Original - Lo que habita en las sombras

#1
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Cuando uno está en busca de las verdades secretas que encierra este mundo, debe estar consciente de que esas verdades pueden no ser siempre magníficas, emocionantes o agradables. La obsesión por lo prohibido puede llevar a un hombre al culmen del conocimiento y de los saberes elevados, sin embargo, también pueden llevarle a la locura de las consecuencias. No es mi intención sonar como un charlatán, sé de sobra que mis palabras jamás serán escuchadas ni leídas. Escribo desde la experiencia y desde la angustia que me corroe, aquí, encerrado en este limbo siniestro con la única compañía de un escritorio, una vieja máquina de escribir Olivetti, cientos de hojas de papel en blanco y mi inventiva. No negaré que las palabras que salen de mi mente para plasmarse en el papel, al compás del sonido monótono de las teclas, tienen un efecto, aunque momentáneo, catártico. No importa lo bien que me haya sentido al principio, ahora entiendo que estaré aquí hasta que mis dedos se quiebren o hasta que mi mente se desgaste. Es mejor que ocupe este tiempo eterno de una manera saludable.

La raíz de mis desgracias, hasta donde sé o puedo recordar, tiene su origen en mi temprana niñez. Yo era un chiquillo callado y retraído; viví en Providence, Rhode Island, durante toda mi infancia y adolescencia, hasta que me mudé a Boston, movido por el sueño de estudiar literatura inglesa en la universidad. Viví una infancia muy solitaria, apartado de los otros niños y del bullicio del mundo. Hubo una sola persona importante para mí durante aquel período de mi vida, una persona cuyas facciones, enseñanzas y maneras jamás se apartaron de mi memoria; ese ser especial era la señorita Agatha Ives, mi institutriz.

La señorita Ives era una mujer hermosa, y no lo digo solo por sus rasgos finos, sus ojos verdes, su cabellera negra y su sonrisa radiante; su inigualable belleza se desbordaba en su forma de hablar, su expresión corporal, la dulzura de su corazón y la agudeza de su intelecto. Era una mujer completa, bella por fuera y por dentro, y no había momento más ansiado por mi corazón de niño que el momento de estar junto a ella. Yo la amé profundamente, la amé con intensidad y sin las maquinaciones oscuras con las que envenenan el amor los adultos. Pasé largos días y prósperas horas a su lado, embelesado con su presencia, sin saber que toda aquella dicha iba a ser interrumpida por su inesperada muerte.

Una noche, mi madre me llamó a la sala de estar. Recuerdo que me acurrucó entre sus brazos, y con la voz más dulce me dijo que la señorita Agatha no volvería jamás a nuestra casa, y que una nueva institutriz tomaría su lugar. Hice la rabieta más grande que un niño de once años es capaz de hacer, creyendo que aquel era un simple capricho de mis padres. Mi corazón se rompió cuando, en tono lúgubre y pesaroso, mi madre me dijo la verdad:

— La señorita Ives ha muerto, cariño. Sé lo mucho que la querías. Siento tener que decirte esto.

Aquella noche lloré hasta quedarme dormido, y no fue hasta las tres de la mañana, la hora en la que los demonios vagan libremente en nuestro mundo, que el sonido del piso de madera crujiendo me despertó. Me levanté sobresaltado, y en un principio creí que era el

ruido natural de la casa, ese que era imperceptible durante el día debido al bullicio cotidiano. Pero, conforme pasaban los segundos y yo fijaba la vista en el fondo de la habitación, en la profunda oscuridad, tomé conciencia de que aquellos crujidos se trataban de pasos. Algo se acercaba lentamente hacia mí. Comencé a sentir un frío estremecedor y un miedo irracional; el corazón se me aceleró y las manos me temblaban de manera incontrolable. Hice acopio del poco valor que me quedaba y busqué a tientas en la mesita de noche el interruptor de la lámpara. La luz amarilla iluminó como un fogonazo y el terror, antes invisible, se mostró ante mí con todo su macabro esplendor.

Frente a mí estaba la señorita Ives, con un camisón blanco y su largo cabello oscuro caído sobre los hombros. Su piel tenía una palidez cadavérica, y una horrible marca violácea se le ceñía alrededor del cuello. Sus labios rojos dibujaron una sonrisa inhumana. Se acercó, me tomó de las mejillas y sus manos frías atrajeron mi rostro muy cerca del suyo. Sentí un beso frío y breve en los labios, y para cuando pude gritar, el espectro de la señorita Ives se había esfumado.

Mis padres entraron alarmados a la habitación, y, cuando me preguntaron qué había sucedido, hablé con la verdad.

Como era de esperarse, no me creyeron. Mis padres atribuían todo lo sucedido a un trauma psicológico o a la interpretación que mi mente infantil daba a un concepto tan complejo como la muerte. Nadie podía culparlos, yo mismo me convencí de que esa explicación tenía sentido. No fue hasta que cumplí quince años que una chispa de curiosidad se encendió dentro de mí. Me di cuenta de que nadie se había tomado la molestia de hablarme sobre los detalles de la muerte de la señorita Ives. A sabiendas de que mi madre era demasiado prudente y respetuosa como para explayarse en detalles, acudí a mi padre. No era que el fuera un hombre morboso o sin escrúpulos, pero era hombre y comprendería que yo ya estaba en edad para no dejarme impresionar con tanta facilidad.

Aquella tarde lo abordé en su despacho. Estaba sentado en la esquina de su sofá favorito y fumaba de su pipa, mientras leía algo de Wilde. Apenas me vio, alzó la vista y cerró el libro. Con un gesto de la mano me invitó a sentarme a su lado; le extrañaba mi visita y de inmediato me preguntó el motivo de ella. Fui directo al grano y pregunté lo que necesitaba saber. Dio una calada a su pipa y con un suspiro expulsó el humo.

— Supongo que ya estás mayor como para entender lo que te voy a contar. — Yo asentí, sin estar muy seguro de si eso era cierto. — Verás, la señorita Ives hizo algo terrible, algo que nosotros jamás imaginamos que haría. Ya sabes, ella era... bueno, ella era encantadora, un sol. Parecía como si todo en su vida estuviera bien. Al final resultó ser que no; la pobre se suicidó.

Me quedé en silencio por unos minutos y sin esperarlo, una vieja herida de hacía cuatro años volvió a sangrar. Contuve las lágrimas solo porque sabía que mi padre no terminaría la historia si me veía llorar. Tomé el valor y le pregunté si sabía los motivos. Él se encogió de hombros.

— Supongo que hay gente que no comprende que el amor debe empezar por uno mismo. La señorita Ives estaba muy enamorada de un fulano. Un mequetrefe insípido y vicioso, según comentan todos los que le conocían. Sea como fuere el caso, el tipo en cuestión

solo jugó con los preciados sentimientos de la pobre muchacha. Hay quienes dicen que la abandonó por una hermosa jovencita europea. Lo cierto es que nuestra amada Agatha no pudo con la pena y decidió ahorcarse en su habitación.

Cuando mi padre terminó de hablar, no pude contener las lágrimas. Me lastimaba en lo profundo del alma que tan maravilloso ser humano hubiese tenido un destino tan triste, y lo que es peor, por unos motivos tan carentes de valor. Si algo no le faltaba a la señorita Ives eso era amor, pero, como bien había dicho mi padre: El amor debe empezar por uno mismo.

Esa noche me encerré temprano en mi habitación y estuve largo rato meditando en medio de la oscuridad, recordando a mi gran amor. En aquel preciso instante nació la obsesión que tantas desgracias me traería en un futuro. Recordé la marca en el cuello de la aparición que por años me habían hecho creer que era producto de mi imaginación. En aquel tiempo no tenía la información que ahora poseía. Era imposible que la marca en el cuello, señal inequívoca de su suicidio, hubiera aparecido como producto de mi atribulado subconsciente. Era evidente, el espectro de Agatha Ives realmente había aparecido en mi habitación aquella noche. Ahora yo tenía la certeza de la existencia de algo superior, de un plano espiritual que superaba nuestro entendimiento. Yo quería saber más, necesitaba saber más.
2

Pasé los siguientes años cultivando mi fascinación por las historias de fantasmas y aparecidos. Aquel gusto por lo sobrenatural trajo a su vez una pasión desbocada por la literatura de similares matices. En poco tiempo me vi encantado por los relatos de Stoker, Maupassant, Le Fanu, Poe y otros escritores de igual envergadura. Pronto comencé a emularlos, escribiendo cuentos torpes cuya inspiración nacía de aquella noche terrible en la que la señorita Ives se había despedido de mí con un beso fantasmal. Fue en ese instante que la llama de la vocación llenó mi corazón con el deseo de estudiar el bello arte de la escritura. Quería plasmar en papel pesadillas inimaginables que le quitaran el sueño a quien las leyera. Quería sentir el escalofrío de lo horrendo recorrerme la espalda, ver a la cara a los monstruos que habían inspirado a mis ídolos y ser capaz de capturarlos en un puñado de palabras. Así fue que, cuando cumplí dieciocho años, partí a Boston en busca de mi futuro. Ahí las cosas no fueron nada fáciles; no era que yo fuera malo en lo que hacía, nada estaba más lejos de la realidad. Incluso mis maestros elogiaban la facilidad de mi pluma para dibujar personajes y situaciones que encerraban al lector en una prisión fantástica y adictiva. Mi estilo era pulcro y correcto y mi prosa poética, sin caer en el aburrido tedio de las palabras que no llevaban a ningún lado. Sin embargo, para mí aquello no era suficiente, había algo que le hacía falta a mi obra. A mis ojos, mis manuscritos no eran más que una retahíla de pesados adjetivos, personajes acartonados y tramas sin sentido. Al leer mis propias creaciones yo no era capaz de sentir el estremecimiento que me provocaba leer a los grandes; tenía que aceptarlo, mi obra era terrible y paupérrima.

Sin embargo, no me rendí. Busqué la raíz de mi error, volví mis pasos y analicé los trabajos de algunos compañeros, los que me parecían más competentes, y en mi exhaustivo análisis pude darme cuenta de mi fallo. Todos aquellos aspirantes a escritor me hablaban de un factor común a la hora de inspirarse para escribir sus relatos. Ese factor era la vida misma. Todos, sin excepción, tomaban pasajes de sus vidas y los maquillaban

con fantasía, lo que les ayudaba a crear personajes creíbles, situaciones realistas y diálogos prolijos e interesantes. Pero yo tenía un gran problema; la mayor parte de mi vida la pasé en la casa de mis padres encerrado entre libros, y la única musa que había alimentado mi creatividad durante todos estos años era el recuerdo de la señorita Ives. Eso no bastaba, mi carrera no podía cimentarse en una sola experiencia y en un solo terror. Debía romper la burbuja y salir a buscar nuevas sensaciones. Pero, yo no quería dejar de escribir sobre el miedo, y no quería hacer del ser humano el protagonista de mis historias. Yo deseaba que el horror en forma de espectros y monstruos hablara a través de mi obra. Fue entonces que salí a buscar el terror por las calles de Boston.

Ahora, yo que por mucho tiempo me había negado a socializar, pues los temas de la gente común me parecían insulsos y desabridos, comencé a frecuentar tugurios dónde, según me dijeron, podría encontrar gente “especial” que me pondría en contacto con aquel mundo espectral que había descubierto por azares del destino hacía siete años.

Visité a cuanta bruja, médium y clarividente pude, y todas resultaron ser fantoches oportunistas. Incluso una noche me atreví, junto con otros compañeros de facultad, a realizar una sesión espiritista con un tablero guija dentro de una casa abandonada dónde habían acontecido hechos espeluznantes. Pasamos quince minutos con las manos sobre el cursor, a la espera de la manifestación de alguna entidad. El cursor se movió, pero no formó ninguna frase coherente, ni tampoco hubo un despliegue de parafernalia espectral que me asombrara.

Seguí durante meses con mi búsqueda de lo oculto y logré incluso formar parte de una logia que se hacía llamar La nueva orden hermética del alba dorada. De alguna manera me enorgullecía formar parte de una especie de réplica de la logia dónde grandes escritores como Bram Stoker, Algernon Blackwood y hasta el mismísimo Aleister Crowley habían figurado; y aunque era más entretenido que buscar brujas, puesto que en aquellas reuniones se daban cita grandes pensadores de la sociedad norteamericana, e incluso algunos profesores de la universidad se hacían presentes y hablaban sobre temas que ni bajo tortura pronunciarían desde una cátedra, aquella experiencia seguía sin llenar mis expectativas. Yo buscaba lo real, lo tangible, esa sensación de peligro a la que uno sucumbe cuando está frente a algo que rebasa lo lógico y lo natural. Poco sabía yo que mi suerte estaba por cambiar con la llegada de un nuevo miembro.
3​
El día en que Sir Ethan Archer llegó a la logia, yo recién cumplía mi primer año de iniciado. El hombre en cuestión despertó en mí una extraña fascinación. No supe si se debía a sus maneras finas, su exuberante presencia o su espectacular don de gentes, lo cierto era que Sir Archer brillaba con intensidad entre las luminarias de aquel salón.

Aquel inglés era un hombre robusto y alto que llevaba el cabello veteado de canas, largo hasta los hombros. Su cara estaba cubierta de una espesa pero bien cuidada barba gris, y poseía un gusto excéntrico al vestir; usaba trajes llamativos y anillos con piedras ostentosas en cada dedo de la mano izquierda. Fumaba en una pipa de ébano, y al caminar se apoyaba en un fino bastón con empuñadura de oro. Era un dandi en toda la extensión de la palabra, una remembranza de la época victoriana en pleno siglo XX.

Una noche, al finalizar una reunión en el club de lectura que habíamos organizado varios hermanos iniciados, y dónde el invitado de honor había sido precisamente él, pude por fin conocerle personalmente. No tenía una forma ingeniosa de abordarlo, así que me limité a saludarle y a elogiar la interpretación que había hecho del libro que acabábamos de analizar: El Moderno Prometeo, de la célebre Mary Shelley. El hombre sonrió, dejando ver una hilera de dientes blancos muy bien cuidados.

— Usted debe ser Jack Massey — me dijo, al tiempo que me estrechaba la mano. — Me han hablado mucho de usted. La verdad, muchacho, es que mi interpretación no tiene mérito alguno. Es fácil charlar sobre libros, cualquiera puede hacerlo. Lo que en realidad es difícil y digno de admiración es escribirlos.

Me sentí alagado por el comentario y por el interés que Sir Archer parecía tener en mí. Aquella noche hablamos largo y tendido sobre nuestras ambiciones e inquietudes. Descubrí que era un ávido lector, y al igual que yo, un amante de los temas sobrenaturales, en especial de aquellos cuyos orígenes se remontaban a la cultura oriental. Más tarde descubriría que su gusto por dicha cultura se debía a su profesión; él era arqueólogo.

Me habló de sus aventuras de juventud y de sus viajes por tierras mágicas como Egipto, Irán, Nazca e incluso de su incursión en las selvas mexicanas en busca de una legendaria ciudad azteca. También me contó, con lujo de detalles, sobre los rituales de ayahuasca que realizó en Bolivia y la vívida conexión que en aquel momento había entablado con el universo. Era sin duda un hombre interesante, alguien a quien valía la pena conocer a fondo. Decidimos que debíamos volver a vernos y gustoso me brindó la dirección de la casa que ocupaba en Boston. Dijo estar interesado en mis escritos, pero sobre todo en la historia de la señorita Ives; aún no podía creer que yo hubiera sido testigo de tan asombroso fenómeno. Estreché su mano y le dije que con gusto iría a visitarle la semana entrante, y él, sin borrar su característica sonrisa, dijo que estaría encantado de recibirme.

Cumplida la semana acordada, viajé en automóvil durante una hora hasta que llegué a una hermosa y verde ladera donde se erigía, entre fresnos y abedules, una casona de estilo holandés bastante elegante. Recorrí el sendero principal hasta que llegué al portal dónde el excéntrico sir Archer me esperaba.

— ¡Amigo Massey! sea usted bienvenido.

Bajé del auto y no tardé en reunirme con mi anfitrión. Su atención fue de lo más decorosa y amable, me hizo entrar a la casa y descansar en la sala de estar. Llamó a su ama de llaves y le hizo servirme un vaso con jugo de limón y un delicioso entremés. Según sir Archer, la comida era de origen libio; el platillo, que consistía en unas bolas de arroz fritas rellenas con carne de cordero, cebolla picada y frutos secos, recibía el nombre de Kibbeh. Cuando hube descansado lo suficiente y estuve satisfecho, el buen sir Archer me invitó a recorrer su casa.

Era un lugar magnífico, un museo en toda regla; las paredes estaban decoradas con cuadros de Rembrandt y de Goya, y en cada esquina había exhibiciones de los hallazgos arqueológicos del sir, entre los cuales destacaban una máscara funeraria egipcia de oro macizo, varias armaduras de caballeros cruzados restauradas de manera sublime, tapetes persas, lámparas árabes de cobre, armaduras samuráis que databan del período Edo, una pequeña y auténtica estela maya y varios jarrones de la dinastía Ming. En el lugar

convergían la opulencia y la cultura, una loca combinación que solo un genio podía hacer ver natural.

El recorrido finalizó cuando entramos al despacho de sir Archer. El lugar era amplio y en él se respiraba un olor a libros y limpieza. Las estanterías, llenas de interesantes mamotretos, casi llegaban al techo, y su anchura cubría el largo de las dos paredes laterales de la habitación. El piso poseía un patrón ajedrezado blanco y negro, y estaba recién encerado. Al fondo se encontraban dos sillas y un enorme escritorio sobre él cual descansaba uno de esos viejos tocadiscos que poseían una enrevesada bocina dorada. Sin embargo, lo que más me asombró, fue el cuadro que pendía tras el escritorio. En él, al más puro estilo aristócrata, estaban retratadas tres personas; una, por supuesto, era el buen sir Archer, que, aunque lucía más joven y con el cabello de un rubio cenizo, no podía ocultar esa sonrisa de dientes blancos tan característica.

La otra persona se trataba de una mujer. Quién hubiese visto el cuadro tan de cerca como lo vi yo, me daría la razón al decir que la belleza de la dama era irreal. Sentí una angustia mortífera al no poder admirarla en carne y hueso, y un deseo febril se apoderó de mí al ver la lozanía de su piel y el cálido fulgor de sus cabellos rojizos. Sus ojos, de un extraño color lila, poseían una cualidad hipnótica pese a solo ser una vulgar reproducción sobre un lienzo efímero. No puedo ni imaginarme las sensaciones que esa mujer era capaz de suscitar en quienes la tuvieran cara a cara.

— Tenga cuidado — dijo Sir Archer, arrancándome del embrujo que la pintura ejercía sobre mí. — Mi bella Margery es capaz de engatusar a cualquiera, aún sin estar presente.

— ¿Quién es ella? — pregunté, avergonzado por mi desliz. — Mi esposa.

Me quedé en silencio sin saber que decir. Era incómodo, yo no había disimulado mi atracción hacia la mujer de mi anfitrión.

— No me había dicho usted que era casado. — Lo fui, ahora solo soy un pobre viudo.

Dijo aquello con una sonrisa en los labios, sin mucho dolor. O al menos eso fue lo que me pareció.

— Debo entonces intuir que ese es su hijo.

Señalé al pequeño bebé que la hermosa señora de Archer cargaba en sus brazos, y en aquel instante la alegría se esfumó del rostro de mi amigo.

— Mi hija en realidad. — Respondió. — Un hermoso dolor de cabeza, si me lo pregunta. Tiene casi su edad, Massey, es apenas dos años menor. ¡Figúrese!, diecisiete primaveras y ni la mitad de ambiciones e intelecto que usted. Un desatino.

Sentí vergüenza ajena al escuchar hablar así a sir Archer, y traté de calmar el tema con elogios vanos.

— Esta usted siendo muy duro con ella. Seguro que la jovencita heredó la belleza de la madre y la inteligencia del padre.

Sir Archer suspiró, no muy convencido.

— ¡Mi querido Massey! Es usted muy complaciente, pero yo no me engaño, sé lo que tengo y sé que Mabel no duraría ni un segundo en sociedad. Es una muchacha distraída y soñadora, demasiado frágil para este mundo cruel. Es por eso que me he dado a la tarea de buscarle un marido. Uno que pueda darle una vida holgada después de mi muerte, una vida como la que le he dado yo durante todos estos años. Por fortuna es bonita, y he encontrado un perfecto candidato para ella. Lástima que sea tan terca y constantemente lo rechace. Pero ha de casarse con él, gústele o no.

Decidí que no era buena idea incomodar a sir Archer dándole una cantaleta sobre la libertad de elección. Supuse que en él las costumbres y creencias del viejo continente y del siglo pasado estaban tan enraizadas, que moriría primero yo antes de poder convencerlo de desistir de tan nefasta idea. Eran cosas de familia en las cuales yo no tenía injerencia. Guardé silencio, y el sir se dio por enterado; el tema estaba zanjado.

— Bueno, basta de conversaciones banales, mi buen amigo Massey. Tome asiento. Me encantaría mostrarle algo que podría ayudarle a encontrar la inspiración para sus escritos.

Hice lo que me dijo y permanecí expectante mientras él revolvía los cajones del escritorio en busca de algo.

— ¡Aquí está! — exclamó, poniendo sobre la mesa una bolsa de plástico transparente que contenía en su interior un puñado de pétalos secos y de color negro.

— ¿Qué es esto?

— Lirio negro, también conocida como la flor de los fantasmas. Pronto comprenderá por qué le llaman así.

Estaba desconcertado, pero mi amigo pareció no darse cuenta pues seguía buscando en los cajones de su escritorio. De repente, sacó un cuenco de piedra y una roca lisa y luego una pipa oriental, de esas a las que llaman Narguile. También extrajo un pliego de aluminio, unas pinzas, una botella con agua y un pequeño trozo de carbón. Acto seguido desarmó el Narguile y llenó el recipiente de la base con un poco de agua. Luego, puso en el cuenco las hojas de lirio negro y las machacó con la piedra lisa, dejando un polvo oscuro y fino que vertió sobre la cazoleta de la pipa. Cubrió la cazoleta con un poco de aluminio y luego tomó las pinzas, y con ellas el carbón; sacó un encendedor de su chaqueta y se dispuso a calentar la roca; cuando esta estuvo encendida, la colocó sobre el aluminio y las hojas de lirio negro comenzaron a vaporizarse. Cuando la droga estuvo lista, sir Archer me ofreció la manguera de la pipa y me instó a fumar.

Debo admitir que no fui precavido e inhalé con demasiada fuerza; el humo se metió en mi garganta y en mis pulmones de una forma intempestiva. Su sabor era amargo y desagradable, y de inmediato comencé a toser como un adolescente novato que prueba su primer cigarrillo.

Sir Archer se echó a reír.

— Tómelo con calma, Massey — me dijo — pruebe el humo y manténgalo en la garganta y luego exhálelo con lentitud. El sabor es desagradable al principio, pero la experiencia valdrá la pena.

Yo asentí, al tiempo que soltaba con éxito la primera bocanada; el humo que emergió de mi boca tenía un color lila y brumoso que me recordaba a los ojos de la hermosa Margery Archer.

No supe en qué momento mi amigo encendió el tocadiscos, lo cierto fue que caí en un estupor profundo, guiado por el enérgico sonido de un virtuoso violín; la pieza que se reproducía era el Capriccio 24 de Paganini, lo recuerdo con claridad.

Seguí fumando, y en un principio no sentí nada más que la plácida sensación de estar cayendo en un estado de profunda relajación. Mis extremidades se debilitaron, y los párpados me pesaban. El sabor del humo se había desvanecido por completo y mis labios se curvaban en una sonrisa involuntaria. El siguiente cambio en manifestarse fue un considerable aumento de mis capacidades sensoriales; la música se escuchaba más fuerte y más clara, y dibujaba en mi mente, como si de un sueño lúcido se tratase, las imágenes de pequeños diablillos de fuego que danzaban al compás del violín. Percibía en mis oídos hasta el más leve deslizar de los dedos sobre el diapasón, y pude sentir el arrullo de las cerdas del arco acariciando las cuerdas. Saboreé a plenitud una pequeña migaja de arroz y cordero que tenía atrapada entre las muelas, y también fui capaz de oler la colonia que sir Archer se había aplicado aquella mañana, como si recién la hubiera utilizado.

Permanecí absorto por unos minutos, sonriendo y disfrutando de las maravillosas sensaciones y visiones que la droga provocaba en mí. Sir Archer también inhaló el humo de los lirios, se sentó frente a mí y cruzó la pierna, con la actitud de alguien que está dispuesto a charlar o a escuchar las penurias de un viejo amigo.

— Y bien, ¿Qué le han parecido los efectos de la droga?

— ¡Fantásticos! — exclamé. — Aunque sigo sin comprender por qué le llaman la flor de los fantasmas.

— Querido Massey, ¿Está seguro que quiere saber? — Una sonrisa amplia se dibujó en su rostro.

Asentí, aunque con duda. Entonces, sir Archer extendió el dedo índice de su mano derecha y apuntó por encima de su cabeza, hacia el cuadro que colgaba tras él.

Alcé la vista, y lo que vi me hizo dar un respingo tal que caí de la silla, muerto de miedo.

De la pintura emergía un humo oscuro y denso que se deslizaba en el aire de manera siniestra. Poco a poco, el humo iba adquiriendo la forma de una mujer. Volví a sentir el terror de antaño, el mismo terror de aquella noche cuando el alma en pena de Agatha Ives se presentó en mi habitación.

Frente a mí se encontraba el espíritu de Margery Archer. Lo sabía por qué aquella cosa fantasmal vestía el mismo atuendo que el de la pintura. Flotaba en el aire, y de su belleza no quedaba nada; su cabello rojizo y ondulado ahora era una mata de canas, quebradiza y rala, y su piel tersa se había transformado en asquerosos pellejos azulados. Su rostro era casi una calavera, y sus ojos color lila ahora eran cuencas vacías.

Margery Archer se abalanzó sobre mí, llena de una ira incomprensible. Me arrastré sobre mi espalda tratando de alejarme de aquella cosa, pero el fantasma fue más veloz, y en un instante sus fauces estuvieron a centímetros de mi rostro; algo la había detenido. Vi con asombro las gruesas y herrumbradas cadenas que la sujetaban desde las muñecas y la unían al cuadro. La cosa dentelló y gruñó, pero no pudo moverse un centímetro más. Yo estaba tan asustado que no podía moverme, solo temblaba y balbuceaba.

Por su parte, sir Archer se carcajeaba cruelmente.

— ¡Massey! ¿Qué sucede? Creí que su mayor deseo era ver este tipo de cosas. Me ha defraudado, debo decirlo.

— Me... me ha tomado por sorpresa. ¿Qué es eso?

Sir Archer se levantó de su asiento con total tranquilidad.

— Un fantasma, por supuesto.

Traté de formular un millón de preguntas, pero ninguna palabra era capaz de salir de mi anudada garganta.

— No se preocupe, Massey — dijo sir Archer, al tiempo que rodeaba al fantasma y me ayudaba a ponerme de pie. — Margery era más peligrosa en vida que ahora. Créame, ella no puede hacerle daño por dos sencillas razones; la primera: Su vanidad la mantiene atada a ese cuadro. Antes de consumir los lirios apenas y me percataba de su presencia. Sus travesuras fantasmales se limitaban a derribar los libros de la estantería y mover los objetos de la mesa. Ya sabe, cosas leves, casi imperceptibles. Dado que no puede salir de su prisión no puede hacer nada más. Era una mujer malvada y demasiado amante de sí misma, esa fue su condena. Le ruego no vaya a malinterpretarme, yo amé a mi esposa, claro que lo hice, pero no puedo tapar el sol con un dedo. La segunda cosa que debe tener presente, y es la más importante: Los fantasmas solo son reproducciones de los deseos no cumplidos, las emociones poderosas y la energía rezagada de un ser humano. Recuérdelo, a menos que usted les otorgue poder, y generalmente ese poder se les brinda a través del miedo, no podrán materializarse y dañarle de forma letal.

Acto seguido, el inglés se interpuso entre el espectro y yo. Dio una manotada que atravesó el cuerpo intangible de Margery Archer, y esta se desvaneció en forma de humo.

— Vamos, mi buen amigo. Le ruego disculpe el mal rato que le haya hecho pasar, pero es que creí que usted sería un poco más... valiente.

No respondí a la burla de mi anfitrión, y me limité a salir de la habitación sosteniéndome de su brazo y temblando como una hoja. Cuando por fin logré sosegarme, pudimos charlar en la sala de estar. Me explicó que el lirio negro es una extraña planta que solo florece en

las partes más altas del continente africano. Las tribus de esos lugares la usan para entablar una conexión con los espíritus de sus ancestros y así poder escuchar los consejos y adquirir la sabiduría de estos. Sir Archer se había hecho con una enorme cantidad de aquellas plantas en uno de sus viajes a la sabana. Me contó que una noche, ansioso por probar la droga, descubrió por pura casualidad que el alma de su esposa seguía en este plano, atrapada en el despacho, y lo que era peor, se había convertido en un espíritu furioso. Fumó frente al cuadro, tal como lo había hecho yo, y entonces la vio. Recordó, entre carcajadas, que su reacción fue igual de cobarde que la mía, aunque menos veloz. A él el fantasma si lo alcanzó, pero en el mismo instante en que su cuerpo carnal tuvo contacto con el cuerpo espectral de su esposa, se desvaneció. Ahí comprendió que no tenía nada que temer.

Luego fue que empezó con sus experimentos; con frecuencia salía de casa bajo el influjo de la droga, pues tenía la teoría de que podría encontrar más espectros en casi cualquier lugar.

— ¡No tiene ni idea del panorama tan horrible y a la vez maravilloso que nos rodea! — Dijo sir Archer, emocionado. — Si todos tuviéramos conciencia del mundo supremo que convive con nosotros, no haríamos caso omiso de la puerta que chirrea a mitad de la noche, o de la sensación de ser asechados que nos abruma cuando cruzamos un callejón solitario. Nos daría pánico ver la mirada absorta y fija de un felino hacia un rincón dónde se supone no hay nada, y temblaríamos como bellacos cobardes ante la sola mención de lo extraño.

— Estoy de acuerdo — respondí — pero, ¿No cree que deberíamos tener cuidado con esa droga? Es decir, yo estoy convencido de la existencia de esos planos terribles y maravillosos que menciona, y aunque usted ha dicho que solo el miedo puede darles la fuerza suficiente a esas cosas para atacarnos... bueno, es muy común sentir miedo al ser asechado por fantasmas. ¿No existe la posibilidad de estar en riesgo si se importuna a esos seres?

— ¿Qué le ha pasado Massey? No me diga que se ha vuelto un cobarde de repente. Si mal no recuerdo, usted mismo me comentó que su ansia de saber y de ser un mejor escritor lo había hecho tomar decisiones extremas. ¿Acaso va a cerrar esta magnífica fuente de inspiración solo porque le asustan los fantasmas? Dejémonos de tonterías. Usted es un prodigio de la escritura, solo necesita el estímulo adecuado. Aproveche esta oportunidad.

Del bolsillo de su traje sacó una bolsita de plástico con varias hojas de lirio. Me vi tentado a rechazarla, pero sir Archer tenía razón, no podía desaprovechar la oportunidad. Teniendo la capacidad de ver a aquellos seres podría describir mejor a mis espectros y las sensaciones que estos provocarían en los personajes de mis historias. Finalmente tomé la droga, aun dudando de si era una buena idea. Por su parte, sir Archer se limitó a asentir con el mismo orgullo de un padre complacido.

— Muy bien, Massey. Confío en que usted sacará el mayor provecho de esta oportunidad. Créame, no se la hubiera ofrecido de saber que usted era un fantoche charlatán, como algunos amigos suyos de la logia que van por ahí presumiendo lo que saben. Usted, en cambio, es un hombre callado, un hombre que sabe elegir con quien conversar y eso me agrada. Cuando regrese quiero encontrarlo siendo una mejor versión de usted mismo. Estaré encantado de leer las historias sobre las maravillas que los lirios le permitirán ver.

— ¿Regresar? No me diga que ya se aburrió de Boston.

— No es eso. Sucede que tengo una excavación en progreso al oeste del desierto sirio. Descuidé ese proyecto por el compromiso de mi hija, pero ya que las cosas están solucionadas, debo regresar. Ella y mi futuro yerno vendrán conmigo. Quién sabe, tal vez y esto sirva para que la testaruda de Mabel cambie su actitud.

— ¿Cuánto tiempo estará fuera?

Él sopesó la respuesta por unos segundos.

— Será por poco tiempo, seis meses a lo mucho.

— Esperare con ansias su regreso, sir.

— Y yo esperare con ansias sus historias, mi buen amigo Massey.

Nos estrechamos la mano y aquella sería la última vez que vería al buen sir Archer, al menos en sus cabales.
4​
Mis experimentos con la droga de los lirios dieron sus frutos. Tal como me había recomendado sir Archer, comencé a consumirla mientras frecuentaba lugares dónde podría concretar encuentros con los fantasmas que rondaban las calles de Boston.

La primera vez que probé la droga, luego del incidente en el despacho de sir Archer, lo hice dentro de la iglesia católica de la comunidad. Recuerdo haberme sentido culpable y juzgado por mi conciencia, pues estaba faltándole el respeto a la divinidad del ser que nos había regalado el don de la existencia. Porque sí, aunque en un principio, incluso estando dentro de la logia, mis concepciones teológicas y mi fe en general habían militado sobre una cuerda endeble, y muy lejos de las doctrinas judeocristianas, ahora, visto lo visto, ya no estaba seguro de nada, y sinceramente me aterraba la idea de la existencia de un paraíso, y, por ende, la de un lugar de eterno tormento. Finalmente dejé de lado mis remordimientos y consumí la droga.

Entré a la iglesia en el momento en que el sopor de los efectos comenzaba a afectarme. Tomé asiento en la penúltima banca; la capilla estaba llena de viejecitas que desgranaban con fervor las cuentas de sus rosarios, al tiempo que recitaban con monótona velocidad una serie de padres nuestros y aves marías.

Dejé que el influjo de las drogas me arrullara y puse especial atención a cada rincón oscuro del lugar. Las estatuas de yeso que emulaban la forma y figura de los santos y arcángeles del cielo, brillaban con la luz amarillenta de las velas que temblaban bajo sus altares de veneración y proyectaban sombras que, en la condición que me encontraba, me parecían siniestras y dinámicas.

Me quedé un momento absorto en la imagen de la virgen de la medalla milagrosa que se encontraba a mi costado derecho. Su rostro impoluto y de perpetua bondad me inspiraba

paz y tranquilidad. Decidí quedarme así un momento más, disfrutando aquella sensación tan esquiva en mi vida. Sin embargo, un movimiento veloz al lado de la imagen llamó mi atención.

Desvié la vista y vi que de la sombra alargada que proyectaba la sacra imagen de la virgen emergía un ser pálido y humeante. Era un hombre calvo de mirada dura, rostro anguloso y nariz aguileña. Me sorprendí demasiado cuando puse atención en lo que llevaba puesto; aquella sotana ondeaba como una cosa viva, pese a que el viento era escaso. El espectro del cura me sonrió con una malicia aterradora; sus dientes estaban podridos, negros y llenos de un moho asqueroso.

Trató de abalanzarse sobre mí, pero mantuve la compostura, recordando lo que sir Archer me había dicho.

El fantasma de aquel cura impío extendió los brazos y avanzó hacia mí. El sonido herrumbroso de unas cadenas invisibles hizo eco en la iglesia, y aquel espíritu inicuo se tensó en el aire y se detuvo de golpe, antes de poder llegar a donde yo estaba. Observé entonces que un puñado de cadenas se entrelazaba en su pecho, y que el otro extremo de los eslabones se enroscaba como una serpiente en la imagen de la virgen, impidiéndole avanzar.

Un extraño pensamiento traspasó mi mente como una saeta: «¿Qué clase de iniquidad habría cometido este hombre en vida para sufrir semejante castigo después de la muerte?». De pronto, surgieron en mi cabeza mil conjeturas y cada una se fue hilando con una velocidad vertiginosa, hasta formar el esbozo de un cuento. ¡Era asombroso! Jamás la inspiración me había embargado de tal manera. Salí corriendo de la iglesia ante el asombro de las viejecitas, listo para recluirme en el viejo apartamento de estudiante que ocupaba en la universidad. Tan pronto estuve ahí me puse manos a la obra y comencé a redactar el borrador de mi nueva historia en una máquina de escribir de segunda que poseía desde mi adolescencia.

Las palabras fluían como un río desbordado pese al temor de perder el influjo de la droga. Y cuando menos lo esperé, el sol de un nuevo día entró por mi ventana. Tenía en mis manos un puñado de hojas, una historia y mucho trabajo de corrección por delante. Sin embargo, me sentía satisfecho. Revisé un par de veces la obra y sentía que era muy superior a las que anteriormente había escrito. Me acomodé en la cama con una satisfacción alentadora y me quedé dormido. Por aquel día mi trabajo estaba terminado.

5​
Pasaron los meses y yo continué abusando de la magia que la droga me brindaba. Llegué incluso a perderle el temor a tan espantosas visiones, y comencé poco a poco a sentirme vacío y desabrido. ¿Qué más podía sentir un cuentista de terror si el terror ya no formaba parte de su humanidad?, nada, dentro de mí ya no quedaba nada.

Por otra parte, las publicaciones y las ventas de los cuentos que escribí durante aquel período de trances y enlaces con el más allá, me generaron una pequeña fortuna con la que podía mostrarme, aunque con prudencia, algo ostentoso. Mis compañeros de la logia se deshacían en comentarios positivos con respecto a mi obra, y llegué incluso a obtener cierto renombre entre los escritores novatos de Boston.

Mi suerte había cambiado en un abrir y cerrar de ojos, y todo gracias a sir Archer, de quién pronto tendría noticias.

Los seis meses del viaje de mi amigo se cumplieron, pero lo que yo no sabía era que, mientras yo cultivaba triunfos a costa de su maravillosa droga, él estaba viviendo un verdadero infierno.

Recibir su telegrama aquella mañana soleada de primavera me llenó de alegría, aunque debo admitir que algo en aquel mensaje me dio mala espina:

«Venga cuanto antes a mi casa. Urgente».

Pensando que era lo escueto del mensaje y la premura por ponernos al día, deseché cualquier pensamiento negativo y me dispuse de buena gana a ir a visitarle. Me llevé una copia de mi libro de relatos y pasé por la licorería comprando el mejor wiski que tuvieran, no quería llegar con las manos vacías.

Llegué al lugar dónde hacía seis meses sir Archer me había presentado con la llave del éxito. Crucé el camino con el auto y me extrañó que él no estuviera en la entrada esperándome como la primera vez.

Me disponía a tocar la puerta, pero descubrí con extrañeza que esta se encontraba entre abierta. Entré con cautela, presintiendo que algo no andaba bien. Llamé con voz firme, pero solo recibí como respuesta mi propio eco.

La casa estaba vacía y yo comencé a recorrerla. Aquel silencio tan irreal me ponía nervioso y hacía que las excéntricas piezas de colección que antes me habían maravillado, ahora me inspiraran pavor. Llegué por fin al despacho y estuve a punto de abrir la puerta, pero alguien desde adentro se me adelantó.

— ¡Massey, por Dios! Creí que no vendría.

El sir Archer que abrió esa puerta era muy distinto al hombre que había conocido en la logia; llevaba el cabello y la barba desaliñados, la ropa sucia y parecía no haber podido dormir en días. Ya no quedaba rastro de su sonrisa blanca y entusiasta.

— He venido lo más rápido que he podido, señor. Lo siento, ¿Acaso sucede algo?

El hombre pareció no escucharme, miró a los corredores como si se escondiera de alguien o de algo.

— Entre rápido, él debe seguir por ahí.

No tuve ni tiempo de hacer preguntas, sir Archer me tomó con fuerza de las solapas y me metió al despacho. Dentro, todo estaba desordenado. Los libros de las estanterías estaban en el suelo, el escritorio con miles de papeles y apuntes extendidos sobre él, y el cuadro de la familia rasgado y maltratado en el piso. Pero también había un elemento extraño en aquel paisaje de dantesca locura; en cada esquina de la habitación había unos braseros de oro que quemaban un incienso de olor dulce y atorrante.

Sir Archer se lanzó agobiado sobre una silla.

— Massey, algo terrible ha sucedido. ¡Por Dios! Yo mismo he traído la condena a mi casa. Deme un poco de ese wiski que trae. Me sentará bien.

Le extendí la botella sin mediar palabra, esperando a que continuara con su historia. Bebió un par de tragos y luego me miró suplicante.

— ¡Por Dios! Se lo ruego, ayúdeme.
Se abalanzó sobre mí con las manos temblorosas y los ojos vidriosos, a punto de llorar. — ¡Cálmese! Claro que le ayudaré, pero para eso necesito saber qué ha pasado.

Tomé por los hombros al atribulado hombre y este me miró fijamente. La locura y la desesperación se reflejaban en su mirada. Se incorporó y volvió a sentarse en la silla, intentando mantener la calma.

— ¿Recuerda la excavación? — yo asentí —. Bien, resulta ser que investigábamos las ruinas de un antiguo templo sumerio que el desierto había ocultado bajo sus arenas. Fueron fantásticas las maravillas que encontramos ahí; los pictogramas en las paredes roídas daban a aquel lugar un aura de siniestra solemnidad, y las estatuas de piedra de los antiguos dioses, aún conservadas pese al inclemente paso del tiempo, nos maravillaban y aterraban a partes iguales. El viento que se colaba a través de las fisuras que habíamos limpiado durante el ingreso al templo, emitían horribles quejidos que parecían pronunciar los nombres de aquellas deidades soterradas en aquel sitio de eterna soledad. Enki, Enlil, Inanna, todos ellos parecían estar ahí, mirándonos con ojos acusadores. Y después de varios días de excavación, llegamos a una amplia sala que al parecer era una habitación clandestina que se extendía bajo el altar principal. A aquel lugar solo se podía acceder por medio de una trampilla diminuta. Los hombres que me acompañaban eran demasiado robustos para pasar a través de ella, así que fui yo quien se aventuró a bajar.

Descendí ayudado por una cuerda que mis hombres sostenían, armado únicamente con una lámpara y mis instrumentos para desenterrar tesoros. Sentí que el descenso duró demasiado tiempo, hasta que pude poner los pies sobre tierra firme. Cuando alcé la vista y vi el pequeño cuadrado de luz que era la entrada de la trampilla, supe que no me equivocaba. La única entrada y la única salida de la que podía disponer se encontraba aproximadamente a unos diez metros sobre mi cabeza. Mantuve la calma, aunque un extraño miedo comenzó a invadirme. ¡Por Dios, no me vea así Massey! Era la primera vez que me encontraba solo en un sitio como aquel. En la mayoría de mis expediciones siempre estuve acompañado por mi equipo, y jamás en una tumba subterránea y sombría. Bueno, déjeme continuar. Encendí la lámpara y lo que mis ojos vieron, se lo juro, jamás lo vio ojo alguno. Aquel foso secreto estaba repleto de joyas, oro y reliquias. Las amatistas, los rubíes y los zafiros se contaban a granel, mientras que las piezas de oro y plata bastaban para forjar unos diez palacios con dicho material. Yo estaba deslumbrado ante tanta riqueza. Yo, que en mi vida había tenido todo, ahora me sentía como un vil pordiosero. Me sentía como en la cueva de las maravillas, o como un personaje de las Mil y una noches.

Me disponía a echar mano a unos rubíes tan enormes como bolas de Ping Pong, cuando la vi; aquel maldito objeto reposaba sobre un cúmulo de monedas de cobre. Era quizá la baratija más insignificante de aquel salón, sin embargo, me sentí poderosamente atraído hacia ella. Era una lámpara de aceite de oro macizo, y a diferencia de las demás que había podido observar con anterioridad, esta poseía una forma y hechura peculiar. Su cuerpo era inflado, semejante al de una tetera, y se sostenía sobre ocho patas afiladas, emulando la forma de una araña.

No se si fueron las cualidades mágicas de aquella lámpara, pero le juro Massey que en aquel momento todo tesoro me pareció insignificante. Los zafiros perdieron su brillo y el oro y la plata su valor. Me acerqué eufórico y tomé sin pensar la lámpara. Entonces, la tierra se estremeció de tal manera que me hizo volver en mí. Agité la cuerda para dar la señal, ya que la bodega clandestina del templo comenzaba a derrumbarse. De inmediato mis compañeros comenzaron a halarme hacia la salida. Por suerte sorteamos aquella situación sin ningún daño más que el susto. Apenas pude ver como la trampilla por dónde había salido quedaba atestada de rocas y arena, y como el suelo bajo nuestros pies se desmoronaba. Fuimos ágiles y eso fue lo único que nos salvó de morir soterrados en aquel templo maldito. Cuando estuvimos a salvo, me cuidé de no dar detalles sobre el inmenso tesoro que acabábamos de perder, y me quedé con la lámpara, alegando que era lo único que había podido rescatar de aquella fallida expedición.

Luego de clausurada la expedición, busqué un hotel en Damasco y me recluí ahí un par de semanas buscando información sobre la lámpara. Entre libro y libro me di cuenta que tenía entre mis manos un objeto sumamente curioso y peligroso. Había rescatado de aquella catacumba mortal la lámpara de un Djinn.

En ese momento fruncí el ceño, incrédulo. — ¿Un Djinn? ¿se refiere usted a un genio? — Ni más ni menos, Massey.

Guardé silencio por un momento, sopesando las palabras que estaba a punto de decir. No tenía motivos para dudar de sir Archer, yo mismo había visto tantas cosas increíbles gracias a él, que me era casi imposible dudar de su historia.

— Y entonces, ¿Qué ha pasado?

— Pasa que regresé a Boston, y hace un par de días tuve una discusión muy fuerte con mi hija. Ya sabe, por lo del matrimonio. El tiempo se le había acabado y seguía renuente a casarse con Víctor, su prometido. Recuerdo que en aquel momento en el que discutíamos airadamente ella ingresó por inercia a la habitación donde yo había guardado la lámpara. Le advertí que saliera de ahí, pero no hizo caso. En cambio... — en aquel momento sir Archer hizo una pausa, un nudo en la garganta le impedía continuar —. En cambio, tocó la lámpara y expuso su deseo en voz alta. Aún puedo recordar sus palabras: «¡Te odio! Desearía jamás haber nacido».

Yo me encontraba sorprendido, y de alguna forma asustado. Casi podía imaginarme lo que pasó a continuación, pero decidí que fuera sir Archer quien terminara la historia.

— La lámpara se sacudió y liberó un denso humo dorado — continuó —. La habitación fue sacudida por un tremendo vendaval y una voz gutural retumbó como un trueno. El idioma de aquella voz era sumerio, pero mentiría si le digo que entendí lo que dijo. Y luego... ¡Dios mío, se lo juro!, Mabel desapareció frente a mis ojos. He perdido a mi hija, y ella a su vez ha liberado a una fuerza maligna casi imparable. Me he escondido aquí para buscar respuestas en mis libros, y he ahuyentado al espíritu con este incienso. Aún tenemos media hora antes de que se consuma y esa cosa trate de entrar.

— ¿Por qué regresaría? Ya tiene su libertad.

— No, Massey. El Djinn solo puede ser libre cuando cumple tres deseos. Este ser no descansará hasta arrancarnos a la fuerza dos deseos más.

— ¿Por qué no busca a alguien más, porque a usted?

— No sabría explicarlo a ciencia cierta, pero he de suponer que al desaparecer Mabel yo pasé a ser el propietario de la lámpara, quizá porque ambos tuvimos contacto con ella. Es la única explicación que se me ocurre.

En aquel momento mi mente era un nudo de dilemas y contradicciones. Por una parte, no podía dudar de la palabra de sir Archer. El no era un hombre conocido por su fama de charlatán, y tampoco tenía motivos para planear un montaje así. Por otro lado, lo inverosímil de la situación me ponía en duda. Una cosa era ver fantasmas, pero un Djinn ya era una situación más difícil de asimilar. Sin embargo, le otorgué el beneficio de la duda y de buena gana me dispuse a ayudarle.

— ¿Qué debemos hacer? — pregunté.

— Debemos comenzar por encerrarlo en la lámpara de nuevo. Para eso necesitamos la baratija esa y un conjuro. He hecho mis investigaciones, y tengo el libro y el pasaje correcto para ese cometido.

— ¿Qué libro es ese?

— El Corán. Los antiguos magos árabes recitaban pasajes del libro sagrado para calmar a estos espíritus. No perderemos nada con intentarlo.

— Vayamos por la lámpara entonces.

Salimos de la habitación, sintiéndonos asechados como dos presas indefensas. Los pasillos de la casa lucían solitarios y sombríos. Caminamos por ellos con paso firme pero cauto. Cada movimiento y cada ruido, por insignificante que este fuera, nos provocaba constantes sobresaltos. Yo me había dejado sugestionar por el pánico de sir Archer y por la condición del lugar. Y es que en cada esquina de la casa era latente una sensación de amenaza difícil de explicar.

Cuando llegamos a la habitación donde se encontraba la lámpara, sir Archer se adelantó para abrir la puerta. Se apoderó de él un fervor vengativo, y la ira, más que el verdadero valor, era lo que guiaba sus acciones.

— ¡Rápido, tome la lámpara!

Me lancé al interior sin pensar si quiera en los peligros que asechaban dentro. Era como si la euforia de aquel instante hubiera nublado mi razonamiento. La habitación estaba totalmente vacía, a excepción del pedestal donde se encontraba la endemoniada lámpara. Apenas posé mis dedos sobre ella y sentí el empellón de un potente vendaval. Mi cuerpo voló por los aires como un muñeco de trapo. Me estrellé contra el suelo y perdí el conocimiento no sé por cuanto tiempo. Desperté atontado por los gritos desesperados de sir Archer, quien sostenía el libro abierto, dispuesto pero incapaz de realizar el conjuro necesario debido a mi inconciencia. El pobre inglés estaba en medio de una tempestad sobrenatural; sus cabellos y ropajes ondeaban con frenesí, mientras peleaba contra el viento para mantenerse de pie. Me levanté como pude, y por suerte no había dejado caer la lámpara y aún estaba en mi posesión. Al verme, Sir Archer prosiguió a leer el pasaje que contendría al espíritu. Dijo una retahíla de palabras en un idioma que no comprendí. Y a medida avanzaba en su letanía, el viento dentro de la habitación se enfurecía cada vez más. Sin embargo, el viejo no desistió. Alzó la voz por sobre el estrépito del vendaval y conjuró al Djinn en aquella lengua extraña. Yo alcé la lámpara por inercia, imaginando que debía hacerlo. Hubo un estruendo de ventanas rotas, y una fuerza atronadora nos hizo caer. Ya no había viento, frente a sir Archer se alzaba un humo dorado que poco a poco tomaba una textura arenosa, para luego materializarse en un ser terrible e imposible.

La forma del Djinn distaba mucho de las representaciones tradicionales de los cuentos árabes; aquella cosa era mitad araña, con un abdomen peludo y asqueroso, similar al de una tarántula. Sus ocho patas eran largas y negras, con un grosor igual al de los brazos de un hombre fornido. Su otra mitad poseía rasgos más humanos, pero no por eso dejaba de ser monstruoso. Tenía la piel del cuerpo dorada, de un color trigueño. Su rostro poseía rasgos arábicos, la nariz ganchuda, las cejas pobladas y oscuras y una larga barba trenzada y bien cuidada. Llevaba turbante, y de él salía una larga trenza de cabello engrasado que se movía como si tuviese vida. Sus extremidades humanas eran musculosas y sus ojos tenían un color amarillo con vetas verdes.

Apoyé la espalda en la pared, sorprendido. Yo, que durante tanto tiempo busqué la verdad de lo prohibido, ahora sucumbía ante el terror de lo extraordinario. Estaba muerto de miedo, mucho más asustado que cuando vi el espectro de la señorita Ives y el de Margery Archer.

Sir Archer intentó retomar la lectura, pero el Djinn lo tomó por sorpresa. La larga trenza de cabello negro se enroscó en su cintura, suspendiéndolo del suelo. Las costillas del pobre inglés crujieron como madera vieja, y un grito de dolor pobló la habitación. Yo por mi parte permanecí inerte, asustado y sin dar crédito a lo que veía.

Y entonces el Djinn habló; su voz era como el eco de un trueno, y su lenguaje ininteligible recordaba a un tiempo lejano donde el desierto era joven y la magia vagaba libre sobre la tierra. El rostro del inglés se desencajó y clavó la mirada en los ojos amarillos del ser, como si hubiera entendido lo que le decía.

— Yo... — la voz de sir Archer sonó monótona, sin efusión ni miedo. — Yo deseo estar con mi hija.

El Djinn sonrió, dejando al descubierto unos dientecillos incipientes y afilados como los de las pirañas. Pronunció una frase otra vez en aquella lengua muerta, y acto seguido chasqueó los dedos.

Vi con asombro y terror como sir Archer se esfumaba en el aire, transformándose en polvo y diseminándose en la inexistencia, reuniéndose con su hija.

Permanecí unos segundos recluído en las fosas profundas de mi mente. Algo se había roto dentro de mí, y mi subconsciente luchaba por repararlo. Estaba muerto de miedo, como jamás lo había estado en mi vida. Y pude haber muerto literalmente en aquel instante a manos de esa cosa horrorosa, pero un destello de lucidez me abofeteó.

Alcé la vista y vi al Djinn en un estado de éxtasis perturbador. Parecía sumido en un estupor placentero, muy similar al gusto perezoso que nos embarga a nosotros los humanos luego de una comilona. «¡Dios mío, se alimenta de nuestros deseos!», recuerdo haber pensado. Luego me eché a correr con la lámpara aún en mi poder.

Aquella cosa despertó de su letargo y comenzó a perseguirme. No me atrevía siquiera a voltear, pero podía sentir tras de mí los pasos cercanos del Djinn, a veces en el piso y otras tantas sobre mí. No sé como no enloquecí del todo. Esa maldita y opresiva sensación de que en cualquier momento saltaría sobre mi espalda era horrorosa, tanto que no pude evitarlo y por fin volteé; esa cosa arácnida se movía con velocidad, y se desplazaba con facilidad sobre el piso, las paredes laterales y el techo. Corría en círculos cerrando una espiral que esperaba terminar en mí. Para eso yo era un juego, un bocadillo que le permitiría la libertad y el completo dominio de su voluntad. Pero yo no estaba dispuesto a desaparecer como Mabel y sir Archer, así que corrí con todas mis fuerzas. Mis pulmones no podían más y mis piernas flaqueaban, puesto que yo jamás había sido un sujeto acostumbrado al ejercicio y al esfuerzo físico. Aún así logré escapar. Justo antes de que el Djinn me diera alcancé, logré refugiarme en el despacho de sir Archer. Ahí el incienso continuaba encendido y el horrible olor ahuyentaría al monstruo al menos por unos minutos.

Estaba en lo correcto. Apenas el Djinn intentó cruzar a través del marco de la puerta, fue repelido por una fuerza invisible. El ser congestionó el rostro con desagrado y retrocedió de manera grotesca, retorciendo sus patas como un horrible insecto gigante. Cerré de golpe la puerta del despacho y me desplomé en el suelo respirando agitadamente. En ese momento hice algo que no había hecho desde que mi padre me contó la verdad sobre el suicidio de la señorita Ives: Lloré. Lo hice sin pena y como un crío necesitado de su madre. Tenía miedo, mucho miedo, y temblaba de manera incontrolable. Abracé la lámpara contra mi pecho e imaginé mi muerte inminente en aquel solitario y desordenado despacho. Todos mis sueños de grandeza y mis ambiciones en el mundo literario acabarían de la forma más absurda, y todo por una estúpida obsesión. En aquel instante maldije mi curiosidad y mi idiotez.

Permanecí no se cuanto tiempo acostado sobre el suelo frío, sollozando y sin saber que hacer, cuando sentí de repente que algo me atenazaba el tobillo y absorbía la poca energía que me quedaba. Traté de moverme, pero fue inútil, apenas y pude dirigir la mirada para poder ver quién o qué me sostenía. Abrí los ojos como platos. Muy cerca de mis pies se encontraba el maltrecho cuadro de los Archer. Y del lienzo rasgado y los resquicios de

madera emergía una mano huesuda y pálida que se cerraba entorno a mi tobillo, como la garra de un cuervo.

— ¿Tienes miedo muchachito? Eso es bueno. A mi me gusta cuando la gente tiene mucho miedo. — La voz del fantasma de Margery Archer sonaba avejentada y débil, como el suspiro de mil hojas secas quebrándose en otoño.

Traté de zafarme de su agarre, pero fue inútil.

— Vamos, pequeño. Quédate quietecito, falta poco.

El fantasma se carcajeó, y su risa se confundió con el ladrido de los perros y la herrumbre de cadenas que chocaban entre sí. Vi debajo del lienzo una sonrisa casi desdentada y amarilla volverse a llenar de dientes y recuperar su pulcritud. Y vi también el infinito vacío de sus cuencas llenarse con un fuego lila hasta convertirse nuevamente en ojos hermosos. Su mano, antes fría y muerta, se iba llenando poco a poco, y pese a no recuperar la calidez, sí que recuperó la lozanía de la juventud.

El espectro por fin me soltó y emergió de entre los escombros con un grito de guerra y júbilo, haciendo volar por los aires pedazos de madera y jirones de tela. Aquel fantasma lucía un esplendor hermoso y maligno. Sus cabellos rojizos flotaban como tentáculos amenazantes, y sus ojos color lila miraban con dureza y soberbia. Extendió los brazos, aprisionados por gruesas cadenas y macizos grilletes, y fui testigo de como los lazos que domaban su voluntad caían al suelo con estrépito. Flotó hacia mí con maligna gracia. Me sonrió, y luego susurró burlonamente: «Gracias».

Acto seguido voló por toda la habitación soplando cada brasero y apagando el incienso en ellos. Luego, con un estrépito inaudito, desapareció profiriendo un quejido estremecedor y abriendo las puertas del despacho de par en par.

Y entonces vi el final de mi vida y el principio de mi eterna condena. El Djinn, ahora libre para entrar, se desplazó por el techo hasta quedar justo sobre mi cabeza. Dejó caer su larga trenza, y como lo hiciera con sir Archer, me tomó por la cintura. Me atrajo hacía si, y cuando estuve muy cerca de su rostro me topé con su mirada amarilla. Aquellos ojos tenían el mismo efecto que un péndulo hipnótico; me adormecieron y me hicieron sentir fuera de peligro. Fue entonces que el Djinn habló de nuevo en aquella lengua extraña, y esta vez lo entendí.

— ¿Qué deseas? — dijo.
— Escribir. Escribir por siempre — respondí, sin voluntad ni fervor. — Concedido.

Lo último que oí fue el chasquido atronador de sus dedos. Cerré mis ojos con fuerza, imaginando que desaparecería en el viento como sir Archer y su hija. Mi sorpresa fue grande cuando volví a abrirlos; me encontré en un pasillo estrecho y de blancura insana, agobiado por un silencio etéreo y una soledad profunda y melancólica. Al fondo del pasillo se encontraba una puerta de un chillante color rojo. Corrí hacia ella, desesperado, en busca de una salida. Apenas y crucé el umbral de la puerta, una luz cegadora me golpeó

de lleno. Hice visera con la mano y cuando me sentí a salvo vi en donde me encontraba; era un salón amplio y vacío, de igual blancura que el pasillo que lo precedía. En aquella habitación solo había un escritorio, y sobre él una vieja máquina de escribir Olivetti, una silla y un puñado de hojas en blanco. Al fondo se extendía otro pasillo que daba nuevamente a una puerta roja. Corrí hacia ella, sorteando el escritorio y atravesando el pasillo. Nuevamente atravesé el umbral de la puerta roja y de nueva cuenta aquella luz fuertísima volvió a cegarme. Cuando abrí los ojos me encontré con la misma habitación de antes. Intenté una y otra vez salir de aquel horrible ciclo de soledad, mas no lograba nada sino fatigarme. Corrí como un estúpido por un tiempo indefinido hasta que, por fin cansado, me senté en la silla. Medité y fui consiente de mi desgracia. Lo único que podía hacer en aquella prisión infinita era escribir, escribir por siempre, tal como lo había deseado.

Ahora mis palabras fluyen con una avidez demencial, estoy solo y en silencio consiente de que no moriré jamás y de que escribiré hasta el fin de los tiempos sin que nadie pueda leerme. He pagado el precio de mi altiva curiosidad. Y ahora que escribo y reflexiono soy consiente de que, lo que habita en las sombras jamás debe ser revelado.
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#2
[font]Buen relato, amigo.

Me trajiste recuerdos de cuando era un chavito edgy y empecé a leer a Poe y mis primeros relatos eran una mala copia de esos weyes. En este caso es más una inspiración de Lovecraft cruzado por Poe. La parte del Lovecraft es eso de lo desconocido, de lo eterno mientras que lo de Poe es la obsesión, los fantasmas, el recuerdo de una mujer fallecida que es bastante frecuente. Me gusta mucho que en una parte donde hablas de las inspiraciones literarias del autor se ponga bastante meta. Tu manera de escribir me recuerda a las metáforas que usaba cuando era niño.

La única queja que tengo es que en cierta parte se siente como que fueran tres historias que uniste en una. Lo de la institutriz, lo de los fantasmas unidos a cosas y lo del djinn que salió más que nada para darle un final al relato. Aunque si lo piensas bien los tres sucesos tienen relación con aquello; el fantasma de la institutriz, los que están unidos a cosas y al final el genio, que no es otra cosa que un espiritu unido a algo material como los segundos. Aun así me hubiera gustado que los tres elementos se hayan conectado más o que hayan influido en más cosas.

Eso sería todo. 

Saludos.
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