Importante Colectivo- [Hisuikai] Ecos de Hisui || Primavera

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AdvertenciaDrogasViolencia
#1
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Índice de Capítulos

 Prólogos 

0.0 - GM - Mi cuenco de mendigar acepta incluso las hojas caídas
0.1 - Kiyomi - Que trata de cómo Kiyomi desarrolló su pócima de amor, con otros enrevesados coloquios
0.2 - Ado - Guardián
0.3 - Kouichi - Promesas rotas de un corazón destrozado
0.4 - Touma - ¡¡CORTE DE MIERDA!!
0.5 - Kenji - ¡El hombre que busca la vida y la muerte!
0.6 - Shinobu - La falsa divinidad de un deseo enterrado
0.7 - Katsumi - Costumbres arraigadas
0.8 - Muramasa - De Estrella a Nadie a Quizás Alguien
0.9 - Darai - Semillas de un futuro incierto
0.10 - Teach - The Speechless Land
0.11 - Alexander - El Sueño y la Pesadilla de un Cazador

 Primavera 

I

1.0 - GM - El cerezo pregunta por el cuándo y el dónde a la montaña solitaria
1.1 - Ado - Maldición
1.2 - Muramasa - Scyther, Madera y un Pokémon Furioso
1.3 - Darai - La raíz del problema
1.4 - Kiyomi - Donde se cuenta lo que pasó Kiyomi en el Hanami, y del extraño y más divertido suceso de los caramelos encantados
1.5 - Touma - ¡¿CREES QUE PUEDES PARTIRNOS?!
1.6 - Shinobu - Gracia Divina
1.7 -
1.8 -
1.9 -
1.10 -
1.11 -

 Verano 
 Otoño 
 Invierno 

Fichas de Personajes

*sujeto a cambios*

PJs


Ado


[Imagen: 1O6bOiO.png]
Nombre: Ado
Edad: 25
Región de Procedencia: Unova
Ocupación: Ingeniera electrónica y encargada en "La Enredadera"
Pokémon: [Imagen: IpE3jIu.png]
Objetos Destacados: Tablet, caja de herramientas
Habilidades: Conocimientos de ingeniería electrónica, precisión para arrojar proyectiles a distancia, acceso a todo tipo de información gracias a su tablet
Resumen: Una chica apasionada por el funcionamiento de las cosas y la creación y reparación de toda clase de objetos se encuentra de un momento a otro frente a una isla repleta de flores multicolores. Cree hallarse en medio del sueño más vívido que hubiera experimentado nunca, pero tras conocer a Anvin, el artesano de Villa Jubileo, Ado comienza a desenmarañar los misterios que alberga ese viejo mundo, así como el rol fundamental que podrá desempeñar para ayudarlo a progresar. La salvaje naturaleza le tiende una trampa mortal de imprevisto, pero la aparición de Beni y su Gallade los ponen a salvo de la bestia fuera de control. Sus conocimientos sobre la elaboración de la Pokéball le abrirán las puertas a Jubileo, donde deberá desempeñar en paralelo un oficio en la posada de Beni: "La Enredadera". Los une un vínculo ancestral manchado con sangre, pero ella no puede saberlo.

Alexander


[Imagen: nhiSCGi.png]
Nombre: Alexander Drexler
Edad: 17 (aparenta 12)
Región de Procedencia: Galar
Ocupación: Cazador
Pokémon: [Imagen: TcUxtov.png]
Objetos Destacados: Cuchillo para desollar, pala hacha, silbato
Habilidades: Sigilo, destreza física, manejo de armas blancas variadas, buen estratega
Resumen: Con una estricta y disciplinada formación en el arte de la caza impartida por su propio padre, Alexander creció en los límites rurales de Galar aprendiendo más de los pokémon de lo que un simple entrenador podría. Estudiando su comportamiento en las zonas de caza habilitadas en la extensa Área Silvestre, Alex sabe cómo actúan los pokémon en estado salvaje, cuál es la mejor manera de liquidarlos y cómo evitar que huyan a tiempo. Sin embargo, y si bien posee una sangre mucho más fría que la de cualquier muchacho de su edad, Alex es reticente a emplear armas de fuego, cosa que le cuesta una valiosa misión junto a su padre, donde un herido Ursaring evoluciona misteriosamente antes de morir y los ataca, hiriendo a su progenitor gravemente. A punto de perder la compostura, un atónito Alex es transportado a la distante Hisui, donde será recibido con gran interés por el Equipo Galaxia. Allí, el General Kamado le ofrecerá un trato: podrá cazar libremente dentro de los territorios de Hisui que no estén regidos directamente por los clanes originarios, a cambio de realizar las tareas que le encomiende la División de Investigación.

Darai


[Imagen: CZWSAUe.png]
Nombre: Darai
Edad: 19
Región de Procedencia: Sinnoh
Ocupación: Granjero y Entrenador (retirado)
Pokémon: [Imagen: ezrun0K.png][Imagen: 5aWAgYt.png][Imagen: B3ptQgv.png]
Objetos Destacados:
Tridente
Habilidades: Amplios conocimientos de agricultura, además de captura y entrenamiento de pokémon, especializado en el tipo planta
Resumen: Con una carrera como entrenador truncada por una gélida entrenadora cuya especialidad sobrepasaba a la suya, Darai volcó todas sus fuerzas en su segunda gran pasión: la agricultura. Durante sus prácticas de universidad, es transportado a la región de Hisui, donde será juzgado como el primer Caído del Cielo del que el Equipo Galaxia tenga conocimiento. Demostrando sorprendentes capacidades tanto para trabajar las tierras en la huerta así como gran destreza durante la captura de un escurridizo Cyndaquil, Darai será apadrinado dentro de Villa Jubileo por Colza, Capitán de la División de Agricultura y por el propio profesor Laventon de la División de Investigación.

Katsumi


[Imagen: J1E3l1y.png]
Nombre: Katsumi
Edad: 23
Región de Procedencia: Hoenn
Ocupación: Ladrona
Pokémon: ---
Objetos Destacados: Trozo de madera
Habilidades: Discreta y sigilosa para el hurto, astucia, buena mentirosa, destreza para elaborar todo tipo de explosivos y trampas
Resumen: Siendo todavía una niña pequeña, pero con una inusual habilidad para mostrarse más ingenua y vulnerable de lo que realmente era, Katsumi se ve atacada por lo único que no puede engañar: una tormenta perfecta en el corazón de Hoenn, con grandes olas como edificios azotando el barco en que la llevaba su padre y una bestia descomunal cayéndole encima antes de que sus recuerdos se apaguen como el fuego de una vela socavada por la lluvia. Katsumi despertó en un pantanal que poco tenía que ver con su región natal, pero su memoria no le permitió comprender del todo dónde se hallaba, o cómo había llegado ahí. Descubierta entonces por habitantes de una antigua aldea perteneciente al Clan Diamante, Katsumi no tardará en comprobar que muchos de sus recuerdos están más ligados a la destreza de sus manos que a su propia mente, gozando todavía de la misma habilidad para el robo que su padre le reprochaba.

Kenji


[Imagen: WnGwJGc.png]
Nombre: Kenji
Edad: 32
Región de Procedencia: Hisui
Ocupación: Ronin vagabundo
Pokémon: [Imagen: Zb4ozof.png]
Objetos Destacados:
Va siempre escoltado por un hyotan para el sake y un arma para vivir o morir
Habilidades: Avanzado dominio de la espada, fuerza física y resistencia por encima de la media, estilo de combate salvaje "a vida o muerte"
Resumen: Dos bestias salvajes que viajan cruzadas por el fuego de su pasado: un humano y un pokémon. Kenji es un espadachín y carroñero de armas cuyo único rumbo parece estar fijado por su deseo de luchar hasta morir. Si bien es diestro en el uso de todo tipo de armas, Kenji siente el profundo deseo por empuñar aquella que pueda considerar suya. Una que pueda sentir propia, ganado con algo más que solo un filo manchado por su propia sangre o la de su rival. Junto a él, su Typhlosion Matamune será su vínculo más estrecho con la vida, aunque sobre su lomo crepiten espectrales las llamas del pasado que lo cambió todo para él.

Kiyomi


[Imagen: tk8rWKz.png]
Nombre: Kiyomi
Edad: 114 (aparenta 17)
Región de Procedencia: Sinnoh
Ocupación: Bruja
Pokémon: [Imagen: WXG9VlQ.png]
Objetos Destacados: Libro de hechicería, caldera
Habilidades: Conocimientos de hechicería, brujería y artes oscuras
Resumen: Un alma oscura atormentada por el sentimiento más puro: amor. El difuso límite entre la cordura y la locura parece regir el código moral de la temida bruja del bosque, Kiyomi, quien va siempre escoltada por una horda de fantasmas a su servicio... O tal vez sea ella la que esté al servicio de la noche, atrapada en un trance hipnótico que la arrastre lentamente hacia designios más oscuros. Mismagius, su fiel compañera, parece proporcionarle todo lo necesario para conquistar el corazón de su evasivo amado, incluso si aquellos requerimientos fuesen cien corazones ajenos flotando dentro de su burbujeante caldera.

Kouichi


[Imagen: 2lfOgD9.png]
Nombre: Kouichi
Edad: 24
Región de Procedencia: Kanto
Ocupación: Ladrón y Entrenador (retirado) 
Pokémon: [Imagen: TcUxtov.png]
Objetos Destacados:
Pokéball moderna de su Scyther
Habilidades: Experiencia en combates pokémon, astucia para el hurto
Resumen: De origen humilde, el destino de Kouichi está marcado por la necesidad. De dinero y comida para familia, sí, pero también de algo más profundo y brillante. Motivado por una batalla televisada, Kouichi emprende un viaje como Entrenador Pokémon para recaudar suficientes ingresos y gloria como para que su madre no se avergüence de él. El camino es más duro de lo que esperaba, y aunque mejora con el correr de sus batallas, una barrera se interpone en su sueño en Kanto, obligándolo a torcer el rumbo hacia un desafío todavía mayor: la Liga de Galar. Armado con su propia ambición, Kouichi se estrola una vez más con la dura realidad: solo es un chico lleno de sueños. Los sueños no son alimento suficiente, así que se resigna a vivir como puede, incluso aunque deba quebrantar su propia moral obligándose a robar. Durante uno de sus fallidos robos, Kouichi pierde la vida -o gana una nueva-, transportándose a Hisui. Allí, un hombre sereno con armadura le enseñará el camino de la supervivencia.

Muramasa


[Imagen: p8QNj9r.png]
Nombre: Murdock Masters (Muramasa)
Edad: 45
Región de Procedencia: Galar
Ocupación: Herrero y Actor
Pokémon: [Imagen: TcUxtov.png]
Objetos Destacados: Katana, martillo y una amplia variedad de herramientas de forja
Habilidades: Nociones de actuación (aparentemente, no más de las que tendría cualquier estrella de acción), talento natural para forjar armas y toda clase de objetos, gran fuerza física
Resumen: Además de una consagrada carrera en el mundo del cine, Murdock Masters era bien conocido por diversos escándalos producto de una vida entregada a las adicciones. Tratando de sentar cabeza en la industria y dando una entrevista para desmentir rumores sobre su retiro, es transportado repentinamente a Hisui varios años antes de que el Equipo Galaxia arribe a sus tierras. Así, Murdock recorrerá cada aldea que se interponga en su camino sin rumbo buscando refugio del peligro, siendo rechazado por su apariencia sospechosa. Teniendo que valerse de su ingenio para crear armas con los objetos que se encuentra durante el viaje, Murdock consigue enfrentarse a oponentes tan peligrosos como Ursaring con una rudimentaria pero efectiva katana. Sin embargo, tras no encontrar un refugio estable y durante largos años que llevan su mente hasta los límites de la cordura, la estrella extraviada termina cruzándose con una criatura fantasmal que lo guía a través de la tundra nevada. A punto de morir, es hallado por el Equipo Galaxia y llevado a Jubileo para rendir cuentas ante Kamado, pues sus conocimientos del futuro y su destreza en la herrería le resultarán de gran utilidad a su empresa.

Shinobu


[Imagen: AFAb54S.png]
Nombre: Shinobu
Edad: 20
Región de Procedencia: Kalos
Ocupación: Performer y Ayudante del Profesor Laventon
Pokémon: [Imagen: JPNvJDX.png]
Objetos Destacados:
¿?
Habilidades: Dotes para el canto y la danza, poder de persuasión
Resumen: Mal acostumbrada a una vida de lujos como Top Performer en Kalos, Shinobu se lleva una trágica sorpresa cuando, parcialmente borracha tras una fiesta llena de excesos, termina involucrada en un fatal choque producto de la imprudencia de su acompañante. Vanidosa, caprichosa y con mal genio, Shinobu deberá comenzar una nueva vida en Hisui sin las comodidades que le servía en bandeja de plata su Kalos natal. Allí se topará con Kouichi y Shirou, quienes la escoltarán a salvo rumbo a Villa Jubileo, donde podrá hospedarse a cambio de oficiar como asistente del Profesor Laventon, ya que aunque no sea su mayor especialidad y reniegue para cualquier labor que requiera esfuerzo, demostrará talento para la captura de pokémon y distintas encomiendas para la División de Investigación.

Teach


[Imagen: 03GTtGJ.png]
Nombre: Edmond Teach
Edad: 32
Región de Procedencia: Sinnoh
Ocupación: Marino Mercante y Mangaka (amateur)
Pokémon: [Imagen: CUc0pmf.png]
Objetos Destacados:
Barco restaurado (más del Duskull que suyo) y figura coleccionable de Cynthia y Garchomp
Habilidades: Nociones de modelismo, dibujante y escritor de doujinshis, enciclopedia humana de animes, conducción náutica. ¡Jamás se rinde!
Resumen: Dueño de un pasado del que no puede enorgullecerse, Teach mira hacia adelante con una sonrisa mientras un nuevo día comienza en la región de Hisui. O al menos esa es la mejor cara que puede ponerle a un mundo que le dio la espalda, o que se dio vuelta por completo de pies a cabeza, aunque quizás ese destino sea más amable para él que una muerte deshonrosa. Encontrándose con una antigua embarcación encallada en algún punto de la tierra inhóspita, Teach intentará sobrevivir mientras sueña con mundos imaginarios donde los colores brillan más a su alrededor. Al mismo tiempo, Dokuro, un Duskull salvaje que se auto-proclamaba dueño legítimo del barco abandonado, se ve inmerso en los sueños y pesadillas de las profundidades de su mente, desarrollando tanta empatía por el humano descarriado que acabarán volviéndose inseparables. Con la vista puesta en un futuro esperanzador a orillas de Hisui, y con el barco completamente restaurado entre humano y pokémon, Teach y Dokuro pintan su propia bandera pirata con la amigable calavera de un solo ojo. 

Touma


[Imagen: OBD7ihf.png]
Nombre: Touma Shitakatto
Edad: 23
Región de Procedencia: Johto
Ocupación: Cortador de madera
Pokémon: [Imagen: G1VHuPu.png][Imagen: 04R1vtX.png][Imagen: GUhmrp9.png]
Objetos Destacados:
Motosierra vieja
Habilidades: Fuerza física, habilidad para realizar cortes, conocimientos generales de carpintería
Resumen: Acostumbrado a dar más de sí mismo de lo que cualquiera esperaría de él, Touma crece acumulando sentimientos negativos hacia el mundo que lo rodea. La relación con su padre es casi inexistente, y en el trabajo se ríen de sus vanos intentos por asemejar sus cortes de madera a los de los pokémon con guadañas y garras afiladas que utilizan. Convencido de que puede hacer cosas grandes, su boleto hacia el éxito llega en forma de aquello que tanto había anhelado tener, pero que sus magros ingresos le impedían adquirir: una motosierra vieja y disfuncional que parece hecha a su medida. Liviana y efectiva, aquella herramienta le dará un rápido ascenso y el reconocimiento de sus pares... Así como también un engaño motivado por su propia ingenuidad. Con un rugido salvaje, Touma comete un grave sacrilegio y acaba hiriendo al patrimonio sagrado del Encinar, siendo transportado por el peso de sus errores a la distante Hisui. La gente allí parece temerle, desconociendo el arma mecánica de dientes aserrados que lleva consigo. Capitalizando ese miedo que infunde en los demás, Touma inflará su pecho para gritarle al nuevo mundo que debe tener mucho cuidado con él.


NPCs

Kamado


[Imagen: QDSQCsR.png]
Nombre: Kamado
Edad: 45
Región de Procedencia: Johto
Ocupación: General del Equipo Galaxia
Pokémon: ¿?
Habilidades: Entrenamiento militar, experiencia en combate cuerpo a cuerpo, gran capacidad de liderazgo
Resumen: Tras desaparecer su aldea a consecuencia de un incendio provocado por pokémon salvajes enfurecidos, Kamado abandona su región junto a un reducido grupo de personas para adquirir conocimientos que le permitan fundar el Equipo Galaxia sobre los restos de una vieja aldea de la región de Hisui, a la que llamarán Villa Jubileo. Al frente del Equipo Galaxia, Kamado asignará a las personas más habilidosas que fue conociendo en diversas regiones del mundo para liderar las distintas divisiones que se encargarán de resguardar la paz en su nuevo hogar, así como de salir a explorar las tierras desconocidas de Hisui y a los peligrosos pokémon que allí habitan.

Beni


[Imagen: QfN00jR.png]
Nombre: Benimaru (Beni)
Edad: 52
Región de Procedencia: Johto
Ocupación: Dueño de la posada "La Enredadera" y mano derecha de Kamado
Pokémon: [Imagen: Iq0bpur.png]
Habilidades: 
Destreza física por encima de la media, experiencia en combate, entrenamiento militar y conocimientos de ninjutsu
Resumen: Aunque actualmente pueda vérselo como un vejete tranquilo al frente de "La Enredadera", Beni es en realidad una de las piezas clave del Equipo Galaxia, así como el hombre en quién más confía el General Kamado. Habituado a los mortales enfrentamientos con los pokémon salvajes que arrasaron su hogar en el pasado, Beni aprendió a perfeccionar sus técnicas de combate rápido y sigiloso. Con el paso de los años y de sus viajes por el mundo junto a Kamado, parece haber aprendido también a dominar las artes del combate pokémon; algo muy poco frecuente en Hisui. Tiene a su cargo a Ado en "La Enredadera", a quién se propone proteger en secreto por ser la viva imagen de alguien importante que no pudo salvar cuando su antigua aldea fue consumida por el fuego.

Cyllene


[Imagen: jtHwX9F.png]
Nombre: Cyllene
Edad: 35
Región de Procedencia: Hoenn
Ocupación: Capitana de la División de Investigación del Equipo Galaxia
Pokémon: ¿?
Habilidades: ¿?
Resumen: ¿?

Laventon


[Imagen: CjVpMPP.png]
Nombre: Laventon
Edad: 35
Región de Procedencia: Galar
Ocupación: Profesor Pokémon de la División de Investigación del Equipo Galaxia
Pokémon: ¿?
Habilidades: Amplios conocimientos sobre diversas especies de pokémon, así como en la creación de las Pokéball
Resumen: ¿?

Shirou


[Imagen: BbnCciA.png]
Nombre: Shirou
Edad: 27
Región de Procedencia: Hisui
Ocupación: Guardaespaldas
Pokémon: [Imagen: cac0b24.png]
Habilidades: Diestro en el combate cuerpo a cuerpo, dominio de armas blancas, conocimientos de entrenamiento pokémon
Resumen: Un hombre misterioso que guía a Kouichi en sus primeros pasos por Hisui.


Temas de Interés

♦ FAQ, Reglamento y Comentarios
♦ General de Preguntas y Respuestas de Personajes
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Responder
#2
Muramasa: Capítulo 1. “Scyther, Madera, y un Pokémon Furioso”
 
Muramasa estaba pensativo.
 
“Esa mujer es realmente afortunada,” reflexionó ante el hecho de que Ado la había tenido más fácil que él. Ya sabía que no era el único que había caído del cielo, pero la diferencia entre cómo la había pasado él y cómo la había pasado ella era como día y noche. “Tuvo una mejor chance de vivir aquí que yo, y ahora que ve un problema que le puede lastimar, lo quiere solucionar a como dé lugar. Bien pensado,” sintió una ligera admiración por la determinación de la chica.
 
“Será mejor que me ponga a pensar en una ruta para obtener el roble”. Ahí se puso a recordar el área determinada que le rodeaba: ahí habitaban los Scyther, cerca de un río del cual varios Psyduck y Bunneary tomaban agua, pero ya no podía ubicar cómo llegar hacia ese punto.
 
“Ese sitio… ahora si tan solo pudiera saber el camino que me lleve ahí…”
 
Intentó memorizar algún camino sin logro. Necesitaba la ayuda de alguien que supiera de aquel sitio y pudiera llevarlo ahí.
 
“Dudo que el Equipo Galaxia esté dispuesto a ayudarme.”
 
“Los de Ginkgo podrían saber algo, pero quién sabe si quieran compartir esa información.”
 
“Necesito pensar en alguien que podría salir a semejante lugar.”
 
“Alguien que se vea obligado a ir por agua en ese río.”
 
“Alguien que podría sacar frutas.”
 
“Alguien que sepa de…” ahí entendió algo. “¡Un experto en insectos!”
 
Ya tenía idea de a quién debía buscar, y lograrlo no iba a ser difícil, en teoría.
 
Lo primero que hizo fue buscar a los niños alrededor de la aldea. Como todavía era tiempo de festival, algunas personas iban a quedarse despiertas hasta tarde, por ende, había una chance de que los más jóvenes estuvieran por ahí.
 
Afortunadamente para él, había encontrado a un grupo de chicos platicando en plena noche. Los niños habían detenido su charla para tratar de alejar al hombre, pues era uno de esos tipos que salió del cielo.
 
—¿Se… le ofrece algo? —Uno preguntó.
 
—Solo una cosa: ¿alguno de ustedes es, o conoce a un “experto en bichos”? Necesito su ayuda.
 
Los pequeños se miraron, sus caras mostraban algo de miedo. Suspiraron al ver sus opciones.
 
—No estamos seguros de si es la persona que busca, pero escuchamos que hay alguien que está haciendo trampas detrás del estudio de Dagero. Quizás le sirva buscar ahí.
 
—Entendido. Gracias por la ayuda.
 
—No vuelvas a acercarte. —otro chico le dijo, cosa que hizo enojar a los demás por miedo a las consecuencias que podía tener el decir algo tan imprudente. Sin embargo, Muramasa solo los dejó en paz.
 
Podía ubicar aquel sitio por las fotos que el artista había dejado a la vista del público. Dio una vuelta rápida, ahí notó la presencia de un chico armando lo que parecía ser una trampa capaz de hacer gritar al más peligroso de los Ursaring, el cual, luego de unos segundos, notó su presencia. Éste se quedó mirando fijamente, esperando a ver qué seguía.
 
—¿Tú eres el experto en bichos?
 
—Sí… —mantuvo precaución—, ¿quién lo pregunta?
 
—Muramasa. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
 
—Alexander. Y… —estresó admitir su posición, pero esperó porque algo bueno saliera de la situación—, sí, sé mucho sobre los tipo insecto. Sé a qué hora salen los Beautifly y los Dustox, conozco el tipo de miel que les gusta, la clase de depredador que los puede matar, la potencia de sus venenos, su atracción a las luces, los gases que los espantan o matan…
 
—Entonces quisiera preguntarte algo.
 
—Si quieres que haga cualquier cosa, tendrás qué darme algo a cambio. —tuvo esperanza de conseguir algo.
 
—No hay problema, te daré lo que quieras, mientras me ayudes con lo siguiente: hay un enorme árbol a lo lejos donde habitan muchos Scyther, quisiera que me dijeras el camino para llegar ahí.
 
La pregunta fue anticlimática para el niño, sabía cómo responder, pero esperaba algo más interesante del asunto. Aunque de igual forma, decidió tomar lo que podía de la petición.
 
—Si accedes a capturar un Scyther por mí, te lo diré.
 
—Bien. Atraparé a cualquier Scyther que encuentre. —accedió sin poner objeciones.
 
—Entonces escucha: para llegar al Gran Árbol, debes pasar por la Colina del Anhelo hasta dar con un puente que lleva a la Senda del Venado, de ahí, sigues toda la costa hasta que llegues a la Presa del Estuario, ahí encontrarás un camino que lleva hacia el Bosque Recóndito, ahí es dónde está el pokémon que quiero, muévete hacia el oeste lo más profundo, así llegarás al Gran Árbol.
 
“Excelente…” sintió satisfacción al saber qué no tendría qué ir muy lejos para poder buscar el roble. Se marchó tras ello.
 
—Gracias. —dijo antes de irse, pero Alexander no estaba terminado.
 
—¡Un momento! ¿A dónde vas?
 
—A dormir. Voy a descansar por hoy. Mañana en la noche iré al Bosque Recóndito.
 
—Entonces quiero que me esperes a la salida. Quiero asegurarme de que cumplirás tu parte del trato.
 
Muramasa no estaba de humor para traer acompañantes, pero tampoco tenía ganas de hacer enemigos con gente en la Villa, así que suspiró.
 
—Bien, más vale que estés ahí lo más temprano posible.
 
Sin nada más qué decir, ambos partieron caminos para descansar por el resto de la noche. Algo que fue un poco difícil para el herrero, pues sintió cierta preocupación por Ado, no porque había una posibilidad de que incumpliera su parte del trato con ella, sino por la situación que esa mujer tenía con ese Munchlax, aunque fuese diferente, se parecía a la relación que tenía con el Zorua fantasmagórico de la Tundra, un ser que se ofreció a acompañarlo porque tuvo la gentileza de darle comida, pero pronto desapareció, seguramente ante la certeza de que ya no iba a poder darle más. “No merece que le pase algo así. Nadie en realidad…” quizás dudaba de la relación entre Ado y los aldeanos, pero era más doloroso pensar que alguien podría sufrir el mismo tipo de traición que él. “Espero que esto le sirva de algo.”
 
Al día siguiente, preparó su equipo para la pequeña expedición: solo algo de agua, bayas, una linterna con vela para cuando oscureciera demasiado, y unas cuantas poké bolas para poder atrapar a la mantis que deseaba su compañero. Un tiempo después de la puesta del sol, se fue a la salida de la Villa, donde Alexander ya le estaba esperando.
 
—Te tomó más de lo que esperaba —le reprochó de forma burlesca—. Vamos, no vas a poder cumplir tu parte si te quedas ahí parado.
 
No dijo nada, solo siguió el paso de su compañero. Sin embargo, antes de salir a la Pradera Obsidiana, habló con uno de los guardias de la Villa, el cual luego le dio su katana, arma que sorprendió al muchacho.
 
—¿Para qué necesitas esa cosa?
 
—Solo es para defenderme, niño. Esos Scyther no van a reaccionar a nosotros con amabilidad.
 
Alex se interesó al ver que quizás los encuentros con esas mantis iban a ser más curiosas de que esperaba.

Mientras tanto, otro chico estaba cansado, sin mucho qué poder hacer. Estaba caminando lejos del Gran Árbol. Pronto colapsó, pero alguien apareció repentinamente para atenderlo.
 
—¡LIAN! —vio a una mujer de cabello azabache y ojos azules, preocupada.
 
—¿Mai? —logró musitar—. ¿Qué estás haciendo aquí?
 
—Escuché algo muy fuerte ocurriendo cerca de la arena. ¿Qué te ocurrió?
 
—Algo le pasó a Kleavor. Una clase de luz cayó sobre él, y se volvió completamente inestable. Quiere destruir cosas, y estuve tratando de detenerlo con Goomy.
 
—¿Y decidiste mejor dejar al guardián solo?
 
—No del todo. Dejé que dos guardias ayudaran.
 
—Quizás vaya siendo hora de que tome acción.
 
—¡Jamás! —el muchacho quiso impedirlo—. Eres del Clan Diamante, no puedes interferir en los problemas del Clan Perla.
 
—¿Y qué piensas hacer si fallas en contenerlo?
 
Él se quedó callado. Tenía nula idea de qué hacer ante ese monstruo. Sus expresiones demostraban ese problema. Mai estaba consciente de lo ocurrido, pero para evitar tener una discusión con el muchacho y evitar problemas con Adaman más adelante, ideó algo efectivo.
 
—Llamaré a Wyrdeer. Voy a pedirle ayudar al Equipo Galaxia.
 
—Bien… nosotros dos vamos a patrullar los alrededores. Es mejor que nadie se acerque.
 
Ella tocó la flauta. Un minuto después, un enorme reno blanco apareció para darle a ambos el viaje que necesitaba. Mientras que el muchacho se puso a vigilar, aunque eventualmente, sintió que fue necesario llamar a más refuerzos de su propio clan para ayudar.

El tiempo de camino para Muramasa y Alex fue largo, pues el chico tuvo qué estar guiando para que no se perdieran, y era un tramo notable, pues tuvieron qué evitar a varios Zubat, los Bibarel que aún trabajaban en un pequeño puente artificial que permitía el paso hacia el Bosque Errante, además de que los Dustox estaban rodeando muchos árboles como si fueran plagas. No midieron el tiempo que pasaron vagando, pero para cuando llegaron, ya estaba saliendo la luz del sol, al punto en que el cielo era azulado.

Durante un punto, el chico tuvo la necesidad de preguntar:

—Oye, ¿de dónde sacaste esa katana?

—La hice yo mismo.

—¿Entonces eres herrero?

—Sí, trabajo con Anvin, haciendo armas.

—Y dime, ¿cuánto cobras?

—Contestaré con otra pregunta: ¿por qué quieres saberlo?

—Porque quizás me sirva tener tus servicios en el futuro. Soy bueno con las trampas para pokémon.

—¿Y puedo confiar en que sabrás usarlas?

—Me viste trabajando en una trampa para Ursaring. Créeme que puedo con ello, soy completamente capaz de defenderme.

—Pues tendrías qué demostrár- ¡PWEGH! —no continuó porque algo le asqueó.

Ahí fue que notaron que algo había muerto, pero fueron incapaces de distinguirlo por la distancia, cosa que les instigó a checar.

 
—Oye… —Muramasa tuvo miedo de preguntar—, ¿los Scyther son propensos a este tipo de actos?
 
—Comen cadáveres, sí, pero parece que esta comida les cayó mal.
 
El hedor se hizo más fuerte en algún punto, cosa que motivó al adulto a ver qué clase de cosa se habían comido, la respuesta fue desagradable: el cadáver era de una mantis. Descubrir eso asustó a ambos, pues trajo más preguntas: ¿quién hizo esto? ¿Cómo? ¿Y por qué?
 
—Parece que alguien se nos adelantó. —Alexander dijo con un tono de sarcasmo.
 
—Y sí que venía con malas intenciones.

“Alguien hizo cortes con arma gruesa,” analizó el daño, que involucraba daños directo a los huesos y a las guadañas. “Esto debe ser obra de un tipo de katana, o de un pokémon con cuchillas más grandes.”

 
Siguieron inspeccionando, había más Scyther. Todos con la misma mala fortuna. Por suerte, dieron con una mantis recostada en un árbol, todavía viva, y por la impresión, nadie la había lastimado.
 
—Oye, ¿no crees que sea mejor atrapar a este? —Alex pidió—. Dudo que encontremos a un pokémon que no esté muerto ahora.
 
—Supongo que es verdad —Muramasa admitió—. Creo que este de aquí podrá recuperarse pronto, así que mejor ir al grano.
 
Ambos admiraron cómo aquel monstruo abría los ojos, aunque carecía de las energías necesarias para poder defenderse, además de que algo en su mirada daba la impresión de ser inofensivo. Antes de poder lanzarle una poké bola, el niño escuchó un gruñido gutural de cerca, el cual subió de volumen hasta que detectó lo que era.
 
—¡Cuidado! —tacleó a su compañero adulto.
 
Otro Scyther apareció, y estaba muy enojado. Los dos asumieron que éste les había culpado de lo ocurrido en el sitio. Éste se dispuso a matarlos, empezando con Muramasa, quien rápidamente sacó su espada para poder escudarse de algunas cuchilladas. Cuando tuvo la oportunidad, el herrero le dio una patada que lo empujó por varios metros.
 
Scyther iba a atacar, pero fue repentinamente lastimado por Alex, quien usó un cuchillo para atacar, cosa que el hombre no había visto venir de semejante persona. La mantis quiso atacarlo con más cuchilladas, pero un ataque hacia el pie le ralentizó, y el herrero usó la oportunidad para lanzarle una poké bola con tal de atraparlo. La esfera encerró al monstruo y brincó al aire, se agitó tres veces, pero terminó por romperse.
 
El insecto se enojó al ver que estaba fallando en vengar a sus compañeros de especie, así que lanzó una ráfaga de viento que hizo retroceder a sus oponentes, y aprovechó ese empuje para poder atacar al arma con otro corte, el cual desarmó a su enemigo. Muramasa ya sabía de luchar sin esa katana, así que se puso a continuar esquivando hasta poder meterle unos cuantos puñetazos al rostro.
 
Alexander quiso aprovechar la situación, pero se dio cuenta de que su cuchillo había sido desarmado por la ráfaga de viento, demasiado lejos para poder actuar rápido, sin embargo, fue afortunado de ver que tenía chinchetas, de las que usaba para poder lastimar a algunos tipos de pokémon en los pies. Determinado a tomar acción, el niño las aventó a la espalda del monstruo.
 
Muramasa agarró el hocico de su oponente y con su fuerza, lo tumbó contra el suelo. Usó esa chance para sacar sus esferas y dárselas a su compañero.
 
—¡Atrápalo cuando tengas la chance!
 
Aquella mantis se quitó al hombre de encima con Viento Plata. Ahí fue que decidió no andarse con más juegos y usó Ataque Rápido para poder cansar a su rival, un ataque exitoso. Estaba a punto de encajar una de sus guadañas en él, pero su espalda fue lastimada por un viento filoso. Ahí todos vieron que aquel Scyther que habían encontrado hace rato logró levantarse, y estaba dispuesto a ayudar a los humanos, sin razón aparente.
 
El par de monstruos empezaron a atacarse mutuamente con cuchilladas, pero el enemigo seguía teniendo la ventaja, así que Muramasa intervino con una patada, la cual sirvió para que el bueno usara Golpe Aéreo. Ambos entonces empezaron a atacar, hasta que el hombre decidió agarrar al malo.
 
—¡Lanza una poké bola ahora! —pidió a Alex, quien sin poner una sola duda, hizo caso.
 
La esfera golpeó a la mantis justo en su cabeza y lo obligó a reducir su tamaño. Luego saltó por los aires con tres vueltas, hasta que volvió al suelo, finalmente, se quedó cerrada.
 
—Excelente… —el herrero se alegró porque fueron exitosos en esa parte del trato.

—Te dije que podía defenderme solo. —Alexander se sintió orgulloso

—Hmm... —prefirió no contestar y mejor enfocarse en algo que necesitaba resolver—. Ahora, ¿qué hay de ti? —miró al Scyther bueno.

 
Notó que la mantis se había inclinado en respeto hacia su persona. Ahí fue que se puso a recordar algún encuentro que pudiera llevar a ese punto, y pensó en la vez que venció a uno con sus propias manos, al punto de ordenarle que no volviera a meterse con él.
 
—¿Lo ubicas? —Alexander le preguntó.
 
—Sí —admitió—. Lo conocí en un encuentro hace tiempo. Aunque sería injusto si dijera que esperaba volverlo a ver.
 
“La gente en Jubileo ya está empezando a compartir lugar con los pokémon,” se puso a pensar. “Ado tiene a un Munchlax y se determina por demostrar un vínculo real. Quizás pueda intentar al menos beneficiarme de tener a mi propio compañero, alguien que me pueda ayudar con mi trabajo.”
 
—Tú vendrás conmigo.
 
Tomó una de las esferas que debía haber ido hacia la mantis del muchacho y la abrió para que pudiera atrapar a su nuevo compañero. Luego de la breve captura, ambos recogieron sus armas. Alex estuvo dispuesto a irse, pero notó que su compañero iba por un camino muy distinto.
 
—Espera, ¿qué haces?
 
—Aún tengo qué tomar la madera del Gran Árbol. ¿Vienes, o preferirías irte?
 
El chico pensó que la acción de su compañero fue un tanto imprudente, pero aceptó que esa meta ya se la había contado antes, entonces suspiró.
 
—Ojalá sea rápido. Esto ha sido cansino.
 
Ambos se fueron más profundo, hacia donde ya se encontraba el enorme árbol. Durante su rumbo, habían escuchado un ruido extraño, que parecía venir desde el corazón de aquel enorme cuerpo de madera.
 
Estaban seguros de que estaban cerca de donde querían hasta que empezaron a escuchar un fuerte ruido metálico, el cual no podían entender del todo. Pronto el ruido dejó de sonar, cosa que puso presión en ambos por sacar la madera y darse por terminados. Ambos se habían acercado a la arena, cuando alguien apareció repentinamente.
 
—¡¿Qué hacen ustedes aquí, idiotas?! —preguntó un joven con un objeto muy curioso: una motosierra, seguramente la fuente de aquel sonido tan raro.

—Oye, creo haberte visto antes —el herrero reconoció su apariencia—. Has hablado con el Equipo Galaxia.

—El nombre es Touma, idiota. ¿Con quiénes estoy hablando?

—Muramasa.

—Alexander… —no tuvo ganas de decir el nombre por la mala actitud del tipo.

—Bien, ahora contesten a la pregunta que les hice.

 
—Solo vinimos por madera de roble. —Muramasa respondió.
 
—¡Pfeh! —Touma se burló—. Tanto para poco…
 
—¿De qué hablas?
 
—¿Qué no vieron lo ocurrido de ayer? —ambos se mostraron confundidos, cosa que lo instigó a continuar—. ¿La luz? ¿Acaso estaban tan ciegos que no la vieron?
 
Ahí fue que los dos ubicaron el evento. Se refería a aquella luz enorme la cual había brillado brevemente durante el primer día del festival.
 
—No, sí vimos esa cosa.
 
—Entonces deberían saber lo peligroso que es pasar por aquí, porque de otra forma, solo se están aventando a la muerte.
 
—Esto lo resolveremos rápido —Muramasa mantuvo la confianza—. Nadie morirá hoy.
 
—Más vale que tengan a alguien que los quiera si pasa lo contrario.
 
El herrero ya no tuvo más ganas de continuar discutiendo con aquel tipo. Simplemente se fue junto a Alexander a terminar su trabajo, mientras que el tipo con la motosierra les siguió, pues su meta llevaba al mismo sitio que la de ellos. Era cierto que quería evitar el riesgo que implicaba toparse con cual sea que fuera la amenaza, pero más le importaba poder tomar la madera y cumplir su parte del trato con Ado.
 
Cuando entraron a la arena, Muramasa sacó su katana para poder hacer unos cortes con los cuales, sacaría el material que necesitaba.
 
“Que sea rápido…” esperó porque nada intentara detenerlo.
 
Repentinamente, un sonido gutural se oyó cerca, algo que Touma notó desde cerca.
 
—¡Hey! —pidió atención—. Algo está por aquí. Mejor eviten hacer una tontería.
 
Los tres entonces prestaron atención al ruido, el cual sonaba más amenazante con cada segundo. Se pusieron en posiciones para poder prepararse contra cualquier posible ataque. Además, notaron que había dos personas tiradas en el suelo, no estaban muertas, pero sí inconscientes, algo que inspiró miedo en el trío.
 
Eventualmente, el ruido subió de volumen, y luego sintieron una fuerza elevarse al cielo. Alexander notó algo que tomó a todos por sorpresa.
 
—¡Cuidado! —indicó al cielo.
 
Todos notaron que una figura había dado un brinco, estaba cayendo hacia ellos. Los tres se apartaron lo suficiente para que quien fuera aquel ser fallara en lastimarlos, aunque su impacto causó una enorme ráfaga, la cual no permitió que se pudiera distinguir al ser. Cuando el polvo se disipó, se notó a la figura en cuestión: era un pokémon gigante, parecido a una mantis, de color marrón, con dos hachas por manos.
 
La voz de aquel enorme ser mostraba un deseo de violencia, cosa que le hizo saber muy bien al grupo. Sus ojos se iluminaron con un color amarillento, luego lanzó un enorme rugido.
 
Era hora de luchar.

Mostrar Capítulo 1

@Velvet El capítulo sigue justo desde el tuyo como quedamos. Dime si algo te parece fuera de lugar.
@DoctorSpring Incluí a tu personaje. Me dices si algo todavía no funciona.
@Tommy También incluí al tuyo, así como la escena de Mai y Lian. Dime qué te parecieron.
@Dr.Kaos Hice un tease a la presencia de tu personaje.
Si hay algo que no termina por convencer, lo voy a corregir. Es la primera vez que incluyo tanto de varios personajes. así que me importa mucho saber lo que piensan.
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#3
Capítulo 1 — Darai
 
La raíz del problema

 
La primavera por fin había llegado a Jubileo. Aunque mucha gente afirmaba que el invierno había sido mucho más benigno que el del año anterior, para Darai había sido todo un suplicio. Sí, sus reservas de las cosechas de verano y otoño habían bastado y sobrado para esos tres meses e incluso habían tenido una producción más que decente gracias a las técnicas que había compartido con los otros integrantes de la brigada de agricultura, pero ninguno de ellos había tenido que soportar el granizo o las bajas temperaturas fuera de la seguridad de la villa, ni el terreno agreste o los Pokémon agresivos. Había subestimado la dificultad de esa labor, al no contar con las comodidades del mundo moderno, a pesar de que su propia experiencia le había ayudado a sobrellevar más de una situación de vida o muerte. Pero contrariamente a lo que esperaba, sus logros no le habían granjeado la simpatía de los pueblerinos, e incluso parecía que sus propios colegas en el escuadrón volvían a recelar de él… bajó la mirada hacia el grueso cinturón que llevaba puesto, del cual pendían tres Poké Balls. Irónicamente, la compañía de esas criaturas era lo único que había mantenido vivo su entusiasmo inicial tras su incorporación al equipo de exploradores.
 
Suspiró con cansancio. Al menos la llegada del mejor tiempo era una excelente razón para dedicarse más a las huertas que a los encargos de Laventon, siempre que la autodenominada “diosa guerrera” o el “loco de la motosierra” estuvieran de humor para realizarlos. La llegada de ambos a Jubileo le había supuesto un alivio inicial en sus labores de exploración, pero esos caracteres suyos eran un enorme problema a la hora de cooperar o alinear sus esfuerzos para ser lo más eficientes posibles. Los otros dos “caídos del cielo” que habían aparecido tras él no respondían directamente a las órdenes de Cyllene, por lo que era imposible contar con ellos para evitarle esa clase de trabajos… aunque no descartaba que en algún momento les obligarían a formar parte de aquella empresa, porque lo que todos ellos tenían en común era ser prescindibles en mayor o menor medida, dados los aparentes objetivos de Kamado. Y si sumaba a ello el comportamiento nefasto de algunos de ellos, casi no podía culpar a sus conciudadanos… casi. Si no fuera por Colza y la reciente amistad que había forjado con Zisu, habría perdido por completo la esperanza de que la mentalidad de esa gente pudiera cambiar, por lo que sentía como su obligación llevar aquello a buen término, dentro de lo humanamente posible.
 
Fue por esto que intentó que todos esos pensamientos no le distrajeran de lo que debía hacer. Kamado estaba empecinado en impresionar de todas las formas posibles a sus invitados especiales para el Hanami, los clanes Diamante y Perla; exhibir los frutos de la última cosecha en el stand más visible en la calle principal de la villa haría evidente para dichos visitantes que Jubileo podía alimentarse a sí misma y no dependía de la caridad de nadie, como manera de cimentar su buena posición en cualquier negociación con ellos. Y precisamente por esto Colza le había pedido ser quien se encargara de organizar todo aquello y de explicar a sus visitantes con lujo de detalle todo lo relacionado a sus productos cuando les honraran con su presencia. De esta manera, les demostraría que no era el único en su escuadrón con un conocimiento más que apreciable de la flora y suelos locales, precisamente de quien realmente les había ayudado a conseguir esa calidad y abundancia de cultivos. Sin embargo, había otro motivo que no había compartido con su subordinado: hacer que se codeara más con sus conciudadanos y, quizá con algo de suerte, que se granjeara su simpatía, incluso con esas Poké Balls que siempre llevaba consigo y de las que se negaba a separarse, como si le resultara lo más natural del mundo. La suya debía ser una época maravillosa, y quizá la extrañaba más de lo que dejaba ver o quería admitir para sí mismo.
 
Ajeno a tales consideraciones, Darai siguió organizando todo lo necesario para la apertura del stand hasta bien entrada la noche. Cuando finalmente quedó satisfecho con el resultado de su trabajo, y considerando la hora que era, decidió cenar y pasar la noche en “La Enredadera”, que le quedaba más cerca de ahí que su propio hogar, con lo que podría dormir un poco más.
 
Aunque el ambiente en la posada fue mucho más animado de lo esperado, Darai pudo tener la suficiente tranquilidad para disfrutar de su cena, mientras veía con curiosidad lo que Ado hacía tras la barra cuando no estaba atendiendo a los demás clientes. Había pasado ya un mes desde su llegada y no había hallado la manera de entablar una conversación con ella que no fuera su orden de comida usual. No tenía la seguridad de si era por su propia dificultad para expresarse o que ella fuera tan amable con todos que le hiciera desconfiar, a pesar de ser quizá la forastera con el comportamiento más ejemplar de todos. Suspiró con pesar, dejando todas las preguntas que tenía para ella aplazadas para cuando realmente pudiera decidirse a dirigirse a ella y se retiró a descansar. El día siguiente era demasiado importante como para agobiarse por aquello o por los ruidos que ciertos visitantes produjeron con su intempestiva llegada a la posada.
 
Darai despertó al rayar el alba gracias a los suaves pero insistentes picotazos que Starly le propinó en las pantorrillas; a falta de alarmas y smartphones, era el mejor método que tenía para levantarse temprano y cumplir sus labores. Compartió algo del pan que había guardado la noche anterior con su Pokémon y salió discretamente con éste arrebujado en su hombro, como hacía siempre que pasaba ahí la noche. Y como era usual, las calles de Jubileo a aquella hora estaban prácticamente vacías, por lo que se permitió liberar a sus otros Pokémon: Cyndaquil bostezó mientras se estiraba y encendía apenas las flamas de su lomo, mientras Voltorb rodaba con algarabía al recibir los tibios rayos del Sol.
 
—Ojalá la gente de esta época pudiera verlos así —pensó inconforme mientras mimaba a sus Pokémon, los cuales se dejaron hacer, disfrutando de tales atenciones.
 
De nuevo, no podía culparlos por su miedo. Él mismo había visto el gran contraste entre el comportamiento de muchos Pokémon antes y después de su captura, como si la cercanía con los humanos los calmara de algún modo. Durante su viaje por Sinnoh, había visto infinidad de Pokémon agresivos, pero nunca al nivel de los que había tenido que enfrentar ahí. Era evidente que algo inusual ocurría en dicha época… sólo esperaba que la situación no empeorara, por el bien de su proyecto de vida tranquila en Hisui.
 
La mañana transcurrió con más tranquilidad de lo que esperaba. Aunque la mayoría de sus clientes se mostraban admirados ante la calidad de las verduras y frutas que tenía expuestas, todos parecían contentos con lo que veían… hasta que llegó ella. Pelirroja y guarecida del frescor matinal por un tapado azul que indicaba su pertenencia al Clan Diamante, no dudó en preguntarle sobre cualquier cosa menos las cosechas que tenía disponibles mientras intentaba atender a los demás clientes. «¿Es verdad que eres de otra época?», «¿dónde guardas los cultivos “especiales”?» y «¿Me muestras a tus Pokémon?» fueron las preguntas que más repitió durante la hora que pasó ahí. Tuvo que asentir a regañadientes a lo primero, pues era algo que aparentemente no podía ocultar por más que se esforzara; a lo segundo fue especialmente enfático en responder que todas esas plantas estaban en manos de Pesselle, a pesar de ser una mentira como un templo; a lo último tuvo que negarse en redondo, sobre todo cuando los visitantes parecían alertarse con apenas la mención de esa palabra.
 
—Lo siento, señorita Arezu, pero sabe tan bien como yo que los Pokémon aún no son bien vistos en Jubileo —Darai intentó ser lo más diplomático posible, pues no quería causar ninguna fricción con los clanes, mientras le ofrecía unos duraznos frescos como compensación.
—Aunque esa no sea una opinión que compartas, según veo —comentó con confianza una tercera voz que no reconoció.
 
Darai se giró de inmediato hacia los recién llegados: una chica de cabello corto azabache que vestía de manera similar a Arezu y un adulto algunos años mayor que él, cuyos sagaces ojos café parecían demandarle una respuesta inmediata. La forma en que vestía y la autoridad que emanaba dejaban claro que debía tratarse del jerarca del Clan Diamante.
 
—Mi opinión poco importa en estos asuntos, señor Adaman —respondió con cortesía, para luego darse cuenta de que sus demás clientes se retiraban con expresiones llenas de pavor.
 
El causante de éstas era un grácil zorro de pelaje verde mezclado con hojas que bostezaba con aburrimiento al acercarse al stand. Aunque ya se había acostumbrado a las reacciones de los humanos de aquel asentamiento, no dejaba de resultarle un incordio. Fue por esto que la mirada llena de curiosidad de Darai le resultó muy refrescante, por lo que decidió acercársele, a ver cómo reaccionaba. Adaman observó la escena con interés, mientras aceptaba una de las frutas que Arezu había recibido previamente.
 
—Qué Leafeon tan magnífico —comentó el maravillado granjero, notando lo lozanas que se veían sus orejas y cola, así como el esplendente pelaje de su lomo, tras lo cual le ofreció la palma abierta de su mano.
 
El Pokémon no tardó en corresponder aquel gesto olisqueando esa mano, para luego frotar su hocico contra la misma, agradeciendo que aquel humano hubiera sido lo suficientemente respetuoso para no intentar tocarlo sin su permiso. Por su parte, Adaman disfrutaba del jugoso durazno mientras el desdén con el que observaba las Poké Balls en el cinturón de Darai parecía remitir apenas un poco. Con todo esto había confirmado que debía ser uno de aquellos “caídos del cielo” a los que Kamado había hecho referencia.
 
—Veo que las cosechas han mejorado mucho desde el establecimiento de este lugar —dijo el jerarca tras terminar con aquella fruta—; ¿por qué no me cuentas qué ha cambiado desde ese entonces? —preguntó con una sonrisa astuta, interesado por lo que pudiera decirle Darai.
 
Considerando que nadie se acercó al stand por la presencia de Leafeon, Darai pudo pasar la siguiente media hora contestando con rapidez y precisión las agudas preguntas de Adaman, mientras Mai y Arezu aprovechaban para probar cualquier cosa que les llamara la atención. El jerarca demostró sus amplios conocimientos al casi no necesitar preguntar por algunos de los términos que el granjero empleaba, que para muchos otros sonaban a un idioma extranjero.
 
—Sin duda, Jubileo ha avanzado mucho en cuanto a su suministro alimentario, en buena parte gracias a gente como tú —le felicitó un satisfecho Adaman, si bien el doble sentido de sus palabras no pasó desapercibido para su interlocutor—; espero con interés ver sus progresos para el año siguiente —expresó cordialmente, ocultando el ligero pesar de saber que el chico sin duda sería una de las “vidas descartables” que Kamado no dudaría en arriesgar para sus propias ambiciones.
 
Y así concluyó la visita del Clan Diamante al stand de la división de agricultura. Darai casi no podía creer que hubiera sido tan sencillo hablar delante de semejante grupo, quizá porque los había sentido mucho más cercanos que la gran mayoría de habitantes de Jubileo, quienes tardaron un poco en volver a acercarse, por si acaso aquel Leafeon decidía volver. Esto le había convencido de mantener a Cyndaquil y los demás a buen resguardo en sus Poké Balls, a pesar de que su compañía seguramente le habría hecho la jornada mucho más llevadera. Al menos podría descansar una vez que los integrantes del Clan Perla se presentaran y les explicara todo lo que quisieran saber.
 
En el ínterin de esto, Colza fue a visitarle para ver cómo llevaba todo ello y hacerle saber que Irida y su comitiva estaban cerca, pues se habían entretenido mucho más que el grupo de Adaman con todos los stands que había entre el suyo y el Edificio Galaxia. Por más diferentes que fueran sus creencias, dos de ellos eran muy jóvenes y exhibían la curiosidad típica de su edad.
 
—Apenas acabes con ellos, ve a comer y fumar algo —expresó su mentor, agradecido por el gran trabajo que estaba haciendo; había compartido algunas palabras con Adaman tras su visita al stand, y éste se había mostrado genuinamente complacido tras su visita al mismo.
 
Darai asintió, por lo que siguió atendiendo a los clientes que iban llegando. Sin embargo, tras algo más de media hora, éstos comenzaron a mantener su distancia del lugar cuando un adolescente con un sombrero de vaquero demasiado grande para su cabeza y una babosa en su hombro se acercaron para comprobar lo frescas que se veían todas esas frutas y hortalizas. No tardó en unirse a él un sujeto fornido y de altura considerable, quizá la persona más alta que Darai había conocido desde su llegada a Hisui. Aunque sus vestimentas no eran iguales, se hacía evidente que ambos eran miembros del Clan Perla.
 
—Sí, tienes razón, Lian; nunca hemos tenido cultivos así en la Tundra Alba —reconoció el mayor de ellos, mientras cogía una fruta tropical que Darai había logrado cosechar con éxito gracias a las técnicas modernas que conocía.
—Irida tendría que ver esto —comentó el pequeño vaquero tras coger otra de esas frutas y darle una buena mirada, preguntándose si sería del agrado del Kleavor señorial a su cargo.
 
Cuando Darai iba a acercarse a ambos para decirles que todo lo que quisieran de ahí corría a cuenta del Equipo Galaxia, notó la presencia de algo que le heló la sangre: un zorro de pelaje claro como la nieve recién caída y ojos de un azul tan profundo como el mar. No era la primera vez que se encontraba con un Pokémon de hielo desde su llegada a Hisui (y la mayoría de sus heridas y cicatrices habían sido ocasionadas por éstos), pero no veía un Glaceon desde aquella vez en el Torneo de la Liga Sinnoh.
 
—Señores, no duden en ver y probar lo que deseen —les dijo con amabilidad a pesar de la gran tensión que sentía en ese momento; si ese Glaceon venía con ellos, dudaba que le hiciera falta defenderse, así que aún tenía una tranquilidad que le permitía mantenerse ecuánime.
—Entonces espero que tengas alguna fruta que pueda aliviar el calor atroz que hace aquí —expresó una menuda joven rubia al aparecer detrás de los otros dos, mientras se abanicaba con una mano y se quitaba el sudor de los ojos con el dorso de la otra.
—Por supuesto, creo tener lo que…
 
Si la presencia de Glaceon ya le resultaba lo suficientemente incómoda, la visión de esos ojos fríos como el hielo le transportó en el acto a los recuerdos más desagradables de su vida. Las vívidas imágenes de Cherrim, Tangrowth y Torterra cayendo fácilmente contra el Glaceon de su némesis, como si todo su entrenamiento y tiempo juntos no hubieran significado nada. El resquemor tras esa derrota apabullante volvió a llenarle, aquel evento por el que había tomado todas las decisiones que de algún modo acabaron conduciéndole hasta aquellas tierras donde era poco más que un paria, pudiendo vivir una vida algo más que decente sólo porque era útil para los propósitos de Kamado.
 
—… necesita —terminó apenas la frase, hecho un manojo de nervios.
 
A pesar de la mirada incrédula que Irida le dedicó, recordar que su futuro ahí dependía de su utilidad para Cyllene o el general le hizo sobreponerse brevemente a su nerviosismo por la presencia de ese par tan similar a los verdugos de su carrera como entrenador. «No son ellos», se repitió una y otra vez mientras buscaba la fruta más jugosa que tuviera para brindársela a la jerarca, quien la devoró como un Snorlax hambriento; sintiéndose un poco más refrescada, no dudó en tomar las otras que Darai había traído, mientras éste temblaba de manera perceptible sólo para Gaeric.
 
—Bien, ahora ya puedes explicarme cómo es que han podido conseguir estas cosechas tan deliciosas —pidió, prácticamente exigió Irida, relamiéndose del sabor dulce que aún llenaba sus labios y paladar.
 
Si ya de por sí había sido difícil hacer aquello con la presión de sus recuerdos, Darai trató de valerse de la que le producía la incerteza de su futuro para contrarrestarla y actuar acorde a lo que se esperaba de él. Para ello, prácticamente se puso en piloto automático para explicar y responder con certeza las preguntas de Irida, si bien de una manera más mecánica y bastante menos cordial de lo que había sido con el otro jerarca. Llegó a ser tan evidente su incomodidad que los otros tres la notaron pero no dijeron nada, preguntándose a qué se debía, pues parecía muy distinta del miedo que los otros habitantes habían mostrado a Goomy y Glaceon. A pesar de ello, se marcharon satisfechos con las respuestas que consiguieron y las hortalizas y frutas que Darai insistió que se llevaran.
 
—Qué chico tan raro —comentó Lian, antes de dar una mordida a una manzana que había mantenido fuera de los paquetes que llevarían de vuelta al Poblado Perla.
—Pero no dejó de ser hospitalario con nosotros y respondió todas nuestras dudas —alegó Gaeric, mientras rumiaba sus siguientes palabras.
—¿Crees que tenga algún tipo de recelo por nuestro clan? —inquirió Irida, preguntándose si acaso había sido demasiado exigente con él; cada cierto tiempo tenía dudas sobre su propio comportamiento desde que miembros de su propio clan habían empezado a ventilar sus dudas sobre su liderazgo a causa de su juventud y carácter.
 
Gaeric notó esto y posó una de sus fuertes manos en el hombro de su antigua estudiante, mientras le dedicaba una leve pero reconfortante sonrisa. A fin de cuentas, se había convertido en la jerarca del Clan Perla por sus propios méritos.
 
—Noté su incomodidad cuando Glaceon llegó, aunque no tuvo ningún tipo de recelo con Goomy; sin embargo, empezó a actuar de manera extraña cuando cruzó miradas contigo —fue la honesta respuesta del guardián de la Tundra Alba.
—¡Pero si no nos conocemos de nada! —exclamó la indignada jerarca, dispuesta a regresar al stand para decirle unas cuantas verdades al granjero.
 
Sin embargo, la fuerte mano de Gaeric ahora rodeaba su muñeca derecha.
 
—Todos cargamos nuestros propios demonios, Irida; es posible que le recordaras los suyos, aunque su propio sentido del deber le llevara a atendernos como era debido y proporcionarnos nuevos conocimientos y bienes de los que normalmente no podríamos disfrutar —conjeturó, mientras le dedicaba una mirada sentida, sabiendo que ella lo entendería mejor que nadie.
 
Irida suspiró, derrotada.
 
—De acuerdo, de acuerdo; vamos a dejar estas cosas en la posada y ver qué más tiene por ofrecer este lugar, además de los dichosos “caídos del cielo” —propuso, si bien estas últimas palabras le dejaron un sabor ligeramente amargo; ¿cómo es que Kamado se había atrevido a equiparar a aquellos forasteros con la estampa del Gran Sinnoh?
 
Por su parte, Darai había quedado tan mentalmente extenuado de tal experiencia que casi no le dirigió la palabra a Colza cuando dejó el stand. No podía evitar preguntarse una y otra vez si acaso esa tal Irida era una posible antepasada de su némesis, pues aparte de esos ojos fríos como el hielo, tenía entendido que vivía en la Tundra Alba, lugar donde dentro de unos años se fundaría ciudad Puntaneva. ¿Por qué ese nefasto recuerdo tenía que perseguirlo incluso hasta esa época? Estaba tan harto que casi no le importó sacar delante de otras personas la bolsa donde guardaba sus pitillos, creyendo que necesitaría al menos tres o cuatro para hacer pasar el enorme disgusto que sentía en ese momento. Todo esto le llevó a cuestionarse si realmente había valido la pena el esfuerzo. Decidió que era mejor no seguir pensando en ello, por lo que se dirigió hacia su lugar habitual para fumar… hasta que alguien le arrebató su boleto hacia la paz.
 
De pelo verde con un mechón rojo y con una motosierra roja en mano, el chico le dedicó una mirada llena de malicia mientras hacía malabares con la bolsa. Precisamente una de las personas que menos apreciaba en todo Jubileo.
 
—¿Qué quieres, Touma? —escupió con desprecio, preguntándose por qué había decidido molestarle precisamente en ese momento.
—Lo importante es qué quieres tú, granjero; ¿es esto, verdad? —respondió con petulancia, balanceando la bolsa como si estuviera a punto de dejarla caer en un abismo sin fondo.
 
Darai asintió, suponiendo que quería algo a cambio. Para su sorpresa, éste se la devolvió de inmediato.
 
—Sólo quiero que me acompañes a un lugar; después de eso, eres libre de hacer lo que te dé la gana —explicó sin más, sabiendo que su interlocutor era alguien demasiado apegado a su estúpido sentido del deber como para negarse.
 
Y no se equivocaba. Darai ignoraba qué se proponía y supuso que sólo le había arrebatado la bolsa para llamar su atención; no le gustaba tener que seguir su juego, pero tampoco tenía nada que perder por ello… y en caso contrario, sabía muy bien cómo defenderse y quizá, por una vez, aliviar su estrés con algo de ejercicio: el de estampar sus puños en la cara del leñador.
 
—De acuerdo, pero hazlo rápido; no he tenido un día demasiado bueno —expresó con tono bastante áspero, queriendo que supiera que no estaba para tonterías.

Mostrar Capítulo 1
Menciones a los personajes de @Velvet , @Tommy , @Gold  (Shinobu), @DoctorSpring 
Termina así para dar paso a la parte de @Donna 
Atento a cualquier edición que tenga que hacer.

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[Imagen: anh12KW.png]

Wasureruna saigo no buki wa ai sa
♪♪
 
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#4
Mostrar Soneto: Diálogo entre Mismagius y Froslass
M: ¿Adónde bueno, Froslass, tan apriesa?
F: A do mi amo, que otra vez se ha perdido. 
M: ¿Será ese aquel borracho malherido? 
F: ¡No cabe duda, ca de beber no cesa!

M: Del licor Kiyomi es también obsesa,
pues a la posada juntos se han ido. 
F: ¡Válame, que el ingrato me ha mentido!
De hoy en más no le creeré promesa.

M: Dejarlos hemos.                              
                                  F: En ello cavilo.
M: Ojalá maduren.                               
                                  F: A Dios le ruego.
M: ¡Tengo una idea!                                        
                                  F: ¡Cantalda que vamos!

M: ¿Qué me dices de hurtarles con sigilo
tanto escoba como katana, y luego
a trueco de unos tragos las cambiamos?
 
Kiyomi - Capítulo I
Donde se cuenta lo que pasó Kiyomi en el Hanami, y del extraño y más divertido suceso de los caramelos encantados.​​​​​
 
En gran contento y mejor disposición iba Kiyomi otro día, que fue el que le siguió al de la aventura con el Ursaring, andando con muy buena mesura y quietud adonde el Hanami. Fantaseaba además con el gran suceso de la pasada empresa, a quien había dado buen y propicio término, imaginándose que por más brujas osaran tan noble y disparatada hazaña, ninguna se le aparejaría en éxito, antes cosechando el espeso agraz de la discordia que el provechoso fruto del amor. Tan suma era su alegría, como se tiene dicho, que procuró aderezarse lo mejor que pudo, sin dejar punto por el cual no se notara su buen gusto y estilo; de este modo, decidió holgarse primeramente con una ropilla larga del más fino bocací, con mangas tan dilatadas que cubríanle por completo las manos, sobre la cual caía un muy rico y moreno pellote adornado con radiantes y hermosos listones a la labor; vestía asimismo una vistosa falda jironada de cernal pizmiento, donde descansaba una muy acabada faldriquera de la misma color. Llevaba en la mencionada faldriquera unas nueve pociones, de quienes se escuchaba el suave tintineo de los pomos chocando unos con otros al tiempo que apresuraba el incesante andar de sus inquietos piecitos. Yendo a esta sazón tan gustosa, deleitada sobremodo con el sabroso maná de los cerezos que le adornaban el camino, con voz solemne y reposada dijo:

—Desgarraos, amiga, de la desmedida saña que conmigo lleváis, y solazaos con el gran provecho que esta empresa nos ofrece, que desque fui dulcemente dispuesta al mal salvo del amor, loada fui distintamente de él. El abatido género brujil conusco ha de tener buen socorro y amparo, levantándose así a mayores en do no lo abrasare ni la cuarta región; ¿qué más querríais, carísima, sino tomar las riendas de todo género humano tras el incontenible alzamiento de este proyecto?

Detrás de ella iba Mismagius, oteando sus alrededores en busca de una grande y larga varilla, que más que para fines mágicos, buscábala para asestarle de golpes a Kiyomi, quien llevaba hilo de pasearse todo el día en esos disparates. Lejos estaba de hallarse tan entusiasmada como la bruja, de quien se daba continuos tragos de espanto tras cada sentencia que en su discurso encajaba y ensartaba, siendo antes graciosos que discretos. Con esto, y con muy mal talante, respondió:

—¿Qué es lo que dices, bellaca, y en qué sandeces te entretienes? Desde aquí veo que, según van encaminadas las cosas, terminarás dando con toda la empresa patas arriba por adelantado. Ahora dime tú, embajadora del amor, ¿por qué no antes de enredarte en estos badulaques, mejor te peinas, aliñas y das aguamanos?, que si el amor se me cruzase por el medio y apareciese con esas pintas, antes huiría horrorizada, y si me asaetara con mil rubicundos flechazos aún prefieriría caer muerta que enamorada. Toma estos consejos, y escucha, que en lugar de creerte zahorí del amor, primero te arregles y laves, que andas más despeinada que una estopa y más sucia que una zajúrda, con perdón de los spoink, tepig y todos los cerditos, que sin duda andan menos desceñidos que tú. ¡Y péinate, pardiez!, que antes que cabello, llevas un pajar; ¿dime si no es mejor trenzarlo, que llevarlo todo desgreñado y revuelto?, pues por mi fe que a aquel buen granjero le gustaría más bien acariciar una lisa y adornada cabellera que una melena enturbiada. Destierra, guarra, la mugre, y no me des morenas, como bien llevas las manos, que aunque más las cortesanas las llevaran grises, primero es de tanto ahechar trigo, y luego en la limpieza no les dejan mal pasar; mas tú, villana del aseo, las tienes de mera mugrienta; ya digo yo, que sabes tanto de amor como sabes de buena higiene. ¡Ay de mí, dije, que me toca sufrir las patochadas que de tu boca de asno riñen por ver quién sale primero!, que por mí tengo que más que envelada, vas de picos pardos.

Y habiendo dicho esto, desgajó una afilada rama de uno de los cerezos, la cual con mucha gracia y tiento hizo levitar en el aire, esgrimiéndola asimismo de un lado al otro. Y, luego, alejándose un buen trecho para que no la alcanzase, comenzó a hacer finta de querer apalearle; Kiyomi, quien estaba en extremo airada, comenzó a dar furiosas voces de que se detuviera, pero entre más se quejaba, más se le burlaba, llegando incluso a darle pequeñas punzadas con el filo de la rama. A esta sazón, harto encolerizada y echando fuego por los ojos, Kiyomi alzó la voz diciendo:

—¡Oxte, fijaputa, y llévente mil alguaciles al infierno entre azotes y gritos de pregoneros, y aun allí fólguente otros mil demonios! ¡Acércate, cagalindes, y no te duelas en darme de palos, que aquí quedita estoy para que me apalees!, ya aún no te baste con haberme apaleado el alma, echándome los tús con los que me abajas el trato. ¡Ale, ale, que vengas, digo, desalmada, y ponme la falda entre los dientes, y así verás si muerdo o no; y dame, de una vez, de varas, y pagaraslas con el quinto tanto en la cuenta de tu castigo!

Con esto, Mismagius soltó una dulcísima risa de mona, y haciendo uso de su mucho cuidado, entretejió aquella rama en los tormentosos cabellos de Kiyomi, trenzándoselos aprés con ella. Compadeciéndose, pues, de su mal adorno, le dijo:

—Bien se ve, amiga, que en hacer berrinches no tenéis aparejo. Harto os diré, de ahora en más, que si andáis buscando quien os requiebre, menos montan las enfadadizas que las mugrosas, o las antojadizas; y así como vais, llevades las de perder por punto adverso. Asosegá, mujer, el habla, y dejame remediar el desparpajo que en la cabeza lleváis, que de esta manera os granjaríades antes un enjambre de piojos, que al granjero.

Todo esto lo escuchaba Kiyomi, hecha ojos, doliéndose del desconocimiento que aquel su amado tenía de su amor, y de quien guardaba los más altos requiebros, los más tiernos deseos, los más aniñados caprichos, los más elocuentes versos, los más graves quebrantos, los más dulces estrambotes, los más lujuriosos antojos, la más encarnizada pasión y el más indecoroso apetito. En este pensamiento iba toda ocupada, preguntándose cuando habría de finalmente dar felice cima a la confesión de su enamoramiento, cosa que aún llevaba pendiente. Paseó un dedo por sus labios, húmedos y guindos, y con muy desvanecidas palabras dijo:

—Mirá si no me hallo venturosa cada vez que le nombro y pienso, que el rostro se me pone de mil colores, y mi corazón galopa en tercio y quinto. Mal lograda so de su desconocimiento, y asimismo vo acuitada, menesterosa y malferida. ¡Oh, qué de arrullos te diera, qué de blandas caricias, qué de dulces holapandas, qué de besos de alfeñique, cada uno enmelado, que en darte de tantos, ahíto te habría! Tuya soy, mansa, rolliza y tierna; que en halagarte, soy jilguero, y en requebrarte, de copla y trova. Abrásame el alma, ¡oh ingrato!, con ese par de aljófares, que no que costosas perlas, son el Febo y el Apolo, con cuyos vistosos rayos avivas la lumbre de mi apetito; pues para ti soy toda de paño y de almíbar, y para los demás, de piedra y de aloe. ¡Oh, querido y requerido!, gorjeárate yo desde tu ventana, y murmurárate al oído las mil suertes de estrofas que para ti compuse; que si no hallare consuelo en la declaración de estas atropelladas confesiones, aún me contentara con ver aquellas manitos de leche, a quien besara yo en robándotelas, con tanto empeño, que se te colorasen de rubor. Trocárame, ¡oh aguerrido labrador!, por tu tridente, y asimismo me dieras esos mismos tocamientos y repiques, de los que estoy deseosa y antojada, y tras esto refocilárame yo con el aletargante aroma que destilas. Bien se me refleja, según te miro y remiro, que el que más granjea entre tus muchos atributos, es el de la belleza, quien me ensalza y conforta, me mima y entibia.

Y en esto, sus ojos se impregnaron de muy menudas lágrimas, y prosiguió diciendo:

—Oprimida vo so la desdicha en la que tu encanto me somete, y a ella ruégole de gran ánimo, como también a tu mucha gracia y a mi buena discreción, quiera hoy mi suerte darme la merced y privilegio de llamarte mío, y sólo de mí, que te adoro como el viento a la mar, y quiéralo igualmente la fortuna, quien suavemente dispone de todas las cosas.

¿Quién no tuviera a Kiyomi como enamorada sin remedio en oyendo aquel rendido discurso? Pues así se le traslució a Mismagius, quien andaba entre admirada y divertida, procurando terminar de adornar sus tumultuosos cabellos; que si el hacer de la sandia y de la viciosa le valiera por punto menos en el juego del coqueteo, redimiéralos con su bonita y acabada apariencia.

—Plega al cielo —respondiole Mismagius— quiera aquel buen joven contentarse en escuchar vuestras muchas cantaletas sin curarse de otra cosa, o de otra doncella, porque si le viniese a mano el oír requiebros de una menos habladora y más sumisa, la tomase de mejor gana, y a vos, no os quedaría cosa más que servirle de espantapájaros, y en buena hora dicho, porque hasta hace poco no había punto por el cual no lo pareciésedes.

Y en acabando de componer estas razones, asimismo acabó con el celoso y esmerado adorno de sus cabellos, puestos en un muy sabroso entramado, tan terso, tan sedoso y tan prolijo, que no parecía sino que iba amadejado como el sirgo. Tentóselo Kiyomi con los dedos de la mano derecha, y con los de la izquierda recogiose la falda, y rodando sobre sus pies comenzó a hacer giramientos además bonitos, asaz contenta y en sumo alborozada por el buen resultado de aquella merced, en tanto que no podía esperar a ver la reacción de su amado en notar su tan sano adeliño. Y así, con la alegría y ufanidad que se tiene dicho, volviose Kiyomi hacia Mismagius como riendo, y díjole:

—Me temo, señora, por no poneros itas donde no hay hita ni hito, que antes de llegarnos al festival deberíades también de haceros de un buen disfraz. Y, pues, como soy de buena naturaleza y crianza, quisiera de muy buena gana devolveros la merced que me has hecho con otra de lo mismo, y es que, acaso lo sepades, aquellos tontos, brutos y zafios pueblerinos, que son los más de Jubileo, les temen sobremodo a los de vuestra jaez, y aún más a vos, que sois fantasma; empero no igualmente temades vos, que aun sin yo intentarlo se me ha traslucido en la mente el remedio a este gran contrapunto, e incluso al disimulo que pienso en daros, quien fuese tan discreto, tan sutil, y tan trazado, que pasaríais de espantar, a que os espanten.

Y habiendo dicho esto, aún con la risa escapándosele de entre los dientes, comenzó a recoger un montón de flores de un cerezo que delante suyo se alzaba, y en juntando un buen porqué de ellas, con un muy dulce soplido tiñolas de un color cenizo. Llegose nuevamente ado Mismagius y, sin ella consentirlo, adornole el rostro con dichas florecillas, de modo que luego de colocárselas, no parecía sino que llevaba luengas y pobladas barbas; Kiyomi rió dulcemente, divertida de verla tan burlada como barbada. Hechas, pues, estas ocurrencias, quiso seguir trabajando en la composición de aquel improvisado disfraz, y tomando aquella varilla que Mismagius había usado para trenzarle los cabellos, empleó la misma artimaña con que engendró la gracia primera, dándole menudos pliegues y dobleces hasta hacer de ella unos anteojos. Sumolo así al ridículo disfraz de la fantasma, en quien ahora no había punto por el cual no pareciese un fruncido y malhumorado anciano; Kiyomi soltó una risa todavía más sonora, sobre todo al verle arrugar el rostro en mohína cólera, realzando de esta manera su ya mucha semejanza. Con esto, y aún afectada por la risa, dijo:

—Yo sé muy bien a las gentes de este pueblo, carísima, o debo decir, carísimo, porque llevo determinado que me acompañéis al festival como si fuésedes mi padre, ca con ese disfraz parecéis el anciano más viejuno y más cascarrabias que se vio en toda Hisui, tan antiguo como las montañas, y tan arrugado como uva al sol, y aun se echa a ver esto desde mil leguas. Si viene a mano, además, bien pudieseis ir arrastrándoos por el suelo, en vez de andar levitando, porque no descubran por vuestro vuelo vuestra condición, o bien os llevarían a la hoguera por brujo. Y con esto, todavía os pido vayáis pisando quedito, porque no se os desmayasen las barbas, que aun sé yo colorar, mas no de veras barbar, como otros tantos celebérrimos encantadores. 

Mismagius mostraba tener clara desavenencia ante el extremo absurdo de aquella idea, azorada de ver con qué facilidad estaba siendo burlada. Comenzó entonces a hacer rabietas y a darse de menudos coscorrones, encajándole uno que otro a Kiyomi, quien esquivábalos con mucha sagacidad y tiento; mas luego, sin ella prevenirlo, sujetole de la gola con los picos de su falda, y en zarandeandola de un lado al otro, harto encolerizada, díjole: 

—¡Va de mí, mamerta, y que os caigan a vos y a ese tal Darai, también mamerto y rastracueros, mil suertes de fechorías y de barbas, y tantas, que os broten hasta en los ojos, y aun entre las piernas, al punto que no parezcáis sino fieras y peludas bestias! ¡Y a qué os reís, petimetre, que si no fuera porque andáis encantada, y por haberte gozado a medio regimiento de demonios en los senos del infierno, fueseis ahora vieja, o incluso sepultada en las entrañas de la tierra, con los años que tenéis! ¡Oh, en buena hora hubo dicho una mi abuela 'hazte de miel, y paparte han moscas', que en los cuatrocientos veinte y tres años que llevo en esta segunda vida, nunca se ha atrevido nadie a llamarme vieja! Ingenua sois si creéis que voyme a dejar ofender y deshonrar de esta manera, menos aún apocarme y encogerme en las pieles de un anciano, en quien además recae la sinigual desventura de ser vuestro padre, que en habiéndolo sido, primero os hubiese ofrecido al diablo por alguna de esas gracias demoníacas, o bien os hubiese echado a la olla, que si al sacrificio no le satisfiécedes, aún habríaislo hecho a su estómago.

Quedó Kiyomi pasmada, suspensa y amedrentada ante el arrebato de la fantasma, y aún temía no le avivase la cólera con sus palabras, las cuales, también aterradas, ninguna osaba en salírsele de la boca. Humillose entonces delante de ella, y asiéndole las faldas, con voz temblorosa dijo: 

—Ruégoos, hermosa y gallarda señora, a vos, que con tan castos y atentos oídos me escucháis, sepades perdonar a esta mi pecaminosa alma, y aun así a mi atrevimiento, que al igual que mi amor, es ciego, manco, y va rengueando, y no se halla en él sosiego alguno, meneándose por momentos sin poder estarse quedo. Y, pues, ahora que verdaderamente echo a ver las consecuencias deste mi escaso comportamiento, y en conociendo asimismo el descomedido agravio en que os he sometido al haberos barbado aquel terso y bonito rostro, que por mi vida que provocaría hasta el más desalmado de los espíritus, e incluso a mí, si no fuese porque el mío ya lleva pintado el de otro, confiésoos estoy harto arrepentida, y no quiero sino remendaros la falta que bien os fice cuando así lo dispusiéredes. Mas, si así mismo me permitieseis enhilar unas cuantas razones que tengo aquí pintiparadas, tendríaisme muy complacida, y aún me iluminaríais con el don de seguir contemplando vuestra sin par belleza, puesto que barbas y verrugas, espinillas y lunares, no serán bastantes para afearos el rostro, ni aun os dejasen tuerta y desdentada: es, pues, anteojísima y barbísima, menester, que veáis lo brava y enloquecida que me trae el amor por aquel muchacho, tanto, que siento revolotear no mariposas, sino alados querubines que desde el vientre me asaetean el entendimiento y me colorean el alma, en quien llevo impresa su imagen, como dice el vulgo, y es tan solemne, tan acabada y tan majestuosa, que hasta ellos mismos se le enamoran y requiebran; aunque si os soy sincera, mas querría yo me pintase no solo el alma, sino todito el cuerpo, con las blancas tintes de su húmedo radical. ¡Ay, antojuna de mí!, ¿y en qué pensamientos me estoy divirtiendo?, basta con que entendáis, misericordia barbuda, lo valioso y significativo que fuese para mí cumpláis con este recado, que si gustades bien pudiera barbarme a mí misma otros cuatro días, o aun ponerme pelos en los dientes, todo con tal que me loéis con este beneficio, que si así no lo hiciérades, preparaos hedes para verme acrecentar las aguas de este río que aquí se parece con el humor de mi llanto, alzándose así como la espuma de la mar. 

Tornó entonces Kiyomi a reanudar su llanto, oyendo lo cual Mismagius soltó un cansado suspiro, fatigada además ante las menudas insistencias de la enamorada y desvanecida bruja. Rodeó los ojos con enfadoso estilo, y por el mismo continente respondiole: 

—Ya querríais vos aquel llanto no fuese fingido, pues por mí que es tan mentiroso como vuestro ingenio; que si tuviésedes tanto talento en pocimar como sí lo tenéis en engendrar llorandicas y gemidicas, no solo ya os habríais conquistado al granjerito harapiento, sino a Hisui entera, y no estaríais ahora llorando lágrimas de mozuela, ni yo aquí: humillada, sobajada y barbada. Vamos, entonces, y de una vez, y no vayáis derramando lástima, que entre vos y yo, aún no se decir quién es más ridícula.  

Kiyomi rió gustosa, y por lo bajo, dando sumas muestras de contento en habiendo logrado ablandar el rígido ánimo de la fantasma; y así, sin hablar palabra, y con muy holgados pasos, comenzaron ambas a andar el poquísimo trecho que las separaba del festival, partiendo con el júbilo, gozo y entusiasmo que se tiene dicho. Con esto, y con muy tiernos susurros, recordando aquellos elocuentes versos que con mucha suavidad había compuesto para aquel su amado, repitiéndose paso fue Kiyomi: 

—Murmura el prado
con sus fragantes yerbas
que aún no me amas. 

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Acaeció, pues, que en llegándose a un puesto de caramelos que estaba allí apostado, se dice que iban la una tan compuesta, y la otra tan desaliñada, que enseguida las gentes notaron su mucho y poco adorno, asombrándose de la una y santiguándose de la otra. Púsose Kiyomi frontera al puesto, y junto a ella igualósele asimismo Mismagius, quien andaba en extremo avergonzada, tanto, que el rubor se le notaba hasta en las faldas. Quedó admirado el dueño del puesto del extraño hábito de la fantasma, y aun estúvose suspenso por unos pocos segundos, hasta que Kiyomi rompió el silencio, diciendo:

 —Verá, señor bueno, si es que vuestra merced tiene buenos y atentos ojos, que este mi padre, que está aquí a mi lado, está tan pero tan enfermo, que pasó de su prístino color moreno, a ponerse amarillo, y luego le agarró tal empacho, que se puso verde como las peras del olmo, y en tanto que se desalentaba entre ayes y gemidos, se puso asimismo de tantos otros colores, que por obra de unos dos o tres no ha superado aún a los del arcoíris, y así fue y vino hasta llegar al que vuestra merced le ve ahora, que es de un morado tan intenso como el del vino tinto, del que mi padre es muy aficionado. Es, pues, que luego de ir y venir entre médicos, curanderos, y aun brujos (a quienes mande el gran Arceus a pudrirse en las profundidades de la tierra), y luego de echar y desechar incontables pomadas y ungüentos, he tenido que desenvelar 
su condición por mi cuenta, la cual es tan extraña como graciosa. Resulta ser, pues, que este mi padre, a quien vuestra merced ve aquí tan agobiado y encogido, tiene una maña muy rara: y es que le encanta comerse las barbas, tanto, que no ha ni media hora desde que le sorprendí engulléndoselas a escondidas; ¡no se imagina, ay, vuestra merced, con qué empeño y gusto se las mascaba para después comérselas!, que ni el mismo Groudon, cuando se enfrentó en fiera y desigual batalla con el gigante marino Kyogre, porfió tanto como mi padre en rumiándose las barbas; y fue allí cuando le hallé, y vine con él hasta aquí harto inquieta y abrumada. Con esto, buen hombre, quisiera preguntarle a vuestra merced si por ventura lleva entre estos tantos caramelos alguno que sea asaz amargo y espantoso, sea de acíbar, de alheña, o de otras barbas que no sean tan sabrosas como las suyas, a quien tanto él adora, para que así se lo coma, y le sepa tan mal, que le obligue a vomitar todos esos pelos que ocupado le tienen el estómago. Tenga vuestra merced misericordia y buena caridad para con mi padre, si es que aún no le ha compadecido su triste y pesarosa imagen, pues es que no se baña desde hace más de dos meses, y tiene las uñas tan luengas y añudadas, que ni las garras del mismo Braviary se le aparejan, y así anda más revuelto que una estopa, y más hediondo que una pocilga, con perdón de la cerda de Mismagius, quien no viene a cuento, porque aquella engreída criatura no existe, ni anda por aquí disfrazada de hombre. Oiga vuestra merced estás acanaladas súplicas, sin hacer oídos de mercader, y acuda pronto a socorrer a esta desesperada y afligida pulcela con su viejo y sucio padre, afeado tanto de colores, como de barbas y como de arrugas.

—Maguera tonto, y viejo —prosiguió Mismagius—, sin embargo, todavía logro advertir que esta mi hija se está corriendo más de lo justo conmigo, aunque sea cierto esto de que ando tan enferma, digo, enfermo, que siento que el aliento se me escapa hasta por los pies, y a cada rato me veo desvanecer tan livianamente, que hasta creo podría levitar, como los fantasmas. Ya lo dijo aquel famoso hipócrita: 'Todo atracón es malo, pero el de barbas, malísimo'. Así que vengan los caramelos y caramelas, y de lo que fuere, porque no pienso aguantar un día más con este mal que me roe los huesos. 
 
El placero, que todo lo oía con muy atentos oídos, y lo miraba con más atónitos ojos, estúvose callando por unos segundos, sin componer gesto alguno. Admirado, pues, con la extrañeza de aquel suceso, respondió:
 
—De acíbar, señorita, no traigo ninguno, ni aún nada que tenga tanta amargura que sea capaz de ocasionar el vómito. Pero, si le parece hacedero, podría ir a por un médico, y entretanto puede vuestra merced sentar a su padre en este poyo, y echarle un ojo a mi mercancía mientras voy a por el médico, que conozco a uno no muy lejos de aquí. 

—Créame vuestra merced, que he andado cielo y tierra por este pueblo buscando uno —respondió Kiyomi—; y cuando lo hube hallado, para desgracia mía y la de mi padre, era igual de barbudo, y mi padre, sin poder controlar esta hambre de barbas que tanto mal le ha traído, comenzóselas a masticar como potrico hambriento, y el médico se enfadó tanto, que nos corrió a ambos de su casa, y aún insultó a mi padre llamándole de nombres tan espantosos, que todos los vecinos que estaban allí observando la escena comenzaron a burlársele. Medrados estamos, señor caramelero, y a menos que vuestra merced se vaya al siguiente pueblo, que queda a unas quinientas leguas de aquí, no se hallará médico ni azabara. 
                                                                                  
—No sé yo de otro pueblo que no sea este —respondió el placero—, pero si vuestra merced me dice que hay uno a quinientas leguas de aquí, hacia allí me iré, y con mucha priesa, que mi intención no es otra que socorrer a este desvanecido hombre. Vea, señorita, por mi puesto, y no mueva un pelo, digo, un paso de aquí, que pronto llegaré con la ayuda que fuere necesaria. 
 
—Vaya con Dios, buen hombre —dijo Kiyomi—, que yo veré por su puesto, y aún cuidaré de él como si fuese mío, que es lo menos que puedo hacer a cambio de tan generoso favor. 
 
Y así se fue el placero pisando muy torpemente, dando graciosos tumbos mientras intentaba aligerar el paso. Kiyomi rio con gusto y, poniéndose tras el puesto, quitó cada uno de los caramelos del mostrador y los echó al suelo, colocándo a trueco ocho de sus nueve pociones, todas en muy buen concierto y disposición; y así como las puso, volteó hacia la barbada Mismagius mirándola con complicidad. 
 
—¡Cuán tonto el mercanchifle —dijo Kiyomi—, y mirá si no cómo se anda bamboleando como un monigote!
 
—No sé si tan monigotes como estos caramelos de aquí —respondió Mismagius—. Si hasta parece que van vestidos y todo. 
 
Y así era verdad, porque sobre un mantel estaban dispuestos unos muy bonitos caramelos con la forma propia de un muñeco, y en cada uno de ellos estaba dibujada una gran sonrisa y ojos aún más grandes y vistosos. Llamáronle estos la atención a Kiyomi, y, tomando a tres de ellos de un manotón, vio que iban asimismo diseñados con su propia vestimenta y adorno. Harto divertida de ver tan mona ocurrencia, vínosele incluso a ocurrir otra mejor, y que convenía demasiado con su intención de hacerse notar entre la multitud y los demás vendedores. 
 
Y así, sin dar parte alguna a Mismagius de su idea, comenzó a susurrarse una sarta de extraños rezos y de conjuros, con las manos puestas sobre aquellos caramelos, y entre tanto que hacía esto, un montón de gente empezó a aglomerarse frente a ella, porque veían que los caramelos de a poco aparentaban mover sus extremidades, como posesos, y a cada momento no parecía sino que sus meneos se agravaban. Todos quienes observaban aquella procesión quedaron admirados, y todavía más cuando advirtieron que uno de ellos se puso de pie, enfrentando de este modo al público. 
 
Seguido de esto, pusiéronse asimismo los demás caramelos de pie, y colocándose uno al lado del otro, juntos marcharon adelante con muy espaciosos pasos, marcándolos lenta y solemnemente. Callaron las gentes, suspensas, y aún Kiyomi y Mismagius, en tanto que los tres caramelos se formaban en ala y en muy buen concierto, y así atendieron todos en un silencio ceremonial, esperando a ver la ventura de aquel gracioso y caramelesco suceso. Dio el primero de ellos un paso adelante, y haciendo ademán de afinar una guitarra, dijo:  
 
—Yo soy Haru, arullo de los ríos, rocío de las selvas, coplista ufana y obsequioso trovero; mi son es de almíbar, y mis versos, de miel y de arrope. Mi canto es un dulce rumor que ablanda los corazones, y es el más tierno y el más pulcro que el cielo ha engendrado; mis dedos, cada uno como confites, discurren entre muy sonoras melodías, que así como asosegan el oído, también empalagan el alma. De mi tierra poco sé decir, porque no es solo una la que me acoge, y adoquiera que vaya igualmente rehuella mi estilo. Si soy mancebo, o soy doncella, es ambiguo, porque mi arte excede todo tipo de género, y aun aquellas diferencias naturales no son para mí más que añadiduras. No hay vid, por más pura, que logre aparejarse al dulzor de mis estrambotes, pero más rendidos y dolientes son mis dejos, tan afligidos, que acrecientan el humor de quienquiera los escuche. Canto, elogio, celebro y murmuro, y a cada suerte y a cada hora, pues es el godo y honrado propósito al que estoy encomendada.  

Y, recorriendo las cuerdas de su guitarra invisible, acabó su presentación con mucha ceremonia y prosopopeya, saludando bonitamente al público. Dio luego un paso atrás cediéndole el lugar al segundo de los caramelos, quien, poniéndose adelante, dijo: 

—Yo soy Kimi, protectora de la aves, norte y guía de los alados, alderecha de los pájaros; soy quien colapsa las alturas y quien sega los aires. Arquera soy, de las más sagaces y industriadas; no hay flecha que punce con tanta gravedad como la de mi aljaba, ni tiro que escape mejor y más certero que el de mi arco. En los aires, soy de pluma, y en la tierra, de hierro y pedernal; puesto que el suelo me engendró, empero el cielo me da la vida. Mi ejército, asaz alado y mejor aguerrido, realzan la flor y espejo de mi fuerza, y en dulcísimo orden matan el fuego de las hachas del mal. Mis ojos, como alhajas, relumbran sobre el asombrado manto nocturno, y aún tintinean y incendian ante el siempre opaco agüero de un combate.  

Y acabando su discurso, tomó una flecha (que era en realidad un palillo) de su carcax o aljaba (que era en realidad un dedal) y hizo finta de dispararla por los aires, porque no llevaba arco, en una muy solemne postura, dando menudas y graciosas cabriolas. Hízose entonces adelante el tercero de los caramelos, y, alzando la voz, dijo: 

—Yo soy Michio, perpetuo explorador del futuro, eterno emisor del pasado, soy quien puede más que el tiempo, y quien vence más que la muerte, a quien continuo voy derrotando. Androide aquí, emperador allá, campeón acullá; la infinitud de mis deseos huye de la finitud de mi cuerpo, buscando engrandecer un antiguo tiempo que aprés ha de llegar. Desterrado fui de mi presente, y de mi pasado luego expulsado, mas no conocí otra cosa que no fuesen honores ni grandezas, ante las cuales me entrego y consagro. Motivado estoy so grandes quimeras de gloria invicta, y adondequiera yo vaya, ora pasado, ora futuro, desde el poyo al trono presto siempre iré.  

Y de allí en más, con mucha gracia y pompa, comenzó a hacer continuas reverencias y salutaciones, sentándose luego muy cómodamente sobre un caramelo redondo, imaginándose que era un trono.

Todos los presentes dieron muestras de general contento tras la presentación de aquellos adorables y más ingeniosos caramelitos, quienes apenas hubieron finalizado de hablar cuando, en medio de las aún atónitas miradas del público, comenzaron a hacer un montón de divertidas monadas, dando chistosos botes, floridos ademanes y piruetas además expresivas, jugando como si fuesen niños llenos de energía. Kiyomi no paraba de alegrarse al ver cuán bien se le había dado su propósito, y así, aplaudiendo al son de aquel admirable bullicio y fascinante algarabía, dijo:
 
—¡Ole, cantad, bailad, corred, id, volved y menearos, caterva caramelesca, y mostradles a estas gentes que tan atentos os miran el sinigual brío de vuestros espíritus!

Mostrar Kiyomi y los caramelos
[Imagen: CdcYqTR.jpg]

Dicho esto, Haru comenzó a trepar por la luenga y menuda trenza de Kiyomi, subiéndose así a su cabeza, donde muy alegremente se sentó y rascó sus cabellos; siguiéronle Kimi y Michio, quienes por el mismo continente treparon y se pusieron cada uno sobre uno de sus hombros, y a todos los que allí estaban les pareció más que hermoso, celebrando la buena discreción de la bruja y el gran ingenio de los caramelos. 
 
En esto, comenzaron a oír un gran rumor de estruendos y de voces, oyendo lo cual Kiyomi se le sobresaltó el alma, a Mismagius se le espantaron las barbas, a los caramelos se le alarmaron los corazones, y el público asimismo se alborotó sobremodo, y aún más cuando descubrieron de quién provenían, que no era sino de un asaz mohíno y encolerizado joven, que así daba fuertes voces como hacía rugir una sierra. Acercose el rabioso joven hacia la multitud que con tan temeroso ánimo le observaba, sin mover ni un solo dedo, a lo que el joven se enfureció todavía más, diciendo:
 
—¡Dónde está ese viejo charlatán, inmundo y fullero, que le voy a romper la cabeza, como él me rompió los dientes con esos caramelos durísimos! 
 
Y con esto, comenzó a esgrimar aquella sierra como si fuese una espada, la cual hacía rugir con tanta rabia y escándalo, que pronto fuele cedido el paso. Diose el joven lugar entre la multitud, y sin ser poderoso en otra cosa, le asestó a Mismagius con el filo de la sierra, a quien había confundido con el placero, por verse en el mismo hábito; pero, como era fantasma, esta solo le tajó en medio las barbas, y el resto del filo le atravesó el cuerpo sin causarle daño alguno. Kiyomi, quien todo lo veía con sumo asombro, alzó la voz diciendo:
 
—¿A qué te pudres, malnacido, y qué maneras son estas? 
 
Volteose Touma —que así se llamaba— y mirole de hito en hito, echando fuego por los ojos. Llegose a ella con muy mal genio y peor talante, y respondiole:
 
—¡Y a ti qué te importa, niña chismosa, y apártate, que esto es entre este viejo y yo! 
 
—Viejo ordinario no es —respondió Kiyomi—, y caramelero, ni por pienso; este de aquí es viejo adivino, y el más sabio de toda Hisui, que como el sonso, mide su sabiduría con la longura de sus barbas, las cuales tajaste, y aunque le dejases la carita rasa y tersa, aún podría adivinarte el futuro a través de estos monigotes que me ves aquí, porque no son ellos sino quienes hablan a través de él. 
 
—¿Ah sí, adivino? —respondió Touma—. ¿Y acaso podrá adivinar esto? 
 
Y tornó así a reanudar su ira, y de un revés casi parte el puesto en dos. Kiyomi siguió dando voces, que prontamente eran acanaladas tras el escandaloso estrépito de la sierra, de quien menudeaban las cuchilladas como llovidas. 
 
—¡Asoségate, rufián, y lleguemos a un acuerdo! —dijo Kiyomi—. Que por mi vida que este viejo es muy versado y nonada charlatán; ¿qué me dices de probar sino por tus propios términos el alcance de sus poderes? Solo le bastan dos monedas, de esas que son doradas como pepitas, para que prediga tu futuro en razón de amor, salud y dinero. Y si por ventura no fueses satisfecho con su pronóstico, he de regresarte yo misma tus dos monedas, y aún cuantas monedas haya recaudado el viejo en todo el día. 
 
Hízolo así Touma, quien cesando con sus cuchilladas, arrojó ambas monedas al rostro de Mismagius, no porque quería verdaderamente saber su futuro, sino porque veía en ello una oportunidad de recuperar su dinero malgastado. Hecho esto, con grande y felice disposición, echáronse de un salto los tres caramelos sobre la mesa, cautivando nuevamente al público que tan atentamente los veían, suspensos de conocer cuán ocurrente sería la siguiente monada. Hízose adelante Haru, y recorriendo nuevamente su guitarra, con voz reposada dijo:
 
—Somos dulces, y poetas, 
de almíbar y de regalíz, 
y espero no haga rabietas, 
ca en el amor será infeliz. 
 
Siguiole Kimi, quien lanzándole una flecha o palillo al rostro, dijo:
 
—Será pelado y sin dientes, 
también ciego, y algo tonto; 
vaya comprando unos lentes, 
y a la sierra venda pronto. 
 
Levantose entonces Michio de su trono, y enfrentando a un encolerizado Touma, dijo:
 
—Mejor véndala, insistimos, 
ca el dinero le escasea, 
y disculpe si reímos, 
porque ahora nuestro sea. 
 
Y habiendo finalizado los caramelos con su recital, Touma se hallaba tan furioso, que no dudó un momento en acabar con el divertido espectáculo, cercenando así la cabeza de dos de los caramelos con una sola cuchillada de su sierra, siendo estas la de Kimi y Michio, porque Haru se había escondido dentro de la faldriquera de Kiyomi, y allí se quedó por el resto de aquel trágico suceso. Yacían, pues, ambos caramelos sobre la mesa, cabeza menos, al tiempo que Touma continuaba amenazando tanto a Kiyomi como a Mismagius con más y mejor asestadas cuchilladas. A pesar de aquello, todavía insistíale Kiyomi en que se sosegara, y volviéndose al otro cabo del puesto, recogiose la falda y llevole un halda de dineros, tantos, que se le cosía la prenda al suelo. Con esto, y con voz llorosa, aunque fingida, dijo:
 
—Todas estas monedas, joven bueno, serán tuyas, toditas todas, si me concedes una última voluntad. 
 
Y diciendo esto, con gran sutileza y contoneo, llegose al oído de Touma, y susurrole unas cuantas palabras, endulzándoselo con su cálido aliento. Y así, ya sosegado, aunque no menos molesto, volviose Touma con muy cansados pasos por donde vino, no sin antes tomar los caramelos que antes había descabezado, llevándoselos a la boca. 
 
—Golosa... 
 
Y fue lo último que dijo antes de marcharse. 
 
No tuvo la enamorada bruja que esperar demasiado para que Touma apareciese en obra de unos pocos minutos trayendo asido a un muy mohíno y desorientado Darai, a quien depositó en el suelo con muy poco tiento. Y, así como Kiyomi lo vio, se puso de mil colores, como nunca antes se había puesto, admirada nuevamente de su mucho brío y hermosura. Miráronse ambos de hito en hito, en tanto que Darai procuraba mantener la compustura, poniéndose de pie y enfrentando al puesto. Touma, quien no se curaba de la teatral danza de miradas entre la enamorada y su enamorado, tomó todo el dinero de la cajuela en donde estaba guardado, sin que a Kiyomi se le moviese un pelo ni intentase verificar si se estaba llevando más que la suma que habían acordado, fijando su antojuna mirada solamente en el rostro del granjero, devorándolo con sus ojitos. Soltó una risa asaz aniñada, y tratando de no descubrir con su antojadiza mirada su enamorado corazón, dijo:
​​​
—Acérquese vuestra merced, sin temor ni empacho alguno, que buenas manos son las que le sirven.

En este punto la autora de esta historia decidió interrumpir la narración de aquel encuentro, no para generar suspenso ni para darle fin al capítulo en este tramo tan importante del mismo, sino para imitar a aquellas famosísimas autoras, que solían detener el flujo de sus relatos en medio de una escena romántica para dejar las llamadas «notas de autora», en donde ellas aprovechaban para expresar la emoción y el contento que les provocaba el hecho de que sus personajes iban a tener alguna interacción amorosa, siendo aquella una interrupción que la mayoría de sus lectores detestaba, porque no se les cocía el pan por averiguar qué clases de sucesos les ocurriría a aquellos sujetos enamorados en tal encuentro, y no había nada que acrecentase tanto el suspenso y la impaciencia como esas dichosas notas; pero, al mismo tiempo, es una característica tan propia de ese tipo de historias, que la autora la considera una costumbre que no se debería perder, porque es inherente a todas estas obras apócrifas con que las gentes se entretienen, tanto para satisfacer sus fantasías como para espaciar la mente. Dicho esto, y en muy amarteladas palabras, dijo la autora: «¡No puedo dejar de imaginarme lo inmensamente bonitos se verían ambos si también fuesen caramelos, tal como Haru, Kimi y Michio, bailando juntos sobre una pista de hojaldre al lado de una enorme fuente de chocolate, vistiendo Kiyomi un hermoso vestido de gelatina, y Darai un gabán de jalea pura! ¡Ay, y cómo me gusta también imaginarme a Darai cargando a Kiyomi sobre sus bracitos de regaliz, llevándosela aprés a un gran castillo también de caramelo, gomitas y bañado en un muy reluciente jarabe! ¿Y qué me dicen de ambos nadando en una piscina de chocolate fundido, tomados de las manos y sumergiéndose juntos, y luego, al verse el uno al otro cubiertos hasta el cogote de chocolate, rieran tanto hasta quedarse dormidos sobre un colchón de algodón de azúcar? ¡Estoy tan emocionada por este su primer encuentro, que tengo los dedos temblorosos y el juicio todo rendido, y las palabras que me salen son tan acarameladas, que llevo este gusto dulzón en mi boca que no hace nada más que avivar la gran emoción que dentro mío guardo! ¡Qué bonitos, de verdad, qué bonitos!»
 
Aquí terminó la autora con la mencionada nota, continuando de forma conveniente con la narración de este suceso, prometiéndose a sí misma contarlo sin faltarle ni un solo punto a la verdad. 
 
Acercose, pues, Darai y púsose frontero al puesto, en donde Kiyomi lo esperaba con muchas ansias. Tomó, pues, su mano, besándosela tiernamente, y luego, sin reparo alguno, llevósela a sus mejillas, asaz ruborizadas, y con ella se las acarició. Darai miraba aquello sumamente extrañado, sin hablar palabra alguna, y aunque intentara alejarse, Kiyomi no desamparaba su mano. Golpeole entonces Mismagius las partes traseras disimuladamente, lo que la hizo reaccionar, y aún afectada por su presencia, quien le embebía el alma y ahogaba el entendimiento, dijo: 

—Yo soy Kiyomi, digo, la sin par doncella Mamertina, y este es don Mamertín, mi padre, célebre y famosísimo curandero, aunque por más médicos, nicómicos y urgandinas me socorriesen, ninguno bastase para remediar este malsano amor que te tengo, caramelito. Digo, ay, pues, que soy natural del reino de Cagaculambria, el cual queda a unas setecientas mil leguas de aquí, y de donde vinimos tras haber cruzado un sinfín de inundados ríos y horrorosas montañas, remando sobre los unos y renqueando sobre los otros, tanto, que hasta tengo los bracitos afligidos y los piecitos desmayados, y, ¡ay, desdichada de mí!, siquiera aquello se comparase con las no miles, sino millones de leguas que por ti andaría, arrullito de mi corazón, y aun le daría otras veinte mil vueltas al orbe entero. ¡Qué digo, ay, que vengo enredándome entre caramillos! Es, pues, Darai, digo, buen mozo, de quien por desgracia no conozco aún su nombre, que por mi fe tienes uno tan sonoro y tan musical como esa vocecita de calandria con la que me murmuras, que llevo aquí nada menos que un té de una de las más virtuosas y provechosas hierbas que la tierra ha tenido la fortuna de engendrar, y tiene tan rico aroma y un sabor mejor destilado, que hasta puede ocasionar en quien lo bebe, según lo he escuchado decir de las viejas hechiceras de Cagaculambria, un profundo sentimiento de enamoramiento; ¡que hasta por las barbas de mi padre que se lo ha comparado incluso con una poción!, con la diferencia de que no es poción ni ninguna de esas artimañas tocantes a las brujas, sino que es una infusión de menta gatesca, llamada así porque les encanta a los sprigatito, quienes se las comen como si fuesen asaduras. Pídole, pues, apuesto granjerito, si acaso vuestra merced puede hacerme el gran favor de sembrarme vuestra semilla dentro, digo, si puede darme con la merced de probar de este mi té gatesco, y juzgar por su sabor y esencia su buena o mala virtud, y si buena fuese, le ofreciera yo una talega repleta de sus semillas, porque vuestra merced las siembre en su huerta, y asimismo le venga a la mano el picarse de contar en su propia hacienda con una de las más íntegras y bondadosas hierbas de toda Cagaculambria, y aun del mundo entero.

—Doy fe que el té está tan bueno, que parece brujería —prosiguió Mismagius—, porque mi hija está tan industriada en esto de formular brebajes, que de estiércol sabe levantar pociones, digo, estos tés de mentecatos, como ella dijo. Y, por cierto, es también menester sepa vuestra merced que mi hija lleva el mal de la nariz roma, el cual cogió de niña cuando una bruja le escupió en las narices, ocupándole el alma y mente de todos pensamientos lascivos, y no es otra su desgracia que cada vez que ve un joven apuesto, aquellas delicadezas indecorosas comienzan a invadirle el entendimiento, y es por eso que anda aquí de regalona y aguileña, y por momentos se le da de querer coquetearle a vuestra merced.

—Así es la verdad —dijo Kiyomi—, pues, como dijo mi padre, soy tonta y enamorada; pero por cuantas barbas tiene este agüelo sostengo que no se halla diferencia alguna entre ambas cosas, porque del mismo modo se imprime la imagen de la necedad en el cerebro como el retrato del amante en el alma; mas yo, llevo grabada en ambas partes la de mi mocito, porque así como lo adoro, el adorarle igualmente me enloquece y me atonta, no provocándome sino estas tonterías que digo y estas chiquilladas que hago.

En aquel momento, sin ser vista ni oída, Haru, el único caramelo que había logrado sobrevivir a la furiosa sierra de Touma y al descabezamiento de sus hermanos, se puso encima del mostrador y comenzó a dar fuertes y exacerbadas voces, diciendo:

—!Ea, señor granjero, tenga cuidado, que creo que esa mujer que está ahí no es la doncella Mamertina, sino la mismísima bruja de los bosques!, ¡y estoy seguro que está tramando hacerle alguna fechoría a vuestra merced, de esas que suelen hacer las brujas, como convertirle en piedra o, aún peor, en un croagunk! Mírela si no, y júzguelo por vuestros propios términos: ¿no cree vuestra merced que si fuese verdad eso de que es natural de Cagaculambria, como ella dice, antes hablaría cagaculambrí que castellano? Pues por mi fe que en tierras tan lejanas como esa no deben de hablar nuestra misma lengua, y aun una que se le pareciera. Y, además, dígame vuestra merced: ¿dónde sino en boca de esta mujer hubo escuchado eso de que existen esos tales sprigatitos? ¡Solo una bruja podría saber eso!, porque jamás en esta región se ha escuchado nombrar algo similar, ni aun en lo más remoto de las montañas. Y como muestra final de que, de hecho, se trata de la mismísima bruja, es que antes de que llegase esta muchacha yo andaba bonitamente quedito sobre este mantel que aquí se parece, y nunca he tenido la capacidad de hablar, oír, ver, sentir, y incluso menearme, hasta que esta mujer me dio la vida, dándosela también a mis pobres y descabezados hermanos. ¡Y aún hay más!, pues, ¿de verdad se va a creer que esta malhabida bruja le está coqueteando a vuestra merced porque está encantada, y no porque está de veras enamorada? Pues estoy segurisísima que la bruja anda enamorada como la madre que la parió, por no decir padre, porque doy fe que ese anciano que está ahí no es anciano, sino algún mago puto, zafio y comebarbas, ¡y ve de aquí, churrillera, mentirosa y embustera bruja! 

Darai, que todo lo miraba y escuchaba, estaba tan confundido, que no se dio cuenta cuando Kiyomi se acercó a él y de rondón le hizo beber del cuenco, sujetándole la mandíbula e inclinando el recipiente que había apoyado contra sus labios. Darai, quien habíalo bebido todo de golpe, cayó al suelo desmayado, siendo asido con presteza por Mismagius, quien por acudir al socorro de granjero, olvidósele que no tenía permitido volar, por no faltar al verdadero hábito de un anciano. Kiyomi, por su parte, escondió a Haru dentro de su faldriquera, porque no volviese a sabotear sus enamoradas intenciones, y, volviéndose ado Darai, y viendo que ya estaba despertando de su corto desmayo, comenzó a dar desesperadas voces, diciendo:
 
—¡Aparta, bellaca, y no dejéis que os vea, porque si os ve antes a vos que a mí, no se va a terminar enamorando sino de vos! 
 
Mismagius rio divertida ante aquella idea, y hizo caso omiso a las súplicas de Kiyomi, llegándose aún más al rendido y desmayado Darai, quien ya empezaba a abrir sus ojos. Diole un muy suave y tierno beso en los labios, y cuando hubo despertado, cayó perdidamente enamorado de Mismagius, correspondiéndole a su beso con la misma ligereza con la que despertó. Quitose Mismagius tanto las barbas como los anteojos, y, poniéndose de pie, asió al granjero de las manos, invitándole a bailar con ella. 
 
—No sé cómo he terminado aquí, ni por qué me he desmayado tan de repente —dijo Darai—, pero de lo único de lo que sí tengo certeza, es que te adoro. 
 
—El sentimiento es correspondido, mocito de mis sueños —respondió Mismagius—, y ven a bailar conmigo, sin curarte de otra cosa, ni menos aún de cierta muchacha loca que a toda costa trata de desgarrarme de tus brazos, porque nuestro amor corre brioso y perpetuo, como los arroyos. 
Todo aquello lo miraba Kiyomi, echando fuego por un ojo, y caudalosas lágrimas por el otro, además derrotada con la traición, viendo cómo ambos bailaban en muy buena composición y donaire, dando brincos aquí, piruetas allá, cabriolas ahí y pasitos acullá, tan pegados el uno al otro, que no parecía sino que iban cosidos. 
 
—¿Qué os parece, celestina antigua, y echacuervos moderna, mi nuevo novio? —dijo Mismagius—. ¿Acaso no es además apuesto, y tan bonito como las flores de los cerezos? ¡Oíd, muchacha, y cambiadme esa cara, que con ese ceño tan fruncido os veis tan arrugada como un anciano, y no me recuerdas sino a mi padre, de quien solo os faltan las barbas! 
 
Y así, burla burlando, llegose a Kiyomi cargada sobre los brazos de Darai, y púsole bajo el mentón nada más que las mismas barbas que hasta hace poco llevaba vistiendo. 
 
Y aquí dejaremos a la burlada y despechada Kiyomi, y al enamorado Darai con la ingeniosa Mismagius, de quienes se continuará con el relato de sus malandanzas en el capítulo siguiente, y donde asimismo se le dará fin a este divertido suceso. 

Mostrar Nota final
Este capítulo contiene participaciones tanto de Touma (@Tommy) como de Darai (@SoujiFujimura)
Abierto a ediciones.  
[Imagen: hTb8bqQ.png]
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#5
Touma / Capítulo 1
¡¿CREES QUE PUEDES PARTIRNOS?!
 
 
Un hilo rojo lo ataba al alma que abandonaba su cuerpo. Envuelto por la noche a la intemperie, Touma habría deseado que fuera uno imaginario. Pero su vínculo con la muerte esparciéndose frente a sus ojos era real: aquel hilo no era otra cosa que sangre.

Tenía que ser una broma. El can entre sus pies gruñía agazapado a la bestia que olfateaba el líquido oscuro sobre las garras que acababan de pulverizar la vieira con la que Oshawott había intentado defenderse. El grito de guerra que Gozen —tal había sido el nombre asignado por Touma— había proferido antes de arrojarse contra el Ursaring todavía hacía eco en su mente.

—¡No te metas, Kanu! —ordenó Touma, empujando detrás suyo al Growlithe de Hisui con un golpe de talón—. ¡Gozen, levántate de una vez! ¡¡No estoy de humor para otra de tus bromas pesadas!! —Afiló su voz para dirigirse a la nutria acuática tendida sobre un charco demasiado opaco para tratarse solo de agua. Ursaring levantó la vista hacia él, con sus pupilas refulgiendo un rojo que estremeció incluso a las nubes que se barrieron ahuyentadas por el cielo.

Pero tenía claro que Oshawott no volvería a moverse. Y el úrsido, casi como si también fuera consciente de aquello, le dedicó una terrorífica sonrisa exhibiendo el hocico poblado de colmillos de los que brotaba saliva sobre el cuerpo de su pokémon. Parecía resultarle cómica la imagen del chico con las rodillas temblando y la mano aferrada al objeto inerte de plástico y metal que apoyaba contra su estómago y del que jalaba una piola de arranque desesperadamente. En consecuencia, nada sucedía.

—¡Vamooos! —cada palabra que salía de su boca parecía convertirse en una maldición, aplastando el pasto seco bajo su sandalia por la impotencia de reñir con ese pedazo de chatarra que de nada le servía cuando más lo necesitaba—. ¡¡Motosierra de mierda!!

Y cuando Ursaring se había erguido completamente para enfilar su envite directamente hacia Touma y el envalentonado pero impotente Growlithe, el suave ronroneo de los motores arrancando y silbido de los dientes girando sobre la cadena se convirtieron en un rugido de metal que ahuyentó a las aves en las copas de los árboles, y a los curiosos Shinx que se habían acercado, temerosos, para contemplar el sangriento espectáculo que el úrsido les estaba dando en la Pradera Obsidiana.

Tan grande fue el susto por la repentina acción del armatoste metálico que el propio Ursaring se vio intimidado, apartándose con repentina prisa por darle caza a los leoncillos eléctricos que se alejaban moviendo los altos matorrales de hierba cuesta abajo.

Cuando el peligro pareció perder interés en él, Touma se abalanzó a toda prisa sobre el cuerpo ya tieso del inicial que Laventon le había encomendado. Sin soltar la motosierra en una mano, ensució con sangre su brazo opuesto para envolver a Oshawott y alzarlo delicadamente, apretándolo contra su pecho. Era tan pequeño y liviano que se recordó cargando a su hermana menor. Sus rodillas temblaron una vez más, venciéndose ahora sí por el peso de la angustia y dejándolo caer de rodillas mientras el Growlithe olfateaba a su difunto compañero y soltaba un agudo lamento. Guardó al agotado pokémon de fuego en su Pokéball y cavó con sus propias manos una tumba desprolija para Gozen.

Se fue a lavar a un río que discurría mansamente a través de la pradera y que se perdía en la arboleda por el sureste, y vio en su reflejo los mechones de pelo rojos salpicados por la sangre de su propio pokémon. Cuando se empapó la cabeza, que le ardía presa de una jaqueca como no recordaba haber tenido antes, Touma comprobó que sobre el verde con el que había teñido su cabello ahora sobresalía un único mechón del color de la guerra. Su mueca de dolor pasó a una de furia, y tras mirar el puñado de Pokéballs apartadas en la orilla junto a su uniforme de Demonio Rojo, empuñó con sus manos desnudas la motosierra y la levantó por encima de su cabeza. Con un movimiento descendente y rápido, hundió la hoja de metal en el agua, enterrándola bajo la áspera arenilla sepultada por piedras en el fondo. Sus ojos apretados todavía lloraban lágrimas de rabia cuando quitó el seguro y encendió el motor para terminar con la pesadilla, pero nada sucedió.

La motosierra no le concedería una salida fácil a su destino.


—¡Muchacho! —lo llamó una voz junto al sonido de monedas chocando en una mesa. Ya no estaba inmerso en un río, sino sentado en una banqueta de madera pobremente construida enfrentando a un viejo de finos bigotes al otro lado de una mesada al aire libre—. Si no te concentras, perderás los ryos que te queden.

—No lo espabiles, Owani… —le susurró otro viejo que apestaba a licor—. O no podrás invitar las rondas de sake en La Enredadera.

—Este sujeto solo era un hablador, después de todo —opinó un hombre más joven con una sonrisa divertida, repasando con la mirada el tablero de juego del lado de Touma: ya casi no le quedaban fichas, y apenas unas diez moneditas desparramadas contra los pilones que su contrincante estaba ganando. ¿Cómo rayos había terminado apostándolo todo a un juego estúpido cuyas reglas ni siquiera terminaba de comprender?

Touma bajó la mirada: envuelta en una capa de viaje remendada, su motosierra no podía ser vista por las personas que paseaban por Jubileo disfrutando del Festival de Primavera. Sus pequeños ojos ambarinos se encogieron todavía más cuando el viejo que le estaba pateando el trasero en ese juego volvió a llamarlo con una sonrisita mordaz, y subieron rápidamente hasta fijarse en los de él mientras ahora Touma era el que retorcía una amplia sonrisa, poniéndose de pie repentinamente y sacando pecho mientras desplegaba la capa sobre sus hombros y alzaba por los aires la prominente herramienta de corte que lo había vuelto famoso entre los aldeanos.

—¡¿A quién mierda crees que puedes apurar, anciano?! —vociferó a los cuatro vientos, arrancando gritos de terror por parte de una familia que se había acercado a ver la partida, antes de salir corriendo espantados mientras varios otros se apartaban. Los hombres burlones alrededor enmudecieron, pálidos por la impresión, pero el viejo Owani al que había desafiado apenas y bebió con sosiego un sorbo de té.

—Enfunda esa espada, chico —pidió sin siquiera mirar el objeto dentado que tapaba el Sol—. A menos que pienses hacer tu siguiente jugada con ella.

—¡Ah, por supuesto que sí! —escupió Touma sus palabras, todavía más irritado por la suavidad con la que el viejo había respondido a su amenaza—. ¡Esta es mi jugada!

Y bajando el brazo con todo el peso de sus fuerzas, partió en dos la mesa con su motosierra, llevándose en el camino de su dentada cadena un par de fichas que saltaron por los aires. Dándole la espalda al viejo Owani, Touma gruñó sus últimas palabras para él:

—Use las monedas para comprar otro juego, viejo —sugirió—, y no ese sake barato y asqueroso que venden aquí.

Todavía rabiando, Touma guardó nuevamente su herramienta de corte bajo la capa y se apartó del área residencial para cruzar el puente rumbo a la Vía Aromaflor, de donde había intentado alejarse previamente, pues el engorroso trámite de registró de pokémon lo había desmoralizado enormemente. Habían pasado ya casi dos meses desde que llegó a ese arcaico lugar y que acordó con Kamado y Cyllene la cooperación con el Equipo Galaxia. Casi dos meses desde que partió a otra rutinaria misión junto a su Oshawott buscando dar con algunos Shinx, justo antes de que un Ursaring más agresivo de lo normal diese con ellos. Tuvo que ver la muerte frente a sus ojos para comprender por qué no era tan descabellado que todos en Jubileo le temiesen más a los pokémon que a él mismo.

Revivir ese recuerdo lo desorientaba, y toparse con una multitud desfilando por las calles de la avenida principal solo acrecentó su sensación de extrañeza. Sin embargo, y fiel al estilo que había aprendido tras su llegada a Hisui, Touma avanzó a paso firme dando férreos pisotones al suelo con la frente en alto mientras todo aquél que quisiera avanzar en sentido contrario debía hacerse a un lado para esquivarlo. Mirando con desdén los puestos que exhibían toda clase de chucherías, se detuvo al notar el brillo de una que lo llamaba especialmente, moviendo su pata de gato hacia adelante y hacia atrás.

—Oiga, ¿cuánto por el Meowth? —preguntó con su habitual cara de pocos amigos a la comerciante que exhibía una hilera de estatuillas de Meowth dorados con un mecanismo que mecía una de sus patas en señal de recibimiento a la buena fortuna. A Touma le sorprendió ver que esas espantosas baratijas fueran populares incluso tantos años en el pasado. La mujer estaba atendiendo a una animada pareja que parecía más dispuesta que él a gastar una buena cantidad de monedas en sus objetos, así que se limitó a señalarle la inscripción sobre una placa de madera que colgaba del mostrador bajo los Maneki-Meowth—. ¡¿Cincuenta ryos?!

Verificó el metal en la palma de su mano: apenas le quedaban quince. Gruñendo del asco, Touma sacudió la mano por lo bajo y se apartó de ahí pateando una botella que alguien había dejado a un lado del camino.

—Este lugar está lleno de ladrones sin escrúpulos —refunfuñaba sin detener su marcha, incluso agilizándola un poco, mientras guardaba el Maneki-Meowth bajo su capa—. ¡¿Y ustedes qué miran?! —Vociferó a un par de puesteros que rumoreaban algo tras notar su fosforescente cabello verde sobresaliendo entre las cabezas que iban y venían por el paseo comercial.

Frente a él, las personas comenzaron a apartarse mucho antes de que pudiera acercárseles. Esbozó una socarrona sonrisa al sentir que, finalmente, su figura comenzaba a hacerse respetar entre los pueblerinos, cuando algo pequeño avanzó correteando alegremente en sentido contrario, causando que las personas desviaran su caminata por las calles que cortaban la avenida.

—¿Qué mierda…?

Una nutria insignificante de redonda cabeza blanca daba saltitos sobre los pétalos de flor de cerezo que caían de los árboles. Sus ojos se fijaron en los de Touma con curiosidad, y le dedicó una sonrisa tan despreocupada que las rodillas del muchacho se aflojaron, haciéndolo retroceder instintivamente mientras un escalofrío le erizaba la piel.

—¿Gozen? —balbuceó tímidamente, sin poder creerse que frente a él se hallara Oshawott—. ¿Cómo es que--?

—Señorita Shinobu —llamó la atención un uniformado del Equipo Galaxia a una chica con un parche en el ojo que se pavoneaba metros atrás del pokémon—, por favor, háganos el favor de regresarlo a su Pokéball.

—Mamoru solo quiere divertirse un poco —resopló la muchacha, moviendo su dedo índice negativamente entre los ojos del recluta que vestía el clásico sombrero de paja de la División de Seguridad—. Espera… ¡¿Qué hago yo dándole explicaciones a un plebeyo de rango inferior?! ¿Sabes que Mamoru se ha esforzado mucho para protegerlos a ustedes allá afuera mientras disfrutan de sus cómodas vidas en esta villa? ¡Deberían recibirnos con un estruendoso aplauso y no con esas caras de pusilánimes aterrorizados!

—D-disculpe mi atrevimiento… —se sonrojó el soldado, haciéndose a un lado para que la chica siguiera su camino con una sonrisa altanera y petulante, solo para ser detenida en seco por el agarre del uniformado, que le impidió dar un paso más—. Pero debo insistir.

El otrora alegre y despreocupado Oshawott giró la cabeza inmediatamente, desprendiendo la vieira de su estómago con un rápido movimiento de su corto bracito, pero la chica se sacó al tipo de encima sacudiendo su propio brazo y lo miró con desprecio mientras chasqueaba la lengua contra los dientes. Meciendo la cabeza, agitó su largo cabello sobre el rostro del recluta antes de sacar la esfera de acero y madera y apuntarle a su pokémon con ella.

—No lo hago porque me lo ordenes, payaso —aseveró antes de regresar al pokémon a su receptáculo, señalando con la mirada al chico de mechón rojo que se apretaba el estómago mientras todo su cuerpo se encorvaba hacia adelante—, sino porque ese idiota parece estar a punto de ponerse a vomitar delante de Mamoru. ¡Oye, tú! ¡Eso es incluso más irrespetuoso para nosotros que encerrarlo en una Pokéball!

El mareo en su cabeza se trasladó inmediatamente a su estómago, que reaccionó con envidiable precisión a las palabras pronunciadas por Shinobu. Doblándose completamente hasta caer de rodillas, y quizás empujado por los tragos de sake que le había estado compartiendo con los viejos durante la desafortunada partida de shōgi, Touma expulsó todo el veneno gástrico consumiéndole los intestinos en un charco de vómito que cubrió completamente los pétalos de sakura.

—¡Iiiuj! —tiritó con repulsión la chica, arañando el suelo con su talón para arrojarle tierra encima al enchastre y alejándose todo lo que pudo de la que se veía como una grotesca escena de crimen— ¡¿Ves lo que te digo?! ¡Ese tipo vulgar es al que deberían encerrar antes que a mi pokémon!

Antes de que el recluta de la División de Seguridad pudiera tenderle una mano a Touma para ayudarlo a reincorporarse, éste salió disparado como por un resorte lejos de allí. Aquella había sido una humillación todavía peor que la de perder casi todo su dinero en esa estúpida apuesta. Casi tan mala como la que lo había llevado al Encinar y luego a esa condenada región. Definitivamente no tan mala como haberse vuelto un encargado más del Equipo Galaxia y haber regresado de una de sus primeras misiones con nada menos que un Shinx y dos Bidoof capturados, así como el reporte de un Oshawott asesinado.

Asqueado por su encuentro sostenido con el pasado que ahora parecía un eterno presente, Touma agradeció ver una fila de niños amontonándose frente a un local de dulces y caramelos. Sin pensárselo dos veces, apuró el paso y se agachó delante del que se encontraba a punto de ser atendido, dedicándole una siniestra sonrisa con los cuernos de demonio coronando su cabeza.

—¿No te dijeron tus papis que los caramelos son como bombas para tu panza? —le preguntó con la voz más aterradora que se le ocurrió, sintiendo quizás un ápice de remordimiento en la boca de su estómago al ver la expresión del mocoso transformándose de la ilusión al terror absoluto—. ¡Podrías explotar en cualquier momento!

—¡WAAAH! —chilló el mocoso, provocando una reacción en cadena que hizo huir despavoridos al resto de pequeñines. Así, Touma quedó solo frente al vendedor que no había prestado atención por estar ocupándose de la reposición de frascos vacíos.

—¡Vaya! ¡Hoy en día los padres no se preocupan por sus niños como en el futuro! —comentó.

—¿Qué se le ofrece, joven? —preguntó él, y Touma notó que tenía los ojos tan apretujados que posiblemente no vería nada.

—Caramelos de menta —pidió éste—. Masticables, por favor.

—A la orden —asintió el sujeto alegremente.

Cinco minutos después, Touma escupía sangre por haber intentado masticar con su habitual energía un caramelo tan sólido como una pepita de oro. Se le ocurrió pintar los restantes de dorado para hacer un buen negocio de reventa, pero resolvió que mejor era partirle algunos dientes al estúpido caramelero que, además de ciego, debía ser sordo.

Dicho resentimiento lo condujo inesperadamente a una bruja que hacía bailar golosinas, y luego al bueno de Darai, al que era mejor abordar siempre que le daba unos cuantos pitidos a los cigarros que tan bien cultivaba. Tras una sucesión de escenas nebulosas que involucraban besos fantasmagóricos e intentos de estafa por parte de la brujita, Touma se apartó satisfecho por haber conseguido más monedas de las que tenía antes de apostar todo en esa partida de shōgi.

—«¡Y solo me costó un granjero drogón!» —vitoreó en su mente, sabiendo que toda esa bonanza debía celebrarse apropiadamente en La Enredadera.

Pero nada podía ser tan sencillo como parecía durante ese condenado inicio de primavera, y el Hanami parecía tener a todo el mundo más nervioso que de costumbre, probablemente por todos esos freaks con atuendos ceremoniales que habían llegado pavoneándose como si fueran estrellas de cine. Antes de poder entrar a la flamante posada, Touma fue señalado por un pequeño escandaloso que todavía empapaba con lágrimas sus gordos cachetes.

—¡Es él, hermano! ¡Dijo que me haría explotar en mil pedazos y me robó las monedas para caramelos! —acusó el bastardo mentiroso apuntándole con tanto ahínco que podría haber disparado rayos por el dedo índice. A su lado había un tipo alto y calvo con cara de pocos amigos, parecido a los matones mafiosos a los que Masters ajusticiaba en esas horribles películas viejas de súper acción que daban por la tele los domingos.

El hermano resultó negociar menos que los matones de las películas, y le hundió un puñetazo frontal a Touma que lo tumbó de espaldas en el suelo. Respondió con una patada hacia arriba que el sujeto esquivó cómodamente desde su posición ventajosa, recibiendo en cambio un patadón en las costillas que lo dobló como a un Wurmple. Cualquiera se habría quedado satisfecho con ese par de golpes contundentes, pero el hermano mayor del pequeño Timmy parecía cargar con más demonios durante el Festival de la Concordia que el propio Touma, sacándose las ganas de darle una paliza durante un largo minuto sin que al todavía atontado muchacho se le ocurriese intentar apostarle a su inútil motosierra, ni tampoco confiar en las más fiables Pokéballs que pendían de una cuerda alrededor de su cuello.


De pie ante la entrada a La Enredadera, un ensangrentado Touma resolvió con un pesado suspiro que no podía volver a atreverse a entrar allí con ese aspecto. La última vez que había ido a tomar algo luego de una riña callejera, la camarera lo había echado indignada como si aquella pocilga fuera un lujoso café de Lumiose. Resignado, dejó que las horas pasen mientras se escabullía tambaleante por una verja floja junto a la posada y se colaba a una galería trasera tan tranquila que podría haber pagado por el hospedaje. “El basurero”, como lo llamaba, era tan solo una ventana de mimbre por la que siempre salía humo y vapor, que daba a la cocina y bajo la cual hacía permanente guardia el responsable de mantener impoluto ese patio trasero: un Munchlax de lo más simplón.

—Siempre al pie de cañón, ¿eh, amigo? —gruñó Touma, dejándose caer a un lado mientras hurgaba con la quijada por un cigarro oculto bajo su destartalada armadura y lo encendía con un poco de fuego cortesía de Kanu, su Growlithe, a quien regresó inmediatamente a la Pokéball como acto reflejo. Se había acostumbrado demasiado a tener encerrados a sus pokémon, como si incluso el aire en ese tiempo pudiera hacerles daño.

A modo de respuesta, Munchlax abrió la boca silenciosamente y atrapó en su interior las cáscaras de papa que arrojaron desde la cocina. Parecía tan contento por recibir un puñado de sobras mugrosas que Touma se sentía un desagradecido luego de casi haber perdido los dientes con esos caramelos. Tras reflexionar un rato que colmó la tarde, decidió mostrar gratitud y le arrojó los caramelos duros para que aproveche. Total, el pokémon gordinflón ni siquiera se iba a molestar en masticar esas cosas antes de engullirlas.

El clima seguía alegre en Jubileo incluso cuando él caminaba entre la gente. Touma se convencía cada vez más de que en realidad la bruja de los caramelos lo había hechizado para convertirse en una especie de zombi samurái, pues ahora vagaba por Vía Aromaflor bañado en sangre, arrastrando los pies y balbuceando incoherencias como insultos y disculpas a la gente que pasaba a su lado evitando siquiera el roce con el pobre diablo. Debería haber regresado a la Sede Galaxia, pero estaba harto de las miradas que recibía en su enfermería. Podría haberse dado un baño en la diminuta residencia con la que Cyllene lo había recompensado por sus encomiables servicios a la humanidad, pero sus pies lo llevaron un poco más allá. Presentando el viejo papiro sellado que lo designaba como recluta de la División de Exploración y las Pokéball que llevaba consigo, Touma abandonó la aldea para ver con mayor claridad el cielo estrellado.


Oscuro y solitario, se veía más hermoso con sus pequeñas luces que el exageradamente colorido poblado lleno de rosa y aroma a sake y pirotecnia. Caminó una hora o poco más hasta el río y se quitó la armadura parte por parte, sumergiéndose una vez más en el agua que solía purgar las heridas sangrantes de su cuerpo. Su sangre, la de sus enemigos o la de sus… ¿Amigos? No, no era tan osado como para referirse así a las criaturas a las que había arriesgado para poder comer algo en Jubileo. Nuevamente, sintió el impulso por liberar a todos ahí mismo… Pero no era lo suficientemente valiente como para desprenderse de herramientas que sí podían pelear a su lado cuando las necesitara, a diferencia del absurdo cacharro metálico que hacía menos ruido que un Mr. Mime.

Y cuando la noche parecía más amable que nunca, tendido panza arriba flotando sobre el agua calma que apenas lo mecía como el arrullo de una madre, Touma se vio envuelto por las luces chispeantes de los fuegos artificiales estallando en el firmamento y reflejándose sobre el espejo natural en el que se hallaba inmerso. Era la primera vez que oía un ruido tan escandaloso y agradable como el que producía su motosierra al funcionar, y evocar el recuerdo de su primer corte eficiente le llevó una sonrisa a los labios. Con casi toda la sangre desprendida de su piel, Touma se incorporó y nadó hacia la orilla, empuñando nuevamente su herramienta y observando su reflejo casi irreconocible sobre la desgastada hoja de metal.

—No volvamos a pelearnos, ¿de acuerdo? —le propuso a la motosierra, acompañado por el coro de petardos pintando de colores el cielo oscuro—. ¡¡Vamos a conquistar juntos este puto infierno!!

Y en respuesta a su pacto, un pilar de luz se retorció en el cielo y cayó sobre un bosque en la lejanía agitando el agua y la tierra. Una parvada enorme voló ahuyentada de las copas de los árboles, inundando el silencio repentino tras el rayo con un trino apocalíptico. Pero ningún ruido podía interferir con la visión que sus ojos le deparaban: un inmenso árbol sobresaliendo por encima de todos los demás, todavía reluciendo por la energía que había caído sobre él.

—El Gran Ubame —pronunció sin atreverse siquiera a pestañar. El recuerdo del árbol que lo había enviado al otro mundo se hacía presente una vez más, pero ya no solo como un recuerdo, sino como un fragmento claro y concreto de su historia que, como por arte de magia, florecía ante sus ojos en medio de otro bosque, en otra región y en otra época. Tal vez Hisui en realidad sería Johto. Quizás ese árbol hubiera sido siempre así de enorme, tal vez más antiguo que la misma humanidad. ¿Era eso posible?—. «Probablemente solo el jardinero drogón lo sepa» —Convino en su cabeza.

Pero no había tiempo para más preguntas. Lo único que Touma necesitaba era una respuesta. Una salida. Calzándose torpemente su antigua (¿ahora moderna?) armadura de Demonio Rojo de Hiwada, el muchacho partió con más ganas que planes rumbo al bosque recóndito que envolvía la Pradera Obsidiana.

Desde la orilla del río parecía ser un camino sencillo, pues éste se sumergía entre sus pinos y abedules casi en perfecta línea recta. Pero las distancias eran mayores a lo que esperaba, y el cruzarse permanentemente con pokémon agresivos que debían responder ante la ocasional rabia de su sierra o la pericia de los suyos extendió su viaje durante todo el día siguiente, llegando por la noche y buscándose un refugio libre de pokémon mientras Dodai, el Turtwig, custodiaba la zona y Kanu, el Growlithe, le encendía una fogata para calentarse. El estómago la crujió un buen rato, y en ese momento habría agradecido contar con esos horribles caramelos duros que había obsequiado al Munchlax. Finalmente mandó a Asimov, el Magnemite que no había parado de perseguirlo dentro de la Sede Galaxia y que Laventon pretendía robarle para estudiar permanentemente, a arrancar algunas bayas de las ramas altas con sus descargas eléctricas para que pudieran alimentarse de forma precaria pero suficiente.

Eran las primeras horas de la mañana cuando Touma alcanzó el corazón del bosque dándole un rodeo al camino marcado por estandartes blancos y rosados que parecían pertenecer al susodicho Clan Perla que había visitado Jubileo. No le parecía conveniente toparse con ninguno de esos fanáticos religiosos sabiendo que probablemente arreglaría un encuentro romántico entre su motosierra y el Gran Ubame de Hisui. Erguido ante él, más alto que su frente y más duro que su pecho inflado, el árbol rostizado por el rayo parecía intacto, conservando todos sus colores naturales, incluso aunque la sensación de aire viciado y el aroma a sangre sobre la hierba fueran clara señal de que algo había ocurrido allí recientemente.

Mirando a su motosierra con cierta desconfianza, Touma la apuntó hacia el árbol a tan solo unos pasos de distancia. El motor se encendió inmediatamente, y la cadena serrada comenzó a girar a toda velocidad desprendiendo finas lenguas de luz azulina. ¡Estaba funcionando! Acercándosele lenta pero sostenidamente al robusto tronco de roble, estuvo a punto de hundir la sierra sobre la madera cuando el motor se detuvo en seco.

—¡¡Oh, vamos!! ¡No me falles justo ahora, maldita! —regañó a su herramienta, solo para que una serie de pisadas lleguen a sus oídos del otro lado del árbol.


Esa maldita bruja debía haber dejado caer su peor maldición sobre él, porque apenas un minuto después estaba acompañado por un herrero de dos metros con una katana y por un niño con ropa que le quedaba demasiado grande, pero que parecía sonreír emocionado por la presencia de aquello que había caído del cielo para ponerle fin a sus planes de pronto regreso a una vida normal. Touma se sintió desafortunado… Hasta que vio algo en el oponente que no pudo emocionarlo más, pues frotó delante de sus ojos amenazantes un par de inmensas hachas de piedra cuyo filo hizo saltar chispas. El rugido que profirió no pareció suficiente amenaza para Touma, que rápidamente se giró hacia los otros dos, señalándolo con la motosierra.

—¿Ven eso? ¡Esas hachas son increíbles! ¡Deben ser capaces de cortar mucho mejor que un Scyther!

Debía ser cierto, porque el insecto embravecido arrojó un tajo descendente que casi le rebanó un brazo, siendo alejado de ahí por un despierto Muramasa que lo tomó por el otro brazo y lo apartó a tiempo. Alexander, el chico al que no se le veían los ojos, hizo algo así como un chasquido mientras tomaba mayor distancia.

—Y yo me preguntaba quién podía ser tan idiota como para darle la espalda a un Kleavor —masculló contra Touma.

—Esto puede ser peligroso —evaluó Muramasa, poniéndose por delante mientras medía distancias con el agresivo pokémon utilizando el largo de su katana. A diferencia de sí mismo, Touma pensó que la estoica postura del grandulón sí podía rivalizar con la del árbol. Por un instante, le resultó vagamente familiar, como si ya hubiera visto algo así antes.

Y tras otro rugido de advertencia, el cuerpo desatado de Kleavor no se permitió darles tiempo de huir, arrojándose más rápido de lo que su pétrea armadura permitía anticipar, y lanzando dos rápidos cortes frontales que el acero de Muramasa resistió sin apenas retroceder. Mientras el hosco pero potente espadachín intercambiaba ráfagas de corte con su oponente, un ilusionado Touma fue sacado de su admiración por un duro codazo del niño a su lado.

—Oye, bueno para nada —lo llamó entre dientes, y Touma lo detestó incluso más que al enano del puesto de caramelos—, ¿qué esperas para ayudarlo?

—¡¿Y tú qué esperas, enano?!

—¡Yo no tengo una motosierra!

—¡¡Esta no funciona, idiota!! —replicó una vez más, enseñándole cómo jalaba la cuerda de arranque del motor sin que nada sucediera—. Esta porquería solo arranca cuando no necesito que lo haga.

—¿Y para qué llevas a todas partes ese pedazo de--? ¡Olvídalo! —aquello le resultaba tan improbable como absurdo, pero viniendo de un idiota con pelos de colores no le pareció tan llamativo después de todo. Arrebatándole la motosierra de las manos con sorprendente facilidad, Alex dio algunos pasos al frente mientras veía cómo Muramasa y Kleavor le sacaban filo a sus armas envolviéndose en un intercambio de cortes que casi parecía una danza—. Muramasa dijo que tenías algo que ver con el Equipo Galaxia, ¿no? Claramente no eres de por aquí, así que imagino que sabrás manejar un pokémon.

La imagen del Oshawott muerto volvió a la mente de Touma. Alex hizo rodar las pupilas.

—Como sea. Intentaré llamar su atención —indicó, girándose para verlo fijo y hacerle descubrir que, efectivamente, bajo la sombra producida por la visera de la gorra asomaba una mirada tan impasible como cargada de determinación—. Cuando nos de la espalda, usa esas Pokéballs en tu cuello para pelear contra él o atraparlo si están vacías. No tendremos muchas más oportunidades en su contra.

Arrastrando la pesada sierra sobre el pasto para llamar la atención del insecto trenzado en combate con el herrero, Alex pegó un brinco al llegar al límite del árbol del otro lado de la arena y se giró hacia Kleavor mientras levantaba el artefacto con sus dos brazos. Juntando los labios, hizo resonar un silbido agudo y potente.

—¡Hey! ¿No se supone que eres el guardián de esto? —lo llamó con una sonrisa maliciosa, agitando la sierra en dirección al gran árbol. Kleavor se giró violentamente y golpeó a Muramasa con el revés de un hacha, mandándolo a volar algunos metros hasta rodar por la hierba cubierto de cortes—. ¡Estoy a punto de talarlo con esta bonita motosierra!

Furiosa, la mantis guerrera se abalanzó sobre Alexander rugiendo con todas sus fuerzas.

—¡Rápido, muchacho! —llamó Muramasa a Touma, incorporándose dificultosamente usando su espada como bastón. Pero éste apenas consiguió bajar la mirada hacia las Pokéballs sobre su pecho, acercando temerosamente la mano a una de ellas y luego visualizando ante él el peligro que suponía Kleavor para cualquiera de sus pokémon. No podía enviarlos a una muerte segura como a Gozen. Apretando los ojos, Touma sacudió el brazo y la cabeza, apartándose definitivamente de la idea de sacrificar a otro más.

—¡Maldición! —gritó Alex justo antes de saltar hacia un lado con todas sus fuerzas para evitar el envite frontal de Kleavor.

El insecto hundió sus hachas donde se encontraba el joven cazador instantes atrás, solo para comprobar que ahora se hallaban embadurnadas por un líquido viscoso que también se había adherido a sus patas, volviendo lentos e incómodos sus movimientos. Dejando viajar la mirada por el terreno alrededor del gran árbol, Kleavor notó el camino de baba que probablemente algún Goomy había trazado para limitar el alcance de su furia. Pero aquello solo pudo enojarlo más, y el duro golpe que Alex le propinó por la espalda con la sierra a una de sus pantorrillas lo hincó en el suelo, haciéndolo sentir tan humillado como deseoso de una pronta revancha.

Corriendo de regreso con Muramasa y Touma, Alexander se desprendió de una Pokéball que guardaba en su gabardina y liberó a un maltrecho Scyther que no dudó en asumir posición de combate cuando Kleavor se reincorporó echando humo y presentándole sus hachas.

—No me dejas alternativa —le espetó el muchacho a Touma, empujando de regreso la motosierra contra su pecho. Touma sintió que le volvía un poco de alma al cuerpo al entrar en contacto con el aparato disfuncional.

—No peleará solo —le aseguró Muramasa, totalmente incorporado y listo para un segundo round contra la mantis. Y cuando Alex esperaba que envíe a su propio Scyther para sumarse a la barbarie, el viejo herrero se limitó a correr con la katana de lado para asestarle un feroz corte diagonal al insecto que chocaba contra las cuchillas desgastadas de su preevolución.

Trenzados en un nuevo baile de filos, pokémon y humano coordinaron movimientos para reducir poco a poco al pokémon de piedra. Scyther era ágil y veloz, consiguiendo elevarse lo suficiente con sus alas para llamar la atención de Kleavor y forzarlo a ejecutar golpes aéreos descuidando la parte baja de su cuerpo, donde Muramasa ejercía presión apuntando con precisión quirúrgica hacia las uniones de su exoesqueleto y hundiendo la katana empujándola por el mango con la palma abierta de su mano hasta quebrarle los huesos con la punta de su hoja. Kleavor gruñía de dolor, pero parecía tan sincronizado con el fervor de la acción que poco le importaba perder una pierna en el proceso, así que aprovechó un brazo libre para arrojar un feroz corte que Muramasa eludió apartándose de un salto, pero que desencadenó una ráfaga de viento que le abrió una severa herida en el pecho, doblándolo de dolor.

—Felicidades —murmuró Alex a Touma una vez más, sin ocultar su desprecio por la inoperancia del muchacho—: eres el espectador de lujo de una masacre. Podría decir que es bastante divertido… Pero todavía queda trabajo por hacer.

Y corriendo a toda velocidad —mucho más rápido al no cargar con el peso de la motosierra—, Alex pegó su espalda al tronco del árbol y llamó nuevamente al Kleavor que terminaba de despachar a Scyther usando su hacha para quebrar en pedazos una de sus guadañas, que cayó como una lluvia de vidrio sobre el suelo. Un silbido bastó para que la mantis fijara toda su atención en él nuevamente. Y, aunque veía caer de rodillas al Scyther malherido y al Kleavor arrojándose sobre él cargando un corte horizontal directo hacia su cuello, Alex le dedicó una espléndida sonrisa.

Y Kleavor se detuvo en seco antes de rebanar su carne como manteca.

—Lo sabía —le dijo a su depredador con las manos en la espalda, recostando cómodamente su cabeza contra el tronco—. Jamás le harías daño a tu preciado árbol.

Quizás no ser atrevería a cortar el árbol que nutría a todo el bosque, pero tenía herramientas igual de efectivas que sus hachas. Y con un rápido movimiento frontal, Kleavor le dedicó un duro cabezazo al chico, sintiendo su cabeza tan dura como la propia, o incluso más. Aturdido, el insecto se encontró ahora con la frente empapada del líquido viscoso que Alex había esparcido sobre la corteza del tronco, pegando un salto ágil por encima de su cabeza para quedar a espaldas del monstruo adherido a la madera.

—¡Remátenlo ahora! —animó el muchacho a Scyther y Muramasa, solo para recibir una dura patada de coz que le hizo perder el aire y rodar como un muñeco de trapo sobre la tierra.

Touma se permitió ver cómo Alexander caía junto a un par de cuerpos cubiertos de hojas. Se permitió incluso admirar una última vez al espadachín robusto ejecutar otro de sus gráciles movimientos para cortar la espalda del Kleavor apresado por la baba de Goomy, así como al Scyther que, incluso al borde del colapso, empleaba su última guadaña funcional en azotar la piedra inquebrantable de su forma evolucionada. Oyó su corazón acelerado empujando su pecho desde adentro, contra la sierra muerta que abrazaba con recelo. Y sintió un raro alivio cuando notó que sus rodillas dejaron de temblar de miedo, y comenzaron a hacerlo por la pura emoción de hallarse en medio de un momento semejante.

Un rugido rabioso de Kleavor arrancó su cabeza del tronco, dislocándose un hombro para interponer el hacha sobre su propia espalda para repeler un corte hermanado de los filos de Scyther y Muramasa. Y, envolviéndose por un aura dorada que hizo brillar todo a su alrededor, el insecto de piedra invocó una serie de rocas en el aire que se precipitaron ferozmente sobre sus oponentes. Muramasa rodó con agilidad hacia atrás y cubrió el cuerpo de Alexander con el propio, presentándole su dura pero humana espalda a la adversidad. Scyther quedó sepultado en el acto por una tumba de piedras por la que apenas consiguió asomar su cuchilla. Y junto al estruendo por el rugido de Kleavor y por las rocas sepultándolo todo, la vibración de un motor decidió rivalizar con todo el caos en la arena de combate.

Corriendo más impulsado por la rabia de la motosierra que por la fuerza de sus propias piernas, Touma aceleró impulsándose sobre una roca y dejó que fuera su herramienta la que guiara cada movimiento de su brazo, trazando una serie de líneas eléctricas en el aire que pulverizaron en el acto las pesadas piedras que estuvieron a punto de quebrarle la espalda al herrero. La motosierra dibujaba relámpagos tras el paso de su filo giratorio, infinito, mientras los pies de Touma saltaban por encima de sus compañeros de escaramuza y lo conducían ciegamente directo hacia Kleavor.

—¡¡¿Piensas que eres el único que sabe cortar aquí, imbécil?!! —le rugió a su oponente con una sonrisa envalentonada, hundiendo la hoja dentada de su sierra en el codo de Kleavor justo antes de que éste pudiera soltar un tajo horizontal en su pecho que podría haberlo partido en dos.

El hueso del insecto resistió sorprendentemente bien, más duro incluso que las piedras de la Avalancha que había desatado, y quizás demasiado bien para el ímpetu que su herramienta le había inyectado a Touma. Deteniéndose en seco al entrar en contacto con la bestia, la motosierra echó humo por el mango y casi quema la mano que la empuñaba antes de ser arrojado por los aires con un golpe de Kleavor.

Aturdido y con falta de sensibilidad en el brazo donde Touma había incrustado la sierra, Kleavor avanzó nuevamente sobre él, incluso cuando a duras penas conseguía reincorporarse con ayuda de su herramienta. Touma se secó la sangre de la boca y le sonrió a la bestia, listo para morir, cuando algo diferente a su corazón latió contra su pecho. Con el rostro hinchado por la paliza que había recibido por la tarde, Touma se ocultó tras la espada dentada y separó las piernas para aguantar el próximo golpe. Los movimientos de Kleavor eran más erráticos e impredecibles, pero también más toscos y lentos por efecto de las heridas y la sustancia viscosa de Goomy. Solo tenía que aguantar lo suficiente para que Muramasa o Alexander pudieran levantarse y rematarlo. Un último esfuerzo era todo lo que su alma le demandaba.

Y presentando la cara de la hoja de acero que reflejaba al iracundo pokémon señorial, Touma alzó su brazo justo cuando el hachazo llegó por arriba, trabando la piedra sobre su acero y sintiendo que los huesos de las piernas se le romperían por todo el peso concentrado en el ataque. Tensando cada músculo de su cuerpo, hizo presión hacia arriba para apartar al monstruo que estaba muy débil como para intentar emplear su brazo herido.

—Quizás mi voluntad no sea suficiente para ganarte… —le gruñó a la bestia que se encorvaba sobre él, disfrutando del lento pero constante avance de su hacha sobre la motosierra. Las manos de Touma temblaban sin control aferrándose con alma y vida al mango que comenzó a agrietarse. Algunos dientes de la sierra fueron desprendidos de la hoja y salieron disparados por doquier, pero Touma cerró sus ojos para protegerlos de un destello de luz que estalló en su pecho por un instante, nublando también la vista del insecto. Cegado y confundido, Kleavor ablandó su fuerza por la distracción, permitiéndole a Touma empujar hacia el frente para sacárselo de encima mientras giraba la destartalada herramienta de corte para revelar una criatura esférica y plateada que adhería sus extremidades como imanes al acero de la sierra—. ¡Pero la de todos nosotros sí! ¡¡Impactrueno, Asimov!!

Y desprendiéndose por fin de la motosierra, Touma se echó hacia atrás cuando el Magnemite soltó una descarga eléctrica que estremeció a Kleavor hasta detonar una moderada explosión que lo ocultó tras una cortina de humo y polvareda.

Esperando haberlo paralizado, Touma intentó incorporarse mientras veía todo dando vueltas a su alrededor. Una sombra conseguía divisarse al otro lado del humo, mientras Magnemite levitaba de vuelta a su lado y depositaba la maltrecha motosierra junto a él. Le agradeció toscamente y lo regresó a la Pokéball, solo para bajar sus hombros y rendirse por completo al ver a la bestia emergiendo pesadamente con un hacha al frente, señalando el destino final de su corte como si apenas una brisa lo hubiera sacudido.

Una rama crujió a sus espaldas, y el hacha de Kleavor se elevó instintivamente por encima de la trayectoria entre su filo y el cuello de Touma. El chico se giró débilmente antes de perder la consciencia, solo para ver de cabeza cómo un nuevo individuo se acercaba suavemente a través de la maleza. Su andar era firme, pero había un cierto ritmo en el movimiento de sus pies, así como en el brazo que sostenía un hyotan que no debía almacenar agua precisamente. Su mano diestra empuñaba una katana llena de marcas, así como su kimono gris y desvencijado presentaba salpicaduras de rojo por doquier.

—Ah… —apreció el hombre recién llegado, con una voz áspera, al encontrarse frente al Kleavor que tiritó de furia al reconocerlo—. Veo que has crecido un poco.
 


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@Gold participación de Shinobu
@SoujiFujimura mención a Darai
@Donna mención a Kiyomi
@Velvet referencia a Ado y la participación estelar del gordo
@Nemuresu participación de Muramasa
@DoctorSpring participación de Alex
@Dr.Kaos participación de Kenji

Cualquier cosa chiflen y edito.
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#6
Shinobu, Capítulo 1.
Gracia Divina.
 
 
—¡AAAAAAAAAAAAHHHHHHHHH!

Mamoru vio de reojo como su entrenadora caía de una altura considerable hacia lo que parecía ser su inevitable muerte.. Alarmado por el súbito suceso, lanzó en un impulso desesperado el pequeño caparazón que traía entre manos, esperando liberarse de los Zubat que lo acosaban incesantemente desde que a Shinobu se le dio por trepar uno de los árboles más altos para ir tras un Golbat mucho más grande que el resto.

Como era de esperar, dado su carencia de experiencia y puntería, la viera rebotó en las cabezas de los murciélagos, provocándoles un daño mínimo y haciéndolos enfadar todavía más. Los Zubat entonces se cerraron más sobre la pequeña nutria, dispuestos a clavarle sus filosos colmillos sin posibilidad alguna de defenderse.

Mamoru, viéndose rodeado, hizo lo que pudo en su precaria situación. Se abalanzó sobre el Zubat más grande con un cabezazo, impulsado más por el miedo de ya no escuchar a su entrenadora que por el deseo de salvaguardar su propia vida.

El Zubat mayor se replegó ante el golpe, lo suficientemente aturdido como para que el resto de los murciélagos lo imitaran, confundidos ante su acción. Esa pequeña brecha en la hostigante ofensiva de los pokémon voladores bastó para que Mamoru pudiera escapar, corriendo hacia el último lugar donde escuchó el grito de su ama.

Sin embargo, no avanzó mucho antes de que los Zubat volvieran a rodearlo, más enfadados que antes. Y la ansiedad que sentía Mamoru se disparó todavía más; dispuesto a volver a realizar una táctica desesperada, corrió hacia donde se encontraba el caparazón que antes había lanzado y se abalanzó sobre él cuando las fauces de uno de los Zubat amenazaron con encajarse sobre su cuello. Rodó por el pasto y tomó entre sus manos el proyectil, dispuesto a lanzarlo con todas sus fuerzas en una especie de todo o nada.

Cerró los ojos, tratando de no distraerse por el creciente mareo que le estaba provocando el veneno que uno de sus contrincantes alcanzó a inyectarle sin que se diera cuenta, gracias a su momentáneo estupor provocado por la ansiedad y la adrenalina. No obstante, sintió como una ráfaga violenta azotó a toda la comitiva de murciélagos, alejándolos de él inmediatamente.

Los Zubat no tardaron en salir despavoridos hacia su guarida y Mamoru abrió los ojos, encontrándose con la imponente figura de un Scyther, el cual llevaba a sus espaldas a su querida entrenadora, quién a pesar de tener unos cuantos rasguños y heridas muy superficiales junto a algunas ramas y hojas adornando todo su cuerpo, parecía estar entera.

— No quiero volver a hacer eso. — Dijo Shinobu por lo bajo, casi en un susurro. Sus ojos se encontraban firmemente cerrados, como temiendo que si los abría un fuerte vértigo se haría presente y caería de la espalda del pokémon de Kouichi.

Mamoru se alegró tanto al verla que no dudó en correr hacia ella y saltar para darle un abrazo; él no se encontraba mucho mejor y al ser tan pequeño, el veneno se había extendido mucho más pronto de lo esperado, por lo que cayó al suelo de forma casi inmediata cuando trató de prenderse del brazo de su entrenadora

— ¡Shinobu! ¡Mamoru!

Kouichi apareció momentos después, con el cabello enmarañado y las ropas en peor estado. El muchacho alzó el rostro para tomar una bocanda de aire, pero se detuvo en cuanto vio a la mujer junto a su pokémon a tan solo unos cuantos pasos de su ubicación; sus labios se curvaron una sonrisa de alivio, agradecido porque Tokugawa hubiera sido lo suficientemente rápido para atrapar a Shinobu antes de que algo peor pudiera pasarle.

No obstante, decidió no acercarse a ellos de inmediato; volteó primero hacia atrás oteando el territorio para asegurarse que el Bibarel que lo venía persiguiendo hubiera perdido el interés. No sería prudente seguir avanzando si ponía a Shinobu y a Mamoru en peligro y no creía poder maniobrar en un combate con el deplorable estado de ambos; así que debía ser prudente antes de avanzar.

Para su fortuna, el castor parecía haberse aburrido de su persecusión, o al menos eso fue lo que le pareció al ver el paisaje tranquilo a sus espaldas, sin rugidos amenazantes o troncos rotos que auspiciaran una terrible y próxima amenaza.

Se acercó primero a Mamoru, quién parecía delirante y confundido. Vio uno de sus brazos y la marca de pequeños colmillos sobre su piel blanca y dedujo que la nutria había sido víctima de envenenamiento. Uno muy leve, pero que sin duda podría ser mortal si no se trataba adecuadamente y a tiempo.

Rebuscó entre sus maltrechos ropajes una pequeña bolsa y de ella extrajo una baya pecha; lo que para él era el equivalente a un pequeño trozo de oro que casi le cuesta la cabeza. La había arrancado de uno de los árboles cercanos a la costa de la Pradera Obsidiana, territorio de un Bibarel macho que no dudó en perseguirlo en cuanto lo vio hurtando sus preciadas bayas.

Pero ahora eso no importaba, sino el tratamiento del pequeño. Usó el filo de las cuchillas de su Scyther para cortar el pequeño fruto en varios trozos con los cuales luego alimentó a Mamaru, acercándole la rodaja de la fruta lo bastante cerca de la boca para que la pudiera tomar y masticar sin mucho esfuerzo.

Cuando toda la baya desapareció, Kouichi sacó otras dos de su bolsa y con ayuda de unas piedras cercanas las aplanó de tal manera expulsaran la pulpa y dejaran solo la piel suave de la baya. Y con cuidado, usó esas tiras improvisadas para cubrir la herida del pequeño; después cortó parte de su capa y la usó como una venda improvisada para afianzar su curación casera.

— Vas a estar bien . — Le dijo y lo cargó entre brazos antes de acercarse a Shinobu.

Notó la bolsa de mimbre mediana que Shinobu tenía abrazada como si su vida dependiera de ello; la bolsa se encontraba a rebosar de pokébolas, todas llenas de Zubat y Golbat a petición del profesor; la última pokébola, aquella que estaba llena de raspones, tierra y hojas, era la que contenía al Golbat de ojos rojos, el cuál además de esa peculiaridad poseía el doble del tamaño de un espécimen normal.

Tomó la bolsa con una de sus manos y después le pidió a su Scyther que pasara a Shinobu a su espalda; la chica no dudó en agarrarse de su cuello y cerrar sus piernas sobre su abdomen para evitar caerse ante el súbito movimiento. Ahora, con Tokugawa libre de cualquier peso para maniobrar en caso de emergencia, ambos comenzaron a caminar de regreso al campamento de los Galaxia.

Shinobu balbuceaba frases incoherentes entre tanto, pero Kouichi no le prestaba mucha atención a sus delirios, más por necesidad que por negligencia. A pesar de que aquel Bibarel ya no lo estuviera persiguiendo, no lograba quitarse del todo ese sentido de peligro y urgencia; le daba la sensación de que cualquier paso en falso sería la antesala de una catástrofe.

Y no se equivocó, por equivocación pisó una de las ramas secas que se encontraban en suelo; apenas un pequeño crujido que se perdía entre la inmensidad del bosque, pero que al parecer había sido lo suficiente estruendoso como para llamar la atención de algunos Geodude que pasaban cerca de ellos, los cuales no dudaron en abalanzarse en cuanto cruzaron miradas.
— Shinobu, no te sueltes. — Dijo, esquivando muy apenas las rocas que los Pokémon habían lanzado hacia su dirección.

— ¿Qué… ? ¿Por qu…?

Kouichi no le dio tiempo a terminar su frase, lanzándose a correr cuesta abajo en cuanto su Scyther se interpuso entre los pequeños golem de roca y él, proporcionándole el tiempo suficiente para escapar. Shinobu se aferró a él como si su vida dependiera de ello, completamente ausente de sus alrededores.

— ¡Usa A Bocajarro! — Gritó desde una distancia prudencial, viendo apenas desde su posición lejana como Scyther se esforzaba por empujar con sus cuchillas a los insistentes Geodude.

Al escuchar la orden, Kouichi notó como las cuchillas de su pokémon brillaron y él desaparecía en un santiamén. Kou desvió la mirada apenas unos segundos, constantando que no hubiera más amenazas cercanas y cuando volvió a dirigirlos hacia donde se encontraba su Scyther, seis Geodude venían rodando hacia él, totalmente inconscientes.

Sin embargo, cuando el último Geodude se reunió con el resto, otros seis más salieron de unos arbustos cercanos, atraídos por el ruido de la batalla, seguidos de una pequeña colonia de Zubat, la cuál no tardó en rodearlos.

Tokugawa se reunió prontamente con su entrenador y con un vaivén de sus cuchillas creó otra ráfaga de viento para mantenerlos a raya, aunque lo dejó vulnerable contra los ataques de los Geodude, que no dudaron en usar sus cuerpos pesados para golpearlo en diversas partes de su cuerpo y hacerlo perder el equilibrio en el proceso.

Kouichi sabía que tenía que salir de ahí, por lo que los constantes ataques no cesarían hasta salir del territorio enemigo. Hizo acopió de todas sus fuerzas y dio un gran salto hacia el siguiente tramo del camino, algo más iluminado por la luna. Dio un vistazo hacia su pokémon, quién para entonces ya se había vuelto a poner de pie y usaba su cuerpo como un escudo improvisado; Scyther volteó a verlo y asintió, dándole a su entrenador la aprobación que necesitaba para seguir avanzando.

Aunque no quería dejar a Tokugawa solo, sabía que se las podía arreglar por su cuenta, pero su orgullo de entrenador no dejaba de dolerle; durante toda su carrera se le había inculcado el valor y el respeto hacia sus compañeros, a nunca abandonarlos y luchar hasta al final a su lado, aún si el resultado era favorable como si no. Dejar a su Scyther a su suerte, por más que fueran en los momentos cruciales para escapar, le dejaba un regusto amargo.

Mas antes que pudiera carcomerse la cabeza con pensamientos no gratos, Shinobu se afianzó a él con más fuerza, sacándolo de su estupor. Claro, ahora había más vidas en juego y no solo la suya, así que agradeció a su Scyther aquellos segundos cruciales y volvió a echar a andar, más rápido que antes.

La adrenalina que sentía duró lo suficiente como para cruzar uno de los ríos de la planicie a casi pura fuerza bruta; y a pesar de tener la corriente en contra, logró llegar al otro lado, más cerca del campamento que los Galaxia habían erguido unas cuantas semanas antes. Para su mala suerte, el efecto se acabó justo cuando se acercó a la gran pared de roca que los separaba. Se vio tentado a caer de bruces, pero fue lo bastante rápido para anteponer uno de sus brazos antes que a su cuerpo cansado le diera por perder el equilibrio.

Con cuidado dejó a Mamoru en el suelo e hizo acopio de sus fuerzas restantes para cargar a Shinobu y depositarla junto a su pokémon. La pequeña nutria se encontraba profundamente dormida mientras su entrenadora despertó en cuanto su su cuerpo tocó el frío césped de la pradera.

— ¿Qué demonios pasó? — Exigió saber, molesta.

— Ah… salvajes, pelea, emboscada… A ti te dió vértigo… — Dijo el muchacho entre bocanadas de aire, tratando de regularizar su respiración. — Tokugawa se quedó peleando con esos salvajes para darnos tiempo.

— ¡Debemos ir por él! ¿Cómo vamos a dejarlo solo?

— Él vendrá. No te preocupes. — dijo Kou, más tranquilo que antes. Su respiración se había regularizado y aunque seguía bastante cansado, se levantó para acercarse a ella. — ¿Estás bien?

Shinobu se pasó las manos por su cabello y vestimenta, quitándose las ramas y la tierra que la cubría; cuando alzó la vista para ver a Kou notó entonces las heridas en sus brazos, así como diversos raspones. Por inercia lo tomó con cuidado de una de sus manos y lo jaló hacia ella; casi arrastrándolo hacia el campamento improvisado de los Galaxia antes de que se diera cuenta.

Él se soltó y la vio como si estuviera haciendo una estupidez. Ella le devolvió la mirada, llena de reproche.

— Yo estoy perfectamente bien, pero tú no. Así que vamos al campamento para que te curen.

— Shinobu, son sólo raspones. No hace falta que me lleves al campamento; ya me curaré yo después.

— ¡Siempre haces lo mismo! — Le reclamó. — Algo pasa en mis expediciones, tú sales herido y te rehúsas a pedir ayuda. Un día no serán solo raspones y lo sabes. Y te niegas a ayudarme con el entrenamiento de Mamoru.

Shinobu vio entonces a su pequeña nutria, tendida aún en el césped respirando tranquilamente. Le dieron ganas de esbozar una pequeña sonrisa, pero se contuvo; en su lugar sacó su pokébola y apretó el centro, envolviéndolo en un rayo de luz blanco que lo devolvió a su cómodo interior.

— Ya nos preocuparemos cuando llegue el día en que sean más que raspones. —Alegó Kouichi . — Anda, vete, seguro te están esperando.

— ¡Al menos respondeme! ¿Por qué te niegas a pedir ayuda? ¿Por qué te niegas a entrenar a Mamoru? Sabes tan bien como yo que esa no es mi área de especialidad.

— He tenido peores encuentros, la verdad. Esto no es nada. — Aseguró Kou. — Y Shiro es la mejor opción para entrenar a Mamoru. En serio, ya se dará el tiempo en que puedas entrenar con él.

— ¡Pero Tokugawa..!

— Sí prometo acompañarte la próxima vez que salga herido, ¿bastará para dejar el tema? Por favor.

Ella dejó que su reclamo muriera a mitad de su garganta y asintió a duras penas ante la propuesta de su amigo. El silencio reinó por unos cuantos minutos, hasta que él volvió a romperlo, entrégandole la bolsa de mimbre que venía cargando desde hace rato, y la cual se había rehusado a soltar a pesar de todos los obstáculos en su camino.

Shinobu la tomó y él la apuró a irse. Cuando escucharon unas ramas moverse, Kou se posicionó rápidamente enfrente de ella, usando su cuerpo como escudo ante cualquier posible amenaza; mas ambos suspiraron de alivio en cuanto vieron la cabeza de Tokugawa asomarse detrás de unos arbustos.

Kouichi entonces la volvió a apurar y Shinobu se retiró con renuencia, volteando cada tanto a verlo para asegurarse que seguía bien.



Cuando Shinobu llegó con los escoltas, estos se conmocionaron al verla. Ella no supo el porqué de su sorpresa; si se debía a que se encontraba entera, a su estado pulcro o si era por la bolsa atiborrada de pokébolas. Sea como fuere, Shinobu no estaba feliz de verlos; unos sujetos cobardes y comodinos que no hacían nada más que vigilar un campamento vacío y huían ante la más mínima señal de peligro. Les hizo saber su disgusto cuando aventó sin el más mínimo cuidado la bolsa llena de especímenes hacia un distraído soldado, quién apenas y pudo atraparla al salir de su ensoñación; aunque estuvo a punto de soltarla al darse cuenta que ahí había decenas de pokébolas llenas de bichos agresivos.

— Señorita Shinobu. —Irrumpió uno, un tanto intimidado por la cara de pocos amigos de la mujer. — ¿Está segura qué el encargo está completo? Ya sabe que el General y el profesor son…

— Está completo, me aseguré de contar las pokébolas yo misma. ¿O acaso quieres cerciorarte tú? — Retó con impaciencia. Lo que más quería era regresar a Jubileo y darse un merecido descanso. Ese estúpido profesor y Kamado si que se habían lucido al pedirle tal cantidad rídicula que murciélagos inútiles.

— N-no… — dijo en un susurro, pero Shinobu pudo oírlo perfectamente. — ¿En serio quiere que regresemos tan pronto a la villa?

La chica notó como ese pedazo de imbécil compartía una mirada cómplice con el resto de sus colegas y se dio cuenta de que esos inútiles sabían algo que ella no; esa era la razón principal por la cual no se habían puesto en marcha de forma inmediata, pues trataban de hacer tiempo y retenerla en un lugar en el que no quería estar.

— El encargo dice que el tiempo mínimo que se espera es de una semana. — agregó otro, un poco más seguro que su homólogo. — No dudo de sus palabras, señorita… pero es muy inusual que lo haya completado en tan solo dos días.

No sabía lo que traían en mano esa bola de estúpidos, pero estaba cansada y harta. Sus alegatos inservibles no les harían ningún favor, no era una estúpida descerebrada como querían creer; además de que los superaba en rango, a cada uno de ellos. Y ese último encargo no haría más que posicionarla todavía más alto en la escalera jerárquica del Equipo Galaxia.

Así que puso ambas manos en sus caderas e inclinó su cuerpo para quedar a la altura del guardia más cercano; estaba lo suficientemente cerca para verlo a los ojos, pero también con una diferencia de altura adecuada para resaltar su posición. El guardia se tensó y bajó su mirada, pero trató de no apartar sus ojos nerviosos de la mirada acusadora de la mujer.

— ¿Acaso están minando mi autoridad? ¿Acaso se rehúsan a seguir mis órdenes?
Nos vamos a ir directo a Jubileo ya, ahora recojan todas sus cosas y levanten sus perezosos traseros. ¡Vamos!
El guardia se sobresaltó junto al resto de sus compañeros, quienes no dudaron ni un segundo más y se levantaron de su lugar como si el suelo ardiera. Alzaron las carpas y guardaron los insumos, listos en menos de treinta minutos para regresar hacia la civilización, amedrentados por el cambio tan abrupto en la actitud de su superior.

Sabían que era una mujer caprichuda, pero nunca la habían visto enojada o molesta; a lo mucho demandante con peticiones fuera de su alcance para unos meros soldados rasos como ellos. Sin embargo, una parte de ellos aún se rehúsaba a volver, en sus mentes aún resonando el severo eco de las palabras del General Kamado; ordenándoles que la chica fuera entretenida durante toda la duración del Hanami, en pos de evitar algún encuentro desagradable con cualquier miembro de los Clanes invitados.

Y aunque ellos, meros soldados rasos, podrían llegar a comprender las razones por las cuales el general querría a una chica problemática fuera de una celebración que debería ser una ofrenda de paz entre los pueblos autóctonos y la villa, asimismo eso los ponía en una situación complicada; sin embargo, seguían siendo meros soldados rasos y si su autoridad superior no estaba con ellos, no les quedaba más remedio que obedecer a su autoridad inmediata, para bien o para mal.

Así que, aún con renuencia, tomaron sus lanzas rudimentarias y agruparon alrededor de la mujer, evitando que los cualquier flanco quedara sin protección; aunque Shinobu sabía que ante la mínima señal de peligro romperían aquella estrafalaria formación y saldrían huyendo, dejándola sola.

Se pusieron en marcha cuando las estrellas aún brillaban en el cielo y la luna alumbraba su camino; aunque el trayecto fue silencioso y pesado, dado que nadie los presentes tenía ganas de hablar para aligerar el viaje. Shinobu se encontraba absorta en sus propios pensamientos y los guardias se concentraban en mantenerla a salvo de los peligros silvestres, aunque uno de ellos en particular trataba de no tirar el saco lleno de pokébolas, balanceando la bolsa entre ambas manos, como si el mero hecho de saber que no estaban vacías fuera suficiente para hacerlo perder su temple.



Al entrar a Jubileo le sorprendió ver las luces y los adornos junto a los puestos que se habían posicionado de forma improvisada a lo largo y ancho de las calles de la villa. Los niños corrían y los adultos compraban cualquier baratija que llamara su atención. Frunció el ceño, conectando los puntos con rapidez y volteó a ver con reproche a todos su escoltas, quiénes desviaron la mirada en cuanto ella les dirigió su atención.

Más hastiada que antes, arrebató el saco lleno de pokémon de las manos del guardia inútil y estuvo a punto dar zancadas hacia el laboratorio, aunque se contuvo en un último instante. No se vería bien que una princesa como ella anduviera por ahí molesta y con cara de pocos amigos.

Así que irguió su espalda, se pasó una de sus manos por su larga cabellera para mecerla contra el viento y sonrió como si festival y las luces fueran para ella, dejando a sus escoltas atrás y sin posibilidad de detenerla.



— ¡Esto es magnífico, Shinobu! La verdad has hecho un excelente trabajo. — Felicitó el profesor, viendo el centenar de pokébolas que tenía a su disposición. — ¡Incluso atrapaste a un Golbat Alfa! Que maravilla, sin duda hablaré con Cyllene para que te promuevan lo más pronto posible. Aunque serías de un rango mayor si no tuviéramos que perseguirte por toda la villa para que cumplas con tu deber.

Ella hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no rolar los ojos en su presencia y verse grosera, pero es que verlo tan emocionado y con los ojos brillosos le daban unas enormes ganas de golpearlo. Esperó un poco a que la novedad se le pasara y aprovechó para alzar la pokébola de Mamoru sobre sus narices.

— Mamoru resultó herido. ¿Podría darle un vistazo?

— ¡Claro! Libera al pequeñín y yo me haré cargo.

Ella hizo lo que le pidió y Laventon no tardó en tomar a Mamoru entre sus manos y acercarlo hacia él para verlo mejor; dado que la división de enfermería solo trataba soldados heridos, la única opción para tratar a los pokémon lastimados era directamente con el profesor. El hombre no era médico pero sus conocimientos eran lo suficientemente amplios sobre el tema para al menos tener un par de pociones de sobra para tratar cualquier herida o malestar.

Laventon sonrió y asintió en cuanto vio el vendaje improvisado de Mamoru y sin siquiera pedir permiso, le quitó la tela y los parches hechos de baya antes que Shinobu pudiera reclamarle algo.

— Hiciste un excelente trabajo atendiendo a tu pokémon. La verdad es que sólo le untaré un poco de medicina sobre sus heridas, porque el envenenamiento ya casi ha sido curado completamente. — Dijo el profesor y de sus cajones extrajo una botella de ungüento casi vacía. Tomó un poco de pomada entre sus dedos y la untó en sobre el cuerpo del pokémon, haciendo que sus heridas terminaran por cicatrizar.

Shinobu le agradeció a regañadientes, antes de devolver a Mamoru a su esfera. Se dio media vuelta para marcharse, pero antes de que pudiera abandonar el laboratorio, la voz irritante del profesor la llamó a sus espaldas.

— Te mereces un buen descanso Shinobu, ¡disfruta del festival! Sólo…. — Él pareció meditar sus siguientes palabras un poco, algo que se le antojó a Shinobu como una especie de milagro, dado que casi nunca se quedaba callado. — Si ves a cualquier miembro de los clanes… eh… no te acerques mucho, ¿vale?

— Claro, profesor — Mintió descaradamente y cerró de un portazo tras de sí la puerta del laboratorio.


 
«¡Disfruta del festival!»

¡Lo iba a disfrutar y un cuerno! No sólo aquella celebración parecía algo sacado de un festival escolar paupérrimo, sino que un borracho imbécil casi había vomitado encima de Mamoru y un estúpido guardia le había achacado el incidente a su pokémon, quién lo único que había hecho había sido pasearse después de un agotador encargo por las callecillas del pueblo, dando saltitos de felicidad.

Cuando estuvo lo suficientemente lejos de ese guardia, volvió a liberar a Mamoru, quién apenas la vio, corrió a abrazarla, feliz de que ese estúpido guardia no le hubiera hecho daño.

Las ganas se le habían ido y, después de la discusión con Kouichi, sus deseos de lucirse también. Supuso que dejaría pasar el primer día del festival e iría directo a su hogar y, ahora que lo pensaba, era el plan más sensato. Tomó a Mamoru entre brazos y se dirigió hacia su modesta casa, ignorando las miradas llenas de miedo y pavor de los aldeanos que la veían pasar junto a su pokémon; algunos otros, una modesta multitud que crecía cada día gracias a sus esfuerzos, la veían con una mezcla de añoranza y admiración.

Se encontró con la puerta de su casa despejada mientras el resto de las viviendas tenían varios puestos tapando su paso, probablemente de los reclutas menos experimentados que habían aprovechado la ocasión para sacar dinero extra sin necesidad de exponerse al peligro.

Le supuso un alivio, pero cuando abrió la puerta y dejó a Mamoru en el suelo, esa sensación desapareció en cuanto se dio cuenta que otro guardia se encontraba detrás de ella.

— Mamoru está en su casa. ¿O acaso tampoco puede estar ahí? — Preguntó tratando de evitar el tono ácido que amenazaba con salir de sus labios.

— ¡N-no! ¡No es eso! — Se apresuró a mostrarle una cesta llena de bocadillos, pociones y flores silvestres. — ¡Sólo quería decirle que acepte este humilde regalo! ¡Y sería un gran honor si me pudiera acompañar mañana para ver los fuegos artificiales!

— ¡Ey! — Gritó otro, quién se acercó tan rápido como un Rapidash hacia la puerta. — ¿Cómo le vas a dar esa baratija?

— ¡Al menos yo traje algo! Tu vienes con las manos vacías.

— ¡Claro que no! — sacó de entre sus ropas una estatua de madera de un Oshawott, finamente lijada y hecha que la similitud entre el verdadero y la artesanía era sorprendente. — ¡Le traje a nuestra diosa esto!

— ¡Oigan ustedes! ¡¿Qué están haciendo?!

En cualquier otra circunstancia, se hubiera quedado a ver el espectáculo, sobre todo porque el pequeño escándalo que se había formado al ras de su puerta iba creciendo de forma exponencial. De haber estado de mejor humor, hubiera jugueteado con alguno de ellos, llenándolo de promesas y sonrisas falsas para tratar de conseguir las mejores mercancías sin gastar un centavo.

Pero aún así  los dejó peleando y se adentró a su hogar; aunque eso no evitó que sonriera cuando los hombres se dieron cuenta de su desaparición y comenzaran a echarse culpas mutuamente.



Quizás fue la adrenalina, pero en cuanto se acostó en su incómodo Futon no pudo conservar el sueño. Dio varias vueltas en la cama hasta que decidió levantarse y atender a las peticiones de los chicos detrás de su puerta; no se encontraba en el mejor humor de la noche, pero cualquier cosa era preferible que pasar el resto del primer día del festival en cama sin poder dormir.

Al final aquello resultó ser la mejor decisión, pues nada más salió de su hogar fue colmada de regalos y atenciones. 

Para cuando fue el momento de preparar los fuegos artificiales, Shinobu se acercó al chico que había estado ocupado su tiempo hasta ese entonces, un muchacho apenas un poco mayor que ella de ojos claros y cabello pelirrojo, un recluta reciente del escuadrón de construcción que se aseguró de apartar uno de los lugares más exclusivos para ver el espectáculo.

Sin embargo, la gracia divina parecía estar en su contra. En vez de presenciar un hermoso juego de luces, un estruendoso rayo opacó a los pocos fuegos artificiales que lograron alzarse sobre el cielo. El pánico no tardó en hacerse presente y el chico que la acompañaba salió despavorido en cuanto vio a un enorme venado blanco haciéndose lugar entre la alterada multitud.

Shinobu se dispuso a seguir a ese extraño pokémon, pero una mano la tomó del cuello de su vestimenta y la jaló hacia atrás. Cuando trató de golpear al extraño, éste le dio vuelta, y se encontró con la cara preocupada del profesor.

— Shinobu, va a haber una expedición a la montaña y tú estarás al frente. — Le informó. Ella no tuvo que preguntarle cómo es que lo sabía, pues el científico compartía espacio con el amargado general.

— Prefiero ir tras ese pokémon. —Dijo, molesta. — No me interesa lo que el general tenga planeado para mí.

— Shinobu, a mí tampoco me agrada. — susurró el profesor. — Pero lo único que puedo hacer por ti es darte un encargo temporal para aplazar todo esto. Aún no se lo expongo a Kamado, pero necesitaré que traigas un pokémon fantasma; ya sabes, de esos morados con estrafalarios sombreros y ojos color rubí…

— ¿Un Mismagius?

El nombre no pareció serle familiar al profesor, por lo que siguió con su larga lista de descripciones hasta que casi se quedó sin aire.

— No iré a la expedición ni tampoco le traeré un Mismagius. Buenas noches, profesor. — Zanjó con frialdad, removiéndose bruscamente para zafarse del agarre del hombre, dispuesta a ir tras ese Wyndeer.



— Shinobu. — Pidió por última vez. — Por favor… piénsalo, rehusarte a esto es desafiar la autoridad de Kamado y no será como tus otras escapadas; te estarás enfrentando directamente a él y no estoy seguro de lo que pueda hacer….

Ella lo vio, altiva, pero dentro de sí consentía que tenía razón, aunque nunca se lo diría en voz alta. Así que le echó una última mirada y se perdió junto con el resto de la multitud.

Ya vería qué hacer al día siguiente.



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