Longfic- Pokémon Crowned

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FranquiciaCoregames
GéneroAcciónAventura
Resumen

La región de Galar se prepara para inaugurar el Desafío de Gimnasios, y como cada año, cientos de entrenadores emprenden su viaje para colgar sobre sus hombros la pesada capa de campeón. Esta es la historia de Victor, que desde su lejano pueblo rural dará los primeros pasos en la Liga Pokémon.

AdvertenciaViolencia
#1
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Índice de Capítulos

Arco I - Punto de partida
⚫ Capítulo 1  Los elegidos del campeón
Capítulo 2  ¡Primeros pasos, saltos y picotazos!
Capítulo 3 Brota el futuro, arde la rivalidad 
⚫ Capítulo 4 – Perdidos en el bosque de ensueño
⚫ Capítulo 5 – Wild Girl, Wild Area
⚫ Capítulo 6 – ¡¡Dinamax!! ¡Enfrentamiento múltiple en el Área Silvestre! 
Capítulo 7 – Motostoke: Preguntas, respuestas, bolas y... ¡Yell!
Capítulo 8 – No todas las estrellas brillan en el cielo
Capítulo 9 – Curry, huevos y manzanas
Capítulo 10 – Un rival indeseable 
⚫ Capítulo 11 – Milo, el granjero: ¡Batalla floral por la primera medalla!
⚫ Capítulo 12 – Acero sobre cuero, sangre sobre plumas 

Arco II - Huecos llenos y vacíos
Capítulo 13 – Luces y sombras de Hulbury
⚫ Capítulo 14 – Nessa, la sirena: ¡Combate acuático por la segunda medalla! 
⚫ Capítulo 15 – Recuerdos sumergidos
⚫ Capítulo 16 – En el nombre de la reina
⚫ Capítulo 17 – La noche nos cuida y nos observa 
⚫ Capítulo 18 – Hace siete años 
Capítulo 19 Kabu, el muro de fuego: ¡Encuentro abrasador por la tercera medalla! 
Capítulo 20 Ícaro
Capítulo 21 Gloria vs Marnie: Choque de estrellas perdidas
Capítulo 22  Muros altos no permiten ver el Sol
Capítulo 23  Réquiem por la cordura (Primera Parte) 
Capítulo 24  Réquiem por la cordura (Segunda Parte) 

Arco III - Caminos bifurcados
Capítulo 25 – Mira hacia adelante y verás 
Capítulo 26 El tímido y la temida
Capítulo 27 Allister, la pesadilla: ¡Duelo sombrío por la cuarta medalla! (Primera Parte)
Capítulo 28 Allister, la pesadilla: ¡Duelo sombrío por la cuarta medalla! (Segunda Parte)
Capítulo 29  Bea, la técnica implacable: ¡Choque de poder por la cuarta medalla! 
Capítulo 30 Derrumbe
Capítulo 31 Presa de la oscuridad 
Capítulo 32 Después de todo, la amistad también puede quemar 
Capítulo 33 Hermanos 
Capítulo 34 – Todos los laberintos conducen a Ballonlea 
Capítulo 35 – Bede, el sucesor: ¡Zanjando el pasado por la quinta medalla!
Capítulo 36 – Memoria: Un grito que atraviesa el cielo

Arco IV - Rompiendo las cadenas
Capítulo 37 – Lo que perdimos en el camino 
Capítulo 38 – El origen de una rosa espinada
Capítulo 39 – Duelo blanco 
Capítulo 40 – El mito de los dos hermanos 
Capítulo 41 – Gordie y Melony, la avalancha y la ventisca: ¡Lucha emparejada por la sexta medalla! 
Capítulo 42 – Un cálido abrazo en medio de la noche 
Capítulo 43 – Spikemuth hermoso, rebelde, decadente
Capítulo 44 – Convergencia (Primera Parte) (Próximamente)


Fichas de Personajes
(pueden contener spoilers de la trama)


Mostrar Victor
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Nombre: Victor Evans
Edad: 14 años
Signo: Virgo (9 de Septiembre)
Hogar: Pueblo Postwick
Le gusta: Cocinar curry, vivir aventuras con sus amigos
No le gusta: Preocupar a los demás, sentirse sobrepasado por la situación

Victor es un joven de personalidad calmada y pacífica. Criado en el ambiente de un suave pueblo rural en las afueras de la región, nunca mostró especial interés por volverse el más fuerte, aunque sí por salir a descubrir el mundo y aventurarse en toda clase de lugares junto a su amigo. Solía ser muy introvertido, hasta que conoció a Hop de pequeño y éste lo ayudó a mostrar un poco más de carácter y a relacionarse mejor con las personas. Es un entrenador disciplinado y siempre se esforzará al máximo por pulir el potencial de sus Pokémon. Puede decirse que es bastante riguroso con ellos, especialmente con la pequeña Punkelly.

Equipo:


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Mostrar Gloria
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Nombre: Gloria Scott
Edad: 14 años
Signo: Escorpio (20 de Noviembre)
Hogar: Ciudad Hulbury
Le gusta: El peligro, la libertad
No le gusta: Los que abusan del poder, la gente superficial

Con una crianza afectiva pero restrictiva, Gloria se acostumbró desde muy pequeña a vivir encerrada en la habitación de su casa-barco, en el restaurante familiar de su padre. Todo el equipo de trabajo de su padre en La Mesa del Capitán la apreció mucho siempre, pero ella decidió emprender un viaje independiente para volverse una entrenadora pokémon, tras presenciar una noche desde el techo del barco las luces encendidas y las espectaculares nubes rojas y gritos de pasión provenientes del estadio de la ciudad portuaria. Forjó así una personalidad valiente e intrépida, y huyó junto a su Yamper, Cookie, para aventurarse en las peligrosas tierras del Área Silvestre. Allí conocería a Victor y Hop, con quienes forjaría un vínculo de amistad y compañerismo para seguir juntos en su viaje por Galar.

Equipo:


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Mostrar Hop
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Nombre: Hop Owen
Edad: 14 años
Signo: Leo (25 de Julio)
Hogar: Pueblo Postwick
Le gusta: Aprenderlo todo sobre los combates, Nessa
No le gusta: Que lo menosprecien, pasar desapercibido

Pese a crecer bajo la sombra de su exitoso hermano mayor y campeón de Galar, Hop desarrolló una personalidad enérgica y apasionada, inspirado por la proezas de Leon. Sus padres tuvieron que obligarlo a asistir a la escuela porque se pasaba día y noche prendido a la pantalla del televisor viendo combates oficiales de la Liga Pokémon. Allí conoció a un tímido Victor, con quién supo desarrollar mejor su personalidad extrovertida e impulsiva, incitándolo a emprender un viaje juntos para volverse poderosos entrenadores pokémon. De inmensas ambiciones, Hop se acostumbró a ser comparado con su hermano, pero no permite que lo menosprecien por ello, y siempre demuestra el máximo potencial en sus combates. Suele ser un poco pesado e infantil, pero tiene un gran corazón y siempre está dispuesto a ayudar al que lo necesite.

Equipo:


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Mostrar Marnie
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Nombre: Marnie Villin
Edad: 14 años
Signo: Piscis (18 de Marzo)
Hogar: Pueblo Spikemuth
Le gusta: Los pokémon siniestros, que su hermano le corte el cabello
No le gusta: El Team Yell, exponer sus emociones

Marnie es una joven promesa en la Liga Pokémon. Tiene claro su objetivo de llevar de nuevo la gloria a Spikemuth atravesando por su cuenta el Desafío de Gimnasios, pero detesta saber que pisándole los talones hay una parva de fanáticos descerebrados del Team Yell que hacen todo lo que está en sus manos por aplacar a sus posibles rivales y allanarle el camino. Tiene un talento casi sobrenatural para las batallas, y es dueña de un estilo agresivo e implacable que recuerda al de su hermano mayor y líder de gimnasio Piers. Sin embargo, Marnie desea trazar por sus propios medios su propio camino, intentando que la influencia de su hermano no pese a la hora de hacerle frente a los desafíos. Al parecer, su personalidad apagada e inexpresiva resultan ser su emblema distintivo, pero realmente disfruta de haber hecho amigos en el viaje, y de pasar el rato junto a sus pokémon. No tiene filtro ni pelos en la lengua para decir lo que piensa.

Equipo:


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Mostrar Bede
[Imagen: dZgNEDp.jpg]

Nombre: Bede
Edad: 15 años
Signo: Acuario (1 de Febrero)
Hogar: Ciudad Hammerlocke
Le gusta: Ser reconocido, provocar a los demás
No le gusta: La gente, la debilidad

Muchos detalles sobre la vida de Bede son una incógnita incluso para él mismo. Fue adoptado por el presidente Rose a temprana edad, y elegido como su patrocinado para enfrentar el Desafío de los Gimnasios, recibiendo de sus propias manos una Hatenna a la que nombró Minerva. Siente un profundo respeto por el hombre que le dio la única oportunidad en su vida de demostrarle a todos sus aptitudes, y ciertamente se ha convertido rápidamente en uno de los favoritos para alzarse con la corona de campeón. Sin embargo, su actitud hostil y temeraria le ha dejado unos cuantos enemigos, entre los cuales se encuentran Gloria y Hop. Parece estar constantemente al límite, caminando sobre una delgada línea entre la cordura y la locura.

Equipo:


[Imagen: bRiw81z.png]


Entrevista a Personajes: ¡Hop Owen!

Endings

Mostrar Pokémon Crowned Ending 01


Mostrar Pokémon Crowned Ending 02


Mostrar Pokémon Crowned Ending 03

 
Comentarios del Autor

Antes que nada, debo advertir a los lectores que se encuentran ante una historia cuyo principal objetivo es el de trasladar mi propia experiencia de juego con los nuevos títulos de la franquicia para Nintendo Switch, siendo su historia una "novelización" de los acontecimientos canónicos dentro de Pokémon Espada y Escudo (o SWSH, para los amigos). Dicho esto, es claro que no seguiré a rajatabla todos y cada uno de los pasos dados en mi propia partida, puesto que eso implicaría un sinfín de diálogos robóticos por parte de los NPCs, búsquedas en el pasto por especies de un género específico o asesinato despiadado de inocentes Skwovet salvajes -aunque tal vez haya un poco de eso, según de qué humor me levante ese día-.

Será una aventura tradicional con elementos un poco menos tradicionales, propios de lo que inspiró en mí jugar durante ya una treintena de horas una aventura que, bajo mi punto de vista, aborda otra perspectiva del Mundo Pokémon y de lo que representa el progreso de un entrenador, y la espectacularidad que se le brinda a la escena competitiva, destacando los gimnasios y... ¡¿Pokémon gigantes?!

Aclaro que utilizaré los nombres de ciudades y personajes propios de las ediciones anglosajonas de los juegos, así que reemplacen "Paul" por "Hop" y "Pistón" por "Motostoke", y van a andar bien. Para los ataques, sin embargo, decidí respetar en mayor medida la adaptación castellana de sus nombres, pues sonaría raro que los personajes den órdenes en inglés a sus monstruos de bolsillo diseñados por japoneses mientras conversan en español, pero siendo de una región inglesa... Como sea, ustedes sabrán entender.

No puedo dejar de mencionar que soy argentino, pero que adapté los diálogos al insípido neutro para que a nadie incomoden los modismos durante la lectura. Aún así, traté de impregnar en ellos la mayor personalidad posible para que no queden fríos e impersonales.

Esperen aventura, acción, compañerismo, inseguridades y una lectura ligera que, espero, consiga engancharlos y mantenerlos interesados por el viaje de Victor y Hop.

¡Disfruten de la historia!
Sueña mientras giren las agujas del reloj

"Este fic es un recopilatorio de cosas que me dan asco, me agobian y odio"
                                                                                                    —PKMNfanSakura
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#2
Capítulo 1 – Los elegidos del campeón

Un nuevo día emergía en el horizonte junto al Sol, que se desperezaba extendiendo sus largos brazos en formas de rayos de luz a través de nubarrones grises que se arremolinaban sobre la región de Galar. La noche anterior, una lluvia portentosa había azotado varias de las ciudades del sur de la región, incluyendo al pequeño pueblito rural de Postwick, que se extendía a lo largo de un valle montañoso. Allí, sus habitantes se dedicaban principalmente a tareas agrícolas, entre las que destacaba la confección de prendas y productos textiles con lana de Wooloo, un pokémon típico de aquella zona recubierto por un pelaje blanco que no paraba de crecer y le daba el aspecto de una bola lanuda con patas. ­
Un rebaño de Wooloo pastaba pacíficamente junto a una casa en las afueras del pueblo, con paredes blancas de piedra cubiertas por hiedras, enredaderas y toda clase de plantas alrededor de su entrada. La puerta verde se abrió, y de la casa salió un muchacho delgado con camiseta roja y cabello cubierto completamente por un gorro beanie de color gris oscuro, sobresaliendo al frente un mechón de pelo castaño arremolinado hacia arriba. Su nombre era Victor Evans, de catorce años, y aquel día daría comienzo su viaje como entrenador pokémon, pero antes, debía preparar el equipaje. Inhaló profundamente el aire fresco de una mañana pasada por agua, y tras saludar a los pequeños Budew que endulzaban el aroma de las plantas en el patio de la entrada, bajó las escaleras de piedra que daban al camino hacia el pueblo Wedgehurst, donde encontraría las principales tiendas para equiparse como correspondía.

Apoyado contra los cercos de piedra y con las manos detrás de la nuca lo esperaba su mejor amigo, Hop Owen, un chico flacucho y de piel morena, con cabello azulado peinado en punta y chaqueta de jean con cordero. A su lado, un redondo Wooloo observaba curioso al rebaño de su misma especie que pastaba cerca de allí, pero no parecía tener intenciones de apartarse del muchacho.

—Buenos días, Hop —saludó Victor, dándole un apretón de manos—. Pensé que te adelantarías a Wedgehurst.
—Y yo que te quedarías dormido —le sonrió Hop, devolviendo el saludo—. Mi idea es empezar el viaje juntos, no quisiera salir con ventaja.
—Yo diría que ya empezaste con cierta ventaja… —contestó Victor fijándose en el Wooloo que acompañaba a su amigo.

—Nada de eso —rio el peliazul acariciando el pelaje lanudo y esponjoso de su pokémon, que baló animadamente—. Lulú nunca recibió entrenamiento de mi parte, más que para ayudarme a cortar el pasto en casa.
—Bueno, vámonos entonces. Tu hermano debería llegar en cualquier momento.
—No lo creo —suspiró Hop—, todavía debe estar capturando algunos pokémon en el Área Silvestre, así que tenemos tiempos de sobra para perder en Wedgehurst.

El cielo nublado comenzaba a despejarse con ayuda del viento, ganando terreno en el cielo el brillo matutino del Astro Rey. Victor y Hop caminaban cuesta abajo, conversando acerca de las compras que debían hacer en el pueblo vecino para completar su equipamiento para el viaje, mientras el pokémon oveja los seguía rodando sobre el pasto, ocultando sus patas bajo su lanudo pelaje blanco.

—Además, necesito elegir bien la pokébola para Lulú. Papá dice que va a ser una experiencia traumática para ella, que nunca estuvo dentro de una. Así que tengo que elegirle su futuro hogar con cuidado —decía Hop observando de reojo a su Wooloo, mientras ésta rodaba despreocupadamente esquivando ocasionales transeúntes y pokémon salvajes que pasaban por ahí en dirección contraria. Victor parpadeó un par de veces.
—¿A los pokémon les importa el tipo de pokébola en la que “habitan”? Pensé que entraban en una especie de estado criogénico de sueño plácido en cualquiera de ellas —dijo, formando en su cabeza la imagen de la Wooloo de Hop durmiendo plácidamente arropada en una cama acolchonada, dentro de una habitación esférica y contando Mareep entre sueños.
—Claro que no —frunció el ceño su amigo—. O al menos, no todos. Por algo existen tantas clases de pokébola distintas; un Butterfree siempre estará más a gusto en una Malla Ball que en una Poké Ball común —explicó, tomando como ejemplo a un grupo de Butterfree que pasaba volando sobre sus cabezas en dirección al bosque.
—Veo que estuviste haciendo la tarea —Victor volteó a verlas pasar, sonriente, pensando en lo genial que era la idea de estar a punto de comenzar su aventura, y así poder capturar y entrenar pokémon tan bonitos y especiales, pero cuando su mirada se encontró con el Bosque Oniria, a lo lejos, tuvo la repentina sensación de que era observado desde allí, mucho más allá del cerco de madera que advertía a los viajeros y entrenadores novatos de los peligros que acechaban en el bosque. Un escalofrío vibró en su cuerpo de pies a cabeza, pero lo disimuló rápidamente, continuando su paso firme hacia adelante.

Los chicos charlaban animadamente mientras caminaban por el sendero, conocido como Ruta 1, que conducía al centro de Wedgehurst, topándose en su camino con rebaños de Wooloo acarreados por pastores, algún granjero que recogía los cultivos de su huerto de bayas, e incluso a la abuela de Hop, una señora que parecía tener cien años, pero que volvía de hacer compras en el pueblo vecino sin sudar una sola gota. La señora de pelo cano les enseñó su canasta de mandados llena de ingredientes para la cena que prepararía en la noche para ellos, en celebración del comienzo de su viaje para volverse entrenadores pokémon, y también para recibir en casa a su nieto mayor, León, hermano de Hop y vigente campeón de Galar, que viajaría a casa especialmente para la ocasión. A Hop le costaba asimilar la idea de que vería a su hermano mayor en otro sitio que no sea la pantalla del televisor o las revistas sobre la Liga de Galar que compraba cada mes. Un cosquilleo en su estómago le provocaba alegría y nervios al mismo tiempo.

Luego de insistirles para que coman hasta reventar en la cena que prepararía (“Se los ve muy flacuchos y van a tener un duro viaje por delante, necesitan estar muy bien alimentados”), les deseó un bonito día y se perdió tras el enorme patio de entrada que daba a la casa de Hop. Victor siempre observó con asombro esa enorme residencia familiar construida en piedra gris y ladrillos rojos, ya que su amigo siempre elegía lucir un aspecto sencillo y hasta un poco desaliñado, en vez de hacer alarde de su evidentemente buena posición económica. Pensó que, seguramente, antes de que León se convirtiese en el flamante campeón de la Liga Pokémon de Galar, vivirían en un lugar más modesto. Pero, desde que tenía memoria, el hermano mayor de Hop siempre había sido un exitoso entrenador, que emprendió su viaje cuando ellos apenas tendrían unos cuatro años de edad.

Tras cruzar un puente de piedra encorvado sobre el río que dividía Postwick de Wedgehurst, llegaron finalmente al pequeño gran poblado de la zona sur de Galar. Podría apreciarse ni bien llegar un mercadillo de frutos, algunas tiendas de artículos para entrenadores pokémon y boutiques de ropa, un Centro Pokémon -tal vez el único edificio moderno y de avanzada en el pueblo-, el laboratorio de Galar, donde se llevaban a cabo las investigaciones pertinentes a las especies pokémon y fenómenos propios de la región, y la estación de tren de Wedgehurst, que conectaba los pequeños pueblitos rurales del sur con las enormes urbes del centro y norte de Galar.


—Bueno, ¿por dónde empezamos? —preguntó Hop.
—Primero tenemos que conseguir las mochilas para cargar el equipaje.
—Bien, a la boutique entonces —sentenció Hop, apuntando con el dedo la boutique que se encontraba a pocas calles del ingreso a Wedgehurst—. Espero que hayas hecho ejercicios de espalda, porque vamos a viajar cargados.
—Después tendríamos que ir al Shop para comprar pociones y pokébolas —decía Victor mientras caminaban por las calles del pueblo, pasando de largo por un puesto de frutos donde algunas manzanas parecían saltar con vida propia en su lugar—. A propósito, ¿ya decidiste cuál sería tu inicial? Aparte de Wooloo, claro.
—Estaba pensando en Charmander… —comenzó Hop, pensativo—. Pero creo que son muy raros en Galar, y no sé si mi hermano vaya a conseguir uno en el Área Silvestre. Pero prometió los más raros que pudiera encontrar.
—A mí se me ocurría algo como Larvitar, que es más fácil de encontrar si se mete en una de las tormentas de arena —pensaba Victor, imaginándose a si mismo cargando en brazos al pequeño pero robusto pokémon tipo roca y desarrollando rápidamente una musculatura excepcional.
—Bueno, eh, que esto no será “Pokémon a la Carta” —cortó Hop, desvaneciendo con manotazos en el aire la nube de pensamientos de su amigo—. Además, conociendo a mi hermano, seguro nos da a elegir algo sencillo y con relación a las ventajas y desventajas de tipo. Lee debe pensar que su hermanito menor no estuvo haciendo la tarea, pero me pasé los últimos dos años viendo cada día combates oficiales de la Liga Pokémon, además de leer todas las revistas de entrenamiento y crianza. ¡Hasta conseguí completar la colección de tarjetas de liga! ¡Ya tengo todo lo que necesito para saberlo todo sobre los líderes de gimnasio y entrenadores importantes de Galar!
—Bueno, bueno, bueno —paró Victor a su amigo, haciendo el mismo ademán con los brazos de deshacer la nube de pensamientos de Hop—. No te infles tanto que vas a explotar. Además, ¿desde cuándo te volviste más aplicado que yo? Siempre había sacado mejores notas en la escuela.
—¡Je! La vida de un entrenador pokémon no tiene nada que ver con lo que nos enseñan en clases —se pavoneó el peliazul, con el pecho inflado, casi sintiendo la capa de campeón en su espalda.
—Al menos deberías tener nociones de matemáticas y geografía, si quieres llegar lejos…

Finalmente, llegaron a la boutique del pueblo, una tienda moderna con toda clase de prendas a la moda en sus vitrinas. Se sentían un poco ajenos dentro de un local tan inmaculado y con clientes de buen pasar seleccionando atuendos de las mejores marcas, pero encontraron consuelo al descubrir un sector dedicado exclusivamente a ropa de viaje para entrenadores. Hop eligió rápidamente una mochila cruzada color verde musgo que combinaba sorprendentemente bien con su campera de jean desgastada. Victor, por su parte, se decidió por un mochilón de cuero marrón rectangular que dejaba en pañales al bolso de su amigo, quién antes presumía de cargar el mayor peso a sus espaldas.
Desembolsaron parte de sus ahorros en caja y luego se dirigieron al Shop para enlistar el equipaje para la aventura. Como futuros entrenadores que eran, necesitarían llevar cierta cantidad de pociones, además de objetos curativos como antiparalizadores, antídotos y despertares. No querían llevarse sorpresas desagradables en medio de un combate contra pokémon salvajes, si bien aquellos que habitaban en las proximidades del pueblo eran poco agresivos normalmente. Para terminar, Victor y Hop acordaron comprar diez pokébolas cada uno, por desgracia para el segundo, en la tienda no había otras de mejor calidad que las estándar. Pero Victor opinó que no estaban mal para comenzar el viaje, y que seguramente Wooloo estaría muy a gusto en una de ellas al ser aún de nivel bajo. Una vez todo listo, pasaron por un café a desayunar algo antes de ir a la estación por sus pasajes, no sin antes guardar Hop a su Wooloo en una de las pokébolas. Tal y como previó Victor, la ovejita se dejó capturar sin mayores problemas, soltando un último balido alegre antes de entrar en la pokébola.

—¡Mira esta tarjeta de Nessa, es una auténtica belleza! —le enseñaba Hop a su amigo mientras tomaban un frapuccino, extendiéndole una tarjeta holográfica con la fotografía de una atractiva entrenadora de piel morena y largo cabello azul oscuro y brillantes ojos celestes—. ¡Y esta otra de Kabu, el gran muro de fuego de Motostoke, es un líder legendario!

Victor miraba entre divertido y agobiado la cantidad de tarjetas de liga que tenía su mejor amigo. Entre ellas las había de todos los líderes de gimnasio de la región, así como de viejos participantes de los campeonatos oficiales y entrenadores destacados en Galar. Además de algunas otras muy raras de entrenadores de otras regiones, como la de Lt. Surge firmada que le había conseguido su hermano, o una de un popular entrenador pelirrojo con cara de pocos amigos, que alguna vez participó en un Torneo de Campeones de Galar.
De repente, se escuchó un rugido vigoroso que hizo vibrar el suelo a sus pies, haciendo que el frapuccino que estaba tomando Hop se derrame y estuviera a punto de caer sobre algunas tarjetas, de no ser por los rápidos reflejos de Victor. Tras el estruendoso rugido, se oyó una muchedumbre corriendo fuera del café en dirección a la estación. Victor y Hop se levantaron de la mesa y salieron raudamente para ver lo que ocurría afuera.

—¡Es Leon, el campeón! —exclamaban un grupo de niños correteando entre la multitud para ver a su ídolo.
—¡No puedo creer que vino a Wedgehurst! —se llevaba una mano a la cabeza uno de los mozos del café, sacando su teléfono celular para filmar a la multitud amontonándose en la entrada de la estación ferroviaria.
—¡¡Kyaaa, es precioso!! —chillaban algunas adolescentes dirigiéndose al lugar mientras cargaban a sus Yamper en brazos.

Al llegar a la estación ya había una multitud amontonada en la entrada, desde donde salían chorros de fuego escupidos hacia el cielo, opacando por completo a los mismos rayos del Sol. En el centro del alboroto, un joven alto de unos veintiún años, con largo cabello azul y una gorra negra y dorada, además de una pesada capa roja llena de logotipos ondeando en su espalda hacía una pose espectacular -y algo exagerada, a ojos de Victor- con un brazo apuntando al cielo y tres dedos extendidos hacia el horizonte. Detrás suyo, un enorme Charizard con escamas marcadas por cicatrices, testigos de innumerables batallas, desplegaba sus alas verdes y disparaba uno tras otro lanzallamas hacia el cielo, ante los aplausos y chiflidos de la muchedumbre embravecida.

—¡Lee! —gritó Hop por encima de todos los demás, abriéndose paso entre los fanáticos que habían ido a recibir al campeón. Leon buscó al chico con la mirada, y de inmediato se le formó una descomunal sonrisa blanca en el rostro al encontrar a su hermano pequeño entre la multitud.
—¡Ahí estás, hermanito! —lo saludó, yendo a darle un fuerte abrazo, para luego mirar a Victor, quien tímidamente se había asomado entre la gente detrás de su amigo—. Y tú debes ser Victor, la última vez que te vi medías lo mismo que un Chewtle —rio confianzudamente, dándole unas palmadas en la espalda.
—H-hola… —saludó Victor, tan rojo como su polo, notablemente abochornado por todas las miradas puestas en ellos por ser reconocidos por el campeón.
—Pensamos que vendrías para la cena —dijo Hop, saludando de tanto en tanto a la multitud que vitoreaba el nombre de su hermano y aplaudía conmovida el encuentro entre los dos, algunos incluso tomando fotos y filmando el momento.
—Pensé lo mismo —asintió Leon—. Pero, a fin de cuentas, terminé encontrando más temprano que tarde lo que buscaba. Así que, si está todo listo, vayamos a casa.
—¡E-esperen! —balbuceó Victor, mirando de reojo al Charizard, puesto que nunca había tenido tan cerca a un pokémon de aspecto tan peligroso—. Todavía no sacamos los pasajes en la estación, no vamos a poder llegar a pie a Motostoke para la inscripción.
—No se preocupen todavía por la inscripción, que antes tengo que darles sus pokémon iniciales y mi visto bueno para participar de la Liga —le guiñó el ojo Leon—. ¿O acaso pensaban que por ser mi hermanito menor y su mejor amigo iban a tener las cosas tan fáciles?
—¡Le-on! ¡Le-on! ¡Le-on! -exclamaba la gente a coro, vitoreando cada cosa que decía el de la capa.
—¡En ese caso, no esperemos más! —a Hop le salía humo por la nariz, desbordaba energía y pasión por cada poro de su piel—. ¡Vamos a casa y empecemos nuestro viaje oficialmente!

Tras despedirse de sus fans con la famosa pose que lo caracterizaba, Leon montó en su Charizard y emprendió vuelo raudamente hacia su casa (cosa que a Victor llamó poderosamente la atención, quizás esa salida espectacular no fuera más que un escape necesario de toda la multitud a su alrededor). Ni bien se perdió de vista, ya toda la gente se había apartado de la estación dejando solos a Victor y Hop, quienes se miraron con extrañeza y luego sonrieron con un suspiro, encogiéndose de hombros. Así, regresaron a casa de Hop por la misma senda rural por la que habían venido, cargando en sus espaldas las mochilas llenas de equipaje para la aventura que se les venía encima.

Ya era mediodía cuando llegaron a la enorme casa al costado de la ruta, y tras cruzar el cerco de piedra se encontraron con el patio del frente; un terreno cubierto de pasto bien cortado con un cobertizo, un pequeño campo de batalla construido en cemento sobre el suelo y un pequeño estanque rodeado por árboles de bayas. En el centro del campo de batalla se encontraba Leon, rodeado ahora por su propia familia: su madre, padre y abuela lo recibían con abrazos y palmadas de espalda. Victor creyó ver algo apagado en la mirada de su amigo por un instante, pero rápidamente Hop se sumó a los saludos con su típica expresión enérgica. Observó la reunión familiar en silencio, con una tenue sonrisa en los labios. Tras intercambiar algunas palabras de aliento para los jóvenes y compartir alguna otra anécdota de Leon en su paso por el Área Silvestre, los adultos entraron a casa dejando solos a los tres entrenadores. Era hora de elegir a su primer pokémon.

—Dijiste que fue sencillo encontrar lo que buscabas en el Área Silvestre, pero espero que sea igual de bueno —dijo Hop caprichosamente, mientras su hermano mayor inflaba en su mano tres pokébolas con una sonrisa confiada en el rostro.
—Lo que encontré en el Área Silvestre no tiene nada que ver con estos pokémon, hermanito.
—Entonces… ¿Qué pokémon nos darás? —inquirió Victor, alzando una ceja.
—Vienen de parte de una vieja amiga, nieta de nada menos que la profesora Magnolia —informó Leon, dándole mucho peso a sus palabras. Y vaya si las tenían.
—¡M-momento! ¿La mismísima profesora Magnolia te dio tres pokémon para que empecemos nuestro viaje? —Hop estaba atónito. Nunca habían asistido a las clases de Magnolia en su laboratorio para ganarse su patrocinio.

Para participar en la Liga Pokémon de Galar, los entrenadores aspirantes debían obtener el patrocinio de una personalidad destacada del comité oficial, que iban desde líderes de gimnasio hasta el mismísimo Campeón. Pero por sobre todos ellos, la personalidad más reputada en la región era aquella con el cargo de Profesor Pokémon, una eminencia en el campo de investigación que promovía avances en el conocimiento de los pokémon. Cada año, la profesora Magnolia de Galar instruía a distintos aspirantes durante un intenso curso que duraba varios meses, en los cuales las futuras promesas debían aprobar una serie de exámenes para poder hacerse con su patrocinio y, además, recibir de sus manos un pokémon inicial para comenzar oficialmente su recorrido por la Liga Pokémon. Pero, por lo que Victor y Hop sabían, Magnolia se hallaba ya muy apartada de las formalidades de la Liga Pokémon, encerrada hacía tiempo en su casa lejos del laboratorio, y reticente a participar de cualquier cosa que no fueran sus propias investigaciones.

—Tenía entendido que la profesora estaba por retirarse. ¿Por qué nos elegiría a nosotros en un momento así? —preguntó Victor, serio. Leon sonrió.
—No pensé que se llenarían tanto las bocas de preguntas cuando les estoy poniendo en las narices a sus futuros compañeros de viaje. Pero está bien, les explicaré brevemente: La profesora Magnolia está por retirarse, eso es cierto. Pero como les dije, no fue ella directamente la que me dio estos pokémon, sino su nieta: Sonia; una vieja amiga y compañera de viajes con la que comencé mi recorrido como entrenador. Ella se encargó de convencerla porque, digamos, me debe una. Y no se crean que fue fácil. ¡Eso es todo!
—Al final, no explicó gran cosa… —le murmuró Hop a Victor, mientras una gota de sudor recorría sus sienes.
—¡Basta de preludios, van a elegir ahora mismo! Por desgracia, durante mi excursión por el Área Silvestre extravié a uno de los pokémon que pensaba ofrecerles, pero acá tienen dos estupendos candidatos —los chicos se miraron extrañados, con aún más gotas de sudor cayendo por sus sienes, mientras el campeón guardaba la pokébola vacía nuevamente y arrojaba las dos restantes al aire.

Las esferas rodaron hacia el cielo y chocaron entre sí abriéndose de forma espectacular, y de ellas surgió un haz de luz que se materializó en un par de pokémon que los chicos no habían visto antes. Se trataba de un pequeño monito verde con hocico anaranjado y una ramita en la mano, que corrió rápidamente al árbol detrás del estanque y trepó por él hasta alcanzar con agilidad un par de bayas que pendían de sus ramas, comiéndoselas ansiosamente. El otro era un conejo bípedo de color blanco y largas orejas con marcas rojas y amarillas en las puntas, tenía una expresión enérgica y dos largas patas que comenzaron a dar brincos y corretear alrededor de los entrenadores, dejando tras su paso pequeñas ascuas en el piso que se apagaban rápidamente. Victor y Hop observaban asombrados a los pokémon, intercambiando miradas cómplices entre ellos mientras sus ojos iban y venían entre el monito de planta y el conejo de fuego. Leon aguardaba en silencio y con los brazos cruzados, mientras su capa ondeaba suavemente entre sus piernas.

—No sé qué sean, pero son adorables —reconoció finalmente Victor, que había investigado mucho menos que su amigo antes de comenzar la aventura. Sin embargo, Hop no parecía saber mucho más que él sobre aquellos pokémon.
—¿Puedo quedarme con los dos? —dijo Hop con falsas lágrimas en los ojos. Su amigo le dio un coscorrón.
—¡Ya tienes a Wooloo y encima quieres dos más! ¿Con qué se supone que voy a pelear, con piedras?
—Lo siento, amigo, no tenemos Geodude en Galar —le sacó la lengua Hop en tono burlón.
—Bueno, bueno. Chicos, concéntrense, que este paso es muy importante —se interpuso Leon, dándoles una palmada firme en los hombros. Los pokémon seguían a su bola, el de planta golpeando con el palito en su mano las bayas que tomaba de las ramas, y el de fuego dando torpes saltitos hacia atrás para llamar la atención—. Estos serán sus pokémon iniciales. El tipo planta es un Grookey. La de tipo fuego es una Scorbunny. Ambas son especies autóctonas de la región, pero ciertamente son muy raras de ver. Hace años atrás, la profesora Magnolia se encargaba en persona de capturarlos y de entregárselos a sus aspirantes.
—¡Groo!
—¡Scor-bu!
Se presentaron al unísono los dos pokémon, alzando sus patitas.
—Yo ya decidí cuál quiero —dijo Hop, sin despegar la vista de uno de ellos—. Pero prefiero que seas tú el que diga primero al suyo, me sabe mal sacarte tanta ventaja desde el principio.
—Qué generoso… —sonrió Victor entornando los ojos, y avanzó al frente—. Eso que haces me parece espectacular, se nota que darás un buen espectáculo…
Victor se acercó al conejo blanco y se agachó hasta quedar en cuclillas frente a él. Le extendió la mano con una sincera sonrisa en el rostro y dijo:
—¿Quieres ser mi compañera, Scorbunny?
—¡Bunny-ny! —Scorbunny pegó un brinco animado y chocó palmas con Victor, pero su energía fue tan desbordante que tras el salto algunas ascuas volaron desde el suelo y rozaron la mano del castaño, quemándolo. La pokémon de fuego transformó su alegre expresión en una de preocupación, pero se sorprendió al ver que el joven aún sostenía su pata y le sonreía con sencillez, como si estuviera dispuesto a soportar algo así junto a su pokémon. Leon observó el gesto sin ocultar su admiración, pero Hop ya se había adelantado y rodeó el estanque a toda velocidad.
—¡Ja, sabía que ibas a ir por el de fuego, eres muy predecible amigo mío, siempre buscando la ventaja de tipos! —decía imitando la voz de algún mal villano de película anticuada, mientras se arremangaba y comenzaba a subir por el tronco del árbol—. ¡Así es como estrecha vínculos un verdadero campeón! ¡Grookey, yo te elijo a ti!

Cuando estaba cerca de la rama donde había trepado el mono de planta, Hop pegó un salto y se colgó de la misma con una mano, balanceándose con notable agilidad extendiendo el otro brazo para darle una palmada al mono de planta, que simplemente envolvió su cola en la rama y giró hacia atrás haciéndolo pasar de largo y perder el equilibrio. Antes de que nadie pueda reaccionar, Hop había caído desde el árbol al estanque, dándose un chapuzón que salpicó a Victor y Scorbunny. El peliazul asomó su cabeza bajo el agua con el ceño fruncido y rojo como un tomate, al tiempo que Grookey se dejaba caer y aterrizaba limpiamente sobre su cabeza, pegando saltitos y riendo a carcajadas.

—Creo que no salió como lo esperabas… —suspiró Leon, encogiéndose de hombros.
—Yo también me alegro de que me hayas elegido, Grookey… —chapoteó Hop mientras alzaba al monito en sus brazos y salía empapado del estanque. Scorbunny se sacudía el agua del pelaje y le dedicaba miradas de reproche al tipo planta, mientras que Victor aún reía por la vergonzosa escena que había pasado su amigo con ínfulas de grandeza.
—¡Ya está, entonces! —aplaudió Leon, dirigiéndose al centro del campo de batallas—. Solo falta que decidan qué nombre les pondrán a sus pokémon. Si es que desean hacerlo, claro.
—Veamos, eres una coneja de fuego, eh… Supongo que Haneki será apropiado.
—¡Scor! —asintió Scorbunny.
—¿Haneki? Muy de Johto —sonrió Hop mirando a su amigo y su primer pokémon, mientras se sacaba la campera de jean y la colgaba en el respaldo de una silla a un lado del jardín, Grookey no se despegaba de su cabeza—. Tú eres un mono pesado y burlón, así que te llamaré Sopa.
—¡¡Eso es un nombre horrible!! —le reprocharon al unísono Victor y Leon, mientras Grookey le daba golpes en la cabeza con su palito de madera.
—¡Está bien, está bien, era una broma! Serás Cheepo, ¿qué tal?
—¡Key! —asintió seriamente el mono de planta, dando un último golpecito en la cabeza de su entrenador.
—Muy bien, ahora que eligieron a su pokémon inicial, ya pueden llamarse a sí mismos entrenadores —dijo Leon cruzado de brazos—. O, mejor dicho, ese es el primer requisito para que se consideren tales. Lo único que les falta es obtener su Pokédex en el Laboratorio Pokémon y recibir formalmente el patrocinio de una entidad en la Liga Pokémon. Y no es por presumir, pero, ¿qué mejor que recibir el favor de parte del mismísimo campeón de la Liga?
—Supongo que recibirlo de la Profesora Pokémon —murmuró Victor, acariciando las orejas de Scorbunny.
—O del presidente de la Liga —murmuró Hop, mientras Grookey hurgaba entre su pelo picudo.
—¡Nada de eso! —tosió forzosamente Leon, aclarando luego su garganta—. En fin, si tanto desean obtener mi favor para participar en la Liga de Galar, deberán ir primero al laboratorio y traerme sus Pokédex. No crean que todo se los voy a servir en bandeja de plata, ya suficiente tienen con esos dos formidables pokémon. El laboratorio funciona de martes a viernes, así que por hoy será todo. Además, me muero de hambre y escuché que la abuela está preparando una de sus estupendas barbacoas.
—¡No se hable más! —finalizó Hop, recordando repentinamente la pokébola en su cinturón y pulsando el botón en el centro para liberar a su Wooloo—. Lulú, te presento a tu nuevo compañero Cheepo. Puede ser algo pesado, pero espero que se vuelvan buenos amigos.
—¡Woo! —baló la ovejita con una sonrisa en su oscuro rostro, mientras Grookey exclamaba de emoción y pegaba un salto desde la cabeza de Hop hasta zambullirse en la rechoncha lana blanca del pokémon tipo normal.
—¡Groo groo! —exclamó revolcándose en la lana y causándole cosquillas a Wooloo, que comenzó a rodar de un lado al otro entre risas.

Desde la puerta de casa, los padres de Hop y Leon observaban la escena sonrientes, intercambiando miradas cómplices y llenas de cariño. Dentro, en la cocina, la abuela preparaba la comida cortando algunas verduras con habilidad quirúrgica. No pasó más que una hora hasta que llegó la madre de Victor, una mujer joven con cabello recogido que vestía un enterito de jean. Al ver a su hijo con su primer pokémon en brazos, no pudo contener lágrimas de emoción y se fundió en un tierno abrazo con él, que Scorbunny recibió de muy buena gana, pero se controló para no sacar fuego de su cuerpo. Así, el primer día de la semana dio paso a la noche, y todos disfrutaron de una comida abundante junto a una serie de anécdotas y conversaciones sobre el futuro brillante que parecía depararles a las nuevas promesas.
 
Al día siguiente, Victor y Hop ya se encontraban totalmente alistados a primera hora de la mañana, no tenían tiempo que perder. Leon los esperaba en el sendero que conducía hacia Wedgehurst junto a su inseparable Charizard. Su capa colgaba sobre uno de sus hombros, y la sujetaba con firmeza con una mano.

—Entrenadores, hoy será su primer día como tales. No podré acompañarlos al laboratorio porque tengo algunos compromisos que cumplir como campeón, pero les garantizo que estaré aquí de vuelta antes de que ustedes puedan decir Indeedee. Si no consiguen sus Pokédex, no se les ocurra volver. Nos veremos pronto, así que mucha suerte, Hop, Victor. Confíen en sus pokémon y no se aparten mucho del camino. ¡Den lo mejor!
—¡¡Sí!! —exclamaron al unísono los dos muchachos, con piernas y brazos rígidos como soldados. En sus espaldas colgaban mochilas llenas de provisiones, y ajustados a sus pantalones un par de cintos con pokébolas colgando.

Charizard rugió una última vez exhalando fuego por sus fauces, esa fue la señal para que Leon se calce la capa en los hombros y de media vuelta hacia su pokémon, montando su espalda y saliendo volando hasta perderse entre las nubes. Victor y Hop saludaron al cielo con los brazos, repasaron las pokébolas en sus cinturones, luego intercambiaron miradas llenas de convicción y asintieron. Así, emprendieron viaje, avanzando nuevamente por el camino hacia Wedgehurst.

Continuará…

TRAINER’s PROFILE

Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.5) “Haneki

Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.5) “Cheepo
- Wooloo (Lv.4) “Lulú
Sueña mientras giren las agujas del reloj

"Este fic es un recopilatorio de cosas que me dan asco, me agobian y odio"
                                                                                                    —PKMNfanSakura
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#3
(02 Dec 2019
08:17 AM)
Tommy escribió:
Tú eres un mono pesado y burlón, así que te llamaré Sopa.

Oh God, eso me hizo soltar unas carcajadas.

Pero fuera de eso, me siento algo identificado con la elección del inicial, porque yo también terminé con un Scorbunny hembra como primer pokémon.

Siento que más adelante, el Sobble perdido va a jugar un papel importante en la trama.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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#4
Pues a mí me está gustando. Narras de una forma bastante ligera y se siente bien ver otra historia tomando Galar por acá. Hop y Leon se sienten muy dentro de sus personalidades (y diría lo mismo de Vic, si tuviese una para empezar). Me gustaron las referencias al anime como a Ash cargando a un pokémon estúpidamente pesado y al querido meme de la Sopa du Macaco. Also, los pokemonos tienen personalidad y eso es 3 bien. 

Lo del sobble me llama la atención. Por un lado, si esto pretende ser una novelización, no podría ser importante. No sé si lo sacaste porque no querías dejar a un pokémon solito o si lo veremos más adelante en la Wild Area. 

Lo que más me gusta es que se lee fácilmente como si fuera un anime clásico y se hace muy ameno. Por mi parte espero el siguiente, a ver si se encuentran con Holo o con Naofumi.

Nos vemos.
[Imagen: EdovJGiXkAYqwp4.jpg]
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#5
Antes que nada, muchas gracias a quienes se tomaron la molestia de leer el primer capítulo, es una historia que escribí por puro ocio y para aportarle tridimensionalidad a mi disfrute personal del Pokémon Shield, pero me alegra que pueda entretener a alguien.

@Nemuresu es que el meme de la sopa du macaco no falla, claro que había que meter referencia a eso. Desde el principio supe que querría a mi Scorbunny hembra en la partida, y estaba dispuesto a reiniciarla hasta que saliera de ese género, pero por suerte salió nena a la primera. Recuerdo que Chimchar en mi primer partida del Platino salió hembra también, lo cual significa... Remakes confirmed. (?)

@Maze normalmente mi forma de escritura es más densa, fue una búsqueda intencional la de tratar de comprimir todo o de suavizar determinadas descripciones o pasajes para que la lectura sea lo más ágil y cómoda posible. Aunque posiblemente en un par de capítulos pueda permitirme otra clase de ritmos, según lo requiera la historia. Efectivamente, pueden esperar de los personajes canónicos que sus personalidades no difieran tanto de los juegos, aunque la idea es profundizar un poco más en su forma de ser y que no sean simples monigotes unidimensionales. ¡Espero conseguirlo!

Me reservo mis comentarios sobre Sobble, pero tranquilos, no me olvidé de él. No quisiera hacerlo llorar... xD

¡Pasemos rápidamente al segundo capítulo! Ya tengo escrito un buen puñado de ellos, pero los próximos voy a subirlos un poco más adelante. Esto es solo para ganar un poco de envión.

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Capítulo 2 – ¡Primeros pasos, saltos y picotazos!

Aquella mañana presentaba un cielo radiante y despejado para Victor y Hop, que caminaban por el sendero empinado hacia el laboratorio de Wedgehurst. Sus vecinos los saludaban amigablemente y les deseaban sus mejores deseos a medida que se los iban cruzando por el camino, a diferencia de los pokémon salvajes, que parecían reconocerlos ahora como entrenadores viendo sus pokébolas en los cinturones y se ocultaban entre la maleza y los pastizales para evitar ser capturados. Hop se reía y alardeaba de sus dos compañeros pokémon, exclamándole a los salvajes que no necesitaba para nada a criaturas tan débiles, adoptando nuevamente aquel tono villanesco tan falso e impostado, mientras Victor hojeaba una guía de viaje que su madre le había confiado la noche anterior. En aquel libro encontraba una surtida descripción de especies que podría toparse en el camino, así como consejos de supervivencia e incluso recetas de curry para prepararse en sus noches de acampada lejos de la civilización.

—Así que, ¿conociste a Sonia cuando tu hermano empezó como entrenador? —preguntó Victor sin despegar la vista de su guía, como para que su amigo deje de hacer el bobo ante los pocos pokémon salvajes que se cruzaban (apenas unos Wooloo, Caterpie y Skwovet se interpusieron en el camino).
—Creo haberla visto un par de veces, pero desde que emprendió el viaje mi hermano volvió muy pocas veces a casa, así que casi todo lo que vi de él fue por la televisión —recordó Hop, arqueando una ceja—. Pero puedo decirte que era una chica un poco despistada, siempre me asombró que se trate de la nieta de la profesora Magnolia.
—Debe tener aptitudes, no creo que su abuela tenga favoritismos con ella solo por ser de la familia —musitó Victor entornando los ojos, y sonriendo al ver que el dardo que le había tirado a su amigo había dado en el blanco rápidamente.
—¡¿A qué te refieres?! Lee sabe muy bien que tengo un potencial extraordinario, y no es solo por ser su hermano menor —refunfuñó, pateando una piedrita en el camino que se perdió entre los matorrales a un lado del camino.

Tal fue su suerte, que la piedrita impactó directo sobre la cabeza de un pokémon salvaje, que inmediatamente gorjeó y levantó vuelo hasta posar sus diminutas patas en el camino delante de ellos, interponiéndose en su paso. Se trataba de un pajarito rechoncho y azulado, de pecho amarillo y pequeños e intensos ojos rojos con plumaje negro alrededor en forma de antifaz en punta.

—C-carajo, Victor, hiciste enojar al Rookidee —murmuró Hop, desviando la mirada, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón.
—¡Pero si tú pateaste la piedra hacia allá! —le espetó Victor, mientras sacaba una pokébola del cinturón.
—¡Es igual! —le sacó la lengua el peliazul, apartándose con una sonrisa del camino—. Tú me hiciste enojar a mí, yo hice enojar al Rookidee… ¡Tú peleas!
—¡Tsk! ¡Haneki!

Victor infló la pokébola en su mano izquierda y la arrojó sin mucha convicción delante del ave, estallando en un haz de luz en el suelo y liberando a Scorbunny, mientras con su mano derecha pasaba página rápidamente en el libro buscando información sobre el oponente, por más que hubiera visto cientos de veces a esos pokémon revoloteando en los ventanales de su casa y a lo largo del pueblo. Se trataba de Rookidee, un pokémon de tipo volador famoso por su mal genio y espíritu combativo. Así lo parecía el espécimen que tenía frente a él, pero su Scorbunny no parecía amedrentada en absoluto, y rápidamente adoptó una postura de combate de lo más animada.

—Veamos, qué puedo hacer contra él —Victor desvió la mirada un segundo hacia su guía, leyendo el tipo de Rookidee, sus debilidades, resistencias, y la lista de ataques potenciales que podía aprender a bajos niveles… ¡Bam! Tuvo que volver rápidamente la vista a los pokémon, puesto que el pájaro había desplegado sus alas y emprendido vuelo contra Scorbunny, propinándole una embestida de lleno que la hizo retroceder un par de metros, levantando polvo bajo sus alargadas patas—. ¡Haneki, cuidado!
—¡Scor! —le reprochó la coneja, mientras Rookidee gorjeaba burlonamente apartándose hacia arriba, tomando carrera para un nuevo envite.
—¡Esquívalo y devuélvele el favor con tus patas! —mandó Victor, justo a tiempo para que Haneki pegue un ágil salto hacia el costado justo cuando Rookidee pasó volando de frente, propinándole una patada en el costado que lo tumbó en el suelo haciéndolo derrapar sobre la tierra.
—¡Bien hecho, Victor, aprovecha el momento! —le indicó su amigo a un lado del camino, viendo cómo el pokémon salvaje intentaba incorporarse agitado por el golpe.

Victor buscó con una mano en el bolsillo del costado de su mochila, sacando la primer pokébola que encontró y arrojándola rápidamente contra el volador, pero con mala puntería la esfera acabó rodando por el pasto cuesta abajo hasta perderse de vista. No había dado en el blanco, y el error le costó que Rookidee vuelva a levantar vuelo y suelte una mirada maliciosa contra Scorbunny, que resultó más intimidante de lo que cabría esperar por parte de un pajarito regordete. El ataque cumplió su cometido y amedrentó a la coneja, que retrocedió unos pasos hasta acercarse a su entrenador.

—No te dejes asustar, Haneki, eres mucho más fuerte que esa bola emplumada —la animó Victor, intentando mantener la compostura mientras Hop soltaba improperios por su falta de técnica a la hora de arrojar la pokébola—. ¡Vamos con un placaje!
—¡Scor!

Scorbunny salió disparada como un rayo contra Rookidee, en un segundo se posicionó justo debajo del volador, flexionó sus piernas y pegó un asombroso salto, dándole un golpe de lleno gracias a la potencia del impulso. Sin embargo, el ave aprovechó la ventaja de campo y comenzó a volar alrededor de Scorbunny mientras aún estaba suspendida en el aire, dándole picotazos rápidamente en el estómago y las patas, haciéndole perder el equilibrio y caer de bruces sobre el suelo. Cada picotazo le dolía más de lo imaginado, y a Victor comenzaba a preocuparle realmente lo mal que iba la primer batalla para su pokémon. No sentía que estuviera dando realmente lo mejor de sí como entrenador.

—¡Victor! ¡El ataque malicioso de Rookidee le bajó la defensa a Haneki, que no deje de esquivar sus ataques porque puede recibir mucho daño! —advirtió Hop, más serio y enfocado de lo que Victor lo veía en mucho tiempo.
—Sí —asintió, sin despegar la mirada del combate—. ¡Haneki, muéstrame tu velocidad y no dejes que te toque! ¡Jugaremos al desgaste!

Rookidee atacaba en picado desde los cielos, descendiendo ayudado por las corrientes de aire para propinar picotazos sobre la cabeza de Scorbunny, pero la coneja blanca aún magullada y dolorida comenzó a correr y brincar en todas direcciones y torciendo en su camino repetidas veces para eludir los envites del volador, que pronto comenzó a dar signos de agotamiento y sus picotazos cada vez perdían más potencia y precisión. Además, entre esquive y esquive, Haneki aprovechaba para soltarle gruñidos de cerca al pichón, intimidándolo lo suficiente como para que sus ganas de atacar directamente disminuyan. Claramente el pokémon de fuego de Victor contaba con mayor estamina que su oponente, y fue en un momento que Rookidee usó para tomar un respiro sin levantar vuelo que Victor aprovechó para indicarle a Scorbunny un ataque directo de placaje. Haneki arremetió con todas sus fuerzas en línea recta contra Rookidee, dándole un envite que lo estampó contra un árbol cercano, sacudiendo las hojas en su copa y desprendiendo algunas sobre el suelo, y sobre el cuerpo maltrecho del volador. Sin necesitar indicación alguna de Hop, Victor ya tenía preparada en su mano izquierda otra pokébola, que arrojó enfocando la mirada hacia el pokémon debilitado y ésta se abrió en un haz de luz que lo encerró de inmediato. Se agitó un par de veces en el suelo, y finalmente la luz roja en el botón del centro se apagó, dando por concretada la captura.

—L-lo hice —murmuró para sus adentros, con los ojos abiertos como platos y sendas gotas de sudor cayendo por su frente bajo el beanie de lana gris—. Lo hicimos, Haneki. ¡Ganamos!
—¡Bunny! —la pequeña coneja blanca corrió felizmente a buscar la pokébola bajo el árbol y luego fue dando saltitos hacia su entrenador, saltando a sus brazos y obsequiándole el receptáculo carmesí. Victor abrazó a su inicial y luego fijó la mirada en la pokébola en su mano, que ahora sentía ligeramente más pesada y tibia que cuando la arrojó.

Hop se acercó trotando hacia entrenador y pokémon, y no pudo contener sus ganas de felicitar a su amigo por semejante hazaña. ¡Nada menos que su primer captura!
—Ese pájaro gordo dio pelea, pero era claro que no tenía nada que hacer ante Haneki —afirmó confiado el peliazul, disimulando cómo su corazón aún palpitaba por los nervios que sintió viendo lo duro que fue el combate para ambos.

Tras tomar un respiro, y no sin cierta desconfianza, Victor liberó de su pokébola a Rookidee para hacer las presentaciones correspondientes.
—Fuiste un excelente primer adversario —le sonrió amablemente al pichón, que observaba serio y estoico al entrenador y a su Scorbunny en brazos.
—Rook —gorjeó, no sin cierto malhumor, desviando la mirada con recelo. Victor se encogió de hombros, pero Haneki saltó de sus brazos delante del pajarito y le tendió la pata con una enorme sonrisa, enseñando los largos incisivos blancos.
—¡Scor! —berreó enérgicamente, mientras el ave tímidamente tendía su ala, como quien no quiere le cosa, y aceptaba el apretón en una conducta sanamente deportiva.
—Muy bien, confío en que se van a acabar llevando muy bien ­—suspiró aliviado Victor, mientras Hop le sacaba la guía de las manos y alternaba la mirada entre el libro y el Rookidee—. Por cierto, debería ponerte un nombre también, uhmm… ¿Qué te parece “Gear”?
Como suponía, Rookidee no profesó respuesta alguna. Pero al menos pareció no desagradarle escuchar ese nombre, por lo que asumió que lo aceptaría.
—Es buen nombre —murmuraba Hop, leyendo con sumo interés las páginas de la guía a toda velocidad—. Parece que ese pájaro tiene bastante potencial, si lo entrenas bien.

Sin hacerle mucho caso a su amigo, Victor le agradeció la ayuda a Haneki y luego devolvió a sus pokémon a sus pokébolas para que descansen. Había sido más complicado de lo que podría parecer en un principio. Siempre había imaginado un combate pokémon como un evento más enfocado en la estrategia y el ingenio a la hora de tomar decisiones, pero no se le había ocurrido lo complejo de resolver situaciones adversas mientras tu pokémon se hallaba en aprietos frente a un oponente igual de fuerte. Ciertamente, tendría que entrenarse mejor para reaccionar adecuadamente en medio de una batalla. El crecimiento no debía ser solo de sus pokémon, sino de si mismo como su entrenador.

—Parece que tenemos la excusa perfecta para hacer una escala en el Centro Pokémon antes de ir al laboratorio. Tus pokémon deberán descansar si pretendemos llegar vivos en lo que quede de camino —dijo Hop mientras cruzaban el puente encorvado bajo el cual pasaban nadando varios Magikarp, siempre con actitud de estar huyendo de algo, alterados.
—Espero que los próximos pokémon salvajes no nos tomen tanto por sorpresa —reconoció Victor, secándose el sudor en la frente con el dorso de la mano.

Tras un poco más de caminata, durante la cual en el camino comenzaban a aparecer casas y bares viejos dando la bienvenida a Wedgehurst, así como el cartel característico del poblado que anunciaba el fin de la Ruta 1. Al llegar al centro del poblado se dirigieron al Centro Pokémon, un moderno edificio de techo y marcos rojos y paredes de vidrio como grandes ventanales. Sus puertas corredizas se abrieron automáticamente, develando un interior espacioso con suelo alfombrado y diversos sectores, tales como un buffet con mesas, un Shop integrado -esta vez sí con variedades de pokébolas, mucho más surtido que el antiguo Shop de techo azulado al que habían ido el día anterior-, un ascensor que conducía a habitaciones para que entrenadores certificados pudieran pasar la noche y, más importante aún, un recibidor al centro y al fondo donde una simpática enfermera de pelo rosa prolijamente peinado, delantal blanco sin mangas con volados y camisa gris abombada debajo los recepcionó con amabilidad. De manera totalmente gratuita, en el Centro Pokémon recibieron las pokébolas de Victor y en un santiamén repusieron completamente la salud de Haneki y Gear.

Luego de curar a sus pokémon, Victor y Hop se marcharon del Centro Pokémon en dirección al laboratorio, que se ubicaba hacia el este de Wedgehurst. Era un edificio alto de tres pisos, construido en paredes blancas con ventanales a lo largo y ancho y una rústica pokébola de madera pintada en el centro. Se lo notaba un poco descuidado por fuera, tanto que la vegetación alrededor había comenzado a hacer de las suyas, creciendo sobre sus paredes como si intentara devorárselo. Aún así, todo eso le confería un aspecto de lo más interesante. Hop creyó recordar haber estado ahí con su hermano una que otra vez, pero a sus catorce años los recuerdos de su niñez comenzaban a volverse más difusos. Golpearon la puerta un par de veces, sin obtener respuesta alguna.

—Espérame acá, daré un rodeo y veré si hay otra puerta de acceso —planificó Hop, con actitud despreocupada y las dos manos detrás de la nuca.

Victor aguardó en la entrada principal mientras veía a su amigo dar la vuelta al edificio hasta desaparecer del otro lado, pasando entre los arbustos que habían crecido alrededor. No pasó mucho tiempo hasta que oyó unas pisadas provenir del interior, abriéndose la puerta de madera y surgiendo del interior una chica de veinte años, cabello en ondas anaranjado recogido en una coleta de costado y adornado con pequeños broches en forma de corazón. Llevaba gafas de sol por encima del flequillo y era dueña de preciosos y afilados ojos verde jade. Su atuendo era una camiseta verde con rayas verticales al cuerpo, una gabardina ancha beige y jeans ajustados de color azul claro.

—¿Sí, en qué puedo ayudarte? —preguntó alzando una ceja. Bajo los brazos llevaba un montón de libros, y entre sus piernas asomó la cabeza un simpático perro color café, blanco y amarillo conocido como Yamper, que sonrió a Victor y ladró un par de veces sacando la lengua.
—B-buen día —saludó torpemente y con un dejo de rubor en el rostro. Nunca había visto a una chica tan bonita—. Mi nombre es Victor Evans, vengo de Postwick. Vengo a buscar--
—Ah, sí, la Pokédex —suspiró la chica, encogiéndose de hombros. A Victor le pareció incluso que había fruncido un poco el ceño—. Te manda el idiota de Leon, ¿verdad?
—“¿Le dijo idiota al campeón de Galar?” —se preguntó en pensamientos, arqueando una ceja.

Antes de contestar nada, Victor se percató de que a espaldas de la chica y al otro lado del laboratorio una de las ventanas era abierta desde afuera, asomando en su interior la cabeza de su amigo Hop, que se colaba sin demasiado sigilo en la propiedad privada pasando primero una pierna y luego el resto del cuerpo por la hendidura entre la ventana y el marco. Al parecer la chica no había notado la intromisión, pero el pequeño Yamper entre sus piernas olfateó el aire y volteó rápidamente hacia el peliazul, que quedó paralizado sobre el marco de la ventana al percatarse de la presencia de la chica y su pokémon en la puerta. Victor intentó hacerle un gesto con la cabeza de que salga de ahí inmediatamente, pero el perrito eléctrico pegó un par de ladridos y corrió rápidamente hacia el otro lado del laboratorio, brincando sobre Hop y frotando contra su brazo uno de sus mofletes cargados de electricidad, soltando una contenida descarga eléctrica sobre él que lo estremeció de pies a cabeza, haciéndolo caer al interior del laboratorio, completamente paralizado e inmóvil en el suelo.

—¡¿Qué fue eso?! —la pelirroja volteó rápidamente al tiempo que Victor entraba esquivándola y corría con su amigo.
—¡Hop! ¿Estás bien?

Yamper ladraba y pegaba saltitos juguetonamente alrededor del cuerpo petrificado de Hop, que permanecía en el suelo con brazos extendidos y piernas flexionadas con una comiquísima expresión en el rostro, como una sonrisa boba e incrédula y los ojos color miel abiertos como platos, mientras Yamper comenzaba a darle lamidas en el rostro. La chica dejó los libros en una de las tantas estanterías repletas de fascículos y tomos de tapa dura y se agachó horrorizada a ver al chico, que echaba humo por la boca.
—¡¿Y tú quién eres?! ¡¿Qué haces aquí entrando sin autorización por la ventana?! ¡¿Eres un ladrón?! —le gritaba la chica con los ojos vidriosos, zamarreándolo por el cuello de cordero de su campera. Victor intentó contenerla sujetándola por los hombros, pero la chica torció la cabeza hacia él dedicándole una mirada mortífera, y sin necesidad de dar ninguna orden Yamper saltó sobre él enterrando sus colmillos en su brazo.

—¡Ayayayay! —Victor se desplomó de bruces hacia atrás al tiempo que el pokémon eléctrico lo soltaba y caía limpiamente a los pies de la chica. Que ahora sujetaba con fuerza a Hop de su campera de jean y a Victor del cuello de su polo rojo. Parecía un demonio al tener dos extraños invadiendo el laboratorio, y ese tierno perrito sabía volverse el más mortífero de los perros guardianes.

Algunos minutos después, Victor y Hop se hallaban sentados en un sofá del laboratorio, con las manos en los rostros y la postura encorvada y abochornada. La chica de pelo naranja y gabardina los escrutaba con la mirada, sentada frente a ellos en una silla dada vuelta, como un oficial de policía en medio de un interrogatorio. Yamper rodaba sobre una alfombra en el suelo, soltando chispas por su pelaje.

—¿Cómo se les pudo ocurrir que interrumpir en propiedad privada por la ventana trasera era una buena idea?
—Lo siento —se disculpó Hop, rojo como tomate.
—Lo siente —afirmó Victor, sujetándose el brazo vendado donde había sido mordido, clavándole a su amigo una mirada fulminante.
La chica suspiró, encogiéndose de hombros.
—En fin —se puso de pie, finalmente—. Lamento que la bienvenida no haya sido tal cosa, pero la verdad es que estoy ocupada con una importante investigación y no tengo mucho tiempo para perder con los abanderados de Leon. Mi nombre es Sonia, soy asistente de la profesora Magnolia y tengo, además, la tarea de entregarles sus Pokédex para darle el gusto al pesado de tu hermano —y miró por el rabillo del ojo a Hop, que aún ocultaba su rostro avergonzado entre las manos.
—Leon dijo que le debías una —comenzó Victor, entornando los ojos—. Si es así, ¿por qué hablas de él con tanto desprecio?
Creyó ver que la piel clara de Sonia adquiría un tenue rubor en las mejillas.
—E-eso no te incumbe —se aclaró la garganta—. Mejor dicho, ese chico es un fabulador profesional, así que no le crean todo lo que diga. Yo simplemente cumplo con mi tarea como asistente de la profesora. Y como ella está en casa ahora mismo y no puede ocuparse de los quehaceres en el laboratorio, me toca a mí hacerles entrega de la Pokédex. Eso es todo. Ahora, entréguenme sus Tarjetas de Liga para cargarlas en la Pokédex.
—Claro —Hop buscó en su mochila y le entregó a Sonia sus más de cien tarjetas plastificadas de la Liga Pokémon. La chica pasó una por otra rápidamente con expresión incrédula, y luego se las devolvió secamente.
—Tienes que estar bromeando.
—¿Cuál es el problema?
—¡Me refiero a SUS tarjetas, no tu estúpida colección! —gruñó la chica. Victor miraba con preocupación al Yamper que rodaba sobre la alfombra inflando su pelaje con chispas de estática. Temía que en cualquier momento actuase por su dueña.
—¡Pues no tenemos ninguna, para eso venimos! —le sacó la lengua Hop, cruzándose de brazos—. Mi hermano dijo que nos patrocinaría para la liga si le llevábamos las Pokédex nosotros mismos.
Sonia se agarró los pelos echando humo por la nariz. Al parecer cada cosa referente a Leon la sacaba de sus casillas.
—Así no es como funcionan las cosas. Se supone que los aspirantes reciben sus Pokédex una vez consiguieron sus tarjetas oficiales con la recomendación de un miembro del comité de la Liga. No puedo darles algo tan importante solo porque el poco serio campeón los envíe a buscarlo. Él lo debería saber muy bien —suspiró Sonia, enredando en su dedo índice un mechón de su largo y ondulado cabello anaranjado.
—¿Y ahora qué? —resopló Hop, molesto con su hermano y con su huraña amiga.
—Debe haber algo que podamos hacer para conseguir esa aprobación. Sin la Pokédex no podremos participar oficialmente de la Liga —le explicó Victor a Sonia, mirándola fijamente con sus ojos cafés—. ¿Entiendes que es algo con lo que soñamos hace mucho tiempo? Sobre todo, éste tonto de acá, ¿no ves lo mucho que desea dejar de vivir a la sombra de su hermano mayor, y poder arrebatarle el título de campeón?
Victor rodeó por los hombros a Hop y lo sujetó de las mejillas, estirando sus cachetes hacia ambos lados dándole un aspecto muy gracioso a su expresión ofuscada. Sonia no pudo evitar curvar una sonrisa y dejó escapar una suave risita al ver a los jóvenes aspirantes. Algo en ellos le generaba una sensación de nostalgia.
—Egho mighmo —afirmó Hop, aún con la boca y cachetes estirados hacia los costados como un Ditto, pero con el pecho inflado de confianza—. ¿Gno ge gugtaguía ge aghguien gobhe eg títugho a Gehon?

La chica soltó una sincera risa, cubriendo delicadamente su boca con una mano. Ya parecía de mejor humor, así que se acercó entre sonrisas a un estante atiborrado de cajas y cajones y hurgó en el interior hasta sacar dos pequeñas cajitas blancas con el minimalista logotipo de media pokébola en el centro, y se acercó a ellos. Dejó una de las cajas en la mesa cercana, y abrió la otra sacando del interior un aparato del tamaño de un celular y color rojizo, con una punta en forma de rayo en un costado y otra más pequeña al otro lado. En el reverso, tenía una especie de rostro proyectado con ojos azules que les recordaba a… ¿Rotom?

—¡Genial, es un SmartRotom! —Hop se levantó del sofá y estiró sus manos hacia el aparato que sostenía Sonia en sus manos. Pero la chica, rápida de reflejos, corrió los brazos hacia un lado y dejó pasar de largo al peliazul.
—Lo es, pero no se apresuren todavía —sentenció, volviendo a adoptar una expresión seria y de pocos amigos—. No crean que me cayeron bien, siguen siendo intrusos sin ningún tipo de certificación oficial de la Liga Pokémon. Así que no me corresponde a mí entregarles esto. Pero, si debo serles sincera, la realidad es que me encantaría ver que Leon ha perdido tanta clase que hasta un par de mocosos impertinentes puedan aspirar a robarle el título de campeón.
Sonia parecía maquinar en su cabeza una serie de maldades y futuros inciertos en torno al destino del título de Leon, cosa que asustó un poco a los chicos.
—Así que voy a darles una mano —asintió finalmente, y las miradas de Victor y Hop se iluminaron—. Vamos a intentar que quién les otorgue la aprobación sea la única entidad verdaderamente autorizada para eso: mi abuela, la profesora Magnolia.
—¡¿Qué?! —cayeron de bruces al suelo, al unísono.
—¡Pero si Magnolia ya no quiere saber nada con formalidades relativas a la Liga Pokémon! —bramó Hop con exageradas lágrimas en los ojos.
—¡Nos va a sacar a bastonazos si intentamos pedirle algo así! —hacía puchero Victor, colgándose lastimosamente de la gabardina de Sonia, que se lo sacó de encima con la suela de su bota.
—Pues eso será decisión suya, ni mía, ni de ustedes —sentenció Sonia, cruzándose de brazos—, ni del ególatra de Leon.
—Muy bien —Hop se puso de pie, dándose palmadas en los pantalones y la campera de jean—. Pero vendrás con nosotros, así ve que no fue nuestra idea aparecernos, así como así, en su casa.
—Cierto —dijo Sonia, poniendo los ojos en blanco—, porque es totalmente impropio de ti irrumpir en una casa ajena, incluso metiéndote por las ventanas.

Tras poner un poco de orden en el laboratorio, aprovechando la ayuda de Victor y Hop, Sonia dejó todo listo para cerrar el lugar, colgando de la puerta de madera un letrero que rezaba “Enseguida vuelvo (o tal vez no)”. Escoltados por Yamper, que seguía a su entrenadora a donde quiera que fuera, los tres salieron del laboratorio y emprendieron rumbo hacia la casa de la profesora Magnolia, que se ubicaba en un claro apartado del pueblo más allá de la Ruta 2. Bajaron unas escaleras de piedra en una pequeña ladera en las afueras de Wedgehurst que desembocaban en un lago con un puente por el que podían pasar. Sonia llevaba encima su propio SmartRotom y tomaba fotografías constantemente de distintos pokémon que se cruzaban en su camino, como un grupo de Skwovet grises y de enormes colas que usaban para golpear las bayas de los árboles y dejarlas caer sobre sus bocas, llenando sus cachetes con ellas; o algún escurridizo Blipbug azulado que reptaba entre los arbustos y se perdía de vista rápidamente. No tardaron en cruzarse con algunos entrenadores que viajaban hacia el pueblo, pero cuando Hop los retaba a un combate, ellos se disculpaban alegando que sus pokémon estaban débiles por otros combates y que se dirigían al Centro Pokémon para que descansen. Aparentemente ya todos los combates emocionantes habían pasado en aquella ruta corta, por lo que se resignó a esperar un poco más. Quién sabe, quizás la mismísima Magnolia lo desafíe en su casa a un combate.

“Si me derrotan, les daré mi aprobación. Después de tantos años investigando, quiero que me hagan sentir nuevamente la pasión por un buen combate”, fantaseaba en su cabeza las palabras de la eminencia. Victor lo miraba de reojo y suspiraba, al parecer leyendo los tontos pensamientos de su amigo.

—Miren, es allá —señaló en un momento Sonia, fotografiando en el cielo soleado a una parvada de Cramorant que volaban circularmente sobre el lago, posiblemente esperando cazar alguna presa acuática, junto a una casa antigua y elegante de colores púrpura que se alzaba más allá de la colina por la que descendía la ruta.

Al descender la ladera, encontraron a orillas del lago a una señora de edad avanzada sentada sobre una reposera de madera, tejiendo sobre su regazo lo que parecía ser un guardapolvo de hilo blanco. Su actitud era apacible y serena, y a su lado reposaba apoyado un bastón de hierro cromado y empuñadura de madera tallada con forma de ave. Su cabello cano, como un rojizo apagado, estaba recogido en un listón púrpura, y sus ojos color jade ocultos tras un par de gafas de cristal en forma de triángulo invertido le conferían un aspecto eminente, pero también familiar. Sin duda se trataba de la profesora Magnolia, abuela de Sonia y posiblemente la personalidad más destacada en el sur de Galar. Los chicos no la habían visto nunca en persona, pero supieron de inmediato que se hallaban ante una fuente de sabiduría prominente. Sonia saludó desenfadadamente a su abuela, dándole un beso en la mejilla, cosa que extrañó a los jóvenes entrenadores.

—Hola, abuela. Te traigo visitas, aunque es más apropiado decir que ellos me arrastraron aquí, gracias a Leon.
—Buenos días, ¿cómo son sus nombres, jóvenes? —preguntó la señora, escudriñando con la mirada por encima de sus gafas a los entrenadores. Victor y Hop habían adoptado la postura firme de soldaditos, sin saber bien cómo actuar delante de ella para causar buena impresión.
—H-hola, mi nombre es Victor Evans, soy de Postwick, tengo una Scorbunny y olvidé ponerme medias esta mañana —balbuceó atolondradamente el castaño, a medida que su piel pálida se inundaba de rubor. Sonia se dio un golpe en la frente con la palma de la mano.
—Yo soy Grookey, también soy de medias, tengo un Postwick y sí recordé ponerme Hop hoy —afirmó Hop intentando sacar pecho, sin notar que acababa de decir algo totalmente incoherente. Claramente no se les daba bien tratar con eminencias que no fueran parte de la familia.
Magnolia asintió con cortesía, ignorando a su nieta abochornada y las sendas gotas de sudor que recorrían los rostros de Victor y Hop. Se aferró con una mano al bastón junto a ella y se incorporó de la reposera, dejando en su respaldo la prenda que estaba confeccionando.
—Gusto en conocerlos —sonrió con calma—. Me alegra ver que mi nieta conserva intacto su interés por las jóvenes promesas.
Sonia enrojeció al tiempo que los chicos alzaban una ceja.
—¡A-abuela, por favor! —le espetó a la profesora, que se acercó a los entrenadores con curiosidad—. Hop es el hermano de Leon, ¿recuerdas? Y él es su mejor amigo, Victor. Si los traje es porque el irresponsable campeón les dijo que yo podía entregarles las Pokédex, así como así.
—¿Y acaso no puedes hacerlo? Creí que aún quedaban varias en el laboratorio —se preguntó Magnolia, guiñándole un ojo cómplice a los entrenadores, que le dedicaron una mirada furtiva a la pelirroja.
—Definitivamente no —negó con la cabeza—, ni siquiera tienen todavía sus tarjetas de liga.
—Tú lo dijiste, querida nieta —rio Magnolia con suavidad—, “todavía”. Es claro que estos jóvenes tarde o temprano seguirán su camino, en sus ojos puede verse un futuro lleno de aventuras y desafíos. ¿Por qué confinarlos a Postwick? ¿Solo por una formalidad?
La profesora Magnolia suspiró, y dio unos golpecitos en el pasto con la punta de su bastón. Victor y Hop cruzaron miradas, entusiasmados.
—Por este tipo de formalidades comencé a perder el interés en la Liga Pokémon —se sinceró la anciana, alzando su mirada surcada por finas arrugas hacia el cielo, sobre el cual aún volaban en círculo los Cramorant, para luego devolver su vista a los entrenadores—. Pero ver a un par de jóvenes llenos de entusiasmo me muestra otra realidad sobre esta competición. Díganme, jóvenes, ¿quieren conocer el mundo más allá de las fronteras de estas tierras rurales?
—¡Sí! —asintieron al unísono.
—¿Y descubrir especies nuevas y fantásticas de pokémon?
—¡Claro que sí!

Magnolia asintió, y se dirigió a un lado del jardín, justo donde se hallaba un terreno despejado de pasto, con forma rectangular y surcos trazados en la tierra que marcaban la división clásica de un terreno de batalla para entrenadores. Los chicos no se habían percatado de que estuvieron junto a un campo de batalla todo este tiempo, aún en un claro apartado de la civilización y junto a un lago tan pacífico, en todo lugar podían haberse desenvuelto combates de todo tipo. Quizás la misma profesora haya combatido allí. Tal vez incluso Sonia y Leon, cuando comenzaron su viaje, habían disputado un encuentro ahí mismo.

—Consiguieron conmover mi corazón con esas miradas cargadas de sueños —dijo, trazando una larga línea divisoria en el centro del rectángulo con la punta del bastón—. Ahora, ¿por qué no intentan encenderlo con las llamas de un auténtico combate?
—“¡M-mierda, fue tal y como lo pensé!” —tragó saliva Hop, con sus manos temblando de la emoción.
—Quiero que se enfrenten entre ustedes, y me demuestren que tienen madera de campeones. No voy a confiarle mi patrocinio a debiluchos —la mirada serena de Magnolia adoptó un matiz aguerrido y ferviente, que sorprendió incluso a su propia nieta.

Yamper corrió alegre junto a la profesora pokémon, seguido por Sonia, quién se colocó a su lado, observando con cierta incomodidad a los dos entrenadores, que se miraban atónitos. Es cierto: debían combatir entre ellos. Nada los definiría tanto como entrenadores si no forjaban una rivalidad digna de la Liga Pokémon. Debían aprender de sus victorias, pero también de las derrotas. Victor fue el primero en devolverle una sonrisa cargada de confianza a Hop, y caminó hacia el otro lado del campo de batalla adoptando posición. El peliazul observó a su amigo pasar a su lado y decir unas palabras que no alcanzó a procesar, y tras parpadear un par de veces, se dio unas palmadas en las mejillas y curvó sus cejas hacia abajo, devolviéndole la sonrisa desafiante.

—¿Listo, amigo? —preguntó en voz alta Hop, mientras deslizaba una pokébola entre sus dedos y la inflaba con destreza.
—Cuando tú lo estés, amigo —afirmó Victor, pokébola en mano.
—¡Vamos! —gritaron al unísono, arrojando sus pokébolas al cielo, con tanta energía que los Cramorant volaron despavoridos lejos de allí.

Continuará…

TRAINER’s PROFILE

Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.6) “Haneki”
- Rookidee (Lv.4) “Gear”

Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.5) “Cheepo”
- Wooloo (Lv.4) “Lulú”
Sueña mientras giren las agujas del reloj

"Este fic es un recopilatorio de cosas que me dan asco, me agobian y odio"
                                                                                                    —PKMNfanSakura
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#6
La Sonia de aquí resultó ser bastante amargada, seguramente es algún trauma de la Liga o "alguien" le ha de haber roto el corazón si saben a quién me refiero. Hasta se siente un poco que intercambió personalidades con su abuela.

Pero dejando eso de lado, a ver cómo les va a Victor y Hope convenciendo a Magnolia de tener su patrocinio.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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#7
Holi!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

He leído tu fic y me parece muy interesante el hecho de que sea de Galar, muy actual, según veo es tu historia pero llevada a fanfic, pero con algunas cosillas más que le dan un toque más realista, sobre todo los diálogos y la personalidad de Victor, que por cierto tiene el mismo apellido del protagonista de mi fic, pero ya te percataste, tal vez sean familiares lejanos. Concuerdo con Nemu, Magnolia y Sonia parecen haber intercambiado sus personalidades y me agrada el shipping que plantea entre Sonia y Leon, me encanta que Wooloo se llame Lulú, muy pertinente. Siento que la historia va por buen paso, porque no será igual que en el juego, pues ahí es muy lineal. Creo que por ahora tengo un reparo, podrías agrandar un poco la letra, o tal vez la fuente, al leer se hace un poco agotador. Ciao.
[Imagen: giphy.gif]
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#8
@Nemuresu a mí Sonia es un personaje que siempre me dio la impresión de ser más temperamental que su abuela. A la abuela la noté más desinteresada y agobiada de la vida de "erudita", mientras que en la nieta vi la pasión por descubrir cosas nuevas, por tomarse en serio a si misma como profesional en acenso y que, claramente y desde los juegos se hintea un poco, tuvo algo con Leon alguna vez, siendo más jóvenes. De todas formas me pareció una manera lógica de reaccionar con un adolescente impertinente metiéndose por la ventana trasera en tu lugar de trabajo. xD!

@Thranduil muchas gracias por tomarte el tiempo de leerlo. Sí, cuando escribo siempre trato de que los diálogos y reacciones de los personajes sean lo más naturales y realistas posibles, aunque entiendo que siguen siendo caracteres que deben estar marcados por ciertos estereotipos propios de las distintas personalidades que presentan, pero trato de que eso no se vuelva una prisión para ellos a la hora de crecer en la historia. Ojalá pueda retratarlo bien a lo largo de la aventura.

Respecto de la letra y fuente, creeme que edité varias veces los post para ver cómo quedaba con distintos tamaños y fuentes, pero la que acabé dejando era la que más fácil se me hacía de leer tanto en una portátil (donde escribo normalmente) como en mi teléfono celular. Igual agradecería mucho una sugerencia concreta de qué tamaño y fuente son las mejores universalmente para postear los capítulos en el foro.
Sueña mientras giren las agujas del reloj

"Este fic es un recopilatorio de cosas que me dan asco, me agobian y odio"
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#9
Capítulo 3 – Brota el futuro, arde la rivalidad

Ya había pasado el mediodía en Galar, y las nubes se habían adueñado poco a poco del cielo de matices anaranjados sobre la casa púrpura de la profesora Magnolia, trazando gruesas sombras sobre el pasto que se extendían por el amplio patio de entrada sobre el cual Victor y Hop habían liberado a sus pokémon, dando inicio a la batalla. Sonia había cargado en brazos a Yamper, asegurándose así de que su pokémon eléctrico no intentase interferir, juguetonamente, en medio de la disputa. Ambos luchaban por conseguir la aprobación de la profesora pokémon, así que no podía haber distracciones en dicho combate. Victor liberó a Gear, su recientemente atrapado Rookidee, mientras que Hop se decantó por Lulú, la Wooloo que lo había acompañado en casa desde que era un niño, y que jamás había recibido un entrenamiento más allá de podar el pasto en el patio de casa. Entrenadores y pokémon eran aún inexpertos en el arte de las batallas, pero darían lo mejor de si mismos para sorprender a Magnolia.

—¡Lulú, empecemos con un rizo de defensa! —mandó Hop, a lo que su pokémon respondió endureciendo los músculos de su cuerpo bajo la lana, inflándose poco a poco para ganar volumen.
—¡Gear, no dejes que suba sus estadísticas, usa mirada maliciosa! —ordenó Victor, a lo que su Rookidee levantó vuelo y se acercó peligrosamente a su oponente, dedicándole con esos diminutos y fieros ojos rojos una serie de miradas intimidatorias, que detuvieron el movimiento defensivo de la ovejita, quién cerró los ojos e intentó desviar la mirada—. ¡Muy bien, ahora aprovechemos para usar picotazo!
—¡Rookiee!

Gear comenzó a volar rápidamente alrededor del pokémon lanudo, propinándole certeros picotazos que, aun así, no parecían hacer gran mella en su esponjoso pelaje. Al parecer, el pico de Rookidee era demasiado corto aún para penetrar apropiadamente en esa capa de pelo.

—¡Ja, con ataques así no llegarás lejos! —se burló Hop, cruzándose de brazos para adoptar una postura más intimidante—. ¡Lulú, respondamos con un placaje!
—¡Wooo!

El pokémon tipo normal rodó repentinamente hacia atrás, eludiendo uno de los envites en vuelo de Rookidee, y se desplazó rápidamente por el campo de batalla levantando una polvareda tras su paso, ocultando sus cortas pezuñas bajo su mullido pelaje de lana, girando como una esfera de pelo blanco lejos de los ataques de Gear, que intentaba seguirle el paso en vuelo descendiendo en picado cada tanto para asestar un picotazo, pero Lulú era mucho más hábil al rodar que al andar, y eludía con giros y derrapes cada ataque que recibía, devolviéndole cada vez que entraba en su rango un potente placaje de lleno, haciéndolo retroceder algunos metros.

—Probemos otra cosa… —Victor sacó de su mochila la guía de viaje que le había obsequiado su madre, y buscó rápidamente la página dedicada a Rookidee, y su lista de movimientos—. ¡Gear, ataquemos con chulería!
—¿Chulería? —se preguntó Hop, sin saber qué podría hacer el volador a continuación—. ¡Lulú, haga lo que haga no pares de rodar!

Rookidee sacó pecho y emitió un vigoroso gorjeo, rodeándose por un aura siniestra, para luego plantarle cara a Wooloo de frente, propinándole primero una mirada maliciosa en toda la cara y luego una fuerte patada con giro hacia atrás, que la oveja no alcanzó a esquivar y rodó hacia atrás torpemente, aún sin haber recibido un daño considerable. Sin aguardar orden alguna de su entrenador, Gear desplegó sus alas y voló a toda velocidad al ras de la tierra, hundiéndose justo debajo del lanudo cuerpo de su oponente e impulsándose con sus dos patas en el suelo hacia arriba, mandándola a volar por los aires.

—¡Eso es, lo sacó de su territorio! —sonrió Victor, cerrando de un golpe el libro en sus manos al ver el hábil movimiento de su pokémon.

Hop no creía lo que veían sus ojos: ese Rookidee había forzado en su favor el mismo descuido que tuvo Scorbunny en su combate anterior, aprovechando el aire para atacar desde allí con mayor comodidad a una Wooloo que no podía hacer ningún tipo de maniobra evasiva para evitar sus incesantes picotazos. Magnolia observaba con seriedad el combate, mientras Sonia ocultaba un bostezo girando la cabeza hacia otro lado, mientras con una mano rascaba la barriga de su alegre Yamper, que miraba entretenido la batalla siempre con la lengua afuera.
Tras caer al suelo, Lulú se encontraba ya fuera de combate. Había recibido incluso más picotazos y envites de los que su fornido pelaje estaba en condiciones de soportar, y su inexperiencia en combates incluso cuando era un pacífico pokémon salvaje la abrumaron más de la cuenta. Hop se acercó rápidamente a ella, y se agachó para acariciarla y reconfortarla, agradeciéndole el esfuerzo y devolviéndola a su receptáculo.

—La primer victoria se la lleva el Rookidee de Victor, Wooloo no puede continuar —sentenció Magnolia, dando un par de golpecitos en el suelo con su bastón.
—¡Bien hecho, Gear, estuviste fantástico! —felicitó Victor a su pokémon, que respondió como quien no quiere la cosa alzando un ala en signo de victoria mientras le daba la espalda.
—Usted lo dijo, profesora —Hop arrastraba las palabras sin desdibujar la sonrisa confiada en su rostro, al tiempo que inflaba su siguiente pokébola y la hacía girar sobre el dedo—. Digamos que fue una cortesía, pero ahora vamos a ponernos serios. ¡Cheepo, a pelear!

La pokébola voló por los aires y liberó al inicial de Hop, que tomó la baqueta de madera que usaba a modo de sujetador de los mechones verdes como hojas en su cabeza y lo blandió con astucia entre sus manos, apuntando con una sonrisa alegre al pokémon volador. Gear le propinó al Grookey una mirada de desprecio y suficiencia, confiado de su ventaja, pero a Cheepo no parecía preocuparle en absoluto su oponente.

—Así que Grookey, eh —murmuró Magnolia, esbozando una disimulada sonrisa que llamó la atención de su nieta—. Puede ponerse interesante.
—¡Gear, picotazo!
—¡Cheepo, gruñido!

Rookidee levantó vuelo nuevamente desplegando sus alas azules y arremetió contra Grookey, que lo aguardaba pacientemente imitando a Magnolia con su baqueta, descansando sobre ella cual bastón.  Cuando tuvo al volador lo suficientemente cerca y listo para propinarle un certero picotazo, Grookey enseñó sus puntiagudos colmillos y le propinó un estruendoso gruñido, con una voz rasposa y salvaje que lo tomó por sorpresa y lo detuvo en seco.

—¡Ahora, arañazo! —mandó Hop, ensanchando su sonrisa.
—¡Grooo!

Cheepo distrajo nuevamente a Gear, haciendo girar en el aire la baqueta en sus manos para que desvíe la mirada un momento, tiempo suficiente para propinarle de lleno una serie de rápidos arañazos en el pecho, que lo derribaron sobre el suelo. Tras esto, pegó un salto limpio con voltereta hacia atrás incluida y recogió con su cola la ramita en el aire, devolviéndola a sus manos con una habilidad que sacó sonrisas y aplausos por parte de Sonia.

—¡Miren cómo pelea ese Grookey! ¿No es adorable? —decía entusiasmada mientras mecía en brazos al Yamper, que la miraba con recelo.
—S-sorprendente… —Victor no daba crédito de lo que había visto. El pokémon de planta había demostrado el mismo nivel de destreza estratégica que Gear un rato antes, y con un simple ataque de arañazo le había hecho morder el polvo. Aun así, el Rookidee era aguerrido, y rápidamente clavó una garra en tierra firme y se incorporó para hacerle frente a su adversario, dedicándole una mirada combativa.
—¡Vamos a demostrarle a ese chimpancé que no nos dejamos amedrentar por monerías! —intentó animar Victor a su pokémon—. ¡Ataca con chulería!
—¡Ni lo sueñes!

El pájaro alzó vuelo nuevamente, aún con algunas plumas magulladas por los combates, y voló en zigzag con sorprendente destreza hacia Grookey, que contrario a la vez anterior, ahora comenzó a correr en dirección opuesta, listo para el choque. Cuando los pokémon se encontraron de frente, Grookey aprovechó su destreza y derrapó justo a tiempo con sus patas delanteras, haciendo una pirueta vertical para que Rookidee siga de largo, y giró rápidamente sobre una de sus manitos sujetando con fuerza la baqueta en un extremo de su cola alargada y color café, que sacudió aprovechando el impulso para propinarle un fortísimo golpe en la espalda al volador, arrastrándolo por la tierra y levantando una polvareda.

—¡Gear!

Nuevamente, Rookidee se puso de pie, con el pico magullado y las plumas cubiertas de tierra y polvo. Se volteó a dedicarle una última mirada enfebrecida, antes de desplomarse por última vez, perdiendo la conciencia.

—Rookidee está fuera de combate —indicó Magnolia, golpeando el suelo con su bastón—. La segunda victoria se la lleva el Grookey de Hop.
—¡Estupendo, Cheepo! —felicitó el peliazul a su mono verde.
—Gracias por todo, Gear, eres un luchador formidable —consoló Victor a su debilitado pokémon, que apenas alcanzó a gorjear suavemente con los ojos cerrados, en una expresión pacífica impropia de él. Luego de devolverlo a su pokébola, infló la de Scorbunny en su mano izquierda y la hizo rebotar un par de veces sobre la palma de su mano, pensativo—. ¡Hop, espero que seas consciente de que aún corres con la desventaja en este combate!

Hop clavó su mirada en Victor, propinándole una sonrisa burlona mientras sacaba la lengua, gesto que imitó su inicial con expresión divertida.

—¡No olvides quién se viene preparando hace años para este momento, amigo mío! —proclamó, apuntando su pecho con el pulgar—. ¡La ventaja en un combate va más allá de los tipos y del número de pokémon en pie! Lo que importa a fin de cuentas es quién es el mejor entrenador. Y te demostraré que estoy hecho para esto.
—Puede que seas mejor entrenador que yo, Hop —sonrió el castaño, aferrando sus dedos a la pokébola inflada en su mano—. Pero un combate se disputa entre los pokémon, y estoy seguro de que elegí a la mejor de ellos para ser mi compañera. ¡Haneki, vamos a probárselo!

La esfera blanca y carmesí voló por los aires, liberando tras un haz de luz a la coneja de fuego, que rápidamente comenzó a patalear en el lugar sacando chispazos flameantes de sus pies, pegando saltitos en el lugar y lanzando puñetazos al aire. Estaba completamente lista para luchar, y más aún cuando se percató de que su oponente sería ni más ni menos que Grookey, que le sonrió con rivalidad, acercando la baqueta en su cola hasta sus manos, para blandirla aún con mayor firmeza. Se tomaría en serio el combate.

—Haneki, quiero que seas rápida y precisa, pero que tomes precauciones —le advirtió Victor a su pokémon—. Ese Grookey se guarda varios trucos bajo la manga.
—¡Scorbu! —asintió Scorbunny.
—¡Cheepo, acércate y dale una muestra de tu gruñido!
—¡Grooo!

El mono de planta comenzó a correr con los brazos hacia atrás directo hacia su oponente, enseñando los colmillos mientras blandía la baqueta en su mano derecha. Haneki no le dio el gusto, y flexionando sus largas piernas se impulsó hacia arriba en un espectacular salto de casi diez metros de altura, dejando en su lugar un círculo de ascuas en el suelo que Cheepo eludió a último momento, parándose sobre sus patas delanteras sujetando la baqueta con su cola, pegando una serie de volteretas cuidadosamente para no entrar en contacto directo con el fuego.

—¡Ataca con rama punzante! —mandó Hop, intentando aprovechar que Scorbunny se hallaba suspendida en el aire.
—¡Repélelo con una patada! —ordenó Victor como respuesta, tras oír el comando de su rival.

Grookey giró sobre sí mismo y arrojó con la cola la baqueta de madera, que giró a toda velocidad como un boomerang trazando un arco perfecto hacia Scorbunny. Pero la conejita blanca no la recibiría de brazos abiertos, sino que hizo una ágil voltereta en pleno aire y le propinó una fuerte patada al arma de su contrincante, encendiéndola fuego y devolviéndosela en picado hacia abajo.

—¡No dejes que te queme, Cheepo!
—¡Key!

Ignorando la orden de Hop, Grookey extendió su brazo y cazó al vuelo la baqueta flameante, soplando con fuerzas para que el fuego se concentrase solo en la punta, sin llegar a recibir mucho daño. Scorbunny cayó limpiamente delante de él, y le guiñó el ojo enseñando sus largos incisivos.

—No voy a dejártelo fácil… —murmuró Victor en voz baja, fijando la mirada en su pokémon—. ¡Haneki, ascuas!
—¡Bunny!
—¡Repélelas!

Scorbunny pegó un brinco con giro hacia atrás y lanzó dos rápidas patadas al aire, causando fricción con sus patas y generando un estallido de calor que salió disparado hacia Grookey en forma de pequeñas bolas de fuego. El mono blandió frente a su cuerpo la ramita de madera, extendiendo el brazo todo lo que pudo, y comenzó a hacerla girar rápidamente para escudarse con el viento que generaba, disipando las ascuas antes de que alcancen a tocarlo.

—¡Cambio de planes, Haneki!

Si bien el movimiento defensivo de Grookey era eficaz frente al ataque a distancia de Scorbunny, el tener que girar constantemente la baqueta delante de su rostro le dificultaba ver realmente a su adversario, por lo que Scorbunny aprovechó para desaparecer del lugar donde estaba, corriendo a gran velocidad alrededor del terreno de combate hasta posicionarse derrapando justo detrás del tipo planta. Sin necesidad de tomar más carrera, se abalanzó sobre él dándole un fuerte placaje en la espalda, pero Cheepo no dejaría que Haneki se saliera tan fácilmente con la suya, enroscando su larga cola en uno de sus brazos y apoyándose con las patas delanteras para levantarla por los aires hasta estrellarla contra el suelo.

—¡Así se hace, Cheepo, ahora dale con rama punzante!
—¡Gruñido!

La baqueta en manos de Grookey se cubrió de un brillo verdoso, extendiendo una de sus puntas y adoptando una forma aguda y afilada, con la que comenzó a dar estocadas saltando sobre la coneja, que rápidamente se incorporó rodando hacia atrás y salió de ahí con un brinco largo, para luego correr directo hacia el mono y detenerlo con sus propias manos, clavándole la mirada y emitiendo un fuerte gruñido que lo aturdió momentáneamente, para luego dar un giro en el aire y estamparle una fuerte patada directa a la cabeza, que el mono de planta alcanzó a cubrir colocando en paralelo su baqueta, desviando el golpe hacia el suelo. La fricción de su pata al estallar contra el suelo desperdigó varias ascuas en el terreno de combate, por lo que Grookey se apartó con destreza dando volteretas hacia atrás, apoyado por su propia cola. Pero la Scorbunny no pensaba darse por vencida, y comenzó a correr a través del fuego directo hacia su oponente, con los brazos extendidos hacia atrás para ganar la mayor velocidad posible.

—¡Arañazo!
—¡Placaje!

Cheepo clavó con su cola la baqueta en la tierra, apostándose contra ella con las patas traseras e impulsándose sobre Haneki, recibiendo de lleno la embestida pero propinándole una serie de rápidos arañazos con sus dos manos en toda la cara, obligándola a apretar sus ojos para no salir malherida. Fue esa la oportunidad perfecta para atacar con su baqueta de madera, que desenterró con la misma cola que no paraba de sujetarla y blandió rápidamente contra sus piernas, dándole un golpe seco que la derribó. Debía enfocarse en los puntos fuertes de Scorbunny si quería tenerla a su merced. Victor se cubrió la boca con una mano al escuchar el grito de dolor de su pokémon al recibir el impacto directo en sus piernas.

—¿No están tomándoselo muy en serio? —le preguntó Sonia a su abuela, con gesto preocupado. Incluso Yamper había guardado su lengua en la boca y observaba en silencio el enfrentamiento.
—Lo están dando todo incluso en su primer combate —afirmó la profesora pokémon, esbozando una discreta sonrisa—. Entrenadores y pokémon deben alcanzar ese nivel de sincronización cuando pelean juntos. Una buena batalla siempre tiene tanto de física como de mental. Sus corazones están puestos en cada ataque. Es el sueño de los dos, y de sus pokémon, así que yo creo que es tan serio como debe serlo.
—¡Haneki! ¿Estás bien? —corrió hacia su pokémon, pero la coneja giró como un trompo en el suelo y pateó una serie de ascuas con los pies trazando una línea de fuego divisoria entre los dos. El combate aún no terminaba. Grookey se apartó y volvió a blandir su baqueta entre las manos, sujetándola como un samurái a su katana.
—Lo tenemos contra las cuerdas, Cheepo —sonrió Hop, hablándole con calma a su inicial. Grookey, serio y jadeando, asintió con la cabeza—. ¡En guardia!
—¡Grroo!

El mono de planta soltó un grito de batalla y concentró todas sus energías en la baqueta de madera, como una sexta extremidad en su cuerpo versátil, adoptando ésta un largo del doble de tamaño, con la punta desprendiendo un fulgor verde aún más intenso que antes. Haneki, respirando con dificultad, puso una pata sobre la tierra y luego la otra. La tierra a sus pies comenzaba a carbonizarse y a soltar humo negro hacia el cielo, hasta que el fuego se avivó debajo suyo, rodeándola con la energía de su propio elemento. Grookey tomó impulso, y volvió a salir disparado contra Scorbunny, blandiendo hacia el frente su baqueta de madera como si de una lanza se tratase.

—Un último esfuerzo, Haneki, confío en vos —le susurró Victor, buscando la calma en su interior— ¡¡Ascuas!!
—¡Bu-ny!

El fuego bajo los pies de Scorbunny comenzó a elevarse, manipulado por los propios sentimientos de la coneja, adoptando la forma de seis esferas de fuego de tamaño considerable, rodeándola como asteroides. En un movimiento imperceptible, la inicial de Victor sacudió sus patas con tal destreza que cuatro de las seis bolas de fuego salieron disparadas cual proyectiles contra el Grookey de Hop que arremetía contra ella. Éste eludió las primeras dos con hábiles saltos, pero el siguiente par lo sorprendió aún en el aire, por lo que tuvo que realizar la maniobra defensiva con su propio arma, haciéndola girar a velocidad de vértigo para contener el fuego delante suyo. Haneki, rodeada aún por el fuego, soltó un último grito de batalla y pateó con las últimas fuerzas que le quedaban las dos esferas ígneas que restaban, las cuales volaron a toda velocidad al ras de la tierra, sacando chispas tras su paso. La primera de ellas impactó de lleno sobre la que estaba conteniendo la baqueta de Cheepo, pero la segunda consiguió torcer su trayectoria justo a tiempo y dibujar un círculo perfecto alrededor del pokémon de Hop, quién vio con pavor cómo las ascuas estallaban de lleno contra la espalda de su Grookey. El tiro con efecto de Scorbunny le arrancó un grito de emoción a Sonia y a su Yamper, que saltó de sus brazos soltando chispas de electricidad y ladrando entusiasmado por el combate. Magnolia observaba con los ojos bien abiertos, sin dar crédito de sus propias manos, que por primera vez temblaban aferrándose a la empuñadura del bastón, y no lo había notado hasta recién.

—¡¡Cheepo!! —Hop corrió desesperado con su pokémon, que permaneció inmóvil en su sitio aferrándose con ambos brazos a la baqueta chamuscada de madera que usaba ahora como soporte para resistir. El pelo verde en su espalda era ahora negro, y manaba de él humo a raíz de la fuerte quemadura. Scorbunny se dejó caer hacia atrás, agotada, mientras su estómago subía y bajaba por la agitación.
—Groo… Key… —el pokémon de planta volteó la cabeza hacia su entrenador, y le devolvió una sonrisa débil, como si se disculpara por no haberle entregado su primera victoria. Luego de eso, se desplomó justo a tiempo para que Hop lo sostenga entre sus brazos.
—Peleaste como un titán, Cheepo —lo reconfortó, dándole un sentido abrazo a su compañero—. Ahora toca descansar, ya tendremos otra chance.

Victor cargó en brazos a su agotada Scorbunny, y tras felicitarla y agradecerle por tamaño combate, se acercó con su amigo, con gesto preocupado.

—Oye, Hop…
—Ni lo intentes —dijo Hop, tajante, con la mirada oculta bajo algunos mechones de pelo azul, mientras guardaba a Cheepo en su pokébola. Alzó la cabeza, y le devolvió a Victor una mirada llena de convicción, y una sólida sonrisa dibujada en los labios—. Fue un combate excelente, y estoy orgulloso de haber sentido la amarga derrota por ti. No habría soportado perder con un cazabichos o un escolar.

Victor observó el semblante de su mejor amigo, sintiendo algo parecido a la envidia por ver la firmeza en su actitud aún tras haber perdido el combate. Le devolvió la sonrisa, y le ofreció la mano. Ambos entrenadores se estrecharon las manos en un fuerte y sentido apretón, mirándose a los ojos mientras el Sol caía tras la casa púrpura de la profesora Magnolia.

—Vas a ser todo un desafío, “rival” —le dijo finalmente. Hop soltó una risa amarga, desviando la mirada. Era un término raro para él, que siempre había escuchado a su hermano mayor hablar sobre las rivalidades en la Liga Pokémon. Comenzaba a comprender mejor cómo se sentía un verdadero entrenador pokémon, más allá de revistas y reportajes de televisión.

Los pensamientos de ambos entrenadores fueron sepultados bajo el firme aplauso de Magnolia y su nieta, quienes se acercaron al centro del campo de batalla escoltadas por el Yamper que se paró en dos patas sobre las piernas de Victor para ladrarle a Haneki, que dormitaba agotada bajo su brazo, como si fuera un peluche. El castaño se percató de eso, y decidió guardarla en su pokébola para que se recupere del combate.

—¡Los dos estuvieron incre--! Estuvieron bien, nada mal —se retractó Sonia sobre la marcha, ruborizándose ligeramente. Aún así, le dio unas palmaditas en los hombros a los dos entrenadores, gesto que a Hop le recordó a su hermano mayor, mientras que Victor no podía evitar pensar que no volvería a lavarse ese hombro en toda su vida, y se le aflojaban las piernas.
—Tengo que reconocer que eso que tuvieron, debe haber sido uno de los mejores combates que presencié… Entre novatos —afirmó la profesora Magnolia, guiñándole un ojo cómplice a su nieta—. Espero que sepan recompensar a sus pokémon como merecen, porque lo que hicieron hace un rato estuvo a otro nivel.
—M-muchas gracias —balbucearon tímidamente los dos entrenadores. Magnolia notó un dejo de dolor en la mirada de Hop, pero no hizo ningún comentario diferencial al respecto.
—Aun así, está claro que a los dos les queda mucho por aprender. Pero para eso deberán recorrer un largo camino, y no lo podrán hacer desde Postwick hasta Wedgehurst solamente.
Victor y Hop pararon la oreja y abrieron sus ojos de par en par.
—A-abuela, ¿eso quiere decir que…?

Magnolia miró a su nieta con serenidad, asintiendo con un leve movimiento de cabeza. Sonia lo comprendió de inmediato, y comenzó a hurgar en su bolso cruzado de cuero el par de cajas blancas que contenían los SmartRotom. Los chicos no cabían en si mismos de la felicidad, mientras la pelirroja les entregaba alegremente aquello que se habían ganado por derecho propio.

—Genial, esto es tecnología de punta —balbuceó Victor mientras sacaba el dispositivo rectangular de su empaque, encendiéndolo con el pulgar. Los ojos del Rotom que habitaba dentro del aparato se encendieron con un brillo azulado y la pantalla negra pasó a blanco, revelando una cámara que rápidamente tomó una fotografía automática de su portador, tras haber leído su huella dactilar. Victor vio, con asombro, cómo su expresión de sorpresa -y su papada- se lucían en su primer fotografía mientras una voz robótica se hacía oír por los parlantes incorporados del SmartRotom:
 
—“Victor Evans, ID n° 009427, bienvenido a la Liga Pokémon”
—¡Ja, mira lo mal que saliste en esa selfie, Victor! —se burló Hop sacándole el SmartRotom de las manos, al tiempo que estiraba el brazo y encendía el suyo propio, tomándose una fotografía mucho mejor, con una ancha sonrisa en el rostro.
—¡E-esta cosa vino sin instrucciones, Sonia! ¿Estás segura de que no es una imitación de Sinnoh? —tosió el castaño mientras recuperaba su dispositivo y buscaba rápidamente entre el menú de opciones la manera de rehacer la fotografía para su ID como entrenador, al tiempo que todos echaban a reír.

La noche había caído sobre Galar cuando Victor y Hop se despidieron de la profesora Magnolia, agradeciéndole por su autorización para participar oficialmente de la Liga Pokémon. La profesora pokémon le ofreció a su nieta llevarlos de vuelta en su automóvil, pero Sonia insistió en que descanse, y finalmente accedió ella misma a llevarlos, con el permiso de Magnolia. Así, los chicos se subieron a los asientos traseros del vehículo -violeta, al igual que la casa de Magnolia- y Sonia se aferró al volante para regresar al pueblo. El camino fue rápido, puesto que por la noche en la Ruta 2 habitaban pocos pokémon nocturnos, y los entrenadores de la zona eran principalmente novatos que no comenzaban aún su recorrido para participar de la liga. Tras llegar a Wedgehurst, Sonia dejó a los chicos en la puerta del Centro Pokémon y regresó al laboratorio, puesto que debía terminar con su trabajo antes de volver a casa. Los chicos se despidieron de ella, agradeciéndole por toda su ayuda, y ella les devolvió una espléndida sonrisa junto con una señal de victoria con los dedos.
 
Dejaron a sus pokémon con la enfermera y luego apartaron una habitación para pasar la noche, un derecho que tenían todos los que se acrediten como entrenadores de la Liga Pokémon, enseñando sus ID en el SmartRotom. Mientras comían algo en el buffet, y para su sorpresa, una chica que esperaba que le devolvieran a su pokémon debilitado reconoció a Hop y se acercó a saludarlo. Se trataba, por supuesto, de una de las tantas admiradoras de su hermano mayor, pero el peliazul no se negó a tomarse una fotografía juntos, saliendo Victor en el plano con una evidente cara de circunstancia y una gruesa gota de sudor cayendo por su frente.

—Espero que atesores esta selfie, porque pronto podrás venderla por millones cuando obtenga el título de campeón —alardeaba Hop, con el pulgar hundido en su pecho inflado.
—¡Mándale mis besos a Leon, por favor! —se despidió ella con los ojos brillantes, cuando la voz de una enfermera la llamó por los parlantes para recoger a su pokémon en la mesa de entrada.

Cuando la fanática se perdió de vista, Hop volvió a adoptar la postura encorvada y desgarbada que tenía hacía un rato, soltando un pesado suspiro sobre la mesa. Victor le despeinó el cabello azul.

—Ánimos, amigo —le sonrió—. No todas las capas que cargamos sobre la espalda son tan fáciles de llevar como la de Leon. Estoy seguro de que vas a ser todavía mejor entrenador que él, algún día.
—Gracias, Victor —asintió—. Pero no pienso tanto en él ahora mismo, mi nuevo objetivo a superar eres tú, y te aseguro que voy a conseguirlo la próxima vez.
—Esperaré con ansias la revancha.

Ambos entrenadores chocaron los cinco y se fueron a acostar. No sabían que aquella noche estaba lejos de terminar.

Continuará…
  
TRAINER’s PROFILE

Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.8) “Haneki”
- Rookidee (Lv.6) “Gear”

Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.7) “Cheepo”
- Wooloo (Lv.5) “Lulú”
Sueña mientras giren las agujas del reloj

"Este fic es un recopilatorio de cosas que me dan asco, me agobian y odio"
                                                                                                    —PKMNfanSakura
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#10
Sonia ya empieza a mostrar su lado más suave.

Ahora que ya tienen el problema de la bendición resuelto, empieza el viaje formalmente.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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#11
Capítulo 4 – Perdidos en el bosque de ensueño

Esa noche, Victor tuvo el sueño pesado. Si bien la cama de su habitación alquilada en el Centro Pokémon era cómoda y el colchón mullido, no paraba de tener pesadillas con aullidos y oscuridad. Sentía una figura amenazante cernirse sobre el cielo, mientras nubes negras y relámpagos rojos iluminaban la noche para después apagarla. Finalmente, decidió levantarse de la cama y bajar para estirar un poco las piernas, pero se sobresaltó al no ver en su cama a Hop. Abajo, se lo encontró frente al ventanal trasero que conducía al patio donde algunos entrenadores practicaban combates y técnicas con sus pokémon. Observaba con la mirada perdida el campo de batalla allí fuera, iluminado tenuemente por la luna plateada que se ocultaba entre nubarrones soplados por el viento, aunque tal vez estuviera simplemente mirándose a si mismo en el reflejo difuso del cristal. Decidió dejar solo a su amigo un momento, y se acercó a la mesa de entrada donde una enfermera con expresión somnolienta miraba algo en su computadora tras el mostrador.

—Disculpe, ¿ya se encuentran bien mis pokémon? —preguntó mientras le enseñaba su SmartRotom con el número de ID, y una fotografía suya más decente y presentable que la que se había tomado sin querer el día anterior.
La enfermera consultó rápidamente en su sistema operativo, y le dedicó una amable sonrisa al castaño, asintiendo con la cabeza.
—Están como nuevos. Enseguida te los traigo.

Dicho y hecho, la chica desapareció tras una puerta corrediza a sus espaldas y regresó con dos relucientes pokébolas en una bandeja hermetizada. Victor le dio las gracias mientras guardaba en su cinturón las diminutas esferas de bolsillo, y salió sigilosamente por la puerta de entrada. Hop no había volteado en ningún momento, y le pareció bien que así sea. Ambos debían ocuparse de sus propios pensamientos, y los de Victor se encontraban particularmente perturbados esa noche, por alguna razón.

En las calles de Wedgehurst no había un alma. Los pocos comercios del pueblo estaban cerrados, y apenas podía adivinar la presencia de algún escurridizo pokémon nocturno agitando arbustos en las afueras del camino. Consultó la hora en su SmartRotom: eran las dos y media de la madrugada. Claro que no habría un alma en Wedgehurst a esas horas. Quizás si se dirigía a la estación encontraría algo de actividad, puesto que los entrenadores iban y venían de las grandes ciudades y, en especial, del Área Silvestre. Estaba seguro de que, incluso a esas horas de la noche en ese mismo momento, había varios entrenadores aguerridos buscando raros y fuertes pokémon allá afuera, lejos de los confines de la zona sur de Galar. Se preguntaba si tenía la voluntad y el coraje para estar en sus zapatos, puesto que la soledad de la noche, incluso en el iluminado pueblo de Wedgehurst, le producía cierta desconfianza.

Finalmente, optó por caminar en sentido contrario, y se aventuró a paso lento por la Ruta 1, saliendo del pueblo. No recordaba cuándo había sido la última vez que volvía a casa a esas horas de la noche, puesto que su madre siempre había sido tremendamente sobreprotectora con él. El mismo Hop fue quien, haciendo gala de una ensayada elocuencia, logró convencerla de que lo acompañe en su viaje para convertirse en campeón. Claro que Victor tenía sus propios objetivos, y si bien la corona nunca había sido su mayor anhelo, sí que deseaba conocer el mundo y estrechar vínculos fuertes con los pokémon que siempre le habían fascinado, y de los que siempre lo había resguardado en casa su propia madre. Cuando se dio cuenta, Victor ya se encontraba de pie sobre el famoso puente de piedra encorvado.

El sonido del agua corriendo por el arroyo bajo sus pies lo tranquilizó, y aclaró su mente. De alguna forma, supo qué estaba haciendo, y hacia dónde se dirigía exactamente. No era su deseo volver a casa, sino ir un poco más allá. Ahora era un entrenador pokémon, portaba dos pokébolas con fuertes aliados en ellas. Había conseguido su SmartRotom, calificándose como participante en la Liga, tras haber derrotado a su amigo de toda la vida en un increíble combate. ¿Qué cadenas lo mantendrían alejado ahora del lugar que tantas veces había anhelado conocer desde pequeño?

Sus pies lo condujeron por toda la Ruta 1 sin cansancio. Había dormido apenas un par de horas, pero fueron suficientes para devolverle la energía que necesitaba. Y aquella que aún le faltase estaría a resguardo en sus propios pokémon, que lo defenderían ante cualquier adversidad. No había nube o trueno en el cielo capaz de amedrentarlo a la luz de la luna. Victor caminó el camino, sorteando arbustos, árboles y tenebrosos ruidos nocturnos. Pasó por la granja de los vecinos, por la casa de Hop, donde un día atrás acababa de recibir a Haneki de parte del campeón de Galar, y más adelante alcanzó su propio hogar. Se sintió extraño al ver la sencilla y floreada entrada a su casa, subiendo las escaleras construidas de forma rudimentaria sobre una pequeña pendiente. Los Budew de su madre dormían plácidamente junto a las macetas. No se apreciaban luces encendidas dentro de casa. La única luz que llamaba su atención en la noche era la del Bosque Oniria, que surgía al final de la Ruta 1, más allá de la cerca de madera.

—Ma, si te enteras de esto, sé que me matarías —se dijo en voz baja, mirando su casa por última vez antes de seguir de largo hacia el bosque, con las manos hundidas en los bolsillos—. Pero haré que te sientas orgullosa, ya lo verás.

Al llegar a la cerca de madera rodeada por altos y espesos matorrales, Victor notó el pasto crecido más allá de la ruta. El cartel clavado en la tierra alertaba a los viajeros y entrenadores novatos a no aventurarse en el Bosque Oniria, un lugar cargado de misterios y pocas veces explorado en la región. Incluso los entrenadores de mayor nivel buscaban excusas para evitarlo, e incluso esquivaban las preguntas que les hacían los reporteros en programas de televisión cada vez que aparecía una noticia sobre algún pokémon extraviado en las profundidades del mismo. Si Postwick era un pueblo pacífico y tranquilo, eso era seguramente gracias a la prudencia con la que sus habitantes trataban al Bosque Oniria. Nadie tenía muy claro qué clase de pokémon habitaban allí, pero muchas leyendas circulaban de boca en boca entorno a él. Algunos, incluso, decían que era un lugar conectado directamente con otro mundo, o tal vez, con otro tiempo.

Pero algo llamó poderosamente la atención de Victor, más allá de sus recuerdos sobre las leyendas urbanas en torno a Oniria, y eso era que la puerta de la cerca estaba abierta de par en par. Alguien, o algo, había entrado o salido del bosque esa noche. Quizás lo mismo que se dirigió furtivamente hacia el Centro Pokémon, y que sacó a Victor de la cama tras inmiscuirse en sus sueños. O quizás alguien se había aventurado dentro, con tal temor que olvidó cerrar la puerta detrás suyo. Tal vez un niño perdido, que no supiera leer las advertencias del cartel. O un pokémon que huía despavorido de otro depredador. Aunque… ¿Qué clase de depredadores podía haber en Postwick? Lo más peligroso que recordaba haber visto fue ese Rookidee aguerrido que había conseguido capturar, y que era ahora su compañero de viaje.
Victor se aclaró la garganta y exhaló aire caliente entre sus manos, dejando salir su aliento condensado como humo por el frío nocturno. Aun así, ni por el frío ni por el miedo sus piernas temblaban. Se encontraba convencido de lo que estaba haciendo, y más ahora, que debía averiguar quién había dejado abierta esa puerta. ¿O la habrían dejado abierta para que él la encontrase así?
 
Un aullido rompió el silencio en la noche, y lo arrastró fuera de sí mismo y de sus pensamientos. Estaba seguro de haberlo escuchado. Apretó el paso y cruzó la cerca sin mirar atrás, divisando a lo lejos el acceso a Oniria a través de sus inmensos y retorcidos árboles, cuyas copas lo mantenían en una constante penuria. Sobre el pasto flotaba un manto de humo blanquecino, como niebla, y danzaba entre los pies del castaño a medida que se adentraba en el bosque. La hierba en esa zona poco alcanzada por la mano del hombre era mucho más alta que la de cualquier ruta, y a cada paso que daba percibía el movimiento de distintas especies de pokémon que salían huyendo y se escabullían entre los árboles y la neblina. Más allá del aullido, Victor no alcanzó a distinguir ningún otro sonido ahí dentro, apenas el del pasto que crujía bajo sus pisadas. Sus dedos temblaban inconscientemente, siempre cerca de las pokébolas en su cinturón, y su corazón palpitaba tanto dentro de su pecho que comenzó a marearse. Por suerte para él, la disposición de los árboles a ambos lados daba forma a una especie de sendero natural dentro del cual avanzar, aunque no estaba seguro de no estar perdido ahí dentro. Recordó, entonces, que su SmartRotom contaba con un mapa y ubicación por GPS, pero no se atrevió a comprobarlo en ese mismo momento. Quizás, sí, estuviera finalmente perdido en el Bosque Oniria. De todos modos, ¿qué se suponía que estuviera buscando ahí? ¿Con qué esperaba encontrarse? Motostoke estaba lejos de ahí, y era hacia donde debían dirigirse para concretar su inscripción en la sede principal de la Liga, antes de ir por las medallas de gimnasio. Recordó las palabras de Leon: “No se aparten mucho del camino”. Era un consejo, una advertencia, o una simple frase hecha. Sea lo que fuere, la estaba desobedeciendo categóricamente.

Una figura misteriosa pasó fugazmente a sus espaldas, sobresaltándolo por completo y haciéndolo caer hacia adelante cuando intentó correr. ¡¿Cómo pudo no haberlo oído venir, en medio del silencio absoluto de ese maldito bosque?! No hizo sonido alguno. Simplemente pasó, como una energía espectral que ni siquiera alcanzó a rozarlo. No sintió ruidos, olores, ni temperatura alguna cerca de él. Donde estaba, de bruces sobre el pasto, hundido en una densa neblina blanca, pensó que sería lo más cerca a la muerte que se sentiría en vida. Si es que aún seguía vivo. A decir verdad, Victor no tenía la certeza de estar vivo. Tal vez solo era un fantasma, cuyo corazón había olvidado dejar de latir, y rugía dentro de su pecho bombeando sangre hacia su cerebro para mantenerlo consciente. Al intentar incorporarse, accidentalmente presionó sus pokébolas contra el pasto seco en el suelo, abriéndolas desde el cinturón y liberando a su lado a Haneki y Gear, que levantó vuelo y se posó en su hombro, mientras la coneja lo ayudaba a levantarse.

—Scor-bu —tembló la inicial de fuego al mirar a su alrededor, aferrándose a las piernas de su entrenador. Rookidee se agazapó en su hombro, mas que asustado, listo para salir disparado al ataque ante cualquier movimiento o ruido sospechoso. Victor se sintió reconfortado, acompañado en medio de la nada por sus dos pokémon.

Creyó ver una silueta oscura a lo lejos, oculta en las profundidades de la densa neblina del bosque. Caminó sin sigilo hacia ella, y se detuvo un segundo cuando le pareció que la silueta se había acercado a él. Gear gorjeó suavemente a su oído, intentando transmitirle tranquilidad, mientras Haneki mantenía aferrada su pata a su pantalón. Retomó marcha, sin volver a titubear, a paso ligero y firme. Sus ojos entornados veían con claridad una silueta que caminaba hacia él, pero no sabía si se trataba de un pokémon o de alguien perdido en el bosque. La bruma era tan espesa que dificultaba incluso la respiración. El plumaje de Rookidee sobre su hombro se sentía húmedo e inflado, y la única temperatura que llegaba a su cuerpo era la tibieza que naturalmente manaba de los poros de Scorbunny.

Cuando se hallaba a pocos metros de la silueta opuesta a él, descubrió que no se trataba de un pokémon, sino de una figura humana, bípeda, más o menos de su altura. Caminaba solo cuando él caminaba, y se detenía cuando él se quedaba quieto. ¿Era aquello un espejismo, una ilusión producto de la falta de oxígeno en la profundidad del bosque? ¿Sería acaso él mismo, plantado frente a un enorme espejo natural? ¿O acaso había caído bajo los poderes psíquicos de un poderoso pokémon? Su mente cada vez almacenaba más preguntas, pero al menos una de ellas obtuvo respuesta segundos después, cuando aún quieto pudo ver a la silueta continuar camino, acercándose a él hasta adquirir la forma nítida de una chica joven, de apenas menor altura que él. Sus expresivos ojos color café no parecían encontrarlo a él, sino mirar algo más allá de su propio ser. A Victor le pareció una chica muy bonita de su edad, con cabello no muy largo y castaño, más crecido de un lado que del otro, coronado por una boina color verde con pompón blanco. Vestía un pulóver grueso de lana gris con capucha, con un vestido fucsia por encima de las rodillas, y unos borceguíes de cuero marrones con medias verdes escocesas, a juego con su boina. Le resultó muy extraño ver a una chica tan pintoresca en un ambiente tan tenebroso y asfixiante, pero más raro aún le pareció sentir que la chica no se había percatado realmente de su presencia, sino de algo que se encontraba detrás suyo.
 
Por las dudas, Victor volteó al igual que sus pokémon, y sus ojos se salieron de las órbitas cuando encontró frente a él una criatura aterradora de aspecto lobuno, que acechaba entre la maleza clavando en él sus ojos dorados como estrellas. Muerta de miedo, Haneki saltó hacia el frente para encarar al misterioso pokémon, que ignoró completamente su presencia y se enfocó puramente a dedicarle miradas furtivas. El gruñido que manaba entre sus afilados colmillos hacía vibrar el suelo bajo sus pies. Sin esperar recibir orden alguna, Gear saltó del hombro de Victor y se abalanzó al vuelo sobre el lobo nocturno, propinándole una envestida de lleno que, sin embargo, pasó de largo a través de su cuerpo ensombrecido, que se disipó como un reflejo sobre el agua.

—¡Gear, con cuidado! —a Victor le resultó increíble oír el propio sonido de su voz saliendo por sus labios. Entre la bruma, tal vez por la falta de oxígeno, podía percibir con claridad incluso la suave vibración de sus cuerdas vocales. O las neuronas haciendo miles de cortocircuitos en su corteza cerebral, disparando las palabras a su mente que acabarían tomando forma en su garganta. El tiempo transcurría a un ritmo diferente en los confines del Bosque Oniria. Y aún más lento era su discurrir, enfrentándose ahora a una bestia como nunca antes había presenciado.

Rookidee dio un rodeo volando sobre la niebla blanquecina, y regresó al hombro de su entrenador. Scorbunny probó con un ataque a distancia, pateando algunas ascuas contra el lobo que, sin dejar de gruñir, pero tampoco moverse de su lugar, agazapado entre la niebla y el pasto crecido, recibió de lleno las llamas, que se consumieron por completo al atravesarlo, sin siquiera llegar a tocar la hierba en el suelo. Victor sintió entonces el roce de una mano contra la suya, y giró la cabeza solo para toparse espalda con espalda con la chica misteriosa, que se hallaba ahora frente a otro lobo. Se encontraban rodeados. Él, por una bestia de pelaje azul. Ella, por otra un poco más corpulenta, con largo pelaje rojo como la sangre.

—¿Quién está ahí? —preguntó la chica al sentir la espalda de Victor contra ella, quizás percibiéndola como una especie de pared invisible que le impedía huir del enfrentamiento con su lobo de pelo rojo.
—Tranquila, soy un entrenador —soltó el chico, intentando poner un tono de voz más grave para ocultar su temor, y para que no se escuchen los fuertes latidos en su pecho.
—¡¿Uno solo?! —soltó, disgustada, casi escupiendo las palabras. Su voz resonaba como un eco en los oídos de Victor, por más de estar los dos prácticamente pegados el uno contra el otro—. Necesitamos al menos una decena de entrenadores más para hacerle frente a estos monstruos.

Los lobos saltaron al frente, rodeando lentamente a los entrenadores y sus pokémon -Victor no alcanzó a ver ninguno, pero notó que la chica había soltado al menos a uno de los suyos para defenderse del peligro-, y mientras sus gruñidos ensordecían el ambiente, la densa niebla que parecía provenir de ellos mismos los envolvía en un campo de ensueño donde todo parecía ir en cámara lenta, y la gravedad adquiría un sentido completamente diferente. Los ataques físicos y especiales no servían de nada, Gear y Haneki ya lo habían confirmado. Y tal vez intentar escapar era la peor idea de todas en una situación así. Entonces, ¿qué podían hacer realmente?

Los lobos gemelos abrieron finalmente sus fauces pobladas de colmillos, exhalando un par de aullidos profundos que sacudieron las copas de los árboles y despejaron las nubes en el cielo sobre sus cabezas, cubriéndolo todo de una bruma tan espesa que Victor podía masticar con sus dientes como algodón de azúcar. Fue entonces cuando dejó de sentir el cuerpo de la chica contra su espalda, a punto de caerse de bruces al suelo nuevamente.
 
—¡Cheepo, rama punzante! ¡Lulú, rizo de defensa!

Una voz familiar surgió como un haz de luz entre la neblina, haciendo que incluso el lobo azulado voltee a ver de dónde provenía. Lo primero que vio Victor fue a la Wooloo de Hop interponerse entre la bestia del bosque y él mismo, inflándose como un enorme globo de lana gruesa, intentando protegerlo cual escudo. Luego, una serie de afilados proyectiles alargados que surgían de la misma bruma en todas las direcciones, atravesando todas y cada una de ellas la figura amenazante del intimidante pokémon con forma de lobo, que aun así se vio lo suficientemente turbada como para alejarse algunos pasos de Victor y sus pokémon. Pronto, el castaño logró divisar en lo alto al Grookey de su amigo, balanceándose entre las lianas que colgaban de los árboles y arrojando con astucia cada rama que lograba arrancar de ellos, usándolas como proyectiles para, al menos, conseguir amedrentar un poco al lobo, que seguramente los sobrepasaba a todos en nivel. Hop apareció finalmente a su lado, justo para que Cheepo aterrizara sobre su cabeza, y le dio una palmada en la espalda.

—¡Hop! —gritó Victor, al tiempo que su alma le volvía al cuerpo. Definitivamente no estaba más solo en ese bosque, aunque lo cierto es que jamás lo había estado, para bien y para mal.
—Luego hablaremos sobre tus pésimas ideas en medio de la noche —le dijo con sendas gotas de sudor cayendo por su rostro, sin despegar sus ojos del asombroso pokémon que les hacía frente, mientras se cubría la boca y nariz con su remera negra bajo la campera de jean.
—¡E-espera! —tosió el castaño, avivándose de que los efectos de la niebla sobre su cuerpo y su mente podían atenuarse su se tapaba adecuadamente la boca y nariz, tal y como hacía inteligentemente su amigo—. ¡Hay una chica en este bosque, perdida, y también estaba siendo atacada por otro de éstos pokémon!
—¡No tenemos tiempo para buscar a tontos como tú, que se aventuran en lugares prohibidos! —le espetó Hop a su amigo—. Además, escruté bien la zona antes de salvarte, y no vi ni escuché a ninguna chica por aquí.
—¡Estoy seguro de que la vi! ¡Estaba junto a mí hasta recién!
—¡Pues deberá arreglárselas, porque nosotros nos vamos, amigo!

Hop sujetó con fuerza al castaño por el brazo y echó a correr llevándoselo consigo, al tiempo que Grookey brincaba desde su cabeza hacia uno de los árboles, retomando la ofensiva arrojándole proyectiles de madera al lobo, que volvía a acercarse lenta pero estoicamente, ignorando completamente cualquier ataque en su contra. Wooloo rodaba delante de ellos, hinchada hasta alcanzar el doble de su tamaño natural, sosteniendo el rizo defensivo que los mantendría a salvo de cualquier ataque. Scorbunny corría delante de ellos, dejando el pasto chamuscado bajo sus pies, mientras que Rookidee asistía desde el aire al inicial de planta, arrancando con sus patas y su pico las mejores ramas que encontraba entre los árboles y acercándoselas para que las convierta en lanzas con su ataque de rama punzante. El lobo, sin embargo, era un adversario muy por encima de las capacidades de los entrenadores y pokémon allí presentes -y, seguramente, también lo era para cualquier otro entrenador experimentado que ose hacerle frente-, y tras un majestuoso salto apoyó sus cuatro patas pobladas de largas garras negras sobre la tierra frente a ellos, cortándoles el paso. Lulú, la Wooloo, se detuvo en seco al sentir la fuerte energía que manaba de las fauces del lobo.
Alzó la mirada al cielo y rugió un último aullido antes de que todo se volviera blanco para entrenadores y pokémon. La espesura de la niebla en el Bosque Oniria se tornó insoportable, y con pesadez cayeron todos al suelo, perdiendo así el conocimiento.

… despierten, por favor…

… es mi culpa, debí llevarlos a casa…

… Bu-bunny…

… HOP…

… VICTOR…

… ¡¡ABRAN LOS OJOS!!

Una luz cegadora llenó los ojos color café de Victor, irritándolos tanto que tuvo que volver a cerrarlos con fuerza, escapándosele algunas lágrimas involuntarias que rodaron por su cabeza y se perdieron tras sus orejas. Se hallaba tendido en el pasto, con los brazos extendidos hacia ambos lados. Al mismo tiempo, escuchó a alguien incorporándose pesadamente a su lado. Volvió a abrir sus ojos, esta vez entornándolos un poco, y distinguió sobre él el enorme cielo nocturno de Galar, sin una sola estrella brillando en él. De pie sobre él, la figura imponente de un Charizard que buscaba algo con la mirada, exhalando ráfagas de aire caliente por las fosas nasales. A su lado, de rodillas, se encontraba su propia madre, que había empapado su rostro con lágrimas, y le sostenía las manos fuertemente. Incorporó apenas su cabeza, sintiendo cada músculo y articulación en su cuerpo entumecidos, y distinguió también a su mejor amigo, ya sentado, mientras su hermano y sus padres lo abrazaban. A un lado, Sonia se secaba las lágrimas mientras hablaba por teléfono con alguien, recostando su cuerpo contra el vehículo que le había prestado su abuela. Haneki se abalanzó sobre él, dándole un caluroso abrazo al cuello, mientras Gear se posaba en su pecho y le picoteaba la cara indignado por haberlo preocupado así. Algunos granjeros vecinos suspiraban aliviados, mientras alguien más allá se encargaba de fijar bien el letrero de advertencia sobre la tierra frente a la cerca de madera. Finalmente, y con ayuda de su madre, se puso de pie junto a Hop. El peligro había pasado.

—Perdón, mamá, perdón —repetía una y otra vez desde que había recobrado la conciencia, y sus propias lágrimas se mezclaban con las de su madre. Se sentía terriblemente mal. A salvo de todo, menos de la culpa.
—¡Estamos bien, no necesitamos una reunión vecinal! —protestaba Hop, por su parte, con la cara enrojecida, mientras su madre abrazaba a Lulú y su padre le tironeaba la oreja, ayudado por Cheepo—. ¿Ven? ¡Ni un rasguño! ¡Ese tonto bosque no es para tanto, ja ja ja!

Hop enseñaba con una mezcla de orgullo y pena sus brazos intactos, salvo por el pequeño vendaje improvisado que le había hecho Sonia luego de que su Yamper lo ataque el día anterior en su laboratorio. Pero esa era historia para otro momento.
Esa noche todos se quedaron a dormir en casa de Hop. Leon había decidido que así sea, ya que quería mantener a los chicos vigilados por su Charizard, por si la bestia que los había atacado en el Bosque Oniria intentaba volver por ellos. La paranoia colectiva en Postwick a raíz de ese suceso así lo sugería. Por suerte, la casa de los Owen tenía espacio y habitaciones de sobra para medio pueblo, por lo que allí pudieron alojarse cómodamente Victor, su madre y Sonia, que se llevó un susto tan grande que no se despegó de su Yamper en toda la noche. Mientras los chicos durmieron profundamente, Leon permaneció estoico, de pie, con sus brazos cruzados en el techo de la casa, mientras su dragón de fuego sobrevolaba la propiedad, custodiando todo desde los cielos.

Al día siguiente, Victor bajó a desayunar junto a su amigo. Ambos tenían un aspecto terrible, y arrastraban los pies con pesadumbre. En el comedor los esperaban todos, ya arreglados para un día normal. Eran casi las once de la mañana, habían dormido más de la cuenta, así que no tenían mucho tiempo para abordar el tren hacia Motostoke. Tras recibir los regaños de rigor y una fuerte advertencia para Victor de su madre sobre la que le esperaba si volvía a cometer una locura semejante, los chicos se despidieron de sus padres con fuertes abrazos, prometiéndoles tener más cuidado de ahora en más, y no separarse nunca de sus pokémon.
Viajaron raudamente hacia Wedgehurst en el auto púrpura de la profesora Magnolia conducido por Sonia, mientras Leon volaba sobre su Charizard junto al vehículo. Ciertamente era una imagen espectacular y poco común en la Ruta 1, por lo que los pequeños entrenadores primerizos los señalaban con los dedos y tomaban fotografías, vitoreando a coro el nombre de Leon y su Charizard, algunos incluso imitando la pose de victoria del campeón. Sin embargo, el hermano mayor de Hop se mostraba serio y frío mientras cruzaba a vuelo la primer ruta de Galar.
 
—Nunca vi a tu hermano tan molesto —suspiró Sonia mientras conducía, mirando a Hop por el espejo retrovisor. El peliazul se encogió de hombros, abochornado.
—No creo que esté molesto contigo —le susurró Victor dándole suaves codazos, mirando por la ventanilla. Sonia negó con la cabeza.
—Está molesto consigo mismo, por no haber llegado a tiempo para protegerlos.
—No queremos la protección de nadie más, de ahora en adelante —refunfuñó Hop, cruzándose de brazos y hundiéndose en su asiento. Victor tuvo que asentir.
—Queremos valernos por nosotros mismos —dijo—, y obviamente, por nuestros propios pokémon. Para eso debemos volvernos fuertes.

Recordó entonces a la chica misteriosa con la que se había topado, o eso creía, en el Bosque Oniria. Grabó en su mente la imagen de su pulóver de lana gris tejido a mano, su pintoresca boina verde con pompón, sus expresivos ojos café y su voz aguerrida y resuelta. Volteó la cabeza y trató de mirar la Ruta 1 que iba desapareciendo a medida que el coche avanzaba hacia adelante, intentando alcanzar con su vista el Bosque Oniria en la distancia, pero fue imposible hacerlo, especialmente en un sendero ondulante e irregular. Aun así, una voz distante en su corazón le indicó que ella estaba bien, y que ya no debía preocuparse.
Finalmente arribaron en la estación de Wedgehurst. Ni bien Charizard y Leon pusieron pies sobre el suelo, un transeúnte pegó el grito al verlos y de inmediato una multitud se abalanzó sobre ellos, en busca de fotos y autógrafos. Sonia soltó un bufido, y aceleró con el auto interponiéndose rápidamente entre los entrenadores y la muchedumbre, tocando agresivamente la bocina para amedrentarlos, al tiempo que su Yamper saltaba de la ventanilla y se posaba sobre el capó, generando con su pelaje un campo eléctrico que mantendría alejada a gran parte de la multitud.

—¡El campeón firmará autógrafos ni bien termine con un asunto importante, por favor tengan paciencia! —les gritaba con una falsa expresión de amabilidad, sin dejar de tocar la bocina, cosa que llamaba todavía más la atención en el pueblo y hacía que más curiosos se conglomeren entorno a la estación.
Leon se acercó a Victor y Hop, ignorando el escándalo que se sucedía a sus espaldas, y puso sus manos sobre los hombros de los chicos, dedicándoles una mirada melancólica.
—Chicos, hubiera querido que la despedida sea un poco más optimista, pero lo que ocurrió anoche movió algo en mí que pensé haber perdido hace mucho tiempo —se sinceró, ahogando algo en su garganta al hablar—. Miedo. Tuve mucho miedo por ustedes. Y después culpa, una que voy a cargar por un buen tiempo, mientras ustedes viajan y se hacen fuertes.

Hop apretaba los puños con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón, tanto que le dolían. Victor miraba al campeón a los ojos, con expresión firme y resuelta. Agradecía estar escuchando palabras tan sentidas por su parte, pero se sentía diez veces más culpable que Leon por lo que había sucedido, y por el peligro en que los había puesto a los dos al adentrarse en Oniria.

—Los dos van a lograr grandes cosas, estoy seguro de ello —sonrió por fin el campeón, dándoles una palmada de ánimo en los hombros—. Hablé con la profesora Magnolia, y no tuvo más que elogios para ustedes dos. No recuerdo cuándo fue la última vez que la escuché tan entusiasmada, así que ya tienen un gran logro en su haber. Mientras dormían me comuniqué con el presidente de la Liga Pokémon, y le envié personalmente mi recomendación. Están listos para enfrentarse a los gimnasios y ganar las ocho medallas necesarias para participar del torneo. Quiero que lo hagan, y quiero luchar contra el mejor de ustedes cuando llegue la hora.
—¡¡Sí, gracias!! —exclamaron al unísono, adoptando nuevamente la ya clásica postura de soldaditos, pero ahora llevándose un puño al corazón en señal de compromiso.
—La próxima vez que nos veas, te aseguramos que vas a sentirte orgulloso, hermano —le dijo finalmente Hop, mirándolo a los ojos. Los dos tenían los mismos ojos.
—Ya me siento orgulloso —soltó Leon tras un suspiro, y ensanchó aún más su blanca sonrisa. Charizard rugió a sus espaldas exhalando fuego por las fauces, un remolino ardiente que espantó a los Rookidee que dormitaban plácidamente en los tejados de la estación, y que hizo sonar una alarma a lo lejos.

Las campanas de la estación comenzaron a sonar, marcando la hora de abordaje al tren que conducía a su próximo destino. Hop le dio un último abrazo a su hermano, mientras que Victor se limitó a darle un fuerte apretón de manos. En ese momento sintió que Leon se había convertido repentinamente en su propio rival, y no solo el hermano de su mejor amigo. El campeón de Galar los despidió con un enérgico ademán, mientras los chicos se perdían entre los pasajeros que ya habían descendido del tren y comenzaban a arremolinarse entorno a su ídolo. Sacaron sus SmartRotom y los apoyaron sobre una pantalla inteligente junto al andén, que los reconoció como entrenadores oficiales de la Liga y les permitió cruzar los molinetes para abordar el tren a vapor que atravesaría todo el sur y centro de la región. Varios entrenadores subieron al tren y se acomodaron en las cabinas cerradas dispuestas en cada vagón, despidiendo por las ventanillas a sus amigos y familiares que saludaban desde el andén. Victor y Hop se acomodaron en los asientos, mirando asombrados la gran cantidad de gente que a toda hora les decía adiós a sus seres queridos en esa estación, incluso alcanzaron a ver a Leon y a Sonia saludándolos entre la muchedumbre, que por primera vez parecía ignorar la presencia del campeón en favor de despedir a quienes habían abordado el tren, mientras su Charizard y Yamper debían mantener a raya a los fanáticos fuera de la estación. Finalmente, el tren hizo sonar sus silbatos y expulsar vapor por las chimeneas sobre los vagones frontales, empezando así a arrancar mientras sus ruedas giraban.
 
Victor y Hop intercambiaron miradas una vez más, mientras sentían la vibración y el reconfortante ruido de la máquina avanzando, y confirmando en los ojos del otro que lo que tenían por delante era, ahora sí, completamente desconocido para los dos. Un inmenso mundo de posibilidades se alzaba frente a ellos, perdido en la lejanía más allá de las montañas.

Continuará…

TRAINER’s PROFILE

Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.9) “Haneki”
- Rookidee (Lv.8) “Gear”

Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.9) “Cheepo”
- Wooloo (Lv.8) “Lulú”
Sueña mientras giren las agujas del reloj

"Este fic es un recopilatorio de cosas que me dan asco, me agobian y odio"
                                                                                                    —PKMNfanSakura
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#12
Holi, he vuelto a comentars, del comentario que hiciste a mi comentario, yo uso el tamaño medium y fuente verdana, pero no sé cómo cambia desde una portátil o celular.

Capítulo 3: una batalla para establecer el tipo de rivalidad entre ambos, me agrada, creo que siempre es necesario entender la relación entre rivales, por un momento pensé que Hop iba a ganar, como para diferenciarlo del juego, pero entiendo que ahí perder es parte de su desarrollo. Me dio gracia el movimiento "chulería", realmente existe? o le diste un nombre gracioso como para variar? Todavía no conozco todo lo nuevo que ha introducido el juego.

Capítulo 4: Imagino que para Victor debió ser muy difícil tomar la decisión de irse, eso nos da un aspecto interesante de él, su determinación, yo pensé que se iba para otro lado, pero entró al bosque, ahí recordé que eso pasa en el juego y que tenía que encontrarse con uno de los lobos, pero se topa con ambos y aparece la que, imagino yo, es la contraparte femenina, como en el juego no aparece el personaje no escogido, me pregunto qué rol le darás en la historia.

Nos leemos. Ciao
[Imagen: giphy.gif]
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#13
@Thranduil como de costumbre, agradezco mucho los comentarios sobre el fic, me alegra que te esté gustando. Finalmente me senté en la pc para ver el tema de letra y creo que ahora lo ajusté mejor, así que ya no debería ser incómodo de leer en casi cualquier dispositivo, salvo quizás en un microondas o un smartwatch. (?)

Respecto a "Chulería", realmente es el nombre que se le dio en España al movimiento "Power Trip", que es algo así como motivarse tras ejercitar el poder, o venirse arriba, y justamente hace más daño si el usuario aumentó alguna de sus características previamente. Me pareció bien dejarle el nombre traducido original, aunque es cierto que suena medio chistoso y anticlimático, pero eh.

Y sí, en el juego termina perdido en el bosque y encontrándose con uno de los lobos. Como en esta historia no quiero enfocarme solo en una edición de los juegos, sino verlos como un todo, decidí incluir a los dos lobos, y por supuesto que hace su flamante (o espectral) aparición la protagonista femenina. ¿Tendrá un rol más trascendental en la historia? Veamos...

¡Siguiente capítulo!

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Capítulo 5 – Wild Girl, Wild Area

El tren a vapor hacía rodar sus ruedas sobre los rieles en las vías de hierro que se habían levantado a lo largo de Galar como medida de interconexión entre sus ciudades y poblados. Galar era una región extensa, con una amplia variedad de climas y rutas demasiado peligrosas para que aquellos que no fueran entrenadores con cierta experiencia crucen a pie, o incluso conduciendo sus vehículos particulares. Por esto mismo, fue el presidente Rose, máxima autoridad de la Liga Pokémon, quién subvencionó la construcción de un sistema de estaciones y transportes para unir toda la región. Por supuesto, todo eso formaba parte de su plan mayor de establecer un comité deportivo oficial en la región, a través del cual los mejores entrenadores podrían liderar gimnasios construidos en forma de descomunales estadios a los cuales cientos de miles de personas viajaban a diario para presenciar los mejores combates. Aquellos entrenadores que consigan alzarse con la victoria en ocho gimnasios oficiales, podrían participar del torneo de la Liga Pokémon, un encuentro entre lo mejor de lo mejor, que coronaba cada año a un nuevo campeón. Muchos entrenadores a lo largo de Galar, sin embargo, se hallaban últimamente desmotivados, puesto que el campeón actual había sostenido su título por nada menos que cinco años consecutivos, siendo vívida pesadilla de, incluso, algunos de los mejores líderes de gimnasio actuales.

Uno de los lugares que más justificaban la existencia del sistema de rieles y trenes a vapor, era el Área Silvestre. Un territorio aún no totalmente explorado que ocupaba gran parte de la región, y presentaba una variedad de biomas inédita en todo el mundo, donde una serie de fenómenos climáticos se sucedían en distintos puntos del terreno, produciendo así desde tormentas de arena hasta granizo a pocos metros de distancia. Este fenómeno producía que muchísimas especies convivan en relativa armonía a lo largo y ancho del Área Silvestre, desde las más inofensivas y comunes en rutas típicas, hasta las más raras y mortíferas, que campaban a sus anchas por una zona que todos los entrenadores anhelaban explorar algún día, cuando contasen con la preparación suficiente para hacerle frente.

Victor leía apasionadamente la guía de supervivencia, aprendiendo todo lo posible sobre los secretos de la región y las especies que podían llegar a toparse algún día en el Área Silvestre, mientras Hop disfrutaba de los bocadillos dulces que una vendedora amable y regordeta les había ofrecido, mientras contemplaba el precioso paisaje que se apreciaba desde la ventanilla del tren, que actualmente surcaba de lado a lado un enorme puente construido entre los túneles de dos montañas gigantes a un lado del Área Salvaje. En el cielo volaba una parvada de Unfezant y Pidove junto a la ventanilla, y Hop no dudó un segundo en apuntar con su SmartRotom y tomarles una fotografía, puesto que nunca había visto esa especie en persona, ya que rara vez volaban por el sur de la región.

—¡Mira eso, Victor, los machos se diferencian de las hembras por el distinguido antifaz rosado en sus rostros! —decía el peliazul entusiasmado, mientras se paraba sobre el asiento buscando sacar las mejores fotografías desde cualquier ángulo posible. Pero el tren se movía a tal velocidad que era difícil tomar buenas capturas mientras los faisanes batían sus alas con elegancia.

Victor desvió la mirada un segundo de su libro, y luego volvió a zambullirse en su lectura con una sonrisa en el rostro.

—Gear es más bonito, esos me aburren —sentenció, mientras su amigo caía de bruces sobre el cómodo asiento.
—¡Vamos, amigo, no estamos cruzando la región entera para que te entretenga más un tonto libro! —gruñó Hop, arrancándole la guía de las manos.
—¡Hey, devuélveme eso!

Hop se echó atrás, apartando el libro del alcance de Victor mientras lo mantenía alejado con los pies. Fue justo en ese momento cuando una muchacha de chaqueta negra de cuero y con tachas pasó por el pasillo externo del tren, y los observó a través de la puerta de ingreso a la cabina. La expresión fría y despectiva de la chica se subrayó al observar a los adolescentes peleando tontamente por un libro, que tras arquear sutilmente una ceja y encogerse de hombros, siguió de largo. Un rubor les creció del cuello a la frente a los dos entrenadores, que rápidamente volvieron a sentarse apropiadamente con aires desinteresados, mirando por la ventanilla cómo los Unfezant se apartaban y perdían de vista.

—E-eso fue bochornoso —masculló Victor.
—Así nunca encontraremos una compañera de viajes —suspiró Hop, hundiéndose en el asiento.
—¿Compañera de viajes? —preguntó el castaño, intrigado. Hop lo observó de reojo.
—¡Claro que sí! ¿O acaso pretendes que viajemos los dos solos por toda la región?
—… sigo sin comprender a qué te refieres —frunció el ceño Victor—. ¿Acaso no somos mejores amigos desde que tenemos memoria?
—¡Ese es el problema! —apuntó Hop, poniéndose de pie—. ¡Ya tenemos catorce, no puedo creer que pretendas que viajemos solos todo este tiempo! Necesitamos conocer más gente, sino mis padres acabarán pensando que soy… Solitario.
—¿Solitario? —Victor esbozó una sonrisa cómplice, haciendo rodar sus pupilas—. ¿No será que estás pensando en tu hermano, y en cómo viajó junto a Sonia cuando tenían nuestra edad?

Hop enmudeció unos segundos, golpeando la mesa de madera que los separaba con la punta del dedo índice, mientras apoyaba su nariz en el vidrio de la ventana, entornando los ojos con los rayos de Sol que se filtraban entre las nubes y el cristal. Parecía buscar las palabras adecuadas para justificar su repentina idea.

—Lee viajó con muchas personas —susurró casi sin abrir la boca, inflando los cachetes como un niño chiquito—. Sí, Sonia fue su rival y compañera de aventuras durante mucho tiempo, al igual que Raihan, el líder de gimnasio de Ciudad Hammerlocke. ¡Por eso te digo que necesitamos una compañera de viaje! De lo contrario, nosotros dos nos terminaremos asesinando mutuamente.
Victor soltó una genuina risotada, dándose palmadas en las piernas.
—¿No estás siendo demasiado dramático, Hop? Creo que nos la podremos arreglar bien. No es por presumir, pero mamá me enseñó a preparar un excelente curry.
—No se trata solo del curry —dijo, tras pensarlo un segundo—. Sin un toque femenino auténtico, no pasaremos del segundo gimnasio. ¡Te lo garantizo! Vamos a perder la cabeza allá fuera.
—Entonces, ¿necesitamos a alguien que cumpla la función de brújula moral en el grupo? ¿A eso te refieres?
Hop chasqueó los dedos, imitando el ademán de tres dedos que hacía su hermano.
—¡Bingo! De eso estaba hablando. Necesitamos una brújula moral. Creo que, de haberla tenido, no habrías acabado en el Bosque Oniria a punto de ser comido por ese monstruo.
—¿Debo recordarte que los dos terminamos ahí, en grave peligro?
—¡Con más razón! —asintió Hop, volviendo a desplomarse en su asiento cruzado de brazos—. ¡Brújula moral!

La voz del conductor se hizo oír por los altoparlantes del tren.
“A todos los pasajeros les informamos que, debido a una fuerte nevada, el servicio a Ciudad Motostoke se verá interrumpido momentáneamente. El recorrido se reanudará con normalidad tras finalizar las tareas para remover la nieve de las vías. Pedimos disculpas por los inconvenientes ocasionados. Última parada: Estación ferroviaria del Área Silvestre” —recitó mecánicamente una voz grave y monótona.

Victor y Hop se miraron al mismo tiempo, con los rostros pálidos y una sonrisa incrédula en los labios.
—Tiene que ser una broma —balbuceó Hop, mirando por la ventana. Desde donde estaban, a punto de ingresar en la montaña que unía el puente que cruzaban, el cielo apenas mostraba algunas nubes, pero el clima era espléndido—. ¿Cómo pueden decir eso, si el paisaje se ve precioso acá? Motostoke no debería estar mucho más lejos.
—Eso dices por no hacerle caso a mi guía de supervivencia —dijo el castaño, dándose una palmada en la frente—. Aquí dice claramente que el Área Silvestre es conocida especialmente por su inmensa variación climática, es posible que aquí se vea un clima bonito y despejado desde la ventanilla, pero tal vez más allá de la montaña la temperatura descienda abruptamente.
Hop resopló, ofuscado.
—De todas formas, tenemos que llegar a Motostoke. No podemos quedarnos tan tranquilos en la estación esperando a que remuevan la nieve.
—No estoy seguro de que sea una gran idea, pero, ¿qué más podemos hacer? —suspiró Victor, resignado.

Nuevamente, vieron pasar a la chica de campera de cuero negra y tachas, atravesando raudamente el pasillo del tren en dirección el vagón principal, donde se encontraba la cabina del conductor. Se la veía tan molesta que asustaba, y los dos entrenadores se encogieron en sus asientos al verla por la ventanilla. Finalmente, Hop abrió la puerta corrediza de su cabina y asomó la cabeza por el pasillo. Se sorprendió al ver que muchos otros pasajeros hacían lo mismo, viendo cómo la chica se perdía de vista al pasar al siguiente vagón.

Tras cruzar en tren por el interior de la espectacular montaña, desde donde pudieron ver a varios Swoobat y Noibat revoloteando, así como Boldore y Rolycoly escarbando entre las piedras, llegaron a la estación ferroviaria del Área Silvestre, donde la gran mayoría de los pasajeros descendió del tren. Otros, con más tiempo a su disposición, simplemente decidieron quedarse en sus vagones, disfrutando de alguna comida o acomodándose para dormitar. Victor y Hop pudieron ver en el andén varias caras largas, pero también algunos oficinistas llamando a sus trabajos para avisar que no llegarían ese día a trabajar, mientras se aflojaban las corbatas con una sonrisa en el rostro. Victor se paró en puntas de pie, intentando distinguir entre la multitud que descendía de los vagones y abandonaba rápidamente el andén a la chica con campera de cuero, y creyó verla bajando al frente del tren, desde la misma cabina del conductor, acompañada por un hombre de uniforme azulado y gorra a juego, con un silbato colgando en su cuello. La cantidad de gente avanzando por el andén le dificultaba distinguir con claridad, pero aparentemente el hombre miraba un reloj que colgaba del bolsillo de su uniforme, mientras hablaba con gesto preocupado a la joven, que marcaba algo en su teléfono -¿o tal vez era otro SmartRotom?- y lo llevaba a su oído.

—Vamos, Victor, que nos van a pasar por encima —gruñó Hop mientras lo jalaba del brazo fuera del andén.

El edificio principal de la estación ferroviaria era bien distinto al de Wedgehurst. Sus instalaciones parecían ligeramente más descuidadas, y cada vez que las puertas corredizas se abrían para que los viajeros entren y salgan, un fuerte viento proveniente del exterior soplaba hojas que se desperdigaban por el suelo, entre los asientos del salón de espera. Un letrero sencillo con letras digitales marcaba los horarios de las próximas salidas y llegadas, advirtiendo, por supuesto, que el tramo del Área Silvestre a Ciudad Motostoke se encontraba interrumpido momentáneamente. Pero era un momento que Victor y Hop no podrían regalarle al señor Rose para poner en orden sus trenes, así que rápidamente caminaron hasta los baños para cambiarse. No parecía estar cayendo mucha nieve en ese mismo sector del Área Silvestre, pero tampoco querían arriesgarse. Victor se puso su beanie gris, tapando completamente su cabello castaño excepto por el mechón con jopo al frente, además de un hoodie abrigado con capucha color negro que su madre le compró en la boutique de Wedgehurst. Hop se puso una gorra de lana negra y amarilla que su abuela parecía haberle tejido especialmente, con la palabra “CAMPEON” bordada cuidadosamente en el doblez, así como un camperón largo de estilo inflado que le llegaba casi hasta las rodillas, dándole el aspecto de uno de esos muñecos que aparecen en los talleres mecánicos. Junto al conjunto, ambos se pusieron un par de guantes de lana de Wooloo blancos y negros respectivamente.

—Amigo, no creo que sea para tanto —suspiró Victor, viendo cómo Hop caminaba con dificultad hacia él, con los brazos aleteando a ambos lados de su cuerpo como si fuera un Eiscue.
—¡JA! —soltó exageradamente, tratando de flexionar sus brazos sobre la cintura para adoptar una pose heroica y valiente—. Mucha guía de supervivencia, pero poco atuendo pensado para sobrevivir al tormentoso clima del Área Silvestre, amigo mío. Este camperón es la última moda de supervivencia en las zonas más gélidas de Kalos.
—¿Moda de supervivencia? —se preguntó Victor, aquello no sonaba como algo que pudiera combinarse muy bien—. Como sea, yo solo digo que con ese aspecto va a ser difícil que alguien quiera acompañarnos en nuestro viaje. Y mucho menos una chica.
—No se trata de eso, Victor —negó Hop con la cabeza, dándole palmaditas en el hombro en un forzado gesto de condescendencia—. La persona que elija acompañarnos será la indicada.

El castaño hizo rodar sus pupilas, prefiriendo dar por zanjado el asunto. Antes de salir, apoyaron sus mochilas en los asientos junto a la entrada, empapados de hojas de los árboles que el viento conducía dentro, y revisaron que tuvieran suficiente equipaje para seguir adelante. Leon les había obsequiado una bolsa de acampe, previendo que pasarían más de una noche a la intemperie, y Sonia les había dado unas cuantas superpociones y un par de revivires por si se encontraban en aprietos lejos de un Centro Pokémon. Esos últimos, les aclaró, eran objetos muy valiosos, por lo que debían administrarlos con cuidado, al menos al principio de su aventura. Tras repasar las pokébolas disponibles, algo de comida para ellos y los objetos de curación de estados necesarios, concluyeron que lo único que podrían necesitar era algo para curar el estado de congelamiento, por lo que se dirigieron al Shop integrado a la estación, donde un anciano con cara de pocos amigos les vendió, a precio algo elevado, los antihielo que buscaban.
 
—¡Estos tipos son unos abusivos, debería escribir una queja para que Leon le presente al señor Rose! —refunfuñaba el peliazul mientras guardaba un par de pequeños aerosoles color celeste en un compartimento de su mochila.
—No es para tanto —concluyó Victor, calzándose el mochilón de cuero en la espalda.

Al salir, y tal como había previsto Victor, el clima fuera de la estación era frío, pero no helaba. Algunas partículas de nieve caían desde las nubes, mecidas suavemente por el viento, pero más allá del pasto ligeramente escarchado, no había signos de una peligrosa tormenta de nieve en algunos kilómetros a la redonda, por lo menos. Aun así, Hop decidió conservar su abrigo extremo, por si acaso. Tras doblar en una cerca tras un grupo de árboles, se encontraron finalmente con la famosa Área Silvestre; un terreno de colosal envergadura que descendía por una cuesta hacia un valle de praderas vastas y frondosos bosques, más allá de los cuales podía adivinarse, esperaban, la presencia imponente de Ciudad Motostoke. El sonido del viento, de los árboles sacudiéndose, del agua de los lagos sacudiéndose y de los cantos de decenas de especies distintas de pokémon salvajes llenó sus oídos. Sus ojos se fijaron especialmente en una serie de pilares de luz rojos que ascendían hasta perderse entre las nubes grises del cielo, como fuentes de energía incalculables que iluminaban los distintos sectores por las noches.

Solo los distrajo el hecho de que un par de entrenadores, chico y chica, que habían salido de la estación con actitud despreocupada pasaron a su lado y liberaron rápidamente a un par de espectaculares pokémon como nunca antes habían visto. La chica soltó a un majestuoso y robusto Arcanine de brillante pelaje anaranjado con rayas atigradas en negro, mientras que el chico liberó una especie de halcón con plumaje recubierto por acero de un color púrpura tan oscuro que parecía negro, con alas gruesas y opacas y diminutos ojos rojos perdidos en medio de huecos negros que le daban el aspecto de un caballero medieval alado. Era nada menos que un Corviknight, ave de vuelo por excelencia de la región de Galar, y Victor abrió los ojos como platos al tenerlo a pocos metros de distancia. Se sintió un poco mal consigo mismo por pensar durante un segundo lo frustrante que era, en comparación, tener en su equipo a un pokémon volador mucho menos imponente como lo era Gear. Sin siquiera fijarse en ellos, los entrenadores montaron a lomos de sus pokémon y desaparecieron rápidamente del camino, por tierra y por aire, sorteando sin mayores problemas cualquier adversidad que pudiera depararles el camino hasta la gran ciudad. Los chicos de Postwick no encontraron las palabras durante largos segundos, hasta que finalmente Hop soltó una falsa tos para romper con el momento incómodo, frotándose la nariz con el dedo índice y volviendo a su actitud despreocupada.

—Como sea, un verdadero entrenador siempre está listo para recorrer grandes distancias a pie. Nunca me gustó eso de usar a mis pokémon como medio de transporte.
Victor alzó una ceja.
—Tal vez porque “tus pokémon” sean una Wooloo de poco más de medio metro y un Grookey que lo único que tiene interés en cargar es la baqueta que usa para combatir.
—Buen punto. ¡Avancemos! —cortó, extendiendo rígidamente su brazo hacia el norte, con el dedo apuntando al horizonte. El viento sacudía su camperón inflado y la gorra tejida por su abuela se había salpicado rápidamente con un poco de escarcha.

Junto a varios viajeros y entrenadores que salían a recorrer el Área Silvestre, Victor y Hop partieron con sonrisas en los rostros, listos para aventurarse en los famosos terrenos desconocidos para ellos. Rápidamente se cruzaron en el camino a toda clase de especies correteando libremente entre los arbustos, sin dedicarles a ellos mayor importancia. Entre ellas, vieron a un grupo de Vanillite danzando alegremente y creando pequeñas nevadas a su alrededor, así como unos Delibird que volaban torpemente cargando en sus picos y espaldas lo que parecía ser una bolsa de mensajería, aunque Victor sabía que era su propia cola, puesto que su madre le contaba sobre ellos en las navidades. También vieron pokémon ajenos al clima fresco de aquella zona, tales como Bunnelby, que no tenían punto de comparación con la Scorbunny de Victor, ante sus ojos, y un Tyrogue que entrenaba contra el tronco de un árbol, dándole espectaculares puñetazos y patadas mientras su cuerpo resistía el frío. Hop se acercó de inmediato con la pokébola de Grookey en mano, dispuesto a capturarlo, pero otro entrenador se le había adelantado y logró meterlo en una Veloz Ball sin que apenas pudiera oponer resistencia. El peliazul se agarró la cabeza viendo cómo había entrenadores mucho mejor equipados para la aventura, con esas geniales pokébolas capaces de capturar sin dificultad a la mayoría de los pokémon salvajes de bajo nivel.
 
Caminaron un rato más, adentrándose en un campo de orquídeas y a través de finos árboles que se elevaban a varios metros del suelo, y desde los que eran observados con curiosidad por unos Hoothoot de enormes ojos rojos, mientras que unos Cherubi colgaban de las ramas dormitando pacíficamente. Los chicos tomaban fotografías con sus SmartRotom de cada especie nueva que encontraban, registrando sus datos en la Pokédex integrada, que les brindaba toda la información que necesitaban acerca de sus tipos, movimientos, habilidades y características particulares. Sin embargo, tal vez por el clima, tal vez por su falta de experiencia, les resultaba más difícil de lo que imaginaban el capturar a los pokémon del Área Silvestre, como si estuviesen mucho más habituados a enfrentarse con entrenadores que aquellos de niveles más bajos en las primeras rutas de Postwick y Wedgehurst. Aun así, consiguieron hacerse Victor con un Vanillite y Hoothoot que cayeron gracias a los ataques de fuego de Haneki y envites aéreos de Gear; y Hop con una Oddish que tomó por sorpresa mientras dormitaba entre los pastizales y un aguerrido Skwovet contra el que Cheepo y Lulú tuvieron que luchar de forma coordinada para quedarse con las bayas que intentaba acaparar para él.

—Sí, básicamente le diste una paliza a la pobre ardilla para quedarte con su comida —suspiró Victor mientras Hop, orgulloso, hacía girar la pokébola del Skwovet en su dedo índice, masticando con lágrimas en los ojos una picante Baya Tamate para resistir mejor el frío.
—Son reglas básicas de supervivencia —dijo en tono burlón, tragando por fin la baya que pasó como una bola de fuego por su garganta—. Además, esos Skwovet son acaparadores de bayas por excelencia, buscan tener más de las que puedan comer en toda su vida.
—¡¡UOOOOH!!
 
Un rugido descomunal hizo temblar el suelo a sus pies, cayéndose Hop de bruces al suelo por el susto repentino. La parvada de Hoothoot salió volando despavorida haciendo sacudir la copa del árbol bajo el cual se encontraban, cayendo algo de escarcha y nieve sobre sus cabezas, mientras que el resto de los pokémon salvajes alrededor salía corriendo o cavaba agujeros en la tierra para ponerse a resguardo. Victor volteó instintivamente, escudriñando los alrededores con la mirada: no había rastro alguno de entrenadores por allí. Estaban solos en aquella zona del Área Silvestre, quién sabe a cuántos metros ya de la estación de tren, y a los pies de una de las tantas montañas que rodeaban y delimitaban el territorio. Hop se agarró del brazo de Victor, que lo ayudó a levantarse, y tras sacudirse la escarcha y pasto de la ropa se refugiaron detrás de uno de los árboles más gruesos, en dirección opuesta a la que provenía el rugido.

—¿Recordaste curar a tus pokémon tras atrapar a ese Skwovet? —le preguntó Victor en voz baja a Hop.
—Sí.
—¿Incluyendo al Skwovet?
—…
—¡Hop, maldición!
—¡Está bien, ahora lo hago!
 
El peliazul liberó al Skwovet, que primero le dedicó una mirada de desconfianza, pero acabó sonriéndole amistosamente cuando olfateó las bayas que se había guardado en la mochila. Tenía un chichón en la cabeza producto de uno de los ataques de Grookey, pero éste se desvaneció rápidamente cuando Hop lo roció con una de las pociones que llevaba encima. Ya repuesto, trepó por las piernas de Hop hasta colgarse de su mochila, y hurgó dentro hasta sacar la cabeza con dos bayas metidas en la boca, con sus cachetes redondos e hinchados de felicidad. Los dos chicos suspiraron, encogiéndose de hombros, cuando un fuerte estruendo sacudió nuevamente el piso bajo ellos. Pero el sacudón no vino acompañado solo de un grave rugido, sino también de la voz de una chica que soltó un grito de dolor. Fue entonces cuando Victor y Hop intercambiaron miradas, tragando saliva con preocupación, y salieron corriendo en dirección a la zona de conflicto.

No muy lejos de allí, se encontraron con un terreno despejado y árido, donde la montaña se alzaba como un gigantesco forúnculo de piedras sobre la corteza terrestre. A sus pies, una serpiente hecha de rocas se retorcía reptando y golpeando su robusto cuerpo contra la montaña, causando fuertes temblores que hacían trastabillar a los entrenadores, quienes nunca en sus vidas habían visto a un pokémon así de grande, exceptuando tal vez algunos de los combates de la Liga, donde los mejores entrenadores podían hacer que sus pokémon multipliquen sus tamaños temporalmente para ejecutar ataques especiales. Pero Victor no miraba casi televisión, así que el hecho de encontrarse a pocos metros de una bestia de más casi diez metros de largo le resultaba casi de ficción.

—N-no puede ser, es un Onix —tartamudeó Hop, con sus ojos color miel abiertos de par en par, resistiéndose a pestañear.

Victor tuvo que sacar su SmartRotom y apuntar con él a la bestia de piedra que se retorcía y rugía, arrastrándose pesadamente contra la montaña. La Pokédex escaneó al pokémon a distancia, y una voz robótica recitó:

—“Onix, el Pokémon Serpiente Roca. A medida que cava a través del suelo absorbe toda clase de objetos duros, provocando que su cuerpo se vuelva sólido. Crea túneles en la tierra, donde puede alcanzar velocidades de hasta 80 kilómetros por hora retorciéndose para avanzar”

 
—Este… Amigo… —musitó Hop, espiando la Pokédex de Victor, mientras su Skwovet comía despreocupadamente las bayas que sacaba de su mochila—. ¡¿Cómo se supone que voy a enviar a esta cosa a pelear contra un Onix?!
Victor suspiró, encogiéndose de hombros.
—Es verdad, un Skwovet no tendría nada que hacer contra él.
—¡Mierda! ¡Ahora gasté una valiosa poción en un pokémon que de todas formas no va a hacerle un solo rasguño a esa mole!
—¡Sssh, no hables tan fuerte, que nos puede escuchar!
—¡Ah, ahí están, quédense quietos allá!

Una voz femenina salió de Onix, que torció su cabeza de piedra y fijó sus diminutos ojos negros en ellos dos. Los entrenadores palidecieron al instante, con sendas gotas de sudor frío cayendo en sus nucas. Instintivamente, ya habían inflado sus pokébolas, liberando junto a ellos al recientemente capturado Vanillite de Victor, y al Grookey y Oddish de Hop, todos pokémon que, pese a encontrarse posiblemente en un nivel inferior al Onix, podían llegar a sacarle ventaja por sus tipos. Por desgracia para Victor, sus mejores pokémon actualmente eran sumamente débiles a Onix, y no tenía sentido enviar a Haneki y Gear contra él. Sin embargo, cuando la serpiente de roca había comenzado a arrastrarse hacia ellos, un certero disparo de agua bañó su espalda y lo tumbó de bruces en el suelo, quedando su enorme cabeza a pocos centímetros de los dos, y provocando un estruendo tan fuerte que el suelo se agrietó bajo el peso muerto del pokémon pétreo. Abrazada con brazos y piernas al protuberante cuerno que sobresalía en su cabeza, los chicos se sorprendieron al ver a una chica que suspiraba aliviada al comprobar que la serpiente había caído finalmente. Una pequeña criatura de aspecto anfibio trepó desde su espalda hasta su cabeza, asomándose tímidamente para observar a los entrenadores de Postwick con sus enormes ojos azules. Su color era de un celeste acuoso y una aleta amarilla brotaba enclenque sobre su cabeza redonda, mientras sus diminutas patas de dos dedos se abrazaban al pompón blanco en la boina de su entrenadora, y su larga y gruesa cola se enroscaba sobre si misma sobre su lomo. A Hop le llamó la atención el pokémon de agua, mientras que Victor reconoció al instante a la chica.

—¡Es un Sobble! —apuntó Hop a la lagartija.
—¡Es la chica del Bosque Oniria! —exclamó Victor, señalándola.

La chica bajó con un ágil salto de la cabeza del agotado pokémon, corriendo delante de ellos y dándoles la espalda sin miramientos.

—¡Apártense, éste es mío! —gruñó con una confiada sonrisa en los labios, mientras inflaba una pokébola común en su mano derecha y la arrojaba con una enérgica sacudida de muñeca, envolviendo al Onix con su luz azul y encerrándolo dentro.

La esfera se encogió y sacudió en el suelo un par de veces, mientras Victor y Hop observaban atónitos a la entrenadora intentando hacerse con semejante bestia. Tras un par de tambaleos, la pokébola estalló en su lugar, liberándose el Onix, todavía dispuesto a dar batalla, y dedicándole un grave rugido a la chica, exhalando aire caliente desde sus fauces oscuras y despeinándolos con la corriente ventosa que desató.

—¡Tsk, parece estar a mucho nivel! —masculló la entrenadora, sujetando al tímido pokémon que se agazapaba tras su boina y arrojándolo con sus propias manos para enfrentar al Onix—. ¡Seven, no seas menos que ese cabeza hueca!
—¡Sooo! —el diminuto camaleón escondió su enorme cabeza bajo sus pequeñas patitas, echando a llorar mientras chorros de agua brotaban como lágrimas por sus ojos. Victor creyó notar cómo el Onix echaba su enorme cabeza hacia atrás al notar el agua que manaba sin control de los ojos del pokémon.
—Parece que tu pokémon no quiere seguir combatiendo —observó Hop poniéndose al lado de la chica, mientras Cheepo se posaba frente a él con ganas de combatir. La Oddish miraba con terror al Onix, ocultándose entre sus piernas.
—¡No estorbes, enano! —le rugió la chica con una mirada asesina, mientras buscaba otra pokébola para arrojar en su mochila caída de cuero beige—. ¡Seven, no dejes que escape, atrápalo con atadura y rocíalo con tu pistola de agua!
—¡¿Enano?!

De la chica manaba una energía que erizaba la piel. Victor lo recordaba: ella no tembló ni por un segundo, aun cuando se encontraban en peligro frente a los pokémon misteriosos que los acorralaron en el Bosque Oniria. Hop pataleaba impotente, imitando en mímica por su Grookey, mientras que el temeroso pokémon de la entrenadora comenzaba a correr impulsado casi por una fuerza misteriosa ajena a su propia voluntad, acercándose a toda velocidad al Onix y pegando un brinco sobre una de sus rocas, que la mole pétrea no pudo eludir debido a su robusto tamaño y torpe velocidad sobre tierra firme. Extendió su cola, estirándola sorprendentemente hasta poder envolver con ella toda la circunferencia de una de las rocas que componían el cuerpo serpentiforme del pokémon salvaje, apretando sus patas detrás de la cabeza del gigante y acarreándolo como un cowboy arreando un Tauros con su látigo. Onix se retorcía con todas sus fuerzas sacudiendo en el aire al pobre Sobble, que lloraba desconsolado sobre su cuerpo girando alrededor de él y bañándolo casi completamente. El rocío de sus lágrimas le hacía daño progresivamente al pokémon de roca y tierra, que jadeaba exhausto intentando sacarse de encima a la plaga acuática que lo apresaba.

—¡Eso es, solo un poco más, Seven! —la mirada de la chica ardía de pasión, y se mordía el labio inferior con ansiedad esperando el momento justo para volver a arrojar la pokébola contra Onix.

Invadido por la curiosidad, Victor apuntó con su SmartRotom al Sobble, intentando que lo identifique en plena batalla. Afortunadamente, la tecnología de punta de la que se dotaba la Pokédex habitada por Rotom estuvo a la altura de las circunstancias:

—“Sobble, el Pokémon Acuartija. Cuando está asustado, libera lágrimas con un factor lacrimógeno equivalente a 100 cebollas para hacer llorar también al rival. Al mojarse, su piel cambia de color y lo vuelve invisible como método de camuflaje”


—Son pokémon muy tímidos y escurridizos, difíciles de ver en estado salvaje —informó Hop con una sonrisa en los labios, con el suficiente disimulo para que la grosera chica no lo note. No iba a elogiar nada relacionado con la persona que lo había llamado “enano” hace unos instantes. Entonces, se le encendió una lamparita sobre la cabeza—. ¡Espera! ¡Ese es el tercer pokémon inicial de la región!
—¡¿Qué?! —Victor abrió los ojos como platos, torciendo la cabeza hacia la entrenadora, que volvía a arrojar con destreza la pokébola para atrapar al Onix salvaje, ignorando su pequeña conversación.

En efecto, Sobble se trataba de uno de los tres pokémon iniciales que solían entregarse a aquellos entrenadores que cumplieran con los requisitos de la profesora Magnolia durante los exámenes en su laboratorio. En su juventud, ella misma se encargaba de encontrar a Grookey, Scorbunny y Sobble en estado salvaje y capturarlos para que jóvenes entrenadores puedan emprender su camino junto a ellos, pero actualmente, y por su edad avanzada, era su nieta, Sonia, quien se encargaba de buscarlos por toda la región. Se trataban de pokémon con estadísticas equilibradas y un saludable proceso evolutivo, que podían alcanzar etapas muy fuertes y generar un vínculo especial con sus entrenadores, estrechando lazos de empatía superiores al común de los pokémon. Sin embargo, Victor también sabía que algunos entrenadores famosos en la región habían comenzado sus viajes recibiendo toda clase de pokémon especiales, como Leon y su Charmander, ahora convertido en un atemorizante Charizard. Pero, ¿cómo era que esa chica, que no habían visto en sus vidas, se había hecho con un Sobble? ¿Sería acaso el hermano de Hop quién le obsequió ese pokémon inicial? Por eso debía haber llegado con una pokébola de menos el día que conocieron a Haneki y Cheepo. ¿Y cómo rayos había llegado esa chica desde el Bosque Oniria la madrugada anterior a un combate salvaje contra ese descomunal Onix? Victor no daba pie con bola, mientras la entrenadora pegaba un saltito de felicidad aplaudiendo alegremente y corriendo hacia la pokébola que había apagado la luz en su botón central, concretando favorablemente la captura.

—¡Sabía que ibas a poder, eres el mejor, Seven! —felicitó con inesperado cariño a su pokémon de agua, levantándolo con un brazo y dándole un cariñoso abrazo mientras con su otra mano recogía la pokébola en el suelo. Con lágrimas de emoción en sus ojos, el camaleón le devolvió el abrazo a su entrenadora, dilatándole las pupilas por efecto de sus propias lágrimas y haciéndola llorar sin control mientras saltaba de felicidad. Hop miraba con disgusto aquella actitud exagerada y ciclotímica de la entrenadora, no podía creer que estuviese observando a la misma que le había dicho “enano” antes.

Tras guardar a sus pokémon, los dos entrenadores oriundos de Postwick se acercaron tímidamente por el camino de tierra hasta la entrenadora, que volteó a verlos con cómicas lágrimas en sus ojos irritados y sus brazos aun estrujando cariñosamente al Sobble, que ya se había hartado del afectuoso abrazo y sollozaba con la cabeza caída y las patas colgando inertes a los costados.

—Perdón por cómo les grité antes —dijo incorporándose, y haciendo una exagerada reverencia hasta que su boina verde casi se le cae de la cabeza—. No eres tan enano, solo que hacía rato lo único que veía era a este Onix tan enorme, y en comparación, bueno…
La chica balbuceaba torpemente, sin hallar las palabras adecuadas para excusarse. Hop soltó un resoplido, resignado, y decidió dar por finiquitado el asunto haciendo un ademán con las manos. Victor se puso delante de ella, con los ojos entornados, escudriñándola con la mirada furtivamente. Ella retrocedió unos pasos, arqueando una ceja.
—¿Q-qué te pasa?
—¿No me reconoces? —dijo el castaño, imitando lo mejor que pudo la expresión de terror que tenía cuando se la encontró en el bosque la noche anterior—. ¡Nos vimos en el Bosque Oniria!

Hop los miró extrañado, con una mano acariciando su barbilla y gesto desconfiado. ¿Era ella entonces la chica que su amigo le había mencionado reiteradas veces mientras eran acechados por aquél pokémon en el bosque? La chica de cabello castaño hizo una mueca, encogiéndose de hombros.

—No sé a qué te refieres, seguro me confundiste con alguien más.
—¡Claro que no! ¡Estoy seguro de que eres tú! —Victor estaba desesperado. No podía haberse vuelto tan loco allí perdido como para incluso alucinar con alguien que ahora tenía de pie frente a él—. ¡Tienes la misma boina con el pompón, y ese pulóver gris de lana gruesa, y ese vestido corto y fucsia!
Victor enumeraba cada una de las prendas de la chica, cuyo tono de piel pasó del blanco más claro al rojo más intenso. Su Sobble hizo una mueca de disgusto contra Victor, y le escupió un chorro de agua directo a la cara, echándolo hacia atrás.
—¡So-bel!
—¡¿Y qué hay con mi atuendo?! ¡Muchas chicas a la moda visten así! —le chilló la entrenadora, cubriéndose con los brazos, apenada, mientras Sobble trepaba por su espalda hasta posarse en su hombro.
—Bueno, eso de “a la moda” es ciertamente cuestionable —murmuró en voz baja Hop, desviando la mirada.
—¡¿Y tú de qué rayos hablas?! ¡Si pareces disfrazado de Drapion inflable con esa ropa!
—¡No me refería a eso! —cortó Victor, uniendo sus palmas en señal conciliadora y de disculpas—. Quiero decir… Que estoy seguro de que ya nos conocimos antes. Y no fue hace mucho tiempo, fue esta misma madrugada, hace tan solo unas horas. Primero creía estar soñando, o teniendo alucinaciones de algún tipo, pero no solo te vi de pie frente a mi en el Bosque Oniria, al sur del Pueblo Postwick, sino que sentí tu espalda chocar contra la mía mientras nos acorralaban esos pokémon salvajes. Y oí tu voz claramente. La misma voz que sale ahora de tu boca. ¡No puedo creer que no recuerdes nada de eso!

La chica lo miraba con una mezcla de desagrado y un poco de lástima, frunciendo el entrecejo e inflando un cachete en mueca de reproche. Pero lo que decía Victor, por extraño que le resultase, sonaba absolutamente sincero de su parte. Parecía desesperado por hacerla recordar lo vivido apenas unas horas atrás, pero ella estaba segura de haber estado cazando pokémon nocturnos esa noche, en medio del Área Silvestre. ¿Tal vez el Bosque Oniria formase parte del Área Silvestre? No, él había dicho “Postwick”, y ese pequeño pueblito rural se hallaba muy al sur de la región, demasiado lejos de ahí.

—Todo esto suena a película de ciencia ficción, a decir verdad —empezó Hop, intentando calmar los ánimos, aún sin entender del todo lo que ocurría—, pero será mejor que lo dejemos así como está. De todas formas, acá estamos los tres, sanos y salvos. Sobrevivimos al Bosque Oniria, al Onix, al clima. ¿Por qué no mejor mirar hacia adelante?
La chica soltó un largo suspiro, encorvándose en el lugar.
—De acuerdo —aceptó—, solo quiero dejarte en claro que no soy una especie de pokémon o ser del espacio que puede teletransportarse a sus anchas. Si fuera así, no estaría aquí perdiendo el tiempo.

Victor no podía escapar a sus propios pensamientos, pero tuvo que aceptar que la discusión no tenía más rumbo ni sentido, así que se tragó las palabras.

—Como sea —concluyó, aclarándose la garganta—. Aun así, no sabemos tu nombre. Yo soy Victor, Victor Evans, mucho gusto.
—Y yo soy Hop —saludó el peliazul, como quien no quiere la cosa. Victor percibió que se rehusaba a revelar su apellido ante la chica, quizás temiendo que se trate de otra fanática de su hermano mayor y que lo atosigue solo por tener su misma sangre corriendo por las venas. Menos aún luego de que lo llamara “enano” con tanto desprecio en medio del combate contra Onix.
Finalmente, la chica les devolvió una espléndida sonrisa, secándose las lágrimas de los ojos y devolviendo a su agotado Sobble a la pokébola, prendiéndola cuidadosamente a una de las correas de su mochila.
—Mi nombre es Gloria Scott —se presentó, posando una mano en su pecho delicadamente—. Vengo de Ciudad Hulbury, en la costa este de la región.
—¡Genial! ¡En Hulbury está el Gimnasio Pokémon de Nessa! —exclamó Hop con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Y qué hacías por aquí? —se preguntó Victor—. Aparte de cazar Onix salvajes casualmente.
Gloria soltó una dulce risita. Era una persona totalmente diferente cuando no estaba cabalgando Onix intentando capturarlos.
—Entrenaba a mis pokémon, además de capturar algunos raros para registrarlos mejor en la Pokédex.

A propósito de eso, la chica recordó algo, y hurgó en su mochila su propio SmartRotom, que encendió y utilizó para escanear con un rayo de luz rojo la pokébola de Onix en su otra mano. El aparato indexó la información de la pokébola y tras ella oprimir un par de comandos en la pantalla, hizo desaparecer como por arte de magia la esfera carmesí que reposaba en la palma de su mano. Victor y Hop no daban crédito a lo que sus ojos veían.

—¡S-se teletransportó! ¡Al final sí que eras un ser del espacio! —rugió Hop, aterrado, apuntándole con el dedo índice con tanta fuerza que, si hacía un poco más, éste salía disparado cual torpedo hacia su frente. Gloria le propinó un fuerte coscorrón en la cabeza.
—¡Claro que no, tonto! —gruñó, enseñando los colmillos—. ¿Es que no saben nada? Simplemente envié a Onix al laboratorio pokémon, allí podrá descansar mejor. Además, no pensaba llevarlo en mi equipo de todas formas, es un pokémon muy grande y agresivo como para manejarlo fácilmente, todavía me falta experiencia.
—No sabía que el SmartRotom pudiera hacer eso… —murmuró Hop, observando su propia Pokédex.
—Gloria, ¿eso significa que estás participando oficialmente en la Liga Pokémon? —le preguntó Victor, recordando la impresión que le había generado descubrir que tenía uno de los pokémon iniciales de Galar.
La chica asintió, con una sonrisa y un adorable guiño de ojo.
—¡Así es! Seven y yo comenzamos nuestro viaje hace unos días, y entrenamos cerca de la montaña para aprovechar su ventaja como pokémon de tipo agua, contra los de tipo roca y tierra que habitan por acá.
—Es una buena manera de planearlo —tuvo que reconocer Hop, sin ocultar la envidia que le producía el pensamiento lógico de la chica.
—Veo que quieres mucho a tu pokémon —le sonrió Victor—. Sobble parece ser muy tímido e inseguro, así que tu manera de entrenarlo, un poco ruda pero aún consciente de su ventaja de tipos por sobre pokémon que en otras condiciones serían mucho más fuertes, es una excelente forma de reforzar su confianza.
—Y un poco bestia, también —puntualizó Hop, para luego recibir su merecido coscorrón por parte de Gloria.

Por consejo de la entrenadora, los chicos intercambiaron sus números de ID para registrarse mutuamente en sus SmartRotom, así podrían estar en contacto por cualquier eventualidad. Asimismo, acordaron enviar a los pokémon que habían capturado al laboratorio de Wedgehurst, seguramente estarían bien al cuidado de Sonia.

El cielo, poblado de nubes grises, dio paso a gotas de lluvia y algunos truenos que retumbaron con eco a lo largo del Área Silvestre -o al menos, de aquella zona en la que se encontraban—. Victor se percató de la hora, y no les quedaba mucho tiempo libre para deambular sin rumbo a la intemperie antes de llegar a Ciudad Motostoke, así que apretaron el paso en dirección al norte, guiados por un camino de tierra alejado de la hierba alta para no llevarse grandes sorpresas cuando un pokémon salvaje se cruce en su camino. Mientras caminaban, Victor y Hop intercambiaban miradas cómplices y nerviosas a la vez, recordando ambos lo que había ideado el peliazul cuando viajaban en tren por la mañana. Gloria caminaba delante de ellos dos, con el paso firme y la mirada enérgica, observando atentamente a su alrededor en busca de nuevos pokémon para capturar. Sin mediar palabra, supieron en ese momento que habían encontrado su brújula moral.

Continuará…

TRAINER’s PROFILE

Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.10) “Haneki”
- Rookidee (Lv.9) “Gear”

Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.10) “Cheepo”
- Wooloo (Lv.8) “Lulú”

Gloria Scott
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Sobble (Lv.11) “Seven”
Sueña mientras giren las agujas del reloj

"Este fic es un recopilatorio de cosas que me dan asco, me agobian y odio"
                                                                                                    —PKMNfanSakura
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#14
Holiiiiiiiiiii, he vuelto para comentars tu nuevo capítulo. Bueno, con el título me dejaba claro que veríamos a esa niña del bosque, aunque siempre es posible sorprender con otra cosa. Gloria parece ser una chica que se enfada rápido pero al mismo tiempo es amable, me recuerda ligeramente a la Misty del anime, pero sus ganas de capturar todo lo que se mueve me recuerda a Chrystal de PokeSpe. Debo decir que el hecho de que Hop quiera una mujer para que los acompañe, sólo para que sea de brújula moral, me pareció ligeramente machista de su parte, aunque se entiende que es un niño y le hace falta madurez, imagino que cuando Gloria sepa aquella ocasionará algún conflicto interesante, de esos quiebres que siempre son necesarios.

Por otro lado, me intriga mucho que Gloria haya aparecido en el bosque Oniria y ahora esté tan lejos, algo interesante hay ahí. Esperaré el siguiente capítulo. Ciao.
[Imagen: giphy.gif]
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#15
Hmm... lo ocurrido en el bosque lleva más cuestiones de lo que imaginaba: ¿acaso esa Gloria era una ilusión? ¿Una premonición del futuro? Diferentes escenarios.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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