First Post - Fuego Quimérico
#1

Fuego Quimérico


 
Seguro conoces la historia: tiempo atrás, cuando las montañas aún eran jóvenes, nuestras especies dominaban este mundo. La única ley válida era la del más fuerte, y puedes jurar que éramos los más fuertes. Eran días duros en los que pelear para comer, comer para crecer, pelear para tener hijos y pelear para que alguien no te coma primero eran las únicas aspiraciones que podías tener en vida. Y nuestros amigos los humanos, bueno, tenían suerte de no ser los más débiles por ahí afuera ni los más fáciles de cazar.

¿Recuerdas la época de los lazos? Esos pequeños humanos aprendieron a usar la cosa que tienen entre los hombros para construir otras cosas con las que lentamente se apoderaron del mundo. Cambiaron las reglas a su beneficio, y en lugar de pelear entre nosotros por la supervivencia, peleábamos para entretenerlos. "Humanos y pokémon liberando juntos su potencial", o algo así les gustaba decir. No fueron tiempos tan malos, para ser sincero. Una vez aceptabas la sumisión... podía ser divertido que alguien cuidara de ti.

No, claro que no recuerdas nada de esto. Pertenece a un pasado tan distante que ni tú ni tus padres habían nacido aún. Hablo de la época en la que el sol rojo cayó de las sombras y la princesa de las flores perdió su corona. Hablo de la guerra entre nuestras especies que sucedió al cataclismo y que sólo llegó a su fin cuando los dos héroes del oráculo unieron sus fuerzas. Es historia antigua ya, pero fue gracias a ellos que ahora, para bien o para mal, vivimos en el mundo en que vivimos. Un mundo en el que ningún humano correrá peligro al cruzar la hierba alta, en el que todo pokémon será acogido en toda ciudad humana como un invitado de honor, y en el que nadie, nunca jamás volverá a ser cautivo en una pokéball. Un mundo en el que por fin somos iguales, pese a todas nuestras diferencias.

Pero, ¿qué me dices tú? ¿Es esta la clase de mundo en la que quieres vivir? ¿No te gustaría... sacudir un poco las cosas?


 
Capítulo I — Voto Fantasma

En el que Aemon tiene un encuentro desagradable y más tarde pierde algo importante en un templo.




«Esto es lo mejor de mí, aquello en lo que destaco sobre otros. Sé que no es gran cosa y quisiera poder hacer más por ti; enmendar, de algún modo, todos los problemas que te he causado, pero es lo único que puedo darte. Y aunque las cosas han sido difíciles entre nosotros, estoy un poco feliz por ello. Saber que lo que puedo ofrecerte es mi mayor talento».


 
Aemon despertó como solía hacer en las mañanas: con un fuerte dolor de espalda y ganas de golpear a alguien. Últimamente escuchaba la misma voz todas las noches susurrando en su cabeza; a veces planes absurdos sobre cómo conquistar el mundo y en ocasiones también le daba lecciones de historia. Una o dos veces trató de gastarle una broma y en ocasiones... decía esa clase de cosas. Sabía de otros pokémon, como el abuelo Paras y alguna ralts, que escuchaban voces en sus cabezas, así que debía ser algo normal. Lo único que no entendía era por qué la suya tenía que ser tan molesta.

Por suerte, solía callarse durante el día.

Bajó del árbol que había elegido como refugio para exponerse a la luz del sol. Sus alas ardían de dolor con el más ligero roce de la brisa. Estaban casi completamente quemadas y estropeadas, víctimas de la pelea que había tenido días atrás. Aemon no era un cobarde, pero le entristecía ver sus propias alas en ese estado; las mismas con las que surcaba los cielos cuando aún era un scyther.

Extendió el manto negro que llevaba consigo sobre sus hombros y su cabeza a manera de túnica, ocultando sus cicatrices, su rostro y su identidad tanto como le era posible. Entonces abrió su tenaza izquierda para liberar de ella una pequeña gema roja, traslúcida y brillante como un rubí, tallada en forma de cuadro y engarzada sobre una cadena negra que se ajustó al cuello. Volvió la vista hacia el horizonte justo cuando su vientre hizo un sonido hueco.

Estaba listo para partir. Ciudad Reliquia se alzaba a pocos kilómetros de él.
 

 
La razón por la que había pasado los dos últimos días en la intemperie era que no le gustaban las multitudes, ni de humanos ni de pokémon. Los de su propia especie le traían malos recuerdos, y los humanos... no eran precisamente malos, no todos al menos. La población de la ciudad se componía casi exclusivamente de estos últimos: vio jóvenes humanos jugando en el parque con una pelota, los conocidos vigilantes del orden en sus uniformes azules, sombreros azules y ojos azules, una humana adulta mirando a través de la ventana de su casa de ladrillos, más humanos trabajando en la construcción de otro edificio cruzando la calle, y un grupo más grande congregado alrededor de un humano más viejo que hablaba a voces. Humanos, humanos y humanos por todas partes. Un taillow surcando los cielos más allá de la vista que reconoció por su graznido y una pareja de emolga entre las hojas de un árbol fueron los únicos pokémon que reconoció. Una parte de Aemon se sentía aliviada por no encontrar al monstruo de ojos ambarinos por ningún lado, pero los humanos eran quienes lo ponían nervioso.

La capa negra ocultaba su piel, pero no el hecho de que era un pokémon. Las puntas de sus patas y la forma en que abultaba bajo el manto lo delataban y a cada paso que daba, podía sentir cómo las miradas se clavaban en él; algunas con miedo, otras simplemente con incomodidad, pero todas expresando rechazo. Incómodo, mantuvo la vista fija en los adoquines rojizos que formaban las calles, tratando de hacerse invisible a los ojos humanos, y deseando especialmente que la humana de ojos dorados no estuviera entre la multitud.

¿Qué iba a hacer? Lo primordial era encontrar un sitio en el cual dormir y algo para comer, aunque la idea de tratar con humanos no le gustaba. De acuerdo a las Leyes de la Armonía, cada pokémon sería recibido con hospitalidad en cualquier población humana, y Ciudad Reliquia debía contar con un albergue para pokémon como todas las demás, pero pese a su situación, no se sentía con deseos de suplicar por caridad. Ya encontraría su sustento de un modo u otro.

La suerte le sonrió cuando un destello repentino hirió su vista, proveniente de una lata vacía en el suelo que reflejaba los rayos del sol. Aemon logró contener una sonrisa y, sin acelerar su paso, cruzó disimuladamente los tres metros que lo alejaban de su objetivo y cuando estuvo junto a sus pies, la pateó suavemente para alejarla de nuevo.

Dio un vistazo a su alrededor. Los humanos volvían gradualmente a sus actividades y le prestaban menos atención. Esperó unos segundos y la pateó otra vez en dirección al parque. Una humana adulta lo miró con curiosidad, pero siguió su camino sin molestarlo. Aemon asintió para sí mismo y dio otra patada como si fuera un accidente para mandar la lata a volar hacia el césped, al otro lado de una vieja fuente. Esta vez no hizo ningún intento de disimular, saltó tras su botín para inclinarse en el suelo y la aferró con su tenaza derecha, y justo cuando estaba por darle un mordisco, notó que sobre su superficie metálica había cinco dedos rosados sujetándola por el otro extremo.

—¿Pokémon?

Había un humano pequeño tratando de robar su almuerzo. Era joven, su cabello era de un celeste opaco y estaba peinado en un par de trenzas. Sus ojos eran marrones, grandes y amistosos, y se cubría con una capa azul tan vieja y raída como la suya, pero mucho más sucia.

—¡Eres un pokémon!

—Me descubriste. Seguro eres el más listo de tu camada —respondió. Entender el lenguaje humano era fácil para la mayoría de los pokémon, pero muy pocos contaban con las cuerdas bucales para replicarlo adecuadamente. Aemon no era uno de ellos, así que el pequeño solo abrió la boca aún más en su asombro.

—¡Sisoor! ¡Te llamas Sisoor!

—Supongo que sí. Ahora sé un buen humanito y ¡Quita tus manos de mi presa!

Tiró de la lata con fuerza y el niño la soltó, pero en lugar de alejarse, se sentó junto a él en la orilla de la fuente mientras balanceaba sus piernas.

—Yo me llamo Rodia, y estoy de viaje.

—Yo también, qué casualidad. Fue un gusto conocerte.

—Eres muy raro —prosiguió ajeno a su sarcasmo—. Nunca había visto un pokémon como tú.

—No hay pokémon como yo —respondió con un esbozo de sonrisa—, sólo yo.

—No hay muchos pokémon en Ciudad Reliquia, ¿sabes? Es raro.

—Ni tan raro —suspiró mientras daba un mordisco a su lata—. No nos gustan los humanitos.

—Creo que los pokémon de los alrededores no quieren ser nuestros amigos.

—Es lo mejor para todos. —Un leve rastro de amargura escapó de su voz—. No tienes idea de lo que pueden hacer nuestras especies cuando trabajan juntas.

El niño humano miró hacia adelante, haciendo silencio por un largo momento que Aemon agradeció.

—Hay otro pokémon en la ciudad... pero no me gusta.

—Al menos tienen algo en común —rio, pero la alegría había escapado del infante. Ahora parecía temeroso.

—No lo he visto, pero está en el templo. Hace ruidos extraños y... vi su sombra, y es horrible. Y la gente del pueblo dice que hace daño quienes lo molestan. Dicen que está maldito.

—Bueno, tú sabes... algunos pokémon son muy territoriales. No vuelvas a ese lugar y le des más motivos para atacarte —respondió con un tono más bajo. Tal vez el niño no podía entenderlo, pero esperaba calmarlo con una voz más suave, y funcionó. Volvió la vista hacia Aemon y sus ojos bajaron a la gema en su cuello.

—¿Eso qué es?

—¿Esto? —Aemon tiró de la cadena para exhibir la joya roja—. Alguien me la dio. Es la prueba de que eres un Augur.

El pequeño humano abrió la boca en una exhalación de sorpresa, encandilado por los brillantes reflejos de la piedra. Una tímida sonrisa trató de abrirse paso en el rostro de Aemon, pero desapareció de inmediato cuando el chico le apuntó con su dedo.

—¿Y eso qué es? —preguntó señalando a su pecho, más allá del esmalte rojo de su coraza, sobre la cual se extendía una mancha de óxido blanco.

—¡Scizor! —gritó enfurecido al tiempo que azotaba su tenaza violentamente contra el borde de la fuente, haciendo saltar el concreto a su alrededor.

Todo fue tan repentino que ni siquiera supo en qué momento terminó. El niño humano había desaparecido, los otros volvían a mirarlo con aprehensión. Un vigilante del orden se mantenía alerta a pocos metros. El agua de la fuente corría libremente por el césped.
 




«Un estallido, ¿eh? ¡No puedes ponerte así cada vez que alguien te molesta!»
 
Ni siquiera tenía ganas de discutir. Muy probablemente fuera la voz de su conciencia, y además tenía razón. El humanito trataba de ser amable y no era culpa suya que Aemon fuera tan sensible sobre algunas cosas.

—¿Es que sigo siendo un maldito scyther?

De todas formas no podía hacer nada para reparar el daño, y probablemente el niño se olvidaría de él. Y si no lo hacía, mejor para él. Algunos pokémon harían cosas peores que asustarlo.

«Claaaaaaaro. Fue por su propio bien. Si quieres engañarte a ti mismo necesitas mentir un poco mejor».

Por lo menos algo bueno había salido de la conversación: había un templo en Ciudad Reliquia. La parte mala era que probablemente tendría que pelear.

Su primer pensamiento fue que "templo" era una palabra demasiado amigable. Lo que tenía frente a sí eran más bien ruinas. Dos altas paredes de piedra gris y la mitad de una tercera eran todo lo que se mantenía en pie, sosteniendo a duras penas la cúpula ovalada que las coronaba, permitiendo que la luz se filtrara a través de sus múltiples fisuras. La estructura era tan vieja que una fuerte sacudida bastaría para tirarla abajo. El musgo empezaba a pintar los muros de verde mientras la hierba crecía sobre las rocas. En el interior encontró asientos de concreto, algunos ya rotos o resquebrajados, dispuestos en dos filas a lo largo de la sala. En los huecos que deberían ocupar las ventanas y el suelo que los rodeaba, había fragmentos de vidrio tintado multicolor que en sus tiempos de gloria debieron formar hermosos vitrales, pero de ellos sólo quedaban los armazones de hierro oxidado que vagamente se asemejaban a lo que eran.

Aemon exhaló un hondo suspiro cuando se sentó en el brazo de una cruz tan alta como él. Sospechaba que debía ser parte de la bóveda.

—¿Qué es esto, mi Señor?

No era la primera vez que estaba en un templo como aquel. Después de la guerra, los humanos solían construirlos en sus ciudades como un espacio de oración y entendimiento para recordar ambas facciones que ahora eran amigas. Su señor también lo creía, pero el estado del templo le decía algo completamente diferente: ni a humanos ni a pokémon les importó que se viniera abajo.

—Tal vez sea mejor así —reflexionó en voz alta—. Los humanos y los pokémon ya son lo bastante malos por separado, juntos...

Su memoria evocó un rugido en mitad de la noche que se abría paso entre los colmillos que le arrebataron las alas. Y más allá de él, la odiosa risa de esa mujer humana.

A veces se preguntaba qué lo mantenía en pie. La misión de su señor lo destruía poco a poco, y tarde o temprano ellos lo alcanzarían de nuevo. ¿Y para qué? Ni siquiera creía en la misma causa que su señor.

Se obligó a seguir buscando por el lugar para apartarse de sus pensamientos, pero no encontró nada que pareciera útil en su misión ni le apetecía dormir ahí. Justo cuando estaba por irse, notó una sombra alargada deslizarse sobre la pared del fondo. Era alargada, torcida y más oscura de lo que debería.

—Oye —le llamó—. Deja de asustar a los humanos.
 



 
Resultó que el centro de acopio no quedaba lejos del templo. Era un edificio recio de paredes blancas y tejado carmín, con amplias ventanas alrededor de su superficie que reflejaban el rojizo resplandor del atardecer. Desde el exterior parecía un lugar confortable, pero en cuanto cruzó las puertas, se encontró con una amplia recepción, vacía en su mayor parte salvo por algunas sillas y plantas en las esquinas, una ventanilla al fondo atendida por una humana que daba acceso a otro pasillo, y frente a la misma, una fila de veinte o quince pokémon esperando su turno de ingresar. Reconoció un klefki, una nidorina y un sneasel, y junto a la humana de la ventanilla pudo ver a un murkrow que servía de traductor entre ella y los pokémon.

Se ajustó la capa sobre sus hombros antes de encaminarse al final de la fila. La última pokémon era pequeña y bípeda, cubierta de pelaje negro y amarillo. Una extraña cresta salía de su cabeza con la forma de dos fieras fauces, pero sus ojos rojos eran amigables cuando se volvió para saludarle..

—Hay mucha genter, pero la fila se mueve rápido. Probabremente haya espacio para todos.

—Quince pokémon no es lo que llamaría “muchos" —respondió inconscientemente. La pequeña pokémon asintió dos veces.

—Somos pocos en Ciudad Reliquia. Los humanos aquir... no nos quieren mucho, y son aún más pocos los que se quedan por mucho tiempo.

Esta vez fue su turno de asentir. Humanos y pokémon podían fingir que ahora eran iguales, pero nunca lo habían sido, y todos lo sabían.

—Es la primera vez que veo a uno como tú... —prosiguió la pequeña— ¿qué erers?

—Acero — respondió lacónico—. Lo mismo que tú.

La pequeña sonrió mientras daba un paso hacia adelante. Tenía razón, la fila se movía.

—Y Hada. Soy una mawile.

Aemon se sorprendió al notar que estaba sonriendo. La pequeña le caía bien y estaba hablando más de lo que solía. Y necesitaba saber todo lo que pudiera decirle.

—No eres de por aquí, ¿cierto? ¿Cuánto tiempo llevas en la ciudad?

—Cerrca de un mes, ¿por quer?

—Escuché que había un templo hechizado cerca de aquí, donde aparecen espíritus y se escuchan voces. Quería saber si hay alguna historia o leyenda sobre el lugar...

—¿Ese montón de piedras sucias? —inquirió mientras alzaba una ceja—. No hay nada ahir.

—Tal vez no monstruos —cedió contrariado—. Quise decir, un pokémon fantasma o algo así.

—No hay ningún pokémon en ese templo—insistió—. A veces los niños humanos van ahir a jugar. Son tan molestos que nadie quiere acercarse, menos un pokémon fantasma.

—Debe ser un error, estoy seguro de haber visto un pokémon ahí...

—Hay un solo templo en Ciudad Reliquia, y te digo que no hay pokemon en ér.

Aemon dio un paso hacia atrás. Las versiones del niño humano y la pequeña de acero se contradecían, y él mismo había visto la sombra de un pokémon. ¿Uno de los dos le mentía? ¿Y de ser el caso, quién?

Sintió un escalofrío recorrer las cicatrices de sus alas. En el intervalo de un segundo, el mundo se volvió un lugar helado, oscuro y vacío.

Supo que estaba ahí, aún antes de verla. Aún antes de que sus largos y delgados brazos envolvieran sus hombros, antes de sentir ese frío aliento sobre su nuca. Incluso antes de su primer pensamiento, supo que ella lo había alcanzado.

—¡Nos volvemos a encontrar!

Vio su reflejo a través del cristal de la ventanilla. Una humana adulta, aún más alta que él, enfundada en un traje gris de dos piezas y una blusa oscura. Sus manos, finas y terminadas en uñas plateadas que acariciaban su coraza. Su piel era pálida aún comparada con la de otros humanos y su cabello negro caía como seda por sus hombros, rematado en puntas rubias. Una sonrisa de burla perenne la volvía inconfundible, así como esos brillantes y diabólicos ojos dorados.

—No hagas una estupidez —susurró en su oído—, conoces las reglas.

Sin soltar a Aemon, bajó la vista hacia la pequeña de acero.

—Mi amigo y yo tenemos mucho de qué hablar, disculpa las molestias.

Su corazón latía enloquecido, ¿cómo fue que no la vio llegar? ¿Cómo había sido tan descuidado? Tal como ella decía, ahora estaba en su poder. Las Leyes de la Armonía indicaban que ningún pokémon se atrevería a atacar a un humano, y en medio de una ciudad, en el momento en que tratara de defenderse de ella, sería su fin.

Derrotado, se dejó arrastrar hacia las sillas vacías. Ella sabía lo que hacía y no pensaba perder su ventaja.

—¿De verdad creíste que podías escapar? ¿Que hay algún lugar en el mundo que pueda ocultarte de sus ojos?

Se sentó en una de las sillas con las piernas cruzadas. Aemon se dejó caer en la que tenía al lado. Los otros pokémon del recinto miraban a uno y otra con inquietud.

—¿Cuánto tiempo llevamos con esto? —dijo con los ojos fijos en la pared y una mueca de burla en los labios—. ¿Cuatro meses o cinco? Te escondes en un sitio, te encontramos y te perseguimos hasta que te escondes de nuevo. ¿No estás cansado de todo esto? ¿Por qué no simplemente cooperas? No tienes que seguir sufriendo por algo que no es tu culpa.

—Esta es la parte en la que me dices que eres la buena —respondió presionando sus tenazas contra sí mismas.

—Solo quiero esa piedra bonita que llevas en el cuello. Te prometo que ni yo ni Miles te haremos más daño. Podrás dedicarte a... lo que sea que haga tu especie, o vagar de un lugar a otro por el resto de tu vida. Será una vida más larga que la que puedes esperar si seguimos con esto —rio—. ¿Por qué esa expresión? ¿Crees que miento? No encuentro placer en seguirte por praderas y pueblos, y para ser sincera, estoy perdiendo la paciencia. Pero él... se divierte.

Llevó una mano a la cara de Aemon, quien solo pudo estremecerse cuando sus uñas rozaron su frente.

—¿Cuánto tiempo podrás seguir con este juego? La última vez fueron tus alas, y apuesto que ya no eres tan rápido como antes. ¿Qué perderás esta vez tratando de huir? ¿Cuánto perderás de ti mismo antes de darte por vencido? ¿Quieres sentir otra vez el beso de sus colmillos?

Tan lento como se lo permitían sus instintos, Aemon alzó su tenaza izquierda para apartar la mano de su perseguidora.

—Nos protege la misma ley —declaró con seguridad mientras la miraba a los ojos—. Tú tampoco puedes hacerme nada mientras estemos en esta ciudad, ni tú ni tu compañero. Y no pienso entregarte nada.

La mujer se le quedó viendo por espacio de unos segundos con una expresión de completo desconcierto. Sus labios empezaron a temblar y sus párpados cayeron un poco sobre sus ojos. Un momento después, sus hombros se sacudían mientras exhalaba una sonora carcajada.

—No entiendo una palabra de lo que dices... pero me hago una idea de lo que estás pensando. Y estás muy, muy equivocado.

Deslizó sus uñas por la tenaza de Aemon. Un simple movimiento bastaría para rebanar sus dedos, pero en todo su cuerpo no había una pizca de miedo.

—Las reglas se hicieron para los chicos buenos... Miles.

Las ventanas estallaron con un estruendo ensordecedor. Humanos y pokémon lucharon por cubrirse de la lluvia de cristales afilados que voló hacia el interior del edificio. La iluminación se fue en un instante, dejando como única fuente de claridad la purpurea luz del ocaso.

Y bloqueando la entrada, la imponente silueta negra de la bestia de larga melena.

—Fin del camino, campeón.

Su voz era recia y rencorosa. Su aliento tenía el olor del azufre y sus agudas garras brillaban como bengalas. Aemon se aferró a su capa, tratando de disimular el temblor que sacudía su cuerpo, pero como decía la mujer, nada escapaba de los ojos de Miles, ni siquiera el miedo.

—¿Asustado? Yo lo estaría en tu lugar. Pero al menos espero que des algo de pelea, por poca que sea.

Dio un paso hacia adelante, y luego otro, con suavidad; saboreando la sangre que estaba a punto de derramar. Aemon conocía esos ojos ambarinos tan bien que podía leer sus pensamientos, y todos ellos hablaban de muerte y violencia.

—¿Aceror? —preguntó una tímida voz al fondo de la estancia. Era la pokémon con la que había cruzado un par de palabras, asustada y sujeta a los otros pokémon. Un vistazo le bastó para saber que ninguno de ellos sería de utilidad. La bestia los partiría a la mitad en un destello.

—No teman, viene por mí.

Se llevó la tenaza al cuello para quitarse el collar con la gema y apuntar con él a la bestia.

—No voy a entregarte nada —declaró.

La pinza escarlata empezó a brillar, liberando minúsculas partículas plateadas que giraban a su alrededor, ganando intensidad en resplandor y velocidad.

—¿Qué pretendes, campeón? —se burló—. No vas a destruir la piedra con eso.

La estancia se iluminó cuando liberó un potente haz de energía hacia su oponente, pero este lo repelió con la fuerza de su rugido y se preparó para cargar hacia Aemon, justo cuando este apuntaba con su otro brazo hacia la mujer de gris.

Su puño voló como una bala.

Miles saltó para interponerse en su camino, pero no antes de que la pared tras ella se hiciera pedazos. Aprovechando la escasa distancia que había alcanzado entre ellos y la puerta, Aemon echó a correr tan rápido como sus piernas le permitían.

—¡Eso es! ¡Huye! —escuchó rugir a su perseguidor— ¡No será divertido si no pones algo de esfuerzo!

Envuelto en una espiral de electricidad, la bestia negra dejó atrás el centro de acopio para emprender la carrera tras él.

«Está bien, siempre has sido más rápido».

—¿Sabes a cuantos he matado antes que tú? ¿A cuántos he cazado hasta su último aliento?

Impulsado por sus poderosas patas traseras, el felino dio un poderoso salto hacia él para embestirlo.

—Di mi nombre y lo sabrás.

Miles cayó sobre él con la fuerza de un airete, lanzando su maltrecho cuerpo hacia el suelo para hacerlo rebotar contra los adoquines. Sintió que su coraza se reblandecía, y sus pulmones gritaban de dolor cuando trataba de respirar, pero aún así se obligó a levantarse. Reunió cada onza de fuerza en sus patas para ponerse de pie y encarar a su oponente.

—¡De pie! ¡Si no te levantas no puedo derribarte de nuevo!

El cazador volvió a tensar sus patas, preparado para arremeter cuando una gruesa cadena plateada rodeó su cuello. Le siguió otra igual en torno a su pata izquierda y una más sobre su garra derecha. Confundido, miró a su alrededor para encontrarse con tres vigilantes de la ciudad tratando de someterlo, y otros tantos más a su alrededor para prestar apoyo.

—Sabemos que puedes entendernos —dijo el que parecía el líder—. No te muevas si no quieres empeorar las cosas para ti.

Los humanos escucharon un siseo amenazante. Aemon, una risa cruel cuando sacudió su cuerpo con violencia para desprenderse de sus captores. Sus colmillos refulgían incandescentes cuando atraparon y destrozaron una de esas cadenas.

—¿Saben cuántos de ustedes han intentado detenerme antes?

Aemon escuchaba las descargas eléctricas y los gritos de aquellos hombres mientras corría por su vida. Sabía que antes o después Miles se libraría de cada uno de ellos para ir tras él. Había pasado tantas veces por lo mismo que apenas y recordaba otra forma de vida.

¿Para qué? se preguntaba. ¿Por qué seguía haciendo eso?

Su cuerpo pesaba como nunca antes, y aun así consiguió obligarlo a moverse, tan lentamente como si estuviera arrastrando una roca. Los gritos y los rugidos se hacían más y más lejanos hasta que desaparecieron. ¿Los había dejado atrás o empezaba a perder la conciencia? No lo sabía, y tampoco quería averiguarlo. Sólo debía mirar al frente y seguir avanzando. Si se daba vuelta, Miles estaría tras él.

Cuando llegó al templo de la armonía había alcanzado el límite de sus fuerzas. Se dejó caer de espaldas contra una pared y su acero cantó de dolor contra la roca como si fuera a derrumbarse, pero no podía importarle menos. Nadie podría escucharlo, al menos hasta que él lo alcanzara.

—Piensa —se dijo—, piensa en algo, maldita sea. Antes de que lleguen...

—¿No crees que ha sido suficiente?

Ni siquiera tuvo que alzar la vista. Sabía que ella estaba ahí, en la bóveda del templo, justo sobre su cabeza. Incluso podía adivinar su postura con las piernas cruzadas, los dedos entrelazados y esa sonrisa cruel en los labios.

—Siempre estás solo, entre humanos o pokémon, siempre temeroso de que estemos tras de ti. Aquél que te envió en esta misión no está sufriendo en absoluto. Tal vez ni siquiera sabe por lo que has pasado, ¿y para qué? Sabes que no puedes escapar por siempre. ¿Qué harás cuando ya no puedas moverte? ¿De verdad es justo todo esto? ¿Por qué debes ser tú el único que sufre? ¿Qué has recibido por tu bondad?

Sus ojos empezaron a escocer, pero se forzó a creer que no estaba llorando. ¿Qué podía saber ella? ¿A quién trataba de engañar?

—No vas a volar de nuevo. No volverás con los tuyos jamás. Tus alas, tu piel... ¿cuánto más estás dispuesto a perder? ¿Cuánto más vas a ofrecer por esta causa perdida? ¿Tu alma? ¿Tu vida?

El silencio se prolongó por segundos que parecían eternos. ¿Estaba hablando aquella mujer, o la voz en su cabeza? Decían las mismas palabras, con el mismo tono y la misma certeza.

—...do.

—¿Dijiste algo? ¡No puedo oirte!

Escuchó el sonido de sus pisadas. Él era un cazador nato y podía moverse sin hacer ruido desde el día en que nació. Si ahora dejaba que Aemon lo oyera era porque quería anunciar su llegada.

—Bueno —rio la mujer—, será mejor que le respondas a él.

—Me gustan tus ojos —dijo la bestia—. Ojos de una presa abatida. Ojos de alguien que se ha resignado a su destino.

Sus garras emitían destellos de electricidad; una corriente luminosa envolvió su pelaje cuando saltó hacia su objetivo.

—Todo —respondió Aemon.

Bajó la cabeza. Contrajo sus patas, y embistió a Miles en la quijada con sus crestas de acero.

—¡Todo!

El felino retrocedió, más impresionado que herido por la súbita muestra de resistencia, e intentó esgrimir una sonrisa, pero la tenaza izquierda de Aemon ya estaba sobre su hocico.

—¡Todo!

Uno tras otro, sus golpes caían como balas sobre su rostro.

—Por mi señor —exhaló, consciente de que necesitaba oírse a sí mismo—, estoy dispuesto a apostarlo todo. Por cumplir su misión, estoy dispuesto a hacerlo todo.

Miles saltó hacia atrás para ganar distancia y preparar un contraataque, pero antes siquiera de que tocara el suelo, Aemon ya estaba debajo de él cruzando sus brazos como dos agudas espadas.

—¿Qué puedes saber tú, que solo matas por placer? —le recriminó cuando su pelaje negro empezó a humedecerse por su propia sangre—. ¿Qué puedes saber si para ti esto es un juego?

Sus tenazas se convertían en hojas de luz bajo la luna. Miles era mucho más grande y fuerte, pero la diferencia de altura y postura favorecía a Aemon para golpearlo bajo su guardia y esquivar cualquier intento de agresión.

—Y por mi fe —declaró con una tenaza sobre su pecho—, estoy dispuesto a entregarlo todo.

El cazador rugió de ira y dolor cuando el acero se abrió paso a través de su carne y cayó pesadamente sobre su costado, esforzándose por respirar ante la mirada determinada de su presa.

—Peleo por una causa más allá de tu entendimiento —afirmó tanto al pokémon como a la mujer—. No me midas bajo tus estándares.

Un hilo de sangre corría por los labios de Miles, manchando su pelaje y sus bigotes, pero su piel se contrajo en lo que parecía una aterradora sonrisa mientras se relamía. Su cuerpo se agitaba en espasmos de risa, de expectación y éxtasis.

—Ya era hora, campeón. Al fin estás ofreciendo resistencia.

Aemon tomó distancia. La pelea aún no había terminado.

—¿Cuántos crees que han logrado herirme antes que tú? —preguntó mientras se levantaba—. ¿Cuántos crees que han sentido esa misma esperanza vana?

Sus fauces se encendieron, liberando un olor a sangre y azufre. Aemon entendía lo que estaba por venir. Era el mismo ataque que había quemado sus alas.

—Di mi nombre y lo sabrás, campeón.

El beso de las llamas que traía la muerte.

—¡DI MI NOMBRE!

No hizo el menor intento de esquivar, sabía que no lo lograría a tiempo; así que extendió sus brazos y abrió sus tenazas para detener sus colmillos de fuego. El acero gritó de rabia al sentirse atravesado, goteando como lágrimas plateadas por el intenso calor, pero el ardor le daba fuerzas, lo mantenía consciente y alimentaba su determinación.

—Di mi nombre, ca...

Afirmó su agarre para contener la acometida del león, ignorando las súplicas de su cuerpo por parar, y haciendo uso de todo su espíritu, giró sobre sí mismo para arrojarlo violentamente contra la pared. La fuerza destructiva de su cuerpo masivo sacudió la misma estructura del templo más allá de sus límites, y las piedras de la bóveda cayeron como una avalancha sobre su ser. No pudo esquivarlo, ni pudo protegerse. Sólo gritar de terror al ser sepultado vivo.

Aemon empezó a oscilar, mareado y al borde de la inconsciencia. De sus tenazas se alzaban hilos de humo y no se parecían mucho a lo que eran antes de besar sus colmillos.

—Tu nombre... —murmuró—, tu nombre... es muy estúpido.

Escuchó el sonido de dos palmas chocando una contra la otra. La mujer de ojos dorados apareció en su campo de visión.

—Qué... valor, qué arrojo suicida tan encantador. Es una lástima que haya sido en vano.

No le quedaba aliento para responder, pero tampoco importaba. Un humano común no tenía forma de superar su coraza.

—Pero no creas que hemos terminado. No tienes idea del potencial que tenemos humanos y pokémon cuando luchamos juntos.

Se llevó una mano al interior de su blusa y la sacó con una estrella de cristal blanco entre sus uñas plateadas. Se inclinó sobre el cuerpo herido de Miles y la depositó entre sus fauces.

—Come.

Contra todo pronóstico, la bestia pudo cerrar sus mandíbulas y tragar lo que le ofrecían. Gimió con un suspiro de dolor, pero pronto sus ojos ambarinos empezaron a brillar y su cuerpo a emitir poderosas descargas eléctricas.

—Es una broma...

Sacudió la cabeza y después el resto de su cuerpo, apartando las rocas que lo cubrían. Las heridas en su pecho, patas y lomo seguían ahí, pero las fuerzas habían vuelto a su ser.

—No más ofertas —declaró la mujer—. La tomaremos de su cadáver.

Aemon sintió que su cuerpo flotaba. Se había vuelto tan ligero que el latido de su propio corazón lo sacudía, aún si este era cada vez más débil. Incluso el dolor empezaba a remitir. Su conciencia se desvanecía.

Qué final de mierda. Ni siquiera pudo llevarse a uno de ellos. Con sus tenazas en aquel estado tan deplorable, ni siquiera podía aspirar a destruir la gema de su señor.

Dio un último vistazo a los colmillos de Miles antes de inclinar la cabeza. Su sistema estaba tan roto que casi creyó escuchar una voz.


«¿Sabes? Creo que puedo ayudarte un poco, si me lo permites».

Lo sucesivo pudo ocurrir en verdad o ser solo una alucinación. Al día de hoy, Aemon no puede dar con la respuesta. Todo lo que sabe es que vio lo que vio, y lo que vio fue esa sombra luminosa extenderse sobre las ruinas del templo, trazando un extraño patrón de círculos, líneas y estrellas en el suelo. Como si fuera magia. Recuerda escuchar una risa maliciosa envolver lo que quedaba del recinto mientras siluetas negras danzaban a su alrededor, y recordó las palabras de aquel niño humano.

Recordó la figura que creyó ver ese mismo dia, aunque no podía reconocerle, se asemejaba a un fantasma.

Luchó por los próximos segundos para no desmayarse, pero había llegado a su límite. Y esa canción parecía arrullarlo, seducirlo para dormir.

Miles y su aliada humana buscaban a su nuevo enemigo en la oscuridad, pero ni ellos ni Aemon pudieron distinguirle hasta que se hizo presente.

La gigantesca, etérea y siniestra silueta de una bruja espectral.
 



 
Despertó al medio día; envuelto en su propia manta y con los rayos del sol en su frente. No hizo el menor esfuerzo por moverse, un vistazo a su alrededor bastó para decirle que aún se encontraba en el templo, o lo que su batalla había dejado del mismo.

—¿Despierto?

Una voz lo llamó. Una voz conocida.

La mujer de uñas plateadas caminaba hacia él con los brazos cruzados y una sonrisa en los labios. Tal vez fue porque estaba demasiado cansado, pero Aemon creyó notar un matiz más sincero en su expresión.

—Tenemos mucho de qué hablar.



Le tomó un momento más notar el sombrero puntiagudo sobre su cabeza.



Próximo capítulo: Albor en Ciudad Reliquia
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Longfic- Fuego Quimérico

Extension largaLongfic
FranquiciaCoregames
GéneroAventuraDrama
Resumen

Él quería ser un héroe. Ella quería ser un dios.

#61
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Otro con el que me tardé mucho. @Masterweasel para ver eso falta un capítulo más, y sí, @Franeer, este va sobre Aemon. Y yep @DoctorSpring, ese último grito fue para el dragón.
@Nemuresu no creo matar al príncipe aún. En parte porque es de mis personajes favoritos. Y en parte porque aún tiene asuntos pendientes con la rana.
@Thranduil el dragón negro gigante es un druddigon. Hay muchos pokémon que no tienen su color normal en esta historia pero que tampoco son shinys, por otros motivos. Also, sorry por la mega tardanza en publicar. Y hablando de mega…
@MegaMagner yep. Hay varios personajes cuyos nombres son homenajes (Neer el panda, Mio, Caroll, el dragón Raggio, etc.). Y en el caso particular del greninja, está basado en personalidad en un pj de otro fic que escribí hace tiempo, más precisamente en Black Luster Soldier (irónicamente, el título hace alusión al príncipe y no la la rana pero whatever).

Y… eso es todo. Éste capítulo está cargado de más referencias, pero también algo de info sobre los protagonistas y un par de personajes nuevos. Espero que les guste.



Capítulo X — Atanor
En el que Dawn enseña a Aemon a viajar en el tiempo.

 
Cuando pienso en ese lugar, lo primero que recuerdo son los colores. Recuerdo un cielo gris; un manto grisáceo uniforme durante los días calmos, y surcado de remolinos, espirales y llagas cuando hacía viento. De noche era completamente oscuro, pero a veces, al mediodía, se volvía plateado brillante; y si teníamos suerte, delgados haces de luz se filtraban a través de él. La tradición enseñaba que esa era la luz de "Sol", y que era su regalo para nosotros cuando estaba complacido. Cuando se sentía triste, sin embargo, lo que se filtraba era su llanto; cálidas gotas oscuras que irritaban al tacto y de las cuales había que esconderse.

Recuerdo la hierba pálida, alta y amarillenta que crecía por todas partes. Era la única clase de vegetación que conocíamos y todos los pokémon herbívoros se alimentaban de ella. Áspera y amarga; desagradable, pero no tenían nada más. Era lo bastante alta para cubrirnos, y un buen escondite de día cuando cazábamos, pero de noche emitía un inquietante brillo verdoso en forma de humo que te mataba en cuestión de horas si lo inhalabas por demasiado tiempo. Los herbívoros comían de día para contrarrestar el veneno antes de que se activara, pero eso también empeoraba su sabor cuando se volvían presas. Eso fue algo que aprendí por las malas.

Recuerdo la ceniza negra que caía del cielo por la mañana, cómo obstruía la vista, ocultando a los otros de tus ojos y a ti de los suyos, como si el mundo tratara de separarlos. Recuerdo el suelo de arena negra y los charcos oscuros de los que bebíamos, en los que tus patas se hundían si eras descuidado al caminar, y tenías que remontar el vuelo por unos segundos si no querías que te comieran vivo. El mismo suelo que te comía cuando estabas muerto sin dejar ni siquiera los huesos que nutrían a la hierba. 

Y por encima de todo, recuerdo el rojo refulgente del Monte Atanor. Incandescente, humeante, asfixiante en su luz y calor. Al único que temía nuestra especie era ese coloso de roca y fuego, siempre al alcance de la vista, lacerando el mismo cielo para cubrirlo con sus cenizas. Las mañanas en que sangraba, el enjambre alzaba el vuelo en dirección opuesta, y lo mismo hacían los demás pokémon para ponerse a salvo de su aliento tóxico. No cazábamos, no luchábamos, y no bebíamos nada hasta que era seguro. La hierba moría, y con ella, siempre lo hacían algunos de los más débiles, pero no podíamos hacer nada contra él, salvo aprender a temerlo y predecirlo como una amenaza constante sobre nuestras cabezas. 

Tenía dos años en aquel entonces y llevaba uno siendo adulto. En el enjambre no había padres ni hijos; todos los huevos permanecían juntos y debían aprender a caminar minutos después de nacer, a volar en unas horas y a alimentarse por sí mismos en pocos días. No teníamos enemigos naturales, pero tampoco éramos amigos y cada quien velaba por sí mismo, y si seguíamos siendo un grupo luego de tantas generaciones, era solo porque cazar se volvía más fácil. Un taillow es lo bastante ágil en vuelo para escapar de uno de nosotros nosotros, pero atacando a una bandada en conjunto, cayendo sobre ellos como una nube de cuchillas, éramos una fuerza imparable. Entonces, aún antes de volver a tierra, unos peleábamos contra otros por sus despojos. La presa que habías capturado segundos atrás podía desaparecer en un parpadeo si no eras capaz de defenderla. 

Nunca fui un buen luchador. Era más rápido en el aire que cualquier otro, pero en el caos de la cacería cualquiera podía derribarme, y lo único que podía hacer era odiarlos, a todos y cada uno de ellos. Odiaba su amarillo tanto como el rojo de Atanor, tanto como odiaba mi debilidad. En mi mundo de cinco colores, no soportaba ver la mitad de ellos. En el enjambre estaba prohibido desertar, pero pasaba tanto tiempo como podía lejos del nido y, con el tiempo, comencé a apartarme de ellos incluso para cazar. Un par de wurmple, por pequeños que fueran, eran más alimenticios que no comer ningún taillow y no tenía que pelear por ellos más allá de la poca resistencia que ellos mismos ofrecían. Y así, poco a poco, la soledad se convirtió en mi estilo de vida; uno con el que me sentía en paz.

Hasta que lo conocí.

El "Sol" lloraba esa tarde. Los taillow huían a su escondite y el enjambre de refugiaba en el nido, pero yo había aprendido que aquel era el mejor momento para cazar. Los wurmple, que normalmente vivían bajo tierra, debían abandonar sus madrigueras a riesgo de ahogarse cuando el agua se filtraba, y buscaban abrigo entre la hierba. Ahí me dirigía yo, y llevaba ya un rato esperando a atrapar alguno cuando percibí un movimiento entre las hojas más altas. Como había hecho cientos de veces antes; contuve la respiración y tensé mis alas, listo para atacar en el momento preciso. 

Salté con mis hoces al frente, decidido a terminar con un golpe certero, pero la presa fue escurridiza y me evitó. La hierba cedió ante mi filo y se dispersó en el aire, pero no golpeé nada más; escuché un agudo zumbido que aturdió mi cabeza, y un segundo después sentí dos punzadas en el brazo, atravesando mi piel. Traté de sacudirme, pero esa criatura que no era un wurmple se aferraba a mí con una fuerza inesperada mientras esquivaba mis golpes, y cuando por fin me soltó, lo hizo para subir a mi espalda donde no podía alcanzarlo.

—¡PAZ! ¡PAZ, HERMANO!

Si pienso en ello, fue la primera vez que escuché esas palabras. En ese entonces no entendía su significado, pero ahora sé hasta qué punto fueron proféticas.

Su voz era aguda y rasposa  al mismo tiempo, una voz inofensiva que ayudó a tranquilizarme. Él se dio cuenta de ello y me soltó para luego posarse frente a mí.

Nunca había visto un pokémon como ese, y no he vuelto a ver uno igual. Su cuerpo era alargado, del mismo amarillo que los scyther y tenía cuatro alas, pero ahí terminaban las semejanzas. Era un poco más pequeño que yo y caminaba sobre cuatro delgadas patas negras. Su cabeza era un poco más grande, con dos largas antenas apuntando al frente y sus ojos eran de un color que hasta entonces desconocía; un verde brillante que le daba un aura ilusoria, como si no perteneciera al mundo en que yo vivía y, al mismo tiempo, me resultaba familiar. Sus alas y las aletas en el extremo de su cola tenían el mismo color.

—¿Eres de por aquí? Perdón, perdón, algo ando perdido.

—¿Qué eres tú?

—Soy Dawn, de la canción del desierto. Hacía mis cosas y de algún modo llegué aquí. ¿Y tú?

—Yo soy un scyther. 

—Ya lo veo, y uno muy poco saludable, ¿qué le pasa a tu piel? Pero eso es lo de menos, ¿cuál es tu nombre?

Más y más palabras extrañas.

—Bueno, no importa, ¿quieres ver algo súper genial? 

—No entiendo la mitad de lo que dices…

—Vamos, ¡ven conmigo!

En retrospectiva, creo que fui con él por curiosidad, pero tal vez había algo más ahí. Aunque leyes del enjambre prohibían la deserción, una parte de mí sabía que nadie notaría mi ausencia. Y algo en los ojos verdes de Dawn me decía que debía seguirlo.

Volamos a baja altura por un par de horas. El "Sol" seguía llorando y sus lágrimas irritaban, pero él hablaba tanto que apenas y lo notaba. La mayor parte eran tonterías, y aun así me sorprendía que pudiera combinar las palabras de tantas formas. 

—Así que yo y los otros chicos íbamos por ahí, cuando el barco se fue a pique. Ellos volvieron al sur y yo seguí hacia el norte porque, ¿de eso se trata la aventura, cierto? Además, ya había visto la isla a lo lejos y quería saber cómo era. Anduve algún tiempo por ahí, luego me encontré esa horrible cerca, y ya sabes, crucé. 

—¿Qué tan cerca? 

—¿No la has visto? Bueno, no está tan lejos.

Estaba muy lejos. Seguimos volando hasta que el "Sol" dejó de llorar. Seguimos volando hasta que se hizo de noche. Paramos para descansar y seguimos volando. Conforme nos alejamos la vida desaparecía. No había nidos de wurmple ni taillow, y hasta la hierba blanca desapareció. Todo lo que había frente a nosotros era un desolado páramo de arena negra. Quería regresar, pero Dawn insistía en que debíamos seguir y había tanta confianza en sus palabras que volé tras él. 

Eventualmente nos encontramos con una valla. Era sumamente alta, pero su color metálico la hacía casi invisible hasta que estabas frente a ella. 

—No la toques —me advirtió—. Espera un poco.

Usó sus dos antenas y sus patas para remover la arena, trabajando diligente, como si supiera exactamente lo que hacía. Pasados unos minutos, había excavado un agujero lo bastante grande para que pudiéramos cruzar. Primero él y después yo nos hundimos en la tierra, y aunque en ese momento no lo sabía, al emerger estaba en un mundo diferente.

—Todavía falta un poco de camino.


La tierra  empezó a volverse marrón conforme avanzamos, y poco a poco aparecían cosas que yo no conocía pero Dawn tenía un nombre para cada una. Eso era un árbol, esas eran zarzas, eso era un arroyo y eso era basura. Sus palabras favoritas eran "basura" y "tesoro", y con el tiempo aprendí que a veces podían aplicarse a la misma cosa. 

—El lugar no está tan mal, pero es muy aburrido. Ni pokémon, ni humanos, ni nada. Pero ven, acá hay algo más. 

Llegamos a lo que él llamaba "palacio" que se trataba de una trampilla de concreto a nivel del suelo. Me pidió ayuda para levantarla y con la fuerza de ambos cedió. Una luz en su interior se encendió, revelando unas escaleras descendentes por las que bajamos juntos. Las paredes eran blancas y había grietas menores en ellas. Llegamos a una puerta de madera con una cerradura que hizo girar. Si todo lo que había visto hasta entonces me parecía raro, a partir de ese punto conocí una realidad diferente.

Había bancos de madera y una barra de bebidas. Había vitrinas con botellas de distintos colores. Había mesas para comer con sillas a su alrededor. Había cuadros en las paredes con pinturas de lugares, pokémon y personas que yo no conocía. Había luces eléctricas en el techo, tomas de corriente, una pantalla de vidrio en la pared con otros aparatos debajo, había cubiertos y platos, un tapete en el suelo, una pila de revistas, libros y álbumes en un sofá. Había cestos de basura, estanterías y una nevera. Una parrilla y mazos de cartas. Ahora puedo nombrar todas esas cosas, gracias en parte a Dawn, pero en aquel entonces me faltaba el aliento. 

—¿Qué es… todo esto?

—Oh, bueno. Si eres salvaje, probablemente nunca hayas visto nada igual. Es algo así como un refugio; creo que lo usaban en tiempos de la Guerra de la Corona, pero lo abandonaron cuando todo terminó.

—¿Guerra?

—Una palabra muy fea. Veamos… creo que tengo mucho, MUCHO qué explicarte. Pero primero tenemos que comer algo. 

Fue hacia uno de las estanterías, abrió una puerta y extrajo una lata de aluminio que destapó con sus afilados colmillos. En su interior había bayas en conserva. Tomó una, la engulló y empujó la lata hacia mí.

—Come.

Fue como si una realidad diferente se derritiera en mi boca, como si algo dentro de mi cuerpo recordara su función luego de haberla perdido por generaciones. Igual que mis ojos ante el color, el resto de mis sentidos empezaba a despertar de nuevo. Tomé una baya tras otra mientras mis ojos se humedecían y pronto la lata se vació. Dawn tomó otra de la estantería y la lanzó hacia mí con una sonrisa.

—Mejor que esos asquerosos wurmple, ¿verdad?



Nos quedamos en el refugio a partir de entonces. El cielo seguía siendo gris, pero bajo tierra todo era brillante. Aprendí mucho de Dawn, como los nombres de todas las cosas, sus funciones y su significado. También aprendí lo que era un nombre.

—Es una palabra que usas para referirte a ti mismo y a nadie más. La palabra más importante de todas. El mío es Dawn. Mis padres me pusieron uno horrible, pero no me gustaba así que elegí uno nuevo.

—¿Cualquiera puede hacer eso? ¿Solo piensas uno y ya?

—Bueno, no tan así. La verdad es que elegí el mío porque alguien más lo tenía. Es más, dame un momento…

Voló hacia la pantalla de cristal y empezó a jugar con los aparatos que había debajo. Extrajo un disco de una caja y lo insertó en uno de ellos. Él tampoco parecía muy seguro de lo que hacía, y le tomó varios minutos darse por satisfecho. 

—¿Qué haces? 

—Vamos a viajar en el tiempo… ¡Aquí!

De pronto, la pantalla se iluminó y aparecieron símbolos extraños en ella junto con una música muy peculiar. Dawn se sentó en el suelo y, aunque sorprendido, lo imité. 

Apareció una humana adulta en la pantalla. Su cabello y ojos eran de un azul muy oscuro, pero su expresión era gentil. Una voz la llamaba "Dawn, primera embajadora entre humanos y pokémon". Y mostraban diversas imágenes de ella con criaturas que nunca había visto.

—¿Qué es un embajadora?

—Es alguien que hace que humanos y pokémon se lleven bien. 

—¿Humanos? 

—Son como pokémon, pero diferentes. Pero muy parecidos… como Dawn. Ella fue genial, y su nombre es genial así que lo hice mío. 

Acerqué mi brazo a la pantalla, tratando de tocar a la otra "Dawn", pero ella no reaccionaba.

—No está ahí. Esta cosa repite escenas del pasado, es como viajar en el tiempo. La verdadera Dawn vivió hace quinientos años, durante la Guerra de la Corona. Ven aquí. 

Mientras el discurso en la pantalla seguía, Dawn tomó uno de los libros del suelo y empezó a pasar las páginas. Aunque la mayor parte era texto, había muchas imágenes.

—No sé leer, pero un amigo me contó la historia. Antes, humanos y pokémon nos llevábamos bien, pero un sujeto malo empezó una guerra, el "Sol Rojo" —me contó mientras veíamos las imágenes—. A él lo derrotó la "Princesa de las Flores" pero la guerra siguió y al final nos separamos. "Dawn la embajadora" fue la que trató de que fuéramos amigos otra vez.

—¿Amigos? 

—Esto va a tomar tiempo —suspiró—. Lo importante es que ella fue la primera, pero las relaciones no han mejorado mucho luego de quinientos años, aunque dicen que los grandes ancianos han discutido mucho la situación… es complicado.

—Entiendo —mentí. En ese momento, la cuestión de los nombres me interesaba más.

—¿Quieres tener uno? ¿Por qué no…? 

Pasaba las páginas una tras otra, buscando algo. Finalmente encontró una imagen. 

—Este de aquí.

Había un humano, un yanmega, un drapion y otros pokémon que no conozco aún. 

—El humano de aquí se llama Alecrán. Murió en la guerra, pero sus amigos pokémon se volvieron embajadores como Dawn. Ellos eran Rhaenyra, Maegor, Lucerys, Aemon… ¿qué opinas?



En los días siguientes, Dawn me llevó hacia lo que él llamaba "bahía" para mostrarme el mar. Una infinita extensión de agua tan sombría como el cielo sobre nosotros. Lúgubre y aterradora.

—Vamos a cruzar eso.

—¿Cómo? No parece tener fin.

—Tampoco tu mar de arena y, ¡hala! Aquí estamos. Las provisiones no van a durar para siempre, y al final vamos a aburrirnos. Necesitamos ayuda. 

Insistía en que no podíamos hacerlo solos, y como no había nadie más, volvimos hacia mi tierra. 

—¿Cómo vamos a volver al refugio? 

—No es tan difícil. Vamos en línea recta hacia esa fea montaña, y cuando terminemos de hacer lo que necesitamos,  vamos en lin es recta en dirección contraria.

—¿De verdad debemos volver? ¿No podemos quedarnos más?

—Podemos, pero quiero conservar todas las provisiones posibles. Las necesitaremos.

El viaje de vuelta parecía más largo. Dawn insistió en que lleváramos dos bolsas con provisiones, de modo que avanzamos más lentamente por el peso extra. Nos tomó cinco días de viaje vislumbrar la hierba blanca de nuevo, y para entonces empecé a dudar que la encontráramos. 

—Hogar, dulce hogar, ¿eh? —susurró. Lo único que sentía era una sensación amarga. En el cielo volaba una bandada de taillow que se movía como una nube gris.

—¿Por qué los taillow aquí son tan… feos?

—Su plumaje es gris por abajo, así se esconden cuando los miras en vuelo, y negro por encima, para confundirse con el suelo si los ves por arriba. Pero volando a su misma altura puedes verlos claramente, y cuando van así, todos juntos, son fáciles de distinguir también.

—No puedo volar tan alto, pero entiendo la idea. Supongo que por eso los wurmple son blancos también, así se confunden con la hierba.

—Los wurmple son demasiado lentos, es cuestión de buscar y atraparlos. Y los taillow… son difíciles de atrapar solos, pero volando todos juntos es más fácil. Si volaran cada uno por su cuenta, no morirían.

—¿Por eso estás solo? ¿Por eso dejaste a tu enjambre?

Sonrió, con esa mueca de ironía que mostraba sus colmillos.

—Es más complejo que eso. ¿Por qué crees que los taillow vuelan juntos aunque saben que tu enjambre los va a cazar?

—¿Porque son estúpidos?

—Porque muchos van a sobrevivir. Los tuyos no pueden cazarlos a todos, y aunque algunos mueran, su grupo se mantiene vivo.

—Si fueran solos serían más difíciles de ver.

—Ya, pero los taillow bebé no pueden volar bien ni cazar solos. Necesitan al grupo, y el grupo los necesita para seguir existiendo. Igual que tu enjambre. Igual que tú y yo. Igual que los necesitamos a ellos. 

Esperamos a que descendieran y los seguimos. La bandada se puso alerta cuando llegamos a su nido, y así se lo hice saber a Dawn.

—Están dispuestos a enfrentarnos —respondió— pero preferirán no hacerlo. Somos más grandes y podríamos acabar con algunos de ellos antes de que nos ganen con números. Deja que yo me encargue.

Su líder estaba en la línea de frente, listo para proteger a los suyos, pero Dawn mantuvo la calma todo el tiempo, usando las palabras en lugar de sus colmillos. Lo primero que hicimos fue romper la primera bolsa de provisiones, abrir las latas y compartirlas con ellos. Aunque recelosos, empezaron a acercarse y probar las bayas. Sus expresiones eran iguales a la mía. 

—Tengo más, lejos de aquí, y estoy dispuesto a compartirlas con todos ustedes a cambio de un poco de ayuda.

El líder pensó que se trataba de una trampa, pero otros más empezaban a dudar.

—Necesitamos toda la ayuda posible. Pueden pensarlo, pero tampoco tenemos mucho tiempo.

Nos quedamos dos días cerca de su nido "para que sepan que no somos enemigos". Algunos de ellos, especialmente jóvenes, se acercaban a nosotros a escondidas de sus mayores, y Dawn compartía las provisiones con ellos cada vez que venían. Así fue hasta que agotamos la mitad de nuestra carga.

—Los que quieran venir con nosotros, son libres de hacerlo. 

Al principio, fueron solo cuatro taillow. Hicimos un viaje rápido al refugio y permanecimos un día explorando la zona antes de volver a su nido. Al ver que no mentíamos, poco a poco el resto empezó a confiar en nosotros.

—No tenemos tiempo —repitió Dawn—. Tengan un poco de confianza.

Nuestro segundo grupo era más grande, y en esta ocasión fuimos a buscar wurmple entre la hierba. Nuevamente, Dawn trató de hablar con ellos (y evitar que los taillow trataran de comerlos), pero huían de nosotros tan solo con vernos y nunca logramos cruzar un par de palabras.

—Tanto nos valía hablar con la hierba —se quejó.

Dawn no volvió a ofrecer provisiones a los visitantes. En su lugar, comíamos las bayas silvestres que crecían alrededor de la costa. Eran secas y amargas, pero mucho mejores que la hierba blanca. Poco a poco, el grupo que nos acompañaba era más y más grande. Hasta que decidió que éramos suficientes.

—Bien, Aemon. Vamos a hablar con tu enjambre.

Parecía una misión suicida, pero confiaba en que nuestros números eran suficientes para salvarnos de una confrontación. Ya le había contado que la deserción estaba prohibida, y que no iban a ser tan fáciles como los taillow, pero él quería intentarlo de todos modos "como la embajadora Dawn". Y al igual que ella en la pantalla de cristal, nuestro Dawn dio un sentido discurso frente a la horda de depredadores furiosos.

—¿No están cansados de su horrible y miserable vida en este lugar? Juntos podemos salir de aquí. Si tanto temen a esa horrible montaña humeante, prometo llevarlos a un lugar tan lejano que ni siquiera puedan ver su sombra. 

Pero esta vez no dio resultado. Querían matarme a mí, querían devorar a todos los taillow, y solo la velada mentira de éramos muchos más que ellos además del grupo principal nos salvó de morir ahí. De vuelta al refugio, había una profunda mirada de decepción en sus ojos, pero volvió a sonreír cuando descubrimos a dos scyther tratando de alcanzarnos.

A partir de entonces empezamos a trabajar en su plan. Los tres scyther cortábamos árboles, sólo los que parecían más resistentes, mientras los taillow reunían hojas y lianas para hacer cuerdas bajo sus instrucciones. Era una tarea difícil y pasamos semanas y meses poniendo todo nuestro esfuerzo en ello. A veces, algunos de los chicos volvían a sus nidos y regresaban con más, y cuando sucedía, él repetía:

—No puedes convencer a todos, pero puedes intentarlo.

Cuando terminamos la mitad del trabajo, compartió sus planes con todos: construir un barco lo bastante grande para llevarnos a todos y suficientes provisiones para "atravesar el vasto mar y dejar atrás ese cielo gris". Para ese entonces, todos habíamos visto a la otra Dawn, y decenas de otros vistazos al pasado de tierras verdes, cielos azules y una vida diferente. Habíamos decidido creer en que era posible, y la idea de cruzar el océano no parecía una locura. Ahora, con el paso del tiempo, entiendo lo difícil que hubiera sido. Había abundancia de provisiones, y las guardamos celosamente hasta el momento de partir. También recogimos bayas amargas, pero no sabíamos si serían suficientes. Y el "barco" que trataba de construir era un nombre elegante para una balsa tosca y grande que quizás no soportaría esa clase de viaje. Las tormentas, la marea, los motines y el inclemente sol eran amenazas que no podíamos combatir. 

A veces pienso que pudimos lograrlo solos nosotros dos. Una balsa más pequeña, suficiente para llevarnos y a las suficientes provisiones. Pudimos hacerlo, quizás, antes de que fuera demasiado tarde, pero esa no era la naturaleza de Dawn. Quería salvarlos a todos, y si eso era imposible, a tantos como pudiera. Incluso si no sabía cómo construir un barco, había suficiente espacio para llevar a más de los que éramos, y siempre se alegraba cuando alguien más se unía al grupo. Ahora sé que todo fue un error, pero fue el error más hermoso de todos. Y esos meses trabajando juntos fueron los más felices que habíamos conocido.

Cuando decía que "no teníamos tiempo" se refería a que debíamos actuar rápidamente, que no había suficiente alimento para todos en el refugio y que algo podía salir mal si esperábamos demasiado. Creo que eso es verdad, porque ni él ni nadie podía esperar lo que sucedió cuando verdaderamente nos quedamos sin tiempo. Su expresión de horror y sorpresa era igual a la mía, a la de todos nosotros al entender que habíamos tardado demasiado.

Por generaciones temimos al Monte Atanor, a su aliento asfixiante y sus tóxicas cenizas, pero cuando finalmente despertó, terror no le hacía justicia a la sensación que producía con su rugido. Parecía que el mundo entero estallaba en pedazos que saltaban al cielo y caían llameantes como meteoros al mar. Sangre incandescente brotaba del mismo y formaba ríos que derretían todo a su paso. Nubes explosivas, rápidas y voraces de las que no había escapatoria. Aún a días de distancia, aún cuando la ola primaria de destrucción se reducía a la zona negra, el calor era tal que sentía mi piel secarse y arder bajo las llamas. Entre los taillow hubo quienes quisieron volver, preocupados por la familia que seguía en sus nidos, pero Dawn y los scyther hicieron lo posible por retenerlos. A los que lograron escapar no volví a verlos, ni tampoco a muchos de los que se quedaron.

—¡Es ahora o nunca! —aulló desesperado— ¡Todos, a la nave!

Vi su alma romperse en pedazos cuando el barco empezó a arder. Dawn cayó al suelo sin fuerzas ni voluntad al entender que todo estaba perdido. Los otros dos, así como los taillow, acudieron a mí. Era lo más cercano a un líder sin Dawn, pero estaba tan asustado como todos ellos, y antes de poder siguiera dar una orden, un pensamiento terrible atravesó mi cabeza.

¿Por qué el barco se incendiaba si no había sido alcanzado por el fuego?

Fue entonces que las vimos bajar: esas sombras púrpura de mirada corrosiva que se deslizaban por la cubierta, bestias de aliento llameante y movimientos sinuosos que nos rodeaban mientras agitaban sus lenguas. Para mí, que había vivido mi vida como el depredador dominante, aquellas criaturas me hicieron sentir tan indefenso y débil como un wurmple. Los taillow trataban de volar, pero esas cosas los Interceptaban en el aire con llamaradas explosivas. Los scyther trataron de luchar, pero ellas eran mucho más rápidas, violentas y fuertes. Las puertas del infierno se abrieron de par en par, como sus fauces, como una pesadilla de la que no podíamos despertar. 

Atanor rugió de nuevo. Los demonios sisearon y se postraron en la tierra mientras la criatura descendía. Su carne era fuego y acero, sus ojos, como dos meteoros. La arena se fundía y cristalizaba bajo sus patas, pero lo más increíble era la figura de pie sobre su lomo. 

Dawn me contó una vez que los humanos no eran particularmente fuertes. No eran tan ágiles como los taillow ni tan fuertes como nosotros. No podían volar, no tenían garras o colmillos, ni podían liberar energía natural. Pero al verlo a él entendí que nada de eso era verdad. Las llamas no lo tocaban, las bestias lo obedecían, y el mismo Monte Atanor se ceñía a su voluntad. Su cabello era largo y cobrizo, danzando como hojarasca por su pecho. Sus ojos como dos estanques de plata fundida. Dos gruesas lentes de cristal unidas por una horquilla descansaban en su cuello, y su ropa oscura contrastaba con la bata blanca que le colgaba de los hombros. Tan blanca como sus manos. Tan blanca como sus afilados dientes.

—Vaya, vaya. ¿A ti debo agradecerte el desorden en mi laboratorio?

Se dirigía a mí, incapaz de moverme o responder. 

—Bueno, bueno. Tampoco puedo culparte  por todo. Eso de ahí… eso de ahí no es mío. 

Seguí la dirección en la que apuntaba su mano. Dawn yacía inconsciente en el suelo.

—Ah, ah, supongo que ahora lo es. Por cierto, creo que debería presentarme.

Mi nombre es Hyperion, de la Promesa del Sol.
 



Era medianoche cuando llegaron al Valle del Vendaval. Raggio nunca había sido bueno en el aire y los viajes largos lo agotaban. Además, debían de volar tan alto para evitar ser vistos que hasta él sentía la falta de oxígeno. 

Según Xerxes, el Valle del Vendaval era antes una central de energía que suplía a la mitad del Reino de Corona. Pero todo eso fue antes de la guerra. Sin la ayuda de los pokémon, los humanos dejaron el territorio y con el paso de los siglos se volvió un feo pantano sin vida. El alquimista siempre tuvo predilección por sitios lúgubres y abandonados, de modo que utilizó las instalaciones como su nuevo laboratorio. Los molinos de viento con sus aspas rotas servían de poco y nada, pero el edificio principal se mantenía en pie. 

Raggio era demasiado grande para entrar, de modo que fue a descansar al foso que rodeaba la construcción. Xerxes comandaba la marcha, y lo seguía el greninja, con Briny sobre su cabeza y el scizor que habían capturado sobre sus hombros. Los otros guardias les abrieron paso hasta que llegaron a la cámara del alquimista. 

Lo encontraron en su laboratorio. Su complexión era similar a la de un humano, pero sólo vagamente. Su piel era del color de la roca ennegrecida y tenía la misma textura. Su cabello parecía paja seca y quebradiza. Su espalda se encorvaba bajo la túnica blanca, y sobre sus ojos llevaba esa orquilla con discos de cristal sobre sus ojos. Aún así, sus manos trabajaban con las mismas eficiencia y delicadeza de siempre al manipular sus precisos instrumentos. 

—Mi señor —empezó Xerxes—, hemos traído a su prisionero.

—Bien, bien. No tardaron más de lo que esperaba.

—Nos complace oírlo.

—Dio unos cuantos problemas —se quejó el greninja—. Primero en la ciudad, estaban él, una bruja y ese príncipe. 

—¿Por qué está inconsciente?

—Trató de saltar del lomo de Raggio cuando veníamos en camino —respondió Briny—. Tuvimos que hacerlo dormir o lo hubiera conseguido.

—Ja, ja. Eso hubiera sido un problema. Bueno, bueno. Pónganlo en una de las celdas vacías del piso de abajo. Átenlo de pies y brazos, o podría tratar de matarse a sí mismo otra vez. Más tarde me dirán los detalles de Ciudad Victoria.


Las celdas del piso de abajo era donde ponían a los experimentos, justo junto al laboratorio grande. A pesar de los años, al greninja aún le daba escalofríos acercarse a esa zona. Los pokémon que las habitaban no vivían mucho tiempo, y los que sobrevivían, como él, se mudaban al piso de arriba. Las celdas eran iguales, pero la falta de tortura hacía una completa diferencia. 

Había una sola guardia en el lugar; una salazzle de nombre Ágata. Llevaba más en servicio que cualquiera de ellos y el alquimista le dispensaba cierta confianza, al menos tanta como él era capaz de expresar. Por lo demás, ella nunca le había caído bien.

—Traigo un prisionero —le dijo, y ella alzó la vista con pesadez.

—Todas las celdas están vacías, escoge la que sea —sus ojos se posaron en el Scizor y una expresión desagradable surcó su rostro—. Así que está de regreso. 

El greninja no respondió. Tomó las llaves, abrió la reja, le ajustó las cadenas al cuerpo inconsciente y cerró de nuevo. Aquel pobre desgraciado le daba un poco de pena, así fuera tan solo porque sabía lo que le esperaba.

—Este lugar está muy solitario últimamente —comentó la salazzle—, ¿sabes por qué el Maestro Alquimista decidió volver?

La verdad es que no lo sabía. El laboratorio de Ciudad Carbón era tan bueno como este, y tenía menos Ágatas. 

—Tengo trabajo qué hacer.

Dejó a la salazzle con sus pensamientos y salió. No lograba sacarse de la cabeza a la mujer que conoció en Ciudad Carbón, ni en el extraño parecido que tenía con el príncipe. Deseó haber prestado más atención a sus palabras, pero sus recuerdos de ella empezaban a difuminarse.

«Mejor así. Es un horrible recuerdo».




Mis recuerdos a partir de ese punto se vuelven difusos. Sé que luché, sé que perdí, y sé que en algún momento me capturaron. Recuerdo que los otros dos scyther no vivieron más de unas horas y creo que un puñado de taillow acabaron como yo.  Pero eso es todo; el resto ha sido borrado de mi mente.  Alguien tomó mi memoria entre sus manos, arrancó esos refuerzos y los reemplazó con pesadillas en las que me atan a una plancha de hierro, en las que clavan agujas en mi cuerpo y vierten una sustancia ácida por mi garganta. Pesadillas en las que recortan mis brazos y me sumergen en acero fundido. Son sólo eso, sueños. El dolor, la agonía y el terror de esos días están solo en mi cabeza; si no puedo convencerme de eso, no tendré el valor para seguir viviendo. 

Al principio no podía moverme. No quería moverme. El menor estímulo se propagaba por todo mi cuerpo y la tortura se extendía por horas, o hasta que perdía el conocimiento. En la celda reinaba la oscuridad, de modo que nuestra única fuente de luz provenía del pasillo cuando dos veces al día abrían la otra puerta. Los demás lo lamentaban, pero para mí fue casi un acto de misericordia que me permitió acostumbrarme más fácilmente a aquello en que me había convertido. Era consciente del peso extra de mi cuerpo, de esa dureza en mis músculos que ya nunca serían los mismos. Mis garras habían sido reemplazadas con toscas tenazas y sentía que mis alas habían sido mutiladas. Cuando la claridad era suficiente, podía apreciar que una coraza carmesí había tomado el lugar de mi piel, despertando en mí impulsos de ira hasta entonces desconocidos. Me habían convertido en algo que ya no era yo; en una criatura deforme que no podía reconocerse y se preguntaba por qué no había muerto aún, por qué hacían esas cosas con ella. Y sólo el hecho de poder asimilarlo poco a poco evitó que enloqueciera más allá del punto de retorno. 

Un día llegaron dos guardias para sacarme de la celda. La mayoría de los sirvientes eran esas sombras sinuosas que exhalaban fuego, y tras arrastrarme hacia afuera me obligaron a andar. Mis movimientos eran torpes y caí al suelo al menos una docena de veces, siempre con sus risas resonando en mis oídos. No fue solo que mis miembros no me obedecían, sino que incluso mis ojos habían cambiado de posición. No entendía dónde terminaba yo ni dónde empezaba el mundo, ni tampoco podía verlo como solía. Habían jugado tanto tiempo conmigo que ya no sabía cómo conducirme a mí mismo, y cuando finalmente estuve frente al alquimista me sentí completamente aniquilado.

—Ahí, ahí, a la refinadora —ordenó sin mirarme, y las sombras me arrojaron hacia una silla de metal con correas. Detrás de mí había un mecanismo que no me atreví a mirar. 

—Hace treinta años me hice con el control de esta isla, y desde entonces ha sido testigo de diversos experimentos. Tú eras parte del más reciente, o bueno, los tuyos, ya me entiendes. Imagina un ecosistema compuesto por solo cinco organismos: en primer lugar está la hierba blanca; una variedad especial que libera una potente toxina capaz de envenenar a cualquiera que trate de consumirla, salvo unas pocas excepciones. Entre esas excepciones elegí a wurmple. ¿Por qué no? Son torpes, pero se reproducen bastante rápido; lo suficiente para suplir las necesidades de los taillow. A estos los escogí porque son pequeños y escurridizos, y aunque veloces al vuelo, no pueden mantenerse en el aire por grandes distancias.  Después estás tú: scyther. De naturaleza violenta, acostumbrado a pelear y morir por el dominio del enjambre. Y cuando lo hacen, las bacterias adecuadas disponen de los cuerpos de wurmple, taillow y ustedes y los devuelven a la hierba blanca en forma de nutrientes, todo ello sin la intervención de ninguna otra especie porque la ceniza volcánica y el aire cargado de esencias no permiten que nada más crezca aquí. Temen a mi atanor, pero no pueden alejarse porque la hierba no crece más lejos ni tienen la fuerza para atravesar el desierto negro en un vuelo; y aún de intentarlo, estarían demasiado exhaustos para ascender más allá de la valla. Un plan excelente, aunque está mal que lo diga, y la isla tiene tal reputación que nadie en su sano juicio se acercaría, pero bastó un solo pokémon desafortunado para poner de cabeza diez años de trabajo. 

Se dio unos golpecitos en la frente y empezó a caminar por el laboratorio, que hasta ese momento me parecía vacío.

—No puedo arriesgarme a que haya más, asi que me vi obligado a depurar la isla. La erupción mantendrá lejos a los curiosos por un tiempo, pero ocho generaciones de scyther y veinte de taillow es demasiado pronto…

—La Sangre de la Luz es caprichosa. La hierba puede absorberla, pero así no sirve de nada. Los wurmple pueden consumirla, pero son demasiado simples como para que pase algo interesante. Ustedes, taillow y scyther, pueden tolerarla solo en cantidades mínimas que deben incrementarse muy lentamente. 

Extendió su brazo para mostrarme lo que había a su lado.

—Estos son sus efectos en un foráneo. 

Creía que ya nada podía herirme; estaba equivocado. Sobre la planta metálica yacía lo que quedaba de Dawn. Su cuerpo se había contraído hacia adentro en un rictus de dolor que fracturaba su espalda. Su piel se había convertido en blancas escamas quebradizas que invadían sus ojos muertos. Sus antenas y sus alas se habían retorcido.

—Los taillow tampoco están rindiendo bien, y siento decirlo, pero eres el último scyther que me queda. O, bueno, lo eras. Tuve que hacerte algunos ajustes en el camino, espero que no te molesten. 

Recuerdo el peso de su mano sobre mi cabeza. Tal vez pude pelear, pero ya no tenía voluntad de moverme y él lo sabía. Ni siquiera se molestó en ajustar todas las correas.

—Vamos a ver si ha valido la pena.

​​​​​

Aemon despertó en la celda que ya conocía. Luego de tantos años había vuelto ahí, pero el miedo había empezado a agotarse. Ahora todo lo que sentía era pena, y las dos frías lágrimas que bajaron por su rostro daban fe de ello.

«Dawn».

Era el fin, lo sabía. Al menos estaba solo de nuevo. Nadie más tendría que soportarlo. No tendría que añadir el recuerdo de otro cadáver a su colección de pesadillas. 

—¿Ya estás despierto?

Alguien habló. Alguien habló dentro de su celda.

—¿Quién está ahí?

Sus ojos se acostumbraban lentamente a la oscuridad, pero sintió que lo engañaban cuando encontró al origen de la voz. Era un humano adulto, anciano y replegado contra la pared. Vestía una sucia túnica raída y su largo cabello blanco estaba sucio y revuelto, pero lo que llamó su atención fueron sus ojos. Ojos azules como esquirlas del cielo que miraban fijamente dentro de él.



Próximo Capítulo: Ojos Azules
[Imagen: JCEDJoJ.png]
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#62
No puedo evitar decir que este es el mejor cap del fic hasta la fecha y una de las mejores cosas que has escrito; la narración es muy buena, me gustó el tema de los colores que le da un toque novedoso a la ambientación de ese lugar tan hostil como era la isla, el pequeño "clickbait" del viaje en el tiempo que te aventaste en el resumen del capítulo fue hermoso y bien traído porque cuando vi a lo que te referías en realidad no pude más que sentir mucha ternura.

El simbolismo de los taillow, que aunque sean más fácil de cazar en bandadas que en solitario siguen unidos, y el como lo relacionaste con la barca, fue algo esplendido. Dawn resultó ser un personaje interesante, aunque tardé un poco en pillar su especie porque pensé que era un insecto al igual que el buen de Aemon, pero eso más que nada fue mi culpa. No obstante, tampoco sirvió de mucho que me quebrara la cabeza porque ya esta morido, es una lastima lo que le pasó al final.

En resumen, muy buen capítulo, valió la pena esperar. Estoy ansioso por ver lo que sigue.
[Imagen: FsUUXVs.png]
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#63
Hablare de forma sincera, por un segundo me confundí. ¿Hablaba del presente o de un flashback? Luego volví a hagarrar el hilo y vaya :x. Y espera, el ultimo wey que mencionaste es Az???
Master Weasel. Es esa sombra extraña que te sigue en la cueva 
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#64
Me parece muy interesante ver el pasado de Aemon a través de sus sueños, estando inconsciente. Nunca supe qué pokémon era Dawn, me dio pena que haya muerto. Ese Hyperion se merece lo peor, se veía muy aterrador en esa descripción, pero por qué demonios es tan poderoso, tiene a todos esos pokémon a su disposición, pero me pregunto cómo comenzó experimentando. Tal vez lo sepamos más adelante. Esperaré muy pacientemente el siguiente capítulo. Besos.
[Imagen: giphy.gif]
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#65
Yaaas, por fin puedo volver a retomar esta maravilla de fic  [Imagen: pikaowo.png]  y omg qué nos encontramos. Aemon incluso muerto de miedo no se achanta y le planta cara al greninja, héroe. Me sorprendió la aparición del príncipe pero al verle combatir por un momento pensé que acabaría con el greninja, me equivoqué. Estoy perdiendo mis dotes de vidente. Luego vemos que cuando huye con la squad destruyen la ciudad, no voy a mentir me dio algo de penita, sobre todo cuando leí esto:
 
(09 Oct 2019
03:28 AM)
Maze escribió:
Cuando los meteoros incandescentes bombardearon la ciudad, supo que era demasiado tarde para correr.

No hay peor cosa que darte cuenta de que no tienes tiempo para huir </3.

Por último, vemos que el greninja consigue llevarse a Aemon y el próximo cap se titula El Alquimista... esto se vuelve cada vez más interesante. Esperaré pacientemente  [Imagen: toto.jpg]
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#66
Pobre Aemon, fue testigo de ver a sus seres queridos siendo asesinados por el capricho de un lunático. Pero bueno, eso solo es motivación para querer venganza.
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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#67
Bueno, me chuté una buena panda de capítulos; y aun me quedan tres por leer.

A pesar de los toques de comedia por aquí y por allá, se me hicieron pesados a pesar de que aún así me aventé un buen cacho; quizás es porque ya es noche y mis ojos no están en buena forma, quién sabe. Peroooo, aun con todo, no puedo dejar de leer; quizás porque de una u otra forma, me recuerda más a The Witcher que a Juego de Tronos y quizás esté influenciado por haber terminado la serie, pero no entremos en esos detalles.

El lore no voy a decir que es muy agradable a la vista (?), sobre todo cuando cae como ríos sobre el lector y hay un montón de cosas pasando. Como aún me falta por leer, no se si en estos tres capítulos se llega a un punto en común; pero pues me imagino que es necesario, es decir, no estaría ahí si no lo fuera. Y espero ver a que lleva toda esta omninosidad y misterio.

Sé que debería ser del team Aemon y Albor, pero el Greninja del último cap que leí me agradó bastante; él y su panda de amigos, maleantes, lo que sea. Así que de momento seré Team Greninja porque pintan a que van a tener un peso, al parecer antagónico y las cosas se van a poner feas para los protas. No quiero que les vaya mal al trío central, pero por alguna razón gravité más hacia él que al team Aemon.

Also, el Tangela raro/maestro me lo imaginé como una cosa demasiado adorable, no me extrañaría que por eso Rodia lo haya abrazado como si fuera un peluche.


Espero leer los tres capítulos faltantes y para entonces, dejar otro comentario.

Dije que leería el fic y aunque me tardé, cumplí lo prometido (?).
[Imagen: iSs3j2Q.jpg] 
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#68
¡Buenas! Ya me había tardado casi un año en terminar de leer, esto lo empecé como en... Octubre - nov. del año pasado y recién hoy lo terminé de leer... Casi nada.
¿Y que me pareció la dupla 9 - 10? Pues... Francamente son los que menos me están gustando de momento. No digo que le falten cosas buenas y de interés, sobre todo la locura que es el principe podiendo pelear de tu a tu con un pokemon y sobre todo los orígenes de nuestra garrapata acorazada, pero siento los capítulos más densos de los que debería, más marcado en el 9 con la batalla del príncipe que creo sobra la mitad porque casi todo nos queda claro en la primer mitad. Al menos es percepción mía, me dio cierta ternura Aemon en sus inicios y su compañera Dawn es una sonrisa que hay que proteger. Además de la aparición estelar de Hyperion que hace a ciertas cosas al rededor de su figura que cobren cierto sentido. 

Sin más que decir nos leemos en otra dude.   
 
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