Original - Hijo Pródigo

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AdvertenciaOGSuicidio/Intento de
#1
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Lo siguiente es un relato de ficción. Puramente ficción. No contiene dragones, magia o monstruos escupefuego, pero no por eso es menos inventado. Un ejercicio literario, por decirlo así, que quería sacarme del pecho para mover los dedos otra vez. 
Hijo Pródigo


Mataron a Lucas.

No se murió, lo mataron. Salió al cajero automático de madrugada y le metieron una bala entre el pecho y la espalda. Su mujer se enteró dos horas después. Y a las seis de la mañana, Mar me daba la noticia a mí. Sabía que algo malo pasaba en cuanto vi su nombre en la pantalla; mi hermana se comunica exclusivamente por WA, y a esas horas suele estar durmiendo. Si estaba despierta, algo había pasado. Y si algo pasaba, solo podía ser malo. Llega un punto en que dejas de esperar las buenas noticias; y en su lugar te limitas a esperar la próxima mala. Supongo que este año no habrá fiesta de navidad.

La oí alarmada. Asustada, quizá, y desconcertada, pero no tan triste. Casi de la misma edad; ella y Lucas nunca se llevaron bien. Se soportaban en los buenos tiempos y en los malos eran enemigos a muerte. Siempre con un comentario hiriente para el otro, siempre con otra mirada de desdén que ocultaba un rencor mutuo con el que crecieron desde niños. Y yo, como el menor de los tres, a menudo también estaba en medio. Tratando de defender a uno sin quedar mal con el otro, y fallando en el proceso. Es apropiado, si bien cruel, que haya sido Mar quien me dio la noticia. Como si una especie de ciclo se cerrara entre los tres. Nos dimos las condolencias, prometió llamarme cuando supiera más y yo prometí ir a su casa para acordar los detalles. Uno de los dos colgó, no recuerdo quien, antes de darnos los buenos días.

Detalles. Claro, los detalles. La cremación, el velorio, el funeral y qué se hace después. Es aterrador el pensarlo, pero la de Lucas es la tercera muerte en la familia de los últimos tres años. Nos hemos acostumbrado a verlo como una especie de trámite; de papeleo que debe hacerse y cosas que deben tirarse. Avisar en el trabajo que me tomo tres días. El traje está bien, no ha salido de la maleta; pero la camisa negra está sucia. Lustrar los zapatos. Dejar comida a los perros y, tenía que ser: sacar dinero del cajero. Es apenas cuando termino de preparar todo que mis pensamientos me alcanzan y las piernas dejan de sostenerme. Con la cama recién armada detrás de mí, me dejo caer y las primeras palabras salen antes de que las oiga.

—Pobre infeliz.

Sentí su puño en mi ojo, como si lo hiciera explotar, y el olor de sus Camel. Sentí su cabeza sobre mi hombro en el funeral de mi abuelo, incapaz de contener el llanto al ver a su padre reducido a cenizas. Y su voz en un eco distante, casi irreconocible, diciéndome que era como su hermano.

¿Lo era? No lo sé. Lucas siempre fue proclive al dramatismo. Los abuelos tuvieron cuatro hijos con uno o dos años de diferencia entre cada uno, hasta que la quinta murió a los pocos días de nacer, y supongo que lo dejó marcados hasta cierto punto, porque no hubo otro embarazo hasta muchos años después. Esto derivó en una brecha de diez años con su hermana más próxima, sumado a ello, el hecho de que nadie lo esperaba y las complicaciones que tuvo las primeras semanas, derivaron en que se convirtiera en la adoración de toda la familia. Un niño moreno de ojos grandes al que todos le reían las gracias hasta ya entrado en la niñez. El abuelo le enseñaba groserías y la abuela le enseñaba a decir mentiras, le perdonaban las rabietas, los desplantes y le reían las travesuras. Y en las reuniones familiares, se le trataba como a un pequeño actor en el centro del escenario. Al menos esa es la parte de la historia que ellos recuerdan.

Yo entré al cuadro siete años después, y la visión que tuve de él fue muy diferente. Es cierto, Lucas podía ser el centro de la atención en las reuniones, pero el resto del tiempo era un niño que se quedaba solo en casa todos los días, acompañado del televisor, quien le enseñaba cómo debía ser la vida. Un adolescente bajito y delgado con problemas de confianza, que dejó de buscar atención en casa y pasó a buscarla con los de su edad; un niño problema en la escuela que pasó a convertirse en un adolescente problema, cuyos padres preferían desviar la mirada a medida que sus gracias eran menos graciosas y sus maldades eran más malas. El contraste es grotesco entre aquel niño y el hombre que terminó siendo, casi tan grotesco como pensar en quien no llegó a ser.




Detalles. Quién se hace cargo de la niña. Quiénes van a la funeraria a consultar precios y quién va con la viuda por el acta de defunción. Quiénes cuentan con dinero y quiénes no. El arreglo floral, la cena, la misa. La eficiencia es enfermiza. ¿Cuándo nos acostumbramos a esto? ¿Qué le ha pasado al mundo en estos dos años? ¿Cómo es que la muerte ha dejado de ser tragedia? Si Lucas estuviera aquí, podríamos hablar horas y horas del asunto, tal vez hacer incluso algún chiste. Pero él se ha ido ya, y a mí me queda reflexionar sobre su ausencia con su fantasma, mucho más triste y sombrío de lo que él pretendió ser.

Acompaño a la viuda. Una mujer a la que apenas conozco, a mitad de sus veinte, me parece; ni bonita, ni fea, cerrada en sus pensamientos como yo en los míos. Susana, se llama. La recuerdo vagamente de las últimas reuniones familiares. Con esa cara de asustada hacia sus cuñadas, tratando de quedar bien con la familia de su esposo. Disciplinando a su niña cuando esta hacía alguna travesura (hija de su padre, después de todo). No era la clase de mujer que esperaba ver a lado de Lucas. Claro que no esperaba que llegara a casarse en primer lugar y, hasta donde sé, tal vez no fue opcional. Me parece que se conocieron a través de amigos y ella se embarazó durante, lo que parecía, era una relación casual que no duraría más de un par de meses. Las circunstancias de la biología primaria decidieron que no fuera así, y al enfrentarse a las consecuencias, ambos decidieron que preferían ver si podían llegar a algo antes de tener un hijo con un hogar dividido. Desconozco si fue debido a la presión, al hambre de validación frente a otros o a un genuino esfuerzo por cambiar, pero Lucas siguió adelante con ello sin quejarse ni una vez, abandonando sus pobres aspiraciones con el teatro para conseguir un empleo de verdad. Y lo cierto es que, sean cuales fueren sus motivos, empezó a cambiar a partir de entonces. La logística indica que más dinero en pañales es igual a menos dinero en cerveza. Que una jornada de seis días a la semana significa menos borracheras con los amigos. Que ocuparse de sostener una familia significa menos tiempo quejándose del gobierno tiránico y más tiempo trabajando para el mismo.

Esto es información de segunda mano y conjeturas mías. Para cuando Susana apareció en el cuadro, la relación entre nosotros era irreconciliable, y más allá de lo que escuchaba por parte de la familia y las pocas veces que nos vimos en persona, Lucas y su vida me eran desconocidos. El cambio me pareció grotesco. De aquel individuo violento y autodestructivo a un padre de familia normal, o al menos tan normal como Lucas podía ser. El resto lo atribuía a la edad, aduciendo a que, aunque tarde, había madurado por fin, dejando sus vicios en el pasado. Pero yo no pude estar de acuerdo con ellos. Lo de Lucas no eran vicios, sino demonios internos, y esos no abandonan a uno tan fácilmente. Y a juzgar por cómo acabaron las cosas, creo que estaba en lo correcto.

De camino a su casa, la viuda se enciende un cigarro después de preguntar si no me hace daño, y entonces entiendo que algo ha terminado; que esta mujer, a quien no he querido conocer, está por salir de mi vida junto con su esposo. La persona que, sabiendo o no, puso a Lucas en el camino de ser una mejor persona, y lo único que puedo hacer es lamentar que no tuviera tiempo para ello.



Hermanas, sobrinos y unos pocos amigos son los que se han obligado a venir. Historias van y vienen. Anécdotas sobre Lucas. Risas modestas acompañadas de café. La mayoría las he escuchado antes: esa vez que Lucas, a los once años, saltó de la azotea gritando que era el Chapulín Colorado. Como a los veintiocho, en la boda de una amiga, atrapó el ramo de la novia y salió corriendo hasta el estacionamiento. Cuando, en la fiesta de una sobrina, empezó a perrear con el hombre en el disfraz de Barney. Y tal vez el más importante: esa vez que nos invitó a La Feria de San Bartolomé , cuando lo vimos actuar por única vez. Y qué gracioso que era. Y qué feliz se veía.

Los buenos recuerdos; los buenos tiempos. Incluso Mar se une a la tertulia de la nostalgia y se permite recordar con afecto al tío que no fue su tío. Pero yo no puedo. La ansiedad me corroe cada vez que escucho otra risa. Una sensación de urgencia, de que algo está mal. Y por qué hablamos de los buenos tiempos y no de los malos, cuando estos son los que importan. Cuando fueron estos los que definieron a Lucas. Por qué nadie habla de la vez que le dió las llaves a sus amigos para que pudieran robar el negocio de la abuela. Por qué no hablar de la vez que rompió el espejo a puñetazos, o cuando fingió ser aceptado en la universidad para vivir a costa de sus padres un año entero, las borracheras, la clínica de adicciones, y lo de esa noche. ¿Por qué nadie habla de esa noche? No es justo. No parece bien. Uno de nosotros acaba de morir de forma horrible; deberíamos pensar en el porqué, deberíamos sentirnos mal. Deberíamos tratar de comprenderlo en lugar de aminorar el dolor, ¿verdad? Porque lo suyo no fue un accidente. No fue un evento fortuito.

Una risa, su risa. Una risa rota a través de su labio roto, como un quejido desesperado. Ni siquiera tengo que cerrar los ojos para verlo: ahí está, con el rostro hinchado y la boca sangrante, la camisa rota y los nudillos rojos, tratando de hablar en algún idioma que solo él entiende; ahí, sentado en el suelo de su celda, al otro lado de la comisaría. Creo, sin embargo, que trata de disculparse. No porque se sienta culpable, sino porque no quiere que lo odie.

Aquella noche parecía como cualquier otra. Estaba en mi habitación trabajando en un nuevo relato en el que Humildad y Justicia eran amantes. Justicia estaba casada con Orgullo, quien era una especie de rey, pero se hartaba de él y buscaba la pasión en brazos de alguien más. Todo parecía bien hasta que descubre que Orgullo y Humildad eran el mismo todo el tiempo, quien decidió disfrazarse de sí mismo para gastarle una broma a su mujer y volver a encender la vela entre ambos. Recuerdo el argumento, aunque nunca pasé de la tercera página. No parecía bien seguir escribiendo. Me daba una sensación mórbida solo seguir después de eso.

Mi abuela llamó a mi madre pidiendo ayuda a gritos. Vivíamos a unas calles de donde los abuelos y Lucas tenían un departamento. Y ahí lo ví: mi abuelo en el suelo y Lucas sobre de él, alzando un puño, dejándolo caer en la cara inmóvil de su padre y repitiendo el proceso con el otro brazo. Recuerdo haber visto la estantería de vidrio donde la abuela tenía sus artesanías. Recuerdo tomar a Lucas de la espalda, sacarlo de encima de mi abuelo y empujarlo contra el cristal. Alguien gritaba, su madre o la mía. Recuerdo la sirena de las patrullas, pero el resto es más difícil de estructurar, porque lo que tengo de entonces son emociones; luces, colores y sensaciones. Ardor, ira, miedo, y mucho dolor.

El recuerdo empieza a ser coherente cuando estoy en el asiento trasero de una patrulla. Los dos oficiales al frente bromean sobre algo que no entiendo. Debí preguntar por Lucas, ya que uno de ellos me señala al vehículo del frente.

El abuelo tenía setenta años entonces. Un hombre de excelente salud, que hacía ejercicio todos los días y mantuvo a su familia con sus propias manos hasta su muerte diez años después. Nunca lo ví quejarse de alguna dolencia, y sus visitas al médico fueron todas citas de rutina. Desde que tengo memoria solo estuvo hospitalizado dos veces: el año pasado, cuando la pandemia se lo llevó de improvisto, y aquella noche a manos de su propio hijo. ¿Qué pasa por tu cabeza para que le rompas la quijada a tu propio padre, para que le hundas las costillas con tus nudillos? ¿De dónde sacas tanta ira, tanta maldad? ¿Cómo te ves a la cara después de eso sin odiarte? Nunca se lo pregunté. Aunque el abuelo lo perdonó, sus hermanas lo expulsaron de la casa en cuanto salió en libertad, y dejamos de existir el uno para el otro. Tuvo el sentido común de no buscar ningún encuentro, y yo me limité a evadir cualquier reunión familiar en la que pudiera estar. Ni la apelación del abuelo ni la manipulación de la abuela iban a moverme. Me convencí a mí mismo de que se trataba de principios; de que alguien debía recordarle que no estaba perdonado. Podía reconstruir su vida y volverse un adulto responsable. Podía jugar a ser padre y a tener un empleo de verdad. Para mí, las cosas no estarían igualadas.

Al final resultó ser que no hizo falta. Hace dos años la abuela halló su fin tras una larga y tortuosa estancia en el hospital, mientras una complicación daba paso a la siguiente y las visitas al quirófano se hacían cada vez más riesgosas. Una larga batalla tanto para ella como para nosotros, y una que, está de más decir, perdimos por completo. El año pasado el abuelo falleció como otros seis millones, abatido por un enemigo del que no podemos defendernos, mientras los imbéciles en las calles declaran que no es tan serio sin prestar atención a los lazos negros en las puertas. Para aquel entonces estábamos cansados, y mi vida daba tantas vueltas que el odio se veía como un desperdicio de fuerzas, una emoción superficial para los que no saben que tus últimas palabras a alguien pueden ser en verdad las últimas. Lucas se comportó con lucidez. En aquel momento parecía el más entero de los cuatro hermanos presentes. Pero cuando mis tías volvieron con la urna del abuelo, se dejó caer como un guiñapo en la persona que tenía más cerca, quien resulté ser yo; al ver a su padre reducido a una caja de cenizas. No encontré fuerzas para apartarlo. Estaban concentradas en mantenerme en pie.

De eso ha pasado año y medio. Hace una semana debió ser cumpleaños del abuelo. Según supe, el año pasado Lucas tuvo una recaída. Salió de casa a la tarde y lo encontraron dos días después cerca del canal, apestando a alcohol y su propio vómito. En retrospectiva, creo que aquel fue el primer intento, pero se descubrió incapaz de tomar su propia vida. Cobardía, responsabilidad, alguna de esas dos venció a la culpa hace un año y le impidió lanzarse al agua. Pero esta vez, en vista de las circunstancias de su muerte me queda claro que no fue un caso fortuito. No necesitaba el dinero a esa hora, y de necesitarlo, no necesitaba ir a solas al banco, no en este país de mierda en el que te pueden matar por tres billetes mal contados. Él lo sabía, lo sé. Sabía que no podía hacerlo por su cuenta y usó otras manos en lugar de las suyas. Lo mataron, pero no lo mataron. Se mató haciéndose matar. Es atroz, es horroroso, pero es lo único que tiene sentido, lo que en el fondo todos sabemos que pasó.

Escucho que algo se rompe y vuelvo a la casa. Diana, mi prima, se disculpa con sequedad. Lucas, o sus cenizas, yacen en el suelo a lado de la urna, mientras ella sostiene la tapa en su mano. La viuda y mi tía se apresuran a salvar lo salvable. Diana murmura algo y sale de la casa sin que nadie la detenga. Los ha engañado, o quizá se han engañado. Deben creer que la muerte le ha caído mal; y aunque hay algo de verdad en eso, no es ni por asomo la historia completa. Una que por tantos años me convencí de que no había pasado.
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Animus. Antrum. Unverse. Anima, Animusphere
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#2
Vaya, al final parece que su muerte causó mas alivio que conmoción. Me impresiona lo de algunas familias, que logran forjar ese acuerdo tácito de no llamar a los malos recuerdos y ahogar el resentimiento, incluso luego de su muerte, nadie dice nada, pero todos piensan lo mismo. Me da la impresión de que si cualquiera de los tantos hermanos tomara las riendas de la historia, cada uno de ellos demostraría los mismos sentimientos. Incluso su mujer.

Me gusta esta narración más introspectiva, anecdótica, ingeniosa, que dice mucho con poco. Que mira hacia atrás, reflexiona, y corre al presente. Que se corta en el momento justo, luego avanza tímidamente, y vuelve a azotar.
[Imagen: hTb8bqQ.png]
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