ladrón, pero si es el caso, ¿qué es lo que llevas en esa bolsa? Por un momento consideras preguntarle, pero es demasiado tarde para eso. Eres una impostora, y en cuanto descubra que no eres la verdadera puede recurrir a la violencia.

—Puedo esperar a que se vaya —sugieres—, y sacarlo de su escritorio.

Así podrías preguntar a la profesora, o por lo menos advertirle, pero él niega con la cabeza.

—No, será demasiado tarde. Iré yo a su laboratorio y lo tomaré por la fuerza si hace falta. Tú ve primero al acuario, ahí saldaremos cuentas y nos iremos de esta ciudad. ¿Dices que está en su escritorio?

Pone una mano sobre la cabeza de Espeon y le sacude las orejas. Mientras el pokémon protesta, él se marcha en la dirección por la que vienes. Una parte de ti se siente obligada a seguirlo. La profesora está sola y este sujeto es peligroso sin sombra de duda. Pero aún si lo sigues, ¿qué puedes hacer? No eres una entrenadora de verdad y no sabes si lleva sus propios pokémon, pero por la forma en que trata a Espeon, deja en claro que sus poderes psíquicos no lo intimidan.

La otra opción es más segura: buscar a la policía por la ciudad y advertirles del terrorista. Sin embargo, ¿cuánto tiempo tomaría? ¿Cómo saber si lo lograrás a tiempo antes de que ocurra una tragedia? Ninguno de los dos caminos es una apuesta confiable, pero te corresponde decidir antes de que sea por mínimas que sean.




Si decides ir a la policía: ve al capítulo 14.
Si decides seguirlo: ve al capítulo 15.
[Imagen: EdovJGiXkAYqwp4.jpg]
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#8
(7)


—Lo siento —murmuras al fin—. No soy la persona que crees.

El chico aprieta los dientes, desconcertado por tu respuesta, y te sujeta con fuerza contra la pared. Todo ocurre tan rápido que no puedes siquiera reaccionar. Su fechada de amabilidad cae al suelo en un instante para convertirse en una bestia agresiva y furiosa.

—¿A qué estás jugando ahora?

Sableye clava los dientes en su pierna, pero él lo rechaza con una patada que logra golpear al tipo fantasma. Entierra sus dedos fuertemente en tus hombros mientras te mira fijamente.

—¿Vas a traicionarme? ¡Sabía que no podía confiar en ti!

Respira con fuerza en tu cara, pero no hace nada más. Finalmente, encuentras valor dentro de ti para hablar.

—No me llamo Beryl…

Mira fijamente dentro de tus ojos y te vez en ellos, diminuta y aterrada en el marco violento de sus irises rojos. Tan indefensa como Beryl en aquella pequeña fotografía, y te dices que es el fin, que nunca debiste involucrarte en nada de esto, y solo esperas a que termine. Sin embargo, él no se mueve. Le sostienes la mirada y un pensamiento extraño cruza tu mente cuando percibes el miedo en su expresión: así como te ves en sus ojos, él se ve en los suyos, y le asusta la imagen de sí mismo que le devuelves. Su agarre pierde fuerza, sus dedos te sueltan y da un paso hacia atrás, tan torpemente que cae al suelo.

El miedo te paraliza. El corazón te late con fuerza en el pecho.

—¡Lo siento tanto! —suplica de rodillas—. Son idénticas, creí que…

Lentamente, deslizas la espalda por la pared hasta quedar a su nivel.

—Sí, nos parecemos…

—Escucha, no quiero involucrar a nadie más en esto. Beryl y yo hemos llegado demasiado lejos, y creía que… ¡ella tenía que estar aquí!

Una tenue sonrisa de amargura surca tus labios. Beryl lo ha dejado atrás en lo que sea que estén haciendo y ahora está solo. ¿Lo traicionó, o simplemente huyó? No lo sabes, no lo sabe él y probablemente nunca lo sepan. Lo único que temes ahora es lo que piense hacer contigo.

—No importa. Si debo hacerlo solo, lo haré —murmura para sí mismo y vuelve a mirarte—. Lamento lo que sucedió y el que te hayas visto involucrada. Esta es mi advertencia para ti: ve a casa y quédate ahí. No salgas por el resto del día, no digas a nadie que me viste y no cuentes a nadie del laboratorio. Es lo mejor para mí, y también lo mejor para ti.

—¿Y tú… ?

—Iré al laboratorio a comprobar las cosas. Si algo sale mal, nadie sabrá de ti. Y si todo sale bien, no volveremos a vernos.

Se levanta, se sacude el polvo y empieza a alejarse con pasos cortos mientras Sableye lo mira con hostilidad. Antes de que lo pierdas de vista, una pregunta escapa de tus labios.

—¿Cuál es tu nombre?

—… Lad está bien.

Esperas a que desaparezca por completo, y aún te toma varios minutos el ponerte de pie. Sableye acude a ti y se sujeta a tu tobillo tan asustado como tú.

—¿Y ahora… qué hacemos?

Has decidido que no quieres meterte en su camino. Sea sincero o no, es demasiado peligroso quedarte cerca de él, pero si simplemente lo ignoras, alguien más podría resultar herido. La comisaría no queda demasiado lejos, la policía debería poder hacerse cargo, pero, ¿y si no? ¿Y si después vuelve por venganza? ¿Deberías olvidarte de todo o hacer lo posible para detenerlo?




Si decides ir a la comisaría: ve al capítulo 14.
Si decides volver a casa: ve al capítulo 8.
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#9
(8)

 
El camino a casa fue más largo de lo que esperabas. En tus brazos aún ardía la sombra de sus dedos, el tacto áspero y frío que te atenazó con furia, y cada pocos segundos volvías la vista para asegurarte de que no estuviera ahí. Tenía que ser un loco, eso te dijiste, y la mayoría de los locos son inofensivos si no se les molesta. Si no "te metías en su camino" incluso se olvidaría de ti, pero aunque te repetías esas palabras como un mantra, mantuviste a Sableye fuera de su pokéball hasta el final.

Amber abrió la puerta mientras buscabas tu llave. Parecía contento, pero su expresión cambió a una de alarma en cuanto cruzaron miradas.

—¿Todo bien? 

Un "ajá" no muy convincente sale de tus labios y cruzas el umbral camino a la sala. Él espera a que entre Sableye y cierra la puerta con un murmullo mientras te recuestas en el sofá.

—Así que este es…

—Mi pokémon inicial.

—Entonces, te vas.

—Ajá.

Se sienta en el sofá de enfrente. Los codos en las rodillas y las manos morenas entrelazadas a la altura de la cara. Sus ojos oscuros parecen mirar a algo muy distante, pero se esfuerza por sonreír, y cuando Sableye se le acerca, él lo levanta entre sus brazos y empieza a hacerle caras graciosas.

—No sabía que daban de estos.

—La profesora no tenía más.

—Entiendo.

Nadie dice nada por unos momentos. Estabas segura de que la conversación sería muy diferente. Imaginabas gritos, reproches, lágrimas, que te acusaría por dejarlo solo, que lo llamarías cobarde y que él te diría que no le importaba lo que hicieras. Creías que la tensión acumulada de dos años saldría a flote por una vez, pero ni aún ahora pueden hablarse el uno al otro propiamente. Amber mantiene esa fachada jovial, actuando como si todo estuviera bien mientras te amurallas tras frases secas que él finge no notar. Dos años, te repites. Dos años de sentimientos y miradas esquivas. Tal vez has tenido suficiente. Tal vez es momento de aclarar las cosas.

—Amber.

—¿Sí?

—Me voy a ir. 

Su mandíbula tiembla. Algo se agita en esos ojos oscuros cuando deja a Sableye en el sofá, pero se levanta rápidamente antes de delatarse a sí mismo. Estira los brazos mientras te da la espalda y camina hacia la cocina.

—Entonces tenemos mucho que hacer. Voy a preparar algo de comida para que te lleves, y hay que organizar el dinero para tu viaje. ¿Ya preparaste tu equipaje?

—Amber. Me voy a ir.

—Sí, ya me dijiste eso.

—¿No dices nada? 

—¿Qué quieres que te diga? —susurra al darse la vuelta con los ojos fijos en ti, esos ojos que te dicen que sabe exactamente lo que ambos están pensando. Que ha esperado esta confrontación tanto como tú.

—Dime lo que sea. Dime qué te molesta, carajo. ¿A quién crees que engañas?

Al cumplir los catorce años, cualquiera puede acudir al ayuntamiento para tramitar una licencia de entrenador y recibir un pokémon inicial en el laboratorio local. Desde niños habían soñado con el momento en que saldrían de la ciudad para conocer el mundo, atrapar toda clase de pokémon y vivir aventuras. Cuando llegó el turno de Amber, sin embargo, decidió que aún no estaba listo. "Un año no es gran cosa" decía. Pero sabías que no quería dejar a sus hermanas solas, y en ese momento también pensaste que era lo mejor. 

Hace trece meses tenías trece años. Y hace trece meses, Amber se desmayó en la puerta de entrada. Había sido una picadura de ariados que activó una reacción alérgica de la que hasta entonces no sabían nada. Dos meses más pasaron antes de que pudiera salir de casa. Al principio, temían por su vida, pero incluso después de que el temor se disipó, algo parecía haber cambiado en él. Tal vez fue el hecho de que en esos dos meses dejaron de ser tres en lugar de dos. Ella no estaba dispuesta a esperar más y "se adelantó" asegurando que la alcanzarían pronto, en cuanto Amber se recuperara. Pero él no se recuperó. Las semanas pasaban y nunca hizo mención alguna a emprender su viaje, y tú tampoco lo hiciste. Tenías miedo de herirlo de la misma forma que ella, pero también te decepcionaba que se rindiera tan fácilmente. Esos sentimientos crecían poco a poco, y, eventualmente, empezaste a temer que se convirtieran en odio.

—Di algo, ¿está bien? Lo que sea. Deja de actuar como si no te molestara.

El silencio se extiende por unos segundos más. Aún de espaldas a ti, notas cómo lucha por regular su respiración. Porque su voz no se quiebre.

—Ya lo esperaba.

—¿Quién te lo dijo?

—Nadie —se encoge de hombros y camina de vuelta al sillón—. Pero sabía que iba a pasar tarde o temprano. Tú quieres viajar y, ¿quién soy yo para detenerte?

—Mi hermano… ¿vas a decirme que no te importa?

—¿Y qué clase de hermano sería si te detuviera? He tenido tiempo para hacerme a la idea, para aceptar que pasaría. Claro que me importa, mentiría si dijera que no me duele, pero no quiero detenerte. ¿Qué voy a ganar con reproches? He pensado mil veces en esto, en lo que te diría cuando llegara el momento. Imaginaba peleas y gritos, pero me asustaba más que un día simplemente desaparecieras; que hicieras tu maleta en secreto, salieras a la compra y nunca volvieras. Me aterraba que así terminaran las cosas, y hoy, cuando vi tus ojos al abrir la puerta, y a ese pequeño detrás de ti, supe que… supe que había llegado el día.

Se levanta tembloroso. Por primera vez desde que tienes memoria, vez dos lágrimas fluir de sus ojos. Sus defensas caen, y cada paso hacia ti le toma una eternidad. Cuando finalmente se sienta junto a ti, parece una persona diferente. Más frágil de lo que creías, pero más fuerte también. 

—No quiero ser un mal recuerdo para ti —sonríe con una mano en tu rodilla—. Quiero que cuando pienses en mí, sonrías. Pero asegúrate de llamarme de cuando en cuando, sólo eso te pido. No te olvides de mí. Si se te pasa mi cumpleaños, nunca te perdonaré.

—Pero mañana es tu cumpleaños, ¿verdad? —se levanta rápidamente, va hacia el librero y saca el primer tomo de una vieja enciclopedia. Un segundo después vuelve con dos boletos en la mano—. Iba a ser una sorpresa para mañana, pero podemos hacerlo hoy. Dicen que hay un nuevo pokémon en el acuario y hacen presentaciones todos los días.




Para ir al acuario: ve al capítulo 17.
Para no ir al acuario: ve al capítulo 18.
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#10
(9)

 
—El paquete, sí, ya lo llevo. —Te muerdes la lengua apenas salen esas palabras de tus labios. 

—Muy bien —suspira con alivio—. Déjame verlo.

—A-aún no está listo. La profesora me dijo que volviera por él más tarde…

—Oh, está bien —responde lacónico—. Ya entiendo.

Antes de que puedas reaccionar, sientes su mano presionar tu cuello como una garra y tu espalda chocar contra el muro. Sus ojos rojos fijos en los tuyos.

—Sabía que no podía confiar en ti. —Bajo su voz calma sientes una creciente ira—. ¿Qué te ofreció, eh? ¿Dinero? ¿Cuánto? ¿Cuánto valemos para ti?

Sableye salta sobre él, pero lo intercepta con la mano abierta y empieza a presionar su cabeza. Con su otra mano arrebata tu mochila y te lanza al suelo. Sableye clava sus garras en el brazo que lo sujeta, pero el chico lo sacude y lo arroja también. Abre la mochila y deja caer sus contenidos: las pokéball, la pokédex…

—¿Nada? Entonces estaban en esto juntas desde el principio.

Tratas de hablar, pero la garganta te arde. Al cabo de unos segundos puedes emitir unas pocas palabras.

—Estás… no… no soy quien tú crees.

—Sí, eso me queda claro. El iluso soy yo por creer que podía confiar en ti. 

—Perdón, no…

Va a responder algo, pero Sableye se aferra a su pierna y empieza a morderla. Él parece no darse cuenta. Sus ojos, sombríos, miran al suelo con una expresión de vacío.

—No quiero verte de nuevo. Huye, tan lejos como puedas. Ella no hubiera querido que te lastimara. Pero no me sigas. No te metas en mi camino y no trates de detenerme. La próxima vez no voy a ser tan amable.

Toma a Sableye entre sus brazos y, tras mirarlo fijamente, lo deja en el suelo. Después patea tu mochila con frustración.

—No quiero verte de nuevo.


Pasan varios minutos antes de que juntes el valor para moverte. La marca de sus dedos aún te quema en el cuello. Cualquier cosa en la que se haya metido Beryl es más de lo que puedes manejar, y estás segura de que el chico de azul cumplirá su promesa si te acercas a él otra vez.

El miedo te consume. Quieres volver a casa, esconderte de todo y esperar a que pase la tormenta. Amber estará ahí, y tal vez sepa qué hacer, pero piensas en Beryl y en la profesora, y en que este sujeto va tras ella. La comisaría no está tan lejos, pero la amenaza de que no te metas en su camino te detiene. El tiempo corre y tienes que tomar una decisión.




Si decides volver a casa con Amber: ve al capítulo 13.
Si decides ir con la policía: ve al capítulo 14
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#11
(10)

 
Han pasado dos meses desde el incidente en el laboratorio. De acuerdo a las autoridades, se trató de un incendio provocado. Se cree que el culpable fue un joven de cabello azul al que vieron cerca del área poco después de que empezara el incendio.

Desafortunadamente, la profesora Hazel perdió la vida. El laboratorio lleva cerrado desde entonces.

En cuanto al atacante, encontró su destino esa misma tarde al tratar de irrumpir en el acuario local. La policía logró someterlo pero no antes de que se cobrara la vida de un civil: el señor Neikel, dueño del establecimiento que, naturalmente, también fur clausurado y los pokémon enviados a reservas especializadas. Se planteó la posibilidad de liberarlos a su ambiente natural, pero la tragedia también sacó a la luz el hecho de que vivían en condiciones deplorables y, aún ahora, no están capacitados para valerse por sí mismos.

Beryl volvió a casa esa noche y se marchó por la mañana. No han tenido noticias de ella, hasta ayer.

La reconstrucción del laboratorio ha terminado y un nuevo profesor a sido designado a la ciudad. Llega hoy a media tarde y, si la carta que envió dice la verdad, Beryl le acompaña.

Amber y tú la esperan en el puerto. Se ha reunido un pequeño séquito de jóvenes que, impacientes, desean ver al nuevo profesor cuanto antes y partir a la aventura. Tal vez este sea tu año. Tal vez sea también el año de Amber. Aún así, hay algo que te pesa. La tragedia no los alcanzó, pero no puedes evitar pensar que pudiste hacer algo. Que te perdiste la verdadera historia. Y a veces te sorprendes pensando en lo que hubiera pasado si, en ese entonces, hubieras tomado otra decisión.

Fin
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#12
(11)

 
Reuniendo todo el valor que eres capaz de encontrar en ti, atraviesas la nube de humo y vuelves al interior. Te falta el aire. La incubadora, los estantes y las mismas paredes están en llamas. Los ojos te arden y sientes que tu piel se quema. Si te mueves sin cuidado, el fuego va a saltar sobre ti en cualquier momento. Pero antes de que puedas huir, escuchas un suave quejido bajo el crepitar. Rodeas la mesa con cuidado y te encuentras con una mujer en el suelo. Su cabello es un desastre, y una mancha oscura se extiende por su hombro. La ayudas a levantarse un poco y tose débilmente, pero cuando sus ojos te alcanzan, se refleja en ellos un atisbo de esperanza.

—¿Beryl?

—No hable. Llamaré a una ambulancia. A la policía… va a estar bien.

Cuando estás por levantarte, sin embargo, te sujeta por el brazo.

—La policía no. No llames a nadie.

—¿De qué está hablando? ¡Tiene que ir a un hospital o…

—Ahí.

Señala al escritorio metálico, cortando tus palabras. Hace un esfuerzo por levantarse pero las piernas no le responden de inmediato.

—En el cajón inferior, hay un sobre… sácalo. Rápido.

Obedeces, cada vez más angustiada por el fuego que por discutir con ella. Sientes que el hierro te quema los dedos cuando tocas el escritorio, pero logras abrir el cajón y rápidamente encuentras el sobre que busca. Grande y un poco abultado. 

—Ya lo tengo. Ahora vámonos.

—Espera. Primero…

Señala a la máquina de curación. Hay dos pokéball en ella. Si guardan pokémon en su interior, tienen que llevarlos también.

—Toma ambas, y abre la de la derecha. 

Accedes una vez más. Apenas la tocas, la pokéball se abre y libera un pokémon felino de pelaje claro. Sus grandes ojos malva te mira fijamente, y la gema roja en su frente resplandece.

Una sensación de calma te invade. El pokémon baja la cabeza y da un salto grácil hacia la ventana para desaparecer.




Pasa al capítulo 16.
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#13
(12)

 
A pesar de que aún es martes, el acuario está a rebosar de gente. Familias, parejas y grupos grandes van y vienen de un sitio a otro sin cesar. El dueño del lugar no ha escatimado en gastos para reunir pokémon acuáticos de todas partes del mundo, incluso algunos de especies sumamente extrañas, como los dragonair y dratini que tienen su propio tanque. Hay un enorme wailord en otro, así como relicanth, gyarados y lapras. Un rarísimo pokémon cuya placa descriptiva llama "phione", flotando con un grupo de finneon; pokémon de agua dulce como seismitoad, y en el tanque más ostentoso, el orgullo del acuario: una milotic variocolor; de escamas blancas y aletas carmesí. Amber hace su mejor esfuerzo por relajar el ambiente, y tú haces el tuyo por ocultar tus pensamientos, pero no puedes sacarte de la cabeza aquella bolsa con esa credencial, al chico de ojos rojos ni el paquete que no debías entregarle. Cada vez estás más segura de que debiste acudir a la policía, y de que ya es demasiado tarde para tomar otra dirección.

Sales de la tienda de regalos con un marill de peluche entre los brazos y Espeon portando un gorro con forma de spheal que no le hace mucha gracia. Amber revisa la hora en su reloj.

—Ya está por empezar el evento principal. Vamos a buscar lugares.

Diez minutos después están sentados en las gradas que rodean el tanque principal al aire libre. Es una piscina olímpica con decoraciones que simulan un arrecife en el que los pokémon ofrecen espectáculos uno tras otro. Una coordinadora hace juegos de pelota con una brione, y otro más organiza una docena de chinchou en un espectáculo de luces y burbujas. Eventualmente, la tercera coordinadora pide un asistente del público y un niño tiene la suerte de navegar a lomos de un arenque de wishiwashi. Una parte de ti lo disfruta, pero otra sigue fija en los mismos pensamientos sombríos y, cuando miras a Amber, notas que él tampoco está del todo concentrado.

—¿Te pasa algo?

Sale de su ensimismamiento por un segundo. Sabes que pensaba en ella, pero se resiste a mencionarla tanto como tú.

—No, bueno, es solo que…

—¿Qué?

—Esos pokémon. No parecen muy felices.

Intrigada, desvías la mirada al espectáculo y estudias a los wishiwashi. A pesar de la algarabía del acuario, es verdad que sus movimientos son lentos y que sus ojos se ven algo opacos. Cuando termina el número y entra en escena el lapras cantante, percibes un tono muy triste en su melodía.

Vuelves la vista hacia Amber. Si no lo dicho, no lo hubieras notado y el espectáculo seguiría siendo divertido. Pero ¿es verdad que los pokémon están tristes, o fue sólo su percepción que te contagió? ¿Son sólo los malos pensamientos de ambos acaso?

Entra otra pokémon. Esta es la milotic especial, que parece especialmente triste. Ya no sabes si es cierto o un producto de tu imaginación.

—¿Tú qué opinas, Espeon?

Pero Espeon, naturalmente, no dice nada. Lo cierto es que lleva un largo rato distraído, como si buscara algo, y cuando salta de tus brazos y empieza a seguir un rastro, crees que lo ha encontrado.

—¡Espeon, vuelve aquí!

Dejas atrás a Amber y te internas entre el público para atrapar al pequeño rebelde. Espeon salta con gracia sobre las cabezas de los espectadores, provocando quejas e ignorando tus órdenes, pero se detiene cuando percibe a alguien y, cuando miras en su dirección, tus ojos se cruzan brevemente con un hombre de cabello castaño que viste un traje gris a rayas. El intercambio dura tan sólo un segundo, pero sus ojos te atemorizan como dos esquirlas de hielo que te congelan. Y esa mirada basta para evitar que reacciones a tiempo.

—¡FUEGO!

Un grito de histeria que es seguido el clamor de las alarmas, que provocan a su vez un concierto de gritos entre la multitud. Chispas saltan en el escenario y en las grandes pantallas arriba de este. Columnas de humo se elevan del equipo de luces y pronto te ves atrapada entre una avalancha humana de codazos y empujones, todos tratando de ponerse a salvo a cualquier costo.

Gritas el nombre de tu hermano, pero tu voz se extingue entre todas las demás y el aire te abandona. No encuentras a Espeon, no encuentras a Amber y tú tampoco te encuentras en ninguna parte. Sólo un sonido se impone sobre los demás: el largo lamento de Milotic pidiendo auxilio.

—¡Beryl!

Alguien te sujeta del brazo. Te das la vuelta y encuentras al chico de los ojos rojos que ahora brillan con furia.

—¡Tenemos que darnos prisa! ¿Dónde está Neikel?

No sabes quién es Neikel y no sabes quién es él. Lo único que sabes es que debes alejarte tan rápido como puedas. El acuario comienza a vaciarse, pero aún no ves rastro de Amber y el sonido de un disparo a la distancia llama tu atención.

—¡Maldición, ya están aquí!

—Las manos en alto —ordena el oficial de policía que acaba de disparar al aire mientras dos de sus compañeros apuntan a ustedes. Hay al menos diez de ellos, armados y dispersos alrededor de ustedes. Tanto tú como el chico de ojos rojos alzan las manos y ellos, lentamente, se acercan mientras el llanto prosigue.

—Voy a distraerlos —susurra—. Tú encuentra a Neikel y consigue las llaves, entonces…

—¿Estás loco? ¿De qué estás hablando?

—¡Silencio! ¡Ambos! —grita un oficial.

—¿Tú provocaste esto?

—¿Ah? ¿Qué clase de pregunta es esa?

—¡SILENCIO!

—¡Ya te oí!

Sientes que una inesperada presión recorre tu cuerpo y caes al suelo. La onda se propaga y golpea a los policías también. El único indemne es el chico de ojos rojos, que corre en dirección al escenario. Quieres gritar, quieres ponerte a salvo, y quieres detener a ese idiota que corre hacia su muerte. Y entonces, el caos termina con la misma rapidez con la que se desató. Un estallido resuena, la última bala ha sido disparada.

—¿Beryl?

Antes de que llegue a tus oídos, la detonación atraviesa tu cuerpo. No ha sido él, sino tú el blanco. El dolor se propaga desde tu costado. Tu sangre mana de tu herida y con ella tus fuerzas. Tus rodillas ceden y caes entre las escaleras.

Tu cabeza zumba. Alguien trata de levantarte, pero es tarde, el aliento te abandona. La persona junto a ti te acerca a su cara y, tras un largo momento, la reconoces como la chica de la fotografía. Un momento después, tu vista se nubla.

Tus últimos pensamientos son para ese lamento que no se detiene.

Fin.
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#14
(13)

 
Amber te mira con preocupación. Se conocen de toda la vida, y si alguien es capaz de leer tus estados de ánimo, es él. Tienes que irte de inmediato o acabará descubriendo lo que tratas de ocultar.

—Perdón, ¿Sabes qué? No me siento bien. Voy a la cama.

Pasas a su lado camino a tu habitación, pero te sujeta por la muñeca antes de que llegues a las escaleras.

—¿Pasa algo, verdad? ¿De qué se trata?

—No es nada grave, solo estoy cansada.

Niega con la cabeza.

—Vamos a la sala. Cuéntame de qué se trata.

Esperas en el sofá mientras él prepara el té. Más que un hermano mayor, a veces se comporta como una ama de casa. Tal vez, en el fondo, él también se ve a sí mismo como una. Como si esa fuera la única función que es capaz de desempeñar y lo cierto es que se le da bien. Por mucho que les pese a ambos, la vida doméstica es su fuerte. No deberías decirle nada. Mientras esperas, el remordimiento hace presa de tu mente. No deberías estar ahí, fingiendo que nada pasa. Aquel sujeto de ojos rojos podría hacer daño a la profesora o a la verdadera Beryl. ¿Por qué no hiciste nada? Debiste haberlo seguido o cuando menos ir a la comisaría, eso es lo que hubiera hecho una buena persona, pero estabas demasiado asustada y tal vez ahora sea demasiado tarde.

Amber vuelve al cabo de unos minutos con dos tazas humeantes. Se sienta en frente de ti, al otro lado de la mesa, y cruza las manos sobre el regazo. Tal vez él sepa qué hacer. Tal vez, si van juntos, encuentres el valor de hacer lo correcto.

—Bien, ¿de qué se trata?

Sus ojos fijos en los tuyos. Sabes que no hay forma de evadir la cuestión y, con frases convulsas, terminas por contarle todo lo que tienes adentro. La mochila roja con la ficha de entrenadora, la profesora y sus pokémon, el chico de ojos rojos, sus amenazas y el paquete que no se debía entregar. Su expresión pasa del desconcierto a la alarma y a la resolución. Lucha porque su gesto no lo traicione, pero evidentemente piensa lo mismo que tú. Y cuando terminas tu narración, se levanta, se sacude las manos y empieza a caminar a lo largo de la sala.

—¿Así que, mañana?

—Eso dijo la profesora, pero el tipo de azul…

—Es peligroso, pero por lo menos no te hizo daño aunque te confundió con ella.

—De todas maneras va a hacer algo. Creo que va tras la profesora Hazel, deberíamos ir a…

—Olvídalo. Quién sabe cómo reaccione si vuelve a verte.

—¿Pero tú te estás oyendo?

Su primer instinto siempre es la huida. Una parte de ti hierve de rabia al escucharlo hablar así, al comportarse como siempre lo hace, y decides que no tienes que seguir escuchando más. Tomas tus llaves y caminas hacia la puerta, pero su mano te sujeta del hombro.

—¿Qué crees que haces? —su voz es serena, tan pasiva que sientes ganas de golpearlo.

—¡Tenemos que hacer algo!

—¿Qué quieres? ¿Perseguirlo y detenerlo por tu cuenta con ese pokémon?

—¿Y cuál es tu idea entonces? ¿Quedarte aquí sin hacer nada como siempre?

Te arrepientes de tus palabras tan pronto como salen de tu boca, pero su expresión no se altera. Tira de tu brazo con suavidad hasta llevarte de nuevo a la sala, y entonces camina hacia el teléfono.

—¿Qué haces?

—Una denuncia anónima. No voy a dejar que te pongas en peligro. Hay gente capacitada para esto y es la policía.

Activa el altavoz cuando deja de comunicar, de modo que puedes escuchar la conversación. Con voz seria y clara reconstruye tu relato al interlocutor del otro lado de la línea, evadiendo detalles como tu identidad y la relación entre ambos, limitándose a los detalles concernientes a la profesora y a alguien que pretende hacerle daño. El servidor al otro lado toma nota y le ordena que no salgan de casa, que se mantengan atentos a las noticias y que no intenten hacer nada por su cuenta. Amber asegura que así será y les agradecen por su cooperación. Unos segundos después la conversación ha terminado y él se pasa las manos por la cara.

—Es todo lo que podemos hacer —suspira—. Lo sabes.

Vuelve a su lugar en el sillón y te sientas a su lado. Por espacio de varios minutos ninguno de los dos habla.

—Sobre lo de hace un momento —comienzas—, lo que dije…

—Olvídalo. No tiene importancia.

El pokémon salta a su hombro y juega con él. Sonríe, pero notas que se esfuerza en mantener la calma, en asumir el papel de hermano mayor y por una vez, quisieras que así fuera. Dejar que él se haga cargo, no tener que dar el primer paso tú.

Alarga su mano hacia la mesita y toma el control remoto del televisor.

—Deberíamos ver las noticias, nunca se sabe.

Pasan las horas en silencio. Poco a poco la ansiedad crece dentro de ti. Te preguntas si hicieron lo correcto, si la policía pudo hacerse cargo y si no es demasiado tarde para intentar algo.

Empieza la cobertura sobre un incidente en el acuario pokémon de la ciudad, justo en el momento en el que llaman a la puerta. Estás más cerca, de modo que te levantas para abrir mientras Amber presta atención a la pantalla. La noticia se te escapa, pero las palabras "víctimas" y "atentado" resuenan en tus oídos. Te congelas frente a la cerradura, y los golpes que al principio eran suaves ahora aporrean la puerta con violencia.

—¿Qué sucede? —pregunta Amber.

Vuelves a la realidad. Giras lentamente el pomo de la puerta y ella aparece ante ti: Beryl, la chica de la fotografía. Sus ojos, apagados, se clavan en los tuyos. Sus dedos suben hasta tus mejillas.

 
Fin.
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#15
(14)

 
No sabes qué esperabas cuando entraste a la comisaría, pero sin duda no se parecía a lo que ves ahora. No hay un cuarto cerrado con un espejo-ventana, no hay una lámpara apuntando a ti en una habitación oscura, no hay policía bueno ni policía malo; solo un oficial de aspecto ordinario al otro lado de un escritorio en una oficina normal con puertas y ventanas normales. Entonces, ¿por qué te causa tanto miedo? ¿Por qué te hace sentir como una criminal? 

Sus preguntas son sencillas y directas: cuál es tu nombre, qué hacías en el laboratorio, cuánto sabes de la profesora, sí conoces al chico de los ojos rojos, dónde estuviste, con quién más hablaste. Cada una de sus preguntas te hace sentir más y más culpable. Quieres gritar y defenderte, pero temes empeorar tu situación aun si no tienes idea de cuál es. Y cuando te ha exprimido toda la información que podía obtener de ti, lo único que puedes hacer es preguntar quedamente si puedes irte.

—No —responde el inspector con ese tono áspero e imperativo para después dirigirse a sus subordinados. Se dividirán en dos grupos, uno encabezado por él, para asegurar tanto el acuario pokémon como el laboratorio—. Usted se quedará aquí por su propia seguridad. Una vez que verifiquemos que no hay peligro se le escoltará a su domicilio. 

Da órdenes a otra policía de vigilarte y se retira con sus tropas. Una mujer madura, tal vez de la edad que tendría tu madre, de modales y rasgos duros. Te indica que te sientes en una banca en silencio, y que trates de no causar más problemas. Antes de que puedas responderle algo, sin embargo, ha vuelto la vista a su ordenador y continúa tecleando en él, como si hubieras desaparecido de su mundo. Y tú, incapaz de hacer otra cosa, decides desaparecerla del tuyo, desaparecer el mundo y huir a tu interior. 

Tu primer pensamiento es para Amber, que en estos momentos debe estar preocupado. Te preguntas qué estará sintiendo, sí estará bien, y cuando te haces consciente de ello, empiezas a pensar también en lo diferentes que son. Es el mayor de los dos, y cuando la situación lo requiere sabe actuar como el hermano responsable que pone fin a los problemas, pero el resto del tiempo es tan inmaduro que pareciera lo contrario. Tan frágil, tan desvalido que se rompería si no estuvieras ahí. Una parte de ti teme por su espíritu. Algo se quebró en él y esa vieja herida no ha sanado del todo, y aunque lo sigues queriendo, también quisieras tener de vuelta al Amber que era hace dos años o, tal vez, ir mucho, mucho más atrás. 

La agente estornuda de forma violenta y se te queda viendo por un largo momento, como si hubiera sido tú culpa, y cuando vuelve a sus tareas la maldices por dentro tanto a ella como a su jefe. ¿En qué tiempos vivimos que la policía nos hace sentir inseguros, que tememos a los que deben protegernos? Tú no eres tan reflexiva, te dices a ti misma, y recuerdas la última vez que estuviste en una comisaría. Tenían diez años, Amber doce, y ninguno de ustedes estaba listo para lo que sucedió. Tal vez tampoco lo estás ahora. Tal vez, de nuevo, estás empeorando las cosas. 

Las horas pasan, y piensas más y más en Beryl; la chica de la fotografía. Ya es una entrenadora consumada que viaja entre regiones y no es mayor que tú. ¿Por qué ella y no tú? ¿Por qué ella está siguiendo sus sueños? ¿Y cuándo vas a empezar a seguir los tuyos? En ese momento de tentación, cuando pensaste en tomar su nombre, tal vez había algo más que te impulsaba a ello. Tal vez en verdad querías intercambiar lugares y sentirte como ella por una vez. Ese pensamiento inunda tu mente, sube a tus ojos y se desborda por tus mejillas. La agente te mira con reproche pero no puedes evitarlo. Han pasado tantas cosas hoy que solo quieres que todo termine, y termina justo unos minutos después, cuando la puerta se abre y los policías vuelven. El inspector te mira con severidad por un largo momento y después da la orden a otro agente de que te lleve a casa. Y antes de que te des cuenta, estás en el asiento de copiloto de una patrulla. 

El agente a tu lado tiene una expresión seria, pero sus rasgos no son agresivos como los de los otros dos, y cuando te arriesgas a preguntarle qué sucedió, su gesto expresa incomodidad y comprensión.

—Un desastre. Se hizo todo lo posible por salvar a la profesora, pero fue demasiado tarde para cuando llegó al hospital.

—¿Y qué más?

—Un terrorista irrumpió en el acuario. Tomó un par de rehenes y exigió que le entregaran al dueño del mismo, el señor Neikel. No era muy grande. No debía tener ni veinte años y estaba nervioso. Tratamos de convencerlo, pero luego… todo se volvió un caos, atacó a uno de los rehenes y tuvimos que neutralizarlo. Había un pokémon que no dejaba de llorar, y luego, luego…

Se frota el puente de la nariz con una mano, indeciso. Como si él mismo tratara de entenderse.

—¿Qué demonios fue eso? 

La conversación termina ahí. Cuando llegan a casa, ves dos sombras al otro lado de la ventana. El policía toca el timbre y esperan a que se abra la puerta. 

 
Fin.
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