Shortfic- Lady Fantasy

Extensión
Extension largaShortfic
FranquiciaOriginal
GéneroComediaDrama
Resumen

Rue esta atorado en una investigación que puede cambiarle la vida, pero eso no es lo unico que lo atrapara. Au Gen Berserk. HarixRue

#1
Lady Fantasy
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Bienvenidos a este corto fanfic de tres capítulos basado muy, pero muy ligeramente en la canción Lady Fantasy de Camel y con basado me refiero al nombre nomás. Al igual que como lo has visto en la sinopsis, este es un altern universe de Gen Berserk, fic de @Velvet  o sea, usaré algunos personajes de ese fanfic en un universo diferente al de su origen, tratando de mantener sus personalidades fieles en cuanto me sea posible. Como dije antes, este fanfic va constar tres actos. No puedo prometer fecha de publicación para ninguno de ellos (aparte de que el primero estará publicándose pronto después de este post). Si lo preguntan, no hay spoilers importantes en este fanfic así que puedes leerlo sin problemas sin importar que tan avanzado estés o hasta puedes leerlo sin necesidad de leer el fic original, cosa que no recomiendo por qué van a ver que el mío no tiene nada que ver y me van a fu... digo, digo, porque es muy bueno, sí, sí.  
Agradecimientos a @Velvet por darme permiso para escribir con sus personajes, y nada más.

Saludos.
 
Indice
 
 
[Imagen: g325fpf.png]
Los Fan Arts usados en esta edicion son propiedad de sus respectivos autores
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#2
Primer Acto: Encounter
Listen very carefully, my words are about to unfold
Concerning a lady I've seen but I never could hold
I can see by your smile,
Take a long while,
The words that come through,
I see that they're true,
For she reminds me of you.
I
 
El ultimo cliente del día del centro comercial de Azulona ignoró el tintineo de la puerta del local y el golpeteó de su mochila en el costado no ayudó a sacarlo de la maraña de pensamientos que siempre llevaba en la cabeza. Un humo blanco salió de su boca mientras ajustaba su bufanda gris alrededor del cuello de manera inconsciente sin tener que tocarla. Aunque la ciudad no era amplia, la densidad compensaba el pequeño terreno en el que estaba arraigado. La mayoría de edificios eran rascacielos que durante la noche se convertían en bengalas por las luces de las ventanas. Algunas veces esa iluminación duraba hasta el amanecer como parecía que iba a ser el caso del investigador. Los libros que guardaba en la bolsa eran material de consulta para el documento que había estado escribiendo los últimos meses. Ese mismo documento que no avanzaba desde hace mucho tiempo. Ese mismo documento que le abriría la puerta al mundo académico en cuanto esté terminado. Un gato de pelaje crema estaba acicalándose en frente de la puerta de su bloque de departamentos. A juzgar por su poca moralidad, era un meowth salvaje callejero de esos que vagaban por doquier. La apariencia del investigador hacía que la criatura no estuviera demasiado preocupada por su presencia. Los agudos reflejos del felino esquivaron el libro en un segundo, luego salió corriendo a la oscuridad de un callejón con salida. Era una suerte que lo hubiera evitado porque era de tapa dura como todo libro de consulta que se diera a respetar. El investigador volvió a colocarlo dentro de su mochila mientras pasaba por la entrada. Cuando comenzó a subir las escaleras, alguien estaba esperándole con la mirada sobre las gafas. 

—¿Creías que saliendo por la noche ibas a evitarme?

El cansado cerebro de Rue apenas entendió esas palabras.

—No era mi intención —dijo un agotado espeon que no recordaba si estaba mintiendo o no.

—Si me permites el comentario, eres horrible mintiendo ¿Recuerdas que me debes pagar la renta?

—¿Ha pasado un mes?

La casera soltó un bufido.

—¿Has estado durmiendo desde enero?

—He estado trabajando. Le prometo que le pagaré todo lo que le debo cuando termine el ensayo.

—Escucha, jovencito. Una promesa la puedo aceptar una vez. Dos veces me cuesta creérmela, pero si me agarras de buen humor, te doy el beneficio de la duda…es la tercera vez que me has mencionado ese mentado ensayo que hasta dudo que exista. Si te he permitido vivir en mi apartamento de a gratis es por pena, pero comienzas a cansarme…

—Prometo que antes de fin de mes le tengo el dinero que le debo e incluso le puedo pagar más de lo que acordamos. 

La casera alzó una ceja. Rue había dado en el blanco, pero esa orgullosa hembra no iba a reconocerlo a través de sus labios. Lo único que hizo fue dar un ligero asentimiento. La segunda parte de la promesa podría cumplirla si descartaba algunos caprichos que quería comprarse después de recibir la paga. La primera era un poco más difícil. No quería decirle a nadie que, aunque todo había estado bien cuando inició a escribir, de un tiempo para acá no existía ninguna tecla que no sufriese las consecuencias de lo fácil que era pulsar el retroceso. La investigación trataba sobre las diferencias biológicas entre los salvajes y los civilizados. Esas diferencias que no eran visibles a simple vista. Era una información constatada desde hace tiempo. Lo que tenía que hacer era hacer una sencilla comparación que dejaba de ser sencilla si uno miraba hasta el fondo. El sonido de la tarjeta magnética le indicó a su cuerpo que podía entrar al apartamento.

II
Dentro de la oscuridad de la habitación, la pantalla del ordenador iluminaba el rostro de un espeon con los parpados apresados por candados de plomo. Desde hace tiempo que había perdido las energías para mostrar cualquier señal de frustración. La barra negra parpadeaba sobre el fondo blanco como si estuviera burlándose de alguien tan miserable. Debajo del escrutinio de una lampara de mesa estaban las paginas del libro de consulta que no eran más que caracteres japoneses ante los ojos de Rue. Las diferencias entre él y el gato que ahuyentó eran demasiado evidentes, pero dejaban de ser obvias a la hora de escribirlas en un texto académico. La tapa de la laptop se cerró con un estruendo. Cuando sus almohadillas tuvieron contacto con el suelo, sintió como si no estuviera en ningún lado. Un tremendo mareo que era el mismo que sentirías encima de un barco atacado por las olas estuvo a punto de hacerlo tropezar. Al parpadear varias veces seguidas pudo darse cuenta de lo cansado que estaba. Si hubiera caído en la cama, acabaría dormido en unos segundos. Eran apenas las una de la mañana. No era la hora de dormir todavía. Aún faltaba un poco para que cayera sin remedio. Un valioso tiempo que no pensaba desperdiciar sin haberlo intentando.

El apartamento de estudiante de Rue era tan pequeño que podía alcanzar la puerta del refrigerador con su mente. Desde la silla giratoria, dio testimonio de que no quedaba más café enlatado. Al cerrarse el frigorífico estaba de camino a la puerta del apartamento. A esas horas no había nadie despierto en el pasillo. Una ventisca helada le daba la bienvenida a la calle, sorprendida de verlo de vuelta antes de tiempo. Cuando fue a comprar los libros tenía planeado pasar por una tienda de auto servicio, pero lo olvidó como en ese momento olvidó agarrar su bufanda. El alumbrado público alumbró a un delgado espeon cuyo pelaje estaba esponjado por el frío. El vaho que salió de su boca empañó las puertas de cristal antes de que pudiera abrirlas. La empleada ni levantó la mirada al sonar la campanilla, cosa que no le importaba en lo absoluto. Atravesó la larga fila de estantes, abrió el refrigerador y apiló todas las latas que había. A pesar del cansancio que cargaba como una pesada mochila de concreto, sus habilidades psíquicas funcionaban bien, quizás porque enfocaba toda su atención en que esas cosas no se cayeran. Atención que quebró la zarpa que pusieron en su lomo. Al mismo tiempo del sobresaltó, las latas cafés cayeron una sobre otra. Era una suerte que el investigador no fuera un consumidor fehaciente de las bebidas con gas.

Una parte suya, que era la encargada de los actos violentos, fulminó con la mirada al causante de ese desastre que estaba siguiendo con los ojos una de las latas que rodó hasta el mostrador. A esas horas no sería capaz de fijarse en especies, pero el desconocido era tan peculiar que su cerebro le forzó a hacer una sinapsis momentánea. Una especie de murciélago de extensas alas que por la peculiaridad del entorno tenía que llevar como unos incomodos guardabrazos. Las garras eran rojas, el vientre morado y tenía una bufanda blanca en el cuello. En primera instancia pensó que esas orejas convexas con diseño de ondas sonoras en espiral eran sus ojos cuando en realidad los verdaderos estaban debajo de esa protuberancia que parecía ser su nariz.  Unos pequeños ojos amarillos que deberían dar miedo sin darlo. En retrospectiva, ese error era perdonable en cualquier pokémon menos en un biólogo que tendría que conocer a una criatura tan peculiar como un noivern. Un dragón bastante raro por decirlo de manera amable.

—¿Qué te pasa? —preguntó juntando una a una las latas—. ¿No sabes que no tienes que distraer a un psíquico mientras carga varias cosas a la vez?

—Perdón, perdón —contestó el kalosiano—. Es que te ibas a llevar todo el café enlatado y esa es la marca que le gusta a Hari y si no la lle…

—¡Oye! ¡No hables tan fuerte! —gritó la cajera desde su lugar seguro.

—¡Perdón! ¡Hari me dice que hablo muy alto! —volvió su atención a Rue—. ¿Podría darme una lata, señor? Acabamos de llegar a Kanto y necesitamos estudiar para el examen de acceso a la universidad. Hari siempre me ayuda a estudiar. Dice que sin ella no hubiera terminado la preparatoria y…

—Oh…

Aquella exclamación no era por qué le interesaba lo que decía ese noivern sino que se acababa de dar cuenta de que no tenía nada de dinero con él. De una manera u otra, había acabado ayudando a ese estudiante desconocido a cargar las latas en una bolsa de papel para llevarlas al mostrador. La cajera recibió la tarjeta de crédito y el dragón pulsó las teclas de la maquina con cierta torpeza, no sin mucha dificultad. A Rue le daba la sensación de que ese pokémon hacía las cosas como un niño al que le dabas una lista detallada de instrucciones antes que una tarea que hacer. De que no sabía que eran los botones que pulsaba ni para que servía el aparato que le tendía la empleada ni que era aquel pedazo de plástico que estaba usando para comprar el café enlatado. Los dos volvieron a salir a una fría madrugada de invierno mientras la criatura abrazaba la bolsa en su pecho.

—Muchas gracias, señor. Mi nombre es Devin, mucho gusto.

—De nada, pero no recuerdo haber preguntado tu nombre.

—Hari me dice que debo ser amable con los que me ayudan. 

Ambos fueron por caminos contrarios. Cuando estaba a suficiente distancia del noivern, soltó una seca carcajada y un chasquido desapareció en la oscuridad antes de que le diera un trago a la lata de café que había logrado sacarle de la bolsa. Aunque el café estuviese frío, una especie de calor viajó a través de su cuerpo como si fuese la sangre de sus venas. Ahora que caía en la cuenta, la razón por la que él bebía café enlatado en invierno era porque su lengua le hacía sufrir con las bebidas calientes. Quizás por eso no dudó en llevárselo todo ¿Por qué ese dragón también lo hacía? Se obligó a abandonar esa línea de pensamiento. No quería desperdiciar ese shot de energía en cosas inútiles. Mantendría la mente vacía hasta que llegara al computador. Después de todo, esa era la única lata de café que había logrado conseguir.

III
Aunque en esa noche el tiempo estuviera detenido y contara con una dotación entera de latas de café, habría avanzado lo mismo que ayer que era nada. El teclado de la laptop estaba reluciente porque no había presionado las teclas. Después de haber despertado a las una de la tarde con una migraña, abrió el refrigerador que se encontraba más vacío que el documento de su investigación, además de unos cuantos huevos en el cajón. Mientras sentía el amargor de masticar una pastilla, tenía la intención de comenzar a cocinar. Antes del calor reconfortante de la flama, un chasquido seco salió de la estufa y sintió el aroma de un gas moribundo. La casera no tendría la amabilidad de reponerle el gas con esa enorme deuda entre los dos. Abrió el cajón del dinero, viendo que era suficiente para pagar unas cuantas comidas humildes, pero no para un tanque de gas ni mucho menos para pagar la renta sino hubiera solucionado ese problema desde hace mucho tiempo. A lo mejor no debió haber pecado de esa estúpida confianza que le hizo abandonar su antiguo trabajo. Ese correo había sido un espejo que le mostró su vanidad.

—Tsk

A cada escalón que bajaba, una punzada atacaba su cabeza hasta que la granada explotó cuando llegó a la calle. Abrió los ojos mientras sentía el sol entrar dentro de él. A pesar de ser una especie diurna, últimamente odiaba el día. En la azotea del centro comercial había un restaurante económico. Uno de esos lugares donde te daban la comida en cómodos contenedores de unicel que podías llevar a cualquier lado, pero las bebidas te las daban en vasos de vidrio. El centro comercial estaba a pocos metros de su edificio de apartamentos. Los niños no dejaban de mirarle, las madres tenían el instinto de correr en cuanto se acercaba, los jóvenes dejaban salir sus carcajadas y en general, a cada lado que miraba le recordaban su pésimo aspecto. Las ojeras eran visibles detrás del pelaje en sus parpados, su pelaje desarreglado y sus pasos parecían de borracho. La canción adentro del elevador, que compartía con otros tres pokémon, era una tonada bastante relajante que más que cumplir su propósito no paraba de estresarle. Sin darse cuenta, comenzó a seguir la tonada con una de sus patas traseras hasta que el ascensor se detuvo llegó a su destino. La zona de comedores de la azotea donde podría alimentarse a buen precio. 

—Un yakisoba de res, por favor.

Ese restaurante económico del centro comercial era de los que caían en la categoría de pésima calidad y un agradable sabor. Los saborizantes que usaba para simular el sabor de la carne eran de los peores del mercado. Rue encontró un lugar cómodo en una mesa apartada en la esquina. Al igual que un cuidadoso artesano, hizo un movimiento circular con los palillos para enrollar la mayor cantidad de fideos posibles. Una sensación cálida en el paladar acompañado de la dulce artificialidad lo reconfortó un poco, lo suficiente para que mirara a sus alrededores mientras seguía comiendo. Era una tarde de invierno sin mucho interés. A esas horas, demasiado temprano para la comida, pero muy tarde para el desayuno eran pocos los que estaban ahí. No, no eran pocos, sino una si no se contaba a si mismo. Una chica observaba el cielo a través de las rejas de metal ornamentadas que protegían de caerse por los bordes o eso es lo que le gustaría pensar a cualquiera. La luz del sol no tenía ni un solo obstáculo en su camino a ese par de lagunas que reflejaban la superficie de la luna, cosa que de la que estaba seguro pese a que la miraba de lado. La muchacha de especie extranjera estaba a sus espaldas y volvió a concentrarse en su plato por si la incomodaba. La imagen de un desconocido de pésimo aspecto observándole sin razón alguna debía de dar miedo. Esa especie la conocía bastante bien porque era una de las que estudiaba para la investigación. Algunos biólogos consideraban que había diferencias sutiles entre la forma en la que los sylveon salvajes usaban sus cintas y como lo hacían los civilizados. Antes de que pudiera evitarlo, se sorprendió a si mismo echando otro vistazo. La kalosiana estaba demasiado absorta, no podía notar que alguien la veía. Sus listones estaban en una posición de reposo, extendidos a los lados. La culpabilidad acechó de nuevo.

Era una verdadera vergüenza estar espiando a una chica joven sin su permiso y se obligó a acabar de comer antes de que se enfriara la comida. Los fideos del yakisoba entraban dentro de su boca a una velocidad alarmante. Una parte subconsciente quería acabárselos lo antes posible para completar la condición que el consciente le impuso para volver a mirar. Aun así, el Rue racional tenía otro as bajo la manga. El cansancio le había hecho olvidar pedir una bebida. Mantuvo su mirada en el puesto durante todo el camino. Al llegar, pidió una taza de té helado. De todas las cosas que vendían, el té tuvo que ser lo único que no estaba hecho desde antes. Ante la tarea de no volver a mirarla, decidió observar con exagerada atención los movimientos del tendero; un octillery. Uno de los tentáculos sacó una olla de un estante al mismo tiempo que el otro prendía una pequeña estufa. Una llama apareció en la hornilla de la derecha mientras que un tercer tentáculo abría el grifo para llenar la olla de agua. Al menos eso es lo que creía que andaba haciendo porque hace rato que le había dado la espalda. La chica todavía miraba hacia la misma posición.

Una de las patas traseras de la hada pisoteaba el suelo a un ritmo inexistente. Un signo de la impaciencia de quien esperaba a alguien o a algo. No volteaba a ver las escaleras que eran el único acceso a este tejado al menos de que volaras. Los recuerdos de la madrugada acudieron a su rescate pese a que no pidió ser rescatado. Antes había visto a una especie de la misma región que podía volar, sí, pero era imposible que una criatura tan violenta anduviera de un lado a otro con esa belleza. Además, los dos pertenecían a tipos contradictorios. El rechazo entre hadas y dragones era normal, aunque fuese de manera inconsciente. Unos retazos de la evolución, venidos desde los tiempos en los que todos eran salvajes, causaban cierto miedo subconsciente entre los dos grupos.  ¿Qué demonios estaba pensando? ¿Qué le importaba a él con quien dejaba de juntarse o no? Cuando el vaso de té estuvo listo, deslizó las monedas sobre el mostrador, lo agarró con cuidado y se lo llevó a la mesa. Después de dar un trago, quiso comer un poco de yakisoba. Una gran sorpresa fue que se había sentado en el asiento equivocado. En la nueva mesa, podía mirar a la chica que observaba el cielo sin necesidad de girar el cuello. A esas alturas estaba sorprendido de que no lo captara por el rabillo del ojo o quizás era demasiado tímida para decir que le incomodaba el hecho de que la estuviese mirando de esa forma tan insistente. Un caballero debería ir a preguntarle… o esa es la excusa que su mente creaba para dirigirle la palabra. 

No entendía las ganas de querer hablar con ella. La mente racional estaba tan arrinconada y desesperada que su único consejo era irse de ahí inmediatamente si no quería hacer el ridículo, no sin recordarle que tenía una investigación que terminar. Las patas de Rue flaquearon al levantarse. Dio otro trago al vaso de té, sintiendo el asqueroso regusto del agua pasada por microondas.  Si esto fuera una partida de ajedrez, el adversario racional tendría rodeado al rey del lado irracional. Una gota de frío sudor recorrió su frente al dirigirse a las escaleras. Antes de que pudiera siquiera pisar el primer escalón, un pokémón se interpuso en camino. No era nadie importante sino un simple machoke que vendría tarde porque apenas acababa de salir de la obra. Los dos murmuraron disculpas mutuas. Al irse, las ganas le hicieron dar un último vistazo. Las pisadas del tipo lucha eran llamativas e hicieron voltearse a la sylveon al mismo tiempo que él. Las dos miradas se encontraron en el milisegundo que la chica tardó en observar la fuente del ruido y volver a lo que estaba haciendo. Se quedó petrificado como si un gengar le hubiera lanzado un mal de ojo. A veces los buneary entraban en una especie de trance al ser volteados boca arriba y cuando volvían a moverse, lo hacían de manera tan brusca que podían lastimarse la cadera. Eso fue lo que le pasó, pero en vez de hacerse daño a si mismo, se lo hizo al vaso que no notó que todavía estaba sosteniendo con la mente, quebrándolo contra la pared en miles de pedazos. Afortunadamente, los cristales quedaron en el sitio sin que nadie saliese herido, salvo la cartera del tendero.

—¿¡Que demonios le pasa, señor!? —exclamó el octillery moviendo los tentáculos con rabia.

Después del pequeño susto, la chica soltó una risita encantadora. Una leve sonrisa apareció en su rostro por ese logro.

—¡Señor, le estoy hablando!

—¿Qué pasa? —preguntó el espeon sin dejar de sonreír.

—¡Usted rompió un vaso! ¡Me lo tiene que pagar!

Rue estaba seguro de que esa cosa no era ni vidrio. Aun así, no protestó y sacó la cartera, pagando los cuatro pokés que el tendero pedía. Mientras estaban en ese negocio, una oleada de viento estuvo a punto de romper unos cuantos vasos más. A través de los cielos, llegó una figura negra que aterrizó delante de la chica. Reconoció de inmediato al joven de la madrugada. Quizás porque llevaba una mochila cargando en el hombro y unos cuadernos y libros en las garras o el hecho de que era improbable que hubiera dos noivern en Azulona. La sylveon reflejaba cierta molestia en su rostro por la tardanza de su compañero. Los dos debían de ser estudiantes que habían llegado a estudiar la universidad a Kanto. Según recordaba, el dragón le había dicho que pronto tendrían el examen de acceso. Ahora que sabía estos nuevos detalles, podía adivinar el nombre de la hembra. La muchacha rodeó el brazo de Devin para llevarlo a la mesa en la que el espeon no había notado que tenían unos cuantos materiales de estudio.

—¡Vaya, sí que tardaste!—exclamó Hari sentándose en un lado.

—Lo siento, Hari. Es que la señora de la biblioteca se asustó cuando le hablé y tuve que esperar a que se tranquilizara.

—¡Es bibliotecaria, tontito!

—Sí, sí, perdón. Siempre se me olvida.    

—Que bonitas son las Kalosianas, ¿no? —preguntó el octillery guiñándole un ojo al psíquico.

Rue fingió que no escuchó el comentario de quien hace unos segundos estaba reclamándole por un vaso que no valía ni un poké. A propósito, había alargado la mera acción de buscar un billete en la cartera, sacarlo y dárselo a alguien, pero desde ese momento no tenía ninguna excusa para quedarse salvo acabarse el yakisoba. La dignidad le insistió en que lo mejor era dejarlo ahí ya que sería raro haberlo abandonado antes para recogerlo después. El sentido de supervivencia contrargumentó, diciendo que tendría que aprovechar. Mañana o pasado o incluso hoy, podría quedarse sin dinero ni nada que comer. El segundo ganó el combate. Mientras caminaba hacia él, se prometió a si mismo que se lo llevaría consigo para que no resultara más raro de lo que era. Los chicos habían comenzado a estudiar desde hace rato. En una mirada fugaz a la mesa, vio cierto diagrama que le llamó la atención, avivándole ciertos recuerdos. El dibujo de una especie de clamperl con diferentes partes en su superficie, como si fuera un reloj donde cada pieza cumplía su función. Una célula. Al parecer pertenecía a una guía de estudio de la universidad de Azulona. Unos siete años atrás, había hecho ese mismo examen para entrar a la carrera de biología. Si seguía como lo recordaba, los muchachos tenían una misión complicada. A juzgar por la guía, habían decidido estudiar en el campo de la ciencia o relacionados, como medicina o enfermería. Era el mismo que había hecho en esa ocasión. El difícil test era una ensalada de diferentes ciencias (así como un poco de literatura e idiomas) que hacían las delicias de los estudiantes que querían un desafío, pero frustraba a todos los demás. De una manera casi automática, comenzó a murmurar ciertos datos que tenía memorizados de sus tiempos universitarios. 

—La membrana celular es un componente de las células que funciona como barrera protectora entre el interior y exterior de una célula.

Aunque en ese momento su mente consciente no tenía la intención de que cualquiera lo escuchara, después pensaría que la subconsciente sabía bien que sus murmullos no iban a escapar de los oídos de un noivern. El estudiante abandonó su tarea para voltearlo a ver. Un segundo más tarde, reconoció al espeon que encontró en la tienda de autoservicio. Esos ojos amarillos que en otro contexto serían intimidantes, solo mostraban la curiosidad de un niño que visitaba otro país. Desde la perspectiva de Rue, el tipo estaba mirándole sin una razón aparente y se quedó quieto esperando a que le dijera qué era lo que quería. Devin anotó la respuesta que le dio con una caligrafía que merecía un suspenso por sí misma.

—¡Que bueno verte de nuevo! —sonrió el dragón—. ¡Hari, este es el pokémon que me ayudó a conseguir las latas de café que te gustán!

Hari levantó la mirada.

—Mi compañero ocupa ayuda de vez en cuando. Espero que no le haya molestado.

—No se preocupe.

—¡Me dio todas las latas de café que quedaban!

—Sí, Devin, me quedó claro —dijo la sylveon fallando en el intento de fingir hartazgo.

—Además sabe de biología.

—Oh…espera.

Hari dejo el lápiz en la mesa. Antes no había visto la bufanda rosa que rodeaba su cuello y tenía un pin de una especie de gato blanco enganchado en él. Esos ojos azules comenzaron a analizarlo de arriba abajo. En cualquier otro momento sentiría que estaban haciéndole un ultraje al mirarlo como si fuera una obra de exhibición de un museo. Estaba contento. Desde que comió había mejorado su aspecto, pero suponía que no era suficiente. La verdad era que estaba demasiado cautivado por cada centímetro de esa sylveon para pensar en ofenderse. La manera en la que le miraba era hasta adorable. Una de sus cintas jugueteaba con los bordes arrugados de la guía. Al ver con atención sus páginas, podía ver dibujos de corazones en los márgenes. Unas cuantas anotaciones erráticas atravesaban el planteamiento de los ejercicios; pocas de utilidad. Las notas importantes que escribía en las hojas de su cuaderno estaban ahogándose en mares de garabatos irreconocibles. Antes de enfocarse en la investigación, había sido profesor de preparatoria. Era capaz de darse cuenta cuando un pokémon era malo estudiando. Algún motivo había que tener que nadie tuviera el valiente atrevimiento de intentar entrar en la Universidad de Ciudad Azulona sin ningún tutor. Una sonrisa más amplia destrozó sus cavilaciones. Sus patas volvieron a temblar, pero mantuvo una expresión neutral.

—¿Así que sabes biología? —preguntó Hari con una pericia infantil.

Rue endureció un poco más su voz de lo normal.

—Soy egresado de la facultad de biología. Sé lo difícil que es ese examen.

—¡Ni me lo digas! —respondió la sylveon rodando los ojos mientras se echaba sobre la mesa—. ¡Nunca he estudiado tanto en mi vida

—La universidad de Azulona es bastante estricta —asintió Rue.

—¿¡Cuánto intentos te tomó!? —preguntó Devin.

Rue alzó la barbilla.

—En el primer intento.

—¡Es obvio, tontito! —dijo Hari cruzando sus listones con una risita—. ¡Se ve que es muy inteligente desde aquí!

—Tampoco es para tanto…

—¡No seas modesto! ¡Solo alguien muy listo sería aceptado a la primera con este examen!

—Bueno…nací aquí. Supongo que eso también ayuda.

—¿¡Nos ayudarías a estudiar!?

—¡No seas grosero, Devin! ¡Obviamente no lo va a hacer gratis! Además…se ve como alguien muy ocupado.

Hari arrancó un pedazo de papel de su libreta, escribió unas cuantas cosas. 

—Justo estábamos buscando un tutor.

—¿¡Estábamos!?

—¡Claro que sí, bobito! ¡El examen es en dos meses! ¡Necesitamos a alguien que nos ayude a estudiar!

El espeon agarró el pequeño papel. Era una dirección junto a un teléfono. No era una buena idea echarse una nueva responsabilidad mientras escribía el artículo y a la vez, la urgencia por escribir el articulo era el dinero. Si tuviera un sueldo más o menos decente que le permitiera pagar sus deudas, tendría más tiempo de acabar la investigación. Esos dos meses le vendrían de maravilla para buscar en otras fuentes. Lo último que conversaron antes de que se fuera fueron algunos detalles menores, luego los dejo con la excusa de que necesitaban estudiar cuando en realidad el problema era que no podía disimular su emoción. De camino a casa, pensó en la suerte que había tenido. Había sido profesor no hace mucho tiempo y podría compaginar con las dos tareas. Aquellos eran los pensamientos de una mente consciente. La mente subconsciente daba saltos de alegría por tener una excusa para verla de nuevo.

IV
La mayoría de los hogares en Azulona pertenecían a bloques de departamentos que eran altos edificios donde vivían muchos pokémon en un mismo lugar. Al día siguiente, estaba frente a uno de muchos mientras revisaba la nota que le había dado Hari. Era el apartamento numero 30 en el tercer piso. Desde afuera, el rascacielos era bastante similar al suyo. Después de entrar vio que era un poco más lujoso por dentro. Era una rara sensación porque la disposición no dejaba de ser la misma. La planta baja tenía una especie de recepción en la que la casera estaba de vez en cuando. La diferencia vital era que el piso estaba recubierto por una loseta de mármol y sus almohadillas estaban cómodas pisando esos escalones de bordes dorados. Aun así, seguía sintiéndolo como si alguien le hubiera puesto una capa de pintura dorada a un coche usado. Cuando comenzó a buscar el hogar de los estudiantes, miró que los pasillos estaban adornados por cuadros que no le transmitían nada y plantas de interior que eran similares las unas a las otras. Una corta caminata, la cual apenas sintió por una mullida alfombra de terciopelo debajo de él, lo llevó a una puerta blanca con el numero 30 escrito en dorado. Rue dio unos cuantos toquecitos al ébano. 

La puerta se abrió sin un chirrido. Antes de ser el noivern o el sylveon, era la mezcla de un conejo con cualquier otro mamífero pequeño de cuatro patas. Unos cuantos anillos dorados estaban pintandos sobre un pelaje oscuro, siendo invadidos por las luces artificiales de las lámparas cuando deberían estar brillando bajo la luz de luna llena. Una de las evoluciones de su propia especie; un umbreon. Esos ojos rojos le miraban desde debajo del umbral de una manera distinta a Hari. Aunque no lo había pensado demasiado, Rue decidió hacer un mayor esfuerzo para verse más decente que ayer. En primer lugar, había logrado dormir sus horas, lo que era un buen avance. A continuación, apostando con una seguridad que no debería haber tenido, gastó el dinero que le quedaba en regalarse un digno desayuno en un restaurante que en esos tiempos era un verdadero lujo desde su perspectiva. Sus ojeras estaban escondidas por una ligera capa de maquillaje, su pelaje rosado había sido peinado por si mismo e incluso quitó unas cuantas pelusas a su bufanda. 

—Buenos días —dijo el siniestro como una mera formalidad.

—Buenos días —contestó Rue—. Me llamaron para…

—Usted es el tutor, ¿no? —suspiró—. Mi hermana me insistió en que quería que le enseñaras y ni siquiera preguntó tu nombre.

Alzó la ceja ante esa maleducada interrupción, pero no dijo nada más. Necesitaba el trabajo. 

—Mi nombre es Rue. Mucho gusto.

—A mí me va disculpar, pero prefiero no dar mi nombre a desconocidos. De todas maneras, ya sabía el tuyo.

«¿Quién se cree este tipo?»

—Adentro. Espero que tengas credenciales o algo. 

El maestro no demostró indignación ni nerviosismo, sino que simplemente limpió sus patas contra la alfombrilla para después entrar en el hogar un poco más grande que el suyo. La decoración del interior del departamento era de un estilo occidental, pese a la limitada cantidad de objetos que demostraban que no llevaban demasiado tiempo viviendo en él. El suelo estaba cubierto por un mosaico de diferentes tonos de azules, las pinturas eran del otro lado del mar y dos sillones cafés de cuero sintético adornaban la sala. El umbreon atravesó la habitación, sentándose en uno de ellos como un animal erguido protegiendo su territorio. Aquello no dejaba de ser una entrevista de trabajo y no solo eso. Además, era un duelo entre los dos. Aceptando la invitación de su antagonista, Rue mantuvo la mirada erguida mientras se sentaba delante de él. En el espacio libre del sofá, dejo el maletín desgastado que cargaba desde hace rato. Era una lastima que no le alcanzara para comprar uno y tuviera que componer más o menos el que usaba en sus tiempos de profesor.

—Me he enterado que has dado clases en el Instituto de Ciudad Azulona —dijo el siniestro como quien había escuchado el clima en la televisión—. Así que tienes experiencia en la docencia, ¿no?

Asintió.

—Así es.

—¿Por qué dejaste de trabajar ahí? ¿Ha habido un problema?

La verdad era que había dejado de trabajar porque la docencia no era lo suyo. No le gustaba perder el tiempo en un montón de adolescentes a los que les daba igual su clase o lo que les pudiera decir. Si estudió biología, no era para ser un niñero. De todas maneras, era tan cobarde que no pudo decidirse hasta que llegó ese correo en su bandeja de entrada diciéndole que su anterior articulo había sido aceptado por una de las muchas revistas a las que se lo mandó. Abandonó el trabajo al ver una perspectiva a futuro. Cuando comenzó a bloquearse, trató de retomarlo para darse cuenta de que ya le habían quitado el puesto. Si era sincero, el tipo iba a preguntarle por qué había decidido volver a dar clases y quedaría como un desesperado. A lo mejor podría decir que no era lo mismo enseñarles a dos chicos que a uno, lo que a ojos del umbreon no tendría la suficiente base. Un recuerdo afloró en el jardín de enredaderas que era su mente. Lo único que tendría que hacer era cambiar las fechas y algunos nombres propios.

—Dejé mi trabajo por asuntos personales. Murió un familiar.

Si lo dejaba solo en asuntos personales, iba a sospechar más.

—Oh, lo lamento —contestó el umbreon de manera automática sin cambiar su expresión de escrutinio, luego señaló al maletín—. Ahí adentro tendrás tus referencias. Enséñamelas.

A pesar de la resistencia del antiguo broche, logró ordenar su contenido en la mesa de centro. Anoche lo había ordenado, asegurándose de que no quedaba nada afuera. Adentro estaba su título de biólogo de La Universidad de Azulona, una carta de recomendación que había conseguido del rector, un diploma por buenas calificaciones (no creía que sirviera de algo, pero por si acaso), una impresión de su primer articulo y unos cuantos certificados de cursos que hizo fuera de la ciudad. De un lado de su asiento, el umbreon sacó un móvil mientras miraba los documentos. Rue pudo mirar de reojo la pantalla por un instante. Una imagen que ayudaba a identificar falsificaciones tanto del sello oficial de Kanto como el del Organismo de Educación. Nunca había escuchado de una entrevista de trabajo donde el entrevistador hiciera esas cosas. Aguantándose las ganas de decirle unas cuantas verdades a ese joven varios años menor que él, tomó un respiro. Después de analizarlas por un rato, el siniestro marcó un número ¿Ese tipo iba a hacer lo que creía que iba a hacer? Sin ninguna clase de vergüenza ni disimulo, el chico pegó el auricular contra su oreja. Si había conocido su nombre desde antes de que se lo dijera, no entendía por qué hacía eso frente a él. No tardó mucho en darse cuenta. Era un claro mensaje de que lo tendría bien vigilado.

—Buenos días, soy tutor de los aspirantes Hari y Devin ¿Ustedes tienen a un profesor llamado Rue? —un murmullo inteligible desde el teléfono—. Ah, ya veo. Muchas gracias.

Afortunadamente, no había hecho buenas migas con los demás profesores en la universidad y no especificó el motivo de su renuncia a nadie. Quizás era la brecha generacional puesto que la mayoría de sus compañeros superaban los cuarenta o era la energía de quien no quería estar ahí lo que le decía a los demás que ni intentaran acercarse. En general, tenía la habilidad innata de encontrar pequeñas burbujas de soledad en lugares donde debería ser imposible. No necesitaba fijarse cuando caminaba dentro de las multitudes de las calles de azulona, los mesabancos a su alrededor estaban vacíos y las veces en las que decidía pasar el receso en la sala de profesores, los demás tenían ganas de disfrutar del aire libre. Después de colgar, el umbreon volvió a acomodarse en su asiento y cerró los ojos para pensar. Al volverlos abrir, le miró sin parpadear al mismo tiempo que Rue no le desvió la mirada. Ese breve concurso lo perdió el zorro quien devolvió su atención a los documentos. Un milisegundo de vulnerabilidad se mostró en el rostro del chico el cual debía tener más o menos la misma edad que Hari. Un agujero que desapareció en el mismo momento en el que apareció. Sin pedir permiso, se levantó de su asiento, abriendo uno de los cajones al lado suyo para un documento que había preparado con anterioridad.

—¿Cuánto cobras?

—Me comprometo a darle clases a los chicos durante dos meses. Cobró 3500 pokés por mes. La mitad al inicio de cada mes y la otra mitad al final.

El umbreon inclinó la cabeza.

—La tasa de abandono de los aspirantes es alta. Debo cubrirme las espaldas.

Otro suspiro.

—Muy bien —dijo el chico poniendo un contrato en la mesa junto a una pluma, luego de garabatear unas cuantas cosas le pasó el bolígrafo a Rue—. Firma aquí.
[Imagen: g325fpf.png]
Los Fan Arts usados en esta edicion son propiedad de sus respectivos autores
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#3
10/10 prometo que si lo termino. 
En un principio la parte 1 se me hizo un poquito pesada, pero quizás se deba al hecho de que me he desacostumbrado. Y luego me di cuenta que pega bastante con lo que es Rue, considerando como es en el original.
Y esto tiene pintaza a un slice of life, pero me llama la atención el world building, donde existen Pokémon salvajes e incivilizados y, por otra parte, Pokémon más "humanizados". No sé si todo ese world building afecte en la relación de estos tres, pero pinta a que Rue en su infinito autismo, lo ve como un tipo de caso de estudio, considerando como se pasó desglozando cada detalle de información para entender su entorno, su relación y como eso afecta en consecuencia al resto. Amo al gato autista(?). 

Soy más fan del Devin x Hari, pero cualquier cosa con el sello de Gerber me llama la atención. Y ah.. siento que no puedo decir mucho del cap introductorio, pero me gustó muchísimo y me dio hype por ver como continua y como se da el final. Después de la primera parte, el resto de las 6k se me fueron como agua.
[Imagen: iSs3j2Q.jpg] 
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#4
Viste cuando te levantas a la mañana y decís "este es un buen momento para escribir ahora que tengo tiempo" y estuviste como una hora sentada al frente del Word y escribiste exactamente 250 palabras y estuviste perdiendo tu tiempo?

Sí, esa soy yo. Quizás te estés imaginahre
 
Así que te dejo un comentario para no sentir que desperdicié la mañana AAAAAA TENGO QUE TRABAJAR AAAAAA

Ame a los 4 personajes, el setting es furro a lo DDCI y al principio pensé que de mis personajes tenían el nombre y nada más pero al final nada que ver

Me gustó que trata de ser su propia historia - sumado a que como siempre tiene tu toque de no tomarse demasiado en serio lo que está contando. Me gustó la exageración de las personalidades de los 4: Rue es extra autista, Devin es extra bobo, Hari es extra adorable y su hermano es extra insufrible.

No tengo ni idea hacia donde va a apuntar esta mini historia pero grita comedia a los 4 vientos - pero también tiene la tag de drama así que realmente no se que es lo que vas a hacer. Raro el setting a la Beastars pero ya nos tenés acostumbrados con tu longfic así que se siente como si se hubieran cruzado los canales - la contracara es si yo usara a tus pj de ddci pero los meto en mi trama edgy toa mistica.

Detesto el hecho de que voy a tener que esperar como 2 meses para una segunda parte, porque si por mí fuera me fumaba la historia entera en 2 horas. El capítulo se pasó volando, y claramente la narrativa desde el pov de gatito violetita idealizando a gatita rosita funcionó porque Hari tuvo como una escena y me quede saltando por las paredes con ganas de verla de vuelta en escena.
Doc no seas así escribilos antes muero por leer mas
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#5
Válgame... me preguntaba qué clase de spin-off hacías a Gen Bérserk, y me topo con una historia tan bizarra. A ver si Rue es tan bueno para educar como lo fue para aprender. If something bad happens, me cae que la pagará caro y con pokémon tan locos como ellos, uno no sabe qué esperar.
Descansa. Hasta que nos volvamos a ver...
[Imagen: SwCanxx.png]
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#6
So… así escribes cuando te pones serio, uh?

No me gusta leer/comentar relatos dedicados. Siento que es descortés, meterte donde no te llaman, y que cualquier cosa que puedas decir carece de valor porque no está escrito para ti y a nadie le interesa tu opinión. Sin embargo, y dadas las circunstancias, hubiera sido aún más grosero no leerlo.

¿Por qué esto está tan, tan bien escrito? Es estúpidamente elocuente. Los errores gramaticales son uno entre diez mil. La narración es envolvente. Los personajes están bien trabajados, siendo ellos pero sin ser ellos, potenciados como dijo Meri. Siendo más bien otras versiones de sí mismos más apegadas a lo que serían en un setting sin humanos, quizá. 

Rue: este lo siento el más distante. Pasa de ser un pobre Eevee torturado en su pasado y con conflictos de autodesprecio a ser un fracasado. Realmente es un personaje diferente que si bien comparte la melancolía del original, los motivos son muy distintos. Y no lo digo como crítica porque acá este Rue me gusta bastante, como narrador se hace simpático y tiene el encanto del underdog que hace que quieras que le vaya bien.

Devin: igual de estúpidamente adorable que el original. Un poco menos coordinado, pero igual de divertido.

Hari: demasiado poco para decir algo pero ridículamente adorable desde los ojos de Rue.

Umbreon: me encantó. No dice su nombre porque en Gerber no tiene nombre. Un hermano sobreprotector porque en Gerber le salta el instinto a la primera. Igual me recuerda un poco a Leandro, pero para bien, como el hermano mayor que se asegura de que la menor no cometa una estupidez. 

El setting está interesante. El planteamiento a lo triángulo amoroso está interesante. La forma en que narras es ridículamente suave y las seis mil palabras se te pasan en un suspiro. Realmente es lo mejor que te he visto escribir hasta ahora. Sentiría envidia si no estuviera tan encantado con lo qque no acabo de leer.

Acá no concuerdo con Meri. Si te tomó tanto tiempo sacar el primer capítulo para escribir algo así de bueno, bien vale la pena esperar un par de meses por la segunda parte.


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Meri no encontré un buen gif del lobito así que toma dos mapaches.
[Imagen: HQQLgVO.gif]
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#7
Segundo Acto: Smiles For You
 
Don't misunderstand me, it's not always easy to say
The words in your head and your heart that you just can't explain
I can see clearly,
A face in the sky,
Moon's in your eye,
You're passing me by.
Tell me the reason why.
I
 
Después de recibir su primer sueldo, un pokémon que trabajaba tenía la malacostumbre de pensar en las miles de opciones que había para gastárselo. Un microondas, una buena calefacción (pese a que no podía instalarla porque vivía en un apartamento rentado) o una rasuradora. Recordó más temprano que tarde que primero necesitaba comida. El refrigerador estaba a punto de morirse de soledad. No era que fuera el mejor cocinando. La mayoría de su bolsa de mandado eran platillos congelados que serían una sencilla delicia en cuanto comprara el microondas. Estaba a punto de salir del centro comercial antes de que un desliz de su mirada le hiciera mover la cabeza. Unos escaparates llenos de botellas con diferentes diseños custodiados por una empleada, quien al notar su interés acudió a él con una amplia sonrisa. La vendedora era tan insistente que no pudo negarse a echar un vistazo a la gran variedad de perfumes.

—¿Quiere conquistar a una dama, okyakusama? —preguntó la audino acomodándose la pañoleta del cuello—. ¿O está buscando un regalo para ese pokémon especial?

—Eh…me gustaría algo para el día al día.

La empleada soltó una risilla. Era obvio que atrapó la mentira al vuelo.

—¡Mi recomendación es Essence D’amour para machos! —le mostró una botella rosada con forma de flor y le entregó un trozo de cartón perfumado para que catara el olor—. ¡Directamente de Kalos! ¡La región del glamour!

Los pokémon salvajes no respondían de la misma manera a un estímulo continuado.

—¿Tiene… otra recomendación? ¿Quizás algo más suave?

—¡Oh, usted es selectivo, okyakusama! ¿Adivino que necesitas que sea perfecto para señoritas de olfato fino?

—Me gustaría no molestar a nadie…

Otra risilla. Los ojos de la empleada se iluminaron.

—¡Tengo el perfume perfecto para usted! ¡Sakura No Ko Kage! ¡Tiene la fragancia de miles de cerezos!

—Me gustaría comprarlo.

La audino volteó para dirigirse a la caja. 

—Que envidia…

—¿Disculpe?

—¡No, no es nada!

A pesar de esa compra inesperada, le quedaban pokés todavía para pagarle un mes de renta a esa señora y en la siguiente paga quizás podría suplir la deuda, además de darle el extra que prometió, El problema era que el microondas tendría que esperar un poco. De camino a su departamento, imaginó diversas situaciones que sabía que nunca pasarían. Mañana empezaría su trabajo como tutor. Aunque hace tiempo que no era maestro, estaba bastante confiado. Después de todo, conocía los “tras bambalinas” del examen. Lo que le preocupaba era ese descerebrado que tenía como amigo. Deseaba estar equivocado. No por él sino por ella. La manera en la que hablaban entre los dos era señal de una amistad de muchos años. En la entrada de su edificio, encontró a ese conocido meowth salvaje que dormía encima de ese escalón que ocupaba una reparación urgente. Rue sacó una lata de atún de la bolsa y la abrió con pura fuerza psíquica. Al dejarla en el suelo, el gato corrió a toda velocidad para acabarse el regalo de unos mordiscos. Cruzó el corto trecho que quedaba y subió a su piso. El portátil sobre el improvisado escritorio actuó sobre él como si fuera un magneto. En pocos segundos, estaba escribiendo una media de 250 palabras por minuto, echando fugaces vistazos a los libros de consulta los cuales entendía a la perfección, pero, sobre todo, confiando en su intuición. 
 
 
 
II
 
Las sesiones de estudio no podían ser en el tejado del centro comercial. Cuando conoció a los estudiantes, era un día excepcional donde estaba vacío. La mayoría del tiempo se encontraba repleto de alumnos u oficinistas en sus respectivas horas de descanso. En un principio, pensaba que debía llevar un regalo para mostrar su agradecimiento por permitirle estar en su departamento. Después recordó que era estúpido porque le pagaban por ir. Antes de salir, alisó su pelaje con más cuidado que un dartrix limpiando sus plumas y se echó unas cuantas rociadas del perfume que compró ayer. En la puerta del departamento occidental, le asaltó una repentina preocupación ¿Qué pasaría si el hermano de Hari oliera su fragancia? No podía decirle que era su costumbre porque nunca en su vida había usado esas cosas. Los ojos del vigilante nocturno aparecieron frente suya, mirándole como un depredador a punto de comerse a su presa. El umbreon olisqueó el aire. Rue contuvo el acto reflejo de tragar saliva porque sabía que el miedo era un aroma penetrante para algunos. El siniestro le miró.

—Al menos vienes arreglado a trabajar —asintió—. Ahí adentro están tus estudiantes. 

En el comedor, frente a los materiales de estudio, estaba sentada esa misma chica que conoció el otro día. Eran las nueve de la mañana y, aun así, su belleza rivalizaba con el sol. Un delicioso aroma llegó a su nariz. Un aroma a rosas que era más suave que el que olfateó ayer. Debajo de la mesa, escondida detrás de una de sus patas, lograba vislumbrar una botella de perfume. Ahora que recordaba, en el pasillo, escuchó el sonido de un atomizador ¿Por qué habría esperado a que él entrara para perfumarse? La respuesta a esa pregunta le hizo estremecerse. Apretó la manilla de su viejo portafolio para concentrarse en la realidad, pero el problema era que esa misma realidad era lo que lo hacía perder la cabeza. Realizó una leve reverencia antes de sentarse. Apenas se dio cuenta de la presencia de Devin cuando él trató de imitarlo, causándole una risita a Hari. Los dos iban a estudiar una carrera relacionada con la ciencia o la medicina. Se preguntaba cual podría haber elegido ese descerebrado con alas. 

—¡Buenos días, sensei! —exclamó Hari sonriente.

—Buenos días… ¿sensei?

—Estamos en Kanto —dijo la sylveon enredando sus cintas—. Así se les dice a los maestros acá, ¿no?

—Usted puede decirme como quiera, señorita Hari.

—No me gustas que seas tan formal —respondió la tipo hada jugueteando con un bolígrafo—. Solo dime Hari.

—Mejor comencemos. 

Esa mañana abordaron tres de los temas del temario. Sus explicaciones fueron lo más apegadas posibles al texto que podrías leer en cualquier libro porque era la mejor forma que tenía para creerse el papel de profesor. Eso no funcionó o al menos no del todo. Durante las seis horas que duró la clase, cualquier gesto de Hari lo emocionaba. La manera en la que mordisqueaba el extremo de su lápiz cuando tenía que concentrarse o los momentos en los que se acomodaba sobre su silla mientras escuchaba los nuevos conceptos. Por otro lado, la parte racional de su mente se limitaba a hacer su trabajo, pero esa estaba ocupada en lidiar con Devin quien no paraba de preguntar sobre las cosas más simples. Cosas que un estudiante que acabó la preparatoria debería saber. Cuando acabaron, las dos partes estaban aliviadas. La belleza de Kalos arqueó su espalda con un bostezo. Rue le miraba por el rabillo del ojo, fingiendo acomodar su portafolio.

—Nuestra clase acabó, muchachos —dijo—. Mañana temprano veremos los siguientes tres temas del temario. Si seguimos así, les quedara una semana para seguir repasando.

—¡Muchas gracias, sensei! —exclamó Devin tratando de guardar su libreta en la mochila.

—De nada —respondió el profesor de manera seca.

—Que frío eres —observó Hari causándole un sonrojo.

—¡Es un sensei, Hari! ¡Tiene que ser serio!

—No necesariamente, tontito.

—Me tengo que ir —dijo Rue marchándose.

—¡Disculpe, sensei! —gritó la señorita Hari deteniéndole antes de que cruzara la puerta—. ¿No quiere quedarse a comer?

«Sí, por favor»

—No quiero ser una molestia…

—¡Porfa! ¡Le prepararé algo rico!

Antes de darse cuenta estaba a la mesa junto a Devin. Hari les daba la espalda, manipulando los fogones de la estufa con gran maestría. Era un milagro que no se le quemaran las cintas en el fuego. La cocina del apartamento era demasiado bonita y extensa para un hogar alquilado. No sabía porque le sorprendía que esa chica supiera cocinar. Quizás pensó que era distraída por los dibujos en su cuaderno, pero haciendo cualquier cosa que no fuera estudiar estaba más que centrada, tanto que no quería distraerla por si provocaba un accidente. Ese noivern se veía fuera de lugar en ese lujoso piso. Ni siquiera cabía en la silla de lo pequeña que era. Sus alas no podían plegarse lo suficiente e incluso varias veces estuvo cerca de tirar los adornos a su paso. Al intentar ponerse cómodo, tiró un vaso de vidrio que hubiera caído en el suelo si no lo hubiera atrapado con la mente. Los ojos del dragón brillaron pese a que no era la primera vez que veía telequinesis. 

—¿Te gustan las bayas kebia, sensei? —preguntó Hari.

Odiaba esas bayas. 

—Cualquier cosa esta bien.

—¡También hay bayas zidra!

«Mientras sea preparada por ti» quiso acentuar sin atreverse.

—Hari cocina delicioso —dijo Devin relamiéndose.

—En el orfanato donde estaba con Devin, cada pokémon tenía que cooperar con algo. A mí se me daba bien cocinar. 

—¿Son huérfanos? —preguntó Rue.

—Oh, sí. A mí y a mi hermano nos dejaron en el orfanatorio de Kalos desde que nacimos. Ahí conocí a Devin. 

—¡Lo que extraño es el campo donde podía volar! —dijo Devin—. ¡Acá se siente muy raro!

—Seguramente es porque Kanto es una región muy urbanizada y las ondas electromagnéticas crean diferencias en la atmosfera que solo detectan los que están acostumbrados a volar. Si quieres puedes ir al bosque.

Y no volver, quiso agregar. 

—Ah, es como cuando esos pikachu se organizaban para molestarme mientras volaba.

—Me imagino como lo hacían.

Se bebió esas palabras junto a un sorbo de agua. Que sus estudiantes fueran huérfanos le sorprendió. Estaba seguro de que al menos los hermanos venían de una buena familia. Aun así, eso no le podía importar menos. El sonido de las bayas echándose un clavado dentro de la olla quiso que volviera a enfocar su atención en Hari. No había notado el cepillado de su pelaje que era tan perfecto que era capaz de imaginársela estando horas frente al espejo. Era imposible, por qué la clase empezaba a las nueve y no veía ninguna razón por la que ella se molestaría en arreglarse tanto. Aunque lo mismo le podrían preguntar a él, con justa razón y él no sabría qué contestar. De pronto, sus instintos gatunos le hicieron saber que esa chica estaba a punto de voltearse. Dejó caer su portafolio para disimular su respingo. La tipo hada corrió rauda hacia el punto del incidente, ayudándole a meter las hojas dentro del maletín. Devin también quiso ayudar, pero sus cortos brazos le impedían hacer esa sencilla tarea. 

—La comida estará lista pronto, sensei. Devin, ¿puedes ir a por salsa, porfa?

—Pero había salsa en el refrigerador.

—No alcanza para tres. Me gusta mucho la salsa.

El noivern salió del departamento a una velocidad sónica que hizo retumbar las paredes. Mientras tanto, el aroma de ese delicado perfume entró por sus fosas nasales. En la misma silla en la que estaba ese patoso, la belleza de Kalos tomó asiento a su lado. Debía estar esperando a que el agua de las bayas hirviera para terminar el estofado. Su corazón dio un salto mortal cuando cayó en la cuenta de que estaban solos. Los materiales de estudio estaban todavía en la mesa, salvo los del maestro y por algún motivo que no entendía, revisaba el desastroso cuaderno del peor estudiante que haya tenido jamás, tanto que desearía que ojalá tuviera más años en la enseñanza para respaldar de mejor manera esa afirmación. Esas estupideces desaparecieron como copos de nieve debajo del sol ante la mirada brillante celeste de Hari que le sonrió para volver a bajar la mirada. Esa sonrisa no tenía ninguna razón de ser. Esas señales comenzaban a ponerle demasiado nervioso, pese a que esa parte que quería besarla debería estar contenta. La expresión de Hari paso de una inocente felicidad a una seriedad digna de un amargado como él. Volteó a verle con esa cara.

—Oye, sensei ¿Crees que Devin pueda entrar a la universidad?

Ni de broma. Pero no podía decírselo. 

—¿A qué carrera aspira el señor Devin?

—Medicina. Dice que quiere que trabajemos juntos.

Ni de maldito broma. Medicina era una carrera con muchos aspirantes por metro cuadrado y por eso mismo era difícil entrar en ella. Un montón de pokémon más listos que ese dracónido quedaron fuera del corte por una décima de puntos. Si todavía un milagro le ayudaba, estaba seguro de que no aguantaría ni un semestre. Sospechaba que Devin entraba a la universidad para seguir a Hari. Recordó la primera vez que tuvo contacto con ese muchacho y apreció lo difícil que era que pudiera sobrevivir en sociedad. Era una de esas amistades dependientes donde uno no puede vivir sin el otro. Si Devin no entraba a la universidad, sería un duro golpe. Por otro lado, quizás sería el momento de que viviera por el solo. Estaba suponiendo demasiado y la belleza de Kalos esperaba una respuesta con el cuaderno en el extremo de una de sus cintas. Al respirar, Essence D’ Amour mataba sus neuronas. Un escalofrío digno de un glaceon al borde de la muerte recorrió su columna vertebral al sentir el tacto de un listón de una joven que estaba perdiendo la paciencia, pese a que seguía manteniendo esa cautivadora sonrisa. A veces olvidaba que los listones de los sylveon estaban hechos de carne. Eso quería decir que su estudiante estaba tocándole. Era un pequeño toquecito a su cuello que duró menos de dos segundos. Su piel temblaba debajo del aterciopelado morado. 

—Eh… escúchame, no te voy a mentir. Medicina es una carrera difícil, no solo para entrar sino en mantenerse.  

—Pero tu lograras que entre —dijo Hari rodeándole una pata—. ¿Verdad, sensei? Tú lograrías enseñarle hasta a una roca.

—Haré lo que pueda —respondió Rue disfrutando el contacto mientras trataba de mantener la calma—. Te recomiendo que no te distraigas con esas cosas. Enfócate en pasar…

Durante ese momento, Devin entró con una bolsa colgando de su ala y Hari se levantó, porque la comida estaba lista. Mientras estaba comiendo esas delicias que solo podían venir del paraíso, cayó en la cuenta de que no intentó zafarse de esas maravillosas cintas, aunque fuera lo más lógico. En el camino a su casa, cada centímetro de su cuerpo le decía que recordaría ese suave tacto para siempre. Sus fosas nasales no querrán oler nada más para no olvidar el perfume de esa belleza de Kalos. Aunque pensar en esas cosas no estaba bien, no le podía importar menos. Después de todo, no existía un policía que monitoreara sus pensamientos. Podía pensar lo que quisiera sin consecuencias. En cuanto su mente pronunció esas palabras, no hubo marcha atrás. Pensó miles de situaciones que nadie escribiría por pudor. El universo entero le parecía un estorbo entre los dos. Esas señales no tenían perdida. Quizás debía agarrar la iniciativa de alguna forma. De vuelta a su departamento, antes de ponerse a escribir, escuchó el sonido de su teléfono timbrar. En el identificador de llamadas no había ninguna señal de que fueran unos cobradores o un conocido de la universidad. Colocó la bocina del aparato cerca de su oído y la voz adentrándose en sus tímpanos lo hizo temblar.

—¿Ya volviste a casa, sensei? —preguntó su estudiante.

—Sí, lo hice.

—Ah, solo quería agradecerte por lo de hace rato. Tienes razón. Ya tengo muchas cosas en las que concentrarme como para ponerle atención a Devin.

—Tampoco quería decirlo de esa forma. Es tu amigo, después de todo. Es normal que te preocupes por él.

—Sí, pero prefiero enfocarme en cosas que valen la pena, sensei ¿Mañana vas a darnos clases a la misma hora?

—Sí, a las nueve. Recuerda repasar los tres temas que vimos hoy.

—Lo haré, sensei, pero no sé si pueda concentrarme… Ah, por cierto, me gustó tu perfume. 

Su corazón latió.

—Eh…me lo regalaron ayer.

—Oh, ¿fue tu cumpleaños?

—Me metí a una rifa de la revista donde trabajo y eso fue lo que gané. Tampoco quería desperdiciarlo.

—¡Claro, sensei!

La llamada terminó. Sus latidos no lo hicieron.
 
III
 
Aprovechando una euforia salida de la nada, estuvo a punto de romper las teclas de su portátil de lo rápido que escribía ese maldito artículo. Las hojas blancas eran acribilladas por la tinta digital a una velocidad sin precedentes. Gastó cada gota de energía que le quedaba del día. Cuando su cabeza tocó la almohada, se quedó dormido en un segundo y despertó empapado de un sudor que todavía olía a ella. A pesar de estar en pleno invierno, no se molestó en prender el calentador de agua, porque la necesitaba lo más fría posible. A las ocho con cincuenta minutos llegó al departamento de sus estudiantes.

El hermano sobreprotector no estaba por ningún lado, señal inequívoca de que debió haber salido temprano. La verdadera sorpresa era que sus estudiantes estaban frente a la puerta, en medio del pasillo. Los dos voltearon a verle cuando escucharon sus mullidos pasos sobre la alfombra, abandonando el intento de entrar al piso. Hari le recibió con esa sonrisa que cada día le parecía más tierna mientras que Devin miraba al suelo un tanto avergonzado. A juzgar por el sudor corriendo en su cara, intentó abrirse paso a la fuerza.

—¡Buenos días, sensei! —exclamaron los dos al unísono.

—¿Hay algún problema?

—Salimos para despedir a mi hermano y uno de nosotros se dejó la tarjeta magnética adentro.

—Qué mala suerte —respondió Rue con sinceridad—. ¿Han llamado al casero? Debe tener una copia.

—¡No ha llegado todavía! —aclaró Devin.

—¡Pero no todo es tan malo, sensei! —dijo Hari—. ¡Podemos estudiar al aire libre! ¡Hay un parque botánico en la ciudad y desde hace tiempo que quiero verlo!

—Pero…los cuadernos…

—¿No tiene folios con usted o algo?

—De tenerlos, los tengo.

—¡Esta solucionado entonces! ¡Vamos!

Conocía ese mentado parque botánico. Mientras estudiaba la universidad, muchas veces se vio arrastrado a trabajos de campo y cuando era profesor, hizo lo mismo con sus estudiantes, que al menos eran más animados que él. Era un sitio ideal para Hari. La gran variedad de flores hacía un buen contraste con los colores crema de su pelaje. Su perfume no echaba a perder los aromas de las buganvilias o las rosas ni viceversa, sino que se compenetraban en una deliciosa armonía de olores que la fragancia de un legendario no podía hacerle frente siquiera. O eso es lo que pudiera haber pasado en tiempos mejores. Era invierno así que los colores de la mayoría de la silvicultura estaban apagados o escondidos del frío, debajo de tejados húmedos por la nieve de hace varios días que acababa de derretirse. El césped estaba húmedo por la misma razón y le pusieron una manta encima para poder sentarse. Aun así, el jardín tenía cierto encanto pese al frío. Algunas, como las camelias o los claveles, aguantaban con sus delicados cuerpos cubiertos de escarcha. El escondite elegido para las clases era debajo de un cerezo que en esa época del año era un conjunto de mortíferas trampas de ramas que se enredaban entre sí. Antes de empezar la clase, notó el esponje del pelaje de la sylveon y el vaho que salía por su hocico. Rue se quitó la bufanda para abrigarla.

—¡Muchas gracias, sensei!

—Me la podría haber dado a mí… —murmuró Devin decepcionado.

—¡Lo siento, Devin! ¡Soy la alumna favorita! —dijo Hari con una sonrisa burlona.

—Las hembras suelen sentir más frio… —dijo Rue bajando el volumen de su voz—. Bueno, empecemos.

Aunque las dudas de si podría dar una clase en el exterior eran muchas, no tardó en entrar en calor, sobre todo por la sonrisa de su estudiante que subía la temperatura. Las palabras que usaba para enseñar no estaban demasiado tiempo en su mente antes de salir por su paladar. Esperaba que esos conceptos quedaran clavados en el cerebro de sus alumnos como una bala de mal calibre disparada a quemarropa. Cuando acabaron, una última oleada de vaho señaló el final de la clase. Guardó los apuntes de sus alumnos en el portafolio para que no acabaran echados a perder por la humedad. Al acabar, guardó silencio. Debería ofrecerse a acompañarlos a su departamento para asegurarse de que no les pasara nada. Era lo lógico de un maestro particular preocupado que tuvo que dar sus clases fuera de donde debía que hacerlas. Nadie sospecharía de aquello, pero no paraba de ponerle nervioso la mirada de Hari y la expectativa de acompañarla a cualquier lado. Ahora que lo pensaba, el hecho de que hayan perdido la tarjeta magnética y que el casero no estuviera, le sonaba demasiado a una señal del destino. A lo mejor, solo a lo mejor, Arceus le daba la oportunidad de tomar la iniciativa ¿En qué estupidez estaba pensando? Él no creía en Arceus ni en ningún legendario. Antes de que pudiera decir algo, la linda voz de la sylveon le interrumpió.

—Ahora que estamos aquí, ¿qué tal si comemos algo antes de irnos?

—¿No estará tu hermano preocupado?

—Mi hermano no va llegar todavía, sensei. Podemos tomarnos un poco de tiempo libre.

—¿Quieres que traiga la comida, Hari?

—¡Sí, por favor! 

Estuvo a punto de mencionar que era injusto que Devin fuera el único que iba a los mandados, pero pronto entendió el por qué. Quería que estuvieran un rato a solas. El noivern se fue, pegándoles con un viento frío que sacudió sus pelajes. Aunque eran las tres de la tarde, el sol blanquecino no lograba calentarlos lo suficiente y apenas mitigaba las bajas temperaturas. Volteó la cabeza para estornudar y su estornudo agitó los claveles. Esas flores estaban un poco aliviadas porque esa escarcha poco a poco quería desaparecer de su delicada superficie. Esa belleza de Kalos acercó su cuerpo al suyo. Mientras un sonrojo pasaba desapercibido debajo de su rostro, maestro y alumna compartían su calor como una pareja de pikachu compartiendo electricidad. El mismo instinto que sentiría una cría recién salida del vientre de su madre le hizo acurrucarse. Intentó separarse al darse cuenta del error que cometió, pero Hari lo suponía y una de sus cintas le apresaba. No, no le apresaba, sino que le apretaba con suavidad, lo suficiente para que tuviera una excusa para deshacerse de la idea de irse; porque no quería irse. Una risita de la sylveon acabó con sus dudas. Ese abrazo no tenía nada de malo. Los pokémon salvajes lo hacían todo el tiempo. Era simple cuestión de supervivencia. Esa hermosa ensoñación, o quizás un engaño, desapareció, como volutas de humo sopladas por el viento causado por las alas de Devin, quien cargaba con tres botes de ramen instantáneo para cada uno.

—¿Están compartiéndose el calor? —preguntó el dragón devorándose sus fideos de un trago.

—¡Las hembras aguantan menos el frío!, ¿verdad, sensei?

—No es una norma tan estricta…—comenzó a decir Rue—. Depende de muchos factores como la espe…

—¡Sí, sí! —dijo Hari repantigándose en él—. ¡Ya todos sabemos que soy tu alumna favorita! ¡Ah, sensei, puedes tomar el de res que es tu favorito!

Unos minutos más tarde, se despidieron. Estaba consciente de que esos listones estaban cerca de atraparle como si fueran las fuertes redes de un ariados. Después de la comida, los dos jóvenes insistieron en que podían regresar solos a sus departamentos. Una inquietud dentro de su pecho golpeaba sus costillas. A pesar de que no tenía ninguna bufanda que cubriera su cuello, un calor derretía la escarcha en su alma de la que comenzaban a florecer plantas silvestres de primavera. Antes de llegar a su departamento, el vibrador de su celular penetró dentro de las paredes de sus oídos. La voz del otro lado de la línea pertenecía a esa belleza de Kalos que quería matarlo. Su cráneo palpitó. Esa oleada de sentimientos iba a llevarle a un estado sin vuelta atrás, hasta su punto de fisión. Espera; era biólogo, no físico. Su mente estaba ignorando la voz de Hari que no paraba de hablarle y halagarle.

—Oye, sensei, necesito que nos veamos. No me quedó claro lo de la célula.

Aceptó la invitación. A esas alturas, pese a que planeaba llegar a casa para continuar el artículo, no podía negarle nada. El punto de reunión era la azotea del centro comercial. Aun quedaban unas cuantas horas para la cita, pero no aguantó la tentación de pasárselas cerca de ahí, sentándose en una banca mientras veía pasar el tiempo hasta que los minutos fueran a ser segundos y antes de que pudiese darse cuenta, estaba subiendo las escaleras hacia el tejado junto a Hari. El cielo estaba anaranjado por la hora del día. Las nubes parecían estar hechas de magma. Los dos miraban detrás de la pared enrejada que evitaba que alguien diese un mal paso hacia el vacío. Los ojos de la hada no eran tan brillantes como la primera vez que la vio. No era por el tema de los impulsos, nunca se cansaría de ver a su estudiante favorita, sino que esa luz no beneficiaba en nada a ese par de estanques. A cada minuto que se encontraban, sentía que su reloj biológico no dejaba de acelerarse, como si el tiempo entero del mundo lo hiciera. De hecho, cuando los dos estuvieron juntos mirando hacia el atardecer, se dio cuenta de que su cerebro no captó varios momentos que debieron haber pasado antes de aquello. No le podía dar más igual.

—¡Qué bien que hayas venido, sensei! —exclamó Hari, luego miró al cielo—. Te diría que lo siento por lo de ayer, pero no lo hago… eres muy calientito.

—Gracias… —murmuró Rue; a ese punto no sabía lo que hacía.

—Oye, sensei, he pensado en lo que me dijiste sobre Devin y tienes razón. Debería olvidarme de él. Hay cosas mucho más importantes.

—Señorita Hari… nunca le dije que tenía que olvidarse de su ami…

—A veces dar consejos duros te puede avergonzar, pero eso es lo que me dijiste, ¿no? No debería preocuparme por alguien que no tiene remedio —Hari suspiró—. Cuando era una eevee, los chicos del orfanato me molestaban hasta que Devin comenzó a juntarse conmigo.

—Oh, ¿en serio?

—No me defendía ni nada, solo era muy molesto y esos chicos preferían escaparse de mí para no topárselo. De hecho, antes de molestarme a mí, lo molestaban a él hasta que se dieron cuenta de que no funcionaba. A mí no me parecía tan molesto, era divertido, pero…—volteó a verle de nuevo—. Ahora somos adultos y los dos debemos preocuparnos por nosotros mismos.

¿Esa era la señal que esperaba del destino? ¿Espera, por qué demonios creía en el destino? Era un pokémon escéptico. Esa era la razón por la que decidió una carrera de ciencias. Había pokémon que eran mejores para ciertas cosas. Era parte de la naturaleza. Aun así, cuando veía ese par de estanques, que eran hermosos pese a no ser tan hermosos que las horas del día donde eran más hermosos, le importaba un comino lo que aprendió. Los seres vivos podían estar hechos de gelatina. Todas las plantas eran comestibles y sabían a chocolate. Afirmaría lo que ella quisiera para poder estar a su lado e incluso rompería su título frente suya. Sus ojos no podían desviar la mirada de los suyos. La lógica dejo de existir e intentó inclinar su hocico antes de que Hari lo alzara para robarle la iniciativa. Un beso de un instante que no duró más que uno o dos segundos. Por un momento, pensó que lo había echado a perder y que tenía que haberse enganchado a los labios de la belleza de Kalos. Para su fortuna, le dio una segunda oportunidad que no iba a desaprovechar. Ese contacto físico duró siete segundos. No, cinco o nueve. El tiempo dejo de importar desde hace mucho tiempo. Lo único que importaba era el calor que entraba a través de sus paladares como una tubería llena de aire sin ninguna salida. Sus lenguas se encontraron la una a la otra, enredándose como serpientes con frío. El paraíso acabó cuando un aleteo familiar llamó la atención de ambos. Si fuera un deerling silvestre, un cazador lo tendría bastante fácil para acabar con él, porque su instintito de supervivencia desapareció, pese a la presencia del noivern 

¿A quién le importaba si la lógica dejo de importar?

—¡Ah, Devin! —exclamó Hari—. ¡Buenas tardes! ¡Mira, sigo siendo la estudiante favorita!

—¡Felicidades! —exclamó Devin.

Hari sonrió.

—Oh, gracias. No me lo esperaba de ti, tontito…

—¡No sabía que los estudiantes favoritos se trataban así! —dijo Devin con asombro sincero.

Hari sonrió con más amplitud.

—¡No, tontito! ¡Ahora soy más que una estudiante favorita! ¿¡Verdad, sensei?

Rue suspiró.

—Supongo que sí.
 
 
IV
 
Ese receso de la universidad estaba durando una eternidad. Nunca le gustó estar en la sala de maestros ni a los alrededores del campus, porque eso significaba que tendría que saludar a alguien de manera inevitable. El verano en Azulona era como si estuviera siendo generado por computadora. La ausencia de alguna playa hacía que los rayos del sol calentaban el concreto, creaban ilusiones en el aire y los rascacielos atrapaban el calor como grandes lupas. Caminaba por la ciudad, esperando a que fuera la hora de su próxima clase. No estaba seguro de que hora era. Ni siquiera estaba seguro de las calles que recorría, llenas de murkrow silvestres. Sus pasos encontraron el parque botánico. Todas las flores estaban en su mejor momento. Los colores intensos agradaban a su corazón. En medio del césped, la belleza de Kalos estaba acostada sobre su vientre, sin nada que hacer salvo mirarle con esa endemoniada sonrisa. Un montón de trampas para ursaring le rodeaban. Quizás podría dar un salto para evitarlas. Aun así, al ver a esa ninfa esperándole, la propia realidad dejaba de importar. A su marcha, escuchaba los chasquidos de las sierras de metal cerrándose sobre sus patas. Cuando llegó a su amada, el reguero de sangre que dejó era considerable.

—He estado pensando sobre lo que me dijiste la otra vez, sensei —dijo Hari caminando por la arena—. Tienes razón. A veces hay que ignorar todo lo demás para enfocarte en lo que te importa.

—¿Pero cuánto tiempo puedes ignorarlo? —dijo una sombra irreconocible—. No es como si las cosas desaparecieran de tu mente solo por no verlas. La realidad no la haces tú y si piensas lo contrario, es que eres un egocéntrico.

La sombra no era ningún pokémon en particular. Quizás sea tipo agua por las gotas que soltaba al andar.

—¿Acaso crees que hay algo que no estoy viendo? —preguntó Rue a ese desconocido. 

La sombra se acomodó una gorra roja que cubría su oscura cabeza.

—No es que no lo estés viendo. No lo quieres ver.

—Mira, la realidad no es más que un engaño de nuestros sentidos…

—Eres biólogo, no filosofo —dijo el hermano de Hari—. Sabes bien que esas son solo palabras bonitas.

—Las palabras bonitas ayudan a consolarte.

—¡Oye, sensei! —exclamó Devin—. ¿Crees que es ético comerse a otros pokémon?

—¿Te refieres a los silvestres? —preguntó el espeon—. No es que este mal o esté bien. Solo es la naturaleza. El concepto de moralidad lo creamos los civilizados.

—¿Eso significa que los silvestres no tienen moralidad? —preguntó la sombra.

—Si no tienes conciencia, no puedes tener moralidad.

—La conciencia no sirve de nada cuando tus instintos te vencen —dijo Hari tocándole el lomo—. Pero eso es bueno, ¿verdad, sensei? A veces hay que dejarse llevar.

—¡No terminé de formular mi pregunta! ¿Es ético engañar a alguien para comértelo?

—Mi respuesta sigue siendo la misma —dijo Rue—. Los kecleon usan el camuflaje para cazar insectos.

—¿Y entre civilizados? —volvió a interrumpir la sombra.

—Ahí está mal…

—¡Pero somos lo mismo! —gritó la sylveon soltando una carcajada—. ¿¡Que nos diferencia de los silvestres!?

—Estoy escribiendo un artículo sobre eso.

—Ah, ese mentado artículo —gimió la sombra—. Toda la culpa la tiene ese mentado artículo. Si no fuera por ese artículo, quizás no tendrías las defensas bajas.

—¿Cuál es la mejor manera de cazar a un deerling, sensei? —preguntó Devin.

—Eh… no soy cazador…pero… supongo que lo mejor es a distancia.

—Sin que note tu presencia, ¿no?

Rue asintió.

—Los pokémon no evitan el peligro si no lo sienten —dijo la sombra—, Ahora, pongamos el supuesto de que ese deerling escucha el ruido de tus pasos sobre la hierba, fallaste cinco disparos que dieron en un árbol a su lado y por si no fuera poco, maldices en voz alta. Aun así, ese cervatillo no se mueve. ¿Qué le pasaría?

—Sería un estúpido —respondió el umbreon—. Eso le pasaría.

—Me tengo que ir… ya están comenzando las clases. 
 
 
V
 
Antes de reunirse con sus estudiantes, bebió montones de latas de café que apiló en un rincón del departamento para limpiarlas cuando el dolor de cabeza deje de ser una molestia. Esa noche tuvo un sueño demasiado complejo. Aunque se ha comprobado que algunas especies siendo silvestres tienen la capacidad de soñar, no creía que esas ensoñaciones pudieran ser tan complicadas. Uno sueña de lo que sabe, después de todo. Despertó más temprano de lo normal. De esas veces que vuelves en ti en la madrugada y pese a que todavía no sea hora, no valía la pena tratar de volver a dormir el tiempo que le quedaba. Dio un paseo matutino con la esperanza de despejarse y llegó al departamento occidental con unas horas de sobra. En el pasillo, vio al umbreon asomarse desde la puerta. Como si estuviera esperándole con más ahínco de lo normal, el siniestro caminó hacia él. A Rue le daban arcadas esos ademanes de superioridad que cargaba ante cualquiera. Ése tipo era un mocoso que no debía superar los veinte y él no tardaba en entrar en los treinta. Aun así, trataba de hacerse el maduro cada vez que se encontraban.

—Ah, ya llegaste —dijo el hermano como si acabara de darse cuenta de su presencia.

—Vengo a hacer mi trabajo —contestó Rue levantándose.

—No recuerdo haberte dado permiso de que sacaras a mi hermana del departamento. 

—Oh…

—Devin es un poco tonto y por eso mismo se le va demasiado la lengua. Me han dicho que se la pasaron bastante bien teniendo un picnic como si fueran amiguitos.

—La señorita Hari sugirió…

—¡Me importa una mierda lo que mi hermana haya sugerido! ¡Yo soy el responsable de los dos y debiste de haberme avisado!

Rue frunció el ceño.

—Con todo el respeto, Hari no es una niña. Es mayor de edad. Ella puede tomar sus decisiones.

El umbreon tragó saliva.

—¡Con razón ibas tan arreglado! ¡Mira quién te preocupa! ¡No te permito que digas ese nombre! ¡Estás despedido!

—¡Es demasiado tarde, hermanito! —dijo una bella voz detrás de él.

Sin ninguna vergüenza, Hari salió del departamento y los dos machos olieron la fragancia de su perfume que era mucho más fuerte que el de ayer. Su pelaje estaba impecable. Un cierto brillo delataba los productos que usó en sí misma. Sus listones estaban esparciendo el aroma en el pasillo. Unos cuantos vecinos, atraídos por la discusión, ya no querían irse a ningún lado. Para su mala suerte, la belleza de Kalos no pensaba quedarse en el mismo sitio. A falta de otra extremidad, sintió un suave agarre en su cuello que no era amenazante sino tranquilizador. Antes pensaría que era imprudente marcharse de esa forma con la hermana de alguien que le miraba con unos ojos que pronto saldrían de sus cuencas para darle una paliza entre los tres. El recuerdo de ese beso le recordó que nada importaba. Se dejo llevar por ella hacia las escaleras. A pesar de que el umbreon quedó un poco alelado, tarde o temprano debió de haberse recuperado, pero a esas alturas, los dos estaban corriendo lejos del edificio. Su parte racional le decía que esos desaires de un adolescente no eran adecuados para un profesor, no, no eran adecuados para un pokémon de su edad. El problema era que su corazón tomó las riendas de la situación, sin que pudiese siquiera saberlo. Escondidos en uno de los recovecos del parque botánico, tuvieron un tiempo para hablar. Aun con el sudor echando a perder sus esfuerzos por verse preciosa, no dejaba de verse como una obra de arte. 

—Desde hace tiempo que quería poner a mi hermano en su lugar —dijo Hari bebiendo de una fuente—. No para de tratarme como si fuera una niña que no puede decidir por sí misma…

—Sí, tienes razón —respondió el espeon sin dudarlo.

Hari le besó en la mejilla.

—Esto es algo repentino, pero… ¿tenemos una cita? Desde ayer somos novios.

Tal vez escaparse de esa manera estuvo mal.

—¿A dónde quieres que te lleve?

—¡Es de mal gusto preguntarle eso a una hembra en la primera cita! Pero… me gustaría estar en un sitio un poco a las afueras de la ciudad. Un sitio romántico. 

—El bosque no está lejos. Quizás podemos tener una clase un poco más practica ahí

—¡Me parece perfecto! ¡Así no podrán encontrarnos!

No le gustaba demasiado la idea de esconderse.

—Sí, vamos.

—Antes le voy a mandar un mensaje. Le voy a decir que estamos bien—la sylveon le guiñó el ojo—. Pero no le voy a decir adónde vamos.
 
 
VI
 
Un pequeño bosque separaba Ciudad Verde de Plateada. Los árboles eran frondosos y no dejaban pasar demasiado los rayos de sol. Aun así, eso no significaba que no existiera. El pasto, los helechos y demás vegetaciones todavía podían crecer porque lograba sentir la presencia de lo que no podían ver, aunque tuvieran ojos. El camino marcado para los turistas era entrar a través de esa localidad que no era más grande que ese mentado pueblo Paleta. Esa área natural no era tan grande por lo que los mochileros de otras regiones no tardaban en aburrirse con facilidad. Además, la falta de estanques o cualquier fuente de agua cercana hacía que la fauna no fuese abundante, lo que a su vez lo convertía en un sitio seguro de depredadores que pudieran confundirlos con silvestres. Lo único que importaba era que estaba a solas. Al menos hasta que alguien rompiera la ilusión, estaban en un mundo diferente, separados del resto del mundo donde no les esperaba más que problemas. El clima era fresco. Los dos felinos se adentraban a lo desconocido. A pesar de que Rue conocía ese lugar como la almohadilla de su pata, tanto que conocía un atajo desde Azulona, el mero hecho de recorrerlo junto a la belleza de Kalos era una nueva experiencia. 

—¿Hay animales peligrosos, sensei? —dijo Hari.

—Lo más peligroso que puedes encontrar es uno que otro pikachu que viene de afuera y la mayoría de fauna no va a molestarte si no sacudes demasiado los árboles.

—¡Oh, que lindos son los pikachu! ¡Me encantaría ver algunos!

—Conozco una manera. Vamos.

Los eléctricos eran atraídos por ondas electromagnéticas, como si fueran el mensaje de uno de los de su manada. En primer lugar, buscaron un sitio llano, cerca de un escondite en el que podrían observar a las curiosas criaturas. Después, activó la función de la radio de su celular y lo colocó encima de una seca cama de hojas. Las ondas FM atrajeron poco a poco a ratas eléctricas que estaban buscando comida por los alrededores. Los roedores olisquearon el aparato que les llamaba la atención, incapaces de darse cuenta de donde provenían las señales. No, sabían que ese rectángulo de plástico tenía cierto detalle que les atraía. Sus mentes no eran capaces de notar cual era la razón por la que sus mentes reaccionaban a ese estimulo. A Rue no le entusiasmaban los animales luego de haberlos estudiado por un tiempo. Miró a la cara de Hari. Una sonrisa curvada aparecía en su hocico por ver a unas masas de vomito amarillo. Aun así, a los estanques no les llegaba la luz de manera adecuada. No era una sonrisa de quien disfrutaba el momento sino una similar a una nostálgica. A él le alegraba que hubiera seres vivos en el mundo que todavía pudieran esbozarla. Ahora que una multitud considerable de esos pokémon estaba reunida, aprovecharon ese fortuito encuentro en un bosque sin importantes depredadores para compartirse electricidad. Se frotaban los mofletes por turnos. La sonrisa nostálgica se curvó un poco más hacia la izquierda, pero los ojos estaban apagados. Obviamente que debajo de esa arboleda no tenían la mejor luz. 

—¿Acabas de sacrificar tu celular para que pudiera ver esto, sensei?

—Los pikachu están alrededor del receptor de las ondas electromagnéticas que sirve como centro. De todos modos, esa fuerza no es capaz de romper un aparato electrónico y como mucho solo lo deshabilitará por un tiempo. Por suerte, estamos en el centro del bosque, lejos de la civilización y la ciudad no estará afectada por esto. Quizás lo más grave sería que los pájaros de la zona estarán desorientados por un tiempo, pero solo los silvestres.

—Los silvestres… ¿Qué pasaría con un pokémon volador civilizado?

—Lo notarán, pero no se verán afectados. Como mucho uno podría asomarse para ver qué pasaba. Oye, Hari, no sabía que te gustaban los pikachu.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí —respondió Hari dejando de prestar atención a la escena—. Es una especie que existe por todo el mundo y son lindos. No hay muchas otras razones por las que quisiera verlos.

—Tampoco estaba pidiéndote razones —suspiró Rue—. Me alegro que una de mis estudiantes tenga iniciativa por enterarse de curiosidades fuera del temario.

—¿De qué hablas?

—Has dicho que querías ver a algunos, no a uno. Ya conocías esta costumbre de ellos, ¿no?

Hari sonrió.

—¡Es que me gustan mucho, sensei!

—Antes no te lo he dicho, pero me gusta que me digas así. Aunque empieza a perder la gracia si lo dices tan seguido.

Rue tomó la primera iniciativa, dándole un beso en los labios. La reacción de sorpresa de la belleza de Kalos le hizo dar un paso atrás y antes de que la realidad volviera a tener sentido, reculó en su ademán de rechazo para corresponderle. Una oleada de viento en las copas de los arboles ocasionó que fueran los dos quienes interrumpieron ese acto maravilloso. Unas hojas cayeron sobre sus caras. Ese extraño dragón aterrizó frente a ellos. Las cintas de Hari rodearon su cuello de la misma manera en la que lo hicieron en su huida. Los ojos amarillos de Devin no representaban ninguna amenaza pese a que su consciencia quería que lo fueran. Su mente racional comenzaba a agarrar terreno contra la mente romántica que era tan patética que tenía ganas de ver a un jovencito patoso como un enemigo. Otro beso de Hari, mucho más profundo que los otros, trataba de meterlo de nuevo a esa fantasía ¿Quién iba a decir que la ruidosa voz de ese joven que odiaba sin odiar iba a regresarlo al mundo real? Esa voz que mandó a su parte romántica a dormir por un buen rato.

—Sensei, es una lástima que te tengas que ir con Hari a otro lado. Tus clases son muy interesantes y aunque hemos tenido pocas, siento que he aprendido más que nunca en mi vida. Realmente siento que te hayan despedido. Lo lamento por haberte mentido en algunas ocasiones. Me gustaría que sigamos teniendo contacto de ahora en adelante, si no como maestro…. Como amigos.

Rue parpadeó.

—Oh, muchas gra…

—¿¡Que demonios te pasa!? —exclamó Hari dándole un empujón—. ¿¡Eso es lo único que vas a decir!? ¿¡No ves que el sensei te está quitando la oportunidad de que estemos juntos!?

—¡Estos últimos días nos hemos distanciado! ¡Ya sé que es porque ya no somos unos niños! ¡No era necesario que convencieras a ese señor que nos apadrinó para que lo hiciera también conmigo! 

No tenía derecho de sentirse engañado porque él mismo quiso caer en el engaño. La manera en la que Hari hablaba con su amigo. La casualidad de que Devin estuviera en el supermercado justo cuando estaban dándose su primer beso. La insistencia de la sylveon de que Rue los dejara solos y que insistiera en pegarse con él cuando volvía. Pensó que el juego de la estudiante favorita era una broma enternecedora de una niña inmadura. El toque final que no podía ignorar era ese mensaje que Hari mandó en su celular. Además, se tomó la molestia de hacerle señales de humo a Devin para que supiera dondes encontrarlos. Una de esas mentiras debió ser el tema de la tarjeta magnética. Ya decía él que era demasiada casualidad. Esa chica quería enfrentarlos a los dos por algún motivo que le costó bastante comprender. Aunque sus dos estudiantes seguían discutiendo, no tenía ánimos de seguir escuchando. No huyó porque no quería hacer las cosas más dramáticas de lo necesario. Solo caminó de vuelta a ciudad Azulona, observando cada detalle del bosque antes de abandonarlo. Al llegar al departamento, llenó de más sudor que lágrimas, lo primero que hizo fue teclear como degenerado las palabras que se le ocurrían que pudieran encajar en su artículo. Después, sin siquiera darle la revisada que un trabajo academia debería llevarse, guardó el documento y lo envió a las cuatro de madruga. Se quedó dormido en el asiento de su computadora antes de que el sol saliera o se diera cuenta de sus errores.


Mostrar Notas preliminares y comentarios
Dificil es escribir una historia en tres actos y escribir el segundo sin morirte de aburrimiento a ti o a tus lectores. Bueno, salió lo que salió. Sé más o menos el rumbo que va tomar el tercer acto, pero necesito darle varias vueltas a la cabeza así que me voy a tomar un poco más de tiempo. Quizás tres o cuatro capítulos de DDCI.

Será para bien, créanme.

@Gold Con este capítulo deberían darse cuenta de que el tema de los pokémon civilizados y no civilizados es un recurso más. Me gusta escribir desde el punto de vista de Rue porque es un pokémon que no presta mucha atención a su entorno hasta que ve una razón para hacerlo y es muy introspectivo.

@Velvet Ja, solo fue un mesesito y un poquito más. Me alegro que te gustara porque pensé que iba a hacer lo contrario. Bueno, todavía hay tiempo (?).

@Nemuresu No sé si Rue sea buen maestro, pero ser pensante si deja un tanto que desear.

@Wiking Si no quisiera que leyeran este fic lo demás lo mandaba por mp o algo. Tú tranquilo. La verdad me da un poco de vertido verte decirte esas cosas porque no creó haber hecho algo diferente y quizás este haya quedado un poquito peor, pero ahí vemos.

Gracias y saludos a todos.

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#8
¿Te acordas cuando me dijiste que iba a tener que esperar como dos meses para ver el capitulo siguiente? Si, tambien me acuerdo cuando no empezaba todos los comentarios con "te acordas" como si estuviera aca grabando videos de Youtube pedorros.
 
Sorpresa sorpresa, tenemos capítulo 2. Y sorpresa sorpresa, no sabes la sorpresa que me llevé leyendo esta historia, sobre todo en la última parte. Qué decirte. Para el hecho de que nos dijiste a mí y a Gold que esta segunda parte no nos iba a gustar, y que la sentiste aburridísima, a mi me encantó. A lo mejor es el hecho de saber que tiene tres capítulos y sanseacabó, pero saber que ya va 2/3 de la historia es muy satisfactorio porque pase lo que pase en la parte que sigue esto se termina. Es como el final de AOT con la diferencia de que si esto termina en una decepción al menos fue algo que costó tres meses y no CIENTO TREINTA Y NUEVE

jaja Ellen becomes dove (crying), bla bla bla.

Es impresionante lo que lograste en la mayor parte de esta segunda parte, y lo que realmente explica por qué a VOS te pareció tan aburrido, pero a mí me voló la cabeza.


Mostrar ULTRA SPOILERS NO SEAN PELOTUDOS NO LEAN ESTA PARTE
Primero, no podía sacarme la sensación de que todo lo que estaba pasando estaba mal - no, no por el hecho de que sea ultra furro. Tomando a los personajes como si fueran personas comunes y corrientes. Estabas escribiendo una historia de romance, donde tenías al profesor autismo completamente obsesionado con esta chica, y sin embargo el chabón no necesitó hacer nada para que la chica se enamorara de él. No solamente eso, sino que es LA CHICA la que hace el avance, a pesar de que era él el primero que le tuvo ganas y no solamente eso, sino que el punto de vista estaba enfocado en él.
 
Lo único que se limita a hacer el protagonista es a estar parado como un idiota y a dejar que la mina lo seduzca, que es básicamente lo que quería. No solamente se sentía como fanfic barato, sino que se sentía como unos de esos fanfics baratos al estilo pokespecial con romances completamente forzados y sacados de la nada, y lo peor de todo, con la lead femenina actuando completamente fuera de lugar enámorandose de este chabón que no pincha ni corta. Te destesté uno y mil años con todo el segundo capítulo, pensando en lo idiotamente forzado y tomado de los pelos que era ese romance, lo que se acentuaba más al ver al dragoncito idiota quedar como un completo idiota inocente, que me partió el corazon en quinientos mil pedazos y me hizo pensar para mis adentros "menos mal que esto no pretende ajustarse a mi historia porque ya mismo te mandaba a la mierda por hacer algo tan detestable".
 
Y después llegó el twist. Equisde lo estaba haciendo para ponerlo celoso al otro. Equisde los avances eran cada vez más agresivos porque el otro idiota era incapaz de decir nada, y equisde el protagonista se dio cuenta que toda su fantasía de novios era solamente una fantasía, y estaba ahí para dar celos, y a su waifu no le podía importar menos lo que sentía.
 
Y OH MY GOD, que cruel. Es fantástico. Hace mucho que no leía una línea en una historia que me dejara con la boca abierta, al darme cuenta de que todo lo que yo sentía que estaba completamente mal y fuera de lugar, EFECTIVAMENTE ESTABA MAL Y FUERA DE LUGAR. PORQUE ESA ERA TU INTENCION DESDE EL PRINCIPIO. Ma-ra-vi-lla-da me dejaste, la línea si queres saber cual fue, fue en la que Hari lo empuja al dragón y básicamente le dice la verdad a la cara (lo que de alguna forma lograste que se sienta no solamente una cachetada para el protagonista sino para el lector, y lo que en la historia está justificado por el hecho de que el dragón es TAN ESTUPIDO que hay que decirles las cosas directamente a la cara para que lo entiendan); y ya con la continuacion del gatito violeta dándose cuenta que cada momento había estado armado y que simplemente se trataba de un dilema de pareja entre LOS OTROS DOS y que la zorra forra lo estaba usando para darle celos me pareció espectacular.
 
Es espectacular la crueldad con la que manejaste al protagonista, es espectacular la sorpresa con la que llega, y es más espectacular cuando por más de 5000 palabras construis algo que se siente en el fondo que algo anda mal para llegar a la conclusión de que sí. Andaba mal. Hasta el final de la segunda parte ya casi me estaba dando por vencida, pensando que a lo mejor era simplemente una de tus furreces románticas y no iba a tener la gran cosa más que el Umbreon molestando de vez en cuando para terminar con el mensaje de "pero el amoooor es mas fuerteeeee", pero me volaste las expectativas al otro lado de la cordillera.
 

Sin palabras me dejaste. Probablemente sea por el hecho de que es una suma de cosas que a mi me gustan: tomar a personajes míos + sumarle una idea que junte una mezcla de comedia/drama/romance + darle una vuelta creativa que no me esperaba venir en absoluto. Yo creo que incluso el hecho (ya sea intencional o no) de que hayas jugado con las expectativas mías haciéndome pensar que era una historia mediocre para después decirme AJA A QUE NO TE ESPERABAS ESTO, lo hizo todavía más divertido de leer.
 
Una sorpresa este fic. Me quedo trepándome por las paredes para saber la conclusión, porque con ese final del segundo capítulo cualquier desenlace es posible. 
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#9
Dios mío, pobre Rue. Ese desgraciado quería una relación normal, pero fue usado como una herramienta para que Hari pudiera entrar en conflicto con Devin para sabrá ella qué razón demente. Lo peor es que seguramente ese descubrimiento no será lo peor, sino que conociendo a ambos personajes, las cosas vayan para la violencia.
Descansa. Hasta que nos volvamos a ver...
[Imagen: SwCanxx.png]
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#10
Epilogo: Lady Fantasy
Mostrar SPOILERS DE GEN BERSERK
Si has leído el cap 6 de GB de la segunda temporada, sigue leyendo
 
Saw you riding on a moon cloud
Saw you walking on a whirlpool
From the corner of my eye
I saw you…
 
I
 
Algunos jóvenes de Kanto habrán tenido la oportunidad de comenzar sus estudios en el Centro Académico de la Isla Canela. Aunque ante los ojos de cualquiera que mirase un mapa no era más que un pedazo de tierra con una linda montaña coronándola, era uno de los mejores lugares donde si fueras inmortal, podrías conseguir todo el conocimiento que el pokémon había guardado dentro de su materia gris en los millones de años desde que las criaturas ganaron la bendición (maldición) de la consciencia. Con instituciones accesibles para cada estadio de una vida académica, dicen que el empezar la primaria y terminar una carrera en su universidad era una impresionante pista de vuelo para una existencia exitosa. Era una lástima que a veces los aviones se estrellen antes de despegar o sean echados a otros aeropuertos. 

─A ti te veo muy seguro con eso de ser un biólogo ─dijo uno de los eevee en el pequeño barco ─, pero, ¿de qué vas trabajar? ¿Qué hacen los biólogos además de mirar a animalitos en el bosque? 

─Investigación ─respondió uno de los pubescentes con su característica sequedad.

─¿Investigar qué? Ya sabemos que esos legendarios que vieron nuestros antepasados no eran más que sombras en las cuevas; conocemos cada centímetro del mundo, los ciclopes son una tontería, la miel no puede curar el pokérus, los muertos no reviven y Vee va morir virgen, ¿Qué nos queda por saber?

Vee dejo escapar una sonrisa.

─Oh, no seas tonto. Eso es solo para los cabezas de chorlito que se conforman con lo que ven a su alrededor. Cada vez descubrimos más cosas sobre las criaturas que viven con nosotros e incluso encontramos especies nuevas con más frecuencia de la que pensarías.

─Quizás no deberías fiarte de lo que ves en internet.…

─Hay sitios especializados con artículos bien fundamentados.

─Me caes bien Vee, pero cada vez que hablamos me aburres. 

Vee rio de buena gana.

─No hubieras preguntado, entonces.

El mar estaba tranquilo. Ese barco apenas se movía para recordarles que no se encontraban en miedo de una piscina. A través de las almohadillas de sus patas, Vee sentía el frescor del agua filtrándose por la madera. Una enorme paz invadía su alma o eso es lo que diría si creyera en el alma. Aunque era capaz de dejar pasar esa imprecisión. A su mente no le daban muchas ganas de pensar.  A lo lejos veían la costa y la secundaria donde ambos estudiaban para despegar a la vida prometida. Después de eso, irían a la preparatoria y luego a la universidad. Ese era el plan de sus padres cuando mandaron a semejantes jóvenes a Isla Canela. A pesar de que no eran hermanos, compartían especie y encajaban bien, pese a que tenían diferentes motivaciones.

─Oye, Vee.

─Dime.

─¿Vas a estudiar biología en la Universidad de la Isla Canela? 

─¿Dónde más?

─Ya veo, ¿Si yo no estuviera, irías?

Rue dio un respingo.

─¿Por qué me preguntas eso?

El zorro de la gorra roja miró al cielo.

─Desde el principio éramos diferentes, Vee. Tú te quedas leyendo esos papelitos tuyos en la biblioteca y yo convenciéndote de que salgamos… cuando hubieras preferido quedarte toda la noche en tu mundo.

─No digas eso, tonto. Sabes que me gusta ir por ahí contigo.  Me ayudas a distraerme.

─¿Distraerte?

─De los estudios y eso.

─Espero que encuentres otra forma de distraerte… me he dado cuenta de que ese mundillo de libros y profesores casposos me aburre a más no poder. Después de la preparatoria, volveré a Azulona con mis padres.

─¿En serio no hay ninguna carrera que te interese?

─Rue, hay más opciones de vida a las que podemos aspirar.  Y solo tenemos una oportunidad, lo sabes mejor que nadie.

El barco comenzó a hundirse. El sueño iba a acabarse.

─Sí, tienes razón, puedes vivir tu vida como quieras. Antes de que te vayas, ¿podrías decirme Vee una vez más? Hace tiempo que nadie me llama por ese apodo y…

El zorro de la gorra roja sonrió.

─A veces me preocupas, Rue.
 
 
II
 
Lo primero que sintió esa madrugada fue el tacto rasposo de su mejilla contra la corteza de madera de la barra de uno de los pocos bares de mala muerte en una ciudad tan remilgada como Azulona. Lo segundo, unas cuantas lagrimas que con su calidez confortaron ese dolor pulsante que quería salir a través de las paredes su cráneo. Dentro de ese vaso de cristal, aún sobraba de ese áspero liquido transparente. A pesar de que el papel de rattata de biblioteca le quedaba como un traje, su baja tolerancia al alcohol no le daba cancha para el de escritor atormentado, pero sí el de un fracasado cualquiera. Aunque se suponía que eso era una celebración, el aura de miseria que emanaba de su cuerpo daba el sentimiento contrario al que debería sentir. Después de todo, lo había logrado. Lo consiguió.

A unos cuantos días luego de mandarlo, donde solo salía lo necesario de su pequeño departamento por el miedo de haber echado a perder su futuro académico para siempre, recibió un correo electrónico que a sus ojos asemejaba un gran presagio entre la marea de propaganda y la basura del apartado de Promociones. Unas felicidades obligatorias de copiar y pegar y unos párrafos más adelante, el editor encargado de seleccionar artículos de patéticos adultos con el corazón quebrado en miles de pedazos destapó sus palabras. Alabó la calidad de las fuentes que escogió, los adjetivos que se incrustaban como joyas en las palabras y los ejemplos que hasta parecían estar hechos a mano por el autor. En pocas palabras, lo publicarían en el próximo numero y su compensación económica estaría en camino. Un artículo publicado, desde el punto de vista de esos profesores casposos, podía ser muera suerte o lastima ante los investigadores nobeles. Un segundo artículo, que todavía no era lo ideal, al menos merecía una alzada de cejas y más consideración.

Rue tomó un trago. Era el único cliente en el local.

─Vienen muchos como tú ─dijo la kangaskhan detrás de la barra ─. Niños de papi que siempre han vivido en una burbuja y cuando se hacen adultos se han dado cuenta de que nunca se han dormido sobre su propio vomito. La verdad es que aguantaste bastante bien. Aun no has vomitado.

Rue no respondió.

─¿Acaso una chica te rompió el corazón?

Yo mismo me lo busqué ─respondió el espeon dando un trago─. ¿Cuánto le debo… por esto?

─¿Un solo vaso? Es bastante decepcionante para… alguien desilusionado. Son cincuenta pokés.

Ahí fueron cincuenta del adelanto.
 
III
 
A pesar de que estaba seguro de que no tardaría en perder el encanto, el regreso a su departamento durante la madrugada era una mágica experiencia. Detrás de sus parpados cansados, las luces se convertían en borrosas manchas de colores. Los callejones eran laberintos mágicos que no iba a explorar. Cuando llegó a su distrito, lleno de académicos marchitos como él o jóvenes moribundos bailando bajo focos mortecinos, lo único que iluminaba la calle eran las farolas en cada esquina que no dejaban de parpadear y crear momentos de oscuridad absoluta en la que sus pensamientos comían cada centímetro de sí mismo. Varios nombres, varios rostros, varios gestos y varas sensaciones aparecieron en segundos hasta que cruzó la puerta de su edificio. El reloj de pared de su casera marcaba las dos de la madrugada. A causa del mortal silencio, cada movimiento de las agujas del reloj sonaba con un chasquido.

─¡Ahí estás! ─exclamó una voz desde la oscuridad del pasillo. 

Unos anillos brillaron en la penumbra. Los ojos rojos de una criatura rabio aplacaron contra él. La adrenalina reemplazó la falta de descanso por un momento y esquivó los filosos colmillos de su atacante. Antes de que el desconocido volviera a atacar de nuevo, su mente de pokémon civilizado captó que conocía a su agresor y unos instantes más tarde, conoció lo fuerte que podía ser el cabezazo de un umbreon en sus costillas. Aprovechó esa falta de equilibrio para tirarlo contra el suelo. Quizás el siniestro era más joven, pero no se ocupaba demasiada fuerza para someter a un espeon delgaducho que no estaba en su mejor condición mental. El tutor de esos chicos a las que dio clases hace una semana soltó un gruñido.

─¡Dime donde esta Hari! ¿¡Donde la tienes!?

─¿Hari? ¿Dónde está?

─¡No te hagas el imbécil, maestro fracasado! ¡Dime donde está de una vez!

Aunque ha tenido pocas oportunidades de ver al hermano de Hari, en aquel mostraba su verdadera vulnerabilidad. Debería estar asustado en vez de sentir lastima por ese joven. No, no era lastima, era tristeza. Un pesar al recordar ese maldito nombre. El propio rostro del umbreon metía una capsula amargada entre sus dientes. Su expresión desconcertada y deprimente hizo que el chico comenzara a dudar de una culpabilidad de la que estaba seguro. Un joven movido por el frío racionamiento, con un interruptor para que perdiera el control. Al final, viendo que no trataba de defenderse, el umbreon lo dejo y tocó la puerta de su departamento. Con la poca capacidad psíquica que le quedaba en el día, le lanzó el manojo de llaves, dejándolo entrar y esperando afuera. Media hora le costó admitir que Hari no iba a aparecerse en ese cuchitril.

─Obvio que no va estar en tu departamento ─dijo el siniestro hablando más consigo mismo que con él─.  ¿¡Donde esta Hari!?

Rue parpadeó.

─Desde el día en el que me despidió, mis labores acabaron y no he vuelto a ver a mis antiguos estudiantes.

─¡Dame tu celular! ¡Dámelo!

Se lo dio. Lo único que encontró fueran las numerosas llamadas perdidas de Devin. Esas mismas llamadas con las que consideró cambiar de compañía hasta que pararon. 

─¡Estoy seguro de que borraste algo! ¿¡De dónde vienes!?

─Vengo de un bar. Los rattata de biblioteca también salen a la calle de vez en cuando.

El umbreon gruñó con más desesperación que enojo. Rue hizo la pregunta obligada.

─¿Qué pasó con Hari?

El siniestro tuvo una discusión consigo mismo hasta que su lado racional ganó.

─Se fue.

Y al mismo tiempo que dijo eso, desapareció escaleras abajo.
 
III
 
Durante unos momentos, sintió el pasillo moverse bajo sus patas y el vértigo lo llevó a acostarse en la cama de su departamento, incapaz de culpar al poco alcohol que bebió de ese repentino mareo ante la noticia de la desaparición de su estudiante. Era estúpido que necesitara que el hermano de Hari pronunciara esas palabras para que su mente se haya dado cuenta de lo que pasó. En medio de la madrugada, dio tumbos por una habitación, pensando en miles de cosas y como si su estado de ánimo fuera una cuerda donde cada una de sus emociones jalaba de un extremo, estuvo balaceándose entre una genuina preocupación por una niña mimada escapada de su casa y la locura de haber perdido la oportunidad de disfrutar los placeres de un amante. Caminó de un lado a otro hasta que el sudor empapó su pelaje rosado y se tiró a los fríos brazos de unas sabanas azules, sintiendo más debilidad que sueño. El celular descansaba al lado de la almohada. Aún quedaba en el registro esa llamada que significó su primer beso en el tejado del supermercado.

No debería estar pensando en esas estupideces. Debería odiar a esa zorra que le puso la ratonera para que él devorara el queso y como mucho a si mismo por ser tan tonto como para caer. O más bien, tan patético que estaría dispuesto a dejarse atrapar en miles de telarañas. Un estúpido instinto le hizo a tomar su móvil. Era estúpido por qué no es como si tuviera fotos de ella o siquiera hubiera grabado las mañanas. Lo único que tenía era su número en el registro de llamadas. Unos dígitos fríos que no servían de nada… o al menos eso era lo que pensaba. Una vez enterándose de su falta de sueño y la necesidad de matar el tiempo hasta el amanecer, cualquier acción era plausible, como registrar a la preciosidad de Kalos en la agenda para imaginarse que habían llegado a ese punto. Quizás podría escuchar su voz, consolándole ¿Consolándole en qué? ¿Consolándole en esa tristeza que ella misma provocó? ¿Al igual que un banco dando un préstamo para pagar las deudas de su acreedor?

Además, no iba a contestar. Una de las primeras cosas que hacías cuando alguien desaparecía era tratar de contactarlo mediante el móvil y si una pokémon desaparecía por voluntad propia, no contaba con muchas ganas de que sus familiares conozcan de ella. Una estúpida esperanza le decía que él era especial. Él no era miembro de esa improvisada familia donde dudaba que una belleza que debería dormir en una de las mejores mansiones de Kalos podía ser feliz. Su pata deslizaba entre el registro de llamadas y debajo de una que hizo a la revista para asegurar su pago, ahí estaba triunfante esa evidencia de contacto humano. Detrás de la pantalla de un móvil, esos números comenzaban a semejarse al epitafio de una tumba. Su cuerpo entumido por la falta de descanso y su mente rumiando como el motor de una vieja embarcación solo le daban una opción. Pulsó la opción de marcar de nuevo. Los timbres de espera eran risas burlándose de sus patéticas acciones y por un momento, una ilusión.  

─Estás llamando al numero de Hari. Deja tu mensaje y volveré a llamar cuando tenga tiempo.

─Tan educada como siempre ─murmuró Rue volteándose de lado─. Lástima que no puedas ser sincera ni en tu buzón de voz.

Unos segundos después de esa reflexión, sus parpados se cerraron y durmió sin soñar. Más que nada porque no tuvo tiempo. Cuando el despertador en la cómoda anunciaba la imparable llegada de las cuatro de la madrugada, el teléfono vibró cerca de su nuca. De tantas vueltas que dio, acabó casi debajo de su cabeza. Aun con una vista borrosa, reconoció los contornos de los números de Hari y una sensación similar a ser bañado por agua fría, lo despertó de golpe. La belleza de Kalos no mentía en frías grabaciones de voz o al menos eso es lo que pensaba antes de contestar. Aunque quería escuchar la dulce melodía de flauta de la sylveon, sus oídos sufrieron por las notas desgañitadas de los gritos de un extraño dragón. 

─¡Hari! ¡Por favor, vuelve! ¡Te juro que hago lo que tú quieras y no me quejo! ¡Sé que hace una semana te enojaste conmigo por dejarte abandonada con el profesor!  ¡Si no quieres verme, me largó del departamento, pero tú hermano no para de buscarte por todos lados!

Quiso colgar, pero simplemente suspiró.

─Devin, soy yo.

Quizás era la tristeza de saber que Hari tampoco había registrado su número, pero quería creer que todavía le quedaba un poco de empatía.

─¡Profesor! ¡He intentado contactarme contigo, y no sabía cómo! ¡Hari se fue! ¡Creo que tiene que ver con lo que pasó en el bosque!

«Cuelga de una vez»

─¿Escapó? ─preguntó Rue sentándose en la cama.

─¿Escapar de mí? ¿Por qué… quisiera escapar de mí?

─No, no quiere escapar de ti. 

─¿Puedo hablar contigo, profesor? En pokémon. Por favor…

«Ese no es tu problema. No te metas en cosas que no son tu problema»

─Ojala supiera qué es mi problema…

─¿Qué?

─No, nada. Espero que recuerdes donde esta el Centro Comercial. Te veré en la azotea cuando abran en dos horas. 

Mientras todavía estaba preguntándose que demonios hacía, escuchó la última palabra en la línea.

─Gracias…
 
IV
 
Si iba a repetir comportamientos autodestructivos, iba a hacerlo a lo grande. Solo aguantó dentro de su departamento unos treinta minutos hasta que tomó la decisión de esperar una hora y media a que los del Centro Comercial de Azulona quisiesen abrir sus puertas a somnolientas oficinitas de poco presupuesto que iban a tomar un café mal filtrado mientras los primeros rayos del sol calentaban sus cuerpos. Desde uno de los bancos de las cercanías tenía la hermosa visión de empleados con caras agotadas, descargadores de camiones bebiendo de sus viejos termos y disfrutando del canto de los pájaros rebotando en las cajas de cartón. Ese calorcito, típico de ese momento en la mañana donde todavía dormían muchas criaturas, casi provocó que se quedara dormido hasta que una onda de viento deshizo el pelaje enredado alrededor de sus ojos. En el cielo gris que iba a pasar a azul, Devin volaba y maniobraba como si fuera un avión a control remoto. Daba vueltas, esparciendo las nubes y causando uno que otro estallido por romper la barrera del sonido. Aun así, trataba de contenerse para no despertar al número máximo de vecinos posibles. Era mucho mejor volador que estudiante. Le parecía estar viendo un espectáculo practicado de antemano y planeado por miles de patrocinios, cuando en realidad era como si cualquier pokémon juguetease con una moneda antes de entrar a la oficina o jugando a las atrapadas con un borrador en el salón. Disfrutó del show hasta que el noivern notó su presencia en medio de uno de esos fugaces descansos, media hora antes de que abrieran la zona de comida.

─Veo que te gusta volar ─comentó Rue esforzándose por retrasar lo incomodo de la conversación

─¡Sí, profesor! ─exclamó Devin con esa tonta felicidad que desapareció detrás del teléfono─. ¡Me encanta volar! ¡He volado desde que me crecieron las alas! ¡El aire soplando en tus escamas, tus alas doblándose y espantar las nubes! ¡Realmente es maravilloso!

Por obvias razones no lo sabía de primera mano, pero conocía, por uno que otro colega físico que tuvo mientras estudiaba la universidad, la verdadera complejidad de volar. Si no querías ser derribado por una traicionera corriente de aire o perder altura, necesitabas hacer a tiempo real una gran serie de cálculos que pokémon como ese estudiante atolondrado debían realizar de manera instintiva como si estuvieseN respirando. Al final iba A resultar que Devin era inteligente en su propio campo. Los dos conservaron el silencio mientras desayunaban. El noivern devoraba numerosas piezas de pan. El tipo debió haberse mantenido en vela y hambriento por la preocupación de perder a quien era su única forma de vivir. A él le dolía la cabeza y se le emborraban los ojos por algo que quería creer que era una razón completamente diferente. 

─Es la primera vez que pruebo el café caliente ─dijo Devin dándole un sorbo a su taza─. Sabe …diferente.

─Ustedes no comparten lengua o sentido del gusto. Pudiste probarlo hace mucho tiempo.

─Solo podía pensar en el sufrimiento de Hari por beber bebidas frías en el invierno.

─Ya estamos acostumbrados.

Silencio.

─Si te gusta volar, no creo que hubieras encontrado en la universidad lo que te gusta, al menos que sea una de esas deportivas que hay en Galar.

─Lamento decepcionarlo, profesor.  Desde que Hari se enojo conmigo, ya no quiso estudiar y a mí me aburría si ella no tenía ganas. Cuando se enteré el señor K…

─¿Señor K?

─¡Ah, nuestro patrocinador! ¡Él es tan generoso que nos pagó a los dos ese departamento!

Ya decía él que el sueldo de un joven umbreon no bastaba para pagar ese lujo.

─¿Es uno de esos patrocinadores misteriosos que le gusta ayudar a los huérfanos?

─¡Uno de los más aclamados! ¡Una de las pintoras más famosas de Kalos le agradece en cada entrevista por haberla apoyado!

─¿Y qué pedía a cambio?

─¡Una carta cada mes! ─la tristeza volvió a aparecer en esos ojos amarillos─. Ahora el señor K se sentirá decepcionado… 

─Si se entera de lo que hizo su alumna, verá que desperdició su dinero. A ti ni siquiera te interesa la universidad, tu pasión va por cosas más… del día al día.

─Es que… no quería dejar sola a Hari… ni tampoco quería que me dejaran solo. Los dos… nos compenetramos bastante bien. 

─Más bien diría que son opuestos. Hari no dice las cosas de enfrente y se vale de indirectas mientras que tú… uno te ve venir desde muy lejos… 

Por algún motivo, estaba sintiendo más lastima que enojo por esa hada. Si no podía decirle lo que quería a su amigo de la infancia, era bastante probable que haya escapado por algo similar. Veía la escena a la perfección. Esa belleza de Kalos, por más polutos, elegantes y tiernos que sean sus apuntes, usando diferentes colores de plumas, tantos como podía permitir el espectro visible por la mayoría de los pokémon. era obvio que no estaba hecha para ser una estudiante. Las hembras intelectuales tenían una espalda o un lomo menos derecho, los ojos fijos en las letras de los libros y una voz más cascada por el polvo en las bibliotecas. Las expectativas de ese tal K debían ser demasiada presión para aguantar y quizás la única esperanza de escapar de esa presión aplastante era una que se había frustrado; conseguir el amor de Devin.

─¡Es verdad, profesor! ¡Es por eso mismo que encajamos!

─Los opuestos se atraen.

─Es una lástima que no nos pase eso con la universidad.

─Sí, una verdadera lástima.

─Profesor…

─Dime…

─¿Tú crees que Hari volverá?

Antes de que pudiera contestar, llegaron dos voladores. Eran mucho menos amables que Devin, quizás porque estaban hartos de sostener sus gorras de policía encima de sus cabezas.
 
V
 
Aunque las preguntas eran sencillas, a cada una le costaba contestar, como si las palabras de los policías fueran el pizarrón donde gastaba la tiza de su mente. No había un interrogatorio como en las películas, con los ojos adoloridos por la luz blanca y los vociferantes agentes que dejaban caer gotas de saliva sobre su cabeza. Había sido más una conversación entre amigos, siendo uno de ellos sospechoso de esconder a su estudiante favorita… o quizás algo peor. El almuerzo de dos pasó a ser de cuatro por una larga hora e incluso hubo una especie de conversación previa donde hablaron de sus vidas hasta que los dos inspectores dejaron caer su máscara.

─¿Usted no sabe absolutamente nada sobre el paradero de la estudiante con la que tuvo un romance?

─Ni siquiera fue un romance.

─Eso no es lo que dice su hermano ─respondió el gengar─. A ver, señor Rue. No tiene que ocultarnos nada e incluso estoy dispuesto a creerle cuando me dice que esa mocosa lo sedujo. Su secreto está a salvo con nosotros. Además, la señorita Hari ya es mayor, así que a lo mucho te vas a ganar un poco de fama de viejo verde, pero no estarlas en problemas.

─Los líos de faldas son bastante comunes en jóvenes profesores. No hay necesidad de avergonzarse.

─Ni siquiera estoy seguro de que hayamos durado una semana. La ultima vez que la vi fue en ese bosque. Si no me cree, vuelvan a revisar el registro de llamadas.

Los dos policías ya habían analizado el móvil entero dos veces. Se miraron el uno al otro.

─Espero que no tenga pensado dejar la ciudad… ─dijo el gengar entornando los ojos.

─No, no lo hago.

En realidad, lo hacía, solo que a un plazo más largo. Después de unos cuantos artículos, que eran iguales a unos cuantos billetes, abandonaría Azulona. Lo que le atormentaba era ese destino que iba a estar escrito en el boleto del ferry.  Aun no llegaba a los treinta y se sentía como ese anciano que quería volver a su ciudad natal para acunarse entre recuerdos. El problema era que esos recuerdos no eran del todo agradables. Antes de que los policías se largaran, Devin los acompaño hasta el ascensor y Rue quedó indefenso. Los únicos presentes en la azotea eran esos desvelados que querían un desayuno tardío. Antes de que abandonara la mesa, Devin volvió a su lado, rascándose la cara para mantenerse despierto.

─La cara de Hari va estar en todos lados. Así sabrá que la estamos buscando.

─Estoy seguro que lo sabía de antes. Aun así, será bueno recordárselo.
VI
Estaba seguro de que los dos machos de Kalos estarían decepcionados. La cara de Hari apareció en todos lados, pero por poco tiempo y solo podía quedarse atrapada en pequeños pósteres que volaban por las corrientes del viento. Durante las noches en la ciudad podrían ser confundidos por almas en pena. Unos días más tarde, tuvieron que conformarse con una mención en las noticias de la tarde, mientras la familia prefería ver comedias para amenizar la comida. Rue la escuchó de pura casualidad cuando prendió la televisión por accidente. Una televisión que nunca usaba más que para adornar una esquina y que no recordaba a que hora la había conectado. Aun así, bastó para arruinarle el día. La posibilidad de su triunfo académico profesional no le parecía suficiente. Al menos una vez a diario, marcaba al numero de Hari para que la voz atormentada de Devin lo mantuviera al día. Pocas novedades. La mayoría de las veces tenían cortas conversaciones que Rue cortaba de manera brusca, sin posibilidad de retomarlas la siguiente vez. Al tener tiempo para pensarlo, se dio cuenta de lo increíble que era todo aquello. Una sylveon pasando desapercibida en medio de Kanto. Era ridículo que nadie la hubiese encontrado. Mientras tanto, poco a poco, el meowth sumiso que era la ciudad empezaba a gruñirle. Los edificios comenzaban a convertirse en brazos de concreto que amenazaban con apresarle cada una de sus extremidades. Al volver a casa (únicamente salía cuando era necesario), sentía que sus patas querían a la estación de autobuses hacia ciudad Carmín y luego tomar un ferry a Isla Canela.. Al menos podía convencerse de que no lo hacía por la advertencia de los dos policías, pese a que sabía que ellos no tenían derecho de retenerlo en Azulona. En realidad, se quedaba porque tenía esa estúpida sensación de que era una de esas marionetas de calcetín que esperaba a salir al escenario para el final de la obra. Aunque una parte de la ciudad quería que se fuera, otra estaba consciente de que tenía que quedarse durante un rato más.

Sea por una razón u otra, le hizo caso a la segunda. 

─Unos artículos más y me iré. Espera un poco ─dijo Rue antes de salir como si esos edificios tuvieran algo de consciencia. Una consciencia que no le creía en lo absoluto. 

Rue quería que Hari volviera. No con él, ni siquiera con su familia. Simplemente quería volverla a ver. Encontrarla en cualquier circunstancia. Lo único que necesitaba era que ese par de lagunas azules volvieran a posarse en sus charcos de petróleo. A los pies de su departamento, escondiéndose de una ligera lluvia en mitad de la noche, prendió un cigarro que colgaba de su boca. Durante sus paseos para combatir el insomnio, descubrió que aquel era el mejor método para mantenerse caliente. Otra desventaja de que tu cerebro se niegue a desactivarse, era que pensabas más de la cuenta. En el pasado. En el presente. En el futuro. Al igual que en una anomalía cuántica, te preocupabas, te arrepentías y te sacudías como un pedazo de carne repleto de sudor en medio de las sabanas y al final te rendías y te levantabas con la esperanza de caer dormido por el mero cansancio de las horas pasando en el reloj: todo al mismo tiempo. ¿Qué era lo que pensaba? Fantasías. Quizás Hari se perdió porque ella quería que la buscara. Era una idea digna de una novela para adolescentes, pero una verdadera estupidez en la vida real y aun si existieran esas cosas, debería saber que no era su caso. Esa escenita en el bosque le dejo claro que no era más que el queso en la ratonera para atrapar a ese dragón atolondrado.

Un detalle de los pensamientos era que se convertían en largas cadenas y la imagen del Bosque Verde, ese solitario Bosque Verde donde no había más que ratas e insectos, se quedó atrapada dentro de su cráneo. Si Hari hubiera tratado de tomar un camión, no podría llegar a la terminal antes de que sea una sensación entre los rostros cansados de los bancos. Si tratara de llegar a otra parte de la región mediante las almohadillas de sus patas, sería encontrada por los miles de paseantes que usaban los caminos de Kanto durante los siete días de la semana. Si fuera una damisela que necesitaba esconderse o escapar, no le cabía ninguna duda de que esa pequeña jaula de árboles sería una opción bastante tentadora. Rue conocía bien el bosque. Se podía ir a varias ciudades mientras pasabas invertido. Era una misión perfecta para él y antes de que lo haya interrumpido su lado cínico, imaginó a una Hari delgada, con el pelaje sucio de hojas y tierra, sobreviviendo apenas a base de las bayas amargas que crecían de los arbustos. Aunque no había fauna demasiado peligrosa, si tenía mala suerte, podía ser atacada por un ariados escondido en la copa de un árbol o lastimarse o morir de sed por no encontrar agua, al acabarse las botellas que quizás se le ocurrió comprar antes de perderse. En definitiva, Hari necesitaba su ayuda. Ayudándose de los delirios de una noche de insomnio, no habló a Devin ni mucho menos al hermano de la belleza de Kalos por ayuda. Empacó varias de las latas que tenía en la alacena y algunas botellas de agua. Compró una linterna potente en una tienda de conveniencia. A la media noche, estaba listo para partir.
VII
Aunque el Bosque Verde no era demasiado grande, si no sabías lo que estabas haciendo, era fácil tomar un camino equivocado que podía llevarte a una serie de equivocaciones y cuando menos lo esperabas, estabas rodeado de árboles. Era sencillo imaginar a una Hari, con más presión que una olla, adentrándose a lo desconocido. Sería incapaz de ver por donde se estaba metiendo porque tendría los ojos borrosos por las lagrimas y la cabeza agachada. Dentro de sus conocimientos de biología, detectó huellas de muchos pokémon por el sendero de entrada que conectaba con ciudad Azulona. Una de ellas eran las almohadillas de la sylveon detrás de una capa de pisotones de donphan. Mientras sus patas pisaban la hierba, se preguntaba porque estaba haciendo lo que estaba haciendo y que iba a hacer cuando encontrara a la zorra ¿Sería el adulto que la regañaría por escapar?  Él mismo comprendía que algunas veces te daban ganas de escapar cuando lo arruinabas todo ¿Qué iba a decirle Vee, que salió corriendo a subirse a otro barco cuando hace unas horas estuvo a punto de ahogarse en una balsa, porque no era capaz de ir al funeral de su hermano? ¿Por qué imaginaba lo que hubiera pasado si decidieran caminar por la playa en vez de conversar en medio del mar? ¿o si llevara cinta adhesiva consigo?

Una pareja de pikachu silvestres sacudió las copas de los árboles. Una hoja amarillenta cayó sobre la linterna que apuntaba hacia arriba. Un miedo irracional cruzó su psiquis. Él no creía en fantasmas, pero a veces los vivos podían esconderse entre los arbustos. Vivos con malas intenciones que atacaban a estúpidos enamorados que se metían donde no debían ¿Qué era lo que esperaba? ¿Qué la belleza de Kalos lo amará por salvarla de una muerte de inanición? Un crujido en la hierba alta volvió a sacarlo de sus pensamientos. Un grupo de pichu corrió frente a él. Iba en la misma dirección que en la pareja. En una vana esperanza, decidió ir por ese camino, aun arriesgándose a perderse. En medio de la oscuridad, varios destellos iluminaron la penumbra. Un círculo de ratones eléctricos rodeaba un teléfono desechable de esos que costaban una miseria en las tiendas de tecnología. Agarró el teléfono. En el registro de llamadas, apareció un número que no conocía, pero sabía que era de Kalos. Seguramente el señor K o un amigo del orfanato. Del lado contrario de las huellas de los pikachu, encontró las de una slyveon; un rastro que llevaba a hierba aplastada y a una belleza de Kalos que yacía profundamente dormida.
VIII
 
Lo primero que hizo Hari cuando abrió los ojos fue comerse la lata de verduras que apareció frente a ella y estaba tan débil que no notó a su antiguo profesor observándole hasta que sació su hambre e intentó correr, solo para darse cuenta de que todavía no se encontraba en su mejor momento. Rue se sentía como un abusador al acercarse a una indefensa belleza de Kalos, pero igualmente lo hizo. Volvió a sentarse en la base de un árbol. Una araña bajó por el tronco dispuesta a hacerle daño y murió aplastada por el poder de la mente. Después de salvar a su ex alumna, la miró. Él debería tener derecho a gritarle y desquitarse, no solo por la humillación, sino por hacerle creer que alguien como él sería capaz de alcanzar a alguien como ella. Por imponerle una meta que ni siquiera necesitaba. Él estaba dispuesto a morir solo entre miles de nobeles hasta que llegó a ella a darle esperanza de que tal vez podría tener compañía.

─¿¡Qué quieres!? ─exclamó Harí─. ¿Vas a regañarme como si fueras mi papá? ¡Pues que sepas que prefiero morir a entrar a esa estúpida universidad! 

─Si se lo dices a tu hermano, seguro que lo entiende ─dijo Rue con una seriedad que ocultaba su enojo─. No tenían ninguna necesidad de huir.

Hari parpadeó.

─¡Tú no me entiendes!

─Tú misma no te entiendes. ─dijo el espeon sentándose a su lado─. Si no te interesaba estudiar la universidad, podrías habérmelo dicho.

─¿y luego? ¿Qué iba a hacer? Las condiciones del señor K eran claras ¡Debía ir a la universidad, aunque no quiera!

─¿Eso te lo dice el señor K?

─No, me lo dice mi hermano. Siento que él quiere más al señor K que a mí.

─Eso no es verdad. Tu hermano te ama… quizás demasiado.

─¿¡Tú qué sabes!?

A esas alturas, los sollozos hacían difícil escuchar sus quejas. Él, como el adulto, se mantuvo tranquilo hasta que el lloriqueo le dejase hablar. Todo el amor que sentía por Hari se fue. Ahora podía verla como lo que era. Una niña malcriada que no sabe lo que quiere.  Que prefiere huir a enfrentar sus problemas, porque sencillamente no les encuentra solución. O al menos eso es lo que quería pensar. Ese anhelo por compartir sus días con alguien crecía con fuerza y ver a una hembra tan vulnerable a su lado, hacía que su lado emocional quisiera aprovechar la oportunidad de no estar solo. De proteger a alguien. Aunque antes de eso, necesitaba hacerle una pregunta. Una pregunta que no sabría si podía contestar.

─Devin tampoco quiere estudiar en la universidad. Quiere ser acróbata.

─¡Eso ya lo sé!

─¿Tú que quieres hacer?

Hari abrió la boca para contestar y se quedó perpleja.

─No lo sé…

─Mira, ¿qué tal si vienes conmigo? Yo podría mantenerte con el dinero que voy a ganar en la revista e incluso podríamos escapar a otro sitio.

Hari rio.

─¡Claro, tonto! ¡Por si no te has dado cuenta…

─Sí, ya sé que no me amas, pero… podría funcionar. Quizás la rutina te convenza de que somos compatibles… o al menos podemos aguantarnos.

Hari le miró.

─Bueno… ─dijo la sylveon con gran resignación, apoyándose en su lomo para levantarse─. Vámonos de aquí.

Los dos caminaron por el bosque. Hari estaba adolorida, tenía su pelaje sucio y muchos raspones, pero se podía mover con la cabeza apretada contra su costado. Una representación de la vida que van a vivir desde ese momento. Una vida que nunca podrá ser vivida por culpa de cierto gengar que esperaba en la entrada del bosque. Al parecer no se creyeron nada de que lo que había dicho y decidieron vigilarlo por si regresaba a la escena del crimen. Tenían razón. Esa ilusión de una vida juntos era un crimen. Que no haya perdido la esperanza después de ese empujón en el bosque era un atraco al menos común de los sentidos. Mientras el fantasma le detenía, vio el rostro de Harí. Un rostro asustado por el futuro y traicionado por una mentira que ella misma comenzaba a creerse. Una expresión demasiado realista para tratarse de una fantasía. En realidad, era imposible que pudieran vivir juntos, pero mereció la pena el intento.
 
IX
 
Desde ese momento, no supo más de Hari y el apartamento occidental, cuando lo fue a ver después de haber sido soltado por falta de pruebas, estaba vacío. Se preguntaba si Harí habría tenido el valor de protestar contra una vida arreglada de antemano o si quedó atrapada en esa serie de decisiones que alguien más tomó por ella. A Rue no le importaba. Ni siquiera estaba seguro si había vuelto a casa. Afortunadamente, la noticia de su arresto no transcendió demasiado y logró conservar su trabajo. Una semana después de la caída de la fantasía, estaba encima de un ferry con destino a las Islas Canelas. Aunque su maleta contenía poco equipaje, se encontraba llena de malos recuerdos. Seguramente cuando comience el olvido a cubrir la imagen de esa belleza de Kalos, esa aura opresiva se acabaría deshaciendo e iría a cualquier otra ciudad. El trabajo era a distancia así que podría vivir en Pueblo Paleta o incluso largarse a otra región. 

Sea como sea, esa hipotética región no sería Kalos.

 


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Bueno, más que ser un acto final, esto es un epilogo. Aclara ciertas cosas que no han sido aclaradas y le da un final amargo a esta pequeña historia. No estoy del todo satisfecho con como quedó, pero es lo que salió de unas rachas muy esporádicas de escritura y esto es el trabajo de un mes, aunque no lo parezca xd

@Velvet En efecto, lo hice a proposito. Quería que el lector se diera cuenta de que no era más que una pantomima. 

@Nemuresu Rue no me da pena. Él mismo se quiso engañar porque era obvio que Hari no lo quería.

Eso sería todo por ahora. Nos vemos en DDCI, espero que pronto.

Saludos.

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Los Fan Arts usados en esta edicion son propiedad de sus respectivos autores
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#11
Ayer leí el último capítulo de LF. Ese que tuvo un primer capítulo espectacular que me dejó trepando por las paredes, y que después de eso tuvo un segundo capítulo incluso mejor que el primero con un final que me dejó tapándome la boca con las manos de lo sorprendentemente acertado que fue al predecir lo que estaba pensando y mantener el as bajo la manga hasta el último momento.
 
4 meses y medio pasaron hasta que terminaste el último capítulo. Para serte completamente sincera, me había olvidado en absoluto de esta historia y la manera espectacular en la que había terminado la última vez. Me lancé de cabeza a leerlo, a lo mejor con las expectativas demasiado altas de algo que está por terminar.
 
En la primera leída, me sentí terriblemente decepcionada. Mi problema principal – me gusta de una manera casi arbitraria que las historias tengan un final feliz. Siento que crear un final satisfactorio es uno de los desafíos más difíciles de lograr a la hora de escribir. Por un lado, porque todas las expectativas del lector se ven empujadas hacia el final. Cada cosa que no les gusta, o que no está de acuerdo con su forma de pensar, se patea hacia adelante en la esperanza de que el autor eventualmente pueda darle el giro que una historia tal vez no necesite, pero que un lector desea que exista.
Por el otro lado, el gran problema con escribir finales es que a lo largo de los años, no se tienen muchas oportunidades de darle un cierre a una historia. Podés crear miles de tramas, miles de personajes y miles de situaciones espectaculares. Pero necesitás pasar por todo eso primero para poder llegar a la oportunidad de regalarle un final. Y como todo en la vida, la falta de experiencia siempre nos hace trastabillar de alguna forma u otra.
 
Así que vamos a la pregunta que importa. Sin vueltas. Sin decorados. ¿Esta historia tiene un final malo? ¿Algo que decís: por favor, qué pérdida de tiempo fue leer esto? Me tuve que poner a investigar un poco sobre esto. Ya sabés, con mi espectacular experiencia de CERO historias terminadas, es normal que un final que no me gusta se convierta para mí automáticamente en un final malo.
 
Al parecer existe un arquetipo de final en el que las cosas “podrían haber cambiado, pero al final no lo hacen”, dando una conclusión repentina a la trama y cerrándola de golpe. Muchísimas películas lo hacen, y la opinión siempre termina dividida entre si se trata de un final abrupto o un final sin terminar. Que es básicamente el mismo problema que estoy discutiendo sola, tratando de decidir si lo que yo siento es algo universal que sentiría todo el mundo.
 
Mi corazón dice sin dudas que este final es apresurado. Que ninguno de los personajes obtiene ningún desenlace, ninguno aprende nada, la trama no se cierra, los sentimientos negativos de los personajes no se transforman en absoluto, nadie obtiene nada positivo y la historia en general carece de propósito. Que es una historia de anti-romance donde el amor con dudas solamente lleva a la decepción e incluso el amor genuino depende de las circunstancias. Donde lo que uno quiere no siempre es lo que sucede, a pesar de los esfuerzos, y donde lo que uno trata de imponer sobre otros para que puedan ser felices no siempre es lo que logra ese objetivo. Donde analizar las acciones de una persona son cruciales para entender lo que siente, porque la gente casi nunca es capaz de expresar lo que siente a través de las palabras. O porque quizás la gente es efectivamente nada más que rompecabezas, aferrados a la ilusión de encontrar a alguien que sea capaz de resolverlos. De entenderlos.
 
¿Realmente puede una historia que te hace pensar de esta manera, ser considerada mala? ¿Una historia cuyo último capítulo muestra la razón del nudo mismo de la trama, que se reduce simplemente a una inseguridad infundada entre el deber y el querer? Una respuesta que el autor no conoce, o simplemente no quiere imponer en la persona que lo está leyendo.
 
Una historia con un final abierto, que puede verse en un primer momento como un agravante de la incapacidad del escritor de tomar una decisión, pero que en última instancia le relega ese deber al lector, porque es quien que debe decidir de cuál de los dos hilos tirar. Elegir una opción, y dejar la otra atrás. Un personaje lo hace, mostrando la voluntad del autor. Pero el otro y quizás el más importante, queda abierto a la decisión. Una interpretación deliberadamente ambigua, que invita a uno a elegir su propio final.
 
Me alegro que esta historia tenga un final. Tal vez no el final que yo quería, ni el que esperaba, ni el más satisfactorio; sino un final cuyo mensaje no traicione los pensamientos del autor.
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#12
Buenas tardes.

En efecto, desde que comencé este fanfic sabía que quería un final amargo e incluso como tú dices, insatisfactorio, Ninguno de los protagonistas merecía un final feliz. Es por eso que mi, digamos, inspiración para esta historia fue el edgy de los chinos también conocido como Charlie Kaufman. Como en la vida real, no hay enseñanzas grandes ni revelaciones asombrosas. Aprendemos cosas, pero muchas veces cometemos los mismos errores y esas enseñanzas son más bien sutiles. En LF, Rue aprende, aunque sea de manera inconsciente, que escapar de sus problemas tal vez no sea la mejor forma de vivir y por eso siente la necesidad de volver a Isla Canela, donde perdió a su amigo ¿Has visto Anomalisa? Es una película sobre un coach de negocios que va a realizar una conferencia. Todos los personajes con los que se topa tienen la misma cara y el mismo actor de voz porque para él, todas las personas son iguales, incluso su propio hijo y su propia esposa, hasta que ve a una chica que es diferente a los demás. Los dos tienen una relación y al día siguiente, poco a poco, la chica se vuelve igual a los demás. El hombre, que le había prometido de todo, se va y vuelve a casa donde un montón de amigos con caras iguales y voces iguales le reciben.

El tipo no aprendió nada, no consiguió nada, pero aun así, el espectador sí lo hace. 

Nadie va salvarte de tu vida monótona. Si estás vacío por dentro, nadie de afuera va llenarte. Al final no sabemos si el protagonista logró superar ese vacío o sigue teniendo su esperanza en amantes pasajeros que creen que lo van a salvar. 

Algo parecido quería reflejar aquí. No puedes huir de los problemas. Huir solo va ser más pesada la carga que tienes encima. Tus amigos y tu pareja pueden hacer la carga más liviana, pero al final tú eres el que tiene que llevarla a buen puerto.

Muchas gracias por tomarte el tiempo de leer esta historia. 

Saludos.
[Imagen: g325fpf.png]
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