Original - Rutina de Soledad

Extensión
Extension larga
AdvertenciaOG
#1
Doña Teodora Peñailillo vivía una vida solitaria en su casa de campo. No tenía contacto con absolutamente ninguna persona en todo el día y no salía de su casa bajo ninguna circunstancia. Parece algo difícil de creer, pero se las arregló bastante bien para poder seguir así su vida desde hace ya tiempo. Hizo trato con uno de sus vecinos (estos vecinos de campo que se encuentran casi a media hora caminando los unos de los otros) para que hiciera las compras por ella. Él vivía tan solo como ella, pero se dignaba a tratar con las visitas ocasionales de algunos amigos y partía todas las semanas a la ciudad para hacer las compras. En la puerta del fundo éste le dejaba las bolsas de las compras y ahí mismo dejaba ella la lista que le servía a Don Patricio para hacer las compras para la semana siguiente y que éste recogía unas horas más tarde. Nunca se cruzaban y, aunque en un comienzo sucedía de vez en cuando, la negativa de Teodora a dirigirle palabra alguna a quien fuese, hizo que Patricio fuera más estricto con sus horarios para no molestarla. Fueron muy amigos hace años, pero desde que Teodora le comunicó sus intenciones de alejarse del mundo, él sólo se remite a cumplir con lo prometido.


—Y si te llegas a morir, me dejas a otro con el encargo hasta que ya nadie recoja las bolsas ni haya una nueva lista. Cuando eso ocurra, sabrás que me habré muerto — tales fueron las últimas palabras que le dirigió a Patricio y las últimas que nadie más oyó salir de su boca.


Tan drástica decisión la tomó hace ya unos doce años, cuando Edelmiro Gutiérrez, su esposo por más de cuarenta años fallecido en un inexplicable accidente en el pozo del fundo, donde de un momento a otro, por falta de equilibrio quizás, se fue a caer un 17 de septiembre, arruinando así los ánimos de fiestas patrias de toda la familia Gutiérrez Peñailillo. Sus tres hijos, Florencio, Rodomiro y Matilde, se encargaron de todos los papeleos para aquel funeral tan triste que oscureció el cielo primaveral de septiembre, donde Teodora no pudo hacer más que observar casi sin pena en el rostro, pero llorando un torrente de lágrimas que le corría sin cesar por las mejillas, sin omitir un solo grito, ni una sola palabra. Don Edelmiro Gutiérrez no murió por la caída misma, sino que por la angostura del pozo que, al caer de cabeza, le impidió sacarla del agua y lo ahogó sin que nadie pudiese hacer nada. Asimismo se le fue ahogando el corazón de pena a Teodora. Sus hijos siempre tuvieron más cercanía con su padre, no porque ella no los quisiera, sino porque siempre tuvo problemas para mostrar su afecto, pues decía que se le agotaba el corazón con facilidad si lo usaba mucho. En cambio, Don Edelmiro era totalmente lo opuesto, un hombre querendón y afable al que nunca le faltaron abrazos para regalar y que, con ese mismo candor, logró conquistar a la seria, pero en el fondo dulce, Teodora. Se dejó querer por él con tanta entrega que ni ella misma se reconocía a su lado. Tanto lo amó en vida que no le alcanzaba el amor para seguir repartiendo y ya con su muerte, lo amó tanto más que el corazón se le fue cansando y así lo sentenció ante sus hijos una vez terminado el funeral.


—Ya no puedo amar más —.


Desde aquel fatídico día, sus tres hijos insistieron en acompañar a su madre por un tiempo más, pero la indiferencia de ella, que se paseaba por la casa como si nadie más estuviera en esta, terminó por agotarlos y alejarlos de a poco. Florencio, el mayor, fue el primero en irse. Tenía su vida hecha en la ciudad junto a su esposa, que su madre nunca aprobó del todo y con la que nunca simpatizó. Ante la insistencia de su mujer terminó cediendo y partiendo de aquel fundo un fin de semana de diciembre, entre navidad y año nuevo, sin nada más que el abrazo de sus hermanos y un gran dolor por la madre que nunca más volvió a ver. Luego partió Rodomiro, por una oferta de trabajo en una fábrica de la ciudad, donde decidió ir a probar suerte, no sin antes consultarlo con su hermana que le dio la tranquilidad de que ella cuidaría de su madre mientras fuese necesario. Entonces partió un día jueves de enero llevándose el único caballo que había y que ya nadie utilizaba más que él, sin saber qué haría con él ya en la ciudad. Finalmente Matilde, la más pequeña, logró vivir con ella unos meses más, pero ya en abril sentía que el silencio de su madre le estaba haciendo grietas en el corazón y la salud se le fue empeorando de a poco. Tuvo que partir para hacerse exámenes médicos a la ciudad, de la que nunca volvió, debido a que la salud se le complicó y debieron internarla. En menos de un año, se fue de éste mundo. Ninguno de los otros hijos tuvo el valor de ir a comunicarle la noticia a Teodora, por lo que, sabiendo lo amigos que eran con Don Patricio, le encargaron mandar a decirle y le enviaron un poco de dinero con él, con la promesa de seguir enviando para que pudiese subsistir. El mismo día en que Don Patricio le comunicara la noticia, casi sin ningún gesto en el rostro ella le dice que ya no quiere tener contacto con nadie, pero para seguir subsistiendo, le acepta el dinero con la promesa de que él hiciese las compras por ella. Ese mismo día fue el último en que alguien la oyó decir palabra alguna.


Todos los días y sin perturbaciones, se levantaba a las cinco de la mañana y sacaba agua del pozo para todo lo que tuviera que hacer en el día. Se bañaba a baldazos y se alistaba para hacer pan. Preparaba el horno de barro que se encontraba en el patio, mezclaba los ingredientes, amasaba la mezcla, la separaba en tres bollitos y los ordenaba delicadamente en la plancha que luego metía en el horno. Sacaba la tetera medio oxidada que había usado por años y ponía a calentar el agua. Se tomaba un tecito mientras veía el mundo amanecer tras las montañas y escuchaba el sonido del viento delicado de la mañana al pasar por entre las hojas de los eucaliptos, arrastrando su aroma hasta la cocina. Sacaba los panes del horno y los guardaba en una bolsa de tela que colgaba en la cocina y sacaba solamente uno para comerlo ahí mismo. Lo partía con las manos y le untaba tan solo un poquito de mantequilla que se derretía casi al contacto con el pan caliente. Disfrutaba mucho ese momento y mordía el pan con tanto gusto que si alguien más la hubiese visto, le hubieran entrado sin dudas las ganas de probarlo. Se demoraba todo lo que podía en saborear el pan y ya habiendo finalizado, se levantaba apenas con su cuerpo decrépito para sentarse en el escaño ubicado fuera de la puerta de la cocina, que daba al patio interno de la vivienda. Ahí pasaba las mañanas mirando el paisaje, pensando qué podría hacer de nuevo para el almuerzo. Antes de decidirse a cocinar, se ponía a limpiar lo poco que ensuciaba durante el día y el polvo que entraba en la casa, que tanto le molestaba. Cocinaba a eso de las once lo que tuviera en mente con lo que tuviera a mano. Todas las semanas cambiaba sustancialmente la lista de compras, para así poder variar en la cocina también. Lo único que mantenía siempre intacto eran la harina, los huevos, la mantequilla y la leche, cosas que a ella nunca le podían faltar. Luego de almorzar, siempre con un pan, por supuesto, agarraba la lana que también le traía Don Patricio de la ciudad y se ponía a tejer lo que fuese. Calcetines, chalecos, gorros, guantes, bufandas, mantas... lo que fuera que se le viniera en gana. La mayoría de las cosas ni siquiera las utilizaba, pero le divertía el hacerlas. Tantos años de tejidos la hicieron llenar una de las habitaciones vacías de sus hijos, donde los tejidos casi desbordaban por las ventanas y ya la mitad de otro en el que ya no se distinguía el piso. Tejidos inservibles pero hechos con mucho amor. Ya en la tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse, se ponía a regar las plantas del inmenso patio del terreno, las únicas para las que le alcanzaba el amor que no le entregaba a nadie más, porque no requerían de mucho. Las regaba con el agua sucia que salía de la única cañería que pasaba por su terreno, sabiendo que a las flores no les importaría ese detalle. Les contaba historias de su vida, más que nada las que vivió con Edelmiro. Historias de su primer y único amor, como se vivían los amores de antes. Cómo se conocieron en el campo, cuando él la siguió hasta la casa para preguntarle su nombre e invitarla a dar un paseo que terminó en los matorrales al lado del río. Historias que la hacían reír y llorar en tanta soledad y que, según ella misma pensaba, mantenían a las flores entretenidas. Luego de esto, se preparaba la cena que acompañaba, naturalmente, con último pan que le quedaba y luego se metía la cama para repetir la misma rutina al día siguiente. Los únicos cambios que hacía a esta eran los jueves, que entre el almuerzo y el tejido lavaba la ropa a mano, y los lunes, que antes de cenar se dirigía a la puerta del fundo, a unos diez minutos caminando desde la casa, para recoger las bolsas de compras que le dejaba Don Patricio y dejar la nueva lista de compras.


Un día, luego de doce años de seguir rigurosamente esta rutina, pensó que necesitaba un cambio. Necesitaba algo más en qué ocupar su tiempo, no tanto por sentirse abrumada por la rutina, sino porque se dio cuenta de que el tejido iba a terminar por llenarle la casa de prendas que jamás nadie usaría, lo que la hizo sentirse aún más sola, por lo que dedicó el tiempo del tejido a pensar en algo más que hacer. Hizo lo que hacía siempre que terminaba algo antes de tiempo y se dirigió a su habitación para ver las cosas de su esposo, como pidiéndole ayuda en aquel dilema del que necesitaba salir. Don Edelmiro siempre fue un gran lector, y junto con su carácter amoroso, se le daba muy bien leer novelas románticas que Teodora encontró ordenadas en un baúl que nunca antes le había llamado la atención abrir, pero que aquel día no pudo dejar de mirar desde que cruzó el umbral de la puerta. Ella, habiendo dejado la escuela para casarse muy joven a sus quince años, nunca tuvo la oportunidad de leer demasiados libros, aún siendo completamente capaz de leer y escribir, cosa rara en el campo. Lo único que hasta entonces había leído eran los cuentos infantiles que le contaba a sus hijos cuando estos eran pequeños y que siempre eran los mismos, pero de todos modos no le pareció una mala idea internarse en la lectura de aquellos libros que tanto le gustaban a su esposo. Comenzó con los más delgados, que le parecieron más fáciles de abordar, aunque por su vocabulario tan limitado de mujer de campo, se le hicieron un tanto difíciles de comprender. Aquel encuentro con la lectura le asustó un poco, porque pensó que si no podía con los más pequeños, quizás no podría tampoco con los más grandes. Pero no se dio por vencida. Buscó entre cajas viejas un diccionario de hojas apolilladas y se puso a leer con él al lado, buscando cada palabra cuyo significado desconociera y acabó finalmente por comprender los libros. Amores sufridos, amores épicos, amores imposibles, amores poéticos entre tantos otros. Estaba tan inmersa en la lectura que de a poco fue devorando los libros. Tanto le gustaron que algunos se los leía hasta dos o tres veces por el puro gusto. A pesar de este repentino gusto por la lectura, jamás cambió los horarios de su rutina. Por muy deseosa que se sintiera de querer seguir leyendo, detenía la lectura a la hora de regar y se iba a dormir con una sonrisa en el rostro cada noche, esperando con ansias el siguiente día para seguir descubriendo la historia que había dejado inconclusa o para comenzar una nueva. No los leía rápido, sino que saboreando cada palabra y cada frase por separado, disfrutándola a cada bocado, imaginándola y poseyéndola. Tanto fue su amor por las novelas románticas que terminó deseando ser amada de nuevo, que le hablaran como lo hacía el galán de cada libro, que la miraran con el mismo fulgor en los ojos, que la acariciaran con pasión y que le hablaran con ternura al oído, que la deshojaran como a una flor y que le dijeran con toda sinceridad que la amaban, como alguna vez Edelmiro lo hizo, como alguna vez él, en tantos recuerdos manchados en sepia, lo había hecho. Cada vez que pensaba en eso se miraba al espejo. Veía cómo la soledad se le había pegado al cuerpo, se le había metido en cada arruga. Se desvestía y veía sus senos caídos, sus carnes flácidas, su espalda encorvada y sus labios marchitos y se sentía indigna, avergonzada de que Edelmiro o cualquier otro pudiera aparecer y la observara. Entonces se acostaba y lloraba sin escándalo, cubriéndose los ojos y dejando que el torrente corriera hasta dormirse.


Un mañana de martes, luego de haberse dormido llorando, despertó con los ojos hinchados y se dirigió al pozo como todas las mañanas. Se bañó como de costumbre y se refregó las lagrimas del rostro. Se dirigió a la cocina y entonces al encender la luz quedó asombrada por lo que encontró. Había un ramo de flores recientemente cortadas y atadas con un cordel. Al lado de estas, una carta dirigida a ella donde alguien le juraba amor eterno, donde decía las cosas más lindas que ni siquiera Edelmiro le hubiera dicho y firmada “tu admirador secreto”. Su corazón se le aceleró, no tanto por las flores en sí, sino porque estas venían de su mismo jardín y porque no se explicaba que alguien más anduviera por el fundo sin que ella lo supiera. Temió que esta persona pudiera hacerle algo, pero al leer la nota, el miedo se le fue diluyendo entre las palabras de amor de aquel desconocido y pasó todo el día como en las nubes, deseando que él volviese. El pan le supo más sabroso aquel día y preparó el almuerzo más suculento que hubiera preparado en años. Leyó la novela de turno saboreando aún más cada frase y se fue a dormir con una sonrisa muy amplia en el rostro, puesto que, al final de la carta él le pedía que le dejara otra en respuesta en la misma mesa de la cocina, que él la respondería y que hallaría la respuesta la semana siguiente. Y ese mismo día, aun pensando en la memoria de Edelmiro, se dejó llevar como una adolescente y le escribió una carta diciéndole lo mucho que le halagaban sus palabras y que le agradecía también las flores, pero que por favor no volviera a cortar las del jardín porque las prefería vivas y en su sitio, donde pudieran seguir escuchando sus historias. Así entonces pasó la semana radiante y el lunes le mandó una lista especial a Don Patricio, con ingredientes que nunca antes le había mandado comprar, puesto que la semana siguiente sería una muy especial, pues si esta persona seguía ahí para entonces, lo sorprendería alguna mañana con un pastel hecho por ella misma y solamente para él. Tomó las compras de la lista del lunes anterior y se dirigió a la casa, pero al revisar las bolsas, lo único que notó inmediatamente era que le habían cambiado la marca de la harina.


—El viejo Patricio debe haber estirado la pata —pensó en un instante, sin darle demasiada importancia.


Al día siguiente, recibió la respuesta esperada, pero esta vez no la descubrió en la mañana, sino a la hora del riego, cuando se dio cuenta que entre las rosas había un cordel que ataba unas cuantas y desde el cual colgaba una carta. Cerró la manguera por miedo a mojarla y corrió al rosal a desatarla. La carta estaba llena de afectos y de palabras bellas, pero esta vez, le hablaba de su cuerpo, de como disfrutaba observarla, mirarla cuando leía, observarla mientras regaba o amasaba el pan, sus brazos de mujer, su cuerpo buen llevado con los años y cosas por el estilo que no le cayeron muy en gracia a Teodora. Se dirigió a su habitación por papel y lápiz y le respondió ahí mismo con la letra que le escurrió de sus manos seniles, que no le gustaba que se burlaran de ella, que estaba bien que fuera su admirador secreto, que le gustaba sentirse querida, pero que estaba muy consciente de su cuerpo, que no tenía por qué mentir de esa manera para ganarse su amor, que si la quería, tenía que ser con todo lo que ella tenía. La escribió seriamente, porque era lo que realmente pensaba, y entonces terminó su rutina diaria y antes de dormir, le colocó la carta sobre la mesa de la cocina, donde ya no la encontró al día siguiente. Dos días después y sobre la misma mesa, volvió a encontrar una carta, la respuesta de su admirador. Con palabras dulces intentó explicarle que él no se burlaba, que no tenía razones para mentirle a una dama tan bella, tan sublime como lo era ella, que su cuerpo era todo lo que él podría desear, que él la amaba tal y como era. Esto dejó a Teodora pensando el resto del día. ¿Sería posible que alguien amara la forma de su cuerpo? ¿que alguien la volviera a amar como lo hizo Edelmiro alguna vez?. Hizo toda su rutina con una parsimonia poco habitual. Leyó el libro de turno apenas por encima, casi sin repensar ninguna frase y como si leyera el periódico. Antes de irse a dormir, se miró desnuda en el espejo, analizó cada arruga, se acomodó los pechos con las manos y también la grasa acumulada en el vientre, para ver si podía disimularla. En la carta también estaban escritos sus deseos de verla en persona, pero luego de haberse visto en el espejo y sentir nuevamente la soledad resbalándole por la piel, se puso a llorar de vergüenza. Tomó papel y lápiz y le escribió al admirador. Le dijo que basta de tanta tontería, que nunca se había sentido tan humillada, que jamás nadie le había dicho tantas atrocidades de las maneras más bonitas, que le parecía ridículo todo eso y que por favor, si se respetaba a sí mismo como hombre, que no volviera a escribirle más. La carta, que estaba manchada con unas cuantas lágrimas y doblada apenas de manera simétrica, la dejó en la mesa de la cocina de donde desapareció a la mañana siguiente.


Los días que siguieron a ese, ella intentó averiguar si él seguía rondando por los rincones, si por ahí sentía algún ruido extraño, fuera de lugar, que le indicara su presencia, pero nada parecía perturbar la calma de aquella casa en medio del campo y, al pasar de los días, perdió las esperanzas de volver a saber de él y comenzó a añorar que no hiciera caso a la carta, que volviera a escribirle. El punto cúlmine de su desesperación fue el lunes siguiente, cuando estaba en plena novela y entonces sintió un ruido que fácilmente podría haber sido el viento, pero dentro de sus deseos, pensó que quizás él había vuelto, que quizás él estaba por ahí, observándola. Buscó por todos los rincones de la casa, hasta los que la rutina le había privado de visitar hace tiempo, hasta bien entrada la noche, pero no pudo encontrar ni el más mínimo rastro de su presencia. Entonces comenzó a llorar desconsolada puesto que, por primera vez en doce años, se sintió real y completamente sola. Entre sollozos le escribió una carta, pidiéndole que volviera, por favor, que no había querido pedirle que se alejara y se la dejó en la mesa de la cocina. Solamente al día siguiente pensó en lo ridículo de la carta, puesto que si se había ido, no tendría razones para volver y llevársela. Tal como lo había pensado, la mañana del martes la carta seguía aún ahí en la mesa. La tomó, la rompió y la quemó en el horno que preparaba para el pan. Pero luego, al disponerse a preparar la masa, se dio cuenta que no había ido a buscar las compras ni a dejar la lista para la semana próxima el día anterior. Asustada por ello, se dirigió a la entrada del fundo para descubrir, con horror, que ya no había nada. Tal como lo había previsto con Don Patricio, al no ver la lista de la semana próxima, debió suponer su muerte, pero como nadie fue a verla para confirmarlo siquiera y, al juzgar por el cambio de la semana pasada, estaba segura ahora que Don Patricio había partido de éste mundo y quién sabe a quién le dejó el encargo que no se atrevió siquiera a corroborar su muerte. Volvió a su casa vacía por dentro, sin emociones ni esperanzas en el avenir. Siguió la rutina del día con el mismo silencio de siempre, pero más triste que nunca. Leyó la novela de turno hasta el final esa tarde, descuidando la rutina, puesto que no le quedaba amor para contarle historias a las plantas ni nada para cocinar la cena, pues se le acabo después de preparar el almuerzo. Se encerró en su soledad y se fue a dormir esa noche con la certidumbre de no querer despertar, de no querer nada más con este mundo. Miró el techo largo rato con la cabeza vacía, sin poder conciliar el sueño ni sentirse despierta, hasta que sintió que la puerta se abría lentamente. No quiso mirar puesto que, fuera lo que fuese, no sería peor que la vida misma. Sintió una presencia acercarse a los pies de la cama lentamente y sintió también unas lágrimas brotar de sus ojos. Unas manos entraron por debajo de las ropas de cama y le acariciaron lentamente las piernas, estremeciéndola de a poco. Las manos fueron subiendo paulatinamente, con mucha suavidad y ella se fue entregando sin mirar, sin querer, como quien se va con la corriente, deseando con todas sus fuerzas que aquel fuera su último día. Nadie volvió a saber de ella, ni sus hijos, ni los vecinos que ya ni se acercaban a su casa, ni nadie que alguna vez supiera de su existencia. Hasta la misma casa se fue olvidando de ella, puesto que años después, unos jóvenes que andaban por el campo irrumpieron en el terreno para ver qué podían encontrar, y hallaron la casa desierta. Las flores marchitas del patio no recordaban las historias que ella alguna vez les había contado, el pozo no se acordaba ya del viejo que alguna vez se cayó en él y en la casa, ni rastros se encontraron del cuerpo de Teodora o de sus cartas. Sólo se encontraron un montón de prendas tejidas dentro de dos habitaciones, una de las cuales desbordaba en lana. Prendas que poco y nada decían de la mujer que alguna vez las tejió, con tanto amor, pero que nunca las usó.
 0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0
Responder




Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)
task