Original - El Caballero de la Bruma

#1
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Era una noche brumosa y fría en la campiña de Valash. La luna llena apenas parecía una enorme bola de luz empañada entre las nubes y la neblina. Sus rayos plateados no hacían más que bañar con un halo solemne y espectral las granjas y casas que dormitaban en el silencio de la noche. El miedo era palpable, tanto que se podía cortar con el blandir de una espada, y la gente, prudente y supersticiosa, había optado por recluirse en sus casas mucho antes de que el sol se ocultara y que la niebla se distendiera ocultando terrores inimaginables. Solo algunos caballeros y soldados de la casa Windorf hacían infructuosas rondas explorando entre los árboles y en los alrededores del castillo Crasterhal.

— ¿Acaso son verdad los rumores? — Preguntó con temor Geory, el joven escudero de Sir Godrick Bennington.

El viejo caballero le dirigió una mirada pesada y gélida, de esas que a Geory no le gustaban porque parecían escrutarle el alma. — ¿Y qué es lo que comenta la gente? — preguntó por fin el Sir, luego de cabalgar en silencio durante varios segundos.

— Los niños Sir, dicen que los niños desaparecidos han sido devorados por la gente de las tierras prohibidas.

El caballero guardó silencio reflexivamente mientras recordaba la insidiosa noche en la que las desapariciones habían comenzado. Esa goleta, esa maldita goleta, pensó Sir Godrick sacudiéndose la canosa cabellera, como si la idea le hubiese saltado sobre la cabeza como una araña de patas largas. El caballero no era adepto a creer en los cuentos que las nodrizas usaban para asustar a los críos, pero debía admitir que nada de lo que aquella anoche aconteció parecía natural, y que sin duda guardaba bastante similitud con las leyendas de las tierras prohibidas.


— Un hombre inteligente no hace caso de supersticiones de viejas — Dijo Sir Godrick con tono inclemente. Geory bajó la mirada apenado. — Sin embargo, un hombre sabio siempre las toma en consideración.

— Eso significa que…

— Eso significa, muchacho, que en un mundo tan viejo como el nuestro las posibilidades de lo extraordinario son infinitas.

Geory guardó silencio meditando las palabras de Sir Godrick. El caballero por su parte hizo un ademán saludando a un soldado que a lo lejos montaba guardia recostado bajo un frondoso cedro de copa espesa. El soldado no respondió, pero Sir Godrick no le dio importancia al hecho. Quizá si la sombra del cedro no hubiera obstaculizado los rayos de la luna, ambos hubiesen visto la palidez de su rostro bajo el casco y el rictus de horror pintado en sus labios azulados. Y solo quizá, si la niebla no hubiese comenzado a espesarse y a elevarse a tal grado que la cintura del desdichado soldado ya no podía verse, hubiesen notado que su propia espada le atravesaba el cuerpo clavándolo mortalmente contra el cedro.


 
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Los dos jinetes siguieron su camino en parsimonioso silencio. Ya se habían adentrado lo suficiente entre altos cedros y espesos hierbajos, cuando Sir Godrick notó, al voltear hacia atrás, que se habían alejado demasiado del castillo, y que ahora la bruma se levantaba peligrosamente cegándoles parcialmente el camino de regreso.


— No es seguro permanecer aquí más tiempo — Advirtió el Sir. — Si la niebla se hace más densa no podremos regresar a Crasterhal hasta el amanecer.


El estómago de Geory se contrajo, y un nerviosismo trémulo comenzaba a apoderarse de sus manos. — Vamos entonces — añadió el escudero. — No me gustaría que eso que merodea Valash nos cogiera a los dos solos.


— Si lo hiciese — respondió el Sir, girando su corcel con una envidiable gracia caballeresca — Solo tendríamos dos opciones.


El escudero también dio vuelta en dirección contraria, e imaginó cuales serían las únicas dos opciones para el caballero. No deseaba que las dijera, sin embargo lo hizo: — Matar o morir.


Los caballos no galopaban furibundos, pero tampoco andaban con la misma tranquilidad que al principio, de cuando en cuando resoplaban con nerviosismo y aquello no le gustaba para nada a Geory.


— ¿Sir Godrick? — El caballero volteó hacia su escudero, esta vez su mirada seguía siendo pesada, pero sus ojos azules ya no reflejaban la frialdad del invierno, ahora chisporroteaban de ira con la misma intensidad de un sol estival.


— ¿Ahora qué, Geory? — dijo con hartazgo.


— ¿Por qué tiene miedo?


Geory había visto al caballero batirse en combate mil veces, y otras mil participar en las justas con la misma tranquilidad de los chiquillos que juegan con espadas de palo inofensivas. Nunca había visto el temor en los ojos de su señor. Pero esa noche era notable, aunque fuese nada más un leve atisbo diluido entre la intensa ira de su mirada.


— ¿Acaso tú no lo tienes? — preguntó intrigado Sir Godrick, sin detener el avance de su caballo.


— Sí — exclamó el escudero. — Pero desearía saber a qué le tememos.


El caballero sonrió con resignación y añadió: — ¿De verdad quieres saberlo? — El escudero asintió. — Bueno, lamento decepcionarte pero ni yo lo sé con certeza, solo podría contarte lo que mis ojos vieron la noche en que aquella misteriosa goleta encalló en puerto Crasterhal, y a eso añadirle el testimonio de los marineros que encontraron primero el barco.


Geory asintió con el mismo ímpetu con el que los niños piden a sus nodrizas que les cuenten cuentos de terror a pesar de estar muertos de miedo.


— Bien, te lo contaré. Según Doran, un viejo marino que fue uno de los primeros en ver al misterioso navío, la noche que esa cosa llegó a nuestras costas no había rastros de ninguna anormalidad en el clima. El cielo lucía despejado y poblado de estrellas, las aguas se mecían lentas sobre la playa y el choque de las olas y el aleteo de los pelícanos era la única música que ambientaba la soledad del mar nocturno. Doran y los demás habían estado bebiendo hasta que cayeron desvanecidos por el alcohol en plena playa, y no fue hasta pasado de la media noche cuándo un frío viento sureño los despertó. Recuerdo bien las palabras del viejo Doran: Era como el soplo de un muerto, un mal augurio de esos que siempre sentimos cuando un barco se va a hundir, solo que peor, ese viento no presagiaba un simple hundimiento, ese viento venía acompañado de algo realmente maligno.


De pronto vieron llegar, desde la misma dirección en donde se encuentran las tierras prohibidas, una niebla fantasmal y densa. Era una nube que se desplazaba sobre la mar, empujada por un viento gélido y endemoniado. Ninguno podía distinguir nada entre la niebla, pero un horrible griterío desesperado emanaba de la nube. Aquello era tan solo una cortina que cubría una monstruosa orgía de sangre. Algunos marineros habían huido despavoridos al ver la proximidad de la nube y cuando aquella cosa se detuvo al golpear la arena la nube se dispersó dejando frente a los azorados marinos una mole de madera negra con velas roídas y viejas que no hubiesen podido desplazar ni a una pequeña barcaza. Fue entonces que enviaron un mensaje a Lord Hermit Windorf y el a su vez nos envió a Sir Modric Castelton y a mí junto con una comitiva de trescientos hombres a investigar.


Cuando llegamos, los marineros seguían ahí, inertes frente a aquella cosa. Ninguno se había atrevido a entrar por miedo a lo que pudiera contener aquel endemoniado barco. Sir Modric y yo escuchamos con atención el testimonio de los atarantados marineros, y cuando por fin se habían desahogado de sus delirios, nos dispusimos a ingresar al barco. Lo que vimos adentro es el motivo por el que ahora vez el miedo en mis ojos.


Sir Modric encabezaba al grupo que subió a la proa por la escalera del lateral izquierdo, mientras yo me quedaba en la retaguardia por si algún imprevisto surgía, así Lord Hermit no perdería dos caballeros esa misma noche.


Como yo fui el último en abordar, también fui el último en ver el horror sanguinolento sobre la proa: Había al menos una decena de cadáveres, todos dispuestos de maneras burdas, desmembrados y sobre un inmenso rastro de sangre. Todos parecían esclavos, o quizás ladronzuelos de poca monta que llevaban pagando alguna tortuosa condena. Lo digo por el aspecto que presentaban: Desnutridos y con la piel tostada, con pesados grilletes en las muñecas y en los tobillos.


Sir Modric desenvainó su espada, la hoja refulgía con los rayos de la luna como si fuese un hierro incandescente. Los soldados hicieron lo mismo y yo los imité. Formamos un círculo chocando los hombros, y los ojos nos bailaban nerviosos buscando al hacedor de aquella horrida masacre. Durante varios segundos, que se me antojaron más bien horas, esperamos. El silencio no hacía más que acrecentar la tensión, y todos, hasta el bravo Sir Modric, comenzamos a exudar terror. Uno de los soldados gritó asustado, y todos dirigimos la mirada hacia lo que el pobre desdichado miraba con tanto terror. En la negrura del rectángulo que daba hacia el interior del navío pudimos ver dos pares de ojos brillantes. El primer par de ojos poseía un brillo azulado y frío, y aunque impregnado de un halo malicioso, dudo mucho que hubieran sido esos ojos los que alteraron al soldado. Cosa distinta eran el otro par. Esos ojos brillaban rojos e inhumanos. Se percibía un hambre salvaje y una maldad antigua en ellos. Entonces, de las sombras brotaron dos lobos de tamaño gigantesco. Uno de ellos tenía el pelaje negro e hirsuto, era flacucho pero temible y enseñaba los dientes, dispares, amarillos y manchados de sangre. El segundo lobo, no menos intimidante, parecía más sereno. Nos observaba casi analíticamente. Su pelaje era blanco y bien cuidado, como si de un perro doméstico se tratase. Después de un incómodo momento en el que creímos que seríamos comida de aquellos animales, los lobos saltaron por la borda al mismo tiempo. Inmediatamente rompimos el círculo y nos asomamos al borde del barco para ver el fin de los lobos, pero no había nada, solo la arena desnuda de una playa desolada. Ambos animales se habían esfumado cómo la bruma al amanecer. Después de aquella noche, se hizo un informe a Lord Hermit y este a su vez hizo un informe al rey. Se quemó la goleta con los cadáveres abordo y el tema quedó olvidado, al menos hasta que las desapariciones de los niños comenzaron a ocurrir una semana después.


Geory miró asustado al caballero, comenzaba a atar los cabos entre las desapariciones, los lobos y las leyendas de las tierras prohibidas. De pronto entendió el miedo de Sir Godrick. De niño había escuchado con ávido interés los cuentos que su hermana mayor le contaba sobre las tierras prohibidas más allá del mar y sobre las extrañas familias que se rebelaron ante la conquista de los reyes gemelos, Adrik y Gregor Ygsetran, hace quinientos años. Se decía que aquellos isleños eran mitad demonios, y que se alimentaban de carne humana, y que los niños eran sus favoritos. También se contaba que poseían conocimientos de magia tan antigua y oscura que nunca debía conjurarse, magia que les permitía tomar la forma de animales nocturnos y les facilitaba sus tropelías durante las noches oscuras.


Según la historia, el mismísimo rey Adrik los había enfrentado y había muerto en la guerra. Su hermano Gregor, un poco más inteligente, había hecho uso de magos y brujas para lanzar conjuros que contuvieran a aquellos seres en las lejanas tierras, terminando con eso la guerra. Todo cuadraba escalofriantemente, la desaparición de los niños, los misteriosos lobos y el barco venido desde el sur, donde se suponía no debía navegar ningún hombre, al menos no uno sensato.


— Todo cuadra con las leyendas, Sir Godrick — musitó Geory.


El caballero asintió solemnemente. — Lo sé, no soy estúpido — añadió. — ¿Eso contesta a tu pregunta de por qué tengo miedo?


El escudero asintió intranquilo.


La bruma se comenzaba a espesar un poco más, y un silencio sobrenatural impregnó el lugar. — No llegaremos a tiempo — dijo Sir Godrick. — La preocupación y el miedo reverberan en su voz.


Poco a poco las ramas de los árboles, el suelo y todo el entorno desaparecieron cubiertos por un manto neblinoso. Los caballos comenzaron a inquietarse. El corcel del caballero relinchó asustado, posándose sobre sus dos patas traseras. Si el Sir no hubiese sido un jinete experimentado posiblemente el caballo lo hubiera derribado. Geory hizo lo propio controlando a su garañón.


El Sir y el escudero alzaron la vista hacia las enredadas ramas de los cedros neblinosos. Escucharon las hojas revolverse y el leve murmullo de una risa sepulcral que hizo eco entre los árboles, disolviéndose en la noche.


Sir Godrick desenvainó la espada. Su mano nunca había sido tan torpe y temblorosa como aquella noche. Geory tardó en desenvainar, La espada se le había atascado en la vaina y sus manos amedrentadas no habían sido capaces de extraer el hierro con firmeza.


Esta vez los cedros volvieron a revolverse y la risa ultraterrena se escuchó más fuerte que la vez anterior. La risa ascendió como si se alejara hacia el cielo hasta que volvió a desaparecer. Los dos hombres alzaron la vista pero fue en vano, la bruma los había consumido por completo, nada había que pudieran ver sobre sus cabezas, bajo sus pies o a los lados. Escucharon el batir monstruoso de unas alas mórbidas que ni siquiera el más grande de los grifos de Gorban podría tener. Y las escucharon descender con velocidad. Un bulto pesado y sin forma cayó frente a los dos jinetes.


— ¡Por Nefrem y todos los dioses!— exclamó Geory.


Los caballos se desbocaron por el miedo y esta vez, ambos, escudero y caballero cayeron aparatosamente de los caballos. Ambos corceles huyeron de inmediato.


La espada de Geory se resbaló de entre sus manos perdiéndose en la bruma. El escudero tanteó el suelo con desesperación sin encontrar su arma. — ¡Sir Godrick, perdí mi espada! — Gimoteó.


El viejo caballero ya estaba de pie empuñando con ambas manos su arma. Sus cabellos largos y canos se habían alborotado por la caída. — ¡Levántate Geory!— Bramó el Sir, al tiempo que veía entre la niebla dos brasas flotantes que lo observaban con malicia. Son los mismos ojos rojos de aquel lobo endemoniado, pensó con terror el caballero.


De nuevo se volvió a escuchar aquella risa hueca, gutural y maligna, hasta que el ser entre la bruma por fin habló; su voz no era menos terrible que su risa. Escupió palabras burlonas en un idioma antiquísimo, salvaje y enrevesado.


— ¡Adelante, ven por mí! — Gritó el Sir. Sabía que tenía de frente a la muerte y era mejor recibirla blandiendo una espada que corriendo como un cobarde.


Los ojos abrasantes se disolvieron entre la blanca niebla dejando al caballero de nuevo ciego. Solo pudo escuchar impotente el crujir de pasos lentos sobre la hojarasca. — ¡Geory! — gritó el Sir desesperado. Sabía lo que aquella creatura planeaba.


— ¡Por los dioses! — exclamó Geory con auténtico terror. — ¡Es horrible! — De nuevo aquel lenguaje burlesco e ininteligible se hizo escuchar, y la última remembranza que el caballero tendría de su fiel escudero Geory sería un grito agónico y el crujir de sus huesos como ramas secas.


Ahora Sir Godrick Bennington estaba totalmente solo, de pie entre la bruma y asechado por un demonio. ¿Acaso esa era la forma en la que debía morir? ¿Qué caso tenía haber sorteado tantas batallas si iba a morir así, en el olvido?


— ¡Mátame entonces! — gritó Sir Godrick — ¡pero al menos pelea de frente maldito!


Entonces una carcajada más estridente que las anteriores se dejó escuchar entre los cedros. Algo dijo la creatura, algo que parecía ser menos burlesco y en un tono más accesible que las anteriores palabras que el ser había tenido para con Sir Godrick.


La niebla bajo los pies del caballero comenzó a replegarse, el suelo comenzaba a ser visible de nuevo, al igual que los árboles a su alrededor. La niebla se había dispersado. Vio entonces el Sir, en todo su horroroso esplendor, a la creatura que antes se escondía. Era un hombre, al menos el boceto aislado de uno. Era alto y delgado como una vara, su piel era horrorosamente azul como la de un cadáver, y sus ojos grandes y bestiales refulgían rojos como rubíes malsanos. En su cara afilada de pómulos huesudos solo se advertía maldad. Tenía la nariz achatada como la de un murciélago y era casi calvo, salvo por algunos mechones negros y apelmazados que le caían sobre el rostro. Vestía una armadura negra y lustrosa, una capa larga, roja como la sangre, y en la mano izquierda de uñas largas, amarillentas y quebradizas, sostenía una espada larga de hierro negro. Aquel caballero monstruoso tenía los labios rojos de sangre, y con un gesto de la mano libre instó a Sir Godrick a lanzar el primer ataque.


El viejo Sir Godrick sintió la ira hervir hasta las orejas, el miedo había quedado relegado a un segundo plano, pues no podía permitir que ningún hombre o demonio hiriese así su orgullo de caballero. Emprendió pues una energúmena carrera hacia el ser burlón que tenía de frente. Levantó la pesada espada sobre su cabeza y la blandió en un ángulo desde arriba hasta su contrincante. El ruido de metal contra metal sonó potente en medio de la noche. El caballero negro había detenido el golpe de Sir Godrick con un movimiento despreocupado y sin necesidad de emplear la fuerza de ambas manos. Aquel ser desplegó su sonrisa sanguinolenta dejando ver dos colmillos largos y afilados en medio de su hilera irregular de dientes. Separó al caballero con un fuerte empujón y elevó su espada negra frente a Sir Godrick, y volvió a instarlo a atacar, confiado de que aquel viejo nada podría hacer contra él.


El Sir emprendió de nuevo su ataque, esta vez agitando la espada con velocidad en largos tajos diagonales. Sir Godrick avanzaba y aquella cosa retrocedía. Cualquiera hubiese pensado que el viejo caballero controlaba la batalla, pero solo los dioses y Sir Godrick sabían que la sonrisa en el rostro de aquella cosa no auguraba un final satisfactorio en el combate. El caballero de negro solo bloqueaba sus golpes y sonreía, parecía alegrarle el gemido del metal chocando, para él aquello era solo un juego, y Sir Godrick estaba consciente de ello.


Finalmente el ser monstruoso de la espada negra había decidido acabar con el juego. Blandió su arma de manera tan violenta y veloz que Sir Godrick apenas y pudo parar dos golpes. El tercer golpe desequilibró al Caballero, haciéndolo hundir la rodilla en la tierra. La espada enemiga se posaba firme e inquisitoria sobre la hoja de la espada que Sir Godrick hábilmente había colocado de manera horizontal como escudo. Si el caballero hubiera sido menos avispado posiblemente hubiera terminado muerto, tendido en el suelo con un grotesco corte transversal desde la nuca hasta la cintura.


El viejo caballero no podía creer la fuerza que poseía aquel delgaducho esbozo de hombre. Él tenía que emplear la fuerza de ambas manos para soportarlo, la derecha sujetando la empuñadura y la izquierda con la palma extendida sobre el perfil de la hoja, mientras que su rival lo mantenía con la rodilla en la tierra únicamente con la fuerza de su mano izquierda. Sacó fuerzas de la nada y apenas pudo despegar la rodilla del suelo un poco. El caballero negro liberó abruptamente las espadas de su agarre solo para tomar impulso y asestar un segundo golpe más fuerte que el anterior. Sir Godrick podría haber atajado aquel espadazo de la misma forma que bloqueó el primero, pero sabía que su espada se volvería añicos si lo intentaba siquiera. Entonces rodó hacia la derecha con la torpe velocidad que su pesada armadura pudiese permitirle. La espada de su adversario cayó pesadamente sobre la tierra levantado polvo y pedruscos, El Sir vio con extremo pavor la profunda hendidura que el arma había hecho sobre el suelo. El ser miró a Sir Godrick con burlona satisfacción y se encaminó al derribado caballero a paso lento con esa torcida sonrisa manchada de sangre en su cadavérico rostro; pronunció una palabras en ese idioma inhumano y grotesco, meneó la mano libre instando al Sir a levantarse, y cuando este lo hizo le propinó un certero golpe entre el cuello y el hombro. Sir Godrick elevó la espada para protegerse, pero lo último que vio fue el hierro astillarse y volar en pedazos mientras sentía el corte de aquella espada negra escocerle en la piel. Y así cayó el bravo sir Godrick Bennington, bajo la espada de un demonio imbatible, en el silencio de una noche plagada de cedros, con los ojos viejos y azules pegados a un firmamento que cada vez se volvía más oscuro y menos estrellado, mientras el caballero negro se desvanecía entre la bruma que volvía a formarse tras su risa endemoniada.

 
3​
La mañana de aquel día el sol había despertado perezoso y opaco. El cielo tenía un tono plomizo repleto de nubes grises que presagiaba las amargas noticias que Lord Hermit estaba por recibir. Los soldados llegaron hasta las puertas del castillo Crasterhal comandados por Sir Modric Castelton. Iban cabizbajos y llevaban tras de sí una desvencijada carreta de madera con tres cuerpos amortajados. La noche había sido larga, fría, brumosa, y al parecer repleta de muerte. La pesada puerta levadiza de Crasterhal se levantó dibujando una boca arqueada y oscura por donde el caballero, los soldados y los muertos cruzaron en parsimoniosa procesión. En el interior los esperaba un hombre de estatura mediana, delgado, de porte noble, vestido de seda negra y con una túnica celeste sobre el hombro izquierdo, con el gorrión de la casa Windorf tejido sobre ella. El hombre de cabellera y barba castaña no era otro que Lord Hermit Windorf.


Sir Modric desmontó, se retiró el yelmo e hincó la rodilla ante su señor. Los soldados hicieron lo mismo. — Lamento ser yo quien traiga malas noticias mi Lord. — dijo el caballero poniéndose de pie.


— Veo que la guardia no ha ido bien — respondió Lord Hermit, tratando de guardarse el pesar. — ¿Cuantos niños fueron esta vez?


— Ninguno mi señor, todos los niños desde el castillo hasta Poverick Dorp han pasado la noche a salvo.


La cara del Lord se contrajo en una mueca de indecible preocupación. Caminó abriéndose paso entre sus soldados hasta llegar a la carreta donde yacían los tres cuerpos. Destapó lentamente el primero de los tres. Era apenas un jovenzuelo lozano, pálido y con un rictus intranquilo en su rostro muerto. Le habían partido los brazos hacia afuera y los huesos le brotaban de entre los ligamentos que unían los brazos con los antebrazos. — ¡Por todos los dioses! Pobre Geory, era solo un jovencito. — Dijo Lord Hermit, con amargura. — Destapó el siguiente cuerpo y se encontró con Tristán, un joven soldado que había sido traspasado por su propia espada. Lo habían encontrado clavado en un cedro. — ¿Qué clase de cosa pudo haber hecho esto? — Y sin dilaciones destapó el tercer cadáver. Era Sir Godrick Bennington, tenía los ojos abiertos, tal y como había muerto, con la mirada clavada hacia el cielo y una mueca de desesperación en su rostro y una horrible cortada bañana de sangre seca entre el cuello y el hombro. El Lord se llevó la mano a la frente, comenzaba a sudar frío. Un irrefrenable impulso de echarse a llorar lo invadió, pero sabía que no podía hacerlo, no frente a sus hombres. Sir Godrick había servido como caballero para la casa Windorf cuando su padre había sido el Lord de Valash, y había seguido sirviéndole a él con la misma lealtad que a su padre durante aquellos años de su gobierno. Había sido Sir Godrick quien le enseño a blandir la espada, a usar el arco y en gran parte a gobernar a su gente bajo un estricto código moral caballeresco. En resumidas cuentas Sir Godrick había sido un padre para él.


— Ningún hombre sobre esta tierra hubiera sido capaz de matar a Sir Godrick como lo hizo esta cosa. Manden un mensaje al rey, un maldito segundo informe, si no recibimos respuesta tendremos que encargarnos de esto nosotros mismos. También preparen los cuerpos para una ceremonia, tendremos que despedir a estos tres valientes como se lo merecen.


Sir Modric asintió y con un ademán de la mano dio la orden para que sus soldados retiraran los cuerpos. El Lord dejó atrás a sus hombres y subió hasta su habitación. Tenía la mente neblinosa y desordenada, las manos le temblaban, y de pronto cobró conciencia del terror que se levantaba contra ellos. Se asomó a la ventana, esta precisamente daba hacia el sur, hacia las tierras prohibidas. Sus ojos oscuros se quedaron inertes por un par de segundos admirando la vastedad del mar. Las olas rugían amenazantes como un canto mortal de sirena, las aguas traían consigo un mal ancestral, y Lord Hermit lo sabía.


— Largas noches y oscuros días le esperan a Yoquenheim — Musitó el Lord con el miedo pintado en sus ojos oscuros.
[Imagen: firma%2Bdigital%2BAj%2Bcrowley.png]
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#2
Saludos, me paso por acá para iniciar mi ronda de comentarios por este foro.
Antes de comenzar me gustaría haer una obervación.

Cita:
— Los niños Sir, dicen que los niños desaparecidos han sido devorados por la gente de las tierras prohibidas.
El término correcto es 'Ser', es elque se usaba para la época. Digamos que el'Sir' es algo más refnado y se refiere a otro tipo de caballero.

En cuanto a la historia en sí tiene una excelente narrativa, pausada y llena de detales que te mantienen en vilo de comienzo a fin. Tiene bastante suspenso que va creciendo a medida que se cuentan los hechos de cómo comenzó todo. El final es abierto, dando a enteder de que posiblemente tenga una cotinuación, o simplemente deja a lector que especule que va a ocurrir después de eso.
[Imagen: Q8Btjas.png]
• Indigno de ser humano •

Mi Aventura en la Liga Valora
Episodio #02
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#3
You know, estaba seguro de que ya había comentado antes este relato. Viene a ser que no. O quizás lo hablamos más por el Discord.

A mí se me hizo bastante bueno, especialmente en cómo desarrolla la tensión, y ese final da una sensación de que sólo es la punta del Iceberg, la primera parte de un proyecto mucho más grande.

Y que, al menos yo, espero con ansias.
[Imagen: JCEDJoJ.png]
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