DonnaFanfic Colección- [Don Quijote de la Mancha] El Tomo Perdido del Ingenioso Caballero de la Mancha

Extensión
Extension largaColección
AdvertenciaOG
#1
Mostrar Nota
El otro día estaba aburrida e hice esto por los loles. Difiere un poco de la versión que escribí hace unas semanas, pero en fin, que no se note la influencia del colectivo por el lugar en donde están y por la trama del capítulo
​​​​
Capítulo I
 
Donde se cuenta lo que pasó don Quijote en una campiña.
 
Cuenta Cide Hamete Benengeli, celebérrimo autor de esta verdadera historia, que estando un día don Quijote en una campiña, vio a lo lejos un espantapájaros que allí delante se parecía; y en viéndolo, llamó enseguida a voces a su escudero Sancho, que había tomado la ocasión para darle de comer al rucio. Pero, al ser este acosado de los muchos llamados de su amo, picó su jumento y presto se llegó a do él estaba; el cual, al verle llegar, le dijo:

—¡Ea, Sancho amigo, buen suceso se nos apareja!, porque ves allí, atada a aquel madero, a una muy vieja y malvada bruja, de quien sospecho es aquella misma encantadora que me ha desgarrado de mis libros de caballería, porque va en el mismo hábito que la desconocida Urganda, famosa por vestir esas tan negras y sombrías tocas; y pues, doy fe en que se le ha dado deliberadamente en vestirse como ella, a fin de seguir echándole pullas a mi ya tan burlado ingenio.

Sancho, que todo lo oía, echó a mirar hacia donde su amo le decía, y vio que llevaba razón, con la diferencia de que no era bruja lo que a aquel madero estaba atado, sino un espantapájaros, que como era usual en aquellos campos de sembradura, vestía una muy negra esclavina que le daba aquella espantosa apariencia. Con esto, y sin echar a ver una segunda vez, por intentar dar crédito a lo que don Quijote decía, respondiole:

—Brujas, no veo yo ninguna; mas espantajos, veo uno allí tan feo que me embruja el alma. Tampoco sé quién sea esa «hurgada» que vuesa merced dice, pero, si me da licencia, puedo llegarme hacia allí y mostralle que no es encantadora ni encantadoro, sino un muñeco de paja, que eso se hecha a ver a dos leguas.

—¡Válame Dios, Sancho! —replicó don Quijote—. ¿No ves acaso el gran peligro que demandaría tal hazaña? ¡Espabila, rufián, y no te quedes tan livianamente prendado a las engañosas tretas de los encantadores! Que ya hablar contigo es como predicar en el desierto; y así pues, da lo mismo que vieras bruja, espantajo o muñeco de paja, puesto que los profesores desas artes oscuras pueden tomar la forma que ellos quisiesen, y aún si puedieron engañarme mí, ¿por qué no te engañarían a ti, que eres blanco de todo jaez de encantadores, por ir al lado de tan valeroso y envidiado caballero? 

—Sobre esas canallas mágicas no sé yo ni un poquito —respondió Sancho—, ni como aldeano ni como escudero; mas como labrador sé decir que aquello es paja y no bruja, y puesto que vuesa merced no me crea, vámonos allí y echémosle fuego, y verá como se da a arder como una estopa.

—Yo así lo creo —respondió a esta sazón don Quijote—, que así como soy mal quisto de encantadores, asimismo lo son ellos de mí. Y con esto, y en esta hora y sobre este campo, que tan blandamente hubo hallado el sol con sus rayos, me las tomaré con ella en menos hechiceresca y más caballeresca batalla, que tan gran favor no podría yo hacerle al mundo. ¡Y aparta, Sancho, que ya me están bullendo los pies por ir!

Admirose Sancho de la mucha locura y brío de su amo, y mas aún cuando vio que, con la lanza ya en ristre, comenzaba a dar de espuelas a Rocinante. Con esto, y con la gravedad que se tiene dicha, comenzó a encomendarse a su señora Dulcinea; y así yendo, con muy desvanecidas palabras dijo:

—¡Oh hermosa Dulcinea, miraros yo quisiera y preguntaros a qué es este dulce tormento que día y noche me acomete, qué es este amor sin tino que por vos yo siento, por qué es este tan áspero y mortal, cuán más tengo yo que sufrillo! A vos me encomiendo, oh señora mía, porque me loes con la fuerza y el brío que necesito para darle felice fin a las peligrosas aventuras que se me parecen, porque estoy a una sola embestida desta mi lanza de quedar libertado de malvados y envidiosos encantadores, que no hacen más que alongar la derrota de mi corazón con el vuestro.

Y en diciendo esto, ya todo encarnizado, arremetió con todo contra el espantapájaros; y en cuanto hizo esto, dio asimismo a través del suelo con tanta fuerza, que se pudo escuchar el crujir de su armadura desde donde Sancho le miraba. Ante esto, Sancho fue enseguida a socorrer a su amo, y vio que estaba malferido, pero no poco ufanado ni orgulloso de haber perforado con su lanza al espantapájaros que a él le parecía bruja.

—¡Jo, señor! —dijo a voces Sancho—; ¿no le dije yo, que no era necesario llevar las cosas a tal grado? Quédese aquí vuesa merced, mientras yo me voy a echar cata en aquella cuadra por algún ungüento.

Oyendo lo cual don Quijote le dijo:

—Ni aún me bizmen ni me entablen mil algebristas, seré yo tan rollizo de espíritu de saber que ya ningún malhabido encantador me ha de acosar jamás.

Ayudole a levantar Sancho y, cuando hubo vuelto las espaldas hacia la cuadra, vio que a lo lejos venían unos cinco estripaterrones con hachas encendidas, de quienes luego conoció era el dueño de la campiña más otros cuatro pajes, y desde lejos se echaba a ver que venían rojos de ira. Sancho, sin querer dar crédito a la verdad que sus ojos estaban mirando, escondiose detrás de su amo; y a esta sazón dijo don Quijote:

—¿A qué le temes, animal descorazonado? ¿Acaso dejarás que los esbirros desta encantadora se las tomen conusco a vengar la sua muerte? ¡Levántate, cobarde, que la fortuna de nuestro mal no harta!  

—¡Oh, señor —respondió Sancho—, en mala hora haya el puto de mi linaje traídome aquí con vuesa mercé a desfacer los tuertos y agravios, y plegue a Dios no acabemos esta aventura cojos y con un ojo tuerto, para así rematar nuestra agraviada suerte! ¡Válame Dios, y con cuán tuertos ojos mira nuestra ventura para traernos así tan de mal en pior!, porque quien en cuadra entró, con pulgas salió, y el dia nublado engaña al amo y al criado, y el que en sí confía, yerra cada día. ¡Oh puta hideputa, que asimismo doy fe que el gobierno de la ínsula es también tuerto y algo cojo, y así viene tardando por andar renqueando!, porque caballero trasquilado, escudero descuidado, y tiempo mal gastado, nunca recobrado, y... 

—¡Por Dios, Sancho! —exclamó don Quijote—, ¿crees ser este un buen momento para ensartar tus refranes? ¡Calla, con Barrabás, y ponte en sazón en lo que entramos en fiero y hechiceresco combate!

Apenas llegaron a ellos el dueño de la estancia con sus hijos, que ninguno pasaba de los diez años, cuando se pusieron todos en ala y presto comenzaron a rodear tanto a caballero como a escudero; y en viéndolo don Quijote, le pareció que aquellos niños eran del mismo tropel que Tembleque el escudero había rechazado, por parecerle que el libertar a aquella famosísima y vieja encantadora no había sido en su pro. Y llevado de esta imaginación, a voces dijo:
 
—¡Oxte, folloncicos, que aun más querráis devolver de la muerte a esta zafia y perversa encantadora, lograrédeslo non!
 
El campesino, que todo lo oía con gran asombro y mayor cólera, respondiole:

—¡Hideputa, bellacos, y qué lío habéis hecho, que habéis echado a perder al menos medio celemín de trigo!

El acabar de estas razones y el huir de Sancho fue un todo; y don Quijote, al ver que se había quedado solo, tomó el hacha de uno de los niños y la arrojó bajo el espantapájaros, y de allí a obra de un momento comenzó a arder con tanto brío, que pronto el fuego comenzó a esparcirse por el campo, llevándose consigo gran parte del trigo. Hecho esto, se subió a Rocinante a mujeriegas, y por el mismo continente huyó de los campesinos, de quienes comenzaron a lloverle voces, insultos y piedras.

—¡Gritad, injuriad, arrojad, acometed, caterva hechiceresca —exclamó don Quijote—, que ni aunque os pesen la fuerza en oro, jamás correrá parejas con la mía, que es en pro de los menesterosos y a la de todos cuantos encantadores hay en el mundo se le aventaja!

Y aquí dejaremos al desvanecido don Quijote, y al desalmado y temeroso Sancho, de quienes aún quedan mil aventuras por ser contadas, que van fuera de los cursos ordinarios que de cualquier historia se ha contado.
[Imagen: hTb8bqQ.png]
 0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0  0
Responder




Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)