Oneshot- El Tiempo Cura

ExtensiónOneshot
Extension larga
FranquiciaCoregames
GéneroDramaSuperación
Resumen

"¿Qué es un amigo? Un alma que habita en dos cuerpos"-Aristóteles.

#1
Todo comenzó aquella soleada y despejada mañana en la que salí por la puerta de mi nueva casa en Pueblo Boceto. Después de haber sido despertada por el Fletchling de mamá, de vestirme y de bajar a desayunar, mi madre me sugirió ir a saludar a los vecinos, pero tú y Shauna ya estaban esperándome para darme la bienvenida, justo enfrente de la puerta de calle. Te me habías adelantado con impecable puntualidad.
 
“¡Hola! ¿Qué tal? ¡Bienvenida al pueblo! Me llamo Calem y vivo en la casa de al lado. ¡Somos vecinos!”
 
Y en cuanto volví a parpadear ya había comenzado mi viaje como entrenadora pokémon. A pedido del profesor Sycamore, habiendo escogido como mi compañero de aventuras a un pequeño Froakie y con el permiso de mi madre, me dispuse a ir por toda la región de Kalos para retar a los líderes de gimnasio, reunir las ocho medallas para poder participar en la Liga Pokémon y desafiar tanto a los miembros del Alto Mando como a la indiscutida campeona, la despampanante Diantha. En el camino hice nuevas amistades, conocí muchas especies nuevas de pokémon, trunqué los planes de un demente que pretendía crear un mundo mejor matándonos a todos con un arma de tres mil años de antigüedad, experimenté en persona el fenómeno de la mega-evolución y me terminé coronando como la nueva campeona, derrotando a Diantha en un largo y arduo combate que requirió tanto del esfuerzo de mis pokémon como de mi paciencia y mi perseverancia.
 
“Hemos sido seleccionados de entre todos los niños de Kalos para cumplir una gran misión: emprender una aventura junto a un pokémon y completar la pokédex.”
 
El equipo con el que obtuve la victoria consistía de mi Froakie, ya evolucionado en un ágil y veloz Greninja, una Meowstic que había capturado en la ruta 6 siendo una Espurr, el Aurorus cuyo fósil había resucitado como un Amaura con la ayuda de un simpático científico en el instituto paleontológico de Pueblo Petroglifo, el Bulbasaur convertido en Venusaur que me había obsequiado el profesor Sycamore con su respectiva mega-piedra en Ciudad Luminalia, el Lucario que había recibido por parte de Korrina en la Torre Maestra de Ciudad Yantra y un Noivern que se había encariñado conmigo en la Cueva Desenlace, cuando apenas era un Noibat.
 
“Creo que debo diferenciarme de los demás para sacar a relucir lo mejor de mí mismo. Por eso mismo me gustaría llegar a dominar por completo la mega-evolución.”
 
Pero de todas las personas que fui conociendo y enfrentando en mi camino a la cima, ninguna llegó a ser ni la mitad de especial que tú. Desde el momento en que hicimos contacto visual por primera vez el uno con el otro supe que nos llevaríamos más que bien. Mi intuición me lo decía.
 
“Siendo entrenadores, debemos estar preparados para aceptar el desafío de cualquier otro.”
 
Nuestra charla esa bella tarde en el Café Soleil de Ciudad Luminalia. ¿Cómo podría olvidarla? Me habías invitado prometiéndome que pagarías la cuenta por ambos, y cumpliste con tu palabra como todo un caballero. ¿Cuántas horas nos quedamos allí sentados, conversando para conocernos mejor? Nunca conseguí recordarlo, y francamente nunca me importó. El tiempo parecía transcurrir con mayor lentitud que un Avalugg trasportando a varios Bergmite sobre su espalda mientras hablábamos y reíamos animadamente, como si el universo mismo estuviese tomándose un prolongado descanso y no fuese a seguir avanzando normalmente hasta que nos hubiésemos levantado de la mesa. En aquel entonces te veías tan alegre, tan risueño...tan lleno de vida.          
 
“¿Te gustaría que compitiéramos para ver quién es mejor entrenador? Te mudaste hace muy poco a Pueblo Boceto, y unos días más tarde nos embarcamos en este viaje. Somos vecinos, y creo que un poco de competitividad entre nosotros nos vendría de maravilla para entrenar. ¡Pero te advierto que no soy un rival fácil!”
 
Tu proposición me tomó por sorpresa, pero acepté contenta. Cerramos nuestro acuerdo estrechando manos, y desde aquel día hiciste todo lo que hubiera en tu poder con tal de ser el mejor rival que alguien como yo pudiese encontrar. Aun cuando sabías que mi equipo era más fuerte que el tuyo y que perderías no te dabas por vencido, y seguías alentándome a mejorar con cada combate que librásemos o entre nosotros o contra nuestros nuevos amigos. Me enseñaste a capturar pokémon, a memorizar las máximas que todo aventurero y entrenador debía de tener presentes, y por sobre todas las cosas a no desesperar cuando me hallaba ante una situación que parecía no tener ningún tipo de solución.
 
“Hemos emprendido nuestra aventura juntos y al mismo tiempo, pero tú te has hecho bastante más fuerte. No sé por qué, pero tengo que dar con la razón. ¡Ánimo y dalo todo en el gimnasio!”
 
Incluso cuando gané la liga y fui condecorada como la más fuerte entrenadora en toda Kalos seguimos siendo grandes amigos, volviéndonos cada vez más unidos. Todos los fines de semana salíamos juntos a patinar, a completar juntos la pokédex capturando cuantas nuevas especies de pokémon llegásemos a avistar y a entrenar juntos. Me sentía mal al ver como tus pokémon seguían sin ser rivales para los míos, pero la pena y las dudas que sentía se desvanecían en cuanto veía lo bien que te lo tomabas, cautivándome una y otra vez con aquella sonrisa tan característica que solías presentar. ¿Acaso sonreías para hacerme sentir mejor? ¿Para soportar la amargura de la derrota? No lo sabía a ciencia cierta, más siempre me negaba a preguntártelo de forma directa en un intento por ser lo más respetuosa posible.
 
“Puede que me hayas derrotado de nuevo, pero como siempre dicen mis padres: da todo y luego da más. ¡Seguiré entrenando hasta que te venza! Bah, a quién le importa si he perdido, ¡Ha sido una batalla tan buena como todas las anteriores, Sere!”   
 
Siempre me sonrojaba cada vez que me llamabas por aquel apodo. Seguro, Shauna, Trevor y Tieruno también lo usaban periódicamente conmigo. Pero había algo en la forma en la que lo decías que me hacía estremecerme, como si de pronto volviese a ser esa niña de cinco años a la que todo le parecía maravilloso mientras correteaba alegremente por el prado de Pueblo Aromaflor, con papá tratando de frenarme. En aquel entonces no comprendía bien el porqué de ello, por lo que decidí ignorarlo, imaginando que solo se trataba de una sensación pasajera. Viéndolo en retrospectiva, quizás debí haberme dado cuenta de lo fuerte que era el vínculo que nos unía el día en que nos llevamos la grata sorpresa de que nuestros Meowstic estaban enamorados el uno del otro.
 
“Oye, ¿Qué te parece si esta noche vamos a acampar? ¡Será divertido dormir por una vez bajo las estrellas!”
 
Jamás olvidaré aquella calurosa noche de verano. Estábamos los dos metidos dentro de tu carpa recién armada, contando desde nuestro escondite cuantas estrellas hubiesen en el firmamento. Como parte de nuestra apuesta, el perdedor tendría que meterse al día siguiente en la Mazmorra Rara de la Villa Pokémon y atreverse a ver si los rumores sobre un extraño y muy poderoso pokémon que llevaba tiempo viviendo dentro de ella eran ciertos, y como tú eras mucho más rápido terminé perdiendo. Fletchling nos hacía compañía revoloteando alegremente sobre nuestras cabezas, buscando insistentemente que le diésemos algo de atención. Pero mi mente estaba demasiado distraída para ello, escuchando con sumo interés todo lo que tenías para compartirme acerca del nuevo descubrimiento del profesor que me mostrabas a través de un vídeo guardado en tu holomisor.
 
“Y según Sycamore, esta espada medieval data aproximadamente del mismo período que el reinado del rey AZ. Dice que su aspecto coincide con la descripción que se le da en los libros a la legendaria Espada de Cronos. Busqué información al respecto, y parece que la leyenda dice que fue dada al legendario héroe Alexander como un obsequio por parte de Dialga, el pokémon legendario señor del Tiempo. Y eso no es todo: aquel que fuese atravesado por su hoja, ya fuese humano o pokémon, terminaría con su alma atrapada dentro de ella. Tras el final de la gran guerra de Kalos, se perdió en pleno campo de batalla y nunca jamás se la halló. Bueno, hasta ahora. Me ha encomendado estudiarla a fondo para poder averiguar más sobre ella.”  
 

Tu concepto de acampar al aire libre no era para nada lo que tenía en mente. Literalmente habías colocado la carpa a tres metros de nuestras casas, y jurabas que una caricatura de la televisión sobre un Corsola galariano y un Starmie parlantes cuyo nombre nunca podías recordar te había convencido de que no importaba donde estuviésemos mientras fuese afuera. Decidí no cuestionarte, ya que te veías demasiado entusiasmado y no quería parecer una aguafiestas. Eventualmente terminamos hablando sobre los planes que teníamos a futuro. Te conté sobre mis planes para estudiar y recibirme como criadora certificada con el fin de expandir mi conocimiento sobre los pokémon. Me dedicaste una vez más aquella enigmática y a la vez cálida sonrisa que tanto me enternecía, en señal de que aprobabas que hubiese escogido aquella profesión.
 
“Yo solo busco ser un maestro pokémon. Y el día que lo haga, sé que podré morir feliz.”
 
Maestro pokémon. ¿Qué rayos significaba eso? ¿Cómo alguien podía obtener un rango de esa clase? ¿Tal vez ganando todos los campeonatos y concursos del mundo? ¿Capturando y sabiendo todo lo que había que saber sobre todo pokémon conocido y por conocer? Ya era campeona y heroína salvadora de la región, contaba con el título de gran duquesa del Bastión Batalla y mi pokédex estaba casi o igual de completa que la tuya y que la de Trevor, más nadie se había referido jamás a mí como “maestra pokémon” por ello. ¿Acaso aquel joven de Johto que era considerado por muchos el entrenador más fuerte en por lo menos cuatro regiones podía ser considerado merecedor del título de maestro pokémon? ¿O quizás aquel mítico y misterioso entrenador procedente de Kanto que llevaba diez años desaparecido? Confundida, te pregunté si tenía algo que ver con todo eso.
 
“Es algo mucho más que solo obtener trofeos o tener a los pokémon más fuertes. Algo que simplemente no puedo poner en palabras ahora mismo. Solo sé que sabré que me he convertido en un maestro pokémon apenas lo haya logrado.”
 
Mientras dormías, y sin poder pegar el ojo, me limité a observarte: descansabas con la misma sonrisa a la que ya estaba costumbrada a que que portases en tu rostro. Y fue entonces cuando sentí como si tuviese un racimo de Vivillon en el estómago, volando y danzando alegremente dentro de él. Avergonzada, comprendí que me había enamorado de ti, y ahora que me había sincerado conmigo misma, no tenía el valor para confesártelo. Resolví que te lo diría mañana sin falta y, temiendo que terminases por rechazarme, me dormí abrazando a Fletchling. Soñé después de tantos años con Pueblo Aromaflor, remontándome a aquella época en la que la vida era más simple y los tres éramos felices juntos. Cuando papá aún no había empezado a serle infiel a mamá y no era un cretino que pensaba que una laptop era el perfecto sustituto de un buen padre.
 
“Algún día dejaremos este pueblo repleto de pokémon devoradores de miel e iremos a acomodarnos en un barrio de mejor clase. Con todo el dinero que tu madre está juntando como jinete de Rhyhorn y el que yo he conseguido como técnico de computación, es más que probable que no tardemos mucho en hacerlo. Tendrás una mejor vida. Te lo prometo, reinita.”   
 
A la mañana siguiente nos levantamos muy temprano. Sin perder un minuto y por separado desayunamos en nuestras respectivas casas, tomamos a todos nuestros pokémon, nos despedimos de nuestros padres y emprendimos juntos el viaje hacia el sureste, en dirección hacia la Villa Pokémon. El frío viento del norte soplaba un poco fuerte, más el sol emergía de entre las nubes de vez en cuando, por lo que acordamos ir abrigados únicamente con lo justo y necesario: una bufanda, una campera cuyo cierre cubriese hasta el cuello y unos pantalones largos y gruesos. No precisábamos de guantes o de botas, pues esos siempre los reservábamos para la llegada del invierno.
 
“¡Vaya, sí que se ha levantado fuerte el día de hoy! ¿No lo crees?”
 
Caminamos a pie un largo rato y en silencio. Me hallaba incapaz de sacar algún tópico de conversación lo suficientemente interesante, y tu caso parecía ser el mismo. En circunstancias normales habríamos sacado a tu Altaria y a mi Noivern para que nos llevasen volando hasta la villa, pero nos gustaba hacer ejercicio y mantenernos en forma para no volvernos tan dependientes de nuestros pokémon. Aproveché aquel silencio para caminar un poco más adelante y pensar una y mil veces cómo podía sincerarme contigo, pero cada nueva opción que se presentaba ante mí me sonaba peor que la anterior. Cuando finalmente sentimos que nuestros pies ya no daban más de sí, subimos al lomo de nuestros dragones para cubrir la distancia que aún nos quedaba por recorrer.
 
“¿Te digo una cosa? A veces me asusta la velocidad a la que vuela tu Noivern. Me sorprende como nunca te has caído de él aunque sea una sola vez.”
 
No pasó mucho tiempo para que Noivern y Altaria nos dejasen en la eternamente nevada Ciudad Fractal. De ahí nos dirigimos a paso redoblado hacia la ruta 20, adentrándonos en el largo, frondoso y laberíntico Bosque Errante. Espantando a todos los Noctowl y Trevenant rociándonos con los repelentes que habíamos traído y derrotando fácilmente a un Zoroark que intentó atacarnos con ayuda de tu Clefable, nos abrimos paso a través de aquella infernal maleza sin mucha dificultad, hasta que finalmente hallamos la Villa Pokémon y, sin perder un segundo más, llegamos hasta la entrada de la mazmorra con la asistencia de Greninja, quien nos llevó a través del río surfeando.
 
“Las damas primero.”
 
Como había sido la perdedora, las pautas de nuestra apuesta dictaban que yo debía de entrar primero. Avanzamos un largo trecho hacia el frente, sintiendo escalofríos por el abrumador silencio que guardaba aquella larga y oscura cueva. Hasta que el corazón nos dio un vuelco apenas lo vimos.
 
“¡ES MEWTWO!”
 
Mewtwo. Todos hablaban de él, todos lo mencionaban. Durante las nostálgicas vacaciones que mamá y yo habíamos pasado juntas en Ciudad Celeste muchos veranos atrás, había escuchado incontables leyendas acerca de aquel críptico y titánicamente poderoso pokémon. Nadie sabía a ciencia cierta qué era o de dónde provenía. Algunos decían que había sido producto de cuando Mew había dado a luz a un ser idéntico a él en el laboratorio de la ya desaparecida Isla Canela, y que el líder de gimnasio de dicha isla, Blaine, había tenido algo que ver con su aspecto tan radicalmente opuesto al de su progenitor. Otros perjuraban que era un fallido experimento científico llevado a cabo por el ya retirado doctor Fuji habiendo usado como base una muestra de ADN de Mew, e incluso habían aquellos con historias aún más disparatadas, asegurando que provenía de una remota isla perdida ubicada no muy lejos del Archipiélago Sete llamada Isla Nueva, la cual utilizaba como su guarida para planear conquistar un mundo con un ejército de pokémon igual de fuertes que él. Había sido avistado por prácticamente medio planeta en más de una oportunidad, y nunca se podía saber con precisión en dónde aparecería a continuación. Más algo era seguro: la sola mención de su nombre hacía que todo humano y pokémon que lo oyese empezase a temblar, gimiendo y suplicando por su vida.
 
“Debí imaginar que se trataba de él.”
 
Las leyendas no le hacían justicia: humanoide, bípedo, de apariencia felina, mucho más alto que cualquier hombre o mujer. Piel grisácea, pequeños y desafilados cuernos en la cabeza, con un pecho y hombros bien definidos que se asemejaban a una coraza. Su larga cola púrpura estaba conectada a su lisa zona pélvica, por lo que carecía de genitales y hacía imposible determinar si era macho u hembra. Un pequeño tubo se extendía desde el hueso occipital de su cráneo hasta las vértebras cervicales de su columna, rodeando su cuello. Los tres dedos en sus patas delanteras y traseras eran rematados en puntas grandes y esféricas. Sus fríos y brillantes ojos morados reflejaban solo dos y más que claras emociones: ira y dolor. Sus negras pupilas jamás se contraían ni se dilataban, ni mostraban miedo o duda de ningún tipo. Eran los ojos de alguien que odiaba a todos. Que lo odiaba todo.
 
“¡Cuidado, Serena! ¡Ese monstruo es capaz de todo!”      
 
Mewtwo era poder. Caótico, salvaje e indómito poder. Una indetenible fuerza de la naturaleza con una furia implacable de la que hasta Xerneas, Yveltal y Zygarde juntos terminarían huyendo despavoridos. En cuanto nos vio venir, lanzó un ensordecedor rugido que sacudió el interior de la cueva con la potencia de cien tornados y se preparó para luchar. Con solo alzar sus manos, y usando sus temibles poderes mentales, acabó con todos y cada uno de mis pokémon uno por uno, dejándolos malheridos e incapaces de seguir luchando, más parecía contenerse en el último segundo, como si no quisiese matarles y estuviese dándome tiempo para retornarles a sus poké balls. Su destreza y velocidad parecían no tener límites, y cuando daba la impresión de que sus fuerzas flaqueaban, inmediatamente sanaba usando Recuperación. Estaba parada ante el epítome de lo que significaba ser un pokémon psíquico y legendario.
 
“¡ALÉJENSE!”
 
Su voz masculina y ronca, que contrastaba con su aspecto femenino tirando a hermafrodita, no dejaba de repetir la misma palabra en nuestras cabezas cada vez que uno de mis pokémon mordía el polvo, cayendo rendido ante su inigualable fiereza. Con Meowstic desmayada, ya solo me quedaba Greninja, quien con la energía siniestra que emanaba de su cuerpo no se vio afectado ante los ataques psíquicos de Mewtwo y consiguió contestar con sus potentes Shurikens de Agua, rematando con un potente Pulso Umbrío.
 
“¡ESTE ES MI HOGAR!”
 
Mewtwo finalmente comenzaba a sentirse acorralado. Para nuestro horror y asombro, empezó a alternar entre dos nuevas e increíbles transformaciones: una que incrementaba exponencialmente su ya de por sí endiablada rapidez; y otra que expandía notablemente su musculatura y le permitía realizar demoledores ataques físicos de todo tipo. Pero incluso con todo esto, Greninja consiguió mantenerle el ritmo, esquivando todos sus movimientos con una impecable agilidad y lanzando aún más Pulsos Umbríos, impidiendo que pudiese recuperar energía. Tras unos cuantos intensos y agonizantes minutos  en los que parecía que ninguno de los dos daría el brazo a torcer, Mewtwo soltó un gruñido lastimero y se arrodilló en el suelo apoyándose sobre su pata trasera derecha, por fin rindiéndose ante el cansancio. Mi inicial se volteó a verme, asintiendo con la cabeza y confiando en mí.
 
“¡Es ahora o nunca, Sere! ¡CAPTÚRALO!”
 
No necesitaba que me lo dijeses dos veces. Con el pulso acelerado, tomé con mi mano izquierda la turno ball que se hallaba en mi bolso y lo lancé lo más rápido posible hacia Mewtwo, quien no tuvo tiempo de bloquearla y terminó siendo encerrado en su interior. La cápsula contenedora cayó al suelo y se sacudió tres veces de izquierda a derecha y viceversa, hasta que finalmente liberó una luz blancuzca que me hizo sonreír inconscientemente. Mi pokédex emitió un pitido y habló con su característica voz sintética de programación femenina.
 
“Mewtwo, el pokémon genético. Este pokémon fue creado por la recombinación genética de Mew. Se dice que es el más salvaje de todos los pokémon.”
 
Sabía que la turno ball se tele-trasportaría en cualquier segundo a mi PC, así como también sabía lo que tenía que hacer. Ante tu asombrado rostro, liberé a Mewtwo de ella y luego procedí a tirarla al suelo, rompiéndola en mil pedazos con toda la fuerza que tenía tanto en mi pie derecho como en la punta de mi tacón. No podía esclavizar a una criatura que podía ver había sufrido tanto y solo deseaba que le dejasen en paz.
 
“¿Q-qué es lo que has hecho?”
 
Mewtwo no dijo nada. Se quedó mirándome de arriba a abajo unos cuantos minutos, como si estuviese estudiándome. Tragué saliva mientras oía como Greninja generaba lentamente otro shuriken dispuesto a protegerme, temiendo que tuviese la intención de hacerme levitar e incrustarme en una de las muchas estalagmitas que adornaban el techo de la caverna. Luego, sin previo aviso, usó nuevamente sus poderes para abandonar el suelo, y para cuando pudimos procesar lo ocurrido, ya había abandonado la cueva. Era difícil decir si había salido de allí a toda velocidad o si se había tele-trasportado a otro lugar con una simple orden mental.
 
“L-lo...¡LO LOGRASTE, SERE! ¡LUCHASTE CONTRA MEWTWO Y LO CAPTURASTE!”
 
Te escuché corriendo emocionado a abrazarme como solías hacer a menudo, y me dejé envolver y ser apretada por tus brazos. Involuntariamente reí a la par que tú, con lágrimas de felicidad escurriéndose por mis mejillas, producto de haber triunfado en el que probablemente había sido el combate más fiero en toda mi vida hasta ese punto. Sin poder contenerme, y sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo, te besé en los labios. Y mi mayor temor se volvió realidad: te apartaste en estado de shock, genuinamente incómodo.
 
“Y-yo...estoy muy halagado, Serena. Eres mi mejor amiga y te quiero, p-pero...no te veo con esos ojos.”
 
Y fue ese preciso instante en el que algo dentro de mí se quebró. Mis lágrimas de alegría fueron reemplazadas por unas más espesas, repletas de tristeza y amargura. Humillada y deseando que la tierra me tragase viva, regresé a Greninja a su poké ball y hui de la cueva, sacando a Noivern y subiéndome a su lomo, suplicándole que me llevase a casa. Mi dragón, fatigado y todavía recuperándose del daño que había recibido luchando contra Mewtwo, obedeció y emprendió el vuelo de regreso. No me detuve por nada en el mundo, ni siquiera cuando oí tus gritos.
 
“¡SERENA! ¡¿A DÓNDE VAS?! ¡REGRESA, POR FAVOR! ¡NO QUISE LASTIMARTE!”
 
En cuanto llegué a mi hogar entré y subí las escaleras para luego trabar la puerta de mi cuarto detrás de mí, moviéndome como una ráfaga de viento. Ignorando los golpes y súplicas repletas de preocupación por parte de mamá, me desplomé boca arriba sobre mi cama, llorando desconsoladamente y empapando la más pequeña de las tres almohadas blancas que tenía en la cabecera. Estúpida de mí. ¿Cómo podía pensar que te fijarías en mí? ¿Cómo podía haber sido tan imprudente, besándote sin consentimiento previo? Había arruinado mi relación con mi mejor vecino y amigo, dejando que mi corazón y la adrenalina hablasen en lugar de mi mente. Y no había nadie más a quien culpar aparte de a mí misma.
 
“Cariño, estoy segura de que Calem no buscaba herirte. Solamente se asustó, eso fue todo.”
 
Pasé varios días encerrada en mi cuarto, lamentándome y recibiendo consejos y consuelo por parte de mi madre, Shauna, Tieruno, Trevor y todos a los que conocía y quería más que a la vida misma. Incluso Korrina pasó un día a visitarme, logrando que la dejase entrar bajo la falsa excusa de que había pasado a ver qué tal estaba el Lucario que me había dado. Traté de distraer mi atención alimentando a mis pokémon, comiendo lo que mamá me servía en el plato para no desfallecer del hambre y manteniéndome en contacto con el profesor Sycamore y mis amigos para que supiesen que estaba bien. Pero fue en vano.
 
“Serena, tienes que superarlo. Calem no te odia. Tan solo tienes que hablar con él. Estoy segura de que escuchará lo que tienes para decirle.”
 
No podía quitarte de mi cabeza. Escribía en mi viejo anotador poemas dedicados a tu persona, rememoraba lo que te gustaba una y otra vez, soñaba con tu sonrisa y con hipotéticos escenarios en los que aceptabas gustoso el beso que te había dado. Incluso estuve cerca de tocarme pensando en ti, pero me arrepentí a último minuto, sintiéndome como una depravada por siquiera haber considerado llevar a cabo dicha acción. Físicamente estaba bien, pero emocionalmente era una bomba a punto de estallar.
 
“Por favor, maestra. Quiero volver a ver a mi pareja. Le extraño mucho.”
 
Los pedidos de Meowstic se tornaban más y más tormentosos con cada noche que pasaba. Sus angustiosos maullidos no me dejaban dormir. Hasta que un día decidí secarme las lágrimas y salir a caminar, viajando hasta Ciudad Novarte para relajarme y ver los nuevos sombreros unisex que la boutique se hallaba exhibiendo. Y fue allí donde volvimos a encontrarnos de pura casualidad.
 
“...”
 
Intercambiamos nerviosos un “Hola” apagado e incómodo. Sintiendo que mi pecho reventaría si permanecía callada, te abracé dejando salir las lágrimas, pidiéndote perdón por haberte preocupado tanto, por haberte causado tanto sufrimiento al no poder controlar mis emociones. Sentí como pasabas el suave dedo índice de tu mano izquierda por debajo de mis ojos, tranquilizándome con el roce.
 
“Serena, escúchame y escúchame bien, por favor. Lo que pasó aquel día, yo...estaba aterrado. No sabía cómo responderte. Pero ahora sí sé, y quiero que me prometas que no te escaparás en cuanto te lo diga.”
 
Inhalé y exhalé lentamente, calmándome lo mejor que pude y dándote mi palabra.
 
“Yo...no siento lo mismo. Me agradas y pienso que eres maravillosa, pero no de esa forma. Y no quiero que eso nos impida seguir siendo amigos. Te he extrañado mucho, y quiero volver a salir a divertirme contigo. A combatir contigo. A patinar contigo. ¡A reír contigo! Dime que no es demasiado tarde. Que todavía podemos volver a lo de antes. Odiaría si terminases no queriendo volver a verme. Pero, si es tu decisión, con gusto la respetaré. Me dolerá. Pero la respetaré.”
 
Durante dos largos minutos no supe qué contestarte. La culpa y el remordimiento oprimían mi corazón con mayor fuerza que la presión que Mewtwo había ejercido sobre nosotros aquel día en la cueva, por lo que volví a besarte. En esa ocasión me lo permitiste, y tras unos segundos separamos nuestros labios para luego estrechar manos. Oficialmente habíamos vuelto a ser amigos.
 
“Bueno, ahora que hemos dejado todo eso atrás, ¿Qué tal si entablamos un combate? Mis pokémon y yo nos hemos fortalecido desde nuestro último encuentro, ¡Y pienso demostrártelo venciéndote!”
 
Acepté tu invitación con júbilo, e impulsivamente te tomé de la mano para llevarte corriendo hasta la ruta 2, donde podríamos luchar sin que nadie nos molestase y sin herir a nadie por accidente. Nos separamos unos cuantos metros uno del otro, preparando el terreno y formando un improvisado campo de batalla.
 
“Espero que estés lista, porque no me pienso contener. ¡Meowstic, preséntate a la batalla!”
 
Y vaya que no te contuviste. En un sorprendente giro del destino que jamás me hubiese visto venir, tus pokémon rivalizaron y hasta por momentos superaron la fuerza de los míos. Fue un combate tan parejo y tan devastador que la hierba y la tierra fueron aporreadas con cada ataque y movimiento que ordenábamos, espantando a muchos de los pokémon salvajes que se habían acercado a disfrutar del espectáculo. Todos los miembros de nuestro equipo cayeron en ambos lados, hasta que se redujo a solo tu Mega-Absol contra mi Mega-Lucario. Liberando todo el poder de la mega-evolución, libramos una batalla final en la cual, pese a que Lucario tenía la ventaja de tipo elemental, tu Absol podía recibir golpes igual que los repartía, y eventualmente consiguió tumbar a su rival haciendo un gran esfuerzo y valiéndose de su Fuerza Bruta.
 
“¡Sí! ¡Por fin! ¡Gané, gané!”
 
Caí de rodillas sobre el verde césped boquiabierta, sin poder creer que me habías derrotado. El verte vitoreando y brincando eufórico y orgulloso junto a Absol me hizo sonreír emocionada, sintiendo que te había ayudado a finalmente alcanzar tu máximo potencial. Pero la alegría acabó abruptamente cuando vi como caías desmayado sobre el pasto, como si te sintieses mal. Asustada, intenté reanimarte para descubrir que no respirabas, y me temí lo peor. Cargándote con ayuda de Lucario y de Absol, te llevé hasta el hospital más cercano y usé mi holomisor para contactar con nuestros padres y amigos. En cuanto todos acudieron y pude ponerles al corriente de lo sucedido, las palabras del doctor hicieron que mi corazón volviese a romperse.
 
“Me temo que el cáncer de pulmón se ha extendido demasiado, Calem. Ya no hay forma de que podamos realizar el trasplante a tiempo. Solo te quedan unos pocos días de vida. Lo siento mucho.”
 
Mi sangre se heló, y todo lo que me rodeaba se desdibujó ante mí, mientras las lágrimas volvían a salir de mis ojos, esta vez en forma de dos enormes cataratas. Oh Calem, ¿Por qué no me dijiste que estabas lidiando con algo así? ¿Por qué nunca me compartiste que tu padre fumaba y que eso te había hecho daño? De haberlo sabido te habría ayudado en cuanto pudiese. ¿Acaso no confiaste en mí lo suficiente? Éramos vecinos, amigos, ¡Habíamos salvado a Kalos juntos, luchando codo con codo! Nunca te oculté nada, ¿Mientras que tú me mentías sonriéndome y pretendiendo estar bien, muriendo lentamente frente a mis propios ojos?
 
“No quería preocuparte. No te pido que me disculpes por no haber sido sincero, pero sí que lo entiendas. Lo único que quiero ahora...es pasar mis últimas horas contigo.”
 
Enmascarando el terrible dolor que hacía arder cada migaja de mi ser, permanecí varios días a tu lado, cuidándote dentro de tu alcoba en compañía de tu madre, con tu padre no teniendo el valor suficiente para quedarse con nosotros dentro de la habitación. Te vi marchitarte y tosiendo con mayor frecuencia a medida que pasaban los días y las noches, sosteniendo tu cada vez más helada mano. Cada vez te costaba más hablar, y tu voz iba tornándose más y más rasposa.
 
“Sere...gracias...por...ser...mi...amiga. Te...te...quiero.”
 
Aquella noche, víctima del agotamiento, me quedé completamente dormida. Fui despertada unas horas después por el desgarrador grito de tu madre, solo para encontrarme con una imagen que me atormentará por siempre: tu cuerpo sin vida yacía en la cama bañado en sangre, con tu torso atravesado por la gran espada de Cronos. La luz que alguna vez brilló en tus ojos se había extinguido. La rabia y la impotencia se apoderaron de mí. Maldito bastardo, ¿Te habías quitado la vida antes de tiempo solo para no verme sufrir? ¿Cómo podías ser tan egoísta? ¿Acaso pensabas que esto no me dolería mucho más? ¿Que me sentiría mejor al ver que te habías suicidado?
 
“¿Dónde...estoy?”
 
Pasado tu funeral y entierro, al que asistieron hasta los líderes de gimnasio y el Alto Mando, pasé el resto del día encerrada en mi pieza, saliendo únicamente para almorzar y cenar. No quería hablar con nadie, ni siquiera con mamá o con mis pokémon. Necesitaba tiempo para sanar mis heridas a solas. Heridas profundas que no sabía si llegarían a cicatrizar. Me sentía sin razón para seguir viviendo. Al demonio mi título de campeona, de heroína, de duquesa, al demonio mis medallas. Quienquiera que fuera podía quedárselo todo con tal de que tuviese aunque fuese un día más a tu lado, ya fuese para salvarte de morir o de ti mismo. Pero sabía que no podía hacer nada. Nadie podía hacer nada.
 
“¿Quién...soy?”  
 
Llegada la noche, decidí que lo mejor sería dormir para ahogar mis penas y, aprovechando el suave y relajante repiqueteo de las gotas de lluvia, me desvestí, me metí en la cama, apagué el velador de mi mesita de luz y dejé mi mente en blanco, sumiéndome en un profundo sueño.
 
“¿A...dónde...voy?”
 
Por segunda vez consecutiva en aquella horrible y trágica semana, fui arrebatada de mi descanso, despertando a mitad de la noche. Y esta vez no fue un grito el causante de ello, sino algo mucho peor: las ventanas de mi cuarto, ubicadas en la pared que estaba al costado derecho del cabezal de mi cama, estaban siendo azotadas violentamente por una fuerza desconocida. Al principio pensé que no era nada más que el típico viento de tormenta. Pero entonces observé que las manijas doradas estaban siendo giradas, y un escalofrío invadió todo mi cuerpo: algo-o alguien-estaba intentando ingresar a mi oscurecida habitación.
 
“Abre...”

Entonces lo vi: allí afuera, arañando la ventana de la izquierda con una especie de mano humana que se asemejaba a una garra, una silueta recta y con lo que parecían ser tres cabezas escudriñaba el interior de mi pieza con un solo ojo. Un espeluznante ojo que emitía un brillo cian intenso, con una muy delgada pupila en posición vertical. Y ese ojo ahora miraba hacia mí.
 
“Hace...frío...”
 
Un rayo iluminó el cielo en el preciso instante en el que aquel engendro arremetió contra las ventanas, haciéndolas añicos. Temiendo por mi vida, pude reaccionar a tiempo y salir saltando de mi cama, tirándome al suelo y cubriéndome antes de que los trozos de vidrio saliesen disparados hacia todas las direcciones imaginables.
 
“Se...re...na...”
 
Otro rayo volvió a caer, e ignorando aquella voz en mi cabeza que me decía que no alzase la vista, encaré a mi visitante: era una espada de empuñadura grisácea y una hoja que era plateada como la luz de la luna, probablemente capaz hasta de tirar abajo un árbol de un solo corte. Su ojo, que se hallaba ubicado en el centro de esta, parecía ser una gema. Del pomo colgaba un largo paño de color azul oscuro con el dibujo de un remolino celeste en la punta de la faja, que terminaba en cuatro finas borlas que, por su aspecto, aparentaban ser dedos. Las borlas sujetaban una enorme vaina marrón oscura, con líneas en la superficie que formaban una triqueta y tres grandes círculos en la punta que recordaban a los anillos que solían llevar los reyes y reinas de un pasado lejano. No tuve ni que parpadear para reconocerla, y el terror penetró en lo más recóndito de mi alma.
 
“Soy...yo...”
 
Mi pokédex, a la que siempre colocaba sobre la mesita de luz antes de dormir, escaneó a aquel horripilante ser con un rayo verde claro, para luego hablar.
 
“Honedge, el pokémon tizona. Cuentan que este pokémon nace cuando el espíritu de un difunto toma posesión de una espada antigua. Si alguien osa empuñarlo, se enrolla en el brazo del desafortunado con su paño azul y le absorbe toda la energía hasta que pierde el sentido.”
    

 No me llevó menos de un segundo para hacer la conexión. Inconscientemente llevé mi mano derecha a la boca, horrorizada.

“He...vuelto...”
 
Traté de convencerme a mí misma de que estaba teniendo una pesadilla, que lo que estaba pasando no era real. Pero el sonido de la lluvia al caer, el viento que golpeaba mi rostro con violencia y el estruendo de los truenos me convencían de que no había sufrido un falso despertar. Que mi difunto mejor amigo, el chico que más había amado, ahora estaba parado frente a mí, atrapado en aquella maldita y afilada espada.
 
“Podemos...estar...juntos...”
 
Retrocedí arrastrándome en el suelo hasta la puerta, implorando que te alejases mientras veía como extendías tu mano en forma de paño hacia mí. Sabía que no tenía escapatoria: mi madre roncaba en el piso de abajo, y tanto Greninja como todos mis pokémon yacían guardados en las poké balls de mi bolso, dentro del armario, por lo que no tendría tiempo para correr y sacar a algunos de ellos para que me defendiese. Y justo cuando pensaba que sería mi fin, una segunda y muy familiar figura atravesó mis ventanas con una velocidad sobrehumana para luego interponerse en tu camino, alejándote con un poderoso movimiento de Bola Sombra.
 
“Mew...two...”
 
Mewtwo estaba allí. ¿Por qué? ¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿Cómo sabía en dónde vivía? ¿Había estado acechándome sin que yo me enterase? ¿Y por qué había venido a rescatarme después de haber violado la santidad de su anterior hogar?
 
“Mue...re...”
 
Oí y vi cómo te abalanzabas hacia él, emitiendo un monstruoso grito que parecía un lamento, solo para que Mewtwo lanzase sin vacilar una segunda Bola Sombra, que impactó contra tu nuevo ojo y haciéndolo estallar, produciendo una reacción en cadena que destruyó la espada en un santiamén, reduciéndola a nada más que míseras cenizas. Y fue entonces cuando tu alma, el verdadero tú, emergió del polvo que se había levantado, agachándote para verme a los ojos. Te veías apacible, sonriéndome melancólicamente. Tu cuerpo desprendía un aura azulada, espectral.
 
“Lo hice porque no quería estar sin ti. No quería...no podía dejarte así, lamentándote por mí. Perdóname, por favor.”
 
Mordí mi lengua involuntariamente mientras empezaba a llorar de nuevo. Había tantas cosas que quería decirte. Quería poder abrazarte, decirte lo mucho que te amaba, suplicarte que no me dejaras. Pero entendí que debía ser fuerte. Que debía dejarte ir. Como si hubieses leído mi mente, esbozaste una sonrisa, y me besaste en la mejilla derecha para luego apartarte.
 
“Adiós, Serena. Tal vez te vea...en otra vida.”
 
Vi como tu cuerpo era rodeado por una luz blanquecina y radiante, haciendo que te desvanecieses en el aire, como si nunca hubieses estado allí. Mientras tocaba mi mejilla con mi mano para cerciorarme de que lo que había sentido en ella en verdad había sido un beso, noté como Mewtwo se preparaba para salir volando por el boquete que antes había sido mis ventanas. Incorporándome, me apresuré a tomarle de su brazo izquierdo, preguntándole a donde iría. Él se volteó a verme con la misma mirada que me dedicó en la mazmorra.
 
“Ya estamos a mano.”
 
Eso no era suficiente para mí. Seguí sujetándole del brazo con ambas manos, impidiéndole comenzar a levitar para proceder a preguntarle por qué me había salvado. Después de un breve intervalo, escuché su respuesta en mi cabeza.
 
“Porque...me recuerdas a alguien que conocí. A alguien de mi pasado.”
 
Me atreví a pedirle que no se fuera, que se quedase a mi lado. Le aseguré que ya no tenía que seguir huyendo, que no podía saber por todo lo que había atravesado, pero que podía darle un hogar y una familia. Él solo se limitó a quedarse quieto, mirándome por unos segundos. Luego, para mi sorpresa, me sonrió.
 
“Estaré cerca. Aun cuando no puedas verme.”
 
Y así, igual que como había llegado, desapareció atravesando el agujero, perdiéndose en la tormenta.
 
                  



Han pasado dos semanas desde aquella fatídica noche. He podido continuar con mi vida, y asegurándome de que todos tus pokémon estén en buenas manos: Chesnaught se ha quedado a asistir al profesor Sycamore en sus investigaciones, mientras que Absol vive con tus padres, Clefable entrena con Shauna, Vaporeon ayuda a Trevor a buscar nuevas especies de pokémon con las cuales expandir la información que posee en su pokédex y Altaria practica baile y danza con Tieruno.

En cuanto a tu Meowstic, se ha venido a vivir con nosotros, y no solo se lleva bien con Fletchling y con Rhyhorn, sino que además ha tenido un huevo con la mía. Te prometo por todo lo que es sagrado en este mundo que cuidaré de este pequeño y adorable Espurr como si fuese mi propio hijo. El hijo que pudimos haber tenido juntos y felices. Y mientras lo haga, viajaré por todas las regiones habidas y por haber junto a mis pokémon, buscando nuevos retos y ampliando tanto mi conocimiento en crianza como en las batallas. No me convertiré en una simple criadora. Me volveré una maestra pokémon y cumpliré tu...
 
No. No tuyo. Nuestro sueño, Calem.
 
Contadas veces me siento sola, pensando en ti, en mi madre y en los demás. Más luego recuerdo que jamás lo estaré mientras atesore nuestra amistad en el corazón. Y cada noche, mientras surco los cielos del mundo con la frente en alto y montada sobre Noivern, eventualmente consigo distinguir a lo lejos la silueta de un extraño y solitario pokémon, quien me vigila y vela por mí, volando siempre a la luz de la luna.      
                         [Imagen: pokemon-ultraluna-nintendo-3ds_322025.jpg]
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#2
¿Sabes? De ver la parte de los últimos días de Kalm en adelante, tenía la mala sospecha de que Serena podría haber caído en la locura. But alas, tuvo la fuerza de no caer en ese rencor que rompe a una persona de la peor forma posible. Siempre una buena lección por encontrar.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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