Original Longfic- [+18] PROJECT_ILLUSION

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AdvertenciaOGViolencia, Mutilaciones, Trastornos mentales
#1
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Capítulos

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#2
Alguna vez me habíais visto decir "ah sí, estoy escribiendo algo original" y "siguiendo el NO Batallas"... bue, este es. Si lo veis en Wattpad es que hubo un viejo conocido que lo quería leer también, no por otra cosa.

So yeah! Cuando no estoy escribiendo Batallas, estoy escribiendo este bicho. Como veréis, no tengo tanto adelantado... de hecho escribí el décimo ayer... [?] In fact, dije que cuanto terminara ese empezaría a publicar el fanfic so yeah, solo estoy cumpliendo mi palabra [?]. Iré poniendo capítulos al mes porque en este sí voy un poco más lento desde que es una obra más seria y tengo que vigilar no dejar ningún cabo suelto... hmmm... debería poner un resumen too... bleh, quizá si hay suficientes lectores arreglo un poco ese índice [?]. Aunque tengo que decir que el formato de estos son un poco más livianos. Bueno, eso me lo parecía antes; ahora ya no sé.

Pues eso. Dejo el primer capítulo. Espero que lo disfrutéis~

Cheeerioooo~!
 

 
Capitulo 1
  
Había una vez, en un recóndito edificio dentro de un bosque, instalado al borde de un precipicio…”
 
No, eso sonaba demasiado infantil.
 
Una noche de estío, bajo la copa de unos sombríos árboles...”
 
Demasiado pedante.
 
Día 22 de agosto...”
 
Y eso no era un diario. Bueno, ¿en el fondo pretendía que lo fuera? Por lo menos quería que el papel fuera testigo de esa extraña travesía. Ya que le pedían reforzar su técnica de narrativa, podía aprovechar para practicar. Mataba a dos pájaros de un tiro, por lo menos.
 
Pero la joven que sujetaba el bolígrafo no estaba segura… le pedían que escribiera ficción; pero no era capaz.
 
—Esto es complicado—dijo mientras se reclinaba sobre la pared de su oscura habitación mientras mordía la capucha del bolígrafo. —. ¡No sé por dónde empezar!
 
Y lo cierto es que su situación en este mismo momento ya era surrealista de por sí. Para empezar, le llamaron justo después de tener un día bastante agitado para venir por donde estaba. No sabía cómo ni por qué, pero se habían enterado del “pequeño secreto” que guardaba con recelo años ha.
 
“Un poder inimaginable”. “Una habilidad extraordinaria”. “El don divino de la creación”, y así seguían las hipérboles de estos señores de blanca bata.
 
Pero ella no le veía nada de “extraordinario” lo que podía hacer. Como mucho solo podía traer a la vida garabatos que hacía en las esquinas de su libreta por unos minutos. Pero justo por esa misma razón estaba viviendo en esa habitación tan austera. Y es que, si era franca, ella también estaba un poco asustada por lo que podía hacer. No por nada había accedido a su invitación.
 
Pero, cómo decirlo… después de ver los alrededores del campamento y conocer a sus compañeros de bloque, empezó a pensar que tal vez le habían tomado el pelo. Comparados con ella, no era más que una persona bastante normal en cuanto a “capacidad paranormal” se refería o como quiera que se denomine eso. No es como si se quejara; el sitio era agradable y los científicos les proporcionaban alimento y alojo gratuito… pero…
 
Por alguna razón sentía que había dejado una gran vida detrás por algo que podía ocuparse ella sola.
 
—Esto es estúpido—dijo ya rindiéndose mientras daba un largo suspiro y dejaba la libreta a su lado. —. No tengo ganas de inventarme nada.
 
Ni quería, ni podía. Lo único que quería era jugar a algún juego de móvil y relajarse un poco; pero ni eso le quedó. A todo esto, ¿por qué le quitarían el teléfono móvil? No es como si fuera a filtrar información sensible del mismo centro…
 
Y justo cuando empezaba a sentir el tedio en el cuerpo…
 
“Atención a todos los sujetos de prueba; la comida está servida. Acudan al comedor número 2, por favor.”
 
—¿Ya es hora de cenar?—se preguntó para sí mientras miraba su reloj que marcaba las ocho. —, no tengo hambre aún…
 
Pero era comida. Al menos le serviría para despejarse un poco y con suerte olvidar sus penurias. Sin demorar, dejó atrás la libreta y abrió la compuerta que cerraba su habitación. Caminó por el blanco y amplio pasillo con sus zapatillas de conejo en soledad hasta que dos niños le pasaron al lado.
 
—¡Píllame si puedes, cara de panucho!
—¡Aaaah, Melooooo, noooo! ¡Que no podemos correeeer!
 
Bendita sea la juventud… de alguna forma envidiaba a estos dos por la energía que desbordaban. Tan jóvenes y tan absentos de problemas… ¿o acaso también echarán de menos a sus padres? Al fin y al cabo, ellos también eran sujetos de prueba de este centro.
 
No podía si no mirarlos con cierta melancolía. Si fuera una niña tal vez no se sentiría tan desubicada. Puede.
 
Siendo fiel a su paso, llegó al comedor del cual se le asignó. Sentados sobre esas futuristas sillas, los dos niños que anteriormente le pasaron al lado miraban junto al menú de esta noche; una refrescante sopa de tomate de primero con un plato de salmón rico en Omega 3 acompañado de una insípida ensalada de lechuga iceberg con zanahoria y maíz dulce de lata. Todo y que lo que había sobre esa mesa de polímero blanca gritaba sano por todo lo alto, la variedad de bebidas y refrescos que había sobre la mesa eran casi todas azucaradas. Seguramente era para tener a estos dos contentos el primer día de su estancia.
 
Pero cuanto más felices, más escandalosos eran… al menos Melody era la primera en dar la nota nada más llegar.
 
—¡Lenta! ¡Tenías que habernos seguido el paso!—dijo la pequeña joven de coletas rubias toda campante.
—Dadme un respiro. No puedo correr con estas zapatillas—suspiró la protagonista.
—¿Zapati-? Jej. ¿Aún llevas conejitos en los pies? Pareces una cría grande.
—Ja, y tu juegas al pilla-pilla como si tuvieras cinco.
—¡Oye!—dijo indignada Melo. —, para que lo sepas, los niños grandes también lo juega, ¡vieja!
—¿Pero tú a quién le llamas vieja?—dijo mientras se sentaba sobre su silla—, eso no son los modales de una señorita, pequeña Rittendowen.—añadió después intentando parecer más simpática de lo que era.
—Las señoritas tampoco acuden a la mesa sin peinarse y en pijama como tú.
 
Ah, sí. Se olvidó que estaba paseando como Pedro por su casa con su pijama de gatos sobre lunas y camas hasta la mesa. Qué descuido de su parte olvidarse que tenía una pequeña reunión con sus “compañeros de testeo”, como bien “alegremente” quería pensar que eran.
 
Quería ver si el chico de pelo castaño y piel blanca quería meterse en la conversación; pero aún estaba absorto en la cata de su propia sopa. Todo hasta que por él mismo y su propia cuenta decidió dar su veredicto.
 
—Le falta sal—dijo sin más.
—¿Qué?
—Sal. La sopa está muy dulce—repitió el chico.—, por cierto, ¿cómo os fueron las pruebas hoy?—preguntó ya con la atención puesta en sus compañeros de mesa.
—Jej. Ha sido divertido. Me pusieron vídeos de bailarinas de Ballet y luego me pidieron que hiciera lo mismo que estas bailarinas.
—¿En serio? ¿Y cómo te fue?—preguntó un poco atónito.
—¡Cada! ¡Pasito! ¡A la! ¡Perfección! ¡”100% reproducido”, dijeron! ¿Y a ti que, Paulo? ¿Qué te hicieron hacer?
—Ah, no gran cosa. Querían ver hasta cuánto podía hacer crecer mi brazo—dijo mientras el moreno espolvoreaba la sal sobre la sopa.—. Y… luego me hicieron una radiografía de mi mano mientras la “agigantaba”. Nada del otro mundo.
 
Cualquiera diría todo lo contrario; pero a estas alturas, la escritora frustrada no le daba importancia las incongruencias de esta conversación. Ya desde que entraron en el recinto, el encargado de investigación les hizo presentarse y decir cuál era la “particularidad” con la que habían entrado. Paulo, de doce años, podía aumentar de tamaño varias partes de su cuerpo; aunque no todo a la vez. Melody, por el contrario, parecía tener una capacidad de aprendizaje sobrehumana; tanto que le bastaba con observar para poder reproducir esa misma acción con todo detalle. Ambas habilidades eran impresionantes; útiles incluso.
 
Pero lo suyo… ni siquiera ella misma se creía que podría crear cosas con tan solo un párrafo.
 
—¿Y qué hay de ti, Karyn? ¿Hacerte correr en una rueda?—preguntó Melody.
—No te lo puedes ni imaginar ni con tu “gran intelecto”, ¿verdad?—haciendo énfasis en su sarcasmo.
—Ja, claro que puedo. Seguro que te hicieron pintar uno de esos libros de colorear y ya está, ¿a que sí?—dijo Melody altiva y con la barbilla levantada.
—Te pasas—soltó Paulo mientras volvía a probar su sopa.
—Pffft. Mucho peor. Me dieron deberes.
—¿Deberes?—preguntó Paulo.
—Y después de un interrogatorio, además—añadió—. Me pidieron que escribiera algo para mañana.
—¿¡Mañana!?
—Sí. Y lo peor de todo es no se me ocurre nada—dijo Karyn mientras ya se disponía a probar el salmón.—. He intentado empezar un escrito, pero… lo mejor que se me ha ocurrido es un diario. Ah, y me hicieron énfasis en que no tenía que hacer referencias a cosas que existieran, así que no cuenta.
—Pffft, qué asco debe de ser tú—dijo Melody cantarina—. ¡Si te han pedido algo muy fácil!
—¡Lo será para ti! ¡Y haz el favor de ir comiendo!—dijo malhumorada.
 
La pequeña y risueña niña de grácil vestido púrpura parpadeó sus ojos verdes mientras daba una encantadora sonrisa para decir que no tenía intención de meter la cuchara en su bol.
 
—No lo vas a hacer, ¿verdad? Menudo calvario debes de ser…
—Hmmm… una historia es mucho… ¿tiene que ser una historia precisamente?
—Eeeh… bueno, no me dijeron que tenía que ser una historia...—se frotó la nuca.
—¿Y si pruebas de inventarte algo más pequeño?—propuso Paulo. —. Un pueblo, un personaje… ¿una criatura, quizá?
—¡Un dinosaurio rojo con vientre blanco!—siguió Melody.
—No sé, ¿no dibujas lo que te imaginas en tu colegio? Podrías hacer eso.
—¡Que te llegue a la altura de tu pecho!—irrumpía la muchacha.
—Empezar por cómo se ve, como es de personalidad…—proseguía Paulo con calma.
—¡Con alas de murciélago como orejas!—levantaba Melody el índice.
—Solo tienes que traducir tu dibujo con palabras… espera, ¿traducir? ¿Lo dije bien?—se preguntaba Paulo mientras se tapaba la boca con sus dedos.
—¡Y marquitas negras por doquier!
—Um… Melody… creo que eso lo he visto en unos dibujos...—dijo Paulo.
—Pero solo está en dibujos animados, ¿no? ¡Nadie de aquí se daría cuenta de que lo has plagiado!
 
Claro, ¿cómo no se le había ocurrido antes? Podría haber empezado por las bases, más que ir directa a contar algo sin fundamento. Tenía incluso sentido. No podía creer que un niño con diez años menos que ella le diera la respuesta a sus problemas.
 
—Podría funcionar…—murmuró Karyn mientras se tomaba su último cucharón—sí, podría funcionar. Solo tengo que describirlo, ¿verdad? ¡Jeje, gracias! ¡Me acabas de salvar!
—Solo daba ideas—humildemente dijo Paulo mientras le buscaba las espinas a su escalope—. Eh, y si te da el visto bueno… ¿podrías pagármelo con un helado? ¿Porfa?
—Si encuentro un buen lote te guardo uno. Te lo prometo—dijo alegre.
—¡Y a mí también!—levantaba la mano Melody.
—A ti ni agua.—setenció Karyn.
—¡Eh!—se quejó la aludida.
—Es broma, también te traeré uno a ti. Si encuentro—repitió.
—Gracias—dijo intentando mantener la compostura de niña rica que sus padres tanto trataron de inculcar mientras por fin se dignaba a tomar la sopa, solo para luego dar un trago a disgusto—. ¡Qué soso! Entonces, ¿harás lo que te dije?
—Hombre, me han pedido algo de mi creación, ¿no? Al menos intentemos que sea original.
—Oh… ¡Pero lo de dinosaurio no lo quita nadie, eh!—demandaba Melody.
—¿Y un dragón? Son parecidos…—dijo Paulo.
—¡Hm! No está mal.—Melody se llevó un trozo de salmón en la boca, conforme—Ahora, ¿sería dragón europeo o asiático? Hmmm…
 
Y así continuó la lluvia de ideas hasta que todos terminaron el postre.
 

 
La pequeña cálida luz que estaba al lado de su pared iluminaba de lleno las hojas vacías de su libreta. El grafito velozmente iba marcando una cabeza cuadrada con unas orejas reminiscentes a un par de alas dracónicas bajo un cuerpo de dino musculoso…
 
—Maldición.
 
Era la quinta vez que hacía algo demasiado parecido al monstruo que Melody había descrito al principio. Miraba por donde miraba, no veía más que intentos fallidos de imitaciones y demás plagios a los que habían hecho a esa franquicia. Estaba en una crisis creativa de la cual no parecía tener salida. El resto de propuestas le parecían demasiado enrevesadas o simples criaturas sin ningún tipo de encanto.
 
Sentía que la idea de “dinosaurio antropomorfo de larga cola” le estaba cohibiendo a llegar a la misma respuesta una y otra vez. Tenía que probar otra cosa.
 
“¿Y un dragón?”
“¿Europeo o asiático?”
 
Claro. Un dragón adorable era todo lo que necesitaba hacer. Sin saberlo ni quererlo, su mano empezó a trazar las fauces más inocentes y la mirada más esperanzada que podía hacer. Una larga cola que se enrollaba para adaptarse al formato vertical del papel y… ¿una melena que iba de cabeza a cola?
 
Y por supuesto, bípedo. Quería hacer un monstruito terrestre que los niños pudieran apretujar. Un dragón asiático que se sustentaba bajo sus dos patas y dos simples brazos con tres garras a cada lado.
 
Era la mascota perfecta. Una criatura adorable de suave pelaje; pero con un pequeño toque feroz… pero también un poco torpe. Sí, definitivamente podía verlo caminar y dando risas feliz por la vida, haciendo bailar su cola como si de una cinta se tratase.
 
—Ooooh, ¡es perfecto!—dijo dejándose llevar por la ilusión—. Vale, ahora sí que puedo hacer su ficha. Veamos… ¿cómo lo llamo?
 
¿Gil? No, eso sonaba muy mal. Quizá Gabu.
 
“Gabu el dragón.
 
Gabu es un draco rojo bípedo de las montañas altas del este que va deambulando dando felicidad y fortuna allá donde vaya. Su piel es escamada; pero tiene una prominente y alborotada crin rubia que empieza desde la crisma hasta la punta de la cola. Todo y que tiene fauces con dientes afilados, nunca suele mostrarlos con intención de amenazar. Es ingenuo y alegre; casi como un niño que nunca vio la maldad de un adulto. Es omnívoro; pero prefiere las pitayas por todo lo demás. Por su actitud infantil se lleva bien con los niños. Le da miedo las habitaciones estrechas y las ataduras.”
 
Se quedó un momento en blanco después de poner el último punto. La boca se le abrió de par en par mientras aspiraba el aroma a antiséptico del centro en un bostezo. La cabeza empezaba a ladear sin descontrol. Era medianoche cuando acabó de poner ese punto.
 
—Bueno… supongo que con esto será suficiente…—dijo mientras cerraba la libreta y se arropaba con las sábanas—espero.
 
No quería pensar en el mañana. Pero tenía fe en que no ocurriera nada al día siguiente.
 
Y entonces cerró los ojos. Y durmió…
 
Durmió…
 
Y al día siguiente, cuando la sintonía de la mañana se hacía oír por el megáfono, tras un pesado despertar, un par de ojos anaranjados y brillantes le miraban directamente a los párpados que aún luchaban por abrir.
 
—¿Mami?—preguntó una voz aguda.
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#3
Capitulo 2
 
 
“Mami”. Eso fue lo que soltaron esas pequeñas fauces que ahora se mantenían cerradas en una mueca de expectación. “Mami” fue lo que dijo el dragoncito rojo que se sentaba a la espera de una reacción por parte de la chica que aún estaba arropada por sus sábanas.
 
“Mami”.
 
¿Era real…? Aún podía estar soñando que estaba en esa misma habitación con justo lo que había plasmado en el papel; tanto dibujado como por escrito.
 
Sí… tenía que ser un sueño. Debía serlo. De eso quería convencerse. Solo tenía que volver a cerrar los ojos y se iría.
 

 
Seguía ahí. Agitando las aletas que le servían como oídos, esperando impaciente a su despertar.
 
El grito que pegó. Era tan fuerte que incluso las aves que posaban sobre el árbol que había tras la ventana aletearon frenéticas por el pánico. Casi incluso sentía que podía trepar por la pared por la “agradable” sorpresa que se había llevado.
 
Pero no. No había huida ninguna. Estaba entre la pared y el dragón, híperventilando, aún sin acabar de creer lo que veían sus ojos. Esa piel rojiza… esa melena alborotada… esa cola que se mecía de un lado para otro, preparándose para abalanzarse y darle un buen abrazo…
 
—¡Mamiiii!
 
Con un brinco lleno de alegría, aquel reptil adorable de ochenta centímetros de cabeza a pies la arropó entre sus brazos y enroscó su cola alrededor suyo mientras frotaba su hocico contra su mejilla.
 
—¡No llores más, mami! ¡Ya Gabu está aquí!
—Aaaaaaaaaaaaaaaa…
 
Ahora sí que lloraba. Su tacto rugoso no era nada que se pudiera sentir en sus sueños. Acababa de crearlo. ¿Pero cómo? ¿Desde cuándo? No entendía, pensaba que esto no iba a pasar, y ahora que había ocurrido…
 
Pronto su grito de histeria atrajo al personal de seguridad que se encargaba de patrullar por los pasillos. Un hombre blindado y armado y otro con bata blanca había abierto la compuerta solo para ver a la chica balbuceando y ese reptil afelpado disfrutando de su compañía.
 
—¿¡Qué pasa, que ocu…!? ¿Pero… qué narices…?
—¿Hm? Mama, ¿son amigos tuyos?—preguntó Gabu ladeando la cabeza nada más ver al hombre con el cañón alzado.
—Ah… je… esto… no. ¿Está listo el desayuno?—intentó desviar la atención; pero desde luego el hombre de blanco no iba a dejar el asunto en paz.
—¿Has creado esto?
 
Directo al grano. Desde luego el experto en psicología y el actual encargado de redactar sus progresos estaba sumamente interesado en lo que acababa de hacer.
 
—Sí, digo… ¿no? ¡¿Y yo qué sé?! ¡Me puse a escribir una descripción de personaje a medianoche, me duermo, me levanto y-y-!
—¡Gabu vino porque mami se sentía sola! Nadie hizo a Gabu. ¿Verdad, mama?—dijo alegre y sin ninguna idea de lo que estaba pasando.
—Um… sí, cariño, es-es tal como tú dices… jaja, ¿qué otra razón podría haber?—mintió Karyn, nerviosa.
 
Su psicólogo personal se permitió dar unas risas por lo adorable y cómico que se veía ese par; a pesar de que estaban a punta de pistola. Por un momento pensó que ya al segundo día se encontraría un baño de sangre venida de una iracunda bestia, y encontrarse con esta situación…
 
Además de reconfortante, le resultaba hasta hilarante.
 
—Vamos, Roger, está bien. Es inofensivo. Baja el arma—ordenaba entre débiles risas, mientras que este se disponía a poner el cañón mirando al suelo.—. Recuerda que tenemos sesión a las once. Estoy expectante a ver tu trabajo.
—¡Cl-claro, claro! A las once en la sala siete con el escrito en mano, sí, sí. ¿Podríais… iros ya, por favor? Aún me tengo que cambiar.
—Faltaría más. Nos vemos.
 
Con este encuentro, el hombre de bata blanca abandonó la habitación y dejó que la puerta automática volviera a cerrarse, dejándola de nuevo a solas con el hijo que acababa de concebir de su propia imaginación.
 
Este iba a ser un día largo.
 

 
—Mami, mami, ¿qué es esa persona que acaba de pasar al lado?
—Es un científico, Gabu.
—¿Qué es un científico?
—Es… una persona que hace ciencia.
—¿Qué es ciencia?
—Eeer… es… complicado…
—¿Y por qué es complicado?
 
A pesar de todos sus esfuerzos para que Gabu se quedara quieto, Karyn no pudo evitar que le siguiera el paso. Tuvo muchos problemas a la hora de cambiarse de ropa. Para empezar, le resultaba un poco… incómodo que le mirada de forma tan fija. Luego al pedir que apartara la mirada, el reptil empezó a jugar al escondite él solo. Le tuvo un poco perpleja; pero le bastó con mirar bajo la cama para encontrarlo.
 
Asumió que quizá iría a quedarse en la habitación a su espera; pero Gabu era todo un nervio. Nada más salir de su escondrijo empezó a seguirle cual perro faldero. No le molestaba; pero esa pequeña criatura desde luego estaba atrayendo las miradas de los transeúntes. No sabía si estaban asustados o conteniéndose las muecas de ternura que les estaba provocando presenciar su existencia.
 
—¿Mami?—preguntó al notar que tardaba en contestar.
—Ah, esto… bueno… no es que fuera complicado, es más que… es muy largo de contar.
—¿Por qué?
—Porque la ciencia se compone de muchas cosas. A veces trata de explicar cómo funcionan las cosas; por qué pasan ciertos sucesos… siempre basándose en datos constatados y todo eso.
—¡Ooooh…! Yup, Gabu no ha entendido nada.
—Te lo dije—dijo sonriendo.
—¡Pero un día Gabu sabrá lo que será! A todo esto, mami; Gabu tiene hambre.
—Ya, ya, un poco de paciencia, ¿quieres? No estamos muy lejos del comedor. Mira, ¿ves ese cartel?—dijo señalando la carátula que indicaba el comedor.
—¡Oh! Oye, ¿y hay pitayas? ¡Gabu adora las pitayas!
—Um… eso… no lo sé…
 
Ahora que lo pensaba, no se había cruzado ni con Melody ni Paulo por el camino. Claro, ella ya estaba llegando tarde a la hora de desayunar porque se puso a buscar a Gabu como una paranoica. ¿Cómo reaccionarán al verlo? Tenía miedo de que se alteraran…
 
Aunque lo cierto es que ya los estaba oyendo chinchándose el uno al otro tras la puerta.
 
—Por cierto…—dijo intentando mirar por la ventana de la misma puerta. —No somos los únicos que comen en este sitio.
—¡Oh! ¿Así que Gabu conocerá a los amigos de mami?
—Uuuuh… jaj, “amigos” dice. No, son más compañeros que nada.
—¿Compañeros? ¿Qué diferencia hay entre un amigo y un “compañora”?
 
Mejor dejaba esta pregunta en el aire y abría la puerta sin más. Parecía que había una disputa por las porciones de bizcocho sobre la mesa.
 
—¡Paulo, deja ese trozo! ¡Le vas a dejar sin a Karyn!
—Pero ya se está tardando demasiado… y aparte, tengo mucha hambre…—dijo mientras se disponía a comer ese dulce.
—Claro, porque no dejas de llenar esa barriga tan grande que tienes, pedazo de panucho. ¡Y no me vengas con que tienes hambre porque a la fruta ni la miras!
—La fruta está ácida—refutó Paulo.
—¡No está tan mala!—dijo Melody al dar un mordisco a una manzana verde. La mueca de sufrimiento que dio después le decía que estaba tentada a escupir esa porción al suelo; pero como señorita que era, la niña hizo tripas corazón y se lo tragó. —. Vale. Las manzanas están demasiado verdes. ¡Pero eso no quita que-!
—¡Buenos días!
—¡Dí-aaaassss!
 
Una vez que había dado los buenos días a sus compañeros de mesa, los dos se quedaron callados como piedras por un momento. Se quedaron mirando fijamente a la criatura que con alegría mecía las garras en forma de saludo.
 
Gabu parecía que había apaciguado la discusión con su mera presencia. Pero la forma con la que se prolongaba el silencio desde luego le resultaba bastante incómodo.
 
—Esto… ¿os ha comido la lengua al gato?
—Madre. Del. Amor. Hermoso, ¡ES MONÍSIMO!
 
Sin ni siquiera considerar los sentimientos del dragón, Melody se levantó del asiento y se lanzó a pasar su mano por su crin. Tan rápido fue que Gabu no tuvo ni la más mínima oportunidad de escapar de su tacto.
 
—¡Aaaah! ¡Paulo, Paulo, ven, tócale el pelo! ¡Es súper suave!
—U-um… no sé yo si se ve muy a gusto…
—¡A-aaah, no pasa nada! Gabu solo se asustó un poco. Gabu está bien.
—¿E-entonces puedo…?—se preguntaba Paulo como timidez.
—¡Sí, sí, es que mira su cara, es el dragón más feliz del mundo! ¡Ayyyy, puede ronronear y todooo!
 
Mientras Melody no paraba de marear su melena, Paulo se acercó y empezó a acariciar el pelo del lomo con más delicadeza que su compañera.
 
—Oh… es verdad. Parece afelpado—puntualizó—. Es como la criatura que nos inventamos entre todos…
—¿Hm? Ahora espera un momento. Te propusimos que describieras a un… no… ¿entonces es en serio?—preguntó Melody toda perpleja.
—Sí—respondió Karyn.
—¿De verdad puedes hacer animales de la nada?—seguía Melody.
—Sssep.—repitió.
—O sea, que lo que dijiste no era ninguna mentira.—y volvía.
—Nop.—contestó.
—¿Entonces puedo quedármelo?—pidió al final Melody.
—Eeeeh…
 
Los ojos de Gabu se clavaron en ella implorando que no lo desecharan al primer postor. Desde luego, si se lo cediera quizá podría pasar el resto de sus días tranquila… pero tal vez sería demasiado cruel; mucho más sabiendo que le trataba de madre.
 
—No—sentenció.
—Jo. Menudo chasco—dijo antes de mirar al suelo e inflar las mejillas al suelo.
—Ah… ¡pe-pero no te preocupes! Si la joven se siente mal puede ir y buscar a Gabu para hacer compañía.
—¿Lo dices en serio? O sea, ¿que puedo ir a la habitación de Karyn y… venir a jugar cuando me apetezca?
—¿Y-y por qué en mi habitación?—se quejó la aludida.
—¿Y-y yo puedo?—preguntó Paulo con timidez.
—¡Sí, Paulo también! ¡Gabu estará feliz de veros a los dos!—dijo campante.
—¡Hurra!—dijo Paulo también contento.
—¡Viva Gabu, viva!—vitoreó Melody.
 
Ya se veía despidiéndose de sus tardes de paz y tranquilidad por la estancia con Gabu por los alrededores… pero por alguna razón, ver a ambos niños ilusionándose como alguien de su edad hacía que las molestias merecieran la pena.
 
—Oye, entonces si pudiste traer a Gabu de tu imaginación aquí… ¿pasará lo mismo con todo lo que dibujes? ¿No te va a traer problemas esto?—preguntó Paulo.
—Es… una buena pregunta…
 
Y tan buena. No había otra cosa que se viera capaz de ejercer salvo el ser artista. Por supuesto, no estaba cerrada a otras opciones; pero… captar las luces; diseñar los personajes; inventar mundos y paisajes… era por y para lo que vivía la mayor de estos sujetos de prueba. Y que su “don” precisamente estuviera interrelacionado con el único talento del cual podía sacarle provecho…
 
Era molesto. Demasiado molesto. Quería tener una vida tranquila, ¡era lo único que aspiraba! Pero mientras la posibilidad de producirse algún infortunado accidente accionado por sus propios poderes existiera, temía que no sería capaz de alcanzar tal quietud.
 
Aunque si todos salían igual de dóciles que Gabu quizá no sería un problema tan grande. Pero, por supuesto, estaban también los posibles estigmas sociales que podrían surgir.
 
Convivir con este don no parecía ser una opción factible, temía.
 
—Supongo… que si esto no tiene cura… tendré que buscar otra cosa cuando salga de aquí.
—¡Aaaw, noooo! ¡Sigue haciendo estas cosas! Podrías hacerte rica haciendo un zoo de criaturas fantásticas. Piensa en el beneficio, Karyn. ¡PIÉNSALO! Sí, mira, si aquí abajo tienen un parque de exhibición, ¿por qué tú no?—animaba Melody.
—Eeeh ellos tienen un centro de investigación. Lo mío es distinto.
—¡Ay, y qué más da! ¡Vende unicornios a los zoos! ¡Seguro que te los compran!—animaba todavía más Melody.
—Si es que puedo…
—Pero nadie hizo a Gabu. Gabu fue llamado…—repitió de nuevo pensando que tenía una verdad que todos ignoraban; pero nadie le hizo caso.
—Y si no, ¿empieza con cosas pequeñas? Son más fáciles de llevar, ¿no? ¡Ah, una tienda de mascotas mágicas sería geniaaal!
 
Esta chica ya estaba empezando a hacer proyectos de vida por ella. Era mejor que cambiara de tema, y rápido.
 
No se le ocurrió hasta que se fijó que tanto el uno como la otra tenían batas de hospital puestas en vez de las indumentarias del día anterior.
 
—A todo esto, ¿cómo es que vais los dos en camisón? ¿Os van a hacer más pruebas o algo?
—¿Oh? Oh, sí… me dijeron que me iban a hacer un MRI. Ya sabes, para mirarme el cerebro—dijo Melody.
—Qué suerte. A mí me van a hacer correr en una cinta hoy.
—Deberías de estar agradecido de que te hagan hacer un poco de ejercicio, la verdad…
—¡Oye!—saltó Paulo.
—Grosera—protestó también Karyn.
—¿Qué? ¡N-no me malinterpretéis! ¡No-no lo digo porque esté rechoncho ni nada por el estilo; es que me preocupa que se canse tan rápido, vale!
—Sí… no. No puedo creerte. No después de las veces que me llamas “panucho”—decía Paulo serio.
—Emh-uh-esto… ¡es-es un mote cariñoso, no-no lo hago con mala inten…! ¡Eeeeeh…! ¡Claro que si te molesta puedo dejar de llamarte así! Tampoco debe de ser muy guay ser tratado de esta forma… aaah…
 
La pobre Melody estaba que bajaba su cabeza de la vergüenza nada más darse cuenta que estuvo siendo cruel con Paulo desde el minuto cero.
 
—¡En todo caso, lo siento! ¡No volveré a tratarte mal por tu rechonchez!
—Eh… ¿vale…?
—Pero sigo diciendo que te vendría bien hacer un poco de ejercicio—rectificó.
—Bueno, dicho así vale; pero tal y como lo dijiste antes…
—Por favor no peleen…—dijo Gabu por lo bajo a deshora— No en frente de Gabu, por favor.
—Ay, míralo. Ya lo hicimos llorar. Ay, mi pobre dragoncito, que te hacemos mucha pupa al discutir, ¿a que sí?—dijo mientras restregaba su mejilla contra la suya.
—Gabu no está llorando—dijo sin entender nada; pero agradeciendo las caricias de todas formas.
 
Toda esta situación iba a seguir prolongándose de forma indefinida; hasta que la megafonía por fin daba la llamada del día. Era un aviso de que Paulo y Melody tenían que partir.
 
—Jo, ¿ya son las nueve?—se quejó Paulo. —. Espero que sea corto…
—Me da a mí la sensación de que no. ¿Nos acompañas, Karyn?
—Pero si acabo de llegar…—dijo con hastío.
—¿No tienes que ir tú también a hacerte las pruebas?
—Melody… dijeron uno y dos, no uno, dos y tres—rectificó Paulo.
—¡Ajajaja, pero QUÉ tonta, claro que lo iban a decir si no! ¡Lo siento!—decía entre risas. —. Entonces nos veremos más tarde, ¿vale?
—Claro. Ya me diréis cómo os ha ido—dijo sonriente.
—¡Nos vemos, Karyn!—despidió Paulo con la mano.
—¡Que os vaya bien!
—¡Dan’-xiiiing~!—dijo Gabu alegre agitando la mano en modo de despedida.
 
Qué envidia le daba la forma que estos dos niños rebosaban de alegría. Claramente ninguno tenía complejos con los dones que ellos tenían. Quizá pensaran que ella era la afortunada por poder hacer estas cosas; pero…
 
Ya estaba oyendo a Melody retar a Paulo a una carrera hasta el pabellón derecho. Estos dos niños no tenían remedio.
 
—Oye, mami, ahora podemos comer, ¿no? ¡Gabu está famélico!
 
Y el otro…
 
Al menos ahora ya no podía decir que estaba sola en este lugar… aunque esa compañía era la misma que debía alimentar.
 

 
Número 3, acuda al despacho de psicología.
 
“Ya era hora.”
 
Antes de que el megáfono sonara, Karyn ya llevaba entre brazos el escrito y el dibujo que habían concebido a su auto-proclamado hijo en medio por debajo de la gran cúpula del ala izquierda. Por supuesto, Gabu estaba a su lado agitando la cola de un lado para otro con preguntas y más preguntas. Muchos “qué era eso” y “por qué eso” y… la que más le mosqueaba de todas.
 
—Mami, ¿quién es el número 3?
—Ah. Soy yo.
—¿Y por qué te llaman como un número?
 
Claro, ¿por qué no le llamarían por su nombre? ¿Por qué ponerle un número como si no fuera una persona? Alguien de aquí le tendría que oír.
 
—¿Mami?
 
No iría a contestar. No porque lo quiera tomar con Gabu; no porque estuviera enfadada con ella; sino porque el apellido de “Spyridon” estaba frente a sus ojos.
 
—Ya hemos llegado…
 
Inhaló hondo y dio tres toques a la puerta que separaba el despacho del vestíbulo. Tan pronto como los dio, las bisagras de aquella tabla de madera dieron un pequeño chirrido mientras se abría. Un hombre de unos treinta-y-dos años, alto y de cabellos ondulados lo recibía con su larga bata blanca y taza de café en mano.
 
—¡Ah, Karyn! Llegas pronto. Veo que también traíste a tu nuevo amigo—saludó con una afable sonrisa.
—Sí, bueno… no pude evitar que me siguiera…
—¡Gusto!—saludó el dragón.
—Oh, no, no, no. El gusto es mío. Adelante.
 
Cuando el doctor se apartó, ambos entraron por la sala. No había una gran diferencia entre el resto de estas; era igual de luminosa que el resto del recinto y la blancura estaba por todos los rincones. Lo único que lo distinguía de la estética de todo el edificio era el mobiliario de caoba, la moqueta que había bajo la mesa y las plantas: dos plataneros tras el asiento del psicólogo, una dracena en el escritorio y una enorme caña muda al lado de la puerta. Todo esto para que el residente que tuviera que acudir a psicología se sintiera acogido y seguro.
 
El señor Spyridon se sentó en su asiento de madera a la vez que Karyn también se acomodaba al suyo mientras Gabu se ponía sobre la silla que estaba al lado, expectante.
 
—Bueno, ¿y cómo estamos? ¿Qué te ha parecido el lugar de momento? ¿Te estás adaptando bien?
—Eh… la comida no está… ¿mal? A veces la fruta sale muy ácida y los platos un poco sosos, pero… eh, no me puedo quejar…
—Está bien; puedes ser sincera aquí.
—Vale; es asquerosa. El salmón sabe a agua y la sopa de tomate parece que le hayan echado azúcar en vez de sal. ¿Te vale?
—Y no hay pitayas. ¡Gabu quiere pitayas! ¡Las manzanas son del mal!—protestó también Gabu.
 
El doctor trataba de contener su risa ante ese afilado comentario; pero no pudo. “Al menos alguien dentro de este centro conservaba algo de sentido del humor”, pensaba.
 
—Menos mal que no soy el único que lo piensa. Intentaré que la cocina sepa tu opinión.
—Oooh, no hace falta. Ya me ocuparé de hacerlas llegar, ya…
 
Por desgracia, las charlas triviales tenían que terminarse pronto. El tiempo era escaso y habían cosas que tenían que hacerse cumplir.
 
—Bueno, Karyn. ¿Has traído lo que te he pedido?
—Sí. Aquí tienes.
 
Sin más demora, puso los dos folios que en un momento de inspiración nocturna había marcado letras y formas con el lápiz. El doctor Spyridon sacó sus gafas cuadradas del cajón y echó a ambos un fugaz vistazo; todo para poder comparar la descripción y el dibujo con la criatura que estaba enfrente suyo mirando a sus alrededores.
 
Desde luego, la mención de las pitayas estaba ahí. Y la actitud alegre de Gabu concordaba con los gestos que veía y esa constante sonrisa que se dibujaba en la comisura de sus fauces.
 
—¿Puedo… preguntar algunas cosas a Gabu?—pidió permiso antes, solo para asegurarse.
—Eh… claro—respondió Karyn un poco titubeante.
—Gabu. ¡Gaabu!—llamó el doctor.
—¿Hm?—emitió mientras agitaba sus orejas.
—¿Puedes decirme de dónde vienes?
—¿Eh? Gabu viene de las montañas del este.
—¿Y por qué dices que Karyn es tu madre?
—Porque es mi mami. Bueno, Gabu no sabe por qué está aquí y cuándo se fue de su montaña… pero sabe que vino aquí—dijo seguro de la propiedad de su existencia.
—Hm. Curioso—después de esta respuesta, agarró un papel del tercer cajón y agarró el bolígrafo para apuntar la inconsciencia de su propio origen—. Y dices que tu comida favorita son las pitayas, ¿verdad?
—¡Claro! ¡Gabu ya dijo eso! Aunque Gabu puede comer de todo, en verdad.
—Ajá. ¿Y tu mayor miedo?
—¿Eh? ¿Por qué el científico quiere saber eso?—preguntó extrañado; pero contestó de todas formas—. Bueno, a Gabu no le gusta que le aten… y… los espacios pequeños… a Gabu le dan miedo.
—De acuerdo.
—Esto… ¿qué estás intentando hacer?—preguntó Karyn un poco desconcertada.
—Oh, nada. Comprobando si la descripción es exacta, que, a juzgar por lo que veo… concuerda todo—concluyó el doctor Spryridon—. Pero es curioso. No veo en ningún parágrafo que no pueda hablar en primera persona. Karyn, ¿acaso imaginaste también su forma de hablar mientras escribías?
—Eeeh… ahora que lo dices tal vez sí pensé que sería más mono si fuera diciendo su nombre cada vez que se refiere de él antes de dormir…
—¡Vaya! Eso es impresionante—se exaltó de forma serena—. Parece que tu don también se extiende a llevar a cabo algunas concepciones de tu subconsciente. Es fascinante.
—Oh, no—dijo un poco aterrada. —. ¿Me estás diciendo que puedo traer cualquier cosa en cualquier momento sin darme cuenta, ni aunque lo dibuje?
—Es una posibilidad… si llevamos este poder al extremo. Pero al parecer es necesario plasmarlo en un soporte antes. Si mal no recuerdo, mencionaste que esas criaturas siempre empezaban a existir cuando terminabas de dibujarlas, ¿correcto?
—Sí. Unos minutos después—concretó.
—Y dado que estudias Bellas Artes no puedes evitar dibujar… ayer mencionaste que la gran mayoría de estas no duraban más de seis horas; si no menos. Dime, Gabu: cuando llegaste a su habitación, ¿era de noche? ¿Sabrías decir la hora que era?
—¿Eeeh? ¿Horas? Gabu no lo sabe, pero… Gabu sabe que era de noche y el sol tardó un montón en salir…
 
A Karyn le dio un escalofrío que recorrió por todo su cuerpo. ¿Significaba eso que había estado toda la noche mirándola de cerca?
Tener miradas fijas mientras duerme…
La idea le resultaba espeluznante a más no poder.
 
—¿Karyn?
—Creo… que fueron las diez y media cuando me acosté, si te sirve de algo—contestó antes de que terminara de preguntar.
—Ajá. Entonces podemos deducir que Gabu empezó a existir desde las once menos veinte como muy pronto; ergo el límite de seis horas se ha sobrepasado. Lo cual quiere decir…
—Oiga. Estás preguntando mucho de mi poder, ¿no? Pensaba que eras psicólogo.
—Y lo soy. Pero también estoy a cargo de reportar tus avances—decía mientras apuntaba sus conclusiones en el folio—. A todo esto… los de investigación les interesaría mucho saber más en profundidad sobre Gabu. Esta mañana me han preguntado si podían haceros a los dos algunas pruebas.
—¿Pruebas?—repitió Gabu.
—¿A Gabu? Eeeeh… no sé yo si él…
—Y también a ti, Karyn. Tenemos que asegurarnos de que esto no está afectando a tu salud.
—¿¡Qué!?
 
Por una vez tenía fe en que podría evitar poner pie en esa sala llena de médicos, máquinas y agujas durante esta estancia, dado que lo suyo no parecía darle ninguna secuela. Tenía fe en que no intentaran indagar en sus adentros; que no le hicieran correr en una cinta ni tumbarse a que un imán le repasara el cerebro.
 
Pero ahí estaba. Tal como temía, la mera existencia de este dragón ya le estaba implicando unas visitas concertadas con los hombres que miraban las constantes. Ahora sí que no la irían a dejar en paz.
 
—No puedo negarme, ¿verdad?
—Lo siento.
—Bu-bueno… solo mirarán sin estoy bien, ¿verdad? Digo, puedo aguantar unos pinchazitos y poner los pies en una báscula… es solo eso, ¿verdad?
—¡Jajajaja! ¿Te dan miedo las agujas? Bueno, no descarto que te quieran hacer un análisis de sangre…
 
Karyn tragó saliva.
 
—Pero me temo que esto ya no es de mi competencia—dijo en seco.
—Genial… esto es muyyy reconfortante, gracias—dijo con todo el sarcasmo.
—Va, no hace falta que te pongas así. Piensa que es por tu propio bien. Además… quizá con esto descubramos alguna forma de controlar tu poder.
—¿Hasta poder eliminarlo por completo?—preguntó.
—Hmm… eso… no, no creo que eso sea posible.
 
Extraño. Por un segundo le pareció que su psicólogo intentó ocultar una nota de tristeza en su tono. Como si hubieran ocurrido tragedias dentro de estas paredes por intentar revocar lo que la tierra les había dado.
 
De modo que su única opción parecía ser encontrar una forma de controlarlo. No era necesario marear la perdiz. Pero, aún así… ¿por qué tenía la sensación de que querían amarrarlas a las cadenas de la perdición? ¿Por qué no podía evitar pensar que había algo siniestro oculto entre tanta luz?
 
¿Por qué no podía confiar en las palabras tranquilizadoras del doctor Spyridon?
 
—¡Bueno, mejor no nos pongamos lúgubres! En todo caso será leve. Me han dicho que planean llamarte a las tres. Intentad estar listos por entonces, ¿de acuerdo?
—Um… Timaeus…—musitó aún queriendo replicar.
—¿Sí?—y contestó un poco consternado.
 
Quería preguntarle por qué intentar arrancarse ese poder no era una opción. Ardía de ganas por saber cuántas personas habían pasado a ser los sujetos de prueba de estos señores. Quería saber incluso cuál fue el destino de estas almas desconocidas.
 
Pero la idea de que sería un craso error preguntar hizo que se mordiera la lengua. Ya había aceptado esto en el contrato. No había marcha atrás.
 
—Nada.
—¿Estás segura? Estamos en confianza aquí. No hay nada que temer.
 
Pronto la misma Karyn se dio cuenta de que estaba revisando esquina por esquina en busca de alguna luz tintineante o alguna lente que reflejara su figura. Pero por supuesto, no halló nada que su ojo pudiera captar.
 
¿Qué diablos? ¿Por qué estaba actuando como una paranoica? Incluso estaba intranquilizando al mismísimo Gabu.
 
—S-sí, no te preocupes. Dijiste a las tres, ¿no? Pues… ¡ahí estaremos!—se levantó de su silla. —. Venga, vamos Gabu.
—Oh, um, ¡sí! ¡Nos vemos Spyridon!
—¡Adiós, que os vaya bien!
 
La sesión había concluido. De nuevo, el psicólogo del centro estaba en su despacho; solo con sus plantas y con los papeles que con su letra y puño había entintado los avances de su paciente.
 
Pero sus ojos solo se mantenían fijos a la puerta, llenos de preocupación. Esa actitud evasiva que había mostrado antes de irse…
 
Esa insistencia a revocar sus poderes… bueno, no era novedad que ella repudiaba su don como cualquier otro. Pero sus gestos… ese nerviosismo…
 
¿Acaso empezaba a sospechar?
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