Original - Infinito

#1
Ha pasado un mes desde que su presencia física desapareció. Sin embargo, tú la sigues viendo en cada rincón oscuro de la habitación, en cada callejuela solitaria, recluida en una esquina cuando las luces del alba se cuelan por la ciudad.
 
Sigue igual de hermosa y eso te tienta. Está un poco pálida y desgarbada, un poco muerta. Pero eso no te importa, solo quieres volver a estrecharla en tus brazos. Una de esas noches frías y olorosas a lluvia perdiste el miedo y te acercaste. La estrujaste con desesperación, pero cálidas lágrimas brotaron de tus ojos al notar que su cuerpo traslúcido era impalpable. Abrazaste con dolor la nada y lloraste preguntándote el porqué de aquel sortilegio. Sus labios azules y sus ojos sin brillo guardaron silencio. Te venció el sueño y el dolor, justo cuando el sol hacía su entrada triunfal a través del alfeizar de tu ventana polvorienta. La viste desvanecerse a medida que la luz tocaba su cuerpo espectral, sin embargo, sabes que ella seguirá rondándote, sabes que la luz no la ahuyenta, pues no es un demonio ni el fantasma de un alma pútrida que huye con el amanecer.
 
Ahora la noche ha vuelto a caer y ella ha regresado, justo cuando en tu mente comenzaban a rondar ideas extrañas de como terminar con aquello. Te sientes culpable, sabes que tú mismo la has atado con un lazo infinito de amor a esta realidad. Tú eres la piedra que entorpece su descanso. Tus llantos y desconsuelos son, a sus oídos, como mil garras que arañan el metal. A eso ha venido, a que la liberes. A que la dejes descansar. Pero no puedes, eres demasiado torpe y obstinado como para imaginarte una vida sin ella. Hasta te has acostumbrado a sus terroríficas visitas e incluso has tratado de entablar una conversación casual, como si la muerte no fuese un abismo infranqueable, como si los viejos tiempos se hubiesen quedado congelados en una dimensión donde solo ambos habitan. Te duele su silencio. No comprendes si es ella la que no quiere hablar o si es que acaso los fantasmas son subyugados por alguna extraña regla que no les permite conversar con los vivos. No entiendes, te desesperas y rompes en llanto exigiendo una respuesta — ¡¿Por qué no me hablas?! — Vacilas ante su estoico silencio y la vez directo a sus ojos inhumanos. Percibes el lento movimiento de sus labios delgados, pero no escuchas nada. Te levantas con desesperación y te acercas al espectro de tu amada. Sientes su aliento gélido, y por primera vez escuchas la voz de la muerte.
 
— Duele. — Susurra ella, con un tono seco y sin emoción.
 
No logras diferenciar si es una afirmación o una pregunta, sin embargo, te aventuras y continúas aquella extraña conversación. — ¿Estar aquí duele? — Preguntas, con la esperanza de escucharla una vez más.  Ella asiente débilmente y tus lágrimas vuelven a brotar. Entiendes que le haces daño, pero no puedes liberarla. Quisieras, pero el dolor se entierra cada vez más en tu pecho con solo barajar la idea de un mundo sin su presencia.
 
Ahora han pasado varias semanas desde aquella visita donde escuchaste por única vez su voz muerta. La sigues viendo en los alrededores, cada día se vuelve más aterradora y menos bella. Sus ojos se han hundido y su piel pende como grotescos pellejos sobre los huesos. Ha envejecido y sus cabellos se han enmarañado como un nido. No hay rastro de tu amada en aquel ser. Sabes que es tu culpa, y no importa cuánto alcohol consumas, ella seguirá visitándote para recordártelo.
 
Te levantas aturdido por el alcohol y ya con la firme idea de liberar al espectro de su agonía trastabillas hasta la ventana. La abres. Sientes la agradable brisa de la noche besarte el rostro, y por un par de segundos te sientes libre de todo peso. Volteas hacia tu habitación y la vez. Sus ojos te observan. El espectro alza la mano hacia ti. Recuerdas tu obligación y sales como puedes por la ventana. Pisas con temor el reducido alfeizar que es lo único que te separa de la muerte. Desde un décimo piso las cosas se ven diferentes, todos son como hormigas insignificantes. Sabes que no existe otra manera. Si sigues con vida jamás podrás dejarla ir, así que cierras los ojos y abres los brazos como un Cristo suicida que abraza a la noche. Un leve paso hacia enfrente y pisas el aire.
 
La caída es terriblemente lenta. El viento te extiende el cabello y las ropas. El zumbido del aire es insufrible, y antes de que te des cuenta, la muerte te toma en sus brazos. El asfalto se tiñe de rojo y tu interior cruje horriblemente. La vida se te escapa por los ojos, los oídos y la boca. Ya no eres más que un despojo.  Aun así, te levantas, sorprendido, ignorando tu nueva condición. Observas con perplejidad tus manos y ves tu cuerpo tendido a través de ellas. Tardas unos segundos, pero por fin lo comprendes; estás muerto.
 
Una inexplicable sensación de alegría te invade cuando la vez frente a ti. Está hermosa y radiante nuevamente. Libre para el descanso eterno.
 
 — ¡Lo hice! — exclamas con algarabía, mientras el alma de tu amada comienza a suspenderse en una abducción divina. Ella es libre ahora, pero por alguna razón notas en su rostro un dejo de profunda tristeza.
 
— No era la forma, no debiste—. Fueron sus últimas palabras antes de ser consumida por la luz de un coro seráfico. Te quedas abrumado y aterrorizado. El cielo se ha cerrado frente a ti y a engullido a tu amada dejándote solo. Es allí cuando comienzas a atar cabos y comprendes tu destino. Tu sacrificio incorrecto te ha cerrado toda posibilidad de reunirte con ella, y ahora miras con ojos bien abiertos cómo la tierra se abre bajo tus pies, y un pestilente olor a podredumbre te envuelve. Ves destellos rojos y chisporroteantes llamaradas que brotan de aquella boca oscura en el asfalto. Oyes el lamento de millones de generaciones condenadas y el regocijo de las huestes ultraterrenas. Suspiras con resignación y te adentras al martirio eterno. “Dejad afuera toda esperanza” rezaba Dante en su divina comedia, y es justamente lo que haces. Esbozas una última sonrisa pensando en que al menos ella estará bien. Y por fin partes sobre aquel camino trazado por un amor egoísta, infinito y cálido como las llamas del infierno.                         
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#2
Ella muere, tu te aferras, y te aferras tanto que la condenas y te condenas. Vaya cuento, estuvo genial.
Master Weasel. Es esa sombra extraña que te sigue en la cueva 
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