Oneshot- Amistad Eterna

ExtensiónOneshot
Extension larga
FranquiciaCoregames
GéneroSuperaciónTerror
Resumen

Dawn ha vuelto a perder a alguien cercano a ella. Y no puede continuar. No sin él.

#1
“¡Y entonces sacó de su mochila aquel muñeco de Jigglypuff que me había regalado, diciéndome que era mío si aún lo aceptaba!” terminó de contar May desde el otro lado de la pantalla “¡Fue tan romántico de su parte que no pude evitar correr hacia él para besarle!”
 
“Se nota que te ama” dijo Dawn con una voz apagada, acostada boca abajo sobre su cama y con su cabeza levemente alzada para poder observar a May a través de la pantalla de su laptop. La joven de quince años tenía el rostro pálido como la tiza, y sus bellos ojos color azul oscuro grisáceo estaban enrojecidos “Ojalá conociese a un chico así de apuesto.”
 
“¡Lo sé!” exclamó May ilusionada “¡Ya no puedo esperar a llegar a Ciudad Canal mañana y presentártelo finalmente! Estoy segura de que los dos se llevarán más que bien.”
 
“Si tú lo dices” contestó la joven campeona de la región de Sinnoh con el mismo tono de antes. Su expresión se mantuvo inalterada.
 
La sonrisa de May desapareció por completo. La joven aspirante a coordinadora suspiró, sintiéndose impotente.
 
“Escucha, Dawn” dijo apenada mientras acercaba aún más a ella su poké-multinavegador para que su rostro ocupase toda la pantalla “Sé que es difícil, en serio que sí. A mí también me afectó mucho cuando...”
 
“¿De veras?” preguntó Dawn de forma sarcástica, casi agresiva.
 
“Sí, de veras” contestó May, habiendo decidido ignorar el repentino cambio de humor de su amiga para evitar una confrontación “Pero no hay nada que podamos hacer al respecto. Piensa que al menos se fue en paz. De hecho, ¿Qué te parece si mañana cuando Brendan y yo lleguemos nos acompañas hasta Ciudad Corazón para que firme el contrato y así podamos salir a caminar y tomar un poco de aire fresco? Estoy segura de que te animará.”
 
“Lo pensaré” mintió Dawn con poco interés “Mañana estaré muy ocupada.”
 
“Dawn, por favor” suplicó su amiga entristecida “La señal Wi-Fi del crucero no es muy estable cuando uso mi poké-multinavegador para este tipo de llamadas, y pronto tendré que colgar. No quiero irme a dormir viéndote así. Prométeme que...”
 
“¡He dicho que lo pensaré!” gritó ella frustrada “¡Buenas noches, May!”
 
Dawn bajó la tapa de su laptop con fuerza, valiéndose de ambas manos y dando fin a la video-llamada antes de que May pudiese siquiera abrir la boca para hablar, viéndose envuelta por la oscuridad que reinaba en su pieza. Llevaba días cansada de tener que recibir las condolencias de todos los que la rodeaban, familiares y amigos por igual. ¿Cómo podían ellos comprender su pérdida? ¿Cómo podían atreverse a sugerirle que le dejase ir? Ya ni siquiera podía abandonar su propia casa, participar en un concurso o retar a alguien más a una batalla. No sin él. No sin su mejor amigo.
 
Decidió extender su brazo izquierdo para ver la hora. El poké-reloj rosado en su muñeca marcaba las ocho en punto de la noche. Sabía que en cualquier momento su madre le llamaría para que bajase a cenar.
 
“¡Dawn!” dijo con impecable puntualidad su madre desde el piso de abajo “¡La cena ya está lista! ¡Ven y trae a tus pokémon!”
 
La mención de la palabra “pokémon” produjo que una de las venas en la frente de Dawn comenzase a palpitar. La joven se llevó las manos a la cabeza y, hastiada, se levantó de la cama para sujetar su largo cabello azul oscuro con sus dos broches rosas, ponerse su tan querido gorro de lana blanco en la cabeza y bajar las escaleras con su viejo bolso en mano. Era la primera vez que abandonaba su cuarto en todo el día, y el aislamiento social que llevaba haciendo desde hacía semanas estaba comenzando a afectarla.
 
“¿Qué comeremos hoy?” preguntó mientras se sentaba frente la mesa del comedor y apoyaba su bolso en la silla a su derecha para sacar de ella sus cinco poké balls y liberar a sus pokémon. Su Infernape, su Staraptor, su Garchomp, su Floatzel y su Weavile salieron contentos y procedieron a devorar las bayas que les habían sido puestas en sus respectivos comederos, los cuales se hallaban en un rincón de la cocina.
   

“¿Por qué llevas puestos el abrigo y la bufanda?” preguntó su madre perpleja mientras colocaba un suculento tazón de ramen frente a ella.
 
“Tenía frío” contestó ella de mala gana, mientras tomaba los palillos con su mano derecha y procedía a masticar las verduras bañadas en salsa de soja sin el más mínimo dejo de entusiasmo.
 
“¡Bueno, de todos modos quítate el sombrero cuando estés en la mesa!” exclamó su madre, ofendida ante la actitud de su hija “¡Es de muy mala educación!”
 
“Como si importase” se limitó a decir la joven cabizbaja mientras continuaba comiendo, sin despegar la vista de la solitaria poké ball que se hallaba en lo más profundo de su bolso, conservada con amor.
 
“¡Ya fue suficiente!” gritó Johanna mientras le quitaba el gorro de la cabeza con su mano derecha y se ponía de brazos cruzados “¡No permitiré que continúes hablándome de esa manera, jovencita!”
 
Dawn soltó los palillos y terminó de tragar las verduras, sin siquiera atreverse a dirigirle a su madre la mirada. Detestaba tener que escuchar ese tono de voz. Quería estar sola con sus pensamientos, sin nadie que sintiese pena por ella o por el dolor que carcomía su alma. Deseaba que la tierra se la tragase viva en aquel instante.
 
“Dawn, cariño” dijo su madre, relajando las facciones de su rostro y agachándose consternada para tomar a su hija del brazo izquierdo “Escúchame. Sé cómo te sientes. Yo...”
 
“¡NO TIENES IDEA DE CÓMO ME SIENTO!” vociferó Dawn furiosa, golpeando fuertemente la mesa de su mesa con su puño derecho. El estruendo fue tal que sus pokémon dejaron de comer, dándose la vuelta preocupados “¡Estoy harta de escuchar a todos alrededor mío diciéndome que debo superarlo, como si pudiese simplemente desear que mis sentimientos desapareciesen!”
 
“¡Eso no es cierto!” negó ella con lágrimas en los ojos, abrazándola “También amaba a Leafeon con todo mi corazón. Incluso recuerdo el día en que lo trajiste a casa y lo feliz que estabas de contarme el cómo había evolucionado. Pero ya ha pasado más de un mes. Debes afrontar que se ha ido. Sé lo que es perder a un pokémon, y lo mucho que duele tener que despedirse de él. Perdí a mi Luxray cuando apenas tenía trece años, y por mucho tiempo me odié a mí misma pensando que había sido mi culpa, hasta que mis padres me demostraron que hay cosas que no se pueden cambiar, y que si quería honrar su memoria debía seguir adelante. Debes hacer lo mismo.”

“¡Si hubiese muerto de viejo lo aceptaría!” gritaba Dawn entre sollozos “¡Pero no fue así, mamá! ¡Murió por protegerme de ese Houndoom salvaje! ¡Y todo porque no estaba prestando atención! No puedo dejarle ir así. ¡Me niego a aceptar que muera de esa forma!”

“Todos morimos, Dawn” dijo Johanna, intentando que su hija escuchase a la razón.

“¡No así!” protestó Dawn desconsoladamente “¡Yo soy la que debería estar enterrada ahora mismo en esa tumba en la Torre Perdida! ¡Yo soy la que debió haber sucumbido a las mordidas de ese Houndoom! ¡No Leafeon!”

“Seguir culpándote no cambiará nada” afirmó Johanna, abrazándola con mayor fuerza que antes para luego mirarla a los ojos “¡Tienes que escucharme! ¡Si continúas así sin ver a nadie y comiendo poco terminarás muerta! ¡¿Crees que a Leafeon le gustaría verte en este estado?!”

“Al menos así volveré a verle” dijo Dawn, forcejeando hasta conseguir zafarse de los brazos de su madre. Acto seguido le arrebató su gorro, tomó su bolso y comenzó a regresar a todos sus pokémon a sus poké balls, a excepción de Staraptor “Vámonos, Staraptor.”

“¡¿A dónde vas?!” preguntó su madre asustada mientras veía a su hija pasando por la puerta, saliendo al pasto y aire nocturnos de Pueblo Hojaverde, acompañada de Staraptor.

“A donde sé que podré pensar y desahogarme sin nadie que me moleste” contestó su hija mientras subía al lomo de su pokémon “¡Staraptor, llévame al Bosque Vetusto!”

Staraptor dudó por un instante, viendo con tristeza el rostro de su entrenadora, más no le quedó otra opción que obedecer. El pokémon estornino trinó, abrió sus alas de par en par y, cobrando impulso, abandonó el suelo a la velocidad de un rayo, levantando una gran polvareda en el proceso.

“¡Dawn!” alcanzó a gritar Johanna apenas el polvo se asentó, tanto enojada como asustada “¡Vuelve aquí ahora mismo, jovencita!”

Pero fue inútil. La muchacha y su Staraptor no eran ahora más que una diminuta mancha negra perdida en el interminable cielo azul oscuro.
 
                      



“Aquí fue donde te vi evolucionar aquella noche” dijo Dawn en voz alta inconscientemente, contemplando la gran roca cubierta de musgo que se alzaba enfrente suyo. El cómo el olor de la misma seguía siendo fresco después de tantos años escapaba a su comprensión “Recuerdo lo contento que estabas, saltando alrededor mío de la alegría. Daría todo lo que fuera por volver a aquel día y poder acariciar tu carita como lo hice aquel entonces.”

La joven entrenadora no pudo contener más las lágrimas. Se arrodilló sobre la hierba alta, abrazó la gran roca y se echó a llorar a moco tendido, sin importarle el cómo el musgo se pegaba a su abrigo rojo de botones rosados, ensuciándolo. Su depresión al fin había alcanzado el punto de quiebre.
Su mente comenzó a divagar, y un sinnúmero de voces y rostros conocidos asaltaron sus recuerdos. Barry, Lucas, el profesor Rowan, Cynthia, Marley, May, los líderes de gimnasio, las enfermeras de los centros pokémon. Había acudido a todos y cada uno de ellos en busca de alguna solución, de alguna respuesta que le devolviese la esperanza, de alguien que le dijese que todo estaría bien, que existía una chance de salvar a Leafeon. Pero todos le habían dicho lo mismo: solo se podía ponerlo a dormir.

“La muerte es una parte natural de la vida” había oído decir en su cabeza a Dialga, el pokémon dragón señor del Tiempo, mediante un enlace psíquico conseguido con ayuda de un joven médium que la había acompañado la semana pasada hasta la Columna Lanza “Lo que le ocurrió a tu pequeño amigo aflige mi alma, pero si volviese en el tiempo para evitarlo correría el riesgo de crear una nueva realidad destruyendo la actual, y todos los seres de este mundo incluyéndote serían reemplazados por copias imperfectas de ellos mismos. Mi deber es proteger la línea de tiempo de cualquier tipo de alteración, y no a la inversa.”

“¡Le prometí a Bebe que cuidaría de ti!” gritaba entre sollozos, abrazando la roca como si su vida dependiera de ello “¡Te prometí que siempre estaríamos juntos el día que ganamos la Liga Pokémon! ¡Y te he fallado, Leafeon! ¡Te he fallado!”

“Todos los seres vivos deben morir eventualmente” había dicho también Dialga aquel día “Humanos y pokémon por igual. Si la muerte no existiese, el mundo sufriría de sobrepoblación y no habría cabida para las nuevas generaciones. Y es por eso que no puedo ayudarte. Lo lamento.”

Tenía razón. Lo sabía, pero seguía sin tener la fuerza suficiente para aceptarlo. ¿Cómo podía vivir sin Leafeon? ¿Qué sentido había en seguir mejorando como entrenadora y coordinadora sin aquel pokémon al que quería más que a la vida misma? Jamás podría volver a verle. ¿Acaso podría hacerlo el día que muriese? ¿Siquiera existía la vida después de la muerte para los humanos y los pokémon? ¿O solo les aguardaba un vacío sin fin en el cual el alma eventualmente se rendía y perecía? Quizás Cyrus, el desaparecido líder del Equipo Galaxia, tenía algo de razón. El espíritu volvía al ser humano imperfecto, con sentimientos que podían llegar a destrozarle por dentro. Pero, ¿Cómo podía el espíritu persistir sin sentimientos? ¿Y cómo podía el ser humano ser considerado humano sin un espíritu?

“¿Estás perdida?” preguntó de pronto una voz infantil y desconocida.

Dawn abrió los ojos sorprendida. Lo primero que notó fue que,  dejando de lado la voz que había escuchado, el Bosque Vetusto se hallaba en completo silencio. Llevaba un rato largo sin avistar algún pokémon salvaje, y por algún motivo estaba más oscuro que de costumbre. Sabía que el bosque era frondoso, y que se notaba especialmente cuando caía la noche, pero esta vez había algo diferente. Decidió ponerse de pie y darse la vuelta para encarar al extraño: se trataba nada más ni nada menos que de una niña pequeña que, a juzgar por su estatura, debía de rondar los nueve o diez años, la misma edad que Mira, aquella dulce niña que siempre solía seguirle a todas partes para pedirle que entrenasen juntas, acompañada de su Kadabra. Su cabello era corto, de color beige, sujeto por un gran moño rojo que asomaba detrás de su cabeza, y sus ojos eran tan profundos y oscuros como la noche. Su vestimenta no era nada fuera de lo ordinario, consistiendo de un vestido blanco con características de pijama, unas medias también blancas y unas sandalias color rojo escarlata. En sus manos llevaba un Teddiursa de peluche.

“N-no” dijo contestando finalmente a la pregunta de la pequeña, a la vez que procedía a secarse las lágrimas “S-solo estaba recordando a...a alguien. Es todo.”

“Oh, entonces me habré equivocado” se disculpó la niña con una sonrisa juguetona “Aunque luces como si necesitases un amigo.”

“No te preocupes, nena, estoy bien” aseguró Dawn, agachándose para poder observarla mejor “Por cierto, ¿Dónde están tus padres? No es bueno que andes caminando sola por aquí a estas horas.”

“¡Ja!” contestó la niña con una carcajada “Es gracioso. Yo estaba a punto de hacerte exactamente la misma pregunta.”

“Bueno, no estoy del todo sola” se excusó la joven campeona mientras se levantaba y retiraba todo el musgo que podía de su abrigo “Cuento con mis pokémon, y ellos me defenderán de cualquier peligro. Además, tú no pareces tener ninguno.”

“Porque no los necesito” respondió la pequeña, mientras se daba la vuelta un segundo para mirar hacia otro lado. Parecía estar interesada en los árboles cercanos “Mi padre dice que soy lo suficientemente mayor como para cuidarme sola. Además, no le gustan mucho los pokémon.”

“Y...¿Tú tampoco?” preguntó Dawn arqueando una ceja y genuinamente extrañada, mientras observaba con curiosidad el Teddiursa de peluche. Había algo en la sonrisa de aquel viejo y descosido muñeco que comenzaba a hacerla sentir incómoda.

“¡Por supuesto que no me gustan!” rió la niña “¡Me encantan, en especial los pokémon fantasma! Todas las noches vengo a esta misma zona del bosque para intentar capturar un Misdreavus. Son mis favoritos.”

“¿Y cómo planeas capturar uno sin pokémon o sin poké balls?” inquirió Dawn perpleja.

“¡Pues convenciéndole de que se vuelva mi amigo, por supuesto!” afirmó la pequeña mientras extendía su mano derecha “Por cierto, no nos hemos presentado. Me llamo Agnes.”

“Soy Dawn” sonrió Dawn, estrechando su mano “Probablemente hayas oído hablar de mí. No es por presumir, pero ayudé a derrotar al Equipo Galaxia y gané la Liga Pokémon de Sinnoh hace dos años.”

“¿Dawn?” dijo Agnes confundida “Pues es un muy bonito nombre. Aunque jamás había oído antes de ningún equipo galáctico o de una campeona llamada Dawn. Estoy casi segura de que Cynthia es la única campeona en la región de Sinnoh. ”

“B-bromeas, ¿Cierto?” preguntó Dawn, confundida ante las palabras de la niña.

“Eh...¿No?” contestó Agnes dubitativa “¿Por qué habría de?”

“¡P-pero debes de haber escuchado la historia del Equipo Galaxia!” exclamó ella “¡Ya sabes, la organización que robaba pokémon en Ciudad Vetusta y Ciudad Rocavelo! ¡Su líder era Cyrus!”

“¿Aquel señor joven de Ciudad Marina con el que el señor Charon siempre viene a visitarnos a mi padre y a mí?” preguntó la niña, para luego soltar una risita “Por favor. Lo he visto en persona, y sé que no lastimaría ni a un Caterpie.”

Dawn sintió un escalofrío recorriéndole la columna, desde el coxis hasta las vértebras cervicales. ¿Acaso acababa de decir “el señor Charon”? Sabía perfectamente que solo podía estar refiriéndose a un señor Charon, y ese era el científico del Equipo Galaxia que no solo había diseñado la máquina para crear con la energía de los guardianes Uxie, Mesprit y Azelf la cadena roja que le permitiría a Cyrus controlar a los pokémon legendarios del Tiempo y del Espacio Dialga y Palkia, sino que además había intentado robar la Piedra Magma de la Montaña Dura para despertar al pokémon legendario Heatran y así extorsionar a los lugareños controlando las erupciones del volcán. Pero, ¿Cómo podía ser eso posible? Charon estaba pudriéndose en prisión y Cyrus había quedado atrapado en lo más recóndito del Mundo Distorsión tras que Giratina, señor de la Anti-Materia, le encerrase allí para evitar la destrucción del universo. Y más importante aún, ¿Quién era aquella niña que jamás había escuchado hablar de sus proezas y que sin embargo había conocido a dos de las más peligrosas mentes criminales que Sinnoh había visto?

“Ji, ji, ji” dijo Agnes volviendo a reír ante la expresión de horror y de desconcierto en el rostro de la joven “Eres muy graciosa, Dawn. Algo me dice que podríamos volvernos buenas amigas.”

“S-seguro que s-sí” tartamudeó Dawn, al fin abandonando su tren del pensamiento “Y-y dime, Agnes...¿Por qué a tu padre no le gustan los pokémon?”

“Le resultan demasiado ruidosos” respondió Agnes “Los Murkrow y los Starly siempre picotean y anidan sobre el techo de nuestra casa, y los Bidoof y Bibarel le han robado tanta leña para construir sus diques con el pasar de los años que ha llegado a detestarlos. Por eso no quiere que me vuelva entrenadora. Y es por ello que planeo fugarme en cuanto consiga a ese Misdreavus.”

“¿Y no crees que él podría preocuparse si te fugas con un pokémon salvaje?” preguntó la joven.

“Tal vez” pensó por un segundo Agnes para luego esbozar una sonrisa “Pero muchos niños de mi edad o aún mayores también lo hacen, y sin embargo nunca les escarmientan. De todas formas mi padre no ha sido el mismo desde que mamá murió, así que sería la excusa perfecta para darle un poco de espacio.”

Dawn quedó atónita. Las palabras de Agnes le hicieron remontarse a aquella fatídica tarde de cuando tenía cinco años en la que su padre falleció estando en cama, secándole las lágrimas y prometiéndole que siempre estaría con ella. Fue la única vez en toda su vida en la que se sintió sola, y ahora que lo veía en retrospectiva, ese sentimiento había regresado en la forma de la muerte de Leafeon. ¿Acaso su madre y ella se habían vuelto imanes para la pérdida y el dolor? No lo sabía, más una cosa era segura, y era que la pequeña había hecho una observación sobre algo en lo que ella jamás había pensado hasta aquel momento: todos los niños en su región solían huir o ser expulsados de sus casas a muy temprana edad para convertirse en entrenadores o coordinadores pokémon, a pesar de que la gran mayoría de los pokémon salvajes que se hallaban en la hierba alta, en las cuevas, en las montañas y en los mares eran tan agresivos y de un comportamiento tan errático que probablemente preferirían no obedecerles y matarlos por más que los hubiesen capturado con una poké ball. El mundo en el que vivían parecía ser bastante cruel e inhóspito para aquellos niños que prefiriesen quedarse en sus casas, ir a la escuela y ayudar a sus padres con las labores del día a día, especialmente si no tenían pokémon que les protegiesen de otros pokémon o que les asistiesen a la hora de realizar trabajos pesados. ¿Realmente se sentían los pokémon felices al ser capturados, separados de sus familias y utilizados en torneos y en exhibiciones para que sus amos consiguiesen fama y gloria? ¿Qué hacía a lo que ella y los demás hacían diferente de lo que gente como el Equipo Galaxia hacía? Desde pequeña se le había dicho que a los pokémon les gustaba combatir para así obtener experiencia con cada batalla, evolucionar y hacerse más fuertes, afianzando de esa forma el cariño que tenían hacia sus dueños. Pero, ¿Cómo podía explicarse entonces el hecho de que Leafeon había muerto en una batalla contra un pokémon salvaje que en teoría debería haberle fortalecido? ¿Realmente era el combatir la única forma en la que un pokémon podía evolucionar y querer más a su entrenador? ¿O quizás existían otras alternativas en las que nadie había pensado todavía?

“Dawn” dijo de pronto Agnes, tironeando insistentemente su abrigo con su mano derecha “¿Te encuentras bien?”

“¿Q-qué?” preguntó Dawn, sacudiendo la cabeza a diestra y siniestra para regresar a la realidad.

“He dicho si te encuentras bien” replicó la niña, visiblemente intranquila “Te quedaste callada por unos cuantos segundos.”

“Oh, n-no es nada” aseguró Dawn “Es solo que...estaba pensando.”

“¿Pensando?” inquirió Agnes “¿En qué exactamente?”

“En que...” dijo Dawn, decidiendo mentir para calmarla “...en que sé que te volverás una gran entrenadora.”

Agnes, sorprendida, no dijo nada. Se limitó a contestarle cerrando los ojos y dedicándole una sonrisa cálida, con sus mejillas adquiriendo un color rojizo.

“Disculpa” dijo de pronto, con su expresión cambiando completamente “Pero, ¿Podría preguntarte qué hora es?”

“Bueno” dijo Dawn mientras alzaba su muñeca izquierda “De acuerdo con mi poké-reloj, son las doce en punto.”

“¡Oh, no!” gritó Agnes asustada mientras huía en dirección hacia los árboles más robustos “¡Debo volver a casa o Papá me matará! ¡Adiós, Dawn! ¡Fue un placer conocerte, espero verte aquí otro día!”

“¡Agnes, espera!” exclamó Dawn, yendo tras ella e internándose en lo más profundo del bosque y abriéndose paso lo mejor podía a través del denso follaje, ignorando el barro que iba ensuciando sus botas “¡No entres allí! ¡No sabes la clase de pokémon que pueden estar...!”

Un grito desgarrador que se oyó más adelante la paralizó temporalmente. Un segundo después, el bosque volvió a sumirse en completo silencio.

“¡AGNES!” vociferó, reanudando la persecución y corriendo lo más rápido que sus piernas le permitían “¡RESISTE!”

Al poco tiempo salió a un claro, donde se detuvo a tomar aire y a contemplar la vista. Frente a ella se alzaba aquella a la que todos los habitantes de Ciudad Vetusta se referían como la Vieja Mansión. Las historias que había oído sobre ella con el pasar de los años apuntaban a que estaba embrujada. Dawn recordaba haber pasado cerca de esta un día en el que ella y su Infernape, en aquel entonces un Monferno, habían ingresado al Bosque Vetusto juntos para poder entrenar, solo para encontrarse con Gardenia, la líder de gimnasio de Ciudad Vetusta, quien se encontraba parada justo enfrente de ella, aparentemente deliberando sobre si entraría a investigar o no.  

“¿A ti también te intriga el rumor que corre por ahí? Ya sabes que la gente está hablando mucho del pokémon fantasma de la Vieja Mansión. Y también he oído rumores de unas sombras siniestras... Debería ir a comprobar todo esto en persona, pero entrar allí me da... Bueno, ya sabes que soy líder de un gimnasio y estoy ocupadísima. No consigo hacer hueco en mi agenda. ¡No es porque me dé m-miedo! Esto...¡b-buena suerte con tu excursión!”                 

El mismo escalofrío de antes volvió a recorrerle la espina cuando se percató de que, a escasos centímetros de la cerca que rodeaba la entrada al jardín de la mansión, habían unas pequeñas pisadas con forma de sandalias impresas en el pasto por el barro que terminaban justo enfrente de la maleza que bloqueaba el acceso a la residencia. Al levantar la vista notó para su asombro que las ventanas de la mansión estaban iluminadas, indicando que alguien debía de estar viviendo allí dentro. El terror se apoderó de ella.

“¡Maldición!” pensó para sí “¡Algo terrible debió pasarle cuando se acercó a la entrada! ¡Debo entrar allí si quiero salvarla!”

Cobrando valor, Dawn sacó de su bolso su super ball y la lanzó al aire para que esta se abriese, liberando a su Weavile. La pokémon comadreja aterrizó sobre la vegetación valiéndose de sus patas traseras con impecable precisión y una sonrisa socarrona en la cara.

“¡Weavile, usa Corte!” ordenó su entrenadora, señalando la maleza con el dedo índice de su mano izquierda.

Weavile no vaciló. En un abrir y cerrar de ojos pegó un gran salto y propinó una veloz cuchillada sobre el objetivo con sus afiladas garras. La maleza cedió partiéndose en dos antes de que el pokémon volviese a tocar tierra firme. El camino finalmente estaba libre.

“¡Muy buen trabajo, Weavile!” dijo Dawn acariciando el pelaje de Weavile para luego hacerla retornar a su super ball “¡Regresa!”

Corrió hasta las dos grandes puertas rojas de madera y, al ver que no había timbre, aplicó tres fuertes golpes sobre la de la derecha con el puño izquierdo. Para sorpresa suya, la puerta se abrió a los pocos segundos y un señor grande, quien a juzgar por su esmoquin debía de ser un mayordomo, la recibió. Las facciones de su rostro denotaban agotamiento, probablemente producto de incontables años de servidumbre. Sus tupidas cejas, tan llenas de canas con el poco cabello que le quedaba, combinadas con sus penetrantes ojos color ámbar, podrían haber amedrentado a hasta el más fiero de los Noctowl.

“Saludos, jovencita” preguntó con un tono gentil. Su voz sonaba apagada y rasposa, pero amable “¿En qué puedo serte de utilidad?”

“¡Busco a una niña pequeña que andaba por aquí!” explicó Dawn, dominada por la ansiedad y el temor de que Agnes se hallase en peligro mortal “¡Tengo razones para creer que entró a su mansión!”

“Te aseguro que aquí no hay ninguna niña pequeña” aseguró el hombre, frunciendo el ceño “No obstante, si puedes describírmela, quizás consiga identificarla.”

“T-tiene cabello marrón y un gran moño rojo” empezó a decir Dawn, sintiéndose intimidada ante la mirada del anciano “Vestía una especie de pijama blanco y sandalias. ¿Está seguro de que no la ha visto?”

“¡Oh!” dijo el hombre, esbozando una sonrisa que a Dawn le resultó inquietante “¡Sí, sé a quién te refieres! Suele deambular todas las noches por estos lares, pero nunca ha puesto un pie aquí. Que tengas muy buena noche.”

“¡Espere!” suplicó la joven bloqueando la puerta con su pie izquierdo, evitando que el hombre pudiese cerrarla “¡Por favor, señor, debe usted ayudarme! ¡Esa niña debe de andar perdida en este bosque, y podría haberse metido en grandes problemas!”

“Te propongo algo, jovencita” sugirió el hombre, volviendo a formar aquella perturbadora sonrisa “¿Por qué no pasas la noche aquí? Viendo lo sucias que se encuentran tus botas, imagino que has de haber recorrido una gran distancia a pie y debes de estar muy cansada. Mañana a la luz del día te ayudaré a buscar a tu amiguita. ¿Te parece bien?”

Dawn se estremeció al ver nuevamente aquella sonrisa en el rostro del hombre. No confiaba ni un poco en sus palabras, pero también debía reconocer que se hallaba con sueño. Y en vista y considerando que no hacía mucho tiempo había abandonado su hogar, llegó a la conclusión de que no había mejor alternativa si quería esperar a que las cosas se calmasen entre su madre y ella. De una u otra forma, la oscuridad que el bosque había adoptado le daba escalofríos, por lo que salir volando sobre Staraptor para hallar a Agnes sin saber hacia dónde iba sería imprudente.

“Está bien” suspiró derrotada “Solo espero no ser una molestia.”

“¡Todo lo contrario!” contestó el anciano mientras abría aún más la puerta y se hacía un lado para permitirle el paso “Adelante, por favor. Siempre es un placer recibir nuevos huéspedes. Siéntete libre de limpiar tus botas sobre el tapete.”

El interior de la mansión era bastante espacioso, con un suelo y paredes de ladrillo marrón oscuro que no presentaban ni el más mínimo dejo de suciedad. En el techo, una enorme araña de vidrio iluminaba todo el salón con una luz amarillenta y resplandeciente. Más adelante, a los costados, dos grandes escaleras conducían a diferentes habitaciones y cuartos, mientras que en el medio había una gran puerta que parecía conducir a la sala del comedor. Cerca de esta, ubicada a la izquierda, había una estatua de un extraño pokémon que, a juzgar por el cuerno encima de las fosas nasales, debía de ser un Rhydon.

“Deduzco por el color de tu piel que debes de tener hambre” supuso el anciano “Sígueme, te serviré algo de comer. Acabo de preparar la comida.”

“¡Oh!” exclamó Dawn mientras terminaba de limpiar sus botas “¡N-no es necesario!”

“Insisto” afirmó el hombre “Justo acabo de preparar la cena. Estoy seguro de que tú y tus pokémon la hallarán abundante.”

Dawn entrecerró los ojos con desconfianza en cuanto el viejo se dio la vuelta. ¿Cómo sabía él que llevaba pokémon consigo? Decidió abrir la boca para preguntárselo pero, justo cuando estaba por hacerlo, una de las poké balls en su bolso se asomó, y su Infernape salió de ella chillando, arremetiendo furioso contra el mayordomo, quien retrocedió asustado.

“¡Infernape!” gritó ella sosteniendo a su pokémon de su pata delantera derecha para evitar que lastimase al hombre, “¡Detente! ¡Solo es un pobre hombre!”   

Infernape desistió, no sin dejar de observar al mayordomo con odio, bufando incesantemente. La llama en la cabeza del pokémon babuino ardía con la intensidad de una estrella azul.

“¡Deberías avergonzarte!” le regañó Dawn mientras sacudía el dedo índice de su mano izquierda como una madre castigando a su hijo “¡Este buen señor nos ha permitido hospedarnos aquí, así que más te vale que te disculpes con él!”

“No hay necesidad, jovencita” dijo el anciano mientras posaba su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Infernape. El pokémon se contuvo de arrancársela, limitándose a enseñar sus colmillos y gruñir en forma amenazadora “Estoy seguro de que el banquete le hará cambiar de parecer sobre mí.”
                                                          
                                               



“Y dígame, señor Fitzgerald” dijo Dawn mientras devoraba gustosamente la ensalada que tenía en su plato. La larga y extensa mesa de mantel rojo del comedor estaba repleta de una infinidad de carnes, vegetales, pastas, frutas y postres tan suculentos y apetitosos que a cualquiera que posase su mirada en ellos inmediatamente se le haría agua la boca “¿Exactamente quién es el dueño de esta mansión?”

“Temo que soy su único residente” dijo el mayordomo “Esta mansión solía pertenecer al amo Torrance, pero desde....bueno, trágico incidente pasó a su hombre de mayor confianza, es decir a mí.”

“¿Martin Torrance, el conocido filántropo inventor de la Barrita Plus y amigo del viejo señor Backlot?” preguntó Dawn, dejando de meter comida en su boca por un instante “Recuerdo haber oído sobre él hace mucho tiempo atrás. ¿No se supone que se fue una noche de su mansión y jamás volvió?”

“Por desgracia la verdad es mucho peor que lo que los periódicos dijeron” explicó Fitzgerald, aparentemente con gran pesar “Aquella fatídica noche, mi esposa y yo hallamos a la pobre hija del amo Torrance muerta en su cama. Se llamó a la policía para que realizase una investigación a fondo, y toda la evidencia indicaba que fue su propio padre quien la había estrangulado hasta romperle el cuello. Se decidió que el arresto del amo fuese con la mayor discreción posible y se nos pidió a ambos que guardásemos silencio. Mi esposa y yo vivimos los siguientes años aquí, hasta que ella falleció a causa de complicaciones del corazón. Desde entonces he permanecido aquí solo, recibiendo en ocasiones a los viajeros que se pierden en el camino y buscan un lugar donde pasar la noche.”

El anciano hizo una pausa y pareció soltar una pequeña lágrima que limpió con una servilleta. Dawn se dijo para sí misma que estaba segura de que estaba fingiendo, pero decidió no hacer comentarios y hacer de cuenta como que no había notado nada.

“Oh, lo siento” dijo finalmente el hombre “Hablé demasiado. No fue mi intención preocuparte tanto. Mejor termina tranquila tu plato. En cuanto lo hayas hecho te serviré el postre y te enseñaré tu dormitorio.”

Dawn hizo caso y aprovechó más tarde mientras comía la deliciosa porción de pastel de cereza que Fitzgerald le sirvió para reflexionar sobre todo lo que acababa de descubrir. Conocía bien la historia detrás de Martin Torrance, y por lo que había leído de él sabía que no era precisamente un hombre iracundo, y mucho menos un asesino. ¿Por qué habría estrangulado a su hija? Era evidente que Fitzgerald ocultaba algo, pero aún no estaba segura de qué era. Además, si lo que este había dicho era cierto, ¿Cómo podían explicarse los rumores sobre el pokémon fantasma y las sombras de las cuales le habían hablado Gardenia, su vieja amiga Cheryl y el resto de los habitantes de Ciudad Vetusta? ¿Cómo era posible que esta fuese la primera vez que veía a la mansión con luz en su interior y a alguien viviendo dentro de ella? Había una pieza faltante en el rompecabezas, y estaba dispuesta a averiguar a qué se debía. Probablemente al día siguiente cuando hallase a Agnes vería de contactar con Looker de la policía internacional para que le ayudase a vigilar de cerca al mayordomo y con suerte socavarle información. Hasta entonces, lo único que debía hacer era seguirle el juego al hombre y hacerse la desentendida.

Infernape, por su parte, no probó ni un solo bocado. Estaba satisfecho con las bayas que Johanna le había servido unas cuantas horas antes, y seguía observando a Fitzgerald con desprecio. Podía percibir algo en ese humano que no le agradaba en lo más mínimo. Algo frío, cruel, tal vez incluso perverso, y el hecho de que Staraptor, Garchomp, Weavile y Floatzel no hubiesen querido salir de sus poké balls durante toda la cena pese a la insistencia de Dawn le probaba que sus instintos no le estaban engañando, que ellos podían sentir lo mismo que él. Cualquier cosa que aquel humano se trajese entre manos no podía ser buena, y como intentase algo defendería a su entrenadora con su vida de ser necesario.

“Oh, rayos” dijo de pronto Dawn mientras olía su camiseta negra y blanca para terminar adoptando una expresión de asco y repulsión “Parece que el musgo también impregnó mi camiseta con su olor. Señor Fitzgerald, no quisiera abusar de su hospitalidad pero, ¿Le importaría indicarme dónde se encuentra el baño? Quisiera darme una ducha.”

“Con mucho gusto” aseguró el mayordomo mientras retiraba el servicio “Está al final de pasillo de allí a la derecha. Si así lo deseas, jovencita, también me encargaré de limpiar tu ropa junto con tu abrigo y tu bufanda. El lavarropas los lavará y secará tan rápido que los tendré listos en un santiamén.”

“Se lo agradezco mucho” sonrió Dawn, mientras comenzaba a quitarse las botas  “Entonces se la daré aquí mismo.”

“Excelente” dijo Fitzgerald tapando sus ojos con su mano izquierda, esperando con su mano derecha extendida la ropa que la muchacha le entregaría “Con gusto te las llevaré hasta tu habitación en cuanto se hayan secado.”
                  
                                                         



Dawn se internó lentamente en la bañera, despojada de su ropa. Sin perder el tiempo, giró con cuidado la canilla plateada que se hallaba a su derecha, temerosa de romperla. El agua caliente de la ducha descendió en forma de catarata sobre ella, entrando en contacto tanto con su suelto cabello como con su blancuzca piel desnuda, que llevaba semanas sin recibir la luz del sol. La joven sintió una cálida y grata sensación, como si estuviese recibiendo gentiles caricias y mimos a lo largo de todo su cuerpo. Una débil sonrisa se le dibujó en los labios. La temperatura del agua era tan ideal que le llenaba de paz. La paz que había perdido el día que Leafeon fue puesto a dormir.

Justo cuando estaba  pasándose el mojado y escurridizo jabón por su cuello y por la zona de su ombligo, sintió un dolor familiar y punzante. Usando su mano libre, recorrió cautelosamente su espalda, hasta que detectó el origen de este en su omóplato izquierdo. Era aquel viejo rasguño que se había auto-infligido. Parecía que algunas de las heridas que había comenzado a hacerse desde aquel fatídico día no habían terminado de cicatrizar. Los antidepresivos que su madre le había hecho ingerir todas las mañanas siguiendo la receta del médico habían logrado que llevase una semana sin auto-lacerarse, y ahora que ya no se encontraba bajo el efecto de los medicamentos el deseo de lastimarse para aplacar su dolor había vuelto a dar acto de presencia. Pero había algo en la temperatura del agua que seguía haciéndole sentirse a gusto, invitándola a ignorar aquel horrendo impulso.

Mientras se aseguraba de que el champú cubriese hasta lo más profundo de su gruesa cabellera y generase una serie de burbujas se quedó pensando nuevamente en su madre. No le cabía duda alguna de que la había herido abandonando su hogar a la mitad de la noche, encerrándose en su propio dolor y comportándose como una ingrata. Y no solo a ella, sino a todos los que le rodeaban. Había pasado tardes enteras ignorando las llamadas de Barry, de Lucas y del profesor Rowan, y no hacía más de dos horas había preocupado a May, importándole un comino sus sentimientos. Cualquiera que fuera el motivo, llevaba un rato largo sintiendo que volvía a ser ella misma después de tanto tiempo. Pero, ¿A qué podía deberse tan repentino cambio en su conducta? ¿Acaso el abrazo a la roca repleta de musgo y la conversación con Agnes en el bosque le habían hecho recapacitar, sintiéndose finalmente capaz de avanzar? ¿O solo era la culpa que finalmente había alcanzado su mente, reptando por su cuerpo con ayuda del agua? La razón se le escapaba, más no se sentía molesta por ello. A la mañana siguiente tendría muchas disculpas que pedir. Por ahora estaba conforme con disfrutar de la compañía que el agua le hacía.

Pero sabía que no podía quedarse allí metida toda la noche. Una vez se aseguró con su nariz de que había eliminado cualquier resto de olor a musgo de su piel, giró la canilla en el sentido contrario, cerrando la ducha. Y fue justo cuando comenzaba a cubrir su cuerpo con una de las dos grandes toallas que se hallaban sobre el caño de la bañera que escuchó como la puerta del baño era abierta de forma violenta, seguido de un familiar chillido que reconocería en cualquier parte.

“¡INFERNAPE!” gritó mientras corría indignada la cortina y procedía a salir de la bañera, asegurándose de pisar el felpudo que había en el suelo “¡Te dije que me esperases afuera! ¡¿Qué es lo que pasa?!”

Infernape chillaba y saltaba alborotado frente a ella, como si algo lo tuviese enloquecido. Por alguna razón, el pokémon babuino se encontraba sujetando las prendas de su entrenadora con ambas patas delanteras. Entre sus fauces trasportaba el poké-reloj de Dawn de tal forma que le fuese imposible romperlo, y en su hombro derecho cargaba su pesado bolso blanco.

“Aguarda” dijo Dawn mientras acababa de secar su cabello con la otra toalla y se ponía su ropa interior, quitándole a su pokémon su camiseta “¿Por qué trajiste todas mis cosas hasta aquí? Sabes bien que el señor Fitzgerald me prometió que me las dejaría en la habitación.”

Infernape contestó con chillidos aún más fuertes mientras su dueña iba tomando sus pertenencias una por una. Se le veía estresado y genuinamente aterrado.

“Espera. Estás tratando de decirme algo” dedujo ella a la vez que terminaba de subirse las medias y de recoger su cabello con sus dos broches, cada vez más preocupada por el extraño comportamiento de su pokémon “¿No es cierto?”

Infernape se sintió aliviado una vez su entrenadora le sacó el poké-reloj de la boca para poder expresarse con mayor libertad, pero continuó chillando y golpeando su pecho con sus puños, como si estuviese retando a algún oponente a un combate.

“¡Infernape, por favor, necesito que te calmes!” dijo Dawn con su gorro de lana ya puesto en la cabeza, apoyando sus manos sobre los hombros de su pokémon “Recuerda lo que hablamos. Usa el lenguaje de señas que inventamos para comunicarnos. No lo has olvidado, ¿Verdad?”

Infernape hizo caso al sentir las manos de Dawn sobre sus hombros. Tras inhalar y exhalar profundamente y relajarse, comenzó a formar figuras con las manos para intentar explicarse.

“¡¿Qué?!” exclamó la joven desconcertada, finalmente comprendiendo lo que Infernape trataba de decirle “¡¿A qué te refieres con que el señor Fitzgerald desapareció?!”

Apenas acababa de formular su pregunta en voz alta cuando un súbito susurro provino del pasillo, como si alguien hubiese chistado, paralizando del pavor a la muchacha y a su pokémon. Acto seguido la luz del baño se apagó, dejando a ambos sumidos en la oscuridad. Como si hubiese percibido el frío y aterrador roce de la muerte, Infernape se dio la vuelta y, pensando rápido, cerró la puerta con la misma fuerza que había usado para abrirla, apoyando su espalda contra ella para bloquearla.

Dawn detectó el cómo la temperatura dentro del baño había empezado a bajar drásticamente, a pesar de que la ventana cercana a la bañera estaba cerrada y no hacía menos de quince segundos el cuarto había estado cubierto por una liviana nube de vapor, producto de la ducha de agua caliente que se había dado. Asustada y confundida, se puso de inmediato su abrigo y se aseguró de proteger con su gruesa bufanda blanca tanto su cuello como su boca y nariz para conservar el calor corporal.

“¿Q-qué e-es l-lo q-que e-está s-sucediendo?” preguntó, tiritando y cruzada de brazos, poniendo sus manos sobre sus propios hombros. De su boca salió una pequeña e insignificante cortina de vaho.

El corazón le dio un vuelco cuando comenzó a escuchar un par de pasos secos y apenas audibles  que se acercaban desde el otro lado de la puerta. La perilla de madera comenzó a ser girada lentamente. Algo quería entrar al baño. Sabía que no era Fitzgerald. El anciano probablemente ya habría hablado.

“¡NO!” gritó aterrorizada e involuntariamente, abalanzándose sobre la manija y deteniéndola con ambas manos. La puerta comenzó a ser golpeada y azotada con una fuerza y fiereza sobrehumanas. Fuera lo que fuera lo que se hallaba afuera en el pasillo, no desistiría sin una pelea “¡Infernape! ¡Hagas lo que hagas, mantente pegado a la puerta y no dejes que te empuje! ¡Usa Corpulencia!”

Infernape gruñó en señal de entendimiento y se concentró lo mejor que podía con tal de realizar el movimiento. De su cuerpo emanó un aura de color rojizo, y en consecuencia los músculos de sus brazos se hincharon momentáneamente, otorgándole unos impresionantes bíceps de los que incluso un Machamp habría tenido envidia.

Los salvajes azotes a la puerta continuaron unos segundos más, hasta que cesaron abruptamente. Tras esperar unos minutos a que algo más ocurriese, Dawn suspiró aliviada y soltó el picaporte. Infernape, por otra parte, gruñó con fatiga y dejó que sus músculos regresasen a la normalidad. Pero no había tiempo para relajarse. Su sexto sentido le decía que esto solo era el comienzo.

“Sígueme y quédate cerca” le susurró a Infernape en la oreja derecha mientras le quitaba su bolso para ponérselo en el hombro izquierdo y abría la puerta con cautela. Su pokémon inicial se limitó a asentir con la cabeza y salió detrás de ella, sin hacer el menor ruido.

Las lámparas que antes iluminaban todo el pasillo también estaban apagadas, dejando al pasillo completamente a oscuras a excepción de la llama en la cabeza de Infernape, que permitió tanto a este como a su dueña avanzar por el largo corredor sin temor a tropezarse o a chocarse con algo. Era como si toda la mansión hubiese sido víctima de un inesperado apagón.

“¿H-hola?” se atrevió a preguntar Dawn con un dejo de temor en su tono de voz “¿S-señor Fitzgerald? ¿Se encuentra usted por aquí?”

No recibió respuesta más que el sonido de sus pisadas y las de Infernape, que se encontraba pegado a su derecha, sin intención ni de alejarse ni de quedarse atrás. Podía sentir el cómo el pokémon compartía con ella el miedo que la invadía.

Continuaron caminando juntos un largo techo, hasta que llegaron al final del pasillo, que era prácticamente un callejón sin salida. Sobre la pared se hallaba colgado un muy detallado retrato del viejo señor Torrance pintado al óleo. Su canosa barba y su fino bigote, así como su imponente mirada, daban la idea de un hombre serio, pero gentil y aprensivo.

Dawn decidió dar un paso más hacia adelante para observar la pintura con mayor detenimiento, y fue entonces cuando sintió que la punta de la bota en su pie izquierdo había pateado algo. Al bajar la vista sorprendida, y gracias a la luz que le proporcionaba Infernape, vio que se trataba de un descuidado y golpeado cuaderno de tapa amarilla sin nombre ni etiqueta en la tapa. Con curiosidad se agachó para tomarlo.

“Infernape” dijo mientras levantaba la tapa para poder inspeccionarlo “Acércate. Necesito que me des un poco más de luz aquí.”

Infernape hizo caso ipso facto y se acercó aún más a su entrenadora para que esta pudiese leer con claridad. La primera página del cuaderno, igual de llena de polvo que la tapa, tenía garabateada de forma casi ilegible una peculiar y solitaria oración a la que le faltaban unas cuantas letras, evidentemente debido a que la tinta usada no había sido la mejor.

Algo muy extraño debió robar el motor” leyó Dawn en voz baja, deduciendo por sí misma las letras faltantes para completar la frase. La demás hojas estaban en blanco, como si el dueño o dueña del cuaderno se hubiese aburrido de escribir apenas comenzado el primer párrafo “¿Motor? ¿El motor de qué? ¿Qué significa esto? ¿Y qué hace un cuaderno como este aquí?”

Dawn reflexionó en silencio por unos minutos, frente a un confundido Infernape. La frase le recordaba vagamente a aquel día en el cual Looker y el resto de la policía internacional habían allanado con su ayuda el edificio del Equipo Galaxia en Ciudad Vetusta, donde habían encontrado entre otras cosas el diario y las investigaciones secretas de Charon. En él, el científico loco describía con todo detalle su encuentro con un pokémon fantasma desconocido cuyo cuerpo podía almacenar y descargar grandes cantidades de energía eléctrica, además de poseer la increíble capacidad de meterse dentro de ciertos tipos de electrodomésticos, unirse a ellos y así cambiar de apariencia. Le había llamado “Rotom”, que significaba “Motor” al revés. ¿Acaso tendría algo que ver con...?

La respuesta llegó a ella más rápido que lo que un Purugly tardaba en apropiarse de la morada de un pokémon rival. Ahora todo tenía sentido: según algunos de los rumores que habían en Ciudad Vetusta concernientes a la mansión, el pokémon fantasma que la habitaba solía liberar potentes chispazos que inutilizaban cualquier dispositivo cercano, a veces por accidente y otras a voluntad. Lo que significaba que el pokémon fantasma que Charon había descubierto y aquel que se había avistado cerca de la mansión solo podían ser el mismo. Pero, si lo de Rotom era cierto, ¿También lo era lo de las...?     

La luz de la luna asomó por una ventana cercana, emitiendo un color rojo sangre que iluminó el pasillo por completo. Los repentinos chillidos de advertencia de Infernape hicieron que la joven saliese de su tren de pensamiento para encontrarse con una escena que le heló la sangre: la tapa del cuaderno presentaba ahora una boca grande y repleta de aserrados dientes, con una larga y monstruosa lengua que estaba lamiendo sus manos desnudas, como si estuviese probándolas.

Dawn soltó un grito de horror y en el susto dejó caer el cuaderno al suelo, al mismo tiempo que a este comenzaban a brotarle de los costados un par de patas similares a las de un Ariados, pero mucho más largas. Al alzar su vista, todo lo que pudo ver fueron dos gigantescos y penetrantes ojos rojos que la miraban fijamente. El retrato del señor Torrance estaba observándola tanto con odio como con malicia. Era como si el mismísimo Diablo hubiese tomado posesión del cuadro.

Aprovechándose de que la muchacha se hallaba incapaz de moverse a causa del horror que estaba presenciando, el cuaderno endemoniado se agazapó para saltar sobre ella y, cobrando impulso, se abalanzó sobre ella abriendo sus fauces de par en par, dispuesto a darse un festín con su cara. Infernape, detectando el peligro inminente y reaccionando en cuestión de milisegundos, usó su movimiento Garra Umbría y, poniendo a su entrenadora detrás de él, hizo trizas el libro maldito, seccionándolo en dos. Los trozos de papel que cayeron al suelo se reunieron mágicamente y formaron el rostro de un pokémon con una sonrisa pérfida y siniestra, cuyo cuerpo consistía de una cabeza negra y esférica rodeada por un gas púrpura y venenoso. Era un Gastly.    

“¡INFERNAPE, TENEMOS QUE SALIR DE AQUÍ!” gritó Dawn, finalmente reaccionando y corriendo en dirección contraria. Infernape, con la cola entre las patas, la siguió de inmediato, sin esperar a que el Gastly terminase de recuperar su aspecto verdadero.

Pero ya era tarde. Numerosos Gastly y Haunter empezaron a emerger de las paredes del pasillo con la intención de detenerles. Infernape, emitiendo el reverberante rugido de los pokémon primates y con la sangre de su abuelo y su padre corriendo por sus venas, comenzó a atacar pokémon fantasma a diestra y siniestra, haciéndoles retroceder con Garra Umbría y calcinándolos al liberar de su boca su potente movimiento Lanzallamas. Sabiendo que su pokémon inicial no podría con tantos adversarios a la vez por mucho tiempo, Dawn tomó velozmente del bolso dos de sus poké balls y sacó de ellas a Weavile y a Garchomp, a quienes ordenó usar Tajo Umbrío y Garra Dragón respectivamente. Los tres pokémon, uniendo fuerzas y combinando sus esfuerzos, formaron un círculo en el centro del pasillo, protegiendo a su ama y acabando con decenas de enemigos mientras avanzaban al mismo tiempo. La lucha llegó a durar tanto que Dawn, sugestionada y desorientada, comenzó a preguntarse si los Gastly y Haunter no estaban multiplicándose y por eso eran infinitos. Nunca antes había visto tantos pokémon fantasma reunidos en un mismo sitio.

“¡Sigan así, muchachos!” exclamó alentando a Infernape y compañía mientras veía como los espectros comenzaban a ceder “¡Pronto saldremos!”

“Mucho me temo que eso jamás sucederá, jovencita” dijo una voz familiar.

Dawn se dio la vuelta y, para sorpresa tanto de ella como de sus pokémon, vio al viejo Fitzgerald parado más adelante, caminando lenta y de forma elegante hacia ella.

“Conoces nuestro secreto” continuó diciendo mientras avanzaba. Fue en ese momento cuando Dawn bajó la vista y comprobó para su infortunio que los pies y cuerpo del mayordomo no solo no estaban tocando el suelo, sino que tampoco proyectaban sombra “Conoces mi secreto. Es por eso que debo acabar contigo.”

“¡¿Su secreto?!” se atrevió a preguntar Dawn de forma desafiante, consiguiendo hacer a un lado su temor por unos segundos “¿De qué diantres está hablando? Lo único que sé es que usted está muerto, y que en vida fue un respetable hombre que presenció el asesinato de la hija del señor Torrance. ¡¿Por qué hace esto?!”

“Por favor, pequeña” contestó Fitzgerald parándose en el aire y a escasos centímetros de la muchacha, poniéndose de brazos cruzados “Seguramente ya lo habrás adivinado. Yo no presencié un asesinato. Cometí un asesinato.”

“¿A...a qué se refiere?” preguntó Dawn, tanto horrorizada como extrañada ante la respuesta del espectro.

“¡Yo fui quien asesinó a la hija del señor Torrance!” explicó Fitzgerald iracundo mientras los Gastly y los Haunter le rodeaban “Luego lo incriminé a él para que fuese a prisión en mi lugar y así quedarme con su mansión y con lo que quedaba de su fortuna.”

“¡¿Qué?!” gimió Dawn, finalmente comprendiendo que sus sospechas hacia el mayordomo eran más que justificadas “¡Pero eso no tiene ningún sentido! ¡¿Por qué arruinaría las vidas de esa pobre niña y de su padre por algo sin valor como una mansión?!”

“¡¿Por qué?!” replicó Fitzgerald colérico “¡¿POR QUÉ?! ¡Porque la familia Torrance aplastó a la compañía de la mía, dejándonos en la bancarrota muchas décadas atrás con la invención de la Barrita Plus! Fue por eso que comencé a trabajar para ellos como mayordomo. Sabía que la única forma que había de vengar a mi familia era ganándome su confianza y luego arrebatándoles lo que ellos nos habían arrebatado. ¡Por eso me las apañé para ingresar a su cuarto una noche en la que ambos dormían profundamente para romperle el cuello usando guantes impregnados con las huellas dactilares de su propio padre!”

“¡P-pero eso no es posible!” tartamudeó Dawn, siendo incapaz de creer lo que escuchaban sus oídos “¡Usted me dijo que su esposa estuvo allí con usted cuando encontraron muerta a la niña!”

“Mi esposa nunca presenció el asesinato” afirmó el engendro “Pero sí sospechaba de mí, y cuando se enteró de lo que había hecho me odió implacablemente por haberla hecho partícipe de un crimen sin su consentimiento previo. Finalmente un día me sirvió café envenenado y luego abandonó la mansión, dejándome a mi suerte. Cerré los ojos cuando mi corazón dejó de latir, y cuando volví a abrirlos desperté muerto.”

“¡¿Cómo pudo hacerle eso a una niña inocente?!” vociferó Dawn, dominada por la ira y la impotencia “¡Ella y su padre confiaban en usted, y usted acabó con ellos como si fuesen meros obstáculos en su camino!”

“¡Hice lo que debía hacerse!” contestó Fitzgerald “¡Por el honor de mi familia debía liquidarlos! ¡Así no solo recuperé la fortuna de los Fitzgerald, sino que pude acallar de una vez a esa insoportable chiquilla que lo único de lo que sabía hablar era sobre lo mucho que le gustaban los pokémon fantasma!”

Dawn se congeló y sintió como si el mundo alrededor  de ella, la mansión, sus pokémon, el fantasma de Fitzgerald, hubiese perdido todo significado alguno. Inconscientemente cerró sus puños con una rabia asesina. Las lágrimas en sus ojos comenzaron a descender por sus mejillas mientras la última pieza del rompecabezas le era revelada, haciéndole ver una verdad mucho más aterradora, una que iba mucho más allá del ser vil y repugnante que se ocultaba detrás del rostro de Fitzgerald: Agnes, la dulce y simpática niña que buscaba un Misdreavus y que había conocido en el bosque, aquella niña con la cual había llegado a simpatizar y a congeniar, no era más que un fantasma correteando por el bosque sin rumbo fijo, un mórbido y perturbador recordatorio de lo que había acontecido en la Vieja Mansión del Bosque Vetusto. Ella era Agnes Torrance, la niña asesinada.

“¡MONSTRUO!” estalló finalmente para sorpresa de todos los pokémon allí presentes “¡Haré que pague por lo que le hizo a Agnes!”

“¿En serio?” dijo Fitzgerald, siendo incapaz de contener la risa “¿Y qué es lo que harás? ¿Llamar a la policía internacional para que venga tras de mí, el alma de un hombre muerto, como planeabas hacer hace un rato? Aún si te dejase escapar ya no hay nada que puedas hacer para lastimarme. Nadie te creería, y probablemente pasarías el resto de tus días en un manicomio. Por eso te haré el favor de evitar todo ese sufrimiento dándote una muerte rápida.”

Hubo un breve momento de silencio en el que Dawn y sus pokémon pudieron presenciar con terror en sus corazones cómo Fitzgerald llevaba a cabo una espantosa transformación. Su rostro, así como también su cabello y el resto de su cabeza, empezaron lentamente a desintegrarse, dejando expuestos su cráneo y sus cuencas vacías, que les siguieron a los pocos segundos. Sus ropas se volvieron traslúcidas hasta desaparecer por completo, mientras que su esqueleto acabó por disolverse, convirtiéndose en un charco de ácido maloliente, burbujeante y de color morado oscuro que cayó al suelo. El charco se convirtió en una sombra de ojos rojos y sonrisa sardónica que se elevó revelando la figura de un pokémon de tipo fantasma y orejas puntiagudas que Dawn siempre había detestado ver, asociándole con sus pesadillas y con un sinfín de leyendas que siempre terminaban en locura y muerte: un Gengar.

“Cuando mi esposa me envenenó, mi alma no pudo ascender a la otra vida porque tenía asuntos pendientes” dijo Fitzgerald, esbozando la característica sonrisa de los Gengar “Deseaba verla muerta por su traición, y como me era imposible abandonar la mansión debido a mi conexión con ella, me la pasé días, semanas, meses y años esperando a que alguien ingresase aquí y pudiese tomar posesión de su cuerpo para poder escapar. Y con tu cuerpo, jovencita, al fin podré consumar mi venganza definitiva.”

“¡Señor, usted está loco!” sentenció Dawn enfurecida.

“¡¿Loco?!” preguntó Fitzgerald, perdiendo los estribos “No. Solo furioso, vengativo, cansado de estar atrapado de haber sido castigado luciendo como esta...¡Esta cosa! ¡No merezco ser un pokémon! ¡Soy un ser humano! Y cuando me permitas poseer tu cuerpo, niña, ¡Me vengaré de mi esposa y devolveré a su antigua gloria el apellido de mi familia como que me llamo Leopold Fitzgerald III!”

“¡Jamás le daré mi cuerpo!” se negó ella, indignada ante la oferta del lunático.

“Oh, no finjas valentía frente a mí” pidió Fitzgerald con un tono lastimero, pero falso “He leído tu mente. ¿Acaso no quieres reunirte con tu querido Leafeon? Porque puedo asegurarte de que él está aquí entre nosotros. Acepta mi oferta y volverás a verle de nuevo. Ambos estarán juntos por toda la eternidad. ¿No es eso lo que tu corazón más desea?”

“¡NO!” reafirmó Dawn, golpeando fuertemente el suelo con su bota izquierda y conteniendo las lágrimas “¡Usted está mintiendo! ¡Leafeon fue un buen pokémon que me amó tanto como yo lo amé a él, y estoy harta de auto-compadecerme! ¡Si me rebajase a darle mi cuerpo estaría deshonrando su memoria! ¡Estaría convirtiéndome en alguien igual de desalmado y egoísta que usted!”

“Entonces tendré que separarte de tu cuerpo a la fuerza” respondió el Gengar “¡MÁTENLA!”

Los Haunter y los Gastly, reticentes, reanudaron el ataque. Infernape, Garchomp y Weavile hicieron el círculo aún más pequeño, asegurándose así de que a su entrenadora no la tocaría ni Arceus. Floatzel, que hasta aquel entonces había permanecido metido en su ultra ball por temor a los fantasmas, decidió unirse de una vez por todas a la lucha, alejando a un Haunter utilizando su rápido y poderoso movimiento Acua Jet.

“¡Escúchenme!” rogó Dawn apenada, intentando entrar en razón con los pokémon fantasma “¡No tienen porqué obedecerle! ¡Deténganse!”

Como si alguien desde las alturas hubiese oído su plegaria, un enorme círculo formado a partir de energía eléctrica del color de los relámpagos rodeó a Dawn y a sus pokémon, devolviendo toda la luz a la mansión y haciendo que todos los Gastly y Haunter huyesen despavoridos. Fitzgerald quedó petrificado ante la estática que rodeó el suelo, y lo que vio le dejó sin aliento: estando plantado frente a él y separándolo de la joven, un pokémon fantasma de peculiar apariencia le miraba fijamente. Su cuerpo con forma de trompo invertido, compuesto por plasma, electricidad y de tonalidad anaranjada, poseía una pequeña boca y dos ojos azulados sin pupilas que brillaban con odio y con dolor.

Dawn quedó boquiabierta. Rotom, el pokémon fantasma eléctrico, había salido en defensa de ella y de sus pokémon. Lucía exactamente igual a como Charon le había descrito en su diario.

“¡TÚ!” gritó “¡Debí saber que interferirías! Llevaba años preguntándome dónde te ocultabas. Era en aquel maldito televisor del piso de arriba, ¿No es verdad? Bueno, no importa. En cuanto acabe contigo, yo...”

“No” dijo de pronto una voz apagada “Nosotros acabaremos con usted.”

Dawn miró hacia su derecha y, retrocediendo involuntariamente de la impresión, vio a Agnes avanzando hacia adelante con su Teddiursa de peluche aún en sus manos, posicionándose justo debajo de Rotom.

“¡Vuelve al bosque, mocosa malcriada!” gritó Fitzgerald acorralado “¡Tú y tu amiguito no tienen nada que hacer aquí!”

“Se equivoca” contestó Agnes de forma cortante. Su voz parecía provenir de todas las direcciones imaginables “Yo le quise tanto como quise a mi padre, y usted me mató. No le dejaré matar también a mi amiga. Por eso debe acabar esta noche. Usted, yo, todo esto...desaparecerá.”

Agnes alzó su mano derecha y, con un simple ademán, devolvió a Infernape y a todos los demás pokémon de Dawn a sus respectivas poké balls. Luego se volteó a ver a la muchacha, quien aún seguía allí parada y atónita, sin saber qué decir.

“Dawn” dijo sonriendo con lágrimas “Gracias por haber pasado aunque fuese unos minutos conmigo, y por haberte preocupado por mí. Hiciste que me sintiera...viva.”

“¡Agnes, no lo hagas!” gritó Dawn, finalmente comprendiendo lo que la niña planeaba hacer al ver el como Rotom había comenzado a reunir energía eléctrica en su cuerpo, haciendo que su tamaño y volumen aumentasen notablemente, como si se estuviese inflando “¡Debe haber otra manera!”

“No la hay” contestó Agnes “Así debe de hacerse. Te prometo que esperaré el día en que volvamos a jugar. Aunque sea...en otra vida.”

“¡Detente, pequeña idiota!” suplicó aterrorizado Fitzgerald mientras intentaba desesperadamente huir de la mansión, pero la estática de Rotom le había dejado completamente inmovilizado, pegado al suelo “¡Nos destruirás a ambos!”

“¡DAWN, HUYE!” gritó Agnes mientras, haciendo uso de sus habilidades fantasmales, sacaba al Staraptor de Dawn de su poké ball, indicándole a la muchacha que era hora de que partiese.

“N-nunca te o-olvidaré” sollozó Dawn, obedeciendo y subiéndose al lomo de Staraptor, quien estaba más que ansioso de emprender  vuelo y salir de allí.

“Sé que no lo harás” dijo Agnes, volviendo a sonreírle “Ahora ve.”

“¡Staraptor, usa Pájaro Osado!” dijo la joven sujetándose fuerte al plumaje de Staraptor y con el dolor carcomiéndole el corazón. El pokémon estornino trinó y, liberando energía que rodeó tanto su cuerpo como el de Dawn de un aura azul claro, abandonó el pasillo a la velocidad de una bala.

Antes de que siquiera pudiese parpadear, Dawn se encontró a sí misma aterrizando junto con Staraptor sobre el denso pasto del Bosque Vetusto. Al mirar hacia atrás, vio con tristeza cómo la Vieja Mansión absorbía su propia masa como si de un agujero negro se tratase, para luego estallar en mil pedazos, desapareciendo de aquel plano de la existencia y dejando en su lugar una cerca que llevaba años rogando por una nueva capa de pintura y que daba la entrada a un jardín vacío y silencioso. Los pokémon salvajes de la zona, sorprendidos ante lo que acababa de ocurrir, se congregaron rodeando la pequeña área en donde se había producido el evento, ignorando por completo a Dawn.


Dawn volvió a llorar desconsolada, liberando lágrimas densas y amargas. Staraptor, apenado, la rodeó con sus alas para abrazarla en señal de afecto. Infernape y los demás salieron de sus poké balls y rodearon al dúo, abrazándolos a ambos, especialmente a su entrenadora, a quien amaban desde que eran pequeños. Ella los miró por un breve instante y, emocionada, les devolvió el abrazo.

“Lo siento” sollozaba Dawn “En verdad lo siento.”
 
                                                               



“Estoy segura de que te encantará vivir aquí en Sinnoh, Brendan” afirmó May mientras ambos bajaban del barco junto con los demás pasajeros, quienes aún no les habían quitado los ojos de encima, tanto con felicidad como con curiosidad. La escena que la joven pareja proveniente de Hoenn había montado días atrás aún seguía fresca en sus mentes “Es una región bastante tranquila, y el clima siempre es favorable a dondequiera que vayas.”

“¿Y qué hay del clima nevado que hay en Ciudad Puntaneva y en las otras rutas de las que me has contado?” preguntó Brendan mientras cargaba con el equipaje de ambos con ayuda de su Swampert. Sceptile, por su parte, holgazaneaba y se distraía oliendo el bello aire marítimo que el puerto de Ciudad Canal proporcionaba.

“Bueno, tal vez no a dondequiera que vayas” dijo su novia soltando una risita que él halló la mar de adorable “Pero Ciudad Corazón es muy acogedora y hospitalaria. ¡Créeme, su eslogan no miente!”

“Estoy seguro de que así será, siempre y cuando esté contigo” contestó Brendan besándole en la mejilla. Ella no pudo evitar sonrojarse, mientras que él se volteó y vio algo que llamó su atención “Oye, ¿Esa no es tu amiga de la que me hablaste?”

May miró en la dirección a la que Brendan miraba y quedó petrificada. Dawn estaba allí parada en el medio de toda la muchedumbre que había venido a recibir a los otros pasajeros, acercándoseles junto a su Infernape. El color había regresado por completo a sus mejillas, el enrojecimiento en sus ojos que presentaba el otro día en sus ojos había desaparecido y su rostro presentaba una sonrisa de oreja a oreja.

“S-sí” contestó lentamente “Es ella.”

“¡Hola!” dijo Dawn cuando finalmente estuvo parada frente a Brendan, extendiendo su mano derecha en señal de bienvenida “Tú debes ser Brendan. ¡Encantada de conocerte! Soy Dawn. May me ha hablado una infinidad de veces de cómo salvaste dos veces a toda la región de Hoenn.”

“También me da gusto conocerte, Dawn” dijo Brendan estrechando su mano con la de la chica mientras veía como Infernape abrazaba con cariño a Sceptile y luego se apartaba para poder conocer a Swampert “May también me habló mucho de ti. Dice que libraste a Sinnoh de la influencia del Equipo Galaxia. El año pasado leí un poco sobre ellos e imagino que debes de haber tenido que lidiar con unos auténticos lunáticos.”

“Sí, aunque no puedo llevarme todo el crédito” rió ella “También recibí ayuda de la campeona y de la policía internacional. Es una larga historia.”

“Bueno, pues algo me dice que me encantará escucharla” contestó Brendan genuinamente intrigado.

“¡Hola, May!” dijo Dawn volteándose para saludar a May “¡Me alegra mucho que hayan llegado sin complicaciones!”

“Dawn” dijo May extrañada, recordando con un dejo de melancolía la discusión que habían tenido anoche por video-llamada “¿Todo está bien?”

“Sí” sonrió Dawn mientras veía distinguía a tres figuras que la observaban felices a distancia “Todo está bien.”        
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#2
Dawn no fue muy abusada que digamos. Justo con escuchar esos detalles sobre Cyrus y Charon debió haber sospechado algo, aunque al final, fue bueno ver que su presencia sirvió para vengar el espíritu de la pobre Agnes. La forma en que ella y Rotom se sacrificaron me hizo recordar un poco a como los Lumas de Mario mueren, llenándose de algo al punto de explotar, pero mucho más triste, solo con el consuelo de que ahora la niña descansa en paz con sus padres mientras Fitzgerald seguramente sufre un castigo eterno.
Rompe mi armadura si quieres. Al final, terminarás arrepintiéndote de hacerlo...
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#3
Un fanfic… curioso. Por muchos lados. Voy a empezar primero con lo que me gustó y luego con lo que no.

No te voy a mentir: al principio pensé que sería uno de esos fanfics todos aburridos acerca de una pareja toa' feliz hasta que uno se muere y el otro se deprime (y el contraste con el romance feliz de May parecía confirmar mis sospechas). Pero resulta que el morido fue el perro con hojitas…

Sería bastante fácil irse por el lado de la "lógica" y señalar lo inverosímil que es el hecho de que un Houndoom salvaje atacó a Dawn y Leafeon la protegió con su vida cuando la misma niña seguro podía oneshotear al chucho con Infernape, GARCHOMP, Starraptor y tal vez hasta Floatzel. La gracia está en eso. En que Dawn ni con toda su fuerza pudo evitar la muerte de su mascota. Ni siendo amiga del dios del tiempo puede traerlo de vuelta. Y la culpa y la tristeza se ven potenciadas porque realmente no tenía sentido que muriera su mascota. Debió pasar. Y, sin embargo, así pasa todos los días. No hay lógica ni justicia para cuando muere alguien, y la rabia y el egocentrismo son etapas por las que pasas.

La segunda historia también es tremenda. Si bien es relativamente predecible, la tensión está bien llevada. Y no digo que sea predecible porque tu historia sea cliché o algo, sino por el setting. I mean, te encuentras una niña fantasma muerta hace muchos años en un bosque que todo el que ha jugado gen4 en su vida sabe que contiene una mansión famosa por sus fantasmas y encima pones un mayordomo con alta actitud de violador… es sumar dos y dos, después de todo, el setting te spoilea en ese sentido. Pero igual es trepidante y sube bien la tensión. La historia es bastante macabra y el final es emocionante con el Rotom haciendo la gran… bueno, me recordó a ese especial de los Simpson de la Casita del Terror en el que los Simpson cuidan una casa y esta prefiere explotar en lugar de vivir con ellos. Sé que parodia una película pero no recuerdo cuál.

Lo único que no me gustó es que, como decía… son dos historias. Y la resolución de Dawn aceptando la pérdida de Leafeon se siente algo instantánea. Sí, el elemento en común es la muerte, pero aún así yo, solito, personal y arbitrariamente lo sentí un poco desconectado. Como si a la historia del duelo de Dawn le.hubiera caído una historia de fantasmas a la mitad que no acaban de integrarse entre sí, salvo por una mención breve a "no es lo que él querría" en el clímax de la historia de terror.. Again, sólo en mi opinión. Seguramente me equivoco.

Ya para terminar, me llama la atención el título: Amistad Eterna. ¿Es idea mía, o es una referencia a que, en inglés, el bosque en cuestión se llama precisamente "Eterna"?

Nos vemos.
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#4
(09 Oct 2020
12:36 PM)
Maze escribió:
Un fanfic… curioso. Por muchos lados. Voy a empezar primero con lo que me gustó y luego con lo que no.

No te voy a mentir: al principio pensé que sería uno de esos fanfics todos aburridos acerca de una pareja toa' feliz hasta que uno se muere y el otro se deprime (y el contraste con el romance feliz de May parecía confirmar mis sospechas). Pero resulta que el morido fue el perro con hojitas…

Sería bastante fácil irse por el lado de la "lógica" y señalar lo inverosímil que es el hecho de que un Houndoom salvaje atacó a Dawn y Leafeon la protegió con su vida cuando la misma niña seguro podía oneshotear al chucho con Infernape, GARCHOMP, Starraptor y tal vez hasta Floatzel. La gracia está en eso. En que Dawn ni con toda su fuerza pudo evitar la muerte de su mascota. Ni siendo amiga del dios del tiempo puede traerlo de vuelta. Y la culpa y la tristeza se ven potenciadas porque realmente no tenía sentido que muriera su mascota. Debió pasar. Y, sin embargo, así pasa todos los días. No hay lógica ni justicia para cuando muere alguien, y la rabia y el egocentrismo son etapas por las que pasas.

La segunda historia también es tremenda. Si bien es relativamente predecible, la tensión está bien llevada. Y no digo que sea predecible porque tu historia sea cliché o algo, sino por el setting. I mean, te encuentras una niña fantasma muerta hace muchos años en un bosque que todo el que ha jugado gen4 en su vida sabe que contiene una mansión famosa por sus fantasmas y encima pones un mayordomo con alta actitud de violador… es sumar dos y dos, después de todo, el setting te spoilea en ese sentido. Pero igual es trepidante y sube bien la tensión. La historia es bastante macabra y el final es emocionante con el Rotom haciendo la gran… bueno, me recordó a ese especial de los Simpson de la Casita del Terror en el que los Simpson cuidan una casa y esta prefiere explotar en lugar de vivir con ellos. Sé que parodia una película pero no recuerdo cuál.

Lo único que no me gustó es que, como decía… son dos historias. Y la resolución de Dawn aceptando la pérdida de Leafeon se siente algo instantánea. Sí, el elemento en común es la muerte, pero aún así yo, solito, personal y arbitrariamente lo sentí un poco desconectado. Como si a la historia del duelo de Dawn le.hubiera caído una historia de fantasmas a la mitad que no acaban de integrarse entre sí, salvo por una mención breve a "no es lo que él querría" en el clímax de la historia de terror.. Again, sólo en mi opinión. Seguramente me equivoco.

Ya para terminar, me llama la atención el título: Amistad Eterna. ¿Es idea mía, o es una referencia a que, en inglés, el bosque en cuestión se llama precisamente "Eterna"?

Nos vemos.

¡Gracias por la crítica! De hecho sí, hace alusión al nombre en inglés del bosque. Me alegra que alguien se haya percatado.
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#5
Al principio también pensé que iba a ser una historia paralela romántica a lo que vimos con Brendan y May, solo que con Dawn y... quién quiera que fuera la opción; pero no, resulta que Dawn está triste por Leafeon. No la culpo, la verdad, pues aunque esas incógnitas se presentaron a lo largo de la segunda línea argumental de forma mezclada, (si los pokémon están para pelear y ganar experiencia, porque Leafeon murió? Considerando que a pesar de la enorme desventaja de tipo, es un Pokémon de una campeona porque lo que debe ser lo suficientemente fuerte para sobreponerse a ese tipo de adversidades, pues dudo que Dawn, a pesar de  tenerlo como mascota, no lo entrenara; y todavía que sus heridas fueran tan graves como para que la única opción fuera ponerlo a dormir...) sé que esas incógnitas no son el centro del fic ni mucho menos, pero sí me hicieron pensar bastante por como se presentó y desarrolló ese conflicto.

Dicho esto, la verdad es que me olvidé un poco del perrito hojita cuando la mansión entró a juego; pensé que se desarrollaría similar a su interacción del juego, pues si no mal recuerdo cuando entras también te recibe un mayordomo que termina desapareciendo hasta que das con el cuarto de Rotom (como nota aparte, siento que esa mansión fue lo último que hicieron con amor con toda una leve historia e interacción interesante, pues a partir de ahí los fantasmas en el resto de los juegos se reducen a meros gimmicks que se pasan por alto regularmente), pero me encantó la segunda historia de la mansión, el mayordomo, la niña y ese final con Rotom explotando todo para que el asesino terminara jodiéndose ahora sí en el infierno sin posibilidad de molestar a nadie más. La verdad siento que la historia de la pérdida se diluye mucho cuando entra la historia de la niña, porque la segunda se la come casi completamente; aún hay menciones de Leafeon por ahí y Dawn al final lo recuerda en el fragor de la batalla al darse cuenta de que dejarse sumir en la tristeza no sería lo que su Pokémon querría de ella, pero... no sé, como que se siente un poco desconectado de todo por como se manejó, ya que no vuelve a ser mencionado hasta casi el final.

Pero me gustó mucho el relato, como pasa de melancolía a terror y te mantiene a la expectativa a seguir leyendo para ver el final. Chand
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#6
(16 Oct 2020
11:33 PM)
Gold escribió:
Al principio también pensé que iba a ser una historia paralela romántica a lo que vimos con Brendan y May, solo que con Dawn y... quién quiera que fuera la opción; pero no, resulta que Dawn está triste por Leafeon. No la culpo, la verdad, pues aunque esas incógnitas se presentaron a lo largo de la segunda línea argumental de forma mezclada, (si los pokémon están para pelear y ganar experiencia, porque Leafeon murió? Considerando que a pesar de la enorme desventaja de tipo, es un Pokémon de una campeona porque lo que debe ser lo suficientemente fuerte para sobreponerse a ese tipo de adversidades, pues dudo que Dawn, a pesar de  tenerlo como mascota, no lo entrenara; y todavía que sus heridas fueran tan graves como para que la única opción fuera ponerlo a dormir...) sé que esas incógnitas no son el centro del fic ni mucho menos, pero sí me hicieron pensar bastante por como se presentó y desarrolló ese conflicto.

Dicho esto, la verdad es que me olvidé un poco del perrito hojita cuando la mansión entró a juego; pensé que se desarrollaría similar a su interacción del juego, pues si no mal recuerdo cuando entras también te recibe un mayordomo que termina desapareciendo hasta que das con el cuarto de Rotom (como nota aparte, siento que esa mansión fue lo último que hicieron con amor con toda una leve historia e interacción interesante, pues a partir de ahí los fantasmas en el resto de los juegos se reducen a meros gimmicks que se pasan por alto regularmente), pero me encantó la segunda historia de la mansión, el mayordomo, la niña y ese final con Rotom explotando todo para que el asesino terminara jodiéndose ahora sí en el infierno sin posibilidad de molestar a nadie más. La verdad siento que la historia de la pérdida se diluye mucho cuando entra la historia de la niña, porque la segunda se la come casi completamente; aún hay menciones de Leafeon por ahí y Dawn al final lo recuerda en el fragor de la batalla al darse cuenta de que dejarse sumir en la tristeza no sería lo que su Pokémon querría de ella, pero... no sé, como que se siente un poco desconectado de todo por como se manejó, ya que no vuelve a ser mencionado hasta casi el final.

Pero me gustó mucho el relato, como pasa de melancolía a terror y te mantiene a la expectativa a seguir leyendo para ver el final. Chand
¡Muchas gracias por la crítica! Estoy completamente de acuerdo con todo lo que dijiste, debí haberlo conectado mejor todo. Por cierto, si quieres échale un vistazo después a la historia que publiqué para el concurso de octubre. Ahí traté de cerrar un poquito mejor la historia de Dawn y Leafeon, por si estás interesado.
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