Original - La primera estrella de la noche

#1
Estar con toda esa gente en la desgracia me parece de un masoquismo innecesario. Todo lo que necesito es este cigarro y la certeza de que me amaste, a pesar de todo me amaste ¿verdad?

—Se lo van a llevar —me dice Teresa, tu hermana. Hace años que no la veía y parecía que hubiesen sido solo unos días —¿No irás con el resto de la gente?
—No, gracias. Este tipo de cosas nunca me han gustado. Demasiada tristeza y cursilería. Llévenselo y ya, no quiero hablar más del tema o me pondré sentimental y eso no me va bien.

Teresa me mira con cara de lástima, como si ya la situación actual no fuera lo suficientemente lastimosa. No hay necesidad de que diga algo. Me toma una mano y la aprieta fuerte antes de darme un beso en la mejilla y dejarme ahí, bajo el roble de la plaza, sentado en un escaño roto frente a la iglesia. Veo el ataúd salir, cargado por tu padre entre otros familiares que nunca conocí, un hombre silencioso pero de palabras precisas que siempre me vio con malos ojos. Desde que estábamos en el colegio, y yo pasaba las tardes conversando contigo en tu alcoba, que aquel hombre tenía cierto resentimiento hacia mí. Quizás siempre lo supo. ¡Qué va! Si era más claro echarle agua. “Nos juntaremos a hacer tareas”, todas las noches de toda una semana: Nadie es tan estúpido. Me mira fijamente por unos segundos con los mismos ojos que me despedía cada vez que estaba en tu casa, con la misma mirada con la que me echó aquella vez que nos atrapó durmiendo abrazados (era obvio que lo sabía) antes de prohibirme volver. Pero ahí no se acabaron las tardes mágicas de hablar mirando el techo, de compartir tantos pensamientos.

—No sé si esto está bien —me dijiste una tarde de aquellas, mientras me contabas por primera vez que yo te atraía.

Recuerdo muy bien que aquella tarde se cubrió de silencio. Teníamos catorce años y era la primera vez que me planteaba el quererte. Siempre te tuve a mi lado, desde que nos hablamos por primera vez en tercer grado y era claro que te tenía un cariño especial. Pero llegar a tal grado era algo que nunca se me había pasado por la cabeza. Estábamos recostados en la cama de tu habitación en el segundo piso. Era una tarde calurosa de primavera y la ventana estaba abierta para dejar entrar el escaso viento que había y tus padres estaban en el piso de abajo, preparando todo para la cena. Nos miramos con las cabezas apoyadas en el cubrecama y noté que tus ojos buscaban alguna respuesta en los míos.

—¿Crees que está bien sentirse así? —me lanzaste la pregunta como un dardo en pleno rostro —. Papá cree que no.
—No lo sé —te dije mientras mi respiración comenzaba a acelerarse.

Siendo sincero, nunca le había prestado atención al color de tus ojos. Esa mezcla entre un café claro y un color amarillento que aquella tarde me atravesó sin previo aviso. Te acercaste poco a poco y yo sentía que el corazón se me saldría del pecho. Por dentro me preguntaba igual que tú si esto estaba bien, si era correcto. Te detuviste cuando tu nariz tocó la mía y entonces nos miramos como nunca a esa distancia casi prohibida. Qué dulce resultaba ese instante de irreverencia. No pudimos evitar la risita casi ridícula que se nos escapó en ese segundo, antes de que apoyaras tu mano en mi mejilla. Yo puse la mía sobre la tuya, sin saber si debía alentarla o sacarla de ahí, pero se quedó estática. Entonces tu otra mano se acercó para reconocerme el rostro. Tu dedo índice bajó suavemente por el perfil de mi nariz hasta llegar a mis labios y entonces fui yo el que cedió. Me acerqué lentamente, cerrando los ojos, y te di el beso más torpe que jamás di en mi vida. No duró más de tres segundos, pero en esos tres segundos fuimos eternos. Tus labios estaban tan cálidos y se sentía tan bien tener tu respiración tan cerca de la mía por primera vez. Nunca antes había besado a otra persona de esa manera y sentí que un escalofrío subía por mi espalda, que un calor me subía hasta las mejillas y que todo decantaba en mariposas en el estómago. Nadie estuvo ahí para decirme que ese torpe beso no se volvería a repetir en mi vida, que ningún otro, ni por bien dado, tendría tanta intensidad como aquel. Por poco y perdemos el control de las manos, pero casi inmediatamente después de eso escuchamos a tu madre subir por las escaleras. Venía a llamarnos para la cena y nos pilló sonrojados como dos cerezas, pero a una distancia ya más que prudente. Al día siguiente fue que tu padre nos vio durmiendo abrazados y me prohibió la entrada a tu casa otra vez. Siempre nos cupo la duda de si él supo lo del día anterior y supongo que es algo que nunca sabremos.

A pesar de tu padre, las cosas no acabaron ahí. Luego del colegio nos íbamos a mi casa o bien a un sitio baldío que estaba cerca del colegio. Ahí entre los escombros había una alfombra de pasto donde cabíamos ambos y había una preciosa vista del cielo que adorábamos ver juntos. Ahí nos ayudaba Teresa. Siempre confiaste en ella y le contaste desde aquel día que tu padre me echó. Ella era quien te suministraba excusas. Fuera que la acompañarías a la biblioteca o alguna tontería como esa. Ella siempre estuvo dispuesta a ayudarnos y por eso le estaré siempre agradecido. Desgraciadamente, en mi casa, mi habitación no tenía puerta porque un día que discutía con mi madre se me ocurrió patearla y, con las termitas que habían en esa casa vieja, la puerta se rompió irremediablemente y, de castigo, me privaron de mi privacidad. Por otro lado, si bien el sitio baldío nos regaló tardes hermosas, era un lugar con bastante afluencia de gente y ni en un lugar ni en el otro pudimos estar a gusto.

No bastaba más que una tarde, mientras estábamos en el sitio baldío, muriera justo tu abuela. No es que ella fuese muy apegada a ti, sin embargo era entendible que tu padre quisiera tenerlos a ti y a tu hermana cerca en un momento como aquel. Cuando fue a buscarlos donde se supone que estarían, se dio cuenta que las cosas no eran como se las contaban. Encontró a tu hermana en el centro comercial con sus amigas y se vio en la obligación de preguntarle por ti. Teresa no pudo guardar mucho el secreto y ahí llegaron a buscarte. Esta vez no estábamos en ninguna posición comprometedora ni nada por el estilo, solamente dos muchachos observando el cielo y hablando de la vida, pero era obvio en su rostro que no le agradaba que quien te acompañara fuera yo. Te llevaron del brazo para preparar el funeral de tu abuela, que ni al caso con nosotros, pero aquel fue el comienzo de una serie de acontecimientos que ninguno de los dos quiso.

Han subido tu cuerpo al carro fúnebre y, antes de subir a éste, tu padre me clava nuevamente la mirada, como queriéndome decir “aquí no te queremos”, igual que aquella vez. Tres días después de la muerte de tu abuela nos despedimos en la entrada de tu casa. Tu padre había encontrado otro empleo en otra ciudad en el norte, lejos de aquí, y si bien les aseguró que era una decisión que había tomado hace ya tiempo antes, nunca pudimos sacarnos la idea de que algo tenía que ver con nosotros y Teresa también lo creía, pero ¿qué podíamos hacer a nuestros catorce años contra tu padre? ¿hubo realmente una opción? No pudimos reclamar, no hubo más que la resignación, al igual que en éste momento. Las lágrimas me caían aunque no lo quisiera, tal como lo hacen ahora que te veo partir, pero aquella vez tenía la incertidumbre de si volverías o no; hoy tengo la certeza de que no volverás.

—No quiero irme —me dijiste entre sollozos aquel día. Llevabas tiempo haciéndote el fuerte, pero cuando tu papá comenzó a apurarte desde la camioneta ya no pudiste aguantar.

Aún llevo conmigo el abrazo que me diste después de eso. Me apretaste contra ti con tanta fuerza que sentí tu corazón latir triste y nuestras lágrimas se mezclaron en un solo llanto lleno de tristeza. Yo quise besarte, porque ahora si estaba seguro de lo mucho que te quería y no podía concebir el mañana sin las tardes contigo. Quería llevarme conmigo el recuerdo de un beso que nos traspasara a ambos y así transmitirte lo mucho que te quería. Pero tu padre siguió con la bocina y, aunque Teresa intentó detenerlo por todos los medios, tu madre, que era la voz de la razón, salió por la ventana y te dijo que ya era hora de partir. Ya no era posible seguir alargando la despedida. Nunca separarse fue tan difícil y aún en el trayecto hacia la camioneta mirabas hacia atrás como esperando que se develara una pesadilla, despertar en algún momento, y yo también lo esperaba. De rabia me rompí parte de la pared interna de la boca, que mordía esperando despertar en cualquier instante. Pero te subiste a la camioneta y esta partió y tu casa quedó ahí tan vacía.

Los días siguientes estuvieron tan grises sin ti. Noté por primera vez lo solo que estaba sin ti a mi lado y lo difícil que era lidiar con el mundo sin tu ayuda. Me costó mucho establecer más relación con el resto de la clase, sin embargo, como tu eras su amigo, supongo que eso ayudó hasta cierto punto. Volví todas las tardes para acostarme en el sitio baldío y mirar el cielo, siempre preguntándome si veíamos lo mismo. Nos gustaba observar las formas de las nubes y, al atardecer, ver las primeras estrellas que se colgaban en el cielo y admirar ese momento en que no puedes decir si es de noche o de día, cuando el azul se va tornando violáceo y hasta rojizo, otras veces color rosa: El cielo rosa era nuestro favorito. Teníamos una regla y esta era sencilla: El primero en ver una estrella en el cielo debe darle la mano al otro. Entonces todas esas tardes estiraba mi mano esperando encontrar la tuya y entonces tomaba un manojo de pasto y lo apretaba entre mis dedos, preguntándome si entonces no estarías tomando otra mano, aunque fuera la de Teresa, pretendiendo que fuera la mía.

Para mí el acceso a internet no era algo de todos los días, pero te juro que lo intenté cuanto pude luego de que te fuiste, para enviarte algún mensaje y contarte de mi vida y preguntarte por la tuya. En aquella época era muy caro tener un ordenador en casa e ir al cyber no era algo que nos pudiésemos costear con mi familia, salvo que fuera por una tarea, y te prometo que aproveché cada una para enviarte mensajes, para enterarme de ti, para que supieras de mí. En un principio tus respuestas eran largas y había tanto detalle que la distancia casi ni se sentía, pero luego vinieron las vacaciones y no tenía excusas para poder ir al cyber y escribirte como quería. Busqué maneras para tener un poco más de dinero, pero como escaseaba en mi casa, al enterarse mi madre que tenía trabajo, me pedía parte de mi escueto sueldo para asuntos del hogar y fueron pocas las veces que pude permitirme escribirte como en otro tiempo. Fue entonces que tus mensajes fueron disminuyendo en longitud y detalle y poco a poco fuiste desapareciendo. No siempre respondías y a veces las respuestas no parecían venir de la misma persona y así, sin quererlo, la vida nos fue alejando y nuevamente no pude hacer más que resignarme. No valía la pena seguir escribiéndote de esa manera y poco a poco nos dejamos de comunicar.

Mentiría horriblemente si dijera que eso hizo que dejara de pensar en ti. Después de que los años pasaron y habiéndome ido de casa para estudiar en Valparaíso, pensaba en ti cada vez que podía. Hubo unos cuantos después de ti, pero ninguno con quien compartir los atardeceres; ninguno que me diera la mano con la primera estrella. Entonces, cuando llegaba la tarde y el amor de turno dejaba la casa, yo me sentaba con un cigarro en la ventana a ver la puesta del sol y siempre, con la primera estrella en el cielo, estiraba la mano libre e intentaba agarrar en vano el aire, pensando en ti.

Por esa época se puso de moda Facebook y me creé uno, porque decían que podías encontrar gente solo con escribir su nombre. Pero luego de haberlo creado dudé tanto de buscarte. ¿Qué te diría ahora? ¿Qué sería de tu vida? ¿Seríamos los mismos que bajo el techo de tu cuarto se besaron torpemente? Estuve días pensando si sería o no correcto buscarte, hasta que de repente recibí una solicitud de Teresa. No podía creerlo. Hablar con ella fue como nunca haberse separado y, entre tanta historia, me contó que estabas estudiando también en Valparaíso, arte, como siempre quisiste. El corazón me saltó dentro del pecho al leer aquello, pero no tuve el valor de agregarte en ese momento y salí a recorrer la ciudad para refrescarme la cabeza con un cigarro en mano. Como si el destino estuviese de mi lado, entre la multitud que a esa hora se movía por la Plaza Aníbal Pinto, reconocí tu caminar doblando por la esquina de la intendencia. No lo podía creer. Entre todos los habitantes de la ciudad te había encontrado sin proponérmelo y, aunque algunos quizás mas reflexivos que yo pensaran que quizá se tratase de otra persona, yo tenía completa seguridad de que se trataba de ti. El cielo se estaba tornando rosa aquella tarde y decidí seguirte para encontrarte. Entonces al girar en la esquina, te vi a lo lejos como si el resto de la gente que caminaba desapareciera en un instante. Tu cuerpo había cambiado y te habías dejado una incipiente barba en el mentón y, entonces, cuando la primera estrella se dibujó sobre tu cabeza, vi que observabas a tu lado y, luego de apuntarla en el firmamento, le diste la mano a aquel chico del que nunca supe su nombre. En ese instante se me fue el mundo a los pies. Ibas a voltear y, antes de que tu rostro tropezara con el mío, salí corriendo de aquel lugar sin mirar atrás.

Todo tenía sentido ahora, pero ¿por qué Teresa no me dijo nada? Pasé años de mi vida pensando en ti, en nosotros y tratando de luchar contra esto que sentía. Pero de algo estaba seguro: Aún recordabas los atardeceres tomado de mi mano, porque aquel gesto no podía ser sino un recuerdo de lo que alguna vez fuimos. No te agregué a Facebook ni volví a hablar con Teresa hasta hace unos días. Cuando en un mensaje me da la noticia.

—Tuvo un accidente. Iba por la calle y lo atropelló un bus porque el chofer no iba mirando hacia adelante —me lanzó sin previo aviso —. Estaremos en el Hospital Van Buren. Mis padres vienen en camino desde Antofagasta, por si quieres ir. Es ahora el momento.

Pero esa tarde me la pasé llorando como nunca, fumando todo cigarrillo que tuviera guardado por la casa y esperando, aquel atardecer, como un tonto poder estrechar tu mano. Hubiera sido más sensato estar contigo en el hospital, pero tantos años alejados el uno del otro se me hacía tan raro, tan estrepitoso que me aguanté las ganas como pude, porque ya no me sentía parte de tu vida. Pero tarde vine a caer en la necesidad de volver a verte, porque cuando me decidí a ir, me di cuenta desde lejos al llegar que tus padres ya se encontraban ahí. Me quedé observando desde lejos, sin querer irrumpir la calma. Toda la familia esperando cualquier anuncio por parte de los médicos, entre tantas otras personas en situaciones iguales o hasta quizás peores. El ambiente de aquel lugar era algo de lo más triste. Pero entonces tu padre alcanzó a divisarme a través de la ventana y se acercó para quién sabe qué. No pude pensar sino en que quería darme un escarmiento, como ya lo había hecho otrora. Al pensar en esto, decidí huir y me puse a llorar en un rincón de la calle donde él no pudo encontrarme. Lloraba por no volver a verte, por tener aún atravesadas en mi garganta las palabras que quise decirte a los catorce años cuando partías de casa. Entonces volví una hora después, buscando un mejor escondite desde la distancia, donde tu padre no pudiese encontrarme, y lo supe al ver sus rostros frente al doctor. El rostro de tu madre y de Teresa se deformó en un llanto atroz que me sacudió el alma. Tu padre simplemente miraba el vacío, como si hubiese perdido el aliento y yo... Yo dejé caer el cigarrillo de mi boca y volví a mi casa a llorar sentado tras la puerta. No podía dejar de ver tu cara en todos lados y sentía que el cielo se cerraba sobre mi cabeza.

Hoy llegué a la iglesia vestido de luto con la firme decisión de observarlo todo desde lejos, para no causar escándalo. Supe que te enterrarían acá en Valparaíso porque así lo pediste expresamente en tu agonía. Al menos eso fue lo que Teresa alcanzó a decirme por mensaje. También me contó que aquel día paseabas con un amigo y que, justo cuando le contabas sobre nuestra tradición y lo mucho que me extrañabas, creíste haberme visto corriendo entre la multitud y no tuviste el valor de seguirme para averiguarlo. Han pasado tres días desde aquel mensaje y aún me parece todo tan surreal que no pierdo las esperanzas de volver a despertar a los catorce años, en la alfombra de pasto, en uno de los tantos atardeceres que compartimos, pensando que todo esto es una maquinación de mi mente y que nos dormimos ahí, juntos y de la mano y que como tal despertaremos en algún momento. Despertaremos y nos daremos cuenta de lo tarde que es y cada quien volverá a su casa y ya mañana nos volveremos a ver. Tu no tendrás que partir a Antofagasta y yo no tendré que aguantarme estas palabras que me carcomen la garganta y me atropellan el habla, porque te las diré apenas despierte y no nos importará la gente. Te besaré como lo he querido por tanto tiempo y con eso sellaremos nuestra historia. Pero el tiempo continúa su curso y el carro fúnebre sigue en su sitio. Tu padre conversa algo con Teresa dentro de este y, al rato, él sale con un rollo de algo como tela en su mano. Viene directo hacia mí. No hay caso, esta vez no huiré. Ya no tiene nada que recriminarme, porque si todo es realidad, todo reproche se ha ido contigo. Puede acercarse y decirme lo que guste: Ya no puede culparme de nada.

Al llegar frente a mi, levanto la mirada y lo observo tan serio como siempre. Él, lentamente levanta su mano y me hace entrega de aquel trozo de tela enrollada. No hay palabras, pero decido estirarlo para ver de qué se trata. Sentado y con el cigarrillo aún en los labios, contemplo con un nudo en la garganta una pintura de un patio baldío en un atardecer rosa; entre los escombros hay una alfombra de pasto y en ella, dos jóvenes miran el cielo en uniforme de colegio y se dan la mano, eternos y enamorados. Uno de ellos apunta lo que seguramente es la primera estrella en el cielo, mientras que el otro lo observa, seguramente perdido en la contemplación de su amado. No puedo evitar ponerme de pie y agradecerle a este hombre con al menos un apretón de manos, pero en cambio él me mira directamente a los ojos y, con las primeras lágrimas al borde de los ojos, me abraza y ambos lloramos juntos por tu partida. Hoy el atardecer es gris, pero ahí, abrazado a tu padre, miro hacia lo alto de la iglesia y, entre las campanadas que marcan tu despedida, logro divisar en el fondo del firmamento la primera estrella de la noche.
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