Original - Placebo

#1
Recuerdas tu felicidad como trazos lejanos, como figuras deformes. Te sientes vacío, solo, miserable.

Las pastillas están revueltas a un lado de tu cama, otras más inundan tu escritorio; apenas y puedes levantarte de tu cama y hacer algo.

Todo te da pesadez.

La Universidad se ha vuelto un hábito, comer un pecado. Tu caminar era mecánico y si seguías respirando es porque eras demasiado cobarde como para cometer suicidio.

Pero lo pensabas, día a día, el pensamiento de quitarte la vida era lo que más ocupaba tu mente. Investigabas sobre formas rápidas de morir, porque eras un cobarde que le temía al sufrimiento prologando y al dolor físico.

Tu corazón estaba destrozado, te habían rechazado tantas veces que ya no podías contarlas.

Creías que la salvación para tu mal era el amor.

Eras tan tonto, puesto que en tu deterioro creías que eras correspondido. Dabas cosas materiales para ganarte su simpatía y su favor. Al final, sólo terminabas herido por tu propia estupidez.

Y te hundías más, te hundías más.

En tu estado nadie podía quererte, nadie podía salvarte. Sólo tú podías hacerlo.

Pero no te dabas cuenta.

Hasta que una luz llegó a tu vida, una supuesta luz que puso todo tu mundo de cabeza.

Te dijo que te quería, te dijo que te amaba en tu decaimiento y tu locura; y tú le creíste.

Creíste ser feliz por un tiempo. Creíste haber encontrado la cura para tu enfermedad.

Te sentías resguardado, sentías que tu vacío al fin había sido llenado.

La luz te colmaba de atenciones, de halagos, te decía infinitamente cuanto te amaba.

Hasta que, poco a poco, esa luz comenzó a degenerarse, lenta pero muy visiblemente, en tu oscuridad.

Te seguía diciendo que te quería, pero te apresaba.

Se volvió celosa, se volvió resentida. Y en tu estupidez pensaste que fue por tu culpa.

Tomabas cada vez más pastillas, sentías la ira creciendo en tu interior, pero sus palabras siempre te decían que era tu culpa, que tú eras el motivo de su sufrimiento.

Pero que aún así seguía contigo porque te amaba, y tu le creías.

Quizás de forma inconsciente, trataste de buscar otras salidas. Trataste de huir, pero en tu mente la culpa te seguía carcomiendo.

Tú eras el del error, no tu luz, no aquella persona que te brindó su amor en tus tiempos más oscuros.

Y debías repararlo, porque eras demasiado torpe y según tus pensamientos envenenados no hacías más que romperla y dañarla.

Tú eras la causa de los males.

Pero dejaste de tomar pastillas por un tiempo, había escasez. Habías volcado todos tus recursos en ella.

Entonces ya no sentiste culpa, sino ira y rencor contra ti mismo.

Y la odiaste, la odiaste tanto como podías.

Seguías envenenado, pero ahora luchabas.

Sus reclamos ya no te generaban culpa, le gritabas y la dejabas a su suerte cuando volvía a reclamarte sobre alguna estupidez.

Pero seguías siendo blando.

Ella lloraba, tu tratabas de consolarla. Y durante un tiempo la batalla estuvo estancada.

Hasta que de nuevo te diste cuenta de la farsa, de las actuaciones malas y las lágrimas hipócritas.

Estabas demasiado destrozado, demasiado cansado, todas tus fuerzas las había evaporado.

Cuando ella quiso volver a aislarte, quiso volver a encadenarte, usando palabras dulces y promesas falsas, ya te habías resignado.

Pero entonces ella dio un paso en falso, cambió sus palabras por insultos y más maltratos antes de que pudieras volver a caer completamente.

Eso te terminó por dar fuerzas, para apartarla y alejarla de tu vida para siempre.

Te das cuenta al final, que ella sólo fue un placebo.

Te has quitado las pastillas, aquellas que nublaban tu juicio. Pero es quizás demasiado tarde.

Estás roto, estás deshecho. Y sólo finges normalidad tras una máscara.

Quizás nunca estés bien.

El "amor" para ti no fue más que engullir veneno directo de la serpiente. 
[Imagen: bAytj5K.jpg]
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