Oneshot- Los desaparecidos.

ExtensiónOneshot
Extension larga
FranquiciaCoregames
GéneroDrama, Slice of Life
Resumen

Todos saben que el Equipo Rocket tomó Silph S.A. en Ciudad Azafrán, pero no todos saben cómo ni a qué costo lo hizo.

AdvertenciaViolencia
#1
Mostrar Notas del Autor

Antes de que continúes, por favor ten en cuenta que este texto trata temas sensibles como la desaparición de seres queridos, la muerte y la guerra. Está inspirado en los trágicos acontecimientos realizados por las guerrillas en territorio colombiano durante los años 60’s y 70’s.

Dicho eso, te agradezco que hayas decidido entrar aquí. Llevaba casi un mes dándole vuelta a un texto similar; escribiendo borradores y descartándolos casi al acto. Al final, creo tener algo que puede ser publicado y que hace buena sinergia entre las dos ideas que quería unir: la toma de la empresa Silph S.A. por parte del Equipo Rocket y la crudeza de los hechos ocurridos en mi país por mano de la guerrilla de las FARC, ELN y los llamados paramilitares. Al tratar temas tan delicados decidí mantener un tono lúgubre pero que pudiera representar por parte iguales la crueldad, la esperanza y el temor.

Como forma de inspiración, leí algunas noticias al respecto que pueden tomar como material complementario. Asimismo, escuché una canción que representa el tono que quiero darle a todo el escrito. Recomiendo escucharla antes.



Sin más, muchas gracias.



 
¿A dónde van los desaparecidos?
Busca en el agua y en los matorrales
¿Y por qué es que se desaparecen?
Porque no todos somos iguales.
Sergent García
Los Desaparecidos.
 
 
—Cierra la puerta, mijo, afuera la cosa se está poniendo como fea —dice la madre mientras asoma el ojo por la ventana de la sala.

El hijo echa tranca a la puerta y se acerca a la sala; —siéntese, madre —dice y le acaricia el brazo. Ambos se acurrucan sentados en el sofá y se dan espontáneas palmadas de ánimo. —¡Ay, Dios mío! Quédese quietico, mijo —chilla la madre cuando empiezan los primeros tiros de escopeta y revolver; al inicio, en sucesiones rápidas, y luego, más espaciadas y lejanas. Hasta la casa sólo llega el olor a pólvora.

—¿Usted sabe donde está el apa, mamá? —pregunta el hijo compungido —. Hace horas que debía haber llegado.

—Debe estar por ahí, mijo; por ahí…

[…]

Desde lejos se escuchaba el eco de las botas de los soldados; enormes hombres vestidos de negro, armados y decididos. En el pecho llevaban tallada la letra R en color sangre y en la espalda la escopeta cargada. —Al fondo, al fondo —gritó uno de ellos con su vozarrón. Los demás alzaron las armas y dispararon. El crujir de los cristales al romperse silenciaba un poco los chillidos de dolor y angustia de los hombres y Pokemon que aguardaban en el primer piso de Silph S.A. para ser atendidos.

Ninguno de ellos pudo contar su historia. Todos fueron arrastrados hasta una pequeña fosa cavada en medio del bosque —donde no los encontrarían sino hasta pasados varios años. Los soldados que se habían quedado dentro de la empresa armaron una barricada improvisada y valiéndose de sus Koffing y Weezing llenaron los conductos de ventilación de Gas venenoso.

Quienes no se asfixiaban en sus oficinas o cuartos de baño por el gas, eran acribillados por los soldados en su afán de llegar al último piso. —Cuidado, boys; que no les miren el rostro —gritó uno de ellos. La mayoría temían mucho más ser reconocidos por uno de los trabajadores que mancharse las manos con sangre; y actuaron en consecuencia. Los pocos trabajadores que se libraron de la ejecución —y que luego rendirían testimonios en todas las regiones —habían tenido que huir del gas a gatas y esconderse en pequeñísimos armarios o conductos; quienes eran descubiertos en esas eran apalizados y torturados en algún cuarto de baño de la fábrica.  
[…]

—Mi esposo, ¿alguien ha visto a mi esposo? Por favor, por favor —suplica la doña mientras sale disparada de su casa a la calle cuando escucha los primeros tiros.

La gente empieza a alejarse asustada del centro de ciudad Azafrán. Temen por sus vidas. Hay niños y hombres llorando, y otros que corren como si se les fuera la vida en ello, empujando a cualquiera que se cruza en su camino. La doña no entiende que está pasando, los tímpanos le retumban y le tiemblan las piernas. —¿Dónde carajo te metiste? Aparece… aparece, por favor —suplica sin resultado.
—Apártese, señora —grita un hombre fornido que lleva un bebé en brazos —, ¿acaso está usted loca? Váyase de aquí.

Mi esposo —murmura la doña.

[…]

—¡Abra la maldita puerta— gritó uno de los soldados mientras golpeaba la puerta del despacho con la culata del arma! —Termine con esto, ¡usted sabe porque estamos aquí!

Del interior de la oficina sólo se percibía un silencio sepulcral. —Abramos fuego —sugirió uno de los soldados sin ser escuchado. No era la forma. Lo necesitaban con vida; necesitaban verlo a los ojos y observar su desesperación, su temor, su remordimiento. Si pensaba que alguien podría traicionar al Equipo Rocket y salirse con la suya, entonces merecía un pequeño jalón de orejas.

Al final, la puerta tuvo que ser forzada por un placaje de sus Rhyhorn. Al interior sólo se encontraba un hombre, ya entrado en años y con más de una cana, escondido bajo su enorme escritorio de madera. —Al fin te tenemos, cabrón. —susurró uno de los soldados. Los demás lo tomaron de los hombros, lo levantaron y lo arrastraron hasta el lobby del décimo piso. Entre varios lo patearon en el estómago y en la cara un par de veces hasta que le reventaron la nariz y los labios.

—¿Creíste que te ibas a quedar con la puta formula de la masterball sin darnos ni las migajas? ¡Te equivocaste! Maldito lagarto… después de todo lo que hemos hecho por ti…

Una vez atado, los demás soldados se distribuyeron por la fábrica. Algunos custodiaban las plantas y otros saqueaban las reservas de superballs y ultraballs. —Estos imbéciles… dejar todo este botín para nosotros —dijo uno de los soldados. —Cállate y empaca —contestó el otro.

El resto de soldados salieron del edificio, tomaban los cuerpos que habían quedado y, con un dejo de asco y otro de remordimiento, los llevaban cargados hacia el bosque. Para hacer más liviana la carga, hacían pequeñas bromas. —Cinco cigarrillos a que no puedes cargas más de dos de estos. Sin embargo, pronto se dieron cuenta que con una fosa no alcanzaba para todos; a prisas, y sudando, tuvieron que cavar otra menos profunda para medio enterrar a los que faltaban. Muchos años después, por ahí empezarían las primeras investigaciones.

[…]

En la madrugada el hijo se despierta al escuchar el repiqueo de la puerta; alguien está ahí afuera azotándola. Rápidamente se pone una chamarra y mira que su madre, quien había llorado toda la noche, siguiera dormida. La besa y sale a encontrarse con su destino.

—¿Quién es? —pregunta.

—Soy, Valeria… Valeria, su vecina. Por favor, ábrame la puerta, se lo ruego. —gime la doña.

Al abrir la puerta, la doña se abalanza sobre el hijo. Se le ve agotada e histérica, con los ojos inyectados en sangre y la cara pálida. No para de llorar y balbucear, y es casi incapaz de ponerse de pie. —Tranquila, señora —intenta consolarla el hijo —ya pasó, ya pasó. La toma de la mano y lentamente la lleva a la cocina. Le prepara un té de manzanilla y le ofrece unas galletas. —Mi esposo —murmura la doña —mi esposo, no sé dónde está, no sé a dónde se lo llevaron. El hijo le toma la mano con fuerza, se la aprieta.

—Lo vamos a encontrar… se lo prometo —le abraza la espalda con cuidado —. Tenga fe y ya vera… ya vera.

Mucho tiempo después, ambos, marido y padre, serían identificados en el bosque.

Al final, eso era lo único que les quedaba de los desaparecidos.
[Imagen: Gwen-2.png]
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