Actividad - Conoce a:

#1
Esta es una actividad simple, y más que una actividad, es un ejercicio literario muy rápido en tres pasos:


1: Piensa en alguna historia que estés escribiendo. 
2: Revisa cómo describes o presentas a tus personajes
3: Procede a escribir una descripción o presentación de ti mismo o misma como si fueras un personaje. 

Así de fácil. Todos los demás factores son a libre elección. 

¡Nos vemos!
[Imagen: EdovJGiXkAYqwp4.jpg]
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#2
En un apartamento de una ciudad remota, sentada en el sofá de su salón, se encontraba una joven adulta escribiendo en su ordenador. Sus gafas reflejaban la pantalla de este, en la que se podían ver las letras que surgían cada vez que presionaba las teclas del ordenador a una velocidad que sorprendería a cualquier persona mayor. El moño en el que estaba recogido su pelo ya estaba caído, señal de que había pasado un tiempo desde que se lo había hecho.

Miró el reloj brevemente y vio que eran las seis de la tarde. Había pasado una hora de su hora de la merienda habitual, pero estaba tan enfrascada en el relato que estaba escribiendo que no podía parar para levantarse a comer algo. Ignoró el hambre que tenía hasta que encontró las fuerzas necesarias para despegarse de su escrito e ir a la cocina para picar algo. En el trayecto echó un vistazo a su móvil, el cual había dejado abandonado en la mesa del salón, pues le había cogido algo de tirria al aparato por ser el causante de que su vida social no se acabara en la calle. Cada vez le gustaba menos quedar, prefería dar paseos sola o con su madre (la cual le había dejado a cargo de la casa ese día mientras salía con sus amigas, pues sabía que uno de los rasgos de su hija era que era una mujer muy responsable), disfrutando tranquilamente de la naturaleza a su ritmo y en silencio, algo que no todo el mundo sabía apreciar. Parecía que en las quedadas había que hablar, había que hacer cosas, cuando ella podría estar perfectamente callada junto a la otra persona mientras cada uno hacía lo suyo, pero compartían tiempo y lugar. Era una persona muy tranquila en ese sentido y en general, excepto cuando veía algo que le gustaba, entonces cambiaba radicalmente y le recordaba a los presentes que sí sabía hablar cuando se ponía fangirlear como si no hubiera un mañana.

Al acabar de merendar volvió al salón y se sentó en el sofá, pero antes de volver a escribir entró en Discord para ver qué se contaban sus amigos y, si podía, participaba en la conversación que estaba teniendo lugar. Después de eso volvía a escribir poniéndose música de fondo, ya fuera de sus amados coreanos, como BTS o Super Junior, cualquier canción que estuviera de moda, alguna de su infancia que hubiera recordado o alguna de un artista que le gustara en ese momento, como Rita Ora. Sonrió y se puso manos a la obra, lista para seguir dedicando el día a una de las cosas que más le gustaba hacer.
[Imagen: 6be4Jwe.jpg]
 
~La dulce brisa que te envuelve en un cálido abrazo primaveral~
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#3
El sol iluminaba desde lo más alto, pero no era suficiente para combatir el frío que la lluvia del día anterior había dejado, un joven de mirada sin felicidad observaba desde la ventana de su habitación a las agradecidas plantas en el patio de su casa, mientras su perro recogido de la calle hace siente años indagaba el lugar en busca de algún olor que llamaba su atención. Observó cómo la ropa recién tendida se mecía a merced del viento sin nada que hacer, mientras una abeja se posaba en una flor de pétalos púrpuras.

Sin darse cuenta, aquel muchacho se perdió en su propia mente, atravesó un túnel oscuro que pasó inadvertido ante la rapidez de sus pensamientos hasta llegar a un lugar de luces de neón embriagadas, imágenes distorsionadas y sonidos estimulantes que recorrieron todo su cuerpo, una y otra vez. Se sintió dichoso ante la masa bailante que lo ignoraba, porque no importaba quién era, cómo era o de dónde venía, experimentó la libertad como no lo hacía desde antes de conocer el mundo y contaminarse con los prejuicios de su adulta sociedad. Se sintió lleno de vida en aquel preciso momento, sus amigos observaron desde la maravillosa oscuridad el innegable cambio en su rostro, era el mismo de siempre, pero también era diferente, se estaba divirtiendo de una forma que no conocía y que no se había atrevido a conocer, esa noche había decidido vivir por unos instantes y dejarse llevar por la música. Era libre al fin. 

La magia de la vida hizo que las horas ignorasen las leyes de Einstein, el joven de innata inseguridad aprovechó cada segundo para moverse y olvidar sus miedos, se mostró tal cual era y parecía que volaba hacia el infinito espacio en busca de su fin, más allá de las estrellas, más allá de la eternidad, donde el tiempo no andaba. 

Pero una ley más antigua que el comienzo del universo dicta que todo lo que empieza debe terminar en algún momento. La música dejó de sonar, era la conclusión de aquel jolgorio interno y externo. La noche se apagó y con ello su recuerdo pereció hasta sumergirse en nuevos pensamientos. Siempre pensó que no era ambicioso, pero tal vez si lo era, había algo que anhelaba más que esa libertad que tanto apreció aquella noche de baile sin cansancio. Algo más intangible y profundo. Sus nuevos pensamientos también tenían lugar en la oscuridad, pero no en la oscuridad de una disco, sino una oscuridad del alma. La envidia lo consumió hasta el frío interno, sintió cómo su temperatura descendió abruptamente cual excitante y placentera droga. Envidió al resto, se sintió insuficiente, desmerecedor e incompleto, más nunca perdió la esperanza. Era un joven adulto, pero se sentía como un niño. 

Algún día conocería ese sentimiento.

Tan fácil como se perdió en sus pensamientos volvió de ellos. Había un poco más de viento y su computador estaba encendido, esperando por ser usado para terminar algún trabajo. Miro por última vez al patio de su hogar, añoró aquella libertad y deseó no volver a pensar en esa oscuridad el resto del día, pues había una realidad que enfrentar.
[Imagen: giphy.gif]
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#4
Era una tarde de verano, en una habitación donde el sol de verano no llegaba. A pesar de la gran ventana que había, los rayos apenas atravesaban las rejillas de la persiana. La única luz que iluminaba la habitación era una intensa LED puesta en el techo cuya inquilina se olvidó apagar… aunque en esta ocasión, para lo que estaba haciendo convenía más tenerla encendida que no camuflarse en la oscuridad de sus cuatro paredes.
 
Tenía la pantalla de su portátil con una referencia de la cual desesperadamente intentaba copiar a carboncillo sobre el fino papel de una libreta. “Un pequeño encargo”, como diría ella. Aunque no es que disfrutara mucho haciendo caras de extraños a partir de fotografías antiguas; al fin y al cabo, sus manos no podían replicar bien las facciones de sus rostros. De hecho, si no se lo hubieran pedido, probablemente estaría perdiendo el tiempo redactando alguna cosa que nunca publicaría… o jugando uno de esos juegos de móvil. O tal vez, quizá, solo tal vez intentaría hacer algo más creativo.
 
Aunque tampoco se quejaba. Hacía años que no tocaba una barra de carboncillo y además seguramente le iban a pagar algo. Aunque sea una limosna para ir a tomar una buena taza de té en esa cafetería que tanto le gustaba. Por lo menos parecía que iba por buen camino. La forma del rostro de ese señor parecía que iba a salir bien esta vez… ¿acababa de oír su nombre?
 
No quería ir. Por una vez en los pocos minutos que empezó a pintar podía ver que estaba yendo a alguna parte… ¿no podían llamar en otro momento?
 

 
Y otra vez. “¿¡Ahora qué!?”, se preguntó ya irritada. Harta de oír los dos llamados de su madre, salió hacia el pasillo y fue a preguntar si la habían llamado.
 
—¿Podías comprar unos helados al súper? Que tu abuela quiere cucuruchos.
 
¿¡Por unos helados tenían que hacerla salir!? ¿¡Justo cuando empezaba a tomar carrera!? Se estaba arriesgando a ir a un viaje de no retorno al trabajo. Aunque, para ser sincera, a ella también le apetecía comer uno de esos helados. Y parece que estaban demasiado a gusto en esa cámara frigorífica que era ahora el comedor.
 
No tuvo más que acceder, buscar la carterilla para comprar cosas de casa y buscar esa mascarilla de tela estampada con flores para salir a la soleada calle de su pueblo. Para su sorpresa, no se encontró a nadie caminando fuera. ¿Quizá por ese calor abrasador? Sí, tenía que ser eso. Aunque ella tampoco encontraba que fuera tan caliente… y eso que estaba llevando la camiseta negra que se trajo de Santiago de Compostela. Esa con la luna y la silueta de una “meiga” volando delante de esta. Por lo menos llevaba tejanos cortos y no largos como el día anterior. Mientras, pensaba en su interior… “¿cómo iba a empezar ese escrito con la descripción? Tal vez empezando por su habitación… sí, eso le daría un buen contraste”.
 
Mientras empezaba a divagar de nuevo en sus propios planteamientos, el rabillo de su ojo detectó su reflejo en el cristal de la entrada del supermercado. En específico, había un mechón de su corta melena marrón que no estaba en su sitio. Se lo colocó y se miró un momento esos ojos también marrones tras esas viejas gafas que pedían a gritos una jubilación.
 
“Sí, podría utilizar el reflejo de este cristal para describir el físico… aunque… es un tropo muy utilizado, ¿no?”, pensaba la chica reflejada en el segundo segundo que se vio. Por otra parte, tampoco estaba compitiendo contra nadie. Además, estaba segura que podía llevarlo bien en caso de que recurriera a este recurso. ¿Quizá aprovecharía también para hacer alguna mención a su físico? Cosas como destacar su corta estatura y su cuerpo con forma de…
 
“Ay no, ¡pero qué vergüenza!”, es lo primero que pensó cuando se le cruzó la idea. A ver si por accidente decía que estaba gorda, porque no lo estaba. El IMC estaba en su sitio. Era lo único que necesitaban saber.
 
Por supuesto, no se quedó toda la tarde contemplándose. Se acomodó el pelo y de enseguida entró en la tienda con paso tranquilo.
 
La tarea era sencilla. Era traer una caja de cucuruchos, otra de surtido de polos “Magnum” “de imitación”, pagar con el dinero que dejó la abuela y ya podría volver a ensuciarse las manos. Suerte que ya tenía localizada la nueva nevera por donde ahora se ubicaban esos dulces y deliciosos caprichos de verano.
 
Hubo un pequeño contratiempo. A parecer, había una persona que tenía algún problema con la compra. Algún pago mal logrado o un fallo con el ticket, tal vez. Lo único que pilló de la conversación era que tenía que hablar con otra cajera. Pasaba de los chismes.
 
A cualquiera le habría dado un ataque de pánico y preocupación por la integridad de los helados. Pero no ella. De hecho sabía que, desde que era un incidente del cual requería tiempo, no iban a dejar que se paralizara la cola por mucho tiempo. Y como iba a delegar la reclamación a otro empleado, era cuestión de tiempo que la dejaran pasar.
 
No se equivocó. Para nada. De hecho, la dejaron pasar primero; y no lo hizo sin dar primero las gracias. Menos mal que el camino no era muy largo o se hubieran quedado sin helado. Sí, no pasó nada en esa pequeña salida. Todo salió a pedir de boca. Su abuela tuvo su helado, ella también y además horas después terminó lo que estaba haciendo… para que luego le digan que se veía raro.

Menos mal que ya advirtió que no se le daba bien y le iban a pagar igual... 
Fin.
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