Longfic- Frecuencia Nocturna

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FranquiciaOriginal
GéneroSuspensoTerror
Resumen
#1
1
Tom llegó a casa decepcionado, la entrevista de trabajo había sido un éxito, pero no como él lo esperaba. Cuando respondieron a su correo, la idea de laborar en la gran torre de radio de Pueblo Lavanda lo llenó de emoción. Pero toda aquella carga positiva cayó al piso cuando le anunciaron que, de aceptar el empleo, debería cubrir el lúgubre y aburrido turno nocturno. El hecho de que el anterior disc-jockey hubiese dejado la vacante luego de colgarse en la misma cabina donde le tocaría pasar las noches tampoco alentó sus ánimos.  Sopesó por un momento la idea, y la verdad era que no había muchas opciones para elegir. Terminó por forzar una sonrisa y estrechar la mano de su empleador. ¿Qué podía salir mal? Por muy macabras que fueran las circunstancias de su deceso, un muerto no podía hacerle daño ¿Cierto?.  
 
Regresó cabizbajo y con el orgullo herido. Antaño había sido uno de los disc-jockey más aclamados de Kanto, con una voz hecha para embelesar al público y un gusto musical variado y refinado. Condujo varios programas radiales de gran éxito y llegó a labrarse una buena reputación en el mundo de la radiodifusión. Pero la vida es una ruleta inestable con bajadas prolongadas, y la ola de tecnología moderna, sumada a su incapacidad de adaptarse a las nuevas tendencias, habían terminado por dejarlo fuera del juego. Viendo el vaso medio lleno, el turno nocturno no era lo peor que le podía pasar. Al menos tendría algo de pasta para sobrevivir y, salvo los desvelos, el trabajo no era en lo absoluto complicado.
Encendió la televisión, se repantigó en el sofá y comenzó a fumar, tratando de dejar de lado la decepción.
— Carol Denver de tres años se une a la lista de niños desaparecidos en los últimos cuatro meses en la comunidad de Pueblo Lavanda. — Dijo la presentadora del noticiero. A un lado de la pantalla estaba la fotografía de la pequeña; Llevaba un vestidito de tule rojo. Tenía el rostro redondo, ojos verdes y rizos dorados. Su sonrisa era radiante, aunque le hacían faltan un par de dientes de leche.  — Las autoridades han hecho esfuerzos imposibles para dar con el paradero de los cuatro niños extraviados; Jeff Larson de seis años, Laura Harris de cuatro, Sarah Walker de tres, y la recién añadida a la lista: Carol Denver. Si tiene alguna información de los pequeños no dude en comunicarse con las autoridades de la localidad. — Una lista de números telefónicos apareció en un cintillo bajo la presentadora, al tiempo que las fotografías de los niños restantes se unían a la de Carol.
Tom apagó el televisor y exhaló una bocanada de humo. — Como si necesitara más noticias deprimentes — Musitó.
 
2
En Pueblo Lavanda las noches siempre son frías y huelen a lluvia, sin importar la época del año. La gente parece percibir cosas entre las sombras que caen cuando el día comienza a morir. Es como si un manto funesto de magia oscura arropara a la ciudad, haciendo que los fantasmas y demonios salgan a hacer de las suyas.
 Bill se asomó por la ventana de la habitación. Afuera, el viento arrancaba gemidos lúgubres y tristes a los robles que se mecían perezosos y chirriantes. La luz de la luna daba de lleno en el rostro del niño, que admiraba con horror la mole de acero y hormigón que se cernía sobre las casitas y demás edificios de la ciudad. Era la torre de radio. Ella lo miraba, alta e imponente, con una decena de ventanas como ojos brillantes en medio de la noche. Su cúpula grisácea rozaba las nubes y sujetaba la antena parabólica por donde emitía su nefasta frecuencia. El pequeño Bill estaba casi seguro que todos los males acaecidos sobre Pueblo Lavanda provenían de allí.
Tenía nueve años, casi estaba en la edad de iniciar su viaje, pero aun así sentía miedo, mucho miedo de aquello que se estaba llevando a los niños del pueblo. Conocía, como todos, la leyenda de la maldición de la torre. “Demolieron el antiguo cementerio Pokémon para construir esa estúpida radio. No debieron perturbar a los muertos, ahora ellos se están vengando de nosotros”, pensó Bill, angustiado. Apartó la vista de la ventana y miró el pequeño radio-reloj que tenía en la mesita de noche. Los grandes números digitales rojos marcaban las 11:59. “Pasará de nuevo, siempre pasa a esta hora. Primero fue Carol, y nadie le creyó. Ahora seré yo, y nadie va a creerme tampoco”.
Las lágrimas casi le brotaron de los ojos y la garganta se le cerró cuando el aparato por fin dio las doce. Todo pareció sumergirse en un silencio intranquilo cuando los números del radio-reloj cambiaron. Afuera, el viento dejó de silbar y los robles ya no crujían. Dentro de la habitación, el único sonido que Bill podía escuchar era el latido acompasado de su corazón. Tutumm…tutumm…tutumm. La banda del radio comenzó a moverse sola, paseando de un lugar a otro, emitiendo el característico ruido sucio de las emisoras sucediéndose velozmente, como si alguien estuviera intentando sintonizar sin éxito. Tutumm… tutumm… tutumm. Bill se echó hacia atrás, sollozaba, pero aquel ente invisible no cesaba de atormentarlo.
La banda dejó de moverse y una voz distorsionada y ronca emergió de la radio. — Hola Bill. ¿Me has echado de menos? Porque yo sí. Carol te envía saludos. — La radio cambió de sintonía.
— ¿Hermanito? — La voz de la pequeña Carol sonaba asustada y confundida. — ¿Dónde estoy? Ayúdame, hace mucho frío aquí.
Bill se desmoronó y cayó sobre sus fondillos, gimoteando de terror.
Una música tétrica comenzó a sonar. Era lenta pero constante, con notas agudas y distorsionadas que sumergían el ambiente en una bruma de tristeza y desesperación. La voz ronca comenzó a cantar sobre la melodía;
 “Ven pequeño, ven conmigo.
Seguro y feliz estarás.
Lejos de casa ahora huiremos,
Conmigo diversión tendrás.”
 
El mundo de Bill comenzó a oscurecerse, la música a ralentizarse y el miedo a disiparse. La habitación dejó de existir y se tornó en un vació penumbroso y frío. De pronto, la voz no sonaba amenazante. Era dulce y atrayente, y Bill sentía la necesidad de obedecerle. Se puso de pie y caminó sin voluntad, como un títere movido por hilos invisibles. Dio unos pasos, pero entonces, una fuerte luz y la voz de su padre lo sacaron del trance.
 
— Bill, ¿Qué haces?
El chico sintió como si recién se despertara de un largo sueño. La habitación volvía a estar poblada de objetos y color. Vio a su padre desconcertado, con la mano en el interruptor de la luz. La brisa de la noche le golpeó el rostro haciéndose acompañar por ramitas secas y hojarasca. La ventana frente a él estaba abierta de par en par. Tenía el pie en el alfeizar, listo para saltar al exterior. Si hubiese estado en un piso alto cualquiera lo habría confundido con un suicida. Por suerte el suelo del patio estaba a escasos centímetros de la ventana. Las lágrimas volvieron a llenarle los ojos y el miedo volvió a abatirle.
 
— Viene por mí papá — dijo Bill, entre sollozos. — Igual que vino por Carol.
 
El hombre avanzó hacia el chico dando grandes zancadas y lo abrazó. Sintió la humedad de las lágrimas de su hijo mojándole el pecho. El muchachito sollozaba incontrolable, gimoteando una y otra vez: — ¡Vendrá por mí!, ¡Vendrá por mí! — Y al alzar la vista, como si de un funesto augurio se tratase, El padre pudo ver la torre de radio irguiéndose entre las sombras, riéndose de ellos, con su decena de ojos luminosos mirándolos desde arriba. El viento sopló de nuevo y los árboles chirriaron uniéndose al llanto de Bill y engendrando una canción triste cuyos ecos parecían reproducir las palabras de aquella voz ronca y distorsionada: — “Ven pequeño, ven conmigo. Seguro y feliz estarás”.
 
 
3
 
Tom despertó a eso de las diez de la noche. Aún no se acostumbraba a dormir durante el día pese haber estado practicando toda la semana. Había pasado las noches divagando, fumando y escuchando viejas canciones que le recordaban las glorias pasadas, y aun así no se terminaba de adaptar a la vida nocturna.
 
Tenía cuarenta y cinco años, pero el mal vivir y la excesiva amargura con la que transcurrían sus días lo habían envejecido prematuramente. Su rostro estaba lleno de finas arrugas y el cabello castaño, que llevaba largo hasta los hombros, comenzaba a ralearse y a encanecer. Sus ojos azules y tristes parecían dos gemas brillantes incrustadas sobre grandes bolsas violáceas. Era flaco y bastante alto, y se desplazaba con un andar pesaroso, como el de un perro apaleado.
 
Se llevó un cigarrillo a la boca. Inhaló el humo y exhaló una bocanada que sonó como un suspiro cansado. Se puso los mismos vaqueros que había usado el día anterior, se calzó con unos mocasines café, se puso una camisa verde a cuadros y una chamarra de mezclilla con cuello de Mareep, y salió a la intemperie. Afuera, la noche lo recibió con un beso frío que lo hizo arrebujar las manos en los bolsillos de la chamarra. La calle estaba desolada y los árboles que bordeaban el camino ocultaban extrañas creaturas ululantes que dejaban ver solo el brillo amarillo de sus ojos rapaces. — Diablos, de noche este maldito pueblo sí que da miedo. Debí largarme cuando tuve la oportunidad — Refunfuñó Tom mientras seguía su camino, amparado por la débil luz amarilla de las farolas que apenas y espantaban las sombras. A lo lejos vio su destino: La torre de radio.
 
— ¡Demonios! ¡Pero si es el mismísimo Thomas Tarly! — Exclamó con algarabía el chico, mientras sacudía con violencia la mano de Tom. — Viejo, yo crecí escuchando tus programas.  Tú eres la razón por la que ahora me dedico a esto.
“A mí no me culpes de tus malas decisiones”, pensó Tom con amargura. Estaba algo desconcertado. En realidad se esperaba un recibimiento menos cálido.
 
— Me llamo All Johnson, pero puedes llamarme A.J — El chico que lo esperaba en la recepción no aparentaba más de veinticinco años. Vestía un Hoddy negro y una camisa del mismo color con un Gengar sonriente estampado en ella. Llevaba indumentarias punzantes en las muñecas, las uñas pintadas de morado, y el cabello oscuro y revuelto como el plumaje de un Murkrow.
 
“Que original”, quiso decir Tom. En lugar de eso fingió una sonrisa y respondió: — Mucho gusto A.J.
 
— El gusto es mío— dijo el chico con cortesía. —Verás, el jefe me pidió que te diera la inducción. Yo conduzco el programa de “Historias para no dormir”. ¿Lo has escuchado?
 
Tom negó con la cabeza. — No soy muy fanático de las historias de terror. No me gustan en lo absoluto.
 
A.J soltó una carcajada estentórea, como si aquello hubiese sido el chiste más gracioso del mundo. — Pues te tocará cogerle el gusto, en pueblo Lavanda siempre se siente como si estuviéramos en una historia de terror. Acompáñame, te mostraré el lugar.
 
 A Tom no le gustó para nada el tono que utilizó al soltar aquella frase. Quiso preguntarle a qué se refería, pero sabía de sobra que le saldría con el cuentito de los espíritus iracundos de los pokémon exhumados que habitaban la torre. O peor aún, Lo trataría de asustar con alguna historia loca sobre el chico que se suicidó en la cabina que ahora sería su lugar de trabajo. Asustadores pretenciosos los había por montones en Pueblo Lavanda, y no pensaba perder el tiempo con A.J.      
 
Subieron en el ascensor hasta el noveno piso. Cuando las puertas se abrieron, Tom sintió como si entrara en una dimensión diferente. Habían dejado abajo un lobby amplio de paredes blancas, bien iluminado y custodiado por algunos guardias de seguridad. Ahí arriba no había más que un estrecho pasillo solitario y oscuro, bordeado por oficinas con paredes de vidrio y la única luz que guiaba el camino era la que provenía del interior del ascensor.
 
— ¿Problemas con la electricidad? — preguntó Tom, algo sarcástico.
 
— Nah. Es una vieja costumbre que tenemos aquí en la radio. Un juego estúpido para probar el valor. — Tom lo miró intrigado. — El interruptor está del otro lado, en la cabina. El penúltimo en salir apaga las luces y se obliga a hacer el recorrido a oscuras hasta llegar al ascensor, así el que viene al último turno también tendrá que hacer el recorrido a oscuras para llegar a la cabina.
 
— ¿Acaso son unos críos? — Dijo Tom, mientras echaban a andar.
 
— Yo que sé — respondió A.J, encogiéndose de hombros. — Yo no inventé el juego.
Dieron unos cuantos pasos, adentrándose en las sombras.
 
— ¿Y Víctor participaba de ese juego? — La pregunta salió disparada como una flecha certera, mucho antes de que Tom se percatara de su falta de tacto.
 
El rostro de A.J se contrajo en una mueca que Tom no supo apreciar ya que la puerta del ascensor se había cerrado sumergiéndolos en la total oscuridad.
 
— Sí, también lo hacía — respondió una voz entre las sombras. Cierta rigidez se notaba en ella. —Vic era un tipo bueno ¿sabes?, la gente habla mucha mierda sobre su suicidio. Que si tenía problemas mentales, que si en la radio lo tratábamos mal, que si los fantasmas de la torre lo llevaron a colgarse. Hasta lo vinculan con la desaparición de los niños. Sí, la gente habla mucha mierda con respecto a los temas que no comprende. Pero no, Víctor era un tipo común y corriente. Era un tío legal, un poco raro y solitario, y en los últimos meses se volvió aún más callado y ensimismado, pero era un tío bueno y normal. No merece que hablen así de él.
 
Tom trastabilló en las sombras, tanteó la pared de la izquierda con la mano y se incorporó. — Lo siento, no debí…
 
— Está bien — interrumpió A.J y todo quedó en silencio.
 
De pronto, a Tom el camino se le hizo inmensamente largo, y comenzaba a entender porque cruzar aquel pasillo a oscuras era una prueba de valor. Una cosa era caminar por ahí charlando y en compañía de alguien, y otra muy distinta ir en silencio escuchando tus propios pasos y viendo la sombra tenue de tus movimientos en los vidrios. El ambiente se tornó pesado y algo frío, sintió que podía palpar la soledad aun sabiendo que tenía al chico al lado. Se esforzó por no llamarle pero al final cedió. — ¿Cuánto llevas trabajando aquí, A.J? — No hubo respuesta. — ¿A.J? — Tanteó a la derecha pero nada, estaba solo. — Vamos deja el jue… — sintió como una mano flaca  lo tomaba por el codo. El escalofrío traspasó la chamarra de mezclilla y le subió hasta la nuca.
 
Una voz rasposa y susurrante habló. — Vamos Tom, ven con nosotros y haremos de ti un creyente.
 
El hombre casi cae al suelo del susto. Las luces se encendieron de golpe exponiendo su rostro blanco como el papel. A.J lo sujetaba con una mano, y con la otra había encendido el interruptor. El chico se carcajeaba al borde del llanto.
 
— ¡Eres un crio de mierda! — exclamó Tom, soltándose del agarre con violencia.
 
— ¡Debiste ver tu cara! ¡Tú expresión valió oro!
 
— ¿Cuál es tu maldito problema?
 
— Vamos, tómatelo con calma, solo fue una broma. Además, te lo merecías.
 
Tom no podía argumentar nada contra eso, se había ganado a pulso la broma.
 
— Ya. Bueno, muéstrame entonces.
 
Ambos entraron a la cabina. El lugar era bastante pequeño, con apenas espacio para un taburete alto, un escritorio que tenía un ordenador, un teléfono, una consola y un micrófono con filtro circular. El piso y las paredes estaban alfombrados para evitar la filtración de ruidos.
 
— Bienvenido a tu lugar de trabajo. — Dijo A.J. — Espero que hayas traído un libro o algo con que entretenerte, las horas aquí pasarán muy despacio. Tu trabajo es sencillo. En el ordenador hay un listado de canciones, pones la playlist aleatoriamente y ya. Recibirás un  par de llamadas con algunas peticiones de los camioneros o taxistas que trasnochan. Contesta y complace las peticiones. Cada media hora tendrás que salir al aire, poner tú mejor vos de locutor y dar la hora. Te dejaré mi número de celular por si tienes algún problema. — el chico garabateó los números en un papel que dejó sobre la mesa.
 
Tom asintió ante todas las indicaciones, revisó la lista de música y se dispuso a trabajar. A.J Se despidió, apagó el interruptor de la luz del pasillo y caminó a oscuras. Por varios segundos el chico se perdió en la penumbra, hasta que el elevador se abrió y mostró su silueta a contra luz despidiéndose con un gesto de la mano. Tom hizo lo mismo, hasta que las sombras volvieron a llenar el pasillo. Por un largo rato, el disc-jockey miró fijamente un punto en la oscuridad. Sintió como si algo lo observara desde ahí. Quizá alguna creatura cósmica, como en aquellos cuentos sin sentido que escuchaba cuando era niño. Quizá ahí había un ser de tentáculos inquietos que reptaba en aquella boca solitaria y mortífera que era el pasillo. — Tonterías — masculló. Puso algo de música para él y la audiencia de noctámbulos que seguro le escuchaba, encendió un cigarrillo y se acomodó con los pies sobre el escritorio. A.J tenía razón, sería una noche muy larga.
 
A eso de las doce menos cinco, Tom alzó la vista. Se había fumado una cajetilla de cigarros en un lapso de cincuenta y cinco minutos. También respondió un par de llamadas; una de un ebrio sin oficio, y otra de una pareja de amantes que había decidido llamar a la radio pidiendo Wonderful tonight. “¡Vamos! ¿Es que acaso no tienen música para follar en el móvil o en el ordenador?”. Aquello le pareció a Tom un acto de suma descortesía. Mira que venir a restregarle en la cara que iban a tener sexo, mientras él se aburría de lo lindo en aquella solitaria cabina. De pronto, se imaginó a los amantes anónimos arrebujándose entre las sábanas, llenándose de besos y caricias incendiarias. ¿Hace cuánto tiempo no lo hacía con alguien, ni siquiera pagando? “Desde que Helen se fue”, se respondió con amargura. De pronto los amantes sin rostro adquirieron nombres y forma. Se recordó amándola, siendo feliz entre los orgasmos y suspiros. Una punzada de pasión y remordimiento le atravesó el cuerpo. “Si tan solo no hubiera sido tan necio. Si tan solo no me hubiera amargado la vida. Seguro ella seguiría conmigo”. Fue entonces cuando miró hacia arriba, y lo que vio lo hizo olvidarse de Helen.
 
En el cielo falso pendía una viga de aluminio algo torcida, como si hubiera cedido a un gran peso. “De ahí fue de donde se colgó”. La revelación de aquel hecho le hizo palidecer. Las luces de la cabina parpadearon. Bajó los pies del escritorio, y se levantó de un salto. — No seas crío Tom, solo fue un leve bajón eléctrico — se dijo para tranquilizarse.
El suicidio de Víctor había tenido una reacción fría por parte de la comunidad de Pueblo Lavanda. No era para menos, en aquellos días las autoridades estaban más preocupadas de dar con el paradero de los niños desaparecidos que por la muerte de un chico inestable. Hubo quienes lo culparon de secuestrar y asesinar a los niños. Decían que no pudo soportar el remordimiento y que por eso se había colgado en la cabina de radio, sumando así un eslabón más a la tenebrosa cadena de leyendas que rodeaba el lugar.
 
Y ahora Tom estaba ahí, justo en el lugar donde el buen Vic había pasado su última noche balanceándose, con la piel azulada, los brazos resignados y la cabeza ladeada, como si mirara algo curioso más allá de las paredes. Tom estaba seguro de estar en la posición exacta, bajo el sitio donde debió colgar el cadáver. Casi podía sentir las uñas de los pies del muerto rascarle la coronilla. Dio un paso a la derecha, no quería por ningún motivo continuar bajo aquella remembranza de fatalidad. Estuvo un buen rato mirando fijamente la viga torcida, pensando en Víctor y los motivos que tendría para hacer aquello. Quizá y esa fuera la mejor solución para su vida. Una buena soga y un nudo corredizo acabarían con la miseria.
[Imagen: cube-2.png]
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#2
(14 Jul 2021
02:39 PM)
Allister escribió:
— Viejo, yo crecí escuchando tus programas.  Tú eres la razón por la que ahora me dedico a esto.
“A mí no me culpes de tus malas decisiones”, pensó Tom con amargura. Estaba algo desconcertado. En realidad se esperaba un recibimiento menos cálido
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

El mejor diálogo del mundo. Esto vino tan de la nada en una historia de terror tan oscura que, diablos, diablos. Fue hermoso.

Hablemos del relato en sí. Me gustaría acuñar algún término para estos fanfics que de fanfics tienen sólo el nombre. Relatos originales que nada tienen que ver con Pokémon salvo un par de nombres que podrían intercambiarse fácilmente por cualquiera que se ocurra. Llámese Insmouth, llámese Salem, llámese Gravity Falls. Debería ser más purista en estos aspectos, pero cuando me encuentro un relato como este sólo puedo pensar en un autor que quiere exponer su trabajo, luchando contra las cadenas que me implica poner un par de esos nombres porque los fanfics siempre son preferidos sobre los originales. Y en ese caso, como lector me corresponde juzgar lo que veo como lo que es: una creación original.

Tu prosa sigue siendo tan buena como siempre, aunque en esta ocasión sentí que fluia mejor. En general las escenas en verdad logran generar una inquietud creciente y una sensación de peligro conforme se lee. Bastante bien logrado por ese lado.

Por el otro, y siento decirlo, es que no se siente como un relato sino como dos o tres historias distintas. Casi como si dijeras "voy a experimentar al máximo a ver qué puedo escribir de terror", teniendo buenas escenas que se sienten bien, pero desconectadas, sin formar un verdadero hilo narrativo que conecte las escenas. Tal vez hubiera funcionado mejor como algo más largo o en más entregas, no lo sé. Pero sin duda juega bastante bien con las emociones y el cierre de Tom, aunque anticlimatico, tiene bastante gracia.

Un gusto verte de nuevo.
Meri no encontré un buen gif del lobito así que toma dos mapaches.
[Imagen: HQQLgVO.gif]
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