Oneshot- El señuelo

ExtensiónOneshot
Extension larga
FranquiciaCoregames
GéneroMisterio
Resumen

Fic participante del concurso de songfics del foro

#1
Songfic inspirado en la canción "Turkish Song of the Damned" de The Pogues
El señuelo

La noche había manchado con sus tintes invernales la sombría y majestuosa fragata que surcaba los mares con diligente armonía. Rowlet permanecía en absoluta vigilia, como si esperase alguna bestia salvaje irrumpiendo el musical reposar de su alma. Sus orbes de rapaz rebrillaban ante el delicado manto lunar; se decía incluso que lo hacían con la intensidad de dos costosas perlas, de inmutable valor. El enano búho patrullaba en aquella perpetua oscuridad en busca de un enemigo humano.

La brisa marítima acariciaba con sus gélidos dedos a los piratas que restaban despiertos en la cubierta, donde las horas de juerga corrían a disposición de su festivo ánimo, combatiendo el frío con robustas botellas de aguardiente y viejas leyendas del océano para mantenerse en velo. Las gaitas y los violines resonaban sobre el desesperante vacío oceánico, y las olas golpeando con ahínco la proa señalando el ritmo con natural precisión.

De la negrura de la cubierta, una sombría figura se acercó hasta la posición de los piratas, y todos restaron en silencio ante su presencia. El individuo mostraba un aspecto inflexible, ligeramente sobrio que no había tenido la noche anterior. Sin embargo, el carácter de su rostro había sido siempre notable. Sus párpados caían con fatiga atenuando la opaca luminosidad de sus orbes, y su barba, azabache y ligeramente salpicada de tiernas y dispersas canas que terminaban de modelar su donosa apariencia. Pendía de su morral un curioso instrumento compuesto de dos gruesas láminas de ébano refinado unidas por un fuelle aterciopelado, aderezado con distinguidas gradas, de aquellas que componían sus trazos a partir de cruces y aspas sometidas a altivas ilustraciones de escudos de armas, felinos de fiero talante, y dragones que esputaban calamidades y catástrofes imposibles de combatir por algún guerrero, por más aptitudes posea en el arte del combate.

— Capitán —pronunció uno de ellos, realizando una pequeña reverencia desde su lugar.

El temible capitán Lawrence había decidido unirse a la juerga.

Rowlet se mantenía tieso, atiborrado de virulenta fogosidad, con una discrepante y caótica diligencia; la abrupta aparición de aquel individuo nutría su espíritu de fugaces recuerdos que no era capaz de concebir, de digerir. Aún así su brumosa mirada de rapaz recubría de un manto de inocencia su interno perecer. El vehemente deseo de verle y la extraña familiaridad de su semblante excedían su enmarañada imaginación; aunque en sus maneras encontraba inconsistencia, incoherencia, y un sonoro perfume ataviado de fulgentes tintes de agonía.

La cubierta donde se hallaban era muy amplia. Tenía un mástil largo, estrecho y puntiagudo, y a distancia tan grande desde el piso de roble negro, que resultaba absolutamente inaccesible a la vista dentro de aquel níveo manto nocturno. Débiles fulgores de luz carmesí se abrían paso a través de los cristales enrejados que rodeaban la cabina y áncora, donde los lacayos y el nimio rebaño descansaba; era costumbre incorporar al navío pokémon de diversas especies, entre ellos había un hercúleo Machoke y un Beldum, que asistían el trabajo pesado e incluso aquel que resultaba inasequible para el intelecto humano.

— ¿Leyendas piratas, eh? —retumbó su voz grave

Lawrence se acomodó junto a sus camaradas en la fría madera del suelo de la cubierta y, después de dar un generoso trago al ron para aclararse la garganta, observó a los piratas con sus ojos oscuros y aterradores, llenos de malicia. Dijéronle que se acomodara a su gusto, y él descubrió que le habían preparado un almohadón para sentarse; en cuanto se ubicó, tomó su instrumento apeándolo a su mano diestra, donde depositaba con suavidad las escabrosas yemas de sus dedos sobre los amarillentos botones de una de sus láminas, encogiendo y desencogiendo el fuelle a medida que sus dedos danzaban con el mismo fervor con el que las doncellas lo hacían al zapatear. Todos los demás instrumentos apagaron su voz, difuminando su sonido junto con el ensordecedor silencio nocturno, apagándose hasta parecer un mero susurro del viento. El cadencioso y entrañable soñar de su instrumento invitaba a los pokémon a naufragar ante aquel melodioso trinar.

Para Rowlet, el escenario que tenía por delante era inexistente, etéreo, apocalíptico, una maraña de sentimientos semiagradables imposibles de interpretar con justa seguridad por un poeta; el paisaje era parte de él, fundiéndose con el armónico reposo nocturno. La gélida brisa marítima acariciaba con sus candentes manos su entero plumaje, mientras él permanecía en desesperante quietud, tal como lo había estado los últimos tres meses de naufragio. Las ventanas de sus ojos permanecían vacías, opacas, incapaces de proyectar aquel austero sentir que invadía su espíritu.

Un añoso y oxidado Aegislash (quien en épocas anteriormente referidas solía ser parte del armamento del capitán) yacía inmóvil sobre la ennegrecida cubierta, con la bruma cerniendo pesada sobre los ornamentos de su escudo. Al acercarse las sombras de la noche, se movía con delirio e insistencia, como si cada tanto despertase de un apacible letargo sólo para hallarse dentro de un cuerpo al que no podía manejar; componía también su cuadrilla un arisco Zoroark, quien pasaba semanas amodorrado sobre las mimbreras de la bodega, siendo una que otra noche las que salía a tender bromas a los marinos utilizando su siniestro espejismo.

La voz de un tripulante se dirigió a su capitán con estas palabras:

— Recítanos la historia de vuestro naufragio en la famosa expedición hacia Alola, que por tantas desgracias vuestras almas habéis perecido.

Declamar toda la historia habría requerido la noche entera; Lawrence, por lo tanto, se aventuró a preguntar:

— Siendo la historia tan larga como es, ¿qué parte de ella desea mi augusta audiencia que recite?

Mientras clamaba la siguiente demanda, las olas ambientaban musicalmente aquellos coloquios golpeando con suavidad las metálicas anclas superpuestas sobre el estibor.

Una recóndita voz respondió:

— Recítanos la historia del hundimiento de la nave, que se destaca por su calamitoso desenlace.

Entonces Lawrence elevó la voz y refirió al canto del combate en el mar encrespado, y los sonidos de su concertina imitaban el chasquido de los remos y el bogar de las naves, el zumbido y el susurro de los dardos, los gritos y embates de los guerreros, el crujido del acero sobre los cascos, y finalmente la caída de los cuerpos en el agua.

Haciendo una pausa, Lawrence aspiró de la boquilla de su larga pipa de madera y dejó que el humo impregnara sus sentidos.

— Por aquellos años mis camaradas me tomaban por un hombre bohemio, recio y valeroso que no le temía ni a la oscuridad ni a la ira de las aguas; en aquel momento respondí al nombre de Danny O’Reilly, tripulante de un barco del que se dice que su sola presencia causaba respeto —empezó así a relatar la historia—. Era un marinero corriente, uno más de los que sentía curiosidad por descubrir los secretos ocultos de los océanos… y otros apólogos que nuestros ancestros creían. Mi mayor ambición era la de surcar los mares sin importar los peligros que éstos pudieran deparar en mis travesías, así que llegó el día en que la propia codicia se apoderó de mí… y decidí hacer un pacto con algún errabundo espectro de los que uno solía encontrarse con insistencia durante las frías noches en el muelle (aquellos que en días presentes disfrazan su malicia encubriéndose dentro de pacíficas criaturas, utilizadas para el mero el combate de esparcimiento). Aquella entidad concedió mi deseo e hizo de mi carne algo indestructible ante cualquier amenaza natural.

Lawrence, sujetando la botella de ron entre sus dedos firmes, volvió a dar un trago.

—Para desgracia del viejo Danny, mi propio deseo se convirtió en mi perdición —prosiguió, limpiándose la barba con la manga de su uniforme—. En uno de los viajes, nos enfrentamos a una de las tormentas más violentas que el mundo ha presenciado jamás. Todos los tripulantes, aterrorizados, insistiéronme en hacer retroceder al navío, pero decidí continuar la marcha y, sintiéndome indestructible, me até al timón y empecé a entonar mis afamados cánticos de blasfemias y avaricias, desafiando la ira de los guardianes de los mares. Los propios marineros, presos del pánico, se rebelaron contra mí, y enloquecí de forma tal que, aquella misma noche, dejé que las olas gigantescas, los truenos y los rayos nos asediaran sin compasión alguna. Imaginaos por un momento lo terrible que resultó la escena, ese festín de clamores, de muerte y desesperación en mitad del mar.

Todos los piratas, atemorizados, restaron en silencio ante las palabras del capitán.

— Después de aquella macabra escena, efectivamente, mi cuerpo no naufragó, y los cofres rellenos de maravedís y el oro fundido en tochos fueron míos, aunque bien castigado resulté por mis actos: mi alma fue condenada a navegar sin rumbo y sin posibilidad de tocar tierra firme hasta el día del Juicio Final, dónde recibiré mi sentencia. Quise hallar remedio en cambiar mi nombre, mi identidad, mis ideas, mis creencias; aún así los espectros de los caídos en aquella fatídica noche no han parado de hostigarme, de hablarme, de maldecirme.

Lawrence dio otra larga calada a su pipa ante la estupefacción de los piratas, quienes no pudieron articular palabra alguna, y los observó con cierta picardía. Entonces el capitán miró el escenario que tenía delante —el mar y el sencillo danzar de sus aguas, la bóveda celeste, desnuda, como si hubiera sido trazada por un manto onírico, los ojos de sus tripulantes como ventanas vacías, inertes.

Esto le infundió nuevos ánimos al pequeño rapaz, y pudo maquinar y enlazar sus pensares aún mejor que antes. De la negrura de sus lógobre ojos se difuminaban las sombras de un errático transitar de ideas, de perversos esbozos, de disonante calma. Los tripulantes del navío abandonaron el lugar atenuándose como erráticas partículas que anegaban todo el manto celestial, y ante esto el capitán resollaba asfixiándose ante la espesa bruma. El tocar de los violines y las gaitas parecían un distante y etéreo recuerdo, alejándose como una pesada ilusión ilustrada por vagas remembranzas de austeras dolencias.

El cuerpo inanimado de Rowlet cayó como una roca sobre la cubierta cuando una desgrañada multitud de sombras, liberadas desde el frío y pesado cuerpo del pokémon, invadió el navío revistiéndose junto al umbral de la noche y la altiva presencia del mar. En ese instante, Lawrence sintió que unos dedos de hierro le apresaban las orejas, arrancándoselas. Pese al dolor, contuvo sus gritos, pues el horror de las imágenes que ante él sucedían parecían diluirse y lo tenían embebido en una interminable fantasía.

Y así, los remanentes de aquella pórfida ilusión marítima, de aquel barco que parecía desaparecer como si nunca habría sido pintado sobre el misterioso espacio de la existencia, tomaron su carne junto a su donoso instrumento de ébano macizo, llevándole consigo de vuelta al mar donde las víctimas de su pasada masacre oceánica yacían, o donde quiera que sus atemorizadas almas acontecían de perecer.
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#2
Waaaa... muy bonito. Le pegas muy bien a ese tono de leyenda piratesca de altamar, con fantasmas, maldiciones y toda la cosa. Pega muy bien con la canción y transmite cierta sensación ominosa conforme avanza la historia de Lawrence y el pequeño lechuzo hace sus planes. El final está algo triste, pero acorde a lo que iba pasando.

Un gusto leeros de nuevo.
[Imagen: EdovJGiXkAYqwp4.jpg]
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#3
Bueno, algunos de los que hacen tratos con el diablo (o en este caso, un fantasma) terminan quedándose con éstos mismos. Lawrence no habrá deseado nunca males, pero el orgulló le devoró.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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#4
Hola! estuvo muy bueno y muy tenebroso. Escribes muy bonito. Saludos
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