Oneshot- Orgullo y Arrogancia.

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FranquiciaOriginal
GéneroAcciónDrama
Resumen

Lo único que quería era volver a verla.

AdvertenciaViolencia
#1
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Ahhh... ha pasado un buen tiempo desde que publiqué, así que les traigo un OS que desde hacía tiempo estaba preparando. Not gonna lie, no he escrito en un buen rato, así que probablemente esto sea malo o no tan pulido como me hubiera gustado.  Also, iba a hacerlo mas largo, introduciendo un personaje al final, pero creo que eso le hubiera quitado el impacto, además que ya había pasado las 9000 palabras y la verdad si se alargaba más no vería por donde cortarlo.

No lo voy a negar... esta madre es densa. Pero espero puedan disfrutar la lectura aunque sea un poco.

Esto salió de escuchar esta canción:

de ahí de hecho el nombre.
Pero luego me puse a escuchar en loop estas dos canciones que también le quedan como anillo al dedo (?).



So... here goes nothing.


 
 Orgullo y Arrogancia

 
Alejada del mundo que la vio crecer, rechazando todo lo que se le había inculcado, siendo dueña de su destino y sus decisiones, finalmente había logrado forjarse un camino lejos de la sombra de sus padres, de su tierra, de la realeza. Sin embargo, ¿por qué no se sentía feliz? ¿Por qué cada vez que cerraba sus ojos lo primero que recordaba y con lo único que soñaba era esa mirada melancólica que la vio partir?
Esos iris de color rojo, casi rosa, que antes parecían observarla con un odio y fiereza sin igual, poco a poco se transformaban en algo que nunca supo ver, algo menos desdeñoso y más suave.
 
Maya le había entregado todo lo que en ese entonces poseía, su reino, su status, su apellido. Había hecho de Claudine una reina, le había dado a Orre el cambio que necesitaba para que dejara de ser una región olvidada por el resto; ¿pero entonces porque no se sentía como una victoria? ¿Por qué, de algún modo egoísta, pensaba que debía, que podía ser parte de ello? Había roto los barrotes de su jaula de oro, extendido sus alas y volado hacia lo desconocido.
 
Los había abandonado.
 
La había abandonado.
 
 
 
Eso era lo que había querido toda su vida, ¿verdad? Ser normal, ser simplemente un entrenador más que se perdía entre la multitud de otros como ella, compartiendo la misma profesión. Pero de una u otra forma, sabía realmente que no podía borrar quién era ella en realidad; mientras ella siguiera respirando, mientras ella siguiera viviendo, el peso de la corona seguiría sobre sus hombros.
 
Y aquello solo se acrecentaba gracias a la culpa que se sentía; de saber que había abandonado su patria cobardemente para alcanzar un sueño infantil que había probado ser poco menos que un dulce que cada día se volvía más amargo.
 
¿Por qué entonces se sentía con el derecho de participar en un período de paz y celebración que no le correspondía?
 
En un principio trató de tapar sus impulsos egoístas, disfrazándolos como viajes políticos. Y en un principio fue así; reunirse con los campeones de otras regiones, llegar a acuerdos que sabía que en algún punto se romperían si no tenía el suficiente cuidado, charlas hipócritas bajo sonrisas falsas y despedidas poco amistosas.
 
Después se volvió descuidada, errática, sedienta de más, curiosa por saber que secretos las regiones esconderían bajo sus tierras, lejos de los campeones y líderes que hacían de las ciudades principales un martirio. Los viajes se propagaban más y más, sin embargo las reuniones con los campeones eran cada vez menos.
 
Y la gente comenzó a preocuparse, Claudine comenzó a preocuparse y tuvo que parar sus excursiones por un tiempo.
 
No estaba orgullosa de lo que había hecho después, cambiando lugares con aquella que juró seguirla hasta el fin del mundo, dejándola atrapada en la jaula que una vez le perteneció, dejando que toda la carga recayera en su espalda, para después desaparecer sin despedida alguna.
 
¿Cuántos años habían pasado? No se atrevía a contarlos, a sabiendas que el tiempo no estaba de su lado. Cuando el hechizo mermó sobre ella, ya era demasiado tarde; no podía simplemente volver, hacer que todo había sido un malentendido. No podía simplemente fingir que nada había pasado en su ausencia.
 
Había visto las noticias, el trono no la recibiría con los brazos abiertos; Claudine había hecho de su carga impuesta la suya propia y se había manejado con una voluntad forjada bajo fuego, aceptando su pasado y labrando cada día su presente como nueva gobernante.
 
Por más culpa que sintiera, por más deseos de volver a pisar y reclamar lo que le pertenecía por derecho de nacimiento, debía aceptar las consecuencias de sus decisiones; debía aprender a vivir en su auto-exilio, pues sus acciones la habían llevado por ese sendero y aunque aún podía arrepentirse, las puertas hacia lo que debió ser su destino hacía mucho se habían cerrado.
 
Nunca volver atrás, eso le habían inculcado. Y era curioso como ahora más que nunca decidía seguir aquel principio, cuando antes lo único que quería era dejar atrás las largas sombras familiares que se cernían sobre ella como Honchkrow hambrientos e inalcanzables. Aun ahora, a pesar de que ya era lo suficientemente mayor para haber hecho las paces con su pasado, eso no evitaba que los desagradables recuerdos no siguieran atormentándola en forma de pesadillas y noches de insomnio.
 
De niña había justificado acciones horribles y seguido mandatos ridículos, sedienta por tener el reconocimiento de sus padres y de su abuelo, haciendo cualquier cosa para ser digna heredera al trono, para evitar caer en el olvido o ser considerada una ilegítima, temerosa de que su padre la abandonara a ella y a su madre para buscar en alguna otra concubina el tan ansiado bebé varón que se encargaría de gobernar.
 
Tenía miedo. Siempre le habían dicho que era la viva imagen de sus padres, físicamente y en personalidad; por más que juraba que en todos estos años había cambiado, ¿realmente…?
 
De pronto Feraligatr se movió de forma brusca, lo que la sacó de sus divagaciones y la hizo volver a la realidad.
 
Se encontraba en medio en uno de los tantos lagos que abundaban dentro del Monte Corona, rodeada de una espesa niebla. La caña de pescar que usualmente ataba a su cintura para más comodidad se encontraba intacta y el lago sin perturbación alguna. Supuso que entonces su Pokémon simplemente estaba cansado, pues se encontraban pescando como única actividad desde que Maya se había levantado.
 
Era difícil saber la diferencia entre el día y la noche en un espacio tan cerrado y con tan poca luz. El paisaje siempre era el mismo y gracias a ello parecía como si el tiempo se hubiera congelado permanentemente. Era… desalentador, y una tortura. Estaba muy segura de que su reloj interno se encontraba estropeado gracias a ello, era lo más lógico y natural.
 
Sin embargo, no es como si se pudiera dar el lujo de salir y dejarse ver con facilidad. Su rostro era conocido, más de lo que le gustaría admitir. No solo por su legado como realeza, sino también por su estatus de persona supuestamente desaparecida; cuando huyó, si bien pasaron dos meses antes de que se diera a conocer su desaparición, una vez que se hizo pública los noticieros no tardaron en llenarse de anuncios y las recompensas por alguna pista de su paradero no se hicieron esperar.
 
Sus habilidades como luchadora y coordinadora eran sus signos mas distintivos. Cuando antes había ocupado la corona, los duelos de exhibición nunca habían faltado, por lo que su equipo era bastante reconocible; y, cuando escapó, sus habilidades como coordinadora no tardaron en resaltar, levantando sospechas.
 
Así que tuvo que alejarse de las grandes luchas y los espectáculos fabulosos, subsistiendo a base de peleas clandestinas que encontraba en los pueblos más olvidados de la región, aquellos lugares que los campeones usualmente pasaban por alto y no figuraban en los mapas oficiales, pues no tenían suficiente importancia o no aportaban tanto a la economía de la región como las ciudades turísticas más conocidas.
 
Feraligatr entonces la sacudió levemente, indicándole que habían llegando a la orilla. Maya volvió a salir de sus pensamientos, saltando del lomo de su inicial para tocar tierra firme; el entumecimiento en sus piernas y el frío del ambiente casi provocaban una acción en cadena desafortunada, más logró recomponerse a último minuto, como siempre le habían enseñado sus mentores desde su más tierna infancia.
 
Se acomodó su chaqueta roída y su gorra desgastada, y sospesó sus opciones. Rebuscó entre la mochila llena de tierra que usaba como almohada algo que pudiera servir como comida, encontrando solo una pequeño envase de sopa enlatada, algunas bayas selladas y unos pocos cerillos para encender una fogata.
 
 
Antes de levantarse para preparar su cena, vio por el rabillo del ojo como su Pokémon se perdía entre las profundidades del lago, probablemente buscando por su cuenta la comida que ella no le proveyó horas antes. Frunció el ceño cuando escuchó el lave chapoteó que generó la cola de Feraligatr al romper la superficie del agua en un último impulso, sintiéndose impotente; las provisiones ya eran escasas, lo que quería decir que debía salir al exterior a más tardar mañana para conseguir más, arriesgándose a ser vista y muy probablemente a enfrentarse a lo que sea que aguardara allá fuera.
 
Sus pokémon no eran débiles ni mucho menos, pero se mentiría así misma si decía que estaban en las mejores condiciones para pelear. El aislamiento, las raciones a cuenta gotas y el poco entrenamiento físico obviamente habían pasado factura después de un exilio prolongado. Seguían siendo fuertes, poderosos, pero se cansaban rápido y las batallas últimamente se prolongaban más y más con cada excursión que tenían que hacer.
 
Sin mencionar que pronto tendrían que cambiar de escondite; no podía quedarse en un lugar demasiado tiempo para evitar que la pudieran rastrear, además de que quizás la temporada de inicio de liga estaría próxima a comenzar -quizás no, pero no quería confiarse y arriesgar todo su trabajo duro solo por quedarse más tiempo del necesario-.
 
Aquello no era vida, no para sus pokémon. Ella podía lidiar con el exilio, pero sus compañeros se merecían un trato mejor del que podía darles actualmente; apenas y podía alimentarlos, temerosa de que sí conseguía las raciones necesarias se viera sospechosa y en necesidad de tener que exponerse más para conseguir el dinero extra para pagar los suplementos.
 
Años antes había tratado de liberarlos, esperando que un mejor entrenador pudiera darles la vida que merecían; sin embargo, ellos se habían rehusado a abandonarla, quedándose con ella hasta el final.
 
¿Y así recompensaba su lealtad? ¿Con sobras y en el olvido?
 
Sus Pokémon se merecían más que eso, y ella debía dejar de ser una cobarde.
 
Comenzó a andar por la cueva, recolectando las pequeñas ramas secas que se vieran en óptimas condiciones para encender una fogata, viendo cada tanto la sombra difuminada de su pokémon que se proyectaba en el lago, nadando gustosamente en busca de una presa.
 
Encendió el fuego, recolectó algo más de agua y se puso a cocinar lo poco que tenía, pensando en futuros inciertos y en presentes poco amables.
 
Pero ella era una Tendou, la última de su legado y la primera en desertar, y si algo le habían enseñado sus antepasados era a siempre mantenerse firme con sus decisiones, a pesar del dolor y del remordimiento que estas conllevaran a corto o largo plazo.
 
Su mente jamás estaría en paz, sabiendo como sus pokémon eran tratados y se marchitaban delante de sus ojos, pero se prometió resistir. No podía volver con la cabeza baja, pidiendo perdón y de rodillas. El mundo la había olvidado hacía tiempo como gobernante, las búsquedas habían sido canceladas, pero su cabeza seguía siendo valiosa para los enemigos de su región; retractarse no estaba en su vocabulario, y ¿cómo podría? Ella los había abandonado.
 
¿Cómo podría siquiera pedirle perdón a la región que había traicionado? Carecía de ese derecho.
 
Aunque le doliera, sus pokémon serían lo único que quedaría de ella, de ese pasado horrible, de ese legado manchado de sangre que con el tiempo se chapeó de oro.
 
Ellos eran su último bastión, mas no su esperanza, y se prometió que de ahora en adelante buscaría maneras de recompensar su lealtad. Era lo mínimo que se merecían después de negarse a abandonarla en ese infierno de sueños rotos.
 
Sus ojos magenta se clavaron en la pequeña llama que a cada minuto parecía aminorarse, encogiéndose hasta ser solo una pequeña chispa de fuego, divagando en lo que pudo ser y jamás sería.
 
¿Porque un sueño infantil tenía que ser tan egoísta?
 


 
La Academia hacía tiempo que había dictaminado el toque de queda; la situación cerca del Monte Corona había alcanzado niveles preocupantes en muy poco tiempo y a todos los cadetes se les prohibió estar cerca de la zona, por lo que sus áreas de entrenamiento habían cambiado drásticamente; eso, sumando con la escasez de mentores, contribuían a que los directivos prefirieran suspender los entrenamientos y las clases a partir de una hora determinada.
 
Los temblores sin razón habían comenzado a agravarse, lo que causaba que las formaciones rocosas dentro y fuera de la montaña se desprendieran, convirtiendo la zona en una amenaza para todos los entrenadores. Sin embargo, esto se estaba extendiendo poco a poco a las zonas aledañas.
 
No tenía todos los detalles, pero según había escuchado entre rumores de la boca de sus compañeros y algunas veces de sus mismos instructores, la situación se estaba complicando cada día más, por lo que los Ranger tenían que enviar a sus mejores unidades para tratar de contener lo que fuera que estuviera pasando; varios habían muerto en acción, y siguiendo el hilo de esa maraña de noticias sin confirmar, si en una semana no había reportes de avances, la mismísima campeona tendría que hacerse cargo de la situación.
 
Por eso tenía que actuar rápido.
 
La seguridad iba en aumento, el toque de queda cada día se volvía más estricto y la situación empeoraba; sin embargo, también era su última oportunidad de verla.
 
Porque estaba cerca, después de todos esos años.
 
La misión que hacía unos meses le habían dado por fin estaba a punto de ser completada y, si lo hacía bien, pronto podría dejar su fachada de Ranger en entrenamiento para unirse de tiempo completo a las filas de miles y miles de otros que como ella trataban de cambiar el mundo.
 
O al menos, a estas alturas, eso quería seguir creyendo.
 
Era la cadete más joven y también la más pronta a graduarse. Había entrado en la recién inaugurada Academia de Rangers cuando solo era una niña de diez años en busca de su propia aventura, lejos de las ataduras de sus padres y del legado familiar, pensando ingenuamente que así podría cumplir sus ideales.
 
Desde que había salido de casa, siendo apenas una niña de ocho años, sabía que no quería una vida siendo entrenadora y también desde entonces, supo que no sería una digna sucesora como líder de gimnasio para ninguno de sus padres. El camino se le había designado al nacer, pero aquel sueño no era el propio, sino más bien uno impuesto por las expectativas que generaba su linaje.
 
Sin embargo, si era sincera consigo misma, su sueño actual no era más que una maraña deforme que apenas y tenía coherencia. Quería ayudar a la gente, ser una luz entre la oscuridad que le tocó presenciar en su corto viaje por el mundo, y la única manera en la que aquello podía ser posible era convirtiéndose en un guardián que velaba por la seguridad de todos.
 
 
Era un sueño infantil, pero era algo que había decidido por si misma, por lo que no dudó en abandonar su pasado y su apellido en cuanto tuvo la oportunidad, sintiendo finalmente como un peso era levantado de sus hombros inmaduros e inexpertos cuando dejó de tener asociación sanguínea con uno de los líderes de Sinnoh. Y aunque en un principio fue difícil el aislamiento, pues ahora sus padres ya no eran más que desconocidos; y a donde lo único a lo que podía aferrarse era aquel medallón chapado en oro de aquellos lejanos encuentros aislados, se quiso aferrar a ese ideal, a aquella idea que años atrás en su mente había resonado con tanta fuerza.
 
¿Y a estas alturas que importaba si era un autoengaño? Si sólo lo hacía por el reprimido deseo egoísta de volverla a ver.
 
Aquella que, como ella, llevaba el peso de su familia sobre sus hombros; aquella que le dio el valor suficiente de cortar todo lazo, aquella que le dio la fortaleza para pararse por si misma cuando no era más que una niña inocente que no sabía nada del mundo real que la rodeaba. Es por eso que su misión tenía tanta importancia, es por eso que aunque sabía que quizás su vida fuera truncada en el proceso, su corazón no sentía el miedo a la muerte, sino que latía con más fuerza al verse a pocos pasos de su destino.
 
Por eso no le importó arriesgarse con su apuesta; quizás ser Ranger como había planeado en un inicio ya no era el lo que la llenaba y había recurrido a otras alternativas más insidiosas, pero todo, juraba, era por un bien mayor, algo que le permitiría ser más grande que los organismos que toda su vida había conocido; ¿acaso no fue aquella mujer la que le dijo que no todo era como sus ojos lo pintaban?
 
El camino había sido duro, el entrenamiento quizás demasiado extenuante para cualquier otro que hubiera seguido sus mismos pasos en la misma latencia. Fue aceptada contra todo pronóstico, pues la edad reglamentaria para poder unirse a las filas de los Ranger era de mínimo catorce años, cuando los chicos ya han completado al menos un viaje Pokémon y tienen la madurez necesaria para elegir oficios más especializados, pero sus exámenes físicos habían sido sobresalientes y los psicométricos la mostraban más que calificada, por lo que no tuvieron más opción que hacer una excepción, mas eso no quería decir que serían blandos con su entrenamiento.
 
A los Ranger se les prohibía tener más de un Pokémon propio al mismo tiempo, pues dada su labor como protectores de la zona, tenían que estar preparados para lo imprevisto y adaptarse a todo tipo de situaciones. Un equipo Pokémon no podía contar con tanta versatilidad, por eso se había creado el capturador, para crear lazos temporales que les ayudara a los Ranger a sortear las diversas situaciones que se pudieran encontrar.
 
Por ello tuvo que liberar a la gran mayoría de sus compañeros, a excepción de su inicial, y capturar nuevos Pokémon estaba fuera de cuestionamiento; creían firmemente en que la naturaleza debía seguir su curso y que la intervención humana alteraba los procesos naturales, de ahí que hubiera tanto caos en el mundo; los lazos de humano-pokémon solo eran dañinos, procesos que alteraban el fino balance establecido, por eso solo tenían un compañero fijo, pues era quién según su filosofía era el Pokémon que los había elegido para ayudarlos en su carrera por el resto de sus vidas.
 
Escondió a su inicial perfectamente entre la fauna local y convenció a todos de que lo había liberado, cuando en realidad había guardado celosamente su pokebola en un lugar cercano. Pasó un año y medio hasta que su compañero le fue asignado después de tener el promedio más alto en uno de los simulacros; un Tyroge que murió poco menos de un año después, producto de una malformación del corazón.
 
Su segundo compañero fue un Riolu que le fue otorgado a mitad de su tercer año de Academia, pues aunque durante ese período había decidido unirse a otra causa, en el exterior se seguía manteniendo como recluta para crear una fachada, por lo que su capacidad para conectarse con Pokémon había decrecido enormemente al desligarse del la forma de vida que sus instructores tanto pregonaban y defendían.
 
Su entrenamiento empezó a rendir frutos en cuanto su nueva organización le asignó un asistente a larga distancia que hackeó su capturador y le dio instrucciones específicas para rastrear a los Pokémon que previamente había capturado de forma temporal para usarlos a conveniencia las veces que quisiera sin tener que esperar el respectivo cooldown de un día que eran obligados a atenerse. Debía usarlo con discreción, para evitar levantar sospechas de su mejorado rendimiento, pues iba a ser una herramienta necesaria si quería completar la misión que se le había asignado.
 
Los detalles al principio no habían sido más que meros pedazos vagos de información; en un inicio, creyó que no iba a ser tan difícil encontrar a una persona cuya cabeza tenía un precio alto, pero sin un nombre, sin características físicas y sin ubicaciones recientes, solo provista con un pedazo de tela roída, la misión se volvió un callejón sin salida.
 
En esos meses estuvo considerando todas las variantes posibles, preparándose con antelación para lo que consideraba el escenario más realista a pesar de que sus esperanzas la siguieran empujando a un escenario que consideraba poco probable. Aún así no dejó de entrenar y de planear.
 
No fue hace sino unas pocas semanas, cuando Riolu desbloqueó su capacidad para rastrear el aura residual de los objetos, cuando todo cobró sentido y unió los puntos en su cabeza cuando notó, con ayuda del Pokémon, como la tela y su medallón poseían la misma energía desperdigada.
 
 
Y aquí se encontraba ahora, usando a un Gastly que había acondicionado en esas semanas para fortalecer su hipnosis y capacidad de ilusión para distraer a todos aquellos que fueran un obstáculo en su camino. Porque sabía que aún no tenía el poder para enfrentarlos y lo único que podía hacer era evadirlos y distraerlos hasta que lograra su objetivo.
 
Cuando entró al Monte Corona, después de horas corriendo bajo la luna, sorteando guardias y cambiando constantemente de ruta para evitar las fisuras que crecían con cada nueva sacudida de la tierra y las avalanchas de rocas, sintió su corazón detenerse por primera vez.
 


No había podido dormir, su mente se negaba dejar de atormentarla, recordandole cada acción que había hecho antes de llegar a su actualidad. Cada decisión tomada, cada camino errado; sin embargo, uno de esos caminos la llevó a evocar un recuerdo perdido, algo en lo que no pensaba desde hacía mucho tiempo.
 
Aquel primer encuentro con alguien que marcaría una pequeña diferencia en su vida; había sido en un pequeño pueblo de Hoenn, donde había parado para descansar antes de seguir por si viaje. La efusividad de ese momento había sido inconmensurable, cuando se creía libre y sin consecuencias; en ese entonces, antes de irse a dormir, había decidido bajar para un pequeño entrenamiento nocturno. La lluvia había comenzado a caer y cuando se disponía a abrir la puerta, la luz de la luna le señaló un pequeño cuerpo; una niña, la cual parecía asustada y enojada, abrazaba fuertemente a un Croagunk como si su vida dependiera de ello; tenía un largo cabello rubio y ojos verdes, además de dos medallas prendadas una de las mangas largas de su camisa roja.
 
Por un momento, no pudo evitar compararse. Y por ese leve instante, no pudo evitar sentir envidia.
 
Envidia al ver como alguien que ni siquiera tenía la edad reglamentaria podía ser libre por el mundo, sin más ataduras que las propias. Una niña siendo una niña, supuso en aquel entonces, disfrutando de lo que a ella le habían arrebatado por nacer con las investiduras reales.
 
No supo cuanto tiempo la estuvo observando, pero cuando decidió prestar más atención, notó como sus ojos carecían del brillo que deberían tener; parecía ausente, como si estuviera tratando de concentrarse en cualquier otra cosa que no fuera su presente y ahí, la envidia dio paso a la tristeza y al reproche. Porque reconocía esa mirada, la había visto en el espejo miles de veces reflejada en su rostro.
 
¿Cómo podía sentir envidia de alguien que, como ella, aparentemente no había elegido su camino? Había sido rápida para juzgar, a pesar de que alguien mucho más joven pudiera estar sufriendo una carga similar a la suya. Fue la primera vez que se dio cuenta que quizás su sueño infantil no reflejaba el ideal de libertad que tanto había buscado.
 
Pero en ese entonces, ilusamente, había desechado ese último pensamiento, aferrándose a que su decisión había sido la correcta. Era joven, inexperta y sus acciones parecían no tener peso alguno, su juicio nublado por la aventura. Siempre le habían dicho que sus decisiones estaban guiadas por algún poder divino y en aquel momento, solo por un leve desliz, no iba empezar a cuestionarse esas ideas con las que fue educada.
 
En ese momento no supo ni cómo ni por que, pero cuando se dio cuenta se encontraba sentada a un lado de la entrenadora, quién a pesar de haber notado su presencia, no pareció rehuirle. Habían pasado tres meses de la desaparición de Maya y todavía faltarían otros dos hasta que se hiciera pública su desaparición, por lo que no temía de mostrarse de forma tan pública como lo haría en los años venideros.
 
Y Maya comenzó a hablar, de todo y de nada, sin esperar que la niña le respondiera o le dirigiera la palabra. En ese primer encuentro nunca mencionó su infelicidad, ni la carga que se encontraba en sus hombros, por que lo único que quería, era que aquella pequeña no sintiera la misma soledad que ella.
 
Un pequeño gesto de amabilidad. O quizás un gesto de hipocresía; porque aunque se veía reflejada en ella, realmente no lograba concebir la idea de que un sueño tan desenfadado podría traer infelicidad.
 
En algún punto la niña entrenadora se rió de sus ocurrencias y Maya se dio por satisfecha. Ese mismo día, ambas partieron hacia sus destinos sin siquiera haber intercambiado sus nombres.
 
Poco sabía Tendou que se terminaría cruzado más veces con ella y trató ese primer encuentro como una casualidad; no obstante, la segunda vez que se vieron, hubo más que un intercambio unilateral de palabras; la niña se llamaba Alexis y para ese entonces, ya había conquistado seis gimnasios. La conversación aquella vez se había alargado, pero cada vez que parecía tocar puntos demasiado personales, Alexis desviaba el tema y Maya no hacía intento alguno por volver a encausarlo.
 
En la tercera ocasión que se encontraron, después de casi un año y medio, el revuelo por la desaparición de Maya Tendou apenas y comenzaba a extinguirse. Por ello, cuando se encontró con Alexis a las afueras de un pueblo olvidado en Unova, supo que ya no era casualidad; la chica se había hecho fuerte, había madurado y había conquistando hasta el momento la mayoría de los gimnasios de la región sin mucho esfuerzo, evidenciado por las medallas que colgaban de su chaqueta como si fueran condecoraciones militares.
 
Alexis había crecido, mientras Maya parecía seguir en la misma posición desde hace tiempo, siempre evitando las consecuencias que la seguían, rehuyendo del fracaso y la desgracia que cargaba a sus espaldas. Moviéndose, pero sin avanzar.
 
Siempre le habían dicho que era perfecta y ella en consecuencia había actuado en base a esa perfección autoimpuesta. Ella no podía tener fallos, ella no podía ser cuestionada, ¿pero entonces por qué una niña parecía estar varios pasos adelante que un miembro de la realeza?
 
Fue entonces que se dio cuenta de su propia debilidad, de sus defectos, rasgos que hasta el momento había decidido ignorar por su propia arrogancia; Alexis ya no era una niña asustada y enojada con su destino, mientras ella era una gobernante incapaz de aceptar sus errores, desmoronándose lentamente bajo el peso de su propia culpa.
 
Alexis era más digna de su apellido que ella misma, Alexis representaba todo lo que un Tendou debía ser, pues había tomando las riendas de su propio destino para moldearlo bajo sus manos.
 
O al menos, eso siempre le había parecido.
 
¿Cómo iba a saber en ese entonces que la niña atormentada seguía ahí? Bajo una capa de confianza para tratar de amoldarse a un mundo que no parecía aceptarla.
 
Aquella había sido su última interacción, aunque fue la más duradera. Maya le enseñó unos pocos trucos de combate y le regaló el medallón que por siglos había sido símbolo de reyes y reinas de su región natal. A ojos de cualquiera era la entrega de una simple baratija, mas para Maya, aquel gesto significó renunciar a sus aspiraciones de volver a su reino, significó entregar sus esperanzas a alguien que había reconocido mejor que ella.
 
Su mente divagó entonces un rato más en las posibilidades, desde aquel último encuentro habían pasado casi tres años y de Alexis no había vuelto a saber nada. Quizás era mejor así; no sabía que percepción tenía la otra chica de ella, pero cualquiera que fuese, no quería arruinarla. No quería que viera su estado actual, perdida y sin rumbo.
 
Porque Maya aún era lo suficientemente egoísta para preferir conservar esa imagen, cualquiera que fuera, antes de mostrarse como era actualmente; alguien patética y ahogada en el fracaso. ¿Qué dirían entonces de ella? El mundo ya la había olvidado, pero se había ido bajo sus propios términos, cubierta en gloria al ser convertida en una mártir por los medios. Aquellas resoluciones eran mucho mejores que la realidad actual, donde solo quedaba una sombra de todo lo que había sido y una cicatriz de lo que pudo ser.
 
Quería creer que el tiempo había borrado la mayoría de sus heridas, y si era sincera consigo misma, algunas de ellas ya habían cerrado­. Pero era orgullosa y aceptar algunos de esos errores no había resultado tan fácil después de todos esos años; sin embargo, sabía que inevitablemente tendría que sanar, que tendría que aceptar su destino, que las magulladuras dejarían de estar infectadas y purulentas. Y cuando eso pasara, daría el siguiente y último paso; que dejaría de ver el pasado con anhelo, el presente con apatía y el futuro con repudio.
 
Suspiró y decidió que lo mejor era levantarse; no iba a poder conciliar el sueño de todos modos y tal vez era mejor de esa manera. El Monte Corona había estado vacío esos últimos meses, pero no podía confiarse, en cualquier momento daría otra vez inicio el recorrido por las medallas y no podía darse el lujo de ser descubierta.
 
Un temblor la hizo trastabillar levemente, lo que activó sus niveles de alarma de forma considerable. Se encontraba en una de las partes más recónditas de la montaña, por lo que aquello quería decir que la fuente provenía desde la cima.
 
«Peligro»
 
—Debemos salir de aquí.
 
Y Feraligatr no dudó ni un segundo.
  

«Una promesa.»
 
Se había aferrado a una promesa tácita todos esos años. Esos encuentros no habían sido casualidad, al menos, los últimos dos no lo fueron; para ella no lo fueron.
 
En ese entonces era una niña asustada, sin idea de lo que quería realmente hacer el mundo, solo siguiendo férreamente el camino que desde el momento de su nacimiento se había trazado para ella. Recolectar las medallas, ganar la liga, seguir entrenando y que sus padres se pusieran de acuerdo para decidir a quién de ellos terminaría por relevar como líder por medio de un examen que presentaría teniendo como jueces de su desempeño a la máxima autoridad de la región, Sinnoh o Johto, cualquiera que fuera.
 
Su padre la había entrenado desde que tuvo edad suficiente para caminar, pero siempre desde la óptica de nunca forzar sus capacidades más allá de lo que fuera humanamente posible. Su madre, por el contrario, tiró esa filosofía a la basura; porque ella estaba deseosa de que su hija fuera su sucesora, mientras que su padre deseaba que fuera lo suficientemente fuerte para cuidarse por sí misma cuando el momento llegara.
 
Su madre quería que se probara lo más pronto posible, pues había hecho arreglos para que presentara la prueba de líder de gimnasio cuando cumpliera los quince años. Quería apresurar su infancia, pues una vez que se hubiera decretado a que región prestaría sus servicios dejaría de poder distraerse en nimiedades típicas de adolescente. Por eso la mandaron antes de que estuviera lista, quitándole dos años de su vida para lanzarla hacia un mundo desconocido.
 
Le quitaron la posibilidad de elección, pues para apelar a la neutralidad no podría recorrer en su camino por las medallas ninguna de las regiones natales de sus padres, así que la mandaron a Hoenn para se viera de forma más imparcial los frutos de su entrenamiento.
 
Porque allí los líderes no la conocían ni conocían su legado; mas tenían ordenes estrictas de que no la trataran como cualquier otro retador, que lucharan con ella con toda la fuerza que les podía proveer su equipo oficial.
 
Conseguir las dos primeras medallas había sido un infierno, pero pudo alzarse con la victoria después de varias estrategias improvisadas y de moralidad cuestionable, aunque quizás se estaba dando demasiado crédito, y la única razón por la que pudo vencerlos es porque se compadecieron de ella al final. Ella, que no era más que una niña inexperta sufriendo las consecuencias de algo que no sabía si era lo quería, mientras ellos eran adultos con una larga trayectoria forjada a base de batallas y otros tantos obstáculos para lograr su puesto.
 
La diferencia de poder era abismal; las derrotas eran amargas y desmoralizantes, mas se negaba a ceder. En parte porque no sabía que otras opciones tenía, en parte porque cada vez que hablaba con sus padres una pequeña parte de ella se alegraba al verlos sonreír o cuando la felicitaban por sus progresos. Esos pequeños momentos ínfimos que la hacían olvidar que estaba sola en esa región, y que no tenía otros amigos para ponerse en contacto.
 
Se había vuelto muy buena escuchando, ya fuera pláticas ajenas, los anuncios o el mero sonido de la naturaleza. Escuchar cualquier otra cosa era mejor que ahogarse en sus propios pensamientos con esa irritante voz dentro su cabeza que no hacía nada más que recordarle lo que debía de hacer, cómo debía de hacerlo y todo lo que le faltaba por recorrer. Aquel constante reproche, que no la dejaba saborear sus logros ni expresar sus emociones como una niña normal al considerarlos perdida de tiempo.
 
Se sentía atrapada y enojada con ella misma, con el mundo. De no haber tenido ese primer encuentro, quizás ahora estaría en los últimos preparativos para alcanzar su supuesto destino.
 
Por que ahí se había dado cuenta de que quizás había posibilidades para ella, de que no todo estaba perdido ni predeterminado. Porque en esa primera plática, aunque impersonal y aparentemente trivial, había notado ciertos detalles que le daban esperanza; esa chica, como ella, también había sufrido. Tenía cadenas y las había roto.
 
Por primera vez, después de muchos meses en esa región fría y extraña, podía ver una pequeña luz al final; todo ya no era gris y sombrío, como lo había visto hasta ahora.
 
En aquella mujer vio fortaleza y quiso imitarla, por lo que decidió que no podía simplemente ir contra los designios de sus padres. Le tomó tiempo y empezó a construir una farsa para no ser cuestionada.
 
Con cada encuentro, su presencia la llenaba de determinación y fuerza mientras seguía luchando por unas insignias que ya ni siquiera consideraba importantes. Seguía siendo una niña, se había hecho ilusiones y soñaba con algún día ser lo suficientemente fuerte para ella pudiera voltearla a ver como algo más que una simple conocida que tenía el gusto de toparse de forma fortuita cada cierto tiempo.
 
Por eso, cuando aceptó a entrenarla por algunas semanas y después se despidió de ella al darle una de sus posesiones más preciadas, Alexis lo tomó como una señal del destino. Ya no podía vivir bajo esa farsa; sus padres pronto comenzarían a hacer preguntas sobre su lento progreso y el tiempo se le estaba agotando.
 
Quizás ese fue el segundo momento en el que sintió incertidumbre, pues las palabras no se traducían a acciones. Su plan era arriesgado, romper los barrotes de oro en los que estaba atrapada era sinónimo de una vida llena de soledad, sin posibilidad de retornar con sus padres, desechando un prometedor futuro por una apuesta incierta.
 
Pero había entrado a ese juego en contra de su libertad, había aceptado cada una de sus reglas sin cuestionarlas y sin que ellos pidieran su opinión al respecto. ¿No valía la pena arriesgarse por una vez en su vida? Si bien no era una decisión ligera, no quería vivir infeliz y amargada el resto de sus días; la habían obligado a madurar antes de tiempo y su infancia nunca podría volver a recuperarse. Tenía mucho que perder, pero, quizás, si jugaba bien sus cartas, mucho que ganar.
 
Así que hizo su salto de fe.
 
 
Sin embargo, ahora otros pensamientos estaban invadiendo su mente, cuestionamientos sobre si lo que estaba haciendo al final era lo correcto, los cuales prontamente se terminaban derivando a los parámetros de su misión; la falta de información que tenía y el hecho de que no sabía que esperar en la resolución. Era demasiado tarde para voltear atrás y arrepentirse, tampoco es como si quisiera abandonarlo todo. Todo lo que sus padres le enseñaron de moralidad había desaparecido por un instante, por que si ahora se ponía a remembrar las enseñanzas de su niñez, ya no podría ignorar el malestar que le provocaban ciertas ambigüedades.
 
Le habían dicho que su misión de ingreso era una simple búsqueda. Pero ahora sabía a quién pertenecía esa prenda y a quién estaba tratando de encontrar.
 
«El medallón era la llave, un pequeño recuerdo momentáneo antes de que se volvieran a encontrar.»
 
Había decidido que quizás verla por última vez aclararía sus pensamientos. Maya había sido su bastión de luz en el pasado, aquella que le había dado otro propósito a seguir sin que lo supiera; quizás ahora también pudiera calmar la tormenta de su mente y obtener las respuestas que tanto necesitaba.
 
Poco a poco comenzaba a madurar, dejando de ser un niña, pero muy dentro de sí quería que alguien la guiara por última vez antes de sellar su destino con un último clavo.
 
Y con cada roca que su Riolu destruía, con cada sacudida de la montaña, siguió avanzando, iluminada apenas muy tenuemente por la linterna que llevaba prendada de la chamarra de su uniforme. Gastly la seguía muy de cerca mientras que su inicial yacía oculto entre las sombras de la caverna, escalando por las paredes de roca para evitar ser visto cerca de su ama cuando el fortuito encuentro se diera.
 
«Después de todo, si se lo había dado, es que el último duelo estaba por desatarse. Y entonces, ya no dudaría.»
 


 
 
Se sentía atrapada en un laberinto.
 
Los terremotos no cedían, pero la fuerza variaba. Ahora quizás se encontraba en un lugar completamente diferente, pues los temblores habían disminuido en fuerza y apenas se sentían como una leve sacudida. Sin embargo, era difícil saber donde se encontraba con la oscuridad rodeándole. Su Pokémon, no obstante, parecía ver mucho mejor en la penumbra que ella, por lo que no le quedaba más que confiar en Feraligatr para salir de aquel sitio.
 
Su Pokémon no había dejado de moverse desde que salieron de aquel pasadizo, pero hasta el momento solo se habían topado con caminos cerrados o intrincados túneles cuyo destino era muy similar al anterior. Si no encontraba una salida en los próximos minutos, tendría que cavar la suya propia; mas considerando el hecho de que aquella opción era arriesgada por si sola, ya que podría chocar contra un lago subterráneo o provocar un derrumbe, necesitaba eco localizar las partes más vulnerables y cuyo rebote de sonido fuera mínimo para crear una salida segura.
 
No le gustaba usar más Pokémon de los necesarios y en la mayoría de las ocasiones, su Feraligatr había sido más que suficiente para sortear casi cualquier obstáculo, pero aquella no era una situación de poder, sino de estrategia. No podía arriesgarse más de lo necesario ni tampoco era momento para dejar que su ego nublara su juicio.
 
Liberó a su Noivern y le dio las instrucciones exactas para que pudiera llevar a cabo su trabajo. El murciélago desapareció en una nube de tierra y polvo segundos después; se encontraba dividida, pues esperar a su pokémon era la opción más prudente, pero su paranoia le gritaba que debía seguir moviéndose para evitar cualquier encuentro fortuito.
 
Entonces, por primera vez en su vida, decidió dejar de escuchar a esa voz que siempre la había empujado a huir en pos de su supervivencia. Esperar a su Noivern era lo mejor, pues poner más distancia entre ellos solo conllevaría a hacerle la tarea más difícil a su pokémon al tener que buscarla después entre los pasadizos de la montaña.
 
Cuánto se arrepentiría de no haberla escuchado.
 
La tierra se partió bajo sus pies y una esfera de energía salió de forma imprevista de aquel cráter. No sabía si el proyectil iba dirigido hacia su dirección, pero no iba a arriesgarse a descubrirlo, sin embargo era demasiado tarde para tratar de esquivarlo y cerró los ojos esperando la mejor de las posibilidades; no obstante, Feraligatr actuó en consecuencia y alargó una de sus garras para golpear el esférico y mandarlo hacia una de las esquinas.
 
En esos breves segundos de distracción, dos pequeñas bombas no tardaron en detonar en el aire, haciendo un estruendo apenas audible mientras cubrían de humo toda el área circundante. Maya apenas escuchó como algo o alguien parecía caer del otro lado de la explosión, pero el humo hacía imposible distinguir la silueta de su atacante.
 
Otra esfera aural salió disparada hacia su dirección, pero Feraligatr esta vez reaccionó ante la amenaza. El enorme lagarto de agua en vez de mandar el proyectil hacia otra de las paredes de la cueva, tomó con sus garras la bola de energía y la disipó a base de pura fuerza bruta, pues de volver a desviarlo corrían el riesgo de causar un derrumbe; Maya entonces vio como su pokémon tomaba una postura cuadrupedal y se lanzaba hacia el epicentro del humo, importándole poco ver su visibilidad disminuida por aquella distracción.
 
El humo pronto se vio despejado gracias a una poderosa hidrobomba, y segundos después, el cuerpo de un Riolu se estrelló contra el suelo. Y ahí, en el centro, luchando con un Toxicroak con sus pinchos cargados de veneno, se encontraba Feraligatr con la quijada sangrando, con su cuerpo lleno de moretones y apenas resistiendo lo suficiente para no sucumbir ante su oponente.
 
No debía engañarse, aquello que veía era su culpa completamente; su pokémon estaba desnutrido, carente de sueño y con varios músculos atrofiados por la falta de un combate adecuado. Antes podía vanagloriarse de la fuerza de su criatura, mas ahora solo podía ver la sombra de lo que alguna vez había sido; antes el combate hubiera terminado en un santiamén, mas ahora dudaba que Feraligatr pudiera despacharlo en algunos minutos. Toxicroak se veía fuerte, sano y bien entrenado… y demasiado familiar.
 
Se tensó en cuanto notó como Toxicroak no parecía seguir las ordenes de ningún entrenador y, ahora que lo notaba, no parecía haber nadie a la vista. Por instinto se llevó la mano de nuevo a su cinturón y alzó la vista; un segundo después ella liberó a su siguiente pokémon al conjunto de que una pequeña bomba lúmica estalló de una mano escondida detrás de una capa de tinieblas.
 
El destello apenas duro unos milisegundos, una cuerda se enredó en su mano derecha y pie izquierdo, un tirón la hizo morder el suelo. La intención de aquella amenaza era clara; capturarla. No era tonta, sabía que a pesar de que ya no fuera una figura relevante, su cabeza seguía teniendo valor; sin embargo, no sabía si aquella persona la querría viva o muerta. Y tampoco quería saberlo.
 
Una duda surcó su mente; había sido cuidadosa, había cuidado su imagen, entonces ¿cómo es que la habían encontrado? Su temor siempre había sido que la atraparan, por lo que aseguró de ser sumamente cuidadosa y no alargar su estancia mas de lo necesario. Nunca usaba a sus Pokémon más distintivos si tenía que luchar, sino que prefería arreglárselas con capturas temporales o usar a los menos conocidos de su equipo para escapar si el encuentro se alargaba demasiado.
 
Tenía demasiadas preguntas y su cabeza estaba maquinando posibles escenarios donde quizás haya incurrido en algún error o indiscreción. Mas el tiempo para pensar en todo aquello se esfumó en cuanto sintió como el amarre en sus extremidades fue cortado y vio muy apenas por el rabillo del ojo como otra esfera aural se dirigía de nuevo hacia su dirección. Una nube de polvo se levantó, el impactó nunca llegó y su Swanna despejó aquellos escombros con un poderoso vendaval que le dio una visión mejor del panorama.
 
Riolu se encontraba de pie, malherido, con un medallón de oro colgado en su pecho y sus patas emanando un brillo azul bastante tenue, preparando otro ataque.
 
Sus ojos violetas se quedaron fijos en ese medallón.
 
El cuál brillaba con una extraña aura morada, muy parecida al tono de sus propios ojos.
 
Y entonces, las piezas encajaron en su lugar.
 
−Alexis…
 


Se había puesto unos googles especiales para ver a través de los destellos de sus propias bombas, se había puesto una máscara de gas para evitar morir asfixiada por los gases que rodeaban a Gastly cuando lo usaba para ocultarse entre las sombras y volverse invisible a ojos humanos. Creía haber estado lo suficientemente preparada, creía que llegado el momento podría enfrentarse a sus demonios y salir victoriosa; pero las manos le temblaban, el corazón le latía con fuerza y el tiempo se agotaba. La situación se había salido de control y tratando de apaciguar el acelerado ritmo de su corazón, respiró profundo y tomó una pequeña bomba explosiva para tratar de crear una distracción de escape; pero cuando las cuerdas con las que sostenía a Maya fueron cortadas y la oportuna de distracción de su Riolu fue deshecha, se dio cuenta que sus opciones se iban acabando.
 
Toxicroak no aguantaría mucho más, Riolu tampoco y ahora con Swanna en el campo de batalla, era ahora o nunca. Salió entre las sombras, dispuesta a usar la Hipnosis de Gastly como un último recurso esperando que funcionase; tenía que crear una distracción lo suficientemente duradera para que el fantasma no fallara en su encomienda. Por lo que, sin pensarlo, tiró el explosivo directamente hacia su Riolu para que el cachorro amplificara la explosión con su aura.
 
Una sacudida violenta, una distorsión.
 
La bomba nunca llegó y su cuerpo comenzó a caer hacía el vacío mientras veía como varias estacas de piedra parecían formarse de la nada. Ni un sonido salió de sus labios y parecía que el mundo había dejado de girar en ese entonces.
 
«¿Qué haz hecho?»
 
Una mano la sujetó de la manga de su chaleco, por un instante la respiración volvió, y alzó sus ojos, aunque pronto se arrepintió de esa decisión.
 
Eran demasiados sentimientos arremolinados en una sola mirada como para poder describirlos todos a la vez; pero notó el dolor, la decepción, la tristeza.
 
«¿Por qué me has salvado?»
 
La culpa la golpeó como un electroshock, y entonces, su sueño se desquebrajó ante sus ojos; y una verdad que no quería aceptar se desveló ante ella.
 
Era una niña, una niña perdida, mal guiada. Una niña que había creído ser lo suficientemente madura para tomar el destino entre sus manos. Una niña con un ideal de cristal, persiguiendo cuentos de hadas inexistentes.
 
Eso era lo que había querido ¿no? Verla una última vez para asegurarse que su camino no había sido el equivocado. Desligarse de su último lazo emocional para probarse a si misma que estaba lista para entrar a un mundo desconocido, volver a tener esa reafirmación como cuando era más joven, sentir que por fin tenía un lugar en el mundo.
 
Pero no era más que una cobarde. Había evitado hacer contacto visual durante todo el encuentro porque sabía las consecuencias de ello; sabía que no vería aceptación, sabía que quizás al final solo se estaba autoengañando, pero quería aferrarse a lo poco que había decidió por si misma, como si fuera un mantra que la protegería de la realidad que la envolvía.
 
−Lo siento...−Musitó con la voz rota, antes que su cuerpo dejara de responder.
 
—¡Alexis!—Un grito ahogado, casi una súplica.
 
Se sentía responsable. Se sentía culpable. ¿Por qué los dioses parecían tener un retorcido sentido del humor? ¿Por qué no podían de dejar de tirarle sus errores y fracasos a la cara?
 
«¿Por qué justamente ella?»
 
El destino las había unido, el destino había sido caprichoso. Todo que siempre había querido había sido ayudar; ayudar a su región, ayudar a una niña a ser libre. La primera lo había hecho con motivos egoístas, y lo lamentaba hasta lo más hondo de su ser; lo segundo lo había hecho de buena fe, esperando aligerar la carga de una niña atrapada bajo barrotes de oro.
 
Sólo quería ayudar, sólo quería que fuera feliz, como ella no lo había sido. Entonces…
 
Entonces…
 
«Destruyes todo lo que tocas.»
 
Algo había pasado, algo tenía que haber pasado para que Alexis se hubiera visto forzada a darle caza. Alguien se debía haber enterado de su relación y usarlo para manipularla. Alguien…
 
«Tu la empujaste a esto.»
Quizás la única culpable siempre había sido ella, después de todo.
 
Y llegar a esa realización fue tan doloroso como la punzada de un Ariados.
 
Era demasiado.
 
A partir de entonces, no supo cuando sacó el cuerpo inconsciente de Alexis de aquel hoyo, ni tampoco cuando su Noivern había regresado, o cuando había montando el lomo de su Swanna mientras Feraligatr lleva a cuestas a la chica y a sus pokémon. Se movía en piloto automático y lo único que era capaz de sentir en esos momentos era el gran rush de adrenalina que recorría sus venas ante el peligro.
 
La cueva se desmoronaba frente a sus ojos, estacas salían de la nada misma y el suelo parecía volverse cada vez más fino, como si fuera una hoja de papel mojada; mas se veía incapaz de procesar todo lo que estaba sucediendo. Era demasiada información emocional, era demasiada información física. Sensaciones y sentimientos que chocaban entre sí; había quedado paralizada, escuchando solamente las risas crueles de los dioses retumbando en sus oídos.
 
«Es tu culpa.»
«¡Es tu culpa!»
 
 
Por primera vez en muchos años, no reprimió las lágrimas que amenazaban con salir. Había lastimado a tantas personas, había lastimado a sus pokémon y ahora, cuando justamente pensaba que había hecho una buena acción en su vida después de tanto dolor, después de tantos ardid, terminó desmoronarse frente a ella como si fuera un castillo de cristal.
 
Nada de lo que hiciera había importado. Nada era suficiente.
 
Y estaba cansada.
 
Swanna entonces extendió sus alas y bajó un poco en picada para atrapar el cuerpo inconsciente de Toxicroak y Riolu, mientras Feraligatr daba un salto para evitar otro de los vórtices negros que aparecían con más frecuencia. Por mero reflejo, Maya tironeó un poco el plumaje de su montura para maniobrara hacia la izquierda y evitar una estaca de piedra que se estaba formando.
 
Feraligatr dio otro salto, Swanna cubrió sus alas de acero antes de impactarse contra una pared de roca que había salido de la nada y Noivern empezó a cargar en sus fauces energía, preparándose para crear la tan necesitada salida.
 
Cuando el hiperrayo salió de la boca del dragón, dos estacas salieron por debajo de las patas de Feraligatr, empalando sus garras y haciéndolo trastabillar, casi tirando a Alexis en el proceso hacia otro vórtice mucho más grande.
 
Hasta entonces fue que reaccionó, regresando al lagarto a su pokébola de un rápido movimiento mientras apresuraba a Swanna, sin importarle si los escombros de tierra la salpicaban. Vio a su Noivern salir, pero cuando cruzó el umbral que recién había creado, la masa parecía volver a recomponerse, como si estuviera mutando al reformarse. Swanna se dio cuenta, y usó una hidrobomba para tratar de mantenerla abierta por unos cuantos segundos más. Columnas de hierro entonces salieron de entre las paredes, y Swanna aventó a su entrenadora junto por los aires junto a Toxicroak y Riolu, dándoles un último empuje con un poderoso vendaval antes de que el hierro se cerrara sobre su cuerpo.
 
La salida seguía cerrándose, no había rastros de Noivern cerca.
 
Maya atrapó en el aire a Alexis y simplemente cerró los ojos cuando dio un giro un involuntario en el aire gracias a las estalagmitas de diamante que aparecieron en el último segundo.
 
La noche estaba dando paso a la mañana, la luna iba descendiendo lentamente para cederle su lugar al sol.
 
La cabeza le daba vueltas y apenas podía ver nítidamente. Había sangre escurriendo por su frente, había sangre saliendo de uno de sus ojos. Se llevó una de sus manos a su costado, tratando en vano de parar la hemorragia que sabía que tenía; no lo iba a lograr.
 
Así que solamente trató de inhalar el aire puro de la montaña, sintiendo como sus huesos se comprimían y crujían ante la acción.
 
La vio por última vez, a salvo, intacta, con sus pokémon a inconscientes a varios metros de ella, heridos, pero también vivos.
 
Antes hubiera luchado más, antes hubiera tratado de vivir más. Antes…
 
Antes…
 
Estaba cansada.

 
Despertó al sentir el roce del pasto contra su piel; le costó levantarse, pues sus manos y pies estaban entumecidos, la cabeza le daba vueltas y su mente parecía haber borrado los últimos minutos de su existencia antes de haberse desmayado. Lo último que recordaba era haber peleado, salido de su escondite y preparándose para hacer un todo o nada. ¿Por que se encontraba a fuera, entonces? ¿Su misión había fallado?
 
Su mirada apenas y podía ubicar un punto fijo, pues todo lo veía doble, por lo que apenas distinguió a Gastly aparecer frente a ella. Por lo mismo, no opuso resistencia cuando el fantasma parecía empujarla hacia una dirección en especifico. No luchó contra eso, demasiado desubicada como para entender que trataba de hacer.
 
Volvió totalmente a sus sentidos cuando escuchó un sonido bajo, como un chillido de dolor. Abrió los ojos desmesuradamente cuando se dio cuenta la escena que tenía bajos sus pies; Maya estaba respirando agitadamente en un charco de su propia sangre, el Noivern a su lado traía las alas perforadas y en su lomo cargaba una masa emplumada blanca sanguinolenta que no alcanzó a distinguir.
 
Noivern parecía estar sufriendo, pero se negaba a apartarse del cuerpo agonizante de su entrenadora, quién apenas parecía fluctuar entre la consciencia e inconsciencia a un ritmo alarmante. Posó sus manos en la herida, y trató de hacer presión para detener la sangre que no paraba de salir, pero sólo logró arrancarle un quejido a la mujer. El dragón entonces le tiró una mordida, tratando de que se alejara de su entrenadora, pero no alcanzó a cerrar sus fauces sobre las manos de la Ranger cuando un susurro captó la atención de ambos.
—No… no tiene caso.—Tosió poco después, apretando los labios en una mueca de dolor. Apenas y logró hacer un ademán para indicarle a Noivern que se alejara y a Alexis que se acercara.
 
No rechistó, pero lo último que se esperaba fue sentir la mano de Maya acariciando su cabeza, en su rostro una media sonrisa torcida.
 
—Lo siento… lo siento mucho.
 
Alexis se aferró a una de sus manos, tratando de comprender a lo que se refería. ¿Por qué se estaba disculpando? ¿Porque la miraba con arrepentimiento? ¿Porque Maya creía que todo eso era su culpa?
 
Ahogó los sollozos en su garganta, porque no se sentía con el derecho a llorar. Si no hubiera sido una estúpida y ciega egoísta, si no hubiera creído que su moral e ideales estaban por encima de todo lo preestablecido. Si no hubiera…
 
Si simplemente hubiera guardado sus fantasías en lo más profundo de su corazón, nada de esto estaría pasando.
 
Quería decirle tantas cosas, pero no tendría caso. Las palabras murieron junto con su voz, y sólo pudo observar como lentamente la vida parecía desvanecerse de esos ojos violeta.
 
El agarre en su mano se hizo más debil, las caricias en su cabello pararon. Pronto, la respiración comenzó a menguar mientras la noche daba paso a los primeros rayos del sol de la mañana.
 
Y cuando el cielo cambió de azul a un brillante tono anaranjado, Maya dio su último aliento.
 
—Por favor… por favor despierta.—Le rogó a nadie en particular, sabiendo que su plegaria no sería escuchada y que su petición inconcebible.
 
Se había quedado sola en el mundo.
 
Y cuando escuchó los aplausos sordos detrás de ella, junto con unos aplausos pausados y unas palabras secas de felicitación, supo que ya no había vuelta atrás.
 



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[Imagen: 8rkiUAG.jpg]Creo recordar que mencioné que el Fera de Maya era una especie regional, como no me dio tiempo para describirlo dejo una imagen ilustrativa (?).
Also Esto empezó como un Pokémon AU de Shojo Kageki Revue Starlight, luego vi que tenía potencial y salió esto. Maya, de hecho, pertenece a esa serie, pero mientras iba escribiendo me di cuenta que encajaba perfectamente para lo que quería contar, así que al final quedó así.
[Imagen: iSs3j2Q.jpg] 
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#2
Well that was, hella depressing.

Imagina haber tenido una vida de  lujos para darte la libertad de ser una entrenadora aclamada, luego desaparecer para el labor de una ranger donde te ves obligada a deshacerte de tus antiguos compañeros y ver a tus nuevos morir. Luego, toparte con una persona importante que te descubrió solo para que ésta vaya de cacería por ti y al final, lo pagues con la muerte, incluso si esa persona no quería eso.

Literalmente una serie de eventos desafortunados.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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#3
Fue una lectura… vamos por partes. 

En primera, no sabes cuánto me alegra volverte a leer, y cuánto me hypea saber que traes otro proyecto largo entre manos. Dicho esto, este oneshot de por acá fue una experiencia interesante.

So far, hay tres aspectos omnipresentes en lo que escribes que, al verlos de nuevo juntos, me provocan una agradable sensación de nostalgia: Lesbianas overpower o al menos prodigiosas, largas introspecciones de autodesprecio y familias de mierda. El primero y el tercero empiezan a cansar pero el segundo es el que carrea el fanfic de principio a fin. Y hay un montón de detalles interesantes, como que el.fic en sí expresa un paralelismo muy marcado entre Maya y Alexis, con una base muy bien enraizada en la identidad forzada a la que se ven sometidas. Su sufrimiento se siente real. Su autodesprecio se siente real y es fácil simpatizar con sus emociones.

No tanto con la situación porque, me perdonas la sinceridad, pero te pasas de edgy. Parece que Dios la tiene en contra de este par. Qué tan jodido tienes que estar para que los rangers sean nazis, tus padres sean una mierda, los líderes te hagan mierda a propósito y acabes matando a tu interés romántico por accidente. Ah, y se te murió un pokémon por una malformación del corazón. YOU NEED TO CHILL

Supongo que es una especie de precuela que explora el pasado de Alexis. Ya veremos qué ocurre con ella o de qué va este nuevo fic.

Bienvenido de vuelta man.
[Imagen: EdovJGiXkAYqwp4.jpg]
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#4
Eh, buenos días.

Este relato me gustó bastante y aunque a veces uno sienta que se pasa de edgy, para mí esta justificado para la historia que quieres contar (voy a esperar a que el tyrogue tenga importancia luego, porque los amigos confían en otros amigos). Las preocupaciones de las dos protagonistas se sienten bastante reales y encuentran el punto en común de sentirse atrapadas por lo que se espera de ellas desde su nacimiento. La forma en la que los dos puntos de vista se entrecruzan y se unen es magistral y pese a que empieza un poco lento, en cuanto agarras impulso y llegas a ese climax donde los dos personajes se encuentran, la trama estalla y llega al resultado que todos sabemos. El final me parece bastante acertado porque te da entender muchas cosas que ya tú eres el encargado de interpretar. 

Eso sería todo. Saludos.
[Imagen: FsUUXVs.png]
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