Original - La casa de los Destinos

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#1
En la casa de los destinos hemos habitado desde tiempos inmemorables. Fieles siervos de Nefrem; aquel que es la balanza de todo lo creado. Somos incontables, como las estrellas de todos los universos y regimos la vida de los seres insignificantes que pueblan esas distantes esferas que llaman planetas.
 
Como escribas de la orden dinástica de Nefrem, nuestra tarea es llenar gruesos mamotretos con las historias de cada ser vivo. Hay historias grandiosas y larguísimas de reyes guerreros de increíble fiereza, impresionantes para todos aquellos que no conozcan, como nosotros, la inmensidad de la existencia. También hay historias cortas y con un regusto amargo, como la de los pequeños embriones que no llegaron siquiera a poseer un nombre; proyectos abortados, apenas borradores mal escritos que no pudieron convertirse en historias.
 
Para los seres corrientes, todo eso que llaman vida sugiere un gran acontecimiento. Para nosotros, los escribas, sus vidas no son más que garabatos sobre el papiro de lo eterno, tan fáciles de escribir como de borrar.
 
Nosotros escribimos sobre los suspiros de las estrellas y las explosiones cósmicas que dan a luz a monstruos terribles que navegan en la soledad del espacio. También escribimos sobre “ellos”; esas criaturas que podrían destruir galaxias enteras y que tanto aterran a aquellos que han tenido la desgracia de ser tan perceptivos como para atraerlos a sus dimensiones. Esos dioses desordenados son apenas un murmullo en nuestras páginas, y con un trazo de la tinta de nuestras plumas podemos esfumar su existencia o ponerlos a dormir durante milenios.
 
Somos los dueños, los arquitectos y a la vez los cronistas del destino de todo. Nuestras bibliotecas son inmensas, y en ellas guardamos las bitácoras infinitas del universo. Somos los que elegimos como nacen, como viven y como mueren todas las cosas creadas. Nuestras letras son ley, y no existe nadie que pueda escapar de ellas. Aquellos que lo intentan, apenas y pueden tomar curvas diferentes a las trazadas, pero siempre desembocan en el mismo camino.
 
Y así transcurrían los eones en la austera soledad y monotonía de la casa de los destinos. El único sonido que nos acompañaba era el murmullo abnegado de nuestros hermanos y el casi imperceptible roce de la pluma sobre el papel. Jamás imaginé que yo, Nisht, el escriba mayor, aún sabiéndome poseedor, por la gracia de Nefrem, de una longevidad casi inmortal, vería lo que vi con mis ojos sin edad.
 
Acababa yo de terminar la historia de un insignificante humano; esa raza nueva y efímera, tan achacosa, pueril y despreciable. Tan glotones y estúpidos, esclavos y enemigos de sí mismos. Cuando se apoderó de mí una horrible sensación.
 
Yo, que había visto nacer galaxias y había presenciado la muerte de los grandes dioses sin inmutarme, ahora temblaba, presa del miedo y la incertidumbre. Conocía perfectamente aquellas sensaciones pues se las había impregnado en el alma a infinidad de seres durante incontables siglos. Ahora era yo quien las padecía en carne propia.
 
El mamotreto que sostenía entre mis manos se abrió de par en par y sus hojas comenzaron un trepidante viaje guiados por una fuerza invisible, como si los vientos de lo imposible hubiesen cambiado de rumbo y juguetearan con el libro. Mi asombro fue en aumento al ver que las letras escritas con la tinta indeleble del destino, inamovibles desde siempre, se borraban, fluctuaban y se reescribían. El espectáculo cesó con el potente golpe de las hojas cerrándose unas sobre otras. Y por primera vez, desde el inicio de los tiempos, hubo un silencio absoluto en la casa de los destinos. Mis hermanos habían dejado de escribir y me observaban expectantes. En sus ojos había un atisbo de miedo y sorpresa.
 
Dirigí la vista al libro y extendí la mano hacia él. Una sombra de duda me hacía temblar, pero tomé coraje y por fin me atreví a abrir el pesado códice. Ojeé con sumo cuidado, procurando revisar que no hubiera ni la más mínima alteración en la historia de aquel humano insignificante. Por un instante la esperanza me alivió, todo parecía estar en orden, o al menos eso pensaba hasta que llegué a la parte donde había escrito el lúgubre final de aquel hombre. ¡Todo había cambiado! El humano había escapado de la muerte y no contento con eso, su historia seguía escribiéndose. ¡El destino había sido alterado! El pánico reinó entre los pasillos sin fin de nuestra morada, y más aún cuando, con el correr de los tiempos, más libros se fueron reescribiendo.
 
Lo más inquietante de todo era que había un patrón invariable en todos los destinos que se alteraban. Aunque las historias fueran de épocas y universos totalmente diferentes, una característica las unía: Los únicos capaces de sublevarse y desafiar el poder que Nefrem nos había concedido, eran los humanos.
 
Mi mente vagó en el desasosiego e incluso en el terror. Había observado desde hacía siglos a esas criaturas y sabía de lo que eran capaces. No fueron pocas las veces en las que debimos enderezar la historia eliminando civilizaciones enteras que amenazaban el delicado balance entre el caos y el orden. ¿De que serían capaces si tomarán conciencia de ese poder tan grande que poseen? Ahora son creativos y algunos hasta nos emulan copiando el arte de la escritura y gobernando pequeños mundos de papel, jugando a ser dioses. Otros, son mas osados y se sientan en tronos gobernando naciones. Hasta hay quienes, ávidos de conocimiento, han jugado con las artes antiguas y moldeado la realidad a su antojo. Pero hasta ahora ninguno había sido capaz de evadir al destino. Ahora parecen proliferar como una plaga. Será cuestión de tiempo para que un humano trastornado encuentre la forma de hacerse con nuestro poder. Y cuando eso pase, no habrá nada ni nadie que pueda detenerlos.
 
He decidido que eliminaré a todos los humanos de todas las líneas de tiempo y dimensiones, pero para eso necesito el gran libro de Nefrem. He cruzado los abismos del eterno universo oscuro y he caminado por cientos de años rumbo a la cúspide del espacio, donde se yergue el trono de Nefrem. Cuando por fin mi travesía vacilante hubo terminado, me sobrecogió un miedo enloquecedor. No había rastro del libro ni del dios que debía sentarse en el trono. ¿Desde cuando se había ido Nefrem? ¿Acaso sabía lo de los humanos y decidió huir, condenándonos a la extinción?
 
He regresado a la casa de los destinos y las noticias no mejoran. Mis hermanos se desintegran como arenilla dejando tras de sí solo una estela de polvo, sus libros y sus plumas. Los escribas están muriendo. Ahora mis miedos ya no son meras especulaciones, ahora son palpables como las historias o el tiempo.
He atado los cabos y por fin entiendo lo que sucede. Alguien se ha hecho con el libro de Nefrem y juguetea con él. Los humanos ahora tienen el poder del destino. Ya no puedo hacer más que esperar el amargo final, una dosis de mi propia medicina.
 
Hoy ha caído el último de mis hermanos, se ha vuelto arenilla como todos los demás. El silencio es más perpetuó que nunca en la casa de los destinos y siento que el final que me han deparado es el más largo y tortuoso, como prolongando la angustia. Por suerte tengo un libro a la mano, uno que quizá me libere de este sufrimiento. He comenzado a escribir desde hace un par de años, siempre temeroso de que el fin me encontrara antes de terminar. Pero hoy he acabado y le he dado un final más que decente a esta historia. El libro que lleva mi nombre ahora descansa en las estanterías infinitas de la casa de los destinos, un lugar olvidado en cuyas paredes pronto resonará el silencio absoluto.
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