Original - Grietas

#1
La textura arrugada y desgastada, cubierta de polvo y telarañas le daba una sensación de seguridad. La ansiedad se calmaba, el fuero interno cesaba y sólo se encontraba el dulce silencio en la habitación. Sin nadie más, sin nadie menos.

Movió sus manos hacia más arriba, disfrutando la sensación que su tacto le proporcionaba. Aquel era su mundo, su guarida. Nadie podía lastimarlo, nadie podía hacerle daño; era su pequeña burbuja de felicidad.

Veía a través de los cristales manchados, llenos de tierra y polvo, como varias siluetas negras y deformes danzaban detrás de estos. Oía las risas, el repiqueteo que sus pies hacían contra el asfalto, los insultos y casi podía jurar que oía sus respiraciones. Y todo eso era aterrador; aquel era un mundo desconocido para él, quién la mayor parte de su vida se la pasó en esa casa decadente, dentro de ese cuarto con paredes agrietadas.

A veces salía a explorar, a conseguir comida. Siempre había ratones o ratas desperdigados por los rincones más oscuros, buscando algo que comer, o simplemente disfrutando la seguridad que esa guarida les daba. Tenía todo un suplemento a su disposición; la carne era blanda, aunque a veces olía mal; el agua tampoco era un problema, pues se aseguraba de tener suficiente cuando recolectaba de las lluvias que asolaban la región, con ayuda de platos viejos y vasos manchados.

Estaba protegido, seguro. Lo único bueno en la vida que Madre y Padre le pudieron dar.

Si era sincero, no recordaba mucho de ellos, sólo sus siluetas, negras, deformes, con voces lejanas y ásperas, mientras lo dejaban ahí; él no lloró. No comprendía la situación, y ya cuando creció y pudo comprenderla, no le importó. ¿Por qué debía de importarle? Ellos se perdieron en un viaje, del cual nunca regresaron; podrían estar muertos y eso a él no le afectaba. Ellos tomaron su decisión, él tomó la suya. No tenía nada más que pedir, sólo seguridad, porque eso era lo único que la casa le proveía.

Le gustaba hablar con las diversas grietas que había en la pared, cada día una nueva fisura formándose en hormigón y cuarteando la vieja pintura. Sabía que no podían responderle, ni tampoco se podía imaginarse que lo hicieran, pues no eran objetos, sino mera consecuencia del descuido y el paso del tiempo. Pero al menos le daban la sensación de compañía, la sensación de que no estaba solo.

Le gustaba contarlas, ese era su mayor pasatiempo en el día. Ver que cada una de sus amigas seguía en el lugar de siempre, con la misma profundidad, con la misma textura. Si había más era una satisfacción; por el contrario, si había menos, eso le daba una sensación de peligro y ansiedad. Aunque, para su suerte, las grietas que se perdían de su vista siempre las volvía a encontrar.

Durante las noches no dormía. Morfeo era tan caprichoso y cruel que gustaba de atormentarlo con visiones horridas de su futuro, de su desgracia. Siempre que sus ojos se cerraban, despertaba en una habitación diferente; blanca, lisa, con olor a limpio y sin humedad. Su sensación de seguridad se había esfumado, las grietas que lo acompañaban se habían difuminado, su burbuja había explotado y, ante él, la realidad monstruosa se cernía sobre él como una depredadora. No podía tolerar aquello. No podía tolerar estar rodeado de aquella blancura, tan ajena a su núcleo caótico y terroso. Así que después de unos minutos se despertaba agitado, temblando, con los ojos llorosos y la garganta seca, seguramente de haber gritado durante el sueño.

Por ello es por lo que no podía darse el lujo de descansar propiamente, era morir en un sueño terrible o despertarse en una cruda realidad reconfortante. Prefería lo segundo, aun cuando eso significaba tener su corazón palpitando en su pecho como si fuera a reventársele.

Pero los días se hacían más cortos y las noches más largas, su energía comenzaba a mermarse, se sentía más cansado, menos enérgico. Llegó un punto donde no podía contar sus adoradas grietas, teniéndose que conformar con yacer en el suelo, donde los roedores esperaban su muerte para devorarlo.

Sólo entonces se dignó a cerrar los ojos. Más por cansancio y resistencia que por voluntad propia.

Despertó.

Una cama blanda, una habitación blanca, una aguja en su mano enlazada con una bolsa trasparente.

Sin grietas.

Sin tierra.

Sin ratones ni ratas.

Todo cambió en tan sólo unos momentos.

Una mujer se acercó, o al menos deducía que era una. La tela blanca cubriéndola, los guantes, una máscara verde cubriéndole la boca. ¿Acaso era humana?

Por mero instinto se replegó hacia atrás, sintiendo el dolor punzante en su mano, la aguja se había encajado más en su piel y atorado en sus conductos.

Ella recitó algo que no comprendió. Más pudo distinguir que su voz era mucho más melódica que la de los otros sujetos que la acompañaban y se amotinaban a su alrededor.

Su mente sólo pudo procesar una cosa: lo iban a lastimar.

Como animal enjaulado, lo único que pudo replicar tras años de ver a las ratas y ratones sucumbir a sus trampas y entrañas, fue su comportamiento errático, y se defendió. Arrancó la aguja de su piel y sin importarle ver su propia sangre, se lanzó.

Quería lastimarlos, matarlos, hacerlos que lo devolvieran a su realidad. La realidad caótica de donde vino.

Pero no tuvo éxito. ¿Cómo tenerlo? Eran más grandes, más fuertes. Bastó sólo unos cuantos, para someterlo, para controlarlo. Y él, como el animal que era a sus ojos, sólo se siguió retorciendo, luchando.

De nuevo todo se puso negro en cuestión de segundos.

Nada de eso era un sueño. Ya hubiera despertado de ser así, con el corazón latiéndole desenfrenado, con la respiración entrecortada y su garganta seca.

Otra vez la cama mullida y los colores sobrios. Otra vez la aguja en su piel.

Bienvenido al infierno.

Sus ojos estaban vidriosos, sus labios partidos, músculos entumidos; le habían dado algo para controlarlo.

La ansiedad se apoderó de él, el estómago se le revolvió. Quería escaparse, quería gritar, quería salir de ahí. Pero no podía, su coordinación era pobre y sus pasos lentos y torpes. El sólo hecho de alzarse de su sitio le provocó náuseas y se tambaleó.

Era demasiado.

Demasiado para procesar, demasiado para aceptar. Todo liso, liso, liso.

Sin irregularidades, sin deformidades.

Era perfecto.

Sintió más asco y una ira creciente.

¡Él no iba a vivir así!

¡No!

Su tranquilidad se había esfumado, su mundo feliz también. Quedarse ahí sólo era esperar un inevitable festín de cuervos.

Hubiera preferido que las ratas y ratones devoraran su carne, obtuvieran esa venganza por todos sus hermanos y hermanas caídos.

Sacó la aguja con brusquedad, viendo como de nuevo la sangre corría sobre sus sábanas, manchándolas.

No había nadie, el sitio estaba solo.

Tomó el filo y se lo incrustó en el cuello, centímetro a centímetro, desgarrando la piel, mientras la sangre escurría. Una enfermera pasó para revisarlo. Tarde.

Sólo se escuchó el sonido del cuerpo caer.

Despertó.

No había grietas.

No había paredes lisas.

Sólo… estar.

Se sintió feliz.
[Imagen: bAytj5K.jpg]
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#2
Entonces lo del principio era una alucinación. Interesante concepto.
Master Weasel. Es esa sombra extraña que te sigue en la cueva 
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