Original - Clara Gladio

#1
Resumen de la historia escribió:Extensión: Larga

Género: Fantasía, aventura

Resumen: Los vientos de Alavnum eran aciagos. Su reina, Alanis I, era presa de una maldición que, no solo merma su salud, si no también su cordura. Sin ningún otro remedio, sus mosqueteros y su propia hija son ordenados a plantar cara a las bestias más temibles que habitan la tierra de Moratgon para conseguir la poción que supuestamente le salvará la vida... y al mundo.


¿Esperaban otro capítulo de RppC? PSYCHE! Ese quizá lo subo mañana... o la semana que viene; como os vaya mejor [?]. En vez de esto dejaré este original que ya tenía pendiente de subirlo. En un principio pensaba escribirlo e intentar venderlo, pero... u know... ya se me fue la idea de ser escritora profesional, así que ahora lo hago a ratos muyyyy largos, por no decir que me dan unos bajones a la hora de intentar escribir... (culpo a la rutina limpieza/web por esto y el "haz más cosas de provecho" [?]).

De momento el... ¿original? ¿La novela? cuenta con seis capítulos ya escritos (sujetos a edición) y el séptimo cerca de finalizar. Tengo parte del octavo en borrador y lo siguiente bien planeado (aunque en estos momentos no tenga el guión a mi disposición... por la [email protected]#$ madre C:), así que con suerte no entraré en hiatus de más de un mes hasta en... diciembre, en el mejor de los casos. Dunno, ya avisaré cuando me quede sin material que poner y me falte un millón de palabras para completar el capítulo que sigue [?].

Oh, y otra cosa más. Es la primera vez que expongo este original en público, así que, sí señores, esto es una primicia para vosotros (aunque las ilustraciones referentes a esta están publicadas la mayoría). Ahora lo único que me queda decir es... disfruten de este escrito uwu.

Cheerio~!
 

 
Clara Gladio


Prólogo
 
Llevamos catorce años preguntándonos lo que nos depara el futuro. Alanis, nuestra reina, aún podría esperarle varios años de bonanza…
 
Pero no es así.
 
Su salud merma con cada día que pasa. Los guardias dirán lo contrario; pero su ausencia en el balcón delataba que otra mala noticia iría a surgir pronto. Sería de esperar, después de los últimos acontecimientos. Nunca estuvimos tan confusos desde que aquella estocada acabó con la vida del peor monarca que jamás hayamos tenido. Ciertamente era mal hombre; pero sin él, tampoco podíamos hacer gran cosa… al menos nosotros, sus sirvientes. Nadie sabe qué es lo que ocurre, ni lo que ha ocurrido en un pasado enteramente. Solo saben que muchas injurias eran lanzadas contra su alteza. Aunque, pensándolo bien, quizá tuvieran razón.
 
Pero todavía era injusto lo que le estaba haciendo el destino.
 
Hubo un tiempo por donde el reino de Alavnum no estuvo maldito. Cuando la entonces princesa ascendió al trono, tuvimos una inesperada dicha. El pago que exigía el feudo fue reducido, así como nuestras obligaciones. Nuestros ríos, que secados estaban, fueron restablecidos, y las batallas que quedaron pendientes terminaban siempre con la gloria. La magia nos hizo afortunados, y el pueblo estaba encantado. Si bien el yugo era doloroso, ahora casi no se sentía su peso. Todos éramos un poco más felices, y ella, junto con su esposo, estaba… aliviada, digamos.
 
El rey, aquel que derramó la sangre del “tirano”, no tenía un linaje noble. Tampoco era un gran héroe cuyas hazañas se pudieran incluir en una epopeya; más bien todo lo contrario.
 
Bien sabemos que ese hombre barbudo y corpulento blandía su espada por unas monedas de oro, y sus juegos no eran ni mucho menos limpios. Así es; era mercenario. Él fue quien halló a la reina en un estado de inconsciencia y trató sus heridas. La gente habla diabluras de ese señor; pero en realidad, bajo esa armadura negra, había un corazón que conservaba un ápice de bondad. Sabemos que ambos son brutales y algo viles con sus enemigos; pero considerando sus actos pasados, tenían un control admirable.
 
Tampoco los acogieron como los monarcas que eran en un principio; incluso atentaron contra su vida múltiples veces. Para sorpresa de todos, solamente fueron encerrados. Obviamente eso no pasaba; ni aquí ni en los reinos cercanos. Degollad a alguien fuera de este territorio y te lo harán pagar con tu vida.
 
Entre los dos hicieron una tierra habitable para todos. Y su deseo de mantenerlo era febril, cómo no. Por poder o por el bien de la gente; la cuestión es que debían de tener un heredero. Un hijo a quien querer y cuidar. Alguien con el que podía volcar todo su amor para que mantenga esa calidad de vida.
 
Y entonces nació su primera hija. Empezaron a olvidar sus intereses de expansión y dedicarse a sus cuidados mientras cumplían sus deberes. Nunca se vieron tan felices. Tal era el gozo y tan bien lo hacían que incluso quisieron otro hijo.
 
La mayor era bastante independiente. Aunque Alanis intentó hacer de ella una dama hecha y derecha, no lograba que se le quedaran los modales. Con su padre, en cambio, se llevaba mejor. Era su ojo derecho. Ambos compartían ese espíritu guerrero y ese optimismo. Era refrescante ver cómo le contaba sus batallas de mercenario, aunque las ponía como cruzadas.
 
El único hijo, en cambio… presentaba buen manejo de la lírica; pero su ego llegaba más alta que las mismas nubes. Todo un incordio para los dos, sin duda. Más aún cuando se peleaba con su hermana.
Pero siempre acababa ganando ella en sus disputas infantiles.
 
Era una familia feliz. Nosotros también lo éramos. No recibíamos mucho salvo banquetes en sus días de nacimiento; pero nos contentábamos con su amabilidad. Era una época dorada para el reino.
 
Sin embargo, nos deparaba una horrible sorpresa.
 
Cuando la princesa mayor alcanzó los siete desapareció sin dejar rastro. El príncipe, con cinco, se fugó sin dar motivo; todo en un corto lapso de dos semanas. Tales sucesos dejaron a los monarcas atónitos. Desesperados, buscaron a sus hijos usando todos los medios que tenían a mano. Aunque nadie los declaró muertos ni vieron sus cuerpos, ellos los dieron por perdidos. Se preguntaron por qué, después de todo lo que habían dado, le arrebataron lo que más querían.
 
Llena de ira, la reina estaba considerando declarar la guerra a todas las tierras, esta vez usando el nombre de su pueblo. Por suerte su marido la hizo entrar en razón, y pudo evitar que el mundo ardiera una vez más.
 
Intentando salir de su desánimo, trataron hacer sus deberes, como siempre. Pero la añoranza nunca fue aliviada. Y aunque no querían volver a padecer una pérdida, tenían que mantener su mandato.
Como si no fuera suficiente la pena, el ejército del reino occidental asedió las tierras que estaban fuera de la muralla. Aldeanos asesinados sin razón; campos transformados en ceniza… era un crimen que la reina no podía perdonar. Juró venganza ante aquel señor; pero una vez más, Duilio impidió que desplegara todo su poder.
 
Prometió que, por ella, mataría al general que ordenó ese ataque. Alanis le dejó ir, y trató de confiar en que podría cumplir con su palabra, aún con aquel mal presentimiento.
 
Esperó días, aún rezando para que nada le ocurriera. Temía que pasara lo peor. Temía que, como sus hijos, acabaría sin verlo de nuevo. Cada día estaba más intranquila. Intentó esperar su llegada.
Hasta que no pudo aguantar la tensión.
 
No podía creer lo que vieron sus ojos. En medio del tumulto de espadas chocándose y gritos furiosos, yacía su marido con la malla ensangrentada.
 
Llegó tarde. Para entonces solo tenía aliento para agradecer que ella fuera su última memoria.
Quedó apática por un momento. Casi iba a cometer el descuido de no vigilar sus espaldas, hasta que al final, canalizó toda su ira usando magia oscura y acabó la batalla con una sola onda expansiva que dejó un rastro de polvo y carbón.
 
Desde aquel entonces, la reina nunca más dio la cara al público. Pasó los siguientes meses recluida en la sala del trono, tratando de sobrepasar ese tercer embarazo sola, sin nadie. Se nos rompía el corazón verla de esa forma. Ni dejaba los cocineros que hicieran su comida por ella. Gracias a Dios, pronto admitió que sola no podía aguantar el peso de su condición.
 
Llegó el día. Después de varios días, la reina al fin volvió a sonreír. No todo había sido perdido, a fin y a cuentas. En cama, sujetaba en sus brazos una niña durmiente. Quisimos salir nosotros y anunciar la llegada de aquella pequeña. Mas nos lo prohibió explícitamente, ante nuestras atónitas caras. Pero no se lo hemos cuestionado. Ordenó a los criados que se retiraran, y ellos, como buenos sirvientes, obedecieron. No obstante, a mí me pidió que permaneciera a su lado un momento.
 
Yo, como buen consejero, pregunté qué era lo que le afligía.
 
—Telmo… ¿alguna vez has tenido hijos?—preguntó ante mi pregunta.
—Siempre he sido un hombre solitario… ¿por qué pregunta?
—¿Alguna vez tuvo que hacer algún sacrificio por los que más quieres?
—Varias veces, aunque tontamente… oh.
 
Empecé a comprender a dónde iría a parar. Sería insensato para una madre; ¿pero quién soy yo para juzgar?
 
—No me digáis que no os sentís capaz de cuidarla.
—Sí sé que soy capaz. Pero por más que quisiera, no puedo negar que temo a que sufran el mismo destino que mis otros hijos. Si por lo que fuera, “eso” que me los está arrebatando se enterara de que vive otro hijo mío, podría volver a ocurrir.
 
Me miró con resignación y tristeza. Intentó mostrar una sonrisa; pero no podía. Todo para hacerme una difícil petición.
 
—Cuando crezca… ¿Podrías… entregar mi hija a Valeria?
—Será una tarea ardua, si me permitís decir.—dije, discrepando. —, pero pensad un momento, majestad. ¿De verdad pensáis que tenéis que dejar a vuestra hija viviendo con un soldado?
—Solo quiero que se haga fuerte. No dejaré de verla, aunque solo fuera unas pocas veces en su vida.
 
Tan solo asentí ante ese argumento. Después de todo lo ocurrido, no podríamos aguantar otra pérdida en este castillo.
 
—Que así sea, pues. Cuando acabe de amamantarla, será cuando la llevaré. Veré si la capitana está de acuerdo con ello.
—Bien.
 
Por suerte para las dos, ella tomó su responsabilidad con agrado. Se propuso hacer de ella toda una experta en el arte de la espada; una presta mosquetera que, de rápidas tajadas, pudiera tumbar hasta las grandes bestias. Pero con la condición de que un fiel servidor se ocupara de la parte más “densa”.
 
No pude estar más de acuerdo con este trato.
 
Poco después de que diera sus primeros pasos, tuve que hacerme cargo de llevarla a los cuarteles. Costó horrores. La pequeña no hacía más que gritar a su madre y patalear frenéticamente mi espalda. Era doloroso; tanto para cuerpo como para alma. Ante aquellos desesperados berrinches, Alanis solo podía decir una cosa.
 
—Cuídate, Diana.
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#2
Pues... vaya. Al fin, luego de tanta expectación, aquí está. 

Y no sé por qué siento que pronto se va a ir a la mierda...

En el buen sentido, me refiero. El tono es bastante ominoso y augura que las cosas van a ir a peor para el reino. En primera porque los niños no desaparecen porque sí y ese par tarde o temprano van a volver (y el niño de por sí parece bastante jerk). Idk, un reino, tres príncipes, enemigos en el norte, enemigos al oeste, una reina afligida por las pérdidas... damn, esto se va a poner loco. 

Also, me mola ese estilo de narrador testigo, como parte de una confesión o de una meditación sobre eventos y personas del pasado; siento que pega mucho con historias de fantasía medieval y le da una capa más de credibilidad. Lo poco que se ve del conflicto y de los personajes luce bien a la distancia.

Si acaso hay algo que podría criticar es que no le vendría mal una revisada rápida, pero fuera de eso va cool.

Nos vemos!
[Imagen: JCEDJoJ.png]
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#3
... Vaya, parece que los originales no tienen tanta visibili-

-Mira el nombre del sitio- Ah, espera.
A ver, dos avisos:
  • Esta novela lo hice con la excusa de experimentar un tipo de narrativa distinta a la tercera persona omnisciente que suelo usar. En otras palabras, quería probar con la primera persona. Quizá a partir del 3 veréis que intento cambiar de aquí para allá... aunque bueno, tengo mis razones para hacerlo.
  • Sí, esto se va a ir a pique relativamente pronto.
Y ya. No tengo nada más que decir. Os dejo con el cap.

Ala, ciao~ uwu
 

 
 Capitulo 1
 

Y doce años pasaron. Aquella infante fue creciendo hasta convertirse en una fuerte muchacha; ágil y presta, como Valeria deseó. Gracias a su esfuerzo y empeño, la princesa se convirtió en una experta en el arte de la espada…
 
Es lo que todos habríamos deseado; pero las cosas no salieron tan bien como hubiéramos querido.
 
¿En qué diablos hemos fallado?
 
Había crecido con buen porte. Tenía una tez suave y clara, con unos cálidos ojos marrones que denotaban ternura. Había heredado los cabellos lacios y largos de su madre; aunque solo le llegaba a la espalda. Iluminada por los rayos del sol, se podía apreciar ese tono castaño que recordaba a su padre. Lamentablemente, no parecía tan grande. Me achico a medida que avanzan los años; pero ella apenas me sobrepasaba la coronilla. Con empeño y suerte podría conquistar un hombre; pero con esa altura y esa delgadez, no dudo en que podría ser el blanco fácil de cualquier rufián.
No digo que careciera de inteligencia, ni mucho menos; es solo que es algo ingenua.
Espera, ¿solo algo? ¡Algo bastante, yo diría!
 
Aunque debo compadecer un poco. Valeria no tenía ninguna paciencia. Al primer canto del gallo tenía que entrenar hasta que el sol calentara; luego tenía un receso para comer (apurado por la propia capitana, cómo no), y, nada más acabar, tenía que volver al patio a blandir la espada otra vez.
 
Y a la puesta de sol, me la traían a mí, al sabio Telmo. Básicamente lo que le enseño es lo que todo regente debe saber; leyes, derechos, literatura, artes, anatomía, modales, un poco de filosofía…
Para entonces estaba tan cansada que, por mucha atención que quisiera poner, acababa dormida en la madera del escritorio, o encima de la cena. No por nada tenía pésimos reflejos.
 
Eso fueron en los primeros días, claro. Después de hablar con Valeria sobre lo poco que aprendía en mis enseñanzas y mi preocupación por lo poco que salía, le dejó más tiempo conmigo.
Seguía siendo algo torpe en combate; pero al menos iba mejorando.
 
Teniendo en cuenta su ascendencia, esperábamos más de ella. Alguna noción innata de magia, por ejemplo. Supongo que la capacidad de usar maná no se hereda. Lástima, me habría lucido como mentor…
 
Aunque, ¿quién querría tener ese regalo envenenado?
 
Por supuesto, ella creció sabiendo que no tenía tan severa madre. Me encargué en persona de hacerle saber quién era. Habían días en los que la traía en sus aposentos.
 
¿Recordáis cuando dije que la salud de Alanis iba mermando cada día? Bueno… no estaba tan mal desde que nos llevamos a su hija. Pero en estos dos últimos dos años ha ido empeorando su condición. Verla cómo crecía cada vez que venía era su única alegría. Era como si recobrara algo de su salud.
 
Cuando su hija empezó a visitarla ya no tenía edad para juegos; de hecho se las pasaba noches contando como fue el entrenamiento; las cosas que había visto por el pueblo… oh, pero jugaban al ajedrez, eso sí. Era una forma de saber si valía para las batallas estratégicas.
 
Siempre acababa perdiendo. No porque no supiera cómo mover las fichas; me hice cargo de enseñarle unas buenas jugadas. Es solo que su madre la superaba en ese nivel.
 
Espero que sea eso. Si descubro que aquella chica no ha desarrollado ni siquiera sesera para una estrategia, dimito como tutor.
 
Un día, Diana fue sola a ver a su madre. Fue en este año cuando al fin entendió que ser mayor no significaba solo padecer días de dolor insufrible. Sí, la reina agradecía su visita; pero a la vez no podía aceptar que viniera tan seguido. El temor de que ella acabara como sus otros hijos por el mero hecho de darle su cariño era algo que aún persistía. Le llevó a decir que no le abriría siempre la puerta a no ser le acompañara. A la vez me ordenó que tampoco la trajera cada día, por si “aquello” que raptaba a sus hijos veía que tenía otra heredera y se la arrebatara.
 
Tampoco puedo decir que su hija no le tiene aprecio. De hecho, cuando pasa un largo tiempo sin ver su rostro siempre me pregunta si puede volver a verla en ese momento. Incluso hay días en los que expresa una gran ansia por hacerle una visita. Siempre le digo que espere un poco sin dar ninguna razón. Se me especificó que no diera explicaciones, y así hice.
 
Pero hace poco, un pensamiento traicionero me hizo cuestionar sus órdenes. Después de todo, a la pobre muchacha se le ocultaban muchos secretos. Y aunque toda esa cortina era obvia, nunca pensó en retirarla.
 
“Creo que es lo suficientemente mayor como para entender lo que está pasando”, me dije una noche. Estaba dispuesto a iluminarle sobre la situación en la que nos hallábamos cuando volviera de su entrenamiento.
 
—¿Qué haremos hoy, Telmo? ¿Iremos al mercado? ¿Daremos leyes? ¿Jugaremos al ajedrez? ¡Oh! ¿Puede que hoy vayamos a ver a mamá? ¡Dime que sí!—me preguntó, como siempre. Pena me dio ver ese rostro iluminado por la alegría, pues sentía el deber de apagar su ánimo. Pero como tutor, debía de responder primero sus dudas…
 
“No, ¿por qué demorar con esas formalidades?”
 
—Siéntate. Tenemos qué hablar.
—¿Eh? ¿Pero qué hice ahora…? ¡Si hoy no me he peleado con Valeria ni nada!—¡ay, la pena que me dio ver esa cara de culpabilidad! No niego que fui demasiado severo al saludar de ese modo.
—Solo te contar algo, no te voy a regañar.—le dije con un tono más suave.
—Ah… pues no lo parecía.
 
Finalmente se sentó en su taburete, como de costumbre. Me reduje hasta su altura, descansando también en el mío y apoyándome sobre mi bastón.
Suspiré. Esto iba a ser duro.
 
—¿Sabes por qué tu madre no permite una audiencia diaria?
—Siempre me lo he preguntado. Pero no creo que tenga una mala razón para ello…
 
Menos mal, no pensaba que hubiera odio a su persona.
 
—Pero… para ser francos… se me hace extraño que me cierre la puerta tan seguido. Sé que está enferma, pero… ¿por qué no querría verme? ¿Lo sabes?
 
Tal y como decía. Veía el velo, pero no había voluntad de retirarlo. Me quedé callado ante eso, pues no sabía por dónde empezar; por demasiado tiempo.
 
—¿Quizá… no me quiere tanto como dice?
 
Diablos. Lo pensó.
 
—¿Realmente soy un lastre, igual que lo soy para Valeria…? ¿Será por eso que me mandó con ella?
 
Debía de decirlo pronto. ¡Largo, fobias, largo!
 
—Sería lo lógico… al fin y a cuentas tampoco veo que tenga muchas ganas de estar conmigo… ¿pero por qué fingiría amor?
 
Mis sospechas se reafirmaron con ese pensar. Sabía que un daño haría, pero no sabía que fuera de tal magnitud como para cuestionar la naturaleza de ese amor. Aparte, no sabía que Valeria dijera tales cosas. ¿Lastre? Pensaba que cargaba la responsabilidad con gusto.
 
Respiré hondo. Lo sentía por Alanis, pero esta farsa terminaba hoy o desembocaría en un día de luto.
 
—Pues claro que no lo finge, princesa. Ella te ama hasta el punto que mataría por vos.
—¿Y entonces por qué no me quiere ver?
—Arde de deseos por volver a verte cada día. Simplemente no puede veros tan seguido.
—¿Que no puede…?
 
Intento entender por sí sola; mas antes de brindarle la verdad, se encontró con su propia furia. Aunque trató de mantener su voz silenciosa, no podía evitar subir poco a poco su tono.
 
—¿Pero qué pobre excusa es esa…? No puede… ¿¡qué diablos no va a poder!? ¡Si soy yo quien va a sus aposentos!
—Por favor, princesa, escúcheme.
—¡No, no, no! Me da igual lo que me diga esa arpía; ¡quiero que me lo explique ella!
—¡Y precisamente iba a explicarle yo, así que cálmese, por favor!
 
Por suerte, parecía que hoy era capaz de controlar su temple. Se notaba que quería levantarse y gritar a su propia madre; pero podía calmarse todavía.
 
—Vale. Pero no me venga con más rodeos, por favor.
 
Al fin tenía sus oídos puestos; mas esa furia me traía sin cuidado.
 
─De acuerdo… tu madre ha sufrido bastantes pérdidas durante estos años; todos ellos seres muy queridos.
—¿Y qué?
—Pues piensa que lo mismo ocurrirá si vosotras dos sois como madre e hija constantemente. Veréis… tenéis o teníais dos hermanos.
 
Arrugó la nariz.
 
—Y todos ellos recibieron su amor; sí, incluido el de vuestro difunto padre. Vos nacisteis diez meses después de que pereciera; pero para entonces ya habían desaparecido. Digamos que sois lo único bueno que le queda y os quiere conservar. ¿Entendéis ahora?
—No.—contestó en seco.
—Es decir, que si esa “cosa” viene al castillo y se entera de que la reina tiene otro ser querido a su lado, simplemente os raptará, o quién sabe lo que os va a deparar.
—Pero… ¿por qué querría “eso” dejar sola a mi madre? No… no entiendo nada…
—Eso ya no lo sabemos. Puede ser que quieran arruinar el reino, ¿quién sabe? Después de todo, la reina también debe de preocuparse por el futuro de este pueblo.
 
Al fin parecía entender qué ocurría. Quizá incluso hasta entienda por qué está siendo entrenada para ser un mosquetero. Pero algo no iba bien. Aún tenía esa cara de lobo rabioso mientras miraba el suelo.
 
Se levantó. Miró la puerta mientras solo podía ver sus espaldas. Sentía que había derrumbado su mundo de un soplo.
 
—¿Diana? ¿Princesa? ¿A dónde vais?
—Voy… voy a preguntar a ver si es verdad.
—Ni se os ocurra.
 
Hizo caso omiso a mis palabras. Abrió la puerta y presta se fue a su aposentos. Sin saber qué venía a continuación, apuré mi paso cansado y traté de seguirla aún con el bastón en la mano. Tan solo mi intuición me decía que nada bueno saldría de aquella última visita.
 
Me encontré con Valeria en el pasillo. Parecía que se cruzó con Diana, pues exasperó su encuentro.
 
—¡Haberse visto esa niña! ¡¿A dónde fue su respeto a sus maeses?! Tú, Telmo, ¿tienes algo que ver con esta actitud?
 
Tenía los brazos puesto en su cintura, que sin querer ceñía su larga gabardina tan roja como la sangre, parte del uniforme real. Era una alta mujer, cuya figura delgada ocultaba su gran fuerza. Sus fríos ojos verdes me acosaban intentando infundir terror. Cuando te mira así, es imposible ignorarla, pues bien sabías que podía sacar su florete para dejarte una buena cicatriz.
 
Me negaba a contar mi insensatez; sin embargo, también necesitaba su ayuda.
 
—¡Capitana! ¡Se va directamente a los aposentos de la reina!
—¿¡Sin su permiso!? ¿¡Pero cómo se le ocurre!?
—Por favor, no se lo tome con ella, Valeria. Ella solo…
—¿Qué? Encima que falla en aprender a evitar los amagos de su enemigo, va y...
—Le conté por qué no puede verla. Sí, también mencioné a sus hermanos. Por eso.
 
No tardó en estallar.
 
—¿Hiciste qué? ¡¿Quieres que la reina te mate?!
—¿Preferís que Diana viva en este castillo castigándose por pensar que no es querida?
—¿Pero qué bobadas dices?
—¡Estaba empezando a dudar de su madre! ¡Todo este empeño por protegerla le está haciendo pensar cosas que no son ciertas! Para colmo tú… tú… tú vas y dices que es un lastre.
 
Dio un respingo de indignación.
 
—¡Pero, haberse visto! ¡Nunca le dije semejante cosa!
—Pues dijo que era un lastre para vos.
—¡Telmo! ¿¡Tú me ves capaz de ser tan directa!?
—Es que sois así de directa; y además dura.
—¡Pero bueno! ¡Si le exijo tanto es para que entienda que en combate no hay perdón!
—Y justo por eso empieza a pensar que es una desgracia para este pueblo. ¿Es que no lo véis?
—Si empieza a tener en cuenta las palabras ajenas para considerarse valiosa, ya vamos mal.
—¿Pero cómo se va a valorar si nadie lo hace?
—¿Y cómo va a seguir adelante, si tanto depende de otros?
 
Ya sé que tenía parte de razón; ella debía de poner todo su empeño… ¡pero aún sigo pensando que sola no podía hacer tanto!
 
Sí, desolada. Es como podría haberse sentido durante todo este tiempo. Claro, estamos nosotros, los tutores; pero la verdad tampoco es que hubiera visto algún otro niño en estos muros. No podía decir que tenía ningún amigo. También trató de contarme sus inquietudes a mí; pero como figura de autoridad no podía actuar como una amistad… lástima.
 
Dejando de lado esos pensamientos, esa discusión se estaba prolongando demasiado; y amenazaba con convertirse en un tedioso y largo debate sobre independencia. Pero entonces, un grito irrumpió por el pasillo.
 
—¡¿Por qué no me lo dijiste?! ¡Si me lo hubieras aclarado desde un principio…!
—Igual si te lo hubiera dicho habrías negado el hecho de que podrías desaparecer.
—¡Aún así! ¿¡No es muy exagerado pensar que me iban a raptar solo por ser hija tuya!? ¡¿De qué vas?!
—Diablos… han empezado a discutir.—mascullé entre dientes.
—Y yo parando a discutir contigo…—me tomó de la mano y me arrastró.—Vamos, antes de que la reina explote.
 
No podía seguir sus pasos. Aunque mis pies intentaban detener su ritmo, no podía detenerme. Me estaba cansando con las prisas que ella tenía.
Finalmente nos detuvimos en la puerta entreabierta de la habitación. Nunca escuché semejante conversación.
 
—¡Estoy hasta el sombrero de vivir coartada por unas normas tan estúpidas! ¡¿Es que no ves el daño que me estás haciendo impidiéndome verte?! ¿¡Sabes lo que me preocupo por tu salud!?
—No estás entendiendo nada.
—¡Claro que lo entiendo! Mamá, yo te quiero; pero últimamente tú… tú… solo estás pensando en tu legado, ¿verdad? ¿¡Es eso lo que soy para ti!?
—No, Diana. Eso no…
—¡Te importa más que sepa todas esas memeces que esté contigo! ¡Y aún sin importarte lo que me pase! ¿¡Es que mis hermanos también tuvieron que pasar por este martirio!?
 
La reina había dado un ronco suspiro. Con ello, estaba claro que su paciencia estaba llegando a un límite.
 
—Obviamente, querida, no tuvieron que pasar por estas peripecias; pero justamente porque no eran fuertes se han dejado llevar por esas fuerzas. Deberías de agradecer que Valeria pudiera enseñarte esgrima en vez de tanto quejarte.
 
Frías palabras provenientes de Alanis. Siempre fue así de tosca; pero no tanto con uno de sus retoños. Apenas podía ver la cara de Diana, desde que el ala de su sombrero tapaba su cara. Pero esos temblores obviamente denotaban una terrible furia altamente destructiva.
Algo iba a decir. Algo que hendiría a todos, incluso a ella misma.
 
—Te... odio...—susurró.
—¿Perdona?
—Te odio. A mí, a ti, a Valeria… si… si supiera que tendría este tipo de vida antes de nacer, no lo hubiera hecho.
 
Fue la gota que colmó el vaso. Valeria estaba apretando sus uñas contra el remarco de la puerta, como si maldiciera lo que acababa de decir. Cabe decir que también me decepcioné al escuchar semejante frase. Todas estas lecciones de vida parecía que las había aparcado para ponerse melancólica sin razón.
 
Obviamente, la reina no iba a dejar pasar esto por alto. Ella también tenía unas cuantas cosas que decir.
 
—Entiendo…
 
No contestó. Sentía que la Alanis de hace veinte años había vuelto.
 
—Jamás pensé que esas palabras vendrían de mi propia hija. No; ninguno de los que he criado me han dicho semejante cosa.
 
Se levantó de su cama, pudiéndose ver su larga túnica morada ceñida por dos cinturones emplumados de color azul marino y naranja. Se estaba formando un halo oscuro a su alrededor, ascendiendo como hilos hacia el techo. Estaba canalizando la ponzoña que tenía dentro a través de ese disgusto. Era algo que no podía evitar; menos en ese estado.
 
—Me decepcionas. Eres una vergüenza para este reino. Muere, si es lo que quieres.
 
Diana vio como su mano envenenada estaba preparándose para dar una mortal bofetada. Temblaba como una hoja, sin saber qué hacer ante aquello. Parecía que preparaba una carrerilla cuando vio aquella palma alzada.
 
Pero antes que su mano, fueron sus rodillas las que cayeron. La energía oscura se desvaneció nada más estrellarse contra el suelo. Su hija se pudo apartar antes de que le tocara.
 
Miraba confusa al cuerpo de su madre. No parecía entender qué estaba ocurriendo.
 
—¿Ma-mamá? ¿E… estás bien?
 
Pero no hubo contesta. Empezaba a entrar en pánico. La princesa zarandeaba sin resultados a su propia madre.
 
—No-no me asustes así… ¡por favor, dime algo!
—¡Diana, aguarda! Deja de mover a tu madre.—le ordenó Valeria.
—¡¿Va-Valeria?! ¡¿Desde cuándo-!?
 
Le tapó la boca mientras intentaba oír su aliento. Yo me quedé mirando, incrédulo por lo que acababa de pasar. Cierto que los desmayos eran normales en sus males; pero este en especial fue algo muy abrupto.
 
—Menos mal, solo es un desmayo. ¿¡Y tú qué haces ahí quieto!? ¡Busca un abanico!
 
Irremediablemente tuve que hacer caso a la capitana de la Guardia Real y traer el primer utensilio de aire que veía. Ella tenía muchos de esos; pero todos eran usados como armas de combate. Por suerte, hallé uno de papel del cual pude dar aire. La reina recuperó la consciencia nada más darle algo de brisa. Lo supe por los quejidos que daba. Trataba de levantarse sola, sin esperar ninguna ayuda; pero no podía. Estaba muy débil. Más que de costumbre.
 
—No se mueva, alteza. Sujetase sobre mi hombro y camine despacio a la cama. Diana, ayúdame tú también.
—S-sí…
 
Entre ambas pudieron recostar de nuevo a Alanis a su lecho. Se estaba sobando su cabeza mientras daba algún que otro gemido de dolor.
 
—Ugh… mi cabeza… parece que las campanas ya están repicando mi fin, ¿eh?
 
Cierto. Había algo que no escribí en este libro, y que quizá tuve que mencionar desde un principio. Lo he llamado enfermedad porque le afectaba como una; pero esas dolencias no era nada que podía contraer un cuerpo. Era algo que procedía de una fuente maligna. Sus sirvientes personales y consejeros sabíamos muy bien qué era lo que afligía.
 
Pero a su hija también le ocultamos tal cosa; solo para que no se preocupara ni se implicara. Después de todo, esa dolencia; no, esa maldición podría tener algo que ver con esas desapariciones.
Como era natural, su hija estaba negando lo que estaba ocurriendo.
 
—¿Ya? No… esto no puede estar pasando…
—El fin llega un día para otro. Quizá, después de un tiempo no llegue a ser yo misma.
—¿Qué dices? ¿Qué estás contando ahora?
—Verás… hace tiempo que tenía que decir esto. Ando con el peso de una maldición. Lo único que lo frenaba era el aprecio de mi pueblo… pero ahora parece que lo poco que tengo no es suficiente.
—No es tarde. ¡Aún podemos cambiar eso!
—No, Diana… he llegado a un punto de no retorno. Peor aún; en cuanto llegue mi hora, lo más posible es que no pueda controlar mi poder. Ni siquiera los más robustos caballeros podrían detenerme. Pero… aún hay una forma de frenar esta calamidad.
 
Era otra de las condiciones que la maldición tenía. Cuando cierto tiempo pasara, ella se convertiría en un enorme monstruo que engulliría toda la fuerza vital de un mundo. Se convertiría en el reflejo de un dios antiguo ya difunto, contemplativo, pero peligroso nada más enfurecerlo.
Mas ella no iría a tomar el control. Sería la ira acumulada de ese ser lo que tomará su voluntad. Ella sabía perfectamente qué le deparaba; y no sería un buen final.
 
—Tienes… que buscar a los cuatro dragones y tener su esencia. Solo así mi vida será salvada.
—¿Los… los cuatro dragones? ¡Pero espera un segundo! ¡¿Me estás pidiendo que mate a LOS dragones?! ¡Pero… si son los seres más temibles que pisan la tierra! Y ni siquiera se evadir los amagos de Valeria… ¿có-cómo voy a cumplir semejante pedido?
—Tranquila Dia… serás capaz de hacerlo. Si le pones ahínco en tus propósitos, puedes lograr cualquier cosa, aunque cueste.
—Pero…
—¡Alteza, disculpe la interrupción, pero debo de darle la razón a la enclenque de su hija! No sabe ni encarar a una persona; ¿¡cómo espera que encare a un dragón!? ¡Al menos si de los cuatro dragones se trata, deje que la guardia se encargue!
—No voy a dejar este castillo desprotegido solo por mi propia salud. Pero sí puedes llevar parte de tu ejército en ese viaje, estaría bien.
—¿Eso quiere decir que exime a su hija de toda responsabilidad?
 
Pensó por un momento. Diana estaba atenta a su respuesta, como si esperara una en concreto.
 
—Ahora que lo dices… no es tan necesaria su presencia. Quizá se quede sin aprender esgrima, pero parece que ansía un buen descanso de usted.
—Entonces no es necesario que vuestra hija parta, ¿no? Bien. Puede confiar en mí.
 
Ya iba a eximir a su hija de toda responsabilidad. Podía verlo. Debía sentirse mal por todas aquellas heridas que había abierto con sus filosas palabras. Solo miraba el suelo, con su rostro lleno de pena. Aunque era libre de quedarse, ella prefirió no hacerlo.
 
—No… no quiero quedarme. Yo también iré.
—¿Qué? ¡¿Estás majara?!—gritó Valeria.
—No. Es mi culpa que mi madre haya empeorado de esta forma. Haré lo que sea para curar su mal, aunque tenga que enfrentarme a la muerte misma.
—Hay que tener coraje para tomar semejante decisión; más después de lo que dijiste. Bien. ¿Quieres venir con mis soldados? ¡Perfecto! Pero no pienses que me voy a tomar a la ligera lo que dijiste solo porque te arrepientas de ello.
—Tranquila, no esperaba nada de ti.—le contestó, sin pensar.
—¡Haberse visto esa insolencia…!
—Ya vale, Valeria, cálmate. Solo estaba cegada y confundida por la ira, ¿no es así?—preguntó su madre.
 
Diana no dijo nada.
 
—Aún si no haces nada, puedo perdonar ese despotrique. Pero si realmente deseas ser parte de esta odisea, adelante. Será una experiencia para ti.
—¿De… de verdad? ¿No crees que peligraré, ni que me raptarán, y...?
—Te he protegido de muchas cosas, querida. Ya va siendo hora de que conozcas cómo es el mundo, ¿no crees?
 
Ella solo asintió, determinada a hacer lo que sea. Ante eso, la reina no podía hacer nada más que dar una débil sonrisa.
 
—No puedo creer que tengas tal espíritu. Venga, va. Preparen los víveres. Va a ser un viaje largo.
—¡Sí, señora!—afirmaron las dos a unísono. Luego se miraron con recelo; cosa que Alanis se percató de enseguida.
—Y, Diana… no seas arisca con Valeria. Seguirá siendo tu maestra, después de todo.
—Demontre. Bueno, podré aguantar. Seguro que puedo.
—Ya veremos cuánto tardas en volver aquí con las ropas del revés.—le retó Valeria.
 
Finalmente, ambas salieron de sus aposentos, con el ánimo bien candente. Como usual espectador, yo solo me paraba ahí, observando cómo se iban. El panorama que se había montado… cada vez, todo esto iba a empeorar. Aún era de tarde, pero mi pobre espalda empezaba a martirizarme.
Traté de andar hacia mi cámara, no sin antes despedirme a su alteza con su debido respeto.
 
—Bueno, mi reina. Si me permite…
—Ah, Telmo, contigo quería hablar ahora.
 
Estaba espantado. Si había alguna razón para temerla, era por su tan cambiante temperamento. Como era evidente, me dio una reprimenda por esa rebeldía.
Aún con los nervios aún en flor de piel, conservé mi compostura, como buen sirviente que era.
 
—¿Por qué le has dicho a mi hija lo que me ocurría? ¿Qué te dije al respecto?
—Pe-perdone, majestad, pero consideré…
—¿Qué? ¿Que mi palabra no valía nada mientras no pareciera correcta? ¿Acaso considera que las decisiones que tomo son porque sí? ¿O por ego?
—No, señora, no.
—¿Entonces?
—Su hija empezaba a crearse sus propias mentiras; y no eran muy alegres que se diga.
 
Sentí que me había salvado nada más decir con transparencia las causas de mi desobediencia. No dijo nada, como si tratara de entender lo que acababa de decir. Después quiso asegurarse si realmente comprendió lo que dije.
 
—De modo que estaba empezando a cuestionar si la quería realmente…
 
Asentí.
 
—Ya veo. Por eso fue tan irrespetuosa conmigo. ¡Cielos, esta chica...! Como continúe así va a sufrir mucho.
—Ciertamente. No tendría que tener tantas confianzas. A todo esto, su alteza… ¿cree que tendríamos que decirle?
—No. Deja que disfrute el viaje por ahora, ¿de acuerdo?
 
Era algo inmoral para mí; sin embargo esta vez debía acatar lo que decía. No podía dejar que ella empezara a pensar que era incapaz de curar su mal, o de lo contrario el mundo caería con su reina.
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#4
Hola, hola, hola, decidí leer este fic porque el nombre me llamó la atención, aprovecharé de dejarte mi impresión.

Me gustó la historia, me la imagino como en un mundo medieval. Esa reina ha sufrido mucho, me pregunto quién le echó esa maldición y por qué lo hizo, obviamente tiene que ver con "la cosa" que se llevó a sus otros dos hijos, no me imagino cómo será esa "cosa". Lo de los cuatro dragones suena peligroso, imagino que veremos un crecimiento de Diana durante la aventura, de alguna manera tiene que mejorar sus habilidades y su actitud, cuando se enojó por haberle escondido todo ese secreto, no estuve de acuerdo con su reacción, me pareció egoísta, pero luego, cuando la vi preocupada por su madre, después de haberle dicho que la odiaba, entendí que sólo es una niña confundida. Aunque su inesperada gallardía para querer enfrentar la misión me tomó por sorpresa. El secreto que se insinúa al final del capítulo me tiene intrigado, eso si estallará en enojo por parte de Diana.

Narrarlo en primera persona es siempre interesante, aunque debo decir que no es mi favorito, ayuda a conocer la perspectiva del personaje que narra y sus apreciaciones, pero deja un poco de lado la psicología interna de los demás personajes, dejando ver sólo sus acciones, por el rumbo de la historia, imagino que los próximos capítulos serán narrados por otro/s personaje/s, pues Telmo no los puede seguir y no irá. Imagino que a eso te referías a que el tipo de narrador te molestaría más adelante. Además no se describen los lugares, pues el narrador ya los conoce.

Por otro lado, siento que pasaron muchas cosas dentro de un mismo capítulo, conocemos a Diana, su relación con Valeria, Telmo y su madre, descubre la verdad, discute con su madre, tiene que ir en una aventura, pero imagino que el tipo de narrador también influyó en ello. Al poner menos cosas hubiese sido un capítulo corto.

Creo que la trama se encamina de manera interesante, avanzó rápido en el primer capítulo y el prólogo ayuda a entender mucho la situación de los personajes.

En una parte pusiste que Diana nació diez meses después de la muerte de su padre, eso me pareció raro, fue por magia o los protagonistas son de una raza diferente de los humanos? Tal vez sólo fue un error, pero no puedo dejar de preguntarlo, quizás fue a propósito.

Nos leemos. Ciao.
[Imagen: giphy.gif]
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#5
Es un cuento sumamente interesante, siempre me han gustado los cuentos de fantasía epica, y a pesar de la epica, siento que no va a tener un final feliz del todo. ¿Será un viaje de crecimiento para Diana? ¿Irá a dar con sus hermanos? ¿Podrá con los dragones?
Master Weasel. Es esa sombra extraña que te sigue en la cueva 
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#6
Hey, ¡gracias por leer! Me alegro que estén empezando a salir unas cuantas incógnitas ya...

Y las voy a contestar ahora. Del post de Masterweasel:

1.Sí
2. No lo voy a decir
3. Eh... más o menos.

Y como no quiero explayarme, voy a dejar el segundo capítulo ya. Ala, cuídense uwu
 



Capitulo 2

Y llegó el día por donde saldríamos de Alavnum y buscaríamos en los pueblos las leyendas. Sí, saldríamos; también me ordenaron salir a mí. A fin y a cuentas, también era su maestro; y, la verdad, debo cuidar de que no pille ninguna planta venenosa por error. No vaya a ser que sus anhelos por ser botánica le lleven a hacer un té de hierba belida.

Si le hubieran dejado tiempo para aprender sobre las plantas…

Sí, era cierto que cuidaba unas cuantas flores. Por desgracia para la chica, no había modo de que ella las mantuviera frescas y tersas. Mi rutina siempre empezaba con hacerle un favor y darle un riego a aquellas flores. No sin previo aviso, claro… aunque nunca hubiera respuesta de parte de su inquilina.

Y ese día no fue menos.

Como siempre, las cortinas tapaban la ventana; no del todo, claro. Aparte de su lecho (donde Diana murmuraba cosas sin sentido), la cómoda y el perchero donde colgaba sus ropas, se podía entrever a sus majestades manteniendo su porte en una pared. Si no fuera por aquella pintura, la princesa no recordaría la causa de su presencia. No olvidemos tampoco de la mesa donde estaban puestas las flores. Una maceta de claveles, otra de violetas y, la última, con una triste lucena. Esa flor se la di yo cuando cumplió los cuatro. Dijo que dormía más tranquila con ella.

Y tan tranquila. Entre mis deberes como tutor, estaba entre ellos, cómo no, sacarla de ese pesado sueño. Antes le llamaba a voz viva por su nombre; pero en estos años descubrí que era mejor apartar las cortinas y dejar que el sol pase. Aunque no siempre funcionara de forma inmediata.

Pero en ese día no había mucho tiempo. Así que tuve que darle toques con el bastón.

—Déjame, Vale…

Ojalá.

—Pero princesa, debemos partir.—le contesté.
—No quiero.—me respondió.
—¿No queréis curar a vuestra madre al final?

Dicho aquello, la princesa se levantó con un sobresalto.

—¡Aibá, es verdad! ¡Tengo que prepararme, y presto!
—Un momento, ¿no habéis preparado vuestras cosas?
—Espera un momento. Telmo, ¿qué haces aquí? Pensaba que iba a venir Valeria.
—Os espera en el portón con el carruaje. Vengo a regar las plantas.
—Ah, bueno, no te preocupes por eso. Ya lo hice anoche. Y bien que las regué, si le he puesto como un cubo entero de agua cada una.
—Bueno. Entonces no os demoréis y vestíos, antes de que Valeria empiece a dar trotes en el corredor.
—Sí, sí… ya voy.—dijo mientras daba un gran bostezo. Me presagiaba que volvería a caer dormida en su lecho. Aún así, tenía que salir… tampoco iría a mirar cómo se cambiaba de vestimenta. Nunca en mi vida.

Esperé un rato largo, hasta que Diana abrió la puerta con sus ropas puestas y su espada envainada en su funda. Normalmente, un mosquetero de bajo rango llevaría una gabardina verde y unos pantalones marrones; pero desde que su condición era distinta al resto de soldados, se acordó que era mejor darle una gabardina azul y unos pantalones morados. Solo para que no olvide que es de la realeza.

Ahora, quien pregunte por qué su uniforme era distinto al resto (a pesar de ser muy joven), siempre podíamos decir que era porque era una aprendiz en prácticas. Quien no supiera de dónde venía ese azul, se lo creería.

Además de la ropa (cosa que tenía que llevar sí o sí), la bolsa que llevaba a su espalda era grande, pero escasa. No cargaba con los libros y en cambio se llevaba la maceta de lucena sujeta en el brazo. Por supuesto me opuse por lo que podría decir Valeria; mas se puso testaruda. No había manera de quitarle esa flor de encima.

Después de esa disputa, fuimos caminando rumbo a las puertas del castillo. Estaba muy callada. Demasiado. Parecía algo inquieta, pero no quería inmiscuir en sus reflexiones. No quería demorar mucho más en la partida.

Pero acabó hablando.

—Por cierto… he estado pensando una cosa.
—¿Qué le atañe?—pregunté.
—He pensado… vamos a salir fuera del reino, ¿verdad?
—Obviamente, Diana. Ninguno de los cuatro dragones se halla en este páramo.
—Entonces es posible que nos encontremos a mis hermanos, ¿verdad?

Cada día su ingenuidad me sorprendía aún más. Pensé que con la primera noticia de su existencia ya los creería muertos; ¿pero, vivos? Hombre, no digo que fuera imposible. Solo que era muy improbable su encuentro.

—Francamente, princesa, necesitaríamos ser muy afortunados para hallar a todos vuestros familiares perdidos por el camino. Nadie los ha hallado en años.
—¿Pero y si se han ido a otros reinos? No sé, a no ser que hayan buscado por toda la tierra no creo que se deba decir que están muertos. ¿O sí?

En eso tenía razón. Después de todo, los guardas solo buscaron por Alavnum; una porque pensaban que la idea de que unos niños se hayan ido a otros reinos era disparatada. Otra porque los reinos contrarios estaban vigilantes a que ningún soldado nuestro pisara sus tierras. Y, sobre todo, porque tampoco creían que existieran tales hijos. Cada vez que ordenaba una búsqueda, sus soldados negaban saber su aspecto.

Aunque nada dice que esa cosa los hubiera asesinado. Pero seguía siendo un tanto inverosímil.

—Oye. Sé que podría no ocurrir, pero, en caso de que lo haga, al menos debería percatarme de que está ocurriendo… no sé, solo quiero ver como son. O eran…

Se le empezó a iluminar el rosto y...

—¡Telmo! ¡Dime que aún hay un retrato de ellos en este reino!

Justo en el momento más inoportuno.

—¿¡Ahora!? Pero Diana, no tenemos tiempo.
—Nooo, ¿por quéeeee? Podemos pararnos un rato rapidito, ¿no?—imploraba entre pucheros.
—Pero… pero Valeria nos está esperando.
—Es mi familia igual… tengo que saber como fueron al menos antes de irme. ¿O me lo vas a esconder también?

Me miraba con cara de pena. Estaba planeando qué hacer si negaba su petición. No me preocupaba, pero cierto era que debía saber cómo era su familia antaño. Era parte de su vida, después de todo.

—Está bien. Hay un retrato en la cámara de tesoros del castillo. Sígame.

Anduvimos por los pasillos. Nos habíamos desviamos al ala derecha del fuerte, justo al lado de la sala del trono. Descendimos por las escaleras y fuimos hacia la puerta que estaba cerrada a cal y canto. Por fortuna, la confianza que tenía con la reina era tan alta que incluso me cedió una llave similar. Y, por si se lo preguntan: no, nunca he tomado nada de esa habitación sin el permiso de su majestad. De hecho, aparte de consejero y maestro, era también su recadero. Sabía que si entraba ahí, tendría que ver ciertas cosas que reabrirían heridas. Por eso si necesitaba ofrecer algo de oro debía ir yo.

—Coge la antorcha. Va a estar muy oscuro ahí dentro.

Lo único que faltaba era meter la llave en la cerradura.

La puerta chirrió nada más abrir. Hacía mucho tiempo que nadie tocaba un pie en esa sala polvorienta y umbría. Montañas de oro estaban desperdigadas por los lados, así como caras vasijas y armas de alto valor. De hecho, habían muchos tesoros de carácter antiguo en ese trastero. Casi toda la vestimenta tenía ese aire tan tradicional y propia, tan característica de estas tierras… y menos extranjero, claro.

Entre riquezas de otros mundos y caras telas, había un manto que intentaba mimetizar con el resto de objetos. Una fina tela de lana que aún conservaba algo de blancura pese a la suciedad del aire.

Un recuerdo ocultado por la nostalgia que desentrañaba.

—Acerca la antorcha aquí… ¡pero no tanto, cabezahueca!
—Ay. Perdón.

Me excedí. Al menos retrocedió lo suficiente para poder quitar sin temor a un incendio esa tela tan grande.

Y he ahí uno de los pocos retratos familiares que habían bajo estos muros de piedra. La pareja miraba al espectador mostrando una de sus mejores sonrisas; no sin un poco de altivez. Igual que sus padres, los dos niños lucían un llamativo vestir. La mayor, la más alta, tenía una cota de malla que le protegía el pecho; así como se apoyaba en un hacha casi tan grande como ella. Parecía una pequeña guerrera dispuesta a darlo todo.

Y sin embargo, no pudo luchar contra esas fuerzas.

Y a su lado estaba el pequeño poeta, luciendo coloridos retales, naranjas y amarillos, junto a unas medias calzas añiles con un cinturón rojo. Tras él, cargaba su laúd, de puro nogal; de potente sonido.

Y sin embargo, no lo oímos cantar.

Aquella era la familia de entonces. Dos padres rebosantes de felicidad y dos hijos que llenaban de vida este castillo, sea con disputas o cantares. Ahora no hay nada. Solo tenemos a la princesa... y a una moribunda Alanis esperando a que llegara el día.

Parecía que Diana estaba.. ¿triste? No parecía que le haya entusiasmado ver esa imagen tan idílica del pasado. A lo mejor tendrá envidia de sus perdidos hermanos. A lo mejor se estaría preguntando por qué no estuvo más cerca de ella. O quizá solo trataba de ocultar su asombro, ¿quién sabe?

Pero un tiempo después, ella dio una pequeña risa, dando una débil sonrisa.

—Míralos... ahí, tan contentos y... unidos…

Suspiró.

—Ojalá hubiera nacido un poco antes. Los hubiera podido conocer. En fin.

Entonces, da una vuelta. Sale por la puerta, esperándome.

—Podré reconocerlos, al menos.

Y sin más, salió del desván. Tuve que seguirla por tal de guiarla hacia la salida. Como temíamos, Valeria nos reprochó por tardar demasiado. Con treinta-y-cinco mosqueteros a su disposición, aguardaba nuestra llegada con impaciencia. Intentamos explicar por qué; pero no había modo de que comprendiera.

—¡Pero, haberse visto! ¿¡Qué parte de “no lleguéis tarde” no entendéis!? ¡Es que mira que entreteneros...!
—¿Qué? ¿Es que una no puede preguntar cómo era su familia o qué?—dijo Diana.
—Hoy no. Y deja esa maceta. No podemos llevar tanta carga.
—Pero... pero si no la llevo se me va a morir.
—Deja. La. Maceta. He dicho.
—Os lo dije. Haz caso a Valeria, Diana.—le dije. En cambio, ignoró las órdenes. Lo puso dentro del carro del equipaje. Amenazaba con caerse en cualquier momento en esa montaña de preparativos y víveres.

—Cabe. Ala, ya podemos irnos.
—Bien. ¡Bien! ¡Adentro, aprisa!

Habíamos entrado lo más rápido que pudimos al carro. Los caballos tiraron de los arneses, como cualquiera lo haría. Los adoquines estaban medio levantados, así que saltábamos y brincábamos en los asientos sin remedio. Por desgracia, intenté escribir este diario en ese momento. Pero por mucho que me esforzara en mantener mi mano quieta no podía evitar garabatear un poco la página.

Pasado un momento, se escuchó algo romperse en el suelo. La maceta de la lucena se había quebrado tras caer del equipo. Que desperdicio. Una flor tan bella, acabada en tierra. Era justo lo que pensé mientras miraba tras la lona con cierta nostalgia…

Pero hubo un curioso hecho que sin duda captó mi atención. Hubo una jovencita, de largos cabellos dorados vestida de arlequín; aunque para ser arlequín, tenía ropas poco pomposas. Llevaba una prenda ceñida en el torso con rayas negras y blancas con los brazos completamente desnudos; sus medias eran grises y su cara tenía pintada una lágrima bajo el ojo derecho. Por nariz tenía una bola negra; y sus ojos parecían estar constantemente cerrados como si quisiera caminar a ciegas por el sendero. Otra cosa curiosa que mi ojo captó era que, en su espalda, tenía un matojo de plumas también desprovistas de color, como si ahí antaño hubo un par de alas relucientes.

Y su boca, muy a mi pesar, no tenía comisuras pintadas. Realmente estaba cosida.

Parecía niña, cierto era. Eso era lo peor de toda esa vista; que una joven tuviera tan atroz cura. Con esas pequeñas manos, tomó la flor y la olió, aunque estuviera cerrada. Una parte tierna entre tanto terror.

Pero luego hizo algo que me desconcertó completamente. Ella giró su cabeza hacia mí, y me miró como si su curiosidad le inquiriera mirar hacia delante.

Y después una sonrisa.

Aún me pregunto qué fue ese escalofrío que me dio. Fue como una punzada en el corazón, como si un mal presentimiento se adueñara de mi ser. Tras el paso de una hoja, la chica desapareció sin más, como si de un espectro se tratase.

Era un mal presentimiento. Pero ya que no podía dar marcha atrás me decanté por ignorar mi instinto.

—Telmo, ¿qué has visto ahora?
—Nada, Valeria.—mentí.

Ella me miró de forma inquisitiva, demandando la verdad. Aunque decir que fui testigo de una alerquina sería igual que engañar.

Así que me inventé algo más creíble.

—Solo fue un inocente cervatillo pasando por el camino.
—Y de paso rompió una vasija que había en medio, sí, claro. ¿Te crees que soy ciega, viejo mentiroso? Acabo de ver una maceta romperse con una flor cerrada. Así que al final le dejaste llevar, ¿eh?

No contesté. En ese estado, era mejor no entablar ninguna conversación con ella, aunque fuera por aburrimiento. Tuve que distraerme con el paisaje, viendo cómo los árboles dejaban paso a un extenso trigal meciéndose con el viento. Cruzamos por un puente bien ancho que el carro pudo cruzar. Desde la lejanía, pequeños pueblos se divisaban entre la maleza, y algún pueblerino segando la cosecha, cómo no.

Ah, la vida rural… tuve un sentimiento de nostalgia ver aquella gente labradora, doblando la espalda para tener su pan, viviendo una vida sosegada sin los murmullos de los muros…

No ocurrió mucho más aparte de esa riña. Me dejó tranquilo durante todo el viaje, hasta que las estrellas se cernieron sobre nuestras cabezas y tuvimos que encender las lámparas. El camino se estaba volviendo demasiado sombrío, así que acampamos entre árboles vetustos, siempre encendiendo un buen fuego con la leña que le compramos a un buen hombre del camino. Con eso comimos la cecina que nos trajimos del reino.

Aunque, en verdad, preferí comer alguna baya. El viaje me dejó agotado. Ahí aprovechamos para revisar el mapa del mundo y nuestro plan, ya de paso.

Cosa que tampoco tenía mucha complicación, desde que solo teníamos una destinación por ahora. Los único reproches tal vez eran de la princesa por su flor perdida…

Aunque bueno, eso ya se veía venir.

Y al fin, después de un largo sueño entre el abrigo de los astros, nos dirigimos hacia el pueblo de Norm. No era nada especial; tampoco nada esplendorosa como sería la ciudadela de Alavnum. Pero eso no quitaba que esa pequeña y humilde aldea fuera por donde el conocimiento se acumulaba y recopilara. De la más ilustre poesía hasta el más popular romanceo, el escribano Fredo lo trasladaba a la tinta y dejaba que cualquiera con manos limpias se deleitara con esas obras.

Claro, la gente hablaba mil calamidades sobre los cuatro dragones. Temibles y voraces bestias que no dudarían en fulminar con sus artes mágicas a cualquier osado que les plantara cara. Miles eran las bocas que difundían su temible existencia… ¿pero, lugares? Ni uno. Era secreto de mercenarios; de temerarios sin miedo; de aquellos que buscaban la misma muerte. Había una norma fundamental sobre su mención; “Si no portas espada, más vale que no conozcas su paradero”.

Obvio, teníamos un libro que hablaba sobre cada uno de ellos. Una copia que el escribano otorgó personalmente a su majestad. Pero, por una extraña razón, se perdió por Dios sabe dónde. Quizá lo han hurtado, aunque nadie supo contar cómo desapareció. Es seguro que la reina no ordenó su quema, pues ella tenía tanto derecho de saberlo como su difunto marido. Aparte, iba a ser algo necesario, ya se sabía.

Pero algo raro pasaba a nuestros alrededores cuando llegamos. Era día de mercado; mas la gente no se hallaba por ninguna parte. Es más; algunas paradas estaban completamente tumbadas; destrozadas; en llamas; ah, y reducidas a ceniza, incluso. Ese panorama nos dejó completamente perplejos. Si no fuera porque de dragones solo se levantaban cuatro en este mundo, habríamos pensado que fue uno. Además, parecían que fueron embestidas hasta convertirse en astillas.

—¿Pero qué diablos es todo este desastre?—masculló Valeria con cierta molestia. —Maldita sea… y encima oportuno ese monstruo.

La incertidumbre me podía. Yo no quería pisar pie en la fruta aplastada del suelo ni en esas desoladas calles. Estaba por quedarme en el carro. Como el más experimentado, debía dar mi opinión sobre la situación.

—Capitana, creo que sería prudente ir al carro y abandonar hasta que no haya peligro ninguno.
—¿Y arriesgarme a que lo que sea destroce el pueblo? ¡Por encima de mi cadáver! ¡Guardias, en formación! Vamos a buscar ese monstruo.

Así desplegó su armada, a punto para el combate, con las espadas desenvainadas y con su porte firme. Eso debía incluir a la princesa, en teoría…
Pero ella tuvo la misma idea que yo, puesto que se estaba escabullendo sigilosamente hasta el carro. Para su desgracia, era imposible escapar de sus rapaces reflejos.

—¿Y tú a dónde crees que vas, cobarde?

Dio un respingo y giró su rostro aterrado hacia su autoritaria figura. Estaba temblando cual pluma al viento.

—¿No-no íbamos a retroceder?—trató de hacerse la desatendida. No era excusa.
—¡Pero, haberse visto! ¿¡Eres sorda o qué!? ¡Ven aquí!

Se resignó de enseguida ante su destino, igual que todos.

—Bien. Para asegurarnos de que ese monstruo no toque nada que no deba, vosotros diez iréis por la calle de la derecha. Tú, tú y, esos siete irán por la calle de la izquierda. En cuanto al resto vendréis conmigo a ver si Fredo está bien. Sí, tú también, Diana.
—Bueno, mejor que ir a por ese monstruo…
—Aún puedo cambiar de opinión, si te hace.

No volvió a objetar durante la repartición de deberes.

—¿Alguien más tiene una objeción? ¡Pues en marcha!

Aquellos que asignó para buscar al monstruo partieron hacia las calles asignadas. Mientras, nosotros quedamos solos.
—Tú Telmo vas con nosotros. Ya sabemos cómo se pone ese hombre si no venimos con alguien de su confianza.
—Claro, claro… cómo no.—contesté sin más. No me hacía nada acompañar a los generales.
—¡Sobre todo vosotros cuatro, cuidad bien sus flancos! No quiero deshacerme de él si le rompen la espalda.

Y obviamente debía de tratarme como carne de cañón. Pero en fin, vi peores en combate.
Sin más, seguimos a la capitana mientras algunos mirábamos con horror el panorama que el pueblo presentaba. El olor del hollín cargaba nuestras narices de irritación y estornudos, así como olíamos algún resto rostido de una desafortunada gallina que no pudo huir. Algún arañazo se apreciaba en las paredes junto a unos ennegrecidos adoquines. No había golpe que no tuviera quemadura, ni alma que nos quisiera contar cómo era ese agresivo ser. Todas esas marcas nos dejaba cada vez más tiesos cuando se nos hacía más segura la imagen del monstruo.

—O-oigan… ¿no os parece que estamos un poco desprotegidos ante esa bestia? Qui-quiero decir… parece que esa cosa embiste o algo…
—En todo caso cargará lento. Recuerda que la presteza es lo que más vale en combate.—contestó Valeria.
—¿¡Pero y si resulta ser más veloz de lo pensado!? ¡Estaremos muertos!
—¿¡Te piensas que estoy enviando mis hombres a la muerte!? Sé lo que hago. La espada será suficiente si nos ataca.

Lo sé. Estaba pecando de confiada; sin dejar un espacio para pensar. Huelga decir que al menos Diana es prudente en combate...

—Está bien. Luego no me culpes de tus heridas si llega a embestirte.

Pero no en su lenguaje. No es que blasfeme, pero a veces dice demasiados males si la ira le invade.

—Como si tus palabras fuera a afectar mi autoría, ilusa.

Tampoco sabía que entre ellas se llevaran tan mal. Y juraría por mi barba que esa discusión se prolongaría hasta el ocaso. Suerte que, o debería decir por desgracia, un guarrido se escuchó tras la esquina. Tal fue que la princesa soltó un pequeño grito y se escondió tras su acérrima enemiga.

—¿Eso fue un jabalí?

Al fin Valeria sacó a lucir su espada.

—Y pensar que esta batalla sería dura…. ¡Sobre todo vosotros cuatro, cubrid a Telmo! Yo daré el primer paso.
—Vale, vale.—contestó socarrona.
—Tú no. Tú te vienes conmigo.
—No manches, Valeria, ¿me quieres matar o qué?
—¿Tú no querías enfrentarte a los dragones? Entonces un jabalí no será problema para ti, ¿o es que tu cobardía te hará deshonrada?

Con esto ya quedó pactado que quedaría como un mero espectador mientras esos buenos hombres vigilaban todos mis flancos. Me quedé cómo Valeria asomaba su cara tras la esquina para tener con qué se encontrarían. En vez de alegrarse por tener una simple bestia para llenar sus estómagos, chasqueó la lengua con una mueca tensa.

—Oh, ¡al cuerno! ¡Moveos hacia la calle, rápido!

Sin dejar lugar a dudas, los guardas que iban con ella apremiaron su paso hasta estar frente la casa de Fredo bajo el asedio de un gran puerco llameante. Igual que un bovino bravo, rascaba la tierra usando sus pezuñas mientras sus colmillos, largos y anchos hasta pasar el hocico, apuntaba la piedra del hogar. Se veía claro en esa febril mirada inyectada en sangre que iba a embestir en su contra.

Tuvieron que intervenir de enseguida. Valeria se plantó frente al animal, y a voz impetuosa, llamó al jabalí con una ofensa hacia su corpulenta figura.
No tenía noción si el insulto avivó más sus propias llamas; pero el llamado fue bastante efectivo, pues el enorme puerco miraba hacia ella.

—Ahí te quiero ver… ¡guardas!

Su cuarteto de peones verdes se preparaban para saltar y evadir aquella impetuosa estampida de cuatro patas, quien parecía tomar su tiempo. Estaban dispuestos a saltar al primer instante de su carrera.

En cambio, no pudieron. Esa velocidad fue suficiente como para pillar a un par de sus hombres por sorpresa y sufrir el tacto de su marfil. La punta de esos dientes alargados atravesaron cual cornamenta sus ropas, y fueron rasgadas hasta que su fuerza los estrellara contra los techos.

Valeria, Diana y los otros dos pudieron evitar sufrir tal golpe; por poco. Se apartaron con pies raudos por los costados de la calle, aprovechando el poco entretenimiento con los dos hombres perdidos. El espacio estrecho tampoco les favorecía. Si bien era una calle ancha habilitada para carros, las paredes delimitaban sus movimientos a unos pocos pasos por los costados. Más aún, debían vigilar que no estuvieran frente el edificio ni en su camino, o caerían con él. Las calles largas solo le darían más ventaja al jabalí.

Por suerte, la capitana no tenía solo espadachines. Había otros que llevaban la pólvora, y esos eran los hombres que estaban a mi lado.

—¡UGH! ¡Los cuatro, vengan y saquen rápido sus mosquetes! Tendremos que atacar a distancia.
De repente, me quedé solo ante la suerte. Esos malaventurados guerreros sacaron los utensilios de disparo y las cargaron de pólvora y perdigones. Mientras, los que en pie quedaron intentaron distraerlo con sus amagos, tal y como su entrenamiento dictaminaba. Provocaban a la bestia, solo para que los perdigones puedan atravesar su gruesa piel.

¡Oh, pobres desgraciados! Al inicio pareció que el barullo detenían sus pezuñas tal donde estaba; incluso el cerdo parecía resentirse con los filos que le arañaban y las perforaciones de los proyectiles.

—¡Ya lo tenemos, vamos!—animó Valeria con mucho ahínco. Ella preparaba su espada, dispuesta a asestarle el golpe final.

Mas solo provocó que corriera en círculo, lanzando al resto usando sus colmillos cual ariete.
Tirados al suelo, lanzados al aire; hubo quien hasta cayó y sufrió el peso de sus pezuñas.

—Hatajo de inútiles, ¿para qué os entreno?—masculló con furia contenida mientras veía cómo el cerdo giraba su carrera hacia ella. Ella se preparó para dar otro golpe. —. Eso es, puerco, ven a mí…

Hubiera gritado suplicando que evadiera; de no ser porque arriesgaba a que acabara con mis ancianos huesos. Y quizá porque ya logró entorpecer su paso con esas heridas y preparaba una penetrante estocada.

Y así era.

Padecí al ver que aquel jabalí estrelló sus fauces contra la pared junto a Valeria. Pensé por un instante que ahí acabaría hasta que oí un estridente guarrido de dolor tras el choque. Pronto vi por qué, cuando retrocedió.

Ella logró colocarse entre los dos marfiles, y consiguió, además, dañar uno de sus ojos con la vara de su sable. Con eso y una estocada más, ese jabalí ya estaría acabado.
Sin más dilación, quiso aprovechar la agonía para agacharse, correr y perforar su cuello con una fatal punzada. Pero una vez parecía ya tenerlo, ocurrió lo peor.

Bastó con un movimiento de cabeza para apartar a Valeria y tirarla al suelo con un golpe de colmillo. Los que estaban en pie se espantaron al ver su líder caer. Hasta la princesa gritó su nombre con notoria preocupación. Cometió incluso la temeridad de ir hacia ella solo para socorrerla.

—¡No! ¡Tú ve a por ese monstruo! ¡Ya me levantaré!
—¡Pero Valeria, estás herida! ¡No podemos dejarte aquí!
—Estaré bien. ¡Tan solo ocúpate a cortar el pescuezo a ese animal!
—Pero… pero no quiero matarlo.
—¿Quieres que te mate a ti primero?
—N-no…
—¡Entonces sé brava de una vez y hazle frente, corre!

Pude notar cómo la saliva pasaba en la garganta de Diana nada más avistar al jabalí rascar la piedra con sus pezuñas. Hasta soplaba ascuas de su hocico con su único ojo apuntando a todas partes.
Y entonces, volvió a embestir; justo cuando iba a preparar su arma. No resistió y tuvo que rodar con vacilo. Me dio un vuelco al corazón cuando lo hizo. ¡Esta chica! ¿¡Es que no vio que podía haberle pisado!? Todavía estoy molesto por semejante temeridad.
Fue increíble que haya salido campante de esta batalla. Después de que este volviera a intentar otra carrera, ella ya empezó a correr por su vida.

Y no conozco si era porque el cerdo solo podía correr en recto o por sus heridas, pero cuando ella intentó huir por la calle siguiente, el jabalí se estrelló directo contra la pared con tal fuerza que hasta la piedra cayó sobre su testa. Hasta sus llamas se apagaron una vez inconsciente. Ella volvió atrás asustada, temblando por el ruido.

Aún podía respirar. No parecía que quisiera hacerlo, pero aún así alzó su espada.
Y sin más, hundió su arma en sus entrañas. Mantuvo el estoque dentro, hasta que al final se aseguró de su fallecimiento.

Con pena, sacó su espada del cuerpo. Me pareció oír una disculpa por haber acabado su vida de esa forma. Una vez terminó, pudimos al fin ayudar a Valeria con sus dolencias. Y al fin pudimos visitar al escribano de una vez.

Ahora que pienso… me dio una sensación extraña… como si me observaran. Me pregunto, ¿por qué será?
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#7
La princesa mata a un cerdo monstruoso y Valeria no cuida lo que hace. La cosa que me pone de nervios es saber que al parecer Telmo fue el único que vió a la arlequín (¿algun espectro?). Me hace preguntarme la edad de Telmo, cada que leo sobre el siento que estoy escuchando a un hombre viejo.
Master Weasel. Es esa sombra extraña que te sigue en la cueva 
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#8
Holi, it's me again, the elf. Vengo a comentar el capítulus, obviamente.

Veo que supiste cómo solucionar ese problema de la redacción en primera persona, llevando a Telmo con ellos, muy ingenioso. Por un momento pensé que la flor tendría una importancia más relevante en el transcurso de la historia, algo más imbólico, pero veo que la utilizaste para la aparición de esa extraña chica arlequín en medio del camino, creo que es evidente que tendrá mayor importancia en el futuro, pues le diste mucho énfasis a su aparición, incluso resultó inquietante, me pregunto cuál será su papel.

Ese jabalí de fuego, me pregunto de dónde salió, no creo que sea uno de los cuatro dragones, tal vez otra especie que evolucionó o apareció de la misma forma que ellos, o sólo una criatura mágica extra para crear un contexto necesario para el momento. Ese Fredo al que van a ver, ¿no murió con el fuego del jabalí? Pensé que todos lo habían hecho, pues describes el lugar como totalmente quemado. 

¿Por qué Telmo cree que lo vigilan? ¿Qué o quién lo vigila?

Un interesante capítulo, ayuda a ver más sobre la relación entre Diana y Valeria, no pensé que se llevasen tan mal, aunque creo que es fácil predecir que se terminen llevando bien, las circunstancias bajo las que lo hagan serán las interesantes de leer.

Nos leemos. Ciao.
[Imagen: giphy.gif]
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#9
Cita:Me hace preguntarme la edad de Telmo, cada que leo sobre el siento que estoy escuchando a un hombre viejo.

Es que es un señor anciano. Está por encima de los setenta. Todo un logro para el mundo en el que vive tbh.

Y no, Thandruil. La flor no es un mero vehículo para mostrar arlequines gratuitamente. Just you wait... (temo que la espera se va a hacer eterna, desde que hace poco que me dieron un batacazo con que esto no me da de comer y tendría que dedicarme a pintar budas y paisajes a la ilustración a full, pero... dammit, I just can't let it go, don't I?)

Igual empiezo a ver problemas para darle la importancia que le correspondía a ese personaje porque ya han pasado casi tres años que me he planteado esta historia y por desgracia mi pasión por la escritura "seria" está un poco por los suelos, pero fear not. Procuraré no dejaros en ascuas por mucho tiempo (si me lo permiten, está claro. Porque este año pinta muy, pero que muy duro ¬¬).

A otras razones se suman a que me ha dado por escribir una... tontería que pensaba que iba a ser corta, pero como siempre se me ensanchó el doble (no espero que me supere los 30 capítulos... espero... pero la longitud de los caps si lo hizo hasta el estándar de una historia que me curro de verdad). No creo que lo publique en ninguna parte; pero llevo como 14 capítulos escritos (parte de los últimos aún los tengo que pasar en limpio porque mi orgullo me lo dice [?]) y siento que no puedo echar marcha atrás ahora...

Pero bueno, siento que estoy perdiendo fuelle en este también después de terminar la "primera parte", así que tal vez vaya y retome Clara Gladio. Tengo gran parte de la aventura pautada y sé más o menos por dónde ir. El problema más bien vendría ser el cómo y cuándo. Tampoco garantizo ser constante, desde que esto solo es un mero hobby y... bueeeenooo... un hobby que me tomo muy en serio, pero hobby al fin y al cabo.

Y eso es todo lo que tenía que decir. Ahora sin más preámbulos...
 

 
Capitulo 3

No puedo creer lo que acabo de hacer.

Solo una estocada. Una. Sola. Estocada. Justo después de que ese pobre animal chocara contra una pared y le cayera todas las piedras encima, con múltiples perdigones enterrados en sus carnes. Creo que acabo de tirar por la borda uno de mis principios. Tampoco creo que el pobre se mereciera esto. Era como si esas llamas le estuvieran quemando. No creo que existan jabalíes en llamas por ahí.

Peor aún… después de todo esto; después de que Telmo tuviera al fin el libro por donde nos indicaría dónde encontrarlos, tuve que soportar los quejidos de mi maestra, como si no tuviera suficiente calvario con mis remordimientos.

Acabamos de convertir toda una posada en un convento de la caridad. Hay tantos soldados heridos como camas en todo el piso, vendajes y retales esparcidos por doquier, y por supuesto, muchos gritos de dolor. Como si el fuego del puerco no hubiera bastado, va el barbero y aplica el hierro sobre aquellos que le salieron el hueso… me hacen sufrir de manera innecesaria.

Sobre todo Valeria. La muy testadura no puede parar ni un solo día. Intenta levantarse cada dos por tres de aquella cama, y claro, acaba soltando algún que otro quejido.

—¡Ya-está-bien, Valeria! ¡Hazte un favor y descansa de una vez! No vamos a llegar a nada así.—dije con toda mi preocupación.
—¡No! No tenemos tiempo para paradas. ¡Tendríamos que estar en el carro ya!
—Bueno, pues resulta que tenemos un contratiempo. Claaaro, teníamos que abalanzarnos contra ese cerdo sin blindaje ni nada.
—¿Preferías que todo cayera ante esa bestia antes y que todos murieran? Y eso que estoy hablando con la princesa de Alavnum.

Por dios santo, ya estamos otra vez hablando de mi “cobardía” y mi “herencia”.

—No, solo digo que podríamos habernos detenido un momento y pensar por nosotros mismos por una sola vez.
—Puro ego.
—Traer alguna malla, al menos…
—Demasiado peso.
—O mejor, podríamos haber traído a un maldito lancero… o contratado mejor dicho. Que oros no nos faltan. Nadie habría salido herido.
—Hubiera sido un gasto inútil.
—Razonar contigo sí es inútil.
—Escucharte a ti también.

Me harta. En serio. Ser capitana de la brigada de mosqueteros es una enorme responsabilidad, y ella se lo toma a su manera. ¿Y ese es el ejército impecable de mi madre?

Hurra por ti, mamá. Hurra. Tenías que encargar a mi mentora de esta travesía tan crucial y no a otra facción. En serio, ¿qué ocurrió con los caballeros, lanceros y soldados? ¿Es que no pueden salir del castillo? O quizá no quiso molestarlos. Después de todo, los pocos que hay cumplían roles importantes en la ciudad. Qué fastidio.

A veces hubiera querido elegir mi camino. Dedicarme solo a la botánica y aprender a hacer tan buenos cuadros como ese retrato familiar. Nacer en otro seno, sin tener que memorizar tanta ley y tanto texto. Vivir entre familiares, no mentores. Con alguien que me quiera de verdad.
Pero ahí estoy. Intentando preservar lo poco que tengo. Porque al fin y al cabo, si mi madre muere, no tendré nada.

Caray. Quizá si soy egoísta, después de todo. De toda manera, mantener a Valeria acostada es un suplicio.
Necesito descansar mis pies. Sentarme en el suelo apoyada en la pared es lo único que puedo hacer.

¿Qué hago? No creo que pueda aguantar ni un día velando por su salud.

Si pudiera al menos traer algo para aliviar esos males…

—Eh. A ti te iban mucho las plantas… ¿verdad?

Vale, ¿y a eso a qué ha venido ahora?

—¿Por qué lo dices? Dime que no es para meterte conmigo…
—¡Haberse visto, pero cómo puedes pensar-! Ah, déjalo. ¿Sabrías reconocer una amapola de una adormidera?
—Pues… sí… es bastante sencillo, de hecho.

Oh, no. No me estará proponiendo hacer opio…

—Genial. Entonces tengo un encargo para ti.

No lo digas. ¡No lo digas…!

—Trae una. Ve a un alquimista, y dile… que haga esa cosa maravillosa que alivia tantos dolores.
—¡Para el carro, Valeria! Entiendo que quieras levantarte tan pronto como sea posible, ¡pero aunque te alivie esa golpiza, vas a preferir quedarte todavía más en la cama! ¿¡Sabes cómo atonta eso!?
—¿Lo has probado tú misma? Dime.

Nunca lo haría. En mi más sano juicio no lo haría. Desde que he visto la flor, y con lo mucho que me cuesta levantarme de mi sueño, sé que jamás despertaría si llego a probar esa cosa.

—No, y nun-
—Entonces no sabes lo que me puede pasar a mí, así que cállate.
—Sé que no lo he visto, pero lo he leído.
—No me vale lo que las letras digan, ¡solo ve a por la dichosa planta!

No la aguanto. Solo la obedezco porque necesito alejarme de sus reproches, no porque vaya a recolectar esas flores que están mejor en tierra.

De hecho… ¿como puedo mitigar el efecto soporífero de la flor? Creo que había un grano que desvelaba hasta una sola noche. Pero tampoco creo que se halle cerca.
Quizá un alquimista la tenga. Pero no sé… era una de tierras más áridas que esta.
No, hay otra más silvestre. Una que crece al lado de riachuelos. Podría ser útil.

Sí… podría funcionar.

Aún me desagrada la idea; pero tampoco aguantar su mal humor. Si la apaciguo solo un poco, estar con ella será más soportable. Hasta divertido incluso.
Es hora de alejarse un poco del bullicio del pueblo. De los remedios brutales del médico. Sí. Al fin fuera de la posada, sin compañía.

—¡Princesa, aguarde!

Bueno. No. No podía faltar el mentor sobre-protector.
Di un buen suspiro.

—Telmo, no hace falta que me acompañes. No creo que hayan jabalíes en llamas en el bosque.
—Aún así, he oído lo que Valeria os ha pedido, y como traigáis una...
—¿Qué? En serio… ¿todavía sigues pensando que puedo traer la planta equivocada? Sé diferenciarlas, ¿sabes?
—No, no… déjeme acabar… —está jadeando, el pobre. Parece que echó todas sus prisas en alcanzarme.—, solo he apresurado el paso para deteneros.
—¿Ah?—esa no me la esperaba.
—No es consciente de lo que pide. Quizá sepáis esto, pero… si ponemos demasiado aceite en el ungüento…
—Lo sé. Bueno, para eso existen los alqui-
—Y no hay alquimistas en Norm.

Rayos.

—Qué faena.—contesto con fastidio. —Aunque… tampoco me detienes con eso. Tengo una idea… y quiero probarla.
—Ay dios mío.—oigo decir.—, la vais a matar.
—¡No, qué va! Será mejor que eso… quizá hasta se le vea más tranquila y todo.
—¡La haréis dependiente de esa flor!
—Solo tendré para una vez. No tendría que ser para tanto. No, ¿qué digo? Podría emplearla más veces. No estaría mal.
—En nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, me traéis sin cuidado.
—Tranquilo… saldrá bien.—no, no estoy segura, pero debo ir. —, solo quédate con los heridos, ¿vale? Veré si consigo traer un buen ramillete.

Le oigo padeciendo por mi actitud, pero no merece mi atención. No sé por qué, pero tengo confianza en que haré algo bien por una vez. Quiero decir, no es una batalla la que voy a hacer. Solo voy a tomar unas flores y crear medicina.

No voy a obligar a que Telmo colabore si no quiere. Es demasiado bueno para dar remedios tan extremos.

—Bueno. Nos veremos al atardecer… supongo.—me despido, hasta que salgo de este pueblo tan corriente. Dejo atrás la piedra de la calle, y miro hacia el camino que conduce al bosque. Es increíble lo que cubren estos árboles. Hay una sombra espesa que no deja entrar el calor del sol.

Dios. Como adoro la madre naturaleza.

Tanto color en un solo sitio. Tanta variedad de rincones y cantos reunidos en este bosque. Estoy aquí por obligación de Valeria y porque debemos partir pronto, pero no puedo evitar fascinarme ante lo que tengo alrededor. Mis penas se han aliviado en nada. Hasta veo una campanilla asomándose tras una roca.

Vale. Basta de contemplaciones. Hay que poner manos a la obra.

Las adormideras suelen crecer en claros donde pasa mucho el sol. Obvio que en las zonas más cubiertas no se van a asomar. La que sí sé si voy a encontrar cerca es la planta que va a paliar algo los efectos de la adormidera. Aún no recuerdo cómo se llamaba…
sonaba a algo como “matar”.
Matar, mato… ¿maté?
Maté a un jabalí.

No, yo no. Solo lo rematé. Fueron los del mosquete que lo mataron.
No… yo lo he dirigido hacia la pared con mi cobardía. Destrozó la casa por mí. Cayó inconsciente por mí. Y encima tuve el descaro de clavarle una estocada. ¿Es que se puede ser más vil?

“¡Haberse visto! ¿Quieres centrarte en las florecillas ahora mismo?”

Genial. Ahora debo imaginar que tengo a Valeria atosigándome por detrás. Mejor no pienso en nombres o pasa lo que pasa.

Vale. ¿¡Y ahora por dónde vuelvo!? Estoy un poco desorientada, válgame decir. No puedo saber de dónde he venido con tanto roble. Estúpido jabalí, ¿es ese el pago por acabar con tu vida?
¡Ah, ya está bien! ¡Céntrate, Diana! ¡Menos culpa y más vista!

A ver, las hojas que busco son redondas con puntas alrededor. Espera, no, las hojas dentadas son del acebo. Esas son tóxicas. Más bien diría que son alargadas y sin forma de sierra. Sí, creo que tengo una idea de cómo es. Ahora sería cuestión de encontrar un río y mirar bien si están.

Ah, ¡ahí están! Justo en aquella roca al lado del arroyo hay un buen puñado de esas plantas. Será mejor que me disponga a cortar un racimo con cuidado.



Esto de cortar con la espada es la mar de complicado. ¿Por qué no habré traído un cuchillo? Madre mía.

Ha pasado mucho tiempo desde que encontré las hojas para desvelar a Valeria aún con el remedio. Empieza a hacer un poco más de frío y el sol cada vez pasa menos. No sé si es por las nubes o porque empieza a atardecer, pero este lugar me está empezando a poner de los nervios. Si no encuentro al menos una adormidera, me voy a volver loca.

No, espera, tampoco ha pasado tanto como para que empiece a bajar el sol. Cálmate.
Supongo que la soledad está empezando a hacer mella. Vamos, es la primera vez que me lanzo a la espesura del bosque en soledad.

Mira, ahora empiezo a notar un poco más de calor. Incluso por delante parece entrar por completo la luz de la tarde. ¿Podría ser…?

¡Sí! ¡Es un claro! ¡Y mira como lucen esas flores! Casi parecen amapolas con colores más fríos. Incluso las hay blancas como la nieve… y rojas también.
Por supuesto. Esas serán las famosas adormideras. ¡Y hay por doquier!
Oh, y creo que también hay amapolas de por medio. Quizá esas me convengan más. No adormecen tanto, si mal no recuerdo.

Aunque… me pidieron solo adormideras. Y aún quiero ver a Valeria diciendo tonterías. De hecho me dijo que tomara solo adormideras y no amapolas… me llamarían tonta si traigo de ambos…

Pero…

Eh, mira, ¿sabes qué? Me importa un pepino lo que diga doña ira. Las adormideras son demasiado fuertes. Pillaré un ramo de cada una; por si acaso.
No dudo en tomar unas cuantas para mí. Son bellísimas todas ellas. Tanto las reales como las que no. Es como si estuviera en un prado de ensueño, con un repentino hálito de frío.

Espera. ¿Qué es ese frescor tan repentino? Noto como si alguien estuviera tras mi espalda.

Oh. ¿Y esta niña? Qué raro… parece un arlequín con la boca cosida. ¿Pero qué le habrá pasado a esta pobre muchacha? ¿Y qué hace en un lugar tan recóndito como este?

—Esto… ¿te has perdido?—pregunto. ¡Cómo si me pudiera responder!

Ahora que me fijo, ella está llevando algo en las manos. Es como el capullo de una flor.

¡Ah, no puede ser! ¡Pero si es mi lucena! La había dado por perdida. Pobrecita, está un poco flácida. Se está marchitando al no estar enraizada en ninguna tierra. ¿Acaso habrá venido a devolvérmela?

Pues sí. Me la está tendiendo con timidez para que la tome; cosa que no tardo en hacer. Tendré que buscarle una vasija y algo de tierra ahora. Tendré que darle las gracias al menos.

Pero nada más disponerme a decir algo, ella se encamina hacia la penumbra, mostrando un matojo de plumas blancas bien desordenadas en su espalda.

—¡Ah, espera un momento!—digo. Pero ella solo sigue su camino. Aún con el ramo en la mano, intento seguirla por el interior del bosque. Trato de encontrarla al regazo de la flora, pero nada. Parece como si hubiera desaparecido.

Intento encontrarla mirando todos los rincones por donde se podría haber escondido. Me niego a creer que haya desvanecido sin más. ¿Dónde está esa chica? Maldita sea.

Encima me empieza a pesar el sombrero… esto no es normal. Incluso diría que está cayendo un hilo espeso del ala.

Curioso. Es un color ámbar y también pegajoso al tacto. Además de que rezuma un olor dulzón. A lo mejor sabe igual de como huele…

¡Anda, pero si es miel! Ideal para tapar el amargor de los brebajes. Que bien que me caiga semejante lujo de los árboles. Pero no deja de ser raro. No creo que caiga tanta miel de los panales.
Esto me da mala espina. ¿Y si viene un enjambre de abejas a por ella? O escarabajos… bichos varios que matan…

¡Oh, vamos, esto es absurdo! ¿Cómo va a venir toda una horda de insectos a devorarme? ¡Como mucho un oso! Ahora que lo pienso, ¿no está muy oscuro ahí detrás? ¿Qué diablos es lo que me está haciendo sombra?

Oh, ¿por qué pensaré tanto?

—¡Socorrooooo!—no hago más que gritar mientras corro con el corazón palpante. Intento que esas zarpas no me toquen ni la gabardina. Cuesta… mantener el ritmo… no me entra bien el aire…

Pero si me paro, esas fauces se clavarán en mí como si fuera un panal andante. Un mínimo desvarío y me alcanzará con esas zarpas. Mas después de la batalla de esta mañana, mis piernas no responden bien al apuro. Aún no he descansado lo suficiente.

Maldita sea, no puedo morir tan pronto. Debe de haber una manera de escapar de esta bestia.
Y ante mí, como si mis súplicas hubieran sido escuchadas, se presenta un buen roble de ancho tronco. Pedía a gritos “escálame, ¡escálame! Soy un buen refugio para osos”… sí, deliro y todo de la desesperación que esto me causa.

Pero si es cierto que necesito alejarme de ese enorme animal. Voy a tener que necesitar las dos manos. ¡Al saco con el mate y a escalar se ha dicho!

Ay. Se me ha clavado una astilla. Y los bichos se me están pegando por todo el cuerpo. Estúpida miel. Cómo duele la condenada.

Y para colmo este oso me está dando alcance.

¡No! ¡Tengo que alcanzar la rama! ¡Por mi madre debo hacerlo!

Vale. Debo dar un salto, apegarme al tronco…

Bien. Ahora tengo que arrastrarme hacia arriba, venga. ¡Ah, maldita sea, ese oso me ha rasgado la gabardina! ¡Casi me caigo!



Qué asco. Se está comiendo la tela. Vale, rápido, tengo que aprovechar que está en el paraíso de los osos para subir a lo alto de este árbol.

Un poco más… ¡un poco más…!

¡Uf! ¡Ha costado, eh! Tengo las manos llenas de astillas, el cuerpo lleno de hormigas y mis brazos duelen una barbaridad, pero al final lo he logrado. He salvado mi propia vida. Me apuesto la pluma a que tengo una sonrisa tan tonta que incluso asustaría a los más feos campesinos.

Madre mía… ¿qué es esa extraña alegría? Siento como si pudiera desafiar a la misma naturaleza ahora mismo. Es como si tuviera el poder de mofarme de los mismísimos dragones. Mira cómo se acaba ese trozo de nada. Qué idiota. Solo puede mirarme con rabia desde el suelo.

—¡Jaj! No eres tan voraz si tu presa está sobre la rama de un árbol, ¿eh, osezno?—voy balanceando las piernas que cuelgan desde la altura. Se siente bien. Y más cuando sabes que tu depredador no puede hacer nada para cazarte.

Pero no cuando el tronco zarandea. Casi me caigo, mecachis.

Y otra vez.

¡Y OTRA!

¿¡Pero qué pasa!? ¡¿Que ha ocurrido en ese momento en el que me he distraído!?
Oh no. ¡Oh nononononono! ¿¡Los osos saben escalar!? ¿¡PERO CÓMO!? ¿¡QUÉ CLASE DE BRUJERÍA ES ESTA!?

Vale, calma. Aquí debe de haber una vía de escape. Podría saltar al suelo…
No; se me romperían las piernas, estoy demasiado alta. Tendré que volver de donde he venido.
¡Pero ahí está ese oso dándome caza!

Estoy arrinconada. Como no logre sacarle un ojo desde esta distancia estoy muerta.
Ay… ¿qué hago ahora…?

—¡Eeeeeh!

Cállese, estoy intentando pensar.

—¡Eeeeeeeeeh!

Diablos. Para colmo alguien anda gritando por ahí como si quisiera llamar a alguien. ¡No, no me ayuda, que se calle, bastardo!

—¡Eeeeeeeeeeeh, oso!

¡Pesado! ¡Como si eso fuera a distraer al animal! Ahora tendré que esperar a que me alcance…
Vale, me trago mis propias palabras; ha dejado de apuntar el hocico hacia a mí para ver a…

Oh. Dios. Mío.

No me había fijado antes porque estaba más pendiente del peligro que nada; pero cerca del roble donde me poso, hay un barón con una ostentosa armadura chocando las manoplas contra el peto. Para provocarle, supongo.

Sí, no cabe duda. Está buscando que se abalance a él.

—¡Ven a aquí a ver si tienes agallas, oso!

No, no tiene. Pero bueno. Tampoco creo que quiera ir hacia una coraza que no pueda hincarle el diente. Claro, prefiere ir a por la pobre mosquetera embadurnada de miel. Rayos. Tendré que mentalizarme para lo que pueda pasar. Supongo que va siendo hora de intentar derramar algo de sangre, aunque sea para que se caiga del árbol…

¡Ah, loco! ¡Acaba de clavar la lanza cerca del oso! ¡En vez de apuntar bien y hendirlo de muerte, va y sigue con su camelo! ¿¡Es que no teme ese hombre!?

Al menos ante eso, el oso le dedica un rugido llena de molestia. Es una advertencia, no me cabe duda. Si no paraba, entonces se dirigirá hacia él.

—Vamos… ven a mí…—le pude oír decir. Al final el oso deja de poner sus garras en el árbol y se gira hacia ese montón de oro. Creo que se lo quiere quitar encima.

Esto va a ser interesante.

Acabo siendo testigo de una encarnizada lucha entre hombre y bestia. Un duelo de fuerza que parece consistir en tumbar el rival al suelo. El oso puso sus zarpas en la armadura, intentando dar un golpe a ese caballero blindado. Fue un golpe seco, pero no para que vaya al suelo. Está tratando de hacerlo caer por la fuerza otra vez; pero al final, el hombre lo agarra de las patas y detiene su caída. Está actuando como muro para que la muerte no me alcance. ¿Me salvará de mi nefasto destino?
Oh, espera. Estoy pensando como una de esas damiselas inútiles de los libros de caballería.

¡Pero qué idiota! ¿Por qué me quedo mirando?

Siento ser cobarde y no ayudar a ese elegante paisano, pero no tengo nada que pueda ser de ayuda. Con que lo entretenga me basta hasta para llegar al pueblo. Esta vez solo debo dejarme caer lentamente mientras mis ropas se cubren de más astillas y más insectos. Despacio.

Y una vez más, mis botas están pisando tierra. Ya puedo alejarme tan rápido como un soplo del norte. Ah. Pero… desgracia mía la que me ha tocado. Al final ese duelo cuerpo a cuerpo terminó con el caballero reluciente al suelo. Y, contra toda esperanza, su olfato le vuelve a guiar hacia mí.
No podía tratar de sacar la armadura de ese caballero y comer la sorpresa desagradable que podría ocultar, ¡oh, no!

Mis piernas aún andan entumecidas y tembleques por estar colgadas en ese rato, pero con el mejor de mis esfuerzos intento alejarme de él. El peligro logra que pueda ignorar el dolor; mas mi pecho se agita hasta volver a dificultar mi respirar. Pronto llego a mi límite, y, girándome a ver las distancias que mantengo con el oso, me choco contra otro de los tantos árboles que hay en este maldito bosque.

Ese golpe en la frente me duele horrores. No para de atontarme. Duele, el condenado árbol… encina. Maldito árbol boscal.

Menos mal que logro recuperarme de esa tontuna. Podré levantarme… no, qué digo. Es demasiado tarde. El oso está ahí, dejando caer esas asquerosas babas de sus fauces. Ni idea si se limitará a tomar el pringue con su lengua o querrá llevarse un pedazo de mí; pero desde luego ni se piense que me dejaré tomar por ese apestoso aliento. Bueno, supongo que será apestoso; comerá carne, ¿no?

Como sea. Pienso hacerle un agujero en la garganta con mi puntiagudo filo. Entonces retrocederá y huirá. Sí, es buen plan.
Tomo el mango de mi estoque, y…

Y… ¿esto no está muy abajo?

Vaya por dios, ¡¿acabo de ponerme en posición de ataque con una adormidera?! Esto es para burlarse. En serio, ¿¡no puedo hacer nada bien por una vez!? Y encima me voy a quedar manca, ¡porque esos dientes se han abierto hacia mi mano!

Intento que eso no ocurra con un veloz retiro de esta… pero pobre flor, tuvo que pagar su hambre por mí. Veo como la masca y saborea, pues, claro, tiene que tener la miel que había en la palma. Fue un nefasto destino para la planta; y un noble sacrificio. Fue destrozada y luego engullida mientras se relamía el hocico. Menos mal que tengo más en el bolso. ¿Y por qué me alivio pensando en que no es la única adormidera que tengo? Mi vida está en juego y pienso en banalidades como esta. Ya me vale. ¿Por qué será?

El oso acaba de levantar la zarpa. Estoy acabada.

O no.

Después de esto, la pata levantada baja hacia el suelo. Está… dando tumbos, luchando para mantenerse despierto.

Así que… ¿la adormidera está surtiendo su efecto? ¿Podría ser?

Pues sí. Al final cayó al suelo dormido… muy dormido. Espero que no haya sido demasiado para él. No es como si lo quisiera muerto en realidad.
Ah, espera, ¿y lo de antes qué fue? ¿Instinto de supervivencia?

Bueno, como sea. La cuestión es que logré salvarme de una muerte segura. Lo que hace un mero error, ¿eh? Madre de dios, estaré hecho un cristo. Mejor me levanto e intento quitarme todo lo que se me ha pegado.
Jolín, ni modo. Se me vuelve a pegar todo, leñe.

—¿Estás bien?

No, ¿qué no ves que intento quitarme toda esta mugre?
Ah, espera. Es el caballero de armadura plateada quien me lo pregunta. El mismo imbécil que iba a dejar de lado. ¿Es que no se puede ni quitar el casco o qué?

Aunque, para preguntarme con esta voz tan suave estoy pensando en él como si fuera una escoria ornamentada. Por lo menos su visor no le está tapando la vista.
Negros. Son negros. Casi no le veo la pupila de lo negros que son y lo oscuro de la visera. Qué diablos. Entonces la armadura será para lucir bien, ¿no? Ah, qué más daba.

—Ah… sí…—es lo mínimo que puedo contestar, con todas esas distracciones.

Entonces, siento como un golpe seco de metal azotándome la mejilla. Me dio una torta. Sin quitarse el guantalete.

—Ayyyyyy… ¿¡pero qué hace, hombre de Dios!? ¿¡Es que no tiene mesura o qué!?
—¡Claro que no tengo, idiota! ¿¡Qué haces andando sola por el bosque!? ¡Anda que si llegas a encontrarte con otro hombre te hubiera cogido de esa bata y te hubiera abierto de tal forma que no podrías sentarte por todo un mes!
—¿Q-q-q-q-q-q-qué?

De repente no entiendo nada.

—¡Que te hubiera vuelto una pecadora sin que tú quisieras, dita sea! ¿¡De dónde diablos sales!? ¿¡De la casa de la pradera!? ¡¿En qué casa de paletos vives tú!?

¿Sí? Es lo que hubiera contestado a primeras. Pero ese tono descortés no hacía más que engrosar mi desagrado hacia su persona.

—Oiga. Tenga cuidado con su lenguaje. —dije intentando mantener la calma.
—A mí no me digas cómo tengo que hablar, ¿eh?
—Pero… no te he dado indicaciones…—¡en serio! ¿¡Qué le pasa a este!?

Espera. ¿Qué estoy haciendo? ¿Soy la princesa de este reino y me estoy dejando regañar por un soldado? No es como si fuera novedad para mí, pero… demonios.

—Ugh, como sea. Más te vale saber por dónde volver, porque no pienso ayudarte más, ¿me entiendes?
—¿Qué? ¿Te enfrentas a un oso, pero no me acompañarás hasta el pueblo? Vaya. Pensaba que tenías un poco de caballerosidad y hombría, pero veo que solo es rudeza.—un poco harta de los reproches de un desconocido, cruzo mis brazos e intento herir su orgullo, a ver si me concede el gesto de mostrarme el camino por lo menos.
—Hah. Buen intento, pero como que no pienso acompañarte. Mira. Es fácil. Solo sigue recto hasta encontrar el pueblo. Y ya está, ya no des más por saco, por favor. Que me tienes hasta la coronilla ya.
—Bien. Es justo lo que quería saber.—¡jaj! Toma ya. —, ¡hasta nunca, montón de hojalata!
—¡No te tropieces en el camino, atontada!

Lo mismo va para ti.

Nunca más.

Nunca más voy a hablar con un hombre en la vida.
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#10
No te voy a mentir, Valeria se me hace un personaje muuuuuyyyy insufrible, pero es que la eh visto desde los ojos tanto de Telmo como de la princesa, la verdad en su lugar hace tiempo que les hubiera dicho que se fueran a tomar por culo
Master Weasel. Es esa sombra extraña que te sigue en la cueva 
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#11
Capitulo 4

 
Desde que el mediodía que la princesa había partido, estuve expectante a su regreso. Claro que intenté ayudar a los taberneros a cuidad los hombres que fueron heridos por esa bestia. Mis huesos no tardaron en resentirse a pesar de tener la firme voluntad de permanecer levantado. Me avergüenza que al final tuviera que ser yo el atendido. Los años me empiezan a pesar ya. Ya no me puedo mover como antaño.
 
Al menos debía agradecer que sigo teniendo la misma lucidez; no como otros, que ya la están perdiendo a las cuatro décadas.
 
Aunque debo admitir que esa consciencia estaba siendo una pequeña condena en ese momento. No podía parar de golpear mi dedo con la mesa. Temía que ella hubiera tenido un desafortunado encuentro con un oso. Esos animales son bastante territoriales, y ya solo faltaba que, después del jabalí en llamas, solo se le acercara uno.
 
Ay, mi alma. Si la reina se enterara de que se adentró sola en la espesura del bosque, tendría que buscarme la fortuna entre otros. Era imposible discernir si el tiempo había transcurrido como mi percepción indicaba; no entraba ni un rayo de sol en esa solitaria posada. Temía que llegara antes un comensal para cenar que no a la princesa entrar con sus flores.
 
Pero mi espera finalizó con alivio. Ella había entrado con la luz del atardecer; llena de hojarasca y mugre por doquier, con alguna planta asomándose en su saco. Su gabardina estaba también rasgada; mas eso parecía ser lo único que tenía dañado. Bueno, parecía también un morado en su mejilla y un rostro bastante lúgubre. Parecía como si hubiera tenido un encontronazo con algún bruto.
 
Por supuesto, me preocupé al verla de tal forma. Le pregunté qué le había pasado. Pero se limitó a enseñarme todo lo que había recolectado. Había encontrado también amapolas y otras hojas que en teoría cogió para paliar los efectos de la adormidera…
 
Pero simplemente no daría resultado, así que dije que mejor usara las amapolas, que no son tan fuertes.
 
Durante siete días, Diana y los dueños de la posada cuidaron de Valeria con las flores que había traído y con la comida que podían dar. Sus dolores se fueron aliviando poco a poco; sin prisa pero sin pausa.
 
Al octavo día, cuando todos nos habíamos reunido, y después de una taza de mate (la amapola será mucho más suave, pero sus pétalos aún adormecen lo suyo), Valeria empezó a indicar hacia dónde debíamos ir. Teníamos que partir hacia Sothendram. Ahí, en tierras de enanos, hallaríamos la Cordillera de Dragones. Leyendas cuentan que, en las entrañas de la montaña, se ubicaban las puertas del infierno; y con ellas, su furioso celador.
 
La bestia que se cubrió de piedra para poder castigar a todo osado que se atreviera a entrar en las profundidades prohibidas. Ese no era ni más ni menos que Petradrágon; conductor de aguas ardientes y señor de los volcanes.
 
Un título acorde a su porte, sin duda. Solo había un problema que nos preocupaba; y no era precisamente la cara de somnolencia de la capitana. Aunque era cierto que no nos faltaban recursos para hendir el cuerpo pétreo de ese dragón, sí era cierto que los hombres no aguantarían tanto las llamaradas y los golpes que este pudiera atestar.
 
Es entonces cuando me arrepiento de no haber dicho a la reina que necesitamos algún hombre robusto, más que ágil. Un caballero; un lancero; un gladiador… alguien que supiera usar las mazas al menos.
 
Por fortuna, íbamos hacia territorio de cazadores. Sabíamos que en algún humilde poblado cerca de esas sierras encontraríamos al aliado que necesitaríamos.
 
Ahora. No estábamos muy seguros de que nos recibieran con los brazos abiertos. Al fin y al cabo, no tenemos muy buena reputación con el resto de los reinos. Somos bien conocidos como “aquellos soberbios que solo piensan arrasar con todo”, “los locos del centro” y, más al norte, “el único reinado que se deja gobernar por una mujer”.
 
No veo porqué alguien sensata no tenga porqué reinar solo por ser mujer, pero en fin.
 
La cuestión es, cualquier soldado que procediera de Alavnum sería considerado como una amenaza. No por nada somos un número reducido y con muy poca variedad; de esa manera, no habría modo de pensar que venimos con ganas de conflicto; mas no quita el hecho de que vengamos de donde venimos y nos podrían vetar la entrada al reino nada más vernos. Pero tampoco creemos que haya una reacción tan inmediata por su parte.
 
Borrado todo temor, tomamos los carros, los caballos y fuimos rumbo este. Cruzamos el muro que separaba Alavnum de Helum y nos desviamos norte hacia las tierras áridas. Habíamos pasado de un paraje vetusto y frondoso a una llanura seca y estéril. Habíamos pasado dos días bajo el abrasador sol… y nos faltó agua. No habían suficientes vasijas, y una de ellas se llenó de insectos. No era nada apetecible.
 
Los más enclenques empezaban a padecer la sequedad de sus bocas, y el calor no daba tregua alguna. Hasta los caballos empezaron a perder su vigor. Todos aguantábamos como podíamos aquella asfixia… menos la princesa, que de alguna manera se las arreglaba para dormitar con ese calor. Intentaba explicar ese fenómeno discutiendo con Valeria; pero ella simplemente se negaba a decir algo.
 
Suerte para nos que no iría a durar mucho este calvario. Pronto, el desierto rojizo fue cambiando por campos de cebada que ondeaban al viento. El aire, soplando desde las montañas del norte, hacía que el calor fuera mucho más soportable. No era una tierra que parezca albergar agua a borbotones; eso es, claro, en la parte central y sur del reino. El norte de Sothendram está abrazado por la brisa marina y las cortantes ráfagas montesas de Razhorlia. Siendo primavera, el tiempo era cambiante a más no poder. Pronto los campesinos cosecharían esos campos, solo para esperar al invierno y llevarlos a los molinos para tener el grano.
 
Todo este cambio era indicio de que nos estábamos acercando a nuestro destino; pero había algo que me preocupaba. A este día seguro que habría algún plebeyo nos habrá visto. Se podía ver a grandes bovinos tirando de las hoces. Estaba ansioso y a la vez asustado. ¿Cómo nos recibirían sus guardias si saben de dónde y a qué venimos? El rencor de las guerras pasadas no se desvanece así como así.
 
Aunque en principio, los enanos no nos tenía como enemigos acérrimos. Si tuviera que describir la relación con los enanos, diría que sería… extraña.
 
De hecho, oímos el grito de un labrador, avisando del paso de nuestro carro. El ceño de Valeria se había fruncido. Lo cierto es que todo “eh” era como un grito de guerra para ella.
 
—Malditos enanos.—dijo en seco—, ¿es que no podía ignorar nuestra marcha?
—Calma, Valeria; probablemente no nos tomen como enemigos si mantenemos la calma.—contesté sereno, aún con la duda en mi mente.
—¿Con unos elementos tan imbéciles? Por favor, seguro que se abalanzan a nos con sus martillos de piedra nada más vernos.
 
Se le escapó una risa tonta en la cara. Imagino que será porque aún subestimaba la fuerza de esa raza. O por ansia de una lucha que pudiera ganar. No estaba seguro.
 
—No todos son lo que parecen, Valeria. Imagino serán más civilizados de lo que creéis.—traté de engañarme de esta forma. Que sí, que en Alavnum no tenemos buenas ideas de ellos; mas me mantengo escéptico ante la creencia popular.
—De hecho, capitana, el consejero tiene razón… conocí a uno. Era bastante civilizado.—contestó uno de sus más fieles hombres. No me acuerdo cómo se llamaba.
—Una excepción entre un millón… no oí que fueran muy amigables con humanos.
—Hombre… yo lo vi muy jovial...—volvió a contestar.
 
De repente, el carro dio una parada en seco. Tal fue el relincho que Diana despertó de su pesado sueño.
 
—¡Eh, vosotros! ¡Bajen de estos carros e identifíquense ahora mismo!
 
Pánico. Fue lo primero que sentí entre los siete que éramos a excepción de la recién levantada. La voz presentaba una hostilidad que atemorizaba. Una que casi le daba la razón a Valeria.
Nos quedamos un poco paralizados. Incluso cuando Diana preguntó qué ocurría.
Nadie contestó. Siquiera yo.
 
—Bueno… si nadie me lo va a decir… tendré que mirarlo yo.
—Diana, ni se te ocurra asomar la cabeza por la lona.—masculló la capitana, asustada.
 
La ignoró por completo. Apartó un poco la tela y los vio. Hasta sacó un poco la cabeza… para regresar de inmediato a la sombra con los ojos hechos unos cuencos.
 
—¡O-osos!—no dijo más que eso en voz baja. Al parecer, sí era cierto que estábamos rodeados. Se le veía asustada.
—Avisaron a sus patrullas, ¿eh? Malditos idiotas…
—Vale, señora, ¿qué hacemos? ¿Vamos al ataque? —susurró otro de sus hombres.
—No… di al cochero que los arrolle. Debe de haber alguna forma de evadirlos.
—Vais a matar a los caballos si lo hacéis…—dije. Era demasiado descabellado. Encima tampoco daría resultado. Así lo disuadía.
—Prefiero caballo muerto a dignidad muerta. No me voy a abrir diálogo con esos brutos.—concluyó.
—Va, va, ¿pero qué estáis cuchicheando ahí dentro? Solo hemos pedido que se muestren, caray. ¿Qué, os creéis que por vuestra cara no se ve que sois humanos, eh?
 
Habló un enano fuera de la lona. Todos pensamos un rato.
 
—Bueno… al menos las personitas no parecen tan malas como los osos.—soltó la princesa con toda su inocencia.
—Tienen ganas de luchar. Se le nota por la voz.—su voz ya era ronca de por sí, Valeria. “Necesitas leer más”, pensé.
—A mi no me parecen tan hostiles.—opinó el amigo de un enano.
 
Se notaba la discordia entre ellos. No ponían decidir. La voz de su compañero sonó por primera vez.
 
—Miren. Como no salgáis de esa lona, tendremos que haceros picadillo porque seguramente querréis guerra; y eso nos encanta muchíiiisimo, de verdad. Pero tenemos órdenes explícitas de no ser impulsivos a no ser que TARDÉIS UN BOVINO EN PRESENTAROS, ASÍ QUE SALGAN DE UNA DICHOSA VEZ.
—Y más vale que sean desarmados. A nadie le gusta nuestras hachas, ¿saben? Somos muy hábiles usándolas…
—Uyyy sí, muy buenos.
 
Ambos se rieron. Podía verse cómo Valeria fruncía el ceño mientras forzaba una sonrisa de confianza. Parecía temer la posibilidad de que no fueran tan enclenques como creía.
 
—Conque retando, ¿eh? Pues si quieren pelea…
 
Iba desenvainando la espada; mas la detuve.
 
—Valeria, no os precipitéis. Quizá hablando hasta nos lleve al pueblo.
—¿Ellos? Hmpf, parecen creerse guerreros de poca monta. ¿Porqué lo harían?
—Con todos mis respetos, capitana, opino que eso es una idea pésima.
—Robert, no me tientes…
—Concuerdo con él.—dijo el amigo del enano desconocido.
—Cada vez que neguéis mis órdenes, más ganas me dan de luchar.
—Pero es imprudente. ¿No buscábamos aliados? ¿Eso no crearía enemigos?—replicó otro.
—Mientras en el pueblo no les llegue la noticia de asesinato bajo ningún medio, no habrá problema.
—Y por eso es porque nuestro reino tiene tan mal nombre…—añadí.
 
Al fin la callé. Dios mío, que me aspen esta mujer, como se nota que la moral retorcida de Alanis quedó inculcada en ella.
 
—Pero si es una niña…—oímos en seco. A partir de ahí, nos dimos cuenta de que Diana había decidido por nosotros.
—¿Y el resto, chica? ¿No van a salir?—preguntó el otro.
—Eh… ¿supongo? No deben de tardar mucho… —contestó despistada.
—Cobarde.—insultó en seco Valeria.
—Sensata, más bien…—susurró Robert.
—Más les vale. No es como si… quisiéramos matar a tu familia o algo así.
—Un momento, Arpoth.—detuvo al enano. —¿No se te hacen rara estas ropas? Brillantes, elegantes… salvo por esos jirones…
—¿Qué me intentas decir? ¡Es una niña!
—¿Y eso que cuelga de la cintura, eh? ¿No te parece una espada?
—De juguete, seguro. O eso o una mariconada de espada.
—¡HABERSE VISTO! ¡YA ME HE HARTADO!
 
Al final Valeria explotó en ira. Apartó las telas de una sacudida y salió rápida del carro con paso firme. Todos mis frutos cayeron en una rápida putrefacción y se precipitaron al suelo hechos puré.
 
—¡Me ofendes, bruto! ¿¡Cómo te atreves a insultar nuestra arma prolija!? ¿¡Queréis guerra conmigo, acaso!?
 
Robert y don amigo enano salieron rápido a frenar a Valeria con sus brazos.
 
—¡Cá-cálmese, capitana! ¡Aliados! ¿Recuerda?
—¿¡Queréis morir antes de llegar!?
 
Al fin podía ver lo que tenía en frente. Los dos ursos de poco y claro pelaje, adaptados a las tierras pobres en sombra; montados por dos pequeñas pero robustas personas. Uno tenía una nariz muy alargada en comparación a la achatada de su compañero; así como las caballeras de ambos eran largas con un par de trenzas colgando por los hombros. Uno era más pelirrojo que el otro. El de la nariz alargada… lo tenía más oscuro. No olvidemos también de sus prominentes barbas.
En lo que sí coincidían eran la vestimenta. Los dos vestían con un cuero bastante rugoso; y su peto… no estaba seguro por entonces, pero eran una malla de escamas. ¿De dónde las habrán sacado?
 
En todo caso, esa… exagerada presentación hizo que los dos guardias sacaran una socarrona risa de sus labios. Daba miedo.
 
—Eh, Racko…—preguntó el pelirrojo—, ¿piensas lo mismo que yo?
—¿Qué son precisamente lacayos de la reina loca? ¡Hah! ¡No lo dudo!
 
Ahora me buscaban los pelos a mí. Pero me contenía bastante bien.
 
—Disculpad, pero nuestra reina no-
—¿Cómo, guerreros de Alanis? ¡Va, va, no seas ridículo!—negó… Hank. El que conocía más a los enanos se llamaba Hank, ahora me acuerdo.
—¡Ja-ja-ja!—se rió Arpoth con sarcasmo. —, ¡No me engañas, chaval! ¡Ni siquiera los pedantes de Helum se les ocurre la idiotez de llevar uniformes tan llamativos a la guerra!
—Es que es ridículo…—añadió Racko.—, ahora bien, basta de mofas. Seguro que no habéis venido a nada bueno… hmmm, no me importaría ensuciar un poco mi hacha…
 
Los que retenían a Valeria tragaron saliva; igual yo. Parecían que iban al ataque. La capitana, al oír esas palabras, consiguió zafarse de sus propios hombres. Era justo lo que quería oír.
 
Pero antes de que la capitana aceptase ese reto, Arpoth puso el hombro en su compañero mientras intentaba sacar el hacha. Ese gesto le llevó a detenerse y esperar a ver qué pasaba. No bajaba su guardia, sin embargo.
 
—Espera, espera… no nos lancemos…—dijo con voz más calmada.—, esto me parece muy raro para ser un intento fallido de invasión. Tú, niña.—dijo señalando a Diana.—, sé que serás más franca que todos esos patanes, así que contéstame una cosa. ¿A qué diablos habéis venido a Sothendram?
 
Y me ignoran. Increíble. No será porque mostré respeto hacia nuestra monarca, ¿verdad?
Hubiera apreciado más que me preguntara a mí, desde que soy el más viejo e indefenso de este grupo. Mas debo reconocer… ese enano era bastante observador. Bueno, tampoco era necesario tener una gran intuición para saber lo inocente que era.
 
—¿Eh, yo?—preguntó con timidez. —, bueno…
 
Echó una mirada atrás, insegura. Valeria le negaba con la cabeza; pero el resto hacía gestos varios; de imploros, de incertidumbre…
 
Pero Hank y Robert le asentían. Yo también. No habíamos dicho de mentir en ningún momento.
 
—Hemos venido a cazar a Petragon para tener su esencia. Ni más ni menos.—y lo dijo como si fuera un paseo a la pradera.
 
Nos habíamos quedados todos atónitos con el sosiego que lo dijo. Después, Arpoth y Racko dieron más carcajadas.
 
Luego estallaron en una risa estridente. Tanto que hasta lagrimeaban por sus ojos. Incluso tuvieron que apoyarse entre ellos por tal de no caer.
 
—¿¡Has oído eso, Arpoth!? ¡Han dicho que van a cazar a Petragon! ¡A PETRAGON!
—¡¿Con esas batas?! ¡Si ni siquiera es una armadura!
—¿¡Y a quién se le ha ocurrido la “brillante” idea de llevar un sombrero en la cabeza!? ¡¿Qué se creen?! ¡¿Héroes de epopeya?!
 
Y continuaron riéndose. Y mofándose en voz alta. Hasta a mí me empezaban a irritar un poco su actitud. Valeria gruñía con la cara roja de ira mientras los demás los miraban inexpresivos. Diana… solo se quedaba ahí.
 
—Eh… ¿he dicho algún chiste?
 
Al fin trataron de calmar su risa y se secaron las lágrimas.
 
—No, no, es que… es que es muy difícil de creer… ¿ir a cazar dragones con esas espadas? ¡¿Pero qué os creéis?!
—Lo sé. Por eso íbamos al pueblo… bueno, también tenemos-
 
Intentó hablar más, pero Hank le logró tapar la boca a tiempo. Y menos mal; tenemos órdenes de no revelar a ningún reino nuestra arma secreta.
 
—¿A comprar armas? —preguntó Racko.
—Pero chica… ¿seguro que podréis cargar con nuestras armas? No son para enclenques, ¿sabes?
—Bueno, mis compañeros no sé; pero yo desde luego no. Y, hombre, en todo caso era para ver si nos acompañaba alguien…
 
Se rascó un poco la cabeza mientras miraba hacia el suelo.
 
—Um… esto de la diplomacia no es lo mío…
 
O tal vez sí. Después de todo, sirvió para que los enanos se replantearan su postura. Se miraron entre sí. Se bajaron de los osos, agacharon sus cabezas y murmuraron para decidir si expulsarnos de la tierra o creernos.
 
Al final, se apartaron para dar su veredicto.
 
—Vale. Os creemos.—dijo Arpoth.
—Guau, ¿¡de verdad!?—exclamó Diana con júbilo.
—Seh. No habíamos visto tanto idiota en un solo ejército. Parece razonable que os queráis matar de semejante forma.
 
Todos fruncieron el ceño.
 
—Los mato.—susurró Valeria.
—¡Pero bueno! Como somos unos buenos tipos, os ayudaremos.
—Sí. Seríamos unos malos cazadores de dracos si no lo hiciéramos.
—Agradezco vuestra ayuda. En nombre de Alavnum y su alteza, nos honra estar aquí.—dije con toda la franqueza del mundo. Alguien debía de hacer ver que nuestra reina no era una idiota desquiciada.
—Eh. Basta de formalidades. ¿No eráis mosqueteros suicidas?
—Ah, déjalo Racko. No creo que vengan en pie de guerra.—tranquilizó Arpoth mientras tomaba las riendas de los caballos y se las trasladaban a los osos. Razón tenían; pero si seguían de esta forma, quizá Valeria la acabe declarándola.
 
Al fin avanzábamos. Íbamos más lentos que antes, pues sus monturas no eran precisamente más vigorosos que los caballos. Igual habríamos caminado al mismo paso con el estado de nuestros cansados equinos. El cochero entró con nosotros, por supuesto. Esos osos no se dejaban conducir por nadie.
 
Después de una corta pero tortuosa travesía, pudimos entrar al pueblo de los cazadores; a Draghan. No era un lugar que despidiera grandeza; si quiera había un castillo que se viera a la lejanía. Las casas, en vez de ser de piedra, eran chozas de madera que no parecían tener mucha forma. Cabe decir que los enanos no son una raza que sean unos buenos constructores; si bien han levantado pueblos y sus casas no aguantaban más de diez años, nunca han erguido un muro. Aunque considerando la naturaleza de estos hombrecillos… no les hace mucha falta.
 
Descendientes de guerreros, los enanos, aunque parezcan nimios por su tamaño (como mucho llegan a la cintura de un hombre alto), han heredado una gran fuerza física. Se saben de soldados y reyes que hicieron hasta temblar la tierra a su alrededor, y en una ancha distancia. Por ello, su cultura gira entorno a la lucha y a la caza. No hay enano que no sepa dar una buena batalla. Lo más tranquilo que llegan a hacer es plantar cebada, forjar armas y beber cerveza en las tabernas mientras van contando sus hazañas contra bestias gigantes… o hablando mal de otros reinos. No es como si lo hubieran dicho, pero a juzgar por el trato que nos han dado, seguro que lo hacían.
 
Y eso era a lo que íbamos nosotros. Arpoth y Racko nos dijeron que ahí era donde se podía buscar hombres que nos acompañaran. Y aparte nos invitó también a cerveza. Sí era verdad que, una vez te acogían, se volvía el ser consciente más amigable que ha pisado Moratgon.
Quizá demasiado. Hasta el punto que te dan una palmada que te quiebra la espalda. Me duele con solo recordarlo…
 
A falta de ventanas por donde entre la luz del mediodía, la taberna parecería decrépita de no ser por el animado ambiente que se caldeaba por dentro; con todos esos cráneos y cuernos que estaban colgados en las paredes y las velas que se esforzaban por alumbrar esa oscuridad. Guerreros y cazadores cantaban canciones en su ancestral lengua mientras mecían las espumosas jarras de madera. Otros iban contando cosas que ni llegaba a entender, pero por los golpes que daban en las mesas diría que serían aventuras o anécdotas que habían vivido. Podía ver cómo señoras, bajas pero robustas, traían solomillos gigantes y patas de dragón. Ni los banquetes reales traían platos de semejante tamaño.
 
—¡Y aquí es donde nos regocijamos cada día!—exclamó Arpoth. —, “la barra de Odín”. ¿Qué os parece?
—Bah.—dijo Valeria.
—Bueno, se ve bastante animado…—comentó Diana.
—¡A-jáaaa, ella sí que sabe!—le dio una buena palmada en la espalda mientras se reía… se dobló. Pobre. —, venga, ¿os apetece unas jarras? ¡Invitamos nosotros!
—Eh… no, gracias. Mejor empezamos a buscar gente y partimos ya a Cordillera.
—¡Ah, mujer de poca fe! ¡No puedes simplemente entrar a una taberna enana y preguntar quién quiere un suicidio!—exclamó Racko. —, aquí se bebe, quieras o no.
—Aparte, los insistentes no son muy bien vistos.
—Está bien, está bien.—se resignó Valeria. La verdad, todos estábamos hambrientos.
—Perfecto. ¡Ah, una mesa! Nos sentaremos ahí.
 
Y así hicimos. Estábamos algo apiñados, mas era lo que había.
 
—Ah, sí. Hemos pasado tanto tiempo hablando de nosotros en ese viaje que no hemos preguntado nada de vosotros. Díganme, ¿cómo es la vida en Alavnum? O vuestra vida. ¡Eh, Larila! ¡Trae ocho cervezas y una agua de cebada!
—Que sean dos de agua de cebada.—contesté tranquilo. No como Arpoth. Menudas voces pegaba.
—¡Pues siete de cerveza y dos de agua de cebada! ¡Ah, y trae la especialidad de la casa!
—Huh. ¿Seguro queréis saber? Parecéis estar más interesados en tener las bebidas en la mesa que no de escuchar.—preguntó Valeria aún estando a la defensiva.
—¡Eh, cálmate, anciana! Estamos regocijándonos ahora.—contestó Racko.
—Bueno, en Alavnum no tenemos tiempo para regocijos. Siento si sueno amargada, pero pasamos el día entrenando y luchando.
—Qué triste.—soltó Arpoth.
—Sí… muy triste sí que es. Lo confirmo.—le siguió Diana.
—Diana, chitón.—ordenó Valeria.
—Definitivamente. ¿No tenéis manera de divertiros, acaso?—preguntó Racko.
—Y, otra cosa, ¿tendría que contestarte? No, ¿verdad? Pues ya está.
—No se puede hablar contigo, ¿eh? Hay que ver…
—Mujeres.—masculló Racko.
—Hombres.—contestó de vuelta Valeria.
—¿Queréis sosegaros de una buena vez? Intento relajarme un poco, Jesús.—habló Robert. —, disculpen a mi capitana. No está pasando por un buen momento.
—Chitón tú también.—volvió a ordenar. —, el caso es que necesitamos gente, y la necesitamos AHORA. ¿¡Qué hacemos aquí esperando a que nos traigan de comer!? ¡Y encima tendremos que pagar lo que nos traigan, haberse visto!
—Si sigues quejándote así tal vez, so bruja.—le oigo musitar a Arpoth.
—Es última vez que invitamos humanos a la taberna, te juro por Thor.—le oigo también proponer Racko en voz baja.
—Ya ves.
 
La enana trajo las bebidas y un enorme plato con una montaña de carne rostrida. Tenía un tono verdoso en algunas partes…
¿Dragón, quizá? A Hank se le caía la boca agua. Parecía que ya había probado eso antes.
 
—Como sea, ¿tanto te preocupa tener más hombres para tu causa? ¡Eso es lo de menos! Observa bien.
 
Con aquello dicho, Arpoth ensanchó los agujeros de su nariz e hinchó su pecho. Todo para gritar a pleno pulmón:
 
—¡Eeeh, gente!—entonces, todos los enanos se giraron hacia nosotros con las frentes arrugadas. —¡Estos humanos enclenques han venido aquí para derrotar ni más ni menos que a Petragon, y buscan gente! ¿¡Quién se apunta!?
 
Bochornoso. Nos dejó a todos en evidencia. Pronto surgieron las contestas.
 
—¿¡Petragon, el señor de los fuegos viles!?—preguntó uno al fondo.
—¿¡Petragon, el que está imbuido con la piedra!?—gritó otro.
—¿¡Petragon, el celador de la puerta al inframundo!?—válgame dios cuántos títulos.
—¿¡Petragon, el que incendió este pueblo con solo su vuelo!?—madre mía.
—¡El mismísimo, el ardiente, duro, indomable Petragon! ¡Andan bajos de armas, y no tienen fuerza! ¿¡Alguien quiere ayudar a este pequeño grupo de espadachines!?
—¿¡Con estas ropas van a ir!?—rió otro. Ya está bien, ¿no?
—¡No llevan peto siquiera! ¿Y pretenden salir así? ¡Jaj!
—Me gustan los retos; pero este, con esta gente… me va a quedar grande.
—Oh, vamos, ¿nadie nos va a ayudar?—preguntó Diana con pena.
—Yo quisiera… si al menos fuera un dragón de carne y hueso.—contestó otro… al fin alguien con tacto.
—¿Habéis dicho… Petragon? Me interesa.
 
Entonces, todos giraron sus testas hacia la puerta. Ahí, a lo lejos, se podía ver alguien; y no un enano. Era humana. No muy alta, pero humana, al fin y al cabo.
Su vestimenta era pintoresca. Lo que más llamaba la atención, aparte de que cargaba con un jabalí, era esa enorme capa añil que colgaba de sus hombreras y las placas que llevaba en todo el cuerpo. En uno de los hombros se le colgaba un conejo negro de ojos rojos con una marca en la frente. Vivo.
 
Aquella chica, de melena corta castaña y ojos también marrones, también cargaba consigo una enorme espada. La gente empezó a murmurar a su llegada mientras iba a la mesa que había cerca del lumbre para dejar su caza.
 
—Es… es ella. Ha vuelto.—se escuchó.
—Esa cazarrecompensas… ¿es que no va a aprender nunca?
—Guarda tus injurias para luego. Era buena cazadora de dragones antes de ese incidente.
—Sí, pero anda que no llegó a salirle caro ese orgullo. Enfrentarse a uno de los señores de Moratgon sola…
—Madre mía, sois más chismosos que las ricachonas de Vetustia. En fin…—suspiró mientras se dirigió a nosotros. —, si vais a por Petragon puedo ayudaros. Sé el camino. Ah, y también puedo traer armas si necesitáis.
—Guau. Pero… dime una cosa, jovencita; ¿por qué una desconocida accedería a ayudarnos tan pronto? Si se puede saber, claro está. —preguntó Valeria escéptica ante lo que estaba viendo. Alguien que se ofrecía así como así entre tanto guerrero taimado… también se me hacía difícil de creer.
 
Entonces, aquella chica se fue retirando las placas de su brazo derecho. Para sorpresa nuestra, no había ningún brazo. Era tan solo varias piezas de madera que se parecían a uno y se movían acorde a su movimiento.
 
—¿Esto te basta?
 
Al fin Valeria se calló. La verdad, yo y los demás también nos habíamos quedado estupefactos. Debió de ser un milagro que ella saliera viva.
Mientras se volvía a colocar las placas, ella fue presentándose.
 
—Como sea… mi nombre es Jeanne. Ah, y el conejo se llama Kyu. No me pregunten porqué le puse ese nombre. ¿Os importa si os acompaño en esta comida también?
—Eh… sí, claro, cómo no.—no tuvo otra que invitarla. Ella se sentó tranquila; no con la delicadeza de una dama, pero con la moderación necesaria para que nadie la tachara de bruta. Hubo un silencio incómodo. Ella no parecía criada en esas tierras de brutos…
 
Aunque igual comía con las manos. Diablos. No, no utilizaban cubiertos tampoco.
 
Nada más tragar el primer bocado, empezó a preguntarnos todo. Quiénes éramos, de qué recursos disponíamos, los medios para llegar a la guarida, el propósito de nuestra misión… aunque no dijimos toda la verdad. Ella no se burló tanto como esperaba; mas sí regañó por ir tan poco preparados. Algo que cabría esperar. Fuimos bebiendo con calma, hasta que no había más comida. La mesa empezó a desmadrarse con cada trago que bebían. Bien les venía después de tanta tensión.
Con aquello, Jeanne nos pidió que le diéramos un día o dos antes de ir; iría a por armamento apropiada para nos y los traería.
 
De hecho… había un pensamiento nubloso en mi mente desde que ella se presentó. Esa cara… esa simplicidad en el habla…
 
Si tan solo recordara el nombre de los príncipes perdidos, sabría ante quién estaba. Pero temo equivocarme. Y Valeria tampoco parecía sonarle de nada. Extraño, desde que ella pasaba mucho tiempo con la mayor. Supongo que, si así fuera, ya hubiera dicho algo.
Aunque, mientras ella se ocupaba de informarse, Diana solo se quedó muda. Como si estuviera pensando…
 
Por su bien, que no pregunte.
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#12
Será esta chica nueva la hermana perdida de Diana? Ya lo veremos :/
Master Weasel. Es esa sombra extraña que te sigue en la cueva 
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