Original - Monstruo

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#1
Los Monstruos son reales, y los fantasmas también;
viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan.

Stephen King.

 
El monstruo entró sigiloso a la habitación. La puerta exhaló un chirrido débil mientras sus garras se tensaban sobre la madera. Vio a la niña. Dormía, algo inquieta entre las sábanas, pero aún dormía; llevaba el cabello atado en dos trencitas dispares, vestía un camisón rosado y apretaba contra su pecho un osito de peluche. Tenía los ojitos anegados de lágrimas, había caído en el sueño mientras lloraba.


El monstruo olfateó a su presa; olía a tristeza y a soledad. Se relamió los labios; “Son tan deliciosos cuando sufren”, pensó. La exclamación casi se le escapa a través de aquella sonrisa de dientes amarillos y torcidos. Pero guardó silencio, no quería malograr el momento. Llevaba observándola desde las sombras hacía mucho tiempo, sin que nadie pudiera siquiera percatarse de sus intenciones. Era un cambia formas excepcional, una mezcla de máscaras gentiles que pasaba desapercibido entre la gente.

— Lucy… — Susurró. La niña volvió a retorcerse entre las sábanas, percibiendo su presencia.

Llevaba años usando aquellas máscaras variadas y ya había devorado a varios niños. Niños solitarios, niños necesitados de palabras dulces y ansiosos por golosinas. Aquellas presas no representaban reto alguno. Por lo general buscaba pequeños cuyos padres fueran adictos al trabajo, a las drogas o alcohólicos. Ese tipo de gente que no presta la debida atención. ¡Pobres imbéciles! si supieran lo fácil que es embaucar a un niño no les quitarían la vista de encima ni por un segundo. Bastaba con llegar sigiloso, con las palabras y el disfraz adecuado y ¡Tas! Hasta el crío más avispado caía en la trampa. No reconocían al monstruo hasta que veían en sus ojos oscuros las intenciones macabras. Pero Lucy era diferente, ella siempre permanecía rodeada de gente, era una estrella radiante, una que todos querían admirar. De vez en cuando Lucy le sorprendía viéndola. El monstruo se limitaba a sonreír y a agitar la mano y ella respondía igual de afable.

Caminó por fin, entre espasmos de emoción. El piso de madera crujió perezoso ante sus pesados pasos. Había olvidado la excitante sensación de la cacería. Estaba tan cerca. El corazón le palpitaba en las sienes y parecía como si se le fuera a salir del pecho. Las garras le temblaban y los labios se le secaron. Pensó en Julia, la madre de Lucy, y dudó por un segundo. Había sido la primera vez que mataba a un adulto. “Maldita entrometida”. Todo hubiese salido a pedir de boca, pero la estúpida mujer llegó muy temprano aquella tarde. Lo vio sin su disfraz, regodeándose mientras miraba fotografías de Lucy, deseándola.

— ¿Qué haces? — alcanzó a decir, antes de que el nudo en la garganta ahogara la siguiente pregunta.

El monstruo se levantó. Era alto y flaco. Tenía en el rostro una expresión de sorpresa y los ojos casi se le salían de las órbitas.

Julia corrió fuera de la habitación. Él la siguió. Gruñía y gritaba con su persuasiva voz humana, pero la mujer no cedió. Continuó corriendo, con las lágrimas quemándole las mejillas.

— ¡Detente! — gritó el monstruo.

La mujer hizo acopio de todo su valor y giró. Abajo, las escaleras se extendían como una inmensa serpiente enroscada. — ¡Le diré a todos lo que eres! — le espetó.

Las garras largas del monstruo se extendieron para empujarla. Julia cayó por el largo caracol de peldaños, desmadejándose como un ovillo. La caída fue trepidante. Y para cuando llegó al suelo de la primera planta ya estaba muerta.

Aún recordaba el cuerpo de Julia desparramado sobre el piso ajedrezado, su pie descalzo y la zapatilla de lona a un lado del cadáver, la cabeza girada en un ángulo imposible y el sonoro ¡Crack! De su cuello al romperse.

No perdió la calma y volvió a disfrazarse. Bajó las escaleras con rapidez, tomó el teléfono y puso su mejor voz de angustia. Casi se le escapa una carcajada cuando la operadora del 9-11 se mostró empática, consolándolo como a un niño pequeño, con la promesa de que todo estaría bien y que pronto llegaría la ambulancia.

Los meses subsecuentes estuvieron llenos de investigaciones, preguntas capciosas y miradas desconfiadas. Pero al final, el veredicto conjunto lo absolvió de toda culpa; Julia había muerto de una desafortunada caída. Aquello le dejaba el camino libre con Lucy. Esperó un tiempo prudente y volvió a la carga. Aquella noche era propicia. La pequeña estaba sola, la muerte de su madre la había convertido en una niña triste, solitaria y retraída. Ya no se encontraba acompañada como antes, era el momento ideal para actuar. Retomó la marcha, sus pasos esta vez fueron sigilosos como los de una doncella. Hundió las rodillas y las palmas en el suave colchón. Estiró una zarpa y rozó sus muslos.

Ella abrió los ojos, y una sola exclamación salió de sus labios antes de que el monstruo le cubriera la boca y llevara a cabo su maldad; — ¿Papi?.
[Imagen: cube-2.png]
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#2
Lo sentí predecible, o bien porque era demasiado claro respecto a cómo iban los hechos de la historia, o bien porque me he leído como 2 fics en donde la idea es la misma
Pero dejando de lado el hecho de que leí una historia donde se cataloga a los monstruos como figuras paternas que por cierto vienen a ser las más espantosas y lo digo porque es terrible que un padre maltrate a sus seres queridos o que haga con ellos lo que quiera ( que por cierto el alquimista dejo eso en claro sobre la peor basura que llego a ser un padre) tiene bien merecidos la palabra Monstruo, y hay palabras peores para denominar a la gente así.
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