Actividad - El Bar de Oranguru

#1
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En un lugar del bosque, el frustrado viajero se encuentra con una casa en un árbol. Está ligeramente iluminada, lo suficiente como para que se pueda ver. Oranguru observa desde lo alto e invita al viajero a entrar y desahogar sus penas con zumo de bayas (y quizás lo que no sea zumo de bayas...).


Bienvenidos a una pequeña dinámica que quizás guste a más de uno. La actividad es muy simple: se trata de escribir sobre un personaje (o varios) que va al bar de Oranguru. Por ejemplo: supongamos que X, nuestro personaje, está peleado con un amigo llamado Y, así que va con Oranguru, se desquita a gusto y, quién sabe, quizás luego hacen las paces.

Las normas son muy sencillas:
- Podéis escribir tantos escritos como queráis y sin necesidad de registrarse.
- No se debe atacar a Oranguru ni destruir el lugar.
- Oranguru se mantendrá IC. Si no conocéis su personalidad podéis consultar por aquí o buscar algún capítulo donde salga.
- Los escritos deberán ser autoconclusivos y publicarse en este mismo tema.
- Podéis usar tanto personajes canónicos como de vuestros fics e incluso otros OC.
- Y, por supuesto, respetar las reglas del foro y recordar que no estamos en Explícitos.

Así pues, ¿qué tendrán vuestros personajes que contar? ¿O quedarán borrachos antes de tiempo?


PD: La idea original era hacer yo un drabble de los míos pero a Meri se le ocurrió que como dinámica estaría bastante bien así que créditos para ella
Hic sunt dracones

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#2
Vale. Empiezo yo.
 
What a Wonderful Zworld
En algún lugar de una gran cueva olvidaron construir un lugar donde vendan bebidas alcohólicas a frutas flotantes fantasmas. That's why nuestro protagonista defensor de los inocentes, protector de los indefensos, pero sobretodo, buen chico, tuvo que abandonar su hogar en busca de un lugar donde ahogar sus penas, soportando tientos despiadados e infernales desiertos y escaló hasta la última rama del árbol más alto… kind of.

—Esto puede ser el cielo o el infierno —dijo.

No parecía él mismo. Su efervescencia púrpura de ectoplasma se había vuelto verde, y su superficie de burbuja había tomado un extraño tono marrón. La barba de dos días que cubría sus mejillas le daba la apariencia de su eponima.

Al otro lado de la barra, el cantinero le devolvía la mirada. Era un simio blanco y gris y morado y muy grande.

—Oye, escuché que tu establecimiento es famoso por sus bebidas.

—Oranguru —dijo el simio. Parecía feliz haciendo su trabajo. Tal vez tuviera que ver con las esporas de esos hongos fluorescentes que iluminaban el lugar.

—Dame lo mejor que tengas.

—¿Oranguru?

—Claro que tengo dinero. —El fantasma usó su lengua para buscar dentro de su boca y escupió unas pocas monedas oxidadas.

—¿Qué puedo comprar con esto?

El simio se rascó la cabeza y tomó una botella de la estantería junto con otra del botiquín. Tras mezclar el trago, se lo entregó a Kiwi con una pajilla de bambú flexible.

—Oh, mi favorito. Listerine con tonic.

—Oranguru, Oranguru.

Kiwi dudó. No estaba acostumbrado a contarle sus problemas a los demás, y menos a los extraños. Pero el simio se veía amable.

—Bue, no es gran cosa. Es sólo que me despidieron.

—Oranguru…

—Y me expulsaron de la escuela.

—¡Oranguru!

—Prácticamente son lo mismo.

—¿Oranguru?

Verás, yo formaba parte de Le Reclutamiento y Entrenamiento Sistematizado Idealizado para Someter y Tratar con Amenazas de No-muertos Come Estudiantes. También conocido como Le Resistance. Nosotros nos encargamos de matar zombis y Kaijus y especies protegidas.

—Oranguru…

Éramos varios grupos. Los nerds, los bullys, los hippies y los chicos cool. Todos vivíamos en armonía, pero todo cambió cuando los zombis atacaron.

Kiwi mira hacia el pasado, recordando los últimos días de la escuela.


"Poi me salvó de los zombis, pero Gatito Negro murió en el camino. Teníamos que encontrar al resto a como diera lugar"


—¿Oranguru?

—Ah, Poi es sort of nuestra maestra. Ella arriesgó su vida para salvarnos.


"—Damnit, le di al equivocado[?] Well. Busquemos al resto y luego…

—¿Iremos a un lugar seguro?

Poi me sonrió al otro lado de su ametralladora.

—Sure, sure. A un lugar muy seguro[?]".



—Pero todo salió mal. Uno a uno, nuestros compañeros fueron atrapados.

—Oranguru —dice el simio con interés.

—Primero fuimos a buscar a los otros nerds. Pero…


"En una esquina del laboratorio, Meg, Wiz y Gol estaban acorralados por zombis, lo que sería un gran problema de no ser por el gigantesco mecha que los separaba de la horda de comehombres.

—Nos han humillado por años, pero no más. ¡Nunca más! —dijo Megan el anorith.

—El igniziador de hadronicos se ha atomizado al 999%. Las medidas de irradiación molecular son estables, todo listo para el protocolo de eliminación de tecnología secreta por medio de la vaporización mecánica elemental —dijo Wiz."



—¿Oranguru?

—Que podían disparar el rasho láser.


"—En realidad, significa que el mecha está listo para autodestruirse —responde Gol desde mi recuerdo— Espera, wut?"


—La buena noticia es que ahora tenemos un estadio al aire libre. La mala, que nadie ha vuelto a ver a ninguno de los tres.

Oranguru asintió, comprensivo, mientras le servía más enjuague bucal.

—Luego de eso fueron los bullys. Ramen, Nemu y Army se habían atrincherado en la cafetería junto con los hippies.


"Mientras Ramen rompía tablas con sus puños de fuego, Nemu veía al exterior con desaprobación.

—Nos tienen rodeados. Pronto estarán aquí.

—Esconderse ¡no es nada Shonen!

—Keep Calm. Tenemos que preparar un plan. Los zombis están por llegar y solo Army vigila la puerta…

Nemu fue interrumpido por un Croco loco que le mordió el hombro.

—¡Ya están aquí! ¡Army, se suponía que dijeras algo si veías a los zombis!

—…

—¡Vengan todos contra mí! ¡Las batallas finales son muy shonen!

—¡…!"



—Ya imaginas cómo terminó.

—Oranguru.

—Pero lo peor viene después. Mis amigos, mi equipo… —Kiwi mira al fondo de su copa de Listerine—. Haz este un doble.


"Saku Saku sensei y el Ajota encontraron a Gatito, pero ya era demasiado tarde; había sido atrapado por una planta carnívora".


—¿Oranguru?

—Yo tampoco lo entiendo. Él decía que era su esposa.


"—¡Auxilio! ¡Auxilio! —dijo Gatito—. ¡No bajé la tapa del inodoro!

—¿Qué hacemos? —preguntó el Ajota.

—You see, no debemos involucrarnos en una discusión amorosa.

Justo en ese momento, llegamos Poi y yo a tiempo para ver cómo la planta se comía a Gatito.

—Gosh —suspiró Poi—. Supongo que tengo que salvarlo[?]

Apuntó a la planta con su ametralladora, justo en el momento en el que Saku Saku sensei le mordió el hombro.

—You! Why[??????]

—Sorry —dijo la sensei—. Está en mi naturaleza.

El Ajota y yo nos quedamos solos rodeados de zombis, viendo a nuestros compañeros ser devorados.

—¿Sabes? En mi imaginación, Saku mordiendo a Poi era una visión mucho más sexy —dijo el Ajota.

—Es muy pronto para rendirnos, aún podemos pelear. Ni siquiera estamos todos juntos.

Un zombi mucho más grande se levantó de entre las llamas. Era un gigantesco dragón de tres cabezas controlado por un perro alien.

—Se los dije: Volvería —dijo el perro.

—With a Veangance! —rugió el dragón".



Y entonces… entonces…

—¿Oranguru Oranguru?

—Ah, el spanglish es contagioso. La mitad de la escuela lo habla.

—Oranguyeah.

—Exactly.

—Oranguru, Oranguru.

—¿Qué? ¿Dices que no me crees? ¿Que es una historia que me inventé para tener tragos gratis?

—Oranguru —dice con firmeza.

—Bueno, supongo que con eso basta —dice… ¿Gatito?

Detrás de Kiwi, los tres miembros de su equipo están completos y no zombificados.

—Bue, nosotros pagamos.

—¡Estaba llegando a la mejor parte! ¡Ya tenía lista la música!

—Hotel California?

—Va con todo —Se encoge de hombros.

—Bueno, volvamos a la escuela. Poi nos espera en el auto.

Arrastran a la burbuja de gas fuera del bar ante la mirada comprensiva del simio.

—¿Y qué hacés en Alola?

—Es una larga, larga historia… y estuve drogado la mayor parte del tiempo.
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#3
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Qué mejor manera de postear en el barcito que con unas rupturas de cuarta pared y lenguaje soez (?)
 
Roles frustrados
 
Se había hecho de noche pero Oranguru se mantenía vigilante a la espera de quien pudiera llegar. Los Morelull iluminaban el lugar y permitían al visitante reconocer dónde podían desahogarse.

A eso había ido Lizvette. Era una Braixen malhumorada de por sí, y en aquel momento estaba tan furiosa que destruiría sin contemplaciones lo que encontrara a su paso. Oranguru le hizo señas para que entrara en aquella casa en el árbol. Lizvette dudó; realmente su intención era prender fuego al bosque entero, pero finalmente optó por aceptar la invitación.

Oranguru le sirvió lo que parecía Zumo de Bayas, aunque probablemente aquella bebida llevara más cosas. Lizvette tomó un primer trago y empezó a hablar:

— ¿Te lo puedes creer? ¡El hijo de puta me descartó como personaje! —espetó—. ¡Ni siquiera me dio opción a hacer nada!

Oranguru asintió con gesto comprensivo.

— Yo iba a ser la protagonista. ¡El personaje principal! ¿Y por qué me tiró a la basura? ¡El amigo no se enteró del manual de ese rol! ¿Para qué me creó entonces, en primer lugar?

Lizvette se había terminado la bebida e hizo una señal a Oranguru para que le pusiera otra. El orangután así lo hizo.

— Tsk. Al menos la bebida es deliciosa. No como la basura que me habrían dado en el rol aquel, si es que esos incompetentes lo conseguían sacar adelante. Que aprendan a leer primero.

Oranguru hizo un gesto agradecido y le indicó a Lizvette que ya estaba siendo un personaje.

— ¿Qué dices? ¡¿En serio?!

Cuando Oranguru asintió, Lizvette se bebió todo de un trago y pasó repentinamente a un tono festivo:

— ¡Ponme tres más! —pidió—. Esto hay que celebrarlo.
Hic sunt dracones

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#4
El viajero misterioso

Oranguru escuchaba como las gotas de lluvia caían en el techo de su bar, que se encontraba todavía iluminado y abierto por si algún humano o pokémon quisiese refugiarse de la lluvia en esa noche tan tormentosa.
 
El pokémon sabio estaba lavando los vasos, cuando de repente sintió un gran resplandor que se colaba por su ventana.
 
Comenzó a escuchar unas pisadas afuera que se hacían cada vez más fuertes, hasta llegar a la entrada de su bar.
 
Un joven, de aproximadamente 20 años, cabello negro, ojos rojos con una cicatriz cerca del ojo derecho y sus ropas bastante sucias. Su respiración estaba agitada, además de tener una extraña pulsera tecnológica en su muñeca derecha.
 
-268- decía el humano mirando su pulsera.
 
El humano todavía no se había percatado de la presencia del pokémon, que continuaba lavando los vasos.
 
Al momento de que el chico vio al gran pokémon, inmediatamente sacó una pokéball de su bolsillo, sólo para detenerse justo antes de sacar a su pokémon.
 
-Lo siento...- decía calmándose y sentándose en el suelo del lugar.
 
Se veía muy cansado. Oranguru comenzó a tomar unas cuantas bayas de la repisa para elaborar un zumo de bayas para su extraño invitado.
 
El pelinegro notó que el pokémon le estaba sirviendo una bebida, por lo que se paró y se dirigió a la barra a sentarse.
 
-Gracias- decía tomando el vaso- y lo siento por lo anterior… pero, he tenido...malas experiencias con pokémon psíquicos.
 
 -Oranguru- decía el pokémon ordenando las bayas.
 
-No me lo creerías aunque te lo dijese- decía dando un sorbo a su zumo- Solo diré que... no soy de aquí, en ninguna clase de sentido.
 
-Oranguru- decía.
 
-Algo así- decía el hombre misterioso.
 
Volvió a tomar el zumo.
 
-¡No debería estar relajándome!- mientras se paraba- Estuvo muy rico, pero debo buscar ayuda. Cueste lo que cueste.
 
Termino de beber el contenido de su vaso.
 
-Muchas gracias por todo- decía- pero tengo que partir.
 
-Oranguru- decía el pokémon sabio.
 
-Esta simple lluvia no se compara con lo que se avecina, para todos nosotros- decía dirigiéndose a la puerta- Adiós… y cuídate.
 
Salió del bar de Oranguru para desaparecer en un fuerte resplandor afuera del lugar.
 
El pokémon tomó el vaso para lavarlo mientras meditaba todo lo que había pasado.
 
Tal vez fue una breve alucinación por tener el bar abierto a tales horas, sin embargo, aun así mantenía su mentalidad de brindar apoyo a todo aquel que lo necesitase, ya sean de Alola...o de otras partes.
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#5
Ya era bien entrada la noche pero eso a Mary le daba igual. La joven siguió caminando por el bosque, pues le habían hablado de un bar donde un Oranguru escucharía sus problemas a cambio de una consumición, y ella lo que necesitaba en ese momento era un hombro sobre el que llorar y una bebida bien cargada. Siguió avanzando entre los árboles, y al final le pareció divisar una luz en medio de la oscura noche. Caminó hacia ella y vio que se trataba de una pequeña cabaña, tal y como le habían dicho que sería el bar, así que no perdió ni un instante en dirigirse a la entrada.

Abrió la puerta con cuidado tras subir las escaleras y echó un vistazo al interior, no fuera a ser que estuvieran a punto de cerrar, pero enseguida vio que ese no era el caso. Había varios clientes dentro, pero no tantos como para llenar el bar, la mayoría ya irían por su cuarta bebida y se les veía algo perjudicados. Ella cerró la puerta y se acercó a la barra, donde tras esta se encontraba Oranguru lavando un coco que servía como vaso. Él asintió al ver que Mary se sentó y la chica suspiró dramáticamente.

—Ponme un trago de lo más fuerte que tengas —Oranguru le miró extrañado y luego negó con la cabeza. Mary se sorprendió ante su negativa—. ¿Qué? ¡¿Por qué?! —El pokémon señaló un cartel en el que ponía que no estaba permitida la venta de alcohol a menores. Mary gruñó de frustración, pero no siguió insistiendo— Está bien, pues dame un zumo de bayas, de todas las que tengas.

Oranguru asintió y dejó de lavar el coco vacío para prepararle el zumo a la rubia. Ella tamborileó la mesa con los dedos mientras apoyaba su cabeza en la otra mano, esperando pacientemente a que el pokémon le hiciera la bebida. De fondo podía escuchar el lamento de los clientes que todavía no se habían quedado dormidos tras ingerir más alcohol del que deberían, algo por lo que no pudo evitar envidiarles. Pero Oranguru era un pokémon legal, y jamás le vendería alcohol a un menor bajo ningún concepto. Al fin acabó de preparar la bebida y se la entregó a Mary en un recipiente de coco, con una pajita y una sombrillita para decorarlo. La rubia se enderezó y empezó a jugar con la sombrilla, no sería la gran cosa pero a ella siempre le habían gustado ese tipo de detalles.

—Gracias —dijo mientras mantenía la mirada clavada en la bebida. Oranguru asintió, y ella se animó a dar un sorbo. Sus ojos se abrieron cuando sus papilas gustativas captaron el sabor, ¡estaba riquísimo! Dejó de nuevo la bebida en la mesa para felicitar debidamente al pokémon—. ¡Está buenísimo! ¿Es natural al cien por cien? ¡Es lo mejor que he probado en mi vida!

Oranguru sonrió ante el cumplido y Mary procedió a dar otro largo sorbo, pero su alegría se esfumó en cuanto dejó la bebida en la mesa. Había ido por un motivo, necesitaba desahogarse con alguien y no podía esperar más. Volvió a tamborilear la mesa con una mano y con la otra jugueteaba con la sombrilla mientras perdía su mirada en la bebida.

—¿Sabes cuando quieres ayudar a alguien pero ya le has traicionado tantas veces que da igual lo que hagas para mejorarlo? —Oranguru agarró otro coco y empezó a lavarlo, asintiendo para que la rubia continuara, aunque ella no podía verle— Pues eso es lo que me pasa a mí. Quiero ayudar a mi mejor amiga pero siento que ya no puedo hacer nada para remediarlo.

Ella siguió removiendo la bebida pero después negó con la cabeza. El pokémon necesitaría algo de contexto para comprenderla.

—Verás, todo empezó cuando me reclutaron en una organización. En ese momento no conocía a nadie, solo me importaba lo que los superiores pensaran de mí y me pidieron hacerme amiga de una chica para contarles todo lo que hiciera. Así que eso hice, solo seguía las normas, todo bien hasta ahí —Oranguru volvió a asentir, mostrándose bastante comprensivo—. Pero la cosa no tardó en cambiar. Es la mejor persona que he conocido en mi vida, ella no es como el resto de reclutas. Me enseñó que hay bondad en el mundo y me prestó parte de esa bondad, es la primera que me ha aceptado tal y como soy así que como comprenderás acabé tomándole cariño. La amistad fingida se volvió verdadera.

—Oran.

—Sí, pero no acaba ahí la cosa. Yo seguí cumpliendo las órdenes y cuando quise parar ya era demasiado tarde. Los superiores amenazaron con hacérselo saber y echarme de la organización, y como no tengo otro sitio al que ir...

—¿Oran?

—Sí, me vi obligada a seguir haciéndolo.

—¡Guru!

—¡Lo sé, no hay derecho! Esos malditos me siguieron forzando a hacerlo hasta ahora y como venganza yo les fastidiaba cada vez que podía. Pero no era la gran cosa, y con eso no estaba arreglando mis errores. Seguía traicionando a mi amiga y eso es imperdonable —Mary dio otro sorbo de su bebida y Oranguru empezó a prepararle otra, aunque todavía no se había acabado la primera—. Total que... He venido porque tengo la oportunidad de redimirme, pero temo que llego demasiado tarde. Puedo intentar desmantelar la organización junto a ella pero solo somos dos; si nos pillan se nos caerá el pelo, y si sale bien me quedaré sin hogar. Puedo mantenerme al margen pero yo quiero ayudar a mi amiga, quiero demostrarle que a pesar de todo no se equivocó al confiar en mí, al entregarme su amistad —Mary dio un gran sorbo y se bebió poco más de la mitad del vaso—. Pero estoy hecha un lío, siento que voy a perder haga lo que haga y no sé cómo debería actuar.

Mary volvió a jugar con la sombrillita y Oranguru permaneció pensativo. Estuvieron así durante unos segundos, hasta que al fin el pokémon habló.

—¿Guru?

—¿Hm? —Mary alzó la vista de la bebida— Por supuesto que quiero ayudar a mi amiga.

—¿Oran?

—Claro que correría cualquier riesgo.

—¡Guru!

—¡Sí! ¡Sí quiero ayudarle a acabar con la organización! Pero... —Mary dio un largo suspiro— ¿Qué pasaría si se enterara de todo lo que le he hecho? La pobre ha confiado en mí desde el primer momento y yo he tirado su confianza a la basura. No merezco su perdón, pero lo quiero, y no quiero que viva en una mentira el resto de su vida. Si todo acaba bien se lo diré y se lo explicaré pero tengo miedo de que me abandone. ¿Tú qué harías?

Oranguru no dijo nada al principio. Mary siguió dándole vueltas a la cabeza y volvió a perder la mirada hasta que el pokémon empezó a hablar.

—Oran oran, guru oran.

—Sí, la confianza es la base de toda relación, y si le he fallado tendría que saberlo para empezar de nuevo y sin mentiras. He aprendido la lección, estoy dispuesta a mejorar por ella, ¿crees que me perdonará? —Oranguru asintió.

—¿Oran guru?

—Sí, es la persona más buena que he conocido nunca.

—Guru.

—Así que crees que lo entenderá —Mary dio otro sorbo a su bebida y se la acabó—. Entonces seguiré adelante, lo que no puedo hacer es quedarme de brazos cruzados y hacerle seguir viviendo en una mentira. ¡Tengo que ser valiente!

—¡Guru!

—¡Y afrontar mis errores!

—¡Oran!

Mary sonrió, se sentía eufórica gracias a los ánimos del pokémon. Al final le había ayudado mucho más de lo que había llegado a pensar en un primer momento, hizo bien en seguir las indicaciones y acudir al bar. Oranguru le dio la otra bebida que le había preparado y él se hizo una aparte, por lo que la rubia le miró extrañada.

—Oran.

—¿Esta corre a cuenta de la casa? —Oranguru alzó su coco y Mary le imitó. Ambos brindaron— Muchas gracias. Por la amistad verdadera.

—Guru.

Los dos le dieron un trago a su bebida y la dejaron en la mesa. Mary apoyó sus codos en la mesa y la cara en ambas manos.

—Bueno, ya te he contado mis problemas. ¿No quieres desahogarte tú también? Seguro que escuchar tantos problemas al día deja a uno agotado —Oranguru suspiró y sus hombros se relajaron considerablemente.

—Oran.

—Claro es lo lógico. Bueno, ¿tienes alguna historia?

—¡Guru!

—¿Sí? ¡Qué dices! Venga, ¡cuenta cuenta!
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#6
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@Maze Me cagué de risa con el "Oranguyeah", pero el nivel de lisergia del texto me transportó a Koni-Chan. Y ya sabes lo que pienso de Koni-Chan... ¡Me encanta! Igual si dijera que entendí algo, estaría mintiendo. Ah, y yo no salgo, eso le resta como mil quinientos puntos. Así que se queda en un -1490.

@Fafnir Me encantó que sea cortito y conciso y que tenga un tema central que se resuelve con una simpleza adorable. ¡Y todo mientras Oranguru embriaga al desgraciado! Como debe ser.

@Pyro Fah, acá nos ponemos bien distópicos y apocalípticos, la verdad es que me entró curiosidad saber de dónde salió ese tipo, por qué dice ese número, y si venía del futuro o del pasado o del culo de un Mewtwo. Sea como sea, bien por Oranguru que sigue cagándose en el fin del mundo siempre y cuando pueda ayudar a los viajeros con un buen trago. Un tipazo.

@PKMNfanSakura Aaah me encanta, mientras Kiwi se droga Saku escribe algo bien propio de ella. Ese estilo cálido pero a la vez medio melancólico por mostrarnos a Mary toda deprimida contándole su historia a la nada misma (no nos engañemos, Oranguru solo quiere su sucio dinero >:D) es bien de Zumo de Baya, digo, de Alma de Pasta. Aaaunque me ponés en un aprieto estableciendo que Oranguru tiene un código ético irreprochable y que no le vendería jamás una bebida alcohólica a menores, porque...
 
Orangumix
 
A veces, su cerebro desarrollado podía darle un mal trago. Oranguru era muy hábil para acumular información en su cabeza, ordenar conceptos, realizar sumas y sacar conclusiones rápidamente. Sentado con las piernas cruzadas y los brazos apoyados pesadamente sobre la barra ubicada en una esquina de la construcción en troncos y madera, el pokémon dueño de aquello se sentía como dueño de un vacío existencial que atormentaba cada esquina de su mente. Pese a todo, mantenía una expresión serena e impertérrita, comprobando con un lento vaivén de sus pupilas que las largas mesadas del comedor tenían dispuestos sus mejores vasos de coco con relucientes bebidas preparadas, cortesía de la casa, así como los platos más deliciosos, rebosantes de las bayas y frutas más exquisitas que podían hallarse en el bosque.

El bar llevaba exactamente una semana y cinco días sin visitantes. Cualquier negocio que no se vea afectado por medidas de precaución en medio de espantosos estallidos pandémicos se sabe en graves problemas cuando, siendo el único del bosque en ofrecer los deliciosos zumos de bayas en coco, no recibe clientela por tantos días. Incluso tratándose de un bosque de naturaleza laberíntica y espesa arboleda, es muy raro que cualquier viajero despistado pueda cruzarlo de una punta a la otra sin toparse con su bar. Más improbable es que, al hacerlo, resista a la tentación de cruzar sus puertas para reponer fuerzas llenando su estómago con las maravillas que el gran simio del bosque puede ofrecer. Masajes no incluidos en el menú.

La cortina de hojas que oficiaba de velo en el marco de la puerta se corrió con una brisa, y Oranguru consiguió divisar más allá del árbol donde alzaba su bar la diminuta figura de un Caterpie reptando directo hacia él. Sus ojos de párpados caídos y pupilas diminutas se abrieron como personaje de caricatura, y los puntitos negros en las escleras se hincharon como un Snorlax mientras brillaban albergando mil soles de ilusión.

<<¡Un cliente!>> —pensó Oranguru al borde de las lágrimas.

Normalmente aguardaría con una cálida sonrisa en el rostro que la clientela asome tímidamente por la puerta para ofrecerle un trago, pero su entusiasmo lo impulsó hacia arriba, poniéndose de pie con un vigor impropio de su especie. Dio un rodeo a la barra y pegó largas zancadas hasta detenerse en la cortina de hojas que llovía delante de la puerta. Preocupado por causar una mala impresión, Oranguru se limitó a aguardar junto a la entrada, dejando que sus poderes sensoriales le ayuden a detectar la proximidad del cliente oruga.

Pensaba en qué le gustaría más a un pequeño Caterpie de entre la variedad de hojas que podía ofrecerle para masticar cuando finalmente el gusanillo estuvo al pie del acceso. Encorvando su postura y regresando a la serena expresión que ocultaba su adrenalina, Oranguru corrió el velo de hojas para que su comensal pueda ingresar cómodamente. Caterpie asomó su redonda cabeza verde y recorrió con sus ojos de luna eclipsada el recinto por dentro hasta detenerse en el orangután que sostenía la cortina entre sus largos dedos grises y le sonreía con calma desde arriba.

—Bienvenido al Bar de Oranguru, permítame su abrigo y lo colgaré en el perchero —bromeó el simio, para después soltar una lenta y grave risotada—. Es broma, puedo ver que viene como Arceus lo trajo al mundo. ¡Estupendo! Póngase cómodo, por favor.

Caterpie se puso blanco al escuchar los modos del sabio psíquico, y luego se ruborizó ligeramente, soltando un suspiro amargado mientras agachaba la cabeza.

—Disculpe, parece que me perdí —respondió el gusanillo.
—No se preocupe, cuento con un viejo mapa del bosque que puede ayudarlo. Siéntese y disfrute de un trago de zumo de Aranja y Meloc. Cortesía de la casa.
—Me parece que no —le dio la espalda el tipo bicho—. Me confundí de lugar, lo siento.
—¡E-espere! —se apresuró Oranguru, siguiendo al Caterpie fuera de la tienda. Cuando lo vio bajando las escaleras espiraladas sin voltear a su bar, permitió que un arrebato de desesperación desestabilice su típico tono de voz de maestro zen—. ¡Puede usar el mapa como mantel! ¡Le daré un raspado de Enigma! ¡También tenemos alcohol! ¡Yo invito! ¡Caterpie!

Las leyes del bosque y su propio código ético y moral le impedían ejercer sus poderes psíquicos sobre los potenciales clientes que, quizás despistados, apartaban su camino del bar. Habría sido fácil secuestrar unos cuantos con una apropiada combinación de hipnosis y confusión, pero a cambio debería entregar su integridad como Oranguru. Un Oranguru siempre debía mantenerse calmo, y sortear las dificultades como una gran ola, con la habilidad de un Raichu de Alola.

Angustiado por empezar a reflexionar en verso las cosas, Oranguru resolvió rápidamente que poco le importaba convertirse en un hábil surfista, y que su destino se encontraba ligado a su amado bar. Debía saber qué rayos estaba haciendo que todo el mundo en ese bosque decidiera esquivarlo. Y no recordó ninguna ley que hable de seguir a un Caterpie por el bosque. Sería como su sombra. Las sombras no siguen leyes. Simplemente quería ofrecerle ayuda a un débil viajero perdido. ¡Pobre y pequeño Caterpie! ¡Perdido en un mar de vegetación de la que podría alimentarse por cinco o veinte vidas!

Lo siguió colgándose de las ramas y ocultándose tras la maleza mientras el pequeño insecto doblaba en su camino algunos árboles y subía y bajaba pendientes mientras parecía silbar una canción. Se lo veía bastante alegre para estar perdido en el bosque.

Pasaron tres cuartos de hora hasta que llegó a su aparente destino. Saliendo del bosque llegó a una pintoresca ciudad de calles empedradas y lujosas casas de estilo barroco. Oranguru sintió que estuvo muchos años en ese bar para no haberse percatado de la existencia de ese lugar en las afueras de su bosque. Caterpie cruzó una calle y dobló una esquina seguido a distancia prudencial por el mono albino de capa púrpura, que asomó medio rostro para ver hacia dónde demonios iría.


—¡Al fin! —pegó un saltito la oruga, y Oranguru no dio crédito a lo que vieron sus ojos. Sintió su corazón detenerse y la mente quebrándose, aunque su rostro permaneció en absoluta(mente falsa) serenidad.

Una Jigglypuff adorablemente rechoncha y un Lucario genialmente Lucario recibieron a Caterpie vistiendo pañuelos y delantales anaranjados, así como graciosas gorras de estilo newsboy que le despertaron una repentina admiración. A sus espaldas, un magnífico edificio de construcción moderna y clásica a la vez se alzaba acaparando la atención de decenas de personas y pokémon que conversaban animadamente en las mesas ovaladas de la vereda, así como un centenar rebosando el interior de la cafetería de relucientes cristales que se alzaban desde el suelo hasta el techo de tejas rojas, sobre el cual podía verse un letrero con la imagen de un Eevee tallada en madera.

—Bienvenido al Pokémon Café —asintió el Lucario con cortesía, y a Oranguru le pareció que era un poco más cabezón y con ojos un poco más redondeados que los de un Lucario común. Además… ¿Por qué rayos tenía las mejillas rosadas?
—¡Adelante! ¡Póngase cómodo! —canturreó la Jigglypuff dando una graciosa voltereta sobre el pie izquierdo, y Caterpie rio encantado mientras asentía y se adentraba reptando con entusiasmo al establecimiento.

Los mozos de la cafetería escoltaron al cliente número quinientos setenta y tres del día mientras Oranguru arrastraba las patas hasta detenerse en la vereda frente al lugar. Con los hombros pesándole y la espalda tan encorvada hacia adelante que cualquiera le habría ofrecido un bastón, el psíquico soltó un largo suspiro al comprobar que toda su clientela estaba en ese lugar. En ese hermoso, adorable, pintoresco y acogedor lugar.

<<Solo con un aspecto bonito no pueden captar tanta clientela>> —evaluó inflando los cachetes, y tras pensárselo una milésima de segundo, se adelantó hasta los grandes ventanales frontales para espiar su interior, sobresaltando a una pareja que tomaba algo en unas increíbles tazas con aspecto de pokébola—. <<¡Hmpf! No son cocos>>

En un esfuerzo por ver más allá de los clientes felices y los empleados… igualmente felices, Oranguru consiguió divisar los platillos que servían en el interior de la posada. Atónito ante la explosión de color y aromas que llegaron a él, pudo distinguir un par de platos de porcelana que sostenían increíbles pasteles de crema y vainilla con un decorado en brownie con forma de Eevee y sándwiches completos en pan integral con aspecto de Dugtrio. Así como copones de cristal rebosantes de bochas de helado Pikachu, tazones como Litwick con chocolate caliente y copos de azúcar flotando perfectamente en la superficie, finísimas teteras con una exclusiva infusión preparada con hojas de Lilligant e incluso platos de curry pikante de, adivinaron, ¡Pikachu!

—¡¡Qué espanto!! —se cubrió el rostro Oranguru, retrocediendo tiritante mientras hacía llorar a una bebé en brazos de su madre—. Todo eso se ve exquisito. No puedo superarlo. Ni en un millón de… ¡No! ¡Claro que puedo! No hay nada como el encanto selvático del Bar de Oranguru. Puedo ofrecer los mejores zumos de baya que cualquiera haya probado. Además, puedo escuchar sus historias y dar consejos y--
Oooh Darling, if you leave me… —una voz magnífica llegó a oídos de todos, que se agolparon en el vidrio para contemplar al genial Lucario guitarreando parado sobre la tarima del escenario en el centro del café, mientras un Snubbull acompañaba con el piano y un Meowth y Munchlax hacían lo propio en bajo y batería respectivamente.

Mientras la banda de pokémon camareros recibían aplausos y ovaciones por parte de los entusiasmados clientes, Oranguru soltó un suspiro de resignación y pegó media vuelta para regresar por donde había venido. Los cánticos y coros se fueron apagando en la distancia mientras abandonaba la ciudad de regreso al bosque, volteando una última vez para contemplar las luces del Pokémon Café que sobresalían por encima del resto de edificios.

Regresó sin demasiado apuro a su viejo bar en medio de la jungla, pensando que no había dejado ningún cartel de “Enseguida regreso” colgado en la puerta de entrada por si llegaban comensales, pero el lugar estaba inhóspito. Ni siquiera los bandidos del bosque se habrían interesado en ingresar ahí a hurtadillas y robarse su colección de vasos de coco.

—Uhm, tal vez el bar deba tomarse un descanso… —murmuró para sí mismo mientras subía los peldaños alrededor del macizo tronco con pesadumbres—. Quizás deba pensar en usar uno de esos uniformes para atraer clientes…

Se dirigió casi cabizbajo al mostrador detrás de la barra y hurgó entre la vajilla y los papeles hasta sacar un modesto letrero de “CERRADO”, que no recordaba haber usado ni cuando estuvo enfermo de pokérus —eso, de hecho, solo había aumentado la popularidad de su negocio durante un tiempo—. Tras contemplarlo unos segundos con cierta nostalgia y desazón, lo colgó finalmente en la entrada cerrando la puerta tras sus hombros y corriendo la cortina de hojas que ensombrecieron el recinto en su interior. El crepitar de las velas encendidas alrededor de la morada intentó llenar sin mucho éxito el silencio asfixiante de la soledad.

Extendió su abanico de hojas con una mano y miró el fuego inmóvil sobre la cera derretida, levantándolo por encima de su rostro dispuesto a sacudirlo una sola vez para apagarlo invocando su viento, pero una ráfaga externa lo sorprendió por la espalda, sacudiendo su capa vieja y haciendo danzar las llamas con alegres ondulaciones que iluminaron con fervor el lugar. Sobresaltado, Oranguru se giró rápidamente y asomó la cabeza a través de la cortina de hojas mientras con la mano titubeante giró el pomo de la puerta y la abrió para descubrir lo que había originado ese repentino vendaval.




Un impresionante pájaro de acero negro azulado de más de dos metros de envergadura descendió frente al árbol de su bar hasta posar la cabina de pasajeros que aferraba entre sus garras sobre el pasto húmedo y la tierra blanda. Un hombre regordete con antiparras y gorra con orejeras descendió de un salto y abrió la puerta de la cabina, y de su interior bajaron tres jóvenes que admiraron el lugar con una sonrisa en sus rostros.

—Así que este es el famoso Bar de Oranguru —silbó uno de ellos levantando sus ojos café hacia la posada desde la que asomaba la cabeza del orangután, que se ocultó rápidamente, asomándose por un flanco desde una de las ventanas junto a la puerta.
—Justo tenía que estar en un bosque, ya estoy harto de los bosques… —se agarró la cabeza un muchacho de cabello azul peinado en punta, girando para comprobar que alrededor solo había árboles y densa vegetación.
—No te quejes, Hop —lo regañó una chica de vestido rosa, pulóver gris remendado y una pintoresca boina verde con pompón mientras le pagaba al chofer del aerotaxi por sus servicios—. Incluso papá habló bien de este lugar, con lo competitivo que es él.
—Bueno, no puede ser tan competitivo con un bar que se encuentra en la otra punta del mundo —sonrió Victor mientras avanzaba en dirección el bar, alzando una ceja al comprobar que ese curioso Oranguru todavía los espiaba en lo alto—. ¿El dueño sabe que veníamos a comer?
—No, no había que hacer reservación —respondió Gloria percatándose de la penetrante mirada del psíquico desde la ventana.
—¡JA! ¡Parece que la llegada del próximo campeón lo puso sobre alerta! —sacó pecho el peliazul mientras se abalanzaba sobre las escaleras con entusiasmo—. ¡Nos debe estar esperando con los mejores platos de la región! ¡No se atrasen o empezaré sin ustedes!
—¡No seas angurriento!

Los chicos entraron al bar con una inmensa sonrisa, pues el estilo, aunque medio desvencijado, era algo difícil de ver en la moderna e industrializada Galar. Los mesones de madera rústica, las paredes levantadas con troncos de diversos árboles, el techo de hojas que filtraba rayos de Sol incluso en el atardecer y las velas encendidas alrededor del bar daban un toque especial al igual que los zumos de baya aromatizando el ambiente desde los pintorescos vasos de coco. En el centro de la morada, Oranguru sonreía con calma mientras sostenía el letrero de “CERRADO” detrás de su espalda.

—Bienvenidos al Bar de Oranguru, me complace recibir turistas —saludó con amabilidad y discreción el regente del establecimiento. Por algún motivo, a ninguno de los chicos le extrañó que ese pokémon hablara. Después de todo, los Oranguru eran criaturas muy sabias con el cerebro lo suficientemente desarrollado para tratar con humanos en su lenguaje, e incluso para… comerciar con ellos brindándoles comida y tragos en un establecimiento en medio de la nada.
—Muchas gracias, su bar se ve muy interesante —asintió Victor repasando el ambiente mientras se quitaba el enorme bolso de cuero y el pokémon se ofrecía a colgárselo en el perchero.
—¡Queremos el mejor plato que tenga! —proclamó Hop desplomándose sobre uno de los asientos frente a la gran mesa de comensales junto a la barra—. Bueno, Gloria posiblemente esté más interesada en el surtido de bebidas que tenga para ofrecer… Pero le aclaro que somos menores de edad.
—¡Hop! ¡No vine acá para embriagarme! —se ruborizó Gloria mientras le daba un coscorrón a su amigo. Oranguru soltó una amena risa mientras recibía el resto de bolsos y los colgaba en el perchero, para después encaminarse a la cocina.
—No se preocupen, les serviré algo único en Alola —dijo el orangután mientras les acercaba un poco de zumo para que se refresquen antes del plato principal—. Me alegra que escojan este lugar. Siendo sincero con ustedes, últimamente todo el mundo parecía decantarse por las opciones más… comerciales, por así decirlo. Esas grandes cadenas de cafetería empiezan a plagar toda la región.
—¿Se refiere al Pokémon Café? —preguntó Victor dándole un sorbo a su zumo, que resultó ser de baya Meluce—. ¡Qué delicia!
—Así es, inauguraron uno hace poco en las afueras del bosque y--
—¡¿Pokémon Café?! —Hop se paró repentinamente de su asiento, dejando caer la silla hacia atrás—. ¡¿Bromea?! ¡Ese lugar es sensacional! ¡Chicos, ahí sirven el mejor curry pikante de todos!
—¿”El mejor de todos”? —replicó Victor con una llama de rivalidad encendiéndose en sus ojos—. Lo dudo mucho, Hop. Ustedes saben bien que yo preparo el mejor curry.
—No es tan pikante como ese. Y, si lo pedimos, nos lo sirve un Pikachu en persona.
—¿Eso no es explotación de pokémon? —arqueó una ceja Gloria probando su zumo, mientras sus ojos iban y venían entre el escandaloso Hop y el consternado Oranguru, que se ruborizaba al escuchar a sus comensales opinando con tanto fervor de la competencia—. Chicos, ya estamos acá, mejor…
—¡De ninguna manera! —se puso de pie Victor, apuntando a Hop con su índice—. Si dices que ese curry es mejor que el mío… ¡Tengo que verlo con mis propios ojos y probarlo yo mismo!
—¡Muy bien! Pero si lo reconoces, tendrás que comprarme diez MTs —retrucó su amigo con confianza.
—¡No se hable más!
—¡Agh! ¡No sean tan cabezas huecas! —suplicó la castaña, disculpándose con los ojos con Oranguru.

Los chicos salieron corriendo del bar seguidos por su amiga, que volteó una última vez para disculparse con el primate haciendo una gentil reverencia antes de cruzar la cortina de hojas y abandonar el recinto. Oranguru no podía dar crédito a lo que acababa de suceder.

—E-esperen, por favor, vuelvan… —murmuró con un hilo de voz extendiendo su mano hacia el frente. Nuevamente: la soledad.


Tras cerrar sus puertas por esa jornada, Oranguru secaba los cocos con un repasador mientras contemplaba las estrellas más allá de la ventana trasera del bar. Su rostro inexpresivo no era prueba suficiente del desconsuelo que sentía en ese momento por pensar que todo el mundo seguiría cantando las canciones de The Heracross en el Pokémon Café, con ese estúpido Lucario antropomórfico de ojos redondeados llevándose todas las miradas y aplausos, como si su apariencia fuese más importante que la calidad real de sus platillos. Se imaginó a los mocosos de Galar canturreando entre ellos e intentando cortejar a las chicas de Alola con anécdotas de la región de donde esa popular banda era originaria, pero un golpe a la puerta lo devolvió a la realidad, girándose nuevamente con cierto sobresalto. Al ver la cortina de hojas inmóvil, gruñó con cierto hastío.

—Está cerrado. Vuelva otro día, por favor —dijo secamente, volviendo a lo suyo.
—No tiene caso —dijo la voz con inconfundible acento de una chica al otro lado. Corrió toscamente y abrió la puerta encontrándosela de pie con gesto de resignación, era esa muchacha de Galar—. En el Pokémon Café no sirven ron batido con hueso de Marowak, y creo que acá sirven el mejor de Alola.

Los ojos de Oranguru se llenaron de luz, y una sonrisa se dibujó en su morro grisáceo mientras Gloria le devolvía el gesto.

—El mejor de todos —remarcó el dueño del bar, y la invitó a pasar mientras la fresca brisa del bosque se filtraba por la puerta y hacía bailar el fuego de sus velas una vez más—. Adelante, póngase cómoda, por favor.
FIN

Nota de Autor: ¡Atención! ¡Los menores de edad no deberían tomar alcohol!
Sueña mientras giren las agujas del reloj

"Este fic es un recopilatorio de cosas que me dan asco, me agobian y odio"
                                                                                                    —PKMNfanSakura
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#7
Otro día más con baja clientela.
 
El agua caía sobre el techo de hojas del bar de Oranguru. Tranquilamente, el sabio barista iba desinfectando la barra con alcohol diluido; solo por rutina. Presentía que hoy iba a venir alguien. De hecho era algo muy fácil de intuir. Con este día, cualquiera estaría complacido de encontrar un refugio por donde se pudiera además tomar un trago mientras uno escuchaba la lluvia. Era pura lógica.
 
Y no se equivocó. Pronto la puerta chirrió anunciando la llegada de un nuevo cliente. Estaba chorreando agua por todas partes. Sus largos cabellos estaban lacios y ennegrecidos por culpa de la humedad que le había anegado. Incluso su vestido de falda tejana dejaba caer ríos por encima de la madera. No pudo verle los ojos hasta que la joven de quince años se apartó el flequillo de su cara y se empezó a quejar:
 
—¡Uaaaah, menuda tromba la que está cayendo! Mira que me dicen que “el agua es tu elemento”, ¡pero caray, que tenga poderes de hielo no significa que me tenga que sentirme a gusto con la humedad!
—¿Orangu?
 
El susto que se había dado al oír al coctelero preguntando qué se le ofrecía. Ahora tenía que sufrir la vergüenza por hablar sola. Por tal de evitar contacto con el simio, empezó a mover la cabeza de un lado para otro… solo para acabar de darse cuenta de que acababa de entrar en un bar en medio del bosque.
 
Lo cual le resultaba bastante curioso; pero no menos raro. No había mundo en el que que hubiera pertenecido que montaran este tipo de establecimientos en estos lugares dejados de la mano del hombre. De hecho, ahora que se percataba, le sonaba haber visto series de animales que no paraban de repetir su nombre para hablar…
 
De todos los mundos; de todas las situaciones que había vivido ahora tenía que parar en este. Por lo menos no era otra historia retorcida y con una trama confusa que iba a quedarse sin conclusión.
 
No, eso no estaba bien. Tenía que irse de ahí.
 
—Oh… hmmm, lo siento, pensaba que esto era una caseta abandonada sin nadie… er… supongo que buscaré otro sitio…
—Oran, oran, Oranguru.—decía mientras le hacía señas con la mano. Si no fuera por los gestos, ella no habría entendido que era una invitación.
—Um… ¿puedo? Pero le voy a mojar el taburete…
—¡Oranguru!—decía mientras le insistía por tal de decir que no era ninguna molestia.
—Ummm… está bieeeen… pero… no tengo dinero…
 
Oranguru insistía. Suponía que no tenía otra que ser cortés y aceptar la oferta.
 
La joven mojada entonces dio un suspiro y se acomodó en la barra para remover sus manos en los bolsillos mientras Oranguru empezaba a mezclar zumos en las cáscaras de coco que tenía por coctelera. Pronto pudo sacar el monedero solo para confirmar que solo tenía calderilla para dar. “Bueno, es más que nada”, pensó.
 
Pero estaba convencida de que no le iba a llegar ni para un chupito de limón sin azúcar. Después se puso la mano en la cabeza; solo para que su pelo no volviera a hacer de cortina.
 
—Aaah, por qué me tiene que pasar esto a mí… uuuuugh, ¿qué estoy haciendo deambulando por tantos sitios? ¿¡Por qué no puedo estar en uno solo!? ¡Ya ni sé qué ni quién soy! ¿Soy medio-demonio, solo una chica con poderes, un self-insert? ¿Mi madre es una mujer forzuda con pintas de koala o una maga poderosa con un toque de demencia? ¡GRACIAS POR ESTA CRISIS EXISTENCIAL, A-!
 
Pronto el atento simio le dejó al lado un buen vaso de zumo de bayas variadas debidamente decorada con su sombrilla, su pajita y con dos señores cubitos flotando bajo estas. Todo servido por supuesto en uno de sus famosas cáscaras de coco.
 
—Dime que este invita la casa…—dijo sin fiarse de la amabilidad del orangután.
—Ora, ora.—asentía.
—¿De verdad? ¿No me va a cobrar por darle un sorbo?
—¡Ora!
—Hm… pues gracias. Con su permiso.
 
Instantáneamente le dio un sorbo a esa mezcla de dulzores y matices con un poco de modestia. Al catarlo, decidió que bebería un poco más hasta un cuarto de vaso.
 
Cada sorbo era un pequeño paso hacia el paraíso; un parche para subsanar la amargura de su atormentada alma. Podía sentir que estaba curando todo el dolor que había acumulado en la deriva.
 
—Aaaah… ese es uno de los pequeños placeres que sanan el corazón. ¡Está muy bueno!
—Oran, oran.—agradecía.
—Je. Es gracioso; antes de venir aquí me estaba planteando en quitarme la vida… ah, idiota, de haberlo hecho no habría podido probar esta delicia.
—¿Oranguru?—preguntó consternado.
—¿Qué has dicho?
—Oraoranguru.—repitió.
—Hmm… asumiré que me estás preguntando por qué me haría eso…
 
Dio un suspiro ya con el vaso en mano por si necesitaba un pequeño consuelo en sus papilas gustativas.
 
—Verás… sé que va ser un poco difícil de entender. Ja, yo ni siquiera logro entenderlo muy bien. Resulta que yo… bueno, sé que soy como un personaje, ¿no? Alguien con un carácter, un nombre y una apariencia. No hace mucho las memorias de todas las… um… historias… ¿roles? Que he estado vinieron a mí. Es algo que me suele pasar cuando una de estas acaba o simplemente… paran. Ya, lo sé, es muy raro. De hecho hasta diría que acabo de decir algo que no debería.
 
Se detuvo con otro suspiro de los suyos.
 
—Ah, lo siento mucho, te estoy liando mucho el coco…
 
Pero esa no era la primera vez que recibía a alguien tomando consciencia de lo que era en realidad. Él podía entender más o menos cómo iba la historia.
 
—Oranguru.—dijo para que continuara.
—¿Hm?
—¡Oran!
—¿Quieres que siga? ¿No… no te importa?
—¡Oran!
—Hm… está bien.
 
Bebió un poco más y siguió contando lo que le atañía.
 
—La verdad es que agradezco que no haya vuelto a entrar en ninguna y ser partícipe de estas, porque al fin y al cabo siempre acabo muy, pero que muy mal parada. Pero por otra parte me deja con todas estas memorias y… me hacen pensar… “¿Algún día podré vivir un final feliz? ¿Cuándo pararé de vagar por este limbo?”
 
Dio otro sorbo más.
 
—He intentado ir por mi cuenta y conocer gente; incluso intenté volver de nuevo a esas historias con la esperanza de terminar lo que se ha empezado. Pero por mucho que me esfuerzo en ello no logro interactuar con nadie. Siempre que lo intento me encuentro con un vacío que me recordaba que no soy más que un personaje sujeto a los designios de una mente caprichosa. Y cuando intenté empezar de nuevo… bueno… me dijo “uh, no, ya has salido demasiadas veces y pienso utilizar a otros personajes que no haya usado mucho”. Y me dijo que tal vez para la próxima. Ja, pero adivina qué; no va a haber. Entonces pensé… que tal vez ya no tenía ninguna utilidad para ella… y que no habría ninguna diferencia si desapareciera.
 
El Oranguru iba asintiendo mientras secaba las cáscaras de coco, escuchando.
 
—Si al menos me introdujera en otra historia olvidaría todo… empezaría de nuevo, ¿sabes? Bueno, en parte tampoco odio todas las memorias que conservo… pero… recordarlas… me ponen muy triste… porque sé que no podré volver a ver a todas esas personas nunca más. Me apena… pero sé que, si pasa ahora, será muy breve y se sumarán otras memorias dolorosas a la lista. ¿Así que para qué seguir? He visto a gente muy preciada morir delante mío… sufrido incontables veces la maldición de mi propia fuerza… y también me he visto hacer cosas horribles como dejar que maten a mi propia familia. No puedo decir que esté orgullosa de lo que hice en todas estas “vidas”…
 
Bebió más de ese jugo en un intento por dejar las lágrimas en su lugar.
 
—Pero, ¿sabes? Este brebaje que me has preparado me ha recordado también los buenos momentos que he pasado. Esas citas románticas… las múltiples aventuras en las que me he embarcado… las payasadas de muchas de esas personas y aquellos que han estado junto a mí en los momentos más difíciles… puede que me sienta sola ahora, pero… aunque sean efímeros, aún puedo gozar de estos pequeños momentos que me ofrecen la vida. Y, qué demonios, al menos puedo elegir quién soy ahora que estoy tan lúcida.
 
Ella miraba reflexiva los cubos que flotaban en lo poco que quedaba del zumo con una leve sonrisa.
 
—Realmente he crecido fuerte como varias veces, huh…
 
Por tal de no quedarse solo como un oyente, el Oranguru escribía algo sobre una hoja para las comandas. Cuando terminó, dejó el escrito al lado de su vaso.
 
—¿Oh? ¿Quieres decirme algo?
 
Rápidamente, la joven leyó lo que había dejado en el papel.
 
“¿Por qué no pruebas a quedarte una temporada por aquí?”
 
—¿Quieres decir en este mundo para hacer el Recorrido Insular y todo eso? Hmmm… no, no creo que encaje aquí. Pero no te preocupes. Algún día encontraré mi lugar.
 
Pronto los primeros rayos de sol después de la tormenta empezarían a filtrarse por las ventanas del bar. Nada más percibir la luz del exterior, la joven agarró el vaso y se dispuso a terminar lo que quedaba del brebaje.
 
—Sé que dijiste que invitaba la casa, y dudo mucho que esto pague el zumo, pero… tenga. Es lo menos que puedo hacer.
 
Con ello rascó lo que quedaba del monedero y dejó sus peniques en la barra. Al abrir la puerta, dejó entrar el aroma de la tierra mojada y el frescor que había dejado atrás la lluvia. Parecía como si la tierra misma se hubiera renovado.
 
—Oh. Y una cosa más… gracias por escucharme. Cuídese.
 
Dicho esto, la joven se fue fundiendo con la sombra de los árboles hasta que finalmente se perdió entre la arboleda, como un sueño efímero de verano…
 
Fue una charla breve, pero Oranguru podía decir ahora que había salvado una vida.
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