Oneshot- Animal

ExtensiónOneshot
Extension larga
FranquiciaCoregames
GéneroSuspensoTerror
Resumen

Songfic creado para el concurso "Soul Histories"; basada en la canción de "Aurora" con el mismo nombre. Es un poco gore.

AdvertenciaViolencia
#1
Animal
 
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Un flujo incesante de luces se movían con velocidad bajo esas falsas columnas de cemento que se creían sustentar ese cielo sin estrellas. Un bosque de prismas grises cuyas profundidades ocultaban un jolgorio de coches y edificios de ocio abiertos hasta altas horas de la madrugada. Un páramo regido por el papel y la fama, inhóspito para cualquiera que no tenga dos patas y pulgares prensiles. Estéril; inmenso; agobiante; laberíntico; aterrador…

Ese era lo que esos ojos, rojo y amarillo, veían desde la azotea de uno de los edificios de la Calle Norte de Porcelana. Ojos de un mustélido herido que miraba con desprecio a aquellas personas que circulaban en busca de un poco de diversión. Sobre todo, ponía atención a aquellos que tenían algún pokémon fuera. Entrenadores descuidados que lucieran algún pequeño reflejo rojo en sus cinturas; algún tonto que se dirigiera hacia el arco-iris fotónico que era el cartel del gimnasio de la ciudad aún estando cerrado…

“¡Maldita sea, Sneasel! ¿¡Cómo puedes caer ante una picadura de un Swaldoon de mierda!? ¡Y encima va y te roba la puta baya! Mira que caer por una mierda bicho…”

El entrecejo del ahora Weavile se arrugaba al oír la voz de aquel arrogante niño en su cabeza. Cada vez que recordaba la cara de aquel sinvergüenza se apoderaba de ella una rabia feral que nublaba su razón. Memorias de cómo le insultaba en la cara, de cómo le pateaba por cada vez que perdía…

No era su culpa que él le dirigiera tan mal. Tampoco el que le dedicara poco tiempo a entrenarla. Por supuesto, este no sabía ver que ese era su problema y al optó por abandonarla. Como si fuera una extraña. Sola, en un rincón marginado de esa jungla de hormigón…

Aparte de sus gruñidos, el estómago de aquella carnívora estaba rugiendo y haciendo temblar su vientre. Con eso sabía que había llegado la hora de la caza. Poniendo un pie en el vacío y dejándose colgar, fue descendiendo hasta aterrizar en la barra de un balcón. A partir de ahí, empezó a volar entre cornisas y toldos, en busca de alguna presa que le saciara. Al menos por esta noche.

Pero estaba claro que frente la luz de las farolas no iría a tener éxito ninguno. Debía de encontrar algún oscuro que las bombillas no pudieran alumbrar. Un rincón; un callejón… algún sitio por donde pudiera desquitarse y comer de paso.

Pero sus planes dieron un giro brusco. Frente el poco flujo de gente que paseaba por las calles, localizó una figura distraída deambulando hacia la oscuridad. Un joven con una chaqueta deportiva y unos pantalones más anchos que sus piernas con una amarga mirada puesta en su pantalla de móvil. El peinado en punta de color rojo y sus bambas de marca eran inconfundibles.

Era él. De eso no cabía ninguna duda. Peor aún, parecía que había elegido el mismo punto de “caza”…

Escupió al vacío de donde estaba con una muesca de desprecio.

“Tú me ayudarás a conseguir la fama… ¡y las mujeres, claro que sí! Aunque… bah, tú no lo entenderías.”

Con un salto, aterrizó en la acera y se movió bajo las estrechas sombras de la calle hasta perderse en la oscuridad de los bajos barrios. Después de perderse dos veces y localizarse, ahí lo encontró. Perdido, buscando alguna puerta por donde regocijarse. Claro, se supone que ahí debía de haber algún motel de baja categoría. Era en esos sitios por donde dormían durante el corto viaje que tuvieron juntos. Tan despistado…

Y tan vulnerable…

Estaba decidida a hacer una emboscada en la sombra. Pero antes quería asegurarse de que le viera la cara una última vez. Usando una lata de cerveza como instrumento, llamó su atención estrellándola contra la pared.

El tintineo del aluminio rodando por la acera había logrado su propósito. Su cabeza había girado hacia su posición, logrando disuadir su silueta. Pero no era más que otra figura extraña deambulando por los barrios bajos a sus ojos. Ni siquiera el leve destello heterocromado le resultaba familiar.

Ni le reconocía. Estaba pasando de largo, y no le dirigía ni palabra. Esta vez volvió a llamar la atención agarrando la misma lata y tirándola esta vez a la cabeza.

—¡O-ye!—oyó mascullar por lo bajo mientras se volteaba con una cara que pedía pelea a gritos. Solo para volver a encontrarse con su abanico adornando su cabeza. —, ¿quieres que te reviente, ah?

Estaba sacando una de sus pokéball de la cintura sin rechistar como si fuera otro pokémon salvaje más. Solo era otra extraña que se pudiera desquitar. Y sabiendo que era un chico de armas tomar que no tenía compasión ninguna…

Hizo amago de prepararse para luego sorpresivamente saltar y salir corriendo como viento de invierno. Con aquello, había desconcertado a su presa… y retirado. Por supuesto no iría enfrentarse a él sin observarlo antes. Aparte, ¿emboscarlo? Eso sería demasiado piadoso de su parte.

Iría a observarlo de lejos… solo por precaución.



Durante todas estas siguientes noches, el entrenador que una vez persiguió la fama y el dinero había sentido escalofríos por la espalda. Desde que ese ser de la noche había estado practicando la portería con él y una lata, no podía evitar tener la corazonada de que ese animal nunca se había ido. Quizá hasta que este se durmiera, solo para darle constancia de que no tendría una muerte dulce.

Allá donde pasaba sentía como un ojo de diosa le estaba apuntando para cometer algún tipo de venganza. Las paredes que le daban cobijo por alguna razón apestaban… más de lo normal. Es más; juraba que se veían un poco rojas. ¿Ola de grafiteros con complejo de animal?

Qué más le daba.

Y todo y que el paisaje de la noche no le podía dar más igual (tampoco le importaba mucho el matar pokémon salvajes para que los suyos salieran todavía más triunfantes), sentía que algo siniestro se estaba tejiendo en frente suyo. Nada venido de la justicia; tampoco del crimen. Era algo más primitivo. Simple.

De todas formas, había conseguido esa maldita medalla por fin. Era tan fácil como capturar un Darumaka en el desierto y rostizar a los pokémon de ese pijo idiota. De hecho estaba fantaseando con esa cara de desesperación que puso cuando hirió de gravedad a ese Leavanny. ¿Cómo estará ahora ese maldito bicho? Ah, qué satisfactorio era llevarse la victoria a la fuerza… parecía como si matara por pasión cada vez que luchaba.

Y de repente, ese sonido metálico otra vez. Esa maldita cosa le estaba volviendo a tocar las narices como pasatiempo. Querría pensar que sería uno de esos monos de colores inútiles que se balanceaban por las ramas de vez en cuando. Solo así podría tener un remordimiento.

—No te cansas de tocarme los cojones, ¿eh? Hoy sí que te…

Sus amenazas se habían ahogado en un respingo. Esta vez, la luz era apropiada para que al menos pudiera distinguir qué era lo que le acosaba. Pero eso no era lo que más le asustaba.

Estaba agarrando algo más grande que ella. Sus garras estaban enganchadas en una pieza de ropa… no. Estaba arrastrando consigo a un ser humano. Un mero transeúnte que le sirvió de ejemplo para que él supiera exactamente cuál sería su final.

Caja torácica desgarrada; barriga rota; cara desfigurada, lleno de mordeduras y pintado de rojo. Era el aspecto que pretendía tener.

Esta vez no titubeó ni un segundo. Sacó primero a su más reciente campeón para que le defendiera de ese animal con la simple orden de pegarle un golpe de puño imbuido en llamas. Mas el asesino fue más rápido. Tirando a su víctima como el despojo que era ahora, se abalanzó con sus garras antes de que la mano de ese primate se prendiera.

Fueron un par de cortes profundos, rápidos y desgarradores. No había dejado ni un segundo para que le pudiera tocar siquiera. Solo bastó dos golpes y había hecho un charco con él. Estaba claro que debía de usar algo más fuerte.

Sacó al pokémon que más confiaba en esos momentos y quien más victorias le brindó. Un cocodrilo marrón que parecía llevar unas gafas de sol por ojos. Este estaba deseoso por darle una tunda…

Pero la bestia no se hizo tardar en noquearlo. Otra vez, sin dejar tiempo de prepararse, lo había amedrentado y, con un puñetazo fosilizado en hielo, le dio un fuerte golpe en la tráquea y lo lanzó rodando contra el suelo.

Se dio cuenta que no podría con ese monstruo. Lo mejor que se le ocurrió fue lanzar los debiluchos que tuviera y utilizarlos de carnada para escapar.

Corrió lo más deprisa que pudo sin mirar cuál camino estaba tomando. Pensó que ya estaría a salvo. Que ese depredador se conformaría con todo ese cebo que tenía tanto tiempo almacenado en los bolsillos. Pensó que con eso viviría otro día. Al menos ya había acabado con lo que tenía que hacer. Podría ir a la siguiente ciudad tranquilo y entonces… seguiría con su camino. Qué importaba si había perdido a dos inútiles que no supieron protegerle. ¡Aún tenía su mejor as!

Eso pensó…

Eso esperó…

Pero el cruel destino le deparaba un desenlace nefasto. Una pared vacía. Ninguna esquina; ninguna ruta de escape alternativa; ningún escondrijo. Solo la pared, una luz parpadeante y el camino que ya antes había recorrido. No tenía ninguna otra alternativa que dar marcha atrás.

Pero desde luego, ese privilegio no le iría a ser permitido. La sombra de su pesadilla iba y venía junto a esa deficiente iluminación que trataba de mantenerse estable. Cuando se quiso fijar, había distinguido dos colores que bien recordaba.

Su primer pokémon. Esa que nació de un huevo, antes de empezar su andanza como entrenador. Aquella que tenía cierta complicidad, pero acabó desechando después de darle la mayor decepción de su vida.

Esos dos peculiares ojos que lo miraban con hambre y celosía…

—N-no…

Y ahora se acercaba con parsimonia, acabando de relamerse la sangre que había ensuciado su boca. Cada paso que daba era para asustarle. Obviamente estaba disfrutando ver su cara de pánfilo amedrentado.

Antes de que le fuera a alcanzar, iba a sacar el último pokémon que tenía guardado en la cintura. Con este tal vez le acabaría de dar una tunda…

Pero no iría a jugar limpio esta vez. Tan rápido como pudo, Weavile azotó el brazo de su ex-entrenador y agarró la Pokéball al vuelo. Con todos sus esfuerzos, él intentó recuperarlo… pero esta le puso el pie encima. Todo para que viera cómo la Pokéball se quebraba bajo sus garras y acabara hecha pedazos junto a su contenido.

Con eso se lo había llevado todo. Toda su ambición; sus esperanzas de vivir ya no estaban. Lo había hecho todo a pedazos. Fragmentos y fluidos que fueron arrojados al suelo como si no tuvieran ningún tipo de valor.

Se terminó.

Y con su vida, empezó un macabro festín descontrolado.



Amaneció otro día convulso en la ciudad. Los coches circundaban y la gente volvía a repetir sus caminos como si los callejones no se hubieran teñido de muerte y frenesí salvaje. Misma cantidad, mismo ritmo, ningún cambio. Era como si esas dos personas no hubieran existido desde el inicio.

De nuevo el Weavile observaba el panorama desde una azotea; solo que estaba más en paz. Había cometido dos matanzas sin justificación, sí. Pero esa carga se sentía divina bajo sus hombros. De hecho, cometer esa matanza le resultó mucho más que satisfactoria. Era un animal, al fin y al cabo. Y los animales pierden el control. ¿Qué más podía hacer si no sucumbir a sus instintos más primigenios?

Ahora, ¿quién iría a ser la víctima de su “amor” esta vez?
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#2
Con razón te fue tan bien en el concurso, realmente está muy bien utilizada la canción para relatar este trágico suceso de abandono, venganza y mucha, mucha sangre. Está excelente  [Imagen: pikaowo.png]
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#3
Y bueeeeeeeeeno, primero que nada, la canción está genial. Una de las que más me han gustado. 

El relato como tal es cruel. Si uno se para a pensar, sí, el entrenador era un hijo de putpura que probablemente se hubiera convertido en una persona horrible de no haber muerto, pero las razones de Sneasel para odiarlo y perseguirlo tampoco eran tan justificables... y al igual que él, siente un extraño regusto por matar. Esa es la parte curiosa, que eran realmente similares como los de la canción, y la relación entre ellos pudo ser muy diferente si hubieran conectado por su crueldad intrínseca en lugar de usarla para destruirse entre sí. Es un evil vs evil en toda regla, y aún así, es satisfactorio cuando acaba con el entrenador (tal vez porque no es un poke cool como sí lo es Weavile), dando fin a su ciclo de venganza en una nota tan trepidante como la de Animal.

Muy bueno Poi, se nota el trabajo.
[Imagen: EdovJGiXkAYqwp4.jpg]
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#4
Lo que la venganza te lleva a hacer. El maltrato a veces se llega a pagar de las maneras más sádicas que se pueden.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
[Imagen: IIhG3l7.gif]
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