Importante Colectivo- [Hisuikai] Ecos de Hisui || Primavera

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#1
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Índice de Capítulos

 Prólogos 

0.0 - GM - Mi cuenco de mendigar acepta incluso las hojas caídas
0.1 - Kiyomi - Que trata de cómo Kiyomi desarrolló su pócima de amor, con otros enrevesados coloquios
0.2 - Ado - Guardián
0.3 - Kouichi - Promesas rotas de un corazón destrozado
0.4 - Touma - ¡¡CORTE DE MIERDA!!
0.5 - Kenji - ¡El hombre que busca la vida y la muerte!
0.6 - Shinobu - La falsa divinidad de un deseo enterrado
0.7 - Katsumi - Costumbres arraigadas
0.8 - Muramasa - De Estrella a Nadie a Quizás Alguien
0.9 - Darai - Semillas de un futuro incierto
0.10 - Teach - The Speechless Land
0.11 - Alexander - El Sueño y la Pesadilla de un Cazador

 Primavera 

I

1.0 - GM - El cerezo pregunta por el cuándo y el dónde a la montaña solitaria
1.1 - Ado - Maldición
1.2 - Muramasa - Scyther, Madera y un Pokémon Furioso
1.3 - Darai - La raíz del problema
1.4 - Kiyomi - Donde se cuenta lo que pasó Kiyomi en el Hanami, y del extraño y más divertido suceso de los caramelos encantados
1.5 - Touma - ¡¿CREES QUE PUEDES PARTIRNOS?!
1.6 - Shinobu - Gracia Divina
1.7 -
1.8 -
1.9 -
1.10 -
1.11 -

 Verano 
 Otoño 
 Invierno 

Fichas de Personajes

*sujeto a cambios*

PJs


Ado


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Nombre: Ado
Edad: 25
Región de Procedencia: Unova
Ocupación: Ingeniera electrónica y encargada en "La Enredadera"
Pokémon: [Imagen: IpE3jIu.png]
Objetos Destacados: Tablet, caja de herramientas
Habilidades: Conocimientos de ingeniería electrónica, precisión para arrojar proyectiles a distancia, acceso a todo tipo de información gracias a su tablet
Resumen: Una chica apasionada por el funcionamiento de las cosas y la creación y reparación de toda clase de objetos se encuentra de un momento a otro frente a una isla repleta de flores multicolores. Cree hallarse en medio del sueño más vívido que hubiera experimentado nunca, pero tras conocer a Anvin, el artesano de Villa Jubileo, Ado comienza a desenmarañar los misterios que alberga ese viejo mundo, así como el rol fundamental que podrá desempeñar para ayudarlo a progresar. La salvaje naturaleza le tiende una trampa mortal de imprevisto, pero la aparición de Beni y su Gallade los ponen a salvo de la bestia fuera de control. Sus conocimientos sobre la elaboración de la Pokéball le abrirán las puertas a Jubileo, donde deberá desempeñar en paralelo un oficio en la posada de Beni: "La Enredadera". Los une un vínculo ancestral manchado con sangre, pero ella no puede saberlo.

Alexander


[Imagen: nhiSCGi.png]
Nombre: Alexander Drexler
Edad: 17 (aparenta 12)
Región de Procedencia: Galar
Ocupación: Cazador
Pokémon: [Imagen: TcUxtov.png]
Objetos Destacados: Cuchillo para desollar, pala hacha, silbato
Habilidades: Sigilo, destreza física, manejo de armas blancas variadas, buen estratega
Resumen: Con una estricta y disciplinada formación en el arte de la caza impartida por su propio padre, Alexander creció en los límites rurales de Galar aprendiendo más de los pokémon de lo que un simple entrenador podría. Estudiando su comportamiento en las zonas de caza habilitadas en la extensa Área Silvestre, Alex sabe cómo actúan los pokémon en estado salvaje, cuál es la mejor manera de liquidarlos y cómo evitar que huyan a tiempo. Sin embargo, y si bien posee una sangre mucho más fría que la de cualquier muchacho de su edad, Alex es reticente a emplear armas de fuego, cosa que le cuesta una valiosa misión junto a su padre, donde un herido Ursaring evoluciona misteriosamente antes de morir y los ataca, hiriendo a su progenitor gravemente. A punto de perder la compostura, un atónito Alex es transportado a la distante Hisui, donde será recibido con gran interés por el Equipo Galaxia. Allí, el General Kamado le ofrecerá un trato: podrá cazar libremente dentro de los territorios de Hisui que no estén regidos directamente por los clanes originarios, a cambio de realizar las tareas que le encomiende la División de Investigación.

Darai


[Imagen: CZWSAUe.png]
Nombre: Darai
Edad: 19
Región de Procedencia: Sinnoh
Ocupación: Granjero y Entrenador (retirado)
Pokémon: [Imagen: ezrun0K.png][Imagen: 5aWAgYt.png][Imagen: B3ptQgv.png]
Objetos Destacados:
Tridente
Habilidades: Amplios conocimientos de agricultura, además de captura y entrenamiento de pokémon, especializado en el tipo planta
Resumen: Con una carrera como entrenador truncada por una gélida entrenadora cuya especialidad sobrepasaba a la suya, Darai volcó todas sus fuerzas en su segunda gran pasión: la agricultura. Durante sus prácticas de universidad, es transportado a la región de Hisui, donde será juzgado como el primer Caído del Cielo del que el Equipo Galaxia tenga conocimiento. Demostrando sorprendentes capacidades tanto para trabajar las tierras en la huerta así como gran destreza durante la captura de un escurridizo Cyndaquil, Darai será apadrinado dentro de Villa Jubileo por Colza, Capitán de la División de Agricultura y por el propio profesor Laventon de la División de Investigación.

Katsumi


[Imagen: J1E3l1y.png]
Nombre: Katsumi
Edad: 23
Región de Procedencia: Hoenn
Ocupación: Ladrona
Pokémon: ---
Objetos Destacados: Trozo de madera
Habilidades: Discreta y sigilosa para el hurto, astucia, buena mentirosa, destreza para elaborar todo tipo de explosivos y trampas
Resumen: Siendo todavía una niña pequeña, pero con una inusual habilidad para mostrarse más ingenua y vulnerable de lo que realmente era, Katsumi se ve atacada por lo único que no puede engañar: una tormenta perfecta en el corazón de Hoenn, con grandes olas como edificios azotando el barco en que la llevaba su padre y una bestia descomunal cayéndole encima antes de que sus recuerdos se apaguen como el fuego de una vela socavada por la lluvia. Katsumi despertó en un pantanal que poco tenía que ver con su región natal, pero su memoria no le permitió comprender del todo dónde se hallaba, o cómo había llegado ahí. Descubierta entonces por habitantes de una antigua aldea perteneciente al Clan Diamante, Katsumi no tardará en comprobar que muchos de sus recuerdos están más ligados a la destreza de sus manos que a su propia mente, gozando todavía de la misma habilidad para el robo que su padre le reprochaba.

Kenji


[Imagen: WnGwJGc.png]
Nombre: Kenji
Edad: 32
Región de Procedencia: Hisui
Ocupación: Ronin vagabundo
Pokémon: [Imagen: Zb4ozof.png]
Objetos Destacados:
Va siempre escoltado por un hyotan para el sake y un arma para vivir o morir
Habilidades: Avanzado dominio de la espada, fuerza física y resistencia por encima de la media, estilo de combate salvaje "a vida o muerte"
Resumen: Dos bestias salvajes que viajan cruzadas por el fuego de su pasado: un humano y un pokémon. Kenji es un espadachín y carroñero de armas cuyo único rumbo parece estar fijado por su deseo de luchar hasta morir. Si bien es diestro en el uso de todo tipo de armas, Kenji siente el profundo deseo por empuñar aquella que pueda considerar suya. Una que pueda sentir propia, ganado con algo más que solo un filo manchado por su propia sangre o la de su rival. Junto a él, su Typhlosion Matamune será su vínculo más estrecho con la vida, aunque sobre su lomo crepiten espectrales las llamas del pasado que lo cambió todo para él.

Kiyomi


[Imagen: tk8rWKz.png]
Nombre: Kiyomi
Edad: 114 (aparenta 17)
Región de Procedencia: Sinnoh
Ocupación: Bruja
Pokémon: [Imagen: WXG9VlQ.png]
Objetos Destacados: Libro de hechicería, caldera
Habilidades: Conocimientos de hechicería, brujería y artes oscuras
Resumen: Un alma oscura atormentada por el sentimiento más puro: amor. El difuso límite entre la cordura y la locura parece regir el código moral de la temida bruja del bosque, Kiyomi, quien va siempre escoltada por una horda de fantasmas a su servicio... O tal vez sea ella la que esté al servicio de la noche, atrapada en un trance hipnótico que la arrastre lentamente hacia designios más oscuros. Mismagius, su fiel compañera, parece proporcionarle todo lo necesario para conquistar el corazón de su evasivo amado, incluso si aquellos requerimientos fuesen cien corazones ajenos flotando dentro de su burbujeante caldera.

Kouichi


[Imagen: 2lfOgD9.png]
Nombre: Kouichi
Edad: 24
Región de Procedencia: Kanto
Ocupación: Ladrón y Entrenador (retirado) 
Pokémon: [Imagen: TcUxtov.png]
Objetos Destacados:
Pokéball moderna de su Scyther
Habilidades: Experiencia en combates pokémon, astucia para el hurto
Resumen: De origen humilde, el destino de Kouichi está marcado por la necesidad. De dinero y comida para familia, sí, pero también de algo más profundo y brillante. Motivado por una batalla televisada, Kouichi emprende un viaje como Entrenador Pokémon para recaudar suficientes ingresos y gloria como para que su madre no se avergüence de él. El camino es más duro de lo que esperaba, y aunque mejora con el correr de sus batallas, una barrera se interpone en su sueño en Kanto, obligándolo a torcer el rumbo hacia un desafío todavía mayor: la Liga de Galar. Armado con su propia ambición, Kouichi se estrola una vez más con la dura realidad: solo es un chico lleno de sueños. Los sueños no son alimento suficiente, así que se resigna a vivir como puede, incluso aunque deba quebrantar su propia moral obligándose a robar. Durante uno de sus fallidos robos, Kouichi pierde la vida -o gana una nueva-, transportándose a Hisui. Allí, un hombre sereno con armadura le enseñará el camino de la supervivencia.

Muramasa


[Imagen: p8QNj9r.png]
Nombre: Murdock Masters (Muramasa)
Edad: 45
Región de Procedencia: Galar
Ocupación: Herrero y Actor
Pokémon: [Imagen: TcUxtov.png]
Objetos Destacados: Katana, martillo y una amplia variedad de herramientas de forja
Habilidades: Nociones de actuación (aparentemente, no más de las que tendría cualquier estrella de acción), talento natural para forjar armas y toda clase de objetos, gran fuerza física
Resumen: Además de una consagrada carrera en el mundo del cine, Murdock Masters era bien conocido por diversos escándalos producto de una vida entregada a las adicciones. Tratando de sentar cabeza en la industria y dando una entrevista para desmentir rumores sobre su retiro, es transportado repentinamente a Hisui varios años antes de que el Equipo Galaxia arribe a sus tierras. Así, Murdock recorrerá cada aldea que se interponga en su camino sin rumbo buscando refugio del peligro, siendo rechazado por su apariencia sospechosa. Teniendo que valerse de su ingenio para crear armas con los objetos que se encuentra durante el viaje, Murdock consigue enfrentarse a oponentes tan peligrosos como Ursaring con una rudimentaria pero efectiva katana. Sin embargo, tras no encontrar un refugio estable y durante largos años que llevan su mente hasta los límites de la cordura, la estrella extraviada termina cruzándose con una criatura fantasmal que lo guía a través de la tundra nevada. A punto de morir, es hallado por el Equipo Galaxia y llevado a Jubileo para rendir cuentas ante Kamado, pues sus conocimientos del futuro y su destreza en la herrería le resultarán de gran utilidad a su empresa.

Shinobu


[Imagen: AFAb54S.png]
Nombre: Shinobu
Edad: 20
Región de Procedencia: Kalos
Ocupación: Performer y Ayudante del Profesor Laventon
Pokémon: [Imagen: JPNvJDX.png]
Objetos Destacados:
¿?
Habilidades: Dotes para el canto y la danza, poder de persuasión
Resumen: Mal acostumbrada a una vida de lujos como Top Performer en Kalos, Shinobu se lleva una trágica sorpresa cuando, parcialmente borracha tras una fiesta llena de excesos, termina involucrada en un fatal choque producto de la imprudencia de su acompañante. Vanidosa, caprichosa y con mal genio, Shinobu deberá comenzar una nueva vida en Hisui sin las comodidades que le servía en bandeja de plata su Kalos natal. Allí se topará con Kouichi y Shirou, quienes la escoltarán a salvo rumbo a Villa Jubileo, donde podrá hospedarse a cambio de oficiar como asistente del Profesor Laventon, ya que aunque no sea su mayor especialidad y reniegue para cualquier labor que requiera esfuerzo, demostrará talento para la captura de pokémon y distintas encomiendas para la División de Investigación.

Teach


[Imagen: 03GTtGJ.png]
Nombre: Edmond Teach
Edad: 32
Región de Procedencia: Sinnoh
Ocupación: Marino Mercante y Mangaka (amateur)
Pokémon: [Imagen: CUc0pmf.png]
Objetos Destacados:
Barco restaurado (más del Duskull que suyo) y figura coleccionable de Cynthia y Garchomp
Habilidades: Nociones de modelismo, dibujante y escritor de doujinshis, enciclopedia humana de animes, conducción náutica. ¡Jamás se rinde!
Resumen: Dueño de un pasado del que no puede enorgullecerse, Teach mira hacia adelante con una sonrisa mientras un nuevo día comienza en la región de Hisui. O al menos esa es la mejor cara que puede ponerle a un mundo que le dio la espalda, o que se dio vuelta por completo de pies a cabeza, aunque quizás ese destino sea más amable para él que una muerte deshonrosa. Encontrándose con una antigua embarcación encallada en algún punto de la tierra inhóspita, Teach intentará sobrevivir mientras sueña con mundos imaginarios donde los colores brillan más a su alrededor. Al mismo tiempo, Dokuro, un Duskull salvaje que se auto-proclamaba dueño legítimo del barco abandonado, se ve inmerso en los sueños y pesadillas de las profundidades de su mente, desarrollando tanta empatía por el humano descarriado que acabarán volviéndose inseparables. Con la vista puesta en un futuro esperanzador a orillas de Hisui, y con el barco completamente restaurado entre humano y pokémon, Teach y Dokuro pintan su propia bandera pirata con la amigable calavera de un solo ojo. 

Touma


[Imagen: OBD7ihf.png]
Nombre: Touma Shitakatto
Edad: 23
Región de Procedencia: Johto
Ocupación: Cortador de madera
Pokémon: [Imagen: G1VHuPu.png][Imagen: 04R1vtX.png][Imagen: GUhmrp9.png]
Objetos Destacados:
Motosierra vieja
Habilidades: Fuerza física, habilidad para realizar cortes, conocimientos generales de carpintería
Resumen: Acostumbrado a dar más de sí mismo de lo que cualquiera esperaría de él, Touma crece acumulando sentimientos negativos hacia el mundo que lo rodea. La relación con su padre es casi inexistente, y en el trabajo se ríen de sus vanos intentos por asemejar sus cortes de madera a los de los pokémon con guadañas y garras afiladas que utilizan. Convencido de que puede hacer cosas grandes, su boleto hacia el éxito llega en forma de aquello que tanto había anhelado tener, pero que sus magros ingresos le impedían adquirir: una motosierra vieja y disfuncional que parece hecha a su medida. Liviana y efectiva, aquella herramienta le dará un rápido ascenso y el reconocimiento de sus pares... Así como también un engaño motivado por su propia ingenuidad. Con un rugido salvaje, Touma comete un grave sacrilegio y acaba hiriendo al patrimonio sagrado del Encinar, siendo transportado por el peso de sus errores a la distante Hisui. La gente allí parece temerle, desconociendo el arma mecánica de dientes aserrados que lleva consigo. Capitalizando ese miedo que infunde en los demás, Touma inflará su pecho para gritarle al nuevo mundo que debe tener mucho cuidado con él.


NPCs

Kamado


[Imagen: QDSQCsR.png]
Nombre: Kamado
Edad: 45
Región de Procedencia: Johto
Ocupación: General del Equipo Galaxia
Pokémon: ¿?
Habilidades: Entrenamiento militar, experiencia en combate cuerpo a cuerpo, gran capacidad de liderazgo
Resumen: Tras desaparecer su aldea a consecuencia de un incendio provocado por pokémon salvajes enfurecidos, Kamado abandona su región junto a un reducido grupo de personas para adquirir conocimientos que le permitan fundar el Equipo Galaxia sobre los restos de una vieja aldea de la región de Hisui, a la que llamarán Villa Jubileo. Al frente del Equipo Galaxia, Kamado asignará a las personas más habilidosas que fue conociendo en diversas regiones del mundo para liderar las distintas divisiones que se encargarán de resguardar la paz en su nuevo hogar, así como de salir a explorar las tierras desconocidas de Hisui y a los peligrosos pokémon que allí habitan.

Beni


[Imagen: QfN00jR.png]
Nombre: Benimaru (Beni)
Edad: 52
Región de Procedencia: Johto
Ocupación: Dueño de la posada "La Enredadera" y mano derecha de Kamado
Pokémon: [Imagen: Iq0bpur.png]
Habilidades: 
Destreza física por encima de la media, experiencia en combate, entrenamiento militar y conocimientos de ninjutsu
Resumen: Aunque actualmente pueda vérselo como un vejete tranquilo al frente de "La Enredadera", Beni es en realidad una de las piezas clave del Equipo Galaxia, así como el hombre en quién más confía el General Kamado. Habituado a los mortales enfrentamientos con los pokémon salvajes que arrasaron su hogar en el pasado, Beni aprendió a perfeccionar sus técnicas de combate rápido y sigiloso. Con el paso de los años y de sus viajes por el mundo junto a Kamado, parece haber aprendido también a dominar las artes del combate pokémon; algo muy poco frecuente en Hisui. Tiene a su cargo a Ado en "La Enredadera", a quién se propone proteger en secreto por ser la viva imagen de alguien importante que no pudo salvar cuando su antigua aldea fue consumida por el fuego.

Cyllene


[Imagen: jtHwX9F.png]
Nombre: Cyllene
Edad: 35
Región de Procedencia: Hoenn
Ocupación: Capitana de la División de Investigación del Equipo Galaxia
Pokémon: ¿?
Habilidades: ¿?
Resumen: ¿?

Laventon


[Imagen: CjVpMPP.png]
Nombre: Laventon
Edad: 35
Región de Procedencia: Galar
Ocupación: Profesor Pokémon de la División de Investigación del Equipo Galaxia
Pokémon: ¿?
Habilidades: Amplios conocimientos sobre diversas especies de pokémon, así como en la creación de las Pokéball
Resumen: ¿?

Shirou


[Imagen: BbnCciA.png]
Nombre: Shirou
Edad: 27
Región de Procedencia: Hisui
Ocupación: Guardaespaldas
Pokémon: [Imagen: cac0b24.png]
Habilidades: Diestro en el combate cuerpo a cuerpo, dominio de armas blancas, conocimientos de entrenamiento pokémon
Resumen: Un hombre misterioso que guía a Kouichi en sus primeros pasos por Hisui.


Temas de Interés

♦ FAQ, Reglamento y Comentarios
♦ General de Preguntas y Respuestas de Personajes
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#2
Prólogo


Mi cuenco de mendigar acepta incluso las hojas caídas

てっぱつ 散りくる葉をうけ た


Arceus creó un universo perfecto, dotándolo de minúsculas imperfecciones que moldearon su vasta existencia. Abarcó a criaturas como él, con solo una porción de sus cualidades; pero también a formas de vida que llenaron los rincones más inhóspitos de sus mundos y los inundaron con mares, bosques y montañas. Incluso algunas obtuvieron el don de la curiosidad, forjando herramientas y alzando civilizaciones que escaparon a su control divino. El libre albedrío les concedió el derecho a equivocarse, a fallar y a caer. La muerte era una vecina cercana, pero con cada alma disipada en las tinieblas del olvido o en las luces del recuerdo, una nueva vida surgía para que el tiempo pudiera seguir avanzando, y para que el espacio se expandiera hasta los límites de la imaginación.

El cosmos entero respondía a su capricho, pero, de tanto en tanto, la deidad creadora se distraía de su inagotable labor para contemplar aquello que acontecía en uno de sus rincones preferidos del universo: una minúscula esfera de agua y piedra envuelta en oxígeno a la que sus seres llamaron Tierra. Allí vio nacer y morir imperios, y oyó rugir a las bestias que se le oponían, pero que debían existir tal y como él lo había requerido para que su universo tuviera la forma que anhelaba. Para encontrarle un sentido a los límites de su poder.

Al principio, intentó establecer un orden, pero pronto se aburrió de él. Incluso entendió que la quietud terminaría desdibujando su propio ser, y que una pizca de aleatoriedad podía dar paso a aberraciones, sí, pero también a genialidades capaces de cambiar el curso de la historia. Sus formas de vida dotadas de curiosidad le contagiaban el interés por su progreso, y notó que no tardaron en reconocerse diferentes al resto de las criaturas que poblaban la Tierra, autodenominándose como humanos y nombrando también a las demás. Desde bellas flores hasta bacterias microscópicas, pasando por aquellas bestias que más cautivaban su interés, quizás por saber inconscientemente que compartían genes de su propio creador: los pokémon.

El propio nombre que les habían dado permitía vislumbrar mucho del carácter de la humanidad: era tan curiosa como ambiciosa, y pretendía hacerse con ellos para entenderlos, pero también para forjar lazos a través de los cuales pudieran evolucionar de la mano. Así, aquellas tierras regidas por los humanos que mejor podían entender a los pokémon conseguían evolucionar más rápido, propiciando avances en la ciencia y la medicina, e incluso entrenándolos para luchar las batallas que ellos mismos no podían ganar. Por otra parte, las regiones que no sabían asimilar la existencia de criaturas con sus poderes perecían al cabo de un tiempo, o se encogían hasta el punto de relegarse a discretas comunidades, aisladas de una naturaleza que no paraba de crecer. Cruzando mares en un parpadeo, Arceus podía ver a humanos volando sobre sus pokémon alados con gran destreza y luchando contra los feroces dragones de las montañas, robándoles las garras y los colmillos para forjar sus propias armas. Volviendo la vista a otros rincones del planeta, se asombraba al descubrir cómo pueblos enteros huían despavoridos de mamíferos más preocupados por el néctar en la corteza de los árboles que por la carne que cubría sus huesos.

La valentía y la cobardía: él no había concebido emociones semejantes, pero muchos de los dones que esparció junto con la vida tomaban formas misteriosas incluso para él. Quizás regidas por algo tan elemental como el instinto de supervivencia, pero también por el poder de la imaginación, o tal vez por la influencia de aquellos que habían rechazado la supremacía de su creador.

El caos podía ser peligroso, pero también aquellos seres que buscaban erradicarlo del mundo para impartir orden. Humanos se revelaron contra su propia especie, contra los pokémon y contra el mundo entero a lo largo de los siglos. Arceus no intercedía directamente, pero cada acción de sus protegidos era, de algún modo, una acción propia del Dios Creador. Ellos debían luchar por la vida que allí había nacido. Debían escoltar a los muertos a un descanso apropiado. Debían sembrar nuevas semillas para que otras formas brotaran con el tiempo. Debían resguardar las tierras que los humanos ambicionan gobernar con caprichosa soberanía. Incluso Él necesitaba guerreros dispuestos a luchar sus propias batallas. Pero un puñado de veces en la historia surgieron humanos dispuestos a someter incluso a las deidades; a controlarlas, a aprovechar su poder, incluso a crearlas por su propia cuenta.

Y solo una de todas esas veces, una serie de azares desató una forma de caos que no había conocido todavía: aquel capaz de esparcirse en diversos puntos del tiempo y el espacio en simultáneo. Un hombre simple que ambicionaba moldear un universo entero a su conveniencia fue arrastrado hacia un mundo que había creado exclusivamente para el hijo que debía rebelársele, nadando eternamente por debajo de las sombras. El tiempo y el espacio colisionaron y abrieron una brecha que le permitió colarse por una fracción de segundo en eras pasadas que habían podido progresar pacíficamente. El universo entero se sacudió por esa eventualidad que solo unos pocos vieron con sus propios ojos, y aunque ni una brisa sopló, el mundo cambió para siempre en ese rincón de planeta.

Uno que supieron llamar de muchas formas, pero que se estancó en un solo nombre por el miedo que creció en sus habitantes desde que sus alas oscuras se filtraron por las hendijas de la realidad: Hisui.

Una tierra noble y próspera con los humanos más curiosos que había visto. Pocos rincones en el mundo atesoraban tantas teorías sobre su origen, y pocos seres anhelaban tanto el contacto con su creador como en aquél. Un lugar con el potencial incluso de alcanzarlo algún día, pero también con el de destruirlo, tal y como ese humano había intentado casi dos siglos después. La semilla de locura se había plantado en un tiempo que no conocería, pero que sus antepasados padecerían hasta el punto de poner en grave peligro la prosperidad de sus tierras y de toda una civilización. Tal vez esa locura se consumiría de esa forma a sí misma para anular su propia existencia, devolviendo el orden al futuro esperanzador que les aguardaba a todos hasta ese punto, o tal vez arrastraría a la perdición a un pueblo entero, dejando que otra región acabe dominada completamente por la naturaleza salvaje que jamás se detendría.

La brecha espacio-temporal se abrió por primera vez en Hisui a mediados del año mil setecientos de su existencia, cuando toda la región estaba poblada por aldeas en su apogeo que convivían armoniosamente con ya muchas especies de pokémon. Era cierto que algunas aún eran temidas, y muchas incomprendidas; el peligro era real en ese entonces, como siempre lo había sido. Pero cuando aquellas alas tentaculares terminadas en garras rojas arañaron su paz y tocaron el alma de una amigable bestia que acompañaba a una niña al bosque para ayudarla en su recolección de frutos, lo impredecible ocurrió: la bestia —todavía no conocidas como “pokémon”— atacó a la niña en un arranque de ira que parecía responder al recelo con el que su hijo espectral habitaba confinado en su propio espacio. La niña sobrevivió al ataque gracias a la ayuda de unos aldeanos, pero los humanos no volvieron a ver con los mismos ojos a los pokémon.

El miedo surgió como nunca antes entre las especies, y la hostilidad dio paso a conflictos y abandonos, alimentando un ciclo de enemistades antinaturales que terminaron confinando a las bestias al mundo salvaje, y a los humanos a reducidas civilizaciones alejadas de las peligrosas criaturas, sí, pero también del progreso que con ellas podrían alcanzar. El tiempo se desdobló por un efecto dominó, y el espacio suprimió la existencia de aquello que pudo haberse construirse de no ser por esa distorsión. La niña no volvió a tocar a su pokémon, y el pokémon se sintió abandonado sin comprender la razón. De ese modo, las civilizaciones perecieron poco a poco, y las casas levantadas en tronco y piedra terminaron sepultadas bajo la arena, arrastradas por las olas del mar o reducidas a cenizas tras incendios provocados sin discriminación por unas bestias y por otras.

Hisui se encogió, agazapada por el terror, a la espera de su final sin dejar una sola huella reconocible en la historia. Arceus pensó que aquello era injusto, pues había desarrollado por ella antes que por ninguna otra un sentimiento similar al amor que los humanos profesaban: quería ver evolucionar a esa especie egoísta y ambiciosa. Quería ver en primera fila cómo los lazos naturales volverían a surgir entre humanos y pokémon. Y, para evitar la desaparición de una civilización entera, decidió intervenir por primera vez de forma indirecta, llevando su mirada a una región que cruzaba los mares con enfoque en la milicia, luchando guerras sin sentido contra otras, pues los humanos habían aprendido a desconfiar de ellos mismos incluso más que de los pokémon salvajes.

Sintió el fuego crecer en una aldea prominente ubicada en un valle entre montañas. Sintió el pánico apoderándose de las personas que no entendían del todo a los pokémon. Al parecer, pocos eran todavía los lugares del mundo capaces de albergar la paz y el progreso de manera simultánea.



—¡E-es inútil, no podemos hacer nada! —balbuceó un joven, desesperado, dejándose caer ante el avance implacable de una horda de pokémon que vomitaban fuego por sus bocas como picos y sus manos como cañones incendiarios. La aldea que enmarcaba la espeluznante visión ardía a su alrededor, y nubarrones de humo denso y negro se formaban opacando la claridad de la mañana.

A sus espaldas, un hombre vestido con un kimono harapiento de color oscuro forcejeaba con las manos desnudas contra una de las bestias, apretándole el pico con todas sus fuerzas para impedirle exhalar un torrente de fuego directamente sobre él.

—¡Retirada! —exclamó una mujer robusta respaldada por un Aipom que saltaba desde su hombro para asestarle un férreo coletazo en la cabeza a uno de los Magmar que intentaba emboscar al recluta caído—. ¡Nos sobrepasan por mucho en número!
—No podemos seguir luchando contra ellos —reconoció con tono frío y áspero un hombre delgado de uniforme blanco que cubría parte de su rostro con una mascarilla, deslizándose a toda velocidad detrás del hombre que forcejeaba con el Magmar para soltar una serie de bombas de humo que estallaron nublando la vista y permitiéndole a ambos escabullirse lejos de sus garras ardientes—. Kamado, la aldea perecerá.

El hombre de negro estaba tan abrumado por la infernal visión de su pueblo reducido a cenizas que no había reparado en su hombro dislocado por el forcejeo previo con la criatura de fuego. Esos ojos chispeantes no parecían los de un mero pokémon salvaje, y aquella no había sido una batalla cargada con honor como las que su padre le había relatado tras sus constantes viajes hacia otras regiones. Los Magmar eran, por naturaleza, muy celosos de su territorio en el corazón de los montes volcánicos, pero jamás habían actuado de ese modo.

Aquellos que todavía podían mantenerse en pie rescataron a los caídos de entre los escombros, incluyendo a una jovencita que temblaba entre las llamas como si estuviera presa en medio de una ventisca. Un Buizel lloró junto al cuerpo de su compañero humano durante una hora entera antes de alejarse de allí corriendo entre los matorrales en dirección al mar, ignorando cualquier pedido de ayuda por parte del resto de las personas por usar sus técnicas de agua para apagar el fuego. El Aipom de Zisu, la mujer fornida, era atendido con bayas por una anciana de cabello rosa invadido por canas que no parecía borrar la sonrisa de su rostro ni en el peor de los momentos. El hombre de blanco se ocupó de ahuyentar a los pocos Magmar que no se habían cansado de quemarlo todo con sus chorros de fuego, mareándolos con bombas de humo y aturdiéndolos con bengalas explosivas que en manos de cualquier otro no habrían pasado por más que simple pirotecnia.

—Ya casi está todo listo —jadeaba exhausto uno de los aldeanos, cargándose al hombro una envoltura atada con cuerdas donde contenía parte de los objetos de valor que pudieron recolectar entre los escombros de su ahora muerto poblado—. Deberíamos partir antes de que caiga la noche.
—¡Esta idea ha sido absurda desde un principio! —se oía el griterío a lo lejos mientras algunos se alejaban furiosos pateando trozos de madera ennegrecida.
—¡Kamado! —gritó un hombre ancho y de barba, cargando en brazos un cuerpo envuelto en sábanas—. ¡¿Tú te harás cargo de lo que le ha pasado a mi esposa?! ¡¡Ustedes han traído a esas bestias hasta aquí, provocándolas con sus caprichos!!

Se le acercó a trompicones, crujiendo sus pisadas y gruñidos más que las llamas que crepitaban sobre el techo de madera que se desplomaba a unos metros.

—¡Donba, no hagas una estupidez! —le pidió una chica con ojos inundados en lágrimas al sujeto, corriendo hasta interponerse entre él y el hombre aturdido por el horror, mientras la anciana envolvía su brazo lesionado con telas arrancadas del ropaje de un caído.
—¡Apártate de mi camino, Narai! —el grandulón apretó el cuerpo de su fallecido amor contra su pecho y dio un pisotón tan colérico que ahuyentó a la entrometida, haciéndola caer hacia un costado.

Con una mueca de dolor, el hombre de negro al que se dirigía le devolvió por primera vez la mirada, y vio en sus ojos un odio casi tan salvaje como el de aquellos pokémon. Pero había algo muy distinto en esa mirada, mucho más profundo y aterrador: el dolor de saber que su ira estaba movida por algo real y consciente, por un sentimiento de pérdida irreparable que él mismo había propiciado. Curiosidad o ambición, valentía o idiotez; ninguna de esas palabras podía excusarlo.

—¡¿No piensas responder?! —vociferó Donba partiendo en dos una viga semi enterrada delante de Kamado—. ¡No me conformaré con darte solo un buen golpe!
—Da un paso más en esa dirección —advirtió una voz susurrante, casi un arrullo, mientras una mano se deslizaba rápidamente bajo su axila acercando el filo de una daga a su cuello— y te reuniré con tu amada antes de que puedas desearlo.
—¡¡No!! —gritó Kamado, aflojando con su exclamación el puño que se aferraba al arma blanca con la que el ágil enmascarado amenazaba la vida de su compañero—. ¡No perderemos a nadie más!
—¿Crees que me siento privilegiado? —apretó los dientes el grandulón atrapado por el filo del cuchillo, mientras las lágrimas se amontonaban finalmente en sus párpados y caían por sus anchas mejillas—. ¡¿Crees que valoraré tu protección ahora que lo perdí todo?!

Desesperado, el imponente Donba agitó su cabeza al frente para terminar el trabajo que el ninja blanco había empezado, pero éste retiró el cuchillo con un veloz movimiento de manos, apartándose de él y sujetándolo por el cuello de su chaqueta antes de que pudiera desplomarse sobre el cadáver de su mujer.

—Donba, contrólate —le pidió Narai, arrastrándose para recibir con ayuda de otros dos aldeanos el cuerpo envuelto que sus brazos ya no podían sostener—. Todos estamos esforzándonos por vivir mejor. ¿Acaso piensas que no estamos heridos? ¿Que él no sufre también por todas estas pérdidas?
—Y sin embargo, ahí está la vieja Kine, curando sus heridas para que pueda volver a combatir en cuanto recupere ese brazo —sollozó con rabia e impotencia el hombre que se sabía derrotado por aquél que lo observaba atento a sus espaldas, enfundando nuevamente la navaja bajo su holgado ropaje—. ¡Porque puedes seguir luchando y eso es lo único que te importa!
—Debo hacerlo —sentenció Kamado, levantando su tono por encima de los gritos de Donba.
Todos debemos —corrigió el ninja blanco, casi respirándole en la nuca al grandulón mientras entornaba su gélida mirada—, y sin embargo, no te vi enfrentar a esos Magmar hace un rato, Donba. ¿Te quedaste junto a Tomoe para protegerla? Dejaste morir a varios más en las calles por tu egoísmo, y ni toda esa cobardía bastó para arrancarla de las garras del destino.
—Tú, que no peleas por nada más que por la violencia que fluye por tus venas… —comenzó Donba tras reflexionar unos segundos sobre la condena que el ninja blanco había volcado sobre sus hombros caídos, incorporándose nuevamente mientras arrastraba las sílabas—. ¡¡No eres nadie para juzgar mis acciones!! —Rugió con un giro tan brusco que arrancó un puñado de tierra del suelo y consiguió aventárselo a los ojos, cegándolo el instante que precisaba para asestarle un violento puñetazo en el rostro.

Sus nudillos cortaron el aire que los separaba, pero una mejilla que no era la del ninja cegado se interpuso justo a tiempo para recibir el golpe en su lugar, manteniéndose Kamado de pie con los ojos firmemente clavados en el hombre que fácilmente le debería haber aflojado varios dientes.

—Venías preparando este golpe solo para mí —masculló Kamado con temple grave, llevándose una mano a la mejilla mientras un hilo de sangre brotaba junto a sus palabras—. Fue uno duro, y te lo concedo… Pero no más de los que aún estoy dispuesto a recibir para que podamos prosperar.

Vio interrumpidas sus palabras cuando los matorrales en la cercanía se mecieron, y todo el mundo se puso en guardia. El crepitar de las llamas fue acompañado por el suave tintineo de criaturas flotantes que parecían provenir de la montaña, envueltas en un aura psíquica que repelía el fuego a medida que se le acercaban. Eran redondos como platos, pero bastante más gruesos y de aspecto pesado pese a la liviandad con la que levitaban, de un acero celeste y reluciente. Uno de los aldeanos con las rodillas temblorosas empuñó un trozo de madera y lo embebió en llamas improvisando una antorcha, pero la mano firme de Zisu lo detuvo antes de intentar agredir a cualquiera de esos peculiares pokémon.

Avanzaron en fila a través de las calles devastadas y se elevaron por encima de los escombros humeantes y del fuego que parecía resistirse a ceder, emitiendo ocasionales tintineos que arrastraron consigo una serie de corrientes de aire muy suaves. Las llamas comenzaron a danzar al ritmo marcado por ellos, uno lento y melancólico, y la enorme nube negra producida en lo alto por su humo se vio rodeada y abrazada por nubes grises hinchadas con agua.

—El cielo —notaron pronto aquellos que supieron apartar la vista del casi místico desfile de los Bronzor entre las llamas, señalando eso que tan inalcanzable parecía.

Y el cielo les devolvió una lluvia perfectamente vertical que en tan solo un segundo bañó completamente el pueblo con su agua fría, arrastrando consigo incluso las cenizas y sepultándolas bajo la tierra blanda. Parecía un milagro: la recompensa de las deidades celestiales por haberles otorgado aquella danza envolvente, o tal vez las lágrimas de aquellos seres que habían perdido la vida tras la cruenta y desigual batalla contra los pokémon embravecidos.

De haber entendido que sus dioses podían ayudarlos con algo más que una lluvia insignificante, probablemente no se habrían sentido tan agradecidos en ese momento.

Los Bronzor se alejaron junto con el brillo del fuego al cabo de unos minutos, dejando que el ruido de la lluvia torrencial hablara por todos aquellos que no tenían ya resto alguno para pronunciar una palabra. Juntaron los cuerpos que pudieron rescatar y terminaron de cavar la fosa común para enterrarlos envueltos en sus mantas, incluso sabiendo que les esperaba un largo viaje y que necesitarían ese abrigo para resistir el frío inclemente de la noche. Donba depositó en la tierra el cuerpo de su esposa con una delicadeza que nadie le había visto nunca y, tras dedicarle una última mirada a sus vecinos, amigos y compañeros, se alejó sin dirigirle una sola palabra más a Kamado.

Poco a poco, el resto de habitantes de la ahora extinta aldea fue partiendo, cargando en sus espaldas el peso de sus equipajes: pesado para las pocas fuerzas que les quedaban, pero mucho más liviano de lo que habrían necesitado para subsistir apropiadamente. Kamado permaneció de pie ante la enorme tumba sellada por el barro en que la tierra se había convertido, observando las vidas que yacían ahora bajo sus pies descalzos. Se mantuvo así por quién sabe cuánto tiempo hasta que su mano derecha reveló su presencia al hablar, aunque probablemente siempre hubiera estado presente como su sombra, incluso si no hubiera nada que la alumbrase.

—Nos dejarán atrás —informó, pues las pisadas de los últimos en la caravana se habían esfumado ya de su agudo oído. Kamado esbozó una sonrisa.
—Tal vez deberían —opinó, pero la lluvia llenó los huecos vacíos de respuesta por parte de su interlocutor. Confortado por la compañía del único hombre ante el que podía flaquear, Kamado se dejó caer de rodillas y ahogó un grito en la tierra que manchó su rostro antes de que la lluvia lo limpiase nuevamente. Recuperando la compostura, levantó la vista hacia el frente, secando un poco más de sangre en su barbilla—. Benimaru, ¿crees que mi padre hubiera podido salvarlos?

El hombre de blanco guardó silencio un segundo, permitiéndose reflexionar sobre su pregunta.

—Tu padre no era un héroe —aseguró finalmente—. No era muy diferente de mí: se ensuciaba las manos por lo que creía justo, solo que la gente se lo reconocía. No necesitas ser un héroe para lograr eso, solo necesitas carisma. Y es algo que ni tú ni yo tenemos bien elaborado.
—Él hubiera luchado —soltó Kamado, dedicándole a su amigo una mirada furtiva por encima del hombro—. Y habría ganado.
—Los pokémon se fueron, nosotros vivimos —evaluó el ninja—; yo no lo consideraría una derrota. Es ingenuo pensar que podremos salvarlos a todos.

 
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Era ingenuo pensar que podría mantenerlos unidos, y muchos lazos se quebraron esa desoladora mañana. No volvería a ver a Donba, al que había llegado a considerar un buen amigo. No volvería a ver a Tomoe, que había sido como una hermana para él. Había perdido más de lo que su mente podía imaginar en ese momento, pero también había ganado algo: una oportunidad para moverse. La visión de un espacio inmenso y tan despoblado ahora como su propia alma. Un lugar que corría peligro mortal, desvaneciéndose poco a poco por el miedo con el que su hijo se apoderaba de las especies que ahí habitaban.

—Benimaru —dijo entonces Kamado, dejando que la lluvia camuflara las lágrimas sobre su rostro—, debemos volvernos más fuertes. Mi padre lo consiguió no por combatir en cientos de batallas, no por ser un guerrero. Lo hizo por viajar y conocer a personas de distintas partes del mundo. Lo consiguió estudiando y aprendiendo de sus enemigos, de su forma de ver el mundo; de sus puntos débiles, sí, pero también de sus fortalezas.
—¿Crees que van a seguirte en una cruzada hacia lo desconocido? —suspiró el ninja, bajándose por primera vez la mascarilla—. ¿Luego de lo que sucedió aquí?
—Tal vez no ahora —reconoció el de negro, y la lluvia cesó—, pero algún día volveré; cuando lo haga, este será un mundo más seguro para todos. Confío en que podremos encontrar a personas dispuestas a unírsenos en otros lugares.


Arrastrados por una visión tan mística como la epifanía de un futuro mejor y por un sentimiento tan mundano como el de la amistad y camaradería, los dos emprendieron un viaje por el mundo acompañados apenas por los pocos que decidieron seguir sus pasos. Fue un grupo original de tan solo cinco integrantes que con el paso de los años se expandió considerablemente, hasta el punto en que Kamado resolvió que necesitarían instalarse en una tierra segura para prosperar. Estaba obsesionado con la idea de llevarle a todas esas almas rotas y desoladas una luz de esperanza para resurgir. Y el lugar al que las aguas los arrastraron no fue otro que la tierra de Hisui. Páramos enteros habitados únicamente por pokémon, y retazos de lo que habían sido civilizaciones antiguas que hacía tiempo se había esfumado por la dominancia de las bestias que no podían controlar. Apenas un puñado de aldeas y poblados todavía sobrevivían en medio de bosques, laderas y pantanos.

Durante su viaje, Kamado conoció no solo a valerosos guerreros y a charlatanes que solo anhelaban poder político, sino también a mentes ilustres como jamás había visto; personas tan brillantes que hubieran podido llevar a sus regiones a un desarrollo sin precedentes de no haber tenido que huir de la guerra, priorizando sus vidas por encima de sus ambiciosos proyectos. Entre ellos, un joven tímido y un poco torpe que pronto ganó confianza en sí mismo y desarrolló, inspirado por planos que Benimaru robó durante una incursión a una aldea enemiga, un elemento que sería fundamental para acortar las distancias con los pokémon: esferas capaces de encerrarlos hechas con guijarro y madera y compuestas por las propiedades de unos frutos conocidos como bonguris que solo crecían en árboles de algunas regiones. Hisui fue elegida como asentamiento precisamente por contar con esa particular vegetación, además de ser una tierra escasamente habitada y cargada de potencial para desarrollar sus investigaciones.

Resuelto entonces a concederle un espacio seguro a diversas culturas para confluir y desarrollar al máximo su potencial en conjunto, Kamado le dio un nombre a su proyecto de organización: Equipo Galaxia.



—Hay un solo problema, General —rio nerviosamente el científico de bata blanca, rascándose el enorme gorro de lana lavanda con un pompón blanco igual de grande—: aunque ya hemos comprobado el adecuado funcionamiento de las Pokéball, cada vez quedan menos voluntarios dispuestos a salir de la aldea para intentar capturar a las especies salvajes de niveles superiores a los Bidoof y Starly de la Pradera Obsidiana. Y... Disculpe que lo diga así, pero aquí no están tan locos como en Galar.

El hombre de ahora poblado bigote oscuro dejó que sus ojos pequeños viajaran por la villa que habían levantado a un lado de la Pradera Obsidiana: sus calles de tierra se enmarcaban ahora por edificios de madera a ambos lados del camino donde prosperaban negocios y paseaban curiosos que se acercaban de comunidades casi extintas en Hisui para aprender más acerca del mundo y de la vida en otras regiones. Los niños, ajenos al pasado atroz que había desolado las vidas de sus padres y sus abuelos, correteaban despreocupadamente entre los pasadizos de los negocios y se detenían a contemplar embobados la tienda ambulante de caramelos y las mascarillas de pokémon que empezaron a venderse en la sastrería por la proximidad del festival de la primavera. Los adultos, sin embargo, les dedicaban alguna que otra mirada de recelo a los rostros de pokémon felices que la optimista Anthe había elegido para decorar las mascarillas.

Incluso si muchos en Jubileo intentasen mirar con optimismo la idea de una colaboración entre humanos y pokémon, aquello todavía parecía una posibilidad remota teniendo en cuenta el recelo con el que los integrantes del Equipo Galaxia advertían a los aldeanos sobre el peligro que suponía alejarse de la villa para interactuar con las bestias en estado salvaje. Hasta la insignificante figura de un Wurmple podía infundir terror a través de las palabras de aquellos que más marcados habían quedado por la tragedia. Afortunadamente, la afluencia de familias enteras e individuos provenientes de otras regiones aportaba una filosofía más sosegada del peligro real que suponían aquellas criaturas, y aunque raro, no era imposible ver de vez en cuando a algún aldeano acompañado por un pokémon que trabaje a su lado o le ayude en sus quehaceres diarios. Sin embargo, cada viajero acompañado por uno debía ser debidamente registrado en la sede central del Equipo Galaxia, pues nunca sabían cuándo una de esas bestias podía resultar una amenaza o, en cambio, un aliado fundamental para combatir a otras. Llevar un pokémon sin informar a la aldea era considerado una contravención y un severo acto de irrespeto para la comunidad. En primera instancia, aquello podía suponer apenas una cuantiosa multa; pero en casos que presentaran además incidentes de gravedad con los pokémon, sus responsables llegaban a ser expulsados indeclinablemente de Jubileo.

A lo largo de sus viajes, Kamado había reclutado un número considerable de personas que apoyarían su proyecto de resurgimiento y volverían a Hisui un lugar al que poder llamar hogar. Expertos en la agricultura y la artesanía, en el combate y la medicina, en ingeniería y arquitectura. Por esto mismo, el edificio central de su novedoso grupo de investigación era no solo más grande, sino también más ecléctico y pintoresco ante los ojos de la gente de Hisui, levantado con fragmentos de toda clase de culturas y adornado en lo alto por esculturas de especies ajenas a su conocimiento, así como por un par de Magikarp de piedra que simbolizaban la ambición por la evolución y la prosperidad.

—… digo, yo querría intentarlo, pero estas piernas no podrán correr muy rápido si es necesario —rio incómodamente el científico ante la falta de respuesta de su interlocutor.
—Deja tus piernas quietas, Laventon —le dedicó una rápida mirada el General Kamado, cruzado de brazos bajo el pesado abrigo oscuro que colgaba de sus hombros—, necesito que sean tus ideas las que corran. Todo el mundo está interesado en esos receptáculos que desarrollaste con ayuda de Tao Hua, así que no creo que sea difícil encontrar adeptos a la captura de los pokémon. Si conseguimos suficientes, eventualmente el pueblo entenderá que puede forjarse un vínculo con ellos. Lo hemos visto con nuestros propios ojos en otras partes del mundo: la humanidad puede levantarse de su mano.
—¡Encontraré locos, entonces! —asintió el investigador, chasqueando los dedos en el aire mientras pegaba media vuelta y se alejaba tan rápido como podía de Kamado. Con los años, había desarrollado una cualidad única para volverse tan inspirador como intimidante para los demás, y pocos se atrevían a permanecer más de unos minutos a su lado para conversar lo estrictamente necesario, como si una nube negra y peligrosa lo persiguiera allá a donde iba.

Kamado permaneció de pie ante lo que habían nombrado Villa Jubileo, observando con seriedad a las personas que andaban libremente por sus calles. Las damas elegían kimonos coloridos en la sastrería y pasaban un buen rato dentro del salón de la vieja Edith para lucir radiantes durante las festividades, mientras que los hombres se detenían a admirar los trabajos casi artesanales expuestos en la herrería, ubicada al otro lado de la calle donde la posada invitaba a los transeúntes a detenerse para probar un platillo típico o, especialmente por las noches, disfrutar de un buen trago y hospedarse para renovar energías.

La actividad cotidiana transcurría en absoluta calma, pues los habitantes y visitantes de Jubileo sabían que la División de Seguridad custodiaba los accesos a la aldea y los mantenían a salvo de los peligros que habitaban más allá de los pesados portones de madera que permanecían siempre abiertos por el día, pero celosamente cerrados durante la noche. La construcción de las torretas amuralladas con el portón central había sido impuesta por Kamado como condición irrevocable para Sanqua, Capitana de la División de Construcción, pues sus pesadillas conservaban incluso diez años después la forma del fuego viviente que se había colado en su viejo hogar, arrasando consigo más vidas de las que era capaz de contar.

—Sabes que nadie estará dispuesto a morir por tus ideales, Kamado —dijo una voz dura y femenina, y una mujer menuda pero de aspecto severo se acercó por el mismo pasillo por el que todavía resonaban las pisadas atolondradas del Profesor Laventon.
—Tal vez no por los míos —concedió él—, pero sé que cualquiera de estas personas está dispuesta a luchar por los suyos. ¿Tú no lo estás, Cyllene?

Ella le sostuvo la mirada con los labios rectos, imperturbables.

—A veces pienso que su locura ha tomado forma, General —evadió la pregunta finalmente, tratándolo repentinamente como lo que ahora era, y marcando la distancia de sus rangos dentro de la organización que había fundado. El Equipo Galaxia estaba por encima de ellos, y el emblema dorado en sus uniformes era más grande incluso que los ideales individuales de cualquiera de sus integrantes. La luz debía volver a prevalecer en Hisui, y llevarían esperanza a las generaciones futuras incluso a costa de su presente.

La mujer notó que sus palabras habían cumplido el propósito de dirigir los ojos de Kamado hacia otra dirección, más allá de la villa, más allá incluso de la pradera. En lo alto de la montaña más alta de la cordillera que cruzaba como un tajo la región de Hisui, el cielo azul perdía todo su color convergiendo sobre la cima nevada y volviéndose un agujero negro lleno de luces que giraban lentamente en una espiral de misterio e incertidumbre. Había aparecido allí algunas veces en el pasado, de acuerdo a lo que lugareños provenientes de otras partes de la región habían aseverado, pero era la primera vez que veían ese fenómeno estancado en el cielo por más de unos segundos. Llevaba allí desde hace días, y no parecía que fuera a irse pronto.

—¿Espera encontrar las respuestas en esa mancha oscura del cielo? —insistió Cyllene, frunciendo el ceño y permitiéndose dedicarle un tono de reproche a su superior.
—Tal vez… —suspiró Kamado—. Por alguna razón, al verla siento tanto preocupación como alivio —Reconoció, dedicándole una breve sonrisa a la mujer—. Fue un invierno duro, pero la primavera llegará de todas formas.
—Los líderes de los clanes acudirán al Hanami —confirmó ella, refiriéndose a la tradicional celebración de las regiones de oriente en la que florecían los cerezos de las calles y un montón de viajeros se reunían para disfrutar de un gran desfile de carrozas, bailes tradicionales, una surtida variedad de alimentos típicos y ceremonias honrando a la deidad que cuidaba de Hisui, a la que aquellos más profesos a la religión llamaban Gran Sinnoh—, ¿cree que puedan darle información sobre lo que ocurre en la cima del Monte Corona? —Kamado asintió.
—Si ellos no lo saben, estaremos en serios problemas.

La llegada de los dos clanes a Jubileo suponía una oportunidad especial para que el Equipo Galaxia pudiera no solo conocer mejor la filosofía de vida de las familias más arraigadas al suelo de Hisui, sino también para comprender cómo habían hecho para prevalecer allí durante tantos años sin contar con los desarrollos tecnológicos y los conocimientos técnicos que podían adquirirse en regiones más modernizadas. Había visto lugares donde debía temérsele más a los humanos que a los pokémon, pero nunca había visto a un grupo de personas tan convencidas de su fe como para replegarse por un territorio tan hostil como aquel solo para preservar sus espacios naturales y sus monumentos a la deidad en la que cada uno creía. El trato entre los dos clanes era tenso en el mejor de los casos, pero hacía rato había empleado sus habilidades diplomáticas para establecer Jubileo como un terreno neutral donde poder sentarse en una mesa a conversar sus diferencias y puntos en común. Después de todo, la preservación de Hisui y su gente era siempre lo más importante para ellos.

Kamado sabía que capacitar reclutas para la División de Exploración del Equipo Galaxia sería una tarea complicada. Cyllene había reunido algunas personas útiles para su propósito, pero ni ella ni él estaban dispuestos a arriesgar a toda la aldea si la descuidaban para aventurarse en las tierras inexploradas de Hisui. Él tenía lo que hacía falta para enfrentarse a los pokémon, y Zisu se había vuelto todavía más fuerte capacitando miembros de la División de Seguridad para proteger Jubileo… Pero la última vez que se había confiado al dejar su aldea para encarar una misión semejante, lo había perdido todo. Amistades consumidas por el resentimiento. Vidas extinguidas por el fuego. Y una lluvia misteriosa y misericordiosa que acabó llevándose todo eso, haciéndole saber que a partir de ese momento debería comenzar de cero. No quería volver a experimentar esa desesperación y soledad. En el fondo, sabía que sus miedos eran egoístas.

Al sentir lo que él sentía, Arceus se compadeció. Su brecha había llevado a los Magmar y Magmortar salvajes a destruir su aldea, y aquello lo empujó a un viaje que acabó guiándolo hasta Hisui. Ahora Villa Jubileo se alzaba como un símbolo de esperanza para la región moribunda, pero todavía faltaba algo para que pudiera concretar su proyecto de civilización. No quería interceder directamente, pues había un número casi infinito de almas que debían ser guiadas, y que podía poner a prueba al arrastrarlas hacia otra clase de adversidad.

Dejaría que otras almas sean guiadas por su camino de luz hacia Hisui. Los elementos necesarios para hacerle frente a la locura que reinaba en el mundo salvaje de humanos y pokémon. Vidas descarriadas, creencias truncas, culpas que los habrían llevado a la muerte… O tal vez víctimas de su capricho divino. De su azaroso designio. De su indescifrable anhelo por comprender incluso el caos más absoluto. Almas arrancadas del tiempo y del espacio para ocupar un lugar en la historia, almas errantes a punto de extinguirse luego de divagar por años en un lugar inhóspito entre la región y sus propias mentes desoladas.

Pasado, presente y futuro se darían la mano por primera vez en la historia para enfrentarse a la perdición.


 



Mandato Divino

— Presenten a sus personajes a través de prólogos individuales.
— Todos deben estar en Villa Jubileo o sus inmediaciones para el desarrollo del Festival Hanami; una celebración tradicional del oriente para recibir la primavera. En la región de Hisui se celebra el día 20 de abril, concordando con el florecimiento de los cerezos, así que tienen hasta esa fecha para dejar sus respectivos prólogos.
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#3
Prólogo – Kiyomi
 
Que trata de cómo Kiyomi desarrolló su pócima de amor, con otros enrevesados coloquios.
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Allí, sobre el plano de un ara, lloraba a tiernos dejos las coplas y endechas de un amor desmandado, puesta en mil cuitas desas que trastruecan el ánimo. Grande era el desmán de sus andanzas, de las que ni por pienso se habría curado, de no haberle apaleado tan dolorosa fibra, como era la de su ejercicio y profesión, que a nada en aquellas agrestes tierras se semejaba. Solapaba en él temerosos propósitos y truculentas razones, puesto que, en su ejecución, de mil suertes y cualidades eran los agravios que cometía; desvergonzada desto era nuestra protagonista, que aún tuviera un carácter apedernalado, no dejara de vestir vistosos rozagantes y muy bonitas granas de los más sedosos lizos. No a éstas sazones comparábanse las de su vista, que era hermosa en su entereza y endulzada por un par de cristalinas lumbreras, contorneadas por muy acuíferas lágrimas que relumbrábanle el rostro, cuan líquidas perlas teñidas por el sol; bañábale un rocío infernal que le dotaba de un atrayente aroma, de quien era contenta y venturosa. Notábase en su quebradizo rostro la terneza de sus pieles, que así como iban acanaladas asimismo teníanse perpetuas, aderezadas a muy terribles encantorios, razón de su buena juventud; y para no dejar de hacerla a esta verdadera historia, sabidores de sus más intrincadas minucias decían que, sin temor de discantar sobre su bien prístina condición, era ella una bruja de las que
 
su escoba galopa en ocioso vuelo,
y en su risa, un rumor que al cielo arrulla.
 
Temida por los unos, admirada por los otros, virtuosa además; patrullaba las alturas con su infernal encanto, entonando melodiosos y terribles credos sobre el manto asombrado. Galante, discreta, enamorada empero, perdidamente enamorada.
 
Dice, pues, deste modo la historia, que fue y vino en aquellos dolientes pensamientos, con el alma encarnizada y ánimo resquebrajado. Puso pies en tierra, y bajo su paso se alzó un majestuoso altar, en quien escribió un nombre, horrísono a sus oídos, con la sangre que brotaba de uno de sus dedos, el cual dulcemente hirió con la mordida. El cauce de sus lágrimas se detuvo de inmediato, y sus huellas desaparecían del húmedo suelo tras su andar, temiendo a cada paso no se desvaneciera nuevamente. Decantóse de aquel sitio, al tiempo que Mismagius, su ama, maestra e instructora en todo jaez de encantorios y supercherías, soltóse de su interior, en quien descansaba y espaciaba, sofocada en aquellas sentencias en las que la bruja se divertía. Ambas se detuvieron, enfrentadas, y en exceso alborotadas.
 
—Si yo, ama mía, fuera en otros tiempos —dijo Kiyomi— siglos ha que habría afamado mi nombre y condición; ya lo vedes vos, con la morbidez de mi espíritu, que esgrime al aire en busca de socorro y buen poso. Decidme vos, cuidadora desta mi quebradiza alma: ¿de qué manera habría de caer derechamente enamorada, si no es so malandado y mohíno castigo? ¿Dó si no en mí habedes visto hechicera alguna sucumbir en tan bajos y mundanos deseos? ¡Non hay, ni haber hía! Habillada además ando con los ardientes lizos del amor, que no que vestida, voy amarrada; ¡y enfrenad vuestras palabras, antes de decir vanas, que no las he de vituperios!
 
—Pasito, viciada, que lo que no habedes de comedida lo habedes de loca —respondió Mismagius— y sosegaros, que continuo vas enhilando tantos disparates, que os estrujan el cerebro.
 
—¡No os picades de saber más que yo, que si le llevades punto y medio al diablo en sabiduría, yo le llevo la baraja entera! —respondió Kiyomi— Y sesga el habla, que entre doncellas rasgarnos los ojos curarnos no debemos.
 
En estos coloquios iban cuando Kiyomi halló frontero a su paso un muy maduro tomate, el quien tomó en sus manos de rondón. Alzolo sobre la mirada y entre muy galantes gestos dijo:
 
—Veros quisiera, querida mía, refocilándoos bajo el sabroso maná de la fama, e intentar beberos su agraz sin escupir la semilla. Togados de todas las suertes han temblado ante el azogue de mis saberes, retorciéndose como gusanos descabezados; y aunque me haya valido de todo mi corazón en sufrir las sordas saetas de los simples, aquí me veis: enamorada, agraviada y derrotada —decía esto al tiempo que estrujaba aquella fruta con su mano, empapándola de sus jugos—. No hay ser en mí que no quiera ser, ni ser que no lo sea; que en mi interior rebulle el deseo de satisfacello, tanto a amor como a venganza. ¡Ve a do Darai, y dile que lo amo, y luego a do Lavandito, y dile que está muerto! ¡Dixi!
 
Tras esto, decía y componía aquellas semejantes razones; que le parecía que en el fruto de su discurso jamás hallaría unos tan hermosos como los que en la huerta de su amado se hallaban.
 
Y así, toda ya encendida, cruzó el frondoso linde que la alejaba de la arboleda, y se fue a emboscar en ella, dando pequeños y continuos brincos. Detúvose bajo un rayo de luz que vagamente se entremetía entre el denso follaje, y agachándose como para recoger algo del suelo, dibujó en él diferentes rombos y señales, componiendo asimismo con sus dedos menudos gestos y ademanes en diligente armonía, hasta que en obra de un credo, hizo realidad el conjuro. Terminado esto, emanaron por so la tierra toda suerte de hórridos espíritus, cuáles tullidos, cuáles gafos, cuáles albos, cuáles escuros, cuáles hermosos y cuáles atroces, puestos en ala y en muy buen concierto, estando suspensos a las órdenes de Kiyomi, y a la buena o mala ventura de aquel suceso. Mandó a los unos a traerle tueras, adelfas y lirios, y a los otros, micelio, aguas perfumadas y el corazón de un niño. Se oyó un gran rumor de terribles murmullos al tiempo que las almas partían a placer el recado, que parecía que no había imposible que en cumplir no temieran.
 
—La intención está manifiesta, ¡y tomadme el triunfo! Que lo he tan estrecho como mi pacto con vos, acabada patrona mía; que aunque me salga a los ojos, formularé una pócima del amor, aún si aquel sentimiento temeroso me carcoma el ánimo. ¡Calladme ahora, malparida arpía, que resolvéredes en esta empresa el sinigual alcance de mis industrias!
 
—¡Paso, he dicho, ministra del bullicio! —respondió Mismagius— Mocerías decís, que hasta parezco vuestra niñera, con tanta nonada. Volved al acuerdo, que si la cólera te rehuella el buche, varapalo al güevo, y fecho; que desde que os fuisteis a las voces con ese Laventon, sifílico y maese de la que lo parió, o como se diga, que andáis enturbiada. ¿Qué conseguides con andar por tiro enamorando sino un ocioso y vano embuste? Mudad de opinión, y de juicio, que descalabrado lo traéis.
 
—Deslumbrada estáis en esto del amor, carísima ama mía —respondió a esta sazón Kiyomi—, que el deseo que me azota no es mero capricho ni mocería, de esos que se ven en aquellos ociosos romances, que más allá de desentrañar de una en una las razones de sus amores, solo se cansan en saciar el ánimo de las gentes bajo el umbral de vanas promesas y rústicas fantasías. Afamada so desta empresa, y mientras que a mi suerte me vea en la ocasión de satisfacella, hacerlo he. ¡Miradme si no entonces, y veldo por vuestros propios términos!, que ya vos estades dejando cegar por esos mismos desatinos que jaspeado tienen el honor de unos muchos, y deshecho el de otros tantos. No sé yo de gaferías, disparates ni demás sofisterías, aunque de nones son las que he de verdades, donaires y amores; y magüer que en tales razones asaltaros fuera como predicar en el desierto, bajo este discurso les haré buen y propicio reposo so temor de olvidármelos, puesto que tan allegada sois a mí, mas tan apartada vais de mis pensamientos, que aun no los halláredes si os los clavara en la frente. Ya asimismo dio muestras desto aquel maese Laboratón, o como sea su gracia, en quien se hallan tantos años como puntos hay en una pierna de ases; que si tras viciosas razones y demás vituperios a mis artes condenara, de mis convicciones jamás desgarrarme hía. No es sino desto de do sus mal llamadas ciencias se sustentan, que así como empezcan las ajenas, enaltecen las propias con disparates del mismo jaez, tomando siempre la derrota del agravio; mas es aún discreto admitir que del ejercicio de tales ciencias se han logrado enderezar un buen porqué de entuertos, a pesar de que ninguna dellas se fuera a la mano con la mía, quien corre parejas junto con los mayores saberes del mundo. ¿Cúyos son estas mal razonadas erudiciones sino de aquellos quienes ofenden las virtudes ajenas con lo que les manda el gusto? Compadézcome yo non de tales fechorías, que en gallardeándose el boquirrubio so aquéstas vanas razones injuria al discreto; y mientras que el uno computa esto, y el otro disputa estotro, desta manera van de yerro en yerro, y de puta en puta; ca si hay algo que la ciencia jamás podrá engendrar, ¡y aun algo!, ese es el amor; puesto que en su búsqueda se han andado y desandado luengos caminos, alumbrando en ellos felicísimos sucesos de generosa calidad, sin holgar de escurecer a su paso sonoros quebrantos y desalmadas traiciones; se le ha dado la vida a unos, y en su defensa muerto a muchos otros; se han visto caer imperios, derrocar reyes, desarmar ejércitos y acabar ciudades enteras; ya desto dejaban muestra las voces «omnia vincit amor», etc. A buena fee tengo que nunca habrá ciencia ni ciencio que a todo esto se iguale; porque tal como recuerdan aquellos famosísimos versos,
 
Si de amores sufrides,
no hay crimen ni atropello
que al corazón no ampare;
 
que entre el amor y la guerra no hay diferencia alguna; y esto, Mismagius, es una guerra.
 
Y con esto, Kiyomi ensartaba este y otros disparates, quienes se desgranaban de sutiles, mientras que Mismagius procuraba no sembrar rencillas; y cuando húbose acabado la discusión, llegaron por espacio de aquella plática los espíritus en buen punto y sazón, que así como habían vuelto con presteza, no hubo ingrediente que por el mismo continente no hubiesen hallado. O al menos así le pareció a Kiyomi al ver que, a trueco de tueras, trajeron un matojo; de adelfas, variegatas; de lirios, hojas secas; de micelio, telarañas; de aguas perfumadas, agua de pantano; y finalmente de un corazón de niño, un trozo de estiércol. A pesar de la mal resuelta encomienda, Kiyomi se hallaba tan contenta, eufórica, radiante y anhelosa de poner en marcha su propósito, que no cayó en el achaque de la burla. No se le cocía el pan por formular aquella pócima, de quien no tardó en dar inicio a su preparación, aderezando con gentil estilo un buen sitio junto al fuego, desplegando sobre un descascarado tablero su libro de recetas. Llenó la habitación de pequeñas candelas, quienes la hacían vistosa y resplandeciente; y tras esto, no tardó en rezumar su caldera con el agua de pantano, seguido de las variegatas y las hojas secas. Tomó luego aquel deshecho matojo entre sus manos, quien había sido trocado por las tueras, y lambicole intentando extraer sus jugos; y al ver que se deshizo en un momento, creyó que el oloroso vapor de su brebaje lo había deshecho por obra de encantamiento, lo que sin duda le pareció una señal de que su preparación iba por buen carril encaminada. Tentóse los cabellos y de ellos tiró las telarañas, lanzándolas al hirviente mejunje junto con medio cuartillo de su propia sangre. Bebió un pequeño sorbo de aquella preparación antes de arrojar la flor y la nata de los ingredientes: el corazón de niño.
 
Y con esto comenzó a recitar extraños pasajes en una jerigonza jamás oída, que ni un trujamán las entendiera, dando maravillosos realces por aquí y por allá. No desamparaba el trozo de estiércol, quien dio a desgranar arrojando diminutos fragmentos dentro de la caldera, a lo que no desistía aún si el huelgo que aquella espantosa mezcla emanaba le hiciera fenecer. Hechos estos y otros desatinos, cogió un par de muy bonitos pomos, quienes rezumó de aquel espeso y apestoso líquido, cerrándolos en buena hora con un dedo amputado que fungía de tapón.
 
Sin llevar las cosas tan por el cabo, y con muchas ansias de probar su nuevo invento, con pasos quedos y silenciosos se llegó a do dos Rowlet se espaciaban, oreándose en la brisa nocturna. Destapó uno de los pomos y dejó caer una misericordia de su contenido sobre su palma, arrimándola de muy gentil modo hacia las criaturas, quienes al cabo de un rato, aunque aún medrosas, della aprés bebieron. Grande fue el gusto cuando vio que, sin enredos ni máquinas, ambas emprendieron vuelo aleteando de todo en todo sobre las alturas en una donosa danza conjunta, teniéndola como muestra irrefutable de la buena virtud de su brebaje, que ni por pienso era tan fuerte como su desvanecido aroma.
 
—Buena ventura se nos apareja, queridísima, que ya veis como acaso esas criaturas han podido oponerse al irresistible embeleco del amor, que por mi fe tengo que di a través de la formula correcta, de la que no se halla contrapunto alguno. Desconocida de ti y victoriosa de mí, que por más malos nombres usades conmigo, qué de loca, qué de enfadosa y qué de su gafa madre, no fui si no yo quien se las dio diente a diente con el diablo. ¡Prendedes de la derrota y no os quedades papando viento!
 
—En buena hora lo lograsteis, y en buena hora asimismo lográrades hallar remedio a vuestra necedad, que no habrá amor, por más verdadero que sea, que os la cure —respondió Mismagius—; dime si el amor no mira con unos antojos, que hace parecer a las tueras, matojos; a los corazones, excremento; y a vos, una verdadera bruja, que aún si tomades la de la luna en buscallo, no hallaríades sino un muladar, como bien tuvisteis hallado. En fin, al alma de cántaro, alma en palma, que entre los cántaros eres la Reina Cantarina, y entre las brujas, un estiercolero.
 
Divertidas en estos coloquios andaban cuando, sin caer en la cuenta, de entre el espeso bosque se parecía un Ursaring, que si en algo no le había semejas, era en su hambre. A sus tiempos acudió do las hechiceras, hambriento y desvalido, y en un credo se bebió la pócima entera, quien Kiyomi había con anterioridad desamparado; y en un instante, cayó perdidamente enamorado della. Tomole de la cintura y, cargándola sobre sus hombros, emprendió de vuelta el mismo camino por donde vino, hacia su madriguera, en completo embelesado con la desventurada bruja. Ni por tantos golpecitos ni puntapiés le daba, desampararla no hía; y al ver que no podía tirarse, habiéndose en tal sazón cosido a ella, comenzó a dar voces a Mismagius, diciendo:
 
—¡Atended, desuellacaras, y prestad silencio, que deciros he que del bosque al festival de primavera no hay un tiro de jara, y la de tal tomaremos, con que en vendiendo esta mi nueva pócima nos llenaremos los esqueros!
 
Y en dando el vale, sin ánimos de seguir escuchándole, volviose Mismagius en total sosiego a la choza, y aún dentro, le vino una risa tal, que se confirmó a sí misma que el andar con Kiyomi era antes gusto que trabajo, con lo mucho que se divertía con sus desatinos. No se curó de averar el cómo de la aventura con el Ursaring, confiándose en que así como hubo hallado la llaga, hallaría la medicina.
[Imagen: hTb8bqQ.png]
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#4
A lo largo y a lo ancho de este mundo, no existe nadie que desconozca la existencia de las denominadas “Pokéball”. Para muchas personas, la Pokéball moderna es considerada uno de los inventos más revolucionarios del antiguo milenio. Esferas electrónicas con producción en masa, capaces de capturar a un Pokémon y transportarlo con seguridad tanto para la criatura como para el Entrenador, sin importar el tamaño que tengan.
 
Con una producción anual de más de veinte mil millones de unidades del modelo básico, sería extremadamente raro encontrarse con una persona que jamás haya visto una: ya sea en manos de ancianos que llevan a sus Purrloin o Lillipup mascotas a la plaza del pueblo, o en niños a los cuales se les entrega su primer Pokémon como regalo de cumpleaños, todo el mundo conoce su existencia.
 
Todo el mundo sabe dónde conseguirlas, y todo el mundo sabe cómo usarlas. Sin embargo, saben eso y poco más. ¿Cómo funciona una Pokéball? ¿Cuál es el proceso de fabricación, y de qué están hechas exactamente? ¿Por qué el modelo básico posee un costo tan bajo, y por qué existen tantas variedades distintas? Para conocer la respuesta a todas estas preguntas, debemos remontarnos a sus orígenes.
 
A día de hoy, la evidencia más antigua de la existencia de una Pokéball tradicional se encuentra en el Museo Arqueológico de Ciudad Pirita, en Sinnoh, y se remonta a más de ciento cincuenta años en el pasado. Fabricados a partir de materiales encontrados en la región, con bonguris como base de la cápsula de contención y una aleación de cuarzo rojo y hierro en su interior actuando como placa de oscilación, es considerada uno de los primeros prototipos creados históricamente. Su nombre, derivado del lenguaje de los pueblos originarios de Sinnoh:
 

"Pokéball de Hisui."
 
 
Prólogo – Ado
 Guardián.
  
 
 Una isla recubierta de flores se encontraba frente a ella.
 
Viviendo con las horas de descanso justas para poder funcionar con normalidad, no recordaba la última vez que había soñado algo. Un colchón de flores multicolores, agitándose levemente ante la brisa primaveral de la mañana. Estaba segura de que se había levantado para ir a trabajar: tenía su ropa de trabajo, al igual que sus herramientas junto a ella. Y sin embargo, se encontraba ahora mismo en la costa de aquella llanura, sentada sobre sus piernas y mirando aquel paisaje como si se tratara de un paraíso.
 
No le importaba llegar tarde a su trabajo, siempre y cuando pudiera disfrutar aquel lugar tan recóndito de sus sueños por un rato más. Quizás fue el hecho de que estuviera tan embelesada ante aquel paisaje que no notó que alguien se había acercado hasta que este decidió hablar.
 
—¿Señorita? ¿Se encuentra bien?
 
—¿Hmm…? —parpadeando un par de veces, finalmente le devolvió la mirada.
 
—No debería estar aquí por su cuenta. Este lugar es peligroso.
 
Tomando la mano del extraño para que la ayudara a ponerse de pie y sin decir una palabra, observó a aquel hombre con un poco más de atención. Vestido con ropas tradicionales, de aspecto bonachón y un simple pañuelo blanco protegiéndole la garganta del frío, este procedió a señalarle el camino por la costa, mientras tomaba una canasta llena de frutos con diversas tonalidades de marrón.
 
Se trataba de bonguris. Por supuesto.
 
Había estado leyendo aquel libro sobre fabricación de Pokéballs hasta quedarse dormida la noche anterior. Era lo más natural del mundo que su subconsciente la haya llevado a aquel lugar del pasado, y que un recolector de bonguris haya sido la primera persona que la encontrara. Observando el vibrante paisaje con una sonrisa embobada mientras caminaban por la costa, aquel hombre no dejaba de mirarla de reojo un tanto preocupado.
 
—Supongo que usted es… otra de los caídos del cielo, ¿verdad?
 
—¿Es así como llaman a la gente que no proviene de ésta época? —respondió la mujer con ironía, mientras se acercaba a un Gastrodon rosado que descansaba en la arena, acariciándolo en la cabeza con emoción.
 
Estar consciente de que uno se encontraba dentro de un sueño era una de las experiencias más satisfactorias que podía tener. Experimentar cómo su consciente y su subconsciente comenzaban a luchar en una pelea de ingenio, para ver cuál de las dos partes de su mente era capaz de ganar era tan divertido como ver la expresión de sorpresa de aquel hombre, que se quedó sin palabras durante un momento, tratando de responderle.
 
—A mí también me costaba creerlo al principio —admitió este, mientras se giraba para ver cómo dos Luxio recelosos se ocultaban en la hierba alta de la pradera—. Pero los entiendo perfectamente: si de improvisto me encontrara cientos de años en el pasado, en una región completamente desconocida, yo también pensaría que se trata de un sueño.
 
—Estoy segura que sí...
 
Levantando arena con la punta de sus zapatos mientras caminaba y haciendo ondear su chaqueta al viento, la curiosidad rápidamente empezó a distraerla de los vibrantes colores de aquel paisaje.
 
—Esos son bonguris, ¿verdad? —preguntó finalmente, señalando la canasta que llevaba encima.
 
—Bonguris silvestres recién tomados del árbol —repitió el hombre con un dejo de alegría—. Hemos estado trabajando con ellos como locos… pero supongo que no me he presentado: Mi nombre es Anvin. Soy un artesano de una villa al norte de aquí.
 
—Ado —replicó ella, estrechándole la mano libre con una sonrisa—. Soy una ingeniera electrónica oriunda de Unova… podría decirse que soy una artesana del futuro.
 
Mientras dejaban atrás la playa y ascendían por un camino más estrecho entre dos colinas, la mujer observó cómo los ojos del tal Anvin pasaban de su caja de herramientas a sus inmaculados guantes de trabajo blancos, para regresar a su canasta de bonguris, abriéndose cada vez más al percatarse de lo que le había dicho.
 
—Por una de esas casualidades de la vida, señorita Ado… —titubeó este, un poco receloso—¿sabrá usted lo que es una Pokéball?
 
Y Ado sonrió una vez más, comprendiendo exactamente a dónde quería llevarla toda aquella fantasía matutina antes de que despertara. Estaba segura de que, fuera lo que fuera que llegara a ver, no se trataría de nada más que la fabricación de su subconsciente sobre la pequeña imagen de la Pokéball de Hisui que habían encontrado enterrada en Sinnoh, pero aun así no podía contener su emoción ante la idea de poder sostener una entre sus manos. Incluso aunque se tratara de un sueño.
 
—¡Por supuesto! Trabajamos con ellas casi a diario. Pero me encantaría saber cómo las fabricaban ustedes, en esta época…
 
—Ah… —la expresión de Anvin pareció apagarse un poco—. A decir verdad, aún no he logrado hacerlas funcionar a la perfección. El profesor de la villa ha logrado crear algunos prototipos exitosos, pero los planos son bastante difíciles de comprender…
 
—Estoy segura que entre los dos podremos hacerlas funcionar —la mujer sacudió la mano, restándole importancia—. Después de todo, ¿qué tan complejas pueden ser esas Pokéball, comparadas con las nuestras?
 
Ado sonrió con complicidad, y el artesano le devolvió la sonrisa, intentando esconder su emoción… cuando esta se desdibujó rápidamente de sus facciones. Observó cómo su rostro palidecía de golpe, y como sus ojos desorbitados observaban con terror a un punto encontraba justo detrás de ella.
 

Fue en aquel momento que Ado se percató de que no se trataba de ningún sueño.
 
La Pradera Obsidiana se había convertido en un lugar más y más inseguro en los últimos meses. Como si la llegada cada vez más frecuente de los llamados “caídos del cielo” sirviera de presagio ante la inminencia de un desastre, la cantidad de reportes sobre miembros heridos de las divisiones de investigación y de seguridad se había disparado más y más desde el comienzo del año.
 
Buscar la forma de controlar a aquellas bestias fuera de control era lo que había impulsado al Profesor Laventon a dedicar todos sus esfuerzos en perfeccionar aquellos prototipos. No fue hasta que logró tener las primeras Pokéball exitosas que Anvin se ofreció a intentar fabricarlas él mismo. Pero a pesar de sus infructuosos esfuerzos, aquel invento parecía resistirse con uñas y dientes a funcionar apropiadamente.
 
Su frustración lo llevó cada vez más lejos del asentamiento de la pradera, buscando árboles más antiguos. Bonguris más resistentes. Menas de cuarzo rojo más grandes. Minerales más brillantes. Numerosas veces le habían advertido de que la costa oeste era especialmente peligrosa, pero la visión surrealista de aquella mujer de largos cabellos negros, cayendo de los cielos hasta aterrizar en el horizonte fue más que suficiente para hacerlo olvidar por un momento aquellas advertencias.
 

Y fue en ese entonces que Anvin comprendió por qué la costa oeste era tan peligrosa.
 
Cubierto por la ladera de la costa y distraídos por la conversación, ninguno de los dos lo había visto asomarse lentamente por el borde de la ribera, atraído por el ruido que ellos dos estaban ocasionando. Una criatura inmensa de pelaje azulado, más de tres metros de altura y ojos inyectados en sangre. Se trataba de un Snorlax.
 
—¡Cuidado!
 
Notó como Anvin intentaba tirar de su brazo izquierdo para alejarla del Pokémon, pero esta se había quedado paralizada al verlo aparecérsele tan cerca de ella. La bestia bramó, con un rugido tan feroz y tan cerca suya como para reventarle los tímpanos, lo que ocasionó que sus piernas reaccionaran lo suficiente como para dar un par de pasos hacia atrás. Sin embargo, eso no fue suficiente.
 
Notó como sus piernas se enredaban entre sí, trastabillando ante la amenazadora mirada de aquel Pokémon gigantesco, y como caía sentada en el suelo, completamente indefensa. El agarre del artesano se escapó de su mano al deslizarse sobre su guante de trabajo, y entonces sólo quedó ella. Sentada sobre sus propias piernas que le temblaban como gelatina por el miedo, mientras el Snorlax se acercaba cada vez más. Amenazante. Temible. Aterrador. Su sueño se había convertido súbitamente en una pesadilla, y no podía despertar.
 
Observó horrorizada como el Pokémon alzaba el brazo derecho, dispuesto a lanzarle un manotazo con una pata tan grande como su propio cuerpo. Pero tan solo unos segundos antes de que este impactara contra ella, un pequeño objeto cayó entre medio de ambos.
 
Una Pokéball de Hisui.
 
Un rayo de energía azulada que emergió de ella, materializándose en una figura humanoide de colores blanco y verde que, cruzando sus brazos por delante de su cabeza, recibió el impacto del Snorlax de lleno, siendo lanzado hacia un lado de la colina con violencia.
 
Y deslizándose por el otro lado del camino, un hombre de cabellos verdes y uniforme blanco a juego saltó para colocarse delante de ambos. Su mirada de aspecto cansado infundiéndole seguridad, a la vez que tomaba dos herramientas similares a dagas de su costado, para enfrentarse a su oponente en lugar de ella.
 
—Salgan de aquí. ¡Ahora!
 
—¡Beni-! —oyó a Anvin exclamar detrás de ella, pero se interrumpió antes de terminar, corriendo una vez más a su lado y tirando con fuerza de la parte superior de su brazo hasta ponerla de pie, para luego regresar a tropezones por donde habían venido.
 
El Snorlax alzó el brazo una vez más, pero una finta de aquel hombre de blanco fue más que suficiente como para poder agacharse ágilmente por debajo del mismo, corriendo hacia el lado opuesto en el que su Gallade había sido lanzado. Girando sus kunai en dirección perpendicular a su cuerpo y deslizando sus filos sobre una de las extremidades del Pokémon, este rugió de molestia, acaparando toda su atención.
 
—¡Reacciona, mujer! ¡Muévete!
 
—¡Hoja Aguda!
 
Con las piernas aún agarrotadas del susto, prácticamente se dejó arrastrar por el artesano de regreso por el estrecho camino, dando media vuelta y trepando por la empinada colina del lado de la costa, mientras el zumbido de dos afiladas armas atraía sus ojos una vez más a aquel combate, y al hombre que la había salvado.
 
De los brazos de su Gallade habían crecido dos filosas extremidades que siguieron la estrategia de su entrenador: habiéndole dado el Snorlax la espalda, no le costó en absoluto usar sus armas para infligir otro corte en su extremidad sana. La bestia rugió una vez más, pero al querer voltearse hacia el Pokémon para atacarlo nuevamente, aquel hombre se abalanzó una vez más sobre él.
 
Corriendo lateralmente sobre el terraplén de la misma colina que ellos estaban usando para escapar, se lanzó hacia adelante, aferrándose del pelaje del cuello del Snorlax y saltando por encima de su cabeza. Y Ado observó, incrédula, como su delgado cuerpo se contorsionaba hacia un lado, para propinarle una feroz patada giratoria en el hocico que lo hizo retroceder hacia atrás, cada vez más furioso.
 
—Danza Espada. ¡Puño Drenaje! —gritó el hombre de blanco a través de su mascarilla, sin quitarle los ojos de encima a ambos para asegurarse de que estuvieran fuera de peligro.
 
Anvin y Ado saltaron sin dudarlo de la colina al vado delante de ellos, resbalando en el césped mojado y salpicando agua en todas direcciones. ¡Qué más daba ensuciarse un poco en ese momento! Notó como el artesano volvía a tirar de su brazo inmediatamente, obligándola a seguir corriendo.
 
Y sin embargo, no podía dejar de sentir en su pecho el ardor de la culpa por dejar a aquel hombre a su suerte. La bestia se lanzó con su cuerpo entero en dirección a sus oponentes, obligándolos a echarse a ambos lados del estrecho camino, desde el cual perdieron el equilibrio debido a la onda expansiva del Gigaimpacto.
 
Su pesada caja de herramientas parecía pesar menos que un almohadón de plumas debido a la adrenalina, y apenas podía escuchar el hueco sonido de la canasta de bonguris chocando entre sí.
 
El Gallade se abalanzó sobre el rostro del Snorlax, dispuesto a darle un puñetazo directo en el rostro. Pero habiendo aprendido de la anterior patada en su hocico, este se echó hacia atrás violentamente. El ataque pasó de largo, y en su lugar su cuerpo se encontró con un feroz cabezazo de la enorme bestia, que lo mandó a volar varios metros hacia atrás.
 
—¡Ah! ¿Qué estás haciendo? ¡Vuelve aquí!
 
Y el hombre se interpuso entre el Pokémon salvaje y su compañero herido, tratando de ganar los segundos suficientes como para que este volviera a levantarse. Sus anteriormente inmaculados zapatos negros de trabajo patinaron sobre el vado de regreso, ensuciándose incluso más.
 
Observó como el Snorlax se inflaba de la rabia, dispuesto a lanzarse sobre ellos en otro devastador Gigaimpacto. Sólo que esta vez, el extraño de blanco no parecía dispuesto a moverse.
 
Tomó a ciegas el primer bonguri sobre el que sus dedos se cerraron.
 
Recibiría aquel ataque de lleno si con eso lograba proteger a su Gallade.
 
Y haciendo uso de todas sus fuerzas, Ado se lo lanzó en la parte de atrás de la cabeza con una fuerza y velocidad sorprendentes. El fruto rebotó en la cabeza del gigantesco Pokémon con un sonido sordo, y este se interrumpió por menos de un segundo, apenas inmutado por aquel objeto. Pero antes de que finalizara su ataque, otro bonguri salió despedido en dirección a su cabeza.
 
Y otro. Y otro. Y otro más. El Snorlax finalmente se giró, tratando de buscar el origen de aquella molestia.
 
Y antes de que terminara de voltearse, un bonguri impactó directamente en su ojo derecho, estallando en un asqueroso líquido verdoso de aspecto putrefacto que cubrió la mitad de su rostro. La bestia protestó, cegada y aturdida por el desagradable olor, y se lanzó sin pensarlo dos veces hacia Ado, la cual trató de retroceder por el vado…
 
…pero la suela de sus zapatos de cuero no había sido hecha para caminar por el césped mojado, sino por las calles adoquinadas de Ciudad Porcelana. Se sintió resbalar una vez más, mientras el hombre de blanco corría a por ella con una expresión de pánico en el rostro. Deslizándose temerariamente por debajo de las torpes piernas heridas del Snorlax, se lanzó justo a tiempo para atraparla entre brazos y sujetarla fuertemente contra su pecho. Podía notar su corazón latir violentamente contra su costado, así como su respiración agitada, pero conservando la cabeza fría mientras volvía la vista al Pokémon que se acercaba a trompicones en su dirección.
 
—¿Crees que puedes lanzar un par por encima de él? —preguntó sin demora, señalando con la cabeza al puñado de esferas que colgaban de su cintura.
 
Sin soltarse de él, Ado tiró de las correas de aquellos objetos con ambas manos, y echando ambos brazos hacia atrás, los lanzó por encima del Snorlax.
 
—¡Psicocorte!
 
Dos hojas violáceas en forma de medialuna volaron en dirección a las esferas con una precisión absoluta, ocasionando que ambas estallaran con fuerza, cubriendo el camino con un espeso humo grisáceo de aroma dulzón. Y dándole finalmente a su Gallade la oportunidad de retirarse.
 
Acompañados por el dúo de blanco y verde y recuperando la compostura mientras Anvin no dejaba de pedirles perdón una y otra vez, el hombre de blanco cargó con ella, sujetándola fuertemente contra sí mismo en absoluto silencio por un largo trecho, y finalmente soltándola cuando se encontraron en medio de una planicie donde sólo había un puñado de Starly escurridizos.
 
Ado trató de decir algo, pero sólo se encontró con la mirada iracunda del extraño, que la tomó del cuello de la camisa con violencia.
 
—¿Se puede saber —susurró, tratando de aguantar la rabia contenida en su interior —en qué rayos estabas pensando?
 
Y sin embargo, en aquellos ojos de aspecto cansado e irises azul claro no pudo pasar por alto la terrible expresión de preocupación que surcaba su pálido rostro.
 

¡Podrías haberte matado, muchacha estúpida!
 

 
—Entonces… ¿existe más gente como yo?
 
—Por lo que yo sé, eres la cuarta caída del cielo en lo que va del año.
 
Escoltada por Anvin para poder pasar las murallas del hogar al que él llamaba “Villa Jubileo”, Ado no pudo dejar de notar mientras caminaba apresuradamente por la calle principal como arrancaba las miradas del resto de los habitantes. Así que un tanto incómodo por la cantidad de atención que estaban atrayendo, decidió invitarla al interior de su pequeño taller de artesanías. Productos de madera, hierro, piezas incompletas de artefactos que no conocía, y puñados de piedras preciosas recubrían todas las paredes del acogedor lugar. Pero lo que más le llamó la atención, sin duda, fueron los innumerables pares de mitades de Pokéballs antiguas desperdigadas en el centro de la mesa de trabajo, junto con planos dibujados a mano con tinta y pergaminos enrollados junto a ellos.
 
—La gente de aquí parece desconfiar mucho de nosotros. ¿Por qué no eres cómo ellos?
 
—Jubileo me recibió con los brazos abiertos cuando no tenía otro lugar donde ir. Me dio hogar, comida, y trabajo. Sólo estoy intentando ayudar a la gente de la misma forma que ellos hicieron conmigo en el pasado. Pero dicho esto…
 
Anvin rebuscó entre las mitades de Pokéball, hasta encontrar dos en especial que ya estaban pintadas y listas para usarse. Sólo faltaba ensamblar la bisagra.
 
—Por las reglas del General, sólo aceptamos a gente que pueda aportar alguna utilidad al crecimiento de la Villa. Así que, a menos que quieras terminar trabajando en una granja o en la primera fila de la división de investigación enfrentándote directamente al peligro… lo mejor sería que aprovecharas tus conocimientos y los utilices a tu favor.
 
Estirando uno de los planos que había enrollado a un lado y mostrándoselo, Ado no podía creer lo que tenía bajo sus narices. Se trataba de un manuscrito sobre el primer prototipo de la Pokéball jamás creada, descrito a fondo con todo lujo de detalle. Desde los tamaños y tipos de bonguri que utilizaban cómo cápsula, las distintas variedades de cuarzo rojo y cómo reconocerlos, el diámetro y grosor de la lámina protectora de su interior, y hasta el tamaño exacto de la válvula de presión superior. Estaba segura que aquel hombre había seguido las instrucciones al pie de la letra, y sin embargo, algo había fallado…
 
Luego de pensarlo detenidamente por un momento, la mujer alzó su caja de herramientas sobre la mesa, abriendo el cerrojo y tomando un pequeño objeto rectangular, que colocó con cuidado sobre la mesa. Quizás el plano tenía un error. Quizá las dimensiones estaban mal para el tamaño, quizás los primeros prototipos poseían un error que la gente de esa época todavía no había descubierto… nada que un poco de referencia cruzada no pudiera solucionar.
 
—¿Qué es eso? —preguntó el hombre con curiosidad.
 
—Resulta que yo también traje mis planos —replicó Ado, dándole un par de golpecitos al centro de aquel objeto, que se iluminó con un color mate casi inexistente. Y en el medio de aquella pantalla, se dibujaron las letras del libro que había estado leyendo la noche anterior:
 

El Origen de la Pokéball Moderna
Cedric Juniper
 
Bajo la mirada expectante del artesano, Ado revisó las páginas ilustradas de los distintos manuscritos encontrados a lo largo de los años con las anotaciones de los planos, pero a pesar de detalles menores, no parecía haber una gran diferencia. Claramente estos se volvían más complejos con el paso de los años, pero incluso los más antiguos del libro parecían más nuevos que los planos que tenía frente a sus ojos.
 
—¿Tal vez un descuido en la fabricación…? —murmuró para sí misma.
 
Tomando las carcasas de la Pokéball de Hisui que Anvin le había entregado, procedió a examinarlas con minuciosidad. La válvula funcionaba, el pestillo cerraba correctamente, y las placas no mostraban ningún error. Tomando una pinza de punta, cerró un ojo y y retiró con una precisión casi quirúrgica la placa de oscilación superior de la Pokéball, mirándola a trasluz. Se trataba de un trabajo magnífico. Una pieza excepcionalmente bien hecha, para ser un material tan dedicado.
 
—¿Tú has hecho esto? —preguntó, impresionada.
 
—Tenemos a un confidencial que hace estas cosas por nosotros —Anvin parecía igual de orgulloso que ella—. Son una obra de arte, ¿verdad?
 
Apretando los labios, Ado siguió buscando. Se trataba de un modelo básico, no podía ser tan difícil. Continuó removiendo la placa inferior, revisando la bisagra y el seguro una vez más. Pero al mirar una vez más los planos…
 
—¿Es posible que tus Pokéball se estén rompiendo inmediatamente al tratar de capturar a cualquier criatura?
 
—Son capaces de encoger al Pokémon, pero cuando intenta mantenerlo dentro…
 
—La placa de oscilación se quiebra, y el bonguri no puede contener la energía en su interior, ¿verdad?
 
Esbozando una sonrisa, la mujer señaló a los planos, donde la lámina superior de cuarzo presentaba un claro relieve junto a la válvula de presión.
 
—Se supone que debes dejar una cámara de aire entre la lámina y la corteza exterior —indicó, mientras le señalaba como aquel relieve estaba también presente en la parte superior de su bonguri—. Probablemente malinterpretaste los planos por la falta de color. Sin una cámara de aire, la válvula ejerce presión sobre la lámina de cuarzo rojo, quebrándola al instante y rompiendo la Pokéball.
 
Sin decir ni una palabra, Anvin revisó los planos una y otra vez. No había ninguna indicación escrita de tallar el fruto parejamente sin importar la forma de la lámina… pero las líneas del dibujo jamás indicaban que el espacio vacío entre ambas capas debía estar ocupado por corteza.
 
—No estabas mintiendo. ¡Eres una experta en esto! ¿Cómo te diste cuenta tan rápido? ¿Fue gracias a tus planos?
 
—No realmente… —Ado ladeó la cabeza, sintiéndose quizás demasiado halagada—. En las Pokéball modernas usamos una pila… es decir, un reemplazo a las válvulas de presión que utilizan ustedes. El espacio vacío en tus planos me hizo darme cuenta de la diferencia.
 
El artesano no daba crédito a lo que decía. Si esa mujer tenía los conocimientos de quien sabe cuántos años en el futuro…
 
—¡Imagínate si fabricáramos esas Pokéball modernas juntos! —Anvin exclamó, extasiado—. ¡Laventon se pondría verde de la envidia!
 
—No creo que tengamos la tecnología para hacer más que variaciones o mejoras al modelo original —lo detuvo la mujer, revisando otro de sus libros de su colección—, pero si utilizáramos… minerales que no sean cuarzo rojo, o incluso variaciones de bonguri de otros climas… podríamos hacer toda clase de Pokéball distintas-
 
El hombre no la dejó terminar. Sujetándola de los hombros y con los ojos expectantes de la emoción, la hizo guardar sus herramientas y acompañarla al exterior. No podía dejar que aquella fuente infinita de conocimientos dentro de su cabeza se perdiera en un accidente como novata en la división de investigación. Así que guiándola a la casa de su vecino, Anvin golpeó la puerta con insistencia.
 
—¡Benimaru! ¿Estás ahí dentro? ¡Tengo que hablar contigo!
 
Luego de unas cuantas llamadas más, la puerta de madera se deslizó a un lado. Y en su interior, un hombre encorvado con un pañuelo en la cabeza les devolvió la mirada. Lo recibió con una sonrisa, pero esta se desvaneció inmediatamente cuando vio a la mujer que lo acompañaba.
 
—Entren —ordenó, con un tono horriblemente familiar—. Ahora.
 
Al contrario del taller de artesanías, la casa del hombre que los había salvado parecía ser una especie de bar, o restaurante. Sin embargo, se encontraba en precarias condiciones, como si se tratara de un lugar abandonado. El tal Benimaru se irguió inmediatamente, adoptando una postura amenazadora frente a los dos.
 
—¿Quieres ser expulsado de la villa, Anvin? ¿Por qué esta muchacha no está al frente de Kamado ahora mismo?
 
—No lo entiendes, Beni. ¡Esta mujer es una genia! Sabe cómo hacer Pokéballs de todo tipo: ¿sabes a cuanta gente podríamos salvar con su ayuda?
 
Anvin estaba extasiado. Sin embargo, su amigo se mantenía impasible.
 
—Más razón para ponerla a cargo de Laventon, entonces.
 
—¿Para que un Snorlax le arranque la cabeza en su primera expedición a campo abierto? Si tú no hubieras estado aquí-
 
—Si ella no hubiera decidido regresar como una estúpida —espetó Benimaru, interrumpiéndolo—, no tendría que estar lidiando con una caída del cielo en este momento.
 
—No te estoy pidiendo que cuides de ella. Sólo que le consigas un trabajo dentro de la Villa. Algo que la mantenga segura aquí dentro.
 
Era impresionante como aquel hombre era capaz de hablar de ella e insultarla como si no estuviera al frente de él ahora mismo. Y sin embargo, tuvo que morderse la lengua para no decir nada. Porque si se mantenía callada y dejaba que Anvin hablara por ella, quizás, sólo quizás…
 
—¿Y por qué no lo haces tú?
 
—¡Porque ya tengo las manos ocupadas con el tipo que viene a mi taller a fabricar armas para la división de investigación! Tú vives sólo aquí, y ni siquiera estás durante la mitad del tiempo. Además, si la pones a cuidar este lugar, nadie se enterará cuando tú no estés…
 
—No estaba en mis planes ayudarla a ella, Anvin. Te estaba siguiendo porque sabía que te alejarías del área segura y te pondrías en peligro como un idiota.
 
—Pero al final, terminaste ayudándonos a ambos a escapar. ¿Cuál es el problema? Se encargará de la posada mientras no estés. Te dará más libertad para poder patrullar la Pradera Obsidiana y que nadie termine muerto. Y lo mejor de todo, ¡nos ayudará a fabricar mejores herramientas para poder enfrentarnos a esas bestias!
 
—Y también… —aventuró la mujer finalmente, ante la mirada intimidante de Benimaru— ¡te-tengo buena puntería! ¡Así que si en algún momento necesitan capturar a algún Pokémon especialmente escurridiz-!
 
El hombre se giró hacia a ella con los dientes apretados, tratando de contener su frustración. Y sin embargo, Ado volvió a notar cómo su rostro era incapaz de esconder aquella expresión de culpa cada vez que la miraba directamente a los ojos.
 
—Te pondré a barrer y a lavar los platos todos los días —soltó finalmente, desviando la mirada con desprecio.
 
—¡No tengo ningún problema con eso! —se apresuró a responder al instante.
 
—Espera, ¿eso es un sí entonces? ¡Beni!
 
—Pero no creas que va a librarse de hablar con Kamado —replicó tajante, volviendo a abrir la puerta para que se retiraran—. La presentaremos mañana a primera hora.
 
El fuerte golpe de la madera al cerrarse dio paso a un silencio absoluto. Un silencio en la oscuridad, mientras el hombre cerraba los puños y apretaba los párpados con fuerza, como si le hubieran clavado un kunai en el medio del pecho. Respiró hondo un par de veces, y para cuando alzó la mirada, su rostro había recuperado su temple habitual. Aquel que había portado durante tantos años, desde aquel fatídico día.
 
No dejaría que la historia se repitiera. No dejaría que nadie viera las cicatrices de su pasado.
 
Y no permitiría que aquella muchacha de largo cabello negro y ojos azules intensos supiera…
 

…lo mucho que le recordaba a la mujer que no pudo salvar aquella vez.
 
Mostrar Prólogo.
 El video tiene spoilers en la letra.

@Tommy sujeto a edición si hay algo que no te cuadra.
@Nemuresu mención muy de pasada como te mencioné.
Mostrar Tomoe
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#5
Kouichi - Prólogo.
Promesas rotas de un corazón destrozado.
 –Toma niño, mil pokés como acordamos.
 
Kouchi extendió la mano y tomó el dinero que le ofrecía el capataz de buena gana, sonriente al ver el pago de sus esfuerzos. Desde hacía dos meses que trabajaba en la construcción, pero a pesar de eso sentía una alegría indescriptible carcomerle el pecho; el dinero se sentía especial entre sus dedos y, por un instante, olvidó todo el cansancio acumulado a lo largo de esos meses de arduo trabajo; pues no sólo iba sin falta a la construcción, sino que también tenía que compaginarlo con sus tareas y estudios.
 
Estaba ansioso por llevarle aquel pago a su madre, pensando en que quizás eso sería suficiente para completar los gastos de aquel mes; incluso se le llegó a ocurrir, ingenuamente, que sobraría algo de su cheque y con ello podría comprarle algún pequeño regalo a sus hermanitos.
 
Feliz, Kouichi agradeció entonces a su jefe inmediato y le prometió que el siguiente mes haría un mejor trabajo. La jornada había sido recortada a la mitad gracias a que era día de paga, por lo que el chico no desaprovechó esa oportunidad y salió de la fila una vez afianzó con una pequeña cuerda el dinero entre sus manos, ansioso por volver a su hogar.
 
–No hay de qué. – Fue lo único que salió de la boca del capataz, incapaz de siquiera mirar directamente al muchacho. Incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Para cuando alzó la vista, con un falso valor renovado, el chico se había ido y en su lugar otra persona esperaba, con la mano extendida, su raquítica paga.
 
Y el hombre simplemente suspiró, viendo de nuevo como la oportunidad volvió a escaparse de entre sus dedos.
 
Los niños no deberían hacer el trabajo de sus padres, fue lo que se recordó desde ese día constantemente.
 
 


Kou sorteó diversos matorrales, sin impórtale las heridas superficiales que sus espinas causaban en su piel. Sorteó también a varios entrenadores, los cuales seguro no dudarían en retarlo a una batalla a pesar de que él no tuviera ni un sólo pokémon a su disposición, pero que se verían tentados a quitarle el dinero que llevaba de forma descuidada entre sus manos, a falta de bolsillos en su pantalón.
 
Sólo bajó la velocidad de sus pasos en cuanto tenía veía a un policía, optando por esconderse de nuevo entre las hierbas para evitar los cuestionamientos incómodos de los oficiales. Un chico de su edad no debería cargar con tanto dinero solo, sobre todo sin un pokémon que lo acompañara; ya sabía los cuestionamientos que le harían y de los cuáles raramente se salvaba cuando tenía que ir a trabajar; preguntas sobre su escuela, sus padres y sus motivos para rondar por esos caminos sin la protección adecuada. Preguntas que ya no estaba dispuesto a tolerar, agotado de justificaciones creíbles para dar.
 
 
–¡Mamá se alegrará! – Dijo a nadie en particular una vez hubo pasado todos los obstáculos que se interponían en su camino, dejando que sus palabras se perdieran entre el viento y los árboles que lo rodeaban.
 
Su casa se encontraba lejos, posicionada entre los lotes baldíos que había entre Carmín y Azafrán gracias a la nueva iniciativa de construcción, pero bastante alejada de Ciudad Verde donde se estaba llevando a cabo el proyecto de la nueva vía ferroviaria. Y sin comunicación adecuada con el resto de las ciudades o caminos, su ubicación era de difícil acceso para la gran mayoría de transeúntes que de por sí ignoraban su existencia. Incluso para Kouichi, quién había crecido entre esas paredes, era bastante llegar sin perderse; sin embargo, ya fuera por la emoción o porque finalmente se acostumbró a todos los recovecos de su morada, vislumbró después de varias horas de camino la puerta principal.
 
La abrió, ansioso. Usualmente llegaba ya muy entrada la noche, cuando sus padres y sus hermanos se habían ido a dormir, pero gracias a la jornada corta de aquel día, había llegado justo a tiempo para la hora de la comida.
 
Su madre se encontraba sirviéndole a sus hermanos menores y se soprendió al verlo parado en el marco de la entrenada. Como pudo lo apuró para que entrara y se sentara con ellos, aunque se detuvo en seco cuando su hijo mayor le mostró el dinero que había ganado amarrado entre sus manos.
 
—¡Mira mamá! ¿Con esto será suficiente? —Se animó a preguntar Kou, observando como su madre dejaba la olla de comida a un lado para después desatar con cuidado la cuerda alrededor de sus muñecas.
 
—Claro. — Fue lo único que dijo. — Deberías servirte algo de comer, aprovechando que está caliente.
 
Kouichi asintió enérgicamente, aunque si hubiera prestado un poco más de atención hubiera visto el rostro aletargado y triste de la mujer, quién contaba de forma incesante los billetes como si se fueran a multiplicar de forma milagrosa con sólo el roce de sus dedos.
 
Era muy joven para comprenderlo, muy joven para analizarlo, así que sólo se contentó por su trabajo bien hecho, pensando en que había alivianado un poco la carga de sus padres.
 
Desde que su madre dio a luz a su hermano más joven y desde que tomó la decisión de sólo trabajar media jornada para estar mucho más tiempo con sus hijos más chicos, Kouichi tomó entre sus manos el deber de proveer lo que faltara junto a su padre. Aún lo estaba compaginando con sus estudios los fines de semana, pero se sentía satisfecho por el trabajo que hasta el momento había ejercido.
 
Kou se sirvió una gran cucharada de arroz y unos trozos viejos de una baya Oran, dejando de lado el trozo raquítico de carne que le pertenecía para dejarselo más tarde a su padre, uniéndose a sus hermanos a la mesa antes de que su madre pudiera regañarlo.
 
Pero antes de que pudiera engullir un bocado, la voz cansada de su madre se hizo presente, sacándolo de sus infantiles pensamientos.
 
—Creo que… te pagarían mejor si… —Las palabras se sentían difíciles de pronunciar, pero al ver la mirada expectante de su hijo mayor, la mujer hizo todo lo que pudo para exteriorizarlas. — si… estuvieras más tiempo en la construcción.
 
Realmente lo que quería decir era «Deberías trabajar más.» pero se las arregló para adornar sus palabras sin sonar más dura de lo que debía ser.
 
—¡Está bien! —Respondió el adolescente, sin comprender del todo la sugerencia, pero aceptándola de todos modos.
 
 

 
Se dejó caer en el pasto, derrotado y exhausto, apretando entre sus manos la pokéball de su compañero, sin saber que más hacer. Había solicitado empleo en todas las constructoras cercanas, pero todas le respondían lo mismo; que seguía sin estar capacitado y que su trabajo ya lo estaban haciendo máquinas que no ponían en riesgo la salud de los empleados, que no podían hacer nada más por un muchacho que no tenía ni la secundaria terminada y que tratara de mejorar su educación.
 
No quería volver a su casa y encontrarse con las miradas decepcionadas de sus padres al verlo regresar de nuevo con las manos vacías, pero ya estaba anocheciendo y pronto necesitaría descansar gracias al arduo entrenamiento que había tenido junto con su Scyther para evaporar su frustración y sus energías; casi podía escuchar a sus padres decirle que eso era lo mínimo que tenía que hacer para cuidar del pokémon que con tanto esfuerzo le habían conseguido, y que si tenía tiempo para entrenar, debía mandar más solicitudes para seguir aportando a la economía familiar.
 
Se levantó, desanimado y comenzó a caminar hacia el rumbo que conocía de memoria; por casualidad, quizás por destino, Kouichi desvió un poco su atención hacia la tienda de electrónicos que se encontraba a unos cuantos pasos de su ubicación actual. Sus pies se movieron por sí mismos y antes de que lo supiera, se encontraba anonadado viendo las imágenes que trasmitía el televisor.
 
Se trataba de una batalla de campeonato, o al menos es es lo que pensó al ver las banderas adornando el estadio, los fanáticos apostillado en las gradas y el gran marcador que se erguía sobre la arena. No sabía quién era quién, pero uno de los entrenadores, un muchacho mucho menor que él, aparentemente, si se guiaba solamente por sus facciones, lanzaba hacia la arena un feroz dragón de color naranja que no tardó en aniquilar a su oponente al otro lado del campo.
 
El público, enardecido, no tardó en vitorear al ganador del encuentro y Kouichi vio como la gran pantalla que se encontraba sobre la arena marcaba al aquel chico como el nuevo campeón juvenil de la Liga Kanto. Unos hombres vestidos de traje aparecieron poco después, entregándole un brillante trofeo dorado al muchacho junto a lo que parecía ser un cheque, a la par de que parecían hacerle unas cuentas preguntas.
 
Tetsuya entonces tomó el aparato que contenía a su compañero y lo examinó por varios minutos antes de que el reflejo de la televisión alcanzara la superficie del esférico, brillando esplendorosamente sobre el exterior metálico; el reflejo de una promesa y una esperanza, de un futuro mejor.
 

Kou jadeó, exhausto y fijó su vista sobre Raichu. Surge no se veía mejor él, siendo casi un reflejo de su pokémon en el campo; el único que se encontraba casi ileso había sido Tokugawa, quién gracias a la estrategia de Danza Espada de su entrenador, se encontraba casi ileso y listo para terminar aquel combate de una vez. Scyther extendió sus cuchillas a la par que Raichu se lanzaba contra él, cargado de electricidad.
 
Tokugawa no se inmutó, se ancló al suelo con sus garras y esperó la orden de su entrenador pacientemente, viendo como la distancia parecía cortarse más y más a medida que el roedor se acercaba hacia él con todas las intenciones de noquearlo con ese último ataque.
 
—¡Usa…
….Cuchillada!
Kou no supo que había pasado, cerró los ojos por un momento y de pronto, el escenario a su alrededor había cambiado. Ya no era Surge su contrincante, sino la líder de Ciudad Celeste. Confundido, oteó a su alrededor y notó como las banderas militares habían sido reemplazadas por posters de espectáculos marinos y las paredes en vez de ser un un color gris eran de un tono azul lleno de dibujos de diversos pokémon de agua.
 
¿Qué había pasado? ¿Cómo es que se encontraba ahí? No tenía sentido. Sin embargo, vio por el rabillo del ojo como su Scyther había ejecutado la orden exacta que le había dado, sólo que ahora luchaba contra un Starmie.
 
—¡Psíquico! —Fue lo que escuchó, y vio como su Scyther cortaba la joya del pokémon de la líder antes de que pudiera completar su ataque, dejándolo fuera de combate casi de forma instantánea.
 
Dejó de mirar con confusión su entorno cuando la líder se acercó a entregarle una medalla, una sonrisa adornando su rostro.
 
—Estoy sorprendida, usualmente nadie es más rápido que mi Starmie. — Dijo la pelirroja y a Kouichi le dio la sensación de ya haber escuchado esas palabras antes. —Me gustaría verte llegar a la Liga, chico.
 
Él se forzó a sonreír, sonrojado, mientras tomaba la medalla entre sus dedos y la guardaba dentro de su pantalón.
 
—¡G-gracias!
 
Misty le revolvió el cabello y Kou sintió de nuevo esa extraña sensación desagradable en el pecho, algo que le decía que ya había pasado por eso anteriormente.
 
—Tus padres deben estar muy orgullosos de ti…
 
—¿Mis… padres?
 
La imagen de la líder se desvaneció y sus palabras se quedaron volando en un espacio vacío. Vio entonces una imagen borrosa de una carta, con las palabras que marcarían su destino:
 
«Necesitamos más dinero, Kouichi.»
 
Se vio así mismo arrugar el papel, observando como su mirada se perdía entre el fuego de esa ocasión, moribundo y casi extinto. Recordó los pensamientos exactos que pasaban por su cabeza en ese entonces; en su falta de dinero, en su falta de éxito y en su compra inservible de una tienda de acampar al procurarse más comodidad en la intemperie que cuidar de sus escasos ingresos.
 
Recordó su decisión y trató de detenerse.
 
—¡No, no lo hagas! —Gritó a la nada, a un mero reflejo.
 
Vio a su otro yo entrar en Azafrán un día después, dispuesto a retar a Sabrina y mandarle casi todos sus ahorros a sus padres, esperando apaciguarlos por un tiempo. Vio como fue derrotado por su Alakazam, una y otra y otra vez; seguido después de una compra de emergencia hacia Galar, usando lo poco que le quedaba para subsistir.
 
Vio como era arrastrado a ese abismo y el recuerdo de esa fatídica noche se manifestó poco después, clara y concisa. El dolor de las quemaduras en sus brazos, la falta de oxígeno en sus pulmones. El robo anterior a todo eso, el salto que definió todo después.
 
Oscuridad, un mar de recuerdos, una burbuja que lo asfixiaba pero no lo dejaba libre, engullendolo cada vez más en su propio abismo, sin posibilidades de escapar.
 
Seguía cayendo hacia lo interminable, hasta que otra gota de sus memorias apareció ante sus ojos, iluminándolo su rostro mientras caía; era de sus memorias más queridas y no era otra que la de su Scyther derrotando al Eldegoss Dynamax de Milo. El orgullo que sintió cuando aquel pokémon terminó tendido en el suelo y la sensación de optimismo que lo embargó cuando el líder estrechó su mano habían sido en ese entonces los catalizadores para hacerle creer que estaba en el camino correcto.
 
Lo siguiente que le siguió fue su lucha contra Nessa; como a pesar de las adversidades su Scyther se logró sobreponer a la amenaza de su Dreadnaw Dynamax. A aquello le siguieron las secuencias que le posteriores a su victoria, muchos momentos antes de su gran robo. Después de su fracaso con Kabu.
 
No se esperaba nada, en realidad, cuando le dio por llevarle a la líder flores de forma sincera y esporádica.
 
No se esperaba nada cuando un día le llevó una caja llena de chocolates en forma de Feebas, ni tampoco cuando le preguntó, después de varios meses hablando con ella, si le gustaría salir con él.
 
El calor que que sentía gracias a ese recuerdo se desvaneció, rompiendo la memoria y sumiéndolo otra vez en la nada misma, flotando en el vacío, sin posibilidad de despertar.
 
Una promesa rota. Una oportunidad desperdiciada. Miles de culpas y arrepentimientos que ya no era capaz de arreglar.
 
Eso eran sus recuerdos ahora, entremezclándose frente a sus ojos; un mar eterno de confusiones, una amalgama de decepciones.
 
Recordaba el dolor, aunque ya no lo pudiera sentir; esos últimos momentos de lucidez antes de que el agua se volviera concreto y su cuerpo cansado se rindiera ante ella después de haberlo desgastado tanto en la persecución.
 
Estaba muerto. Estaba roto. 
 
El miedo primario que lo embargaba se desvaneció, mientras sus ojos se perdían más allá del abismo.
 
 Y sin embargo logró despertar.
 

Su vista se encontraba borrosa, por lo que apenas y podía distinguir el fuego que se encontraba frente a él, fuego que aparentemente también cobijaba a algo que se asemejaba a un hombre.
No entendía nada. ¿Qué era eso? Sus recuerdos no eran tan vastos ni su imaginación tan grande para crear un escenario ficticio como en el que se encontraba ahora. Mas no podía ser un sueño; su respiración acompasada y el calor que sentía indicaban que estaba vivo. Las mantas suaves que sentía bajo sus manos no podían ser un constructo mental.
 
Y se negaba a creerlo.
 
Los muertos no reviven, los muertos no respiran.
 
Asustado, trató de removerse, pero su cuerpo cansado y magullado se lo impidió. El hombre que había estado descansando pacientemente junto a la fogata notó sus intentos por levantarse, lo que propició que se acercara hacia él para tratar de tranquilizarlo.
 
—Es un alivio que estés despierto, aunque temo que no podrás levantarte en unos días dado tu condición. —Soltó el extraño, con cierto recelo. —Me sorprende que sobrevivieras, considerado que estamos en pleno invierno en Hisui y cuando te encontré, tus ropas estaban viejas, desgastadas y húmedas. Que no te hayas congelado es casi un milagro.
 
—¿H-Hisui? — Logró preguntar Kou, luchando contra el esfuerzo que le provocaba siquiera pronunciar una simple sílaba.
 
—Hisui. —Afirmó él. — Aunque entiendo que no sepas el nombre de estas tierras. Un fugitivo como tú seguro sólo añoraba más su libertad que el destino donde terminaría.
 
Kou parpadeó varias veces, confundido. La silueta humana frente a él tomó la forma de un hombre rubio de ojos color cielo, ataviado con una gruesa armadura negra y una capa a juego. A Tetsuya le recordaba vagamente a un samurái, de esos que había visto hace mucho en los libros de texto de su escuela. Su mente no tardó en conectar los puntos; a la confusión la reemplazó el pánico, tratando de hacer sentido a todo lo que estaba viendo, pensando en que quizás todo era una mala broma de su subconsciente. Un deseo de perdón, un deseo de volver a empezar.
 
—No te voy a juzgar, extranjero. —Interrumpió su salvador, viendo el miedo que adornaba la cara de Kouichi. — No sé de qué estás huyendo, no sé que te trajo aquí, pero ahora estás a salvo.
 
«No, ¡no!»
 
Una lágrima bajó por su mejilla, otra le siguió. Antes de que se diera cuenta, su rostro se encontraba empapado y su pecho dolía al tratar de contener sus sollozos. Él no debería estar ahí, él debería estar muerto. Él no era nadie digno de una segunda oportunidad, él no era nadie para recibir misericordia divina. ¿Por qué él? ¿Por qué no alguien más capacitado? ¿Alguien más valioso? Lloró como no había llorando antes, tratando de limar su frustración, tratando de sofocar la culpa que amenazaba con carcomerlo.
 
Shirou se arrodilló a su altura y envolvió con su gruesa capa el cuerpo del muchacho, dejando que sacara todo el dolor de su pecho. No dijo nada durante varios minutos y cuando el llanto del chico pareció menguar, Shirou le revolvió el cabello de forma afectuosa.
 
—Estás a salvo. —Le volvió a asegurar, y se vio así mismo en el extranjero. Solo, perdido y sin rumbo, lleno de conflictos, de dudas. Podía ver en él un corazón roto, un alma echa pedazos.

No lo dejaría solo.


Cuando Tetsuya al fin pudo levantarse, lo primero que hizo fue revisar la pokéball de su compañero, esperando que no se hubiera dañado cuando cayó desde el techo de una de las casas de Hammerlocke. Para su sorpresa el dispositivo funcionaba a la perfección, pues su Scyther se materializó sin ningún problema ante él. Intentó encoger el aparato y este lo hizo en un santiamén.
 
Aliviado y extasiado, Kouichi apuntó de nuevo el dispositivo para guardar a su compañero, pero una mano se lo impidió. Shirou lo veía fijamente, con ojos fríos y aterradores; al parecer, en su euforia, Kou no había notado como su salvador veía la pokeball con recelo y cautela.
 
Scyther no dudó en ponerse en guardia y el compañero de Shirou, un Arcanine de gruesa melena café, no tardó en imitarlo. Kouichi trató de tranquilizar a su compañero, pero su movimiento era limitado gracias al agarre del samurái sobre su mano.
 
Shirou lo soltó entonces de forma abrupta, dejando que el muchacho se fuera de bruces contra el suelo gracias a la fuerza impresa de forma inconsciente en el agarre. Tokugawa no tardó en tratar de abalanzarse sobre él en cuanto el samurái se distrajo para calmar a su propio compañero; sin embargo, Kou logró interponerse a tiempo entre su salvador y su pokémon.
 
—Está bien, Tokugawa. Está bien. —Scyther se detuvo en seco al ver a su entrenador con las manos extendidas, replegándose justo a tiempo antes de poder hacerle daño. Kou suspiró y volteó entonces a ver a Shirou, quién le devolvió una mirada fría y severa. —Shirou… ¿qué…?
 
—Guarda eso. No dejes que lo vean. —Sentenció de forma abrupta, como un padre regañando a su descuidado hijo. — No dejes que ellos se enteren que tienes eso en tu poder.
 
Tetsuya ladeó la cabeza, confundido. ¿Acaso en ese tiempo era tan malo tener una pokéball? Sin embargo, antes de que pudiera exteriorizar sus pensamientos, el otro varón fue quién se le adelantó.
 
—Hay una villa muy lejos de aquí, por lo que he escuchado sus científicos están trabajando en una especie de prototipo y dicen que es capaz de encerrar a los monstruos de esta región. — Gruñó el samurái. —Los prototipos exitosos son dados a reclutas, a los cuáles mandan a morir en las planicies en pos de una absurda investigación. Créeme, he visto los cuerpos destrozados de esos niños, sosteniendo en sus manos esas, esas cosas como si su vida hubiera dependido de ello.
 
 »Kouichi, no podré protegerte por siempre. Y aunque no quiera, deberé llevarte a esa aldea más temprano que tarde. Quizás no lo sepas, pero vivir en la intemperie es peligroso, hay monstruos salvajes y agresivos por todos lados; hasta el momento, mi compañero los ha logrado mantener a raya, pero no voy a dejarte a tu suerte.
 
Shirou le dio la espalda y comenzó a caminar, instando al chico a que lo siguiera. Aturdido, Kou hizo justamente lo que se esperaba de él, más por inercia que de forma consciente, esperando que Shirou le dijera algo más.
 
Pero al viaje por esos páramos helados fue silencioso e incómodo, sin una palabra demás por parte del samurái. Los pensamientos del mayor solo haciendo eco en su propia mente.
 
«Tarde o temprano, estar con ellos será lo mejor.»
 


Durante los meses venideros, Shirou le enseñó a cazar y también a luchar junto a su Scyther codo a codo para evitar depender de la pokéball a toda costa. Sin embargo varias eran las veces en que al ladrón se le olvidaban sus lecciones, prefiriendo guardar a su pokémon en su cómodo aparato tecnológico antes de hacerlo soportar el frío de la noche.
 
Y en todo ese tiempo no había recurrido a sus viejos hábitos, en parte porque no había civilización cercana donde ponerlos en práctica, en parte porque no se había visto tentado a ello.
 
Todo cambió una noche cuando llegaron a una pequeña villa asentada cerca del Pantal Carmesí, apenas bordeada por unas míseras estacas de madera podrida para impedir el paso de los foráneos. Shirou se había decidido ir a ahí gracias a que se le presentó un trabajo y dada la incapacidad de Kou para acompañarlo, decidió que lo mejor era dejarlo apostillado en la aldea hasta su regreso.
 
La cacería en ese entonces no había sido buena y se moría de hambre; su instinto pudo más que su razón, así que esperó a la oscuridad de la noche para tomar varios frutos y víveres de las canastas de los agricultores y cazadores que habían tenido una mejor suerte que él en esa temporada. Se los llevó lejos de la aldea e hizo un pequeño fuego para cocinarlos, mientras Tokugawa lo vigilaba celosamente para evitar enfrenamientos indeseados contra cualquiera que se pudiera ver atraído por su pequeño campamento.
 
Cuando estuvo satisfecho, regresó a su habitación dentro del inn, dejando que la noche pasara sin otro mayor inconveniente.
 
Se despertó esa vez gracias a los gritos de los aldeanos, quienes clamaban haber sido robados cuándo hicieron el conteo de la mercancía. Kou vio a través de su ventana como los mercaderes y cazadores afectados se lamentaban de lo sucedido, al no tener provisiones extras que llevar a su familia para sobreponerse de la dura temporada de sequía.
 
Algo en su corazón se estrujó y la culpa que había sentido esa vez cuando cayó en aquel extraño mundo lo volvió a embargar; más fuerte, más agresiva.
 
«Esto es… ¿esto es en lo único que soy bueno? ¿Esto es lo único para lo que sirvo? ¿Nada de lo que Shirou me ha enseñado…?»
 
Cerró los ojos con fuerza y dejó que de nuevo la oscuridad lo envolviera, como aquella vez hace tantos meses atrás.

 

 
Cuando Shirou regresó, exhausto con un nuevo cambio de ropa para su protegido, notó su extraña actitud. Rehuía de su mirada, su energía parecía casi inexistente y apenas y se cambió de buena gana en sus nuevos ropajes.
 
Para cuando salieron del pueblo, Kouichi apenas y le había dirigido la palabra. Y cuando se adentraron de nuevo hacia el Monte Corona, el silencio se había vuelto casi intolerable después de varios días de viaje.
 
Pero no tenía el valor de preguntar, porque sabía que sería respondido con el mismo silencio abrumador que los venía acompañando. Algo había pasado y podía suponer el qué, pero sin una afirmación de Tetsuya sus conjeturas no eran más que suposiciones.
 
Supuso que lo mejor sería acampar esa noche a orillas del Monte Corona. Sabía que era peligroso, pero no tenían otra opción de momento; el viaje de nuevo hacia las tierras de la Tundra Alba tomaría mínimo otros tres días y no se podían dar andar cansados y vulnerables por zonas tan hostiles de la región.
 
Para cuando las tiendas estuvieron listas y el fuego ardía para iluminar la noche, Shirou decidió romper aquel silencioso espantoso, ignorando el riesgo de encontrarse sin una respuesta después de tantos días sin hablar.
 
—No sé que haya pasado cuando me fui, pero supongo que fue algo bastante desagradable.
 
Kou se tensó ante sus palabras y desvió la mirada hacia ningún punto en particular, evitando encontrarse con los ojos inquisidores del samurái. Inhaló y exhaló varias veces, tratando de recobrar la compostura, tratando de no soltar todo el dolor de su pecho; atormentándose más, culpándose, incapaz de admitir ante su salvador la clase de persona que realmente era.
 
—Pero en vez de culparte, deberías aprender. No puedes cambiar lo que has hecho, no puedes reparar lo que ya está roto, pero tampoco es motivo para que te culpes incesantemente. La necesidad puede nublar nuestro buen juicio.
 
Shirou se levantó de su asiento y, como hizo en su primer encuentro, se inclinó a la altura de Kou. Puso sus manos sobre sus hombros y le dio una leve sacudida, sacando al muchacho de sus pensamientos.
 
—Sólo puedes seguir hacia adelante, tratando de ayudar a los más desafortunados que nosotros.
 
«Todo estará bien» Fue lo único que no le dijo.
 

Verano, otoño, primavera. Cuando el calor volvió a azotar Hisui y el florecimiento de las árboles cubrió a la región entera, Shirou supo que el día había llegado; mas eso no evitó que viera a Jubileo con desdén y resentimiento. Sin embargo sabía que un asentamiento más estable que su vida de nómada ayudaría al muchacho a crecer y desarrollarse. Era lo que necesitaba en ese momento, y le había enseñado lo suficiente para que pudiera valerse por sí mismo.
 
Se despidió de él una última vez antes de que cruzara esas puertas y el desagrado y la desconfianza de los habitantes se hiciera presente. Sin embargo desde su posición escuchó perfectamente los insultos que trataban de camuflarse en susurros junto los comentarios fríos e hirientes hacia un muchacho cuyo único pecado fue nacer fuera del continente.
 
La sensación era demasiado familiar, demasiado cercana. Y él ya no podía hacer nada más por su reputación; ambos eran gaijins, foráneos invadiendo un territorio que no les pertenecía y la gente de Jubileo y sus alrededores nunca los vería más que como belicosos extranjeros.
 
Pero privarlo del dicho contacto tampoco le haría bien, Kouichi tenía que decidir por sí mismo su propio camino y para ello debía proporcionarle todas las experiencias necesarias que lo ayudaran en dicha decisión. Ya fuera que al final decidiera quedarse en la villa a pesar de el rechazo natural de sus habitantes o bien volver a la vida nómada, respetaría su decisión.
 
 «Lo único que quería era que estuviera a salvo, por que quizás, con esos monstruos volviéndose cada vez más agresivos, ya no podría protegerlo.»
 
 
 
 
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#6
Touma / Prólogo
¡¡CORTE DE MIERDA!!
 
El aroma del aserrín apilándose alrededor de sus zapatos y el sonido áspero de las sierras girando a toda velocidad a través las irregulares vetas de madera llenaban sus sentidos hace años. En comparación a las risas y burlas por lo bajo que le dedicaban sus compañeros en el viejo taller de Maderas Ilex, el abarrotado bochinche de las máquinas haciendo su trabajo le resultaba acogedor.

Le habían ofrecido regularmente probar con la sierra de mesa, pues realizaba un corte rápido y preciso sin demandarle apenas esfuerzo, pero le desesperaba la quietud del proceso. Lo habían animado a capturar un Farfetch’d en el bosque contiguo para que con su característico Corte pudiera ocuparse de hacerlo todo por él, pero nunca se rebajaría a permitir que un pokémon tomara su lugar. Estaba orgulloso de su trabajo duro, de la piel curtida y las astillas perdidas bajo ella cada vez que se enfrentaba a los listones de pino, roble y fresno con su ya oxidada sierra de mano. Se jactaba con el pecho inflado de haber cortado con ella la sunuke del núcleo de un árbol de más de doscientos años, pero nadie lo había visto hacerlo nunca. Nadie, de hecho, parecía verlo muy a menudo si no era para echarse algunas risas.

Mientras Touma parloteaba con la frente en alto serruchando listones de madera lijada con el rostro empapado en sudor, sus compañeros se reunían en círculo a jugar a las cartas en la zona de descanso mientras dejaban que sus pokémon hicieran el mismo trabajo que él, al triple de productividad. Según conversaban, el obstinado chico que creía poder competir con los Scyther en el taller solo conservaba su empleo por consideración del jefe, que había sido un viejo amigo de su abuelo. Touma discutió con ellos hasta el hartazgo defendiendo que si estaba ahí era por su buen hacer, pero nadie en el taller había visto en él nada más que los lazos de sangre que lo ataban al negocio.

—Deberías agradecer que nuestros pokémon no entiendan una palabra de lo que dices, Shit-Cut —lo desafió una vez Arukabe, el único que al menos tenía las agallas suficientes para hacerle saber de frente lo mal que le caía, cuando oyó a Touma criticar lo burdo de los cortes de los Farfetch’d, Scyther y Sneasel que agitaban sus afiladas extremidades destajando madera junto a él—. Si así fuera, mi Scyther hace rato te habría cortado el cuello como una rebanada de manteca.
—Es un alivio… —suspiró Touma, que tenía por costumbre bajar el tono cuanto más se irritaba— que solo lo hayas entrenado para entender y obedecer órdenes.
—Considéralo un favor —gruñó Arukabe, acercándosele tanto para intimidarlo que le provocó la tentación de pasarse con el corte de su sierra—. Pero la próxima que te escuche decir estupideces sobre mi pokémon o los de nuestros compañeros, no tendré la cortesía.

Cualquier otro día, Touma habría tenido energías de sobra para contestarle una vez más; pero estaba agotado por los más de cien cortes manuales que había hecho esa jornada, y necesitaba volver a casa en una pieza para descansar. Otro día tendría la oportunidad de decirle todo lo que pensaba sin medias tintas: que era el vocero oficial de un grupo de inútiles que si todavía conservaban sus empleos era porque habían aprendido a conseguir reemplazos para suplir su propia ineficiencia. Que hace años debían haber olvidado cómo mover el brazo para cortar adecuadamente incluso un listón de pino de una por dos pulgadas. Que eran escoria y que sus pokémon eran tan sustituibles por cualquier máquina como ellos lo eran por las bestias que encerraban en sus Pokéball al final de la jornada.

Una vez terminó el trabajo, regresó a casa al atardecer para encerrarse en su habitación hasta la mañana siguiente.

Vivía con su padre y su hermana pequeña en una casa modesta al otro extremo de Azalea. “Casi dentro del Pozo Slowpoke”, solía decir, aunque lo cierto es que su hogar era bastante más reconfortante que dicho pozo cuando no discutía con su padre. Afortunadamente para Touma, aquello no ocurría en el último año, desde que le habían conferido a su progenitor la investidura de monje en un templo de Ciudad Iris, abocándose casi a tiempo completo al cuidado del mismo. Era un Pensador —como se les decía en Johto— realmente alabado por la gente que visitaba el templo para rendir tributo al ave de fuego que llevó nueva vida a la región. Y, sin embargo, a Touma le costaba reconocer en él a un padre de verdad.

Aquella noche, sin embargo, su padre se encontraba en casa. Le rezaba a un discreto santuario con las fotografías de una mujer joven y sonriente y un anciano muy serio, encendiendo dos velas y un incienso a los pies del mismo para alumbrar su imagen. Touma había incorporado la costumbre de impedirle a los rostros inmortalizados de su madre y su abuelo el ser consumidos por las sombras cuando caía la noche, pero ese día la noche fue más rápida que sus pasos cansados.

Avanzó raudamente tras quitarse los zapatos y amagó con ingresar en la cocina para servirse algo de comer, viendo sobre la mesa los platos vacíos de la cena que su familia había compartido sin esperarlo. Su padre debía partir a Iris antes del amanecer, y su hermana de apenas nueve años debía estar ya acostada para asistir a clases la mañana siguiente.

—El señor Nakashima llamó —le informó su padre con tono pausado cuando Touma abrió la puerta de la heladera. Aquellas palabras fueron un resorte perfecto para que empujase la mano, cerrándola en el acto sin siquiera observar el contenido del refrigerador. De pronto, el hambre se había esfumado.
—Mhm —respondió, haciendo como que le restaba importancia, mientras pegaba media vuelta y cruzaba el pasillo central para abordar la escalera rumbo a su cuarto. Su padre ya no le daba la espalda de cara al santuario, sino que lo observaba con la mitad del rostro iluminada tenuemente por el brillo dorado de las velas.
—Touma —dijo con una suavidad que le costaba decodificar—, ¿quieres contarme qué sucedió el día de hoy?
—Las horas, nada más —contestó con sequedad, como si el tiempo hubiera sido el único en avanzar en otro día rutinario.
—Si sigues comportándote de ese modo, las tendrás contadas en el taller.

Touma se detuvo antes de apoyar otro pie sobre el escalón. Apretando la baranda con un puño, se giró hacia su padre y le dedicó una estupenda sonrisa.

—No te preocupes por eso —el rictus de nerviosismo en la comisura de sus labios se hizo notar incluso en la penumbra—; no ensuciaré la memoria del abuelo.
—Nakashima no está preocupado por la memoria de tu abuelo —insistió su padre, avanzando apenas un paso para no perder de vista al joven—. Está preocupado por ti.
—¡No hay nada de qué preocuparse! —levantó el tono antes de arrepentirse por el resto de la noche, pues los pasos agitados de su hermana desde el piso superior se hicieron escuchar en medio del silencio atroz que inundó el ambiente. Su padre permaneció enmudecido, y su hermana asomó tímidamente junto al rechinar de su puerta.
—¿Hermanito? ¿Está todo bien? —preguntó somnolienta y abrazada al enorme peluche de un pokémon rosado.
—Vuelve a la cama, Suki —pidieron padre e hijo al unísono, ablandando el ambiente.
—¿Estaban peleando de nuevo? —desconfió ella por un momento, cuestionándose la exageradamente ancha sonrisa en el rostro de su hermano mayor y el semblante firme de su padre al pie de las escaleras, cuyo rostro no podía distinguir con claridad.
—Tu hermano volvió muy cansado del trabajo —explicó el hombre de cabeza rapada, vistiendo permanentemente las formales túnicas oscuras del templo—, pero como es un chico tan responsable como su hermana, va a ir a acostarse ahora mismo para recargar energías. ¿No es así, hijo?
—«Hijo» —repitió él en su cabeza, contrayendo los músculos entre sus cejas—. «Debes repetírtelo a ti mismo en voz alta para no olvidarlo, ¿verdad, viejo?»

No le daría el gusto de una respuesta afirmativa a su padre, pero su hermana necesitaba ese consuelo y un dulce beso en la frente mientras la empujaba nuevamente a su habitación, asegurándole que todo estaba bien. Ignorando de golpe la presencia ominosa del hombre en la casa, Touma hizo una mueca de dolor y se encerró en el baño. Se quitó la ropa y se dispuso a abrir la ducha, pero al posar su mano sobre la canilla de acero sintió un dolor agudo en los dedos. Se los miró y comprobó que tenía la piel repleta de astillas, y se pasó un buen rato arrancándolas mientras el agua barría los restos de sangre, polvo y suciedad que pusieron la cereza al pastel de su jornada.

—Mañana será otro día —se dijo a modo de consuelo, secándose el cabello castaño frente al espejo, ya cansado de contar las cicatrices que aparecían en sus brazos por el empeño que le ponía a su labor, casi como si sufrir por ella fuera un precio a pagar que el cielo le había impuesto.

Mañana sería un día como ningún otro para él.


Un anciano pasaba un trapo húmedo al cristal del escaparate donde exhibía todo tipo de herramientas de trabajo en venta. A sus espaldas, notó por el reflejo del vidrio ahora impoluto a un grupo de niños volviendo por el camino que conducía al gimnasio local, con el más alto de ellos presumiendo un pequeño símbolo de metal en su mano diestra mientras con el otro brazo abrazaba contra su pecho a un menudo erizo de hocico alargado y lomo azul.

—Les juro que no lo habría logrado sin Cyndaquil —explicaba el chico con falsa modestia, mientras sus amigos soltaban aplausos y ovaciones pisándole la sombra—. ¡De verdad! ¡El Scyther de Bugsy es tremendamente fuerte!
—Y pensar que estuviste a punto de escoger a Chikorita —acusó uno de los niños más atrás, y todos rieron juntos.

El viejo amagó una sonrisa antes de notar la figura de alguien que no avanzaba con el grupo, sino que se encontraba sentado en un banco de madera al otro lado de la calle con postura muy encorvada para ser tan joven. Estaba mirando fijamente a su negocio, entre los mechones de pelo desordenados que caían sobre su frente.
 
—¡Buenos días, Touma! —exclamó el anciano, dándose la vuelta para ver de frente al muchacho que bostezaba con los párpados tan caídos como los hombros y hacía un vago ademán con la mano para devolver el saludo—. ¿Qué estás esperando? ¿No vas a venir a curiosear como siempre?

Cuando el grupo de niños se alejó lo suficiente, Touma se incorporó del asiento y arrastró su alma hacia la ferretería del viejo, que trataba su local como si fuera una pastelería de lujo en algún barrio pudiente de Lumiose. Jamás había entendido por qué su obsesión con el orden y la limpieza ahí dentro, si no era más que un negocio antiguo donde iban tipos sucios a buscar herramientas que más temprano que tarde se mancharían más que ellos mismos. Sin embargo, era un rasgo que acompañaba el carácter del viejo ferretero, pues incluso con el rostro cruzado por gruesas arrugas se permitía dedicarle a él una sonrisa suave y amable. A veces no sabía si le gustaba pasarse por allí antes de entrar al taller para deleitarse con las herramientas de última generación exhibidas en las vitrinas, o para recibir el buen trato de alguna persona en Azalea.

—Aunque últimamente no te veo tanto por aquí, ahora que lo pienso —reflexionó el dueño del negocio en voz alta, mientras se hacía a un lado para que Touma pudiera pasar con las manos hundidas en los bolsillos. Al anciano le desconcertaba la actitud repentinamente taciturna del joven, que siempre se paseaba de un lado al otro del local para pedirle precios e intentar en vano negociar descuentos con más energía que un Raichu. Aun así, se permitió dedicarle una sonrisa más antes de ingresar al negocio siguiendo sus pasos—. Pero creo que tomaste una buena decisión el día de hoy. ¡Sí! ¡Justo el día de hoy!
—¿Al fin va a regalarme esa Einhell 2240? —insinuó el chico, deslizando su dedo por una estantería impoluta llena de cajas con diversos modelos de sierras eléctricas de última generación—. Me alegra que se haya acordado de mi cumpleaños, viejo.
—¿Tu cumpleaños? —se llevó una mano a la barbilla el anciano, levantando los ojos—. ¡Ah! ¡Claro que lo recuerdo! ¡Fue el mes pasado, y el anterior también! Debió haber sido un parto terrible para tu pobre madre.
—Ya lo creo —sonrió Touma, desviando su mirada hacia el mostrador principal al fondo del pasillo, donde una motosierra se hallaba expuesta sin caja alguna. Se le acercó, curioso, y notó que estaba cubierta de polvo y telas de Spinarak. Quizás lo único sucio en el local aparte de la suela de sus zapatos—. ¿Y este pedazo de chatarra? ¡No me diga que va a venderlo!
—La empeñaron hace menos de una hora —se encogió de hombros el viejo, deteniéndose junto a él para dedicarle una mirada perspicaz—. Parece que tiene algunos problemas para cortar, pero ultimadamente funciona. Estoy seguro de que una mano adecuada podría dejarla como nueva.
—No se ve la marca por ninguna parte —examinó Touma, agachándose un poco para mirar de cerca la superficie de la fina espada envuelta por una cadena con sierras de doble espesor. A simple vista podía apreciar que tenía un largo de aproximadamente cuarenta y cinco centímetros, lo que la volvía buena para trabajos de mediana complejidad. Probablemente nunca podría talar un árbol grande con algo así, pero un motor lo suficientemente optimizado quizás le daría alguna sorpresa—. ¿Qué modelo es? —Curioseó, girándose hacia el viejo que revisaba rápidamente un viejo catálogo.
—Ni idea —se sinceró, y Touma se quedó pálido de la impresión. ¡¿Cómo rayos no sabía de qué modelo se trataba?! ¡Ese anciano habría vendido ya prácticamente todos los que hubieran existido desde su invención!
—¿Es una broma, viejo? ¡Usted es un profesional! —se exasperó, levantando los brazos antes de apuntarle indignado al viejo y obsoleto aparatejo sobre el vidrio del mostrador—. ¡No me diga que pagó más de mil Pokés por algo que no sabe qué es!
—Bueno, si descubriera que es un coche deportivo y no una motosierra obsoleta, entonces habría hecho un buen negocio —rio el vendedor, sacudiendo un plumerillo sobre el aparato destartalado para ahuyentar el polvo de su superficie. Resultaba ser de un color rojo bastante vibrante para un modelo tan viejo, pero ciertamente carecía de cualquier tipo de inscripción que permitiera intuir su procedencia—. Pensaba desensamblarla más tarde y revisar el motor, pero… Levántala, anda.
—¿Puedo? —parpadeó Touma, sorprendido por la invitación. Sin esperar la confirmación, empuñó el mango trasero con cuidado de no presionar por accidente el gatillo de aceleración, pero al levantarla de la mesada notó con estupor que apenas y le pesaba. Una motosierra liviana no pesaba menos de cuatro kilos, pero esa parecía prácticamente hueca por dentro—. ¡¿Le vendieron una sierra sin motor?!
—Eso parece, ¿no? —rio incómodamente el anciano. Touma sintió el impulso de presionar el gatillo de seguridad junto con el de aceleración para encenderla y verificar si efectivamente no andaba, pero el objeto soltó de inmediato un gruñido hosco cuando la cadena se movió, y Touma la soltó rápidamente, con sobresalto—. ¡Pero funciona! ¡Te lo dije, muchacho! No podía rechazar un objeto tan curioso como este.

Ver que aquella cosa se había encendido al presionar suavemente los gatillos le produjo una sensación difícil de describir. Touma había rechazado sistemáticamente el manejo de maquinaria pesada y el apoyo de cualquier pokémon que su jefe le había ofrecido en más de una ocasión, por lo que tampoco había aprovechado la oportunidad para subir de rango entre los demás carpinteros. Era un cortador común, casi mediocre, que no parecía brindarle grandes ventajas a su empleador. Sus compañeros nunca le habían permitido cortar árboles en el Encinar con las pesadas motosierras a gasolina, y apenas podía conformarse con escuchar el rugido de sus motores desde el camión de transporte. Así que, cuando tuvo tan cerca la posibilidad de ser algo más, miró a los ojos al viejo dueño de la ferretería y apoyó las manos sobre la vitrina, a ambos lados de la sierra.

—¡Véndamela ahora mismo, viejo! —exclamó, y el ferretero casi se cae de espaldas por la agresividad de su petición. Tras observarlo incrédulo mientras intentaba sostenerle la mirada sin pestañear, el hombre arqueó una ceja.
—No podrías pagarla —soltó, y aquello fue como un puñetazo en la boca de su estómago.
—¿Cuánto me dijo que pagó usted? ¿Mil Pokés? ¡Le daré el doble!
—¡Jamás te dije que pagué eso por ella! —bramó el anciano mientras Touma sacaba su billetera sin pensárselo dos veces.
—¡Oh, vamos! ¡Sabe que no se la venderá a nadie en ese estado! —insistió—. Además, apenas la levanten pensarán que es de juguete. ¿Para qué la van a querer? Tal vez como alcancía. Yo me ocuparé de revisar el motor y la haré funcionar correctamente. ¡Lo prometo! ¡Sabe que conmigo estará en buenas manos!
—Ah, sí, esas manos que tanto cuidas en tu oficio —observó el hombre sujetando las muñecas de Touma y revisando las marcas en su piel—. ¡Eres un bruto, muchacho, y lo sabes! —Pero Touma se resistía a dar el brazo a torcer, y mantuvo sus ojos bien abiertos y fijos en los de él hasta que se pusieron rojos—. ¡Muy bien, muy bien! Puedo vendértela por diez mil.
—¡¿Diez mil?! ¡¿Cree que soy un Entrenador para tener todo ese dinero?!
—Un Entrenador no se desesperaría tanto por una motosierra oxidada —observó el anciano, y Touma se alejó indignado dando largas zancadas, abandonando la ferretería tras un portazo.

El ancianito permaneció sonriente en su lugar, con la vista al frente y las manos detrás de la espalda, cuando las campanillas de la puerta abriéndose nuevamente sonaron armoniosamente en el interior de la tienda. Un humillado Touma se acercó al mostrador con los diez billetes en la mano y se los tendió al sujeto, derrotado.

—¡Gracias por su compra! —saludó alegremente mientras el chico se alejaba abrazando su no-tan-flamante motosierra, sabiendo que no comería otra cosa que arroz los próximos días.


Había sido un gasto enorme e impensado, incluso cuando cualquier motosierra nueva costara diez veces más que la suya, pero resultó ser un golpe de suerte para él porque, aunque al principio se rieran de su adquisición al llegar al trabajo, pronto descubrirían todos —y él mismo— que la herramienta no solo funcionaba, sino que cortaba estupendamente bien incluso los troncos más gruesos que llegaban en camiones al taller. Touma no le dejó probar el aparato a ninguno de sus compañeros. En parte porque eran idiotas, pero también porque temía que se descubriera muy rápido lo ridículamente liviana y fácil de manipular que era. Aquello le habría restado más mérito del que estaba dispuesto a negociar. Tras recibir una palmada en la espalda de su jefe por el buen oficio que había hecho ese día, Touma se sintió tan desgraciado como bendecido.

Los días pasaron y fue ganándose un respeto del que, lejos de sentirse indigno, se enorgullecía cada vez más. Su perfil bajo creció y creció, así como su verborragia, e incluso llegó un día con el cabello completamente pintado de verde para enfatizar su paso a una nueva etapa como el Maestro Cortador de Maderas Ilex, incluso por encima del Scyther de Arukabe. Cada vez se acercaban más personas a verlo cortar cualquier cosa que le pusieran por delante; algunos solo para admirar el ágil y casi circense dominio del proyecto de carpintero, pero otros para competir directamente con él, ordenándole a sus pokémon que pasen de usar Corte a Cuchillada para igualar su rendimiento o incluso apartándolos para levantar sus propias motosierras en un intento vacuo de ponerse a prueba a sí mismos. Touma no podía sentirse más contento con su repentino ascenso a los cielos.

Llevaba un mes entero de buena racha cuando, al llegar como cada mañana al taller, lo encontró vacío.

Comenzaba a preguntarse si no habría olvidado un día festivo, pero una sucesión de bocinazos desde el estacionamiento llamó su atención. Desde el camión lo esperaban sus compañeros de trabajo y el viejo Nakashima, recibiéndolo con un aplauso. Los muchachos le pasaron al jefe de la empresa un paquete cerrado que éste a su vez entregó a Touma con una afable sonrisa. Y Nakashima no sonreía muy a menudo.

—Por tu buen trabajo y una impresionante fuerza, no solo física, sino en especial de voluntad —recitó el hombre dándole palmaditas en las manos a Touma, que apoyó la motosierra en el suelo antes de pasársela a su jefe para evitar que descubriera su peculiar liviandad. El chico se mostraba más extrañado que conmovido, pero abrió el paquete a toda prisa y sacó de su interior una armadura roja compuesta por placas de acero y cuero de distintas tonalidades de rojo que le conferían un aspecto imponente y casi demoníaco—: “El Demonio Rojo de Hiwada”, lo llamaron, que aterrorizaba incluso a las bestias del gran bosque. Este uniforme ha sido portado por mis ancestros durante más generaciones de las que puedo contar. Lo vistieron con orgullo aquellos hábiles samuráis retirados y devenidos en madereros que recibían el honor de asestar su primer corte a un árbol del Encinar, mucho antes de que se lo llame de esa forma. Sabrás que tu abuelo también lo usó. Has demostrado un ímpetu sin igual desde que llegaste, y nos sorprendiste a todos con tu asombroso dominio de la sierra eléctrica, Touma. Es hora de que des un paso al frente y vayas a cumplir con esta noble proeza. Tú te lo ganaste por hoy.
—Jefe… —murmuró por un segundo, arrastrando la voz mientras sostenía la armadura sobre sus antebrazos. No era tan robusta como aquellas que veía en pinturas sobre Kalos o Galar, pero definitivamente le pesaba bastante luego de haberse acostumbrado tanto a la libertad de movimiento que le concedía su motosierra. Retorciendo una sonrisa, Touma se colocó el do sobre el pecho, los sode en los hombros, los suneate en las pantorrillas y el haidate alrededor de la cintura para proteger los muslos. Era un reconocimiento sofocante para recibir en pleno verano, pero envalentonado por la admiración de su jefe y los aplausos de sus compañeros, Touma levantó la motosierra del suelo y la alzó por encima de su cabeza mientras hacía rugir su motor casi tan alto como su voz—. ¡Acepto con orgullo este reconocimiento! ¡¡ES MOMENTO DE QUE NOS ESCUCHES, BOSQUE DE MIERDA!!

Los aplausos de sus compañeros se detuvieron, y su jefe se aclaró la garganta con rispidez.

—O-oye, muchachito, ten un poco de respeto por el Encinar… —agregó, pero Touma ya se había colgado de una de las puertas delanteras del camión, dándole golpes con la parte plana de la espada de su sierra al capó.
—¡¡Llévanos al bosque, bestia de seis ruedas!! —exclamó, haciendo caso omiso a la petición de su patrón justo antes de girarse hacia él, llamándolo con un sacudón de brazo y sierra—. ¡Venga, señor Nakashima!
—¿Estás loco? Alguien tiene que quedarse a cuidar el negocio —suspiró el viejo con una melancólica sonrisa, despidiéndose a la distancia mientras el camión arrancaba rumbo al Encinar.

Avanzaron por los caminos de tierra entre la frondosa arboleda y giraron un par de veces sobre colinas bajas y hondonadas llenas de musgo y hojas caídas, ahuyentando algunos Aipom que habían bajado de los árboles para recoger bayas que otros tumbaban a cabezazos. Touma estaba eufórico, y arrancaba ramas enteras con la sierra mientras recibía una lluvia de aplausos y chiflidos desde el remolque donde viajaban los demás. No tenía idea de cuál era su destino exacto, pues hacía rato habían pasado la zona de talado autorizada por las autoridades regionales.

A medida que se adentraban al corazón del bosque, las horas parecían transcurrir más rápido, y el tímido Sol se ocultaba completamente tras las frondosas copas de los encinares que parecían estar a tan solo unos centímetros de quemarse con sus rayos de luz ardientes. Las sombras se comían toda la periferia, y pudo ver cada vez más telarañas de Ariados y Spinarak al acecho entre la maleza. Pero tenía una maldita motosierra ligera como extensión de su brazo: ¿por qué debería preocuparse?

Cuando el camión se detuvo, los hombres del taller bajaron de un salto y se acercaron a Touma, que levantaba la vista atónito ante la imagen que sus ojos le devolvían: un alcanforero tan antiguo y descomunal que allí podrían haber cabido varios departamentos. Sus raíces deformaban la tierra a su alrededor, hundiéndola por la fuerza con la que crecían, y sus ramas se abrían y retorcían en todas las direcciones como si aquél hubiera sido un gigante de mil brazos sufriendo un ataque de epilepsia antes de quedar petrificado para siempre. Alrededor de su vasto tronco, una serie de cuerdas gruesas de paja de arroz se entrelazaban y varios talismanes se adherían a su corteza rugosa. Estaba cercado, además, por un círculo de troncos cruzados que impedían acercársele demasiado. A un lado del mismo podía detectarse un discreto cartel que rezaba: “Gran Ubame: espacio sagrado donde nació el Guardián del Encinar”.

—¿Paramos a rezar antes de hacer nuestro trabajo? —preguntó Touma volteándose hacia sus compañeros, que lo observaban cruzados de brazos, entre sonrisas y gestos incómodos, mientras Arukabe se abría paso al frente del grupo.
—No te recordaba tan gracioso, Shit-Cut —dijo con un filo en la voz que crispó los nervios del ahora peliverde.
—¡¿Cómo dij--?! —gruñó Touma dentro de su imponente armadura, dando un paso adelante y haciendo crujir las ramas partidas bajo su pie. Arukabe, sin embargo, sacudió el dedo índice de un lado al otro, negando reiteradas veces con la cabeza.
—No vinimos a rezar —aseguró—, sino a completar tu rito de iniciación como maestro cortador. Nakashima ya está un poco viejo, así que se le pasó por alto mencionarte la parte más importante: debes hacer un corte sobre el Gran Ubame para probar la fuerza de tu sierra.
—¿Eh? —arqueó una ceja Touma, volteándose nuevamente hacia el imponente alcanforero.
—Ya habías dicho que pudiste cortar sunuke con una sierra de mano simple, ¿no es así? —rememoró Arukabe pasándose una mano por la barbilla recta—. Ese árbol de allá no debería suponerte grandes problemas entonces.
—¡Ah! Pe-pero no lo tales, Touma —añadió otro de sus compañeros, más grandulón pero también más tímido que el que se encontraba al frente—. Solo debes dejar una buena marca en la corteza. Todos los Maestros Cortadores de Maderas Ilex lo hicieron.
—¡Así es! —se sumó uno más, sonriendo de oreja a oreja—. ¡El Demonio Rojo tiene que probar su fiereza en el corazón del bosque!
—¡Puedes hacerlo, Touma!
—¡Dale un buen corte a ese árbol!
No se atreverá… —murmuró Arukabe en voz muy baja, pero sabiendo que sus palabras calarían más hondo que cualquier otra en la conciencia del chico armado por su vieja pero eficiente motosierra.

¿Que no se atrevería? Alguien como él no conocía otra cosa que el esfuerzo y el sacrificio. Estaba convencido de que podía dejar una marca mucho más profunda que cualquier otro en ese bosque; y un árbol así, por muy gigante que fuera, no podría oponer resistencia a los dientes hambrientos de su sierra. Oprimiendo los gatillos con las dos manos juntas y el corazón galopando en su pecho, Touma encendió el instrumento feroz. Pero alguien lo rodeó por la espalda e inmovilizó con una fuerza superior a la suya, revelándose la siniestra voz de Arukabe una vez más mientras un par de firmes vendas se envolvían con un nudo alrededor de sus muñecas y sus puños, uniendo sus manos a la sierra como si aquello fuera realmente una extremidad de su cuerpo.

—Perdón, Shit-Cut, pero el detalle secreto de este ritual es que debes hacer el corte de esta forma —susurró antes de darle un empujón directo al árbol. La motosierra no paraba de gruñir, girando sus cadenas dentadas frenéticamente sin que Touma pudiera siquiera apartar los dedos de los gatillos. Sentía la vibración del motor recalentándose bajo los vendajes, haciendo fuerza en vano para deshacerlo mientras se cuidaba de no rebanarse la cabeza o el pecho con la herramienta de corte—. ¡Debes ser uno con tu sierra si quieres ser un genuino Maestro Cortador!

Todos estallaron en risas mientras caía de rodillas al suelo, encorvado ante la sombra inclemente del viejo alcanforero. La sierra al otro extremo de su ser revolvía las hojas resecas a su alrededor, elevándolas en un torbellino sin control. La piel comenzaba a arderle por el incesante funcionamiento del motor eléctrico en su interior. Pensaba que podía explotarle en las manos en cualquier momento, pero incluso eso se sentía menos doloroso y aterrador que las burlas ganadas nuevamente por su ingenuidad. Lo habían conducido a una trampa para mofarse de la tradición que su abuelo y el señor Nakashima habían compartido durante años. Le habían hecho creer que podía enfrentarse solo a un árbol como ese.

Y de repente, embriagado por la frustración y adrenalina acumuladas, Touma retorció una sonrisa con los dientes vibrando por el roce de la sierra y la tierra. Era ese el momento indicado para enseñarles a ellos que también podían creer en él.

—¿Quieren ver un gran corte…? —propuso, poniéndose de pie y estabilizando su postura de cara al mastodonte de planta que se erguía ante él. Más de veinte metros que sacudiría como una hoja al viento con el baile de su motosierra—. ¡¡ENTONCES CIERREN SUS PUTAS BOCAS Y ESCUCHEN GRITAR AL BOSQUE ENTERO!!

Y levantando la motosierra cruzada hacia el lado diestro por encima de su cabeza, en una clara postura de kendo, Touma salió disparado hacia el Gran Ubame pegando un ágil salto para impulsarse con los troncos que prohibían el paso mientras sacudía un perfecto corte horizontal sobre el tronco, pulverizando en el proceso un par de talismanes que debían ahuyentar a los malos espíritus, pero que no tenían efecto en los seres hechos de carne y hueso. La hoja de la sierra se abrió paso dentro del tronco de más de cinco metros de diámetro, haciéndole sentir de inmediato la resistencia que oponía a su fuerza el árbol anciano. Miró con una sonrisa por encima del hombro cómo sus compañeros se quedaban boquiabiertos a medida que la sierra cruzaba chispeante la sólida madera, pero tan pronto como se atrevió a abrir la boca para burlarse de su asombro, el motor cedió súbitamente al árbol, y la herramienta envuelta en sus manos se atoró a más de medio camino recorrido dentro de la corteza.

—Oh, mierda… —murmuraron algunos, mientras Touma forcejeaba empapado en sudor para zafarse del celoso agarre de las vendas y del propio árbol. Estaba completamente atascado, incluso apoyando un pie sobre el tronco para hacer presión mientras tiraba con alma y vida hacia atrás. Pronto, un coro de risas llenó el ambiente ahuyentando a los pocos Pidgey y Spearow que no habían huido del estruendoso rugido de la motosierra.
—¡Ahora sí que estás en problemas, Shit-Cut! —le gritó alguien mientras intentaba zafarse del árbol inútilmente con los dos pies apoyados en la corteza, resbalando con un talismán y cayendo nuevamente con las manos atadas a su destino.
—¡Tranquilo, Shit-Cut! —dijo Arukabe con un forzado dramatismo—. ¡Iremos de vuelta al taller para traerte la sierra de mano! ¡Seguro que con esa puedes zafarte!
—¡No te cagues encima, por favor! —añadió otro, alejándose todos entre carcajadas de regreso al camión.
—¡¿Qué están diciendo?! —Touma intentó girarse para ver por dónde se iban todos, desapareciendo sus voces entre los frondosos matorrales, pero la postura en la que había quedado le imposibilitaba girar el torso lo suficiente—. ¡¡Esperen!! ¡¡Vuelvan acá, infelices!!


Regresen… —arrastraba las palabras con un hilo de voz, sintiendo que lo único que le impedía desmayarse por el agotamiento físico y estrés mental era la sólida hoja de metal de su motosierra incrustada en el tronco. Por más fuerza que hiciera, ese maldito árbol parecía apretar sus fibras para detener cualquier posible movimiento de la herramienta de corte, cuyo motor quemado llevaba su desagradable olor hasta las narices del prisionero natural—. Por favor…

Los minutos dieron paso a las horas, y las horas a la desesperación. El clima permanentemente húmedo y el silencio inquietante de las hojas que aguardaban una brisa que no se atrevía a llegar en pleno corazón del Encinar le dieron ideas de genuina perdición. Estaba convencido de que, a menos que un Aipom dejase caer por accidente alguna baya entre sus brazos apretados, moriría de inanición en cualquier momento. Había saltado el desayuno para no cruzarse con su padre en la mañana, esperando que partiera hacia Iris para poder salir de su habitación, y era ya muy probablemente la hora de la merienda, o incluso más tarde. Tal vez sería de noche. Tal vez todos hubieran regresado a sus casas, y el taller cerrado con un viejo Nakashima sonriendo conforme cuando sus compañeros le hubieran contado que el alocado Touma se había ido a celebrar tras la ceremonia, emborrachándose en algún bar de mala muerte en Ciudad Trigal. Nakashima le habría dado con gusto el día libre luego del ritual… ¡¿Ni siquiera le preocuparía recuperar la estúpida armadura que le había permitido usar?!

Sentía cómo perdía la cabeza antes que la vida. El estómago se había dado por vencido y dejado de crujir hace rato, y su corazón se había desacelerado tanto que costaría auscultarlo con un estetoscopio. Estaba pálido, y el cabello pintado de verde hacía parecer que le habían rebanado la parte superior de la cabeza fundiéndose con el entorno natural. Tenía los brazos dormidos y las piernas entumecidas por la posición, pero pronto sus oídos comenzaron a palpitar, reaccionando al impulso distante de un sonido que se acrecentaba. Los arbustos se movieron, las ramas finas se partieron y algún Hoothoot ululó en las alturas. Touma sintió que le volvía el alma al cuerpo: ¡Habían regresado por él!

—¡Ya era hora, malditos! —intentó gritar, casi sin aire en los pulmones, pero la respuesta estuvo lejos de ser el coro de desagradables carcajadas al que estaba acostumbrado—. ¡Agradezcan que no me cagué!

Un gruñido áspero cortó el sigilo de las pisadas y le hizo replantearse lo que acababa de afirmar: estaban mucho más cerca de él de lo que sus oídos le habían hecho creer, y su altura no se correspondía a la de ninguno de sus compañeros. Las pisadas se esparcieron formando una medialuna a sus espaldas, y tan encorvado y derrotado como estaba, Touma asomó uno de sus ojos color avellana por debajo del brazo, espiando aquello que confirmaría como su sentencia final.

Eran perros negros que se encorvaban imitándolo, y que enseñaban sus colmillos babeantes entonando una asfixiante polifonía de ruidos guturales que le sonaron a algo familiar para él: hambre. Los huesos sobresalían por sus lomos y los hocicos rojos le impedían adivinar si en ellos había restos de sangre de alguna presa. La temperatura aumentaba en el ambiente a medida que lo rodeaban, pero su piel perdía el color y se enfriaba por el pavor que reemplazaba cualquier otro sentido. Una jauría de Houndour como no había visto ni en su peor pesadilla estaba lista para volverlo aperitivo. Cazar en el Encinar debía ser difícil para ellos por la altura que ganaban sus presas gracias a los árboles, y la carne de Oddish los habría aburrido hace tiempo.

El corazón del bosque se encendió en el instante en que cien colmillos hambrientos se tiñeron de fuego. Lo único que se le ocurrió pensar a Touma fue en lo maravilloso que era poder cocinar el alimento al mismo tiempo que te lo comías, y sintió un poco de envidia de los Houndour que se abalanzaron sobre su cuerpo entregado a la muerte.

Suspiró cansado, ya sin fuerzas, cuando algo despertó sus dedos entre el caluroso vendaje apretado a los gatillos: el dulce ronroneo de un motor que se encendía nuevamente, haciendo girar las cadenas a toda velocidad y cortar el filo aserrado del metal.

Una nueva luz se superpuso al fuego de los Colmillos Ígneos, chocando contra su salvaje anaranjado un destello celeste, casi blanquecino, del que se desprendieron varias hileras de dientes adicionales que liberaron a Touma de su prisión natural, permitiéndole girar de golpe por efecto de la energía cinética y arrojando un corte de trescientos sesenta grados sin control alguno de su cuerpo, ahuyentando a los canes que retrocedieron atónitos por la contraofensiva. Viéndolo reincorporarse empuñando todavía la motosierra encendida entre sus manos vendadas, con un hilo de sangre cayendo por su frente y tiñendo de rojo oscuro un mechón de cabello, Touma no se veía para nada como la presa que debía haber sido.

—¡¡VAMOS, VENGAN!! —los incitó él, desaforado, agitando la sierra y azotando la tierra con el filo giratorio que pulverizaba todo tras el paso de sus dientes—. ¡¡LOS VOY A DESPEDAZAR UNO TRAS OTRO!! ¡¡INTENTEN MORDERME SI LES QUEDAN DIENTES DESPUÉS DE ESTO!!

Tan imponente se sentía ahora que creyó ver su propia sombra alargarse y ensancharse hasta rozar las patas de los Houndour, quienes uno tras otro agacharon sus cabezas y se alejaron a toda prisa de sus aterradores gritos… o eso pensó Touma, conforme con su táctica de intimidación, antes de percatarse del agudo chillido de la madera estallando a sus espaldas al partirse el tronco completo, balanceándose como un trompo descomunal a punto de perder definitivamente el equilibrio. Y como invocada por el mismo Guardián del Encinar soplando para deshacerse del intruso que se había atrevido a profanar su hogar, una brisa suave fue suficiente para derribar al alcanforero sobre él.

Un estruendo aterrador inundó cada espacio del bosque y llegó a oídos de la gente en Azalea y en Trigal, pero Touma ya no pudo oírlo.


Algo se ablandó tan solo un poco bajo sus pies, y sintió como si se encogiera por un segundo. Lógico: acababa de aplastarle la cabeza un árbol de varias toneladas. No debía ser más alto que un Stunfisk ahora mismo, pero por algún motivo sus ojos seguían abiertos mirando al frente, y sin embargo no podía recordar el momento preciso en el que todo el paisaje había cambiado ante él. Bajó la vista, aún incrédulo, y constató que sus tobillos estaban rodeados ahora por un manto de arena tan suave como caliente. ¿El infierno estaba lleno de arena?

El sonido de aves marinas volvió a golpear la puerta de sus sentidos, reanimándolos nuevamente y haciéndole levantar la vista hacia el cielo completamente despejado, libre de las frondosas hojas de los árboles y de la oscuridad de la noche. A sus espaldas, el murmullo del agua haciendo espuma sobre la orilla arrastró consigo el aroma salado de una realidad completamente diferente para él. ¿Tenía el infierno un mar inmenso a su disposición?

No lo sabía. Jamás le había importado tanto la trascendencia del alma como a sus padres. Jamás había pensado en la muerte hasta hace unas horas atrás. Pero, girándose y viendo el mar delante de sus ojos, comprendió que el castigo por su estupidez podía presentarse en forma de un paisaje tan bello como despiadado. Un lugar increíblemente paradisíaco con el agua salpicada por los reflejos de una luz que veía solo, en medio de la nada, sin saber dónde, ni cuándo, ni por qué. Hasta que se le ocurrió un porqué.

—Gran Ubame —dijo, todavía saliendo del trance, solo para recordar el dolor seco de haberse llevado un buen golpe en la cabeza. Quiso sujetársela con las manos para comprobar si todavía sangraba, pero éstas continuaban vendadas a la motosierra, ahora completamente detenida. La miró extrañado, intentando descifrar qué le resultaba tan raro de ese pedazo de chatarra por el que había pagado un precio incalculable, y recordó al cabo de unos segundos que se había encendido de repente luego de que su motor se hubiera quemado intentando cortar el árbol. ¡Y que lo había cortado por completo, de lado a lado, casi sin esfuerzo alguno! Había ahuyentado a los Houndour que venían por su carne, y que terminaron llevándose tan solo su alma—. ¡¿Estoy muerto?! —Gritó dando tumbos hacia el mar para sentir el agua fría chocando contra sus piernas—. La siento… ¡Y no quema! ¡¿Cómo puede algo del infierno no quemar?! ¡¡Mierda!! ¡¡¿Qué está pasando, estúpido?!!

Un tímido animal se acercó por la orilla chapoteando con curiosidad. Era un Psyduck inofensivo que le dedicó una mirada boba y casi amable a Touma, justo antes de que éste se voltease en su dirección con el porte de una auténtica bestia asesina. La armadura ya maltrecha, el rostro cruzado por una línea de sangre, el cabello de un intenso verde revuelto que se elevaba como cuernos a los lados y el arma todavía humeante sobre la que se reflejaba la expresión de terror del pokémon acuático, que pegó media vuelta soltando chillidos mientras se apretaba la cabeza.

—¿De qué huyes…? —soltó Touma, tambaleándose en el lugar cuando la corriente del agua aceleraba entre sus tobillos—. Idiota, ¿no ves que… esta motosierra de mierda… no corta nada?

Y sus fuerzas lo abandonaron nuevamente, desplomándose sobre la espuma y la arena antes de que los trotes apresurados de un grupo de personas llegasen hasta él.


Sabría luego que había pasado dos días enteros inmerso en un sueño tan profundo que estuvieron a punto de darlo por muerto oficialmente, y que había despertado en un lugar al que llamaban “Villa Jubileo”.

Abrió los ojos sobre un futón improvisado por mantas y sábanas que no lo protegían de la dureza del suelo, pero que era mucho mejor que dormir atrapado entre una motosierra y un árbol ancestral. Al incorporarse, comprobó que se hallaba en un salón amplio con varias camas dispuestas a los lados sobre las que se recuperaban personas aparentemente heridas o enfermas con peinados comiquísimos. Algunas de ellas vistiendo ropajes antiguos y exageradamente tradicionales, incluso para los estándares de Johto.

—¿Quiénes son todos estos payasos? —se preguntó en voz alta, sin temor alguno a ofender a nadie. ¿Qué tan grave podía ser decir lo que pensaba en el infierno? Al parecer, lo suficiente como para que incluso uno de los pacientes con la pierna rota intentase arrastrarse lejos de él. El murmullo grave que aconteció a su despertar por parte de todos en la sala le hizo arquear una ceja, y hasta creyó oír a uno de ellos afirmar algo así como que había resucitado “el loco de la espada dentada”—. ¿Se refieren a mi motosierr--? ¡¡AAAAH!!

Lo apresaba el frío y duro abrazo de un grillete alrededor de su muñeca, pero aquello no produjo su grito de perdición, sino encontrar su mano libre del insoportable nudo del vendaje que le había impuesto Arukabe. Libre también de la motosierra que lo había salvado y condenado al mismo tiempo.

—¡¿Dónde está mi motosierra?! ¡¿Me la robó alguno de ustedes, malditos?! —gritó, arrojando un patadón a un balde a los pies de su futón que derramó todo su contenido a los pies de la cama de enfrente. Una chica oyó el disturbio al otro lado de la sala y corrió a toda prisa para arrodillarse junto a él, intentando contenerlo mientras uno de los pacientes menos graves lo sujetaba por el brazo libre, intentando inmovilizarlo.
—¡Escúchame, no puedes armar semejante escándalo! —le exigió la mujer joven, de un cabello rosa que le resultó familiar—. ¡Estamos en una guardia médica!
—¿Guardia médica? —replicó éste, girándose para observar a su alrededor algo más aparte de rostros aterrorizados intentando esconderse del paso de sus ojos desencajados—. ¡¿Y por qué soy el único que no está siendo atendido en una cama como los demás?! ¡¡Me tienen encadenado al suelo como a un… Houndour!!
—¿Un qué? —atinó a preguntar una mujer de voz temerosa, y Touma soltó un gruñido tal que le hizo comprender más o menos a qué se refería.
—¿Cómo puedes esperar que no nos asuste tu presencia? ¡Debemos ser precavidos con los extraños! Saliste de la nada hace dos días con las manos atadas a esa… arma —intentó explicar con toda paciencia la enfermera de pelo rosado, pero una voz se alzó por encima de la suya a espaldas de Touma, asomando por un pasillo al otro lado de la sala.
—Mejor dicho —corrigió ésta: una mujer de estatura más baja y menuda que la enfermera, pero con un porte diez veces más autoritario—: ¿Qué te hace creer que tienes derecho a ser tratado como el resto de mi escuadrón? Eres un Don Nadie, un Sin Nombre. Me asombra que no hayas despertado agradecido por seguir con vida, viendo cómo te encontraron envuelto en algas y salpicado por sangre en la Costa Cobalto. ¿Y tienes el tupé de cuestionar nuestras medidas de seguridad? Deberíamos haberte cortado esa mano en vez de encadenarla, pero algunos insistieron en concederte el beneficio de la duda.

Touma contuvo las palabras un segundo, mirando a la extraña mujer de arriba abajo antes de procesar la información que le habían soltado de repente. Su ropa era, al menos, peculiar: azul y excesivamente tradicional, mientras que ese pelo azul y rostro pálido de rasgos duros se le hacían tan familiares como el de aquella joven enfermera que parecía ser simplemente otra Joy. Su mente se detuvo entonces en ese “beneficio de la duda”, que le permitió esbozar una sonrisa incluso antes de intentar adivinar dónde rayos se encontraba en ese momento.

—Sea tan amable, entonces —comenzó, con un tono tan forzadamente cordial que parecía estar intentando hablar en un idioma extranjero—, de llevarme con aquellos que insistieron tanto en salvar mi mano. Espero que hayan tenido la misma consideración con mi motosierra, porque si se atrevieron a tocarla, o peor aún, A DESARMARLA, estoy seguro de que un solo grillete no les va a alcanzar para contener mi ira.

Las exclamaciones escandalizadas de sorpresa y resquemor se esparcieron como una epidemia en el interior de la sala de guardia, y la enfermera tuvo que correr apresuradamente a atender a aquellos que comenzaron a mostrar signos claros de taquicardia y ataques de pánico. Touma sonrió, satisfecho, corroborando que efectivamente casi todos en ese lugar temblaban como hojas de papel ante cualquier palabrería rimbombante. Incluso un gruñido era capaz de estremecerlos. Pero la pálida mujer de azul permaneció impertérrita con los brazos detrás de la cintura, contemplándolo desde la altura como la cosa insignificante que en realidad era.

—Muy bien —sonrió ella, y Touma estuvo a punto de temblar tanto como los demás hicieron ante sus gruñidos de bestia indomable.


Parecía increíble que hubiera dado un salto de dos meses, pero así lo sintió en el pecho cuando sus pies lo arrastraron una vez más a la Sede del Equipo Galaxia. El tiempo y el espacio debían tener prisa por conducirlo hasta el punto exacto en que lo necesitaban para que pudiera cumplir con esa estúpida misión encomendada por el sujeto de bigote negro y su torpe secuaz redondo envuelto en un delantal como pieza de sushi: el Acta de Registro de Pokémon. Algo así como el censo de la Liga Pokémon para que los Entrenadores declarasen a las autoridades los equipos con los que contaban antes de embarcarse en una competencia oficial… solo que completamente diferente.

Touma definitivamente no se había convertido en un entrenador de la noche a la mañana, y las criaturas que encerraba recelosamente en aquellas viejas cantimploras esféricas que ahí llamaban con orgullo Pokéball estaban lejos de ser sus amigos, compañeros o aliados en grandes aventuras. Eran, en el mejor de los casos, eventualidades de las que más adelante vería cómo encargarse. Tal vez un poco interesantes. Quizás útiles para ciertas tareas. Definitivamente no sus amigos.

—Un Growlithe, un Turtwig, y un… Disculpe, ¿cómo dice que se llama el tercero? —preguntó una señorita amable mientras tomaba nota de sus datos con un grueso pincel de tinta de Octillery en un cuaderno con hojas parecidas a papiros. Touma apoyaba los brazos sobre el mostrador, dándole la espalda y mirando con cara de pocos amigos a las personas que aceleraban el andar al pasar cerca de él.
—No te lo dije —gruñó, arrastrando las palabras. Notó a la chica encogiéndose momentáneamente en el asiento por su hosca respuesta, así que giró la cabeza para dedicarle una mirada burlona que, de alguna manera, tal vez podría consolar su desconcierto—. Es un Magnemite. «Cielos, realmente viajé muy lejos…»
—¡Magnemite! Eso es, muchas gracias —sonrió ella de nuevo, tomando nota con mucha atención para luego detenerse en la pagina contigua, donde vio una anotación similar pero con una letra que no le pertenecía—. ¡Oh! Lo siento, ¿podría decirme si ya registró algún otro pokémon antes?
—Ah —recordó él, levantando solo un poco las cejas mientras su semblante se torcía fugazmente—, sí, un Oshawott. Esas nutrias inútiles.
—Eso acabo de verificar —dijo ella, encogiéndose de hombros con cierto pudor mientras le devolvía una mirada suave para no crispar sus nervios—. ¿Acaso olvidó mencionarlo hace un momento, cuando presentó sus Pokéball? ¡N-no es que desconfíe de usted, ni nada parecido! Solo que, bueno… Aquí hay solo tres.

Era cierto: la bandeja de mimbre que le había acercado para depositar las esferas que llevaba consigo albergando las almas en su interior solo contenía tres receptáculos diferentes.

—Te dije que eran inútiles, ¿no? —ensanchó una sonrisa Touma, pero la secretaria de la División de Investigación no comprendió del todo sus palabras, devolviéndole apenas algunos perplejos parpadeos. El muchacho de cabello verde, ahora con un largo mechón cubierto permanentemente de rojo, soltó un resignado suspiro, encorvándose pesadamente sobre el mostrador para arrimarse al rostro atormentado de la chica—. El Oshawott está muerto, ¿ok? Puedes tacharlo de esa lista con tu color favorito. Puedo arrancar la hoja completa, si te facilita el trabajo. ¡Estaría encantado de hacerlo!

Había intentado evadirlo por casi la totalidad del tiempo que llevaba preso en esa época absurda. Cada vez le resultaba más fácil identificarse como el imbécil que vociferaba a los cuatro vientos aterrando a los pueblerinos pusilánimes que se cruzaban en su camino por las largas, eternas calles de Jubileo. Cada vez menos como la persona que alguna vez intentó ser para asombrar a los demás.

Hasta que el recuerdo de esas garras largas como dagas perforaron la única defensa del compañero con el que Laventon le había hecho prometer que emprendería su camino en la División de Investigación: una vieira demasiado delicada para fungir de arma, y demasiado frágil como para resistir el ataque. Aquella bestia que socavó la vida del pequeño e inofensivo pokémon de agua al que se había atrevido a nombrar luego de protestar por su compañía durante días. Gozen. Su motosierra lo había abandonado nuevamente en esa situación crítica a la luz de la luna, pero ya no volvería a suceder: ahora estaba a su lado, y un pálpito le decía que tenía tantas ganas de permanecer junto a él como cualquiera de las criaturas en las Pokéball que, por un motivo que no conseguía descifrar, todavía se apegaban a su comando en las misiones suicidas a las que esa psicópata Cyllene lo enviaba de vez en cuando… Cada vez que no quedaba ninguna persona en ese edificio dispuesta a morir.

—Señor… ¿Señor? —repetía la muchacha, configurando el llamado de todas las formas que se le ocurrían para que el ensimismado joven volviera a enfocar su mirada en ella. Había estado en silencio durante largos segundos, repiqueteando con sus dedos la madera de la mesada. Era una madera mucho más suave que cualquiera que hubiera tocado antes de terminar allí—. ¡Señor!
—Lo siento —se disculpó espontáneamente. ¿Cuándo había sido la última vez que se disculpaba por algo? ¡Mierda! Esa maldita astuta lo había agarrado justo con la guardia baja—. ¿Qué quieres? ¡¿Todavía no termina esta tortura?! ¡Me muero del aburrimiento, no pienso pasar aquí todo el festival!
—Necesito tomar nota de su apellido —indicó, ya bastante exasperada por la intratable actitud del sujeto—. Aquí solo figura su nombre, ¿lo ve? —Explicó, enseñándole la otra carilla de su hoja de registro, donde había pegada una vieja y sucia fotografía de pésima definición a tonos sepia en la que se lo veía tratando de escapar y gritándole algo al fotógrafo mientras un par de brazos aparecían a ambos lados del marco para contenerlo, sujetándolo por los hombros. Bajo la foto identificatoria, Touma apenas podía ver los kanjis de su nombre de pila.

Se tomó todo el tiempo del mundo para inspeccionar aquello, hasta que la chica se vio obligada a hacer ruido aclarándose la garganta para captar nuevamente su atención.

—Tiene un apellido… ¿no?
—Sí, claro que lo tengo —replicó de mala gana, mirándola como a una idiota. Lo tenía, o tal vez lo tuvo, pero su identidad pasada no parecía servirle de mucho en ese lugar ni en ese tiempo. No quería estar atado al pasado ni al futuro; tenía una segunda oportunidad para ser algo más de lo que su vida le había permitido. Incluso el mismo infierno parecía estar concediéndole esa ventaja, pero a su vez forzándolo a arrastrar por siempre la pesada piedra de sus recuerdos: aquello que realmente había sido en su vida pasada.

Observó la protuberancia dentada que apenas asomaba bajo la remendada capa de viaje oscura proporcionada por Laventon para no espantar a todo el mundo en Jubileo, y le devolvió una aterradora sonrisa a la chica:

Shitakatto.
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#7
Un Haz horizontal de luz atravesando el espacio…
 
Un objeto redondo se desprende de una base troncal; gran cantidad de líquido es dispersado…
 
Debes estar de joda…
 
Como un rayo que cae, una sombra cae sobre y frente a otra forma humanoide; desde la clavícula hasta el torso, al segundo ente se divide en dos…
 
Una gran salpicadura roja sobrevuela el cielo estrellado.
 
Una sola mierda humana…
 
Una figura veloz corre por el campo, enfrenta un enorme obstáculo. Un corte vertical detenido; se impone la hoja de una poderosa lanza. El gran ser hace girar su alabarda, el delgado atacante es repelido y retrocede; el giro solo es de ciento ochenta y golpea en la cabeza, casi en el ojo del oponente. Ríe victorioso; se da cuenta que el ente de pelos desordenados tiene una macabra sonrisa y acto seguido empuja con la frente el extremo sin hoja. La bizarra imagen sorprende al gran hombre; el demonio lanza su arma como de dardo se tratase e impacta en el ojo de la montaña. retroceder el inmenso obstáculo en un grito desgarrador. Acto seguido la katana escapa abriéndose camino por la sima de la cabeza… La montaña se desmorona en el causal de un río rojo…
 
Un demonio… ¡Maldita sea! ¡¿Quién eres demonios?!
 
Desesperado gritó un hombre; poco pelo, tapado por un sombrero de bambú, vistiendo una mezcla entre tela rasgada y placas descolocadas de armadura. Su mano temblorosa yace sobre la empuñadura, esperando el momento preciso para desenvainar.
 
Frente a él, la sombra se erige sobre las pieles de varios guerreros desgarrados. Un kimono masculino, haraposo, rasgado, gris y “rojo” era lo que llevaba puesta la figura, delgada, ni alta ni baja.  Su brazo se levanta y remese un movimiento. La sangre en la katana se desprende ante el remezón y envaina a posterior en su guardia. Acomoda el cinto azul que recorre su torso y sujeta el arma preparada…   Los ojos del demonio miran afilados entre mechones de pelo perteneciente a una caballera amarrada en alto y desparramada. Sonríe, a pesar de estar maltrecho; moretones, cortadas, pero sigue en pie como si nada. ¿Qué lo empuja?
 
Tranquilo, es un solo hombre y está herido. Solo tienes que espe…
 
Impaciente, el demonio apretó la tsuka (mango) y con un impulso de su pie ya estaba a media carrera de su presa. Esta, astuta, lo esperó y en el momento indicado desenvainó. En un segundo la katana infernal esquiva un corte, pero es detenida por la saya (vaina) rival. Los ojos demoniacos se sorprenden, pero se achican; la vaina es cortada. Aun así, el tiempo fue suficiente para que el mísero humano cargara un segundo ataque; una estocada que atraviesa el hombro de la bestia que antes que gritar prefiere apretar los dientes. En un acto reflejo, el del kimono gris patea el estómago de su oponente; el impulso abre distancia entre los dos y desentierra la hoja de su cuerpo. El brazo derecho que domina la espada ha quedado mermado, casi inutilizado.
 
El humano recobra metros de distancia, recupera el balance. Ve a la bestia herida y sujeta su arma con ambas manos.
 
—¡Ahora! ¡tu cabeza y la recompensa son mías!
 
Resistiendo el dolor, la fiera llena de ira muerde la Tsuka. Su mano en buen estado rebusca dentro de sus ropas; saca una bolsa y con fuerza la lanza contra su oponente.
 
El hombre de un corte desgarra el objeto, polvo obscuro queda suspendido y se aferra a tanto arma como quien la manipula. Está desesperado, ha comenzado a usar armas rastreras, es mío; fugaces pensamientos en su cabeza… en ese momento lo vio.
 
La bestia estaba sobre él, en una estocada en línea recta valiéndose de la izquierda. Por instinto solo atino a cruzar la suya propia para bloquear la punta.
 
Las hojas chocan, los filos resbalan, chispas saltan. Un destello y ante sus ojos todo pareció lento; Incomprensión humana y una risa filosa en aquel que no tenía limites en su avance.
 
El campo de la pradera retumbo ante el fuerte sonido de la explosión junto al destello que ilumino toda penumbra; mas el rango fue pequeño y el humo esparcido, escaso.
 
Arrastrándose y jadeante, los restos de las placas desprendiéndose del cuerpo. El hombre que enfrento a la bestia; entre quejidos maldice, mientras palpa el césped humeante buscando su arma, cegado por el daño a su quemado rostro y ojos. 
 
Un último quejido, agónico antes de quedar quieto, tiembla y finalmente queda inmóvil; La punta de una katana se retira del cuello y el hombre se desvanece en la fría hierba.
 
La bestia, no, solo un hombre en pie y tambaleante, entierra la katana en el suelo; un apoyo. Jadea, fuerte y deprisa para recuperar aliento. Las macabras facciones se han desvanecido, lejos de una sonrisa triunfante y satisfactoria, ahora solo hay cansancio y fastidio— ¿Qué estabas pensando? ¡¿Qué mierda estabas pensando imbécil?!
 
Dio un par de pasos, la katana maltrecha servía de bastón, amargado seguía jadeando y murmurando— Eran sabandijas, ladrones, presa fácil… ¡¡¡¿Eh, KENJI?!!!
 
La hoja cede, se rompe y el ser llamado Kenji cae de cara a piso. Herido, maltrecho por el combate, solo logra darse vuelta para quedar de espalada y mirar el firmamento estrellado.
 
Mierda, tengo que levantarme, aún tengo que cortar sus cabezas… recoger el metal…  cansado… tan cansado….  — Su conciencia se desvanece, la vista se vuelve borrosa. Una figura se posa ante él; alargada y con un “collar” del que parecieran querer salir llamas purpuras. Kenji cae inconsciente.
 
Alguien lo agarra del cuello del kimono, o más bien muerde la prenda y lo empieza arrastrar. El campo bajo la reciente nacida luna queda en silencio.
 
 
 

Prólogo: ¡el hombre que busca la vida y la muerte!
 
 
 
Abrió los ojos, las pupilas se contraen. Oscuro, silencioso y tranquilo; demasiado, incluso creía escuchar susurros. Vivo, mátalos, sobrevive, prohibido morir.
 
Kenji levantó el torso con tal de levantarse; arrugo sus facciones, apretó dientes y parpados. Logró solo sentarse en sí mismo a para de aferrar la mano a su hombro derecho y apretar.  Dolía un infierno, pero debía ponerse de pie. Sus yemas presionaron aún más el hombro y raspo una superficie áspera.  dirigió la vista hacia dicha zona; una tela no muy prolija cubría la extremidad.
 
Por primera vez notó el vendaje en su brazo, no solo el brazo, gran parte de su cuerpo lo estaba. Miró con quietud a sus lados, al suelo, arriba…  Apenas podía distinguir el cielo nocturno entre la inmensa cantidad de ramas torcidas procedentes de árboles de igual estado. Era familiar.
 
Una casa entre dos árboles retorcidos, árboles que servían de soporte para la ladeada vivienda. Un techo de paja, parchado con ¿piel de Ursaluna?  y de forma cónica que se apoyaba en el piso. El frontal tenía una pared deteriorada, llena de musgo y húmeda y; La puerta en igual condición estaba desencajada.
 
Podía apreciar mejor el sitio. Su vista se acostumbraba a las penumbras y ahora si podía ver los garabatos por todos lados, escritos en tinte “rojo” y otros elaborados en un tipo de brea negra: los arboles roñosos, el piso húmedo y estéril, la choza. Las pieles de algunos monstros daban el toque final al acogedor lugar. Definitivamente.
 
La morada de la bruja. Susurró y suspiró cansino; sabía dónde estaba y se preguntó si la excéntrica dueña merodeaba. Seguro está acosando al granjero.
 
¿Cuánto tiempo dormí? Preguntaba por curiosidad, más no era algo que le importase. Había sobrevivido. Sobreviviste, sí, pero sigues vivo. — Sigo vivo — ¿Por cuánto? Kenji chasqueo sus secos labios y se los relamió con la lengua igual de árida.  ¡Levántate IMBECIL! Deberías estar avergonzarte que unos gusanos te dejasen en este deplorable estado. Sabandijas inservibles, Ni siquiera pudieron con lo más simple. ¡ACABAR CONTIGO!
 
Refunfuño, una, dos y tres veces más. A la vez que buscaba la katana. Ese imbécil no la trajo. Pensar en “´él” concluyo la forma en que había llegado. Para algunos el más peligroso, para el uno de los pocos donde podía reír…
 
— Maravilloso, ahora necesito una puta espada — La imagen de verla echa trisas apareció y se recordó que debía seguir buscando la apropiada y definitiva. Todo guerrero que se aprecie tenía un arma única, una fiel que le acompañase hasta el fin. ¿Pero él era un guerrero? No. Solo un sobreviviente. Alguien que no merecía vivir. Es tu obligación sobrevivir y morir. El sagrado mantra era claro en su mente.
 
— Mierda, podría ir al pueblo a ver si encuentro algo, aunque a estas horas… Solo los guardias rondan, ellos llevan armas, quitarle a uno una espada seria fácil. Si llegarían más, pero ya con cualquier espada sería suficiente. ¿los de la puerta? Dicen que son los más fuerte. Les haría un favor al ponerlos a prueba en batalla real. Claro puede que Zisu se una, esos puños capaces de reventar un Golem o eso le escuche a un niño. ¡JA, a quien engaño, solo excusas para probar la fuerza del senil Kamado! ¡ILUSO! ¡Está volviendo débiles a su pueblo en base de esconderlos en mentiras! ¡Ese si es determinación ¡Sí! Ese vejestorio puede que me dé EL combate. O y el ninja… aunque realmente quiero probar la capacidad “de ese tipo” mmmmhhh ¿Shiro estará por la villa? Tal vez… Muecas semejantes, igual que antes de perder el conocimiento, se forman en su rostro. Kenji quería pelea, su cuerpo le pedía levantarse. ¡Demuestra que vives!
 
Pisadas, pisadas sobre hojas secas… Kenji salió de su trance y su instinto se puso en alerta. Sin pensar, se puso en pie. Sus piernas flaquerón, se dio a sí mismo un golpe en el costado. Solo viste un simple taparrabos.
 
Las pisadas se acercan. Una sombra emergía entre los arboles del sendero que conduce al lugar. Figura alargada, del tamaño de un adulto, no, era algo más y algo robusta que el humano promedio. Ya ahí, Kenji se percató de un punto luminoso: Púrpura, fuera de este mundo, un fuego fatuo.
 
El ronin pasó a estar en guardia, tenso y listo para cualquier contramedida…  Se tendría que valer de las armas que disponía su propio cuerpo.  Estaba listo…   Frunció el ceño, bufó.
 
—Pedazo de… ¿Qué mierda haces apareciéndote así? ¡Casi te mato!
 
La cara del apacible Typlosion era burlesca para después dejar de soplar aquella llamita proviene de sus fauces. Él levanto su patita delantera para saludar a su compañero humano de viaje.
 
—No te hagas el… ¡¿Dónde demonios estab…?! — Furioso le costaba armar frases. No sabía de si abrazar o golpear a la comadreja esa.
 
El monstro solo lo miro curioso y levantó la otra pata con la que sujetaba una cuerda a la que atada se hallaba un hyotan: una especie de botella formada por dos partes redondas y unidas por un cuello más delgado. El tipo fantasma sonrió con calma sin abrir ojos, que, recordaban más a los de su primera fase evolutiva.
 
Kenji abrió los ojos en par en par y brillaron.

 

 
 
Tragaba una y otra vez a un ritmo veloz. Kenji bebía sin parar de la Hyotan, incluso un poco de líquido escurrió y abrió camino por su barbilla. Dejo de beber; restregó su boca con la muñeca a su vez que refunfuñaba. — Maldita sea, estoy hecho un desastre…
 
Sentado en una roca, vistiendo un kimono similar al que tenía antes, haraposo, gris y el cinto de color negro. Otra hyotan destapada y vacía se haya botada en el piso junto a sus pies descalzos.
 
El ronin ingirió un poco más mientras echa un vistazo colina abajo.
 
La gran pradera obsidiana. Un campo enorme fraccionado por la irrupción del caudal de un río y rodeado de bosques; iluminado por la mera luna media. La imagen empezó a tiritar; un pestañeo basto para estabilizarla a la vez que el hombre sintió el cuerpo “más liviano”. Instintivamente puso su mano en dirección a la luna, tapándola; empuñó y desempuñó con facilidad la extremidad tapada por vendas. —Funciona, no hay dolor. Basta con eso.
 
El ser de pelaje purpura y vientre amarillo bufo ¿más bien una risa? Comió un trozo de baya Zreza y luego engulló el resto.
 
— Hey Matamune, creo que estoy cansado. Harto…
 
La criatura miro por el rabillo del ojo respondiendo el llamado. Miró al humano volver a tomar la Hyotan para tomar otro trago y segundo después darle vuelta boca abajo y agitar un par de veces. Hincó los brazos dando entender resignación, entre una mueca burlesca y conformista — Nada que hacerle. Necesito otra espada y probarla.
 
Matamune ladró por lo bajo; Un ruido que asemejado a un “baku” (explosión). Un reproche.
 
—¡Ja! Solo son rasguños, este cuerpo puede seguir aguantando— Kenji entre risotada y pícara miró a su compañero; al segundo volvió a concentrarse en la Hyotan que sostenía con ambas manos — El sake no esta funcionando como debería maldita sea. Últimamente … Necesito más y más. Sino… es como al principio… la espada es lo único que realmente ayuda.
 
Kenji seguía mirando el objeto, recordando los últimos días y la necesidad de apaciguar la llama en él. Una llama que el sake mantenía a raya, pero hará más de un año que las cosas no salían como debería. Era más irascible, el dolor aumentaba y con él la desesperada necesidad de calmarlo…
 
En solo un mes había tenido más de veinte combates, error, eran más si contaba aquellos en que alguno se le escapó con vida. Sin buscar descanso, sin recuperarse, desenfundaba sin importar el nivel del enemigo y adaptarse… Peleas simples, de un solo corte, vertiginosos encuentros que cualquier medio del campo era útil o buscar la técnica más suicida con tal de sobrevivir… Los bandidos esos debían ser un trámite ¿Cómo pudieron dejarle en tal estado? Su mente, ya no tan sobria solo respondió. “Tu cuerpo está al límite, ha pasado tiempo” …  
 
—Sí, ha pasado tiempo… aquellos días, solo tenía levantarme y seguir. Tengo miedo. ¿Está pasando otra vez?
 
Matamune confuso lo volteo a ver. Kenji contestó moviendo la mano; no pasaba nada — Tranquilo amigo, ¿Sabes? Últimamente su rostro y los recuerdos son difusos… pero la, ira, la ira se siente como ese condenado día.
 
La criatura se acercó a él y le palmó la espalda con fuerza. Matamune miró al suelo, quería decir tantas cosas, solo gruñó. Maldijo en el idioma de su especie.
 
Sobrevivir para vivir, vivir para morir. El mantra del humano. Matamune entendía a Kenji, lo conocía desde que era un Cyndaqull en los regazos del ama o corría escapando del servicial humano por los jardines de la gran casa ya olvidada entre llamas hace tantos años. Las llamas que crearon y alimentan el mantra; forma que adoptó Kenji para soportar el dolor de las quemaduras.
 
Matamune vio al humano contemplar el cielo, absorto. La criatura siguió la mirada…
 
La gran montaña…
 
El llamado origen de Hisui...
 
El monte corona.
 
Y
 
Sobre el… 
 
— ¿Fisura temporal le dicen, ¿eh? ¿Qué habrá dentro? — Murmuró Kenji mirando la gran montaña al centro de Hisui o más bien sobre ella, aquella misteriosa forma. Una figura oscura, semejante a una grieta, cuyo interior solo era visible un espacio oscuro y estrellado— Sabes… hay rumores, gente que no es de aquí, que proviene de ese lugar. ¿me pregunto tal vez…?
 
Kenji se puso de pie y sorprendió a Matamune, sin despegar la mirada de la fisura y avanzar dos pasos— Necesito una batalla, la última batalla…. ¡Matamune ya lo decidí! —El Ronin esbozo una sonrisa, sus ojos se contrajeron, el corazón le iba a mil— El monte corana, ¡no! ¡La fisura espacio temporal! Recuperare fuerzas, la suficientes para desafiar a lo que sea que haya ahí adentro. ¿Humanos? ¿Monstros? ¡¿El susodicho Sinnoh-sama?! ¡Me da igual! Si ahí obtengo lo que quiero… si al fin puedo arder y consumirme del todo. — Kenji contuvo una risa, pero no pudo con la siguiente, al momento ya estaba riendo. 
 
Detrás, el monstro observaba la locura desencadenada. Estrecho los ojos para ver mejor, ver arder una llama purpura dentro del humano. Un tamaño anormal, ni el alma más apasionada tendría ese tamaño.
 
Matamune era consiente de una sola cosa, seguiría a su compañero, su amigo, su camarada y hermano. Se lo debía. Además, El ama no le gustaría verle así. Matamune miró el cielo estrellado; fuegos fatuos cruzaban el firmamento hacia el monte…


 

 
Días después, atardecer en la entrada de Jubileo. Kenji le entrega un ryo al guardia y este le entrega un salvoconducto; para él y Matamune. El festival de inicios de primavera, los controles se habían vuelto mucho más estricto; aparentemente Kamado tenía grandes planes. Nada que un buen soborno no arregle.
 
Así ambos compañeros entraron a la villa, dispuestos a pasar una última noche de tranquilidad antes de emprender un largo viaje…

 
 
Mostrar Kenji Opening

p.d: si, también soy de los que gusta poner sus op.
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#8
Shinobu - Prólogo.
La falsa divinidad de un deseo enterrado.



—¡Otra ronda, Shinobu!

Ella simplemente rió y accedió a la petición de Ruthven, quién de por sí ya llevaba varios tragos encima. Sin embargo, no se preocupó. Ni siquiera pensó en ese momento el hecho de que Ruthven había sido elegido como el conductor designado y simplemente decidió seguir con la corriente. Era una fiesta, después de todo; una maravillosa velada que se llevaba planeando desde el día en que volvió a ganar las pasarelas de Kalos con su gran talento.

Y una que se juntó con el lanzamiento de su disco como solista, por lo que debía celebrar al doble por tal logro. Así que se sirvió ocho vasos mas llenos del mejor licor de la ciudad y dejó que sus risas se perdieran entre el ruido de la música y las alabanzas de sus invitados.

Había rentado el salón más caro de Ciudad Luminose, por lo que tenía acceso a todo tipo de placeres de forma automática; un cuarto con jacuzzi y mini bar integrado, una gran pista de baile, una barra llena de licores exóticos para aplacar incluso hasta el paladar más exigente de cada uno de sus invitados.

La música dejó de hacerle sentido al décimo trago y todo se volvió borroso a partir del veinteavo. El mundo se volvió oscuro por completo y cuando volvió en sí, fue gracias al celular que llevaba en la mano, el cuál vibraba incesantemente desde hacía ya un tiempo.

Con la vista borrosa, scrolleó por todas las notificaciones y se dio cuenta, aún aturdida, que la gran mayoría de estas provenían de sus padres.

Marcó el último número de su padre, aún con la cabeza zumbándole y sin saber exactamente dónde se encontraba después de sus numerosos descuidos. El aparato timbró exactamente tres veces, antes que una voz preocupada apareciera al otro lado de la línea.

—Hija mía, ¿está todo bien? Escuché que la policía arrestó a varios admiradores que trataron de colarse a tu fiesta. Y después que hubo una especie de escándalo… —La voz del hombre fue cortada de forma súbita por los delirios de su propia hija, quién se había despegado del auricular de la oreja para evitar que la cabeza le taladrara gracias a su voz.

—Estoy… estoy bien. —Dijo sin ganas, cerrando los ojos con fuerza para evitar ver el brillo de su propio celular. — No sé que pasó, ni qué tipo de escándalo fue. ¿Qué hora es? —Se animó a preguntar, aún sin el valor de ver la pantalla.

—Shinobu, son las siete de la mañana. —respondió su padre con preocupación. — No te muevas, tu madre y yo vamos a ir por ti.

Y antes de que la chica pudiera responder, su progenitor cortó súbitamente la llamada. Ella entonces se levantó del cómodo sillón de donde se encontraba, tropezándose gracias a su poca vista y sus pies descoordinados hasta llegar de nuevo hacia la gran barra que bebidas que se encontraba al centro del salón.

Tenía sed y necesitaba una bebida, aunque antes poder pedir algo, un brazo envolvió sus hombros, atrayendola hacia el hombre que había iniciado el gesto. Shinobu iba a golpear a tan descarado individuo, sino hubiera sido por la voz cantarina que escuchó poco después de sus labios.

Shi~no~bu, vam~os a ca~sa. Shi~no~bu. —Cantó Ruthven, aún alcoholizado. La mujer muy apenas le pudo propinar un golpe decente, su castigo por su anterior osadía, pero al golpe apenas y fue más que una cachetada sin ganas que hizo reír al varón.

—¿Dón… dónde diablos estabas? —Le reclamó la mujer, arrastrando las palabras. —M… me dejaste sola.

Pero él siguió riendo y tiró de ella para que lo acompañase. Shinobu no pudo oponer mayor resistencia, estaba tan alcoholizada y cansada que su cuerpo parecía una simple muñeca de trapo. Así que su mente, mayoritariamente en blanco, no supo analizar la situación cuando Ruthven la llevó hacia su auto, empujándola contra la puerta para que entrara dentro del vehículo mientras él hacía lo propio del lado del conductor.

Va~mos . —Dijo el hombre, apenas pudiendo ensartar las llaves y hacerlas girar para que el motor ronronease.

—No. —Dijo ella, en un extraño momento de lucidez. Sus padres iban a ir por ella, sí, porque era temprano, estaba vulnerable y Ruthven también. No estaba en sus cincos sentidos para tomar un taxi, menos para a acompañar de nuevo a su novio hacia el apartamento. Trató de salir del coche, pero Ruthven la tomó del brazo bruscamente, apretando el agarre para evitar que siguiera pataleando en un vano intento de escapar.

—¡Será divertido! — Recitó por primera vez de forma continua, sin arrastrar las palabras. Shinobu notó entonces sus pupilas dilatadas y su sonrisa perturbadora. —¡Vamos, Shinobu!

En un arranque de salvajismo, él varón la azotó contra la puerta y pisó el acelerador, olvidándose del volante una vez las llantas del vehículo tocaron las calles de Luminose. Y lo único que pudo hacer la mujer cuando recobró la consciencia, fue gritar al ver una gran luz acercándose hacia ellos.
 


Sentía el cuerpo liviano y bastante frío. Por un momento creyó que se encontraba en su cama y que cuando abriera los ojos se encontraría con la cara preocupada de su madre y de su padre, que todo estaría bien; sin embargo, notó casi de inmediato la incomodidad que su cama le daba, algo que nunca antes había sentido. Su colchón era de lana pura de Dubwool y sus almohadas estaban rellenas de plumas de Swanna; era caliente y reconfortante, no como el suelo de madera fría donde ahora se encontraba reposando.

Se sentía aletargada, pero al mismo tiempo con la urgencia de despertar, así que lentamente abrió los ojos, notando casi de inmediato a un muchacho compartiendo el mismo espacio que ella. Por su cabello rubio y sus amables ojos verdes, se dio cuenta de inmediato que ese extraño no era su novio. Asustada, trató de alejarse de él, sólo para darse cuenta de que su cuerpo se encontraba entumecido y adolorido.

—No hagas movimientos bruscos, te vas a lastimar más. —El chico se acercó a ella y acomodó de nuevo las precarias cobijas que envolvían su cuerpo. —Estabas muy herida cuando te encontré en la Tundra.

—¿T-Tundra? —Se animó a preguntar, tratando de hacerse un ovillo por instinto para conservar el calor de mejor manera. No obstante, su cuerpo acalambrado poco cooperó para su propósito, dejándola sin capacidad alguna de almacenar más calor para evitar congelarse.

—Estás en…

El muchacho entonces se interrumpió en seco, como dudando en decirle dónde se encontraba y dicha actitud le pareció sospechosa; ¿acaso era un secuestrador? ¿Un traficante? No creía su historia de la Tundra, pues el único lugar frío de Kalos era Snowbelle y todos ahí la conocían como para dejar que un muchacho pudiera simplemente encerrarla junto a él en una cabaña de mala muerte sin que nadie los hubiera visto.
Pero estaba demasiado débil para huir y su garganta demasiado seca y rasposa como para gritar, así que decidió seguirle el juego. No se veía muy listo, por lo que en cuanto estuviera mejor podría aprovechar para escapar; escaparía y encontraría a sus padres, que seguro deberían estar preocupados por ella. Sus fans también debían extrañarla y su dolor debía ser tanto que habrían hecho campañas de búsqueda para dar con su paradero. Sólo tenía que esperar, ser paciente.

Calmarse.

—¿Y-y b-b-bien? —Preguntó entre tartamudeos, con una voz mucho más débil de la que se imaginó en su cabeza.

El chico la vio con pena y se rascó la nuca en su nerviosismo, sonriendo a duras penas a pesar de la mirada fría que le dirigía. Shinobu no dejó de tratar de intimidarlo, hasta que finalmente su captor se arrodilló a su altura.

—Eres como yo. —Fue lo que dijo, y Shinobu no pudo ocultar su mueca de asco ante esas palabras; el asco dio paso a la ira cuando el rubio le dedicó una mirada de lástima —Lo siento mucho… estás en…

—¡No, no soy cómo tú! — Exclamó, seca, hosca, hostil. Sintió el aire desvanecerse de sus pulmones y como su cabeza chocó contra el suelo de madera antes de perder la consciencia.
 


Cuando despertó se encontraban ambos en una pradera helada, con un fuego calentándola y varias mantas alrededor de su cuerpo. Ya no sentía tanto frío como antes ni tampoco sentía tanto dolor. Frente a ella, de nuevo se encontraba ese sujeto extraño, aunque al parecer estaba cocinando algo sobre la fogata.

Sus miradas se volvieron a cruzar, y él le dedicó una sonrisa nerviosa. Ella estaba a punto de volver a reclamarle cuando el muchacho se acercó a ella con un plato de sopa entre sus manos. Shinobu volvió a hacer una mueca, desconfiada; el platillo no olía nada mal y quién sabe cuántos días estuvo inconsciente, pero no quería comer nada que fuera hecho por ese sujeto. Ya era bastante sospechoso, y lo que menos quería en esos momentos era tener que lidiar después con alguna casa de droga que mezclaran en su comida.

Pero él no se rindió, con una extraña cuchara improvisada tomó un poco de sopa y la acercó hacia sus labios, tratando que comiera. Shinobu se echó para atrás; prefería morir de hambre antes que aceptar alimento de sus manos.
Él dejó el plato entonces a un lado y se revolvió el cabello, nervioso.

—Deberías comer, estuviste inconsciente por cinco días y en ese tiempo tuvimos que movernos. No podía cuidar adecuadamente de ti en la Tundra, por lo que decidí mejor traerte a la pradera. —Exhaló un pesado suspiro y clavó sus ojos verdes en ella, dispuesto a enfrentarla.

Shinobu le sostuvo la mirada, desafiante. Por lo poco que había visto en su nuevo despertar, las tierras no se parecían en nada a su natal Kalos. Eran bosques más salvajes, sin atisbo de caminos o carreteras y no pudo evitar divagar en cómo diablos aquel chico la sacó del país sin que nadie se diera cuenta; ¿cómo alguien no mucho mayor que ella logró salirse con la suya en su secuestro? Quizás era demasiado ingenua esperando que la explicación de ese muchacho tuviera sentido alguno, pero necesitaba respuestas.

—No… no estás en tu hogar, como te podrás haber dado cuenta.

—¡Eso ya lo sé, idiota! — Gruñó ella, pero lejos de verse amenazante o enojada, su voz apenas se tornó un susurro enrabietado.

— Tu hogar ya no existe. —Le dijo de pronto, más como una disculpa que un reproche por su arrebato. —Y… no creo que exista por un tiempo. Estás en Hisui y crees que no deberías estar aquí, ¿no es así?

Shinobu arrugó el entrecejo, escéptica. Sí, había notado que ese ya no era Kalos, pero no era tan estúpida para creerle aquella mentira acerca de su ubicación actual; según lo que había estudiado de la mano de prodigiosos profesores, Hisui había sido el antiguo nombre de una región, muchísimos años atrás. Desconocía los detalles de la historia de esa enigmática tierra, pero sabía lo suficiente como para sentirse insultada.
¡¿Acaso ese extraño estaba jugando con ella?!

Llena de rabia, pateó el cuenco de sopa a sus pies, dejando que se derramara sobre el césped marchito. El muchacho ni siquiera se inmutó ni se enojó; recogió la vasija y se levantó para volver a llenarla. Volvió a tomar una cucharada de líquido y la acercó de nuevo a sus labios.

—Come, por favor. —La mano del muchacho se quedó alzada y la chica tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para evitar ceder. Su estómago rugía y se retorcía de dolor; jamás había pasado hambre, o frío, así que aquellas sensaciones eran tan extrañas como desagradables. Sentía como si cuerpo se devorara a sí mismo, tratando de aplacar su malestar de forma violenta y agonizante.

Y se preguntó, de forma fugaz, si eso es lo que sentirían los menos afortunados que ella.

Sus ojos se aguaron ante la presencia de un alimento tan cerca de ella, el olor se instauró en su nariz, seduciendo a su ya de por sí maltrecho estómago. Su resistencia se quebró al preferir satisfacer su hambre antes de pensar seguir pensando e imaginando las consecuencias de sus impulsos; más en cuanto probó la comida, apenas y pudo contener las lágrimas.

El chico le sonrió con dulzura y siguió dándole pequeñas cucharadas que aceptó de buena gana, sintiendo como el dolor de su abdomen iba desapareciendo poco a poco. Cuando terminó de comer, el rubio acomodó las cobijas que envolvían su cuerpo, asegurándose de que la protegieran adecuadamente del frío.

Una vez hubo terminado, se sentó al otro lado del fuego, dándole la espalda; como si fuera a vigilar su sueño.

—Me llamo Kouichi, por cierto.
 



Entre más caminaba junto a Kouichi, más se daba cuenta de que quizás el chico no mentía acerca de su situación. Había estado en Kanto, en Johto, en Sinnoh y Alola, había visto fotos de Galar y de Hoenn; ninguno de esos lugares se asemejaba en nada a esos páramos salvajes, llenos de pokémon salvajes y agresivos que se abalanzaban ante la más mínima provocación, incluso si dicha provocación era tan mínima como pasar cerca de ellos o de sus territorios.

Sin embargo, Shinobu no dejaba de sentirse incómoda junto a Kouichi. Le seguía pareciendo extraño y sospechoso, su amabilidad se le figuraba actuada y falsa, por más que sólo haya cuidado de ella. ¿Qué quería de ella exactamente? Todos siempre querían algo; fama, dinero, reputación. Ahí no tenía nada, entonces, ¿por qué acercarse a ella?

En un descuido, Shinobu se alejó de él y se perdió entre los bosques sin hojas sin siquiera darse cuenta. Cuando volvió en sí, Kouichi no se encontraba a su lado y se hallaba perdida en la gran inmensidad del terreno sólo con un vestido de cóctel maltrecho y una gruesa sábana cubriendo el resto de su cuerpo.

Dio un paso, luego otro; sus pies se movieron de forma automática entre el terreno helado, sin tener la más mínima idea de que hacer al respecto. Por suerte no parecía haber más salvajes en ese lugar, pero la sensación de incertidumbre se instauró en su pecho. Caminó con miedo y evitando causar más ruido del necesario, temerosa de que en un descuido pudiera ponerse en peligro. Estaba sola y lo que más le aterraba era lo vulnerable que estaba.
Llegó a un pequeño claro, un pequeño lago congelado lleno de hojas marchitas y secas. Bajó con cuidado por la colina y se sentó a la orilla de la pequeña formación acuática, espantando a unos cuantos Starly que se encontraban por los alrededores. Se dejó caer en el suelo y envolvió con fuerza la sábana contra su cuerpo y cerró los ojos.

Extrañaba su casa, extrañaba a sus padres; ¿la vida en el escenario? Un poco, ya que era todo lo que había conocido hasta ese momento, se sentía tan… sola. Desprotegida, olvidada; un vacío se instauró en su pecho, al saberse que ahí no era nadie ni nada, y sintió como el mundo que había construido se caía a pedazos.

Le dolía sentirse tan desamparada, tan vulnerable; jamás pensó pasar hambre o frío, pero todo lo que conocía se le fue arrebatando en un instante y no sabía a quién culpar. ¿A sí misma? ¿A Dios? ¿Al mundo? Tenía tantas ganas de llorar, pero la opresión de su pecho era tan dolorosa que las lágrimas se negaban a salir; frustrada, apretó más la tela entre sus manos y vio su reflejo acongojado en la orilla del pequeño lago congelado.

Profirió un grito lleno de dolor hacia el cielo, pero nadie ni nada vino a buscarla. Quería creer que todo aquello no era más que un sueño, una pesadilla; pero el viento helado contra su piel calaba en lo más profundo de sus huesos mientras el hambre amenazaba con devorar sus entrañas. Así que hizo lo único que pudo para calmarse, tratando de dejar de dar vueltas en las espirales de su mente que sabía no llegarían a nada.

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Tomó aire y comenzó a cantar, lento y pausado, encontrando un extraño consuelo en sus propias notas endebles. Ya no era como antes, ya nada era como antes.

La canción era una de sus favoritas personales, una que nunca llegó a grabar en su primer disco. Le habían dicho que era demasiado íntima, demasiado triste también y que lo que querían lograr con su primer lanzamiento era cimentar su camino como estrella pop; por lo que para ello debía cantar canciones genéricas y pegadizas para atraer la atención del público.

Había dado tanto por su fama y su fortuna, pensando que así su legado quedaría grabado en el inconsciente colectivo, alzándose por encima del resto de los mortales. Sin embargo, ahora que repasaba todos los acontecimientos de su vida, le dolía darse cuenta de la verdad.

De las amistades por conveniencia, del cariño tan lejano de miles de personas que no la conocían y sólo estaban deslumbradas por lo que querían o podían ver. Y entonces, sí nada de eso había sido verdadero, a excepción del cariño de sus padres, ¿qué era ella? sin todos sus títulos ¿qué era lo que le quedaba?

—¡Shinobu!

Aquel grito desesperado la interrumpió, sacándola de su propia burbuja; alzó la vista para encontrarse con Kouichi, rojo por el cansancio y el frío. Sus manos temblaban y le costaba respirar, pero aún así se acercó a ella.

—Te he estado buscando. — Y la abrazó, como si fuera a romperse en cualquier momento, presa el impulso.

Y por primera vez, quiso aferrarse a él con todas sus fuerzas.


Nadie en su círculo la había tomado muy en serio, siempre corrigiendo casi todas sus palabras aunque tuviera razón. Sin embargo, Shinobu no era estúpida. Quizás al principio no lo había notado, presa de la necesidad, pero conforme pasaba más tiempo con Kouichi y sus necesidades eran cubiertas, se empezó a dar cuenta de las frutas y verduras conservadas y las especias; comida y suplementos que no se encontraban disponibles de forma natural gracias al invierno.

Nunca lo veía traer ninguna clase de dinero, por lo que conectar los puntos fue sencillo. Y no sabía cómo sentirse al respecto.

Una parte de ella lo despreciaba; toda su vida la habían educado bajo la creencia de que robar estaba mal y aquellos que cometían tal acto solo era escoria perezosa que no tenía nada mejor que hacer, qué preferían arrebatar antes de ganarse algo con sus propias manos y qué solo eran parásitos de la sociedad, llenos de malicia.

Otra parte trataba de ser más razonable, viendo que tampoco es como si Kouichi robara a manos llenas y se quedara con todo para él. La mayoría de los alimentos eran raciones contadas para ambos; más para ella que para él, considerando que su paladar volvió a ser usualmente caprichoso y por alguna razón que desconocía, el chico se negaba a dejar que comiera los mismos alimentos preparados que él.
El límite que rebasó su paciencia fue cuando Kouichi dejó a sus pies un elegante atuendo, un fino vestido que seguro pertenecía a una dama de la alta sociedad y que Kou no hubiera podido pagar ni siquiera trabajado arduamente en cualquier oficio. Sin embargo, ni siquiera cruzó por su mente cambiar sus harapos por tan fino vestuario.

El asco y repulsión se sobrepuso a su razón y tomó la tela entre sus manos, aventándola hacia el muchacho con todas sus fuerzas.

—¡No lo quiero! — Dijo, y si bien en cualquier otra circunstancia alguien más la hubiera tomado como una niña caprichosa haciendo berrinche, el chico le sostuvo la mirada, intuyendo algo más. — ¿Por qué me cuidas? ¡Si apenas puedes mantenerte a ti mismo! ¡No eres más que un sucio ladrón, igual a todos los demás!

Dio varias zancadas hasta quedar frente a frente, sin importarle que la diferencia de altura entre ambos la hiciera quedar peor parada ante su arrebato.

Él desvió la mirada, avergonzado y eso sólo la hizo enfurecer más; en un impulso, su mano se estampó contra su mejilla, dejándole una marca roja que el chico no trató de cubrir ni de devolver.

—¡No te quiero volver a ver! —Rabió, enojada ante la falta de excusas del muchacho, quién no se movió de su lugar a pesar del golpe. 

Y aunque su voz salió cortante y firme, no tuvo corazón como para hacer cumplir sus propias palabras.


Cinco lunas pasaron antes de que conociera a Shirou y desde el primer momento que sus ojos lo vieron, su corazón se aceleró sin explicación alguna. El samurái se presentó ante ella y besó el dorso de su mano derecha en signo de respeto; el simple gesto bastó para que sus mejillas se colorearan de un rojo intenso y se negó a devolverle el saludo, más por vergüenza que por egoísmo; temía que si trataba de hablar en esos momentos, su voz se rompiera en tartamudeos ininteligibles que quebraría la impresión que quería darle.

Él no se inmutó ante su aparente falta de modales, sino que inclinó un poco la cabeza en una rápida reverencia antes de ir a hablar con Kouichi, quién lo esperaba al otro lado del campamento, evitando encontrarse con la mirada de Shinobu a toda costa.

Beidou ni siquiera trató de espiar su conversación, aunque nunca apartó la mirada de ambos. Se extrañó cuando Shirou le dio a Kouichi una bolsa con varias monedas y cómo el chico asentía ante lo que parecían ser unas instrucciones.

Cuando Tetsuya se fue, Shirou volvió a acercarse a ella y la cubrió con su capa.

—Tetsu me dijo qué eres una princesa. Una princesa que cayó del cielo, supongo—Comentó sin más el samurái, sin apartar sus ojos azules de la chica frente a él.

—Yo…—Trató de refutar la mentira de Kouichi, pero supuso que eso era más fácil de explicar para los lugareños que simplemente decir que venía de otro lugar; aunque lo último que mencionó Shirou le llamó la atención, así que decidió inquirir en ello. —¿Cómo que caída del cielo?

El rubio cubrió parcialmente su rostro con una de sus manos, largando un suspiro pesado. Al parecer, era un tema pesado, pero Shinobu no sabía decir el por qué.

—Una princesa como tú no pasaría desapercibida, así que cuando Tetsu me informó de ti, estuve investigando por los alrededores por algún rumor; lamentablemente, no escuché nada de un reino caído, pero sí sobre diversos rumores nacidos de Villa Jubileo; sobre gente que aparece de la nada cuando la brecha sobre nosotros se abre de par en par.

»Eres una princesa, pero tu nombre no es familiar. Así que supuse que esa sería la mejor definición.

Kouichi llegó momentos después, entre sus manos traía un vestido mucho más modesto que el anterior, del cuál no supo nada más una vez tuvieron su discusión. Supuso que eso lo había hecho comprar Shirou junto a unas cuantas provisiones extras. Sin embargo, la expresión seria del hombre no cambió en absoluto.

—Lamentablemente, una vez te instales junto a Kouichi en la villa central, tendrás que presentarte ante ese despreciable hombre. Y no dejaré que suceda en sus términos. —Gruñó Shirou lo suficientemente alto para que Tetsuya también lo escuchara y Shinobu lo vio con extrañeza.
 


Comprendió a lo que se refería Shirou varios días después, cuando Kouichi se infiltró en el rústico laboratorio de la aldea y liberó a los pokémon que el profesor había capturado con tanto esmero. Laventon se encontró con ella “casualmente” poco después, rogándole que le ayudara a capturarlos de vuelta, pues eran peligrosos y tenía miedo de lo que podían hacer una vez liberados.
Ella lo tachó de loco y por un momento se le cruzó por la mente que era imposible que ese charlatán fuera un científico; no se parecía en nada a Sycamore o a Kukui. De hecho, en comparación, sólo parecía un inepto investigador que apenas y sabía de lo que hablaba.

No supo por qué le temía a un pequeño Cyndaquil, un amigable Rowlet y un tímido Oshawott. No era como si esos pokémon fueran salvajes descontrolados como los Ursaring que había evitado junto a Kou en las praderas; o como los inestables Rapidash que no dudaban en perseguir a cualquiera que captaran en su visión periférica.

No obstante, Laventon alabó su proeza y su puntería, por lo que no dudó en llevarla al cuartel, donde la presentó ante una mujer que apenas y se dignó a mirarla y después la llevó junto a un hombre que apenas y le dio la bienvenida, aclarándole duramente que debía servir a los propósitos de la villa si esperaba obtener algo de ella.

Le dijeron que debía presentar una prueba para comprobar sus habilidades, pero que eso lo discutirían en la mañana; así que Laventon la llevó hacia su hogar temporal y le obsequió una de las esferas con las que había practicado aquel día.

—Estoy seguro de que harás mejor uso de él. —Le sonrió y la dejó a solas.

Por primera vez, Shinobu examinó la esfera y se dio cuenta que aunque se parecía mucho a una Pokéball moderna, era mucho más rústica y artesanal. Por inercia apretó el botón al centro, liberando al pokémon de su interior.
Una pequeña nutria apareció y corrió inmediatamente hacia ella, aunque Shinobu se hizo hacia atrás de forma instintiva. Nunca le habían gustado mucho los Oshawott y recibir uno como “regalo” de parte un profesor charlatán parecía una broma de mal gusto.

—Creo que le agradas. —Dijo entonces una voz, una que reconocía demasiado bien.

Se giró para encontrarse a Kouichi sentado en el marco de la ventana abierta, y bufó con irritación. Guardó de nuevo a ese molesto pokémon y encaró al ladrón.

—¿Por qué tú no eres parte de este circo? —preguntó, mordaz y sin paciencia para andarse con rodeos.

Él bajó la mirada.

—Shirou me dijo que… nunca les mostrara esto. —Dijo con melancolía, alzando la improvisada capa de sus hombros para mostrarle una Pokéball actual, común como cualquier otra de su tiempo; ese que ahora parecía tan distante e irreal.

»No soy bueno en… muchas cosas. Tampoco soy del todo bienvenido; si he durado tanto tiempo aquí es porque me he ganado el favor de algunos agricultores y cazadores a base de regalos no muy legales; cosas que hurto por aquí y por allá.

El asco se volvió a hacer presente en las facciones de la chica y Kou lo notó, por lo que aceleró sus palabras para tratar de explicarse.

—Cómo no soy útil para la villa, no me van a dar un hogar. Eso no es problema para mí; pero tú eres diferente. No puedo dejar que pases hambre, frío o duermas a la intemperie. Por eso vas a estar mejor con los Galaxia, por eso es que todo esto fue un plan para darte al menos un techo donde puedas descansar.

—¿Por qué yo? ¿Por qué cuidas de mí? —Gruñó ella, molesta, volviendo a preguntarle lo mismo que aquella noche.

—Es lo mínimo que puedo hacer. —Respondió, aún sin mirarla.

—¡¿Lo mínimo que puedes hacer, por qué?! ¡¿Por quién?!

—¡Es lo mínimo que puedo hacer como persona! —Gritó, al fin, alzando el rostro y por primera vez también, vio sus ojos verdes llenos de tristeza. —¿Cómo iba a dejarte ahí tirada, a tu suerte? ¿cómo podría vivir conmigo mismo sabiendo qué dejé morir a una persona inocente?

»¡No sé quién seas y no me importa! No me importa quién fuiste; ¡no hago nada de esto por tener una recompensa! ¿Es que acaso debo dejarte sola, desamparada? No… —Se acercó a ella con paso firme, adentrándose a la humilde morada sin importarle nada más. Shinobu lo dejó, sin siquiera intimidarse.


—Yo… no dejaré que pases por lo mismo que yo. —Finalizó Kouichi. —No te dejaré sola, como aquella vez.

Ella se sobresaltó por la sinceridad de sus palabras y la determinación en su voz; usualmente todos los que se le acercaban sabían enmascarar bien sus intenciones y ella los dejaba hacerlo con tal que le dieran lo que quería. Sin embargo, aquel era un lujo que no se podía dar en una tierra extraña; y a pesar de las palabras del muchacho, tan llenas de emoción, aún tenía sus reservas.

Todo era peligroso. Todos podían mentirle, pero algo dentro de sí misma le dijo que podía confiar, por primera vez, libremente y sin temor. Quizás estuviera cometiendo una equivocación, pero no tenía otras opciones de momento.

Largó un suspiro y se dejó caer en el tatami que adornaba su morada, instando a Kouichi a hacer lo propio. Tenía miles de preguntas, la noche era todavía joven y Kou estaba dispuesto a darle las respuestas que quería o
necesitara.

—¿Por qué robas? ¿No tienes nada mejor que hacer?

Él volvió a bajar su mirada, avergonzado.

—No lo hago por gusto. —Dijo, ahora mucho más calmado — Yo… como dije antes, no soy bueno en muchas cosas; mi familia necesitaba dinero, así que dejé la escuela y cuando ya no encontraba empleo, tuve que recurrir a ser entrenador. Fracasé tanto en Kanto como en Galar, pero mi familia necesitaba todavía de mis recursos; fue un movimiento desesperado, no tenia más opción si quería que mis hermanos y mis padres tuvieran el dinero suficiente para subsistir.

—¿No tienes más pokémon contigo? He visto a tu Scyther, pero no creo que con solo él hayas podido llegar muy lejos.

—No… tener un pokémon es caro, ¿sabes? No es solo entrenarlo, es darle los suplementos necesarios para fortalecerlo. No tenía recursos para mantener a otro pokémon más que a mi Scyther; y todo lo que ganaba, la mayor parte de ello se lo mandaba a mis padres en Kanto. Pero al menos con Tokugawa vencí a Surge, a Misty; después a Milo y a Nessa.

Ella asintió, sorprendida. Había visto entrenadores en su tierra natal, pero ninguno de ellos era tan bueno o tan dedicado para conquistar gimnasios usando a uno de sus pokémon; claro, todos ellos tenían muchos más recursos que
Kouichi, pero aún así no se atrevía a quitarle mérito a la proeza del chico.

—¿Y por qué sigues robando? ¿No sería mejor dedicarte a otra cosa?

Él dejó caer los hombros, exhausto. Y ella por primera vez enterró todos los prejuicios en su contra en lo más profundo de su mente.

—Esto es lo único en lo que soy bueno. —Dijo, convencido y un tanto molesto consigo mismo.

Ella asintió y por primera vez comprendió sus palabras. Un sentimiento de impotencia la embargó, seguido de tristeza. No supo identificar exactamente el porqué de sus reacciones, pero con cada pregunta que hacía y con cada respuesta que recibía, la sensación se iba agrandando de forma desagradable en su pecho.
 


Al día siguiente, una chica llamada Akari se encargó de ir a buscarla personalmente a su vivienda. A su lado se encontraba un muy apenado Laventon, quién apenas tuvo tiempo de hablar antes de que salieran hacia la Pradera Obsidiana para su prueba. El profesor, como el buen inepto que era a los ojos de Shinobu, se quedó atrás en el campamento mientras la chica arrastraba a Shinobu hacia las profundidades del campo, ignorando las protestas de la supuesta “princesa”.

—No hagas esto más difícil. —Le dijo Akari, cansada y con cara de pocos amigos —Ya te expliqué los tres tipos de pokémon que tienes que atrapar; usualmente la prueba dura una semana, dado que los Starly son escurridizos y los Shinx pueden ser demasiado agresivos. Es una prueba peligrosa, pero creeme que el reconocimiento de unirse al equipo de Investigación vale completamente la pena.

Beidou bufó, sin siquiera mirar a su supuesta superior y giró una de las pokéball artesanales entre sus dedos, sin siquiera importarle si el esférico se caía por sus movimientos bruscos. Akari le arrebató el artefacto, molesta y la obligó a encararla.

—¡Ey, escúchame! ¿Quieres esto o no? ¡Y cuida esto, son aparatos muy delicados!

Shinobu roló los ojos, hastiada.

—Claro que quiero esto, ¿por qué habría de negarme a la generosa hospitalidad de Villa Jubileo? —Respondió con un sarcasmo lleno de veneno. No obstante, se detuvo por un instante antes de soltar sus siguientes palabras, orgullosa de sí misma.

Si la iban a utilizar, si la iban a exprimir hasta que no pudiera dar más como en Kalos, sin importarle su vida de por medio; ¿por qué no utilizarlos a ellos en su favor también? Si la iban a engañar con falsas promesas de seguridad, entonces ella se aprovecharía de su ignorancia y de su propio estatus para superarlos; en reputación y en influencia.

—Si completo esto en menos de tres días, dile a Laventon que me compre el vestido más caro que tenga esa costurera… ¿Anthe, se llamaba? Sí. Eso sería bueno.

Akari rió, incrédula.

—¿Tres días o menos? ¡Ja! Claro, ¿por qué no? Incluso te daré doble porción de la mejor comida de La Enredadera.

Shinobu sonrió y un pequeño brillo de malicia se instauró en sus ojos rojos.

—Es un trato, entonces.


Capturó a los tres bichos en menos de dos días y desplumó a Laventon de todo su dinero y a Akari de toda su comida en los días subsecuentes. Nadie tenía que saber que realmente buena parte del trabajo había sido obra de Kouichi, quién se dio a la tarea de asistirla en cuánto la vio en apuros.

Nunca reconocerían al muchacho, no mientras Kou no se uniera formalmente a ellos y, aún así, dudaba que lo quisieran realmente como parte del equipo. Así como no la querían a ella y sólo veían su vida útil, Kou seguro sería mandado a las expediciones más peligrosas por sus habilidades de combate y sigilo; el pensamiento de verlo lastimado por culpa de esos pseudo investigadores le revolvió el estómago y un nuevo propósito se formó en su mente.
Odiaba tener que volver a ensuciarse las manos, pero sabía que debía hacerlo si quería ganarse una reputación digna; así que aceptó todos los trabajos que Laventon le encargaba, uno, tras otro sin rechistar. Al menos por un tiempo.

Y con cada captura completada, siempre con algo de ayuda externa, su rango en los Galaxia fue subiendo. Incluso llegó a superar a Akari en poco tiempo; y, como esperaba, sus encargos se hicieron cada vez más peligrosos, aventándola hacia la fauna sin mucha protección más que unos guardias que corrían ante la más mínima señal de peligro.
Dejó de obedecer a Laventon cuanto tuvo el rango suficiente para que los Galaxia la dejaran hacer sus caprichos; aunque eso no evitaba que de vez en cuando la forzaran a ir a las expediciones sin su consentimiento por órdenes de Cyllene a petición del estúpido ciéntifico de gorro rídiculo.

Se había ganado el estatus de princesa caprichosa, pero después de una misión bastante difícil donde un Ursaluna estuvo a punto de partirla a la mitad, se autodenominó diosa por sus hazañas inventadas para sobrevivir aquella misión suicida. Había salido ilesa gracias al Scyther de Kouichi, pero para darle más dramatismo a su historia inventada se puso una tela de color rojo alrededor de su ojo izquierdo para fingir que el oso se lo había arrancado en medio de una trifulca especialmente violenta.

Justamente iba ingresando de nuevo a Villa Jubileo después de esa misión tan catastrófica cuando le dio por ignorar el edificio de los Galaxia e ir directamente hacia La Enredadera; había escuchado que el idiota de Beni había “adoptado” a una recién llegada y que la extraña atendía el bar en lugar de ese vejestorio últimamente, por lo que tenía barra libre para entrar.
Granjearse el favor de los Galaxia era una cosa, pero también debía granjearse al pueblo. Si era querida y admirada por los pueblerinos, los Galaxia no querrían arriesgarla en misiones sin sentido tan seguido y podría rondar a sus anchas con más libertad.

Kouichi la siguió de cerca, tratando de detenerla, pero cuando entró por las puertas del bar, con todos los ojos puestos en ella tras su entrada tan abrupta, no tardó en posicionarse encima de uno de los rincones mejor iluminados del establecimiento.

Tomó aire y las notas salieron de sus labios con facilidad.

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Quiso reír para sus adentros cuando vio las caras embelesadas del público, aunque cuando de ellos se paró de forma abrupta y lanzó un par de profanidades al aire antes de salir. Casi le dieron ganas de interrumpir su espectáculo para ir a decirle unas cuántas cosas a ese borracho, pero se abstuvo a pesar de sus impulsos.

Una ronda de aplausos no se hizo esperar y sonrió con satisfacción ante la mirada incrédula de Tetsuya. Quizás escuchó un regaño, entre los vitoreos a hacia su persona, pero poco le importó.
 
«Sí iba a fingir ser una deidad, sería mejor cobrar los beneficios de antemano»
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#9
Las nubes de tormenta se iluminaron e hicieron visible el barco de pasajeros que luchaba por mantenerse a flote, mientras era llevado a la deriva por el oscuro y violento oleaje. Poco después el trueno retumbó, al tiempo que se mezclaba con el rugido de las olas que sacudían y elevaban el bote varios metros, solo para azotarlo con fuerza contra la siguiente ola en un bucle indefinido.
 
Ninguno de los ocupantes se atrevía abandonar la seguridad de sus camerinos y más si eso significaba enfrentar el diluvio, aunque muchos de ellos lo hacían por ignorancia o comodidad y no porque entendieran la realidad de las circunstancias que los rodeaban. Porque todos conocían como el mar podía ser impredecible y bastante cruel con sus visitantes, no por nada eran nativos de una región conocida por tener grandes extensiones del mismo, pero solo los más experimentados eran conscientes de la escala de esta tormenta en particular.
 
Un día que empezó con el mejor clima posible para navegar, en menos de un segundo, se había convertido en la peor tormenta en la historia de la región y eso era algo que solo los tripulantes de aquella embarcación sabían con amarga plenitud. El hombre a cargo miró el exterior desde la cabina de mando, mientras hacía lo posible por ocultar la creciente preocupación de su interior, antes de bajar la mirada y encontrarse con los ojos curiosos de su hija.
 
Maldijo el momento en el que decidió traerla a este viaje y no dejarla en tierra como siempre lo hacía, pero ya no podía faltar a más promesas. Sus constantes desplantes comenzaban a repercutirse en el comportamiento de su pequeña o eso quería creer, porque era algo que debía solucionar de algún modo como el único culpable.
 
Pero cómo podría haber previsto semejante acontecimiento, quién sería capaz de adivinar que un simple recorrido de Ciudad Portual a Pueblo Azuliza se convertiría en esto. Una tormenta que a cada embestida hacía crujir las placas de metal del barco y sacudía sus esperanzas de salir con buen pie de aquella situación, una en la que ella no debería estar.
 
El hombre soltó un suspiro cansado y se arrodilló a la altura de la menor, muy consciente de como esta retrocedía y abrazaba algo entre sus brazos. No pudo evitar que su mirada bajara a lo que intentaba ocultar y en el momento en el que registró aquel objeto artesanal ajeno, sintió como todo lo anterior era olvidado para ser reemplazado por la ira y el reconocimiento del mal hábito que había aprendido en sus ausencias.
 
― ¿En qué en el mundo me he equivocado para que hagas esto? ― Siseó mientras apretaba la mandíbula ― ¿¡Acaso no tenemos dinero para que andes robando!? ― Preguntó exasperado ― ¿¡A quién le robaste ese cuaderno!?
 
Contrario a su reacción anterior y a pesar de sus gritos, la niña apenas si se movió de su posición y en cambio convirtió su expresión inquieta en una llena de inocencia, que solo acrecentó la ira del mayor.
 
― Yo no lo robe… ― La niña habló con calma y seguridad ― Lo compre en el mercado de Portual antes de que zarpáramos ― Declaró con tanta tranquilidad, que si no la conociera mejor no notaría la mentira perfectamente disfrazada ― Lo que pasa es que padre estaba muy ocupado para notarlo…
 
Ese último comentario fue el estímulo que necesitó para volver a incorporarse y extender la mano en dirección de su hija, dispuesto a arrebatarle el objeto ajeno, lo cual se convirtió en su segundo mayor error del día. No sabía si era por los constantes problemas en los que se metía con los dueños de los puestos en el mercado o por la mala influencia de aquel chiflado que vivía en la ruta 110, pero la pequeña se escurrió se su alcance y, antes de que siguiera pudiera reaccionar, corrió hasta la puerta, la cual abrió para huir al exterior.
 
Toda la ira se evaporó en ese instante para ser reemplazada por terror, al darse cuenta de la locura que acababa de cometer su retoño al salir con ese clima implemente. Pero solo alcanzó a dar un paso fuera de la cabina de mando y distinguir la silueta de su hija cruzando hacía la proa, antes de que una sombra se proyectara por encima y oscureciera todo con la suficiente notoriedad para hacerlo levantar la vista.
 
Todo el calor de su cuerpo lo abandonó en el instante en el que supo quien era el causante de todo aquel extraño y feroz fenómeno. Una criatura de contornos brillantes y cuya forma empequeñecía a muchas embarcaciones ancladas en Ciudad Portual, una que en ese momento se alzaba en todo su monstruoso esplendor, mientras comenzaba a descender hacia ellos.
 
Sabía que era demasiado tarde para hacer nada para evitar lo que se avecinaba, que estaba a punto de ser aplastado por lo que sería una bestia de leyenda y que normalmente nombraría con orgullo. Solo pudo preguntar si ese era el destino que Celebi tenía preparado para ellos o si este era su castigo por no haber podido cumplir bien su papel como padre para su hija.
 
El recuerdo de su hija fugitiva lo hizo salir de sus divagaciones y entrar en desesperación, al tiempo que intentaba dar con ella.
 
― ¡KATSUMI! ― Llamó angustiado con todas sus fuerzas, aunque no llego a dar ni siquiera un paso, antes de que el esperado impacto llegara y con el la completa oscuridad.



 
Katusmi / Prólogo - Costumbres arraigadas.



Cuando abrió los ojos, estos registraron el turbio resplandor que iluminaba la superficie muy por encima de ella, mientras su cuerpo se hundía cada vez más en la oscuridad. Agitó sus brazos y piernas, desesperada por alcanzar aquella distorsionada luz, pero nada parecía hacerla avanzar o liberarla de la fuerza que continuaba jalándola hacia la desconocida profundidad.
 
Eso no evitó que luchara hasta que sus extremidades perdieran su fuerza y dejaran de funcionar o hasta que se hiciera insoportable la presión que aplastaba su pecho y quemaba sus pulmones. En algún punto sus parpados se volvieron pesados y su consciencia se debatió entre unirse a lo que la oscuridad que rodeaba o a la luz cada vez más lejana.
 
Finalmente no puedo más y cerró los ojos para rendirse a su aparente destino, solo para sentir como era nuevamente atraída por algo, antes de que la presión en su pecho desapareciera de forma abrupta y su espalda colisionara con rudeza contra una superficie fangosa. El impacto fue suficiente para animarla a abrir los ojos de golpe, al tiempo que una sensación ardiente y nauseabunda recorría su garganta para instalarse sin piedad en su boca.
 
Antes de que se diera cuenta, estaba expulsando toda el agua que parecía alojarse tanto en su estómago como en sus pulmones, mientras sus temblorosos brazos intentaban mantenerla alejada de todo eso. Solo en el momento que las ahorcadas dejaron de retorcer sus entrañas permitió que sus inestables extremidades la arrastraran por el suelo, antes de desplomarse a una distancia prudente de su arrebato.
 
Aprovechó el momento de aparente tranquilidad para normalizar su entrecortada respiración e intentar recomponer sus desorientados sentidos. Lo primero que su vista logró enfocar después de todo eso fue el cielo salpicado en nubes, algo que en sí mismo ni era extraño si no fuera por la idea de una tormenta que todavía inundaba sus recuerdos.
 
Entrecerró los ojos extrañada y confundida ante la idea, por lo que volvió a obligar sus agotadas extremidades e incorporó su cuerpo a una forma centrada. Luchó contra el mareo que la hizo tambalearse, antes de que sus sentidos se centraran en el paisaje desconocido que la rodeaba.
 
Una sensación inquietante se instaló en su interior, mientras continuaba buscando algo familiar o reconocible en su entorno sin tener ningún resultado. No había nada más a la vista que tierra húmeda y árboles, pero nada que realmente pudiera tachar de identificable o significativa para ella.
 
« ¿Alguna vez estuve en un pantano? » Se detuvo ante el pensamiento y arrugó el ceño al darse cuenta de algo preocupante « ¿Qué es un pantano? »
 
El pensamiento convirtió la inquietud en ansiedad, por lo que intentó recordar cómo llegó a ese lugar o qué había pasado, pero solo atinó a soltar un quejido lleno de dolor, cuando una punzada le atravesó la cabeza y la instó a sostenerla con fuerza, mientras se encogía y cerraba los ojos.
 
Se respiración se volvió agitando, cuando aquella escena se rebobinó en su mente, ella intentando desesperadamente alcanzar aquella luz, al tiempo que era succionada por la oscuridad. La presión aplastante en su pecho, el ardor de sus pulmones, el aire inexistente, el frió que entumecía sus extremidades y el completo silencio que la rodeaba.
 
Para cuando recobró el sentido sus mejillas estaban empapadas con lágrimas que no recordaba haber derramado y su garganta dolía por alguna inexplicable razón. Su cuerpo comenzó a temblar con pequeños espasmos, así que en un intento por mitigar las sacudidas se abrazó a sí misma con fuerza, mientras intentaba dar sentido a lo que acababa de pasar.
 
Se sentía abrumada por la impresión de no ser capaz de recordar nada más que aquella “visión”, pero al mismo tiempo la sensación de vacío que esto traía era tan extraña como ajena.
 
« ¿Es posible extrañar algo que no recuerdas? » Pensó con cierto disgusto y confusión, al tiempo que miraba el paisaje lejano « ¿Es tan necesario recordar…? » Se preguntó ante la sensación que todavía sacudía su cuerpo.
 
Sus ojos lograron captar un cuerpo de agua a la distancia, aunque este descubrimiento solo hizo que una sensación fría corriera por su espalda y disparara sus extremidades fuera de ella. Fue en ese momento, cuando sus dedos tocaron el suelo lodoso, que se topo con una superficie sólida enterrada entre la suciedad.
 
Rápidamente desvió su atención al objeto y antes de que se diera cuenta lo había alzado para visualizarlo mejor. Era un pedazo de madera rectangular cuyo lado lizo estaba adherido a lo que parecían ser hojas desechas por el agua, una que no parecía estar cerca, en tanto el otro lado contaba con un intrincado diseño tallado.
 
― Estrella polar… ― Susurró sin darse cuenta.
 
Aunque no llegó a ser consciente de lo que acababa de decir, ya que su estómago protestó de forma sonora y distrajo de nuevo sus sentido a otra cuestión. Le dedicó una última mirada al tallado, antes de ocultarlo dentro de sus húmedas ropas y presionar su adolorido cuerpo a incorporarse.
 
Sus piernas se tambalearon ante el peso y el mareo volvió a atacarla, pero no tardó en estabilizarse y recomponerse, algo en la sensación le parecía familiar, pero decidió apartar el pensamiento. Observó desconfiada el paisaje desconocido sin ser capaz de dar el primer paso o respirar muy fuerte por temor a hacer demasiado ruido, pero otro retorcijón en su abdomen la sacó de su ensimismamiento.
 
Con la nueva motivación de un estómago quejumbroso, se animó a dar el primer paso sin estar muy segura de a donde ir para conseguir comida, pero de alguna forma su cuerpo de encargo de ese cometido. Como si hubiera entrado en alguna especie de modo automático, comenzó a avanzar por el terreno con mucha más naturalidad de lo que ella se hubiera creído capaz, mientras se adentraba cada vez más en aquel extraño pantano.



 




Seguía sin recordar nada de lo que había sido su vida antes de despertar en aquel extraño lugar y aunque todavía dicho hecho la hacía sentir vacía, dejó de empujarse a recordar. Cada vez que se animaba a escarbar en sus recuerdos, su cabeza comenzaba a doler y aquella visión se repetía, solo para recobrar la consciencia un tiempo después mareada y desorientada.

A pesar de ello no estaba completamente perdida, contaba con ciertas aptitudes, pese a no recordarlas a plenitud ni estar orgullosa de ellas, que efectuaba por pura inercia y con tanta facilidad que algunas veces se asustaba. Sabía armar, detectar y esquivar trampas, algo que le permitía utilizar el entorno a su favor para pillar viajeros incautos o escapar de Pokémon demasiado agresivos con los que tenía la desgracia de estar en su rango de visión, también era extremadamente ágil y sabía mantenerse oculta a los ojos de terceros.

Y allí era lo único familiar en aquellos paramos, los Pokémon, criaturas que los otros humanos adultos llamaban "bestias" o "monstruos". No era como si pudiera culparlos por tener dicha definición, ya que ella misma había sentido la ferocidad que hasta para ella se sentía antinatural, aunque siempre dudaba de quien merecía dicho apodo.

Porque también tenía que reconocer que esos "humanos" podían ser mucho más peligrosos e impredecibles que aquellos que llamaban "monstruos". Lo descubrió la primera vez que no fue lo suficientemente cuidadosa y cuando estos notaban sus harapientas ropas muy diferentes a las que ellos llevaban.

Eso fue lo primero que cambio apenas tuvo oportunidad y casi al instante notó la mejoría en la actitud de las otras personas con ella, aunque eso no evitó que la desconfianza mutua siguiera presente. La diferencia era que ella sabía enmascaran su desagrado, mantenerse lo más agradable y sumisa posible a los ojos de los mayores, acto que generalmente era premiado y menguaba la necesidad de robar, aunque no evitaba que su mano se deslizara sin su consentimiento en las pertenencias que lograran llamar su atención.


Su segundo cambio vino cuando encontró una gran masa de agua en la parte más profunda del pantano, no estaba muy segura de lo que paso, pero para cuando recobró sus sentidos estaba acostada en una cama dentro de la seguridad de una casa. Se encontró desorientada por el conocimiento de ambas definiciones, antes de que sus ojos lograran enfocarse en la aliviada mujer, que se hallaba sentada junto a ella.

Por alguna razón la apariencia de aquella mujer le traía una sensación de nostalgia, una que parecía tan ajena como familiar, demasiado de la último para su entera comodidad.



 




― Yayoi... ¿Estás segura de esto...? ― Un hombre desconocido se cruzó de brazos y miró con sospecha a la niña que la nombrada quería acoger ― No sabes absolutamente nada de ella y...

La niña casi entorna los ojos ante la actitud del mayor, demasiado acostumbrada a la desconfianza como para sorprenderse. Todavía no estaba segura de las intenciones de la tal Yayoi por acogerla, pero el poco tiempo que llevaba con ella había notado que no era mala persona y que hasta la protegía de los constantes desplantes del resto de pueblerinos.

Lo otro que desconocía era lo que había ocurrido con ella después de encontrar esa masa de agua y antes de despertar en casa de aquella mujer. Por lo poco que esta le había contado, parecía que había entrado en una especie de ataque de pánico y que le había costado mucho calmarla, antes de que perdiera el conocimiento y la trajera a casa para tratarla.

Su historia tenía algo de sentido, ya que tenía heridas que no recordaba y por alguna razón sentía que ella misma se las había hecho, pero tampoco quería dar todo por sentado. Lo que sí tenía claro es que debía regresarle el favor a Yayoi, no solo por "salvarla" en un momento en el que no estaba en sus sentidos, sino también por soportar los constantes ataques de los otros habitantes de su aldea.

― Por el Gran Sinnoh, es solo una niña, Líder ― Yayoi reprochó ― Se nota que la ha pasado mal y sabe muy bien que estas tierras no son benevolentes con los extranjeros...

El hombre volvió a resoplar y entrecerró los ojos en dirección de la niña.

― ¿Cuál es tu nombre? ― Preguntó con voz severa.

― Katsumi ― Respondió mientras ignoraba la repentina necesidad de huir que sentía y la expresión iluminada de la mujer que la miraba.

Fue en ese momento que recordó que no le había dedicado ni una sola palabra a Yayoi.

― Katsumi ¿De dónde eres...? ― El líder preguntó sin despejar sus ojos de ella.

« Ciudad Portual » Su mente respondió el nombre de un lugar que no recordaba, pero que aparentemente conocía

No era la primera vez que le hacían esta pregunta, así que sabía algunas de las reacciones que tenían los adultos, cuando soltaba sin cuidado las cosas que su mente le decía. Por lo que decidió ignorar la respuesta involuntaria en sus pensamientos y en cambio optó por una que normalmente usaba con los viajeros más receptivos a sus engaños.

― Yo... realmente no recuerdo mucho ― Katsumi bajo la mirada mientras se cubría la boca con las mangas del traje demasiado grande para ella ― Estaba... estaba viajando con mis padres... ― Habló con voz temblorosa ― De repente una gran bestia de ojos rojos apareció y... ― Dejó de hablar y en cambio se encogió, algo que hizo que Yayoi la rodeara en un abrazo.

La reacción de la mujer casi hizo sonreír a Katsumi, pero controló su expresión y procuró tener una expresión llorosa, cuando enfrentó de nuevo la expresión dura del hombre.

― Yo... no volví a encontrarme con mis padres... y he estado vagando por el pantano sin estar muy segura de que hacer... ― Soltó un suspiro tembloroso ― Comiendo las bayas que lograba conseguir y escondiéndome... de las bestias que parecían demasiado peligrosas ― Terminó con un hilo de voz, antes de regresar el abrazo a la mujer y hundir la cabeza en el hueco de su cuello, mientras simulaba aguantar el llanto.

Disimuladamente levanto apenas lo suficiente la mirada para poder evaluar la reacción del hombre, casi vuelve a dejar caer su acto al ver la expresión contrariada del hombre y escuchar su suspiro de derrota.

― Esta bien, Yayoi, puedes acoger a esa niña ― La nombrada miró animada al hombre, antes de dedicarle una sonrisa al rostro lloroso de Katsumi ― Pero... ― Ambas miraron al líder ― A la primera que cometa una falta estará fuera...

« Veremos si eres capaz de descubrir que fui yo, viejo... » Katsumi pensó para sí misma, mientras combinaba su expresión llorosa con una de confusión ― Yo... ¿De verdad... me puedo quedar...? ― Preguntó finalmente intentando mantenerse lo más sumisa y lamentable posible.

― Sí, te puedes quedar... ― El hombre volvió a dedicarle aquella mirada a Katsume, antes de darse vuelta y abandonar la caza, dejando a ambas féminas solas.

Solo en ese momento Katsumi fue consciente de que tan tensa se encontraba, mientras se relajaba en los brazos de Yayoi y soltaba el aire que no sabía que contenía. Se preguntó si esta había sido la mejor decisión y si era mejor irse apenas se diera la oportunidad, cuando los brazos que la rodeaban apretaron su agarre y una voz le hizo recordar que no estaba sola.


― Bienvenida al Clan Diamante, Katsumi ― Yayoi declaró con alivio sin ser consciente de la expresión contrariada de la nombrada, que no parecía saber como responder.
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#10
—Señor Masters, díganos: ¿usted cree que su carrera acabe pronto?
 
—Tonterías. Para que mi tiempo acabe en esta época, tendría que ser borrado de la faz de este mundo.
 
Esas fueron las últimas palabras de Murdock Masters en televisión antes de su repentina desaparición. Ni siquiera el propio Murdock sabía cómo fue que había desaparecido en primer lugar, lo último que recordaba fue que había pasado por el escenario para ver los frutos de su obra y la reacción de la gente. Estaba satisfecho consigo mismo, pero un solo cerrar de ojos bastó para que sus alrededores cambiaran por completo.
 
Se encontraba sentado la última vez que vio su mundo, ahora estaba flotando en un vacío oscuro. Lo primero que hizo fue tocarse a sí mismo solo para saber si todavía era un objeto tangible, así fue, sin embargo, aún tenía la incógnita:
 
“¿Dónde estoy?”
 
“Este sitio… no es normal, ¿o sí?”
 
En su desesperación, se puso a gritar nombres de cuánta gente podía recordar en ese mero instante.
 
—¡¿Tanya?! ¡¿Cole?! ¡¿Johnny?! ¡¿Martha…?! —nadie contestaba, solo había silencio—. ¡¿PAPÁ?! ¡¿MAMÁ?!
 
Nadie respondía a él. Por un momento, creyó que había muerto, pero eso solo le hizo preguntarse cómo y por qué. Hasta donde él recordaba, ya había salido de los vicios con el alta médica para seguir su vida con tranquilidad, ¿entonces qué pudo ser? Cuando el silencio lo consumió, no tuvo alternativa, solo pudo llorar, hasta que…
 
Una luz brilló. Eso bastó para calmarlo. Era, en su punto de vista, algo cálido, reconfortante. Iba hacia él, sin que éste pudiera entender por qué.
 
—Murdock… —una voz sobrenatural le llamó—. Tienes una misión.
 
—¿D-de qué hablas? —le preguntó.
 
—Llegará en su momento. Por ahora, acostúmbrate a lo que viene.
 
—¿Cómo que “me acostumbre”? ¿A qué te refie-?
 
Ahí Murdock fue expulsado del vacío como si un relámpago fuera. Vio con sus propios ojos cómo lo que había interpretado como un vacío parecía alejarse de él. Cerró los ojos de nuevo.

Prólogo de Muramasa – De Estrella a Nadie a Quizás Alguien
 
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en aquel vacío que juraba haber visto, ni la luz, solo veía un cielo con una enorme “grieta” en el centro. Ahora estaba en medio de lo que solo podía interpretar como naturaleza. Pasto, tierra, aire fresco, la voz de muchos pokémon, todo parecía relativamente normal. Levantarse le costó trabajo, lo primero que hizo tras ello fue pensar en su experiencia anterior.
 
“No fue un sueño, ¿o sí…?” miró de nuevo a la rara ruptura arriba. “Parece que no lo fue…”
 
Fue entonces que un mensaje resonó en su cabeza.
 
“Acostúmbrate.”
 
Quiso volver a ver el sueño, pero ya no podía recordar más. Los sueños podían ser muy escurridizos, en ese aspecto, si los descuidaba un momento, ya no los recordaría, y este se escapó.
 
Primero pensó en qué debía encontrar algún lado que le pudiera acoger. Para eso, debía empezar a caminar. Usualmente, eso hubiera sido por lo menos, tranquilo, de no ser porque encontró el obstáculo más absurdo que pudiera imaginar.
 
—¡Grrr!
 
Un Shinx salvaje apareció frente a él. Murdock sabía que era feral, pero no era la primera vez que se topaba con uno, por ende hizo lo más sensato: alejarse, estar lejos de su alcance. Sin embargo, éste no estaba satisfecho con verlo irse, quería algo más, corrió lo más rápido que pudo, y cuando tuvo cerca a ese tipo, lo electrocutó con la mejor descarga.
 
“¡¿Qué diablos le pasa?!”
 
Los Shinx podían ser rudos, más no acosadores. No necesitaban matar al primer ser que se les apareciera en frente. Estos leones eran muy distintos de los que conocía. El actor huyó lo mejor posible para que no siguieran atacando, pero no pudo hacerlo sin enfadar a más de su clase. Perdió la cuenta tanto de las veces que casi caía una descarga eléctrica sobre él como de las electrocuciones que recibió. Solo supo que corrió hasta terminar en una colina donde ninguno de esos monstruos podía lastimarlo.
 
El tiempo se fue como si fuera una bala. ¿Cuánto tiempo pasó desde la última vez que comió? No sabía, solo que acababa de sentir hambre, y necesitaba satisfacerla, si quería vivir para otro día.
 
Viajó hasta toparse con un jardín de flores habitado por Wurmple. Asumió que debía haber algún árbol de frutas cerca, y para su fortuna y desgracia, lo había, bajo la guardia de un Luxio alto, con ojos rojos brillantes. Debía moverse con cuidado si quería evitar ser comida de leones. Fue afortunado de que aquel monstruo no le mirara acercarse, pero cometió el grave error de atragantarse y masticar con la boca abierta, ni siquiera se fijó cuando el rugido del animal lo hizo caer de la fuerza que tenía.
 
Murdock se puso a huir de nuevo, solo que con mayor temor, pues la velocidad de aquel pokémon era mucho mayor a la que hubiera esperado. No tuvo opción más que esconderse en una cueva, y rezar porque el Luxio se hartara de perseguir.
 
Lo que para el momento fue una simple ocasión, terminó por convertirse en un hábito. No había día que no robara comida y huyera de algún ser que deseaba matarlo. Pero lo peor aún estaba por llegar.

Hubo un momento en que dejó de estar en las praderas y terminó en una zona pantanosa. Cómo fue que terminó ahí es un misterio que ni siquiera él podía explicar, pero eso importaba poco. Lo que destacó fue que, por primera vez en una cantidad de tiempo que nunca midió, encontró algo parecido a un asentamiento humano: se trataba de un área pequeña donde varias tiendas se habían establecido. Murdock sintió una esperanza dentro de su alma.
 
—¡Ayuda! ¡Por favor!
 
Su aparición causó una reacción de horror en los pueblerinos. Eso era lo más normal del mundo, siendo que cualquier persona en un estado deplorable podía causar esa sensación de miedo. Sin embargo, lo que no esperaba fue a que reaccionaran con hostilidad.
 
—¡Largo! ¡Extraño ser! ¡No te atrevas a acercarte! ¡No somos el Clan Perla para aceptar fenómenos!
 
Esta gente era diferente a la de su mundo, en el sentido de que en vez de sentir algo de compasión o valor para encarar a un hombre desconocido, sentían miedo por amenazas que solo podían creer que existían, más no comprobar. Murdock parecía un alienígena para ellos.
 
—¡Por favor, escúchenme! ¡Solo quiero apoyo! ¡Estoy solo!
 
—¡Mentiroso! ¡Fuera!
 
Ellos continuaron con un apedreo con tal de expulsar a aquel hombre de su sitio. Al final, él no tuvo de otra más que hacerles caso e irse. Buscó un sitio desolado, se tiró en el mismo, y lloró.
 
“¿Por qué estoy aquí?” se lamentó en sus pensamientos. “¿Qué hice para merecer esto? ¿Fueron las drogas? ¿El dinero? ¿Mis tratos? ¡¿POR QUÉ?!”
 
Nunca recibió respuestas. Como persona no era perfecto, más le parecía imposible creer que esos puntos bajos que tuvo garantizaran el destino donde ahora se ubicaba. Era como si la vida, en vez de golpearlo o hacerlo tropezar, le hubiera dado una golpiza y encerrado dentro de un basurero.
 
“Estoy solo en esto…”
 
Ahí fue el momento en que decidió cambiar su modus operandi, hasta cierto punto. No dejó de vagar por la vasta Hisui, pero ahora se empeñó por no preocuparse por un lugar donde pasar la noche, ahora todo lo que importaba era sobrevivir por su propia cuenta.
 
Desde ese punto, sus días fueron repetitivos: tomar la fruta de árboles, evitar a los pokémon salvajes, huir si atacan, buscar un lugar donde reposar, meditar, y crear una fogata el clima lo ameritaba. Sin embargo, hubo una ocasión donde se vio obligado a tomar nuevas medidas.

Hubo un momento donde Murdock había terminado en una zona verdosa durante horas nocturnas, rodeada por un enorme árbol, mucho más grande que cualquiera en toda la región. Se trataba de un área muy peligrosa por la cantidad de Scyther que había, aunque tuvo suerte de que hubiera un árbol de frutas lo suficientemente lejos de ellos para no correr peligro, o eso creyó.
 
Luego de arrancar algunas manzanas sin mucho problema, escuchó un gruñido detrás suyo: una de las mantis había notado su presencia, y estaba con ganas de matarlo. Murdock huyó tan pronto como sus ojos lo vieron, empezó a hacer zigzags entre los árboles para evitarlo lo mejor posible mientras su atacante cortaba cada uno, pero eventualmente, el monstruo entendió su plan, a lo que decidió lanzar ráfagas de viento para poder atraparlo. El hombre creyó que podría evitarlas, pero una logró alcanzar su espalda, y lo tumbó.
 
Murdock tuvo el suficiente tiempo para poder voltear con tal de ver a su asesino una última vez antes de morir, pero quizás por mera suerte, su mano logró sentir un puñado de piedras cerca. Meramente impulsado por su instinto de supervivencia, aventó esos guijarros hacia la cara del Scyther, cosa que le aturdió por un momento. Aprovechó ese instante para levantarse, ahí fue que pensó:
 
“No voy a poder quitármelo de encima huyendo… ¡aquí va nada!”
 
Cuando la mantis pudo recuperar su visión, recibió un puñetazo directo al rostro, luego otro, y después en su estómago. Aquel monstruo no iba a dejarse vencer por lo que debía ser una presa fácil, por ende, clavó uno de sus brazos en el hombro de Murdock, creyó que eso bastaría para poder acabarlo a gusto, pero repentinamente, sintió un pisotón en sus pequeños pies, el cual le hizo gritar.
 
El hombre, harto de seguir luchando, usó la reacción de su atacante para estrangularlo y empujarlo hacia el árbol más cercano. Usó sus energías restantes para darle más golpes, hasta que tiró un gancho que finalmente dejara al insecto fuera de combate, aunque no sin recibir otra guadaña en una costilla. Se quitó ese brazo, y le dio un último reproche.
 
—¡No vuelvas a meterte conmigo!
 
El volumen de aquel comentario fue alto, sintió que eso hizo notar su presencia entre otras criaturas, y volvió a sentir la necesidad de huir. Afortunado fue porque estaba en una colina, así que en vez de echarse a correr, se tiró y rodó cuesta abajo lo más que pudo, si significaba escapar exitosamente. Ni siquiera pensó en el volumen de gruñidos que aún escuchaba. Cuando tocó tierra firme, cerró los ojos, esperando a que no fuera la última vez…
 
—Hmrph…
 
Abrió los ojos. Aún seguía vivo. Sintió una jaqueca enorme con solo pensar en todo lo que ocurrió la noche anterior.
 
“Me agarré a golpes con un pokémon…” suspiró. “¿Por qué tengo el presentimiento de que no será la última vez?”
 
Esa idea lo atormentó desde entonces. Aunque deseaba evitar las luchas con tal de que su vida nunca estuviera en riesgo, sintió que era necesario hacer eso si eso obligaba a los monstruos a dejarlo en paz. Su nuevo estilo de vida lo tentó muchas veces, incluso si lo creía innecesario, como cuando los Shinx decidían atacarlo, momento donde era mejor alejarse que darles una patada, o cuando los Murkrow querían robarle comida. Lastimosamente, aquella situación para luchar volvió.

Así como terminó en una zona pantanosa, sin pensarlo, Murdock se encontró dentro de un sitio montañoso, con un clima templado que a veces se ponía helado, posiblemente relacionado a la enorme montaña que se podía ver a lo lejos. El hombre todavía buscaba entender bien sus alrededores, pero había logrado encontrar cuevas donde esconderse para pasar las noches.
 
En uno de varios días, había terminado en una de las peores zonas que podía esperar: luego de haber salido de una cueva rodeada por Bronzor, terminó en un esencialmente un paso lineal, rodeado por paredes montañosas. Solo podía moverse por un solo camino que no fuera volver por aquella cueva.
 
Creyó que no tendría problema si se movía hacia donde fuera que le guiaba el lugar, pero mala fue su fortuna al ver que su camino fue interrumpido por varios Ursaring. Sabía que no podría luchar contra todos, así que se movió con rapidez para al menos poder irse a alguna otra parte sin que lo siguieran. Desafortunadamente, los osos se atrevieron a seguirlo, aunque después se mostraron reacios a continuar, pues justo al lado de ellos, estaba una enorme manada de Luxio, pero uno todavía estaba dispuesto a luchar con él.
 
Creyó que podría valerse de una forma muy similar a otros enemigos. El Ursaring empezó con una cuchillada que afortunadamente, solo rozó una mejilla, luego Murdock quiso golpearle en el estómago, pero ese monstruo era más duro, no sintió ese golpe, y en su lugar, usó el dorso de una mano para mandarlo volando. Por poco el úrsido le caía encima, pero milagrosamente, el hombre había evitado el ataque, quiso debilitarle una pierna, más sus golpes no le hicieron nada. Fue entonces que Ursaring le agarró con una de sus garras y lo mandó volando hasta el final del camino, cerca de un río que llevaba a una cascada.
 
El oso se acercó, creyendo que no tendría ningún inconveniente para matarlo lentamente, pero por pura suerte, Murdock consiguió patearlo en la entrepierna para aturdirlo. Esos pocos segundos fueron usados para que el pobre hombre se echara al río y con suerte sobrevivir.
 
Cayó mucho más duro de lo que esperaba, pero eventualmente había recuperado el movimiento.
 
“Imbécil…” se reprochó a sí mismo. “Sabía que luchar iba a hacerme esto algún día,” lo pensó un poco más. “Hmm… quizás necesitaré más que mi fuerza si quiero evitar esto.”
 
Flotó hasta tocar una costa cercana, se jaló de la tierra hasta que repentinamente tocó algo que no era sólido y tropezó de vuelta al agua. Tras ese error, ya en tierra firme, vio el objeto que agarró con su mano: se trataban de pequeños minerales de hierro, los cuales pudo distinguir de piedras por su textura.
 
“Me pregunto si esto me podrá ser útil.”
 
Descansó por el tiempo, y al día siguiente, se dedicó a buscar más pedazos de hierro rondando por la zona. Para su sorpresa, había montones tirados por doquier, así que tuvo más que suficiente material para pensar en todo tipo de ideas.
 
Una vez que estuvo satisfecho con la cantidad de pepitas en su posesión, de puso a golpearlas entre sí para partirlas y afilarlas, luego usó pedazos de árboles para unirlas temporalmente, y ya que pudiera mantenerlas pegadas, los puso en una fogata, tras dejar que el fuego las derritiera por una noche, apagó la fogata y dejó que el hierro ya mezclado se enfriara, para finalmente, unirlo a un mango de madera. Pronto admiró el resultado.
 
“Lejos de buena,” admiró. No era una espada que una persona normal usaría, la faltaba delgadez y filo. “Aunque quizás pueda servirme, de momento.” Dedicó su uso a cortar pedazos de árboles, lo cual eventualmente resultó en su rompimiento. Sabía que no iba a durar mucho, pero tomó lo ocurrido como una lección, y recuperó los pedazos de la espada para poder crear una mejor.
 
Murdock pasó mucho tiempo mejorando aquella espada, tanto su elaboración como su manejo fueron una práctica continua, incluso armó un martillo a mano para poder ayudarse. Pasó por unos diez intentos de forjado hasta que finalmente, consiguió la katana que deseaba.
 
“Excelente,” tocó su textura, orgulloso. “Esto debería servirme.”
 
Con un sentimiento de confianza, Murdock hizo su camino de regreso a aquella senda con los Ursaring.
 
Cuando llegó, los osos estaban más que dispuestos a acabarlo en grupo, pero uno se pronunció para detenerlos, aquel que casi lo mata, listo para terminar su cometido.
 
En vez de simplemente sacar su nueva arma, prefirió primero ver qué tan lejos podía llegar con sus golpes de nuevo. Evadió la primera cuchillada que intentó cortarlo, luego trató de tirarlo con un gancho a la cabeza, sin funcionar, luego quiso pisarlo, más falló, finalmente, intentó darle otra patada en la entrepierna, pero Ursaring logró quitárselo encima antes de que pudiera asestar ese golpe y lo mandó volando contra una pared montañosa.
 
Ahí fue que Murdock decidió ya no contenerse, dejó que su enemigo intentara encimársele de nuevo, pero logró sacar su espada a tiempo para encajársela en el estómago, un acto que le hizo retroceder. Con esa puerta abierta, procedió a levantarse debidamente, con la espada en mano, y lo invitó a seguir luchando.
 
El oso, cegado por la rabia de haber sido lastimado contra todo pronóstico, quiso darle otra cuchillada, pero su rival logró girar para evadirla y le clavó la espada en una costilla. Murdock sacó su arma y la blandió directo a una rodilla para hacerlo caer. Para terminar con él, le dio una patada a la cabeza para que cayera.
 
—Que esto te enseñe a no volver a meterte conmigo. —le dijo al oso con orgullo.
 
Sin embargo, los demás Ursaring que se habían quedado a ver no iban a permitir que el hombre saliera con vida. Decidieron perseguirlo, pero Muramasa fue lo suficientemente rápido para poder huir por la cueva con los Bronzor y causar que éstos los distrajeran.
 
Estaba muy satisfecho con su logro, esa katana le iba a ayudar cuando más necesitara defenderse. No le causaba felicidad dejar en tan mal estado a un pokémon, pero en un mundo que podía lanzarle cualquier amenaza, consideró necesaria la herramienta. Lo único que se juró, fue que nunca mataría, aunque no fuera del todo fiel a ello, sobre todo cuando su ropa empezó a deteriorarse y necesitó conseguir algo que lo cubriera.
 
Pasó entonces muchos años vagando por toda Hisui, sin rumbo alguno. Nunca se permitió ir a una villa porque solo esperaba a que lo rechazaran. Solo continuó luchando por su propia supervivencia, sin involucrarse nunca en la vida de nadie. Fue una vida vacía, pero no puso objeción, hasta un día.

Su viaje a través de la región lo llevó eventualmente a una zona nevada, muy diferente de todas las demás en cuanto a clima. Ahora era completamente helado, con días donde el frío era soportable y otros donde era imposible de tolerar. Murdock se había arrepentido de haber llegado ahí, pero perdió el camino de salida.
 
Una tormenta de nieve arrasó el lugar. El hombre, aunque aún podía sentir dónde tenía guardada su katana, ya no podía distinguir sus alrededores, estaba caminando sin rumbo, ciego. Solo deseaba toparse con un sitio dónde protegerse del frío, cosa que encontró cayendo repentinamente en un pozo. Era un sitio helado, pero bastaba para tolerar, por un tiempo. Tuvo al menos algo de tiempo para descansar, hasta que ellos aparecieron.
 
Fantasmas.
 
Muchos, pero muchos Misdreavus rondaban por ahí, y cualquier reacción de ellos podía resultar en la muerte. Temerle a los pokémon fantasma sonaba ridículo, pero si había un solo tipo que pudiera realmente instigar el “no salgas sin un pokémon”, era ese. Los espíritus no eran como otros, aunque fuera difícil, uno podía encontrar soluciones mundanas para defenderse de un Rhyhorn o un Skuntank, podía lastimarlos físicamente y poner a prueba sus sentidos. ¿Misdreavus en cambio? No se les podía rebanar con un blandido, solo reaparecerían en otro lado y atacarían con sus habilidades sobrenaturales, tampoco era posible cegarlos o aturdir sus oídos sin herramientas específicas. Quizás si hubiera tenido a un monstruo de bolsillo, sentiría algo distinto, pero en su situación actual, Murdock solo pudo sentir un pánico, el cual contuvo por cuanto tiempo posible, sin moverse.
 
Debido al frío, el hombre no pudo evitar cerrar los ojos, deseando que ningún fantasma se le acercara. Después de lo que sintió como un sueño profundo, sintió la presencia de alguien acercándose. Luego de despertar asustado, vio a su derecha a un pokémon curioso: era alguna clase de Zorua por la forma, más el pelaje tenía un color muy distinto, era blanco, sus ojos eran amarillentos, además de que el collar de pelo en su cuello parecía más una bufando, y algunas partes parecían fantasmagóricas en apariencia.

“¿Qué querrá?

Murdock no hizo nada para probar si el zorro venía con alguna mala intención. Lo único que vio fue al pobre gemir con lamentos. Algo deseaba, pero no sabía ni qué era. Por sus instintos más piadosos, acercó una mano, pero el pequeño se asustó en reacción.

“Sí, es inofensivo. Eso es bueno.”

Pensó un poco más, y decidió sacar una baya aún fresca que guardaba en sus pésimos ropajes. Zorua olisqueó la fruta brevemente antes de comérsela. Mientras aquel fantasma engullía la comida,
 Murdock miró hacia arriba para ver si de pura casualidad había mejorado el clima allá arriba, todavía se notaba la ventisca.
 
“¿Por cuánto tiempo más estará así?”
 
Entretuvo las posibilidades hasta que fue repentinamente interrumpido por el zorrito, quien decidió recostarse a su lado por un tiempo. Sintió por primera vez en mucho tiempo confort. Le siguió el juego y se echó a dormir.
 
Lo primero que sintió fue una ráfaga de calor encima. Abrió los ojos y notó que ya había pasado la tormenta, al menos para permitir que el sol iluminara siquiera un poco. Ahí fue que con mucho esfuerzo, logró salir del hueco. Terminó cansado, y de no ser por Zorua, hubiera vuelto a caer, pero ahora estaba afuera, y eso le bastó para sentirse satisfecho.
 
Una vez que se recuperó, Murdock se puso a vagar en aquella área helada, con la esperanza de que algún día podría salir de ahí. Ahora contaba con un compañero para andar.
 
Días pasaron, y no habían podido encontrar la salida. Entre el tamaño del lugar, la presencia de pokémon peligrosos como Garchomp, y el constante cambio de clima, fue una guerra de agotamiento, una en contra de Murdock.
 
Otra tormenta de nieve le cayó al hombre y al Zorua encima, pero esta vez no hubo donde cubrirse: sin cuevas, sin árboles, sin agujeros siquiera.
 
“Maldición…” se lamentó en sus pensamientos. “Parece que voy a morir aquí.”
 
Casi cae al suelo, cosa que asustó mucho a su compañero pokémon.
 
—Estoy bien. —mintió, pues no quería asustarlo con la idea de que moriría.
 
Zorua claramente estaba incrédulo. Poco importaba si ese hombre era un ser distinto, sabía cuando alguien ya carecía de fuerzas para ir más lejos. Necesitaba ayudarlo, ¿pero cómo? Gimió primero para motivarlo.
 
“Debería quedarme aquí y cerrar los ojos,” pensó, hasta que entretuvo los lamentos de su compañero. “No, debo continuar siquiera un poco.”
 
Con esfuerzo, logró recuperarse, pero ahora cojeaba en lugar de caminar.
 
“Vaya sarta de mierda…” pensó en lo que ya consideraba como sus últimos momentos. “Todo lo que hice en mi vida fue entretener. Me maté la espalda para el placer de un público que cree que soy como me venden. Mucha gente lo hizo y solo a mí me metieron en esto.”
 
“¿Fue porque me trataban como si fuera un dios? Ni que hubiera sido el único.”
 
“¿Fue porque me peleé con mi ex? Ella me manipuló.”
 
“¿Fue por toda la droga que me metí? Para eso mejor haber muerto.”
 
“¿Fue porque me volví muy diferente de mi familia…?”
 
“¡¿POR QUÉ TERMINÉ AQUÍ?!”
 
Estaba seguro de que no había abierto la boca, pero como si le hubiera leído la mente, Zorua huyó a algún lado. Murdock se asustó mucho al ver que era abandonado.
 
—¡Espera! ¡No te vayas! —intentó seguirlo, rogando con sus últimos alientos—. ¡Vuelve! ¡NO QUIERO MORIR SOLO!
 
Sin embargo, había perdido las energías para seguir cojeando. Cayó al suelo lleno de nieve, con un último lamento.
 
“Esto es una mierda…”

—¿Crees que esté bien? —una voz humana pronunció.
 
—Su cuerpo está helado, sentí muy poco calor en él.
 
—¿Cómo te topas con alguien en plena tormenta como esta?
 
—Cosas que pasan, supongo…
 
—Deberíamos preguntarle al Clan Perla si no será alguno de los suyos.
 
—Hmrgh… —Murdock pronunció.
 
—¡Ya está despertando!
 
“¿Qué…?” se preguntó. Le parecía estúpido que, contra todas las adversidades, sobreviviera al frío. Pronto abrió los ojos para ver lo obvio. “Lo que faltaba…” vio a dos hombres de prendas azuladas frente a él.
 
—Oye, ¿puedes hablar?
 
Murdock no pronunció nada. Estaba demasiado débil para hacerlo, además de que tenía pocas ganas por comunicarse con alguien sabiendo que le temían.
 
—Vamos, necesito saber algunas cosas.
 
Se rehusó a hacerlo.
 
—Déjalo, acaba de despertar. Seguro está muy confundido.
 
“Confundido no, molesto…”
 
Reposó por un tiempo más hasta poder levantarse. Cuando finalmente pudo poner sus pies en la tierra, notó que estaba en un campamento humilde, con una sola tienda y una fogata. “Maldita sea mi suerte rastrera,” pensó. “Supongo que morir no está en los planes de esa cosa rara que me trajo aquí…” quiso ver si había algún tema en qué pensar y recordó uno: “¿a dónde se habrá ido el Zorua? ¿Será que él me guio hasta aquí?”
 
—¿Estás mejor? —uno de los hombres le preguntó.
 
Murdock estresó responder, pero sintió que ya era necesario pronunciar algo.
 
—Diría que sí. —musitó.
 
—¿Qué hacías en medio de la Tundra Alba?
 
—Vagando.
 
—¿Vagando? —le parecía absurdo que alguien anduviera por esos lares como si nada.
 
—Sí. No tengo hogar, así que he estado moviéndome de lugar en lugar por quién sabe cuánto tiempo.
 
—¿Estás seguro de que no vienes del Clan Perla?
 
—¿Quién es el Clan Perla?
 
—Ya sabes, la gente que vive aquí.
 
—Define “aquí”.
 
Sabiendo que seguir preguntando era como golpear a una pared, prefirió mejor cambiar de tema.
 
—Olvídalo. Es un milagro que hayas sobrevivido. Un poco más y habrías muerto enterrado en la arena.
 
—¿Cómo me encontraron?
 
—Te escuchamos cojear hasta aquí y te vimos a unos metros.
 
Ahí Murdock tuvo un deseo por saber algo.
 
—Dime: ¿viste a un Zorua?
 
—Eh… no. ¿Por qué preguntas?
 
—Porque me estaba acompañando, pero de la nada se fue. Si me vieron cerca, deberían haberlo visto.
 
—Pues la respuesta sigue siendo igual. Además, los pokémon son peligrosos, seguro estarías muerto si uno se te acercara.
 
Era, hasta cierto punto, verdad lo que decía. Ya había llevado mucho tiempo en solitario para saber que casi todo lo intentaba matar, pero aquel zorrito era distinto, prueba de que no todos eran iguales. Sin embargo, prefirió darle la razón porque ese fantasma no podía hablar por todos.
 
—Entiendo…
 
—Si lo que dices es cierto, entonces no te preocupes tanto. Demasiado tiempo en las afueras puede dejar loco a alguien.
 
—Estoy seguro de que aún puedo pensar bien.
 
—Eso se lo tendrás qué demostrar al Comandante Kamado.
 
—¿Quién?
 
—Ya verás.
 
Luego de un tiempo, en lo que el clima se calmaba, Murdock fue escoltado por un camino muy estricto, donde ningún pokémon podía acechar al grupo. Tras varios días, él fue llevado hasta una villa con casas de madera y un enorme edificio. Llegó hasta el tercer piso, donde un hombre con kimono amarillo le encaró.
 
—¿Este es el hombre que encontraron en la Tundra? —le preguntó a los escoltas.
 
—Así es, señor.
 
—Ya veo… —analizó—, hablé con Irida tras recibir su carta, me dijo que va a hacer un censo del Clan Perla, pero tiene la confianza de que no falta ni una sola persona. Me gustaría hablar con este hombre.
 
—Entendido, señor. Pero antes… —uno entregó la espada que él llevaba—. La traía consigo.
 
—Interesante. —admiro aquella arma.
 
Los servidores se fueron para que ambos pudieran tener una plática.
 
—Empecemos por las presentaciones. ¿Cómo te llamas?
 
—Es Mur…
 
“¡Agh! ¿En serio me estoy olvidando ya de mi nombre?”
 
Esa pregunta debió haber sido fácil, pero Murdock se había perdido tanto tiempo que hasta sufría recordando algo tan sencillo.
 
—¿Mur?
 
—Murdock Masters… —dijo con un volumen bajo.
 
“Sí, así me llamo.”
 
—¿Muromaser? —no entendió.
 
—Murdock Masters. —subió el volumen.
 
—¿Muramasa?
 
—No, es Murd- —se interrumpió a sí mismo. Se preguntó por un momento si era siquiera la misma persona que antes. Estuvo solo por tanto tiempo, actuaba de una forma distinta a su yo celebridad, y lo único que compartía con aquel hombre era lamentarse por haber desaparecido. Ese Murdock dejó de existir—. Sí, Muramasa, ese es mi nombre.
 
—Veo que la soledad te ha dejado secuelas, pero está bien, acepto que te llamas así. Mi nombre es Kamado, comandante del Equipo Galaxia, y líder de Villa Jubileo.
 
—Un gusto. —contestó con falsedad, pues su tono de voz tenía poco interés en conocer su nombre.
 
—¿Cómo llegaste a Hisui?
 
—¿Hisui?
 
—Es el nombre de esta región. Asumo que eres un extranjero.
 
—…
 
—¿De dónde viniste?
 
—Me es imposible explicarlo —no lo era, técnicamente hablando, podía contarles su historia, más tenía la certeza de que sería inútil por lo increíble de la misma—. Solo diré que un día desperté aquí, y vi una brecha en el cielo.
 
—Curioso… —Murdock no era el primero de todos en caer, más si creyó que empezaría a ver un patrón con esas rupturas y gente nueva dentro de pronto—. Ahora dime, ¿de dónde sacaste esta espada?
 
—La hice yo mismo.
 
El líder levantó una ceja ante semejante comentario. Era difícil de creer.
 
—¿De verdad?
 
—Por supuesto. Los pokémon de aquí pueden ser peligrosos, así que uso esa espada para defenderme.
 
—¿Pero cómo? —no le extrañaba el propósito del arma, sino el que pudiera crearla.
 
—No sé si sale con frecuencia de este lugar, pero por la región hay muchas pepitas de hierro. Reuní suficientes hasta poder crear algo con ellas, luego empecé a practicar la creación, hasta que creé esa katana.
 
—Temo decir que me siento muy escéptico frente a tus declaraciones.
 
—Puedo forjar esa cosa y más. ¿Quiere que se lo demuestre? Estoy dispuesto a hacerlo si significa que me creerá. Le juro que no soy una amenaza.
 
“Veamos,” Kamado contempló esa idea. “Dejar ir a un hombre con una katana por ahí sería lo menos prudente. Sin embargo, su apariencia no es como la de algún tipo peligroso, y si de verdad ha estado en afuera tanto tiempo, seguramente ya sabrá lidiar con los pokémon. Además, armas como esta beneficiarían a mi gente. Quizás valga la pena intentarlo por lo menos.”
 
—Okay, voy a dejar que me lo demuestres. Tú te encargarás de recolectar material y forjar armas para la Villa. Te conseguiremos algo de ropa para que te quites esas cosas desgastadas, y tendrás la garantía de un sitio donde dormir.
 
—Trato aceptado.
 
Muramasa quiso tomar su espada de vuelta, pero el comandante la apartó.
 
—Quisiera quedármela, no sé si puedo confiarle esta arma a un desconocido como tú.
 
—Solo la quiero para defenderme y cortar madera. Si voy a recolectar cosas para ustedes, necesito mi propia herramienta.
 
El líder se vio acorralado ante un hueco que ni siquiera él podía resolver sin arriesgar el equivocarse.
 
—Muy bien —suspiró—. Te dejaré llevarla, pero solo cuando vayas a salir. Afuera podrás cortar y defenderte como quieras, pero si quieres tenerla aquí, primero deberás ganarte mi confianza.
 
—Me parece más que razonable.
 
Tras ello, Muramasa fue vestido con ropa más aceptable, luego fue llevado hacia un taller no muy lejos de los cuarteles. Se le presentó ahí a un hombre de edad parecida a la suya, quien le vio con mucha desconfianza.
 
—Anvin —Kamado le dijo—, este es Muramasa. Él dice que puede fabricar armas, quisiera que mantuvieras un ojo sobre él por un tiempo.
 
El herrero local tenía sus dudas de este hombre desconocido, y temió porque pudiera ser peligroso.
 
—Dígame, ¿de dónde vino este hombre?
 
—Del cielo, otro cayó de ahí… —esa respuesta no inspiró confianza, así que decidió explicarse un poco más—. Dice que puede crear armas, así que quiero pedirte un favor: por favor mantenlo bajo tu guardia, quiero que haga armamento para nosotros.
 
—¿Confía en esa decisión? —Anvin temía porque él se equivocara.
 
—Lo hago, quisiera al menos ver si puedo obtener algo de provecho de este hombre. Por favor.
 
Dispuesto a obedecer a su jefe, el herrero local dejó que este nuevo inquilino viviera a su servicio, aunque no sin antes darle una advertencia:
 
—Pasa la noche tranquilo, por ahora, pero de verdad espero que puedas cumplir con este trabajo. Crear armas no es fácil, y no sé si se puede confiar en ti.
 
—Eso haré.
 
A partir de ese entonces, Murdock, ahora Muramasa, decidió ponerle empeño a una vida más tranquila, donde al menos podría pasar un tiempo más sin preocuparse porque alguien intentara matarlo, aunque no dejó de distanciarse de los demás, tan solo porque ellos le temían y porque ya conocía el miedo desde antes.
 
Sería al menos, otra forma de acercarse a aquella misión:
 
“Acostúmbrate.”
[Imagen: l1Mexwv.png]
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#11
Prólogo — Darai
 
Semillas de un futuro incierto

 
Una mirada gélida como el invierno más inclemente de Sinnoh. Un grácil Glaceon que se pavoneaba tras haber derrotado sin demasiada dificultad a tres de sus mejores Pokémon. Aun con desventaja por ser todos de tipo planta, no podía creer que hubieran perdido así. ¿Acaso la diferencia entre ambos era tan pronunciada? ¿Tan buena era ella? ¿O tan patético era él como entrenador?

Darai despertó de sopetón cuando su bus llegó a su última parada, las afueras de pueblo Sosiego. Había vuelto a tener aquel desagradable sueño, un crudo recordatorio de un pasado que intentaba dejar atrás. Por eso había sido de los primeros en coger las prácticas de campo apenas tuvo la oportunidad, para alejarse lo más posible de la persona que había quebrantado sus sueños de gloria, y luego la paz que creía haber conseguido en la universidad de ciudad Vetusta al dedicarse a su otra pasión, la agricultura. Incluso había dejado atrás a sus Pokémon, a quienes Gardenia había aceptado cobijar en su invernadero tras pasarse al menos una hora mimándolos y expresando lo preciosos que eran.

Con el paso de los días y el duro trabajo de sol a sol, Darai finalmente consiguió la paz que tanto deseaba, al haberse alejado de cualquier cosa que le pudiera recordar aquello… excepto sus propios sueños, los cuales empezaron a atormentarlo día sí y día también. ¿Por qué rayos no podía escapar de ello, dejarlo ir?

Aquella noche había sido la peor y prácticamente no había pegado pestaña, pero igualmente se aprestó a levantarse y afrontar otro duro día de trabajo. Al llegar al depósito de herramientas, cogió el mejor tridente que encontró y se dispuso a preparar el heno para hacerlo matojos para su posterior transporte. Maldecía no haberse tomado un café en el desayuno y evitar cabecear, sabiendo lo peligroso que podía ser durante un trabajo así, pero no podía evitarlo… estaba tan cansado. Sacudió su cabeza cada vez que sus ojos se cerraban, intentando mantener los pies en la tierra… y lo siguiente que supo fue que ya no era así. Creyó avistar un cielo desconocido mientras caía rápidamente al suelo…
 

 
Había sido otro día duro de trabajo para el escuadrón de agricultura del Equipo Galaxia. Aunque varios de sus subordinados seguían trabajando la tierra, Colza necesitaba un momento para sí mismo, preocupado por las ralas cosechas que habían tenido desde el establecimiento de Villa Jubileo. Aquellas tierras agrestes no sólo les amenazaban con Pokémon cada vez más agresivos, sino también con una escasez de alimentos adecuados que se hacía más evidente conforme pasaban los días. A pesar de que los clanes Perla y Diamante les habían permitido asentarse en aquel valle, no habían querido compartir mucho más con ellos en cuanto a cómo trabajar ese terreno tan adverso o las localizaciones de varias valiosas plantas silvestres, como si les estuvieran poniendo a prueba con cada pequeña cosa de su vida diaria. Al menos, habían aprendido a cuidar los cultivos más básicos, los que hacían falta para atender a los enfermos y heridos, así como mantener sus estómagos llenos y sus mentes ocupadas en los momentos de mayor tensión… cosa para la que se había alejado a una zona apartada de los campos, con lo que sacó una rústica caja de cerillas y un pitillo de uno de sus cultivos especiales, aquellos que sólo él y sus hombres de más confianza estaban autorizados a cosechar y debían entregar sin falta a Pesselle para su uso médico. Sin embargo, Kamado había autorizado que una pequeña parte de ello se dispusiera para… calmar los nervios de algunos. Lamentaba tener que hacerlo a escondidas, pero toda esa situación ya le estaba sacando de sus cabales.

Se sentó en un poyo de piedra situado en medio de varias pilas de paja y encendió su pitillo. Ese olor fuerte y penetrante empezó a llevarse sus preocupaciones mientras observaba el cielo de Hisui; era hermoso, aunque la región hubiese sido tan inclemente con todos ellos. Le dio una buena calada y procuró relajarse, sabiendo que su principal obligación en ese momento era tranquilizarse y despejar su mente, para que nuevas ideas, enfoques alternativos, soluciones a problemas diarios y cualquier otra cosa útil acudiera a él. Había aprendido a medirse con ello tras ganarse una fama de narrar sus fantasiosas alucinaciones, de edificios tres o cuatro veces más altos que la imponente Sede Galaxia, carretas que se movían por su cuenta, y quizá lo más risible de todo… Pokémon viviendo pacíficamente con los humanos, sin ningún atisbo de hostilidad entre ambos. La mención de esto último era casi un tabú, considerando lo poco que sabía de la historia de los fundadores del grupo, Kamado y Beni, y le había costado más de una buena bronca tras el establecimiento en Jubileo y su inicio como capitán del escuadrón de agricultura. A partir de entonces, había preferido guardarse cualquier cosa de las que viera, aun de su familia, la cual incluía a un precioso niño de apenas tres meses que muchas veces era su única alegría e incentivo real para continuar con su trabajo. No quería que ese pequeño tuviera que pasar por todas las penurias que todos ellos habían experimentado en su periplo de años y años.

Cuando por fin se había tranquilizado lo suficiente y se disponía a volver al trabajo, vio algo que a lo que ni siquiera sus sueños de opio, su otro amigo para el estrés, le habían hecho experimentar: el cielo pareció partirse, como si alguna bestia invisible hubiese borrado ese trozo de realidad de un zarpazo, dejando entrever una brecha oscura de la cual algo cayó sobre el montón de paja que tenía delante… al igual que su pitillo, al haber quedado con la boca completamente abierta. Aunque tuvo sus dudas al principio, su curiosidad pudo más. Además, tenía la obligación de reportar cualquier hecho extraño a Kamado o Zisu, por lo que se acercó para comprobar de qué o quién se trataba.
 

 
A pesar de haber tenido la fortuna de que ese montón de paja había evitado que se hiciera demasiado daño, Darai estaba lo bastante adolorido como para no abrir los ojos de inmediato, no hasta que percibió un fuerte aroma que se le hizo igualmente conocido y desagradable. Fue entonces que finalmente pudo ver la ominosa brecha que le había escupido en aquellas tierras, justo antes de que ésta se cerrara, negándose a revelar sus secretos, y con ello, posiblemente toda opción de volver a donde se encontraba previamente… si es que realmente todo aquello no era más que un sueño que su cuerpo le había obligado a tener por la fatiga mental que llevaba encima.

—¿Estás bien, muchacho? —una voz desconocida y gruesa llamó su atención antes de que pudiera pensar más en su situación; en su tono pudo notar incredulidad, algo de preocupación y desconfianza.

Darai se giró lentamente hacia éste, sin saber qué esperarse. No pudo ocultar su expresión de sorpresa al ver ese cabello peinado de manera tan reconocible, aunque la barba candado y la fornida constitución de Colza dejaban claro que para nada podía ser Gardenia. Como para terminar de quitarse la duda, no tardó en pellizcarse con fuerza el brazo izquierdo, pero no despertó como esperaba.

Colza no pudo evitar ver al extraño con una mezcla de perplejidad, curiosidad y aprensión, planteándose por un momento si acaso se había sobrepasado con lo que había fumado. Salvo la brecha en el cielo o los extraños ropajes del chico, nada de lo ocurrido le recordaba a una de sus mal denominadas “historias salvajes”. Sin embargo, seguía tratándose de un extraño que había accedido a la villa sin pasar por los controles de rigor, los cuales se habían endurecido tras los altercados con bandidos y otros sujetos peligrosos; la deserción de Charm había sido la gota que colmó el vaso.

—¿Dónde estoy? —preguntó finalmente Darai, sintiendo en su desorientación que esa era la pregunta más idónea para tal situación.

«Hisui», fue la seca respuesta que recibió antes de que Colza la ayudara a reincorporarse y le obligara a seguirle de camino a la villa con un firme agarre; la mucha mayor fuerza de éste y su propia reticencia a ganarse problemas con él o perderse en ese lugar desconocido fueron alicientes suficientes para que Darai le siguiera sin protestar, aunque sí que hizo el ademán de que le soltara. No era un niño para que tuvieran que llevarle así de un lugar a otro.

Su noción de que su acompañante se había sobrepasado con ese porro tras la mención del antiguo nombre de su natal Sinnoh empezó a esfumarse cuando pudo avistar el núcleo de Villa Jubileo: calles de tierra afirmada, edificaciones rudimentarias y gente vestida a la antigua usanza, como si los libros de historia hubieran cobrado vida ahí mismo. Sin embargo, todos ellos le dedicaron miradas llenas de recelo o escarnio, como si fuera algo peor que un criminal; incluso le pareció oír cuchicheos nada halagadores sobre su persona… nada que no hubiera pensado sobre sí mismo más de una vez. De alguna alocada manera había sido transportado a otra época, aunque geográficamente no se hubiese desplazado demasiado; ya no había forma de autoconvencerse de que todo aquello acabaría en el preciso instante en que despertara.

—¿Es normal que la gente de aquí reciba así a los recién llegados? —cuestionó Darai, mientras intentaba no trabar miradas con nadie; no quería causar un revuelo mayor al que ya había producido con su presencia.
—Sólo a los extraños; en estas tierras inhóspitas, ninguna precaución sobra —sentenció un severo Colza, sabiéndolo bien; no eran pocos los que habían perecido por temerarios o estar poco preparados desde su establecimiento en aquel lugar.

El chico rumió aquellas palabras. Ciertamente, en tal situación, cualquier forastero sería un potencial peligro para quienes ya vivían cada día en un constante estado de alerta.

—Darai —dijo tras un rato, como queriendo contravenir sus últimas palabras.
—Colza —respondió un poco después, procurando que nadie a su alrededor notara la leve sonrisa que había esbozado por esa ocurrencia.
 

 
Aunque la experiencia de ser vilipendiado por los pobladores de Jubileo había sido muy desagradable, el interrogatorio al que Kamado le sometió hizo parecer todo aquello un camino de rosas. Las preguntas y sospechas de aquella fiera vestida de traje se sentían como truenos, y sus miradas acuciosas y severas le hacían sentirse ínfimo, como si aquel imponente hombre que inquiría sobre su llegada y pasado pudiera salir airoso de una lucha cuerpo a cuerpo contra cualquier Pokémon salvaje. Algunos de sus subordinados directos, incluyendo a Colza, sólo observaban, como si buscaran escudriñar cualquier detalle en las respuestas del muchacho.

Kamado bufaba ante la mención de lugares que no conocía, como Corazón o Vetusta… el único que reconoció de las respuestas del forastero fue el de las Ruinas Sosiego. Y estaba lo que Colza había afirmado antes de presentarles a Darai: que éste había caído del cielo. No podía acabar de dar crédito a aquello, a pesar de que su subordinado ya no daba problemas con sus “historias salvajes”. Era más seguro asumir que era alguien que lo había pillado en un momento vulnerable tras escabullirse en la villa… cosa que los bandidos solían hacer; sin embargo, iba desarmado y había sido bastante dócil al dejarse llevar ahí. Si le brindaba el beneficio de la duda, podría tratarse de un sobreviviente de los antiguos poblados que habían sido arrasados o de los puebluchos que subsistían como podían… pero se veía demasiado saludable para ello, además de que sus ropajes no se correspondían a nada que conocieran de ahí. También podría ser un extranjero, pero habían podido comunicarse fluidamente con ellos en la lengua local, a pesar de que los términos relativamente modernos que Darai empleaba al hablar les hicieran dudar al principio.

—Dejaremos esto para otro momento —sentenció Kamado, necesitando tiempo para sopesar esa situación tan irregular—; Zisu, encuentra un lugar adecuado para nuestro invitado —ordenó, dedicándole una mirada que la aludida entendió enseguida.

Una de las personas que había presenciado el interrogatorio, una fornida mujer de rizado pelo carmesí, cogió al chico por los hombros y lo condujo hasta el sótano de la Sede Galaxia, a uno de los pocos almacenes vacíos que tenían, donde permanecería hasta que decidieran qué hacer con él. Era lo mejor que podían ofrecerle en esas circunstancias, al no haber cárceles en Jubileo; la mejor forma de castigar a un malhechor era expulsarlo y que intentara sobrevivir por su cuenta. Pero Darai era un caso especial: no había cometido ningún crimen (todavía), y si podían fiarse de su palabra, no había llegado ahí por su propia voluntad. Así, sólo le dieron un par de mantas viejas y un cubo para que estuviera lo más cómodo posible en esa habitación cerrada y apenas iluminada por una tenue luz exterior.

Mientras tanto, en la oficina Kamado…

—¿Qué opinas, Cyllene? —preguntó éste con gesto adusto, confiando en su perspicacia con la gente.
—Tengo la impresión de que no miente, señor —contestó ésta, impertérrita—; no obstante, esto no significa que pueda sernos de utilidad… si desea, podría ponerlo a prueba —sugirió sin más, consciente del poco personal con el que contaba su escuadrón de exploración.
—¿No querrás decir…? —Colza empezó a sudar frío, considerando lo que solían significar aquellas palabras.

La enorme mayoría de bajas que habían tenido desde el establecimiento de Jubileo habían sido miembros del equipo explorador, seguidos por los del de seguridad, todos ellos a manos de los Pokémon salvajes. Colza no pudo evitar sentirse culpable por haber traído al chico a lo que podría ser su perdición.

—Es un forastero; como capitán del escuadrón de agricultura, deberías saber que todos en Jubileo debemos ganarnos los alimentos y el cobijo con nuestro trabajo —aunque su tono era sosegado, la agudeza de las palabras de Cyllene golpeó con fuerza el corazón de su asociado.
—A menos que pueda aportar de otro modo a nuestra supervivencia diaria, veo adecuado dejar el asunto en manos de Cyllene —sentenció Kamado, dando la conversación por acabada.
 

 
A pesar de la poca luz y el escaso cobijo de esas desvencijadas mantas y no haber cenado nada, Darai pudo pasar una mejor noche que la última que tuvo antes de ser transportado a Hisui. Aquello no significaba que estuviera bien, y habría llorado al rato de ser encerrado de no ser porque ya lo había hecho lo suficiente por sus sueños rotos, tras lo cual se había prometido a sí mismo no volver a hacerlo salvo que realmente mereciera la pena. Sí, estaba en una época inmisericorde con los humanos, lejos de todo lo que conocía… incluyendo la raíz de todas sus frustraciones y remordimientos. ¿No era esa la forma culminante de escapar de todo ello? La posibilidad de experimentar una vida alejada de la modernidad y las personas que no paraban de recordarle su fracaso y hacerle hundirse en su propia miseria era muy tentadora. A partir de ese momento, sólo dependía de sí mismo para sobrevivir, y esto de algún modo le brindaba un confort que pocos habrían podido encontrar en tal situación… uno completamente ajeno a los planes que sus anfitriones ya tenían para él.

Darai no supo que la mañana llegó hasta que la puerta se abrió y vio que Colza traía algo consigo: una bandeja con un cuenco de arroz, otro con algunos vegetales guisados y una taza con agua. Aunque agradeció el gesto de la primera persona que había conocido en Hisui, no pasó por alto la rigidez de sus facciones, como si algo le preocupara… como si supiera algo relevante. Sin embargo, no podía pensar con el estómago vacío.

Lo primero que probó fue el agua… la cual terminó de despejar cualquier rastro de sueño. Era la mejor que había probado en su vida, impoluta del impacto de la actividad humana en la tierra. Sin embargo, el resto de la comida palidecía en sabor y consistencia, no por el método de cocción, sino por la calidad de los ingredientes. Como estudiante de agricultura, sabía bien el efecto que el terreno, los métodos de cultivo y otros tenían en el sabor y las propiedades nutritivas de los vegetales… y con esto, lo poco que había averiguado sobre la Jubileo de esa época calzó a la perfección con la actitud de sus pobladores: mala comida, peligros inminentes en el exterior… no era de extrañar que fueran tan recelosos con cualquier cosa o persona que no les brindara una seguridad inmediata.

—No debe ser tan buena como la comida de tu época —remarcó Colza, más severamente de lo que habría querido; no era nada bueno manejando el remordimiento por la decisión de su superior.

Y por primera vez desde su llegada, un avergonzado Darai quiso que la tierra se lo tragara.

—Es… diferente, es todo —intentó mentir, sin éxito; nunca se le había dado bien, pues solía ser demasiado transparente con sus emociones y opiniones.
—Como agricultor, es muy frustrante no poder lograr una cosecha que llene de dicha los estómagos y corazones de mis coterráneos —confesó Colza, sabiendo que las tierras más ricas y aprovechables estaban ahí fuera, como demostraba la calidad de algunas plantas y vegetales que los exploradores traían consigo en alguna ocasión.

Darai asintió, sintiendo conmiseración por su interlocutor. Podía entenderlo a la perfección, lo cual le produjo curiosidad por qué impedía a las tierras aledañas a la villa producir cosechas de buena calidad. Sin embargo, sus elucubraciones fueron detenidas por un súbito y frustrado suspiro de Colza.

—Darai, voy a ser sincero contigo… —dijo en voz baja para que nadie más le escuchara—; Kamado está considerando seriamente dejarte en manos de Cyllene, la capitana del escuadrón de exploración… quien no dudará en enviarte en alguna misión arriesgada para estudiar a esas condenadas criaturas mágicas… o Pokémon, como han empezado a llamarlas desde la llegada de ese tal Laventon —añadió con pesar, pues aunque su asociada tuviera razón, no era tan despiadado como para enviar al chico a lo que podría ser una muerte segura.

Éste agradeció haber terminado ya de comer, pues sin duda se habría atragantado de la impresión. Aunque sabía que los Pokémon salvajes podían ser criaturas peligrosas, el escarnio que Colza y otros les dedicaban le resultaba muy ajeno, incluso mayor al que había recibido el día anterior. Y sin contar con las herramientas de su propia época, aquello ciertamente podría ser un suicidio.

—Aunque estoy de acuerdo con que cada quien debe trabajar para poder comer, no me parece justo endilgar semejante labor a alguien que no sea consciente del riesgo ni que esté realmente dispuesto a ello —se sinceró, sintiéndose incapaz de pronunciarse abiertamente en contra de algo tan conveniente para su propia villa—; así que a menos de que demuestres que puedes contribuir al bienestar de Jubileo de otra manera, estarás a merced de lo que Cyllene quiera hacer contigo —agregó, sabiendo que no podía hacer más por él, no sin poner en riesgo a su propia familia.

Darai dejó que aquellas palabras calaran en su interior. Estaba en más peligro de lo que había sospechado en un inicio, y aunque estuvo a punto de entrar en pánico por un instante, le pareció hallar algo en medio de lo expuesto por Colza que le dio una idea. Sin embargo, había algo más que necesitaba saber en ese momento.

—¿Por qué me está diciendo todo esto, señor Colza? No tiene ninguna obligación conmigo, un simple forastero que ha irrumpido en la paz de Jubileo —Darai midió sus palabras, atento a la reacción de su interlocutor; estaba intrigado por sus motivos para todo ello, pues no veía qué ganaría con advertirle de todo eso.

El aludido sólo dejó escapar una risa amarga. Quién iba a decirlo, estaba dejando salir todo lo que llevaba guardándose desde su llegada a Jubileo delante de uno de los forasteros de los que sus coterráneos tanto recelaban.

—Nos jactamos de desconfiar de los extraños, cuando hace un año nosotros mismos lo éramos en estas tierras… y aún lo somos a los ojos de quienes ya estaban aquí —explicó, refiriéndose a los miembros de los clanes Diamante y Perla—; lo más irónico es que, a pesar de sus reservas, han sido mucho más hospitalarios con nosotros de lo que lo hemos sido con gente como tú, Darai… quizá sólo es mi manera egoísta de compensar por algo en lo que no acabo de estar de acuerdo, pero que no he tenido el valor de refutar abiertamente —admitió, habiendo internalizado tanto ese escarnio colectivo que ni siquiera se sentía capaz de expresar sus dudas al respecto delante de sus adorados esposa e hijo.

Darai asintió con respeto, agradecido por la perspectiva que éste le había brindado, dado su escaso conocimiento de su propia situación. Sin embargo, necesitaba más si realmente iba a escapar de las garras de Cyllene, y por ende, de los Pokémon salvajes que habitaban Hisui.

—Tengo una idea que podría servir, pero necesitaría que me explique algunas cosas más, señor Colza —respondió finalmente, mientras procuraba recordar todo lo que había aprendido durante su tiempo en la universidad y el campo.
 

 
Colza le llevó a comparecer con Kamado y Cyllene durante la tarde de ese mismo día. A pesar de la presencia que ambos emanaban, Darai no dejó de mostrarse sereno, cosa que ninguno de éstos ignoró.

—Muchacho, espero que aprecies la hospitalidad que te hemos brindado y hayas pensado en cómo retribuirla, porque aquí no alimentamos a los gandules —aseveró Kamado, queriendo hacerle consciente de su situación—; en caso contrario, la capitana Cyllene sabrá muy bien cómo convertirte en un activo valioso para nuestra causa —añadió al fruncir el ceño.
—A decir verdad, señor… —empezó Darai, habiendo repasado una y otra vez lo que iba a decir delante de éste.

Y así empezó una extensa disertación sobre la problemática de los cultivos de Jubileo que Colza le había explicado durante la mañana y las posibles alternativas para mejorarlos con los métodos modernos que Darai conocía, todo ello supeditado a poder trabajar directamente en el terreno y comprobar de primera mano las condiciones a las que se tendría que enfrentar. Tan elocuente fue que el capitán de agricultura quedó con la boca abierta de la impresión, justo la reacción sincera que esperaba para que gente tan perceptiva como Kamado o Cyllene vieran que era información que éste desconocía y cortar de tajo cualquier sospecha más allá de darle información sobre la situación agrícola de Jubileo.

—Para todo esto, señor Kamado, requeriría como mínimo un mes de trabajo para producir algún resultado apreciable… aunque el mérito sería completamente de mi superior, el capitán del escuadrón de agricultura —acotó, sabiendo que a ninguno de ellos les interesaba que Darai llamara demasiado la atención.

Kamado, siendo alguien profano en esos menesteres, sólo podía confiar en su criterio para discernir las intenciones del chico. A diferencia del día anterior, le notaba mucho más seguro, como si estuviera completamente seguro de todo lo dicho. Dirigió una mirada furtiva hacia Cyllene, quien asintió casi imperceptiblemente.

—De acuerdo, muchacho, tienes un mes para demostrarnos tu valor; si no veo resultados, quedarás a disposición del escuadrón de exploración —sentenció Kamado, esperando haber tomado la decisión correcta.
 

 
Habían pasado ya algunos meses desde su llegada a Hisui, en los que había consolidado la vida pacífica que tanto deseaba. El primero había sido el más difícil de todos, habiendo tenido que acostumbrarse a las malas condiciones de las huertas y las herramientas antiguas (salvo el tridente que le habían dejado conservar), además de las miradas desconfiadas que la gente le dedicaba de tanto en tanto. Era muy difícil pasar desapercibido en una villa tan pequeña donde todos se conocían entre sí, a diferencia de la ciudad donde había crecido, a pesar de la historia que había acordado contar sobre sí mismo: la de un sobreviviente de alguno de los antiguos emplazamientos de Hisui, y por tanto, alguien que sabía cómo trabajar esas tierras. Fue por esto que se centró por completo en su trabajo en lugar de intentar socializar, siendo Colza uno de los pocos con quienes tenía alguna conversación más allá de lo laboral; incluso cogió el hábito de fumar de tanto en tanto algún pitillo de marihuana cuando sentía que la situación le superaba, después de que su superior le confiara el cuidado de los cultivos especiales tras los magníficos resultados que habían tenido con sus propuestas para aumentar la productividad de sus cultivos.

Con el tiempo, los otros subordinados de Colza empezaron a tratarle como uno más, y un satisfecho Kamado había hecho los arreglos necesarios para que tuviera una comida al día en “La Enredadera”, a donde iba a parar lo mejor de las cosechas. Trabajar el campo de sol a sol, tener ese sustento asegurado, dormir como un tronco, valerse por sí mismo para asegurar su propio bienestar… aunque estaba muy satisfecho con todo ello, a ratos Darai no podía evitar sentir que le faltaba algo importante, lo que había dejado atrás. En aquellos momentos trataba de no darle demasiadas vueltas y ocuparse en lo que debía hacer. Poco sabía que los caprichos del destino no solían aceptar un no como respuesta.

Su vida volvió a cambiar en uno de los últimos días del verano, mientras trabajaba en la parcela que albergaba los cultivos medicinales requeridos por Pesselle, incluyendo el cáñamo y las amapolas en la zona más apartada del camino. Al principio no prestó demasiada atención a los gritos del pobre Laventon, habiendo aprendido a las malas que no debía inmiscuirse en los problemas de los otros habitantes de Jubileo, pero cuando el curioso Cyndaquil que éste perseguía se internó en medio de los cultivos, Darai se puso en alerta. Dada su especialización previa en Pokémon de tipo planta, no tenía demasiado aprecio a los de fuego, y aunque quería ahuyentarlo de ahí lo antes posible, no quería asustarlo y producir que encendiera las flamas de su lomo. Fue entonces que vio algo que le produjo un vuelco en el corazón: una esfera roja y marrón volando hacia el ratón flamígero le llevó a rememorar en un instante todo lo que había vivido desde su partida de ciudad Corazón para recorrer Sinnoh de cabo a rabo. Sin embargo, la solemnidad de tal reminiscencia se fue a pique cuando la rudimentaria Poké Ball impactó a más de un metro de su blanco. Las que vinieron después fallaron por igual o mayor margen y causaron aquello que Darai tanto temía, justo cuando Cyndaquil se había acercado a olisquear las amapolas que Colza le había encargado cuidar con todo de sí.

Entre ese imperativo y el reflejo adquirido por la enorme mayoría de entrenadores de su época, Darai asió inmediatamente la Poké Ball más cercana para lanzarla hacia la espalda del Cyndaquil, quien en su estado de relajación por su hallazgo no opuso demasiada resistencia a ser atrapado. La pequeña explosión similar a fuegos artificiales proveniente del dispositivo sacó al chico de su ensimismamiento, así como los aplausos de Laventon, quien aún no daba crédito a lo que veían sus ojos.

—Santos cielos, muchacho, ¡tienes talento para esto! —exclamó el atolondrado profesor, mientras recogía aquella esfera.

Talento. Esta palabra le transportó inmediatamente a momentos que no quería recordar, los que pensaba que ya había dejado atrás, enterrados en un pasado que técnicamente aún no había ocurrido.

—Muchas gracias, joven amigo; me aseguraré de que este pequeñín no vuelva a ocasionar más problemas —prometió el científico tras recoger las otras esferas que había aventado, con lo que se retiró en un andar precipitado y algo torpe.

Aunque Darai intentó acallar esos pensamientos al centrarse en el trabajo con su parcela, no le sirvió de mucho. Sabía que había logrado mucho ahí con su ocupación actual, pero esto no había curado las heridas que se había esforzado tanto en ignorar; para más inri, fue llamado a la oficina de Kamado justo antes de que la comida pudiera alegrarle un poco el día. Como la última vez que había estado ahí, Cyllene y Colza también estaban presentes; la primera se mostraba impasible, como era usual, mientras que el segundo era incapaz de ocultar un cariz de preocupación.

—Laventon me ha informado de lo acontecido esta mañana —expresó Kamado con tono grave, con lo que Darai empezó a preocuparse de que fuera a darle alguna mala noticia—; sé que llegamos a un acuerdo tras tu llegada aquí, pero no podemos pasar por alto otra habilidad que nos resulta igual de necesaria —añadió, tras lo cual dejó la palabra a su subalterna.
—Seré clara: el escuadrón de exploración cada vez tiene menos miembros, ya sea por los peligros que implican nuestras misiones o por el miedo que esto genera en quienes se plantean en algún momento presentarse como voluntarios; hace unas semanas tuvimos otro caído del cielo como tú, un joven prometedor… pero se quedó en eso tras enfrentarse a más de lo que podía manejar —explicó desapasionadamente, a pesar de tener todavía clara la imagen de los sangrientos restos de tan desafortunado recluta.
—Es cierto que tus aportes han logrado apaciguar las aguas en cuanto a lo que podemos consumir ahora, pero necesitamos atacar también la otra parte del problema; ¡debemos saber cómo afrontar a los Pokémon y que dejen de causar miedo en los habitantes de Jubileo! —acotó Kamado con expresión severa, dando a entender que no estaba dispuesto a negociar aquello.

Darai bajó la mirada, rumiando esas palabras, mientras Colza apartaba la mirada, pues no había podido convencer a los otros dos de que el chico era lo suficientemente valioso como para arriesgarlo de ese modo.

—¿Qué tienen planeado para mí, señor? —inquirió finalmente, firme como un soldado listo para ir a guerra de la que posiblemente no volvería; quería al menos escuchar el planteamiento de esos dos, para saber si era tan terrible como se imaginaba.

Kamado tan sólo dirigió la mirada hacia Cyllene, quien no se inmutó con lo que estaba a punto de decirle.

—Considerando que tus compañeros de granja aún no han acabado de aprender todo lo que les has enseñado, te asignaré los trabajos menos peligrosos primero —estableció, al haber aprendido tan crudamente lo que podía causar sobrestimar las capacidades de esos forasteros—; conforme su aprendizaje dé frutos y demuestres tu valía real para los objetivos de mi propio escuadrón, consideraré darte misiones más relevantes —finalizó su exposición, preparada para responder cualquier duda que su nuevo recluta pudiera tener.

Era apenas algo mejor de lo que había temido, pero aun así era muy arriesgado. Esa mujer era tan aguda en sus juicios que aun si decidía intentar flaquear en su enseñanza de técnicas de agricultura o mostrar adrede un mal rendimiento como explorador lo notaría enseguida.

—Si no tienes ninguna pregunta, puedes volver a tus actividades normales; te haré saber de tus asignaciones con la debida anticipación —instruyó, impávida, antes de marcharse, con lo que Kamado instó a los otros dos a hacer lo mismo con un gesto adusto.

Sin mediar palabra alguna, pero pensando lo mismo, Colza y Darai se dirigieron a donde se habían conocido, el que se había convertido en su lugar para deshacerse de las tensiones que amenazaban con superarles. El primero ofreció un pitillo al otro y lo encendió antes de hacer lo mismo con el suyo.

—Lo siento, Darai; hice lo que pude, pero ya ves que no soy rival para Cyllene —se excusó Colza, sabiendo lo temible que podía ser esa mujer con las palabras y las armas; no por nada había sido la espadachina más destacada en la lejana región Hoenn.

El aludido dio una buena calada a su pitillo antes de plantearse contestar; había aprendido a apreciarlos con el tiempo a pesar de su renuencia inicial a emplearlos. Sin embargo, cuando ese oloroso humo empezó a llenar sus pulmones, comenzó a sentir un cosquilleo agradable, y no precisamente por tal sustancia, tanto que no tardó en toser al haberse olvidado de controlar ese flujo. Colza no pudo evitar mirarle con extrañeza, pensando que ya estaba acostumbrado a ello desde hacía tiempo.

—No lo dudo, Colza —respondió con tono afable, habiendo dejado atrás la formalidad entre ambos desde hacía meses, al menos cuando podían hablar a solas—; aunque ya no cuente con las facilidades de mi época para viajar y explorar, en ese entonces traté con los Pokémon, así que era de esperar que en algún momento sucediera algo así —añadió con resignación, si bien un esbozo de sonrisa adornaba su rostro.

Su superior no supo si esto por un repentino subidón o si había algo más que cruzara la mente de Darai en ese momento. Aguardó, intrigado ante lo siguiente que fuera a decir.

—Trabajar en el campo me ha traído mucha paz, pero había algo que me apasionaba antes de ello… viajar, explorar el mundo —narró, aunque se guardó la parte de las batallas Pokémon, al no saber cómo se lo tomaría—; quizá, sólo quizá ésta sea una buena oportunidad de llevar a cabo ambas cosas —añadió con una sonrisa, habiendo encontrado quizá la forma de volver a vivir su sueño sin la pesada carga de su fracaso.

Era la primera vez que Colza le veía sonreír así, considerando su usual semblante serio. Aquello le brindó una tranquilidad que no sentía desde que le habían dejado tenerlo como su subalterno en el escuadrón de agricultura.

—Sería una buena oportunidad para conseguir plantas valiosas e intentar cultivarlas aquí —terció el mayor, tras lo cual dio otra buena calada a su pitillo.
—Era una de las cosas que había pensado, sí —convino Darai, encontrando la idea cada vez más atrayente, por más peligrosa que pudiera ser.

Y así siguieron fumando y conversando de otras cosas más, mientras dejaban que el humo se llevara sus preocupaciones. Si bien el futuro era incierto, las raíces que Darai había echado en Hisui parecían firmes, listas para soportar y nutrir el porvenir que esperaba construir con sus propias manos.

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Wasureruna saigo no buki wa ai sa
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#12
Cuando llegamos a la nueva casa, le pregunté a mi madre por qué la gente era tan extraña. Ella trató de explicarme la diferencia con un viejo decir de nuestro antiguo hogar; ella dijo que Unova era similar a una planicie donde cada quien era libre de hacer e ir a donde quisiera; la gente podía moverse a donde se sintiera más cómoda con sus creencias y estilo de vida, y echar raíces para progresar por su cuenta. En cambio, Sinnoh, se había formado diferente. El clima era frío en el norte y tormentoso en el sur, aislado del resto del mundo por el océano. En aquella isla, sus habitantes habían tenido que aprender a trabajar como uno, a poner sus esfuerzos en la misma dirección. En lugar de una planicie, Sinnoh era como un barco en medio del mar. No hay otro lugar a donde ir, y tu vida pertenece a todos los demás. Haz tu trabajo a bordo, no llames la atención, no hagas algo que ponga en peligro la estabilidad. No hay sitio para los egoístas, pues por uno pueden caer todos; salirse de la línea significa salir del barco, y el agua significa la muerte.
Teach - Prólogo

The Speechless Land

 

La muerte era algo a lo que no podía acostumbrarse. Su vida había terminado antes de poder hacer algo con ella. Antes de empezar a vivir. Y ahora estaba atrapado en un mundo distinto, rodeado de extraños y sin la menor idea de qué hacer. Una vida de injusticias había acabado con la más grande de todas.

Tal era la "vida" del fantasma. Tal era su nueva realidad.

Sin lugar a dudas, lo más difícil era acostumbrarse a su nuevo cuerpo, porque de todas las reencarnaciones posibles, tuvo que tocarle un Duskull. La falta de dedos era un inconveniente. La falta de piernas era un problema mayor, así como el aprender a levitar. Pero sin duda lo peor de todo era la repentina falta de visión binocular. Entre su repentina incapacidad de percibir la distancia y su recién adquirida intangibilidad (que parecía ir y venir a capricho) pasaba la mitad del tiempo chocando con cosas que quería esquivar y la otra mitad atravesando cosas que quería tocar.

Y la compañía tampoco era un consuelo. Los pocos de su especie con los que se había cruzado se parecían más a los pokémon que había visto toda su vida que a otras almas en pena como él. Ninguno le decía nada. Ninguno hacía otra cosa que flotar por ahí y asustar a otros pokémon. Aquella era una nueva clase de soledad para la que no estaba preparado. ¿Acabaría igual que ellos, como otra alma sin mente ni personalidad, movida solo por sus instintos? El solo pensarlo le aterraba.

De modo que nuestro fantasma se alejó de aquel bosque de ánimas y vagó hasta la costa, perdiéndose una y otra vez en el ir y venir de la marea. Encontró refugio del frío y del calor en aquel viejo barco abandonado sobre la arena. No tenía idea de cómo había llegado ahí, pero por alguna razón, se sentía como en casa. Hasta donde el pequeño Duskull sabía, tener un recuerdo de civilización le ayudaba a aferrarse a su conciencia humana.

¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Semanas? ¿Años? El tiempo pierde su significado cuando todos los días son iguales. De vez en cuando debía asustar a algún humano que se acercaba demasiado, y otras veces tenía que ahuyentar a los pokémon merodeando por la playa. Pero la mayor parte del tiempo la pasaba pensando en sí mismo; en la vida que no quería olvidar y que cada vez sentía más lejana. Sabía que en cuanto la olvidara, dejaría de ser el mismo y se convertiría en otro fantasma dando tumbos por el bosque, y eso era lo último que quería.

Una noche despertó en la bodega sintiéndose incómodo. Había dormido toda la tarde y tenía la impresión de que algo iba mal. Atravesó la nave y empezó a vagar de un lado a otro, usando los huecos en la madera, puesto que aún no confiaba en su intangibilidad; y entonces lo vio, durmiendo de lado en la cubierta.

Se trataba de un humano, un ejemplar joven. Vestía unos jeans viejos y una remera blanca que se apretaba a su cuerpo de tal forma que resaltaban las vértebras de su espalda, y unas ligeras sandalias en los pies. Cabello negro y tez que parecía clara a la luz de la luna. Aquello le causó un cúmulo de distintas emociones, en el que predominaban el rechazo y la indignación. Aquel donadie había tenido a bien allanar su propiedad y tirarse a dormir como un bulto donde le vino en gana. Sin pedir permiso o saludar siquiera. Sabía de forma subconsciente que era ridículo esperar que aquel humano supiera que el barco pertenecía a un fantasma, o que fuera a mostrar cortesía hacia un Pokémon, pero estaba demasiado molesto como para pensar razonablemente.

Aquel tipo era un invasor, y debía darle una lección.

Levitó sobre él, dejando que su sombra lo cubriera, y encendió su único ojo para proyectar su luz sobre aquel incauto. Era la única técnica que había logrado dominar desde que empezó su vida como fantasma, el llamado Comesueños. Sonrió para sus adentros, pensando que solo estaba cobrando un precio justo por el hospedaje, y que aquel vago debería sentirse agradecido de su generosidad. Enfocó su mente, contuvo la respiración y se sumergió en aquel refugio onírico.


Solo para ser recibido por un gigantesco puño de acero que apenas y tuvo tiempo de esquivar. Voló tan rápido como pudo para alejarse y poder observar a su atacante, solo para encontrarse con un coloso carmesí con ojos como faros, completamente hecho de metal.

—¡Escapa, Onii-chan!

Apenas se dió la vuelta, vio volar a una niña con ropa vistosa y un báculo en mano, del cual lanzaba rayos para mantener a raya al titán. Aquella niña, que bajo ninguna posibilidad era su hermana, invocó una barrera para darle tiempo a escapar, cosa que hubiera hecho de no ser porque otra aparición le había cercado el paso:

—Nya~

Se trataba de una mujer. Una mujer con orejas y patas felinas vestida solo con un delantal y un cascabel. Sobre ella levitaban una docena de platillos distintos que usó como proyectiles contra el pobre fantasma. Era la primera vez que se enfrentaba a algo así. Aquello no era un sueño, sino una pesadilla. Una barrera mental para proteger a su usuario contra invasores, o quizás aquel tipo simplemente estaba loco.

—¿A dónde vas, senpai?

Para cuando se dió cuenta, estaba en una palma gigantesca de mármol. La palma estaba pegada a un brazo, y esta a su vez a un gigantesco elefante de mármol que por alguna razón tenía un moño rosa pegado en la frente.

—Llevas AFK dos horas. Hay que retomar la partida.

Un sonido ensordecedor le hizo alzar la vista, aterrado, hacia aquel cielo en el que un centenar e ángeles extrañamente atractivas y escasamente vestidas volaban en formación sobre él, lanzando un aluvión de rayos inmisericordes en su dirección. ¿Iba a ser aquella su segunda muerte? Nunca había estado en peligro dentro de un sueño, así que no podía saber con certeza qué le pasaría a su cuerpo cuando aquellas lanzas lo atravesaran. No tuvo oportunidad de averiguarlo de todos modos, ya que antes de que ninguna de ellas lo alcanzara, un dragón negro salió de la nada y lo aplastó entre sus fauces.




Por fortuna, los fantasmas no morían ni siquiera al ser asesinados, así que lo único que sacó de ese encuentro con la locura fue un susto de muerte. Se escondió detrás de las velas y esperó a que aquel hombre despertara, no porque le tuviera miedo, sino para tenderle una emboscada. Lo vio alzarse a la mañana con un bostezo exagerado y reparó en aquello que sostenía contra su pecho: una tablilla sobre la cual sujetaba una hoja de papel, y con una sonrisa boba en los labios. Lo siguió con sigilo a través de la nave mientras este hacía anotaciones de todo lo que veía, tarea que le tomó el resto del día. Empezaba a hacerse a la idea de que el extraño descortés se quedaría otra noche, pero cuando los primeros rayos rojizos del atardecer se hicieron presentes en el suelo, éste dió media vuelta y se marchó sin decir una palabra.

Decidió seguirlo, curioso de a dónde podría ir, de modo que levitó a una distancia segura mientras se abrían paso por la costa. Una hora más tarde, el humano estaba completamente agotado, arrastrando los pies a cada paso, y el fantasma se sentía más aburrido que nunca. Empezaba a considerar la idea de abandonarlo y volver cuando vio acercarse a otro ser humano; un poco más alto, pero igualmente joven, de piel morena y mejor complexión.

—¿En qué pensabas? Estás en los huesos —le oyó decir mientras le tendía un cántaro con agua al primer humano. Este bebió un largo trago y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Es perfecto. Servirá. Está vivo. Vivo te digo. Podría jurar que anoche escuché una voz hablarme de las velas.

—¿Bebiste agua de mar, o todos en tu tierra están tan locos?

—Gracias por mostrarme el camino, hermano. No hubiera llegado ni en mil años por mi cuenta... —contuvo la respiración un segundo, como ponderando los grandes misterios del mundo—. ¿Cómo volvemos al asentamiento?

—Te llevaré —replicó el otro con un suspiro desganado.

El fantasma los vio alejarse hasta que se perdieron de su vista. Por alguna razón, las ganas de seguirlo habían sido reemplazadas por la inquietud de volver al barco, como si temiera que le hubieran salido alas y se marchase en su ausencia.

Con alivio, descubrió que seguía encallado en el mismo lugar de siempre, pero la ansiedad le hizo revisarlo de proa a popa, buscando cualquier desperfecto del cual culpar al molesto invasor.

"Vivo" había dicho. Aquel pobre hombre estaba loco. Hasta un fantasma sabía que las cosas eran solo cosas. No había otra alma ahí además de la suya. Y la voz que escuchó entre sueños debió ser la del fantasma aterrado tratando de escapar de esas visiones infernales. Eso era todo. Un loco de una tierra lejana. Nada que debiera quitarle el sueño. De modo que volvió a la cubierta y ajustó las cuerdas que sujetaban las velas con movimientos mecánicos, trabajando con esa memoria que cada vez se hacía más difusa. Se acercaba el momento que temía; aquel en el que inevitablemente olvidaría quién era. Aquel pensamiento no le dejaba dormir, de modo que siguió trabajando, ajustando el timón y limpiando la cubierta hasta que el cansancio le venció, tratando de escuchar una voz que sabía no estaba ahí.



Dos semanas después, el humano estaba de vuelta. Llevaba una bolsa y algunas tablas de madera atadas a la espalda, pero por lo demás, era el mismo loco escuálido que conocía. El fantasma volvió a esconderse, y el humano permaneció en la cubierta, extendiendo su equipaje sobre la manta. Un serrucho pequeño, un martillo, una lija, aquellas tablas y la tablilla en la que hacía anotaciones, junto con una bolsa más pequeña de aspecto sospechoso. Consideró la idea de asustarlo, pero por alguna razón, pensó que aquel extraño no era tan peligroso después de todo. Se sentía generoso. Lo bastante para dejarlo quedarse un par de noches.

O al menos eso pensaba. Aquel humano no solo era desconsiderado, sino increíblemente ruidoso. No solo el serruchar y el martilleo que hacían eco por toda la nave le crispaban los nervios, sino que aquel hombre claramente era malo en su trabajo, de modo que cada diez minutos escuchaba una exclamación incomprensible, que variaba según se había cortado por accidente, se había clavado una astilla o se había dado en un dedo con el martillo. Era imperdonable. No podía soportar tanta falta de respeto. Voló hasta la cámara del capitán, donde guardaba el espejo de plata que había encontrado tiempo atrás, y se dió un vistazo en el mismo, tratando de lucir lo más aterrador posible. Esta vez el humano no se saldría con la suya. Esta vez sería el momento de la venganza.

Encendió su ojo con la fuerza de una bengala y se acercó sigilosamente por detrás, preparado para causarle un infarto a aquel bribón que invadía su propiedad. Estaba a apenas un metro de distancia cuando su presa se giró para verlo y sonrió.

—Un Gastly, ¿verdad? Ya sentía yo que había alguien más a bordo.

Gastly. Lo había llamado Gastly. ¿Qué clase de inculto soez era aquel humano insolente? Ni siquiera tenía la cortesía de asustarse como era debido. El único ojo empezó a danzar desquiciado dentro de su cráneo.

—¿Qué pasa? ¿Tienes hambre? —el humano tomó la bolsa sospechosa, y sacó de ella una fruta que le ofreció al fantasma. Este la tomó con uno de sus brazos y la alzó sobre su cabeza, listo para arrojarla contra aquel cretino que creía poder sobornarlo.

Examinó el arma a la luz del sol: una jugosa manzana de piel verde, reluciente y suave al tacto, que parecía desprender una agradable fragancia.

Después de todo, sería una lástima desperdiciar una ofrenda tan perfecta en partirle la nariz a un simple humano. Voló con su tesoro detrás de la vela central, devorando el fruto en cuestión de segundos. Sabía a su propio nombre, sabía a estar vivo.

—Hay más por si quieres —le dijo el extraño, dejando la bolsa abierta en el suelo mientras retomaba su trabajo. El fantasma mantuvo la distancia tanto como pudo, pero eventualmente el hambre le hizo ceder y bajó a tomar otra manzana. En lugar de esconderse, sin embargo, esta vez se quedó a verlo trabajar.

—¿Qué te parece? —le dijo el humano. Por suerte, el Duskull era incapaz de comunicarle el pésimo trabajo que estaba haciendo.

—Va a ser como el Going Merry... ¿o como el Sunny? ¿A ti cuál te gusta más? Yo soy #TeamMerry.

Aquel Duskull no sabía qué eran un Sunny o un Merry, de modo que también se ahorró esa respuesta. Notó, sin embargo, que aquel sujeto se había puesto serio. Los ojos fijos en el horizonte y las facciones en un rictus de determinación.

—O quizás... Si le ponemos piernas, y un espada en la proa, podemos reconstruir el Dai Gurren. ¡Eso es! ¡Necesitamos pintura roja!

El corazón de la manzana voló hacia su cabeza.




Los días pasaron, y aquel hombre siguió con su proyecto. El Duskull pasaba la mayor parte del tiempo con él, tratando de encontrar el sentido a sus disparates. Cada tres días hacían una pausa, y lo seguía a las cercanías del pantano, donde recogían las bayas que podían para llevarlas a la nave y tener qué comer, en base a anotaciones de su tablilla. Pese a que él era un fantasma y por tanto, no necesitaba alimento, lo compartían a partes iguales mientras el humano tomaba más notas y volvía a trabajar. Por las noches, el Duskull se cobijaba entre las velas, mientras que el humano se había hecho un refugio en la bodega.

—¿Sabes lo que es la xenia? —le comentó una vez. El fantasma, naturalmente, no respondió—. Significa hospitalidad. Si tienes un huésped, debes tratarlo con respeto y amistad, y el huésped debe devolver eso mismo al anfitrión. Si no lo cumples, los dioses te van a castigar. La hospitalidad es sagrada.

El fantasma lo miró fijamente, asombrado de que dijera algo con sentido por una vez.

—Lo dicen en Lucky Star, estoy seguro. Pero de donde vengo, nadie la practica. Cada quien va por su cuenta. No llames la atención. No sobresalgas. Necesitar ayuda es sobresalir. Ayudar a otros es una ofensa. No sacudas el barco. Solo cumple tu papel para no perjudicar a otros.

Aquellas palabras calaron en su interior, removiendo algún recuerdo instintivo que se negaba a salir a la superficie.

—El mundo necesita más waifus. Un ideal al que puedas aspirar. Que llene tu corazón y tu alma... y que te llame "onii-chan", mientras suena un poco avergonzada cuando lo dice.

Pese a su intento de aligerar el ambiente, esas palabras se quedaron con Duskull el resto del día, e incluso le impidieron conciliar el sueño por la noche. Como si una nube sombría hubiera envuelto su mente, justo como las que cubrían el cielo; bloqueando la luna y las estrellas.

Sentía cierta humedad en el aire, lo que le hizo adivinar lo que vendría cuando una gota de agua cayó sobre su calavera, seguida de un millón de sus hermanas. Buscó refugio en el interior del barco, y la casualidad, o la curiosidad, le hizo levitar hasta la bodega donde dormía el humano entre una manta y algunas cajas. El humano, que por lo regular roncaba ruidosamente, ahora se agitaba de un lado a otro entre sueños, murmurando frases ininteligibles que en nada se parecían a su verborrea habitual.

Se sintió tentado. No había vuelto a invadir sus sueños desde aquel desastroso incidente, en parte por miedo y en parte por un creciente respeto que sentía por él. Respeto al huésped, "xenia" como él había dicho. Aún, así, algo más que la curiosidad le impulsó a adentrarse aquella noche en sus sueños.



Esperaba encontrarse otra imagen sacada del infierno; con monstruos, dragones y mujeres con alas. Pero en su lugar se encontró en medio de un bosque, un bosque hermoso y lleno de vida para más detalles. Beautifly, Starlys y Bunearys iban y venían entre los arbustos, envueltos por los haces de luz que se filtraban a través de los árboles, flores multicolores desprendiendo fragancias, y un arroyo destellante al cual se acercaban a beber los pokémon. Más que un sitio real, parecía la idealización de un recuerdo más hermoso de lo que fue en realidad. Lo único que desentonaba en aquel paraíso eran los sollozos de un niño sentado junto una piedra, con la espalda pegada al musgo y abrazando sus rodillas.

Algo en aquel niño le resultaba familiar. Pensó en acercarse, pero antes de poder hacerlo, alguien más apareció en la escena. Se trataba de una adolescente apenas unos años mayor, se semblante amable, pero a su vez, su presencia era difusa. Como si no estuviera del todo ahí. Por un momento pensó que se trataba de un fantasma, pero el chico alzó la vista cuando la escuchó acercarse.

—¿Matti?

—Mamá me contó que te peleaste otra vez en la escuela —Dijo aquella chica, con una mezcla de incomodidad y preocupación.

—Ellos empezaron.

—No se trata de quiénes empiezan. No deberías darles motivo. La gente de aquí es... Diferente.

—¿No podemos volver a casa?

—Esta es nuestra casa ahora. Papá necesitaba el ascenso. ¿No es lo que quieres? Tenemos una casa más grande, y vamos a vivir mejor.

El niño negó con la cabeza. Su hermana subió a la piedra y se sentó detrás de él.

—¿Por qué no tratas de hacer amigos? Trata de encajar con los demás. Solo tienes que acercarte y ser amigable.

—Se burlan de nosotros —replicó con amargura—. Dicen que somos extranjeros. Que no somos como ellos.

—Entonces tienes que ser sutil —le dijo apoyando una mano sobre su cabeza—. Trata de conocerlos y hacer lo mismo que ellos. Trata de no destacar... y te van a aceptar. A mí me funciona. Si yo puedo, tú puedes.

—Yo no soy como tú.

—Claro que sí. Yo te voy a ayudar.

Bajó de la roca y extendió la mano a su hermano menor, quien se aferró fuertemente de sus dedos. El fantasma empezaba a preguntarse la razón de lo que estaba viendo, cuando el mundo desapareció de su vista. Los árboles, las flores, los pokémon e incluso la luz del sol fueron reemplazados por la más cerrada negrura. Lo único que quedaba ahí era el niño, quién buscaba a ciegas la mano que sostenía segundos atrás. Y ahora escuchaba murmullos, gritos y lágrimas que parecían querer enloquecerlo.

Luego silencio. Absoluto silencio.



—Este sería tu cuarto intento —escuchó decir a una voz severa. Se encontraba en un comedor, con tres personas sentadas a la mesa. El primero era un hombre de expresión rígida, y a su lado una mujer que parecía triste. Del otro lado, el mismo humano cuyos sueños había invadido.

—Papá, te prometo que esta vez...

—No habrá otra vez. Tuviste tu oportunidad. Tuviste tres oportunidades. Los exámenes de admisión son caros, ¿lo sabes? Yo no tuve tantas oportunidades... —el hombre se pasó una mano por la frente, decepcionado y dubitativo a partes iguales—. Eres el mayor ahora. ¿Es el ejemplo que quieres dar a tu hermano?

Su humano bajó la cabeza, profiriendo un apenas audible "no".

—No queríamos que fueran así las cosas, pero estamos contigo. Tu madre ha hecho algunas llamadas, y han decidido darte una oportunidad en la firma de su tío. Empezarás desde abajo, pero confiamos en que podrás forjarte tu camino.

Cada vez entendía menos; aunque podía reunir algunas piezas de la historia, no le gustaba lo que aprendía. Trató de alejarse flotando, hasta que escuchó las risas de una multitud y siguió aquellas voces. Pronto se encontró con las calles de una ciudad, siguiendo los pasos de cuatro chicas que cargaban instrumentos musicales. Trató de acercarse a ellas, pero chocó contra una barrera, como si un muro de cristal se hubiera puesto en su camino.

Tomó distancia. El cristal formaba parte de una caja, y él estaba en la casi absoluta oscuridad. Lo único que podía ver era, de nuevo, a su humano; tendido sobre un sofá, con los ojos apagados y fijos en la pantalla. Por un momento creyó que estaba muerto, hasta que lo vio sobresaltarse cuando la luz se encendió.

En la habitación había aparecido otro humano, similar a él, pero más joven.

—¿Marcos?

—Tengo un plan —le dijo aquel—. Puedo ayudarte.

Empujó a su hermano a un extremo del sofá y se sentó en la otra orilla. Entonces puso entre ellos una docena de papeles con gráficos y una escritura que no entendía.

—Ya hice el examen el año pasado. Sé cómo funciona... también he estado ahorrando algo de mi trabajo. Te puedo ayudar a estudiar. No le diremos nada a papá y mamá. Vas a aprobar, te lo prometo. Eres más listo de lo que crees.

A aquel chico le brillaban los ojos, y la sonrisa en sus labios expresaba una absoluta seguridad, similar a la que había visto en la chica del pasado. Sin embargo, el fantasma notó que los de su humano carecían de toda luz. Aquella era una batalla perdida.

Saltó a otro recuerdo. ¿Cuántos años habían pasado? El humano estaba frente a un espejo. Aún más demacrado, vistiendo un traje negro con camisa y corbata que no le quedaba del todo bien. Cuando creyó estar lo bastante presentable, salió de la habitación y bajó las escaleras, solo para encontrarse con su hermano y sus padres, formalmente vestidos, sorprendidos de verlo.

—Ed —preguntó su madre—. ¿A dónde vas?

—Pues a la ceremonia de Marcos, ¿verdad? Hoy le van a dar el reconocimiento.

Notó las miradas incómodas entre los tres, cada uno tratando de encontrar las palabras. Buscó apoyo en los ojos de su hermano, solo para encontrarse con vergüenza y decepción.

—Esperábamos que te quedes a cuidar la casa —dijo su padre—. ¿Nos haces el favor?

—Sí, claro —replicó con un esbozo de sonrisa—. De todos modos hoy dan el final de temporada. Diviértanse.

Volvió a su habitación, desplomándose sobre la cama sin encender las luces o el ordenador. Reflexionando sobre lo bien que lucían su hermano y sus padres juntos. Había un hueco en la imagen que formaban, pero no era él quien completaba el cuadro.

 
«Ya no sé cómo ayudarte»
 
 
«¿Cuando vas a madurar?»
 
​​​«¿Qué hicimos mal contigo?»
 
«¿Por qué no puedes ser como tu hermano?»
 
«Se salvó el equivocado»
 
 «Eres un lastre para tus padres»
 
 
«¿Qué estás haciendo con tu vida?»
 
Demasiadas voces distintas, irreconocibles. Severas, tristes, decepcionadas. Voló a través de aquel bosque de voces y rostros tratando de escapar, solo para caer de bruces en un bosque de verdad.

El trinar de un Starly lo trajo de vuelta a la realidad. La rojiza luz del sol se filtraba a través de las hojas de los árboles. Un par de Wurmple se arrastraban por el suelo, presurosos de volver a su escondite antes del anochecer. Tuvo la certeza de que era el mismo bosque del pasado, pero nunca volvería a ser el mismo.

Y entonces lo vio. Ahí estaba su humano, pero no parecía el mismo. Los ojos rojos. Las mejillas cubiertas por una fina barba. La piel contra los huesos, los hombros hundidos Las manos temblorosas sujetando una soga.

«Tarde o temprano, hasta él se rindió conmigo»

El contraste era horroroso. Aquel sujeto parecía una persona distinta de su huésped forzoso en el barco. ¿Cómo podían ser la misma persona? Sacudió la cabeza, tratando de dispersar la pesadilla. Aquel era solo un sueño, y podía ponerle fin con despertar.

—Esta servirá.

La soga se deslizó sobre una rama, y su humano comprobó la firmeza de la misma antes de hacer un nudo.




Pasaron varios días. Después de esa pesadilla, el humano volvió a irse sin decir una palabra. Taciturno, derrotado. El fantasma no trató de detenerlo. Aún si pudiera decirle algo, no tendría idea de qué. Se preguntaba si aquello había sido una pesadilla o un recuerdo. Si aquel humano en verdad había tratado de matarse. A veces se preguntaba si no habría ido a terminar el trabajo. Le daba miedo volver a los bosques y encontrarse con su cadáver colgando de una rama.

Los próximos días fueron oscuros. Por primera vez se sentía solo en aquel barco. Un sentimiento de incertidumbre lo invadía, y le hacía preguntarse cosas de un pasado cada vez más distante. Hasta ese momento no había dado mucha importancia a su propia muerte, pero ahora se preguntaba cómo había sido. Tal vez cayó víctima de una fiebre, o lo emboscaron los pokémon salvajes. Tal vez lo había matado otra persona, o se había matado a sí mismo. No podía recordarlo. La niebla de sus recuerdos era cada vez más difusa, y ahora apenas si podía recordar su propio nombre.

El humano había olvidado su proyecto, y el fantasma lo había llevado a la sala del capitán para protegerlo de la lluvia. A veces pasaba horas contemplando el imperfecto trabajo que había hecho el humano; haciendo uso de la lija para pulir imperfecciones aquí y allá.

Una mañana, el humano regresó. Tenía el semblante animado otra vez, y una bolsa abultada en su espalda. Cuando vio al fantasma le saludó con la mano y le arrojó algo de su equipaje.

Era una manzana.


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—No sabes lo caro que es todo en el clan KONGO. Me dejaron trabajar por algo de dinero, pero me tomó una semana comprar lo más importante...

Subió a la cubierta, y el fantasma le llevó el proyecto. El humano abrió su bolsa y extrajo de ella tres frascos de pintura y un pincel.

—El toque final.

Se sentó en el suelo, y empezó a trabajar. El fantasma lo miraba atentamente, como si tratara de adivinar sus pensamientos. Él se dió cuenta y se llevó una mano a la nuca.

—Eras tú, ¿verdad? El que estaba en mis pesadillas. Creo que te vi.

Asintió sin darse cuenta, respondiendo por primera vez a lo que le decía.

—Fui un fracaso desde el principio, ¿sabes? Nunca hice amigos de mi edad... ni de ninguna edad. Nunca tuve una novia, ni fui a una fiesta que no fuera familiar. Venía mal de fábrica, y lo sabía. Matti... no, toda mi familia trató de apoyarme, pero nunca sirvió de nada... y al final los agoté.

»No me colgué. Lo intenté, pero no lo hice. Creía que le hacía un bien a todos. Nunca me sentí a gusto en Sinnoh, ¿sabes? Nunca me acostumbré a ese lugar y, antes de darme cuenta, se me habían acabado las oportunidades. Decepcioné a todos. Me alejé de todo el mundo... traté de escapar a mi interior, pero las voces eran demasiado fuertes, y solo... solo quería ponerle fin. Estaba harto de verme al espejo, ¿sabes?

»El Bosque Eterna parecía un buen lugar, era el único sitio del que tenía buenos recuerdos. Aunque estaba cerca de casa, si nadie me buscaba nadie me encontraría, y seguro los pokémon me comerían sin dejar rastro. Busqué un árbol, até la soga y, entonces, la vi. Era una mujer. Tenía ropa de mujer, pero estaba irreconocible. La piel se le había puesto negra, y la cara estaba deforme. Ella también colgaba de un árbol. Ella sí había terminado su trabajo. Me dió un susto de muerte, y eché a correr del bosque tan rápido como pude... pero me perdí.

Una estridente carcajada puso fin a la zozobra. Sin embargo, el fantasma entendió que solo trataba de alegrar los ánimos.

—Mi madre me contó una analogía. Ella decía que Sinnoh era como un barco en el que cada quien debe cumplir su papel, y donde los que no sirven son arrojados al mar. No es un lugar para sueños personales, sino para el deber. No destaques, solo haz tu parte. Pensaba que yo era el sobrante, y que debía lanzarme al mar... figurativamente. Pero entonces ví a esa mujer colgando, y aunque al principio pensé en Matti, después entendí algo importante.

»Resulta que no era el único que se sentía fuera de lugar. No era el único que no encajaba en ningún lugar. ¿Me entiendes? Y tal vez si esa mujer hubiera tenido a alguien que le ayude, tal vez...

Abrió el último frasco de pintura, de un rojo brillante, y empezó a aplicarlo.

—Los barcos no se supone que estén estáticos, ¿sabes? Se supone que te llevan de un lado a otro, a donde necesitas ir.... Listo.

Volvió a abrir su bolsa, de la que extrajo esa tablilla que usaba para sus anotaciones. Abrió un frasco más pequeño, que contenía pegamento, y tras aplicarlo sobre su proyecto y sobre la tablilla, unió una parte con la otra.

—¿Qué te parece? —le guiñó un ojo al fantasma, y este apreció la réplica a escala que habían hecho del barco. Distaba mucho de ser perfecta, pero eso la hacía sentir más apropiada.

—Todavía falta algo —metió la mano en la bolsa y sacó, con todo el cuidado del mundo, una estatuilla con la forma de una mujer, vestida de negro, con el largo cabello ondeante y una mano apuntando hacia el horizonte. La puso suavemente sobre la réplica del barco, junto con una figura un poco mayor de un Garchomp.

—Te presento a Cynthia. Ella es la campeona de Sinnoh, ¿sabías? Nunca hemos hablado, pero... ella me enseñó que debes luchar por tus sueños.

»Las personas del clan Kongo son amables, pero está claro que no soy parte del clan, como tampoco lo era en Sinnoh... pero está bien, ¿sabes? Porque tengo un plan. Igual que en Sinnoh, acá debe haber más gente que no pertenezca a ningún lado. Gente que necesita un empujón, o un lugar para estar.

Tomó la réplica en sus manos y la alzó a la luz.

—Esto fue solo un entrenamiento. A partir de ahora comienza el verdadero desafío. Quiero restaurar esta nave y ponerla de vuelta en el mar. Quiero navegar hasta encontrar un sitio que pueda llamar hogar, y llevar conmigo a todo el que no sepa cuál es su lugar. Cynthia me inspiró, ¿sabes? Me enseñó que los héroes y las aventuras no pasan solo en el anime, jajaja... Si les cuento a otros sobre ella, tal vez pueda inspirarlos de vuelta.

»Pero este barco también es tu hogar. Así que te voy a preguntar. ¿Quieres unirte a mí en esta aventura? Si estamos juntos, ninguno de los dos estará solo.

El fantasma miró la mano que le extendía, aún con cortes y marcas de astillas. Estuvo a punto de tomarla, pero en su lugar levantó el pincel del suelo, y empezó a escribir en rojo sobre la cubierta. Cuando terminó, apuntó a sí mismo con el pincel, y luego a los símbolos en la madera.

—¿Es tu nombre?

El fantasma asintió solemne. Solo para encontrarse con la expresión en blanco del humano.

—Ah... Hahaha... no entiendo todavía el alfabeto local... ¿qué dice ahí? ¿Hige... kuro? ¿Te puedo decir Kuro? Bien Kuro, a mí dime Teac...

Lo interrumpieron sus propios gritos cuando el pincel le cruzó la cara y la pintura le cubrió los ojos. El fantasma largó un suspiro y volvió su vista a la nave. El estado era deplorable, pero algo en su interior le decía que podían hacerlo, aún si les tomaba años.


—Necesitaremos madera —oyó decir a Teach entre sollozos—. Mucha madera.


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El camino era largo, y estaba lleno de dificultades. Restaurar el Argo (nombre escogido por el fantasma) fue el primer obstáculo. Aprender a conducirlo entre un humano y un pokémon, fue más difícil de lo que parecía. Ninguno de los dos confiaba demasiado en su robustez, de modo que se habían limitado a viajes en torno a Hisui y las regiones vecinas. Cuando Teach sugirió que debían dedicarse a la piratería, el fantasma se opuso con vehemencia solo para descubrir que para Teach la piratería era "navegar y tener aventuras". Eventualmente descubrieron que podían hacer dinero transportando mercancía de un sitio a otro, que lo que sobraba en un pueblo podía salvar la vida de otro, y es eso lo que han hecho los últimos años; mirando al horizonte, soñando con el sitio que puedan llamar hogar, al que llegarán cuando sea tiempo.

En sus ratos libres, Teach trabaja en sus "proyectos", como él los llama. Por más tiempo que pasen juntos, Dokuro sigue sin entender la mitad de lo que dice. Considerando que Teach es incapaz de entender nada de lo que él dice, lo considera una ventaja.

Esa tarde desembarcaron en Villa Jubileo; uno de los asentamientos en los que solían hacer negocios. La gente del sitio era reservada con los extraños, pero Teach no dejaba que le afectara. Habían aprendido que algunos eran más amables que otros, y que la hostilidad a menudo enmascaraba desconfianza. Ya no eran los mismos. El tiempo y el mar los habían curtido, especialmente a Teach, que había ganado algo de masa y se bronceó por el sol. Pese a ello, la barba no podía ocultar la sonrisa de idiota que se negaba a abandonar su cara. Dokuro también había crecido un par de centímetros, y su capa, en cambio, empezaba a volverse gris.

Teach fue el primero en bajar, mientras Dokuro se refugiaba dentro de su sombra. La gente de Jubileo entraba en pánico al ver un pokémon, de modo que permanecía oculto mientras tuvieran negocios ahí. Dokuro fijó su atención en los aldeanos yendo y viniendo por las calles, mientras Teach hablaba con el viejo Tao Hua (o el Cofagrigus humano, como le llamaba en su fuero interno) y los reclutas de éste se llevaban la mercancía a los cuarteles.

—También tenemos que revisar esas cajas —le dijo el viejo con una voz tan dulce como un serrucho—. ¿Qué es esto que piensas vender en el festival?

Teach sonrió orgulloso, abriendo una caja de madera y extrayendo un libro delgado y del tamaño de una mano.

—Doujinshi. Las aventuras de la campeona Cynthia en la Tierra de los Titanes. A los niños les gustará.

—A Colza le gustará. Siempre anda escaso de papel. —El viejo se ajustó las gafas, dando un vistazo apreciativo al Argo—. Lo veo algo distinto de la última vez.

—Sí, la bandera es nueva.

La sombra de Teach sonrió. Sobre el lienzo negro de la vela relucía una calavera con dos huesos cruzados, y un ojo rojo brillando con vida propia.
[Imagen: 6zFZgO5.png]
Animus. Antrum. Unverse. Anima, Animusphere
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#13
Alexander [Prologo]: El Sueño y La Pesadilla de Un Cazador
 
Entre las numerosas criaturas que andan en las grandes llanuras de Galar, existía una que era demasiado similar a los humanos. Además de ese cuerpo humanoide que evolucionó de una coneja bastante normal, los lopunny son una especie curiosa. Sus habilidades motrices son un poco mejores que los humanos más atléticos que existen en la tierra. Capaces de dar saltos increíbles, patadas tan certeras que recibirlas en cualquier parte del cuerpo podría causar una lesión mortal; correr grandes distancias sin cansarse y aunque su velocidad no era comparable con la del más pequeño de los cuadrúpedos, podía mantener una aceleración constante que le permitiría huir de un depredador cansado. Como todo en la naturaleza y en la evolución, hay un cierto equilibrio. A cambio de esa agilidad y esa precisión de movimientos, su reproducción es más lenta que los bunnelby. Solo son capaces de gestar una cría por embarazo. Dos en casos excepcionales. Es un mecanismo necesario puesto que no tienen depredadores. El lopunny promedio es tan delgado que no vale la pena el esfuerzo. Pese a eso, no existen problemas con su población. La mayoría de lopunny están criados en cautiverio. Son bastante famosos para concursos o demás cosas banales. Aun así, pese a lo acostumbrados que están a los humanos, todavía existe una barrera que no se les permite cruzar. 

Ese pelaje blanco en sus orejas. Es por eso por lo que son necesarios otro tipo de métodos.

Una trampa para ursaring atrapó una de las piernas de un espécimen hembra. Era bastante inofensiva. A diferencia de las normales, los dientes dentados no estaban presentes. Una pieza de acero similar a una boca humana ejerció una gran presión sobre la extremidad hasta que rompió el hueso en pedazos. Antes de que pudiera chillar, un sonido horrible atravesó sus grandes orejas de las que hace un segundo estaba tan orgullosa. Los rokidee mantenían una tranquilidad surrealista, como si lo que le pasara estuviera dentro de una esfera de cristal. Las compañeras de especie que iban en su ayuda huyeron presurosas. La presa, dentro de su miedo, no escuchó los pasos de su verdadero depredador y ni se dio cuenta de cómo la rodeaba.

Lo último que sintió fue algo clavándose en su nuca.



Con una sonrisa de satisfacción, guardó su lanza improvisada hecha de madera y se acercó a su recién adquirida mercancía. Había sido un éxito. La muerte instantánea ayudó a que la sangre no salpicara demasiado, que era una de las condiciones del contratista.

Aunque su padre había rechazado el trabajo, como siempre lo hacía cuando se requería cierta sutileza, lo tomó por su cuenta. Era un buen reto y pagaban demasiado bien, tanto que le parecía un robo. De los bolsillos de su chaqueta sacó unas tijeras de metal. La carne no importaba, era demasiado seca y si querías comer conejo, existían otras alternativas más jugosas y fáciles de cazar como diggersby. Le habían encargado que sobre ese pelaje blanco esponjoso no podía caer ni una gota. Al parecer, mucha gente millonaria de la región no le gustaba conformarse con fibras sintéticas para sus vestidos. A Alexander le daba igual. Mientras despellejaba a su pieza, escuchó un llanto. Por el rabillo del ojo, vio algo escondiéndose detrás de los árboles y correr hacia la llanura. Era un pequeño buneary.

No tardó demasiado en atraparlo.



Aunque en las ciudades llamaba demasiado la atención, los habitantes de Yarda estaban acostumbrados a verle. Era alguien a punto de ser hombre, aun con la altura y la cara de un niño de unos doce años. Vestía una enorme chaqueta cuyos faldones casi arrastraba por el suelo y un gorro de carterista que ayudaba a esconder sus ojos negros, siendo acompañado en la tarea por su cabello oscuro desordenado. Como aquel que era un oficinista, todos los días, solo o acompañado, tomaba el tren en el pueblo vecino para viajar al área silvestre. Tanto para no traumatizar a los inocentes entrenadores como para evitar piernas aplastadas o columnas echadas a perder, existían áreas designadas para la caza. Uno de los problemas en el trabajo que acababa de realizar era atraer a la lopunny a una de esas áreas, cosa que unas bayas y un poco de paciencia pudieron subsanar. De todas maneras, ese no era el trabajo más complicado o peculiar que había aceptado. Hace unas semanas, su padre tuvo el honor de enfrentarse a un haxorus por un raro kalosiano que quería una armadura. El otro día estuvieron persiguiendo vulpix para una bufanda. Todos esos pedidos eran más que peculiares y tenían una cosa en común; la carne era lo de menos.

En un mundo con montones de miltank y tepig en corrales, comida importada y basura procesada, desde hace mucho tiempo que los cazadores dejaron de cazar por mera supervivencia o siquiera para abrigarse. Lo único que motivaba a las personas a pedir sus servicios era la vanidad. Una característica bastante humana. Mientras estaba sentado en una esquina apartada del metro, con la mochila a rebosar de conejo y una pequeña cría sobre sus piernas, pensó en que eso no era del todo cierto. Antes de que esa coneja viniera hacia su trampa, estaba mirando su reflejo en el río mientras arreglaba ese pelaje que acababa de vender hace un rato. Era increíble, la verdad, que esa bestia tuviera suficientes neuronas para saber de antemano que esa lopunny que le devolvía la mirada no era otra de su especie. Aquella línea de pensamiento terminó abandonada en un rincón sucio de su mente. Imaginó lo que haría su padre al enterarse de que había tomado un contrato por su cuenta.

Siempre hacía lo mismo. Era igual de predecible que una criatura salvaje.

Alexander sonrió mientras miraba al buneary jugueteando con la solaba de su chaqueta. Para esas ocasiones, tenía un as bajo la manga.



A pesar de que era un tremendo desperdicio, su padre usaba el domingo como un día de descanso que ni siquiera los malos tiempos podían mancillar. Si no fuera porque sabía que los dos eran menos religiosos que una piedra, pensaría que se trataba de una especie de ritual y que ofendería a una especie de dios si decidiera saltárselo. Además, el viejo no hacía nada más que quedarse echado en el sofá a mirar el futbol en la televisión. Era la única persona que conocía que prefería ver ese deporte a estar todo el día pendiente del siguiente combate en el estadio, aunque la verdad era que no conocía a tanta gente. Eso sí, al no haber partido, veía documentales, más que los que alguien como él necesitaba. Cuando llegó a su casa en Pueblo Yarda, no estaba haciendo nada diferente, salvo por el detalle de que no veía el juego porque se había quedado dormido. Pensaba que se había librado de explicar nada hasta que pisó la madera del suelo y su padre despertó como si nunca hubiera estado dormido en primer lugar.

Siempre pasaba lo mismo.

― ¿Dónde estabas? ―preguntó el hombre de barba cana.

―Paseando ―respondió Alexander dejando la mochila en la mesa.

―Por favor, Alex. Estoy viejo, pero no tonto. Nunca vas a la ciudad si no tienes algo que hacer.

Alexander guardó silencio. Sabía que no podía engañar a su padre. 

―Además, sigues oliendo a sangre ¿Aceptaste otro trabajo sin mi permiso?

Era demasiado listo. Bueno, más bien tenía buen olfato.

― ¿Recuerdas a ese hombre del peinado ridículo? 

― ¿Cuánto te pagaron?

―500 pokés.

Para despertar, abrió el refrigerador y una lata entera de cerveza desapareció dentro de su gaznate.

―Ese trabajo valía al menos 1500 pokés. Te vieron la cara.

―Si cobraba más de 400 por un poco de pelaje, sería un verdadero robo. Abandoné un poco mis principios.

—¡No es solo el pelaje! ¡Una patada de ese pokémon podría haberte matado!

—Yo solo cobro por mi trabajo. No por los “podría". No gasté más de cincuenta pokés.

Como siempre pasaba en esas situaciones, el señor Drexler acabó por rendirse. Se sentó a la mesa.

—¿Quieres que pidamos pizza mientras me cuentas tu gran hazaña?

—Sobre eso… 

La mochila frente a ellos se sacudió. Alexander sacó al pequeño buneary y se lo entregó a su padre.

—Te tengo una sorpresa.

El señor Drexler miró al conejo a los ojos, murmuró algo, apretó la cabeza del pequeño con ambas manos y giró. Un chasquido satisfactorio.

—Ayúdame a prender la fogata.



Aunque el señor Drexler le agarró el gusto al pepperoni, de vez en cuando le gustaba volver a los antiguos tiempos donde trabajaba y vivía en el bosque. En este caso, ese buneary no iba a sobrevivir. Sus dientes no estaban bien desarrollados para comer otra cosa que leche materna así que moriría de todas maneras sin su madre y si lo lograba de pura casualidad, tendría varios problemas de salud por la falta de nutrientes fundamentales. A pesar de ser una cría, tenía buen tamaño para que los dos pudieran saciarse o al menos fingir que no tenían nada más para hacerlo. Ambos prendieron una fogata sobre ese parche desnudo que usaban en esas ocasiones. Usaron el método clásico; una cama de pasto seco y dos ramas haciendo fricción. Tenían un encendedor largo porque la estufa eléctrica agonizaba, pero el punto era volver al pasado. Entre los dos le quitaron la piel y la colgaron en el patio. Quizás podrían venderla como juguete o algo así.

—¿Cómo lo hiciste? Ese cliente era bastante exigente.

Alexander mordisqueó una pierna antes de responder.

—Lo primero fue encontrar una lopunny que cumpliera las condiciones que necesitaba. Primero, necesitaba que su pelaje este intacto. Muchas veces está dañado por una enfermedad o no crece lo que debería por la falta de nutrientes…

—¿Una lopunny?

—Tenía que ser hembra. Que haya parido hace un tiempo exacto. Si era demasiado pronto, no se iba a separar de su cría por nada del mundo. Si era demasiado tarde, ya no estaría tan obsesionada por buscar comida para alimentarla. Así la pude atraer a la trampa. Le quité los dientes afilados, instalé un silbato que solo podían oír ellos con sus grandes orejas y hice unas cuantas modificaciones para que se cerrara más rápido y rompiera la pierna en vez de triturarla. No quería que se manchara el pelaje. Luego hice una lanza con un pequeño tronco que encontré por ahí. El resto es historia. 

El señor Drexler asintió. Mordía una de las orejas de la presa, más por la costumbre que por el sabor.

—Y todos esos problemas por un poco de pelusa…

—Parece que por más que lo intentan, los lopunny no se dejan esquilar, ni siquiera los que nacieron en cautiverio tras varias generaciones. Es como si fuera un instinto natural.

—Tsk… es una buena estrategia, pero no deja de ser cobarde. Pudiste haber usado mi escopeta.

—Y me rompería un brazo por el retroceso… Además, las armas de fuego llaman mucho la atención. No me gustan.

—Si fuera en mis tiempos, no habría otra opción que reventarle el cráneo con mi escopeta. Antes los pokémon eran más listos y no se dejaban engañar tan fácilmente, los hemos malcriado. Esperan una pokéball antes que una bala. La zona de caza se ha hecho más pequeña con los años. Ese marica de Rose convirtió el área silvestre en un patio de recreo.

Alexander asintió.

—Anda, prende la radio. El clima esta agradable.

Era una vieja radio a pilas. Un milagro que no escucharan las ultimas noticias del antiguo Reino de Galar en el siglo 10. Pulsó el botón de la parte posterior y en unos segundos se escuchaba una de esas canciones que le gustaban a la gente de la ciudad, con una letra acaramelada. La tipa cantaba bien, pero había mejores cosas que escuchar en la radio. Cuando planeaba cambiar de estación, el dial se desprendió y quedó en la palma de su mano. Intentó usar las tijeras para pulsar el interruptor y solo recibió una llamada de atención en forma de toque eléctrico. Sea quien sea esa chica, iba a recibir un poco más de atención.

—Mierda… ¿crees que puedan repararla?

—Supongo… si viajo al pasado.

El señor Drexler bufó. Alexander notaba cierta tristeza detrás de esas capas de hastío.

—Era lo único que me quedaba de… da igual. Mañana compraremos otra con lo que nos paguen.

—¿Ya conseguiste un trabajo para mañana?

Su padre sonrió.

—Mañana verás cómo se caza a la antigua.



Para su padre, había sido humillante aprender a andar en bicicleta a su avanzada edad, pero no le quedaba de otra. Hace unos años que el presidente Rose prohibió el uso de vehículos motorizados. Según sus palabras, contaminaban el aire, pero el verdadero motivo debía estar dentro de sus intenciones de convertir Galar en un parque de atracciones. Después de todo, ni cincuenta camionetas 4x4 contaminarían lo mismo que una de sus fábricas. Sea como sea, hacer ejercicio le hacía bien al cuerpo ya maltrecho del señor Drexler, aunque no era capaz de borrar esas cicatrices que existían desde que tenía memoria. Alexander estaba sentado en la parte de atrás, abrazado a la cintura de su padre. Pese a que era humillante, usar una bicicleta para niños lo sería todavía más.

—Es dinero fácil. No deberíamos tener muchos problemas.

—Un trabajo fácil…

Era de noche. La luna estaba llena. Ya estaba acostumbrado a ver numerosas casas de campaña a estas horas, pero por algún motivo, esa vez no veía ninguna.

—¿Qué vamos a cazar? ¿Más vulpix?

—Unos ursaring.

—Unos ursaring… espera, ¿qué? En Galar no hay ursaring, ¿te tomaste lo de “trampas de ursaring muy en serio?

—Usualmente no debería de haber, pero aparecieron, para desgracia de los demás Pokémon que viven por ahí. Los ursaring son una especie dominante y recelosa con su territorio. Lo más probable es que un puto entrenador de otra región, quizás de Johto, haya dejado a una hembra a su suerte. El grupo campo es el más grande de todos, no debió tener muchos problemas para reproducirse. Obviamente, ese es un problema para los pobrecitos entrenadores y las especies endémicas.

—O sea, que esta vez no importa ninguna parte del animal.

—Para nosotros sí, para mi contratista no. Vamos a hacer un poco control de población. Es tentador dejar crecer a una presa tan apetecible, pero a la larga, también nos afectará.

—Ah, mira, estás planificando… ¿Quién es tu contratista?

El señor Drexler alzó los hombros.

—Supongo que fue un buen samaritano.



A Alexander no le molestaba su estatura cuando llamaba la atención de la gente por la calle, lo confundían con un niño o uno de sus contratistas tardaba en tomarlo en serio. Únicamente lo sentía como un inconveniente estando cerca de su padre. Él creía que había compensado su poca estatura con un impresionante sigilo (que no era capaz de engañar a un cazador tan avezado) y trampas ingeniosas, pero el señor Drexler no compartía sus creencias. Le daba la impresión de que vivía en una especie de negación. Aun insistía en que aprendiera a disparar una escopeta que doblaba su tamaño y miraba desdeñoso las trampas modificadas que llevaba a las cacerías, tanto que apenas le avisaba cual iba a ser la presa del día para que no tuviera tiempo de prepararse. La mayoría del tiempo seguía sus instrucciones para ayudarle a que él usará esa fuerza bruta que tanto le gustaba. Ese viejo iba a oxidarse algún día. No podía depender de su fuerza ni la de nadie más.

El señor Drexler recargó su escopeta. Sus bordes metálicos eran cada vez más marrones y el tacto de la madera rasposo. Si hubiera usado esa cosa en su caza del día anterior, con las balas que usaba su padre, los sesos mancharían el pelaje de los trajes de la aristocracia. Por su parte, lo único que trajo, aparte del cuchillo de desollar en su chaqueta, fue su herramienta más confiable; una pala de supervivencia. Estaba hecha de un metal oscuro que era tan ligero para que pudiera manipularla con cierta libertad y tan pesado como para cortar un árbol pequeño o unas cuantas ramas, pese a que no le serviría en un combate directo contra un pokémon grande. La punta de metal de la pala tenía bordes dentados y servía como un hacha decente.

—Desde aquí vamos a pie. El hábitat de los invasores está un poco más adelante.

—Al menos pensaste en venir de noche —comentó Alexander llevando su artefacto al hombro—. Pensé que odiabas las ventajas injustas.

—Esos osos no son tan idiotas como para no despertarse por el sonido de un disparo.

—¿Tienes una idea de cuantos son?

—Una pareja. Aun así, han logrado crear semejante destrozo…

—Si trajéramos unas cuantas trampas para ursaring, podríamos rodear el perímetro y…

—Eso no es la verdadera caza.

Desde la distancia, podían ver a dos ursaring dormidos debajo de los árboles. Ocho teddiursa dormían apretujados entre sí.

—A ver si eres tan listo como te crees… —dijo el señor Drexler alzando la escopeta—. Señálame a la hembra. Son las más problemáticas.

—La hembra es la de la derecha. Es fácil de ver porque tiene más masa muscular en… espera, no estamos en la zona de caza.

—Esta noche prohibieron acampar en el área silvestre y la presencia de entrenadores—dijo el cazador apuntando al frente—. Supongo que tuvimos suerte.

—Espera… ¿Quién demonios es tu contra…

Antes de que terminara la pregunta, un fuerte estruendo hizo que los rookidee salieran volando de los árboles donde estaban apostados. Un montón de astillas volaron. La familia despertó sobresaltada, a tiempo para escuchar el chasquido de la escopeta al ser recargada En cuanto la hembra dirigió su mirada al mayor de los cazadores, dándole tiempo a gruñir, otro fogonazo iluminó la oscuridad y la cara de la ursaring quedó irreconocible. Las crías se levantaron y corrieron en diferentes direcciones, perdiéndose en la penumbra. Aunque sea improbable que sobrevivan sin su madre, siendo los teddiursa una especie demasiado dependiente a ella, tendrían que rastrearlas más tarde para asegurarse. La prioridad era esa bestia que acababa de despertarse. Sus ojos desencajados mostraban su furia. A pesar de que retrocedió por el ruido, logró recuperarse. Sus colmillos brillaban a la luz de la luna. Después de todo, acababan de matar a la última hembra de su especie y reducido sus probabilidades de reproducirse a la nada. Su padre ya había cargado la escopeta. La criatura cargó contra los dos cazadores y se quedó a medio camino cuando los perdigones destrozaron una de sus piernas.

El ejecutado quedó arrodillado ante sus verdugos.

—Echaste a perder una parte considerable de la piel… —dijo Alexander, abanicándose con su gorro y sacudiéndose el sudor del pelo.

—Vamos a entrenar un poco —dijo el señor Drexler volviendo a cargar la escopeta y dándosela a su hijo—. Está a un centímetro de ti. Es imposible que falles.

—Otra vez… nunca voy a disparar esta escopeta. Deberías aceptarlo.

—Solo dispara.

—Sabes que nos arriesgamos de más. Si me hubieras dado tiempo a preparar algo, yo podría….

—Dispara.

Alexander suspiró. La cara del ursaring no mostraba dolor, solo rabia.

—¿Qué hay de malo con mi manera de hacer las cosas?

—Lo malo es que eres un cobarde. Si vas a arrebatarle la vida a cualquier ser vivo, al menos debes de verlo a la cara.

Alexander soltó una risa seca.

—¿Ese sentimentalismo es de mi madre o algo?

Otro chasquido. Alex no se sorprendió ni un poco por esa bofetada, ni siquiera le dolió. Siempre obtenía la misma reacción cuando decía esa frase. Siempre en la misma situación. Muy drástico para alguien que no lograba recordar del todo, no había ninguna foto suya en casa y nunca hablaban de ella, salvo en estos casos con golpes de por medio.

—No vuelvas a mencionar a tu madre de esa forma. Mira a los ojos a tu víctima y dispara el arma, si es que eres un verdadero cazador.

Era inútil discutir. Lo sabía de antemano. Volvió a voltearse. La rabia del ursaring no menguaba a pesar del dolor que debía estar sintiendo. Si aun pudiera mantenerse en pie, volvería a atacar, pero ni la mayor rabia del mundo podría hacer que ese puré de huesos y sangre fuera una extremidad funcional ¿Qué estaba pensando su padre? ¿Acaso pensaba que se escondía todo el rato por una especie de sentimiento de culpa? ¿Y por qué tenía que verlos a la cara? Los pokémon no tenían humanidad ni dignidad, solo eran herramientas. Incluso los más inteligentes, como los psíquicos, no dejaban de ser bestias predecibles. Alzó la escopeta. No era la primera vez que lo hacía y había aprendido a afirmarla de tal manera que no iba a romperse el brazo, aunque de todas maneras se llevaría un buen golpe. Su ridículo dedo cubrió el gatillo del arma y cuando faltaba un milímetro para la detonación, un fuerte ruido sobre su cabeza le hizo alzar la mirada. Como si alguien hubiera pulsado una especie de interruptor, el cielo cambió de un negro estrellado a un morado que molestaba a los ojos. 

—Apúrate, que va a llover o algo…

Un objeto, que era como una piedra, cayó desde el cielo. En un segundo, una brillante luz de luna cubrió al herido animal y poco a poco pasó a ser un aura azul clara que rodeó el cuerpo de la bestia. Era imposible no saber lo que estaba pasando. Lo inaudito era que esa criatura no debería ser capaz de volver a evolucionar. Antes de que pudieran reaccionar, el que antes era un ursaring se encorvó, sus costados se ensancharon y sus extremidades pasaron a ser cuatro patas gruesas que se aferraban con fuerza a la tierra El cambió de morfología sanó las heridas del que acababa de convertirse en depredador. Alex se recuperó. No sería un verdadero cazador si no pudiera mantener la compostura en estos momentos. Afirmó, apuntó y disparó. Un ruido seco les mencionó que iban a estar en graves problemas. Unos cientos de kilogramos de peso cargaron contra los dos cazadores.

—¡Quítate! —exclamó el señor Drexler empujándolo a un lado.

Alexander rodó unas cuantas veces en la hierba, la escopeta abrazada a su pecho. Al incorporarse, vio como su padre trataba de detener a la criatura con su propio brazo, pero era inútil. En su nueva forma, la criatura confiaba más en un placaje arrollador que en una débil dentellada. Trató de apartarse en el último momento antes de tropezar y caer al suelo como una presa fácil. El paso del ursaring aplastó las piernas de su padre de los muslos para abajo, con crujidos cada vez más insatisfactorios. A pesar de eso, no se permitió soltar ni un leve grito por el dolor. La bestia no se detuvo hasta chocar con una montaña, lo que causó una pequeña grieta en su superficie Se giró poco a poco, y gruñó, al darse cuenta de que su presa seguía viva. 

Aun así, Alex trató de mantener la calma. Vio la escopeta que tenía entre sus manos y apuntó hacia la sien de la bestia. Jaló el gatillo. Otro chasquido seco. Estaba encasquillada. La bestia ya andaba en camino de terminar su trabajo. Sus pasos retumbaban el suelo. Trastabilló e intentó disparar de nuevo. Volvió a suceder. Jaló el gatillo una y otra vez, sin siquiera molestarse en apuntar. Aun así, era capaz de mantener la calma. Sus manos estaban inundadas de sudor, pero todavía mantenía la calma. Sus piernas comenzaban a flaquear y, de todas maneras, era capaz de mantener la calma. Después de tantos chasquidos secos, un ruido diferente. Una estruendosa explosión. El cañón se partió en dos. Si el cañón de la escopeta fuera unos milímetros más corto, se hubiera quedado ciego o manco. En vez de eso, cayó de espaldas sintiendo un ardor tremendo en las palmas de sus manos.

Era un fuerte ruido, pero no sirvió de nada. El ursaring ya había agarrado demasiada velocidad para detenerse, aun si quisiera hacerlo. A pesar del dolor, se incorporó y sus cortos pies corrieron a través del campo sin siquiera pensarlo. No recordaba cuando fue última vez que actuó por mero instinto. En sus manos, llevaba la pala que había guardado en su espalda. Unos segundos antes de que la cabeza de su padre acabase aplastada, Alexander se colocó entre los dos seres vivos que luchaban por su vida, sosteniendo el mango de su herramienta improvisada como si fuera una especie de escudo desesperado. En el último momento, a punto de ser aplastado, sintió la mirada de su padre en él. Aun en esa situación, tenía que demostrar que matar a un pokémon no le dolía. Osciló la herramienta. Un pequeño corte apareció en esa frente marrón que se acercaba cada vez más y, al siguiente instante, ya no sabían nada de sí mismos.



Al mismo tiempo que volvía a la consciencia, sintió por segunda vez esa sensación que no pensó que iba a ocurrirle nunca en su vida. Después de todo, cada vez que tomaba un trabajo a escondidas de su padre, tardaba lo que tenía que tardar antes de ir de cacería. Todo estaba planeado de antemano. Cada detalle era conocido por él y no había ni un poco de margen para la sorpresa, para algo inesperado, como lo era despertar en una llanura desconocida. Acostado sobre algo blandito, sentía un extraño dolor en los huesos, como si alguien lo hubiera golpeado en cada pulgada de su cuerpo. Escuchaba un ruido suave. Tardó en reconocer que era el fluir de un río. Mientras miraba a ese cielo tan limpio que parecía imposible, tomó una respiración y se sintió más revitalizado que nunca. Desde que tenía memoria, nunca había respirado un aire tan puro. Estuvo unos segundos en la misma posición hasta que decidió arriesgarse y tratar de mover una pierna. Después de unos cuantos estiramientos, se convenció de que su cuerpo funcionaba bastante bien. Sintió un leve mareo cuando las plantas de sus zapatos pisaron ese corto césped, pero después de trastabillar unas cuantas veces, logró mantener el equilibrio. Por el rabillo del ojo, vio una criatura que le parecía familiar. Era ese ursaring que evolucionó de la nada. Todavía tenía el aspecto que obtuvo cuando el cielo se puso morado. A juzgar por el charco de sangre que se escurría debajo de su vientre y ese bulto rosa sobre el que prefería no indagar demasiado, estaba muerto. Lo que no sabía era que tipo de criatura pudo haber provocado una herida así. Era un golpe, pero uno demasiado fuerte. Casi como si hubiera sido una caída desde un lugar alto. Había una montaña cerca y, aun así, no era suficiente altura para provocar semejante daño.

Mirando a su alrededor, la zona donde apareció era una especie de pasillo, cerrado de los dos lados por una montaña escarpada. Veía arboles en todo lo que abarcaba su vista. Su padre no estaba por ningún lado, o al menos no era capaz de verlo. Sea lo que sea que haya pasado, sentía que tenía sentido que solo le hubiera afectado a él y al fallecido padre de ocho teddiursa. Si se quedó en Galar, una corazonada le decía que iba a estar bien. Además de los ursaring, que habían dejado de ser una amenaza por obvias razones, las demás especies del área eran inofensivas y la primavera descartaba el riesgo de hipotermia. Podía pasar toda la noche sin moverse y no tardaría mucho para que un entrenador lo encontrase tirado en el suelo. Le dolería en el orgullo al viejo, pero con dos piernas hechas pedazos, no iba a ir a ninguna parte por más que quisiera. 

Un gruñido interrumpió sus pensamientos. Un luxio estaba al final de ese pasillo natural y acababa de verlo con sus brillantes ojos. Si bien esa especie era un poco conflictiva, una patada podría ahuyentarlo, puesto que se daría cuenta de que no era un rival que pudiera vencer. Con las manos en los bolsillos, comenzó a caminar mientras miraba a su alrededor. En cuanto escuchó un gruñido, lanzó una patada que dio en la cara de la criatura. Estaba dispuesto a seguir andando cuando el cachorro volvió a gruñir y cargó contra él con sus patas imbuidas de electricidad. Apenas pudo esquivar el ataque y antes de que pudiera hacerlo de nuevo, el tipo eléctrico saltó hacia su cuello a tal velocidad que apenas atinó a alzar el brazo. Los colmillos afilados de la bestia se clavaron en su manga, sin tener problemas en penetrar la tela de la chaqueta. Sacudió su brazo en un intento de lanzarlo a lo lejos, sin éxito y por el rabillo del ojo vio su hacha enterrada en la espalda del cadáver, como si fuera la espada de una antigua leyenda. Antes de pensar en tomarla, un destello surgió de las fauces de su atacante y Alex cayó al suelo. Por fin lo soltó, pero para apuntar a un objetivo más jugoso; su cuello.

Al caer, sintió el peso del cuchillo en su chaqueta. Le dio otra patada que lo detuvo el suficiente tiempo para sacarlo. La bestia saltó. Alex dio una estocada. Los cuchillos para desollar tenían una hoja curva y su filo estaba en la punta. Esa era su mejor baza. Si tuvo suerte o su cuerpo fue más listo que él, nunca lo sabría. Lo único importante era que el cuello que acabó siendo rajado esa noche no iba a ser el suyo. El luxio cayó boca arriba, herido de muerte. Sin perder ni un segundo, se inclinó y terminó el trabajo. La adrenalina se recuperó de una caída en picada cuando escuchó unos pasos aproximarse desde el otro extremo. Se notaba que esa chica (o hombre muy delgado, también podía ser), trataba de ocultar sus pisadas, sin mucho éxito. Volteó y se encontró con los ojos grises bien abiertos de una chica que le miraba asustada. Comprensible, con su ropa llena de sangre, un lince pequeño degollado a sus pies y un oso detrás de él con las tripas aplastadas.

—Buenas tardes —dijo Alex guardando el cuchillo.

—Buenas… tardes… Es de día todavía, por cierto.

—Oh.

Aunque estaba seguro de que era menor que él, le superaba en altura por unos cuantos centímetros. Vestía con una especie de ropa japonesa de esas que veía en los documentales de su padre, salvo que esta parecía estar adaptada para el campo y no para un festival. Su pelo azul oscuro se escondía debajo de un pañuelo. Hace unos segundos sostenía una de cosas que usaban los entrenadores, solo que esa en específico parecía ser una edición especial. Alex no pudo evitar reírse un poco, obligándose a detenerse cuando vio la mueca de terror de la desconocida. Había vuelto a pasar. Se suponía que las zonas de caza evitaban este tipo de encuentros y, aun así, muchas veces eran inevitables. Al menos no tenía la intención de denunciarlo a la policía o aventarle un pincurchin a la cara.

—Lamento que hayas tenido que ver eso, pero era él o yo. Si quieres te acompaño a casa o…

—¡No, no es necesario! —exclamó la chica agitando los brazos en frente de él, como si hubiera despertado de su trance—. Estaba persiguiendo a ese luxio que se había separado de su manada. Pensé que, si era solo uno, podría… da igual ¿Eres miembro de uno de los clanes? Nunca te he visto en la villa y te recordaría con esa ropa rara que tienes encima... sin ofender, claro.

¿Clanes?

—No, no pertenezco a ningún clan, lo que pasó es que…

¿En serio iba a decirle que apareció de la nada? 

—Acabo de llegar a la región y me perdí.

La chica quiso ver detrás de él, pero se cubrió la boca de inmediato, conteniendo unas arcadas.

—Tuve que cazarlo —aclaró Alexander—. Era demasiado agresivo.

—Menos mal que no es el señorial, es demasiado pequeño… Qué raro, pensé que los ursaluna no salían del Pantano Carmesí.

Ursaluna. Así se llamaba esa nueva evolución. Por un momento, recordó la luz de luna que alumbró al pokémon. 

—Por eso mismo tuve que acabar con él en cuanto lo vi. Era un peligro para los demás.

—Oh, gracias, supongo…, así que… ¿Llegaste por el río?

—Montado en un gyrados —añadió Alex recordando una película que había visto el otro día—. Ya volvió de donde vino.

—Vaya, yo ni siquiera puedo acercarme a un pequeño bidoof… si eres tan habilidoso para controlar un pokémon tan colosal, estoy segura de que serás bien recibido en la villa. 

La villa. Habla como si solo hubiera una y el resto de la región estuviera desolada.

—Si quieres, puedes venir conmigo —dijo la joven esforzándose en esbozar una sonrisa—. Ya iba de regreso. Mi nombre es Akari. Soy parte de la división de investigación del Equipo Galaxia, mucho gusto.

Alex inclinó la cabeza. No parecía demasiado sorprendida por su estatura. Aceptó el apretón de manos.

—Alexander Drexler, mucho gusto. Si no te molesta, me gustaría que me ayudes con algo.



Sin problemas, fueron capaces de evitar las bestias que rondaban en las cercanías, los que eran agresivos, pero no tan peligrosos. Por suerte, tanto el fallecido ursaluna como él, cayeron cerca de uno de los caminos que llevaban a ese único pueblo cuyo nombre era Jubileo. Por alguna razón, esa palabra le era familiar. Entre los dos cargaban un poco de piel y carne de la presa. La mayor parte del cadáver tuvo que desperdiciarse, por desgracia. Parecía estar en buen estado, por lo que dedujo que no pasó mucho tiempo entre que aparecieron y él despertó. Aunque atrajeron una que otra criatura salvaje, además de ese luxio, el resto de los pokémon no eran demasiado imponentes y la pala bastaba para mantenerlos a raya. Cerca de la entrada a la aldea, los habitantes del lugar instalaron un puesto de guardia. Una tienda de campaña, un tendero, un enorme baúl y una mesa de taller que le recordó a su hogar. Quizás llegó demasiado rápido a la conclusión de que su padre no estaba aquí. Tal vez apareció en otro lado o quizás alguien lo recogió o de alguna manera bizarra, escapó. Si hubiera pensado un poco más en eso, podría haber dado media vuelta y seguir buscando. Una voz un tanto molesta evitó que eso ocurriera.

—Oh my, ¿por qué nadie me dijo que vería a un paisano en esta región tan salvaje?

Era un hombre rechoncho, de piel morena. Cubría su cabeza con un gorro morado de esos hechos para el invierno. Debajo de su bata de laboratorio, vestía un traje formal que solo había visto en la gente más anciana de su región. Ese tipo de personas que no mejoraron demasiado su sentido del gusto desde jóvenes. Akari miraba la escena con una expresión entre molesta y divertida. Alex tenía la impresión de que lo tiraría al suelo de un abrazo sino fuera porque estaba manchado de sangre y llevaba a cuestas un enorme parche de piel sin curar. 

—¿Eres de Galar? —dijo Alexander con una voz queda, cambiando la expresión de Akari por una de miedo por algún motivo.

Aun así, el científico no cambió de humor.

—¡Of course! ¡Soy el profesor Laventon, mucho gusto! ¡Te estrecharía la mano, pero…

Si Laventon esperaba que terminará la frase, no lo hizo.

—Profesor, mejor volvamos a la aldea antes de que un alfa nos vea como comida andante —dijo Akari.

—Sí, sí, vámonos. Yo mismo te presentaré al señor Kamado y estoy seguro de que podrás quedarte con tus… habilidades, sí, habilidades.

Con cuidado de no mancharse, el profesor le dio unas cuantas palmadas en la espalda y dirigió el camino hacia Villa Jubileo. Unos momentos antes de perderse en los bosques, volteó a ver a la pradera que estaban abandonando. Ahí lo vio. Estaba lejos, pero era capaz de notarlo, tanto que se sintió como un imbécil por no darse cuenta antes. Una especie de nubarrón, como si fuera una tormenta contenida en un mismo punto, descansaba sobre el contorno de una larga montaña. Una montaña bastante familiar. 

—Sinnoh… —murmuró Alexander.

—Perdón, olvide preguntarte tu nombre —dijo Laventon.

—Ah sí. Alexander. Alexander Drexler.

—Dear Drexler… Bienvenido a Hisui.



Antes de que siquiera pudiera acostumbrarse a la antigua Villa Jubileo, lo metieron dentro de una oficina a esperar a cierta persona importante que debía ser el tipo que decidía la duración de su estancia. Después de todo, era un recién llegado, iba tener que hacer algo de tramite si iba a quedarse en ese lugar. Cuando se encontró entre esas cuatro paredes oscuras, frente a un escritorio, pudo pensar en la absurda situación en la que lo habían metido. Desapareció de Galar sin motivo alguno. Estaba en una región que le recordaba demasiado a Sinnoh. No solo era el monte, que bien podía ser uno similar, no era un experto en geografía, sino que todos los pokémon que había visto eran originarios de ahí o al menos eran muy comunes. Bidoof, shinx e incluso juraría que vio un rapidash a lo lejos. Aun tenía la ropa llena de sangre. Un mal estado en el que acudir a una reunión diplomática, pero todos insistieron en que debía reunirse de inmediato con ese tal Kamado.

La verdad era que tampoco creía que fuera capaz de encontrar un atuendo a su estilo. Todos los habitantes usaban ropa antigua y las casas eran bastante simples ¿Quizás estaba en uno de esos pueblos turísticos donde trataban de imitar épocas pasadas? Pensó en conseguir un teléfono para intentar contactar con su padre, pero algo le decía que no había señal en ese lugar fuera de la mano de Arceus. Se recargó en la silla, pensativo, hasta que dos personas entraron a la habitación. El profesor Laventon y un hombre diferente. Alto, imponente y con una postura que mostraba autoridad.

—Jefe, le presento a…

—Desde aquí sigo yo, profesor.

Esos ojos firmes le miraron. Se sentó al otro lado del escritorio. Aun así, era mucho más alto que él.

—Laventon me ha contado lo que hiciste —dijo el hombre del bigote—. No me explico cómo un pokémon tan torpe pudo haberse acercado tanto a la aldea sin que nos diéramos cuenta.

—Los ursaluna son buenos nadadores. Quizás vino a través del río —comentó Alexander, fingiendo ser experto sin especificar demasiado.

Kamado guardó silencio.

—Mira muchacho, al igual que tú, somos extranjeros en esta tierra. Tuvimos que huir de nuestros devastados hogares en busca de tranquilidad y tristemente, no puedo decir que la hayamos encontrado. Estamos rodeados de peligros constantes. Pokémon salvajes que no dudan en destruirnos hasta las cenizas, dos clanes sobre los que sabemos menos de lo que querríamos y, por si fuera poco, hay una brecha enorme en el cielo y no han parado de aparecer personas extrañas que hacen que nuestra paz se perturbe.

—¿Personas extrañas?

—Así es. Los llamamos caídos del cielo.

Él no era el único. Quizás valía la pena fingir que no era uno de ellos.

—Los pokémon son bestias peligrosas. Lo sé más que nadie, pero creo que podemos darles un buen uso y, aun así, nos vendría bien tener a alguien que sepa identificar sus rutinas, investigarlos, tenerlos a raya y, ¿por qué no? acabar con ellos cuando sea necesario.

—No se haga una idea equivocada… no soy investigador. Simplemente mi trabajo es cazar.

Kamado asintió, comprensivo.

—Eres capaz de ser ambas cosas. Te propongo un trato: tienes total libertad para cazar prácticamente donde te plazca y cómo te plazca. Muchos de mis pobladores estarían dispuestos a comprarte lo que vendas. En cambio, vas a informarnos todo lo que sepas y conozcas sobre los pokémon de los alrededores. De un momento a otro, yo y Cyllene te encargaremos ciertas tareas, incluso cazar ciertas presas, pero podrás quedarte con los beneficios de venderlas. En pocas palabras, vas a ser un miembro de la división de investigación en secreto y a la vez serás un simple cazador para la mayoría del pueblo. Obviamente, los únicos que sabremos sobre tu segundo trabajo seremos los alto mandos del equipo Galaxia; incluyendo la jefa de la división y el propio profesor Laventon. Me encargaré de dejarle bien claro que su asistenta no puede enterarse de nada y te mandaré las ordenes través de él. Vienen de la misma región, después de todo. No será sospechoso que se reúnan a menudo. Entonces, ¿qué me dices?

Alexander guardó silencio por unos segundos.

—Prácticamente, ¿eh? Así que hay excepciones.

—No puedo permitirme erosionar mis relaciones con los clanes nativos del lugar. Tendrías prohibido cazar a los pokémon señoriales y a cualquier pokémon que este en lugar sagrado. Claro está, al menos que te ordene lo contario. No quisiera condicionar tu decisión, pero no creo que los clanes estén bastante contentos con tu filosofía y estilo de vida. El único lugar que podrá aceptarte está acá, en Villa Jubileo, y no creo que hayas venido a esta región para regresarte en vano o morir en el exterior, porque por más habilidoso que seas, el problema es evidente con solo echarte un vistazo. No resistirías mucho allá fuera. Quizás te la arreglaste para acabar con un luxio o un ursaluna, pero, ¿qué pasa si te encuentras con una manada entera?

Kamado tenía razón. No sería capaz de sobrevivir él solo afuera. Quizás su padre sería capaz, pero él…

Kamado le ofreció su gruesa mano. Alex se la tomó.

―Bienvenido al Equipo Galaxia, Drexler, bienvenido a Villa Jubileo y por supuesto, a Hisui. Ya hay una casa lista para ti. Tiene lo básico, pero confío en que serás capaz de salir adelante. Más tarde, tendrás que conocer a Cyllene, tu superior directa a partir de ahora.

—Una pregunta más.

—Si la puedo responder, será un gusto.

—He escuchado algunas cosas sobre el Lago Veraz, ¿Dónde está? ¿Son ciertos los rumores sobre un pez de cien kilogramos?

—Por lo que sé, el lago Veraz está en la Pradera Obsidiana. Creo que es el sitio del que acaba de venir. Si bien tiene su encanto, me temo que esos rumores me son ajenos.

—Ya veo… perdón por molestarlo.

—No se preocupe. Considérelo un favor de bienvenida.

Mientras salía de la oficina, rumiaba sobre lo que acababa de descubrir.

—Así que Sinnoh, ¿eh? Al final ese molesto programa que siempre ve mi padre sirvió para algo.

Si está en Sinnoh, ¿Qué demonios pasó y por qué lo llamaban Hisui? Villa Jubileo era solo un poblado pequeño, el resto de la región eran un montón de terrenos desolados y los habitantes vestían a la antigua. Era como si… estuviera varios años atrás en el pasado.

Quizás…no, eso era ridículo.
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#14
Primavera

Capítulo 1


El cerezo pregunta por el cuándo y el dónde a la montaña solitaria
桜が尋ねる いつどこで 孤独な山へ


Kamado despertó de buen humor ese día. Aunque normalmente mostraba un gesto adusto y se dirigía a sus subordinados con tono severo, nadie podía esquivar ese chispeante brillo en sus ojos oscuros reflejando algo más que la luz del Sol. Un par de finas arrugas se ensanchaban hacia los extremos de su poblado bigote, advirtiendo una sonrisa jovial mientras avanzaba a paso firme por las calles de Villa Jubileo. La aldea rebosaba color y bienestar ese viernes de finales de abril, y los primeros pétalos de flor de cerezo eran barridos con delicadeza por la joven brisa primaveral.

—Feliz primavera, General —lo saludó afablemente una mujer de varios años que, subida a una pequeña tarima de madera, colgaba faroles de papel de las ramas de un árbol. A su lado, un jovencito recogía los pétalos de sakura formando una pequeña montaña rosa junto a sus pies.

—Buenos días, Edith —respondió cordialmente el líder del Equipo Galaxia, y notó cómo las manos del chico temblaron un poco aferrándose al rastrillo cuando fijó sus ojos en él.

Aún recibía miradas de recelo por parte de algunos residentes. Lo precedía una férrea reputación militarista, con todos los honores y las deshonras que ello acarreaba. Y, como en cualquier pueblo chico, los rumores acerca de su pasado y del presente de su organización se esparcían rápidamente, incluso entre los más chicos. Que había visto arder una aldea entera por culpa de sus investigaciones obsesivas con los pokémon, que sus manos estaban manchadas por la sangre de traidores a su causa, que tenía un peligroso guardaespaldas vigilando permanentemente su sombra e incluso que hasta niños habían muerto por seguir sus órdenes, adentrándose en los confines de la región para reunir información sobre diversas especies para él.

Sabía que, aunque Jubileo se había convertido en un símbolo de paz y esperanza para los residentes de Hisui, la calma estaba lejos de formar parte de su paradigma. El progreso era constante, pero a veces tan lento que parecía detenerse. Era un problema para él, pues las bestias salvajes de afuera no parecían detenerse nunca, y cada día llegaba al menos un explorador herido al Edificio Galaxia. En el mejor de los casos, traía anotaciones acerca de especies desconocidas para ellos junto a un hombro dislocado o una herida sangrante de mordedura. Incluso lamentando las bajas por fallecimiento o deserción, Kamado sabía que existía un daño colateral todavía más grave hiriendo la reputación de su empresa… Pero no podía permitirse pensar en cosas negativas. La primavera había llegado.


El Festival de la Concordia, o Hanami, como lo llamaban las regiones de oriente, consistía en la tradicional apreciación del florecimiento de los cerezos. No solo implicaba la admiración por la belleza de la naturaleza en su estado más puro, acompañando la primavera una época de clima agradable para el cultivo, la pesca y las actividades al aire libre, sino también la celebración de un nuevo nacimiento en Hisui: el de la propia Jubileo.

Aunque Kamado había reunido a un valioso grupo de expertos en diversas áreas y estaba dispuesto a desembarcar en Hisui hacía más de dos años, se le instó a demorar el arribo hasta el inicio de la primavera, pues el invierno en dicha región era más inclemente que en ninguna otra. La estación donde florecían los cerezos sería, pues, símbolo también de florecimiento para su proyecto: una cruzada no solo de expansión, sino de esperanzas para aquellos que lo habían perdido todo. Un nuevo comienzo para una civilización que reuniría lo mejor de todas las demás, con el beneplácito de los residentes originarios de las tierras que se disponían a habitar.

Dos largos años habían pasado, y aunque el asentamiento fue duro, finalmente comenzaba a ver la vida cotidiana en Jubileo como algo familiar. Como si hubiera conseguido, finalmente, revivir los recuerdos más felices de su antiguo hogar.

—«No» —le insistió una voz grave en su cabeza, oprimiéndole el pecho por un segundo—. «Aquí no has revivido solo los recuerdos felices».


Tras ingresar al Edificio Galaxia, Kamado se detuvo frente a las escaleras que lo conducían a su despacho cuando un lamento colectivo llegó a sus oídos. Raro sería no escucharlo cada vez que sus pasos lo acercaban a la enfermería, pero aquella mañana le pareció que varias voces más se habían sumado a su lamentable colección de malheridos. Tras contener un pesado suspiro frente a dos guardias de la División de Seguridad, Kamado levantó la frente y cambió su rumbo hacia la planta baja donde se ubicaba la sala de atención médica, encontrándose allí con un escenario desalentador en sus camillas atiborradas de pacientes con toda clase de heridas y contusiones. La anestesia parecía escasear cada día más en comparación a los ingresos, y las altas eran a veces incluso menos frecuentes que las defunciones.

—… General Kamado —lo llamó una voz suave, que parecía haber estado repitiendo su nombre tímidamente durante largos segundos. Se trataba de Pesselle, capitana del Cuerpo Médico del Equipo Galaxia—. Lamento importunar en un día tan importante, pero realmente tiene que entenderlo: la situación es insostenible. No podemos permitirnos más pérdidas.

El hombre echó un breve y último vistazo al panorama dentro de la sala de guardia, apenas alzando una ceja tras revisar las expresiones de dolor en los rostros de quienes estaban siendo tratados por el cuerpo de enfermería.

—¿Todos los pacientes pertenecen al Equipo Galaxia? —cuestionó él, recordando la indecorosa aparición de ese revoltoso Caído del Cielo. Pesselle frunció el ceño, disgustada.

—General, por favor —pidió, extendiendo una mano hacia las camillas desbordadas de dolor a sus espaldas—, tiene que parar con esta obsesión. Al menos concédase el próximo mes para reevaluar sus prioridades. No se lo digo como subordinada, ni como médica; ¡se lo digo como ser humano! Tiene que dejar de buscar milagros entre toda esta gente desolada. Hay familias enteras sufriendo aquí mismo, en Jubileo. Se supone que sería una tierra de esperanza para todos.

—Comprendo tus palabras, Pesselle —dijo secamente el hombre—, pero olvidas un pequeño detalle: todos sabemos el precio que debe pagarse por la esperanza.

La capitana bajó la mirada, acongojada por las impasibles palabras de su General. Guardando silencio, el hombre le dedicó una mesurada sonrisa.

—Eres la mejor que he conocido en tres continentes para llevar adelante la tarea que te encomendé —dijo él, intentando inyectarle al menos un poco más de confianza, incluso cuando comprendía perfectamente que la situación en Hisui sobrepasaba todas las expectativas—. Sé que es una muy difícil, pero también que eres la indicada para salvar a estas personas. Todos ellos son reclutas fuertes; entienden su propósito. Sé que vivirán y que, cuando se recuperen, volverán a trabajar para levantarnos de la mano. Esta es nuestra tierra, Pesselle, una llena de posibilidades.

Sin devolverle la sonrisa, y apartándose justo antes de que Kamado pudiera darle una afable palmada en la espalda, Pesselle dio media vuelta cuando oyó los gritos de un hombre al que le habían arrancado del hombro la garra aguda de un Sneasel. No había tiempo para sueños cuando la realidad les estaba pasando por encima.

Todavía con la frente en alto, Kamado se dirigió de vuelta hacia las escaleras tras saludar con la cabeza a los guardias que vigilaban de reojo cada movimiento en el vestíbulo principal del edificio. Tras llegar al primer piso, fueron ahora las duras pisadas de una mujer robusta las que se interpusieron entre él y su despacho, apareciéndose por un lado la capitana de la División de Seguridad. Estaba hecha una furia, y su pelo ardiente y enmarañado solo acentuaba aquella impresión.

—¡Kamado! —lo llamó Zisu, impidiéndole avanzar. Era tan alta como él, pero desbordaba el doble de energía—. ¡Tiene que poner en su lugar a esa chiflada! Ya le dije que lo venía sospechando, pero acabo de confirmar que les dijo a Yoshiro y Ress, de mi División, que se sumen a la de Investigación por “falta de personal”.

—Zisu —suspiró Kamado—, ¿por qué no lo hablaste directamente con--?

—¡¿Con Cyllene?! —se escandalizó Zisu, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Es imposible dialogar con una persona así! Tal es así que ni siquiera mis valientes y bien entrenados subordinados saben cómo reaccionar a sus exigencias. Su reputación la precede, claro: que es persuasiva e impone una férrea autoridad. Y yo sé que a ti nunca te gustó andar intimidando a los demás, así que necesitabas a alguien que disfrute realmente su trabajo a diferencia de… Ya sabes quién. ¡Como sea! Necesito que seas General del Equipo Galaxia y hables con ella para ponerla en su lugar. Yo no voy a resolverlo de manera tan civilizada como tú.

—La División de Seguridad ha escoltado siempre a la de Investigación durante las expediciones por la región —consideró Kamado, cruzando sus brazos bajo las amplias mangas oscuras de su kimono—. Sabes tanto como Cyllene que ambas partes deben funcionar como una sola para cuidarse mutuamente y apoyar el desarrollo de nuestras investigaciones.

—Ese es el problema —subrayó Zisu, dándose un golpecito en la frente—: ¡La División de Investigación ya ni siquiera puede considerarse parte de esto! Directamente quiere absorber a nuestros guardias y convertirlos en carne de cañón. No puedo permitir eso, e incluso Laventon me reconoció que los ha forzado a abandonar sus puestos para adentrarse en los matorrales buscando… ¿Qué? ¿La muerte? ¿Algún raro espécimen de Ponyta con flamas azules que afirman neuróticamente haber divisado en las praderas? Esa mujer parece divertirse viéndonos caer uno por uno. Pesselle te debe haber mostrado las consecuencias de su última cruzada en tierras salvajes.

—¿Divertirse? —cuestionó Kamado, recordando la gélida expresión estampada eternamente en el rostro de la capitana de Investigación—. Zisu, no es necesario que desvaríes: Cyllene jamás se divierte. Pero no te preocupes, hablaré con ella… Si me permites llegar a mi oficina.

—¡Ah! —se sonrojó repentinamente la mujer, apartándose atolondradamente cuando las palabras conciliadoras del General hicieron mella en sus oídos—. S-sí, por supuesto, claro que puede pasar, General.

Kamado soltó una risa débil, avanzando un poco más derrotado para encarar la siguiente escalera.

—Sabes que puedes tutearme, Zisu —dijo ya de espaldas a ella, en un tono demasiado bajo como para que la mujer lo oyera mientras bajaba apresuradamente para retomar sus labores afuera.

Sus pies lo arrastraron finalmente hacia la puerta de su oficina, que estaba ligeramente entornada y junto a la cual aguardaba con un rictus de irritación inconfundible la aludida por Zisu instantes atrás. Con las manos entrelazadas detrás de su espalda, Cyllene le clavó la mirada a Kamado apenas lo vio asomar del otro lado de la escalera. El hombre arqueó una ceja.

—Capitana Cyllene, tenemos que hablar acerca de-- —pero la mujer se llevó un solo dedo a los labios, juntándolos en un “Sssh” que le heló la sangre, mientras empujaba con el talón sutilmente la puerta de su oficina, abriéndola completamente y dejando escapar de su interior el murmullo y balbuceo de dos voces superpuestas.

Al ingresar, Kamado se encontró con un Laventon que sonreía incómodamente mientras era acorralado en un rincón por un hombre que parecía acabar de arrebatarle algo de las manos. En cualquier otro caso, no habría dudado un instante en tomar medidas en contra del intruso y potencial ladrón que acosaba al profesor, pero el atuendo azul y dorado tan distintivo del mismo lo dejó petrificado viendo cómo taladraba el cráneo de Laventon con toda clase de preguntas.

—¿Así que esta es su famosa Pokéball? Había escuchado que las hacían de otro material, pero parece madera, ¿no? ¡Ah! ¡Tiene un poco de metal también! ¿Y este orificio sirve para algo? ¿Por aquí los pokémon encerrados pueden ir al baño? Lo siento, pero si así fuera yo no guardaría eso en mis bolsillos.

Hablaba hasta por los codos, pasándose neuróticamente de una mano a la otra la esfera que había tomado prestada del profesor, quién no atinaba a contestar nada antes de que su interlocutor formulase tres preguntas nuevas, casi como si no tuviera interés real por escuchar su respuesta.

Tras oír el sutil chirrido de la puerta abriéndose y rozando el piso alfombrado de la oficina, el curioso se volteó. Era un joven adulto de largo cabello rubio con mechones de un azul tan oscuro como el del tapado que llevaba sobre la ropa holgada, así como con un collar y un colgante con los símbolos del Clan al que pertenecía, luciendo en ellos la piedra preciosa y la forma característica del diamante. Un arete cristalino en la oreja y una ceja partida por un tajo diagonal le conferían un aspecto entre místico y rebelde que parecía irritar especialmente a una muda Cyllene.

—Señor Adaman, qué… —Kamado hizo una pausa casi imperceptible para cualquiera menos para el extraño, que ensanchó la sonrisa— agradable y repentina sorpresa. No lo esperábamos tan pronto.

—¡General Kamado! —saludó Adaman con un ademán de mano informal, acercándosele tras amagar con devolverle la Pokéball a Laventon, que se quedó con los brazos extendidos hacia el frente—. ¿”Tan pronto”? Pero si ya está todo listo para el Hanami. ¿O siempre decoran con tanto rosa esta aldea?

—Las festividades comienzan a primera hora del día —asintió Kamado, todavía descolocado por la prematura llegada del Jerarca del Clan Diamante. Intentó proseguir, pero Adaman lo pisó con sus palabras.

—¡Por eso mismo! El día comienza a las cero horas, y desde ese preciso instante llegamos a Jubileo, tal y como nos había solicitado en su carta —expresó el muchacho paseándose libremente por la oficina, dirigiéndose al escritorio de Kamado y sentándose tranquilamente en la silla que al propio comandante le incordiaba utilizar—. Mire, Kamado, la realidad es que no podemos estar perdiendo el tiempo con formalidades. Usted necesitaba al Clan Diamante aquí para el comienzo del Festival de Primavera, y la primavera ya está encima de nosotros. El tiempo no espera a nadie, ¿sabe? Y el Gran Sinnoh tampoco.

—Solo le pido un poco más de su valioso tiempo —puntualizó el hombre, suspirando cuando un suave ronroneo llegó a sus oídos desde otro flanco de la habitación. Mientras torcía su cabeza en dicha dirección, Adaman sonrió divertido, llevándose las manos detrás de la nuca y apoyando los pies sobre el escritorio.

—¡Ah! No se preocupe por Mai —aclaró el Jerarca mientras el rostro de Kamado se transmutaba nuevamente al ver a una jovencita uniformada con los colores y símbolos del Clan Diamante, agachada en un rincón sombrío de su despacho mientras acariciaba la barriga de un pokémon de fino pelaje amarillento con alargadas hojas creciéndole sobre la frente y la punta de las orejas. La chica apenas pareció inmutarse por la mirada del General, y apenas se limitaba a sonreír con mucha calma mientras se entretenía mimando al felino—, no quiso perderse la oportunidad de celebrar el Hanami. A decir verdad, en mi aldea estaban un poco preocupados por la reunión que tendríamos el día de hoy, así que algunos más quisieron escoltarme. Aunque con Leafeon a mi lado pareciera tener protección suficiente, ¿no le parece? —Rio alegremente, mientras Kamado retrocedía un paso y miraba de reojo la figura ensombrecida de Cyllene al otro lado de la puerta, custodiando el acceso a la oficina con más tenacidad de la que jamás le había visto.

—¿Podemos irnos ya? —preguntó la chica sin levantar la mirada, entrelazándose su tenue voz con el fuerte ronroneo del pokémon de planta que se estiraba sobre la alfombra como si fuera dueño de todo el recinto—. Arezu fue a pasear por los puestos callejeros, y los Perla no parece que vayan a llegar pronto.

—Es cierto, Mai —suspiró Adaman justo cuando Kamado atinó a abrir la boca para algo más que expresar su sorpresa y desencanto con la presencia de un pokémon en su oficina, incluso cuando fuera uno que ya le conocía al muchacho, pues lo seguía casi como una segunda sombra—; estos Perla no entienden lo valioso que es nuestro tiempo, como bien supo apreciar el General Kamado —Y, tras decir aquello, barrió la habitación con su mirada hasta detenerse fijamente en los pequeños ojos oscuros del líder del Equipo Galaxia—. Pero usted sabrá, General, que no podemos quedarnos de brazos cruzados mientras el tiempo se nos acaba, ¿no es así?

Y, corriendo detrás del escritorio la amplia cortina que teñía de sombras el suelo, Adaman hizo que la luz arrasara con la oficina entera, revelando al otro lado de un enorme ventanal la magnífica y aterradora visión de un cielo casi blanco, cuyos vívidos colores matinales eran arrastrados hacia el centro oscuro de aquella brecha que se había abierto sobre el pico del Monte Corona, vaticinando los desastres que cada vez se volvían más frecuentes en toda la región. Leafeon dejó de ronronear, Mai se incorporó suavemente y Adaman se levantó para que Kamado no pudiera verlo desde una altura ventajosa, incluso cuando el muchacho que debía tener la mitad de su edad parecía tener más poder en la palma de su mano, haciendo girar sobre su dedo la rústica Pokéball que con tanto esmero habían fabricado, como si apenas fuera un juguete. Las manos de Laventon temblaban al son de cada bamboleo que pegaba el receptáculo de madera sobre el dedo del Jerarca.

—El Clan Perla está demasiado ocupado disfrutando de su libertad —dijo con un tono completamente diferente al que había profesado durante toda la conversación—, ¿a usted le parece que van a acceder a encerrarse aquí para darle el gusto? Se rigen por leyes y creencias absurdas, Kamado. Y esa cosa en el cielo es lo único que me preocupa lo suficiente como para estar aquí ahora. No un tonto Festival, ni la formalidad diplomática a la que mi posición en el Clan Diamante me ata. Lo hago porque confío realmente en que ustedes y nosotros podemos hacer algo productivo por Hisui. Yo estoy dispuesto a prestarle a los miembros más valiosos de mi Clan, pero quiero saber que usted tiene algo más que pétalos de flor de cerezo y… —Detuvo un momento su mirada en la Pokéball, arrojándosela casi con asco a Laventon de vuelta. El profesor cayó de bruces al suelo en su afán por atraparla en el aire. Afortunadamente para él, el objeto no llegó a dañarse—… bolas de pirotecnia, para aportar a la causa.

—Nuestro objetivo es el mismo —asintió Kamado, acercándose al ventanal para que su reflejo se empareje al de Adaman, viendo ahora los dos la inmensa distorsión espacio-temporal expandiéndose en el cielo a un ritmo tan lento e imperceptible como la misma muerte—. Y cuando digo “nuestro”, me refiero al del Clan Perla también. Comprendo y respeto que ambos clanes tengan diferencias, pero si algo nos une es el amor por esta tierra y por la gente que aquí vive.

—Se equivoca, General —replicó Adaman con gravedad—: nosotros no velamos solo por nuestra propia especie. Tenemos la obligación de proteger los bosques, los lagos y esa montaña a la que ustedes observan con recelo desde que llegaron. Debemos cuidar, por supuesto, de los pokémon, así como entender que ellos también cuidan de nosotros. El investigador que está en el suelo tiene una visión noble, similar a la nuestra: él no les teme, ni los desprecia. Pero puedo leer ese brillo oscuro en su mirada, Kamado: usted odia a los pokémon, ¿no es así? En medio de todo el negro de sus ojos, casi puedo adivinar una chispa roja de remordimiento en su contra. Ni hablar de la mujer que ni siquiera se atreve a poner un pie en esta oficina. ¿Quiere explicarme por qué deberíamos confiarle una responsabilidad semejante a personas que no están en armonía ni con sus propios recuerdos?

Estaba acostumbrado a esa clase de tratos desde que había condenado a cientos por su orgullo. Sabía que condenaría a tantos más si no se detenía en ese momento, si no agachaba la cabeza y accedía a la humillación que el Jerarca del Clan Diamante le estaba propinando hurgando en una herida que no cicatrizaba. Pero también sabía lo que implicaba doblegarse en el momento más importante de su mandato al frente del Equipo Galaxia: ahora su gente dependía de la entereza con la que pudiera convencerlos de avanzar juntos para desentrañar el misterio en el cielo. Los Clanes conocían bien el pasado de Hisui, el Equipo Galaxia había asentado un próspero presente para gente de todo el mundo… Pero él había visto algo más con sus propios ojos: el futuro.

Esbozando una sonrisa, Kamado apoyó un dedo en la ventana y lo presionó sobre el cristal, como si intentase apretar a la distancia el vórtice oscuro y brillante que se abría en el firmamento.

—Todo lo que necesitamos saber está allá arriba, ¿no es así?

—A menos que el cielo sea un reflejo —se encogió de hombros Adaman, desconfiado del repentino ímpetu con el que Kamado se expresaba.

—Yo no podría haberlo dicho mejor —asintió—: lo que necesitamos está aquí abajo, con nosotros. Un reflejo del cielo, o mejor dicho, almas caídas del cielo.


Se hizo medio día, y frente al portón central de la villa dos guardias sobresaltados con sendos sombreros de paja bajaron a toda prisa por las escaleras de bambú de las torretas de vigilancia. Incluso en una mañana tan soleada como esa, las siluetas que se aparecieron en el horizonte conseguían resaltar. Aquella que iba al frente de un grupo de tan solo tres personas que pisaba como un ejército entero, una joven delgada y seria, llamó la atención de los integrantes de la División de Seguridad por ir acompañada de una criatura cuadrúpeda de tonos celestes que helaba la sangre con solo verla. Mecía dos largos mechones de pelo oscuro a ambos lados de su pequeña cabeza mientras avanzaba trotando entre las piernas de la chica, que conforme se acercó a la entrada de Jubileo reveló un resplandeciente cabello rubio y un ropaje corto y descontracturado de color rosa y blanco. Del cinturón celeste que rodeaba su cintura pendía una larga cola divida sobre cuya tela podía verse bordado el logo del Clan Perla.

—Buenos días —saludó la chica arrastrando cierto malhumor en su tono, deteniéndose ante el portón cerrado y dándole golpecitos con los nudillos—. ¿Pueden abrir? Nos están esperando.

—B-buen día, señorita Irida —balbuceó uno de los guardias, aquél que estaba menos aterrorizado por el pokémon de hielo que los miraba fijamente—. T-tenemos órdenes del General Kamado de registrar a los pokémon que ingresen en la Villa —Y, revisando en su bolsillo, tomó una de las esferas que le enseñó con la mano temblorosa a la chica—. También necesitamos que lo guarde aquí, por favor.

—¿Es una broma? —levantó una ceja la Jerarca del Clan Perla, mirando con repulsión el objeto que el guardia le ofrecía y haciendo un ademán feroz con el reverso de su mano para arrojar al suelo la Pokéball—. Creí haber sido clara la vez pasada con su comandante: no vamos a encerrar a ningún pokémon. La única condición para reunirnos con él era que respetase nuestros valores heredados del Gran Sinnoh.

El guardia se agachó para recoger el esférico, revisando neuróticamente que no hubiera sufrido ningún daño, mientras la chica suspiraba con frustración y se abanicaba el rostro con la misma mano con la que había repelido la Pokéball. Pese a que no debía hacer más de veinte grados, actuaba como si estuviera dentro de un volcán.

—¡Puf! ¡Es insoportable estar asándonos aquí fuera y que encima tengan el atrevimiento de no dejarnos pasar al lugar donde fuimos convocados! —se quejó, girándose hasta quedar frente a su Glaceon y dándole la espalda al par de guardias que se miraban entre sí—. Glaceon, hazme el favor una vez más, ¿quieres?

El pokémon de hielo maulló suavemente cambiando su postura, y apuntó hacia arriba mientras el suelo bajo sus patas parecía cristalizarse por el frío que comenzaba a emanar. Alertas, los guardias tomaron dos largas lanzas que descansaban a un lado de la escalera y le apuntaron sincronizadamente a la bestia que simplemente se limitó a soplar a la chica, generando una suave y refrescante brisa que barrió el calor de su piel. Al mismo tiempo que hacía esto, y ante la mirada estupefacta de los guardias, un par de manos se aferraron al palo de las armas y desviaron sus afiladas puntas de acero lejos de la criatura helada, tomándolos por sorpresa.

—Sin hostilidades —dijo una voz firme y grave, revelándose como la mano más fuerte que había conseguido desviar la lanza sin mostrar apenas esfuerzo. Se trataba de un hombre alto y de cuerpo entrenado, pues iba a pecho descubierto exhibiendo una especie de tatuaje celeste con la forma circular característica del Clan Perla. Tenía cabello azul largo peinado hacia atrás y una barba desprolija creciendo en distintas partes de su mandíbula, y aunque su tono era inclaudicable, mostraba una sonrisa cargada de determinación que le transmitió cierta seguridad al guardia.

—Puedes sacarle un ojo a alguien con esta cosa —observó alguien mucho más bajo, más similar a un niño que a un hombre, pero con un sombrero tan grande en su cabeza que era difícil verle el rostro desde arriba.

A pesar de que su apariencia intimidaba poco y nada en comparación a la del hombre descamisado, el guardia se apartó de inmediato cuando notó que sobre el hombro del chico reptaba una criatura redonda y de aspecto acuoso con una piel morada recubierta por algún tipo de mucosidad. Aquello era otro pokémon libre, un Goomy, pero parecía mucho más inofensivo (y repugnante) que el felino de hielo que escoltaba a Irida. Sin mediar otra palabra, el integrante del Clan Perla que iba sin la compañía de ningún pokémon —“«Posiblemente por no necesitarla»”, convinieron los perplejos guardias—, se acercó al portón y lo empujó con ambas manos, abriéndose paso sin apenas esfuerzo mientras la madera hinchada crujía pesadamente cediendo ante su implacable fortaleza.

Las calles de Villa Jubileo rebosaban color, alegría y alboroto a partes iguales. Debía haber más gente reunida en ese único lugar que dispersa por el resto de Hisui; todos paseando despreocupadamente por sus calles de tierra mientras admiraban la lluvia de pétalos rosas sobre los tejados de las casas y negocios, así como los variados puestos de venta ambulantes que locales y extranjeros habían instalado a lo largo de la Vía Aromaflor. Las parejas iban de la mano al Estudio Fotográfico para inmortalizar su amor luciendo sus mejores kimonos con motivos florales para recibir con una sonrisa la primavera. Los niños encendían palillos con bengalas en la punta incluso cuando la luz natural se abría paso todavía en cada rincón de la aldea. Los integrantes de distintas divisiones del Equipo Galaxia formaban fila en el Bazar de Choy para equiparse con lo mejor en Pokéballs, pociones y toda clase de aditamentos útiles para sus misiones fuera de la Villa. Incluso la División de Agricultura había trasladado muestras de sus mejores cultivos a un stand propio para exhibir los progresos que habían tenido en la cosecha con respecto a los años anteriores.

Todo era goce y cánticos superpuestos de vocecillas animadas hasta que cuatro sombras cruzaron la gran avenida comercial de Jubileo, dejando tras su paso un desierto de sonidos ahogados por la impresión. Los integrantes del Clan Perla siempre conseguían llamar la atención, pero aquella vez su propia Jerarca, Irida, se hacía presente escoltada por dos de sus mejores hombres y por una criatura al frente que heló literalmente la sangre de los transeúntes y comerciantes que detuvieron todo movimiento y actividad para verlos desfilar como si estuvieran solos allí. Tan solo una persona continuó moviéndose con sigilo entre la multitud aprovechando el desconcierto. Lian, el Guardián del Clan Perla con enorme sombrero, ocultaba bajo éste el cuerpecito regordete de su Goomy mientras hacía una mueca de incomodidad por la avalancha de miradas y murmullos que despertó su presencia. Gaeric, el Guardián descamisado, avanzaba férreo por detrás de Irida, tapando la espalda de la chica con la suya propia que parecía ser varias veces más ancha. No se detuvieron ni un segundo a apreciar las decoraciones festivas ni los puestos de venta; tenían que enfilar su rumbo raudamente hacia el Edificio Galaxia.


—¡Esto es un despropósito! —farfulló Adaman cuando Irida se hizo presente en la oficina de Kamado. Habían pasado ya varias horas desde que los Diamante se apersonaron allí, por lo que Cyllene y Laventon se habían marchado para continuar las tareas de investigación—. ¿Qué vas a decir para justificar tu impuntualidad? No creo que precisamente tú te hayas perdido, Irida.

—Lo que es un despropósito es que hayan convocado esta reunión precisamente aquí —murmuró la chica sin prestarle tanta atención a los reproches del muchacho, mirando con cierto resquemor las paredes oscuras dentro de la sombría oficina cuya única luz se filtraba endeble entre las cortinas frente al ventanal que nuevamente había sido cubierto—. Este lugar sigue tan espeluznante como siempre; siento que me asfixio acá encerrada…

Mientras los líderes del Clan Diamante y el Clan Perla se saludaban con sus habituales fricciones, el Leafeon y la Glaceon frotaban cabezas y daban vueltas en círculos bajo una mesa, ronroneantes.

—Hola, Lian —murmuró Mai mientras el chico del Clan Perla apoyaba su espalda contra la pared a su lado—. Lo de siempre, ¿no?

—Lo de siempre —hizo rodar los ojos el vaquero en miniatura, soltando un fastidiado suspiro. Era prácticamente un milagro que los líderes de los dos clanes pudieran juntarse en un mismo sitio sin extender sus absurdas discusiones durante al menos una hora entera. Por eso mismo, agradecieron que Kamado decidiera ponerse de pie con brusquedad, aclarándose fuertemente la garganta. Gaeric permanecía en silencio junto a la puerta, pero no le sacaba los ojos de encima al comandante.

 
[Imagen: hIQDDWe.png]

—Me complace recibir a los grandes clanes de Hisui el día de hoy —empezó, haciendo una respetuosa reverencia que ni a Irida ni a Adaman pareció decirles nada—. Quisiera poder decir que este llamado tuvo como motivo reunirlos para apreciar en comunión la belleza de la primavera y del Festival de la Concordia. Pero, como entenderán incluso mejor que yo, la región no está atravesando un momento de paz, precisamente.

—Disculpe que lo diga así, General —irrumpió Irida, dando un paso adelante—, pero usted no es precisamente un hombre de paz. Sabemos bien que ha participado de numerosas guerras antes de arribar a nuestra región. Y no es que desconfíe de sus buenas intenciones en Hisui, pero tampoco puedo permitirme hacer la vista gorda al hecho de que, quizás, esté intentando también expandir su poder político aquí.

—Vaya, parece que alguien estuvo haciendo los deberes… —soltó una sonrisa irónica el Jerarca Diamante, desviando su mirada al fornido Guardián que permanecía impertérrito a sus espaldas. Kamado, contundente, negó una vez con la cabeza.

—Respeto su autoridad en la región —aseguró—, pero incluso ustedes necesitan de nuestra ayuda, y solo quiero poner énfasis en nuestra absoluta disposición. Hemos venido a Hisui porque queremos que sea tanto nuestro hogar como el de su gente; pero es cierto que, aunque a salvo de guerras sin sentido, estas tierras se encuentran a merced de algo mucho más inquietante para nosotros.

—¿Inquietante como el vórtice oscuro abierto en el cielo? ¿O como ese par de lindos pokémon jugueteando bajo la mesa? —señaló Adaman con diversión, aunque no le agradase del todo que su Leafeon hiciera tan buenas migas con la Glaceon de Irida. Kamado permaneció estoico ante la puya del Diamante.

—Ambos son igual de misteriosos e impredecibles —dijo, corriendo una vez más la cortina para que ahora fuesen los del Clan Perla quienes pudieran ver a través del ventanal la mancha enmarcando la cima de la montaña—. Y estamos convencidos de que esa brecha en el cielo tiene influencia directa sobre algunos pokémon. Por la información que hemos recabado podemos afirmar que, desde su primera aparición registrada, aumentaron también los casos de hostilidades de pokémon salvajes hacia humanos.

Irida soltó una risa seca, breve y arisca, apoyando los nudillos sobre el amplio escritorio del comandante.

—Hoy están todos muy graciosos en este lugar —dijo la chica con tan mala cara que casi conseguía intimidar—. Más bien diría que, desde que ustedes llegaron, han subido los casos de hostilidades de humanos hacia pokémon salvajes. ¿O qué me dice de esas prisiones en miniatura donde quieren encerrarlos a todos? ¡Hasta quisieron usarla para que nadie pudiera ver a Glaceon! ¿Y qué hay de los restos de Ursaluna que encontraron en Obsidiana? No tenía señas de haber sido asesinado por otro pokémon, y ninguno de ese territorio podría haberlo hecho de cualquier modo —Añadió, girándose para transmitirle su indignación al propio Adaman—. Calaba nos lo informó, y no la había visto tan aterrada en toda mi vida. Kamado, no sé qué esté tramando actualmente su División de Investigación, pero--

—Señorita Irida, si me permite interrumpir —tuvo que cortarla él—, debe saber que las Pokéball han sido desarrolladas precisamente con el objetivo de preservar la vida incluso de los pokémon más peligrosos que nos crucemos en el camino. Llegamos a Hisui buscando evitar el derramamiento de sangre, y por petición suya hemos puesto todo nuestro esfuerzo en resguardar a los pokémon que aquí habitan… Pero jamás pondré la vida de mis hombres por encima de la de ninguna criatura. Y aunque sus clanes hayan conseguido con éxito encontrar un balance que les permita coexistir con esas bestias, sé bien que incluso ustedes pueden temerles. El alcance de su poder es desconocido, pero por lo que sabemos, incluso la deidad a la que adoran podría tratarse de un pokémon como los demás.

Adaman levantó la mano, como pidiendo permiso para tomar la palabra en una clase. Kamado se detuvo, y notó que su actitud ahora era completamente seria, mirándolo a los ojos sin un atisbo de burla en la mueca estoica de sus labios. Tras contener un suspiro, el General le cedió la palabra.

—Espero que esa especulación suya sobre el Gran Sinnoh no tenga ninguna relación con el desarrollo de las “Pokéball”. Digo, ya que usted lo considera tan pokémon como los demás… —e hizo una pausa para que Irida también pudiera digerir esas palabras—… eso implicaría que también pudiera ser capturado por el Equipo Galaxia.

—¡De ninguna manera! —chilló Irida, colérica, dándole un golpe al escritorio que sacudió la pila de papeles entre ella y Kamado. Junto a la puerta, Gaeric descruzó sus brazos, y Lian despegó la espalda de la pared ante la mirada intranquila de Mai. Kamado aclaró su garganta.

—No buscamos alterar la paz de los pokémon en esta región —insistió—, pero debemos hallar un equilibrio para que todos podamos vivir a salvo en estas tierras. Y mi principal preocupación, incluso por encima de las especies más agresivas, es aquello en el cielo que debe estar alterándolas, y que hemos llamado “Brecha Espacio-Temporal”, pues al parecer a través suyo pueden llegar a la región especies de pokémon pertenecientes de otros tiempos, así como seres humanos que no se corresponden a esta época.

Aquellas palabras parecieron aplacar la furia de Irida, que dejó quietos sus nudillos sobre la madera cuando hizo referencia a humanos provenientes de otros tiempos.

—¿Cómo sabe que vienen de otro tiempo y no de otros mundos? —inquirió ella, con la voz más baja de lo habitual. Adaman prestó especial atención a la actitud de la chica.

—Parece que los rumores se han esparcido con rapidez —sonrió Kamado, resignado a que mantener eso en secreto era imposible desde el principio—, al punto de que no necesita preguntarme, en primer lugar, quiénes son esos viajeros.

—No tiene importancia de dónde vengan —se encogió de hombros Adaman—. Y es sumamente fácil reconocerlos: pasamos por La Enredadera esta madrugada, pues era el único lugar dispuesto a recibirnos en la aldea cuando llegamos. La señorita que nos atendió era todo menos alguien de esta época; su forma de hablar, de vestir… Incluso su reacción ante Leafeon: no mostró un ápice de nerviosismo al verlo pasar. Fue la única persona en toda la Villa que parecía más intrigada por nosotros que por este pokémon.

—Es cierto que un ojo observador podría notarlo, pero también creemos que muchos pudieron haber llegado a esta región incluso antes que nosotros mismos —dijo Kamado—. Podríamos tener Caídos del Cielo conviviendo con nosotros desde hace décadas, o tal vez mucho más.

—“Caídos del Cielo” —repitió Irida sin disimular su disgusto—. Suena a un término demasiado divino para almas descarriadas. ¿Ustedes los llaman así? Porque es un honorífico muy… luminoso para referirse a personas que vienen de ese oscuro agujero. ¿Qué hay de su relación con los pokémon agresivos que pierden el control repentinamente allá afuera? ¿Dices que esos pokémon pueden estar siguiendo las órdenes de los humanos de otros mundos?

—No lo creo —se lamentó Kamado, bajando un poco la cabeza mientras su mirada se ensombrecía—. Lamentablemente, hace poco tiempo un chico identificado por nosotros como Caído del Cielo murió de forma cruel en las garras de uno de esos pokémon agresivos. Nuestro profesor los llama “Alfa”, pues se vuelven mucho más grandes y hostiles que los de su especie. Estos pokémon violentos y las personas con conocimientos impropios de esta época son un misterio actualmente, pero estamos convencidos de que son un fenómeno que podría explicarse si desentrañamos el origen de la Brecha Espacio-Temporal sobre el Monte Corona. Quizás si logramos comprender ese origen sepamos cómo cerrarla y hacer que Hisui vuelva a un estado de paz absoluta.

—La paz nunca es absoluta —se encogió de hombros Adaman, dándole la espalda—. Pero la curiosidad del Equipo Galaxia sí parece serlo… A decir verdad, me intriga un poco todo esto. Dejé a Arezu recorriendo Jubileo para que se entretuviera un poco, pero también para que averigüe todo lo que pueda sobre esas personas tan particulares. Si trae algo interesante a mi mesa, es posible que el Clan Diamante acceda a investigar junto a ustedes.

—Si realmente tiene un plan tan bueno como para averiguar qué oculta esa… brecha en el cielo —comenzó Irida, tras pensárselo bien—, entonces el Clan Perla cooperará. Pero se lo advertiré de forma clara, General Kamado: conocemos mejor que nadie en la región el Monte Corona. Se encuentra en medio de tierras hostiles, e incluso a nosotros nos resulta un desafío llegar a la cima.

—Hemos enviado a nuestra Guardiana de Braviary apenas apareció esa cosa en el cielo —añadió Adaman, a punto de salir de la oficina mientras miraba de reojo con una sonrisa divertida a Gaeric—. ¿Y sabe lo que encontró ahí? Una corriente de energía tan grande que ningún pokémon volador podía acercársele. Por supuesto que no nos arriesgaríamos a perder a nadie siendo absorbido por esa tormenta. Pero, conociendo los métodos del Equipo Galaxia, estoy seguro de que no tendrá problemas en encontrar vidas descartables para arriesgar en su misión. Tal vez su profesor pueda inventar una Pokéball con alas —Y haciendo esta última sugerencia, Adaman salió acompañado por Mai y su Leafeon, quien se despidió apenado de la Glaceon de Irida. Levantando la mano para despedirse, agregó ya fuera del recinto—. Volveremos a fines de mayo para partir rumbo a la montaña. Tiene un mes para reunir a lo mejor de lo mejor entre sus filas.

—Nuestra aldea no está muy lejos de ahí, así que nos encontraremos en la Ladera Corona —suspiró Irida, cargando en brazos a Glaceon y llamando a Lian y Gaeric para que salgan—. Nos vemos en un mes.

Oyendo cómo sus pasos se alejaban por el pasillo rumbo a las escaleras, Kamado chasqueó la lengua contra los dientes y salió rápidamente para alcanzarlos. Los dos clanes se giraron hacia él, notando la determinación en su mirada, y el General les devolvió una espléndida sonrisa, ofreciendo un simbólico abrazo en la distancia.

—¡Por favor! Sería un honor para mí que puedan quedarse a disfrutar del Hanami —pidió antes de perderlos de vista escaleras abajo. Adaman sonrió con entretención, mientras que Irida pareció buscar un gesto aprobatorio en Gaeric antes de soltar un gruñido desconfiado—. Jubileo ha crecido mucho estos dos años, y quiero que vean que hemos hecho todo lo posible por traerle felicidad a la gente de Hisui. Pueden regresar a sus aldeas mañana por la mañana, pero hoy relájense y disfruten de las festividades. Por la noche tendremos un espectáculo de fuegos artificiales, cortesía de la División de Artesanía. Acompáñennos, por favor —Expresó con una sentida reverencia, doblando su cuerpo hacia adelante.

Por un segundo, los Jerarcas cruzaron miradas con genuino interés, como buscando encontrar en los ojos del otro una respuesta para Kamado. Medio segundo después, las desviaron con recelo y se dirigieron al unísono al comandante, que recibió el sonido de sus voces sin mirarlos directamente.

—Solo por hoy —dijeron, y Kamado esbozó una sonrisa de satisfacción al ver que, tal vez, el festival cobre un nuevo sentido con ese primer nudo a sus lazos. Si los Clanes y el Equipo Galaxia conseguían cooperar, aquello sería pan comido.


Afortunadamente para todos, el primer día del Festival de la Concordia transcurrió en perfecta armonía durante el resto de la jornada. Las ventas crecieron exponencialmente por la afluencia de personas que todavía llegaban de distintas partes de Hisui, e incluso atracaron un par de barcos extranjeros guiados por el viejo Tao Hua para llevar toda clase de objetos únicos al comercio de Jubileo. La posada estuvo concurrida desde que abrió sus puertas pasado el mediodía, disponiendo mesas fuera del local para que pudieran comer en familia y entre amigos.

Al caer la tarde se pudieron apreciar por sus calles algunos escenarios montados sobre tarimas donde mujeres ataviadas con lujosos kimonos danzaban bailes tradicionales mientras músicos hacían sonar las cuerdas del koto y el shamisen, así como los vientos de las flautas de bambú y las sólidas percusiones con eco de los taiko azotados con vigor por los hombres más fornidos de la División de Seguridad.

Por la noche, la multitud se fue reuniendo en torno al puente curvo que cruzaba el tranquilo río que dividía Vía Aromaflor de la Avenida Canal hacia la zona residencial, y desde allí pudieron ver cómo desde los límites del poblado se disparaban como flechas encendidas los petardos que silbaban sobre el cielo estrellado y lo llenaban del triple de luces con sus estallidos encadenados, dejando ante los ojos maravillados de la gente una lluvia de colores vibrantes enmarcados por la imponente silueta oscura del Monte Corona en la distancia.

Y desde lo más alto, los dioses parecieron querer sumarse a los festejos, encendiendo ellos su propio petardo que llovió en medio de los estruendos de la pirotecnia como un rayo de luz dorado que ningún ojo pudo evadir, zambulléndose en el corazón del bosque hacia las afueras de la Pradera Obsidiana. Los murmullos y el desconcierto se acrecentaron cuando aquello que no parecía haber sido disparado por la mano del hombre hizo temblar el suelo bajo sus pies, y entre la muchedumbre pudo verse un sombrero ancho abriéndose paso a toda velocidad, subiéndose Lian sobre el lomo de una bestia galopante comandada por Mai y desapareciendo en un santiamén de Jubileo ante la alerta mirada de Irida.


Tres viajeros se apartaron del camino irregular en las inmediaciones a Jubileo cuando el ciervo gris cruzó de un salto unos matorrales, perdiéndose de vista entre los finos árboles que conducían al bosque hacia el noroeste. Arrastraban una carreta y cargaban pesadas mochilas atiborradas de productos y carpas enrolladas para el acampe, pero no se veían cansados en absoluto, sino apenas curiosos al girarse en dirección al Wyrdeer que ya debía estar muy lejos.

—Uno de esos podría habernos venido bien para transportar todo esto —suspiró con un silbido un hombre de barba, sacudiéndose el polvo de los zapatos.

—Démonos prisa, que ya perdimos un día entero de ventas —insistió una chica joven, girándose hacia el compañero que más se había alejado del grupo, como si sus pies lo condujeran hipnóticamente hacia el bosque alcanzado por el rayo—. ¡Volo! ¿A dónde vas? No vamos a venderle nada a los Scyther y ya nos desviamos mucho por tu culpa.

Encogiéndose de hombros, el más alto del grupo le devolvió una sonrisa a la joven testaruda y obsesionada con el negocio. Ajustándose la gorra azul y amarilla sobre su cabello rubio recogido, el comerciante asintió finalmente y se puso a la par de sus compañeros mercaderes, mirando con calma las luces de la aldea al otro lado del camino. El logo dorado grabado sobre el grueso delantal blanco de su uniforme parecían ser alas y trompetas bajo una esfera centrada en la parte superior.

—¿Cuál es la prisa? —les preguntó con una risa serena, retomando con el primer paso su camino hacia Jubileo—. Tenemos todo el tiempo del mundo.


 



Mandato Divino

— El Festival Hanami da inicio el viernes 20 de abril y se extiende hasta la noche del domingo 22 de abril. Dejen que sus personajes se conozcan e interactúen por primera vez en el marco festivo de Jubileo, y desarrollen sus historias personales. La próxima actualización será el 20 de mayo, no avancen más allá de esa fecha.

— El Equipo Galaxia recluta candidatos para la expedición al Monte Corona, que se realizará a fines de mayo. Si tu personaje está interesado en participar, es buen momento para que lo informe en el Edificio Galaxia. Si tu personaje no tiene interés pero su comportamiento lo expone demasiado, es posible que lo obliguen a participar a modo de prueba, o incluso de castigo.

— Los representantes del Clan Diamante y el Clan Perla se encuentran en Villa Jubileo, y tienen especial interés por los llamados “Caídos del Cielo” que mencionó Kamado. Quizás también tengan pistas sobre lo que los pudo haber llevado a Hisui en primer lugar. ¿Quizás algo acerca de ese “Gran Sinnoh” que tanto mencionan?

— Durante la noche del primer día del Hanami… ¡Un rayo se funde en la distancia con los fuegos artificiales! Los guardianes Lian, del Clan Perla, y Mai, del Clan Diamante, suben a un Wyrdeer que los lleva rápidamente hacia el bosque donde impactó el llamativo fenómeno. ¿Será un Caído del Cielo? ¿O tal vez un pokémon agresivo? Si a tu personaje le concierne, puede ir a investigar qué está pasando allá.

— Esa misma noche, la Compañía Ginkgo de mercaderes llega finalmente a Jubileo para sumarse a las celebraciones y aprovechar la enorme afluencia de gente para comercializar sus mejores productos. Sus precios son buenos, y también están dispuestos a comprar objetos curiosos a aquellos que necesiten conseguir algunas monedas. Recorrieron toda la región varias veces, así que la conocen mejor que nadie. ¿Sabrán decirte el camino más seguro para llegar a algún punto específico de Hisui?
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#15
 
—Es como si el destino nos estuviera haciendo una broma de muy mal gusto.

 
Apoyados sobre el barandal de la terraza en la Sede Galaxia, aquel era el lugar que los dos viejos amigos habían decidido tácitamente como punto de reunión para ponerse al tanto de las novedades en la Villa. Mientras Kamado se relajaba viendo pasar por las calles a la gente emocionada ante el primer día del festival, Beni se mantenía de brazos cruzados sobre la pared de ladrillos, con el ceño fruncido.
 
—Sabe cocinar, sabe limpiar, es simpática, es inteligente, es diligente en su trabajo, es educada, es sumamente pulcra, trata a los Pokémon con cariño…
 
—Suena como la perfecta ama de casa para mí. ¿Qué es lo que te preocupa de ella?
 
—¡Es… —abriendo y cerrando los puños, su amigo no parecía encontrar las palabras adecuadas— demasiado perfecta! ¿Acaso has escuchado siquiera una sola queja sobre ella en todo el mes que lleva en la Villa? Ninguna. Incluso la gente del pueblo parece estar abriéndose a ella, aunque a regañadientes. Y se rehúsa a cambiar ese extraño atuendo con el que llegó: quiere que el resto sepa que no es de allí, y que no por eso tienen que desconfiar de ella.
 
Bajando la vista hacia la avenida principal, ambos fijaron la vista en la descendiente de su antigua amiga. Sonriendo con tranquilidad sentada en una de las mesas exteriores de la posada, charlaba animadamente con el maestro artesano, mientras compartían un plato de bocaditos de masa de aspecto apetitoso.
 
“Petit fours”, si te estás preguntando qué son. Los ha cocinado por la noche aprovechando el calor del horno de fundición de Anvin. Ha estado haciendo un sinfín de platos distintos gracias a la primera cosecha del tipo que cayó hace un año… el aprendiz de Colza.
 
Saludando con la mano a una niña que venía caminando de la mano de su madre, ésta le ofreció una de sus galletas con una sonrisa. E incluso a pesar de las advertencias de la mujer, la niña se zafó de su agarre para llevársela inmediatamente a la boca. No fue hasta que vio tanto a Ado como a Anvin tomar otra que la madre se relajó un poco, aceptando la mitad de la galleta que su hija le ofrecía para probar.
 
—…y se está llevando el crédito de ambos para ganarse la simpatía de los demás.
 
Poco a poco, comenzaba a entender la preocupación de su amigo. Aquella chica había llegado hace menos de un mes, y sin embargo ya se había adaptado completamente a la vida en la Villa. Los suministros de Pokéball habían aumentado gracias a la ayuda que le había proporcionado a Anvin, que había tenido problemas con los prototipos: eso a cambio le había dado más tiempo libre a Laventon, el cual había aprovechado para poder centrarse a fondo en sus proyectos de investigación.
 
Por el otro lado, había abierto de par en par las puertas del local cuasi abandonado de Beni, renombrándolo “La Enredadera”, y ofreciendo comida mucho más sabrosa que los mochis que preparaba su amigo apresuradamente luego de patrullar la Pradera Obsidiana. Quizás un guiso de arroz no era precisamente la solución para que a los de la división de seguridad no les arrancara un brazo un Luxray, pero definitivamente un plato de comida caliente ayudaría a levantarles la moral, que últimamente estaba por los suelos.
 
Sus reservas también habían aumentado, gracias a su intención de abrir la posada al público y no exclusivamente a los Galaxia, ahora que contaban con más comida. Y no sólo alojar a gente extraña bajo el ojo vigilante de Beni era su mejor opción, sino que le había dado a Cyllene la idea de alquilar las cabañas extras que Sanqua y su equipo habían estado construyendo estos últimos meses. La experiencia de ciento setenta años de desarrollo social era más que evidente en las acciones de aquella mujer.
 
—Es como si la misma Tomoe nos hubiera enviado una bendición desde el más allá, cuando más lo necesitábamos —sonrió Kamado con melancolía—. En todo caso, parece que está haciendo todo lo posible por encajar.
 
—E incluso así pretendes enviarla directamente hacia el peligro. ¿En qué estás pensando? ¿Acaso quieres que termine como ella?
 
—Tenemos de testigo a Anvin ver como cayó de esa brecha completamente ilesa. Es una de las pocas personas de las que sabemos con seguridad que no les sucederá nada si las absorbe aquel vórtice. En el mejor de los casos, lograremos que vuelva a su hogar.
 
—¡Y en el peor de los casos volará por los aires luego de tratar de acariciar un Voltorb como una idiota! No comprende los peligros de esta región: de donde ella viene, todos los Pokémon ya han sido domesticados: ¡los tienen hasta de mascotas!
 
—Y es por eso que tú estarás vigilándola. Sé que no le pasará nada siempre y cuando estés con ella.
 
Alzando la vista al cielo y a aquella maldita brecha, Kamado infundió de seguridad sus palabras. Comprendía que Beni sólo quería advertirle del peligro que aquel viaje iba a ser, pero escuchar las experiencias de aquella chica del futuro a través de él sólo significaba una cosa.
 
Lucharía por aquel futuro, sin importar las consecuencias.
 
Un futuro donde los Pokémon convivan en armonía con la gente.
 
Y un futuro donde aquella mujer pueda regresar y vivir con tranquilidad.
 
Capítulo I – Ado
 Maldición. 
 
—No sabía que había clanes de personas viviendo por toda la región. Parece que ellos tienen mucha más confianza con los Pokémon que aquí.
 
—Encárgate de las mesas. Yo voy a limpiar todo esto.
 
No era nada fuera de lo normal que Beni evitara sus preguntas: ya estaba más que acostumbrada a la frialdad con la que él la trataba siempre que estaba ahí. Luego de una de sus reuniones con el General Kamado a la hora del almuerzo, había regresado para poner orden al lugar antes del anochecer: era el primer día del festival que celebraba la llegada de la primavera, y la Villa estaba más alborotada de lo normal. Estaba segura que, gracias a la ubicación de la Enredadera, ubicada en el centro mismo de Jubileo, terminaría a rebosar de gente esa noche.
 
Acercándose a la barra con una mirada cómplice, Ado se arrimó a su lado, bajando la voz con una sonrisa que el otro ignoró completamente, mientras enjuagaba los platos con velocidad.
 
—He pensado en qué vender esta noche, algo fácil de comer para que la gente no se quede aquí y pueda seguir paseando por las calles —susurró con emoción—. ¿A que no sabes qué es lo que he conseguido del chico de la carne?
 
—¿Carne? —replicó éste con desinterés, ocasionando que ésta ensanchara la sonrisa incluso más.
 
Grasa. Él no la quería, así que prácticamente me la regaló. La he derretido con Anvin en su horno hasta dejarla uniforme, para que podamos calentarla aquí y usarla para freír esta noche.
 
—Será mejor que te pongas a pelar papas entonces, en lugar de perder el tiempo.
 
—Pensé que ibas a estar aquí dándome una mano.
 
Beni levantó la mirada hacia ella, sin cambiar su expresión en ningún momento.
 
—Yo voy a quedarme aquí, pero tú no. Es tu primer Festival de la Concordia: no voy a obligarte a pasártelo vigilando una olla y avivando el fuego.
 
—No es que me moleste-
 
—No se trata de que si te molesta o no: te quiero fuera de la posada esta noche. Y si es posible, llévate a esa maldición contigo lo más lejos posible: el olor a fritura lo va a volver loco. No quiero que se ponga a hacer un escándalo y termine espantando a todo el mundo.
 
Tratando de evitar una discusión, Ado se volteó para terminar de limpiar las mesas mientras el silencio inundaba el comedor, sólo interrumpido por el tintinear de los cacharros. ¿Cuál era su problema con él, de todas formas? Lo único que hacía era dormir todo el día, esperando su turno para engullir todas las sobras de comida e ingredientes que de otra forma terminarían en la basura. Era capaz de ingerir comida vieja, quemada y en mal estado, y hasta era capaz de comerse los bonguri que no servían para la fabricación sin ningún problema. Un local de comida no podría tener un Pokémon más útil que él.
 
—No tiene a dónde volver, Beni… ¿por qué crees que nos ha seguido hasta aquí? Tiene miedo de ella.
 
—Es un peligro para la Villa —el cocinero respondió tajante—. El hecho de que su madre haya desarrollado aquella violencia me hace más propenso a pensar que a él le sucederá lo mismo una vez evolucione. Lo que no será mucho tiempo si lo seguimos sobrealimentando de esta forma. Está maldito, muchacha: corre por su sangre.
 
—¿La división de investigación no ha averiguado una forma de curarlos?
 
—Apenas pueden escapar de ellos, ¿realmente pretendes que se pongan a estudiarlos? Además, tú eres la que viene del futuro. ¿Por qué no lo buscas en tu… libro mágico?
 
A modo de respuesta, Ado se cruzó de brazos, preocupada. No solamente no encontraría nada en su biblioteca, sino que jamás en su vida había escuchado acerca de los llamados “Pokémon Alfa” que tantos problemas le estaban ocasionando a los Galaxia. Evidentemente, algo había pasado en los últimos dos siglos que los había hecho desaparecer completamente. A lo mejor simplemente se habían extinguido. Quizás la gente eventualmente había acabado con ellos, al considerarlos una amenaza.
 
—Tiene que haber una forma de ayudarlo.
 
—A menos que puedas diseñar una Pokéball que pueda contener a un Snorlax de una tonelada sin que la haga estallar en mil pedazos, lo dudo mucho. La que has usado para capturarlo no funcionará una vez sea diez veces más grande.
 
Beni la miró de reojo, esperando que aquello la desanimara lo suficiente como para poder convencerla de que se libre de aquella molestia que los había seguido desde la Pradera Obsidiana. Sin embargo, sólo se encontró con una expresión perdida en sus pensamientos. Una que rápidamente se convirtió en una sonrisa radiante.
 
—No creo que eso sea un problema… siempre y cuando tenga con qué hacerlas.
 

 
Horas más tarde, cargada con una bandolera llena de frutas y verduras viejas que había separado de la despensa, Ado se despidió de Beni, no sin antes pasar por la galería trasera de la posada, donde aquel Munchlax descansaba tranquilamente. Sin embargo, tan sólo el ruido de sus zapatos en el suelo de madera fue suficiente para que abriera los ojos al instante, expectantes ante la idea de un nuevo festín de sobras.
 
—Ese viejo gruñón no nos quiere cerca esta noche, Noroi —bromeó Ado, lanzándole un tomate pasado en la cabeza que el Pokémon se tragó sin masticar—. ¿Por qué no vienes a dar una vuelta conmigo?
 
Sabía que usar palabras era completamente innecesario, pues aquel Pokémon sólo veía la bolsa llena de comida que tenía junto a ella. A lo mejor Beni tenía razón: quizás éste se iría a otro lado si dejaban de alimentarlo. Pero entonces ¿qué sucedería con él cuando la gente de la Villa se encontrara con un Pokémon hambriento dando vueltas por ahí? En el mejor de los casos, lo lanzarían de vuelta en la Pradera.
 
Pero sabía perfectamente quien lo estaría esperando allí.
 
Encaminándose hacia la avenida principal y seguido de su nuevo compañero, Ado decidió pasarse por el taller a dar una visita. Decenas y decenas de ornamentadas lámparas de aceite que la división de seguridad usaba en las patrullas colgaban de las casas a ambos lados de la calle, dándole un aspecto encantador a la pequeña villa aquella noche. Ahora comprendía por qué Laventon se había rehusado a conseguirle aceite para cocinar, teniendo que recurrir a otra alternativa.
 
—¿Qué es todo esto, Anvy?
 
—¡Estatuillas de recuerdo! He estado trabajando en ellas desde hace tiempo: ¿a que son hermosas?
 
En el exterior del taller, su amigo había colocado dos mesas grandes a modo de mostrador, las cuales estaban atiborradas de decoraciones de madera talladas y pintadas a mano muy peculiares. Se trataba de Pokémon de toda clase, pero eran modelos muy extraños: algunos parecían casi como una reinterpretación de cómo se veían en realidad. Tomando una estatua con la etiqueta “Lilligant”, la examinó de cerca. De aspecto más delgado y similar a una bailarina, parecía más una chica disfrazada con los colores del Pokémon que la especie real.
 
—No es que no me guste que se vean diferentes… pero así no es como se ve una Lilligant, Anvin.
 
—No sé qué clase de Lilligant habrás visto tú entonces, chica del futuro —escuchó a su lado—, pero la Señora de las Cumbres se ve exactamente igual que esa estatua. Diría que es un trabajo excelente.
 
Junto a ella, una mujer de pelo negro corto que había estado viendo las estatuas los había interrumpido, mirando maravillada la miniatura del Lilligant en sus manos. Ado la reconoció como una de las huéspedes que se había quedado en la posada la noche anterior.
 
—¡Sabía que a ustedes les iban a gustar! Traté de hacer al menos un modelo de todos los Pokémon Nobles: este lo reservé especialmente para usted, Guardiana Mai.
 
Agachándose por debajo de la mesa, Anvin sacó un pequeño cervatillo de color blanco y se lo mostró, ante la mirada incrédula de la otra mujer.
 
—¡Esto es…!
 
—Le pedí a la división de investigación que, de ser posible, me consiguiera una fotografía de su Wyrdeer para tallarla. Es un regalo de parte de Jubileo para el clan Diamante.
 
Guiñándole el ojo a Ado con complicidad, el artesano de Jubileo metió la decoración en una pequeña caja de madera antes de entregársela a la mujer, que aceptó maravillada el obsequio sin poder emitir ni un sonido. Estaba segura que, de no haberla visto a ella esa misma tarde ofreciéndole galletas a cualquiera que pasara por el frente de la posada, jamás se le habría ocurrido entregarle la estatuilla gratis a esa mujer.
 
Era dueña de un pequeño negocio de electrónicos en Ciudad Porcelana: sabía perfectamente acerca del poder de la publicidad de boca en boca. Un arreglo bien hecho atraía a tres clientes más. Una muestra gratis de comida, a toda una familia. Y un regalo para una guardiana, a todo un clan.
 
Dándole las gracias una y otra vez, la mujer efectivamente comenzó a mirar hacia los lados, tratando de mostrarle a alguien conocido lo que había conseguido. Y por alguna razón, sus ojos se encontraron con los de un Pokémon que la miraba con curiosidad.
 
—Conque aquí estabas. ¡Te he estado buscando por todas partes! ¿Dónde te habías metido?
 
Ante la mirada perpleja de Ado, Mai estiró una mano para sujetar el brazo de su Munchlax, pero al tirar de él para atraerlo a su lado, este se resistió, aferrándose a su pantalón con firmeza.
 
—Te he dicho… ¡que no andes pidiéndole comida a extraños! ¡Munchlax! Lo siento, no sé qué le pasa…
 
—¡Ah! —la fuerza del tironeo en su pierna en aquel forcejeo la hizo trastabillar un poco, haciéndola perder el equilibrio—. ¿Estás seguro de que este Pokémon es tuyo?
 
—Créeme, jamás confundiría a mi Munchlax con otro. Lo he criado como si fuera mi propio hermanito por años. Basta ya, ¡deja a la señorita en paz!
 
Más confundida que nunca, Ado rebuscó en su bandolera hasta encontrar la esfera con la que había atrapado a aquel Pokémon: era el primer prototipo que había ensamblado por su cuenta, que luego había usado con él para asegurarse de que funcionaran correctamente. Levantó el pestillo del centro, abriéndola por la mitad. Y como era de esperarse, Noroi se convirtió en un rayo azulado, que fue absorbido rápidamente por la Pokéball para luego cerrarse con un chasquido.
 
—¿¡Qué has hecho con mi Munchlax!?
 
—¡Es mi Pokémon, no el tuyo! —protestó Ado, mientras Mai miraba horrorizada cómo su supuesto compañero había sido reducido a una bola de energía que cabía en su puño.
 
—¡Libéralo en este instante!
 
—Te lo estoy diciendo, él no es…
 
Sujetando la caja con la estatuilla con fuerza, la guardiana se recompuso del shock de ver la Pokéball en acción, y rápidamente trató de arrebatársela de las manos. Sin embargo, los reflejos de Ado fueron mejores, logrando apartarse justo a tiempo y ocasionando que esta la sujetara de la chaqueta a la altura del antebrazo. El forcejeo duró unos cuantos segundos, pero fue interrumpido cuando el grito de una voz masculina a su lado la hizo detenerse.
 
¿¡Qué estás haciendo, Mai!? ¿No les pedí a Arezu y a ti específicamente que no se metieran en problemas con los pueblerinos?
 
—¡No lo entiendes! ¡Ha atrapado a Munchlax con una de esas-!
 
Con el ceño fruncido y aspecto decepcionado, el líder del Clan Diamante había aparecido entre la multitud, sujetando en cada mano unos conos de papel a rebosar de papas fritas recién hechas. Y junto a sus piernas, atraído por el olor de las mismas y con aspecto embobado, un Pokémon no dejaba de mirarlo.
 
—…cosas —completó, con un hilo de voz.
 
Un Pokémon exactamente igual a su Noroi.
 
Bajo una lluvia de disculpas por el malentendido y el comportamiento de su guardiana, el líder Adaman decidió compensarlo comprando una docena de estatuillas de recuerdo, entre las que se incluían no solamente una miniatura de su Leafeon, sino también del extraño Lilligant y hasta de un Electrode de aspecto enojado.
 
—Tratemos de encontrar a Rez para ver si quiere alguno más.
 
—El espectáculo de fuegos artificiales va a comenzar en un rato —comentó Anvin mientras ambos se alejaban, encantado por la venta—. ¡A lo mejor la encuentran cerca de la entrada!
 
—¿¡Fuegos artificiales!? —exclamó Ado, sorprendida.
 
—Laventon quería hacer algo de ruido para cerrar la noche del primer día. No son más que los mecanismos en la parte superior de las Pokéball, pero en mayor escala. Yo tengo que quedarme aquí, pero si quieres un buen lugar para verlos mejor sin tanta luz… ¿qué tal los campos de entrenamiento?
 

 
Ubicados un poco más allá de la salida sur, los campos de entrenamiento de Jubileo eran el mejor lugar para que la división de seguridad pudiera practicar con tranquilidad. Protegidos por una escarpada colina a un lado y la costa del otro, el lugar garantizaba que ningún Pokémon salvaje los atacara de improvisto.
 
Sólo un guardia vigilaba la entrada, que la dejó pasar cuando le comentó la idea de ver el espectáculo de luces desde un lugar más tranquilo. Y eventualmente se encontró en el medio de aquel descampado, acompañada de nada más que el silencio y su Munchlax, al que le daba una que otra sobra de vez en cuando para que no se alejara demasiado.
 
Pensó que no había nadie junto a ella, pero tras un par de minutos sentada en el césped lanzándole trozos de bonguri a Noroi para que los atrapara en el aire, alcanzó a oír un silbido desde la costa. Y allí, en medio de la oscuridad y perfilado por el reflejo de la luna en el agua, se encontraba un hombre de mediana edad, practicando con una espada de madera. Era la primera vez que lo veía fuera del taller.
 
Y tal vez sería la única oportunidad de hablar con él completamente a solas.
 
—¿Qué estás haciendo aquí?
 
—Entrenando.
 
—¿Entrenando para qué?
 
—Para no perder la costumbre.
 
Su nombre era Muramasa. Según lo que había deducido de Anvin, se trataba del supuesto confidencial que se había encargado de fabricar las láminas de cuarzo que servían de base para las Pokéball. Tratando de continuar la conversación, Ado sacó la Pokéball de su Munchlax, alzándola en el aire mientras el hombre continuaba su entrenamiento, sin interrumpirse.
 
—Fue gracias a usted que estas Pokéball funcionan tan bien. Si no fuera por su trabajo, quizás no estaría en la Villa en este momento.
 
Mirándola de costado, sus ojos pasaron de la esfera en sus manos al Munchlax, que mordisqueaba una mazorca sujetándola con ambas manos.
 
—Haces bien en criar a alguien para que cuide de ti, antes de que suceda lo inevitable.
 
—¿A qué te refieres?
 
—La tranquilidad de este pueblo no durará para siempre. Y cuando eso pase, tú y yo terminaremos cada uno por nuestra cuenta una vez más.
 
—La gente de Jubileo me ha dejado vivir aquí. Si algo pasara, ¿por qué me dejarían de lado?
 
—Eres una extraña para la gente de aquí. Una paria, una marginada. Todos los caídos del cielo lo son. Si algo sucede, serás de las primeras contra la que apuntarán para echarte la culpa. Deberías haberte hecho pasar por uno de ellos, en lugar de querer llamar la atención haciendo exactamente lo contrario.
 
—¿Así que debería seguir su ejemplo?
 
—No sé de qué estás hablando.
 
No necesitaba decírselo directamente para entender sus palabras. Si su advertencia consistía en que la exiliarían en el momento en que pasara algo, ¿por qué terminaría él por su cuenta también? ¿Por qué estaría entrenando para ese día? ¿Por qué evitaría a la gente, por qué le estaría tratando de aconsejarla en primer lugar?
 
—No quiere que termine como usted…
 
—Has tenido la inmensa suerte de comenzar con el pie derecho, chica. ¿Qué habrías hecho si alguien que no sea Anvin te hubiera encontrado? ¿Crees que alguno de los clanes te hubiera acogido con tanta facilidad? Te estás ganando el favor del pueblo cómodamente, desde el interior de sus murallas. Pero lo estás haciendo mal.
 
Por supuesto. Y estaba segura que aquel tipo taciturno encerrado en el fondo del taller, dándole martillazos a una espada de hierro durante horas y sin hablar con nadie, sabía mejor que ella como encajar mejor en esta diminuta villa perdida en el pasado. Sonrió con un poco de altanería, lo que provocó que el hombre finalmente bajara la espada de práctica con un suspiro, acercándose a su lado.
 
—La fama es muy fácil de alcanzar, aunque no lo creas. Sólo tienes que buscar la forma de destacar y que conozcan tu nombre. Pero una vez te encuentras en la cima… te das cuenta que estás completamente solo. Todo el mundo te adora, pero nadie te quiere como eres en realidad. Simplemente aman la figura perfecta que les has hecho creer que eres. Mira a este Munchlax, por ejemplo. ¿Crees que se quedaría a tu lado si no tuvieras sobras de la posada para darle todos los días?
 
» Se ha acercado a ti porque es vulnerable, y es por eso que tú lo has ayudado. Pero cuando tú tratas de ser perfecta, no puedes acercarte a nadie. Porque nadie puede hacer nada por ti. Y entonces te sientas a esperar a que alguien necesite tu ayuda una vez más, pero como los has ayudado tanto, intentan buscar que alguien más les de una mano. Alguien a quien sí puedan devolverle el favor.
 
Anvin era un ejemplo más claro que el agua. Hace un mes ella había aparecido de la nada en una región y época desconocida, y él había decidido ayudarla. Pero lejos de comportarse con altruismo, inmediatamente había buscado la forma de que ella pudiera hacer algo por él a cambio para quedar a mano. De esa forma, la próxima vez que alguno de los dos necesitara ayuda, podría acudir al otro sin ningún tipo de prejuicio. ¿Realmente era tan simple? ¿De verdad era tan simple como pedir algo a cambio?
 
—La próxima vez, no sólo te preguntes “qué podría hacer por alguien”. Pregunta también “qué podría hacer ese alguien por mí”. Sólo así crearás un verdadero vínculo con esa persona.
 
“¿Qué podría hacer… por mí?”
 
¿Qué podría hacer ese excepcional herrero, que se la pasaba todo el día encerrado en el fondo del taller de Anvin? Quizás podría fabricarle algo. Algo que no perteneciera a aquella época. Algo que quería. Algo que anhelaba, algo que había dejado atrás, y que no podía recuperar.
 
Y la respuesta llegó a su boca antes que tuviera tiempo para pensarla, en el mismo momento en que los fuegos artificiales comenzaban a iluminar el cielo con esplendor.
 
—Podrías hacer… un bate para mí?
 
Y aquel hombre esbozó una sonrisa, sorprendido ante un pedido tan inusual.
 
—¿Un bate? ¿Un bate de béisbol?
 
—La verdad… —confesó, desviando la mirada—, es que siempre me ha gustado, desde que era pequeña. Pero lo único que hay en esta villa son espadas. Y arcos. No puedes exactamente hacer un home-run con una espada de práctica, ¿sabes?
 
Lo había intentado, después de todo. Y la fina espada de madera se había partido inmediatamente por la mitad ante la fuerza de querer batear algo tan estúpidamente duro como un bonguri verde, lo cual había ocasionado que Anvin estallara en carcajadas por el resto del día.
 
—Escuché que eres muy habilidosa con los electrónicos. ¿Qué tal si tú a cambio, me fabricas un puñado de Ocaso Balls? Solían ser mis favoritas, y a decir verdad estoy comenzando a cansarme de que las Pokéball normales fallen una y otra vez.
 
Ado se llevó la mano a la cabeza, tratando de pensar. Ocaso Balls… ¿de dónde diablos iba a sacar los materiales para hacerlas? Tendría que utilizar bonguris negros, que era algo que ya tenía en mente si quería fabricar una Peso Ball para Noroi, pero para las placas necesitaría otro mineral. Uno que no era muy sencillo de encontrar.
 
—Siempre y cuando me consiga un poco de obsidiana…
 
—Esto no funciona así, chica. Los materiales corren por cuenta de quien lo fabrica.
 
—¿¡Realmente espera que me meta en medio de un volcán a buscarla!?
 
—Siempre puedes pedirle ayuda a alguien más. Hay un volcán sobre la costa este, estoy seguro que ahí puedes conseguir lo que necesitas. Y en cuanto a lo tuyo…
 
Señalando por encima de su cabeza, el herrero apuntó por encima del barranco, a la completa oscuridad. Y como si se tratara de una orden divina, un rayo dorado cayó donde él apuntaba. Iluminando por un segundo aquel inmenso árbol de más de cincuenta metros de altura que se alzaba más allá de la Pradera Obsidiana, y causando un estruendo tan fuerte que la hizo estremecerse hasta los huesos.
 
—…creo que sé exactamente lo que voy a necesitar.
 
Mostrar Capítulo 1.
 Fuegos artificiales.

@Tommy sujeto a edición como siempre
@Nemuresu dual, fijate si algo no te cuadra
@SoujiFujimura @DoctorSpring menciones.
[Imagen: iBRKG73.png]
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